sábado, 29 de diciembre de 2018

Mis lecturas favoritas de 2018, algunos datos y propósito lector para 2019



 1.

Este año tenía pensado batir mi récord personal de lecturas y, aunque al final no he podido lograrlo (por los pelos), he disfrutado leyendo algunos de los títulos que posiblemente marquen mi vida como lector. Aparte de superar la marca de los 67 libros, también tenía pensado equilibrar mis hábitos de lectura leyendo a tantas escritoras como escritores tras darme cuenta de que la mayoría de los libros que había leído previamente estaban casi en su totalidad escritos por varones (alrededor del 95%). Si bien es cierto que en la educación literaria tradicional, ya se adquiera esta en la casa, en el instituto o en la universidad, tiene un canon que apenas contempla a unas pocas mujeres entre sus filas. Como si las mujeres fueran escritores de segunda por el mero hecho de ser mujer, cuando algunas son auténticas titanes de lo literario. Este año hemos vuelto a Highsmith, hemos descubierto a Fitzgerald, a Lina White, a Wharton y a muchas otras. Todo ha sido enriquecimiento y disfrute. (Bueno, menos el primer libro de Banana Yoshimoto, que me ha parecido un amasijo weird a medio concretar adolescente.) 

A pesar de haber multiplicado el número de autoras en mis estanterías, no he cumplido con este objetivo de la balanza, por lo que será el primer y principal propósito de este 2019.

El reparto de libros leídos desglosado por el género de su autor sería el siguiente:

  • Libros leídos en total: 63
  • Libros escritos por hombres: 37
  • Libros escritos por mujeres: 27

Las cuentas pueden no salir porque he contado doblemente la novela Camino de sangre al estar firmada tanto por un autor como por una autora: Bianca Garufi y Cesare Pavese. Además sería interesante añadir que seis de los libros escritos por hombres son textos dramáticos que tuve que leer para mi trabajo final de máster y que, por ello, están aquí más como producto de una obligación académica que como fruto de una elección por el mero placer de leer. 

 2.

Por otro lado, el género de los textos también puede ser un dato importante a tener en cuenta. Quienes me conocen saben de mi devoción por la narrativa en detrimento de otras esferas del arte literario. No es que odie la poesía; muy al contrario, le tengo un fuerte respeto, pero no disfruto leyéndola. No conozco del todo sus reglas y tardo una gran cantidad de tiempo en pasar de una página a otra. Quiero sacarle todo el jugo a cada texto y en la lírica la ambigüedad, la sonoridad y el ritmo marcan las pautas de todo (o casi todo) lo que se crea. Por ello el marcador de textos poéticos leídos entre esos 63 es nulo. Por otro lado, aunque el teatro me gusta, especialmente el más clásico (por sus similitudes con la narrativa), mi situación vital me lleva a no acudir demasiado a las puestas en escena y a que mi interés por el texto en sí se debilite. Prefiero ver puestas en escena grabadas y subidas a Youtube antes que leer guiones teatrales. (Salvo si los escribe Dürrenmatt o Valle Inclán, que ahí sí caigo.). De esta forma, el reparto de libros leídos desglosados en géneros literarios sería el siguiente:

  • Libros leídos totales: 63
  • Novelas: 42
  • Libros de cuentos: 11
  • Textos teatrales: 7
  • Libros de no ficción: 3
  • Poesía: 0

Aunque dude si colocar o no El niño se cuece en la polenta de Aglaja Veteranyi, Duelo de Eduardo Halfon y El asco de Horacio Castellanos Moya dentro de la categoría novelas, voy a permitirme dejar el desglose como está y simplemente mencionarlo. Como habéis podido comprobar, tampoco soy un forofo de los libros de no ficción. No me suelen agradar las biografías (o autobiografías). Primero, porque me cuesta considerarlas géneros dentro de la no ficción. Y segundo, porque me resulta inverosímil y absurdo resumir toda la vida de una persona en un texto, ya ocupe este novencientas páginas. Los ensayos tienen que tocar temas que me interesen mucho o estar muy bien redactados, de lo contrario soy incapaz de leerlos. Y me da igual su trascendencia y todo lo que ello conlleve.

3.

Pasemos ahora al tema de las nacionalidades y de las diferentes representaciones de la cultura imperantes en mi proceso de lectura de este año. Desglosar los 63 títulos por la nacionalidad de origen de sus escritores o escritoras se torna algo complejo, sobre todo si tenemos en cuenta a autores como Vladimir Nabokov, Helen Oyeyemi o Kazuo Ishiguro. Autores emigrantes o de padres emigrantes en cuyos procesos de escritura se mezclan tradiciones muy diversas. ¿Podemos decir que La verdadera vida de Sebastian Knight es una novela rusa o estadounidense si está escrita en inglés para un público británico y desde una perspectiva mixta donde no solo aparece el germen de lo ruso, sino de todo lo británico y lo europeo, sin una marca del Nabokov estadounidense que veremos posteriormente? ¿Podemos desligar una novela como Boy, Snow Bird de las experiencias del pueblo paterno de su autora cuando, situado en un contexto ajeno a lo británico (su nacionalidad), estas experiencias se convierten en el principal soporte de la obra y motor de la trama? Ya os lo digo yo, no. No. No podemos. O podemos, pero sería una mentira a medias. Sin embargo, y aunque la cultura desde la que se escribe tiene una importancia fundamental, las grandes obras de la literatura trascienden, ¿verdad?. ¿Verdad? ¿Verdad o depende? Esta sería cuestión para entrar en un extenso debate; el cual voy a evitar, al menos aquí, porque aún le queda mucho a esta entrada y no es necesario explayarse demasiado en cuál es mi punto de vista en este asunto.

4.

Y ya, sin más dilación, (¡esta vez sí que sí!) los títulos que más he disfrutado leyendo este 2018.

Os recuerdo que esto no es ranking. No considero a ninguno mejor que el anterior. Todos han sido, a su modo, espectaculares.



La hermandad de la uva, de John Fante


Uno de los descubrimientos personales de este año ha sido John Fante. De él he leído un par de novelas. La primera, 'Llenos de vida' me la recomendó Cities en los comentarios de una entrada muy parecida a esta hace un año. A pesar de que a él le parece mucho mejor la que recomendó, esta 'Hermandad de la uva' se me hizo más amena y con un universo (y un final) mucho más poderoso. Los temas aquí parecen ser los típicos de Fante: las peculiares familias arquetípicas italoamericanas (con su arquetípico padre borracho, gruñón y fanfarrón y su arquetípica madre que hace un drama de lo que sea con tal de que sus hijos la cuiden), la lucha de un protagonista por convertirse en escritor en un entorno hostil y, sobre todo, la batalla campal, titánica y generacional entre padres e hijos.





Compañía, de Cristina Cerrada

Os digo ya que este, junto con el título que aparecerá debajo, es uno de los mejores libros de relatos con los que me he topado. Y eso que no tenía muchas esperanzas en él, la verdad. Firmado por una autora española medio desconocida que hará unos diez años ganó un premio regional. Lo admito, lo cogí por la imagen de portada y me sorprendió con creces, mucho más que otros títulos escritos por figuras de mucho más renombre. Dentro de esta joya destacan narraciones como 'Tatuaje', 'Cerdos', 'Amnesia' o 'La laguna interior'. Todos brutalmente críticos y bellos. Muy en la línea de los trabajos de Schweblin aquí reseñados, pero con una mayor crueldad y quizás mejor medidos.




El nervio óptico, de María Gainza

De este volumen de relatos sobre el arte y las relaciones y emociones humanas no vais a poder encontrar una reseña aquí, puesto que aún tengo pendiente la tarea de hacerla. Y llevo con ella a cuestas desde mediados del mes pasado, pero, creedme, no es una tarea fácil. Por otro lado, el libro merece muchísimo la pena. Nos va mostrando diferentes historias con personajes actuales que interrelacionan sus experiencias con la vida y la obra de numerosos artistas, la mayoría pintores, por lo que, además de gozar de una extraordinaria calidad, uno siente que aprende algo al tiempo que disfruta. Tanto si te gusta la historia del arte, como si tu conocimiento de esta es cero patatero, este libro es para ti.






 Ygdrasil, de Jorge Baradit

Otra de las acertadas recomendaciones de Cities. En este caso estamos ante una novela de ciencia ficción muy particular, pues en ella vemos la evolución del posciberpunk hasta sus últimas consecuencias y una confusa, aunque lírica y bella, mezcla de la clásica novela de espionaje con ¿tecnogore y chamanismo? Lo cierto es que 'Ygdrasil' es difícilmente clasificable y, aunque tiene todos los componentes para ser un churrasco, coge vuelo con la suficiente fuerza como para convertirse en un thriller épico.  Además, cuenta con un montón de referencias a los mangas de los 1980s y 1990s y a la animación japonesa como dato para los amantes del género.






Camino de sangre, de Cesare Pavese y Bianca Garufi

'Camino de sangre' es la última obra publicada de Pavese y escrita a cuatro manos con quien se consideró su amante. Lo curioso de este título es que, aunque había leído otros textos del italiano, hasta el momento ninguno de ellos me había parecido nada del otro mundo. Quiero decir, Pavese es un gran escritor y tiene textos de una indiscutible calidad. Sin embargo, siempre le encontraba algo que le faltaba para entusiasmarse. Ese hueco es el que llena Garufi. En la novela ambos escritores se repartieron los capítulos: los impares eran narrados por Pavese desde la perspectiva de un personaje y los pares por Garufi desde la de otro. Y, aunque suene raro decirlo (porque Pavese es Pavese todo lo que queráis) disfruté mucho más con la parte de ella. Me pareció más inteligente, sutil, cruda y bella. Y es por Garufi por lo que 'Camino de sangre' está en esta lista.


La verdadera vida de Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov

'La verdadera vida de Sebastian Knight' son muchas novelas dentro de una misma. Se presenta como un libro biográfico que el hermano biológico de Sebastian Knight escribe a su memoria. Mr. Knight, que de nacimiento era ruso aunque intentara ocultarlo, era un enrevesado escritor de vanguardias con una calidad y un reconocimiento, según podemos entrever, similar a James Joyce. Nuestro protagonista escribe este texto para defender a su hermano, o al menos eso dice, pues hacia él se ve impulsado tanto por sentimientos de amor como de odio. La envidia y la admiración se entretejen confeccionando una extraña relación fraternal a la que el narrador quiere poner fin después del entierro y no sabe cómo. La narración toca géneros como la biografía, la crónica periodística, el relato de viajes o la crítica literaria con excelente éxito. Me sorprende que sea una de las obras menos conocidas del autor. De las que he leído suyas es mi favorita, sin duda.



Boy, Snow, Bird, de Helen Oyeyemi

Siendo un drama familiar en dos generaciones de mujeres a mediados de siglo XX en mitad de algún lugar de Estados Unidos, 'Boy, Snow, Bird' destaca por los juegos mentales y el tremendo plot twist sucedido a mitad de narración. Oyeyemi no solo nos descubre a nuestro 'yo' prejuicioso, sino que, además, nos lo lanza a la cara. Esta es una de esas novelas que uno comienza leyendo sin mucho interés y que se crece poco a poco para acabar dándonos una lección sobre nosotros mismos. En su momento me gustó, pero ha sido el paso de los meses, la reflexión en torno a 'Boy, Snow, Bird', y su diálogo con otros textos posteriores, lo que le ha asegurado un puesto en este listado.







El desayuno de los Campeones, de Kurt Vonnegut

Es considerada por muchos aficionados y entendidos en el autor su mejor novela. 'El desayuno de los campeones' es pura dinamita. Cada página es un ataque contra todo sistema. Cada diálogo, una radiografía del ser humano. Su final es uno de los mejores que jamás habré leído. ¡Y viene acompañado de ilustraciones superpunkys realizadas por el propio Vonnegut! ¿Qué más se puede pedir?










EXTRA: Tiempos de Swing, de Zadie Smith

Aunque aún me quedan algunas páginas y a riesgo de arrepentirme después, creo poder afirmar que 'Tiempos de Swing' está siendo una de las mejores lecturas del año. Aún no sé bien cómo lo hace, pero Smith me tiene enganchado al libro de una forma en la que no estaba desde hace meses. Y eso se lo tengo que agradecer. 'Tiempos de Swing' toca muchos temas de valor. Habla de la amistad, de las relaciones de pareja, de las relaciones entre padres e hijos, de los conflictos étnicos de pertenencia o procedencia, de los sueños en pugna con la vida, del poder del dinero y de la influencia y, sobre todo, de la realidad de que vivimos en varios mundo más allá del que conocemos.








5.

Hablemos de propósitos:

  • Leer equilibradamente textos tanto de hombres como de mujeres.
  • Superar la marca personal de los 67 títulos.
  • Proseguir con los autores descubiertos (Banana Yoshimoto, Penelope Fitzgerald, Pilar Pedraza, Cristina Cerrada, Eduardo Halfon, John Fante, etc.) y con los que se van encumbrando como mis favoritos (Kazuo Ishiguro, Adolfo Bioy Casares, Kurt Vonnegut, Samanta Schweblin, etc.)
  • Reducir la lista de pendientes (Coetzee, Atwood, Bernhard, Murdoch, Kerangal, etc.)
  • Introducirme en tradiciones literarias poco conocidas.
  • Leer a autores indie o publicados por pequeñas editoriales.

6.

Espero que la entrada no haya resultado excesivamente densa. Había mucho que comentar y me apetecía hacerlo. ¿Cómo ha sido vuestro año lector? ¿Hay algún texto que os haya impactado? ¿Qué pensáis de todo esto? Me despido desde esta Esquina, deseándoos lo mejor para este nuevo año en el cual entramos. Abrazos y namasté.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Mis lecturas favoritas del año 2017




Aunque pueda parecerlo, no. NO ME HE EQUIVOCADO DE AÑO. Conozco el momento temporal en el cual vivo inserto. Sin embargo, esta, que debería haber sido una de las entradas más importantes hace doce meses, se quedó sin realizar y fue sustituida por cuatro libros que recomiendo (y sigo recomendando) vivamente a pesar de no haber sido reseñados en esta Esquina. Pensando en que nunca es tarde para dar a conocer buenos títulos y siendo conscientes de que para los lectores el tiempo es oro y siempre es más agradecido leer algo bueno que algo regulero (o mediocre), pensando también en que el tiempo reposado tras la lectura de muchos de estos títulos ha contribuido a filtrar el grano y a mejorar esta selección, damos paso a aquellos libros que leí en 2017 y que son, a mi parecer, auténticas joyas de la narrativa.

Antes que nada debo aclararos que los títulos no están ordenados de mejores a peores, pues disfruté enormente con todos ellos.

El núcleo del disturbio, de Samanta Schweblin

 

Comenzamos con la única escritora de esta entrada. En junio del año pasado descubrí la prosa de esta mujer a partir de su primer libro de cuentos. Tras la lectura de otros dos más y pendiente aún de sus dos 'novelas' ('Distancia de rescate' y la recientemente publicada 'Kentakis') debo deciros que este es el mejor libro que he podido disfrutar de Schweblin. El núcleo del disturbio, el conflicto entre los seres humanos y las fuerzas egoístas que los mueven es el origen creativo de una de las mejores cuentistas actuales en castellano. Relatos como 'La pesada valija de Benavides', 'El momento', 'Hacia la alegre civilización de la capital' o 'Mujeres desesperadas' (varios de ellos incluidos posteriormente en 'Pájaros en la boca') hacen aquí su primera aparición. Después de 80 títulos estas historias siguen presente con mucha fuerza en mi memoria. 





 Cuna de gato, de Kurt Vonnegut


Quienes hayan leído previamente a Kurt Vonnegut coincidirán conmigo en que 'Cuna de gato' no destaca por ser una de sus mejores novelas en cuanto a calidad literaria se refiere. El texto se siente acelerado. Los capítulos son extraordinariamente breves y el final parece asomarse demasiado pronto. Sin embargo, tiene elementos verdaderamente memorables e imágenes potentísimas. La crítica al ser humano con su particular tono humorístico ya estaba presente en la primera novela del estadounidense. La crisis de la república bananera donde se ambienta la novela y las conspiraciones para controlar el Hielo9, junto con la fiebre local por esa extraña religión autoasumida como mentira que es el bokononismo hacen de esta novela una de las historias más originales, hilarantes y crudas que he leído en mi vida. ¡Narices! ¡El bokononismo debería existir!




El rey de amarillo, de R. W. Chambers



'El rey de amarillo' es una recopilación de relatos inusual que me hizo disfrutar del viejo terror gótico como hacía mucho tiempo que no lo hacía. La mayoría de los textos giran en torno a un supuesto libro maldito que da título a la colección y que hace enloquecer a quien lo lee. Casi todos ellos se sitúan en el espacio temporal de Chambers, pero uno, quizás el mejor de ellos, lo hace desde una distopía futura donde el libro ha sido prohibido y censurado y donde dos amigos sospechan que el otro lo ha leído en secreto. 'El rey de amarillo' retoma el universo de Carcosa creado por Ambroise Bierce y anuncia en cierta forma la llegada de un pilar para este nuevo género de terror cósmico: H. P. Lovecraft. También sirvió como referencia para la primera temporada de la popular serie de televisión True Detective, la cual espero poder ver pronto.





Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco



Todo un clásico de las letras mexicanas desgraciadamente desconocido en mi país, pero con una prosa apabullante. Leí 'Las batallas en el desierto' en una sola tarde, pero me emocionó para todo el resto del año. Su reseña fue una de la más entusiastas de la historia de esta Esquina y sigo manteniéndola como el recuerdo del bello acontecimiento de encontrar esta pequeña joya literaria. 'Las batallas en el desierto' junto a la poesía de Cernuda posiblemente sea uno de los mejores ejemplos de discursos sobre la lucha perdida del deseo frente a los míseros muros de la realidad del mundo y sus normas encorsetantes.







La promesa, de Friedich Dürrenmatt



¿Alguno de vosotros había pensado en serio que no iba a meter a Dürrenmatt en esta entrada? Después de leer siete libros suyos en el breve período de cuatro meses, he de reconocerlo, me he vuelto un gran apasionado de su prosa. No por nada es el escritor más reseñado hasta la fecha en este espacio. De entre todas sus obras, la que más disfruté, aunque seguramente no sea la mejor, es, sin duda, 'La promesa'. En ella hay un juego metaficcional bestial que prosigue y trata de dar una vuelta de tuerca al guión de 'El cebo', película medio española medio alemana dirigida por un polaco (el gran Ladislao Wajda) a mediados de los 1950s y que era uno de mis filmes favortios mucho antes de conocer la existencia de este libro. Dürrenmatt mantiene la intriga característica de una novela policíaca, pero el objetivo es otro: volvernos conscientes de la maldad humana y de la imposibilidad de hacerla frente sin corrompernos. 







Eso es todo. O, al menos, lo es de momento. Quiero decir; en unos días tendréis el listado de este 2018. No volveré a haceros esperar un año más. No estaría bonito. Además de la lista de lecturas,  haremos un repaso del año y del blog que creo que pueden resultar muy interesantes. También haremos las típicas propuestas de siempre que luego cumplimos a medias, pero que siempre hay que hacer porque si no, ni las medias se cumplen. Dicho esto. Felices fiestas, coman con moderación y aprovechen el tiempo para leer mucho. Namasté. 




viernes, 21 de diciembre de 2018

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq



Un ingeniero informático de mediana edad trabaja para una de las mayores empresas de toda Francia y gana un buen jornal por ello. A pesar de esto, es un tipo sumamente infeliz. Su vida social y sexual es más bien escasa (por no decir casi nula) debido a su problemático carácter. Hace ya dos años que rompió con su histérica novia y desde entonces no es capaz de encontrar a nadie que se atreva a escucharle más de dos minutos. Viviendo en un régimen de completa soledad ha desarrollado un miedo y un odio hacia el conjunto global de los seres humanos, especialmente agudo con las mujeres de su entorno, a las cuales tilda sin tapujos de guarras y zorras. Su misoginia, derivada de la falta de aceptación femenina y la nulidad de relaciones sexuales, le han convertido en un absoluto amargado. Un repelente ansioso de quitarle las ganas de vivir a los demás. En definitiva, un personaje magníficamente escogido para esta comedia depresiva de Houellebecq.

Toda la obra gira en torno al narrador y sus teorías sobre la capitalización del sexo, la hipocresía social y la aplicación exhaustiva de los conceptos empresariales en el ámbito diario pervirtiendo, en su opinión, las bellezas que podríamos encontrar en este. Hay que destacar que el tipo es sumamente elitista y desagradable, pero intenta dar la impresión de ser fruto de un sistema corrupto. Un sentimiento que, por otro lado, podríamos llegar a tener todos de nosostros mismos o haberlo tenido en algún punto de nuestras vidas. Su soledad y su visión crítica del mundo, así como sus "desgracias" nos permiten empatizar con él en ciertos momentos. Incluso podríamos decir que hay fragmentos en los cuales su discurso genera auténtico patetismo. Nos inspira compasión y ternura. Pero solo de forma temporal. 

La versión del narrador sobre sí mismo nos trae a la mente las tesis de los grandes naturalistas franceses. Rápidamente pensamos, a pesar de la clara diferencia entre estilos, en Zola y en Maupassant. Pensamos también en Céline y en esa figura de antihéroe. Y quizás también en el Pascual Duarte de Camilo José Cela. Estas tesis se repiten aquí, pero funcionan a modo de justificación del personaje para consigo mismo, lo cual lo deja inserto, por supuesto, en todo ese amalgama de hipocresía social en el cual nos vemos inmiscuidos queramos o no. Y aquí el narrador, claramente, no quiere; pero de una forma u otra entra en el juego. La idea de ser un monstruo "porque el mundo te hizo así" entra en confrontación con el libre albedrío humano y con la capacidad de decisión del individuo a partir de sus circunstancias siendo hasta cierto punto falaz, pesimista e hiriente.

Esa visión del narrador de sí mismo dentro de un sistema de balanzas, donde describe su situación económica como muy buena y su situación social y sexual como una basura no le hace ningún bien desde luego, pero en ella reside la gracia de la novela. Este narrador no deja de ser la parodia del autoconcepto cerrado de un hombre occidental y heterosexual solitario que se muerde el ombligo. Sin embargo, en lo que a humor respecta, salvo momentos muy hilarantes puntuales, Ampliación del campo de batalla cojea muchísimo. Es necesario saber leer entre líneas con mucha concentración y calma. Bueno, eso y tener un buen estómago. Porque la novela es una serie de sacudidas tras otra y a mí, en lo personal, me ha dejado muy mal cuerpo. Si bien creo que el objetivo era precisamente ese, agitar al lector contra sí mismo y hacerlo consciente y partícipe de sus miserias y sus no-miserias. Quien tenga una situación parecida a la del narrador tendrá problemas, además, para identificar en todo el relato esa sátira que pretende Houellebecq. Y, claro, eso es un aspecto problemático para depende qué lector. Ampliación del campo de batalla puede acabar cultivando la misoginia y el autodesprecio en este lector, que puede encontrar las respuestas a sus problemas en las resentidas y desquiciadas teorías del narrador. 

Más allá de esto tengo que decir que la obra no presenta la estructura más sólida del mundo. Centra la mayor parte de la trama en la mitad. Tiene un inicio difícil por la naturaleza del personaje y un final que se desintegra gradualmente sin golpes de efecto. Lo más destacable, a mi parecer, es la relación que establece el narrador con Tisserand, un compañero de trabajo extraordinariamente feo, pesado y virgen. ¡El estereotipo del informático nerd, vaya! Tisserand es lo más parecido a una amistad para el protagonista, pero no se librará de todo el odio regurgitado de este. Acabará pasándole factura dejarse guiar y sucumbirá a ese entusiasmo adolescente por la autodestrucción. Marchito como si la ponzoña lo hubiera fagocitado, Tisserand no volverá a ser el mismo. El protagonista, tampoco.

"Siempre serás huérfano de esos amores adolescentes que no tuviste. En ti la herida ya es muy dolorosa; pero lo será cada vez más. Una amargura atroz, sin remisión, que terminará inundándote el corazón. Para ti no habrá ni redención ni liberación. Así son las cosas. Pero esto no quiere decir que no tengas ninguna posibilidad de revancha. Tú también puedes poseer a esas mujeres que tanto deseas. Incluso puedes poseer lo más valioso que hay en ellas. ¿Qué es lo más valioso que hay en ellas, Raphäel?"

Para resumir, una novela peculiar, pero no disfrutable para cualquiera. Incluso yo mismo si hubiera leído esto en otro momento de mi vida lo habría entendido en una dirección opuesta. Estructuralmente es algo floja y con un personaje que a ratos da pena, a ratos lo entiendes y a ratos quieres acribillar a balazos. Si bien como crítica puede funcionar, no digo que no; es necesario un lector inteligente, analítico y dispuesto a meterse en estos berenjenales. No sé, aunque sea un libro disfrutable en cierta medida, esperaba mucho más de un autor tan venerado en Das Bücherregal por Cities. (¡Se lee hasta la poesía el tío! ¿Quién tiene huevos de hacer eso hoy? ¡Nadie! ¡Solo los masoquistas y los espíritus libres!) Como no me suelen fallar sus recomendaciones, estoy ante una situación atípica. Si bien es verdad que Ampliación del campo de batalla no lo tiene reseñado y creo recordar que en alguna ocasión (un top de lecturas del año, ¿puede ser?) dijo algo así como que resulta una decepción enorme. Lo ha sido, Cities. Lo ha sido. Por el contario, tenéis reseñas superentusiastas por ahí, como la de Francesc Bon en Un libro al día o la de Keren Verna en su blog personal. En ellas se destacan todos los aspectos buenos de la obra, los cuales son muchos, desde luego. Sin embargo, creo necesario resaltar también lo malo, lo mejorable y lo poco convincente.
 

PD. Aprovecho para comunicar que esta será la última reseña del año. La próxima entrada que podréis leer por aquí será una recopilación de libros recomendados por un servidor. O lo que es lo mismo, una selección de mis libros favoritos del año. Eso será la semana próxima. Hasta entonces cuídense, coman con moderación y lean mucho. Namasté. 


lunes, 17 de diciembre de 2018

Pobres gentes, de Fiodor Dostoievski



Siempre me ha entusiasmado mucho la maestría y la figura del clásico del Realismo Ruso. Fiodor Dostoievski es un autor que no necesita presentación. Es conocido a nivel mundial por obras como Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov, aunque muy posiblemente, y a pesar del éxito en la fecha de su publicación, esta que es su primera novela sea de las menos conocidas. Y, sin embargo, tiene una importancia capital en la historia de la literatura. Pobres gentes (o Pobre gente, según la traducción) fue escrita a comienzos de los años 1840s y nada más salir a la luz fue reconocida por la crítica de su país como la primera novela social contemporánea. 

Trata sobre la relación de amistad entre Makar A. y Varvara D., dos peterburgueses que sobreviven como pueden a las inclemencias de la vida, que aprieta pero no ahoga. Aunque reside el uno al lado del otro, se sinceran, o tratan de sincerarse, a través del intercambio de cartas, pues andan (sobre todo el desconfiado Makar) constantemente preocupados por el qué dirán los demás si los llegan a ver juntos. Makar es un anciano destrozado por los continuos embates del frío peterburgués, su escasa educación  y el fracaso de las numerosas aspiraciones de su vida. Es, además, un borracho triste que cree haber encontrado un motivo para redimirse en la figura luminosa de Varinka (diminutivo cariñoso de Varvara), a quien idolatra y colma con todo tipo de regalos que no se puede permitir con su mísero salario de copista. Duerme en una habitación acondicionada en la cocina de un pequeño y lúgubre apartamento atestado de almas igual de desgraciadas que él, entre las cuales la enfermedad, el ninguneo y la muerte son los platos principales del día a día. Sin embargo, persigue en todo momento mantener intacto su honor y de darle a Varinka una imagen positiva, mintiéndole tanto a ella como a sí mismo cuando considera oportuno, hasta el punto de resultar tristemente cómico y ridículo. Uno de los mejores ejemplos de esto podríamos encontrarlo cuando describe su habitación:

"Yo vivo en una cocina, o, mejor dicho..., ya se lo figurará usted: contiguo a la cocina hay un cuarto (debo decirle a usted que la tal cocina está muy limpia y es muy clara y apañadita), un cuartito muy chico, un rinconcito muy discreto... o, mejor dicho, que lo será, la cocina es grande y tiene tres ventanas, y paralelo al tabique me han colocado un biombo, de modo que resulta así un cuartito, un número supernumerario, como suele decirse. Todo muy espacioso y cómodo, y tengo hasta una ventana, y lo principal, que..., como le digo, todo está muy bien y muy confortable. Este es mi rinconcito. Pero no vaya usted a imaginarse, hija mía, que yo lo diga con segunda intención, porque, al fin y al cabo, ¡esto no es más que una cocina! Es decir, hablando con exactitud, yo vivo en la misma cocina, solo que con un biombo por medio, pero esto no significa nada. ¡Yo me encuentro aquí muy contento y a gusto, en completa modestia y placidez!"

Makar está obsesionado por darle a Varvara una buena imagen de sí mismo y eso es porque, a pesar de la diferencia de edad, la ama secretamente y eso es algo que no puede camuflar por más que se empeñe en ello, por más que quiera disimular su interés romántico como un cariño paternal. Esto, por supuesto, lo sabe Varinka, quien recrimina una y otra vez a Makar por el exceso de atenciones hacia ella, aunque al mismo tiempo podríamos decir que se aprovecha, a todas luces, de él y su necedad, pues continúa carteándose con el viejo y pidiéndole de vez en cuando dinero y objetos de valor, a sabiendas que el copista no sería capaz de negarse. Vemos, como digo, en Varvara a una chica con una infancia dura y con pocas satisfacciones; que ella misma relata, y durante la cual no le quedó más remedio que espabilar y desarrollar su ingenio para sobrevivir, acercándose su personalidad hasta cierto punto al de esa femme fatale tan característica de otras novelas de Dostoievski. Con fuerza me viene a la mente la Polina de El jugador, aunque, por supuesto, hay muchas otras. Esta astucia no la hace Dostoievski innata, sino producto necesario del sistema feudal capitalista en el que estaba inmersa la Rusia de su tiempo y en el cual las mujeres pintaban muy poco y eran constantemente atacadas tanto por ellas mismas como por los hombres. La limitación de derechos, el hambre, el frío y el desvalimiento legal volvían necesario el brotar de esa astucia, la cual venía muchas veces acompañada por la infelicidad, la impotencia, el trabajo hasta el agotamiento e, incluso, un doloroso sentimiento de culpabilidad. 

"¡La desdicha es una enfermedad contagiosa, amigo mío! A los pobres y a los desgraciados deberían tenerlos lejos los unos de los otros para que no se agravasen mutuamente sus miserias. Yo le he proporcionado a usted un contratiempo cual nunca lo experimentó tan grave en toda su vida. Esto me atormenta y me quita todo brío."

Pobres gentes fue una obra muy querida durante el período soviético de Rusia porque ponía sobre relieve las inconsistencias del sistema anterior, donde quien nacía pobre moría pobre y donde los intercambios de miembros entre las distintas clases sociales eran más bien escasos. De esta forma, no es de extrañar que sirviera como modelo para buena parte de la narrativa del Realismo Soviético, desde el cual se quiso defender a Dostoievski en todo momento como uno de los primeros revolucionarios comunistas. Si bien habría que destacar que Fiodor, por regla general, normalmente se limitaba a bosquejar el problema y a ponerlo sobre la mesa, no decantándose por ninguna solución, y haciéndolo derivar de una serie de fallas dentro del sistema sociocultural en el cual se halla inserto, sí que había simpatizado con el comunismo en su juventud, antes de renunciar a él y previamente a la redacción de su extensa obra. La corrección dolorosa del pobre, la encuentra Dostoievski en el desinterés con el que el rico hace rechinar sus rublos. La única salvación posible es la esperanza en un acto estrafalario del gran burgués y terrateniente que acude a los barrios más pudientes de San Petersburgo para buscar una bella esposa, para encontrar un florero elegante que acceda a renunciar a su honor.

"Al contestarle yo que usted había hecho por mí cosas que no se pagan con dinero, díjome que eso era absurdo; que esas cosas están bien en las novelas; que yo soy joven todavía y miro la vida a través de los libros; pero que las novelas solo sirven para inculcarles a las muchachas ideas extravagantes, y en general, según él, los libros solo conducían a corromper las costumbres, por lo que él no podía sufrirlos. "

Aunque creo haberlo comentado ya previamente, el teórico de la literatura posformalista Mijail Bajtín sentía un especial interés por la obra de Dostoievski y trabajó durante muchísimos años para reivindicarla, pues durante las primeras décadas del siglo XX la crítica tenía la impresión de que Fiodor era un mal escritor debido a las continuas contradicciones en las que incurrían sus personajes. Y es que, pensándolo bien, solo en esta novela hay lo que puede parecer una barbaridad: Varinka recrimina a Makar sus atenciones, pero le pide continuamente más y más; Makar detesta a su "amigo" escritor, que se burla de él y su incultura una y otra vez, pero al mismo tiempo lo admira y sigue asistiendo a sus veladas; Makar le recrimina a Varinka el montón de regalos que le está haciendo y que le están dejando paupérrimo, pero prosigue con ellos, a pesar de las numerosas deudas, el frío y el hambre, y las negativas de ella; ella se siente culpable por aprovecharse de la estupidez del viejo, pero continuará con su juego hasta encontrar a alguien más rico; él habla también de cariño paternal hacia la joven, pero el lector no es tonto y conoce del interés sentimental del anciano, quien ve realmente esos regalos como una inversión; etc. Numerosas fuerzas se entretejen dentro de los personajes, numerosas voces que dialogan y luchan por sobreponerse, lo cual consigue vertebrar a personajes con caracteres muy humanos.

El primer párrafo destacado puede servirnos de perfecto ejemplo. De hecho, era uno de los que empleábamos en la universidad para explicar la idea bajtiniana de "dialogismo interno", que vendría a poner un nombre a ese concepto de lucha de voces dentro de los mismos personajes. Lo curioso y lo poderoso de Dostoievski no es solo la lucha permanente de las voces de sus personajes y de su indecisión, sino el diálogo que los mismos personajes establecen con sus pares a través de la anticipación. Cuando Makar describe su cuarto, nos es imposible imaginar un espacio más incómodo, sucio y diminuto. Makar es consciente de su destinatario y, tratando de no mentir y al mismo tiempo quedar bien con su Varinka, rápidamente se anticipa a esa sensación de sordidez que la descripción del lugar, tal cual él lo ve, va a despertar e intenta, entonces, venderlo como un espacio agradable eligiendo muy bien adjetivos y expresiones completamente opuestos a los dictados por toda lógica: clara, limpia, apañadita, cómodo, espacioso, contento, plena modestia y placidez,...  Son estos detalles los que hacen que Dostoievski sea un clásico de la literatura y todo un maestro a la hora de redactar historias. Hay un gran respeto aquí por los personajes y por el tipo de discruso escogido. El escritor se introduce en la piel de sus personajes y desde ella selecciona hasta la última palabra, entendiendo en cada ella un engranaje capaz de propulsar el texto. El trampantojo del realismo está construído con total minuciosidad y el nivel al cual podríamos profundizar en la prosa de este señor parece no conocer límites.



viernes, 14 de diciembre de 2018

Nuestra señora de las tinieblas, de Fritz Leiber



Franz Westen es un escritor profesional que ocupa buena parte de su tiempo novelizando por encargo un programa de televisión de terror sobrenatural llamado Profundidades extrañas. Franz es un personaje peculiar. Ha sufrido diversas crisis tras la muerte de su esposa que lo llevaron a beber desmesuradamente y a vagar de un rincón a otro de San Francisco y, aunque ya parece rehabilitado, el dolor del recuerdo lo sigue llevando a tomar decisiones un tanto impulsivas. Vive un edificio del centro de la ciudad con dos de sus mejores amigos (un médico drogadicto y un oficinista de color) y su amante (una joven y enigmática música). Con ellos comparte los detalles de su investigación, la cual ocupa la mayor parte de su día a día y que se centra en el estudio de dos misteriosos libros que compró no sabe bien dónde en una de sus borracheras. En estos dos textos ficticios, así como en la atmósfera del San Francisco de los años 1970s, se centra la historia de esta novela de terror psicológico con tintes pulp

El primero de los volúmenes es un ensayo firmado por un tal Tiberio de Castries. Aborda la problemática de la masificación de las ciudades estadounidenses en el primer tercio del siglo XX y establece curiosas teorías sobre la maldad inherente a las mismas. Las naturalezas muertas de las ciudades, es decir, la acumulación de cadáveres, hormigón y estructuras frías, traerían consigo, según de Castries, la materialización de unas poderosas entidades parapsicológicas, capaz de atormentar a aquellos que se atrevan a coquetear con ellas y a descubrir su existencia. Las entidades parapsicológicas serían los productos fantasmales físicos de la contaminación atmosférica, el odio y la manipulación hasta sus últimas consecuencias de la naturaleza por parte del hombre proporcionándole estados anímicos depresivos y autohirientes. Esta teoría de De Castries, conocida como la Megapolisomancia (así se titula también su escrito), le habría servido a su autor para conformar durante los años 1920s toda una sociedad secreta de ocultismo y oscurantismo en la cual habrían estado inmersas diferentes personalidades del mundo de la literatura como Ambroise Bierce o Jack London. Sin embargo, la falta de pruebas del gurú de la megapolisomancia habría llevado posteriormente a su desintegración, aunque también a las extrañas muertes de sus miembros principales. 

El segundo libro, atado por un hilo a Megapolisomancia, se trata del diario de un admirador escéptico de De Castries. A pesar de no especificarse en los inicios de la novela, muy pronto sabremos que también se trata de un famoso escritor de terror que habría viajado a San Francisco en su juventud y pronto habría tomado la determinación de no volver a abandonar más su localidad natal rural hasta el día de su muerte. Este escritor habría accedido a desplazarse hasta San Francisco para buscar a De Castries debido al extraño comportamiento de uno de sus amigos y miembros de la secta. Su objetivo: comprobar hasta qué punto es cierta la alocada teoría mitológica de De Castries sobre la materialización física de la maldad de las ciudades y las actitudes sanguinarias de las supuestas entidades parapsicológicas. Lo que encontrará el escritor es a un De Castries venido a menos, sin discípulos y completamente ido de la cabeza.

Al tiempo que Franz Westen, nuestro protagonista, va indagando en estos y otros detalles, se desarrolla su vida cotidiana en un aura de misterio, que no sé muy bien por qué, pero me recuerda muchísimo a las películas neo noir de los 1980s y 1990s. Quizás se deba a los sospechosos diálogos que parecen bastante más simples de lo que en el fondo son y a ese hincapié del autor en perfilar, al tiempo que desarrolla la teoría de De Castries, cada rincón de la mítica ciudad de la Costa Oeste. Leiber pone en contraste el San Francisco de la Belle Époce y el de la presidencia de Richard Nixon, conformando una trabajada panorámica del lugar y convirtiéndolo no solo en un personaje más de la narración, sino en un uno de los principales y más enigmáticos. Este interés focal en San Francisco será la delicia de quienes allí ya han estado, pues podrán recrear en sus viajes los largos y angustiosos paseos de Franz Leiber a través de cada calle, parque o bulevar que cruza. Sin embargo, si el interés del lector está fuertemente proyectado sobre la trama del libro de De Castries y poco o nada le atrae San Francisco como ciudad, es posible que tantas descripciones y detalles le resulten tediosos. No ha sido mi caso, pues siempre me he declarado un gran entusiasta del urbanismo. La planificación y la estructuración de las ciudades es algo que me atrae desde hace muchos años y que habría estudiado en la universidad si no existiera una carrera de literatura. Por lo cual, agradezco y disfruto hasta el último detalle de este esfuerzo megalítico de Leiber por dotar a su novela con una atmósfera como esta. 

Por otro lado, como podéis imaginar, estamos ante una novela con muchísimo trabajo de investigación literaria. Nuestra señora de las tinieblas es una historia donde la metaliteratura, la narrativa de terror de la índole más lovecraftiana imaginable y las teorías sobre el devenir del mundo en la masificación urbana se funden dando lugar a un texto extraño, digamos weird, pero con consistencia suficiente para resultar satisfactorio. Hay en la novela numerosas referencias a escritores y escritoras (algunos y algunas poco conocidos, aunque reales), a sus vidas, a sus obras, a sus relaciones con las ciudades y el miedo. Pero sobre todo, hay referencias a sus muertes. Me he sentido impulsado a leer muchas biografías, pequeños artículos y reseñas sobre estos escritores que Leiber va mencionando a lo largo de la novela. No lo he hecho porque fuera necesario para disfrutar Nuestra señora de las tinieblas, sino más bien por curiosidad, para potenciar la experiencia de la lectura y para agrandar un poco más si cabe mi inmensa lista de pendientes. Cuando uno indaga un poco, se vuelve sencillo establecer similitudes entre los autores reales y entre su representación como personajes dentro de la novela. Cada vez se torna más y más sencillo creernos la conspiración imposible propuesta por Leiber a través de la sociedad cuasimasónica de De Castries. Y eso tiene mucho, pero que mucho mérito.

Sin embargo y a pesar de la estructura circular y el foreshadowing constante de los elementos más diminutos (me quedo aquí con la trituradora de papel del capítulo 5 como el más representativo), el texto presenta numerosas inconsistencias. El final es decente, aunque algo vacío y cogido con pinzas en mi opinión. Ciertas problemáticas relacionadas con San Francisco y De Castries no llegan a resolverse nunca. Lo mismo ocurre con el desarrollo de las relaciones de De Castries con su séquito de intelectuales. No es nada malo dejar incógnitas y espacios en blanco, especialmente en la narrativa de terror, pero me hubiera gustado personalmente ver un poco más de desarrollo en ideas tan trabajadas previamente. Por otro lado y más allá de los gustos personales, tenemos que dejar claro que algunas escenas se sienten excesivamente sosas, especialmente algunos diálogos que no van a parar a ningún lado y que solo tratan de aportar ese halo de misterio a la vida cotidiana de Franz y sus amigos. Son fragmentos concretos de diálogo, fáciles de localizar en el texto, pues se siente excesivamente artificiales. Rompen con toda verosimilitud del relato y lo dinamitan desde dentro. También queda el problema de que si la novela se lee con detenimiento, es posible predecir buena parte de los sucesos de los próximos capítulos, por lo que, a pesar de la originalidad del tema, quizás no quede demasiado margen para la sorpresa. En definitiva, una novela diferente, memorable y casi perfecta para los lectores más atrevidos. Si estás buscando algo diferente en el género de terror, este quizás sea tu libro. Tenéis otra reseña en Das Bücherregal, donde descubrí este título y muchos otros, por lo que os recomiendo, como siempre, pasaros. 

PD. Lamento no haber podido aportar nada a esta Esquina el último mes. He atravesado numerosos problemas de índole personal que no me han permitido casi ni leer; mucho menos escribir. Espero subsanarlo en el tiempo libre que me permiten las vacaciones de Navidad, acogiéndome a mi particular espíritu grinch y encerrándome en el cuarto a leer hasta que acaben los villancicos y los niños del parque dejen de tirar petardos. Un saludo, gracias por dejaros caer en esta Esquina y namasté.






jueves, 15 de noviembre de 2018

Tsugumi, de Banana Yoshimoto



A pesar de haber leído Kitchen recientemente y aunque fuera una obra que no me entusiasmara lo más mínimo, sí es cierto que atisbé en la escritura de Banana Yoshimoto algunas muestras de un talento incipiente. No me equivocaba. De los batacazos de su ópera prima no queda ni rastro en Tsugumi. No hay esa prisa ridícula por matar personajes importantes, ni se sienten estos como meros arquetipos, no hay tampoco incursiones de elementos weird en la narración sin venir estos a cuento, no hay estructuras circulares predecibles, ni, por supuesto, ese lenguaje adolescente tan molesto de Kitchen. ¡No! Y gracias, porque vaya perlita de primer libro se marcó...

Tsugumi no se parece en nada a Kitchen. Si no fuera porque Yoshimoto tiene sus marcas de escritura casi diría que el libro lo hizo otro. Esta vez nos trae una novela seria y humilde, exenta de ese dramatismo barato de esos, llamémosles, relatos que tanto sueño me dieron la otra vez.  Una novela de autoaprendizaje, de transición entre la adolescencia y la edad adulta, que encuentra en la narración de lo cotidiano un pilar al cual asirse. Una novela que, a pesar de contar con ciertos tintes de la narrativa sentimental o de temática amorosa, me ha encantado. Y que conste que yo detesto ese género con toda mi alma. Sin embargo, el aplomo en la creación de personajes y su trasfondo llevado a cabo por una Yoshimoto inspirada es digno de alabanza. El amoldamiento de los mismos personajes a su entorno también está muy conseguido y hace que nos sumerjamos dentro de la historia sin mucha dificultad. No es complicado sentirse una integrante más de las primas Yamamoto, quienes ocupan los papeles centrales de nuestra historia.

La novela lleva como título el nombre de una de ellas, la más rebelde y protagonista: Tsugumi. Ella es quien lleva la batuta de lo que las demás hacen a su alrededor en el hostal Yamamoto, situado en una pequeña villa de la costa este nipona (península de Izu). Tsugumi tiene una enfermedad crónica y eso le lleva a tratar a todos con un humor de perros. Es la típica niña rica mimada que hace lo que sea para salirse con la suya. No pierde la oportunidad de herir a los demás y no tiene un interés fuerte por nada salvo por su vida. Aun así fantasea continuamente con su muerte. ¿Su objetivo? Ganarse la preocupación de sus familiares y con ella todo tipo de caprichos. 

Conocemos su historia, pero no de primera mano, sino de parte de su prima Maria, quien ejerce como voz narrativa homodiegética en la novela. De esta forma, nuestra visión de Tsugumi es parcial y se dará solo a conocer a través de la particular relación de devoción/repulsión que la vincula con Maria. Ambas primas habrían crecido juntas en el hostal del pueblo, además de otra más llamada Yoko, pero el tiempo apremia y Maria debe marcharse a Tokio con sus padres para comenzar sus estudios universitarios. Un año después, es invitada a pasar un último verano en el hostal, ya que su tío va a venderlo para montar un "próspero" negocio en la sierra. Nada ha cambiado entre Tsugumi y Maria. O eso parece.

El tema del cambio vital viene acompañado en esta Bildungsroman por el del amor. Tsugumi centra buena parte de su historia en dos tramas románticas dignas de mención por su complicada naturaleza, pues la primera representa al Viejo Mundo y la segunda al Nuevo. Dos generaciones y dos situaciones muy dispares que se narran con distintas resoluciones. Por un lado, tenemos a los padres de Maria, una pareja de amantes fuera del matrimonio que deciden luchar durante años y años de pleitos para poder acabar juntos. Por el otro, el complicado romance de verano entre Tsugumi y el hijo del propietario del nuevo hotel que están construyendo en el pueblo y al cual muchos odian, Kyoichi. Si en ambos se hace patente que el amor requiere un esfuerzo, en el segundo se deja claro que este amor no es para siempre y que pueden existir sentimientos más poderosos como, por ejemplo, la venganza. El amor no tiene poderes sobrenaturales ni interfiere en la salud física de las personas. No es redentor y a veces suele conllevar tantos problemas como alegrías. Esta visión tan mundana y tan lejos del idealismo propio de este tipo de historias es la que me ha mantenido pegado al libro buena parte de la novela. Toda una delicia que me quita ese mal sabor de boca que me había dejado Kitchen. Repetiremos con Yoshimoto pronto; tengo varias ediciones de sus obras esperando. Tenéis otra reseña en la página especializada de literatura japonesa Koratai.

Reseñas de otras obras de Banana Yoshimoto en esta esquina: Kitchen


 

lunes, 12 de noviembre de 2018

Holetes, de Maximiliano Barrientos




Tero y Abigail son dos estrellas porno retiradas que un día deciden abandonarlo todo y fugarse en coche hasta que se queden sin un duro. Con ellos irá Andrea, la hija de Abigail con otro hombre. Por raro que parezca, esta no es una huida romántica. De hecho, casi no parece una huida, pues los protagonistas se ven continuamente asediados por los recuerdos de sus pasados y no parecen estar del todo cómodos con ellos mismos ni entre sí. Tero detesta hasta cierto punto a Abigail y viceversa. Y aunque mientras tanto Andrea intente disfrutar de una especie de vacaciones, nota la tensión del ambiente en el que se encuentra. Esta unión interesada es un intento de construir por encima de un intento de olvidar. Barrientos toca una infinidad de lugares comunes para lanzar un replanteamiento necesario del viejo tópico literario del homo viator (ese que hace su camino al andar). Esta apreciación se hace evidente en el momento en el que un cuarto personaje en discordia lo señala:

"No se fueron para escapar, sino para fabricar un pasado en común.
Todo viaje es la construcción consciente de un pasado. Se dejan atrás lugares impersonales (hoteles, cafeterías, bares, estacionamientos, lavanderías) para inventar lugares íntimos."

Este hecho, tan característico, es el que llama la atención de un excéntrico director de cine que empezará a entrevistarlos para recopilar material con el cual poder rodar un documental/reality show donde expondría la vida cotidiana de dos ex miembros de una industria tan polémica y a la vez tan consumida a través de la experiencia de su viaje en carretera. Y esto es lo verdaderamente curioso del juego narrativo. Lo que nos muestra Barrientos no es la interrelación directa de los personajes, sino lo que cada uno le cuenta al director, así como las notas de este último, sus sospechas, miedos y deseos. Es en esta polifonía sobre la cual está cimentada la novela y hay, por supuesto, en ella mentiras, insinuaciones, metáforas, momentos completamente fantásticos y vacíos de información que el lector decide si llenar o no.  Cada capítulo se divide en varias entrevistas donde solo leemos las apreciaciones de los personajes filtradas por la escritura del director. Fuera de cada toma quedan cortadas las preguntas del director y toda la morralla (la vocal de relleno en español "e", la repetición hasta la saciedad de estructuras similares, las coletillas, etc.). Con este sistema basado en el lenguaje oral pulido deberíamos esperar unas marcas propias del lenguaje de cada personaje y, aunque las hay, no llegan al punto de resultarme totalmente convincentes. ¡Me hubiera gustado ver más! A mi forma de verlo está demasiado pulido por parte del director y al principio cuesta hacernos a la idea de qué tipo de texto estamos leyendo. Quizás esto se haya corregido en una versión posterior a la mía (que sé que existe y por la cual agradezco al autor y a los editores).

Las historias de los personajes son verosímiles, a pesar de la interrupción de algún que otro acontecimiento fantástico. Sorprenden porque la dureza implícita en ellas no siempre está relacionada con la tradicional turbiedad de la industria pornográfica. Algunos de los problemas vitales de Tero y Abigail son tan comunes que podrían ocurrirle a cualquiera. Y eso ha sido un punto a favor de esta novela. Otro lo ha constituido su brevedad. Hoteles es una historia rápida, con capítulos muy cortos y tremendamente adictivos. Las partes más pesadas, pero también lógicamente con más chicha, son las innumerables notas del director. En ellas no solo hay reflexiones constantes sobre lo que le sugiere cada uno de los entrevistados, sino que, además, se introduce cómo estos encuentros cargados de significado afectan a su propia vida y, más concretamente, a su relación sentimental. En su caso, fruto más de la conveniencia que del amor, guardando así, hasta cierto punto, una similitud con los vínculos entre Tero y Abigail en su viaje y entre cualquiera de ellos y otras personas en su trabajo. Hoteles es una muy buena novela que no debéis perderos. Tenéis otras reseñas, algo distintas, en La Tormenta en un vaso y La antigua Biblos.



lunes, 5 de noviembre de 2018

El día que la vea la voy a matar, de Guillermo Fadanelli



A veces uno tropieza con libros inusuales como este. Libros que no aspiran a mucho y donde convergen la escritura automática con situaciones de lo más variopintas y un sentido del humor llamémosle áspero. No voy a mentir, no soy un gran fan de este postvanguardismo literario que nos propone Fadanelli. Entiendo su intención. Creo atisbar el mensaje que trata de transmitir. Sin embargo, tengo un enorme conflicto con la forma de transmitirlo porque sospecho que no es la idónea para esta clase de obras. El día que la vea la voy a matar es un libro donde se intercalan relatos, microrrelatos y otro tipo de escritos que no sabría muy bien cómo clasificar. Hay en ellos tanto denuncia social como política y religiosa. Bastante ácida, pero de escasa profundidad. En definitiva, nada que no hayamos visto en un post de Facebook. Hay también una materialización de los deseos y los miedos de su escritor y de las personas que lo rodearon durante la redacción del volumen. Autoficción es la palabra. ¿Qué os voy a contar? ¿Que está centrada en la complejidad de vivir en una sociedad bicéfela y de doble moral donde lo tabú es revolucionario y donde la palabra "revolución" viene tildada con matices que se trasladan desde lo más necesario hasta lo más doloroso? ¿En la complejidad de llevar una vida bajo el influjo constante de la violencia y de la jerarquía de poderes hombre/mujer, maestro/alumno, blanco/negro, Dios/hombre? ¿En la compleja necesidad humana de desear el imposible y despreciar el posible deseado? ¿De odiar y amar la soledad y la compañía? ¿Con qué fin? También tenemos un intento de ser cómico a partir de lo vulgar y una especie de obsesión insana y cansina con la masturbación y el asesinato. Recordé por momentos a un Chuck Palahniuk poco inspirado y alejado de sus personajes, y cuando hablo aquí de longitud lo hago de distancias kilométricas. La frialdad del humor recuerda a Foster Wallace, solo que Fadanelli es mucho más simple, lo que le da al asunto mucha menos gracia. Aunque supongo que su intención es precisamente crear este efecto de pérdida de tiempo. En la página de la editorial no dudan en definir el libro como literatura basura. ¡"Atractiva malformación" le llaman a la broma!

Hay lectores que disfrutarían mucho con El día que la vea la voy a matar, pero no ha sido mi caso. Mi experiencia ha sido algo similar a desayunar cebollas crudas. Las ideas e imágenes se me han repetido una y otra vez hasta el punto de que el conjunto me parecía una especie de vertedero de relatos a medioconcretar, sin pulir, sin esperanza de encontrar un final satisfactorio. El estilo del autor tampoco ayuda, pues es excesivamente culto para las situaciones que plantea, lo cual nos saca de contexto una y otra vez. Personajes que argumentan sobre filosofía política o de la identidad mientras se sacan el miembro para escandalizar y cosas por el estilo. Acaba resultando muy gamberro, muy punky, pero también muy inverosímil. Choca al lector en un primer momento, pero tras cinco o seis relatos uno se harta de forma considerable. Lo cierto es que acabé el volumen por su brevedad. Sin embargo, estuve tentado de dejarlo varias veces. O de saltarme partes. La sensación de leer historias que ya había leído hace tan solo diez minutos estuvo presente en todo el proceso. 

Fadanelli quería buscar una forma de expresar las preocupaciones de la vida cotidiana de los marginados (los yonkis, las prostitutas, los delincuentes, ...) y sus duras condiciones. Este escrito me recuerda mucho al Movimiento McOndo, grupo de artistas latinoamericanos postboom que querían señalar los numerosos fallos y problemas que el "Realismo Mágico" tenía a la hora de construir el imaginario extranjero de Latinoamérica. Incluso hay en El día que la vea la voy a matar algunos relatos que se vuelcan contra la obra del mismísimo García Márquez en una mezcla de homenaje y crítica. Se nota el gran aprecio profesado hacia el colombiano por un aumento severo del respeto (y de la correción política) y una reducción de las gamberradas previas. El detalle, como mínimo, fue curioso. Hay que destacar que el libro pretende tener gags de humor. Digo pretende porque yo no me he reído casi nada. Y yo me río con prácticamente cualquier tontería. En serio, hasta con los vídeos de gatitos.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Verde agua, de Marisa Madieri




Verde agua es una autobiografía de Marisa Madieri escrita en forma de diario donde alterna sus recuerdos de la infancia con su vida presente en los prineros años 1980s. Es considerado uno de los relatos más representativos de la tradición istriana de escritos sobre el exilio de los italianos de las regiones de Istria, Dalmacia y Fiume tras la reorganización política del país con la derrota de Mussolini en la Segunda Guerra Mundial y las adhesiones de la Yugoslavia de Tito.

Madieri nació en Fiume, actual ciudad de Rijeka en Croacia, la cual por entonces pertenecía a Italia y tenía una población mayoritariamente italiana que habría apoyado los ideales del fascismo. Creció rodeada de eslavos (su familia por parte de padre, sus amigos del bloque en donde vivía, sus profesores que le enseñaban a hablar croata, etc.), por lo que, a pesar de la decisión familiar de optar por el exilio, no puede evitar sentirse una mujer entre diversas influencias nacionales. Por eso, escribe desde una perspectiva plural en la que asume tanto sus raíces italianas como las eslavas y las de Europa Central, intentando evitar cualquier tipo de resentimiento hacia yugoslavos y rusos. Sin embargo, las penurias que debió sufrir hasta alcanzar la vida relativamente acomodada que llevaba cuando redactó Verde agua son múltiples y pasan desde la dura crónica del viaje del refugiado hasta la dura crónica de vivir en una habitación diminuta con toda la familia comida de frío, en un recinto con unas condiciones bastante próximas a las de un campo de concentración (¡en su propio país, además!). Madieri habla de su etapa en los box de Trieste (almacenes de grano reconvertidos en centros de acogida), de cómo fingía en el colegio la vergüenza ante sus amigas y de cómo se refugiaba en la lectura -que nos lleva muy lejos a través del poder de la mente, traslandándonos desde donde estamos hacia donde queremos estar- en una historia en la cual la nostalgia, constantemente embellecida y constantemente mancillada, tiene un peso fundamental. 

El punto fuerte de Verde agua es su lirismo nostálgico, mediante el cual Madieri explica su forma de actuar partiendo de las experiencias de su pasado. Incluye aquí tanto vivencias propias como de su peculiar familia extensa, donde destaca especialmente el papel de la nonna Quarantotto, actriz amateur de la vida diaria y gurú del box de Trieste, una estafadora de campeonato. Las relaciones de odio entre esta señora y su yerno son particularmente cómicas y relajan un poco las situaciones más tensas. Madieri emplea figuras retóricas de gran belleza que no acostumbramos a encontrar en biografías de esta índole y sobre todas las cuales prevalece la alegoría del agua verde del mar de su paraíso perdido: la costa del Fiume arrebatado. Se refleja en su semitransparencia el paso del tiempo, el cambio de un pueblo a otro y de una niña a una mujer.

En esta odisea, realizada en el paso de la infancia a la pubertad -vivida con tan solo siete años-, tiene también un papel fundamental tanto la figura de su madre en particular y como de la madre en general. Madieri habla de la trágica enfermedad que dinamita los sentidos de su progenitora  y la hace morir en la frustrada paz de la incomprensión, presa del Alzheimer. Este libro sirve de agradecimiento y homenaje a su memoria, a pesar de todo el mal que ella no pudo evitarle. A raíz de este desolador fin, la escritora se convierte en una férrea antiabortista. Mi impresión: Verde agua se erigió para Madieri en una suerte de anclaje para explicarse su visión del tiempo, de la vida y de la maternidad tanto a sí misma como a los demás. Debo decir que a mí este giro en la trama me sorprendió, a pesar de ser presentado prácticamente al inicio. Me costaba encajarlo con esa historia de vilezas que en otro plano temporal se me estaba narrando. Sin embargo, tras finalizar el libro puedo llegar a entender, no a compartir, el porqué de estos ideales de la escritora. Para ello es necesario pensar en el contexto histórico, en la sensible naturaleza de Madieri y en su búsqueda de la belleza y lo imprescindible en cada partícula de polvo, en cada componente del universo. Madieri escribe un libro de confrontación del pasado donde busca un significado para el presente y reúne un hálito de esperanza para el futuro. Hay que destacar que la escritora ya estaba enferma de cáncer cuando redactaba estas páginas.

La historia es amena y breve. Se lee en un pispás. Mi edición de Minúscula cuenta con un posfacio (texto concluyente) de su viudo, el también escritor Claudio Magris, donde se refuerzan muchos de los puntos fuertes de la obra. Tanto el diario de Madieri como las anotaciones finales están escritos con mucho sentimiento, pero, ante todo, cuidando la técnica, lo cual es de agradecer. Tenéis más reseñas en Koratai  y Devoradora de libros.



domingo, 28 de octubre de 2018

Por qué se cuece el niño en la polenta, de Aglaja Veteranyi




Por qué se cuece el niño en la polenta es la única obra que nos dejó la escritora suiza de origen rumano Aglaja Veteranyi. Constituye una especie de novela autobiográfica donde narra el desarraigo de su pueblo durante la dictadura comunista de Ceausescu bajo el prisma de su particular familia y su difícil infancia, durante la cual tuvo que sufrir todo tipo de vejaciones para sobrevivir. Es un relato duro, escrito desde el prisma de una niña que es obligada a crecer demasiado pronto y que sufre el abuso por parte de todos los adultos que la rodean, inclusive sus padres, quienes pretenden aprovechar su belleza, su ingenuidad y su talento en beneficio propio. La novela en sí es muy breve, pero tiene muchísimo jugo.

El ambiente de la narración nos sitúa en los circos ambulantes de la Europa Central de los años 1960s-1970s, donde una pequeña Aglaja de 5 años nos presenta su marginal y precaria situación en un mundo que no conoce bien del todo, pero en cuya crueldad ya está envuelta. Aglaja nos habla del trabajo de sus padres: él es un payaso húngaro, alcohólico y maltratador, y ella una trapecista que emplea la dureza de sus cabellos para colgarse desde cientos de metros. La madre de Aglaja es quien la protege de las zarpas de su colérico padre, un hombre frustrado por no haber encontrado el éxito y que lo paga golpeando y violando a su familia. A este complicado espacio familiar habría que añadir a la hermanastra de Aglaja por parte de padre que es quien le cuenta la historia del niño de la polenta: una cruda narración sobre las penurias que tiene que soportar un infante que no se ha portado "como es debido". La historia obsesiona a Aglaja, quien quiere ser una bella actriz de Hollywood y así escapar de las arenas movedizas de la polenta, de esa podredumbre que se le echa encima. No obstante, las dificultades para ello no han hecho más que comenzar.

Por qué se cuece el niño en la polenta está narrada con frases breves, pero con una gran profundidad. La visión infantil que choca con el mundo adulto me recordó ligeramente a algunos personajes de Penelope Fitzgerald y, sobre todo, al protagonista de El pájaro pintado de Jerzy Kosinski, una obra también hasta cierto punto autobiográfica. Aglaja es obligada a trabajar demasiado pronto. Su padre la abandona tras una discusión matrimonial y la deja en plena inestabilidad económica. Aunque la madre asume rápidamente el rol de traer dinero a la casa, no tarda demasiado en sufrir un accidente que le imposibilita volver a realizar cualquier número. A pesar de no decirse explícitamente, se da a entender que la pobreza es tal que en algunas ocasiones esta desgraciada mujer encuentra en la prostitución una solución temporal. En uno de estos encuentros conocerá a un amante, quien desgraciadamente es tanto o más pobre que ella. Aunque esto no será problema para el surgimiento del amor entre ambos, acabará por convertir a Aglaja más en una carga para su madre que en una preocupación constante. Mientras tanto, la joven Aglaja se desarrolla físicamente, pero no crece, no aprende, su vida es un bucle de miserias y de sueños cada vez más remotos. No va a la escuela, no sabe leer ni escribir, pero empieza a pensar que solo con la belleza basta. Con trece años y sin dar detalles a nadie, Aglaja es colocada en un club de stripteases y empieza a experimentar el brutal deseo por parte de los hombres que la rodean, quienes le lanzan miradas lascivas, saltan sobre el escenario para toquetearla y le escupen desde las mesas toda clase de insultos, proposiciones y piropos.

Así y con todo, la novela es profundamente filosófica y cuenta en este sentido con un inicio demoledor que voy a tomar la libertad de reproducir aquí:

"Me imagino el cielo.
Es tan grande que me duermo en seguida para tranquilizarme.
Al despertarme sé que Dios es algo más pequeño que el cielo. Si no, al rezar nos dormiríamos siempre del susto.
¿Dios hablará idiomas extranjeros?
¿Entenderá también a los extranjeros?
¿O es que los ángeles están en pequeñas cabinas de cristal haciendo traducciones?"


Parece una visión tierna e infantil, pero va mucho más allá. Este comienzo es una advertencia. La duda metafísica de esta niña de cinco años nos anticipa esa sensación fatídica del exiliado que duda hasta de que en la casa de Dios, más allá de la muerte, encuentre un lugar al cual pueda bautizar verdaderamente como su hogar. Crisis existencial e identitaria. Aglaja es una apátrida, repudiada dentro y fuera de su país. Sin cultura, sin esperanzas y sin ningún tipo de amor carente de interés. Veteranyi nos muestra hasta qué punto puede llegar la mente de un niño de cinco años con una dura existencia sin perder un ápice de verosimilitud. En este primer párrafo se expresa esta idea que será tan recurrente en toda la obra junto a otra: el miedo a su padre, identificado aquí con Dios, como el padre eterno, superior y omnipresente. Aglaja debe reducir a Dios para tranquilizarse,  pero al mismo tiempo es consciente de que este pequeño acto podría restarle un poder para ella tan necesario como el que alguien en el universo pueda alcanzar a comprenderla. Dios, su padre payaso y el Dictador (Ceausescu) son los tres hombres poderosos de su vida. Veteranyi usará estas tres figuras, junto con la de otros personajes secundarios que irán apareciendo para denunciar los abusos de poder por parte del varones sobre la mujer y expresar la idea de que demasiados son los indeseables que han desgraciado las vidas de mujeres a lo largo de la historia, destinadas siempre, por haber carecido de la fuerza física, a un papel pasivo, resignadas. Sin embargo, más allá del catastrofismo y la denuncia feminista, Veteranyi encuentra una cura para la desigualdad, la pobreza y la incomprensión a través de la cultura y del conocimiento de las verdades descarnadas y es aquí donde hallo el por qué de este libro. Es responsabilidad de todos que vidas así no tengan que repetirse. Tenéis otra reseña en Lo imborrable (bastante más completa que la que hoy os traigo y con muchos más detalles sobre la vida de la autora y su padre -que por lo visto viajó a Argentina y llegó de alguna forma a ser famoso- en los cuales no he querido meterme, pero que no dejan de ser hasta cierto punto de interés).




sábado, 20 de octubre de 2018

Santuario, de Edith Wharton






Nos situamos a finales del siglo XIX en la casa de una pareja pudiente del medio oeste americano. Nuestra protagonista es Kate Orme, quien, tras tomar una dura decisión en contra de su moral, se convierte en Kate Peyton. Tiempo después del casamiento -en una elipsis de unos veinte años-, el marido muere, dejando a Kate al cargo del joven Dick, un precoz arquitecto. El chico tiene una rivalidad laboral con otro hombre, mucho más talentoso que él, pero también mucho más pobre. Con él guarda, además, una gran amistad, dentro de la cual, Dick profesa una admiración excepcional por Darrow. Ambos van a presentarse a un concurso de arquitectura que podría cambiar sus vidas completamente. Diseñar el museo principal del condado no es ninguna broma; por ello, van a esforzarse al máximo. El dinero podría sacar de la miseria a Darrow, quien vive prácticamente como un vagabundo, pero también podría llevar a Dick Peyton a conquistar el corazón de la chica que cree amar. Sin embargo, Kate sabe del interés de las intenciones de Clemence. Ella no aceptará a Dick si este no gana. No le importa lo que el joven tenga que hacer para ello. A su parecer, él éxito no entiende de escrúpulos. 

Santuario es una novela breve sobre la lucha de dos fuerzas antagónicas (la mano de obra y el capital) para lograr un determinado fin (para un personaje, alzarse o mantenerse en una posición ventajosa). Habla de la aspiración humana del poder sobre los demás -muy en la órbita de Foucault- y de los acuerdos y desacuerdos sociales que permiten ciertas triquiñuelas para saltarse a veces lo socialmente considerado como ético. Está dividida en dos partes, donde se relatan dos sucesos de polémica moral, pues dejan a unos personajes indefensos ante el peligro y la muerte, mientras otros se aprovechan del esfuerzo ajeno para crecer y mejorar sus condiciones de vida. Sé que sueno muy marxista con esta interpretación, pero la novela se ajusta al dedillo a esta línea crítica. A pesar de no hacer apología político-económica de manera explícita en ningún momento, cuanto más pienso en el argumento más obvio se me hace este mensaje.

Tanto Kate como Clemence Verney esperan el éxito de Dick por encima del de Darrow, a pesar de las pésimas condiciones en las que vive el chico. La victoria de un pobre sobre un miembro de la familia Peyton podría suponer una deshonra, aun cuando todos saben de la brillantez y del cuidado que pone Darrow en sus trabajos. Un dilema parecido sucede en la primera parte, cuando Mr. Peyton se niega a entregar lo correspondiente de la herencia de su fallecido hermano a su viuda por considerar que estos no estaban casados legalmente -aunque luego se demuestra que sí lo estaban y que posiblemente esta decisión se debe al status social de ella-. Ambas acciones traen terroríficas consecuencias tanto para el inocente Darrow como la pobre viuda, quienes acaban, sin duda, mucho peor que como empezaron.

Otro tema, incluso más relevante para Wharton en su novela, es la situación de la mujer en su contexto geotemporal, sobre todo en lo referente a sus obligaciones en relación con el hombre como ente subordinado con poca voz y menos voto. Partiendo de la denuncia, Wharton hace una crítica feminista sutil en Santuario. Kate accede a casarse con Peyton, a pesar de sus actos horribles y su repugnante forma de lavarse las manos de responsabilidades. Tras veinte años, siendo ya viuda, su preocupación principal es el inútil de su hijo con deseos de grandezas y ese romanticismo extremo que saca tanto de quicio. Kate adopta el papel de madre sobreprotectora (seguramente, debido al fuerte impacto del incidente de su cuñada), pues no desea que a su hijo le suceda nada malo y sobre todo, que este no repita sus mismos errores del pasado. Pretende ser el refugio de Dick, su santuario, y defenderlo así de toda la maldad exterior. De ahí, el título de la novela. Wharton denuncia el aislamiento de la mujer en el hogar y destaca como los logros de los machos de la casa (hijos y marido) se convierten en sus propios -y a veces y desgraciadamente únicos- logros. Su función es la de la melancólica consejera, resignada, incapaz de cambiar nada con sus propias manos. Cuando el marido muere o sus hijos no son capaz de socorrerla, si no tienen dinero, están totalmente perdidas.

Mi idea preconcebida de la narrativa de Wharton esperaba una novela bastante más intimista de lo que luego me he encontrado. Los personajes no se encierran tanto en sí mismos como había imaginado y eso es algo de agradecer. Edith Wharton es desgraciadamente una autora encasillada en un tipo de escritura con muchos prejuicios: la narrativa intimista femenina. Como escritora me ha sorprendido gratamente. En Santuario hay una belleza de diálogos (especialmente hermoso es el final) y una descripción muy compleja y fiel de la psicología humana. Lo he elevado tras mi lectura a uno de mis libros favoritos para ejemplificar el dialogismo interno, es decir, ese cubrirse las espaldas en el discurso para evitar qué pudieran pensar los demás. Mi edición de Impedimenta cuenta también con un prólogo muy enriquecedor de Marta Sanz. Podéis leerlo antes de empezar, pero es recomendable hacerlo (o volver a hacerlo) después. Mejora mucho la experiencia y merece la pena.