domingo, 17 de junio de 2018

Las ballenas volantes de Ismael, de Philip José Farmer




Las personas más cercanas a mí saben de mi devoción por Moby Dick. La épica de la ballena blanca fue fundamental para formarme como lector cuando tuve mi primer contacto con ella a mis quince añitos. Lejos de aburrirme con sus digresiones y detalles superfluos, Moby Dick sirvió para ponerme a prueba y para aprender muchísimo sobre la naturaleza del ser humano, con sus ambiciones y su patetismo. A día de hoy sigo considerando la posibilidad de explicar la mayor parte de los tópicos y estructuras literarias a través de una novela como aquella. Es por eso por lo que cuando me enteré de que allá por los 1970s a un tal Philip J. Farmer, gurú del pulp, se le pasó por la cabeza la idea de hacer una extrambótica secuela de la majestuosa obra de Melville, me dije: "Lucas, tienes que leer eso. No importan ni el precio a pagar ni las horas de inversión. Tienes que leerlo y punto." 

Y sí, Las ballenas volantes de Ismael es una secuela de Moby Dick, pero... en demasiadas ocasiones se siente como si no lo fuera y esto desconcierta, desconcierta mucho. La acción comienza tal y como acaba la novela de Melville, con Ismael montado en el ataúd de Quegqueg, como único superviviente del Pequod, siendo recogido por el mítico Rachel, navío a la búsqueda de sus hijos perdidos. Hasta aquí todo marcha, se mantiene el tono de Melville, pero no tardarán en suceder acontecimientos sorprendentes, sorprendentes y sin explicación, que Farmer va a utilizar como excusa para homenajear -a su manera- a su compatriota marinero, recreando otro Moby Dick en pequeñito y con elementos propios de un horror cósmico que recuerda más al William Hope Hodgson de La casa en el confín del mundo que a Lovecraft o Chambers. De repente el mar se evapora e Ismael cae flotando como el único superviviente -maldita sea su suerte de nuevo- en una versión de su mundo muchos miles de años después.

La fauna y la flora han evolucionado y se han reducido. El ser humano se ha quedado desprotegido ante todas las amenazas. El suelo está plagado de monstruos gigantes, el agua es tan salada que es capaz de secar la piel y el cielo está gobernado por las antiguas criaturas marinas. Tiburones voladores, pero sobre todo ballenas con inmensas alas de mosca son el principal sustento de los últimos Homo sapiens sapiens. Ismael vaga en soledad durante un trecho, a la deriva de nuevo sobre el ataúd de Quegqueg y acaba llegando a tierra y encontrándose con una princesa, cuyo idioma desconoce, pero que aprenderá por completo -inverosímilmente- en un par de noches mientras intenta infructuosamente arrimar la cebolleta. 

Aquí quiero hacer un inciso que me parece apropiado a todas luces para lanzar una pregunta. Vale que Moby Dick no sea la novela más feminista del mundo. Sabemos la época en la que se escribió, conocemos a su autor y sus penurias, pero qué escusa tiene Farmer para en los 1970s construir a un personaje como Namalee, una mujer florero y prototípica por excelencia que parece sacada de una película cutrona de las de antes. Y es que la princesa es muy princesa, muy Disney, y eso duele a los ojos. Se siente como una estafa. No hay en ella evolución ni pensamientos complejos. Pero ni en ella, ni en nadie de su pueblo. Llega un punto en el que se roza tanto lo cómico que Ismael, quien no tiene ni puñetera idea de cómo funciona ese nuevo mundo en el que ha caído como por arte de magia, pasa de ser el observador de la catástrofe de Moby Dick a convertirse en un líder y tener de repente el apoyo de todos. De improviso, Ismael se encuentra con que es el hombre más inteligente del nuevo mundo y eso acompañado a su suerte para sobrevivir a cualquier peligro -un recurso del que abusa Farmer hasta el punto de hacerlo intocable y conseguir que el lector deje de preocuparse por él- le convierten en un héroe. Ismael tiene unos valores justos, nobles y pacificadores. Su victoria hace que el bien triunfe sobre el mal. Se lleva a la chica. Se convierte en el rey de un pueblo para él desconocido. Vive numerosas peripecias y vence, pero el mensaje que deja es vacuo y entretiene solo cuando no aburre. Viendo de dónde parte Farmer, la novela incluso decepciona. Uno siente que se aprovechan de la fama de un gran escritor como Melville para ganar clientes. Se intenta un homenaje que no cuaja, porque el nivel de Farmer aquí dista a años luz de lo que pretende homenajear. En fin, Las ballenas volantes de Ismael es un texto que os recomiendo solo si queréis perder vuestro precioso tiempo. Hay mil historias mejores que la que aquí se cuenta. 


miércoles, 6 de junio de 2018

Ygdrasil, de Jorge Baradit



Mariana es una asesina chilena a sueldo de mediana edad, adicta al maíz (una de las peores drogas de un mundo comido de vacío, destrucción y conflictos de intereses), contratada por un poderoso partido político mexicano para robar una información que podría cambiar el devenir histórico. Su misión se sitúa en un espacio con evidentes tintes de postcyberpunk, pero en el cual se integra de una forma naturalizada y bastante original todo un espectro de elementos sobrenaturales, psíquicos e incluso chamánicos. Lo que parecía una sencilla operación, acaba con la vida de la torturada Mariana, descuartizada y echada al río como un trozo de carne más, inservible. Sin embargo, por extrañas razones que se nos irán revelando poco a poco, Reche, un selkman, ente espiritual de un inmenso poder (prácticamente comparable a un dios), la trae de vuelta de la muerte. El selkman tiene como propósito corregir los desórdenes situados en el devenir de los acontecimientos, curar las anomalías de consecuencias catastróficas a las que tendemos los humanos en nuestras ansias de poder sin medida y por lo visto Mariana se encuentra de alguna forma en medio de la secuanciación que debe efectuar Reche para salvar el cosmos. Con un nuevo protector, la yonkie chilena buscará conservar su vida libre a cualquier precio, incluso si este implica tener que volver a trabajar con quienes le han traicionado. 

Ygdrasil  mezcla maravillosamente una increíble amalgama de géneros literarios. Parte de la ciencia ficción, pero en ella podemos encontrar muchos mecanismos propios de la narrativa de espionaje, la novela splatterpunk (con un alto nivel de violencia pulp; una muestra implícita de la misma), una novela que alterna un gore desmedido y de retórica sadomasoquista con hermosísimos pasajes líricos, oníricos e incluso piscodélicos. Pretende contar una historia particular, pero al mismo tiempo no deja escapar la posibilidad de exponer problemáticas mucho mayores. ¡De índoles cósmicas! Consigue elevar a un plano trascendental auténticos dilemas éticos, políticos y religiosos sin aburrir ni sentirse en ningún momento forzado a ello. La cuestión de espiritualidad y la asimilación de la misma a través de la ciencia tecnológica es una propuesta convincente y llena de originalidad. En el mundo de Mariana, los seres humanos no solo han demostrado la dualidad platónica alma/cuerpo, sino que la han informatizado, convirtiendo a la primera en un software con diferentes capas y a la segunda en un hardware cada vez más prescindible. El dolor del cuerpo es tratado como una alerta de antivirus que nos advierte de los intentos de las más terribles amenazas de penetrar en nuestro software espiritual. 

Como si fueran sistemas informáticos, las almas pueden transitar de un cuerpo a otro. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la de Günther Diethardt, un joven soldado alemán abatido en la batalla de Stalingrado y que muchos siglos después trabaja codo con codo para los jefes de la operación, bajo la promesa de estos de entregarle un cuerpo. Günther puede penetrar en la mente de Mariana y será usado como un disco duro externo que conecte rápidamente con el Directorio, al tiempo que se convierte en el único amigo de verdad de la chilena. 

Al igual que en muchas novelas (post)cyberpunk la visión que se tiene aquí del cuerpo como hardware es también tratada en extremo. Mariana cuenta con una serie de implantes de última tecnología en su cuerpo que la convierten en toda una cyborg, reviviendo ese mito de Donna Haraway. Gracias a este poderoso hardware Mariana, con la ayuda de Günther y de Reche, se infiltrará en un poderoso ordenador, buscando primero el acceso a un extraño programa, el Empalme Rodríguez, y luego a un constructo mucho mayor y por ende más peligroso, el Ygdrasil, el sistema más potente del universo encerrado dentro de las fronteras del nuevo país de la Chrysler. Lo verdaderamente emocionante de esto son los viajes más que variopintos a unos mundos cibernéticos plagados de acertijos mortales, mares de códigos y personajes alegóricos capaces de amedrentar y confundir a cualquiera como los buenos firewalls que son. De repente uno tiene la sensación de encontrarse perdido dentro de un videoclip del rock influido por el LSD de los 1970s y sin previo aviso salta desde allí a un ambiente totalmente compatible con el típico anime japonés cyberpunk de los 1990s. Las referencias en Ygdrasil, como digo, son enormes. En ella tenemos Ghost in the shell, pero también los Evangelios de Jesús de Nazareth. El Popol Vuh y los guiños a autores como Clive Barker. Tenemos sangre y lágrimas. Incluso incómodos momentos cómicos. Todo un delirio de creatividad bien llevado. Una obra maestra absorvente de principio a fin. Sencillamente única.

Tenéis otra reseña en Das Bücherregal, donde el entusiasmo despertado es más o menos similar. Allí se han tomado la molestia de seleccionar otras visiones de la obra, linkeadas a los blogs de sus respectivos autores, donde el libro no ha salido tan bien parado. Para no repetir, no voy a dejar por aquí nada más. Os deseo como siempre felices lecturas y os recomiendo esta encarecidamente. Agur.



viernes, 25 de mayo de 2018

El asco, de Horacio Castellanos Moya




Antes de comenzar a dar detalles sobre la novela breve de no ficción que nos ocupa hoy debo tratar de ser humilde y aclararles que muy posiblemente no sea la persona más indicada para realizar esta serie de comentarios que vais a poder leer a continuación, quizás porque desconozco la obra de Bernhard, quizás porque es la primera pieza que cae en mis manos de literatura salvadoreña, ignoro la historia de dicho país y desde España estoy totalmente descontextualizado. No obstante, pienso que no es necesario cumplir ninguno de estos puntos para, llamémosle, disfrutar de una novela como El asco, cuyo personaje principal y sus sentimientos e ideología no es para nada endémico, sino todo lo contrario, aunque uno pueda compartirlos más o menos. Advertidos todos, seguimos.

Horacio Castellanos Moya asiste al funeral de la madre de un viejo amigo del instituto que lleva sin ver más de quince años. Cuando se produce el reencuentro, el hijo de la fallecida (un tal Edgardo Vega) le invita a echarse una cerveza una tarde para ponerse al día, aunque Moya sabe que solo hablará Edgardo y que su lamento se tornará nefasto e insoportable. Vega ha regresado tras más de una década en Canadá, no por el terrible acontecimiento, sino porque de su regreso dependía una herencia que quiere cobrar a toda costa. Odia El Salvador y a los salvadoreños, su gastronomía grasienta, su cerveza Pílsener, su desprecio de la cultura y las artes, su obcecación en la violencia, su admiración por el comunismo y el régimen militar, sus políticos corruptos, la claustrofóbica ciudad de San Salvador gobernada por auténticas mafias y la falta de higiene y educación en comparación con su querido Montreal. Bueno, no solo la tiene jurada contra El Salvador, también hay cosas en Montreal y en el resto del mundo que le ponen enfermo. De hecho, uno acaba teniendo la sensación de que a Edgardo todo (salvo quizás el whisky que el médico no le permite tomar y la puntualidad) le da un asco inmenso.

De ahí el acertado título de Castellanos Moya, porque la novelita solo nos presentará a un hombre asqueado de la vida y de todas sus maravillosas y decepcionantes posibilidades. Este personaje tiene algo de llamativo y de carismático para un escritor y como recurso no está mal, pero el hecho de haber centrado toda la novela en su única e inapelable voz consigue que uno acabe sintiendo asco hacia El asco. Las cien páginas de verborrea de Vega, mientras se hinca un whisky tras otro y Moya asiente, como si tomara notas mentales, acaban resultando algo cansinas y desagradables. Su odio se hace tan general que uno siente como va perdiendo valor con el avance del texto. La revelación final de que se ha cambiado el nombre por Thomas Bernhard, en un guiño metaliterario que solo a los fanáticos les interesaría y que parece un mero recurso de marketing para vender este librito fuera de su país, no me convence lo más mínimo. Los escasos momentos de acción final, donde se relatan las aventuras de una noche de fiesta del quejumbroso autoexiliado se sienten como llegados demasiado tarde.

Aun y con todo, la obra no me ha disgustado en líneas generales. Es entretenida y ofrece una figura de interés. Ahonda en la firme convicción de pertenecer al sitio equivocado que muchos hemos pasado en nuestra adolescencia. El problema quizás -y también la chicha de la historia- se da cuando observamos que claramente Vega no ha sabido confrontar este sentimiento de una manera sana y se deja entender que no lo confrontará nunca. Si detesta El Salvador tiene que autoimponerse el rechazo de todo lo que ha experimentado durante los primeros veinte años de su existencia. La visión queda algo infantil y, aunque es perfectamente verosímil, deja de ser interesante por esto mismo. Posiblemente hay obras mejores de Castellanos Moya. Quiero pensar en que tiene que haberlas si David Pérez Vega recomienda al autor. Tenéis una reseña de El asco recién salida del horno en La medicina de Tongoy. Tiene ese toque de indignación hiriente tan particular de don Carlos en el que acusa a Castellanos Moya de plagiar sin mucho tino a Bernhard, de no tener amor propio, de ser un aprovechado y todas esas cosas. Como avisé al inicio, no estoy capacitado todavía para opinar así en este caso particular, pero no me parece mal presentaros una visión tan acérrimamente defendida para que los más expertos juzguen por sí mismos.


lunes, 21 de mayo de 2018

La hermandad de la uva, de John Fante



Henry Molise es un escritor, hijo de inmigrantes italianos, en la madurez de su carrera. Vive plácidamente en un chalet en Redondo Beach, una localidad periférica de los Ángeles, desde donde redacta sus best sellers y sus guiones para Hollywood, constituyendo (una vez más) una especie de alter ego del propio Fante. Su matrimonio no anda demasiado bien, sus hijos son unos jóvenes malcriados y su editor lo atosiga para recibir un manuscrito cargado de esperanzas que debía haberle llegado hace meses, pero, por encima de todo esto, Henry debe hacer frente a un problema mayor, quizás de resonancias bíblicas. Su envejecido padre, Nick Molise, todo un maestro de la edificación ya retirado, ha vuelto a armar revuelo en la casa de su infancia en San Elmo. Una sospechosa mancha de lo que parece un pintalabios barato ha sido encontrada por su mujer en uno de sus calzoncillos y la reacción del viejo ha consistido en moler a la pobre anciana a palos. Lo que ha constituido todo un revuelo en la pequeña localidad (con tarde en el calabozo incluida) podría desembocar en el divorcio de los padres de Henry. Ante el desentendimiento de los hermanos menores, el escritor, primogénito y predilecto hijo del constructor, se ve en la tesitura de tomar un avión y ejercer de mediador antes de que todo sea demasiado tarde. 

Al llegar Henry se encuentra una vez más con una falsa alarma. El matrimonio de sus padres parece ir viento en popa otra vez, bueno, siempre y cuando no tengamos en cuenta el alcoholismo del viejo Nick, su adicción al juego, las mujeres y su necesidad de seguir trabajando como albañil a pesar de haber superado ya los setenta y cinco años. Nick tiene un nuevo encargo y necesita un ayudante lo suficiente fuerte como para acarrear piedras de más de cincuenta kilos. Aunque Henry en un primer momento se niega a la proposición de su padre, entiende cuánto significa para él que uno de sus hijos se convierta en el albañil que siempre quiso tener cuando los concibió. De esta forma, se acabará enrolando en una disparatada aventura, comprendiendo que quizás esta sea la última oportunidad en su vida para hacer las paces con su progenitor, debido a su longeva edad y a su cuerpo comido por los vicios. 

En La hermandad de la uva vuelven a aparecer una serie de elementos que ya había observado en Llenos de vida, aunque el trato y el desarrollo de ambos libros sea ligeramente distinto y me animo a decir que en La hermandad de la uva considerablemente superior. El narrador vuelve a ser un escritor con problemas matrimoniales y laborales que regresa a la casa de sus padres y mantiene una compleja relación con estos. La figura de la esposa vuelve a tener un cierto aire a Zelda Fitzgerald, la de la madre vuelve a ser la típica napolitana ama de casa sumisa que finge desmayarse cada vez que ve a uno de sus hijos entrar por la puerta y la del padre tiene una vez más ese componente tiránico hacia su propia familia y servicial en relación con los que no son de su estirpe. Aparecen aquí unos hermanos, que no estaban en Llenos de vida y que, de la misma manera que Henry,  sienten a partes iguales tanto odio como lástima hacia el viejo. Esta inclusión me parece de lo más rico de la novela porque permite diferentes relaciones y visiones que dan muchísimo juego. Mientras que Mario tuvo que renunciar a su sueño de convertirse en jugador de béisbol profesional y Virgil nunca consiguió su puesto como jefe del banco a pesar de sus buenas notas, Henry logró asentar una sólida carrera como escritor (o al menos lo suficientemente holgada como para adquirir un chalet en la playa). Este dato despierta el recelo y la envidia de los hermanos, que se proyectará sobre el mayor cada vez que haya oportunidad para ello, generando un clima de hostilidad y de zancadillas fraternales derivadas de pequeños rencores del pasado.

Con La hermandad de la uva vemos también el típico retrato de la sociedad italoamericana que tiende a perfilar Fante, siendo esta vez mucho más exhaustivo, pero también cargado de prejuicios. La pasión fluye por las venas de cada personaje y se transmite al lector a través de unos diálogos y de unas reflexiones de Henry muy elaboradas y contundentes. Las bodegas de Angelo Musso o el saloncito del primer piso del Café Roma se construyen como escenarios que parecen mucho más italianos que estadounidenses y adquieren un cierto aura mágico, como si el zumo de la uva -el agua de cada día para Nick y sus ancianos compinches- se filtrará a través del papel, empalagando al lector con su aroma. La mayoría de los personajes son de ascendencia italiana y se tratan los unos a los otros como una gran familia junto a la que expresar tanto su amor como su infinita repulsión. Pocos son los que no cumplen con la simple premisa de ser italiano y cuando esta no se da se producen una serie de inconveniencias con las que Fante pretende dejar claro las altas cotas de racismo que podía alcanzar la sociedad rural estadounidense de mediados de siglo XX. No olvidemos que en su contexto los apellidos italianos estaban relacionados en el imaginario popular con las mafias, algo no desmentido por Fante, aunque la importancia de algunos momentos de esta novela recae en la realidad de que no todos los italoamericanos se dedican al crimen organizado. Son personas de carne y hueso, con sangre caliente, sentimientos, idas y venidas, sueños, amores y vicios como cualquiera.

Me animo a leer La hermandad de la uva ante la entusiasta y reciente reseña de Caminos que no llevan a ningún sitio, en la cual se percibe un amor hacia la obra de Fante contagioso. Ambos textos son poderosos, tanto la reseña linkeada como la novela del estadounidense traducida en Anagrama. Como habrán supuesto por la comparación con Llenos de vida, esta es la segunda obra que leo del autor. Siendo consciente de que aún me queda lo mejor por descubrir, os imploro que leáis (más que recomendaros) esta inusual joya. La hermandad de la uva es una novela que enfrenta a padres e hijos, a lo viejo con lo nuevo, y que trata de la resolución tardía de las cuentas pendientes, habla de la vida y de la muerte con una claridad y una pasión capaz de abrumar al impasible y obligarlo a merendarse su texto hasta el final.  Para aquellos que ya la han leído y disfrutado, tenéis todo un análisis elaborado de la obra en La Pasión Inútil.

Más reseñas de obras de John Fante en esta esquina: Llenos de vida


sábado, 19 de mayo de 2018

Siete casas vacías, de Samanta Schweblin




Con Siete casas vacías, Samanta Schweblin obtuvo el premio de narrativa breve Ribera del Duero. Esta edición incorpora, además, el cuento "Un hombre sin suerte", laureado con el premio Juan Rulfo, el francés, que no el caribeño de nombre similar. No soy un fanático de los galardones literarios y suelo ponerlos casi siempre en duda, ya que no son pocas las ocasiones en las que no se recompensa lo mejor, sino lo que más probabilidades tiene de hacerse un hueco en el mercado. Sin embargo, tengo predilección por los relatos de esta autora argentina, como ya habrán podido comprobar quienes sigan las publicaciones de la esquina. Schweblin suele desplegar un lenguaje metafórico en el que encierra a unos personajes sufrientes y descolocados, en unas ocasiones con una tendencia a narraciones más realistas y en otras con elementos neofantásticos propios del cuento argentino y al amparo de la larga sombra de Jorge Luis Borges y sus seguidores, como es ya tradición en su país. Schweblin nos enfrenta a situaciones de la vida con una perspectiva única, cargada de originalidad y conciencia crítica. Los motores que mueven a sus personajes son puramente emocionales. Recurre a la culpa, al miedo, a la nostalgia, a la melancolía, pero también al amor y al deseo. Todo este abanico sentimental se matiza con puntilladas de intereses de los personajes más secundarios, que normalmente no padecen, solo se preocupan de conseguir más y más. 

En Siete casas vacías se da un vuelco en este punto. En los siete relatos de este volumen la autora se desentiende de los elementos neofantásticos y hasta surrealistas que había empleado anteriormente y se centra en dar una visión subjetiva de unos hechos desligados de lo simbólico y perfectamente verosímiles y posibles, aunque por ello algunos de los cuales no dejarán de ser algo exagerados. En la reseña de Pájaros en la boca comenté que quizás el mejor cuento que no había aparecido antes era posiblemente el que daba nombre al libro. Este se caracterizaba por emplear una visión muy mordaz y exagerada, aunque realista, del dolor de una niña en el seno de una familia resquebrajada y del miedo que experimentaba su madre al ver como su niñita cometía actos enfermizos. Todos y cada uno de los relatos de Siete casas vacías retoman estos ambientes, familiares a la par que incómodos, y juegan a realizar diversas variaciones para sacar a la luz problemas de un nivel en extremo doloroso y desesperanzador.

Los dos primeros, "Nada de todo esto" y "Mis padres y mis hijos", se centran en el dolor derivado de la locura de los padres quienes son totalmente incapaces, no ya de cuidar a sus hijos, sino directamente de cuidarse a ellos mismos. Ambos están tintados con un toque de humor agridulce, que ya había visto en otros cuentos de la autora muy valiosos. La descripción de las acciones disparatadas de los personajes "locos" viene seguida de las reacciones de los personajes "cuerdos", que acaban desquiciados sin saber muy bien cómo resolver una serie de problemas presentados de improviso y para los que no están preparados.

Los dos siguientes, "Pasa siempre en esta casa" y "La respiración cavernaria", abordan también la locura de los padres, pero, a diferencia de los anteriores, dan un motivo de peso: la muerte de un hijo. La sensación de vacío ya no es en presencia de todos los miembros familiares como en los dos primeros relatos, sino por ausencia inevitable de uno de estos. La nostalgia por la pérdida del ser querido será el motor principal de las acciones de los personajes afectados, cuyo dolor aumentará ante la sensación de estancamiento frente al avance "como si no hubiera pasado nada" de los demás (representados en ambos casos por el universo de los vecinos). Hay que señalar que "La respiración cavernaria" es el relato más extenso de todos y posiblemente más pulido, integrando en él prácticamente todas las ideas del volumen. Por ello, es también mi favorito aquí.

Los tres que culminan el libro se separan ligeramente del ambiente claustrofóbico de las casas en las que Schweblin nos había encerrado y nos presenta nuevos y curiosos problemas. En "Cuarenta centímetros cuadrados" se produce una relación amor-odio entre una suegra y su nuera, quien sale a comprarle pastillas de noche en un barrio que no conoce y es acorralada ante su desconcierto por un vagabundo. En este relato está vivo el tema de la inmigración y de cómo el dejar atrás algo en un momento dado volverá contra uno en el futuro. Por otro lado, "Un hombre sin suerte" (de lo mejorcito también del volumen) habla de la buena voluntad desentendida del contexto social y cómo buenas acciones pueden ser malinterpretadas y castigadas por su aparente relación con ideas de lo más perversas. La originalidad y la incomodidad que se desprende tanto de este relato como del siguiente, por no decir de todo el libro, es abrumadora. Aquí la mente del lector puede ser un arma traicionera y Schweblin lo sabe y lo aprovecha en su favor. "Un hombre sin suerte" deja la misma sensación que "Mis padres y mis hijos", nos prepara para una situación desagradable y esta parece no llegar, parece quedarse en la puerta, asomada, expectante. Con "Salir", la autora completa sus Siete casas vacías. Aquí se llega a un punto de máxima claustrofobia y se produce una situación un tanto extraña, que me ha costado mucho interpretar, aunque básicamente trata de una huida de la vida cotidiana y de alguien en concreto (posiblemente un marido maltratador) de cualquier manera, pero con el doble miedo de dar un paso en la dirección que sea. La necesidad de salir de casa se materializa en su imposibilidad, en su deseo frustrado y triste, infeliz y hasta cierto punto cómico.

En la blogosfera podéis encontrar reseñas para todos los gustos. Con la que más empatizo es con la de La orilla de las letras (al grano y con las palabras necesarias) , pero otras muy recomendables también podrían ser las de Mégara (esta está un poco sobredimensionada, por si os quedáis con ganas), Lo que leo lo cuento (emotiva y que señala puntos que ni se me habían pasado por la cabeza) y C de Cyberdark (porque no todo son comics y ciencia ficción en esta vida). Valoro positivamente la madurez alcanzada por la autora en estos cuentos más recientes, que he disfrutado como un enano, y os los recomiendo encarecidamente. Lo siguiente que leeré suyo será la novela Distancia de rescate. Este verano, sin falta.

Reseñas de otras obras de Samanta Schweblin en esta esquina: El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca,
 

martes, 15 de mayo de 2018

Magma, de Lars Iyer



Lars y W. son dos intelectuales que han fracasado en su sueño de convertirse en escritores memorables al no encontrar ideas originales que se lo permitiesen. Sus aspiraciones y su desengaño los han unido en un momento vital donde su mutuo pesimismo los alimenta a no hacer nada y a verse a sí mismos como unos desgraciados totalmente prescindibles del sistema literario. Intentan llevar una vida lo más parecida a aquellos que consideran sus modelos, sus líderes. Con Kafka en un pedestal, pero también admirando las películas de Béla Tarr, las reflexiones de Levinas, Blanchot y Spinoza, deciden construirse una vida tormentosa que sin duda no tienen, porque piensan que solo en la decadencia una persona puede convertirse verdaderamente en un escritor. Para ello recurren a una exageración tras otra con la idea de que si se parecen a Kafka podrán convertirse en Kafka y dejar de ser unos exégetas cualquieras, unos meros comentaristas intrascendentes que viven a la sombra de los demás como Max Brod. W. piensa que cuanto mayor sea dicha exageración más cerca estará de un sueño que al mismo tiempo considera imposible de lograr. Entre esta impostura y el suicidio gira, con mucho humor, la vida de estos dos intelectuales, a los que en realidad no les ocurre nada, pero que tratan cualquier mínimo detalle como si fuera una prueba innegable del apocalipsis que está por venir. No vaya a ser que les pille por sorpresa.

La relación de W. y Lars ya está fuertemente asentada cuando comienza la narración, pero solo cuando nos vayamos adentrando en ella seremos conscientes de la auténtica toxicidad de la misma. Lars, narrador de la novela, nos va dando todo tipo de detalles sobre su "amistad" con W., esta en el fondo es una relación de dependencia y de retroalimentación de sentimientos y esperanzas de lo más negativas. Lars es una persona en medio de una búsqueda desesperada de la aceptación de un igual y si bien encuentra ésta en W., la razón se debe a que aquel a quien considera su amigo no es más que un charlatán sin ínfulas que quiere ver potenciado su ego a través de la admiración de alguien más. W. tiene un coeficiente intelectual ligeramente superior al de Lars, o eso dice él, y por lo tanto se cree con todo el derecho a humillarlo constantemente a sabiendas de que su "amigo" no hará nada porque desea demasiado no quedarse solo en este mundo. Lars siente por W. una extraña mezcla de admiración y desprecio, mientras que W. solo siente desprecio y necesidad de despreciar, necesidad de creerse mejor que alguien. Tanto el uno como el otro dan lugar a situaciones y conversaciones de lo más cómicas, al tiempo que el lector puede experimentar hacia ellos una inmensa compasión.

Son sujetos atrapados en sí mismos, como en un vórtice que les ciega y les aleja cada vez más de unos objetivos de los que dicen que han desistido, aunque esto no sea así del todo. La novela crea una sensación de inacción que se vuelve necesaria para comprender la situación y la relación entre ambos. Esta sensación funciona bastante bien por el tono tan original e inteligente que emplea Iyer, donde se hace uso de un humor absurdo muy inglés, que a veces puede recordar a las películas de los Monty Python, aunque en algunas escalas de la historia -o no-historia- se puede volver algo cansino y hasta repetitivo. Para paliar un abuso de la inacción en la obra, Iyer inserta la simbólica trama del piso de Lars, el cual está siendo devorado por una humedad que nadie sabe muy bien de donde viene. Esta trama se va intercalando y nos recuerda que aunque el texto parece estanco en sí mismo, nuestros dos personajes se dirigen en su no hacer nada productivo a una perdición que ellos mismos han elegido y de la que se culpan el uno al otro, W. más a Lars que Lars a W., pero en definitiva el uno al otro.

Magma  ofrece una historia de lucidez y constituye una crítica feroz al mundo de los intelectuales atormentados por cuestiones vacías. Tiene mucho de humor universitario, aunque no es preciso conocer todas las referencias ni haber pasado por este sistema para poder apreciarlo, ya que las claves han sido desperdigadas con suficiente claridad en su superficie. Goza de algunas reflexiones y algunos párrafos por los que merece bastante la pena detenerse, aunque otras ideas, como  digo, se vuelvan redundantes e innecesarias. El libro lo tengo desde hace ya varios años, pero he ido postergando su lectura, sobre todo después del varapalo de Todo va bien, publicado en la misma editorial y que entendí equivocadamente en la misma línea. De un tiempo a esta parte han aparecido ya dos continuaciones de esta historia de "amistad" entre Lars y W.. ¿Puede que las adquiera y las lea en algún momento? Pues, quizás. Si queréis echar mano a otras opiniones de expertos sobre Magma tenéis las de El lamento de Portnoy (como siempre, con un millar y medio de referencias) y Un libro al día (más asequible, sucinta y con la que medio coincido).



sábado, 12 de mayo de 2018

La librería, de Penelope Fitzgerald




Tras el reciente vapuleo en los Goya de la adaptación que hace Isabel Coixet de esta novela (filme que todavía no he tenido la ocasión de ver) y habiendo observado en estos meses un aluvión de reseñas para todos los gustos, decido sumarme a la moda por una vez y leer La librería. ¿Qué esperaba encontrar? La verdad, es que no tenía en mí unas espectativas demasiado altas. Dos de mis sitios de referencia (Devoradora de libros y Lo que leo lo cuento) la habían aclamado en su momento con ciertas reservas y mientras que los expertos de Un libro al día habían dejado claro que la obra de Fitzgerald pasaría por la mente de los lectores sin pena ni gloria, en Leer sin prisa intentaron hacerle una defensa que no terminaba de convencerme del todo. Creo que en líneas generales la mayoría coincide en que La librería no es el mejor libro del mundo, ni siquiera es un buen libro sobre libros -como cabría esperar con ese título y esa sinopsis de Impedimenta-, ya que paradójicamente en la novela lo que menos importa es que la protagonista monte un negocio para vender libros. Es decir, uno se queda con la sensación de que podría haber montado una tienda de discos, una barbería o un restaurante de comida árabe y casi nos habríamos quedado igual. Os hago una sinopsis y me explico.

Florence es una viuda de mediana edad que decide volver a Hardborough, el pueblo perdido de Suffolk, al final de una carretera tortuosa entre los pantanos de la región en la que se crió, con el objetivo de montar una librería, no porque sienta un amor incondicional por los libros -que obviamente es una parte importante de su vida-, sino porque en ese triste páramo nunca había habido una antes. Florence siente que debe llevarles a los habitantes de Hardborough un poco de cultura para luchar contra el aislamiento que sufren, pero es aquí donde se lleva un golpe inesperado. Los suffolkeños, de naturaleza conservadora, no están habituados a los cambios y menos a todos los que se propone introducir Florence en un período de tiempo tan breve. 

Y es que, como digo, La librería  no trata sobre una librería. Las referencias a la vida cotidiana en uno de estos establecimientos y las reflexiones sobre muchos otros libros, ese sentimiento de pasión y casi de obsesión por los libros que encontramos en otras novelas sobre librerías no aparece aquí. Para Fitzgerald lo verdaderamente importante es ese clima de hostilidad que se forma como la niebla baja en esos pueblos cerrados en sí mismos que ante el mínimo atisbo de novedad sienten sobre sus espaldas el peso de una amenaza a sus costumbres y a su idiosincrasia. Florence es una mujer fuerte, que va a luchar por su sueño, a pesar de su avanzada edad y de la soledad que envarga a una persona tras la muerte de la pareja tras muchos años. Se va a levantar contra viento y marea, siendo por ello admirada por los personajes más ilustres de la comunidad como el señor Brundish, pero también generando una serie de recelos entre otros miembros con mucho poder como la señora Gamart, que especularán para verla caer por el mero disfrute de salirse con la suya.

En Un libro al día dicen que en La librería no ocurre gran cosa y que esto juega en contra de la novela. Es cierto que la acción está muy limitada, pero esto se debe a la búsqueda de una atmósfera que creo que la escritora consigue crear lo suficientemente bien como para que el lector no se aburra. Se emplea un tono dulce, muy inglés, con lo que se da a entender que La librería es una novela de entretenimiento y en ese discurso monótono y pastel es donde Fitzgerald coloca una serie de perlas de mordacidad, principalmente en los diálogos de los personajes, con las que se va enturbiando paulatinamente la imagen de Hardborough. 

Como novela, La librería es un gusto de lectura. Con muy humildes aspiraciones consigue unos personajes vivos y entrañables, pero deja una sensación de vacío y de final precipitado. Algunas de las tramas tienen un escaso y a veces un intrascendental  desarrollo. La que podía ser la más interesante sin duda para la obra (la llegada al pueblo de la primera edición de Lolita de Vladimir Nabokov con toda su polémica detrás) no se aprovecha en absoluto por la autora y queda como una mera anécdota de la etapa en la que Florence tenía una librería. Normalmente no suelo decir esto: pero aquí tenemos a una novela a la que le hubiera venido maravillosamente unas cuantas páginas más.



domingo, 22 de abril de 2018

Duelo, de Eduardo Halfon



Eduardo Halfon tiene un recuerdo de la infancia que, aparentemente, lo lleva persiguiendo toda su vida. La imagen de un niño ahogándose en el lago que quedaba cerca de la finca de sus abuelos en Amatitlán (Guatemala), donde se habrían refugiado él y su hermano menor durante la guerra. La idea de que este niño se llama Salomón y es el espíritu de su tío que murió a la más tierna edad lo lleva a emprender una investigación de la que promete a su padre no escribir nada. De esta forma, el escritor guatemalteco compone una interesante, aunque algo sucinta, novela cargada con tintes autobiográficos y que hasta cierto punto mezcla lo que suponemos que son hechos reales con otros de un matiz mucho más fantástico.

La historia está compuesta con pequeños retazos de detalles acerca de Halfon y su obsesión con el niño Salomón desde que intuyó la existencia de este hasta que finaliza la redacción del texto ya en la edad adulta. Se van produciendo una serie de saltos temporales a través de los cuales Halfon pretende justificar su propia identidad en la búsqueda de la verdad acerca de la muerte de su tío y esto le lleva a hablarnos sutilmente de toda su familia, donde destacan principalmente sus dos abuelos, uno de origen libanés y otro de origen polaco. Ninguno de los dos pertenece a la tierra de Guatemala, al igual que el mismo Halfon que huye con su familia por la guerra a Nueva York, donde se acostumbrará más a hablar en inglés que en su lengua nativa. Persiste aqui la mítica figura del judío errante. Quizás sólo Salomón, su tío ahogado, sea el único guatemalteco de la familia y su muerte en la misma tierra parece responder a una suerte de maldición con la que carga la familia Halfon y todos los que en dicha familia fueron bautizados con el nombre de Salomón o sus variantes hebreas. De esta forma se gestiona magistralmente una intriga en base a esta búsqueda de los orígenes y se crea un aura de misterio que corona cada muerte familiar, cada muerte salomonesca.

La novela está también muy focalizada en los vínculos de afecto y competición que establecen dos hermanos varones. La lucha de Halfon se encuentra con su hermano, aislado del mundo en su apartamento de París, ya que tras una serie de muertes de Salomones (su tío, su tío abuelo, etc.) la familia decidió desterrar el nombre para siempre. ¿Puede la no elección de un nombre evitar sucesos de índole sobrenatural como la aparente maldición de los Halfon? ¿Es Eduardo un falso Salomón que debe morir o, por el contrario, puedo serlo su hermano? La psicosis de Halfon lo llevará a una investigación que justifique sus recuerdos y que le lleven a desentrañar esta duda para poder ganar un más que valioso duelo, el que incumbe a su vida.

Como novela he de decir que Duelo es una pequeña delicia, pero deja una sensación insatisfactoria, quizás por finalizar demasiado pronto y por excluir demasiados detalles que podrían haber sido inventados perfectamente por el autor. El toque de novela de no ficción mezclado con ese componente esotérico tan propio de los escritores más clásicos de Centroamérica me ha gustado bastante, así que espero poder volver a repetir con el guatemalteco. Esta vez, eso sí, con una obra un poco más elaborada. Tenéis otras reseñas en Un libro al día (donde comentan, no sin razón, lo caras y breves  que suelen ser las publicaciones de este Halfon en Libros del Asteroide) y en Ni un día sin libro (donde son fieros defensores de la prosa del autor).



jueves, 12 de abril de 2018

El país de los ciegos y otros relatos, de H.G. Wells



Recopilación de bolsillo de tres cuentos de H.G. Wells que hizo la Editorial Península en su colección Vidas Imaginarias hace unos veinte años. De esto va cada uno:

  • La puerta en el muro: Un hombre recuerda la última conversación que tuvo con su amigo Wallace antes de que este muriera. Dicha conversación giraba en torno a una misteriosa puerta verde en un muro blanco que se le aparecía a Wallace en los momentos más cruciales de su vida y que recordaba haber atravesado en la infancia, descubriendo un jardín donde los males de la vida mundana parecen desaparecer y todo se materializa en una sensación de felicidad sin límites. Wallace recuerda de forma difusa lo que sucedió en esta finca de sus sueños, pero es consciente de que la puerta no siempre está en el mismo lugar y que es inútil buscarla porque sólo se presenta cuando se le antoja. Wallace vuelve a encontrarse con la puerta verde en el muro blanco una y otra vez en su vida y cada vez que pasa de largo su carrera pega un salto considerable hacia adelante, pero esto no le trae felicidad.
  • El país de los ciegos: Núñez es un montañero ecuatoriano que, acompañando a una expedición inglesa que pretendía escalar los Andes, se cae por un precipicio y llega al país de los ciegos, una comunidad aislada del mundo en el que sus habitantes no conocen el sentido de la vista. Como Núñez es el único que allí ve, se cree con todo el derecho a gobernar y no va a descansar hasta que le rindan culto. Sin embargo, los ciegos consideran a Núñez alguien torpe, porque aún teniendo la vista intacta se tropieza, y mentalmente a medio formar, porque dice cosas incoherentes sobre los colores del cielo y unos ciegos que al parecer son ellos. Así que al principio no le prestan mucha atención y luego intentan enseñarle a desenvolverse en la aldea. Aunque Núñez no se lo toma demasiado en serio, sus ambiciones acabaran ocasionando un fuerte conflico que podría no tener remedio.
  • Historia del difunto señor Elvesham: Un joven huérfano apellidado Edén se cruza con un anciano filósofo llamado Elvesham que, por algún extraño motivo, quiere cederle todas sus propiedades a un desconocido como él antes de morir. Para ello Edén solo tendrá que aceptar una condición, adoptar el nombre de Elvesham. Lo que no sabe es que accediendo a este pacto con el filósofo podría perder su propia vida y convertirse en un decrépito viejo. 

Puede decirse que los tres relatos me han gustado bastante. Están escritos dentro de la tradición de la narrativa fantástica y juegan a ofrecer narraciones de dudosa veracidad, pero con tramas muy atractivas y sugerentes. En el primero esto se consigue mediante la figura de un narrador testigo, pero que tiene unos claros sentimientos con respecto a su amigo Wallace, irremediablemente superior a él en todos los aspectos fundamentales de la vida. El narrador siente envidia y admiración por Wallace y se expresa con cierta malicia en relación a la muerte de este, por lo que no es de extrañar que inventara parte de la fantástica historia de la puerta verde. En el segundo, la caída de Núñez desde un luegar tan alto y su milagroso aterrizaje sobre la nieve a escasos metros de las rocas del prado previamente al descubrimiento del país de los ciegos lleva a sospechar la probabilidad de que todo pudiera ser un sueño. En el tercero de los relatos, los personajes sospechan sobre la demencia del narrador y esto nos vuelve a poner sobre aviso. El final tan cerrado que tiene, además, está colocado con ese fin: mantener la duda.

Una pega a tener en cuenta es el abuso de adjetivos en buena parte de los relatos. Wells recurre mucho a la descripción, pero no encuentro imposible realizarla prescindiendo de buena parte del lastre de calificativos que de tanto emplearse pierden cierto valor. Por lo demás, unas historias entretenidas con las que reflexionar sobre las fronteras de la vida y la muerte, sobre la tiranía y la corrupción y especialmente sobre el egoísmo humano. Todos y cada uno de los protagonistas de los relatos (Wallace, Núñez y Edén) se dejan guiar por un fin egoísta, queriendo o bien poder o bien placer. Los textos están muy cerca de la línea que adopta García Márquez en sus narraciones y cuentan con referencias platónicas y bíblicas curiosas.

sábado, 7 de abril de 2018

La dama desaparece, de Ethel Lina White



Una joven llamada Iris Carr regresa de sus vacaciones en un extraño país del centro de Europa tomando un tren expreso que debería dejarla en Trieste, desde dónde se embarcaría en un ferry que debería dejarla en su Inglaterra natal. Ha tenido unos últimos días algo turbulentos que le han llevado a separarse de su grupo de amistades y se encuentra presa de una fuerte inseguridad cuando una amable señorita también inglesa le tiende una mano en el compartimento del vagón. Es la enigmática señorita Froy, institutriz al servicio de un importante hombre del partido comunista que pretende derrocar al gobierno de este país que abandonan, jovial solterona que aún tiene gestos de adolescente romántica y sobre todo filantrópica lingüista, que por algún motivo se esfuma del tren sin dejar rastro mientras Iris se echa una cabezadita. Aunque Iris le ha presentado la señorita Froy a varios de los compatriotas que viajan con ellas, parece que ahora nadie se acuerda y esto la coloca en una complicada situación porque nuestra protagonista está segura de la existencia de la mujer y no va a rendirse hasta encontrarla, para ello no le importará lo más mínimo si tiene que perder su cordura.

La dama desaparece nos plantea una estructura básica de thriller psicológico que tanto le debió de gustar a Hitchcock si luego dirigió la adaptación. Un personaje desaparece sin dejar rastro y todo parece una conspiración en contra de la joven Iris, que al igual que la señorita Froy no tiene enemigos con la suficiente sangre fría para maquinar algo de tales proporciones. Dejando de lado explicaciones fantásticas que con el tono de la novela serían totalmente decepcionantes, nos quedan escasas o nulas opciones para resolver un misterio de habitación cerrada que se tornará más y más inquietante a cada página. La teoría de las alucionaciones de Iris (apoyadas principalmente en una insolación que sufrió antes de montarse en el ferrocarril) son asumidas como ciertas por todos los personajes salvo por ella misma, a quién, E.L. White, con gran habilidad le coloca un narrador focalizado que "parece" seguirla sin pestañear. Se construye así una pugna entre dos visiones de los hechos muy distintas y que ganan o pierden valor a medida que avanza la trama. No obstante, el final sigue siendo algo predecible y al  mismo tiempo deseado por el lector, por lo que se puede decir que sólo defrauda a medias.

Como novela La dama desaparece es ciertamente muy entretenida y genera una intriga que engancha mucho al lector. Los personajes se sienten sólidos, aunque algo manidos en relación con la novela británica que se estaba haciendo por aquella época (1930s); lo agradable es que se puede llegar a empatizar con ellos y entenderlos sin muchas complicaciones. Otro peso molesto en la narración es la sensación de desperdicio del espacio imaginado por la autora, que sitúa la obra en un país extranjero sin olvidar que sus lectores son ingleses, muy ingleses y mucho ingleses. Las alusiones a la madre patria y el espíritu londinense empapan toda la historia y uno tiene la sensación de que da igual a dónde va y de dónde viene el tren si al final todos los personajes con un mínimo de voz en la obra son ingleses muy orgullosos de ser ingleses. Los lugareños del país centroeuropeo quedan como patanes y sujetos cargados de malicia, con lo que no tengo mucho problema si no fuera porque la distinción realizada es tan simple que deja mucho que desear y refleja un desconocimiento y unos prejuicios mal llevados por parte de la autora. Aún y con todo, he de decir que no me ha disgustado la novela y que tiene giros argumentales bastante interesantes, muy bien dispuestos y que cumplen con creces con lo esperado de una novela de misterio. La acción no es un frenesí que te deje jadeando y eso es de agradecer porque se nota el mimo de la autora hacia Iris y sus compañeros de viaje. El motor principal de la narración son los devaneos de Iris que se parte la cabeza pensando en dónde puede andar una persona que quizás ni existe. De vez en cuando se introducen otras historias secundarias que acaban explicando los extraños comportamientos de los personajes secundarios en relación con la desaparición de la señorita Froy para que no queden cabos sueltos ni personajes que se sientan demasiado planos. Con algunos esto funciona y con otros no; la verdad es que no me hubiera importado una novela más detenida y extensa a cambio de una mayor profundización, pero es lo que hay. Insisto en que la novela no es mala, pero en mi opinión le falta algo. Tenéis una reseña mucho más detallada y entusiasta que esta en Leer sin prisas, donde le han cogido mucho gusto a la autora. Supongo que habrá que darle otra oportunidad, posiblemente lo siguiente será La escalera de caracol. ¡Ya os avisaré!



miércoles, 4 de abril de 2018

La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata




Teniendo en cuenta los tabúes de la sociedad japonesa con respecto al sexo no es de extrañar la verosimilitud de una historia como la que nos cuenta Yasunari Kawabata en La casa de las bellas durmientes. Estas represiones de los japoneses son precisamente las que les llevan a expresar su deseo sexual de las formas más bizarras que pueden concebirse. Si bien La casa de las bellas durmientes no es una novela estrictamente erótica, queda en ella reflejada esta particularidad tan propia de la idiosincrasia nipona en la que no sólo la lujuria, sino todo lo que pueda estar relacionado con ella de manera remota debe ocultarse a la vista de los demás para no padecer una humillación pública. La discrección y la sutileza son espacios predilectos en los que Kawabata desarrolla sus narraciones y que le llevan a una ambigüedad y a un uso de la elipsis que me deja los ojos como platos cada vez que lo leo, pero aquí va un paso más allá, pues trata temas mucho más delicados que en otras novelas suyas que ya había leído y busca en un intento de aproximación a su amigo Yukio Mishima dotar a su texto de una cierta atmósfera que incomode a quién decida penetrar en ella. 

La trama está centrada en la experiencia de Eguchi, un anciano que aún conserva su virilidad (dato fundamental para entender qué ocurre), que, por recomendación de otro jubilado amigo suyo, decide asistir a una especie de burdel en el que los clientes, todos sin excepción en el ocaso de la vida, no mantienen sexo con las jovencísimas chicas que allí trabajan, sino que simplemente duermen con ellas el transcurso de una noche. Las chicas han sido previamente narcotizadas para este fin con unas drogas tan fuertes que ni siquiera golpeándolas salvajemente se despertarán. Ellas son las bellas durmientes y los viejos que las visitan ya hace mucho tiempo que dejaron de ser príncipes azules con capacidad para "besarlas" y despertarlas de su eterno descanso, si es que alguna vez lo fueron. El problema reside en que Eguchi aún cree seguir siéndolo y durante todos sus encuentros sentirá la fuerte tentación de agredir o violar a sus compañeras de cama para empaparse así de la juventud de estas y dejar de lado la fealdad que le ha traido el inexorable transcurso de los años. 

Al mismo tiempo que Eguchi tiene estas ansias de despertar a las muchachas bajo cualquier medio, aunque sólo sea para hablar un rato con ellas, le sobrevienen a la mente todas y cada una de las relaciones que ha mantenido con las mujeres de su vida (ya sean estas relaciones sexuales, amorosas o familiares). Recuerda los amables gestos de las amantes de su juventud y las tiernas carnes de las de su madurez, la soledad de su anciana esposa en la litera conyugal vacía, la cara de preocupación de su hija menor ante un conflicto familiar, la forma tan particular que tenía de hablar su difunta madre, etc. La casa de las bellas durmientes y su enrarecido ambiente se convierte en una forma de volver a ponerlo en contacto con las mujeres y de perdonarse por el daño que les ha causado. Los viajes de Eguchi desde el suelo del tatami con sesenta y siete años a su lúbrica juventud se producen con el mayor lirismo del que es capaz Kawabata, que es, como cabía esperar en él, particularmente bello. Estos recuerdos se entretejen a su vez con sueños cargados de símbolos y con pesadillas donde la culpa arrasa el alma del viejo Eguchi.

Kawabata trata aquí, además, la dicotomía viejo/joven a través de los personajes que comparter cama. Eguchi es incapaz de acceder a la juventud al no tener fuerza ni seguridad en sí mismo para intentar de una vez por todas despertar a su compañera. La muerte lo vigila de cerca y sus pasos ya son torpes y cansados. La joven duerme a su vez ignorante de este peligro lejanísimo que es la vejez con todas sus dolencias. Su sueño es profundo, inquebrantable, y relajado, mientras que Eguchi se muestra cargado de un fuerte nerviosismo ante la constatación de que su hora acabó y el tiempo se le escapa. También se vincula magistralmente las ideas del sueño y la muerte. Las chicas duermen tan profundamente que el viejo no para de preguntarse si estarán o no muertas y no puede evitar sentir por ese sueño tan profundo, tan cercano al descanso definitivo, una cierta envidia hasta el punto de solicitar a la madame las mismas pastillas que ella les administra para dejarlas en semejante estado. Eguchi puede presenciar una cierta belleza en la muerte y la quiere para sí como despedida final de su paso por el mundo.

En definitiva, una extrañísima novela breve escrita con una de las mejores plumas de las letras japonesas que guarda un mensaje profundo y desesperanzador con la vida. La desagradable pega aquí es la fuerte ideología machista sobre la que se cimienta la obra y es que a fin de cuentas las mujeres en La casa de las bellas durmientes sólo acaban sirviendo de objetos para que Eguchi, un hombre, se explique a sí mismo y son siempre sometidas por él y por sus compañeros del mismo género. Todo lo cual se vuelve mucho más perturbador si tenemos en cuenta que aunque las chicas no tengan sexo con los viejos estas duermen desnudas con ellos y a alguna que otra todavía le queda para cumplir lo que en España se considera la mayoría de edad. Kawabata ganó a pesar de este componente rancio el Nobel en 1968, lo que tampoco es de extrañar, porque como escritor es una maravilla, pero más de uno dudaría si entregárselo a día de hoy tras leer una novela como esta. ¡Avisados quedáis! Tenéis más reseñas en Un libro al día (un poco en la línea de esta), Koratai (siempre expertos en literatura japonesa, aunque aquí escriban una reseña algo sucinta) y Devoradora de libros (que escribe una genial reseña relacionando esta novela con otras de Tanizaki y García Márquez).

Más reseñas de obras de Yasunari Kawabata en esta esquina: Mil grullas, País de nieve



domingo, 1 de abril de 2018

Congreso de futurología, de Stanisław Lem





En un futuro próximo que el Lem de comienzos de los setenta sitúa a finales de los ochenta los hoteles han dejado de recibir a turistas y viajeros para convertirse en grandes rascacielos dentro de los cuales múltiples asociaciones realizan los congresos más variopintos que alguien pueda imaginarse. Ijon Tichy asiste en este caso al hotel Hilton en la ciudad de Nahaus, capital de un nuevo país centroamericano llamado Costarriciana, que destaca por albergar problemas demográficos severos, y es que en Costarriciana, como en otras tantas partes del globo, no sólo hay más personas que espacio, sino que también los recursos se han visto reducidos hasta el ridículo. Esto ha provocado que una buena porción de la población decida revelarse con armas contra los que viven en el lujo, o lo que es lo mismo, los que pueden permitirse asistir a congresos como los que asiste Tichy. La desinformación y la anarquía impera en las calles y el precio de la vida humana se ha visto enormemente rebajado hasta un punto en el que nadie se preocupa ni se asombra ante las agresiones o las muertes ajenas. La violencia se ha automatizado y se usa como instrumento de rebelión contra la farmacocracia de los gobiernos que rocían a los insurgentes con alucinógenos desde sus cazas. Se han creado todo tipo de drogas para calmar a los revolucionarios y sumergirlos en los mayores vicios que sus mentes puedan crear a fin de que no se les ocurra abrir la boca ni coger un rifle y volarle la cabeza a nadie sin que ellos lo precisen. En medio de todo este barullo y ante la amenaza de bomba inminente, Tichy está listo para presenciar el vertiginoso primer día del Congreso Internacional de Futurología. Allí se ofrecerán numerosas soluciones a los problemones que estamos viendo hasta el momento en el que la realidad choque contra la cúpula de cristal de los académicos y tengan que salir por patas del Hilton. ¿A dónde nos llevará todo esto? ¿Será Tichy capaz de encontrar una salida para esta injusticia de apariencia inexorable que se cierne sobre la población? ¿Tendrá capacidad real para cambiar el mundo algún importante futurólogo o se quedará todo en meras conjeturas?

Con Congreso de futurología Lem trata de mostrarnos una visión más que posible de un turbio mañana en el que la mentira se vuelve necesaria para seguir viviendo. El tiempo es escaso y los problemas son tantos que cuando uno sea verdaderamente consciente de la gravedad de los mismos no encontrará sentido a la propia vida. En esta línea se puede decir que muestra una visión desgarradora y muy pesimista sobre el sino de la sociedad mundial. La droga se ha vuelto tan necesaria para la vida como el aire o el alimento y se usa indiscriminadamente porque matar físicamente no es correcto en lo moral, pero engañar durante toda una vida es hasta cierto punto permisible. El quid de la paradoja nos lleva a una pregunta esencial: ¿son las propuestas de los futurólogos también meras cortinas de humo? Se parte de la dicotomía realidad/ilusión y se estructura toda una novela en base a dicha dicotomía, acercando y dilatando una y otra vez ambos conceptos. En un cierto momento Tichy queda drogado por el gas de las BAP (Bombas de Amor Propio), que lanza la policía contra los rebeldes que tratan de tomar el hotel Hilton, y se esconde, junto con otros futurólogos en una cloaca, dentro de la cual trata de dormir, teniendo numerosas pesadillas/alucinaciones en las cuales el tono de Lem no se despega casi nada del que había utilizado hasta entonces, que se destaca por ser disparatado, satírico y en ocasiones hasta obsceno. Y esto pone en quiebro a un lector que no puede evitar dudar hasta qué punto son reales (dentro de la narración) dichas alucinaciones y las de otros personajes. 

La mayoría de los personajes que deambulan por esta novela de Lem pasan la mayor parte del tiempo bajo el efecto de los narcóticos, son manejados tanto por los gobiernos como por el propio Lem que los conduce en un cúmulo de casualidades al lugar preciso en el momento necesario. A partir de la mitad de la novela esta se rompe tras un suceso que no me atreveré a mencionar, por no reventarle la trama a nadie, y se comienza un estilo de narración más fragmentario pero que sigue dependiendo de las percepciones del narrador en primera persona, es decir, de Ijon Tichy. Se da un vertiginoso salto temporal y se pausa un texto en cuyo ritmo precipitado cuesta entrar y en el que una vez dentro te sacan como de un manotazo. Comienzan una serie de páginas más lentas y repetitivas que sólo ganarán mucha fuerza rozando el final de la novela. Tengo que señalar que este cambio me ha parecido sumamente brusco y que si bien no considero que haya sido una mala decisión por parte del autor sí que creo que es difícil hacerse a él in media res y tras todo lo leído. Es como si de pronto comenzara una historia totalmente nueva y que sólo está vinculada remotamente con la anterior. Costarriciana y Nahaus desaparece, los futurólogos se esfuman y el ambiente cambia drásticamente. 

Más allá de todo esto he de señalar y agradecer a Lem esa preocupación que tiene aquí con la idea del lenguaje como elemento que viaja y que se transforma a lo largo del tiempo con los sujetos que lo hablan. Palabras tan actuales hoy como tuitear o memes pasarán a mejor vida dentro de no tanto tiempo como creemos y otras medio abandonadas se revitalizarán mediante nuevas y extrafalarias acepciones en función del camino que decida escojer de forma definitiva la humanidad en este mismo segundo en el que estáis leyendo esta reseña. ¡Boom! Lem coincide con la teoría semiótica al dar a enteder que el ser humano sólo es capaz de dotar de realidad aquello que puede expresar. Lo inefable no puede ser pensado y por tanto no puede construirse un futuro en torno a este.

He de admitir, por tanto, que salvo el desigual y chirriante ritmo de la narración, Congreso de futurología es una buena novela que tiene mucho sobre lo que reflexionar y que funciona genial como protesta social en base a una distopía perfectamente posible y que será la delicia de los lectores más conspiranoicos. Me alegra haberla podido leer y disfrutar, ya que le tenía muchas ganas desde que pude ver la adaptación fílmica del israelí Ari Folman hace ya unos tres o cuatro años. Sin embargo, la adaptación se separa muchísimo de este texto original de Lem y hasta cierto punto, desde una visión más actual que no le quita mérito ninguno, lo remedia y le da cierto lirismo que yo no he encontrado en esta novela, bastante más filosofica que literaria en muchas de sus escalas. Tenéis una especie de análisis comparado del libro y de la película en el siempre genial Lamento de Portnoy.

Más reseñas de obras de Lem en esta esquina: El hospital de la transfiguración, La investigación




miércoles, 28 de marzo de 2018

La pequeña pasión, de Pilar Pedraza



Mucho antes de la llegada de Freud ya se había hablado del ser humano como ese animal que lucha consigo mismo por ocultar/reprimir una serie de impulsos que considera grotescos y que no encuentran cabida en la sociedad moderna. No hablo ya de la máscara de lo políticamente correcto, que en su superficie intenta liberarnos de nuestros prejuicios con un lenguaje y una forma de actuar que en muchos casos se torna artificiosa y que suele secundarse en pos sólo de agradar a quién tenemos enfrente. Pilar Pedraza en esta breve, pero sólida, novela va mucho más allá de todo esto y nos plantea un problema que se vincula directamente con los conceptos nietzscheanos de eros y thanatos, el sexo y la muerte, que nos conducen a una determinada conducta instintiva a través de la cual aparecerían todo un conjunto de sensaciones y sentimientos que transitan desde el amor al miedo, pasando por el asco o la tristeza. La protagonista de La pequeña pasión lucha para no sucumbir a estos instintos, pero no niega la tremenda atracción que le provocan ideas tan mórbidas como su propio deseo de sufrir o de morir y esto le crea un complicadísimo dilema porque al mismo tiempo no desea aquello que le atrae o no quiere desearlo por no considerarlo correcto. Con ella vendrá una culpa autoimpuesta que habrá de fustigar -y deleitar (o elevar)- su alma a lo largo de las ciento y pico páginas que tiene esta edición de Tusquets. Hay aquí, al igual que en Paisaje con reptiles, una retórica sadomasoquista construída en base a símbolos muy claros y desvinculados de lo estrictamente sexual que le aporta un tono trascendental, aunque bien llevado, a una narración que roza lo deprimente por su lenguaje sin tapujos que saca toda la cloaca interior del ser humano.

Nuestra protagonista es una historiadora que pasa por un momento crucial en su vida, en el que sólo puede dejarse llevar y experimentar las sensaciones del futuro reciente y truculento que le tocará vivir. Su situación durante toda la novela dependerá en buena medida de tres hombres muy distintos y con los cuales guarda relaciones en las cuales el amor se ve expresado de maneras muy dispares. Por un lado está su marido (Gabriel), médico aficionado a las motos que la engaña con una tal Marina. La historiadora no parece tener nada en común con él en este momento vital, pero la llama de la pasión de hace años (¿o será la simple costumbre?) sigue latente en ella. Se trata de una relación posesiva en la que ella lo quiere para sí al completo, él cree que puede hacer lo que le dé la real gana y ninguno de los dos tiene pinta de querer dar su brazo a torcer. Gabriel sabe que hay algo mal con su mujer y se siente atraído y repelido por el abismo que encuentra en ella.

El segundo hombre es un escultor amigo de la historiadora que muestra mayores impulsos hacia la muerte que el resto de los personajes. Tras presionarse durante años para convertirse en un gran maestro de su arte, su fracaso como escultor sin reconocimiento alguno y su soledad lo han llevado a desarrollar una serie de conductas suicidas. En otras palabras, ha superado los mismos miedos que tanto atraen a la historiadora y se ha cortado las venas para luego volver a la vida -bebiendo su propia sangre- cansado de la autoexigencia del mundo actual. Es por esto admirado por ella, quién busca un nuevo mentor en el camino ante la inevitable muerte de Partenio.

Partenio es, pues, nuestro tercer hombre. Maestro de la infancia de la historiadora, le enseñó la fugacidad de la vital y la brutalidad de la misma, le desprendió de toda aprensión a la muerte y a lo depravado y la acercó a un mundo mucho más abierto, pero también por lo mismo mucho menos ingenuo. Partenio había elegido rodearse de la fealdad y lo incomprendido para desarrollar su propia visión de la estética del cosmos y eso le habría llevado a convertirse en una especie de profeta en estos temas para la joven historiadora. 

La pasión de ella hacia los tres, tan distintos y con dilemas tan cercanos al mismo tiempo, estructura esta novela de Pedraza, constituyéndola toda una delicia, donde queda reflejada esa búsqueda y a la vez huida del abismo que somos nosotros mismos y que se encuentra proyectado en los demás de unas formas u otras. El estilo lírico cargado de metáforas y símbolos no hace sino mejorar un texto que podría haber caído en el cliché, pero que ha sabido sobreponerse y que, sin duda, ofrecerá una experiencia muy placentera a un tipo de lector muy concreto, al que le guste reflexionar estos temas que no destacan precisamente por ser muy alegres. Tenéis otra reseña en Letras en tinta, donde se centran en más aspectos de la novela que yo no he tratado aquí.

Más reseñas de obras de Pilar Pedraza en esta esquina: Paisaje con reptiles


lunes, 19 de marzo de 2018

El Desayuno de los Campeones, de Kurt Vonnegut



Con El desayuno de los Campeones Kurt Vonnegut quiere ponernos sobre aviso ante la inmensa cantidad de porquería que el mundo en el que vivimos nos ha plantado en la puerta de nuestra casa, a petición nuestra para mayor escándalo, en un intento de que abramos nuestros miopes ojos bañados de legañas. En esta extrañísima historia cargada de un humor satírico, lleno de la acidez propia del estadounidense, un tal Philboyd Studge, escritor que pronto va a cumplir la cincuentena y que aún no ha superado el suicidio de su madre a base de la ingesta de narcóticos (como la del propio Vonnegut) hace un recuento semilustrado en una especie de novela en la que se dispone a denunciar todo lo que no le gusta. A través de la pluma de Studge, Vonnegut critica al patriotismo norteamericano:
"Había miles de millones de naciones en el universo, pero aquella a la que pertenecían Dwayne Hoover y Kilgore Trout era la única con un himno nacional que era una sandez salpicada de signos de interrogación."
O:
"En realiad, en ese continente, en el año 1492 ya había millones de seres humanos que llevaban una vida plena e inteligente. Este fue, simplemente, el año en el que los piratas que llegaron por mar empezaron a engañarles, a robarles y a matarles."
Al uso distribuido y sin control de armamento:
"Las sustancias químicas nocivas le hivieron coger un revólver cargado, de calibre treinta y ocho, de debajo de la almohada y metérselo en la boca. Un revólver era un aparato cuyo único propósito consistía en hacer agujeros en los seres humanos. En la parte en la que vivía Dwayne cualquiera que quisiera tener uno podía conseguirlo en la ferretería de su barrio."
 Al consumismo sin reparos que nos convierte en esclavos del libremercado:
"Casi todos los mensajes que se enviaban o recibían en su país, incluso los telepáticos, tenían algo que ver con la compra o la venta de algún maldito chisme."
Al militarismo y al ejército:
"A  Bunny le habían enviado con sólo diez años de edad a una escuela militar: una institución dedicada al homicidio y a la obediencia totalmente desprovista de humor."
Y así un larguísimo etcétera que se enfoca desde una perspectiva feminista, pacifista, antiracial, antifascista, humanista y ecológica. Todas estas ideas son desglosadas a lo largo de la novela que está escribiendo Studge sobre el encuentro del escritor de ciencia ficción Kilgore Trout con el megaempresario vendedor de Pontiacs Dwayne Hoover con una claridad y una robustez que a veces se expresa con un lenguaje directo, incluso soez en ciertos momentos, y otras veces en clave del humor más disparatado al que ya nos tiene acostumbrados Vonnegut.

Junto a Studge, Kilgore Trout y Dwayne Hoover son los principales personajes de la novela. Trout es un escritor de ciencia ficción que no sólo está en el ocaso de su triste carrera, sino también en el que parece ser el de su vida, aunque una serie de acontecimientos le llevarán no sólo a volverse famoso, sino que, además, conseguirá en algún momento alzarse con el Premio Nobel de Medicina. Hasta el día en el que le llega la carta de un tal Eliot Rosewater (protagonista de otra novela de Vonnegut), admirador suyo multimillonario, que lo invita a unas jornadas artísticas en el Centro para las Artes Mildred Barry, sus más de cuarenta novelas sobre planetas imaginarios -e increíblemente parecidos a ese tan absurdo en el que vivía- sólo habían aparecido en revistas pornográficas de bajo coste, junto a las fotografías de flamantes "castores bien abiertos". El capricho de Studge hará que Dwayne Hoover, el vendedor de Pontiacs, comience a enloquecer poco a poco y logre tener acceso a una de las novelas de Trout, que le arrebatará al mismo escritor de las manos. La ingesta de tal historia en conjunto con el estado mental del perturbado Dwayne conseguirán que este se vuelva un criminal en potencia que pensará que es el único hombre sobre la Tierra con libre albedrío, mientras que el resto de sus congéneres, incluída su mujer muerta y su hijo homosexual no son sino meros robots programados exactamente para hacer lo que tienen que hacer y no otra cosa. La lucha de Dwayne contra su creador le lleva a seguir exactamente los mismos pasos que este último habría planificado para él en una paradoja perfecta, cargada de filosofía y profundamente entretenida. 

El Desayuno de los Campeones viene acompañado de ilustraciones del propio Vonnegut, que no se corta ni un pelo en dibujar lo que toque siempre que eso mejore la asimilación de los contenidos por parte del lector. Los dibujos también aportan un matiz cómico y suelen aparecer en base a digresiones que hace Studge de la historia de los personajes. En general se trabaja en ellos la atmósfera que rodea a los mismos. Una atmósfera, como avisa el propio Studge, que está sobrecargada de culos, mierda y banderas. Y una delicia de personajes secundarios.

Toda una gamberrada del mejor Vonnegut. Sin duda, lo más complejo que he podido leer de él hasta ahora, no sólo por el amplio abanico de temas que trata -que parece no acabar nunca-, sino también por el carácter metaficcional del texto con numerosos giros que romperán los esquemas de más de un lector como, confieso, han roto los míos. ¡Una auténtica maravilla! Este año habrá que leer más Vonnegut sí o también. Tenéis otra reseña más en Das Bücherregal, escrita por todo un experto en el autor, así que no tengáis reparo en pasaros. Nuestras ediciones son distintas, aunque suspongo que no habrá una gran diferencia en lo que a las traducciones respecta. 

Más reseñas de obras de Kurt Vonnegut en esta esquina: Madre noche, Cuna de gato, Las sirenas de Titán


jueves, 8 de marzo de 2018

Las memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra



Tras la muerte de Mamá Blanca, hija de un patrón de la caña de azúcar en la Venezuela de mediados del siglo XIX, su nieta encuentra un alijo de papeles en los que la anciana habría escrito algunos de los capítulos más importante de su infancia en la hacienda de Piedra Azul, en la que había vivido con sus padres, sus cinco hermanas y un ejército de criadas y campesinos a sus pies. A pesar de la orden expresa de la anciana de no publicar estos escritos, su nieta se deja llevar por la moda de su época que inclinaba a los lectores al amplio mundo de las autobiografías y deja una primera selección de estos papeles a una editorial que los maqueta, y sin corregirlos los pone a la venta del gran público nacional. El resultado es un primer (y desgraciadamente último tomo ante la negativa de la escritora de continuar lo que podría haber sido una espléndida saga) de las memorias de Mamá Blanca, cuyo nombre real (Blanca Nieves) nos transmite toda la inocencia y la bondad que se desprende del personaje popular.

Las memorias en cuestión habrían sido escritas ya en la vejez de Blanca Nieves, en sus horas postreras, como un intento de asir en su mente los buenos y los malos momentos vividos con personas que la marcaron de una forma u otra y que murieron sin remedio ante el inexorable huracán de acontecimientos que supuso una época turbulenta en la historia de su país. En la novela se defiende la idea de la dualidad platónico-cristiana del alma/cuerpo, a partir de la cual Blanca Nieves pretende interiorizar las almas de sus muertos en la suya una vez más antes de despedirse del mundo para siempre. De esta forma cada recuerdo descrito se deleita en nuestra boca como un homenaje cargado de solemnidad, de respeto y de amor, pero también salpicado de momentos cómicos, llenos de vida, y sobre todo muy líricos. Estos breves homenajes que Mamá Blanca va rindiendo a sus seres queridos gozan de una majestuosidad y una deferencia admirables -¡Ya quisiera yo que alguien se acordara de mí como lo hace la protagonista de su Vicente Cochocho o de su primo Juancho!-. Para ello se sirve de un abanico bastante rico de figuras literarias. El cariño del recuerdo se deja ver a través de hipérboles, metáforas, comparaciones bellísimas y símbolos en los que rinde culto tanto a los personajes como a sus ideas, sus expresiones, sus gestos más insignificantes y, en definitva, a todo lo vinculable con lo que podríamos llamar sus "esencias", sus formas de materializarse en el mundo y de construir todos ellos un archipiélago de felicidad idílica como habría sido el de Piedra Azul para la diminuta Blanca Nieves.

"Mientras el regazo de Mamá se iba llenando de papilotes mustios, mi cabeza florecía en crespitos y mi corazón generoso deseaba alojar en mí, no una sola alma, sino diez o doce para llevarlas todas juntas a tan deliciosos parajes."

En la novela Teresa de la Parra introduce también muchos conceptos vinculados con la narrativa romántica como la idea de disfrutar de la belleza, el Carpe Diem o la búsqueda de la identidad de un pueblo. También están muy presentes en estos homenajes el dolor de la pérdida más grande que es la muerte y como ésta mancha lo que podrían ser bellos recuerdos. Este tópico es recurrente en toda la novela y se concluye de una forma muy especial que indica el cambio en las vidas de los que aún continúan en este mundo. Aunque por lo general aquí esta atmósfera se muestre bastante bucolizada la mayor parte del relato, el ambiente del llano venezolano con su inmensidad se vuelve crudo y desolador si uno no tiene con quién compartirlo y la naturaleza se convierte en una espada de doble filo. El llano tiende a valorarse en Las memorias de Mamá Blanca como un espacio libre e inasible, donde, en constraste, hay constuidas unas estrictas normas que ni las niñitas, ni las criadas, ni los obreros y ni siquiera el patrón pueden quebrantar. 

Tengo que decir que he disfrutado muchísimo con la prosa de esta escritora, tan medida y sin tapujos, que construye hermosísimos instantes cargados de humanidad y cuyo tono trascendental en muchos momentos no desentona en absoluto con las pequeñas y livianas historias que nos va narrando. A todo esto se suma una reivindicación política de la autora que critica duramente las ideas tanto conservadoras como liberales para decantarse por una tercera vía más ecológica, natural y libre hacia la que uno no podrá pasar de largo sin sentir, al menos, curiosidad. En definitva,  una maravilla más que recomendable con la que deleitarse leyendo cada frase en voz alta ha constituido una experiencia nutrida de profunda emoción.




domingo, 4 de marzo de 2018

La celda de cristal, de Patricia Highsmith



Phillip Carter es acusado de un crimen que no ha cometido y enviado a la penitenciaría. Allí espera pacientemente la ayuda de su amigo abogado (David Sullivan), mientras fantasea con el día en el que salga y vuelva a abrazar a su mujer (Hazel) y a su hijo (Timmie). Lo que sería una mala experiencia de unos pocos meses se convierte en una pesadilla de seis tediosos años en los que Carter es torturado, vejado y abandonado por sus seres queridos. Su hijo sufre el acoso en el colegio por tener a su padre metido en el trullo y su mujer, sola y desquiciada por las continuas desiluciones del sistema jurídico, comienza una aventura con David en Nueva York, a kilómetros de la celda que comparte Carter con dos narcotraficantes. El asesinato del único amigo que tuvo alguna vez Carter en prisión y su nueva adicción a la morfina, así como el ambiente criminal y abusivo de la cárcel, que no tiene piedad con nadie, moldean en él una nueva personalidad que le lleva a chocar con el mundo que dejó atrás una vez abandona su confinamiento. La idea de las infidelidades de su mujer y su amigo serán aceptadas con mucho rencor y odio por un Carter que será impulsado por el mismo individuo que lo metió en chirona (Gawill) y que es el enemigo acérrimo del abogado. De esta forma, comienza a crecer en Phillip la posibilidad de mandar al otro barrio a David como un acto de venganza más que lícito. 

En La celda de cristal asistimos a la transformación de un hombre honrado en un criminal de la peor calaña. Esto es posible gracias a la fragilidad de un sistema penal estadounidense como el que se describe en la novela, desde el cual se fomenta el odio y la violencia como medios para sobrevivir con dignidad hasta el día de mañana. Carter pasa de ser un hombre inocente de todo cargo e injustamente condenado a convertirse en todo un delincuente por ajustarse al papel que parece que le han destinado unos terceros. Se desprende de toda una capa de sentimentalidad y endurece su carácter para reclamar lo que piensa que le pertenece por derecho (su mujer Hazel) y al final de la novela poco queda de ese ingeniero que en las primeras páginas disfrutaba estudiando francés.  Carter descubre que la mentira es poderosa si sabe usarla y que decir la verdad no tiene por qué venir acompañada de sucesos agradables en un mundo en el que sólo lo que parece cierto importa. El título alude a este aislamiento del mundo que padece su protagonista, que puede ver a su alrededor todo lo que acontece con su familia y con su caso, pero poco puede hacer si no rompe el cristal que lo separa de sus problemas. La ruptura del cristal lo lleva a desembocar con toda la violencia de la que es capaz en un ambiente anteriormente idílico, que se ve enrarecido precisamente por eso, y que le lleva a Carter a sufrir el rechazo de todos los que están a su alrededor, salvo Gawill. El criminal es la única persona que parece entender a Carter, aunque, como salta a la vista de lejos, su auténtico propósito es moverlo al asesinato de su enemigo. La extraña relación con Gawill le lleva a Carter a replantearse su pertenencia a este mundo fuera de la celda de cristal, donde cuenta con libres movimientos, pero carece de tiempo para meditar las acciones y para sufrir en silencio. La salida de la celda implica también una sensación de pérdida de control de Carter para con su propia vida, pues durante seis años no había tenido que preocuparse de gran cosa y ahora se siente como una rana fuera de su charca. La suma de todo hace detonar una bomba cuya mecha había estado consumiéndose silenciosamente con el transcurso de las horas en prisión.

Highsmith crea una novela de intriga apabullante que, si bien no sigue un argumento que destaque por su originalidad y que le lleva resultar bastante predecible, está dotada de ciertos puntos de ingenio y de una prosa deliciosa. El ritmo es fundamental aquí como mecanismo de progresión de los diferentes personajes y especialmente de Carter y está ajustado con una precisión milimétrica, lo que le da a La celda de cristal una atmósfera mucho más verosímil que otra de las novelas de la autora con un protagonista muy similar como puede ser El talento de Míster Ripley. Highsmith tiene un detalle que me ha entusiasmado y es que las reminiscencias o pistas que va dejando del destino final de Carter y de los otros personajes a través de imágenes o símbolos anuncian o insinúan de una forma muy sutil lo que está ocurriendo ante la ceguera del protagonista y nos pone a los lectores sobre aviso de sus intenciones. Highsmith emplea aquí la repetición distorsionada de imágenes para señalarnos las similitudes entre los actos desde el punto de vista de Carter con el que se nos obliga a empatizar a través de un narrador focalizado muy similar al que se empleaba en El talento de Míster Ripley. La narración está determinada por un gran dominio del estilo indirecto libre, que es, a mi juicio, una de las técnicas de escritura más difíciles de lograr y que sirven para diferenciar a los grandes de los pequeños en el cosmos de la literatura. Como os digo, una maravilla de novela de una autora de la que tenía muchas ganas de volver a leer algo. 

Más reseñas de obras de Patricia Highsmith en esta esquina: La máscara de Ripley


PD.: Siento haber tardado tanto en subir esta reseña. Ando algo sobrecargado de trabajo últimamente y a duras penas me queda algo de tiempo para leer. Os ruego que me disculpéis. Un abrazo desde esta esquina.