domingo, 31 de agosto de 2014

CERRADO MOMENTÁNEAMENTE POR MUDANZA

Las cosas de la vida...


Pronto me mudaré a mi nuevo piso en Granada y, como de momento no hay Internet, me tomaré unas vacaciones del blog hasta que llegue el técnico de Jazztel a ponernos el ADSL, lo que se traducirá en unas dos semanas y media de baja aproximadamente. Esto no significa que pare de leer, sólo que las reseñas entraran con retraso y, muy posiblemente, todas de golpe. También pienso aprovechar las primeras semanas de septiembre para leer el Decamerón o la Divina Comedia, o, si no tengo mucho que hacer, puede que los dos, ya veré. El resto del mes se lo reservo a Viento del Norte de Elena Quiroga, Los vagabundos del Dharma de Jack Kerouack, El hombre aparece en el holoceno de Max Frisch (con cuya nueva edición de Alpha Decay me hice hace algunos meses) y, probablemente, algo de Thomas Mann, del que llevo queriendo leer algo desde junio, pero nunca encuentro la fuerza de voluntad. Recientemente me han recomendado de él Confesiones del estafador Féliz Krull. ¡Este mes sí, Mann!

Y, dicho esto, nos vemos en un par de semanas. ¡Agur!

viernes, 29 de agosto de 2014

Las cinco advertencias de Satanás, de Enrique Jardiel Poncela

Dí que fue cosa del Karma, Félix...


Si Eloísa está debajo de un almendro me pareció una auténtica joya del teatro de cualquier época, Las cinco advertencias de Satanás tampoco se quedan muy atrás. Me van a perdonar la portada, que no es de una edición física, sino de un ebook, pero es que no la encuentro separado de Eloísa, porque, al parecer, tradicionalmente estas dos obras han de ir a todos lados juntas o no ir en absoluto. El texto, que es lo importante, es el mismo. 

Las cinco advertencias de Satanás se encumbra como una interesante, más que comedia, tragicomedia en cuatro cortos e intensos actos. El primer acto constituye la presentación de los personajes principales. Félix es un hombre rico de unos cuarenta y cinco años que acostumbra a cambiar de mujeres constantemente, ya que el amor es para él efímero y se esfuma a los pocos meses de comenzar una nueva relación. A toda mujer que le aburre la despide con una indemnización que se encargar de extender un judío llamado Isaac Blum, que le hace de administrador y despierta al humor por su tacañería exagerada. Para que la escena no cause un gran daño a la joven, Félix invita siempre a casa, antes de estos despidos, a su amigo Ramón, un hombre engreído que vive de los restos que le da don Félix. Ramón toma a las mujeres que despecha Félix y recibe por ello una cantidad monetaria que le extiende el primero. Realiza, según él, una labor imprescindible que suprime las cargas y los pesares que atosigan a su amigo aristócrata. En el primer acto asistimos a uno de estos despidos, donde la despechada, Alicia, rechaza cualquier tipo de dinero y se toma este ofrecimiento como una ofensa. Al despreciar esta alta suma, Isaac ve en Alicia a su mujer ideal -aquella que no tiene gastos- y se lanza tras ella a conquistarla, abandonando la escena y dejando solos a Félix y Ramón, que siguen tal cual, como si nada hubiera pasado. 

De pronto comienza Félix a lamentarse. Su vida ha consistido en chocar una y otra vez contra el Destino en busca del amor. Todo esto nos puede recordar mucho a las novelas erótico-galantes e incluso a las telenovelas de la televisión, sólo que en otro tiempo. Es el objetivo del autor, parodiar. La gran negación del destino de los seres humanos es un tema central en la obra y se antoja como algo que se realiza por rebeldía y que, a pesar del empeño, es incapaz de obtener buenos resultados. Lo veremos claramente cuando Leonardo, más conocido como Satán, Lucifer, Belcebú o Mefistófeles "entre en escena" y comience, para impresión de los dos hombres, a soltar cada una de sus cinco advertencias, dejando la quinta en una incógnita que resolverá dentro de un año. Primero le dice a Félix que una joven se va a enamorar de él y que no podrá huir de ella. Después le anuncia que él se enamorará también de ella y que la conquistará tras vencer a un rival. Y finalmente que, tras tres meses de dicha y amándose mucho mutuamente, él renunciará a ella arrepentido de su relación, dándosela a su contrincante. También añade, y esto sobresalta a los dos, que este rival será Ramón y que conocerá a esa misma chica esa noche y en unos minutos, cuando el reloj toque las doce. Féilx, que no quiere volver a tropezar con el Destino, consigue que Ramón se vaya y cierra todas las puertas de la casa porque están tocando ya la hora anunciada para el encuentro, pero entonces una joven hermosa llamada Coral, que camina sonámbula de madrugada, se cuela por el balcón de la habitación mientras la escena está vacía. Félix, al ver esto se asusta a más no poder, y arranca auténticamente la obra.

Si bien no es tan cómica como Eloísa está debajo de un almendro, debido quizás a la ausencia de personajes secundarios llenos de tópicos, Las cinco advertencias no flojea ni un momento y te atrapa hasta el final. Jardiel tiene un cuidado característico con el escenario, como ya vimos en la anterior reseña. Llena de matices, es una obra interesante con muchas de las máximas de Jardiel Poncela entorno al amor y a la mujer que luego recogería él mismo en su obra Máximas mínimas. No es la mejor obra de teatro del mundo, pero sí que es muy buena y nos acerca al pensamiento de este gran autor al mismo tiempo que nos hace reír y preocuparnos por los personajes. Me alegro mucho de terminar agosto, porque es más que probable que ésta sea la última reseña del mes, con esta obra.

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Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela

Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura

miércoles, 27 de agosto de 2014

Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela

Comedia y misterio...



Justo un año después de la Guerra Civil, Enrique Jardiel Poncela estrena en el Teatro de la Comedia de Madrid una de sus obras más interesantes, la que más me ha gustado de todas las que llevo en el verano y que ahora explicaré por qué. Eloísa está debajo de un almendro se despreocupa de la situación social que afronta España tras el debacle de la guerra para centrarse en una historia de amor entre Fernando Ojeda y Mariana Briones, dos jóvenes de dos extravagantes y alocadas familias de la aristocracia madrileña.

Mariana es una hermosa muchacha de unos veintipocos años que destaca allá por donde pasa; su primera aparición en escena, durante el prólogo en el viejo cine de barrio, resulta más que estelar; todos la miran y cuchichean sobre ella, los hombres le tiran elogios y las mujeres se mueren de envidia. Mariana, que parece estar acostumbrada a tales escenas, no les da a éstas importancia y sólo le interesa el amor de su Fernando Ojeda, un hombre de treinta cinco años que, a pesar de su amabilidad y cortesía, parece ocultar un secreto, pues de vez en cuando se ensimisma y desatiende a lo que acontece a su alrededor. Es el misterio de Fernando lo que atrae a Mariana y es su vulgaridad, cuando este misterio no ronda su tez, lo que la repele. Huyendo y a la vez buscándose trascurren los días para la pareja.

Pero ellos no son los únicos personajes de la acción en esta comedia de un prólogo y dos actos, muy al contrario, la obra está repleta de personajes, más de veinte, sobre todo secundarios, que aparecen principalmente en el prólogo y de los que no nos molestaremos en hablar. La gran mayoría, por no decir todos, estos personajes secundarios son personajes arquetípicos cuyos rasgos característicos se han visto potenciado tanto que resultan cómicos. El contraste es tremendo entre los personajes principales y los secundarios, estando los primeros mucho más trabajados que los segundos. Mientras que hay personajes que son descritos en apenas dos míseras líneas, hay otros, como Mariana, nuestra protagonista, a los que el autor dedica párrafos enteros. La descripción que presenta a los personajes principales no sólo es extensa, sino que también es profundamente psicológica. La de Mariana es un claro ejemplo:

"ACOMODADOR: ¡Ya está aquí... Pues ¿no me estoy poniendo azarao de verla acercarse?
BOTONES: Y es pa ponerse, señor Emilio. (Otros dos o tres espectadores aparecen en la puerta, siempre mirando hacia atrás, y quedan con las espaldas pegadas al forillo, absortos, igual que los otros, abriendo calle a alguien que avanza hacia allí por momentos. Ese alguien es MARIANA, y al verla, la expectación y el revuelo producidos por ella  entre aquel público humilde quedan sobradamente justificados. MARIANA es una muchacha de veinte o veintidós años, extraordinariamente distinguida y elegante hasta el refinamiento. Viste un traje de noche precioso, que seguramente llevado por otra no lo sería tanto, y va perfumada de un modo exquisito. Todo en su porte, sus ademanes, sus movimientos, sus gestos, el pálido semblante y las manos delicadas, revela la nobleza del nacimiento, y el fulgor de sus ojos, su voz y esa radiación inmaterial y misteriosa que despiden los seres excepcionales denuncian en ella un espíritu singular, original, propio, un poco fantástico, y siempre y en todo caso, raramente secreto. Se trata del último brote de una familia aristocrática, y si para lograr una verdadera mano de duquesa son precisas seis generaciones, para formar a MARIANA de arriba abajo han sido necesarios siglos enteros. Con los nervios siempre tensos, el alma continuamente alerta; con el corazón dócil hasta la mínima emoción y la sensibilidad en carne viva a todas horas; vibrando con el menor choque, empujada y arrastrada por la más leve brisa espiritual, reaccionando en el acto y de un modo explosivo frente a los seres y frente a los acontecimientos, MARIANA, más que una muchacha, es una combinación química. [...])"
Extensas son también las descripciones de los espacios que nos da Enrique para el género en el que escribe y pueden ocupar páginas enteras del texto dramático. Extremadamente detallista en este aspecto, parece que el escenario le preocupa mucho más que muchos de los personajes.

Aparte de Mariana y Fernando hay otros personajes que podríamos llamar principales en la obra, y que son las familias de ambos enamorados, que parecen estar locas como unas cabras, aunque a medida que avance la obra descubriremos que tienen muchos motivos para estarlo, concretamente uno en especial, que no desvelaré. Existe otro gran misterio en la obra que hace que Clotilde y algún que otro personaje más del círculo de los Briones sospechen de los Ojedas como secuestradores y viles asesinos. Razón no les falta para como les pintan las cosas. El caso es que a través de los equívocos entre unos personajes y otros se va estructurando la comedia y cimentando lo humorístico. Otra de las herramientas que Jardiel emplea para crear humor es darle suma extravagancia a sus personajes principales. Un ejemplo especialmente divertido es cuando Edgardo, el padre de Mariana, interroga con preguntas absurdas a Leoncio, que ha memorizado previamente las respuestas a esas preguntas gracias a Fermín, para saber si vale como criado en la casa de los Briones. 
"EDGARDO: ¿Qué comen los búhos?
 LEONCIO: Aceites y carnes muy fritas. 
 EDGARDO: ¿Cuántas horas duerme usted?
 LEONCIO: Igual me da dos que quince, señor.
 EDGARDO: ¿Fuma usted?
 LEONCIO: Cacao. 
 EDGARDO: ¿Sabe usted poner inyecciones?
 LEONCIO: Sí, señor. 
 EDGARDO: ¿Le molestan las personas nerviosas, de genio destemplado y desigual, excitadas y un poco desequilibradas? 
 LEONCIO: Ese tipo de personas me encanta, señor. [...]
 EDGARDO: ¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años? 
 LEONCIO: No, señor. Eso le pasa a casi todo el mundo."
Igualmente cómicos resultan los aparte que tienen los criados, Leoncio y Fermín, entre sí y para sí. Quizás son el mejor contrapunto para el momento en el que la escena se pone demasiado seria y funcionan especialmente en el segundo acto. 

Poco más que decir me queda, sólo que no me ha gustado la obra, sino que me ha encantado y que, como decía al principio de la reseña, se lleva el premio momentáneo de mejor texto teatral que haya leído este verano. Eloísa está debajo de un almendro es una comedia incapaz de decepcionar a nadie.

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Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura


viernes, 22 de agosto de 2014

El estado de sitio, de Albert Camus

España, España. ¡Dos veces España!


Esta obra es lo primero que leo de Albert Camus y, aunque no es nada fácil, creo que he pillado medianamente por dónde van los tiros (también ha ayudado verme la pieza representada tras terminar la lectura). 

  La historia se localiza en mi amada Cádiz en una época ficticia, atemporal, una madrugada en la que el cometa que anuncia la desgracia desfila por el manto negro del cielo. Saltan, pues, todas las alarmas. La población comienza a temerse lo peor. Los gobernantes de la ciudad intentan tranquilizar a la población y les prohíben hablar siquiera de la estrella fugaz, bando tenaz de la malaventura, ocultando la verdad porque no pueden hacer frente a ésta. Pronto llega el tan anunciado mal y a la mañana siguiente empiezan a caer cuerpos muertos en las aceras del mercado. ¡Ha llegado la Peste! Pero no es una peste cualquiera, sino una peste personificada, que se presenta como un joven corpulento acompañado por una secretaria en el palacio de Cádiz para exigir que los alcaldes le entreguen el control de la ciudad. 

"EL GOBERNADOR: ¿Qué quieren de mí, forasteros?
EL HOMBRE, en tono cortés: Su puesto.
TODOS: ¿Qué? ¿Qué dice? 
 EL GOBERNADOR: Ha elegido usted mal el momento y esta insolencia puede costarle cara. Pero sin duda hemos entendido mal. ¿Quién es usted?
 EL HOMBRE: ¡Aciértelo!"

  Comienza esa misma mañana un gobierno de terror y represión donde las vidas de todos dependen de la Peste, salvo de quien conozca el secreto para derrotarla. Éste, nuestro héroe, será Diego, un joven gaditano enamorado de la hija del juez de la ciudad, que representará la fe en un mundo mejor y en la revolución contra la imposición, la insumisión a las normas no razonadas e injustas. Diego es un héroe que no duda en arriesgar su vida asistiendo a enfermos mortales de peste como puede con tal de que sus últimos momentos resulten menos penosos, a pesar de que puede contagiarse y perder toda la vida que le queda por delante, su chica, sus amigos, etc. Es un ejemplo de humanidad, un personaje que, en otras palabras, no puede ser más bueno.

  Al mismo tiempo que se desarrolla el desenlace de la historia de amor entre Diego y Victoria, asistimos a la vida en la ciudad con el nuevo gobierno, basado en el control total de la población y su limitación de derechos. Se ha defendido en muchos otros lugares que El estado de sitio no es otra cosa más que una gran alegoría del paso de la democracia al fascismo y que, por eso, no podía situarse está novela en otro lugar que no fuera España, que seguía bajo la dictadura de Franco cuando se publicó esta obra. La selección de la ciudad de Cádiz, además, no es capricho del escritor. Todo el que tiene unas nociones mínimas de historia de España sabe que durante la invasión francesa la mayor parte del territorio fue conquistado salvo la ciudad de Cádiz y las zonas colindantes, que resistieron gracias a su localización (una península) y a la ayuda de Inglaterra y el incesante combate de los guerrilleros. Fue en Cádiz donde se promulgó la Pepa (Constitución de 1812, primera constitución española), quizás la más moderna y la que más libertades y derechos concedía al ciudadano de la época y que fue puesta en práctica de forma bastante ridícula durante el reinado de Fernando VII, que lo primero que hizo al recuperar el trono fue abolirla. España, España. Dos veces España.

  Pero sigamos. El nuevo gobierno de la Peste trae consigo la burocracia que lleva a toda suerte de resultados y diminutas y aisladas escenas kafkianas en el segundo acto de la obra. La burocracia ahoga al ciudadano que no puede quejarse, sino sólo sucumbir y rezar. Las muertes se suceden cada vez que la secretaria tacha un nombre del registro civil. Toda persona que sea sospechosa queda marcada, se le asigna una chapa de los que no quieren la chapa de la Peste y son vigilados con lupa cada uno de sus movimientos hasta que alguien considera que es el momento de ponerle fin a su existencia por cualquier mínimo gesto. El crimen se convierte en ley, pero...

"JUEZ: Si el crimen se convierte en ley deja de ser crimen."
   Esta es la visión del Juez, padre de Victoria en la obra, que se presenta como el hombre que hace todo por salvar el cuello, llegando incluso a poner en peligro la vida de su hijo en una escena. La ley no es justa, pero a muchos ciudadanos no les importa cumplirla para evitar una sanción abusiva por parte de la autoridad. Este es el caso del Juez. Caso paradójico, porque, además de cumplirla, se ve obligado a imponerla.

  Otro de los personajes fundamentales de la obra es Nada, un joven escéptico y borracho que propone suprimirlo todo "salvo el vino y la locura" para reducir todas las penas a cenizas. Es un personaje destructivo que le sirve a Camus para criticar el nihilismo, pues no creer en nada conlleva la aceptación por pasiva del régimen político de su actualidad, de nuestra actualidad. Es el primero en ser aceptado por la Peste, debido a su relativismo y a su visión irónica de la vida, y para él comienza a trabajar en una oficina.

  Poco antes de acabar Camus nos da la clave para vencer al fascismo: no tenerle miedo ni a él ni a la muerte. Según Camus, sólo el sacrificio humano y el esfuerzo por cambiar las cosas pueden cambiar verdaderamente las cosas. Digamos que es de los que defiende el "morir de pie a vivir de rodillas".

  En cualquier caso, y ya para concluir, decir que, si bien no soy mucho de libros vinculados a temas políticos, he de decir que éste, por el tratamiento y la complejidad, me ha gustado y, aunque lejos de ser una maravilla, propone una gran alegoría, sumamente original, por la que merece la pena echarle un ojo.

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Muerte accidental de un anarquista, de Dario Fo

El rodaballo, de Günter Grass


martes, 19 de agosto de 2014

Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura

La inocencia como arma para crear comicidad...


Como anuncié en la anterior entrada, se aproximaba una oleada de texto dramático a La esquina de ese círculo. Seguimos con humor para hablar de una de las comedias más importantes de Miguel Mihura, un clásico del teatro español de la segunda mitad del s.XX, Maribel y la extraña familia. Esta comedia en tres actos nos narra la historia de Maribel, una prostituta que un buen día sonríe a Marcelino, no de forma especial, como cree él, sino como sonríe a todos. Marcelino, desconocedor de su condición de prostituta, inocente hasta el punto de resultar casi increíble, se enamora de ella y decide casarse, que era el propósito con él cual había abandonado su solitaria fábrica de chocolatinas en una villa de Cuenca y había viajado a la casa de su anciana tía Paula en Madrid. Al segundo día de conocerla la lleva a la casa de su tía para que conozca a su madre Matilde y a Paula, las cuales, igual que Marcelino, piensan que su forma de vestir se corresponden con las de una elegante, independiente y admirable chica moderna, perfecta para el dueño de la fábrica. La inocencia de la extraña familia es el primer motor  para crear comicidad de la obra. Lo primero que piensa Maribel cuando Marcelino le dice que les va a presentar a sus parientes es que está de broma y cuando la escena avanza y se le propone el matrimonio formal el miedo la posee porque piensa que las personas con las conversa están locas de atar. Poco a poco Maribel irá comprendiendo la situación y llegará a aceptar a aquella extraña familia y a su nuevo prometido, gracias a la conversación que mantiene con el doctor de la familia en el primer acto, quien le garantiza que "todos están perfectamente cuerdos". En Maribel y la extraña familia se distinguen con claridad dos mundos en los que se engloban determinados personajes: por un lado, está en universo de la prostitución del que provienen Maribel y sus amigas Rufi, Niní y Pili, y, por otro, el de la baja burguesía al que pertenece la extraña familia. Mientras que las primeras son desconfiadas, debido a los avatares de la vida, los segundos tienen tendencia a pensar siempre lo mejor de los demás. La prostituta parece ser una figura clave en la obra de Mihura, pues, de sus casi cien personajes, al menos veinte son putas. Pero no putas cualquiera, sino putas conformes en un principio con su condición, lo cual llama especialmente la atención. Dejando de lado este asunto, la obra se desenvuelve en un buen logrado final, en el que Maribel asciende a una posición mejor de la que ocupaba al inicio de la acción.

viernes, 15 de agosto de 2014

Muerte accidental de un anarquista, de Dario Fo

Crítica social llena de carcajadas...


Me van a perdonar si no les gusta el texto dramático, pero creo que van a caer un puñado de ellos por una temporada. Este será el primero. La primera obra que leo del dramaturgo italiano ganador del Nobel en 1997, una obra sumamente atrevida en su momento por la situación social del país en 1970, donde la policía abusa de su poder y aún quedan rescoldos fuertes en la sociedad del antiguo fascismo y, por supuesto, vive la creencia popular, que ha llegado, desgraciadamente, hasta hoy, no sólo en Italia, de que los anarquistas son todos, por el simple hecho de mantener esas ideas políticas, unos gamberros, unos vagos y unos, sobre todo esto último, terroristas. A esta obra escrita por Dario Fo la Derecha italiana le puso veinte mil trabas para que pudiera ser estrenada en un teatro. Tuvieron que recurrir a actores, en muchos casos, no profesionales, a un atrezo barato y demás. 

  Y es que la obra está basada en un escándalo policial demasiado reciente, encubierto por un gobierno de ideas cada vez más fascistas, el famoso "vuelo" de Pinelli en 1969. Echando mano del prólogo de la edición que me merendé antes de ayer les voy a resumir brevemente la historia para que se hagan una idea. En 1969 explotan una serie de bombas en Roma y en Milán y rápidamente la policía busca culpables entre los numerosos anarquistas que trabajaban por la zona. Hay una oleada de detenciones, entre ellas la del ferroviario Pinelli, que, tras un tenso interrogatorio en el cuarto piso de la jefatura de policía de Milán, se "suicida" lanzándose por la ventana, "presa de un rapto", de la misma forma, o no, que el anarquista de la obra. Dario Fo, para evitar críticas y dar la posibilidad a la censura de echar sus zarpas sobre la obra que ha escrito, defiende que su tragicomedia no se inspira en el anarquista Pinelli, sino en su camarada Salcedo, que, viviendo en Norteamérica en los locos años veinte, corrió una suerte similar. Es, pues, que esta obra tiene huevos. ¡Unos huevos enormes, coño! -Perdón por el taco. A veces me emociono.-Y eso hay que reconocerlo. Porque estas "extrañas" muertes de anarquistas parecieron continuar con fuerza hasta 1974 y no tengo dudas de que Dario debió ser amenazado en no pocas ocasiones.

  La obra en sí está compuesta por tres actos que se representan en la comisaría de policía de Milán y cuyos personajes son un Loco (tipo que parece habitual en las obras de Fo si nos fiamos del experto que ha escrito el prólogo del libro), un Agente, el Comisario Bertozzo (superior del Agente), el Comisario Jefe (superior de Bertozzo), el Comisario de la brigada política (superior del Comisario Jefe) y una Periodista. La escena la abren en el despacho de Bertozzo el Comisario B., el Agente y el Loco, al cual le han detenido por estafa. El Loco tiene, según él afirma, un problema mental, por el que lo han internado ya dieciséis veces un manicomio, que se llama histriomanía, que le hace querer ser tanto otras personas que se pasa toda la vida asumiendo diversos roles, actuando como si la vida fuera el teatro. A lo largo de la obra le veremos representar el papel de Juez y de Obispo. Será ocurrencia suya robar los papeles sobre la muerte accidental del pasado año del anarquista del despacho de Bertozzo cuando éste desaparece y hacerse pasar por el Juez que revisa el caso. Esta obra nos mostrará las múltiples incongruencias de los razonamientos policiales cuando tratan de esconder una verdad donde han cometido un abuso, un abuso de lo que ellos deberían defender, la ley. Se produce en ella la paradoja del Loco-Cuerdo, donde el personaje, ese que ha ido dieciséis veces al manicomio, es el más sensato y lúcido de la obra, el que más y mejor razona. Mientras se revisa el caso poco a poco se descubrirá que el anarquista no saltó, presa del rapto del que todos piensan, sino que lo tiraron y que, posiblemente, ya estaba más que muerto cuando lo hicieron. Todo este dramón lleno de crítica social está sazonado curiosamente con un humor salvaje maravilloso que elevan, sin duda, la obra y la convierten en una de las más divertidas que habré leído jamás. Como libro, no he visto aún ninguna representación por falta de tiempo, sólo decir que es muy muy recomendable. 

jueves, 14 de agosto de 2014

Billy Budd, de Herman Melville

Historia simple con reflexiones interesantes...

Quizás junto con "Bartleby el escribiente" y, por supuesto "Moby Dick", "Billy Budd" sea una de las obras de Melville más fáciles de encontrar en librerías. Lo primero que hay que decir de ella es que está incompleta al ser la última novela del maestro norteamericano, esa que no pudo acabar, y que, según la página de Wikipedia en inglés, comenzó en 1888, sobreviniéndole la muerte en 1891. La obra permaneció mucho tiempo oculta, hasta que en 1924 fue, finalmente, publicada por sus descendientes. Lo cierto es que, a pesar de ser el escritor de una de las obras más representativas de la literatura universal, como puede ser perfectamente Moby Dick, y de uno de los relatos más potentes que he leído, como puede ser el Bartleby, Melville alcanzó su fama como escritor al inicio de su carrera literaria y estas obras, que vinieron después, nunca fueron aceptadas por la crítica o el público. Sin embargo, no fueron del todo olvidadas. Un grupo de seguidores muy reducido mantuvieron vivas las obras del marinero norteamericano hasta que a mediados del siglo XX éstas se revalorizaron, sobre todo Moby Dick, y es, gracias a eso, que hoy lo conocemos como un clásico. Fue en la época del redescubrimiento de Melville cuando se proyecto la ópera de "Billy Budd" con música de Benjamin Britten y libreto de E.M. Forster que tuvo bastante éxito al parecer. A los diez años ya estaba el británico Peter Ustinov terminando de rodar su adaptación cinematográfica.

  Sobre la novela.

  "Billy Budd" narra la historia del marinero de nombre homónimo al título cuando éste se ve enrolado a la fuerza en el buque de la marina inglesa de  setenta y cinco cañones el Indómito a finales del siglo XVIII, momentos antes de las guerras napoleónicas contra Francia, ambiente que retrata muy bien Melville, aunque, para mi gusto, sin profundizar lo suficiente en él -supongo que se debe a ello en parte a que es una obra inacabada-. Billy es un gaviero de estribor, simpático, amigable, apodado por muchos como el Marinero Bonito debido a su simétrica belleza. Es, en pocas palabras el perfecto marinero. Pero hay que generar un problema, porque de ellos vive la ficción. Claggart, el maestro de armas -cargo que en esta época viene a ser una especie de policía dentro del barco para asegurar que todo está en orden-, le "coge manía", lo crean o no, porque sí, porque es el malo y punto, lo que me deja con bastante mal sabor de boca. Se tira literalmente un capítulo, el más aburrido del libro, por suerte bastante breve, en una digresión sobre la corrupción innata del espíritu de algunos seres humanos. El razonamiento de Melville es que Claggart es malvado porque nació malvado y no se molestó en cambiar su forma de ser. Pues bien, Claggart, el maestro de armas, se obsesiona con el pobre Billy como el capitán Ahab con la ballena blanca y empieza a urdir artimañas para echarlo fuera del barco, vivo o muerto. Y de eso, a grandes rasgos, va la novela. Existe un tercer personaje principal, del que se dibuja un boceto al principio y no aparece más hasta mediados del libro, que es capitán del navío, Vere el Estelar, un hombre apacible, sensato, justo y que, a veces de pasarse de culto, resulta pedante para sus subordinados, que no entienden del drama griego clásico ni de Tomás de Aquino.

  Una de las cosas que caracterizan la literatura de Melville son sus múltiples digresiones y que, como he podido comprobar leyendo "Billy Budd", no es una cosa aislada que se limite a "Moby Dick". Las digresiones tratan muchos temas, rompen el dinamismo de la obra al no ser necesarias en la estructura de la misma, pero generan un curioso efecto informativo que nos saca del camino para hacernos vagar por otros senderos en los que no nos imaginábamos previamente. Se puede decir que casi todo el comienzo es una gran digresión, o más bien un conjunto de ellas, que nos sitúa en el contexto ideológico e histórico apropiado, siendo una de las partes menos interesantes del libro. Se plantean varias cuestiones éticas, epistemológicas y ontológicas interesantes a lo largo de la novela, habiendo capítulos dedicados exclusivamente a la reflexión. Melville también inunda sus páginas con referencias al mundo marinero, por suerte aclaradas en las notas al pie del traductor/editor (se nos habla de la rebelión del Nore y de lo que paso en el buque Somers en 1842,...), al mundo bíblico (José, Abraham, Isaac, Caín, Saúl, David,...) y al mundo de la antigüedad grecorromana.

  Podríamos decir que lo mejor del libro son estas reflexiones interesantes. Sin duda, lo peor es la simpleza de la historia, resumible en pocas palabras, de la que ya os he revelado arriba casi la mitad. "Billy Budd" es una novela inacabada y eso hay que tenerlo en cuenta cuando se lee. No es una gran novela, pero se puede leer en una tarde y no sabe a tiempo desperdiciado. 

Otra reseña que te podría interesar: 

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino


lunes, 11 de agosto de 2014

Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski

La historia de Raskólnikov, un hombre que se creía extraordinario...


Como el curso que entra asisto a la asignatura de Historia de la Literatura Rusa II (es decir, siglo XIX y comienzos del XX) y sólo la quiero cursar para estudiar en profundidad a este gran peso pesado universal de las letras que es Dostoievski, me dije que este verano me tragaría alguna gran obra suya, porque, no es que hubiera leído poco del gran Dosto, sino que había evitado sistemáticamente todas sus obras largas por falta de tiempo. Ahora, en verano, disponiendo de un horario mucho más libre he podido echarle al fin el guante a una novela como "Crimen y Castigo", y me alegro mucho de haberlo hecho. Sobre "Crimen y Castigo" podrían perfectamente escribirse un ensayo de doscientas hojas sin la necesidad de escapar mucho del texto, pero veo mucho más cómodo, para mí y para los que leéis esto, resumir lo más importante en una carilla de folio. Así pues, allá vamos.

  "Crimen y castigo" desarrolla en el San Petersburgo de 1866 la historia de Rodión Romanich Raskólnikov, un ex estudiante de Derecho que vive en un cuchitril, viste como un pordiosero y lleva varios meses sin pagar el alquiler porque, en lugar de trabajar, por ejemplo, dando lecciones, dedica su tiempo a pensar sobre múltiples cuestiones.Entre sus pensamientos está la idea obsesiva de que él es un hombre extraordinario como Napoleón y que para que arrancase su carrera es necesario realizar algunos sacrificios, humanos. Sobre la existencia de hombres ordinarios y hombres extraordinarios, a los que les está permitido matar porque luego realizarán acciones que contribuirán a mejorar enormemente la sociedad, habla Raskólnikov en un artículo que escribe para una revista tiempo antes de comenzar la acción. La altanería de Raskólnikov es un punto clave para entender el por qué mata a una vieja usurera, al poco de comenzar la historia, y le roba lo que puede. Y es que para el ex estudiante esa anciana no era más que una "pulga", que ni siquiera tenía derecho a la vida; pensaba, o quería pensar, que le hacía un favor al mundo deshaciéndose de ella para siempre. Pero al poco de eliminar a la "pulga" y recoger de un baúl escondido debajo de la cama algunos de los tesoros empeñados, Raskólnikov cae en la cuenta de que se ha dejado la puerta abierta, y, mientras vuelve rápidamente a cerrarla, le sorprende un silueta humana que, de pie junto a la víctima, intenta dejar escapar un grito de terror, pero no puede. Es Lizaveta, la hermana menor de la anciana que había salido a la casa de unos amigos de la Plaza del Heno. Raskólnikov tendrá de nuevo que matar y huir, algo que, con una suerte increíble, consigue, porque alguien llama a la puerta que acaba de cerrar y se pregunta extrañado qué ocurre. Aquí está el crimen de Raskólnikov, ahora viene el castigo, más psicológico que físico, como podríamos esperar de Dostoievski.

  Un día antes del asesinato, Raskólnikov conoce a un borracho ex funcionario apellidado Marmeladov, que luego será muy importante porque permite la introducción de nuevos personajes muy interesantes, como por ejemplo Katerina Ivanovna, su esquelética mujer noble caída en desgracia, y Sonia, la hija de ambos que se ha visto, por necesidad, ejerciendo la prostitución en los barrios de la ciudad. El encuentro con Marmeladov ocupa todo un capítulo a través del cual se establecen similitudes entre la vida del borracho y la de Raskólnikov, al que el ex funcionario tilda de un hombre culto e inteligente como él, y es sumamente interesante porque aún no se han descubierto al lector los planes del ex estudiante con claridad con respecto a la avara vieja, si bien ya le ha hecho una visita de ensayo. Marmeladov le confiesa que ha dejado su trabajo, en el cual ganaba lo suficiente para alimentar a su familia de tres hijos, para gastárselo todo en bebida. Le cuenta también las desgracias que padece su familia, desgracias que recuerdan exageradamente a las de la de Raskólnikov, de la que ahora hablaremos. Esta escena es representativa como muchas otras y, como curiosidad, de ella se han pintado hasta cuadros como éste: 


  La sacrificada familia de Raskólnikov está compuesta por dos mujeres más él, su madre, Pulkeria Alexandrovna y su hermana, Abdotia Romanovna Raskolnikova. En el tercer capítulo envían a Raskólnikov una carta desde su remoto pueblo en el que le explican las penurias que han tenido que pasar debido a un personaje llamado Svidrigáilov, para el cual trabajaba Dunia (diminutivo de Abdotia) como institutriz, quien, rico, viejo y sádico, la desea como amante y la calumnia cuando ésta se niega a aceptarle por respeto a Marfa Petrovna, su mujer, y es entonces cuando el pueblo entero comienzan darles la espalda. Pronto se descubre la verdad sobre Abdotia y todo parece aclararse, Marfa Petrovna le pide disculpas a Dunia y luego, incluso, le dejará algo de su fortuna a la hora de realizar su testamento, por todas las molestias que les ha causado, y que se descubrirá a mediados del libro. En medio del rechazo del pueblo hay un hombre que se niega a aceptar lo que dicen de la hermosa Dunia las bocas mordaces y decide que se casará con ella y la sacará del pozo, el abogado Luzhin, un ser arrogante como nadie, hacia el cual cede Dunia sólo porque no hay otra salida, y, según piensa Raskólnikov, para sacrificarse por él y ayudarlo a terminar su carrera. Raskólnikov no quiere que nadie se sacrifique por él, y  menos su hermana a la que quiere, por lo que no tardará en rechazar al novio cuando éste se presente en su cuchitril para conocerle y pedirle permiso para proseguir con la boda. 

  Cuando se produce este escena ya ha pasado varios días de la muerte de la vieja. El dilema psicológico de Rakólnikov, su lucha contra el sentimiento de culpa, su deseo de huir de la ley y convertirse en un nuevo Napoleón, ya lo abruman, tanto, que incluso tiene fiebres altas. En una oficina de la administración, a la que tiene que ir no recuerdo ya para qué, escucha a dos oficiales hablar de la reciente muerte de la anciana y su hermana y comienza sentir mareos hasta que se desmaya en medio encima de la mesa. Comienza a sentir que sospechan de él. Comienza a culparse a sí mismo por no poder llevar su plan adelante. Ha escondido todo lo robado en una piedra, de momento, sin ni siquiera mirarlo, tras meditar si debía o no tirarlo al río Nevá. Esa misma tarde acude a la casa de su amigo Razumijin, quien luego se enamoraría de Dunia, sin saber muy bien por qué, y éste le ofrece trabajo como traductor al ver las pintas de su amigo. Raskólnikov acepta para luego volver y tirar por el suelo los textos. ¡Un hombre como él no se puede dedicar a cosas tan bajas! 

  Su problema, su lucha interna contra el sentimiento de pecado y culpa protagonizada por sus ideas, coge la forma de una enfermedad y las fiebres lo tienen atado a su cama tres días. Razumijin y Zosímov, un médico amigo, lo cuidarán hasta que mejore, pero el baile ya ha comenzado y el debate interior de Raskólnikov, su castigo, acaba de empezar, y tiene todo la pinta de que va a durar muchas páginas.

  Dostoievski coincide con la gran época del realismo y, si bien se adscribe a esta corriente literaria porque describe con gran minuciosidad todo lo que puede verse (paisajes, objetos, personas, momentos,...), no se para, simplemente, ahí, sino que indaga incluso en los confines más remotos de la naturaleza humana, logrando una profundidad psicológica que aún hoy es admirable y que lo encumbran como uno de los grandes genios de la literatura. En "Crimen y castigo" esto se aprecia, no sólo en los diálogos, muy logrados por cierto, sino en la multitud de ocasiones en las que nos deja a un individuo aislado del resto en sus elucubraciones, que pueden durar páginas y páginas de razonamientos más o menos lógicos, pero sobre todo verosímiles, que es de lo que aquí se trata. Basta con leer este fragmento que publiqué en el blog hace no mucho para hacernos una idea. El narrador, siendo típico del realismo porque así tiende a expresar mejor una apariencia de objetividad, es en tercera persona centrado principalmente en Raskólnikov, aunque a veces se hacen breves escapadas a otros personajes como Razumijin, Dunia, Luzhin o Svidrigáilov que le dan más dinamismo y refrescan, por decirlo de algún modo, la novela, dándole nuevos puntos de vista más que interesantes y necesarios para comprender la historia en su totalidad. Entre las técnicas literarias básicas de contar y mostrar, Dostoievski prefiere claramente el mostrar, hacerlo todo más visual, sin importarle el número de páginas que su historia pueda ocupar. Sólo parece cambiar de parecer en el epílogo, donde en veinte páginas se nos narran casi más acontecimientos que en la mitad del libro. En general, he disfrutado mucho con la lectura de "Crimen y castigo" y creo que no me he equivocado a la hora de escoger asignatura en la matrícula. La historia de Raskólnikov es una historia llena de matices con muchos grandes momentos puramente geniales por los que merece la pena para cualquier lector y es, por tanto, más que recomendable. 

sábado, 9 de agosto de 2014

Matando dinosaurios con tirachinas, de Pedro Maestre

Un pedacito de loca vida cotidiana...


Para despejarme un poco de tanto realismo (Dostoievski, que es bueno, pero a veces pesa y cansa) y atraído por el más que llamativo título y la breve extensión (¿para qué nos vamos a engañar?) de esta novela de Pedro Maestre con la que conquistó el prestigioso premio Nadal en 1996, decidí que me la merendaría en un par de tardes, aunque sólo fuera por relajar un poco la mente y por curiosidad. "Matando dinosaurios con tirachinas" narra un tajo de la vida de un tal Pedro, -no sé si es autobiográfica, aunque tiene toda la pinta,- un joven licenciado en Filología Hispánica en paro que se muda de Elda a Alcoy para vivir con su novia Elia, la cual lo mantiene mientras él intenta buscar empleo entre algunas mañanas llenas de optimismo y otras comido por la pereza. La relación entre Pedro y Elia es complicada y cada día va a peor, discusiones y sexo, sexo y discusiones, pero cada vez son más las broncas, los enfados y las malas caras. Él dice que la quiere y, sin embargo, no tarda en irse de putas con su mejor amigo Vicente, quien en la adolescencia fue todo un macarra y que cada vez se convertirá en alguien más preciado para nuestro personaje, con él que, incluso, tendrá también sus peleas matrimoniales. Por otro lado está Mesca, el único de los amigos que ha tenido éxito aparente en la vida, siendo director de cine, ha rodado varios cortos y una película, y siempre está de marcha y encandilando mujeres con su rollo de artista bohemio. Mesca es presumido y despierta los celos de los demás allá por dónde pasa. Pedro no es de los que soportan fácilmente cómo su carrera como escritor se hunde: decenas de cuentos que no ganan concursos, novelas que las editoriales se niegan a aceptar; y también su carrera como persona: su relación con Elia y sus amigos, su conocimiento de que es un mantenido, su nueva forma de ser, disoluta y frágil,... Por eso, achaca de todos sus males a sus educadores, a sus padres, que no le han sabido preparar lo suficiente, siendo extremadamente sobreprotectores, para la guerra contra los dinosaurios de la vida diaria y ahora, en lugar de tener una metralleta, tiene sólo un triste tirachinas con el que poco o nada puede hacer. "Matando dinosaurios con tirachinas" está narrado desde la cabeza del protagonista a forma de extenso monólogo interior en una única frase que, además, está cortada, pues el principio se halla en el nacimiento del protagonista, al que no podemos acceder, y el final en la muerte del mismo, que aún no ha llegado y para la cuál podemos decir que aún falta mucho para que llegue. "Matando dinosaurios con tirachinas" es una interesante novela sobre la superación del complejo de Peter Pan, con un estilo de escritura muy llamativo y particular, que refleja un poco el año en el que se concibió (1994-1995), pero que no pasa de ahí. Es una novela fácil de digerir, además de digerible. No es mi estilo de novela favorito, pero está bien. Es recomendable.

Otra reseña que te puede interesar:

Satori en París, de Jack Kerouac


sábado, 2 de agosto de 2014

Otro fragmento de "Crimen y castigo", de Fiodor Dostoievski


 "-Y usted tiene razón -dijo Porfiri, reanudando su plática, mirando, alegre y bonachón, a Raskólnikov, lo cual estremeció a éste, y al instante le hizo ponerse en guardia-. Realmente tiene usted razón al reírse con tanta gracia como lo ha hecho, ¡je, je!, de las formas jurídicas. La verdad es que nuestros procedimientos, profundamente psicológicos (algunos, claro), son extraordinariamente ridículos y hasta inútiles, si se hallan muy ceñidos a la forma: si yo reconociera o, mejor dicho, si yo sospechara de alguien, de éste, del otro o del de más allá, que es, supongamos, un criminal, y se me encargara la causa... Si no me equivoco usted se prepara para ser jurista, ¿verdad?
 -Sí, me preparaba...[Raskólnikov]
 -Bueno, pues aquí tiene un pequeño ejemplo para el futuro; es decir, no crea que me atreva a darle una lección a quien publica tales artículos sobre el crimen [ Se refiere a un artículo escrito por Raskólnikov en el que éste defiende que el crimen está justificado si con él se contribuye a una mejora para la humanidad]. No, sólo me atrevo a preguntárselo a modo de hecho, de pequeño ejemplo. Pues bien, si yo considerara a uno, a otro o a un tercero como criminal, ¿para qué, pregunto yo, debo intranquilizarle antes de tiempo, aunque tenga pruebas contra él? A uno, por ejemplo, me veré obligado a detenerlo cuanto antes; pero otro, a lo mejor tiene un carácter distinto. ¿A santo de qué, pues, no dejarle pasear por la ciudad? ¡Je, je, je! No, ya veo que no me entiende bien. Se lo explicaré con más claridad: si yo, por ejemplo, lo encierro demasiado pronto, con ello moralmente, por decirlo así, hasta le doy un apoyo, ¡je, je! ¿Usted se ríe? -Raskólnikov estaba muy lejos de pensar en reírse: sentado, apretados los labios, no apartaba su mirada encendida de los ojos de Porfiri Petróvich.- Y en realidad, es así, sobre todo con ciertos individuos, pues la gente es muy diversa, aunque a todos se les aplica la misma práctica. Ahora me dirá usted: las pruebas. Sí, cierto; supongamos que tenemos pruebas; pero usted sabe, amigo mío, que las pruebas, en la mayor parte de los casos, tienen dos filos. Yo soy juez inspector y, por tanto, un hombre débil, lo confieso: desearía presentar la causa, por decirlo así, con claridad matemática; quisiera obtener una prueba que fuera semejante al dos por dos son cuatro. ¡Que fuera una prueba directa e indiscutible! Pues bien; si al presunto criminal lo encierro antes de tiempo, aunque yo estuviera convencido de que es él, entonces, en definitiva, me privo yo mismo de medios para poder demostrar más tarde su culpabilidad. ¿Qué por qué es así? Pues porque, en cierto modo, le proporciono una situación determinada, es decir, le defino psicológicamente y le tranquilizo, y se escapa de mis manos para refugiarse en su concha: al fin comprende que es un detenido. Verá, cuentan que en Sebastopol, inmediatamente después de la batalla de Almi, había personas inteligentes que temían que el enemigo lanzara sus fuerzas abiertamente al ataque y que tomara la plaza fuerte; pero cuando vieron que el enemigo prefería un asedio entonces esas personas inteligentes se pusieron muy contentas y se sosegaron: la lucha se prolongaba, por lo menos dos meses más, porque, ¿cómo iban a tomar la ciudad en un asalto con todas las de la ley? ¿Otra vez se ríe? ¿Tampoco lo cree usted? Claro, también usted tiene razón. ¡Tiene razón, tiene razón! Esos son los casos particulares, estoy de acuerdo con usted. El hecho es que he referido realmente un caso particular. Pero, vea usted, mi buen Rodión Románovich, lo que es necesario tener en cuenta: el caso general, ese caso que sirve de medida a las formas y reglas jurídicas, y de base sobre la que se han escrito los libros, no existe en absoluto, por el mismo hecho de que toda causa, por ejemplo, todo crimen, tan pronto como ocurre en realidad, se convierte en un caso por completo particular, a veces en nada parecido a los anteriores. A veces suceden casos ultracómicos. Bueno, he dejado al señor aludido completamente solo: ni le detengo ni le intranquilizo, pero ha de saber en cada momento que yo lo sé todo, o por lo menos ha de sospechar que le vigilo día y noche. Si lo tengo siempre en estado de sospecha y temor, entonces, se lo juro, al final perderá la cabeza, y se presentará él mismo  y será capaz de hacer algo que se parecerá al dos por dos son cuatro, o sea algo que tendrá un cariz matemático, lo cual no deja de poseer su encanto. Eso puede ocurrir con un mujik muy zote. ¡Imagínese, pues, lo que pasará con un hombre como nosotros, moderno, y más si se ha educado en determinado sentido! ¡Aún mucho más! Pues, mi querido amigo, es algo muy importante saber en qué dirección se ha desarrollado un hombre. Y los nervios, ¿eh? ¿Los ha olvidado usted? Le quedan  a ese hombre enfermos, rotos, irritados... ¡Y cuánta hiel! ¡Cuánta! Le digo que, si el caso se presenta, es una especie de mina para la investigación. ¿Por qué he de inquietarme yo de que ese hombre vague sin esposas en las muñecas por la calle? ¡Que pasee de momento, que pasee! Sé muy bien que es mi víctima y que no se me puede escapar. ¿Adónde quiere que escape? ¡Je, je! ¿Al extranjero, por ventura? Al extranjero huirá un polaco, pero no él, tanto menos cuanto que vigilo y he tomado medidas. ¿Que se esconderá en las profundidades del país? Pero allí viven auténticos mujiks, zamarros, verdaderos rusos. Un hombre de hoy, culto, preferirá el presidio a vivir con tales extranjeros como nuestros mujiks. ¡Je, je! Pero esto son bobadas, es lo exterior. ¿Qué significa eso de que escapará? Eso es lo formal, pero el meollo de la cuestión no radica ahí. Si no se me escapa de las manos, no es sólo porque no tiene adónde dirigirse: de mí no se me escapa "psicológicamente", ¡je, je! Vaya expresioncita, ¿eh? De mí no huye por ley de naturaleza, aunque tenga a donde huir. ¿Ha visto alguna mariposa junto a la llama? Bueno, pues así estará dando vueltas a mi alrededor, como en torno a una vela; para él la libertad perderá su encanto; ese hombre comenzará a pasar el tiempo reflexionando, se armará un lío, quedará envuelto en sus pensamientos como en una red, él mismo se preparará alguna combinacioncita matemática como la de dos por dos; basta sólo que le dé un descanso suficientemente largo... Y seguirá dando vueltas a mi alrededor, reluciendo cada vez más el radio de los círculos, hasta que, ¡zas!, se meta volando en mi boca y me lo trague. Claro que esto es muy agradable, ¡je, je, je! ¿No lo cree usted?
 Raskólnikov no contestó; permanecía sentado, pálido e inmóvil, observando con atención el rostro de Porfiri."

 Otro fragmento de Crimen y Castigo, de Fiodor Dostoievski