miércoles, 30 de abril de 2014

Fragmento de "Pabellón de reposo", de Camilo José Cela




"Cuando miro para el cielo, de noche, y no encuentro la luna hermosa de hace algunos meses, una angustia sin límites se apodera de todo mi ser.
Las nubes, pesadas, bajas, grises, como moribundos caballos de batalla, han ocultado tras su espesor a la alta luna nueva, que parece un suspiro, a la lejana luna llena que sonríe, a la meditativa y ensimismada luna en cuarto menguante, que se agarra con desesperación a los tenues quejidos que pasan a su alrededor, para no caer al otro lado del horizonte. 
La luna, helada, arropada por ese aire sucio de las nubes... El silencio es el mismo y el aburrimiento... ¡Ah, el aburrimiento es espantoso!"


 
 

domingo, 27 de abril de 2014

La máscara de Ripley, de Patricia Higsmith

Tom Ripley, París, Londres, arte moderno, suicidios y una gran estafa. Higsmith en estado puro




Soy consciente de que está muy feo eso de reseñar segundas partes sin hacer ningún comentario de la primera. Por eso les voy a contar resumidamente de qué va el talento del señor Ripley, personaje con mil y un recurso. Más astuto que un zorro. Un tipo que viaja desde los Estados Unidos a un pequeño pueblo de Italia con la misión de convencer a Dickie Greenleaf, viejo amigo suyo de que vuelva a América y se ocupe del negocio de su padre. Entre Dickie, su medio novia y Tom hay un trio amoroso muy extraño y -pasando lo que tenía que pasar- el viejo colega acaba debajo del mar. Como Tom tiene que ver con su muerte, suplanta su identidad mientras huye de la policía y... por supuesto, consigue escapar, -¿cómo harían la secuela si no? La construcción de la novela estupenda, el protagonista fuertemente atractivo, la narración profundamente adictiva, etc...

Pero vengo aquí, al foro, a hablar de la segunda parte. Siempre dicen que las segundas partes no son buenas (Con excepción de "El Padrino"), y si bien ésta no engancha tanto como la primera, es un muy buen libro, un ejemplo de cómo hacer novela negra con un toque diferente, un toque Higsmith. 

La acción se sitúa cinco años después de que Tom despistara a la policía internacional en Grecia y se olvidara el caso Greenleaf, considerándose su muerte un suicidio. Tom dispone ahora de gran parte de la fortuna de Dickie y vive con su mujer, Heloise, en una villa cerca de París. Todo es sosiego y relax para él, que no tiene ninguna ocupación. Sin embargo, el que ha leído "El talento de Mr. Ripley" sabe que a este personaje no le va el conformarse con los negocios legales que reportan pocos ingresos. Ripley sigue siendo en esta segunda parte un pillo en toda regla. Hace varios años que conoció a los amigos de un difunto pintor joven, promesa de su arte, que lamentaban la reciente muerte de éste: un tal Ed, un tal Jeff y un tal Bernard Tufts. La propuesta era profundamente inmoral y Tom la había formulado medio en broma, pero si alguien tuvo en cuenta la memoria de Derwatt (pues así se llama el pintor desaparecido en Grecia tras salir a nadar una mañana) en ese momento, no se pronunció. Bernard, que era pintor, podría intentar hacer un cuadro a lo Derwatt a modo de prueba y ellos podían decir que Derwatt no estaba muerto, que vivía en un municipio remoto de Méjico en plena armonía con el mundo y con su soledad, que le era necesaria para pintar sus grandiosos cuadros. Aquí comienza un negocio de falsificaciones que crece día a día y del que Thomas Ripley obtiene los ingresos que le permiten costearse su dispendiosa vida. Todo es un paraíso, hasta que alguien descubre la estafa, un tal señor Murchison, al que desde el principio sabemos que le quedan como mucho treinta páginas de vida, que se basa en que Derwatt ha utilizado para sus cuadros más modernos un color que ya había desechado en una época anterior. Tom se ve en la obligación de ir a Londres, donde Jeff y Ed tienen montada una galería de arte donde se exponen exclusivamente cuadros de Derwatt, y hacerse pasar -¿quién mejor para hacerlo que el hombre de las mil caras?- por el pintor ahogado y convencerle de que no hay ningún cuadro que él no hiciera para poder salir del entuerto, pero -¿cómo no?- esto le costará más de lo que cree (unas trescientas y pico páginas para ser más precisos). Tom acaba de entrar en una carrera de obstáculos donde misteriosas desapariciones y muertes se circunscribirán a su persona y donde deberá crear de nuevo, como ya hizo en la primera parte, una mentira lo suficientemente convincente para poder escapar de toda sospecha. 

Vuelve el tema del doble, y esta vez no sólo con Ripley, sino también con Bernard Tutfs, quien le dará al americano muchísimos problemas, que se meterá tanto en el papel de Derwatt que olvidará su vida pasada y querrá volver a ella en un momento crítico. Vuelve la inteligencia de un personaje crucial para la novela negra. Lo que no vuelve y es llamativo, es el tema de la sexualidad de Tom, que pasa de dudar sobre si es o no homosexual a casarse con una atractiva señorita francesa. Quizás esto se debe a un intento de hacer el libro más comercial, algo lógico tras ver el éxito que despertó la primera parte. En cualquier caso es una muy buena continuación que en el nivel baja lo mínimo para enlazar con la historia anterior otra totalmente diferente. Esperemos que la tercera se mantenga como hasta ahora.

lunes, 14 de abril de 2014

Satori en París, de Jack Kerouac

El relato de una iluminación en tierras francesas...


En Satori en París Jack Kerouac nos narra de forma autobiográfica su experiencia en París y Bretaña durante diez días entre mayo y junio de 1966, cuando acude al país galo con la esperanza de conocer más acerca de sus antepasados, los cuales pertenecían a la nobleza bretona. Sin embargo, esto no es más que una escusa para trasladar su vida bohemia de Florida, en los Estados Unidos de América, a un nuevo ambiente. Pues, pocas veces está sobrio en la novela o sin alguna fémina encima. Hombre de naturaleza impulsiva, que busca vivir la vida, sin unos motivos claros, así es Kerouac tal y como él mismo se nos presenta en la novela. Su viaje, tomando en consideración el objetivo inicial, podría considerarse infructuoso, falto de éxito. Pero hay algo, algo que no nos revela, algo que se guarda para sí mismo y que encubre de un sentido religioso muy pietista, y que él denomina su satori. Como él mismo explica un satori es un término japonés que designa "una iluminación repentina, despertar repentino o simplemente una patada en el ojo". Es alrededor de esta revelación, cuya naturaleza no se descubre nunca, el punto sobre el que gira la novela. Ni siquiera Kerouac sabe si fue en las calles de Brest, en una borrachera con un hombre llamado Noblet, si fue conversando con la secretaria de Casteljaloux, o al final de su viaje de camino al aeropuerto en el taxi de un señor llamado Raymond Baillet cuando tuvo su satori. Lo importante no es pues la iluminación en sí, sino el proceso que conduce a esa iluminación, que está narrada con brutal maestría por parte del escritor norteamericano. Entramos con Satori en París en una novela de pequeñas aventuras muy especial, llena de referencias culturales, que un público con unas mínimas nociones sobre arte y literatura disfrutará muchísimo.

martes, 1 de abril de 2014

Desgracia, de Jonh Maxwell Coetzee

¿Desgracia como desgracia o desgracia como maravilla?




¿Podríamos discutir si Coetzee representa o no un exponente de la literatura africana? Podríamos. Por un lado, si bien es verdad que nació en Sudáfrica y que éste es un país del continente donde nacieron los primeros hombres y su retrato de la sociedad de su tiempo es tenaz y podríamos decir sincero, su punto de vista se ve marcado por su color de piel y por su educación occidental tanto dentro como fuera de su país. ¿Se ha llegado a decir de él que no era más que un burgués sudafricano y que, por tanto, no podía representar los principios de igualdad social que suelen reivindicar los escritores negros de su tierra? Sí. De hecho, este asunto poco le importa a un Coetzee, que en “Desgracia” no tiene ningún problema en desafiar lo políticamente correcto, para montar una historia verosímil donde la maldad se esconde en rostros color azabache. ¿Intenta ser con esto realista? ¿Es él el auténtico exponente africano de la literatura y no, pongamos por ejemplo, Chinua Achebe o Alain Mabanckou, más concienciados con la defensa de la población negra frente a los abusos de Occidente?


Lo que no se puede cuestionar es que Coetzee vivió en Sudáfrica en la época del aparheid, vocablo afrikaans que significa segregación racial, entre negros y blancos, y que escribe “Desgracia” sólo siete años después de que se elimine la vergonzosa ley que impedía a más del setenta por ciento de la población disponer de unos derechos humanos claves como, por ejemplo, la elección de sus representantes electorales. Sin embargo, más de un siglo de dominio y de explotación (en los primeros años), de odio racista y de reivindicación de las costumbres propias, tanto por un lado las africanas, como por otro las occidentales, no se cura de la noche a la mañana. ¿Y es un sentimiento que sigue muy vivo? Sobre todo en las zonas rurales, donde Coetzee, desafiando al Dickens que todos los prados le parecían bucólicos, sitúa un escenario de ¿violencia salvaje?, donde el vecino, el pez grande, se quiere merendar al chico, y sólo basta con atacar al margen de cualquier ley y presionar de cualquier manera para lograr sus objetivos, con la escusa de que éste no es “de su pueblo”.

El argumento de la novela versa sobre la caída en lo más hondo de su existencia de David Lurie, un profesor de universidad de Poesía Romántica en Ciudad del Cabo, divorciado y con una hija que no le gusta su trabajo y que llena la falta de amor que su solitaria vida le proporciona con Soraya, una mujer a la que paga por acostarse con él en el edificio de una agencia. En medio del caos en el que vive, se cruza una mañana de regreso a su casa con Melanie Isaacs, una de sus estudiantes, poco aplicada, poco ingeniosa, pero muy bella, a la que invita a tomar un café en su dúplex, dos calles más allá, y ella, algo insegura, acepta. ¿Cómo? No lo sé. ¿Debería probar yo también a entrarle a la gente a saco? Puede. En la casa Lurie acaba por seducirla y tiene con ella una aventura. Todo vuelve a marchar bien hasta que se desvela y cae, como el protagonista de un drama clásico en desgracia, si es que no llevaba en ese estado toda su vida. El tiene cincuenta y dos años, ella poco más que dieciocho: ¿podría ser su padre? ¿casi incluso su abuelo? Es vejado por sus compañeros de trabajo, por sus alumnos, por el novio de la muchacha, hasta por su ex mujer y se le obliga a dimitir, a abandonar su carrera académica a no ser que se disculpe. ¿Él lo hace? Por supuestísimamente que no. No tendría gracia la novela. Se declara culpable de todo lo que le acuse Melanie y se retira a la granja de su hija Lucy, junto a Grahamstown, con la perspectiva de escribir mientras tanto una ópera sobre los últimos años de Lord Byron. Lucy, que hasta hace poco tiempo vivía con su novia Helen, se dedica al cultivo de flores y pequeñas hortalizas y al cuidado temporal de perros. En ello le ayuda Petrus, un hombre negro, que no parece dominar muy bien el inglés, y que vive en los antiguos establos de la casa, junto a una de sus dos mujeres. Le ha adquirido una pequeña porción de tierra a Lucy. Allí poco a poco las relaciones con su hija irán entrando en tensión a raíz de un altercado. Unos hombres negros y un chico se presentan un día en la casa de Lucy con la intención de llamar por teléfono, argumentando que en su aldea no hay luz. Lucy se lo permite. Mientras tanto, David aguarda fuera con el chico. ¿Se huele que algo no va bien? Se ha generado una atmósfera de tensión entre los personajes que él no entiende del todo. Llama a gritos a Lucy. ¿No hay respuesta? Llama a Pretus. ¿No hay tampoco? ¿Ya se pueden imaginar que pasa a continuación? ¿No? Pues leanse el libro.

¿La narración es así todo el puto rato? Sí, preguntando el bueno de Lurie va avanzando la novela y vamos adentrándonos con él en el corazón de su desgracia. ¿También se habla de la felicidad? Por qué no. ¿De la segregación racial? Un poquito ¿De las distinciones entre campo y ciudad? Algo. ¿Recomendable? Por supuesto. ¿Algo más que añadir? Simplemente léanla.