domingo, 27 de abril de 2014

La máscara de Ripley, de Patricia Higsmith

Tom Ripley, París, Londres, arte moderno, suicidios y una gran estafa. Higsmith en estado puro




Soy consciente de que está muy feo eso de reseñar segundas partes sin hacer ningún comentario de la primera. Por eso les voy a contar resumidamente de qué va el talento del señor Ripley, personaje con mil y un recurso. Más astuto que un zorro. Un tipo que viaja desde los Estados Unidos a un pequeño pueblo de Italia con la misión de convencer a Dickie Greenleaf, viejo amigo suyo de que vuelva a América y se ocupe del negocio de su padre. Entre Dickie, su medio novia y Tom hay un trio amoroso muy extraño y -pasando lo que tenía que pasar- el viejo colega acaba debajo del mar. Como Tom tiene que ver con su muerte, suplanta su identidad mientras huye de la policía y... por supuesto, consigue escapar, -¿cómo harían la secuela si no? La construcción de la novela estupenda, el protagonista fuertemente atractivo, la narración profundamente adictiva, etc...

Pero vengo aquí, al foro, a hablar de la segunda parte. Siempre dicen que las segundas partes no son buenas (Con excepción de "El Padrino"), y si bien ésta no engancha tanto como la primera, es un muy buen libro, un ejemplo de cómo hacer novela negra con un toque diferente, un toque Higsmith. 

La acción se sitúa cinco años después de que Tom despistara a la policía internacional en Grecia y se olvidara el caso Greenleaf, considerándose su muerte un suicidio. Tom dispone ahora de gran parte de la fortuna de Dickie y vive con su mujer, Heloise, en una villa cerca de París. Todo es sosiego y relax para él, que no tiene ninguna ocupación. Sin embargo, el que ha leído "El talento de Mr. Ripley" sabe que a este personaje no le va el conformarse con los negocios legales que reportan pocos ingresos. Ripley sigue siendo en esta segunda parte un pillo en toda regla. Hace varios años que conoció a los amigos de un difunto pintor joven, promesa de su arte, que lamentaban la reciente muerte de éste: un tal Ed, un tal Jeff y un tal Bernard Tufts. La propuesta era profundamente inmoral y Tom la había formulado medio en broma, pero si alguien tuvo en cuenta la memoria de Derwatt (pues así se llama el pintor desaparecido en Grecia tras salir a nadar una mañana) en ese momento, no se pronunció. Bernard, que era pintor, podría intentar hacer un cuadro a lo Derwatt a modo de prueba y ellos podían decir que Derwatt no estaba muerto, que vivía en un municipio remoto de Méjico en plena armonía con el mundo y con su soledad, que le era necesaria para pintar sus grandiosos cuadros. Aquí comienza un negocio de falsificaciones que crece día a día y del que Thomas Ripley obtiene los ingresos que le permiten costearse su dispendiosa vida. Todo es un paraíso, hasta que alguien descubre la estafa, un tal señor Murchison, al que desde el principio sabemos que le quedan como mucho treinta páginas de vida, que se basa en que Derwatt ha utilizado para sus cuadros más modernos un color que ya había desechado en una época anterior. Tom se ve en la obligación de ir a Londres, donde Jeff y Ed tienen montada una galería de arte donde se exponen exclusivamente cuadros de Derwatt, y hacerse pasar -¿quién mejor para hacerlo que el hombre de las mil caras?- por el pintor ahogado y convencerle de que no hay ningún cuadro que él no hiciera para poder salir del entuerto, pero -¿cómo no?- esto le costará más de lo que cree (unas trescientas y pico páginas para ser más precisos). Tom acaba de entrar en una carrera de obstáculos donde misteriosas desapariciones y muertes se circunscribirán a su persona y donde deberá crear de nuevo, como ya hizo en la primera parte, una mentira lo suficientemente convincente para poder escapar de toda sospecha. 

Vuelve el tema del doble, y esta vez no sólo con Ripley, sino también con Bernard Tutfs, quien le dará al americano muchísimos problemas, que se meterá tanto en el papel de Derwatt que olvidará su vida pasada y querrá volver a ella en un momento crítico. Vuelve la inteligencia de un personaje crucial para la novela negra. Lo que no vuelve y es llamativo, es el tema de la sexualidad de Tom, que pasa de dudar sobre si es o no homosexual a casarse con una atractiva señorita francesa. Quizás esto se debe a un intento de hacer el libro más comercial, algo lógico tras ver el éxito que despertó la primera parte. En cualquier caso es una muy buena continuación que en el nivel baja lo mínimo para enlazar con la historia anterior otra totalmente diferente. Esperemos que la tercera se mantenga como hasta ahora.

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