martes, 9 de diciembre de 2014

Filosofía en el tocador, del Marqués de Sade

Entre adoctrinamiento y pornografía...


Hace casi un mes desde la última reseña, por lo que tengo que disculparme ante los lectores por mi prolongada inactividad no justificada. Lo importante es que hoy volvemos con reseña y para quedarnos. Hablaremos de un libro peculiar, que no bueno, intentando analizarlo como siempre de forma muy sucinta y general. La verdad es que tampoco es mucho lo que se puede sacar de aquí.

En el prólogo de la edición de Edimat que saqué de la biblioteca pública comenta que Simone de Beauvoir, la famosa escritora feminista, en un breve ensayo consideró a este marqués como todo un revolucionario de lo positivo. Habría que ver qué es lo que valora Beauvoir de todo el entramado de pensamiento de Sade positivo. Tirando un poco de sus palabras, que aún no quiero darle al coco:

“En la soledad de los calabozos, Sade tuvo también su noche ética parecida a la noche intelectual con la que se envolvió Descartes. No logró el surgimiento de su evidencia, pero por lo menos discutió todas las respuestas demasiado fáciles. Si es posible superar la soledad de los individuos es a condición de no desconocerla. En el caso contrario, la promesa de dicha y de justicia envuelve las peores amenazas. Sade ha vivido hasta las heces el momento del egoísmo [veremos ahora qué es lo que entiende Sade por egoísmo] de la injusticia y de la desdicha, y clama por la verdad. Lo que constituye el valor supremo de su testimonio es lo que nos inquieta. Nos obliga a plantearnos el problema esencial, que bajo otras apariencias obsesiona a nuestro tiempo: las verdaderas relaciones del hombre con el hombre.”

Uno lee esto en un prólogo y, si no ha leído nunca nada del autor, como es mi caso, se dice: “¡Coño, la cosa promete!” Noches éticas a lo Descartes, la naturaleza del hombre, denuncia del egoísmo y de las injusticias humanas, relaciones entre los hombres, etc… También te deja caer, también, como de pasada, que el valor supremo de su testimonio es algo capaz de inquietar. Quizás sea la traducción del francés, pero creo que el verbo que mejor se ajusta en castellano en esa frase a lo que luego refleja el texto sea el de perturbar. ¿Perturbar para? Para adoctrinar, por supuesto. ¿A quién? Pues, a los lectores. ¿A quién si no? 

Sade crea en esta obra, por prudencia no diré que también en las demás, una teoría pseudofilosófica acerca de la naturaleza del ser humano y de la moral que debe seguir, o mejor dicho, de la que no debe seguir. En esta historieta llena de porno, no quiero decir barato porque esta palabra es quizás demasiado subjetiva a pesar de ser la que se me antoja primero a la mente, se introducen de forma implícita los preceptos de esta filosofía. Los coitos y las lecciones se intercalan, y a veces se solapan, en el tocador de la Señora de Sant- Ange, una licenciosa aristócrata. Esta estructura coito/discusión/coito se torna tan repetitiva en la novela que, si no la he dejado en la página cincuenta, ha sido por orgullo propio. Las escenas erótico-pornográficas están ordenadas y comentadas por el sodomita Dolmancé, retórico, además de follador, en el cual descansa toda la ideología de Sade hasta el momento en el que escribe la novela. Junto con la señora antes mencionada se convierten en los instructores que llevaran por los senderos de la inmoralidad a Eugenia, una joven adolescente que por orden de su padre ha salido de un convento, o algo por el estilo, donde estudiaba en función de los valores de la sociedad católica imperante. Eugenia no sólo es bella e influenciable, también es virgen, lo que constituye un plato delicioso para sus lúbricos nuevos maestros. Sin embargo, por muy influenciable que sea Eugenia y muy buen retórico que pueda parecer Dolmancé en la obra no puede dejar de tachar la evolución que experimenta la discípula en el transcurso del diálogo (porque es una novela dialogada, algo que debería haber comentado arriba, pero que no he hecho por descuido) como algo del todo inverosímil. Tras un par de sermones, como si estos le hubieran quitado una venda de los ojos, ya quiere matar a su madre por inculcarle valores que jamás le impedirían ser feliz en su sexualidad. Cada uno pensará lo que quiere, pero yo lo que veo es a un hombre que quiere difundir su ideología, que ha escrito una novela para hacerla más accesible y que no se ha molestado en currarse a un personaje tan importante como la protagonista lo suficiente.
 
“DOLMANCÉ: (…) Que la fantasía de algunos crímenes inflame vuestra alma, Eugenia, en la certeza de que entre nosotros podréis cometerlos en paz.
EUGENIA: ¡Ah! ¡Esa fantasía ya está en mi corazón!
SEÑORA DE SANT-ANGE: ¿Qué capricho te inquieta, Eugenia? Dínoslo con confianza.
EUGENIA, como extraviada: Quisiera una víctima.
SEÑORA DE SANT-ANGE: ¿De qué sexo?
EUGENIA: ¡Del mío!
DOLMANCÉ: Bien, señora, ¿estáis contenta de vuestra alumna? ¿No ha progresado bastante?
EUGENIA, permaneciendo en el mismo estado: ¡Una víctima, querida, una víctima! ... ¡Oh, dioses! ¡Sería la mayor felicidad de mi vida!...
SEÑORA DE SANT-ANGE: ¿Y qué le harías?
EUGENIA: ¡Todo! … ¡Todo! … Todo lo que pudiera convertirla en la más desgraciada de las criaturas. ¡Oh, querida, ten piedad de mí, no puedo más! …
DOLMANCÉ: ¡Santo Dios! ¡Qué imaginación! … ¡Ven, Eugenia, eres deliciosa! … ¡Ven que te bese, una y mil veces! (La toma en sus brazos.) Aquí tenéis, señora, mirad a esta libertina cómo se desahoga de cabeza, sin haberla tocado siquiera… ¡Es absolutamente necesario que vuelva a penetrarla por detrás!
EUGENIA: ¿Tendré luego lo que pido?
DOLMANCÉ: ¡Sí, loca!... Sí, ¡te lo garantizo!
EUGENIA: ¡Oh, amigo, aquí está mi culo! … ¡Haced en él lo que queráis!”

Las únicas realidades que le impiden a Sade alcanzar su paraíso de brutalidad son, por un lado, el régimen monárquico dictatorial y, por otro, la religión cristiana. Mientras que el primero ya había sido derribado en la Francia en la que escribió “Filosofía en el tocador”, el segundo tenía todavía una enorme influencia social. Aproximadamente cada veinte/veinticinco páginas se le escapa algún insulto a los ídolos del cristianismo que, según Sade, cohíben a la población y les impide vivir conforme a la naturaleza. Con la religión cristiana deberían caer todos sus valores: la piedad, la bondad, la fe, .etc. En la primera “lección” Dolmancé tacha como algo horrendo darle pan o dinero a un mendigo para que subsista. Algo que me chocó bastante en su momento, pero que después de haber leído lo demás me parece hasta “suavito”. Para Sade desde que el cristianismo llegó al mundo todo ha ido de mal en peor. Compara, a su modo, la sociedad francesa de la época de la Revolución con la Grecia y la Roma clásicas, lo que constituye un punto interesante, pero poco más que eso. Una vez que caen los dos pilares que ha Sade le molesta ya se logra la máxima libertad donde todo (salvo el amor, que es considerado por el marqués como el sentimiento más egoísta del mundo) es justificable: la calumnia; el robo, cuando está destinado a igualar riquezas; la prostitución de ambos sexos y de todas las edades; la violación, puesto que “nadie pertenece a nadie y el apetito sexual es algo irrefrenable”; el incesto, al, y esto no es broma, “extender  los lazos familiares”; la sodomía; la zoofilia y el asesinato, porque la naturaleza nos empuja, sencillamente, a él. Es así como no existirían crímenes en el mundo porque todo sería legal y natural. Puede que esto convenza a Eugenia, pero la verdad es que a mí no. 

La obra apenas tiene algo de calidad literaria. Todo son ideas absurdas, extremas y llenas de brutalidad. No hay nada de elegancia en las escenas sexuales, es pura pornografía. En resumen, una pérdida de tiempo.

2 comentarios:

  1. La elegancia es ponzoñosa, pues como todo vicio, cuando se abusa de ella se llega a la ignonimia del sueño intelectual. A veces un poco de brutalidad y un poco de desorden sirven mejor al arte cuando este quiere despertar a los adormecidos. Es evidente que su persona necesita de una brutalidad si cabe más extraordinaria para relevarse del sueño de su propia autocomplaciencia masturbatoria. Le recomiendo empezar por la horca.
    Firmado: una libertina apasionada.

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    1. Pues no sé dónde verá usted, libertina, la elegancia. Yo no la encuentro en ninguna parte, aunque también puede deberse a que mi "autocomplaciencia masturbatoria" me ciega. No sé.

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