martes, 30 de diciembre de 2014

Tres tragedias de venganza. Teatro renacentista inglés.

La tragedia española, de Thomas Kyd. La duquesa de Amalfi, de John Webster. Lástima que sea una ramera, de John Ford


Ya dejaba caer en el breve resumen de las lecturas de otoño que la recopilación de tragedias, el estudio que hace de ellas y la traducción de José Ramón Díaz Fernández me habían gustado muy mucho y esto se debe, no sólo a la calidad excelente de las obras en sí, sino también a la edición que hace Gredos, que creo que está bastante bien trabajada. 

El tema que une a una tragedia con otra, dispuestas por el orden cronológico en el que se compusieron, es una constante en todo el llamado teatro isabelino y jacobeo, que no se ancla sólo en Shakespeare y en su famoso Hamlet. Aquí se hace una muestra.

Como son obras diferentes de autores diferentes lo que propongo es comentar cada obra por separado e ir comentado elementos con los que podamos establecer relaciones entre unas obras y otras.

Empecemos, por ejemplo, con la primera, para así seguir el orden de la historia y el que marca el libro.

Díaz Fernández considera a Thomas Kyd como el creador de la llamada Tragedia de Venganza como género dramático. Lo cierto es que se pueden rastrear precedentes en la tradición clásica que llegan hasta la Medea de Eurípides y Séneca, pero eso es lo de menos porque entendemos que se refiere al teatro exclusivamente inglés, a pesar de que el experto no nos lo aclare. De Kyd menciona en el estudio preliminar que, aunque escribió varias obras (entre ellas un Hamlet, aproximadamente diez años antes que Shakespeare, que no ha podido llegar hasta nuestros días), sólo nos ha quedado de su pluma como obra completa La tragedia española, que también era conocida por el vulgo con el nombre de su personaje principal: Jerónimo. Lo cierto es que como tragedia alcanza momentos en los que rivalizan con el Shakespeare más serio, el de Hamlet, El Rey Liar, McBeth, etc. Y esto último fue para mí una sorpresa que me alegró bastante la tarde. La psicología de los personajes no está tan trabajada como en La duquesa de Amalfi, por mencionar una de las obras de las que ahora hablaremos, o de los clásicos shakespearianos, pero no le hace falta para lograr en el espectador, o, en mi caso, en el lector el efecto trágico buscado. Emplea, además, un peculiar y, a primera vista, bastante moderno concepto del teatro como representación. Como en una matrioska Kyd construye una serie de niveles narrativo-escénicos donde va situando a sus personajes. En el primer nivel estaría el público que asiste a la representación. En el segundo estarían el espectro del soldado Andrea, que ha sido asesinado en combate y al que se le ha prometido que el culpable de su muerte será castigado con una más atroz y que él podrá presenciarlo, y el demonio de la Venganza, que, ya sabiendo el desenlace le muestra a Andrea cada acontecimiento. En el tercer nivel se representa la acción de los personajes entre la muerte de Andrea y la venganza de éste que se efectuará sin que él no mueva un dedo, por eso de que las personas malvadas acaban cayendo sí o sí. Dentro de este nivel se producen una serie de muertes movidas por las pasiones que moverán a Bel-Imperia y a Jerónimo a urdir un ardid para vengar la muerte de sus seres queridos. ¡Pero no queda ahí la cosa! Hay un momento de la acción en el que asistimos a un cuarto nivel: hablamos de una representación teatral que Jerónimo prepara para el Rey de España y el Virrey de Portugal. Es esta complejidad externa más la complejidad interna en que consiste el desarrollo de las relaciones de los niveles dos y tres, y la historia llena de giros en el tercer nivel la que la encumbra como una tragedia muy a tener en cuenta y que hasta ahora había pasado desapercibida para el público español (de hecho, la primera traducción es esta que hace Gredos y Fernández Díaz en 2006). 

Sobre la historia interna no quiero desvelar demasiado, aunque, como siempre, a mi me lo contaron todo ya en el prólogo. Hay una guerra entre España y Portugal en algún momento histórico ficticio que crea Kyd (que, por cierto, confunde muchas veces geográficamente España con Italia) y Andrea, el soldado español del que hemos hablado antes, es asesinado por Baltasar, el príncipe de Portugal, que luego será capturado por dos amigos de la infancia que ya no lo son, Lorenzo, hijo del duque de Castilla, y Horacio, hijo del Justicia Mayor. Bel-Imperia, hermana de Lorenzo, pierde a su amante en la batalla y empieza a ser cortejada por Horacio, pero éste es pronta y brutalmente asesinado por Lorenzo y Baltasar, que se ha enamorado fervientemente de Bel-Imperia. Una vez muerto Horacio, su padre Jerónimo y su amante Bel-Imperia claman venganza. Hay una escena en concreto, un monólogo de Jerónimo con el que se abre la escena segunda del tercer acto en el que se logra uno de los momentos cumbres de la obra, que está cargado de especial fuerza poética y que ya destaqué en su momento aquí.  La desgracia lleva a Jerónimo a la locura, siendo incapaz de vengar a su hijo a través de los medios judiciales que domina, debido a que los asesinos ocupan un estrato social que los exime de toda culpa. ¿Pero está Jerónimo loco o cómo Hamlet se hace el loco? En La tragedia española asistimos al episodio contrario que se representa en el Hamlet (en el que, por cierto, también hay una representación en la que se juega con los niveles narrativo-escénicos): mientras que en la corte danesa es el hijo el que quiere vengar la muerte de su padre matando a su tío Claudio, en los palacios españoles es el padre el que quiere liquidar a los que mataron a su hijo. Como Hamlet, Jerónimo experimenta momentos en los que parece totalmente enajenado, pero siempre mantiene algo de cordura que le permite hilar su trampa, en la cual debe caer, y no diré si lo hace o no, tanto Lorenzo como Baltasar. La obra sufrió añadidos posteriores, que no provinieron de la mano del autor, pero que se han mantenido en las versiones más modernas por su gran calidad literaria y porque se desvincula de los temas centrales de la obra para arrojar luz sobre otros más secundarios que, en mi opinión, no carecen, ni mucho menos, de importancia.

De Webster y La duquesa de Amalfi podremos decir algunas palabras más que de Kyd. En primer lugar, que, al contrario que La tragedia española o el Hamlet, está basada en un hecho real,  a partir del cual también se inspiró Lope para hacer otra tragedia. La historia trata sobre el honor, la pasión y, por supuesto, la venganza. La duquesa de Amalfi es una joven viuda que se ha enamorado de su mayordomo Antonio. Su estatus social y el amor, en el sentido más pervertido que os podáis imaginar, que siente su hermano Fernando por ella le impiden casarse con él. No obstante, lo hace en secreto y sin testigos, lo cual era práctica habitual en la época al parecer, con darle sencillamente la mano. Todo va bien hasta que la mujer, mira tú por dónde, se queda embarazada. Aún así consigue tener tres vástagos del matrimonio. En el pueblo comienzan a esparcirse rumores que conducen a la opinión pública, por llamarlo de algún modo, de que es una ramera impúdica. Y estas noticias son llevadas a Fernando por un fiel espía, arquetípico personaje maquiavélico que aparece en todas las obras que Gredos ha recogido esta vez y que en La tragedia española vendría a corresponderse con Villuppo y en Lástima que sea una ramera con Vázquez. Una vez Fernando sabe esto planea su venganza con la ayuda de su hermano, un Cardenal que peca de adulterio con la mujer de uno de los personajes más secundarios de la obra. Descubierto Antonio, la duquesa le recomendará que huya de Amalfi, creyendo que no le ocurrirá nada. Pero Fernando efectúa su venganza a través de Bósola, el espía, y la mancha del asesinato le lleva a enloquecer. Y aquí paro, aunque la historia siga para centrarme en otros detalles especialmente interesantes…

Uno de los elementos que más llama la atención al espectador/lector es el profuso trabajo realizado por el dramaturgo en lo que a la complexión psicológica de los personajes se refiere. Si venimos a compararlo con La tragedia española, ya que en el libro una lectura sucede a la otra, lo notaremos y nos resultará incluso brusco la gran atención que le presta el escritor a este elemento. Una vez un gran crítico, ahora mismo no recuerdo bien el nombre, dijo que un gran texto es aquel que muestra sus propias estructuras. Si ese gran crítico leyó La duquesa de Amalfi, sin duda, debió de disfrutar mucho con uno de los momentos iniciales, cuando Antonio le describe a su amigo Delio como son cada uno de los tres hermanos (Fernando, El Cardenal y La Duquesa) y cómo, para quizás no dejar a Antonio por mentiroso, esas precisiones no se mueven ni un ápice de la verdad.

“DELIO: 
(Aparte a Antonio) Ahora, señor, vuestra promesa. ¿Quién es ese Cardenal? Me refiero a su carácter. Dicen que es un individuo audaz, que se juega cinco mil coronas al tenis, baila, corteja damas, y que se ha batido en duelos. 
ANTONIO: 
Semejantes destellos se aferran a él superficialmente, mera apariencia, mas observad su temperamento interior: es un clérigo melancólico. El manantial de su cara no es sino un criadero de sapos. Cuando sospecha de algún hombre, urde peores intrigas que las que soportó el propio Hércules, pues le arroja en su camino aduladores, alcahuetes, espías, personas impías y todo tipo de monstruos intrigantes. Podría haber sido Papa pero, en lugar de conseguirlo mediante el primitivo decoro de la Iglesia, se valió de sobornos con tal profusión y con tal insolencia como si hubiera podido lograrlo sin el conocimiento del cielo. Algún bien habrá hecho. 
DELIO: 
Demasiado habéis dicho de él. ¿Qué decís de su hermano? 
ANTONIO: 
¿El Duque? Un carácter de lo más perverso y turbulento: lo que aparenta en él regocijo es mera fachada. Si se ríe efusivamente, es para despreciar todo lo honrado a fuerza de carcajadas. 
DELIO: 
¿Gemelos? 
ANTONIO: 
En condición. Habla con las lenguas de otros y atiende las peticiones de la gente con oídos ajenos; fingirá dormirse en los juicios tan sólo para atrapar a los infractores en sus respuestas; condena a muerte por mera delación y recompensa por habladurías.

Como se puede ver en el pasaje los personajes que pinta Webster son extremadamente corruptos y sin ningún tipo de moral. Una especie de característica del teatro isabelino es la ambientación en países mediterráneos, donde, a través de la explotación de tópicos, se denuncian temas tan sociales como la corrupción. Lo cierto es que gran parte de la denuncia del teatro isabelino no estaba dirigido a estos países en concreto, sino a la propia nación inglesa. El miedo ante el poder de la corona británica obligaba a muchos autores a recurrir a escenificaciones en otros países de Europa. En este caso el personaje del Cardenal, no obstante, tiene más bien la función contraria. Su libertinaje refleja la inestabilidad, la inmoralidad y la hipocresía con la que los ingleses veían a la Iglesia Católica de Roma. La crítica a la corrupción política también puede verse claramente en la tragedia anteriormente comentada arriba.

Destaca de la obra también una escena muda que debe tener como escenario las puertas al santuario de la Virgen de Loreto, donde los hermanos se encuentran con los enamorados y se disponen a darles muerte, acto que ambos evitan huyendo. También hay en la obra momentos corales especialmente llamativos, aunque en la traducción se hayan perdido varios elementos que hacen que las canciones no resulten del todo emotivas. Pero bueno… Por último, para cerrar con La duquesa de Amalfi, me veo obligado a decir que la cantidad y la calidad de los recursos retórico-literarios son increíbles. Las palabras que escupen los personajes van en muchos casos cargadas de poesía.

En tercer lugar tenemos Lástima que sea una ramera de John Ford, una obra algo más complicada en lo que a trama se refiere, ya que el dramaturgo no se conforma con mostrarnos una sola historia, sino que, manteniendo un eje central, la historia de amor incestuoso entre Annabella y Giovanni, propone otras pequeñas escenas de venganza entre los personajes secundarios, que determinarán de algún modo el desenlace final y que aportan dinamismo y pequeñas dosis de crueldad a la tragedia de forma intermitente. Son muy interesantes los giros argumentales y lenguaje cargado de dobles sentidos, muchas connotaciones sexuales que también se pueden apreciar en La duquesa de Amalfi. Es, quizás, la obra más cruel y fría. Que peor cuerpo te deja. Profundamente impactante. 

¿Pero de qué va, aparte de numerosas venganzas justificadas o no?

Lástima que sea una ramera se ambienta en las calles de Milán, donde la bella Annabella, virgen de alta alcurnia, ya está en edad de contraer matrimonio, lo que le lleva a su padre a no perder un segundo en buscarle numerosos pretendientes, de entre los cuales su favorito será Soranzo, que goza de cierta fama de libertino en la ciudad por haber abandonado a Hippólita, la mujer de Richardetto, un militar que marchó a la guerra y no volvió, pero que en la obra reaparecerá disfrazado de médico y en compañía de su sobrina para urdir una treta con la que saciar su sed de venganza. Otros pretendientes de Annabella son Grimaldi, un militar romano que será engañado y vejado ante los ojos de su inalcanzable amada, y Bergetto, que constituye una clase de infructuoso intento de contrapunto cómico en la obra en forma de patán infantiloide y presumido que cree tener a Annabella conquistada con su mera apariencia física y que no duda en enviarle mensajes algo obscenos, a pesar de no tener con ella ningún tipo de confianza.  La cabeza loca de Bergetto es siempre aconsejada y movida por Donado, su tío, quien acude a Florio, padre de Annabella, presentando los credenciales de su pariente constantemente para convencerle. Sin embargo, Annabella no ama ni a Soranzo, ni a Grimaldi, ni a Bergetto, sino a un cuarto hombre, que, por desgracia para ella, resulta ser su hermano Giovanni. Comienzan juntos una relación en secreto que la deja embarazada, lo que la lleva a aceptar rápidamente al que le parece el mejor pretendiente: el favorito de su padre, Soranzo. Tras las bodas se sigue manteniendo la relación en secreto, pero será imposible ocultar el embarazo. Soranzo, con ayuda de su maquiavélico criado Vázquez, planean una terrible venganza. Y aquí me vuelvo a callar para no desvelar nada más…

Y con esta entrada cierro el año 2014, un año crucial para este sitio, que ha estado creciendo mucho, gracias, en gran parte también, a los lectores que han vagabundeado alguna que otra tarde en los márgenes de una u otra reseña, o de algún pequeño fragmento, o comentario. A todos ellos, les deseo un feliz 2015. Que aquí ya volveremos en enero con más libros, más reseñas, más literatura, más cultura, más Esquina de ese Círculo.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Breve resumen de todas las lecturas de otoño (del 19 de septiembre al 21 de diciembre)



Si el verano ha sido una estación prolija en lecturas, el otoño ha consistido en todo lo contrario debido al comienzo de las clases en la facultad y a mi integración en la vida social granadina. No obstante, han caído suficientes libros de calidad como para que merezca la pena hacer este compendium, en su mayoría lectoras obligatorias de grandes obras grecolatinas  de las clases que he venido comentando aquí cada vez que acababa. Le hemos dedicado buena parte del tiempo a la épica (Ilíada, Odisea, Eneida, Metamorfosis) y hemos acabado con teatro (Plauto), con breves escapadas a ambientes más modernos (Mann, Tolstoi, Sade). Y no les entretengo más, aquí tienen el resumen.


Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann (4/5)

Comenzábamos el otoño con un sacrificado del verano: el genial Thomas Mann. Gran obra, desgraciadamente inacabada, del Premio Nobel, en la que un joven ladino narra sus vivencias. Fascinadora y llena de humor. Una novela con la que todo escritor querría cerrar su carrera y que obtendría, sin duda, la máxima puntuación si estuviera finalizada. Le hice una reseña en su tiempo que aquí dejo.











La Ilíada, de un apuesto señor llamado Homero (4/5)

Sí, el primer libro escrito de la literatura occidental. Un clásico entre los clásicos. Un encargo de la facultad que tarde o temprano acabaría leyendo. Con un lenguaje algo plano, pero no seamos tampoco demasiado exigentes, que es la primera epopeya griega. Eso sí, sólo por la compleja trama argumental merece, y mucho, la pena. El juego de planos, las escenas con imágenes increíblemente visuales y algunos diálogos memorables la encumbran como una de las mejores obras de todos los tiempos. En mi opinión es buena obra, aunque no está al nivel de su sucesora: la Odisea. Reseña aquí.





Odisea, de un apuesto señor llamado Homero (5/5)

Otro encargo más de la facultad, siguiendo la línea de los clásicos, que tarde o temprano tendría que leer. Mucho mejor estructurada y escrita que la Ilíada en mi opinión. Sumamente moderna para su época. Adelanta muchas técnicas narrativas que desarrollarían grandes escritores posteriores. Toda una joya del género de la novela de aventuras con momentos emblemáticos que completan muchos de los huecos que deja la Ilíada. Reseña.









La Eneida, de Virgilio (4/5)

Seguimos con los clásicos y con un tercer encargo de la facultad. Con una fluidez mucho mayor que la Ilíada y la Odisea, peca de ciertos momentos, sobre todo en los últimos capítulos que se pueden tornar algo pesados. Si bien toma muchas cosas de Homero, la obra que escribe Virgilio es única y también tiene sus capítulos memorables. Para ser concretos, son de extraordinaria belleza el segundo, en el que Eneas narra el fin de Troya mediante la artimaña del caballo de madera, y el sexto, que constituye el viaje a los infiernos más logrado de todos los que haya leído. No es de extrañar que Dante lo eligiera para ser su guía por los confines de Dite. En su día hice una reseña que dejo aquí.



Historia de un caballo, de León Tolstoi (4/5)

¡Ay, madre mía! ¡Qué penita de caballo! ¡Qué penita de Mujik I! No miento al afirmar que he sentido más empatía por él que por muchos de los seres humanos que me he encontrado a lo largo de lo que llevo de vida. ¡Grandísimo personaje el que crea Tolstoi! Héroe trágico, noble de espíritu y vapuleado por la realidad, por la bestialidad de los hombres y de los otros caballos. Constantemente luchando y sometiéndose a poderes que le superan; es fácil establecer una semejanza con muchos de los personajes de Kafka en este sentido. En pocas palabras, es un cuento que se lee en una hora, que te toca la fibra y que guardas en tu corazón con gran recuerdo el resto de tus días. No me detuve a hacerle la reseña en su momento, pero sí que quise destacar un fragmento especialmente bueno, que invita a la reflexión sobre el concepto propiedad.

Filosofía en el tocador, del Marqués de Sade (1/5)

Decepcionante. Cuando no te bombardea el escritor con sus ideas radicales y absurdas te infla el texto de pornografía. No es que sea infumable, pero es decididamente un libro sin calidad alguna escrito por una mente perturbada. Siento que he perdido el tiempo leyéndolo y que no puedo recuperarlo. En fin... Dejo la reseña por si les interesa aquí.












Las Metamorfosis, de Ovidio (5/5)

Toda una enciclopedia de mitología, fácil, interesante y emotiva. Perfectamente hilada y genialmente escrita (o traducida). Las Metamorfosis es un gran poema épico que supone la revolución del género. Un mito tras otro, todos conectados entre sí, consiguiendo que el constructo legendario grecolatino quede completamente cerrado. En su momento hice una extensa reseña, en la que hablaba de pasada por varios mitos interesantes.







La voluntad de ser feliz y otros relatos, de Thomas Mann (3/5)

Los primeros relatos publicados de Mann de extensión variable. Algunos de gran calidad y especial interés, otros bastante flojos. Poco a poco los he ido devorando en las horas libres que se me escapaban y he conseguido terminar la antología. No tiene la grandeza de las obras posteriores del alemán, pero merece bastante la pena su lectura. Al comienzo de la semana ya se publicó su reseña, aunque más que una reseña propiamente dicha podríamos hablar de un resumen de cada cuento destacando los más interesantes. En cualquier caso, fue lo que me salió del alma.







Comedias sueltas de Plauto: Miles gloriosus, Anfitrión y El Pséudolo (4/5)

El Shakespeare de la risa de la Antigüedad romana. Un humor que traspasa la frontera de la cultura y del tiempo y que tienta a la carcajada a salir a la luz. Un genial comediógrafo que me ha causado gran impresión. Muy interesante. Volveré a él en algún momento. Reseña.




Tres tragedias de venganza. Teatro renacentista inglés. (La tragedia española, de Kyd. La duquesa de Amalfi, de Webster. Lástima que sea una ramera, de John Ford.) (4/5)

Están leídas y estoy trabajando en la reseña que, posiblemente, estará antes del fin de año (quiero tomarme una semana de vacaciones aprovechando las fechas en las que estamos). Les adelantó que me han gustado mucho.











Y para el invierno quiero meterle mano a algo de Séneca, y poner así fin a este miniciclo de literatura grecolatina antigua, Las amistades peligrosas de Choderlos, volver a Shakespeare y empezar con algo más moderno que tengo por ahí guardado como La espada de los cincuenta años de Danielewski, autor de La Casa de Hojas, algo de literatura hispanoamericana del XX y rusa del XIX y la novela Martín Zarza, que recientemente ha publicado la nueva editorial El último dodo y cuya presentación y módico precio me convenció bastante. También algo de Ana Blandiana estaría bien, pero todo a su debido tiempo.

Eso es todo. ¡Pasen una feliz Navidad!

Fragmento de "La tragedia española", de Thomas Kyd




"JERÓNIMO:
    ¡Ay, ojos, ya no ojos, mas cascadas colmadas de lágrimas! ¡Ay, vida, ya no vida, mas forma viviente de muerte! ¡Ay, mundo, ya no mundo, mas cúmulo de males públicos, confuso y lleno de muerte y maldades! ¡Ay, cielos sagrados! Si esta acción sacrílega, si este crimen inhumano y bárbaro, si este asesinato inaudito del que fue, mas ya no, mi hijo, queda sin descubrir y sin venganza, ¿cómo podríamos llamar justos vuestros actos si injustamente actuáis con aquellos que en vuestra justicia confían? La noche, aciaga acompañante de mis sollozos, con horrendas visiones despierta mi alma vejada y con las heridas de mi afligido hijo me urge conocimiento de su muerte. Feos demonios se apresuran a salir del infierno y fuerzan mis pasos por sendas no frecuentadas y aterran mi corazón con pensamientos ardientes e inflamados. El nublado día mi desconsuelo describe, pronto comienza a reflejar mis sueños y me insta a buscar al asesino. Ojos, vida, mundo, cielos, infierno, noche, y día, contemplad, buscad, mostrad, enviad un mortal, un medio que pueda... (Cae una carta) ¿Qué es esto? ¿Una carta? ¡Bah, no puede ser! ¡Una carta escrita a Jerónimo! (Lee) "Por falta de tinta, recibe este documento escrito con sangre. Mi infame hermano me ha escondido de ti. Véngate de Baltasar y de él, pues ellos fueron quienes asesinaron a tu hijo. Jerónimo, venga la muerte de Horacio y que tu suerte mejor que la de Bel-Imperia sea." ¿Qué significa este milagro inesperado? ¡Mi hijo asesinado por Lorenzo y el Príncipe! ¿Qué motivos tenían ellos para odiar a Horacio? ¿O qué podría llevarte  a ti, Bel-Imperia, a acusar a tu hermano si él hubiese sido el criminal? Jerónimo, ten cuidado; te acecha la traición, y para atraer tu vida esta trampa está dispuesta. Aconséjate, pues; no seas crédulo. Han ingeniado esto para ponerte en peligro, para que con esto acuses a Lorenzo y que él, por tu deshonor deshecho, ponga tu vida en peligro y llene tu nombre de odio. Apreciada era la vida de mi amado hijo y de su muerte me incumbe la venganza; no arriesgues pues la tuya, Jerónimo, mas vive para conseguir tu determinación. Por tanto, intentaré confirmar este documento con las pruebas que pueda recoger y, espiando cerca de la casa del Duque de Castilla, encontrarme si puedo con Bel-Imperia para escuchar más sin revelar nada. (Entra Pedringano) ¡Eh, Pedringano!"

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Comedias sueltas de Plauto (Miles Gloriosus, Anfitrión y El pséudolo)

El maestro romano de la risa...



Increíble es como después de una veintena de siglos y unos pocos de decenios, no los olvidemos, un autor, un comediógrafo, un genio del humor, un Shakespeare de la risa como lo es Titus Maccius Plautus o Plauto, simplemente, pueda seguir despertando con tal ahínco la carcajada en unos lectores/espectadores cuyo mundo queda cada día más distante del escenario en el que se sitúan tan disparatadas comedias como las que vamos a hablar hoy. A saber: Miles Gloriosus, Anfitrión y El pséudolo. Son sólo una selección de las veintiuna obras que de él se han conservado y que se le atribuyen sin titubeos, aunque se da casi por sentado que escribió muchas otras –en la Introducción General de mi edición se comenta que Aulio Gelio defendía que Plauto había llegado a componer hasta 130 comedias. Muchos son los fragmentos que de estas comedias nos han llegado. Se estima que mínimamente debieron de ser 51 el número de obras del umbrío. No es lo que nos dice Aulio Gelio, pero es, no obstante, un número considerable, que fue suficiente para influir en comediógrafos posteriores de la talla de Molière o Shakespeare.

Plauto se caracteriza por arrancar como comediógrafo de éxito desde la nada más absoluta. Según cuenta él mismo pasó de estar un día trabajando con el molino, lo cual se ha debatido si era literal o una mera metáfora de su pobreza, a nadar en la abundancia y morir en ella, dejando su nombre en la historia de la literatura. Se desconoce cuál pudo ser su primera obra, la que “lo sacó del molino”, pues ninguna de sus comedias está datada, a excepción de El pséudolo (191 a.C.) y Stichus (200 a.C.). La mayor parte de la producción de Plauto imita obras anteriores latinas que no se han conservado. Plauto, para prevenir al espectador de qué es lo que va a encontrarse, pone en boca de uno de sus personajes, normalmente el más pillo y simpático, el nombre del original en el que el dramaturgo se ha inspirado libremente. Su libertad es tal que se permite la licencia de “contaminar” la obra mezclando varias comedias, o tragedias (como en el caso de Anfitrión), en una sola. Esta contaminación en característica en su obra.

Sus comedias son siempre comedias de enredos, donde el ingenio de los personajes está constantemente salvando problemas. Este ingenio da lugar a diálogos inteligentísimos, que recuerdan al mejor Shakespeare. Si William tenía en sus comedias y tragicomedias predilección por la figura del clown, Plauto la reserva única y exclusivamente para sus esclavos, siempre pillos e inteligentes, capaces de sacarles las castañas del fuego a sus amos en todo momento. Mientras que en Miles Gloriosus tenemos al genial Palestrión, capaz de engañar a Pirgopolinices, más conocido como el Soldado Fanfarrón, para que su amo puede huir con su amada y con el mismo Palestrión, que había sido capturado por unos piratas anteriormente cuando navegaba por el mar para darle la noticia a su amo de que a la ya mencionada amada la había raptado el militar que luego le compraría en un mercado de Éfeso, en El Pséudolo vemos como es el esclavo el que asume el papel protagonista, llegando al punto de que la comedia, incluso, lleva su nombre por título. 

El caso de Anfitrión es más particular, pues en él no aparecen bajo el estereotipo de esclavo un personaje, sino dos. Por un lado tendremos a Sosia, el esclavo asustadizo y lleno de ironía del militar Anfitrión, que, por órdenes de éste, vuelve a casa a darle la buena a Alcmena de que su marido se aproxima. Por otro lado, tendremos al dios Mercurio, quien hace de sereno en la puerta de la casa de Alcmena, disfrazado de Sosia, mientras su padre Júpiter, camuflado como Anfitrión, goza del placer carnal con la bella esposa del militar. Mercurio adopta el papel socarrón que correspondería en la comedia plautina con el típico esclavo. Se mofa de Sosia cuando se presenta en la puerta de la casa de su amo y se golpea repetidas veces para que se marche. Tras un ingenioso diálogo acaba haciéndole creer que él no es Sosia, siendo Sosia el hombre que tiene delante y que, por supuesto, no puede ser Sosia porque sólo hay un Sosia en toda la “tragicomedia”, término que utilizaremos para el caso de Anfitrión, pues es el que aparece en el prólogo por boca de Mercurio, y, por tanto, el que prefiere el propio Plauto, y que quizá mejor se adapta. 

Dejando de lado el Anfitrión, su única obra conservada de índole mitológica y que, por ello, cuenta con características especiales, y centrándonos en el Miles Gloriosus y en El Pséudolo, podremos encontrar muchos elementos comunes. No sólo pueden parecerse estas dos obras en la figura del esclavo maestro de ardides, también cuentan ambas con: el arquetipo del joven amo enamorado; la amada que quiere corresponderle y que no puede porque un hombre, un antagonista, se lo impide; un amigo siempre fiel del enamorado que está dispuesto a ayudarle de la forma que sea, aunque eso implique tener que abrir un hueco en la pared de su bodega. La estructura es más o menos similar. Al joven enamorado se le presenta un obstáculo que debe superar (engañar al Soldado Fanfarrón o reunir veinte minas, que es una moneda griega en la obra y no otra cosa, para comprar a su amada al rufián Balión) y le piden ayuda a sus sabios esclavos, ofreciéndoles de todo, y a veces también la libertad, a cambio de la solución al problema. De una forma u otra los esclavos ponen en buen término su plan, mientras el espectador se echa unas buenas carcajadas, y la obra acaba en final feliz.

Gran comediógrafo. Me he reído como nadie. Y así, sin más, acaba esta reseña con un final, espero que feliz.

Otras reseñas de obras que te podrían interesar: 

Las cinco advertencias de Satanás, de Enrique Jardiel Poncela

Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura

Muerte accidental de un anarquista, de Dario Fo


lunes, 15 de diciembre de 2014

La voluntad de ser feliz y otros relatos, de Thomas Mann

¡Casi que Mann vuelve a casa por Navidad!...


¡Ya tocaba, ya! Muchas semanas llevaba anunciada la reseña; algún día tendría que caer. Pues, bueno. ¡El día ha llegado! Aquí está una reseña/análisis de cada uno de los cuentos que la editorial Alba publicó en su día y que, según cuentan, escribió el Premio Nobel Thomas Mann. Todas las historias guardan algo en común: protagonistas que quieren ser felices y que por algún motivo u otro no pueden serlo. Algunos lo consiguen, otros no, otros ni siquiera lo intentan. Es la felicidad el tema central de la mayor parte de los relatos, como siempre, de gran calidad y especial interés.

La caída (1894)


El primero de los relatos constituye una historia inmersa dentro de un marco narrativo. Se intercalan, pues, dos planos de narración. El marco es el siguiente: cuatro amigos: el narrador, el abogado Laube, el doctor Selten y un cuarto se reúnen en casa de este último todas las tardes para conversar de los temas más diversos y, en definitiva, echar el rato. Un buen día el tema del diálogo son las mujeres y el amor. Se mantiene la opinión de que las mujeres se enamoran con mucha más pasión que los hombres. El doctor Selten se dispone a desmentir esto contando a sus amigos una historia, un cuento sobre un joven estudiante de Medicina que acude a la gran ciudad para asistir a las clases y, yendo una vez al teatro, se enamora perdidamente de una actriz mayor que él. Un vendaval de pasiones mueve a los personajes. Mientras que el estudiante cree ingenuamente en el amor, la actriz se mueve por intereses propios como el dinero y su carrera y, aunque comenzará a amarle, este sentimiento nunca será del todo sincero. En el relato se aprecia la herencia de Dostoievski claramente, sobre todo en la descripción psicológica de los personajes, así como de los escritores románticos.

La voluntad de ser feliz (1896)


El segundo de los relatos de esta antología trata sobre Paolo, hijo del señor Hofmann y de una mujer sudamericana. Paolo es un chico enfermizo, delicado del corazón. Su afición es desde pequeño la pintura. O eso nos cuenta el narrador, un amigo suyo. Un buen día Paolo se muda a la gran ciudad y deja el pueblo en el que hasta entonces había estado viviendo, perdiendo poco a poco el contacto con el narrador. Luego se encuentran en Múnich, donde la carrera de Paolo como pintor está en unos inicios un tanto humildes, pero positivos en cualquier caso. Paolo le debe parte de su incipiente fama a la familia Von Stein. Paolo ama a la hija del barón Von Stein, pero éste no le concede la mano cuando le pide el permiso. El protagonista, queriendo olvidar que nunca podrá alcanzar a la chica que le haría el hombre más feliz del mundo, huye de Alemania sin decirle a nadie su paradero. Especialmente destacable es el final, que deja un muy buen sabor de boca.

La muerte (1897)


Es el relato más breve de la antología y está escrito en forma de diario. También cuenta con un estilo más directo que los anteriores. Narra la historia en primera persona de un hombre que quiere morir en un determinado día por una razón concreta que no se clarifica.

El pequeño señor Friedeman (1897)


Narra la historia de un deforme despreciado por el mundo e incapacitado para muchos aspectos de la vida, como pueden ser el deporte o el amor, que se cultiva intelectualmente para ignorar sus deficiencias y ser feliz. Sin embargo, un día conocerá a una dama, la mujer del teniente coronel Von Rimlingen, de la que caerá terriblemente enamorado. La imposibilidad de tenerla le llevará a la infelicidad y desembocará en  un final en el que se percibe mucho la influencia romántica de este primer Mann.

El payaso (1897)


Cuenta la historia de un artista cuyo padre le obliga a convertirse en comerciante. Sólo cuando éste muere, y gracias a la herencia que deja, puede nuestro protagonista dedicarse por completo a lo que le gusta. Pero, ¿esto le da la felicidad? Por vivir como quiere, lleno de cultura, se aísla socialmente y comienza a sentir envidia por los demás. Resulta muy interesante la contraposición que hace aquí Mann entre los ricos y los pobres. Es otro relato más en el que apreciamos su profunda influencia romántica en la elección y el desarrollo de los temas.

Tobías Mindernickel (1898)


Tobías es un infeliz del cual todos se burlan. Un día compra un perro y lo llama Esaú, que en hebreo significa peludo, con el que pretende compartir su sufrimiento. Es, sin duda, uno de los relatos más brutales. Las imágenes que proyectan aquí las palabras de Mann se quedan grabadas en la memoria con tinta indeleble.

El armario (1899)


Albrecht van der Qualen es un viajero solitario que acaba de arribar en la estación de tren de una ciudad desconocida en algún punto del trayecto ferroviario Berlín-Roma. Es un hombre al que le agrada vivir la aventura. Le alegra no saber dónde está, en qué día vive o qué hora es; vaga sin objetivos de aquí para allá. Al bajar de la estación busca un alojamiento barato. Obtiene una pequeña habitación con un armario muy particular. De nuevo vemos en el cuento la influencia de escritores como Poe o Gogol. El cuento constituye un anticipo de surrealismo que recuerda un poco también a las Mil y una noches, con un magnífico final.

Luisita (1900)


Este es el relato más potente. Lleno de una ironía trágica, Mann nos cuenta la historia de Amra y Jacoby, un matrimonio imposible. Ella es demasiado joven y bella para él, que es obeso, dócil e inseguro, y por eso le engaña con un tal Alfred Läutner, compositor muy popular, a pesar de tener tan sólo 27 años. Toda la ciudad sabe de la infidelidad menos el abogado, que hace todo lo que le exige su mujer para complacerla. Jacoby se siente como un monstruo desgraciado, ¡eso sin saber de los cuernos! Sus proporciones elefantiásicas son consideradas algo más grave que un pecado por él mismo. Es el relato en el que más se aprecia la influencia de Dostoievski. La psicología de los personajes nos lleva a escenas brutales. Vemos también un arquetipo de mujer fatal que recuerda mucho a la Alexandra Alexandrovna de El Jugador

El camino al cementerio (1900)


Lobgott Piepsam, un hombre que lo ha perdido todo y se ha dado a la bebida, visita el cementerio, el lugar donde descansan todos sus seres queridos. De pronto aparece la vida en bicicleta y adelanta al bebedor, que dice que va a denunciarla. En comparación con el resto de relatos deja mucho que desear en su resolución.

Gladius Dei (1902)


En un Múnich rebosante de cultura, un joven profundamente creyente en la palabra de los Evangelios camina por la calle y se topa con que una tienda de cuadros expone en sus escaparates una fotografía de una atractiva mujer desnuda de ojos negros que representa a la Virgen. A pesar de que intenta ignorar este hecho, el hombre devoto se planta a los pocos días dentro de la misma tienda y habla con el artista, que es el mismo dueño del comercio, para retirar la obra del lugar en el que ahora mismo está exhibida. Hay varias reflexiones interesantes de Mann en el relato: ¿la belleza y la moral pueden ir de la mano? ¿Es la adquisición de conocimiento una tortura o un placer?

Los hambrientos: un estudio


En una ópera Detlef sufre al ver a la chica que ama secretamente coqueteando con un joven pintor de ojos azules. Considerándose a sí mismo artista, se debaten las limitaciones de los de su ralea, la de los hambrientos de amor y vida que sólo pueden contemplarla sin acceder a ella. Es un texto interesante, que guarda mucha relación con el que sigue en la antología, donde Mann mezcla el narrador omnisciente en tercera persona con otro en primera que refleja los pensamientos de Detlef. Es un cuento muy chejoviano, que empieza en la mitad de la narración.

Un instante de felicidad (1904)


La orquesta femenina de Las Golondrinas va a Hohendamm, donde un regimiento de húsares las espera impacientes para celebrar una fiesta a la que asistirán también las esposas de todos los capitanes y suboficiales casados. De nuevo se comienza el texto sin planteamiento; éste ha de venir después. Es el primer relato en el que apreciamos que Mann da una importancia mayor a sus personajes femeninos, en el sentido de que, por primera vez, casi son ellas las protagonistas. Es un relato en el que se retrata la paradoja de que nadie quiere estar donde está, pero aún así no hace ningún esfuerzo por moverse.

En casa del profeta (1904)


Una noche de Viernes Santo, Daniel invita a un grupo de artistas amigos para los que leerá las proclamaciones del profeta que lleva su nombre. Así pues, en la casa de este tal Daniel, que parece, por su decoración, una capilla barroca, el personaje, de entre todos los asistentes, que destaca Mann y que, como él, es novelista, se pregunta si aún mantiene su persona relación con la vida. ¿La extravagante velada a la que asistirá lo sacará de dudas? Esa es la pregunta. Yo sólo os dejo como advertencia que este relato contiene reflexiones sobre la genialidad, en el sentido kantiano, y sobre la espiritualidad, en un ámbito más general.

Hora difícil (1905)


Narra la historia de un intelectual (las notas de mi edición quieren  que este personaje sea Schiller) que, a pesar de haber trabajado mucho y de convertirse en un gran sabio, siente que no es todo lo genial que puede llegar a ser, que no es tan importante para la historia del saber como lo será su rival, Goethe. Todo su esfuerzo ha ido dedicado a obtener el reconocimiento de sus semejantes. Ahora, en esta hora difícil, una enfermedad corroe sus huesos y no le permite continuar con sus estudios y con su obra, lo único que puede hacerle feliz algún día. El relato mantiene el estilo de un extenso monólogo interior de Schiller que intercala la primera y la tercera persona. Es este monólogo el que le incita a seguir luchando y a terminar su mayor obra.

Sangre de Welsungos (1906)


Narra la historia de dos hermanos gemelos (Siegmund y Sieglinde) de una familia aristocrática muy poderosa de Alemania, los Aarenhold, que se aman locamente, pero que están a punto de separarse debido al compromiso de matrimonio que ha contraído Sieglinde con Von Beckerath, un funcionario que ha nadie caería en gracia si no fuera por su buena posición social y por su dinero. Es el relato de mayor extensión de la recopilación y contiene referencias claras a la mitología nórdica, de la que me declaro un gran desconocedor. También se hace referencia a la mitológica ópera de Wagner La Valquiria, que ambos protagonistas van a ver la noche antes de despedirse.

Anécdota (1908)


Anécdota es un cuento breve, fácil de olvidar, en el que se nos narra la historia del matrimonio aparentemente feliz de los Becker y de cómo una noche dejó de serlo. No hay mucho más que decir.

El accidente ferroviario (1909)


Cuento que consiste en la simple narración de un accidente de tren desde el punto de vista de un pasajero. Nada que destacar a parte del cambio de narrador con relación a sus cuentos anteriores, que emplea otro tipo de registro más propio de escritores del siglo XX.


Y con esto ya hemos hecho un repaso a todos los cuentos. En general no gozan de la calidad de las novelas suyas que he tenido ocasión de leer, pero están bastante bien. Más recomendables.


Otras reseñas que te podrían interesar:

Barba azul, de Max Frisch

Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino


jueves, 11 de diciembre de 2014

Las Metamorfosis, de Ovidio

Una literaria enciclopedia de mitos grecolatinos...


Se me puede llamar vago por esto, soy consciente, porque quizás la edición de Austral sea la que más texto recorta al transcribir este extenso poema del latín al castellano; pero he de argumentar en mi defensa que era el único ejemplar del que disponían en la Biblioteca Pública de Andalucía y que mi economía últimamente no está para comprar libros. De todas formas no me disgusta del todo la edición: pasa por cada mito de cada uno de sus quince libros de forma escueta, pero proporcionando todos los detalles necesarios para su comprensión. Durante su lectura he aprendido mucho y ha sido, sin duda, una de las obras clásicas con las que nos hemos puesto este año que más he disfrutado. He ido elaborando un esquema de lo que ocurre principalmente en cada mito, apuntando la mayor parte de las metamorfosis, elemento que constituye la constante entre una serie de historias llenas de variables, para que cuando vuelva a leer este libro, ya, por supuesto, en otra edición, pueda acudir como un rayo a uno u otro mito, convirtiendo así a Las Metamorfosis un poco en lo que es: una de las más bellas enciclopedias de mitología clásica.

Aunque hablaremos de algunos mitos característicos en la reseña para hacer al lector de ésta a la idea de cómo es el libro a modo de ejemplos, preferiría comentar primero algunos aspectos acerca de la estructura de la obra. No puedo hablar del metro ni de otros temas referentes al verso, pues mi edición era completamente en prosa. De lo que sí puedo hablar y me gustaría es de cómo Ovidio conecta un mito con otro creando una secuencia, bien histórico-cronológica, bien topográfica, donde el mundo mitológico greco-latino forma una esfera en la cual no queda nada fuera. Desde el génesis, elemento básico en todas las religiones y culturas y no sólo en la cristiana como algunos puedan llegar a creer, y las edades del hombre (Oro, Plata, Bronce, Hierro) hasta la metamorfosis del caudillo romano Julio César en estrella por deseo de Venus, madre del héroe griego Eneas, fundador de la ciudad del Tíber, todo queda conectado en esta serie de leyendas, mitos, muy próxima a una antología de cuentos bien llevada a cabo.

Sobre el tratamiento de los personajes hay que decir que Ovidio pinta con colores más distintos de lo que cabría esperar en un poeta de la época las personalidades de los hombres y la de los dioses. Si bien es verdad que ambos sucumben a las pasiones más básicas, la frialdad de los dioses ligada a su inexorable e irreductible fuerza es mayor con creces a la de los hombres. Los dioses castigan cualquier acto, aunque no sea intencionado con la metamorfosis, un estado que estaría a medio camino entre la vida y la muerte. Un ejemplo de ello lo encontramos en el segundo libro donde Calisto, una hermosa doncella, es violada por Júpiter y castigada posteriormente por Juno, al haber despertado el deseo de su marido, siendo ella y sus hijos transformados en osos y luego en las constelaciones archiconocidas de la Osa Mayor y la Osa Menor. 

Las infidelidades de Júpiter no se quedan sólo ahí; a lo largo de los primeros capítulos descubriremos cómo una tras otra es engañada para acostarse con el rey de los dioses. Estas historias están plagadas de metamorfosis. Cuando, por ejemplo, se encapricha de la ninfa Io la acaba convirtiendo en vaca para yacer con ella sin despertar las sospechas de Juno. Al contrario, pero con la misma finalidad y el mismo éxito, sucede en el famosísimo rapto de Europa, donde Júpiter engaña a la que será su amante transformándose en toro. Otra historia muy distinta es la del engaño a Semele dispuesto por Juno, donde Júpiter acaba quemando a su amante con su abrazo y llora su pérdida. Pero el hijo de Saturno no es el único dios que mantiene relaciones íntimas con mortales. Sería suficiente con mencionar la historia de amor entre Apolo, el dios de la música y el sol, y Leucotae, la cual es enterrada viva cuando se descubre que ha sido infiel a su marido, un rey llamado Orchamo, pero hablaremos de alguna que otra más. Dentro del mismo mito también se habla del amor de Clicie por el mismo Apolo, con el que, hasta que la muerte de Leucotae le traspasó de dolor, se unía carnalmente. Mirando fijamente el Sol, que ya no puede abrazar, acaba metamorfoseándose en un árbol. Más tarde Apolo, siguiendo un poco el ejemplo de su padre, mantiene otras aventuras con mortales como puede ser la de Jacinto. A veces son dos los dioses los que se enamoran de una misma mortal como es el caso de Chione, hija de Dedalión. Apolo la engaña para yacer con ella y Mercurio, directamente, la viola. Teniendo un hijo de cada uno de ellos, la muchacha se jacta ante Diana, que la acaba cruzando de parte a parte con una saeta lanzada por la cuerda de su arco. La historia del enamoramiento de Plutón y del rapto de Proserpina, que luego sería diosa, puede constituir otro ejemplo que nos permita escapar un poco del protagonismo de Apolo. Tampoco podemos pasar a hablar de otro tema sin hacer mención del enamoramiento de Venus por Adonis, quien se acabará convirtiendo en flor.

Los castigos que acaban en metamorfosis pueden ser de diversa índole, pero llama especialmente la atención el castigo por blasfemia y arrogancia. Un personaje mortal se jacta de ser mejor que uno o varios dioses y acaba siendo convertido en animal, roca o árbol. Es el caso concreto de Alcítoe y sus hermanas que, renunciando a participar en las bacanales porque no consideran que un dios del vino pueda existir verdaderamente como tal, se encierran en casa y se ponen a contar historias, por supuesto, acerca de las metamorfosis de tal o cual personaje célebre. Son castigadas, finalmente, y convertidas en murciélagos. Otra de las mujeres arrogantes que presumen ante los dioses era Níobe, que tenía siete hijos y siete hijas y que se burlaba de Leto porque ésta sólo tenía dos: Apolo y Diana. Leto ordena a sus hijos que acaben con la progenie de Níobe, causando con ello su desgracia. Níobe terminará el mito convertida en dura piedra. También tenemos a Aracne, quien desafía a Minerva a una competición de hilado que pierde y que le vale su vida como humana. Minerva se venga del atrevimiento empequeñeciéndola hasta la talla y la forma de una araña.

También hay metamorfosis que son recompensas por lo bien que se han comportado los suplicantes y lo devotos que se han mostrado a lo largo de su vida como Pigmalión,  Ifis o Dafne. El primero era un hombre enamorado de una estatua a la que, un buen día, Venus da vida. Esto encuentra, cómo no, su trascendencia en obras como Pinocho. La segunda nace siendo mujer, pero toda su vida se hace pasar por hombre para que su padre no pueda renunciar a ella como hija y la mate. Concertado un matrimonio con la mujer que ama, Janta, no puede poseerla al carecer de miembro viril, y le pide a la diosa Isis que la haga hombre, lo que, al final, ésta consiente. La tercera encuentra en la metamorfosis en árbol una forma de huir de Apolo, a quien no ama y que, por decirlo de alguna forma, la acosa porque está enamorado.

También se toca levemente el tema del descenso a los infiernos en el mito de Orfeo y Eurídice cuando el aedo baja a la morada de Plutón y le suplica que le permita regresar al mundo de los vivos con su amada, con la cual hacía poco había contraído matrimonio. Éste se lo permite con la condición de no poder mirarla a los ojos hasta salir del averno y sólo le ofrece una oportunidad, que Orfeo, como es bien sabido, acabará desaprovechando.

También se tocan temas propios de una épica anterior. Se narran en los capítulos finales episodios de la Odisea y más concretamente de la Eneida, que casi se resume entera. Estos libros épicos (XII, XIII y XIV) contienen, a parte, elementos, historias, que no se encuentran en las otras dos obras clásicas antes menciones y que ya hemos reseñado, como pueden ser la muerte de Aquiles por una flecha disparada por Paris y clavada en el talón del héroe,  la Centauromaquia, conocida batalla entre centauros y hombre que queda representada en uno de los frisos del Partenón de Atenas, la disputa de las armas sagradas del hijo de Peleo entre Ulises y Ajax, la victoria del primero y el suicidio del segundo. También se habla de la historia de los sucesores de Eneas y qué es de él una vez concluye la acción de la Eneida con la muerte de Turno.

Y me podría detener en más aspectos, pero creo que ya es suficiente para ofrecer una idea general de lo que el lector va a encontrarse cuando decida abordar esta obra cumbre de Ovidio. Mi impresión con una primera lectura, repito, ha sido muy positiva. Es un texto muy rico del que se pueden decir muchas cosas, aún hoy, en la actualidad candente en la que vivimos. Lo he disfrutado mucho.


martes, 9 de diciembre de 2014

Filosofía en el tocador, del Marqués de Sade

Entre adoctrinamiento y pornografía...


Hace casi un mes desde la última reseña, por lo que tengo que disculparme ante los lectores por mi prolongada inactividad no justificada. Lo importante es que hoy volvemos con reseña y para quedarnos. Hablaremos de un libro peculiar, que no bueno, intentando analizarlo como siempre de forma muy sucinta y general. La verdad es que tampoco es mucho lo que se puede sacar de aquí.

En el prólogo de la edición de Edimat que saqué de la biblioteca pública comenta que Simone de Beauvoir, la famosa escritora feminista, en un breve ensayo consideró a este marqués como todo un revolucionario de lo positivo. Habría que ver qué es lo que valora Beauvoir de todo el entramado de pensamiento de Sade positivo. Tirando un poco de sus palabras, que aún no quiero darle al coco:

“En la soledad de los calabozos, Sade tuvo también su noche ética parecida a la noche intelectual con la que se envolvió Descartes. No logró el surgimiento de su evidencia, pero por lo menos discutió todas las respuestas demasiado fáciles. Si es posible superar la soledad de los individuos es a condición de no desconocerla. En el caso contrario, la promesa de dicha y de justicia envuelve las peores amenazas. Sade ha vivido hasta las heces el momento del egoísmo [veremos ahora qué es lo que entiende Sade por egoísmo] de la injusticia y de la desdicha, y clama por la verdad. Lo que constituye el valor supremo de su testimonio es lo que nos inquieta. Nos obliga a plantearnos el problema esencial, que bajo otras apariencias obsesiona a nuestro tiempo: las verdaderas relaciones del hombre con el hombre.”

Uno lee esto en un prólogo y, si no ha leído nunca nada del autor, como es mi caso, se dice: “¡Coño, la cosa promete!” Noches éticas a lo Descartes, la naturaleza del hombre, denuncia del egoísmo y de las injusticias humanas, relaciones entre los hombres, etc… También te deja caer, también, como de pasada, que el valor supremo de su testimonio es algo capaz de inquietar. Quizás sea la traducción del francés, pero creo que el verbo que mejor se ajusta en castellano en esa frase a lo que luego refleja el texto sea el de perturbar. ¿Perturbar para? Para adoctrinar, por supuesto. ¿A quién? Pues, a los lectores. ¿A quién si no? 

Sade crea en esta obra, por prudencia no diré que también en las demás, una teoría pseudofilosófica acerca de la naturaleza del ser humano y de la moral que debe seguir, o mejor dicho, de la que no debe seguir. En esta historieta llena de porno, no quiero decir barato porque esta palabra es quizás demasiado subjetiva a pesar de ser la que se me antoja primero a la mente, se introducen de forma implícita los preceptos de esta filosofía. Los coitos y las lecciones se intercalan, y a veces se solapan, en el tocador de la Señora de Sant- Ange, una licenciosa aristócrata. Esta estructura coito/discusión/coito se torna tan repetitiva en la novela que, si no la he dejado en la página cincuenta, ha sido por orgullo propio. Las escenas erótico-pornográficas están ordenadas y comentadas por el sodomita Dolmancé, retórico, además de follador, en el cual descansa toda la ideología de Sade hasta el momento en el que escribe la novela. Junto con la señora antes mencionada se convierten en los instructores que llevaran por los senderos de la inmoralidad a Eugenia, una joven adolescente que por orden de su padre ha salido de un convento, o algo por el estilo, donde estudiaba en función de los valores de la sociedad católica imperante. Eugenia no sólo es bella e influenciable, también es virgen, lo que constituye un plato delicioso para sus lúbricos nuevos maestros. Sin embargo, por muy influenciable que sea Eugenia y muy buen retórico que pueda parecer Dolmancé en la obra no puede dejar de tachar la evolución que experimenta la discípula en el transcurso del diálogo (porque es una novela dialogada, algo que debería haber comentado arriba, pero que no he hecho por descuido) como algo del todo inverosímil. Tras un par de sermones, como si estos le hubieran quitado una venda de los ojos, ya quiere matar a su madre por inculcarle valores que jamás le impedirían ser feliz en su sexualidad. Cada uno pensará lo que quiere, pero yo lo que veo es a un hombre que quiere difundir su ideología, que ha escrito una novela para hacerla más accesible y que no se ha molestado en currarse a un personaje tan importante como la protagonista lo suficiente.
 
“DOLMANCÉ: (…) Que la fantasía de algunos crímenes inflame vuestra alma, Eugenia, en la certeza de que entre nosotros podréis cometerlos en paz.
EUGENIA: ¡Ah! ¡Esa fantasía ya está en mi corazón!
SEÑORA DE SANT-ANGE: ¿Qué capricho te inquieta, Eugenia? Dínoslo con confianza.
EUGENIA, como extraviada: Quisiera una víctima.
SEÑORA DE SANT-ANGE: ¿De qué sexo?
EUGENIA: ¡Del mío!
DOLMANCÉ: Bien, señora, ¿estáis contenta de vuestra alumna? ¿No ha progresado bastante?
EUGENIA, permaneciendo en el mismo estado: ¡Una víctima, querida, una víctima! ... ¡Oh, dioses! ¡Sería la mayor felicidad de mi vida!...
SEÑORA DE SANT-ANGE: ¿Y qué le harías?
EUGENIA: ¡Todo! … ¡Todo! … Todo lo que pudiera convertirla en la más desgraciada de las criaturas. ¡Oh, querida, ten piedad de mí, no puedo más! …
DOLMANCÉ: ¡Santo Dios! ¡Qué imaginación! … ¡Ven, Eugenia, eres deliciosa! … ¡Ven que te bese, una y mil veces! (La toma en sus brazos.) Aquí tenéis, señora, mirad a esta libertina cómo se desahoga de cabeza, sin haberla tocado siquiera… ¡Es absolutamente necesario que vuelva a penetrarla por detrás!
EUGENIA: ¿Tendré luego lo que pido?
DOLMANCÉ: ¡Sí, loca!... Sí, ¡te lo garantizo!
EUGENIA: ¡Oh, amigo, aquí está mi culo! … ¡Haced en él lo que queráis!”

Las únicas realidades que le impiden a Sade alcanzar su paraíso de brutalidad son, por un lado, el régimen monárquico dictatorial y, por otro, la religión cristiana. Mientras que el primero ya había sido derribado en la Francia en la que escribió “Filosofía en el tocador”, el segundo tenía todavía una enorme influencia social. Aproximadamente cada veinte/veinticinco páginas se le escapa algún insulto a los ídolos del cristianismo que, según Sade, cohíben a la población y les impide vivir conforme a la naturaleza. Con la religión cristiana deberían caer todos sus valores: la piedad, la bondad, la fe, .etc. En la primera “lección” Dolmancé tacha como algo horrendo darle pan o dinero a un mendigo para que subsista. Algo que me chocó bastante en su momento, pero que después de haber leído lo demás me parece hasta “suavito”. Para Sade desde que el cristianismo llegó al mundo todo ha ido de mal en peor. Compara, a su modo, la sociedad francesa de la época de la Revolución con la Grecia y la Roma clásicas, lo que constituye un punto interesante, pero poco más que eso. Una vez que caen los dos pilares que ha Sade le molesta ya se logra la máxima libertad donde todo (salvo el amor, que es considerado por el marqués como el sentimiento más egoísta del mundo) es justificable: la calumnia; el robo, cuando está destinado a igualar riquezas; la prostitución de ambos sexos y de todas las edades; la violación, puesto que “nadie pertenece a nadie y el apetito sexual es algo irrefrenable”; el incesto, al, y esto no es broma, “extender  los lazos familiares”; la sodomía; la zoofilia y el asesinato, porque la naturaleza nos empuja, sencillamente, a él. Es así como no existirían crímenes en el mundo porque todo sería legal y natural. Puede que esto convenza a Eugenia, pero la verdad es que a mí no. 

La obra apenas tiene algo de calidad literaria. Todo son ideas absurdas, extremas y llenas de brutalidad. No hay nada de elegancia en las escenas sexuales, es pura pornografía. En resumen, una pérdida de tiempo.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Eneida, de Virgilio

Seguimos con los clásicos...


Sí, con los clásicos. En una edición de Euroliber, con un traductor que no se especifica. No, no se especifica y, sin embargo, no es una mala traducción, en el sentido de que no contiene errores gramaticales, incoherencias y es fiel a lo que entendemos por el antiguo mundo grecolatino; no puedo saber, no obstante, si es igualmente fiel al texto original de Virgilio puesto que, desde la modestia, mi nivel latín es bastante bajo.

Pero olvidémonos de traducciones por un momento y centrémonos en la historia que nos plantea Virgilio que es la siguiente: finalizada la guerra de Troya y destruida la ciudad, los teucros supervivientes de la masacre se consagran a su héroe Eneas y a los dioses que aún no les han abandonado y que les han  ofrecido una especie de Tierra Prometida en las lejanas costas italianas. Allí deberán fundar una ciudad que, posteriormente, se acabará llamando Roma. 

De esta forma tan interesante, Virgilio trata de conectar la cultura griega antigua con la latina. Cabe preguntarse si la historia que se narra en la Eneida circulaba entonces de forma oral o, por el contrario, proviene de la imaginación de su autor. Lo que sí que me parece muy importante es la innegable influencia que Homero tiene en esta obra. Porque, aunque la Eneida constituye una epopeya independiente, más de la mitad de la obra proviene de estilos ya marcados en la Ilíada y la Odisea. Podríamos decir casi que la obra empieza con una Odisea y acaba con una Ilíada sin llegar al nivel de estas dos obras por separado, pero con capítulos completamente memorables. Especialmente he disfrutado con la lectura del segundo libro, en el que Eneas les relata a la princesa Dido y a su corte los desastres de los últimos momentos de la ciudad de Ilión, que era cara a Zeus, con la artimaña, o treta, del divino Odiseo más conocida: hablamos, por supuesto, del caballo de madera gigante en cuyo vientre descansaban los soldados dánaos, esperando el silencio de la adormecida y oscura noche para descender y tomar la ciudad. La aparición de Héctor, el fin de Príamo y de sus últimos hijos, el combate por el honor perdido, la escena del fantasma de Creusa, la esposa de Eneas y la fuga de Troya. Cada detalle narrado con especial precisión y efecto trágico, con su magia visual, con la riqueza del lenguaje de Virgilio; todo eso, repito, ha hecho que se encumbre como uno de mis pasajes favoritos y al que volveré tarde o temprano. 

Otro momento especialmente potente, a mi juicio, ha sido el descenso a los infiernos en el libro sexto, con el que se concluye esa parte de Odisea y comienza la de Iliada (esta distinción, cabe destacar, proviene de mí mismo y creo que es importante, porque divide la obra en dos: una primera parte que se asemeja bastante a una antología de cuentos y una segunda que se aproximaría más a una narrativa más propia de la novela). Como decía, el descenso a los infiernos está muy bien logrado y constituye, a mi gusto, el mejor descenso a los infiernos de todos los que he leído (Odisea, Divina Comedia, Eneida). Se sigue una estructura similar a la de la Odisea (Eneas al igual que Odiseo entra porque tiene que reunirse con alguien que le diga qué debe hacer, a ambos se les aparece un amigo que murió recientemente y al cual aún no le ha dado nadie sepultura) con algunos cambios importantes que luego se reflejarán en la Divina Comedia. Es muy interesante como se plantea una estructuración del infierno más compleja y cómo sus habitantes sufren tormentos mucho mayores, que se acrecentarán en la obra del florentino Dante.

El resto de la obra es, tal vez, menos impactante, pero no deja por eso de estar bien escrita y de conservar un altísimo nivel para su época. Personalmente, me gusta mucho más lo que creo que es el estilo de escritura de Virgilio por la traducción que el de Homero. Goza de una mayor fluidez y no se torna, normalmente, pesado, sino todo lo contrario. El final es especialmente trágico con un acto que se produce en el momento justo en el que se tiene que producir y que nos deja con la incertidumbre de qué ocurriría después. No diré nada más, pero volveré, tarde o temprano, a la lectura de varios capítulos, los señalados y, quizás, algún otro, en otra traducción y los disfrutaré de nuevo.

Otras reseñas de este ciclo grecolatino antiguo de literatura:

Ilíada, de un apuesto señor llamado Homero

Odisea, de un apuesto señor llamado Homero

sábado, 8 de noviembre de 2014

Fragmento de "Historia de un caballo", de León Tolstoi


"Las palabras "mi caballo" me parecían tan ilógicas como "mi tierra, mi aire, mi agua", pero causaron en mí una impresión profunda. Mucho he reflexionado después acerca de esto, y únicamente mucho más tarde, cuando aprendí a conocer mejor y más cerca a los hombres, fue cuando me pude explicar todo eso.
Los hombres se dejan llevar por palabras y no por hechos. A la posibilidad de hacer tal o cual cosa, prefieren la posibilidad de hablar de tal o cual objeto en los términos convencionales establecidos por ellos.
Y esos términos, que para ellos tienen grandísima importancia, son los siguientes: "El mío, la mía, los míos, mi, mis". Los emplean al hablar de los seres animados, de la tierra, de los hombres y hasta de los caballos. También es común que una persona al hablar de un objeto lo califique de "mío". La persona que tiene la posibilidad de aplicar la palabra "mío" a un gran número de objetos es considerada por las otras como la más dichosa.
No podré deciros cuál es la causa de todo este razonamiento. Muchas veces me he preguntado si será el interés el motivo de todo, pero siempre he rechazado la idea, y he aquí por qué: Muchas personas me consideran propiedad suya, y, sin embargo, no se sirven de mí; no son ellas las que me alimentan y me cuidan; las que lo hacen son extraños a quienes no pertenezco: palafreneros, cocheros, etc. 
 Un hombre dice: "mi tienda", y jamás pone en ella los pies; o bien: "mi almacén de ropa", y no toma nunca un metro de paño para sus necesidades. Hay hombres que dicen "mis tierras" sin haberlas visto nunca. Los hay también que emplean la palabra "mío", aplicándola a sus semejantes, a seres humanos a quienes jamás han visto, y a los cuales causan todos los daños imaginables: dicen "mi mujer" al hablar de una mujer que consideran como propiedad suya.
 El principal objeto que se propone ese animal extraño llamado hombre, no es el de hacer lo que considera bueno y justo, sino el de aplicar la palabra "mío" al mayor número posible de objetos. Esa es la diferencia fundamental entre los hombres y nosotros; y, francamente, aun prescindiendo de otras ventajas nuestras, bastaría ese sola para colocarnos en un grado superior al suyo en la escala de los seres animados."

sábado, 1 de noviembre de 2014

Odisea, de un apuesto señor llamado Homero

Una antigua epopeya muy moderna...


En la reseña de la Ilíada ya comentaba que en Homero se hallaban muchas características de lo que sería la narrativa moderna posterior. Si esto es apreciable en la Ilíada de forma sutil, en la Odisea puede verse de forma mucho más clara. El uso abrumador de digresiones, del que ahora hablaremos y que puede verse en autores tan modernos como Cervantes, Melville o Enrique Vila-Matas, y la estructura no lineal de la obra y no centrada en un único personaje, también muy propia de Melville, Heinrich Böll o Günter Grass, hacen que esta epopeya, a pesar de estar escrita en el siglo VIII antes de Cristo disponga de manifiesta modernidad. Es su brutal influencia la que hace que esté en el canon como una de las obras más grandes jamás escritas. La isla de Eolia nos hace pensar en el país flotante que describe Gulliver en sus viajes; el viaje al Hades sigue una estructura parecida al infierno de la Comedia divina de Dante. Y mucho más en lo que posiblemente no me he percatado. 

La epopeya comienza con la Telemaquía. Ya han transcurrido casi veinte años que marchó el divino Odiseo, rey de Ítaca, a la lejana Ilión, de anchas calles, para conquistarla y arrasarla junto a los aqueos. La guerra de Troya, que concluyó con una genial artimaña de Odiseo, terminó diez años atrás y, sin embargo, muchas son las desgracias que le han ocurrido a Odiseo y a los itacenses, pues no han conseguido volver aún a la patria. En Ítaca Penélope, su mujer, lo llora, pensando que nunca más volverá a verlo, y no son pocos los pretendientes, sumamente soberbios, que desean tomarla por esposa, mientras comen pingües corderos y beben dulce vino a expensas de la fortuna de Odiseo, que poco a poco van dilapidando. Telémaco, que ya es lo suficientemente mayor para percatarse de estas cuestiones y hacer algo para impedirlo, decide embarcarse en busca de noticias de su padre, Odiseo, que demuestren que él sigue vivo y que algún día regresará a la patria. La Telemaquía, ese viaje que emprende Telémaco, se nos narra en los primeros cinco cantos de la Odisea. En el sexto olvidamos a Telémaco y nos centramos en Odiseo, que en ese momento se encuentra junto a la diosa Calipso, que lo retiene  con ella en una isla del oscuro ponto. Atenea la incita a permitirle abandonarle y Odiseo construye una balsa que le llevará a la tierra de los feacios, donde Odiseo le narrará al rey quién es y cuáles fueron sus penurias en el viaje de retorno a su tierra. La historia del cíclope Polifemo, las sirenas, el viaje al Hades y otros episodios verdaderamente capaces de maravillar los encontramos, contados de la boca de Odiseo, entre los cantos octavo y duodécimo. Lo que sigue es el retorno a Ítaca, gracias a los feacios, y la ingeniosa treta para vengarse de los hombres que acosan a su esposa y se aprovechan de su hospitalidad y riquezas.

Las digresiones, como hemos comentado antes, son muchas y de diversa índole. Muchas de ellas nos sirven para cerrar el capítulo de la guerra de Troya, que la Ilíada deja incompleto. Hablamos, por supuesto, del famoso caballo de madero, pero también del asesinato de Agamenón Atrida por Egisto y su esposa o del retorno de Menelao a su patria y su episodio en la isla de Faro, que le es narrada a Telémaco en los primeros capítulos. Hay también historias sobre los dioses. Especialmente destacable e interesante es la narración de los amores de Afrodita y Ares que nos canta un aedo feacio en un banquete al que asiste Odiseo como huésped.

El juego de planos divino-humano se mantiene, aunque con menos fuerza, en la Odisea. Impera más lo mitológico, que lo religioso. No obstante, son muchas las escenas en las que Atenea intercede a favor del rey de Ítaca y tampoco es poca la furia que siente el dios del mar por excelencia –Poseidón- hacia él, derivaba de la injuria que ha cometido al cegar a uno de sus hijos -el cíclope Polifemo.

El estilo es ya mucho menos plano que en la Ilíada, parece que los roles de los personajes están mejor definidos, y eso constituye un gran avance. Por otra parte, siguen siendo muy visuales las imágenes que Homero nos propone, siéndolo algunas tanto que tendemos a estremecernos al leerlas. Hablo de las cenas de Polifemo, pero también del asesinato de las infieles esclavas casi al final del libro.

Para mí, personalmente, es una obra superior a la Ilíada. Goza, además, de un lenguaje más fluido que ésta y no se hace tan repetitiva. Es como si Homero se percatara de sus pequeños, casi insignificantes, fallos y los limara para generar una obra excelsa. Impresionante. Muy recomendable.

jueves, 30 de octubre de 2014

Ilíada, de un apuesto señor llamado Homero

El comienzo de todo...


¿Qué es la Ilíada, a parte de la primera obra escrita de la literatura occidental, según los datos de los que disponemos, que se ha conservado por la tradición copista de la Antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento convirtiéndose en el primer libro que aparece en la mayoría de cánones de la cultura a la que pertenecemos? Toynbee defiende que la cultura grecolatina no muere, sino que gran parte de su carga genética –por decirlo de alguna forma- descansa en su hija más inmediata: la actual cultura de lo que conocemos por Occidente. ¿Son de esta forma todos los libros escritos después de Homero en Europa y Estados Unidos una inmensa prole de la Ilíada y la Odisea? Bien es verdad que muchos de los elementos que han tenido éxito y han persistido en la historia de la novela aparecen ya, sino dibujados con precisión, al menos esbozados sutilmente. La enorme écfrasis que hace el poeta griego del escudo que Hefesto, el dios cojo de ambos pies, fabrica para Aquiles nos recuerda a las extensas descripciones típicas de las novelas realistas del siglo XIX. Las novelas de espías de Iam Fleming encuentran su más claro precursor en la rapsodia número diez de la Ilíada, que se ha encumbrado como mi canto preferido de la epopeya, junto con el de la triste muerte de Héctor, al que abandonan los dioses. De la misma forma, y esto es incontestable, toda la narrativa de tema bélico posterior ha debido beber, directa o indirectamente, de esta gran obra. 

Es así como la influencia que desprende Homero es vastísima. Volver la vista a atrás, a Homero y su Ilíada, es mirar los inicios de la literatura escrita, constituye una especie de paleontología de la escritura de ficción –aunque, como bien sabemos, Homero escribió sus obras con fines históricos para que quedara en papiro la historia de una gran batalla que debió de ocurrir hace muchos años en una sacra ciudad llamada Ilión, más conocida como Troya. Estudios recientes han demostrado que una ciudad de Asia Menor, al otro lado del ponto, podría ser la que acogió al legendario rey Príamo y a sus hijos. Homero trazó los motivos, pues, de un asedio que, sin duda, debió producirse, recogidos, probablemente, de la tradición oral, pero la fuga de la bella Helena, esposa de Menelao, hermano de Agamenón Atrida, con Paris, hijo de Príamo, apenas puede sostenerse históricamente hablando. Aún así da lugar a un conjunto de consecuencias que genera una historia argumentalmente admirable. Agamenón se embarca con Menelao, todos los reyes aqueos –entre los que descuellan por su fuerza y su valor Diomedes, Idomeneo, Odiseo, los dos Ayantes y, finalmente, Aquileo, hijo de la diosa Tetis- y un ejército numerosísimo en cientos de naves de negras velas que atraviesan el mar. Pero, esto es muy anterior a la narración, pues la historia comienza en el noveno año de asedio de la ciudad de Troya, una vez los argivos han conquistado los terrenos colindantes, hecho prisioneras y obtenido grandes fortunas con el saqueo. Tras una disputa entre Agamenón, rey de Micenas y principal caudillo de los dánaos, y Aquiles, a éste último se le arrebata la mujer que amaba, conseguida como trofeo tras el ataque a una ciudad aliada de Troya, llamada Briseida. Aquiles se enfurece con Agamenón y se niega a seguir batallando por la toma de Ilión. Al mismo tiempo les pide a los dioses que caiga inmensa desgracia sobre los argivos al mando de Agamenón.

Aparecen al fin los dioses en la historia. Homero crea un doble plano que nos puede recordar muy bien a cuadros de pintores como Tiziano o El  Greco. Por un lado está la cima del monte Ida y el mundo divino, y por otro la superficie terrestre donde viven, luchan y mueren, con gloria o sin ella, los hombres. La interacción de entre los dos planos suele ser de la siguiente forma: o bien un guerrero, teucro o dánao, pide un deseo a una deidad determinada y esta lo cumple, o bien es la divinidad la que, viendo en apuros a alguno de sus más insignes y queridos héroes, desciende ella misma o envía a otra en su auxilio. No son pocas las veces en las que creyendo muertos a alguno de los personajes centrales un dios o una diosa lo salva y le cura toda herida. El héroe por excelencia más salvado, a pesar de su escaso protagonismo en la obra, es quizás Eneas.

Ya he comentado que la historia, argumentalmente hablando, es genial, pero el estilo de Homero, castigado por el paso de los siglos, puede tener el defecto de resultar un poco plano, aunque no sé si esto puede deberse a la traducción literal del griego que hace Luis Segalá y Estalella para la editorial Aguilar, que ha sido la edición que he tenido el placer de leer –No obstante, en alguna parte Carlos García Gual comentaba que era una buena e interesante traducción. Volviendo al asunto del estilo, cabe destacar que muchas veces los personajes parecen carecer de personalidad propia. Todos parecen hablar de la misma forma, ser el mismo personaje. Por otro lado, resulta especialmente repetitivo en cuanto al uso de metáforas pertenecientes al reino animal y al pastoreo. No son malas metáforas, pero esa reiteración constante hace más pesada la lectura. De igual manera los epítetos, también profundamente repetidos, obstaculizan la lectura del texto. En cambio, la fuerza para crear imágenes de Homero es de altísimo nivel. Aún me estremezco al pensar en el detalle que muestra el primer escritor griego en la mayor parte de las muertes en los diversos combates que tienen lugar a lo largo del poema épico. 

Poco más tengo que decir de la lectura,  aparte de que es tremendamente recomendable y he disfrutado mucho con ella.


sábado, 11 de octubre de 2014

Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann

Una novela con la que todo escritor querría acabar su carrera...


Un poco tarde llega esta reseña de un hombre que ha sido el gran sacrificado del verano: el maravilloso Thomas Mann. Este libro fue mi segunda opción al ver que, por extensión, valorando el tiempo del que dispongo últimamente, me era casi imposible leerme Los Buddenbrook, que el verano siguiente caerá sí o sí. Fue una recomendación de mi amigo Ale, al que le agradezco el descubrirme este genial libro. Las confesiones del estafador Félix Krull  es la última obra de Mann, la novela inacabada que casi todo gran autor deja y que mantiene la esencia de las grandes composiciones que les dieron fama. Es una obra que comenzó el alemán en su juventud, una obra a la que año tras año le añadía una que otra pincelada por aquí, una sombra por allá, algo de luz cenital que imprima realismo por este lado y una minuciosidad digna de admiración por el otro. Es una obra que comienza con el espíritu de la juventud en el reside el temprano Mann y es este espíritu, que no quiere abandonar en ningún momento, lo que le incita al escritor a lo largo de su vida a volver constantemente a escribir, a continuar la historia de Félix, el  estafador, con su particular versión de la vida, y a no dejar que termine nunca. Lo cierto es que acabé el libro -que no la historia, porque nunca llegamos a asistir al momento en el que Félix es encarcelado ni cuando vuelve a ver a su padrino Schimmelpreester por última vez-, o lo que pudo escribir Mann antes de morir, hace ya casi una semana -no he podido escribir en el blog, puesto que sigo sin internet de momento- y no tomé muchas notas mientras lo digería, así que me perdonarán si la reseña resulta, finalmente, un tanto escueta. 

Vamos a ello. ¿Quién es el tal Félix Krull y para qué y a a quién escribe sus confesiones? Él mismo admite que no es hombre lo suficientemente mayor como para dedicarse a la redacción de estos textos casi al comienzo de la novela, pero que sí ha vivido lo bastante como para que estas confesiones sean dignas de ser mecanografiadas y puedan, incluso, resultar interesante a posibles lectores. Él, por su parte, siente que así mismo se libera de una carga al escribir sus vivencias. Con un dominio de la palabra tanto oral como escrita a un nivel increíble para sus bajos estudios, pues Félix pronto se escaquea de clase fingiendo estar enfermo, el protagonista y narrador vivirá una serie de aventuras que conformarán sus opiniones sobre el mundo, su forma de pensar las cosas. Félix es un ladino sin remedio. Podríamos decir que su ingenio es un don y no nos equivocaríamos un ápice. Ya desde joven se nos antoja el Lazarillo de Tormes de finales del siglo XIX o un Tom Sawyer a la alemana. Cada forma de burlar un nuevo obstáculo con sus tretas nos hace preocuparnos por si lo cazan, nos vuelve cómplices de la jugarreta por un segundo y nos invita a la carcajada cuando todo sale bien. De hecho Las confesiones del estafador Félix Krull es un libro que invita casi siempre, cuando no reflexiona ese espíritu joven, a reírnos. La comicidad se respira en cada diálogo, en cada gesto del narrador, en su vocabulario que emplea muchas veces curiosas formas para referirse a las cosas más cotidianas, como pueden ser la escuela o los profesores. Esto no excluye, como ya hemos dicho, momentos de reflexión e instantes trágicos, como bien puede ser la quiebra de la empresa del padre que tan hondo cala en la familia Krull y que llevará al joven Félix, tras una serie de sucesos que ahí empiezan, a viajar a Frankfurt y, luego, a Paris, donde comenzará a trabajar como ascensorista o liftboy en un hotel bastante elegante. 

Resulta interesante también las semejanzas que se pueden establecer entre este personaje y el criminal y mentiroso por excelencia de la literatura de Patricia Hihgsmith; hablamos, por supuesto, de Tom Ripley. Félix no es un asesino como Ripley, pero por lo demás son muy parecidos. Ingeniosos, con cierta insinuación hacia la bisexualidad, pero sin caer en ella. Llega un punto de la novela en la que uno no puede ignorar este parecido y es cuando a Félix se le ofrece la posibilidad de convertirse por un período de tiempo en joven de la nobleza y recorrer todo el mundo con los gastos pagados. El señor de Venosta le cuenta lo mucho que quiere quedarse en Paris para disfrutar de la vida con su novia Zaza, la cual sus padres odian porque pertenece a la clase social más baja. Los señores de Venosta, que son de Luxemburgo y viven en un castillo le obligan a abandonar Paris y a viajar para olvidar a Zaza; es aquí donde entra en juego Félix, el estafador, que se haré pasar por él. Es el llamado tema del doble el que aquí explota Thomas Mann. Si nadie te conoce puedes fingir ser quien quieras ser. Esta es una de las partes más interesantes de la novela, que se ve truncada a medio camino por el corte que pone punto final a los manuscritos.

El lenguaje que emplea Félix es profundamente sarcástico y grandilocuente. No sabemos cómo es él realmente, debemos dejarnos guiar por su descripción de sí mismo como dios griego. Su habilidad de ladino para fingir ser mucho más culto de lo que verdaderamente es constituye otro de los puntos de su grandilocuencia. 

Y poco más puedo decir, sólo que es una gran novela, que merece la pena ser leída, a pesar de ese tajo en la mitad de la narración que deja muy mal sabor de boca.

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La máscara de Ripley, de Patricia Higsmith