viernes, 25 de julio de 2014

Fragmento de "Crimen y castigo", de Fiodor Dostoievski



"Raskólnikov tuvo un sueño espantoso. Soñó que era un niño y que vivía con su familia en la localidad donde nació. Tenía unos siete años. Se paseaba con su padre por los alrededores de la pequeña ciudad al atardecer un día de fiesta. El ambiente era gris, el aire sofocante, el lugar exactamente igual a como lo recordaba; en su memoria aparecía incluso más borroso que en su sueño. La población se levantaba ante ellos completamente desnuda, como la palma de la mano, sin un árbol en torno; en la lejanía, junto a la línea misma del cielo, se veía la mancha negra de un bosquecillo. A pocos pasos del huerto, había una taberna, una taberna grande, que le producía siempre una impresión desagradable e incluso le daba miedo cuando paseaba con su padre por allí. Estaba constantemente llena; la gente gritaba, reía a carcajadas, juraba y cantaba con voces roncas y destempladas, y muy a menudo se peleaba. En los alrededores vagaban borrachos de cara espantosa. Al verlos, el niño se apretujaba contra su padre, temblando de pies a cabeza. Cerca de la taberna, el camino vecinal estaba cubierto de negro polvo. Continuaba luego serpenteando a unos doscientos pasos de distancia torcía a la derecha para circundar el cementerio de la localidad. En el centro del cementerio había una iglesia de piedra, de cúpula verde; allí iba el niño con sus padres dos veces al año a oír la misa de los difuntos [...]. Una circunstancia especial le llama la atención: parece que se está celebrando una fiesta; hay mujeres endomingadas, menestrales y campesinas, acompañadas de sus maridos, y gente de baja estofa. Todos están borrachos. Frente a la puerta de la taberna, se encuentra un vehículo muy extraño. Es uno de esos carros grandes a los que se enganchan poderosos caballos de tiro para transportar mercancías y barriles de vino. Al niño siempre le ha gustado contemplar los enormes percherones de largas crines y recias patas, que caminan pausadamente, con paso igual, arrastrando una montaña de fardos sin dar señales de fatiga, como si les resultara más fácil caminar con la carga que sin ella. Pero cosa rara, a uno de esos enormes carros se ha enganchado esta vez un pequeño matalón roano, flaco, uno de esos rocines que -él lo ha visto- sacan fuerzas de flaqueza para arrastrar ingentes cargas de leña o de heno, sobre todo cuando el carro se atasca en el barro o en una rodada, y los mujiks los golpean con sus látigos cruelmente, muy dolorosamente, en el hocico y en los ojos, y al niño le da pena verlo, tanta, que poco le falta para romper a llorar, y mamá suele apartarlo de la ventana. De repente se produce un gran alboroto: salen de la taberna, gritando, cantando y tocando la balalaica, unos mujiks fornidos, borrachos como cubas, con camisas rojas y azules, llevando en hombros sus chaquetones de grueso paño.
-¡Subid todos, subid! -grita uno, todavía joven de macizo cuello, mofletudo y rojo como una zanahoria- ¡Os llevo! ¡Subid!
En seguida se oyen risas y exclamaciones.
-¿Qué nos va a llevar un penco como éste?
-Mikolka, ¿has perdido la chaveta? ¡Enganchar un caballejo como éste a un carro tan grande! 
-¡Este animal tiene por lo menos veinte años cumplidos!
-¡Subid, que os llevo a todos! -grita de nuevo Mikolka.
Es el primero en saltar al carro; toma las riendas y se pone de pie, cuan alto es, en la parte delantera del carruaje.
-El caballo bayo ha salido hace poco con Mátvei -chilla entonces-, y este rocín me atormenta, os lo aseguro. Nada me costaría acabar con él; no vale ni lo que come. ¡Subid, os digo! ¡Iremos al galope! ¡Le haré galopar!
Toma el látigo y con manifiesta voluptuosidad se dispone a azotar al animal.
-¡Subid! ¿A qué esperáis? -exclaman entre la muchedumbre, riéndose a carcajadas- ¿No habéis oído? ¡Correrá al galope!
-No ha ido al galope lo menos hace diez años.
-¡Irá, irá!
-¡Sin compasión, hermanos! ¡Empuñad los látigos, preparaos!
-¡Bien! ¡Dale fuerte!
Trepan al carro de Mikolka entre risas y chirigotas. Han subido ya seis hombres, pero aún caben más. Toman consigo a una mujer gorda y colorada. Lleva un vestido rojo de algodón, una cofia adornada con abalorios, y botas; casca avellanas con los dientes y se ríe. La gente que rodea al carruaje corea risotadas. ¿Cómo no reírse? ¿Cómo va a llevar un rocín tan flaco un peso tan grande? ¡Y nada menos que al galope! Dos de los mozos subidos al carro toman sendos látigos para ayudar a Mikolka. Se oye un grito: "¡Arre!". El rocín mueve las piernas en cortos pasos, jadea y se dobla bajo los golpes de los tres látigos que se le abaten sobre los lomos implacablemente. Las risas en el carro y entre la muchedumbre se hacen más sonoras, pero Mikolka se enfada y azota furioso al caballo con fuerza redoblada, como si creyera que el animal se lanzará al galope. 
-Dejadme subir, amigos -grita un mozo. 
-¡Subid todos! -vocifera Mikolka- Nos llevará a todos o le mato.
Y azota sin descanso; ciego de furia, no sabe ya cómo pegar al animal.
-¡Papaíto, papaíto! -gime el niño- ¿Qué hacen? ¡Papaíto, están pegando al pobre caballo!
-Vayámonos, vayámonos -responde el padre-. Están borrachos y se divierten así, los estúpidos. Vayámonos; no lo mires -quiere apartarle, mas el pequeño se le escapa de la mano y, sin saber lo que hace, corre hacia el animal.
La pobre bestia no puede más. Resuella, se ahoga, se detiene, vuelve a tirar y casi se cae. 
-¡Azotad hasta matarlo! -grita Mikolka-. Se lo merece. ¡Lo mato a golpes!
-¡Salvaje! ¿Es que no temes a Dios? -grita un viejo, entre los mirones. 
[...]
-¡No te metas! Es cosa mía. Hago con él lo que quiero. ¡Que suba más gente! ¡Subid todos! ¡Digo que irá al galope!...
 Sueltan a coro una carcajada enorme, que ahoga los demás ruidos: el caballo no soporta más tiempo la granizada de latigazos y en su impotencia comienza a dar coces. Ni siquiera el viejo puede contenerse, y se ríe. No es para menos: ¡un rocín tan desmedrado dando coces!
Dos mozos del grupo se arman de látigos y corren hacia el animal para golpearlo por los costados.
-¡Dale en el morro! ¡A los ojos, a los ojos! -grita Mikolka.
-¡A cantar, amigos! -exclama alguien en el carro.
 Los que están con él rompen a cantar una canción soez, acompañada de golpes en los maderos y de silbidos. La mujer casca avellanas y ríe.
 ... El niño corre al lado del caballo, se pone ante él, ve que lo golpean en los ojos, ¡en los mismos ojos!... Llora. El corazón se le rebela, las lágrimas le corren por el rostro. Uno de los verdugos le alcanza en la cara, pero la criatura no nota el dolor; se desespera, grita, se lanza hacia el viejo de barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza en señal de reprobación. Una campesina le toma de la mano y quiere apartarle; el pequeño se escapa y corre otra vez hacia el caballo. El animal está agotado, aunque otra vez se pone  a dar coces. 
 -¡Verás lo que es bueno, salvaje! -grita fuera de sí Mikolka. 
 Arroja el látigo, se inclina y saca del fondo del carro una vara; la agarra por un extremo con ambas manos y la enarbola con fuerza encima del animal.
-¡Que lo aplasta! -Claman por todas partes.
 -¡Lo mata!
-¡Es mío! -vocifera Mikolka, y descarga la vara con todo su vigor. Suena un duro golpe. 
-¡Golpéalo, golpea! ¡Por qué te paras! -gritan algunos de los numerosos mirones.
Mikolka levanta el grueso palo otra vez y lo descarga sobre el lomo del desgraciado rocín, al que se le doblan las patas traseras. El pobre animal da un salto y tira, tira con sus últimas fuerzas en todos los sentidos para arrastrar la carga. Seis látigos lo persiguen, sin perdonarle. La vara se levanta y cae por tercera, por cuarta vez, acompasadamente. Mikolka está furioso porque no puede matar a su víctima de un solo golpe. 
 -Es duro de pelar -gritan.
-Ahora caerá, no tiene escape, amigos. ¡Se acabó! -comenta un espectador.
-Hay que darle con un hacha para acabar de una vez -vocifera un tercero.
 -¡Maldito seas! ¡Apartaos! -brama frenético Mikolka; arroja la vara, se inclina otra vez y saca una barra de hierro- ¡Cuidado!
 Reuniendo todas sus potencias, asesta un tremendo golpe a su pobre caballo. Suena el baque; el caballo se tambalea, se dobla de patas, quiere tirar. La barra cae implacablemente sobre su espinazo y el animal se desploma como si le hubiesen seccionado las cuatro patas de una vez.
 -¡Rematadlo! -grita Mikolka, y salta del carro como loco.
Algunos mozos, colorados y borrachos, empuñan lo primero que encuentran: látigos, bastones, la vara, y corren hacia el caballo, ya agonizante. Mikolka se acerca a uno de los costados del animal y, con innecesario celo, le golpea la espalda con la barra de hierro. El rocín alarga el morro, respira pesadamente y muere. 
 -¡Se acabó! -gritan entre la gente.
-Por terco. ¿Por qué no ha galopado? 
 -¡Es mío! -grita Mikolka con la barra en las manos y los ojos inyectados de sangre.
 Parece que le duele no tener ya a quién pegar.
-¡Ya se ve que no tienes temor a Dios, hereje! -acusan numerosas voces.
El niño no sabe lo que hace. Gritando, se abre paso a través de la gente hacia el caballo roano, le echa los brazos al morro exánime, ensangrentado, y lo besa, besa los ojos, los labios... Luego, de pronto, salta y, apretando los puños, se lanza furioso contra Mikolka. En aquel instante su padre, que le había seguido, lo agarra y lo saca de la muchedumbre.
-Vamos, vamos -le dice-. A casa...
-¡Papaíto! ¿Por qué han matado al pobre caballo? -pregunta sollozando; pero como el aire le falta, las palabras le salen a gritos del oprimido pecho. 
 -Están borrachos y hacen disparates. Allá ellos. ¡Vamos!
El niño se agarra a su padre con ambas manos, pero le falta aire, le falta aire. Quiere tomar aliento, quiere chillar... y se despierta.
Raskólnikov se despertó bañado en sudor, empapados los cabellos, jadeante. Se incorporó horrorizado."

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