miércoles, 17 de junio de 2015

Otro fragmento de "Viaje al fin de la noche", de Louis Ferdinand Céline



Fotograma de "La ventana indiscreta", de Alfred Hitchcock (1954)


“Lo que más me aturdía era el furibundo metro. Al otro lado del patio, que más parecía un pozo, se iluminó la fachada a través de una, dos y luego decenas de habitaciones. Podía ver lo que ocurría en algunas de ellas. Eran matrimonios que iban a acostarse. Los americanos, después de las horas verticales, parecían tan decaídos como nosotros. Las mujeres tenían los muslos muy gruesos y muy pálidos, al menos las que pude ver. 
La mayoría de los hombres se afeitaban antes de acostarse y fumando al mismo tiempo. 
Una vez en la cama se quitaban primero los lentes, luego la dentadura postiza, que metían dentro de un vaso, colocándolo todo muy en evidencia. No parecía hablar entre ellos, ambos sexos, exactamente igual que en la calle. Hubiérase dicho grandes animales muy dóciles, perfectamente acostumbrados a aburrirse. En todo sólo pude ver a dos parejas que con la luz encendida hacían lo que yo esperaba, y sin gran pasión. Las otras mujeres comían bombones en la cama mientras esperaban que el marido acabara de asearse. Y luego todo el mundo apagó la luz. 
Es triste ver a las gentes en el momento de acostarse; puede uno darse cuenta que les importa un bledo que las cosas vayan del modo que sea, bien claro se ve que no tratan de comprender el por qué estamos aquí. Les da igual. Duermen de cualquier modo, son unos parásitos, unas ostras, sin ninguna susceptibilidad. Americanos o no. Siempre tienen la conciencia tranquila. 
Yo había visto demasiadas cosas nada claras para sentirme contento. Sabía demasiado y no sabía bastante. Hay que salir, me dije, salir otra vez. Quizás encuentres a Robinson. Una idea estúpida, evidentemente, pero que me servía de pretexto para salir de nuevo, tanto más cuanto que, a pesar de dar vueltas y más vueltas en mi pequeña piltra, me era imposible agarrar el mínimo retazo de sueño. En casos semejantes ni siquiera al masturbarse experimenta uno consuelo ni distracción. Y entonces hay como para despertar. 
Y lo peor es preguntarte si a la mañana siguiente tendrás fuerzas para continuar lo que hiciste la víspera y desde hace tanto tiempo, en dónde encontrarás la fuerza para esas gestiones imbéciles, los mil proyectos que no conducen a nada, tentativas que siempre abortan, y todo para convencerse una vez más que el destino es insuperable, que cada noche hay que caer de nuevo al pie de la muralla, bajo la angustia de ese mañana siempre más precario, más sórdido. 
Es la edad que avanza, tal vez, la traidora, y nos amenaza con lo peor. Dentro de uno ya no queda mucha música para hacer bailar la vida, eso es. La juventud fue a morirse al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y dónde ir, te lo pregunto, en cuanto no tienes cantidad suficiente de delirio? La verdad es una agonía que nunca se acaba. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca he podido matarme.”

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