jueves, 19 de marzo de 2015

Fragmento de "El Rodaballo" de Günter Grass a propósito del Día del Padre




Hace tiempo ya que leí la gran obra de Günter Grass que es El Rodaballo, novela extensa y controvertida que creo que nunca dejaré de recomendar. En dicha novela hay un capítulo bastante amplio que tiene por título El Día del Padre. Puede que quizás tenga poco que ver con la concepción paterna que yo o que tú, lector, puedas, podamos, tener y quizás el tema de la paternidad sea en dicho capítulo lo menos importante. No volveré a resumir la novela, ya hablé de ella aquí, y escribí una reseña aquí. También hay otro fragmento por aquí. El caso es que El Día del Padre en concreto es quizás el mejor capítulo de la obra por su dramatismo, dureza, desarrollo asombroso de la psique de los personajes, brillantez del lenguaje empleado, etc. Y lo más interesante es que es el que menos tiene que ver (o al menos, el que parece tener menor relación) con el eje argumental central de la novela. Es por eso, que se puede leer perfectamente sin necesidad de tragarte las 470  páginas previas. Eso sí, si no lees esas 470 páginas, quizás no te cause el mismo impacto. O quizás sí. Eso es algo que ya no puedo comprobar. En esas 470 geniales páginas (¡paginazas!) se establece la dicotomía histórica entre hombres y mujeres, donde los varones salimos ganando sólo si los varemos son la crueldad, la ineptitud, la avaricia y qué sé yo que más, pero nada bueno, en principio. Las mujeres se van enmarcando como heroínas históricas, necesarias. En este capítulo de El Día del Padre también tenemos a una heroína, Sibylle, que asume el rol de víctima social anónima de una sociedad llena de incongruencias que lleva a una violencia no controlada. El Día del Padre se concibe como un desmontaje de las tesis dibujadas por Grass en las 470 páginas anteriores, donde la salvación no quedará ni en el hombre, ni en la mujer, ni en uno mismo. Es la pérdida de la fe en los valores humanos de la forma más nihilista que jamás haya podido concebirse. Brutal.

Para no dejar este apunte cojo, dejo abajo el inicio del capítulo según la traducción de Miguel Sáenz de 1982 con la esperanza de despertar en el que lo lea, si lo lee alguien, el deseo de echarle un ojo tarde o temprano.

“El Día de la Ascensión, que es fiesta, celebramos el Día del Padre. Muchos hombres, enjutos (sostenidos sólo por tendones) y gordos (acolchados ya contra todo), hombres con arrugas de tanto reírse, con cicatrices, apergaminados, cuadrados, cargados con el peso de lo que les cuelga, todo un pueblo de hombres, sólo de hombres, se marcha al campo: en carricoches engalanados con guirnaldas, en bicicletas con banderolas, encuadrados en las filas de sus clubs, subidos en coches tirados por caballos o en automóviles de modelos viejos y nuevos.
Ya de mañana se ponen en movimiento las hordas acervezadas, apretujándose en los vagones del metro y del tren. Los autobuses de dos pisos llevan cargamentos de hombres que cantan. Adolescentes que se desplazan en moto en manadas: encuerados de negro y envueltos en su propio ruido. También hay solitarios decididos que van a pie. Veteranos de las últimas guerras, equipos desencadenados de las fábricas Borsig y Siemens, los señores del servicio municipal de aguas, basureros, conductores de camión, funcionarios de ventanilla, la directiva de la casa Schering, comités de empresa en pleno, los socios de “Hertha” o del “Tasmania”, clubs de bolos y cajas de ahorros, jugadores de skat y coleccionistas de sellos, jubilados amargados, padres de familia exhaustos, horteras y aprendices llenos de granos, hombres, sólo hombres que quieren estar solos, sin Illsebills [nombre de la mujer del narrador y co-protagonista de la novela], libres de faldas y de rulos, dejar el pecho, salir del coño, librarse de los calcetines de punto, del lavado de platos, del pelo en la sopa, estar a sus anchas en el campo, ir a Tegel y al Wannsee, a Teufelsberg y a Krumme Lanke, a Britz y a Lübars; quieren instalarse a orillas de los lagos de Grunewald, con botellas y bocadillos, cencerros y trompetas, a cuadros y a rayas, al aire libre y en el campo; quieren sobre alfombras de musgo, entre árboles y sobre agujas de pino o, con traseros fondones por la cerveza, sentarse en sillas de jardín plegables, correrse la gran juerga, ser señores, grandes señores y librarse del cordón umbilical materno.

Y el Día del Padre, que cae en el día de la Ascensión, también Sibylle Miehlau quiso celebrar el Día del Padre: ¡sin falta! Sus amigas, que se llamaban Fränki, Siggi y Maxi, la llamaban Billy o Bill. Las cuatro se creían diferentes y lo eran, aunque las cuatro podían ser también diferentes de diferentes, como sé yo muy bien; porque a principios de los años cincuenta, Sibylle y yo pensamos en casarnos: grandes planes, estábamos prometidos. Hay fotos: los dos en la plaza de San Marcos y bajo la torre Eiffel. Sobre los blancos acantilados de la isla de Rügen. Mejilla contra mejilla. De la mano. Hacíamos una buena pareja. En todas las posiciones. Y nuestro hijo…
Billy –lo afirmo todavía hoy- era una mujer con clase. Había terminado sus estudios de Derecho. Todos los hombres estaban locos por ella. Pasaba por vampiresa y llevaba tacones de aguja. Ligaba y era ligada. Por eso no cuajó nuestro matrimonio, lo que los dos lamentamos; porque Sibylle tenía una veta de ama de casa que, incluso luego, cuando se había decidido ya a ser distinta, se manifestó activamente: se llevó al Maxi (con su saco de marinero lleno de zarrias) a su casa, que en realidad había sido ya nuestra casa: con cuarto de niños y cama de matrimonio. 
El Maxi, lisa y frágil, tenía el aspecto de un chico con el mes, mientras que Sibylle tenía las proporciones de una pin-up: tipo de barras y estrellas. También Siggi y Fränki vivían juntas, pero en una relación más libre, siempre a la caza e inquietas como sementales de tres años. Eran, a pesar de todos sus aires masculinos –siempre con pantalones, voces que salían del sótano- cuatro chicas listas y normalmente exaltadas que, por ahber tropezado con demasiada frecuencia con jovenzuelos estúpidos o con pelmazos (como yo), se habían refugiado en su propio sexo. Ahora querían ser diferentes, diferentes como fuera. Sin embargo, hubiera podido tirarme a cualquiera de ellas. Y con Sibylle, en líneas generales, lo había pasado muy bien en la cama. Y a la fría Siggi me la había trajinado de una forma totalmente normal, sin que se quejara luego. Y también al Maxi, cuando empezó con Billy sus relamidas relaciones, me la cepillé como de pasada. Sólo Fränki, son su temperamento de carretero, no me llamó nunca la atención.
En cualquier caso, las cuatro empezaron un día a decir chorradas: “Ya está bien. Qué asco. Esos modales no nos convencen. Nosotras estamos acostumbradas a otra cosa. Sólo queréis meterla, sacarla y ya está. Búscate otra. Lo sentimos. Somos diferentes. Está bien: nos hemos vuelto diferentes. Lo de antes no cuenta. Había que superarlo, y de forma consecuente. Sin embargo, podemos seguir siendo amigos. Déjate caer por aquí alguna vez, para tomar una copa o lo que sea.””

Y aquí paro. Primero para que no me tachéis de misógino o machista por subir esto, pues es ficción y parte de una obra que contiende muchos momentos en los que se defiende justo lo contrario. De hecho, el contraste que se genera entre estas páginas y las anteriores es asombroso. No quiero contar más. Podría debatirse mil cosas sobre este fragmento, diez mil sobre el capítulo, cuyo tema central ni se asoma en este primer par de páginas. No hay esperanza de salvación para Grass: ni en la integridad, ni en la diferencia, ni en ser hombre o mujer, ni en uno mismo siquiera. El discurso nihilista más absoluto. El término “fe” queda extinguido de su diccionario. ¿Quizás también del de gran parte de los seres humanos que constituyen las sociedades contemporáneas? O quizás el escéptico soy sólo yo. ¡Qué más da!

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