miércoles, 25 de marzo de 2015

Fragmento de "El hospital de la transfiguración", de Stanisław Lem



Como anticipación a una reseña que debería estar al caer, les dejo uno de los fragmentos que más me ha hecho reflexionar de la primera novela del genial Stanisław Lem. De acuerdo o no con las ideas del poeta ficticio Sekułowski, tendremos que coincidir que este fragmento goza de extraordinaria calidad. El Lem médico dialoga con el Lem escritor, que mantiene luchas internas sobre qué debe y cómo debe escribir. El arte por el arte versus el arte comprometido socialmente, y la solución de Lem: la plasmación de ambos en una misma obra. Excelente.

“Stefan intentó elogiarlo, pero recibió una réplica severa:
-¡Absurdo!
[-Replicó Sekułowski-] Usted no tiene ni idea de qué está hablando. ¿Qué sabrá usted de poesías? La escritura es una maldita obligación. Aquel que asiste a la agonía de la persona más querida y, sin querer, intenta atrapar hasta el último detalle de su convulsión es un verdadero escritor. El filisteo grita: “¡Ruin!” No es ninguna vileza, señor mío, sino un auténtico suplicio. No es una profesión: uno no elige ser poeta como quien elige ser oficinista. Tan solo aquellos escritores que no escriben nada pueden vivir tranquilos. Y desde luego que los hay. Nadan en un océano de posibilidades, ¿me comprende? Para expresar una idea, primero hay que limitarla, es decir, matarla. Cada palabra que escojo me prohíbe el paso a otras distintas, cada estrofa levanta una montaña de renuncias. Y siento la necesidad de construirme un mundo seguro, artificioso sin duda. Al ver caer trozos de estuco, siento que detrás de esos fragmentos dorados se abre un abismo inefable: sin duda alguna, ahí está, pero todos los intentos por alcanzarlo cavando terminan en fracaso. Y mi miedo…
Calló y suspiró con alivio.
-Siempre tengo la sensación de que cada palabra que escriba será la última palabra. Que no podré más… Usted, por supuesto, no me entiende. No puede entenderlo. No sé cómo explicarle ese miedo. Siento que sale de mí precipitadamente como el agua por debajo de la puerta durante una inundación. No sé qué hay al otro lado de la puerta. No sé si será la última ola. No domino la potencia de las fuentes. Están tan arraigadas dentro de mí. Y usted pretende que “tome una actitud”. Estoy atado por mí mismo. Tan solo puedo ser libre viviendo en las personas sobre las que escribo, aunque tampoco sea más que una ilusión.
>>¿Para quién debo escribir? El troglodita devorador de los sesos humeantes de sus prójimos, que pintaba esas insuperables obras maestras en las cavernas utilizando su propia sangre, ya es pasado. Los geniales universalistas y los herejes chisporroteando en las hogueras de la época renacentista ya son pasado. Las hordas que intentaron domar los océanos y el viento también son pasado. Se acerca la época de los enanos acuartelados, de la música en lata, de los cascos que no dejan ver las estrellas. Y dicen que después vendrá la igualdad y la hermandad, pero ¿por qué la igualdad?, ¿por qué la libertad? ¡Si precisamente de la desigualdad surgen escenas visionarias y de la desesperación el fuego creador! ¡Si precisamente el terror puede sacar del hombre algo que valga más que el hartazgo de lo bien visto! Me niego a renunciar a esas abismales diferencias, me niego a renunciar a esas tensiones. Si de mí dependiera, dejaría los palacios, las chabolas ¡y las fortalezas!
-Me contaron –terció Stefan- que hubo un príncipe ruso dotado de una gran sensibilidad. Desde las ventanas de su palacio, situado en lo alto de un monte que dominaba el pueblo, se divisaba una vista preciosa, pero unas cuantas chozas cercanas estropeaban aquel pintoresco paisaje. Así que el príncipe ordenó quemarlas: las manchas de los machos cabríos carbonizados dieron el último toque exacto. Y por fin, consiguió el cuadro que estaba buscando.
-Con que esas tenemos… -dijo Sekułowski-. ¿Trabajamos para las masas, eh? Yo no soy ningún Mefistófeles, doctor, pero me gusta meditar las cosas. […]”

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