domingo, 30 de julio de 2017

El juez y su verdugo, de Friedrich Dürrenmatt





El cuerpo del agente Schmied es encontrado con una bala en la cabeza dentro de su coche en una pequeña carretera suiza de montaña, cerca de la capital Berna, pero no por ello demasiado transitada. Dos agentes de la ley, el comisario Bärlach, viejo y astuto depredador de criminales a punto de jubilarse, y el primer subordinado de Schmied, un inexperto joven apellidado Tschanz, son los encargados de buscar al asesino, una vez se descarta el suicidio del pobre hombre. Como ni Bärlach ni Tschanz confía en los medios del otro, cada uno emprende una suerte de investigación por separado, en la cual sólo se comparte información en contadas ocasiones. Bärlach parece moverse con su intuición de sabueso y comienza tratando el caso con un aparente desinterés, mientras que Tschanz parece sentirse dolorido por la pérdida de su superior y se mueve metódicamente, cotejando datos una y otra vez, en una obsesión poco sana por encontrar un culpable. Pronto descubrimos que las pistas los llevan hacia un tal Gastmann, antiguo conocido de Bärlach, un hombre muy peligroso, que sólo actúa hacia el mal por el mal y que el comisario lleva intentando encarcelar casi veinte años. Esta será su última oportunidad para echarle el guante, ya que Bärlach padece un tipo de enfermedad que lo llevará a la tumba en menos de un año según los partes médicos. 

Cómo no, se produce un cara a cara entre las figuras del bien y las del mal. Sin embargo, El juez y su verdugo no es tan simple como eso y en las pocas páginas de las que dispone nos muestra que todo depende del prisma desde el cual observemos el asunto. La maldad y la bondad son relativas y esta relatividad queda aplicada a todos los personajes, incluidos los que a priori pueden parecer los héroes. Esto se debe a que los personajes no funcionan como meras alegorías, sino que intentan parecer de carne y hueso; se nos presentan con sus inquietudes, sueños y miedos, lo que constituye un punto a su favor muy importante, ya que en un género como es el de la novela policíaca los personajes suelen presentarse tipificados en exceso, una pega que, sin duda, se debe a la sobreexplotación de un género que nunca ha dejado de ser extremadamente comercial. 

Como en toda buena novela policíaca, en El juez y su verdugo hay un importante manejo de la intriga que se consigue dosificando la información en toda una escala de montaña de giros argumentales, magistralmente dispuestos en este caso. Aquí Dürrenmatt nos da una clase magistral del uso del ocultamiento, la sutileza y la ironía. 

No soy un gran fan del género. Apenas he leído diez o doce novelas policíacas o de investigación, pero sé que no me gusta lo fácil y ciertamente El juez y su verdugo no lo es. Cuenta con una profundidad filosófica de peso. Me ha convencido mucho la forma de escribir de Dürrenmatt y creo que a día de hoy aún se puede aprender bastante de él, por lo que será muy posible que en las próximas semanas encontréis más reseñas de sus obras en esta Esquina. Un saludo. 

He encontrado una reseña muy lejana en el tiempo de alguien que -todo hay que reconocerlo- parecía estar más inspirado que yo. Ya que no hay nada sobre la novelita en mi blogosfera habitual le dejo esta otra opinión de Álvaro Quintana










jueves, 20 de julio de 2017

La defensa, de Vladimir Nabokov






La defensa es la tercera novela publicada por Vladimir Nabokov en ruso cuando aún tenía poco menos de treinta años. En ella se aprecia la calidad formal y la precisión en el detalle descriptivo, así como la increíble capacidad de abstracción que luego le acompañaría en el resto de su vida. He aquí pues el germen de una literatura sumamente personal y trabajada hasta la extenuación como es la de Nabokov. Si bien el ruso es famoso por sus novelas llenas de carga erótica, aquí hay una ausencia por completo de dicho elemento y una focalización mayor en lo referente a dilemas existenciales, donde se trabaja genialmente el tema de los deseos reprimidos y de la necesidad de ser feliz en sociedad, lo que a veces, y en el caso del protagonista de esta novela especialmente, choca con la voluntad y la felicidad parcial que se haya en uno mismo. Este enfrentamiento no puede más que llevar a un fin trágico, donde se termina por asumir que la unión total de lo personal y lo socialmente correcto es, por completo, imposible de resolver en una vida y que si se resuelve, el período de estabilidad no es más que parcial y lo suficientemente efímero como para sentir que el dilema no queda superado del todo. En esta obra podemos apreciar también la atracción casi enfermiza del propio Nabokov por el ajedrez y por la literatura.

Luzhin es un chico de San Petersburgo con un don increíble para el ajedrez, juego y arte en el que descarga un alivio frente a un mundo que se le presenta hiriente e incomprensible, del que siente la necesidad imperiosa de escapar a toda costa. De hecho toda su vida, que se reflejará en este libro no es más que la búsqueda –primero en el ajedrez y luego en el amor- de otra atmósfera que le permita ser mínimamente feliz. Esta huida es, por supuesto, un tópico literario más, pero el enfoque en el mundo del ajedrez le aporta una esencia fría y matemática, alejada de toda pasión. Luzhin, tras lucirse como niño prodigio se convertirá en todo un gran maestro del ajedrez, acechante en todo momento del título y del reconocimiento como campeón mundial de su disciplina. El continuo esfuerzo lo llevará a agotarse mentalmente y una parte de él intentará rescatar los despojos de una pasión no vivida cuando conoce a una chica –que a diferencia de Luzhin, sí que se enamorará verdaderamente de él- con la que se acabará casando. A partir de este punto la lucha dentro de Luzhin entre los dos deseos –la explicación de su existencia a través del ajedrez y la experimentación tardía de un primer amor ante el cual no sabe cómo reaccionar- estará presente hasta la conclusión de la novela. 

Quizás uno de los puntos a comentar es el fuerte contraste entre Luzhin y su señora, que destaca aquí por ser un personaje muy humano y lleno de fuerza, frente al gélido comportamiento robótico del maestro, con una visión de su propia vida en base a múltiples elementos y con una voluntad de amar que desencadena en un temor a perder lo que tiene y por lo que ha luchado. La verdad es que la señora Luzhin le aporta algo de jugo a la obra, ya que con Luzhin es verdaderamente difícil empatizar por su encerramiento psicológico en sí mismo y sus acciones que parecen ejecutadas por una persona con graves problemas para relacionarse y controlar sus emociones. En Luzhin vemos como se desarrolla un problema existencial de búsqueda de uno mismo y de defensa ante lo que le hace daño que resulta ciertamente muy interesante y que puede servirnos para entendernos mejor a nosotros mismos. No obstante, no es en sí mismo un personaje en absoluto carismático, a diferencia de su esposa.

Los personajes que rondan la obra, contando al mismo Luzhin, son en su esencia muy rusos. Tenemos la figura del escritor emigrante en el padre del maestro que, sabiendo las carencias que posee en su campo, se limita a vivir en la literatura de forma lateral, sin aspirar nunca a convertirse en un segundo Tolstoi, publicando sólo literatura infantil. Por otro lado están los padres de la señora Luzhin, antiguos aristócratas rusos que han tenido que emigrar tras la revolución comunista y que encuentran en el trabajo de su yerno una labor deshonrosa que debe abandonar cuanto antes para que el matrimonio con su hija sea posible. En la madre es, sobre todo, en quien más se pueden apreciar los hábitos de la antigua aristocracia rusa, donde el mundo de la opulencia, de la educación y de la etiqueta están más que presentes. Las ideas de este matrimonio, que ya han sido inculcadas en la señora Luzhin antes que el ajedrecista la conozca, chocan con el discurso de alabanza de la URSS que recae en el personaje secundario de la amiga de la tía de Luzhin, que en un determinado momento aparece para visitar a los recién casados. Nabovok intenta generar con esto un relato polifónico que reflejase las auténticas preocupaciones en la Rusia del momento, vista, por supuesto, desde fuera como él la tuvo que ver. Todo es infinitamente ruso: la ceremonia del té, la preocupación política, los grandes clásicos del realismo que cimientan el nacionalismo ruso frente al gobierno de los soviets, el ajedrez como deporte nacional, la frialdad en el carácter y la infinita cortesía con la que se tratan los personajes hasta en los momentos más desagradables, etc.

Se puede decir que La defensa dista mucho de ser la mejor novela de Nabokov, pero bien podría ser una mejor novela de cualquier otro autor. Las cuestiones que plantean son sumamente interesantes y la expresión textual es de una calidad y de una minuciosidad brillante. Sin embargo, la poca carisma de Luzhin hace que cueste quizás demasiado para el lector ponerse en su piel y se echa de menos también una capacidad de desarrollo más compleja, que sí que puede llegar a apreciarse en muchas de sus obras posteriores.

Es un libro que hay trabajado mucho Javier Avilés, por lo que en El Lamento de Portnoy podréis encontrar una pila de apuntes sobre él (I y II). Del mismo modo, en Das Bücherregal también hay una reseña algo más sucinta, pero no por ello menos interesante.






sábado, 15 de julio de 2017

El retorno

Me complace comunicaros a todos que, tras esta larga interrupción, La Esquina de Ese Círculo volverá a abrir sus puertas nuevamente por lo que muy, pero que muy pronto, irán apareciendo por aquí más reseñas de los libros que vaya leyendo. Lamento que el Stand By se haya prolongado tanto en el tiempo. Os animo a que no dejéis de visitar este sitio, que es vuestra casa, y que opinéis y comentéis lo que queráis. ¡Un saludo y felices lecturas!