viernes, 27 de diciembre de 2013

Fin de partida, de Samuel Beckett

"Acabó, se acabó, acabará, quizás acabe."

No, no estoy hablando del fin de año, ni del gobierno del PP, ni de la hegemonía futbolista española, ni de la época de los polvorones y las luces adornando las calles, ni del plan PIVE, ni nada por el estilo. Es más ni siquiera son palabras mías la que hoy abren la entrada de este blog particular conocido como La esquina de ese círculo, que a veces sube cuentos propios, otras reseña películas (rescatando cine de culto olvidado) y otras también comenta lecturas varias. Son palabras de Samuel Beckett, o más concretamente de su personaje Clov, que, con mirada fija y voz monótona, inicia el diálogo en la obra teatral "Fin de la partida". Para comprender este texto o representación primero es necesario saber a qué hace referencia su título a modo de metáfora sobre una muerte acechante e inexorable de todos y cada unos de los seres: Fin de partida (Fin de partie o Endgame) es según Beckett una referencia directa al juego del ajedrez en los últimos instantes de la partida, cuando quedan pocas fichas en el tablero (cuatro personajes tullidos y medio locos, conscientes de que su final está próximo).

La sinopsis, por decir algo, sería más o menos la siguiente: Hamm es un viejo ciego, inválido y propenso a los ataques de cólera que vive en una casa que él cree que está junto al mar, aunque si uno sigue bien la lectura los diálogos parecen sugerir todo lo contrario. Reside en pleno aislamiento de la sociedad junto a Clov, un hombre que, a pesar de odiarlo hasta el punto de desear su muerte, por múltiples razones se ve obligado a cuidarlo y cumplir sus caprichos. Parece que, de alguna forma, Clov también padece la enfermedad de Hamm, pues en un cierto momento de la obra, éste le dice:

"HAMM: En mi casa. (Pausa. Profético y voluptuoso.) Un día te quedarás ciego. Como yo. Estarás sentado en cualquier lugar, pequeña plenitud perdida en el vacío, para siempre en la oscuridad. Como yo. (Pausa.) Un día te dirás: estoy cansado, voy a sentarme, y te sentarás. Luego te dirás: tengo hambre, voy a levantarme y a prepararme comida. Pero no te levantarás. Te dirás: no debí sentarme, pero ya que estoy sentado, me quedaré sentado un poco más, luego me levantaré y me prepararé la comida. (Pausa.) Mirarás un rato a la pared y luego te dirás: quiero cerrar los ojos, quizás duerma un poco, luego todo irá mejor, y los cerrarás. Y cuando los vuelvas a abrir la pared habrá dejado de existir. (Pausa.) La infinitud del vacío te rodeará, los muertos de todos los tiempos, resucitados, no lo llenarán, y te serán como una piedrecita en medio de la estepa. (Pausa.) Sí, un día sabrás lo que es esto, serás como yo, sólo que tú no tendrás a nadie, porque tú no habrás tenido piedad de nadie y ya no habrá nadie de quien tener piedad."



La obligación de cuidar a Hamm hasta su muerte le lleva en ocasiones a Clov a pensar en su propia muerte. En sí misma toda la obra es un debate sobre ese tema.

"HAMM: ¡Si pudiera arrastrar hasta el mar! Me haría una almohada con la arena y la marea subiría."

Clov lo desalienta, ya no puede esperar una muerte bella:

"CLOV: Ya no hay mareas."

Como contrapunto de algún modo, Beckett nos dibuja a los personajes de Nell y Nagg, madre y padre de Hamm que viven en dos cubos de basura dentro de la habitación. Como Hamm, ambos son ciegos y no tienen piernas, en ocasiones aparecen en escena para pedir comida. Así se crea una cadena de dependencia entre Clov, Hamm y sus padres. Los diálogos entre Hamm y sus padres le sirven a Beckett para mostrarnos la brutalidad de la psicología de Hamm y de la situación. Hamm hace a su padre continuamente culpable de su dolor.



Yo, para ser sincero, nunca he sido, como se dice, mucho de obras de teatro. Sin embargo, tengo que reconocer que la brutalidad de las escenas, su profundo entramado psicológico y metafórico, su mundo angustioso y asfixiante es obra particular de un maestro de la literatura que hasta ahora desconocía por completo y que con "Fin de Partida" me ha conquistado: el irlandés Samuel Beckett.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Un Kafka japonés: análisis de una lectura de "Hombres salmonela.." y "Estoy desnudo", de Yasutaka Tsutsui


¡Sí! ¡Han oído bien! ¡El Kafka japonés!


Fue para mí una sorpresa encontrar en la biblioteca de mi facultad un libro con un título tan rimbombante y tan infumable como "Hombres salmonela en el planeta Porno", pero más sorpresa aún fue cuando, tras echarle un ojo a las críticas que había dejado la editorial y a la breve biografía de su autor, Yasutaka Tsutsui, decidí llevármelo para mi casa y leerlo tranquilamente para descubrir lo que es sin duda una de las mejores recopilaciones de cuentos de la edad contemporánea, heredera del mismísimo Kafka (quien no se lo crea que lea cuentos tan diversos como "El límite de la felicidad" o "El último fumador"). Yasutaka, que quería ser actor cómico en su juventud, bebió en la universidad del surrealismo, mientras estudiaba Bellas Arte, para mostrarnos una parodia brutal de la sociedad en la que nos hallamos inmersos (dónde los medios de comunicación nos apabullan y son capaces de controlar a grandes masas de personas, dónde la corrupción política y la negativa de los dirigentes a dar su brazo a torcer, a admitir equivocaciones, los conduce a ellos y a la sociedad a la destrucción, dónde el trabajo se convierte en algo más importante que la propia vida, dónde el hombre está sólo y desprotegido en la sociedad y cualquiera puede morir en cualquier momento, etcétera).



 Tsutsui carga sus cuentos de un humor que, sobre todo, puede apreciarse con mayor fuerza en la segunda recopilación que hacen en España de sus cuentos ("Estoy desnudo", Editorial Atalanta). No obstante, ese humor lo contrarresta velozmente con un golpe dramático con el que suele acabar sus relatos, casi siempre. En "Estoy desnudo", para mí el mejor cuento de la recopilación del mismo nombre, todo es profundamente cómico: un hombre está haciendo el amor con una mujer casada en un hotel cuando un incendio los sorprende y tienen que huir. Mientras que al protagonista, también narrador (técnica que domina mejor que el narrador en tercera persona y que parece que, por tanto, emplea más), consigue vestirse, su amante sólo consigue salir del edificio con unas bragas y un sujetador. Cuando el protagonista le deja sus pantalones y su chaqueta para que no pase frío, porque era pleno invierno, ésta se larga en un taxi sin él. En la chaqueta llevaba su teléfono y su cartera. Su casa está a diez horas andando. Además, ha cenado, para colmo, algo en mal estado y se está cagando en lo alto. No puede ir a la policía porque explicar la situación podría hacerle perder su empleo. Es oficialmente un pringado. El pringado más grande de Japón. A partir de aquí comienza un increíble y cómico relato en el que, en palabras de Palahniuk, veremos como todo es "un apaño para tapar un apaño para tapar un apaño", hasta que el agujero sea demasiado grande como para taparlo con algo. Lo que en principio es un relato cómico acaba por convertirse en una parodia de la invulnerabilidad del ser humano como individuo frente a la sociedad (tema que se repite en otros cuentos como en "El último fumador" y "El mundo se inclina", tema que también desarrolló Franz Kafka en sus novelas inacabadas) y de lo profundamente sencillo que es perderlo todo de la noche a la mañana. 



Por otra parte, al "gurú de la metaficción", apodo con el que se conoce en su país a este excelente escritor, se empezó a considerar en sus inicios como escritor de ciencia ficción. Para ello le sirvió de gran ayuda que su padre fuese biólogo. De su imaginación en esa órbita nació una novela conocida mundialmente por su adaptación cinematográfica (¿A alguien le suena "Paprika"?). Cuentos como "Articulaciones", "El peor contacto" o el relato largo de título infumable "Hombres salmonela en el planeta Porno" las podemos encontrar enmarcadas en esa categoría porque recurre a planetas ficticios y a sociedades extraterrestres humanoides para desarrollar reflexiones filosóficas y críticas de algunos aspectos de la sociedad actual. Y es que podemos afirmar que de un modo un tanto cómico "Hombres salmonela en el planeta Porno" podría ser una apología un tanto hippie del sexo y del amor frente a la lucha entre individuos de una sociedad, o de un ecosistema. En el planeta Porno no hay animales y, sin embargo, Tsutsui crea ecosistemas, y lo explica de manera bastante coherente, donde no se da una superpoblación de especies y ni desaparecen otras. El ciclo de la cadena alimenticia se produce mediante el sexo. E, insisto, aunque pueda sonar a broma, el tío te lo justifica y todo acaba cobrando sentido. Aún así, no es lo mejor de su primera recopilación de cuentos. Pero, tanto un libro como el otro son totalmente recomendable para cualquier lector que gusta de asomarse a ese mundo que llamamos posmodernidad literaria.



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