sábado, 2 de agosto de 2014

Otro fragmento de "Crimen y castigo", de Fiodor Dostoievski


 "-Y usted tiene razón -dijo Porfiri, reanudando su plática, mirando, alegre y bonachón, a Raskólnikov, lo cual estremeció a éste, y al instante le hizo ponerse en guardia-. Realmente tiene usted razón al reírse con tanta gracia como lo ha hecho, ¡je, je!, de las formas jurídicas. La verdad es que nuestros procedimientos, profundamente psicológicos (algunos, claro), son extraordinariamente ridículos y hasta inútiles, si se hallan muy ceñidos a la forma: si yo reconociera o, mejor dicho, si yo sospechara de alguien, de éste, del otro o del de más allá, que es, supongamos, un criminal, y se me encargara la causa... Si no me equivoco usted se prepara para ser jurista, ¿verdad?
 -Sí, me preparaba...[Raskólnikov]
 -Bueno, pues aquí tiene un pequeño ejemplo para el futuro; es decir, no crea que me atreva a darle una lección a quien publica tales artículos sobre el crimen [ Se refiere a un artículo escrito por Raskólnikov en el que éste defiende que el crimen está justificado si con él se contribuye a una mejora para la humanidad]. No, sólo me atrevo a preguntárselo a modo de hecho, de pequeño ejemplo. Pues bien, si yo considerara a uno, a otro o a un tercero como criminal, ¿para qué, pregunto yo, debo intranquilizarle antes de tiempo, aunque tenga pruebas contra él? A uno, por ejemplo, me veré obligado a detenerlo cuanto antes; pero otro, a lo mejor tiene un carácter distinto. ¿A santo de qué, pues, no dejarle pasear por la ciudad? ¡Je, je, je! No, ya veo que no me entiende bien. Se lo explicaré con más claridad: si yo, por ejemplo, lo encierro demasiado pronto, con ello moralmente, por decirlo así, hasta le doy un apoyo, ¡je, je! ¿Usted se ríe? -Raskólnikov estaba muy lejos de pensar en reírse: sentado, apretados los labios, no apartaba su mirada encendida de los ojos de Porfiri Petróvich.- Y en realidad, es así, sobre todo con ciertos individuos, pues la gente es muy diversa, aunque a todos se les aplica la misma práctica. Ahora me dirá usted: las pruebas. Sí, cierto; supongamos que tenemos pruebas; pero usted sabe, amigo mío, que las pruebas, en la mayor parte de los casos, tienen dos filos. Yo soy juez inspector y, por tanto, un hombre débil, lo confieso: desearía presentar la causa, por decirlo así, con claridad matemática; quisiera obtener una prueba que fuera semejante al dos por dos son cuatro. ¡Que fuera una prueba directa e indiscutible! Pues bien; si al presunto criminal lo encierro antes de tiempo, aunque yo estuviera convencido de que es él, entonces, en definitiva, me privo yo mismo de medios para poder demostrar más tarde su culpabilidad. ¿Qué por qué es así? Pues porque, en cierto modo, le proporciono una situación determinada, es decir, le defino psicológicamente y le tranquilizo, y se escapa de mis manos para refugiarse en su concha: al fin comprende que es un detenido. Verá, cuentan que en Sebastopol, inmediatamente después de la batalla de Almi, había personas inteligentes que temían que el enemigo lanzara sus fuerzas abiertamente al ataque y que tomara la plaza fuerte; pero cuando vieron que el enemigo prefería un asedio entonces esas personas inteligentes se pusieron muy contentas y se sosegaron: la lucha se prolongaba, por lo menos dos meses más, porque, ¿cómo iban a tomar la ciudad en un asalto con todas las de la ley? ¿Otra vez se ríe? ¿Tampoco lo cree usted? Claro, también usted tiene razón. ¡Tiene razón, tiene razón! Esos son los casos particulares, estoy de acuerdo con usted. El hecho es que he referido realmente un caso particular. Pero, vea usted, mi buen Rodión Románovich, lo que es necesario tener en cuenta: el caso general, ese caso que sirve de medida a las formas y reglas jurídicas, y de base sobre la que se han escrito los libros, no existe en absoluto, por el mismo hecho de que toda causa, por ejemplo, todo crimen, tan pronto como ocurre en realidad, se convierte en un caso por completo particular, a veces en nada parecido a los anteriores. A veces suceden casos ultracómicos. Bueno, he dejado al señor aludido completamente solo: ni le detengo ni le intranquilizo, pero ha de saber en cada momento que yo lo sé todo, o por lo menos ha de sospechar que le vigilo día y noche. Si lo tengo siempre en estado de sospecha y temor, entonces, se lo juro, al final perderá la cabeza, y se presentará él mismo  y será capaz de hacer algo que se parecerá al dos por dos son cuatro, o sea algo que tendrá un cariz matemático, lo cual no deja de poseer su encanto. Eso puede ocurrir con un mujik muy zote. ¡Imagínese, pues, lo que pasará con un hombre como nosotros, moderno, y más si se ha educado en determinado sentido! ¡Aún mucho más! Pues, mi querido amigo, es algo muy importante saber en qué dirección se ha desarrollado un hombre. Y los nervios, ¿eh? ¿Los ha olvidado usted? Le quedan  a ese hombre enfermos, rotos, irritados... ¡Y cuánta hiel! ¡Cuánta! Le digo que, si el caso se presenta, es una especie de mina para la investigación. ¿Por qué he de inquietarme yo de que ese hombre vague sin esposas en las muñecas por la calle? ¡Que pasee de momento, que pasee! Sé muy bien que es mi víctima y que no se me puede escapar. ¿Adónde quiere que escape? ¡Je, je! ¿Al extranjero, por ventura? Al extranjero huirá un polaco, pero no él, tanto menos cuanto que vigilo y he tomado medidas. ¿Que se esconderá en las profundidades del país? Pero allí viven auténticos mujiks, zamarros, verdaderos rusos. Un hombre de hoy, culto, preferirá el presidio a vivir con tales extranjeros como nuestros mujiks. ¡Je, je! Pero esto son bobadas, es lo exterior. ¿Qué significa eso de que escapará? Eso es lo formal, pero el meollo de la cuestión no radica ahí. Si no se me escapa de las manos, no es sólo porque no tiene adónde dirigirse: de mí no se me escapa "psicológicamente", ¡je, je! Vaya expresioncita, ¿eh? De mí no huye por ley de naturaleza, aunque tenga a donde huir. ¿Ha visto alguna mariposa junto a la llama? Bueno, pues así estará dando vueltas a mi alrededor, como en torno a una vela; para él la libertad perderá su encanto; ese hombre comenzará a pasar el tiempo reflexionando, se armará un lío, quedará envuelto en sus pensamientos como en una red, él mismo se preparará alguna combinacioncita matemática como la de dos por dos; basta sólo que le dé un descanso suficientemente largo... Y seguirá dando vueltas a mi alrededor, reluciendo cada vez más el radio de los círculos, hasta que, ¡zas!, se meta volando en mi boca y me lo trague. Claro que esto es muy agradable, ¡je, je, je! ¿No lo cree usted?
 Raskólnikov no contestó; permanecía sentado, pálido e inmóvil, observando con atención el rostro de Porfiri."

 Otro fragmento de Crimen y Castigo, de Fiodor Dostoievski


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