jueves, 1 de enero de 2015

Dos cartas de "Las amistades peligrosas", de Choderlos de Laclos



Primera carta:

"100. Del vizconde de Valmont a la marquesa de Merteuil
Desde el castillo de..., a 3 de octubre
Amiga mía, he sido engañado, traicionado, perdido, estoy en la desesperación; la señora Tourvel se ha ido. ¡Se fue sin que yo me enterara! ¡Sin que pudiera oponerme a su partida! ¡Sin poder reprocharle su indigna traición! ¡Oh! No crea que yo la hubiera dejado partir; se habría quedado; sí, se habría quedado aunque para ello hubiese tenido que emplear la violencia. Mas, ¿cómo ocurrió? En mi crédula seguridad, dormía yo tan tranquilo; dormía y el rayo cayó sobre mí. No, no entiendo en modo alguno esta partida; he de renunciar a conocer a las mujeres.
  ¡Cuando recuerdo el día de ayer! ¿Qué digo? ¡Incluso la noche! ¡Aquella mirada tan dulce! ¡Aquella voz tan suave! ¡Y aquella mano apretándome! ¡Y mientras tanto estaba planeando huir de mí! ¡Oh, mujeres, mujeres! ¡Y luego se quejan de que las engañamos! Sí, cualquier perfidia que se emplee es un robo que se les hace.
  ¡Cuánto placer obtendré vengándome! Encontraré a esta pérfida mujer; recuperaré mi poder sobre ella. Si el amor me ha bastado para encontrar los medios, ¿qué no hará con ayuda de la venganza? Volveré a verla a mis pies, temblorosa y bañada en llanto, suplicando piedad con su voz engañosa; y yo no tendré compasión.
  ¿Qué estará haciendo ahora? ¿En qué pensará? Quizá se felicite por haberme engañado, y, fiel a los gustos de su sexo, le parezca este placer el más dulce. Lo que no ha podido hacer la tan alabada virtud, lo ha conseguido sin esfuerzo el astuto ingenio. ¡Insensato de mí! Asustábame su prudencia y era su mala fe lo que debía temer.
  ¡Y verme obligado a tragarme el rencor! ¡No poder mostrar sino tierno dolor, cuando tengo el corazón lleno de rabia! ¡Verme reducido a seguir suplicando a una mujer rebelde que se ha sustraído a mi poder! ¿Habría de verme, pues, humillado hasta ese punto? ¿Y por quién? Por una mujer tímida sin costumbre de combatir. ¿De qué me sirve haberme hecho fuerte en su corazón, haberla abrasado con todo el fuego del amor, haber llevado hasta el delirio la turbación de sus sentidos, si, tranquila como está en su retiro, puede enorgullecerse hoy de su huida más que yo de mis victorias? ¿Y he de aguantarlo? No lo crea, amiga mía: ¡no tenga usted de mí esa humillante idea!
  Mas, ¿qué fatalidad me ata a esta mujer? ¿No desean mis atenciones otras cien? ¿No se apresuran a responder a ellas? Aunque ninguna valiera lo que ésta, ¿acaso el atractivo de la variedad, el encanto de las nuevas conquistas, el éxito de que sean tan numerosas, no ofrecen placeres harto dulces? ¿Por qué correr tras aquel que nos huye y despreciar aquellos que se presentan? ¡Oh! ¿Por qué?... lo ignoro, mas siéntolo intensamente.
   No tendré ya ni felicidad, ni reposo si no poseo a esta mujer a la que odio y amo con igual furor. No soportaré mi destino sino cuando disponga del suyo. Entonces, tranquilo y satisfecho, la veré a mi vez, entregada a las tormentas que padezco yo ahora; incluso excitaré en ella otras mil. La esperanza y el temor, la desconfianza y la seguridad, todos los males inventados por el odio, todos los bienes concedidos por el amor, quiero yo que llenen su corazón, que se sucedan en él según mis deseos. Llegará ese día... Mas, ¡cuántos esfuerzos me quedan! ¡Cuán cerca de él estaba ayer! Y ¡cuán alejado me veo hoy! ¿Cuándo acercarme? No me atrevo a dar ningún paso; comprendo que para tomar una decisión habría de estar más calmado, y me hierve la sangre en las venas. 
 Lo que acrecienta mi tormento, es la sangre fría con que todos responden a mis preguntas sobre este acontecimiento, sobre su causa, sobre todo cuanto de extraordinario tiene. Nadie sabe nada, nadie desea saber nada: apenas si se habría hablado de ello, si yo hubiera consentido que se hablara de otra cosa. La señora de Rosemonde, a la que he acudido esta mañana al enterarme de la noticia, me ha respondido con la frialdad propia de su edad, que era la consecuencia natural de la indisposición que la señora de Tourvel había sentido ayer; que había temido caer enferma y había preferido volver a su casa; le había parecido muy sencillo; ella habría hecho lo mismo, según me ha dicho: ¡como si pudiera haber algo en común entre las dos! ¡Entre ella,  al que no queda sino morir, y la otra, que constituye el encanto y el tormento de mi vida! 
   La señora de Volanges, a la que al principio creí cómplice, no parece afectada sino por no haber sido consultada sobre esta decisión. Harto me alegra, lo confieso, que no haya tenido el placer de perjudicarme. Esto me prueba, además, que no posee la confianza de esta mujer tanto como yo temía; no deja de ser una enemiga menos. ¡Cuánto se congratularía si supiera que ha huido de mí! ¡Cuán hueca estaría si hubiera sido por sus consejos! ¡Cuánta importancia se daría! ¡Dios! ¡Cómo la odio! ¡Oh! Reanudaré mi relación con su hija: quiero manejarla a placer: por consiguiente, creo que me quedaré aquí algún tiempo; al menos, me inclino por esto tras la corta reflexión que he podido hacer. 
   ¿No cree usted, en efecto, que tras una decisión tan marcada, mi ingrata ha de temerse mi presencia? Si se le ha ocurrido, pues, la idea, de que pueda seguirla, no habrá olvidado cerrarme su puerta; y tengo tan poco interés en acostumbrarla a ese recurso como a sufrir dicha humillación. Prefiero anunciarle, por el contrario, que me quedo aquí; incluso la instaré a que vuelva, y cuando esté bien convencida de mi ausencia, me presentaré en su casa; ya veremos cómo soportará la entrevista. Mas es menester diferirla para aumentar su efecto, y ni siquiera sé si tendré paciencia para ello: he abierto la boca veinte veces hoy para pedir mis caballos. Sin embargo, me dominaré; me comprometo a recibir aquí su respuesta de usted; sólo le pido, preciosa amiga, que no me haga esperar. 
   [...] 
   Adiós, hermosa amiga; si se le ocurre alguna idea feliz, algún medio de acelerar mi marcha, particípemela. Más de una vez he sentido cuán útil podía ser su amistad; de nuevo lo siento en este momento; pues estoy más tranquilo después de haberle escrito: al menos he hablado con alguien que me entiende, y no con los autómatas junto a los que estoy vegetando desde esta mañana. En verdad, cuanto más vivo, más tentado estoy de creer que no hay nadie en el mundo que valga algo, salvo usted y yo."

 

Segunda carta:

"161. La presidenta de Toruvel a... (Dictada por ella y escrita por su doncella)
En París, a 5 de diciembre de 17**
 Ser cruel y perverso, ¿no te cansarás de perseguirme? ¿No contento con haberme atormentado, degradado, envilecido, quieres también arrebatarme hasta la paz de la tumba? ¡Cómo! ¿En esta tenebrosa estancia en la que la ignominia me ha forzado a sepultarme, no tendrían tregua las penas y me será desconocida la esperanza? No imploro una gracia que no merezco: para sufrir sin quejarme, bastará con que mis sufrimientos no excedan mis fuerzas. Mas no hagas mis tormentos insoportables. Si me dejas mis dolores, líbrame al menos del cruel recuerdo de los bienes que he perdido. Puesto que me los has arrebatado, no pintes ante mis ojos su desoladora imagen. Vivía inocente y tranquila: por haberte visto perdí el reposo; por escucharte me hice criminal. Autor de mis faltas, ¿qué derecho tienes a castigarlas?
  ¿Dónde están los amigos que me querían, dónde? Mi infortunio los espanta. Nadie osa acercarse a mí. ¡Estoy angustiada y me dejan sin socorro! Me muero, y nadie llora sobre mí. Se me niega todo consuelo. La piedad se detiene al borde del abismo en el que el criminal se sume. ¡Los remordimientos le desgarran y no son oídos sus gritos!
  Y tú, a quien he ultrajado; tú, cuya estima acrecienta mi suplicio; tú, el único que tendría derecho a vengarse, ¿qué haces lejos de mí? Ven a castigar a una mujer infiel. Que al fin sufra unos tormentos merecidos. Habríame sometido a tu venganza; mas me ha faltado valor para comunicarte tu vergüenza. No era disimulo, era respeto. Que al menos esta carta demuestre mi arrepentimiento. El cielo ha defendido tu causa; te venga de una injuria que tú has ignorado. Él ha trabado mi lengua y contenido mis palabras; ha temido que me perdonaras una falta que quería castigar. Me ha sustraído a tu indulgencia, que habría menoscabado su justicia. 
   Despiadado en su venganza, me ha entregado a aquel precisamente que me ha perdido. Sufro a la vez por él y para él. En vano quiero huir; me sigue; está aquí, me obsesiona sin cesar. ¡Mas cuán distinto a él mismo! Sus ojos no expresan ya sino odio y desprecio. Su boca no profiere sino insultos y reproches. Sus brazos no me estrechan sino para desgarrarme. ¿Quién me salvará de su bárbaro furor?
   Mas, ¡cómo!, es él... No me cabe duda; vuelvo a verle. ¡Oh amable amigo! Acógeme en tus brazos; ocúltame en tu seno: ¡sí, eres tú realmente! ¿Qué funesta ilusión me había hecho desconocerte? ¡Cuánto he sufrido en tu ausencia! ¡Oh! No volvamos a separarnos, no nos separemos jamás. Déjame respirar. ¡Siente cómo palpita mi corazón! ¡Oh! Ya no es por temor, sino por la dulce emoción del amor. ¿Por qué rechazas mis tiernas caricias? ¡Vuelve hacia mí tu dulce mirada! ¿Qué lazos tratas de romper? ¿Para quién preparas todo ese ceremonial de muerte? ¿Quién puede laterar así tus rasgos? ¿Qué haces? Déjame, ¡me estremezco! ¡Dios! ¡Otra vez ese monstruo! 
  Amigas mías, no me abandonen. Usted que me invitaba a huir de él, ayúdeme a combatirlo; y usted que, más indulgente, me prometía suavizar mis penas, venga, pues, junto a mí. ¿Dónde están las dos? Si no me está permitido volver a verlas, respondan al menos a este carta; sepa yo que aún me quieren. 
   ¡Déjeme, pues, cruel! ¿Qué nuevo furor te anima? ¿Acaso temes que un dulce sentimiento me penetre hasta el alma? Redoblas mis tormentos; me obligas a odiarte. ¡Oh! ¡Cuán doloroso es el odio! ¡Cómo corroe el corazón que lo destila! ¿Por qué me persigue? ¿Qué puede tener que decirme aún? ¿Acaso no me ha puesto en la imposibilidad de escucharle como de responderle? No espera ya nada de mí. Adiós, señor." 

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