jueves, 31 de julio de 2014

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino

Marco Polo y Kublai Jan en una obra poliédrica sobre el viajar...


Reseñar este libro va a ser una tarea difícil porque en primer lugar me ha resultado sumamente complicado clasificarlo. Según el gran Aristóteles, ese filósofo sabio algunas veces y otras no tanto que fue discípulo de un tal Platón, existen en la literatura tres grandes géneros: la lírica, el drama y la narrativa. El primero sirve para que el autor exprese sus sentimientos, normalmente en verso, a través del uso de figuras literario.retóricas. Hay "Las ciudades invisibles" no encajan, a pesar de que su autor admitió posteriormente que había escrito el libro como si de un libro de poemas se tratase. El segundo sirve para reflejar la realidad, en principio, en recintos especiales llamados teatros, donde los personajes son interpretados por actores frente a un público que valora la obra, ríe o llora con ella. Apenas hay dos personajes en la obra y el estilo no es ni remotamente teatral, así pues aquí tampoco encajan "Las ciudades invisibles". El tercero representa una serie de acontecimientos que efectúan unos personajes, ficticios o no, donde la acción normalmente se narra en prosa. Esto sería aplicable a las conversaciones que tienen Marco Polo y Kublai Jan -nuestros personajes- al principio y al final de cada capítulo, pero no nos sirve en absoluto para lo demás, que es la mayor parte del libro y, por lo tanto, tampoco nos cuadra con "Las ciudades invisibles". ¿Pero cuál es el género de las ciudades invisibles? Uno al que no me había enfrentado hasta ahora: el género del relato de viajes. Para aquellos que no saben de que les hablo daré unas sucintas características de este género, que, por otro lado, se corresponden en la obra: los relatos de las ciudades intentan -o al menos lo son para el Gran Jan- factuales en lugar de ficcionales, prima la descripción sobre la narración, los relatos intentan ser objetivos y no subjetivos -sin embargo, hay que aclarar que esto no se consigue nunca en la obra porque Marco habla de una ciudad recordando todas las anteriores que ha visitado-, los relatos se rodean de paratextos (principio del capítulo y final del mismo, consistentes en dos conversaciones entre Marco Polo y Kublai Jan con relación a los viajes del primero) que subrayan la factualidad y la objetividad del relato, y, finalmente, una fuerte intertextualidad, que curiosamente no se da en nuestra obra.

 En "Las ciudades invisibles" Calvino emplea a los personajes históricos de Marco Polo, intrépido aventurero y comerciante veneciano famoso en Occidente tras volver de las Indias en el siglo XIII y describir en sus "Viajes" las ciudades y las costumbres de sus habitantes que había visto, y Kublai Jan, o Kan según se prefiera, gran emperador del Imperio Mongol y descendiente del temido guerrero Gengis Jan, como escusa o marco para describir ciudades imaginarias, fabulosas, alegres y tristes, pero sobre todo peculiares. Marco Polo viaja a los confines del vasto imperio de Kublai para obtener información acerca de las ciudades que lo componen, en calidad de embajador, para luego regresar al palacio del emperador y hablarle, en su lengua, de lo que ha visto, mostrándole los más diversos objetos, colocándolos encima de la mesa y realizando toda clase de gestos, no para que el Gran Jan pudiera comprenderle sin problemas, sino porque tal es su nivel de entusiasmo. Pero estos marcos, que no componen una historia ni mucho menos, siendo independientes de un capítulo ha otro, guardan varias de las reflexiones más trascendentales de la obra, todas orientadas, como no, hacia el tema del viaje. ¿Cuándo viajamos, a parte de descubrir nuevos parajes, nos estamos descubriendo a nosotros mismos, lo que somos, lo que hemos sido y lo que nunca seremos? ¿Son las ciudades que se narran en las obras literarias ciudades auténticas o no lo son por mucho que se empeñe el escritor en hablar de ellas con el realismo más puntilloso, bien porque la realidad no se puede copiar a la perfección, bien porque cada ciudad es distinta para unos y para otros, a pesar de guardar muchos elementos comunes? ¿Cuándo vemos otras ciudades la analizamos como algo nuevo o establecemos comparaciones con las que hemos visto anteriormente, encontrando muchas cosas similares y no tantas diferentes? ¿Qué es lo que hace distinta a una ciudad de otra? ¿Existen todas las ciudades soñadas e imaginadas, aunque no sean en este mundo? ¿Para describir una ciudad qué es mejor: hablar de ella en general o describirla casa por casa y calle por calle? ¿Podemos viajar también a través de la memoria? ¿Cómo es esto posible? Y así decenas de cuestiones más sumamente interesantes, planteadas con gran habilidad en un espacio muy reducido, lo que aumenta la densidad del texto e invita al lector a detenerse cada  cierto número de páginas para reflexionar.

"Era el alba cuando dijo: -Sire, ya te he hablado de todas las ciudades que conozco.
-Queda una de la que no has hablado jamás.
Marco Polo inclinó la cabeza.
-Venecia -dijo el Jan. 
 Marco sonrió. -¿Y de qué crees que hablaba?
El emperador no pestañeó. -Sin embargo nunca te he oído pronunciar su nombre. 
 Y Polo: -Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia."
 Esta densidad se mantiene en el interior de los capítulos. Cada ciudad que se describe se vuelve una parada necesaria y uno siente que le acometen deseos de pasear por sus calles en zigzag, ver las maravillas que guarda una y otra vez, y quedarse a vivir para siempre en ese pequeñas atmósferas únicas. Italo Calvino comentó en una conferencia en la Universidad de Columbia (Nueva York) el 29 de marzo de 1983 que siempre escribe sobre muchas cosas. Tiene una carpeta con escritos sobre animales, otra con escritos sobre la psicología de unos u otros personajes, otro sobre oficios, muchas más y otra, y esta es la que nos interesa, sobre ciudades. Cada vez que tiene una idea escribe un bosquejo y cuando vio que el de ciudades empezaba a adquirir bastante peso y a engordar como un pez globo no dudó en decidirse por escribir una obra como "Las ciudades invisibles". Dentro de la enorme carpeta de ciudades encontramos muchas otras subcategorías en algunas de las cuales ahora nos detendremos con detalle: Las ciudades y la memoria, Las ciudades y el deseo, Las ciudades y los signos, Las ciudades sutiles, Las ciudades y los trueques, Las ciudades y los ojos, Los ciudades y los nombres, Las ciudades y los muertos, Las ciudades y el cielo, Las ciudades continuas y Las ciudades escondidas. Calvino nos ofrece en su obra cinco descripciones de cada subcategoría, dentro de las que destacan Las ciudades sutiles y Las ciudades continuas.

 Las ciudades y la memoria por ejemplo tratan sobre ciudades que dejan una huella impresa en nuestras vidas, sobre ciudades de las que no podemos hablar porque olvidamos cuando la abandonamos todo lo referentes a ellas, de ciudades que se olvidan a sí mismas y sólo es posible recordarlas a través de tarjetas postales.
"En Mauralia se invita al viajero a visitar la ciudad y al mismo tiempo a observar viejas tarjetas postales que la representan como era: la misma plaza idéntica con una gallina en el lugar de la estación de autobuses, el quiosco de música en el lugar del puente, dos señoritas con sombrilla blanca en el lugar de una fábrica de explosivos. Puede ocurrir que para no decepcionar a los habitantes, el viajero elogie la ciudad de las postales y la prefiera a la presente, aunque cuidándose de contener dentro de los límites precisos su pesadumbre ante los cambios: reconociendo que la magnificencia y prosperidad de Mauralia convertida en metrópoli, comparada con la Mauralia provinciana, no compensan cierta gracia perdida, que sin embargo se puede disfrutar ahora sólo en las viejas postales, mientras que antes, con la Mauralia provinciana delante de los ojos, de gracioso no se veía realmente nada, y mucho menos se vería hoy si Mauralia hubiese permanecido igual y que de todos modos la metrópoli tiene este atractivo más: que a través de lo que ha llegado a ser se puede evocar con nostalgia lo que fue."
 Las ciudades sutiles son las más surrealistas y, según el propio Calvino, las más interesantes. Calles que cuelgan en una ciudad telaraña, ciudades construidas sólo con tuberías, elevadas sobre zancos de bambú...
"Ahora diré de la ciudad de Zenobia que tiene esto de admirable: aunque situada en terreno seco, se levanta sobre altísimos pilotes, y las casas de bambú y de zinc, con muchas galerías y balcones, se sitúan a distintas alturas, sobre zancos que se superponen unos a otros, unidas por escaleras de mano y aceras colgantes, coronadas por miradores cubiertos de techos cónicos, depósitos de agua, veletas, de los que sobresalen roldanas, sedales y grúas."
 Las ciudades y los trueques no se centra únicamente en el plano económico. Pueden darse trueques de muchos modos y pueden ser tan originales como éste:

"Al entrar en el territorio que tiene por capital a Eutropia, el viajero no ve una ciudad sino muchas, de igual importancia y no disímiles entre sí, desparramadas en un vasto y ondulado altiplano. Eutropia no es sino todas ese ciudades al mismo tiempo; una sola está habitada, las otras vacías; y esto ocurre por turno. Diré ahora cómo. El día en que los habitantes de Eutropia se sienten abrumados de cansancio y nadie más soporta su trabajo, sus padres, su casa y su calle, las deudas, la gente a la que hay que saludar o que te saluda, entonces toda la ciudadanía decide trasladarse a la ciudad vecina que está ahí, esperándolos, vacía y como nueva, donde cada uno tomará otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las ventanas, pasará las noches en otros pasatiempos, amistades, maledicencias."
 Y voy a hablar un poco y a dejaros un fragmentillo de Las ciudades continuas antes de irme a la conclusión porque veo que la reseña se está alargando quizás demasiado.En Las ciudades continuas Italo Calvino nos habla de ciudades eternas, auténticas megalópolis que comienzan un día y no acaban nunca, prolongándose por todo el globo. Y no sólo son las casas las que se reproducen, también las personas:
"Cada año en mis viajes hago alto en Procopia y me alojo en la misma habitación de la misma posada [...].Así, un año tras otro, he visto desaparecer el foso, el árbol, el serbal oculto por un seto de sonrisas tranquilas, entre las mejillas redondas que se mueven masticando hojas. Es increíble, en un espacio tan reducido como aquel campito de maíz, cuántos puede haber, sobre todo, si se sientan abrazándose las rodillas, sin moverse. Han de ser muchos más de lo que parece: he visto cubrirse el lomo de la colina de una multitud cada vez más densa; pero desde que los del puente tomaron la costumbre de ponerse a horcajadas los unos en hombros de otros, no consigo ver tan lejos.  
Finalmente este año, al levantar la cortina, la ventana sólo encuadra una superficie de caras: desde un ángulo hasta el otro, en todos los niveles y a todas las distancias, se ven esas caras redondas, quietas, muy muy chatas, con un esbozo de sonrisa, y entre ellas muchas manos que se sujetan a los hombros de los que están delante. El cielo mismo ha desaparecido. Da igual que me aleje de la ventana." 
 "Las ciudades invisibles" es sin duda una obra poliédrica, metaficcional en muchos aspectos, originalísima y necesaria. Todo el mundo debería tener un ejemplar en su casa. El que me he merendado es de la biblioteca pública, pero ya he mandado a alguien a que me haga el recado, si hay suerte (no lo digo por la persona, sino por las librerías de segunda mano, que no pueden tener de todo), de que me lo pille por ahí. De momento es lo más raro que he leído este verano -que no lo mejor- arrebatándole el trono de lo weird a "El rodaballo". Interesante y con muchos matices. Siento que se me han escapado varias cosas, así que cuando pueda lo volveré a leer. "Las ciudades invisibles" es ese tipo de libros que no te importaría leer cientos de veces.

viernes, 25 de julio de 2014

Fragmento de "Crimen y castigo", de Fiodor Dostoievski



"Raskólnikov tuvo un sueño espantoso. Soñó que era un niño y que vivía con su familia en la localidad donde nació. Tenía unos siete años. Se paseaba con su padre por los alrededores de la pequeña ciudad al atardecer un día de fiesta. El ambiente era gris, el aire sofocante, el lugar exactamente igual a como lo recordaba; en su memoria aparecía incluso más borroso que en su sueño. La población se levantaba ante ellos completamente desnuda, como la palma de la mano, sin un árbol en torno; en la lejanía, junto a la línea misma del cielo, se veía la mancha negra de un bosquecillo. A pocos pasos del huerto, había una taberna, una taberna grande, que le producía siempre una impresión desagradable e incluso le daba miedo cuando paseaba con su padre por allí. Estaba constantemente llena; la gente gritaba, reía a carcajadas, juraba y cantaba con voces roncas y destempladas, y muy a menudo se peleaba. En los alrededores vagaban borrachos de cara espantosa. Al verlos, el niño se apretujaba contra su padre, temblando de pies a cabeza. Cerca de la taberna, el camino vecinal estaba cubierto de negro polvo. Continuaba luego serpenteando a unos doscientos pasos de distancia torcía a la derecha para circundar el cementerio de la localidad. En el centro del cementerio había una iglesia de piedra, de cúpula verde; allí iba el niño con sus padres dos veces al año a oír la misa de los difuntos [...]. Una circunstancia especial le llama la atención: parece que se está celebrando una fiesta; hay mujeres endomingadas, menestrales y campesinas, acompañadas de sus maridos, y gente de baja estofa. Todos están borrachos. Frente a la puerta de la taberna, se encuentra un vehículo muy extraño. Es uno de esos carros grandes a los que se enganchan poderosos caballos de tiro para transportar mercancías y barriles de vino. Al niño siempre le ha gustado contemplar los enormes percherones de largas crines y recias patas, que caminan pausadamente, con paso igual, arrastrando una montaña de fardos sin dar señales de fatiga, como si les resultara más fácil caminar con la carga que sin ella. Pero cosa rara, a uno de esos enormes carros se ha enganchado esta vez un pequeño matalón roano, flaco, uno de esos rocines que -él lo ha visto- sacan fuerzas de flaqueza para arrastrar ingentes cargas de leña o de heno, sobre todo cuando el carro se atasca en el barro o en una rodada, y los mujiks los golpean con sus látigos cruelmente, muy dolorosamente, en el hocico y en los ojos, y al niño le da pena verlo, tanta, que poco le falta para romper a llorar, y mamá suele apartarlo de la ventana. De repente se produce un gran alboroto: salen de la taberna, gritando, cantando y tocando la balalaica, unos mujiks fornidos, borrachos como cubas, con camisas rojas y azules, llevando en hombros sus chaquetones de grueso paño.
-¡Subid todos, subid! -grita uno, todavía joven de macizo cuello, mofletudo y rojo como una zanahoria- ¡Os llevo! ¡Subid!
En seguida se oyen risas y exclamaciones.
-¿Qué nos va a llevar un penco como éste?
-Mikolka, ¿has perdido la chaveta? ¡Enganchar un caballejo como éste a un carro tan grande! 
-¡Este animal tiene por lo menos veinte años cumplidos!
-¡Subid, que os llevo a todos! -grita de nuevo Mikolka.
Es el primero en saltar al carro; toma las riendas y se pone de pie, cuan alto es, en la parte delantera del carruaje.
-El caballo bayo ha salido hace poco con Mátvei -chilla entonces-, y este rocín me atormenta, os lo aseguro. Nada me costaría acabar con él; no vale ni lo que come. ¡Subid, os digo! ¡Iremos al galope! ¡Le haré galopar!
Toma el látigo y con manifiesta voluptuosidad se dispone a azotar al animal.
-¡Subid! ¿A qué esperáis? -exclaman entre la muchedumbre, riéndose a carcajadas- ¿No habéis oído? ¡Correrá al galope!
-No ha ido al galope lo menos hace diez años.
-¡Irá, irá!
-¡Sin compasión, hermanos! ¡Empuñad los látigos, preparaos!
-¡Bien! ¡Dale fuerte!
Trepan al carro de Mikolka entre risas y chirigotas. Han subido ya seis hombres, pero aún caben más. Toman consigo a una mujer gorda y colorada. Lleva un vestido rojo de algodón, una cofia adornada con abalorios, y botas; casca avellanas con los dientes y se ríe. La gente que rodea al carruaje corea risotadas. ¿Cómo no reírse? ¿Cómo va a llevar un rocín tan flaco un peso tan grande? ¡Y nada menos que al galope! Dos de los mozos subidos al carro toman sendos látigos para ayudar a Mikolka. Se oye un grito: "¡Arre!". El rocín mueve las piernas en cortos pasos, jadea y se dobla bajo los golpes de los tres látigos que se le abaten sobre los lomos implacablemente. Las risas en el carro y entre la muchedumbre se hacen más sonoras, pero Mikolka se enfada y azota furioso al caballo con fuerza redoblada, como si creyera que el animal se lanzará al galope. 
-Dejadme subir, amigos -grita un mozo. 
-¡Subid todos! -vocifera Mikolka- Nos llevará a todos o le mato.
Y azota sin descanso; ciego de furia, no sabe ya cómo pegar al animal.
-¡Papaíto, papaíto! -gime el niño- ¿Qué hacen? ¡Papaíto, están pegando al pobre caballo!
-Vayámonos, vayámonos -responde el padre-. Están borrachos y se divierten así, los estúpidos. Vayámonos; no lo mires -quiere apartarle, mas el pequeño se le escapa de la mano y, sin saber lo que hace, corre hacia el animal.
La pobre bestia no puede más. Resuella, se ahoga, se detiene, vuelve a tirar y casi se cae. 
-¡Azotad hasta matarlo! -grita Mikolka-. Se lo merece. ¡Lo mato a golpes!
-¡Salvaje! ¿Es que no temes a Dios? -grita un viejo, entre los mirones. 
[...]
-¡No te metas! Es cosa mía. Hago con él lo que quiero. ¡Que suba más gente! ¡Subid todos! ¡Digo que irá al galope!...
 Sueltan a coro una carcajada enorme, que ahoga los demás ruidos: el caballo no soporta más tiempo la granizada de latigazos y en su impotencia comienza a dar coces. Ni siquiera el viejo puede contenerse, y se ríe. No es para menos: ¡un rocín tan desmedrado dando coces!
Dos mozos del grupo se arman de látigos y corren hacia el animal para golpearlo por los costados.
-¡Dale en el morro! ¡A los ojos, a los ojos! -grita Mikolka.
-¡A cantar, amigos! -exclama alguien en el carro.
 Los que están con él rompen a cantar una canción soez, acompañada de golpes en los maderos y de silbidos. La mujer casca avellanas y ríe.
 ... El niño corre al lado del caballo, se pone ante él, ve que lo golpean en los ojos, ¡en los mismos ojos!... Llora. El corazón se le rebela, las lágrimas le corren por el rostro. Uno de los verdugos le alcanza en la cara, pero la criatura no nota el dolor; se desespera, grita, se lanza hacia el viejo de barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza en señal de reprobación. Una campesina le toma de la mano y quiere apartarle; el pequeño se escapa y corre otra vez hacia el caballo. El animal está agotado, aunque otra vez se pone  a dar coces. 
 -¡Verás lo que es bueno, salvaje! -grita fuera de sí Mikolka. 
 Arroja el látigo, se inclina y saca del fondo del carro una vara; la agarra por un extremo con ambas manos y la enarbola con fuerza encima del animal.
-¡Que lo aplasta! -Claman por todas partes.
 -¡Lo mata!
-¡Es mío! -vocifera Mikolka, y descarga la vara con todo su vigor. Suena un duro golpe. 
-¡Golpéalo, golpea! ¡Por qué te paras! -gritan algunos de los numerosos mirones.
Mikolka levanta el grueso palo otra vez y lo descarga sobre el lomo del desgraciado rocín, al que se le doblan las patas traseras. El pobre animal da un salto y tira, tira con sus últimas fuerzas en todos los sentidos para arrastrar la carga. Seis látigos lo persiguen, sin perdonarle. La vara se levanta y cae por tercera, por cuarta vez, acompasadamente. Mikolka está furioso porque no puede matar a su víctima de un solo golpe. 
 -Es duro de pelar -gritan.
-Ahora caerá, no tiene escape, amigos. ¡Se acabó! -comenta un espectador.
-Hay que darle con un hacha para acabar de una vez -vocifera un tercero.
 -¡Maldito seas! ¡Apartaos! -brama frenético Mikolka; arroja la vara, se inclina otra vez y saca una barra de hierro- ¡Cuidado!
 Reuniendo todas sus potencias, asesta un tremendo golpe a su pobre caballo. Suena el baque; el caballo se tambalea, se dobla de patas, quiere tirar. La barra cae implacablemente sobre su espinazo y el animal se desploma como si le hubiesen seccionado las cuatro patas de una vez.
 -¡Rematadlo! -grita Mikolka, y salta del carro como loco.
Algunos mozos, colorados y borrachos, empuñan lo primero que encuentran: látigos, bastones, la vara, y corren hacia el caballo, ya agonizante. Mikolka se acerca a uno de los costados del animal y, con innecesario celo, le golpea la espalda con la barra de hierro. El rocín alarga el morro, respira pesadamente y muere. 
 -¡Se acabó! -gritan entre la gente.
-Por terco. ¿Por qué no ha galopado? 
 -¡Es mío! -grita Mikolka con la barra en las manos y los ojos inyectados de sangre.
 Parece que le duele no tener ya a quién pegar.
-¡Ya se ve que no tienes temor a Dios, hereje! -acusan numerosas voces.
El niño no sabe lo que hace. Gritando, se abre paso a través de la gente hacia el caballo roano, le echa los brazos al morro exánime, ensangrentado, y lo besa, besa los ojos, los labios... Luego, de pronto, salta y, apretando los puños, se lanza furioso contra Mikolka. En aquel instante su padre, que le había seguido, lo agarra y lo saca de la muchedumbre.
-Vamos, vamos -le dice-. A casa...
-¡Papaíto! ¿Por qué han matado al pobre caballo? -pregunta sollozando; pero como el aire le falta, las palabras le salen a gritos del oprimido pecho. 
 -Están borrachos y hacen disparates. Allá ellos. ¡Vamos!
El niño se agarra a su padre con ambas manos, pero le falta aire, le falta aire. Quiere tomar aliento, quiere chillar... y se despierta.
Raskólnikov se despertó bañado en sudor, empapados los cabellos, jadeante. Se incorporó horrorizado."

sábado, 19 de julio de 2014

El rodaballo, de Günter Grass

Rodaballos parlantes, viajeros en el tiempo y cocineras cachubas, sobre todo eso, cocineras a tutiplén...




Después de leer "El tambor de hojalata" en septiembre y releerlo en enebro, me quedé con muchas ganas de leer más cosas de Günter Grass, de quien es, quizás, uno de los más grandes escritores, no ya sólamente en lengua germana sino, posiblemente, de la historia de a literatura. Dos semanas y media le he dedicado a la que dicen que es su mejor obra, junto con el Tambor, a dejar vagar mi mente por el mundo que crea en sus casi seiscientas páginas de letra apretada y miniaturizada, con un ritmo de lectura lento, pero preciso, intentando comprender todo lo que tiene el texto y sabiendo que esto en autores de gran nivel como Grass en imposible, sin perder la esperanza y disfrutando cada frase. Es, sin lugar a dudas, lo que mejor he leído este verano, de momento, y digo "de momento" porque aún tengo pensado zamparme otros dos novelones reconocidos como "Los Buddenbrook" de Mann y "Crimen y castigo" del maestro Dostoievski. Pero todo llegará. Hoy toca reseña de una excelente obra de Günter Grass.

En "El rodaballo" Grass nos muestra su afición a la cuentística tradicional de su país porque la novela que escribe no es más, en principio, que una reinterpretación del cuento de la isla de Rungen que los hermanos Grimm recogieron para una de sus famosas antologías titulado "El pescador y su mujer". En dicho cuento un pescador vive con su esposa, que cocina y cuida del hogar. Un día el pescador captura un buen día un pez mágico (que en muchas representaciones pictóricas ha sido un pez plano y bizco como el que da nombre a la novela de la que hoy nos ocupamos) que es capaz de hablar y le dice que, si no tiene inconveniente, le gustaría que le soltasen en medio, acto por el que recompensaría al pescador con un deseo, lo que él pidiese. El hombre lo desengancha del anzuelo con respeto y amabilidad y lo lanza al mar diciéndole que no desea nada en especial, pero que está muy agradecido por su oferta. A continuación el rodaballo le da una de sus escamas y le dice que lo llame siempre que desee verlo. Cuando al regresar a su casa le cuenta la historia a su esposa, ésta se enfurece con su marido tildándolo de estúpido y demás cosas desagradables en el dialecto alemán de la costa. El viajero, para hacer feliz a su mujer (tradicionalmente llamada Ilsebill), vuelve al mar Báltico, llama al rodaballo mágico y le encarga una granja. Pronto Ilsebill se harta de lo que tiene y querrá más. El marido, como buen calzonazos, irá al rodaballo y le exigirá un palacio. Pero pronto volverá a aburrirse de lo que tiene y querrá tener un palacio y ser reina. Su ambición crece y crece por momentos hasta que el rodaballo se niega a concederle sus deseos y la pobre Ilsebill llora como una cría por lo que no puede tener. La moraleja: la ambición mata. Pero, ¿qué entresaca Grass de este cuento? Que la protagonista en la que se personifica la avidez sea una mujer no es casualidad y da pie a multitud de reflexiones en el cuento. ¿Son las mujeres así por naturaleza? ¿Siempre quieren más? ¿Hay otra versión para este cuento? ¿No es el hombre el auténtico avaricioso camuflado, ese sujeto histórico cuya ambición ha promovido cientos de guerras el que verdaderamente se aprovecha del rodaballo cuando su mujer insiste en que pare, en que ya es suficiente, en que ya no se necesita más? ¿Quién debería dirigir la historia: el hombre, la mujer, ninguno de los dos?

En "El rodaballo" de Günter Grass la acción comienza cuando un pescador neolítico llamado Edek atrapa por casualidad a un pez parlante y sabio como el del cuento que acabamos de comentar recogido por los hermanos Grimm, un rodaballo. El pescador, al ver que habla, cree que es un dios y lo devuelve con prisas al mar. Entonces el rodaballo le suelta un sermón que demuestra lo calzonazos que es, mucho antes de que existiera ese concepto. Según Grass, y yo no sé si esto es o no verdad y sólo puedo, por lo tanto, fiarme medianamente de su palabra, en la región de la desembocadura del Vístula, y quién sabe si en otras también, reinaba un sistema matriarcal, frente al debilitado sistema patriarcal actual, que ha aguantado más de dos milenios. En la cueva de Edek todas las mujeres se llaman Aya y tienen tres pechos por una extraña razón, pero de entre todas destaca una SuperAya, más gorda y mejor dotada intelectual y sexualmente que el resto, que le robó, según la lógica de la novela el fuego al Lobo del Cielo, como podíamos leer en el fragmento que colgué hace unas semanas. Estas Ayas tienen dominados a los Edeks, a los que amamantan como si fueran bebés. Cualquier intento de rebelión lleva a la negación del pecho, y los Edeks, que lo saben, no quieren eso. Por estos detalles locales y por las comparaciones que establece el rodaballo a partir de su sabiduría infinita entre la horda de Edek y lo que sucedía -y había sucedido ya- al mismo tiempo en auténticas civilizaciones mediterráneas florecientes como la minoica, la egipcia o la mesopotámica incluso es por lo que nuestro pescador se gana una bronca de campeonato bastante cómica. Es entonces, cuando el rodaballo se compromete a liberarlo, a él y a todos los hombres, del opresivo matriarcado, le cueste el tiempo y las vidas que le cueste. El rodaballo se vuelve en el padrino de la causa masculina y con su ayuda, no recogida en ningún escrito que consideremos serio, coloca al hombre, indirectamente, a partir de consejos, como el sujeto de la historia, desplazando a un segundo plano a la mujer. 

Pero, ¿qué ocurre? Que el hombre es torpe por naturaleza y de su gobierno derivan las mayores catástrofes de la humanidad. Es por eso que el rodaballo, harto ya de Edek, de sus reencarnaciones históricas -porque como hablaremos de ello ahora, se reencarna continuamente para poder influir a través del consejo del pez mágico en la historia- que de nada han servido para un progreso social pacífico y digno de admiración, se deja capturar de nuevo en los años 70s por tres mujeres, amigas, lesbianas, que vienen a representar todo lo opuesto a su antiguo protegido. A ellas les explica su caso sin demasiado detenimiento y les habla de la posibilidad de aconsejar a partir de ese momento a la causa femenina, pero las tres chicas, Sieglinde Hunstcha, Fränki y el Maxi, sólo escuchan la primera parte de su discurso, se niegan a devolverlo al mar de donde vino y se lo llevan a sus casas, planteándose que hacer con él, hasta que finalmente acude a ellas la idea de celebrar un juicio en el que se evaluaran y se analizaran los crímenes que el acusado rodaballo pudiera haber cometido contra las mujeres del planeta con su intervención indirecta en la historia a través de las palabras. Se forma un tribunal feminista que decidirá el destino del acusado en un juicio que durará nueve meses y repasará las vidas de once mujeres, todas ellas grandes cocineras, que, directa o indirectamente, tuvieron un papel histórico importante. Al mismo tiempo que se celebra el juicio, la última mujer de Edek en su tempotránsito de los años 70s, llamada como la esposa del pescador (Ilsebill) en homenaje al cuento de los hermanos Grimm, vive un inesperado embarazo.

Una mujer tras otra, una vida tras otra. En el juicio se nos narra cada mes la historia de una mujer -salvo en el primero, en el que hay nada menos que tres historias- siendo siempre la siguiente más interesante que la anterior, en un maravilloso crescendo. El primer mes está dedicado a Aya, Vigga y Mestuina, tres mujeres que lideraban a su pueblo porque eran esos tiempos en los que persistía el matriarcado. Las dos primeras son mujeres anteriores al nacimiento de Cristo. Con Vigga asistimos a la desaparición del mítico tercer pecho y a las migraciones bárbaras hacia el sur, los primeros ataques godos a la línea fronteriza del Imperio Romano y con Mestuina llegan ya los primeros clérigos con su nueva religión católica a la desembocadura del Vístula para bautizar a los primeros pomorscos y emplearlos como carne de cañón contra sus violentos vecinos, los pruzzos. En este caso, nuestro protagonista es, cómo no, un obispo, Adalberto de Praga. En el segundo mes, viajamos varios siglos adelante y llegamos a la vida de la goticoflamígera santa Dorotea de Montovia. Danzig ya es una realidad en la que viven los personajes. Tras el mes de Dorotea llega el de la monja cachonda Margareta Rusch, también conocida como Greta la Gorda, que es, sin duda, el más aburrido de todo el libro y a partir del cual comienza ese crescendo que hemos comentado antes. El cuarto mes está dedicado a Agnes Kurbiella, al mismo tiempo criada y musa de los dos artistas más importantes de Danzig de su época: el poeta Opitz y el pintor Möller. En este caso, los dos hombres son reencarnaciones de Edek, lo que hace del capítulo algo muy dinámico e interesante. El quinto mes trata sobre Amanda Woyke, la principal introductora del cultivo de la patata en la región de Cachubia. El sexto mes queda dedicado a la siempre virgen Sophie Rotzoll, luchadora por los derechos que defendió en sus inicios la Revolución Francesa y por la independencia de Polonia. En el año en el que muere Sophie nace Lena Stubbe, de primer apellido Pipka, el revolucionario año de 1842. Sobre Lena y su larga vida trata el séptimo mes, sobre la vida de una mujer que sobrevivió a dos maridos maltratadores, a dos grandes guerras (la Guerra Prusiano-Francesa del 1870 y la Primera Guerra Mundial), al hambre y a sus continuos intentos fracasados de hacer algo grande. Siempre revolucionaria y tempranocomunista, Lena no consigue publicar su "Libro sobre la cocina proletaria" y muere tristemente. En el octavo mes se narra la mejor historia de todas, la de Sylbille Miehlau, que casi se puede leer de forma independiente del resto del libro y que nos demuestra que las mujeres no son necesariamente mejor que los hombres para dirigir la historia. No importa si eres hombre o mujer, lo que tienes que ser es una persona sensata en esta vida, parece querer decir. Eso y que los inocentes siempre acaban pagando el pato de los demás. El libro cierra el noveno mes con el caso de Maria Kuczorra, que perdió a su marido Jan en una huelga sindicalista por el encarecimiento de los precios de los alimentos y otros enseres básicos cuando la policía abrió fuego contra los manifestantes.

"El rodaballo"es una obra cumbre, una obra genial. Loca y divertida. Triste y compleja. Teatral e histórica. "El rodaballo" es un paseo por la vida y el pensamiento hombre y de la mujer, y su evolución histórica. Es una ventana al pasado, un intento de reformular la historia a través de nuevos principios del tipo "Y si..." que crea Grass con sus cocineras y sus amantes. Una historia para reflexionar. Que no deja indiferente a nadie. Magnífica. Potente. Un derroche de creatividad bien encauzada.

Reseñas de otros libros que te pueden interesar:

El Gran Gastby, de Francis Scott Fitzgerald

Snuff, de Chuck Palahniuk


viernes, 11 de julio de 2014

Barba Azul, de Max Frisch

Novela breve heredera del mejor Kafka...


Hace no mucho Alpha Decay publicó una novela (El hombre aparece en el holoceno) de este reconocido autor suizo y como estoy estudiando alemán, en principio, me pareció bien comprarla. Tenía pensado leerla pronto, pero con la llegada del verano, he tenido que volver a mi pueblo y, claro, no todo cabía en el equipaje. Quería leer también otras novelas. El caso es que me arrepentí un poco, pero nada del otro mundo. Pronto descubrí -lo sospechaba desde hacía meses- que la biblioteca de mi pueblo si se caracteriza por una cosa es que para elegir los libros no tiene criterio ninguno. Lo mismo te traen novelas raras -y buenas- como ésta, que te ves que la repisa de Dostoievski sólo están "El jugador" y "Los hermanos Karamazov". Sin embargo, mejor así, porque si no, muy posiblemente, jamás habría leído este gran libro que es "Barba Azul" y no me habría quitado de encima la espinita Frisch.

"Barba Azul" es una novela ligera, breve. De esas que te lees en una tarde si te pones y que provoca en ti el placer de saber que has leído algo bueno, interesante, inteligente.

Versa sobre el doctor Schaad, un hombre con amnesia al que se le acusa de haber matado a su penúltima exmujer, la cuál era prostituta de lujo, un dato que no parecía importarle al acusado. Pero el doctor Schaad no es un médico cualquiera -no, no tiene superpoderes-; su rareza radica en su extraño comportamiento, sus aparentes problemas con la memoria y sus seis exmujeres y las extraordinarias relaciones que guarda con ellas. El doctor Schaad es un hombre irascible, aunque él no lo recuerda, que solía romper sus propias pertenencias para atraer la atención de sus esposas y poder dar largas peroratas sobre un tema que no se especifica nunca, pero que parece ser siempre el mismo. Es, así mismo, ensimismado. La novela narra de forma paralela los interrogatorios y los pensamientos (que nada tienen que ver, aparentemente con el caso) del doctor protagonista, pensamientos que tratan sobre el deporte del billar, el dar de comer a las palomas o la calma fría y cálida de las saunas. Esto es un elemento estructural que hace muy interesante la novela porque convierte la lectura en un divertido juego intelectual en el que un lector debe establecer relaciones entre las escenas. La construcción en paralelo (al igual que las películas) aporta mucho dinamismo. Toda la novela en su conjunto constituye una gran descripción psicológica del doctor Schaad, que será apodado por su última mujer como Barba Azul, aquel pirata loco que tuvo muchas esposas y las asesinó a todas. Como caso es imposible e inverosímil y la forma de actuar de nuestro protagonista no parece nada lógica. Hay ciertos elementos que la convierten en una novela imposible, como, por ejemplo, el instante en el que comienzan los interrogatorios -totalmente serios- sobre los sueños que ha tenido Schaad, o los interrogatorios a personas difuntas, donde la víctima muerta es incluso interrogada constituyendo éste un curioso método para profundizar en el personaje y restar protagonismo al amnésico doctor. La atmósfera de absurdo kafkiano nos acompaña, pues, durante toda la obra, desembocando en el inevitable final, que no desvelaré por eso de que la novela es corta y no quiero hacer spoiler. 

Es, en general, una buena novela, que te hace reflexionar sobre las relaciones humanas, la justicia y el asesinato, que recuerda un poco al argumento de "El proceso" de Kafka, pero que también mantiene, por otro lado, un magnífico estilo propio que, de momento, no sé si Frisch emplea en el resto de sus novelas. En cualquier caso, muy recomendable.

jueves, 3 de julio de 2014

Una primera impresión de "El rodaballo" de Günter Grass



Tenía muchas ganas de repetir con Günter Grass este verano, después del buen sabor de boca que me dejó "El tambor de hojalata" (algún día habrá reseña, ¡lo juro!). Estaba en una tienda de libros de segunda mano cuando encontré esta preciosidad por sólo dos euros. Daba igual si tendría luego que prescindir de alguna cerveza: el libro lo merecía sólo por el nombre de su autor y de momento no me está decepcionando, aunque bien es cierto que sólo llevo digeridas poco más de 100 páginas de las 568 que tiene.

Pero, ¿de qué va o de qué me parece a mí que va "El rodaballo"? Pues al parecer trata (o parece que trata) sobre un pescador neolítico sometido por el matriarcado en una sociedad en la que las mujeres tienen tres pechos y dan de mamar tanto a los varones adultos como a los más pequeños. Basta con negarles la leche a los más gallitos para que se vuelvan sumisos corderitos. En este curiosísismo escenario, nuestro pescador captura a un rodaballo que habla. Éste se convierte en su amigo y guardián y le da consejos para elevar al hombre al primer lugar de la historia, es decir, aboga por la sustitución del matriarcado por el patriarcado. Su ayudante y nuestro protagonista y narrador recibe entonces el poder de reencarnarse en otras personas cuando muere. Así es como está presente en todas las edades históricas para ayudar al rodaballo a lograr su objetivo. Pero luego, el pez plano se cansa y dice que la causa masculina no vale una mierda y se deja pescar de nuevo en los 1960-1970 por un trío de lesbianas que lo llevan a juicio por haber contribuido a relegar a la mujer a un segundo plano histórico, lo que sin duda ha hecho. En una bañera en medio del tribunal, el rodaballo irá contando paso a paso todo lo que sabe, mientras que el pescador lo observará desde un retirado banco, mostrando un escaso interés (¿con el fin de que no se descubra su identidad?). Al mismo tiempo que se sucede el juicio, que se prolongará meses, el pescador recuerda sus vidas pasadas y sus amantes, -como el las llama cariñosamente- sus cocineras.

Y en resumidas cuentas "El rodaballo" es (o parece ser) esto. Como podemos ver una historia muy original. Muy en consonancia con el universo particular de Günter Grass. De momento llevamos un mes de juicio y el rodaballo aún no ha sido acusado por el tribunal feminista de forma unánime, pero parece que poco le queda si no ocurre nada antes. Por lo que yo os voy a dejar ya y me voy a zambullir en el libro mis buenas dos horas para saber qué pasará con el amable y sabio pez. Seguiremos informando...

martes, 1 de julio de 2014

Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda

Un viaje breve e interesante a la selva ecuatoriana...



"Un viejo que leía novelas de amor" es una novela bastante breve (no sé si llega a las cien páginas) perfecta para leértela una tarde en la playa, por lo que no me voy a extender mucho con la reseña. Lo primero decir que ha sido una acertada recomendación de mi amigo Antoni Soto. Lo segundo, es hablar de la novela. La acción nos sitúa en una remota estación fluvial en uno de los afluentes ecuatorianos que van a parar al gigantesco Amazonas llamada El Idilio, donde vive nuestro personaje, un viejo que, dos veces al año, con la llegada del Sucre, un barco lleno de provisiones con el que el pueblo hace trueques, recibe, de parte del dentista de a bordo, un tal Loachamín, un par de novelas. Pero estas novelas no son cualquier tipo de novelas. Antonio José Bolívar Proaño (así se llama el viejo) sólo lee novelas de amor donde ocurren muchas desgracias, quien sabe si porque éstas le recuerdan a su difunta esposa, la cual, por alguna razón que me es desconocida, tiene un nombre más largo que la duquesa de Alba. El autor se vale de catalepsis (flashbacks en inglés) para explicar el arribar del viejo a aquel punto perdido de la selva en constante disputa con el estado vecino del Perú. Antonio José Bolívar llega allí con su mujer y la promesa de que el gobierno les ayudará económicamente, cosa que, como es típica, no ocurre nunca. Tras un acceso de fiebres y agotada por el hambre, la mujer muere. Bolívar se echa a la selva y entra en contacto con los habitantes autóctonos de la selva: los indios shuar. Al más puro estilo Álvar Núñez Cabeza de Vaca se convierte en uno más de esa sociedad primitiva, pero muy sabia. Como historia "Un viejo que leía novelas de amor" no aporta muchas cosas. Da algunos datos curiosos sobre estos indios y sus costumbres y sobre el descontrol que el gobierno tenía en una región donde todo se soluciona con violencia. Está bien escrita y es fácil de leer. Y el personaje es sumamente entrañable. Pero eso es todo. Sin embargo, como digo, ha sido una buena recomendación y me ha gustado mucho. Tengo por aquí la película y no dudaré en verla pronto.