Mostrando entradas con la etiqueta Penelope Fitzgerald. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Penelope Fitzgerald. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de julio de 2018

A la deriva, de Penelope Fitzgerald




En los 1960s en Londres no era para nada extraño encontrarse con una amplia cantidad de personas viviendo en casas flotantes a la rivera del Támesis. Muchos no podían costearse el alto precio de una habitación en la capital británica y alquilar un barco amarrado al muelle no era una opción desdeñable. La mayoría de quienes elegían este medio de vida lo hacían por dedicarse a profesiones no demasiado valoradas y por el romanticismo que implica. Muchos eran pintores, músicos y algunos, como la autora, incluso escritores. Fitzgerald pasó un período importante de su vida en una de estas balsas amuebladas, con su marido y sus dos hijas, lo cual le servirá casi veinte años después para escribir la tierna y a la vez cruda novela que comentamos hoy, valedora del prestigioso premio Booker.

A la deriva nos cuenta cómo un grupo de vecinos convive en el muelle de Battersea, dentro de sus barcos, comunicados con tablones y planchas los unos con los otros. Aunque el peso de la trama recae principalmente en las habitantes del Grace, no podemos dejar de lado el amplio y enriquecedor abanico de personajes secundarios que nos ofrece la autora. Tenemos por una parte al pintor Willis, propietario del Dreaghnough, un barco viejo que se va a pique antes de encontrarle un comprador. Por otro, está Maurice, un camarero que cuenta en su barco con un impresionante catálogo de objetos robados, pero que, gracias a la simpatía que despierta entre los otros habitantes del muelle, consigue siempre que le hagan la vista gorda. También tenemos a los Woodie, un matrimonio que peca de ser demasiado amable y del cual hasta los más inocentes se aprovechan. Y finalmente, pero de una importancia vital para el desarrollo de la historia tenemos al matrimonio Blake, que vendría a desempeñar los cargos de presidentes de la comunidad.

El matrimonio Blake vive en el Lord Jim, el barco más limpio y espacioso de todo el muelle y cuenta por ello con un reconocimiento del resto de los vecinos. Vendría a representar a la clase alta de este pequeño ecosistema social que se  construye en el muelle. Él, Richard Blake, es un exmarine que participó en la II Guerra Mundial y que intenta vivir en tranquilidad, siendo consciente de lo complicado que le resulta reinsertarse en la sociedad tras haber experimentado tantas crueldades. Siente como una obligación ejercer de figura paternal del resto de vecinos, actuar como un buen sargento que conduce a su pelotón con nobleza y orgullo hacia la victoria. A Blake le encanta el Lord Jim y el muelle de Battersea, pero tiene un problema gordo. Su mujer es totalmente incapaz de rechazar las comodidades de la vida en tierra.

Este mismo conflicto se recrea de nuevo en el semimatrimonio del Grace, aunque aquí adquiere resonancias argumentales mucho mayores. En el Grace, el más diminuto de los navíos, duermen Nenna y sus dos hijas: Tilda y Martha. Nenna está casada con un tal Edward, que la abandona porque piensa que vivir en un barco no les hace ningún bien ni a él ni a sus hijas. O esa es la excusa oficial para alejarse de Nenna. Parece que Edward no para de preocuparse por sus hijas, pero luego se marcha solo y las deja confinadas en el bote.

Hablando ahora de las niñas. Me veo en la obligación moral de alabar el gran trabajo que realiza Fitzgerald con los personajes de Martha y Tilda. No solo sirve para poner un punto cómico a la narración, sino que además introducen nuevas problemáticas muy a tener en cuenta.  Ambas son niñas que no asisten a la escuela, siendo perseguidas por ello por el cura metomentodo de turno para internarlas de cualquier forma. Nenna se preocupa por este dato, pero es consciente también de lo mucho que están madurando en relación con las compañeras de su edad por el simple hecho de pasar tiempo en el muelle. Y es que las chicas se sienten muy adultas. No vemos el típico trato hacia el niño de inferioridad que se suele apreciar en muchos autores. Las niñas de Fitzgerald son criaturas completas, en evolución eso sí, pero no más que el resto.

Os preguntaréis qué tienen en común todos ellos, además de vivir juntos. Pues básicamente que están en una encrucijada existencial (cada cuál con la suya propia) y que se dejan llevar por el oleaje de los acontecimientos. Como elemento paródico, algo que me ha llamado mucho la atención es el nulo movimiento de los barcos anclados a lo largo de la narración. Sus tripulantes no saben moverlos ni repararlos. La mayor aventura que puede experimentar uno de estos navíos amarrados es la del hundimiento, tras el cual nada servible persiste. Hay en todos los personajes, eso sí, una esperanza y una predisposición a la ayuda para con el prójimo verdaderamente enternecedora. La obra es dura, pero no hay en ningún momento un sentimiento de soledad pleno. Nenna acude a la nueva dirección de su marido para convencerlo de que su regreso es necesario y cuando entiende la imposibilidad de este y la mayor de las desilusiones se apodera de ella no transcurren muchas páginas hasta que Fitzgerald le encuentra un cobijo. El muelle de Battersea está aislado, pero forma una gran piña que busca defenderse del oleaje de los pesares a toda costa. Obviamente, si lo consigue o no es algo que no voy a desvelar para no fastidiar al lector interesado.

En líneas generales,  A la deriva me ha convencido mucho más que La librería. Esto se debe en gran medida a que soy de pueblo y a que en mi vida he pasado por muchos de estos establecimientos, lo que muy posiblemente me ha llevado a perder interés en la atmósfera retratada. El romántico mundo de la vida en casas flotantes a mediados de los 1960s es nuevo para mí y por ello quizás más atractivo. Al final me veo caído en sus redes y recomendándoos este libro.  Tenéis otras reseñas, también muy positivas en Leer sin prisa y en Devoradora de libros.

Más reseñas de obras de Penelope Fitzgerald en esta esquina: La librería,



sábado, 12 de mayo de 2018

La librería, de Penelope Fitzgerald




Tras el reciente vapuleo en los Goya de la adaptación que hace Isabel Coixet de esta novela (filme que todavía no he tenido la ocasión de ver) y habiendo observado en estos meses un aluvión de reseñas para todos los gustos, decido sumarme a la moda por una vez y leer La librería. ¿Qué esperaba encontrar? La verdad, es que no tenía en mí unas espectativas demasiado altas. Dos de mis sitios de referencia (Devoradora de libros y Lo que leo lo cuento) la habían aclamado en su momento con ciertas reservas y mientras que los expertos de Un libro al día habían dejado claro que la obra de Fitzgerald pasaría por la mente de los lectores sin pena ni gloria, en Leer sin prisa intentaron hacerle una defensa que no terminaba de convencerme del todo. Creo que en líneas generales la mayoría coincide en que La librería no es el mejor libro del mundo, ni siquiera es un buen libro sobre libros -como cabría esperar con ese título y esa sinopsis de Impedimenta-, ya que paradójicamente en la novela lo que menos importa es que la protagonista monte un negocio para vender libros. Es decir, uno se queda con la sensación de que podría haber montado una tienda de discos, una barbería o un restaurante de comida árabe y casi nos habríamos quedado igual. Os hago una sinopsis y me explico.

Florence es una viuda de mediana edad que decide volver a Hardborough, el pueblo perdido de Suffolk, al final de una carretera tortuosa entre los pantanos de la región en la que se crió, con el objetivo de montar una librería, no porque sienta un amor incondicional por los libros -que obviamente es una parte importante de su vida-, sino porque en ese triste páramo nunca había habido una antes. Florence siente que debe llevarles a los habitantes de Hardborough un poco de cultura para luchar contra el aislamiento que sufren, pero es aquí donde se lleva un golpe inesperado. Los suffolkeños, de naturaleza conservadora, no están habituados a los cambios y menos a todos los que se propone introducir Florence en un período de tiempo tan breve. 

Y es que, como digo, La librería  no trata sobre una librería. Las referencias a la vida cotidiana en uno de estos establecimientos y las reflexiones sobre muchos otros libros, ese sentimiento de pasión y casi de obsesión por los libros que encontramos en otras novelas sobre librerías no aparece aquí. Para Fitzgerald lo verdaderamente importante es ese clima de hostilidad que se forma como la niebla baja en esos pueblos cerrados en sí mismos que ante el mínimo atisbo de novedad sienten sobre sus espaldas el peso de una amenaza a sus costumbres y a su idiosincrasia. Florence es una mujer fuerte, que va a luchar por su sueño, a pesar de su avanzada edad y de la soledad que envarga a una persona tras la muerte de la pareja tras muchos años. Se va a levantar contra viento y marea, siendo por ello admirada por los personajes más ilustres de la comunidad como el señor Brundish, pero también generando una serie de recelos entre otros miembros con mucho poder como la señora Gamart, que especularán para verla caer por el mero disfrute de salirse con la suya.

En Un libro al día dicen que en La librería no ocurre gran cosa y que esto juega en contra de la novela. Es cierto que la acción está muy limitada, pero esto se debe a la búsqueda de una atmósfera que creo que la escritora consigue crear lo suficientemente bien como para que el lector no se aburra. Se emplea un tono dulce, muy inglés, con lo que se da a entender que La librería es una novela de entretenimiento y en ese discurso monótono y pastel es donde Fitzgerald coloca una serie de perlas de mordacidad, principalmente en los diálogos de los personajes, con las que se va enturbiando paulatinamente la imagen de Hardborough. 

Como novela, La librería es un gusto de lectura. Con muy humildes aspiraciones consigue unos personajes vivos y entrañables, pero deja una sensación de vacío y de final precipitado. Algunas de las tramas tienen un escaso y a veces un intrascendental  desarrollo. La que podía ser la más interesante sin duda para la obra (la llegada al pueblo de la primera edición de Lolita de Vladimir Nabokov con toda su polémica detrás) no se aprovecha en absoluto por la autora y queda como una mera anécdota de la etapa en la que Florence tenía una librería. Normalmente no suelo decir esto: pero aquí tenemos a una novela a la que le hubiera venido maravillosamente unas cuantas páginas más.