domingo, 9 de septiembre de 2018

Cuatro horas en Chatila, de Jean Genet



Me sonaba el nombre de Jean Genet de haberlo oído más de una vez durante las largas y tediosas clases de la facultad. Lo he oído tanto que de forma inconsciente pensaba en él como en un teórico de la literatura sesentón cuyas apreciacianes al método semiótico de análisis literario habían roto todos los moldes del viejo estructuralismo de Jakobson de los 1960s. Y sí que es verdad que Genet sabe mucho de literatura y de otras cosas, pero no destaca especialmente por escritos teóricos demoledores. Al contrario, es un gran sabio, pero con textos muy líricos. Con su nombre en mente y la idea de leer algo de ensayo pido prestado a un amigo estas Cuatro horas en Chatila

Chatila es un nombre que también he oído antes y que por algún motivo desconocido para mí lo relaciono directamente con la catástrofe. Pienso en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial. En un desastre nuclear poco conocido de algún país de Europa del Este. En un huracán arrasando Santo Domingo. Imagináos lo que sabía yo de la Guerra del Líbano y de las matanzas indiscriminadas de palestinos en los 1980s. Exacto, absolutamente nada. Cuatro horas en Chatila es una crónica periodística en la que Genet relata sus experiencias en uno de los barrios más acribillados del Beirut Oeste durante la invasión israelí del Líbano en 1982. Habla de su experiencia personal y hace un acopio de sus reflexiones sobre el conflicto árabe-israelí. La lectura de este minúsculo texto me trae a la mente la película de animación de Ari Folman titulada Vals con Bashir, sobre todo en los momentos finales, donde los protagonistas de ambas historias pasean entre los cadáveres de miles de víctimas inocentes (sus familiares rompiendo en llanto), palestinos refugiados que habían sido torturados hasta la muerte por la vieja falange libanesa, una organización ultraconservadora cristiana a la que habría apoyado secretamente Israel, entregando armas, recursos y dándoles plena libertad para hacer con ellos lo que quisieran.
 
Las matanzas de Sabra y Chatila tuvieron repercusiones importantes a nivel internacional hasta el punto de que el gobierno israelí se vio obligado a reivindicar constantemente su humanidad, defendiendo que en el derramamiento de sangre la incursión de los hebreos no había tenido nada que ver. En el parlamento se llegó a decir lo siguiente: "Unos no-judíos han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne esto a nosotros?" Esta frase heladora contribuye a que Genet derrumbe cualquier pequeño aprecio que pudiera haber tenido anteriormente por el país de Amos Oz y comience a elaborar una imagen romántica de héroe débil que lucha por su libertad en la figura de los fedeyines, los inexpertos soldados palestinos, carentes de medios para hacer frente a un enemigo invasor. Genet entiende que Israel ha pasado de ser el típico chico al que le hacen bullying en el colegio para convertirse en el matón lleno de granos que mete la cabeza de los debiluchos en el retrete. Solo porque no encaja. Solo porque siente que nadie le quiere. Solo porque la tierra que pisa antes no era suya. Porque la reclama como suya y porque no le importa emplear la fuerza para tomarla.

La narración viene acompañada en esta edición de un análisis de Juan Goytisolo, pero mi sorpresa viene cuando descubro que no el análisis no es sobre este texto de Genet, sino sobre otro titulado El cautivo enamorado, donde se toman aspectos de Cuatro horas en Chatila, sí, pero que no deja de ser una forma de engrosar el libro lo suficiente como para poder distribuirlo comercialmente. Aunque el texto del francés me ha resultado muy interesante, valioso a nivel personal y necesario a nivel humano y social, las apreciaciones de Goytisolo, con su verborrea sobre otro texto al que no tengo acceso porque aquí no se incluye me han dejado más frío que una noche de diciembre debajo de la lluvia. Aun así, si os interesa mucho el tema o podéis cogerlo, como yo, de prestado, no es mala opción para pasar una tarde y aprender algo sobre un conflicto reciente y al mismo tiempo olvidado en estas latitudes del globo. 



jueves, 6 de septiembre de 2018

El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente, de Vernon Lee




Vernon Lee era el pseudónimo de la escritora e historiadora del arte británica Violet Page, conocida actualmente por sus relatos de terror. Este volumen de Valdemar hace una selección de trece de sus historias (12 narraciones más o menos breves y una novela) empleando como título una de las más famosas y representativas del particular estilo y universo de la autora. Cuenta, además, como suele ser propio de estas maravillosas ediciones de la colección Gótica, con un prólogo documentado y esclarecedor que aporta mucho más que información vacía y spoilers innecesarios del contenido de la obra. En este prólogo de los editores se presenta, entre otras muchas cosas, la mayor contribución de Page/Lee a la teoría estética, que creo que es de especial interés para comprender las decisiones que toma la autora en sus historias. Lee es la principal responsable de introducir la idea de empatía (Einfühlung) en la escuela estética inglesa. Según los editores, esto es que Lee "afirmaba que los espectadores empatizaban con las obras de arte cuando estas despiertan recuerdos y asociaciones, y que con frecuencia estas obras causan cambios de postura corporal y de respiración inconscientes". 

El amor de Lee por el arte es intenso y se vincula con lo espiritual y lo trascendental, muy en consonancia con los escritores románticos varias décadas anteriores a ella. Y está presente en buena parte de estos relatos escogidos. No por nada, ella era quizás la más reputada historiadora del arte inglesa de su tiempo y destacaba por ser una eminencia en el arte renacentista italiano. Lo que no era tampoco nada extraño si entendemos que procedía de una familia liberal adinerada que vivía en el norte de Italia. Buena amante de las Bellas Artes, Lee destaca sobre otros escritores de su época -que yo haya leído- por las cálidas y precisas écfrasis de casas embrujadas, cuadros malditos o estatuas vivientes. Es un auténtico deleite para el lector sentir esa fascinación de los personajes principales a través de la descripción de obras de arte. Lee vuelca su idea de empatía con sus personajes de una manera que se traslada con suma facilidad a quien lee. A pesar de que no vemos a la Virgen de los Siete Puñales en "La Virgen de los Siete Puñales", la devoción de Don Juan nos hace una idea de la belleza de la escultura. Aunque no vemos el cuadro de sora Lena en "La leyenda de Madame Krasinska" ni el tapiz que representa al antepasado del príncipe Alberico con la dama Serpiente en "El príncipe Alberico y la dama Serpiente" Lee consigue meternos de lleno en un historia tan alejada a través de las sensaciones y sentimientos, muchas veces irracionales, de los personajes. Y a partir de este juego nos carga de energías e interés por el arte, una fuerza que hallándose en la propia autora quiere expandirse hacia los demás. 

Funciona con construcciones arquitectónicas, con arte figurativo y también con composiciones musicales. Dos son los relatos que tienen como motor principal la obsesión de su protagonista con una determinada melodía de hace más de cien años: "La voz maldita" y "La aventura de Winthrop". El primero de ellos es una reconstrucción del segundo, aunque en lo personal prefiero la complejidad de "La aventura de Winthrop", cuyo protagonista se me hace mucho menos desagradable y por el cual verdaderamente podría llegar a preocuparme. Para ambos protagonistas, como ocurre en la mayor parte de los relatos aquí reunidos, el arte es su medio de sustento. Si bien el personaje de "La voz maldita" es un aclamado compositor que detesta a los cantantes y que va a sufrir la tortura de tener a uno metido en la cabeza por ultrajar su memoria después de morir, Winthrop es un sensible pintor que decidido a investigar los extraños acontecimientos vinculados con cierta partitura de un retrato de un convento se ve sumergido en toda una oleada de situaciones paranormales, que implica pasar una noche en una casa donde dicen que duerme el demonio. El arte, emplee el medio que emplee, es un atenuante en Lee que aproxima a las personas al mundo de lo sobrenatural, de lo místico y de lo incomprensible.

Lee recurre a una mitología compleja donde lo considerado sagradamente cristiano se entreteje con el viejo y olvidado paganismo de la Edad Antigua mediterránea. Salvo el homenaje a los clásicos en la lengua árabe medieval que hace Lee en "La Virgen de los Siete Puñales", el imaginario religioso está poderosamente indexado con la mitología grecorromana. "Dionea" es un relato sobre la voracidad de la lujuria, pero sin dejar de ser un homenaje a la diosa Afrodita, reencarnada aquí en una joven náufraga arrastrada por la marea hasta la orilla de una pequeña villa italiana. En "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente" se habla de la maldición de las Lamias y su pesar. Como curiosidad he de señalar que la  historia me ha recordado en cierta medida a la de "La Bella y la Bestia". Añadiendo el detalle de la maldición, en ambas tramas se habla de lo inexplicable del amor y de las locuras que estamos dispuestos algunos seres humanos a afrontar por él. En "San Eudemón y el naranjo" podemos incluso presenciar una metaformosis muy en la línea de Ovidio. Aunque, probablemente donde mejor se trabaja esta mezcla de mundos sea en "Marsias en Flandes". Aquí Lee profundiza con más ahínco en la problemática de la apropiación por parte del cristianismo de todo un espectro de elementos procedente de las antiguas mitologías paganas. 

Lee describe sin muchos aspavientos toda una caterva de personajes mágicos donde destacan especialmente los fantasmas, seres que fallecieron hace mucho tiempo y que esperan la llegada de un imbécil para conseguir algo de él. Se aprovechan para ello de la leyenda de su belleza ("Amour Dure", "La Virgen de los Siete Puñales" o "Oke de Okehurst"). En esta línea "Oke de Okehurst", la única de las historias que podría llegar a considerarse novela por su extensión si llegase el caso, es especialmente interesante por su óptica feminista al situar a una mujer como sujeto deseante y no como objeto deseado, lo que era extraño en la época en este tipo de historias. Con los fantasmas también hay lamias (la Dama Serpiente y su maldición es el principal ejemplo de estas), sátiros (el diminuto Marsias es presentado en "Marsias en Flandes" como responsable de numerosos destrozos), almas atrapadas en muñecas de tamaño real (como ocurre en "La muñeca"), amazonas ("El papa Jacinto") e incluso ángeles, demonios, monstruos y Lucifer en persona ("El papa Jacinto").

De entre los temas recurrentes que encontramos por aquí los más destacables y habituales en la literatura de terror y fantástica de la época están, cómo no, presentes. Tenemos las desdobleces propias de "William Wilson" y "El doctor Jeckyll y Mr. Hyde" en casi la mayor parte de los relatos. En al menos seis de estos Lee juega a desdoblar personajes y unirlos por el destino de sus nombres ("Dionea", "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente", "La leyenda de madame Krasinska", "La muñeca", "La Dama y la Muerte" y "Oke de Okehurst"). Tenemos también pactos con el demonio o con dioses no demasiado confiables ("La Virgen de los Siete Puñales", "El Papa Jacinto", "Amour Dure" y "La Dama y la Muerte").  La obsesión con objetos malditos (especialmente obras de arte) como motor vehicular de las narraciones ("Dionea", "La muñeca", "Amour Dure", "La aventura de Whintrop", "San Eudemón y el naranjo"). También hay femmes fatales de la que los personajes más idiotas se enamoran románticamente, juglarescamente ("Amour Dure" es el mejor ejemplo, pero no hay que despreciar por ello a "Dionea" ni a "La leyenda de madame Krasinska", donde se introduce muy subrépticiamente una historia que podría ser de amor lésbico entre una aristócrata y una monja muerta).

Me queda muchísimo por comentar, como que "La Virgen de los Siete Puñales" es una continuación/homenaje al mito español de Don Juan (no por nada la acción de sitúa en Granada) o la amplitud de reminiscencias bíblicas que puede tener un relato como "El papa Jacinto", pero tampoco quiero alargar esta reseña más de lo debido. Destaco "La muñeca" como mi narración favorita de la colección por su estructura y propuesta moderna y poderosa. Lo cierto es que las historias tienen tantísimo contenido que no sería ninguna tontería hacer una reseña de cada uno. Como podréis intuir por este comentario y por los anteriores arriba presentados, he disfrutado y aprendido inmensamente con esta lectura y pretendo recomendárosla con el mismo entusiasmo que su autora. No deja a nadie insatisfecho y, a pesar de sus numerosos niveles de lectura, es más que asequible para cualquiera. Lo podría llegar a considerar de lectura obligatoria para los amantes del terror y la fantasía finisecular. Tenéis una extensísima reseña de esta obra relato por relato en La mano del extranjero.



domingo, 19 de agosto de 2018

Kitchen, de Banana Yoshimoto




Voy a seros franco, este libro ha resultado para mí una decepción. Me ha costado acabarlo. Y eso que son tres cuentecillos de nada. Pero, qué queréis que os diga, es más anodino que un plato de arroz. Kitchen genera muchas expectativas después de todos sus premios y del reconocimiento inmediato de su autora, pero el contenido dista mucho de lo prometido. Banana Yoshimoto (curioso nombre, por cierto) con el tiempo fue consciente de los múltiples fallos que tiene Kitchen. A saber: personajes arquetípicos planos, situaciones weird inverosímiles que no llevan a ningún lado, diálogos simplones (cuasi)adolescentes, falta de intriga y de acción, excesivo melodrama,... Por lo cual, nos pide perdón a todos los lectores en un epílogo añadido en esta edición de Tusquets. Yoshimoto se ampara en que era joven y no tenía experiencia previa en la escritura de ficción. Lógico, estos relatos salieron cuando tenía 22 años y los había escrito mientras estaba trabajando de camarera. Como también estudiaba, pues ya os imaginaréis el tiempo que le quedaba para repasar el manuscrito. Faulkner decía que un escritor joven debe leer muchísimo para poder siquiera escribir una línea, pero ya me diréis el tiempo que podía tener la pobre Banana en esa época para leer cualquier cosa. Me imagino que relativamente poco. No quiero con ello defenderla. El libro es el que es. Salvación para mí no tiene. Sin embargo, mientras lo leí me dió la sensación de que quizás podría ser tremendamente útil para un público objetivo cerrado, quiero decir, para lectores adolescentes. Los teenagers son expertos en el melodrama y de esto ¡hay tanto en Yoshimoto! Sentía que si hubiera leído Kitchen hace siete u ocho años lo habría alzado como mi libro favorito. Por eso, reitero, que para mí haya sido decepcionante, no implica que no pueda ser útil para un lector joven que se esté iniciando en la literatura y que pueda saltar de aquí a un Kawabata o a un Tanizaki. 

Kitchen es una propuesta bizarra. En el sentido literal de la palabra ("valiente") y también en el coloquial ("extraña, atípica"). Trata de personas que se sienten solas tras la pérdida de numerosos seres queridos, personas demasiado jóvenes para aguantar tanto trauma y que se unen para poder combatirlos a través de la fuerza inexorable del amor, personas que a veces pierden los nervios y rozan la demencia sin entrar del todo en ella. La narración es de una frialdad ósea y minimalista, con múltiples referencias a la cultura popular japonesa y un aura de cursilería poco convincente. Parece un libro de relatos, pero dos de ellos tienen continuidad, lo que nos deja la sensación de leer una medionovela y un relato corto. Historias breves, demasiado breves para poder empatizar un poco. Historias donde todos los personajes tienen el mismo puñetero problema y sus diferentes formas de afrontarlo, lo cual debería acabar siendo la chicha sin llegar a serlo. El "final" de la "medionovela" tampoco aporta nada y el posterior relato corto (titulado "Moonlight Shadow") siente en sus protagonistas un calco innecesario de los anteriores. ¿La diferencia? Una ligera introducción de mecanismos propios de la literatura fantástica con la que trata de justificar su existencia sin despertar ninguna sorpresa. Por el contrario, lo vuelve más previsible si cabe.

A pesar de esta sensación de pérdida de tiempo, puede que me atreva a repetir con la autora en un futuro. Quiero pensar que las disculpas del epílogo se producen tras la madurez de Yoshimoto como escritora y que su obra posterior mejora considerablemente. ¿Tenéis alguna idea? Si habéis leído alguna otra cosa de la autora no dudéis en dejarme vuestras sensaciones en el cajón de comentarios. Me ayudaría bastante. Tenéis más reseñas de Kitchen en Memo Valera, Adopta una autora, y A través del espejo, todas ellas fuera de mi blogosfera habitual, todas ellas muy positivas. Gracias a Un libro al día me queda la seguridad de no ser el único al que no le ha gustado.



lunes, 13 de agosto de 2018

Tres desconocidas, de Patrick Modiano



Me inicio en la lectura del premio Nobel francés con su libro de relatos titulado Tres desconocidas. Consta de tres historias protagonizadas por personajes femeninos con características comunes. Las tres son jóvenes, las tres tienen vidas anónimas, las tres viven en los años 1960s y las tres tienen una experiencia que las ayudará a dar el definitivo salto a la edad adulta en algún punto de la geografía urbana francesa. 

La primera de ellas es una chica que sueña con ser modelo, pero que tras presentarse a su primera entrevista de trabajo como maniquí viviente y ser rechazada tendrá que cambiar de aires. Por ello se queda en París, en casa de una mujer que conoció en un reciente viaje a la costa del Sol. El clima es extraño, pero es mejor que afrontar el fracaso y volver a Lyon con las manos vacías. De las reuniones con esta mujer pronto le saldrá un particular ligue. Gus Vincent, nombre falso de un criminal en busca y captura, la admite como su maniquí personal, comprándole todo tipo de joyas y paseándola por los lugares más elegantes de Europa. Cuando la pompa del sueño creado por Vincent se rompa, a nuestro personaje le quedarán dos opciones: rendirse o huir. 

La segunda historia habla de una chica huérfana de padre que, despreciada por su madre, es abandonada a su suerte en un internado. Los días son grises y hay rabia en sus ojos. Crece en ella un odio que nadie puede sofocar. Para colmo, cuando trata de ganarse la vida como limpiadora y canguro, los adinerados burgueses, de vida fácil, intentan abusar de ella y en ciertas ocasiones lo consiguen. 

La tercera historia es algo distinta, pero también más original. Una chica inglesa accede a cuidar del apartamento de un amigo austríaco mientras este se va de vacaciones a España. El estudio se encuentra en el centro de París, en un lugar en principio privilegiado. Ella espera encontrar allí la forma de continuar adelante con su vida tras la pérdida de su pareja. Sin embargo, se topa con una calle ruidosa por el sonido continuo de lamentos que cada mañana dejan los caballos que son sacrificados en las inmediaciones. Para paliar este dolor, acrecentado por la soledad, acaba entrando en una especie de secta espiritual, misteriosa y presumiblemente peligrosa. 

En las tres, Modiano trata de crear distintas voces jóvenes femeninas que suenan muy convincentes. Este suele ser un reto para los escritores masculinos porque al no haber experimentado lo que es ser mujer no suelen sentirse cómodos redactando historias a través de esta perspectiva. A mí me da la sensación de que Modiano no solo lo logra, sino que además se centra en una gran cantidad de problemas que sufren en exclusiva las mujeres. Se denuncia las continuas trabas para la falta de independencia en los tres relatos, como el hombre abusa de la situación porque el sistema patriarcal se lo permite. Denuncia también, sobre todo en el primer relato, la construcción mental de la mujer por la sociedad que le hace preocuparse excesivamente por su imagen y por llegar a ser un modelo de belleza. En el segundo habla no solo de abusos machistas, sino también de abusos entre distintas clases sociales, lo cual creo que es un acierto al no reducir la complejidad de un tema que da para mucho. En el tercero de los relatos, la escena del estudio de fotografía es totalmente indignante para cualquier lector con un mínimo de empatía. En ella podemos ver cómo la intimidad de las mujeres se ve atacada a diario.  Y es que Modiano enfrenta a sus mujeres a un mundo de hombres, donde ellos ejercen el poder y ellas no disponen de suficientes medios para defenderse en ningún momento. 

Las tres protagonistas muestran una cierta humanidad. Se preocupan por su entorno y por las personas. Pecan de la ingenuidad propia de la edad y caen en redes de odio: la primera se ve envuelta en el crimen organizado, la segunda en una violación de la que defenderse traerá consecuencias y la tercera en una secta de dudosos objetivos espirituales. Son personajes sólidamente construidos y coherentes con las premisas que se establecen. Modiano selecciona vidas repetidas mil veces, pero que resultan extraordinarias por la forma en la que son mostradas y por no ser mostradas muy a menudo. En general este libro me ha recordado mucho a Boy, Snow, Bird, novela fragmentaria de Helen Oyeyemi sobre la juventud de tres mujeres que se ambienta temporalmente, aunque no espacialmente, en la misma época. Y aunque ambas son dos obras narrativas muy buenas y tocan temas comunes, la estructuración y el tratamiento es muy distinto. 

Lo que más me ha llamado la atención de Modiano es su facilidad para conectar ideas. Su estilo se basa en frases muy cortas sacadas de un importante proceso de depuración de la escritura. Limpia sus frases de molestias y deja en el lector la sensación de una novela escrita a pinceladas, a retazos de conceptos que se presentan ante uno con toda su plasticidad. Os dejo un ejemplo sacado del segundo de los relatos y me despido deseándoos felices lecturas:
"Después de levantarnos y asearnos, íbamos a la capilla. Luego, una hora al aula de estudio. Luego el desayuno en el refectorio. Café con leche sin azúcar y pan sin mantequilla. Solo un poco de mermelada. Otra vez al aula de estudio. Después un recreo a eso de las once. Otra vez a clase. La comida. El recreo y la merienda, una rebanada de pan y una onza de chocolate negro. El estudio de última hora de la tarde. En la cena sólo se tomaba un plato, polenta. Carne, nunca. La capilla. La hora de acostarse. Y todo volvía a empezar a la mañana siguiente"
Tenéis más reseñas en Un libro al día, La Tormenta en un vaso y en Écfrasis.



jueves, 9 de agosto de 2018

Biografía del hambre, de Amélie Nothomb



Siempre he sentido un cierto recelo hacia Amélie Nothomb. Que un escritor -en este caso escritora- salga en todas las portadas de sus libros publicados como reclamo debería poner a cualquiera, como mínimo, alerta. "No es suficiente el nombre más grande que el título, Anagrama. ¡No te enteras, Herralde! ¡También quiero que pongáis una foto mía! Alegre si puede ser, aunque luego yo cuente penas. ¡Eso da igual! A la gente le llamará la atención porque siempre sale la misma chica mona. Así, así, montando en bici. Y en la siguiente otra con un sombrero. ¡Me encantan los sombreros!", imagina mi cabeza que dice Amélie Nothomb. ¿Entendéis ahora mi miedo? ¿El miedo a encontrarme con una escritora sobrevalorada y de poca calidad, con un ego por las nubes, que se nutre de su imagen como estrategia de marketing para alcanzar sus superventas?

Luego uno choca con la realidad y se da cuenta de que parte del juicio es infundado. La portada de un libro, aunque lo sugiera, no nos dice nada de su contenido. Y sí, Amélie habla de Amélie. Habla mucho de Amélie. Casi que solo habla de Amélie. Al menos aquí y en lo que parece que son otros tantos libros autobiográficos, pero también es verdad que tiene cosas que contar. Su vida no ha sido anodina precisamente. No como la mayoría de los mortales. Tiene su gracia, y hasta su desgracia. Además, al menos en Biografía del hambre el seguimiento de la evolución de Nothomb a través de sus reflexiones ya como adulta es sorprendente. Aspira a cierta metafísica, y aunque a veces raya la cursilería, la profundidad de sus planteamientos y el esmero puesto en ellos son poderosos. La belleza de ciertos párrafos es abrumadora y sus ideas centrales desgarran.

Parte de una visión de sí misma como la de una persona hambrienta, que ha pasado por diferentes etapas de unos antojos u otros. El hambre aquí no es estrictamente el fisiológico de ingerir alimentos para poder obtener energías suficientes para sobrevivir y poder ejecutar las acciones indispensables de nuestro día a día, que también. Nothomb lo extiende a una apetencia voraz por vivir e identifica la sensación del hambre con la sensación misma del deseo. En este sentido la anorexia que sufrió con trece años consistiría en la realización física de una depresión -o al menos así lo he entendido yo-, la pérdida total del deseo y de la esperanza de volver a experimentarlo alguna vez. Nothomb es una adalid del deseo. Para ella la experiencia de desear está por encima de la satisfacción del deseo, que no hace más que incrementar nuestro hambre. Un hambre perpetuo que debe cultivarse para ser más creativos e ingeniosos. Ella advierte de los peligros y de las malinterpretaciones de esta idea, comprende que hay quien puede ver en ella a una defensora de las enfermedades mentales asociadas a la alimentación y derivadas del excesivo autocontrol, como son la anorexia y la bulimia. No es su intención. Ella habla desde un plano más espiritual, más pleno y completo. Y eso es lo que conmueve de Nothomb y que no me esperaba por los prejuicios que he comentado arriba.

Más allá de este punto, es como mínimo interesante el recorrido que por su vida hace Nothomb, cómo desde la más tierna infancia va viviendo en diferentes países debido al trabajo de su padre de diplomático para las Naciones Unidas, cómo enfrenta su doble identidad belga-japonesa, cómo decide destruirse a sí misma a pesar de su situación de ciudadana privilegiada ante la pobreza de las gentes de los países en los que vive, cómo se convierte en una lectora obsesiva y metódica y decide admirar a otros antes de dejarse ser admirada por los demás, etc. La lectura atrapa, se siente cargada de sinceridad y entusiasmo. El tamaño es breve y puede leerse en una tarde o una tarde y media, dependiendo del ritmo de cada uno. No es una obra maestra, pero tampoco tiene desperdicio. Te deja con ganas de volver a ella. Tenéis más reseñas en Un libro al día, el Blog de Keren Verna y Críticas Literarias Regina Irae.




domingo, 5 de agosto de 2018

No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos



Juan Pablo nunca ha confiado demasiado en los chanchullos de su primo, un pusilánime que aspira a volverse de oro y a quien no le importa con quién se tenga que asociar para llevar a cabo toda clase de proyectos que se lo permitan. Se han visto poco, pero a Juan Pablo, que está a punto de abandonar su país (Estados Unidos Mexicanos) para hacer un doctorado en Barcelona, recibir una llamada suya lo pone inmediatamente alerta. El primo, creyendo hacer lo correcto, le ha metido dentro de una turbia operación de tintes mafiosos donde las vidas de Juan Pablo y de su novia Valentina están seriamente amenazadas. Tendrá que seducir a una compañera de seminario, una tal Laia, hija del mandamás de la Generalitat. El objetivo del licenciado, gran capo mexicano, es utilizar esta conexión para poder blanquear dinero obtenido ilegalmente. Sin embargo, son numerosos los obstáculos de por medio. Laia es lesbiana y su tío no acepta esta duda sobre su orientación sexual. Además, la mafia italiana los está vigilando y podrían haber traidores dentro del complejo mecanismo articulado por el licenciado.

Con esta sinopsis deducimos que los momentos propios de un género como el thriller son inevitables y aunque los tiene, la novela no se pierde por estos derroteros y estrategias ya tan manidas. Intenta buscar una estructura propia basada en la fragmentación de los contenidos y en la alternancia de distintas voces y tipologías de discurso, que a mí en lo personal me recuerda mucho a la narrativa del camaleónico Manuel Puig. Por un lado, leemos una novela autobiográfica de Juan Pablo Villalobos, el protagonista (que no el autor), quien cuenta sus encuentros con los mafiosos y cómo estos le guían hacia su perdición. Por otro, quedan las cartas de advertencia del primo, "cargado por la chingada", quien va desvelando parte del entramado para que Juan Pablo pueda tratar de defenderse y las cartas de la madre, quien prefiere soñar despierta con la satisfactoria evolución de su hijo, quien ha mejorado su estatus al unirse sentimentalmente con una europea rica, guapa e inteligente. Finalmente, están los diarios de Valentina, la novia despechada e utilizada por Juan Pablo y por la mafia sin ella saberlo y que constituye la parte más entretenida de la narración al no perderse ni en el humor barato, ni en el coloquialismo, ni en el academicismo como los demás. Estas voces se entremezclan en una narración que va desvelando poco a poco su complejidad y que sigue unas ciertas reglas de gestión de intriga que no funcionan como deberían a causa de lo disparatado de los hechos.

No voy a pedirle a nadie que me crea no es una novela tan estrambótica como Si viviéramos en un lugar normal, pero tampoco pretende ser verosímil. Deja ciertas claves de duda que forjan una visión ambigua de la situación expuesta. El gran elenco de personajes que despliega es prototípico, simples parodias de personajes cotidianos y no cotidianos que acaban siendo pincelados como meros figurantes de un chiste. El escritor, desde el personaje de Juan Pablo, juega con esta estructura en varias ocasiones, demostrándola directamente al lector sin ningún tipo de tapujo:
 "Estaban una vez un mexicano, un chino y un musulmán en una reunión con un mafioso mexicano en la oficina de una bodega abandonada de Barcelona, solo que el musulmán no era exactamente musulmán, era un pakistaní ateo. El mexicano, el chino y el pakistaní no se conocían entre ellos, era el mafioso mexicano el que los había reunido para explicarles el funcionamiento de un negocio. O no exactamente el funcionamiento de un negocio, sino más bien lo que cada uno de ellos tenía que hacer para que el negocio funcionara, aunque en realidad ninguno de los tres entendiera exactamente cómo funcionaba el negocio y el mexicano, en especial, no entendiera nada."
El lector rápidamente puede entender por qué se hace esto: para deshumanizar a las personas que están siendo víctimas del crimen organizado y que no encuentran escapatoria, lo que hace que el chiste sea más agrio de lo que uno espera. Hay en la novela mucho humor negro, del que te hace reír y también del que no. Por eso y por otras cuestiones, esta lectura es ardua. La inclusión del amplio conocimiento literario del escritor para construir a personajes como Juan Pablo y Valentina, amantes de la ficción narrativa, se torna bastante esnobista. Personalmente, he disfrutado los momentos en los que se habla de la risa según la entendía Baudelaire, me he apuntado el nombre de Ibargüengoitïa y de otros cuantos más y estoy deseando echar un ojo a las narraciones de Fray Servando sobre la ciudad de Barcelona y su inmundicia, pero también entiendo que soy un lector muy específico. Ciertos juegos y referencias las conozco o me interesan profesionalmente porque estudié Literaturas Comparadas en la Universidad, pero sé muy bien que toda esta fanfarria aburriría a un lector más casual o menos técnico.

Tampoco veo que cuadren estos dos ámbitos discursivos tan distantes. Al final del popurrí queda una novela de inmigración con gánsteres escrita a medias en un tono cómico paródico e intelectual-academicista. ¿Con qué parte entra el lector en ella? Hace unos días hablé del libro con una chica mexicana de Erasmus en España. Ella no lo había leído, pero después de mis apreciaciones decidió que no quería leerlo. ¿Por qué? Porque, aunque No voy a pedirle a nadie que me crea expresa esa incomunicación, esa incomprensión del emigrado, del estudiante extranjero en España, su perspectiva es tan específica que dinamita cualquier oportunidad de sentirse identificado con su protagonista. El tono cómico se vuelve en ocasiones tan cargante y facilón en contraste con las influencias citadas continuamente por el escritor que no termina de cuajar. Solo la parte de Valentina me entusiasma, quizás porque en ella se destierra un poco más lo estrambótico y nos podemos aproximar de verdad gracias a su soledad -sentimiento que todos hemos vivido alguna vez- y el rechazo no aceptado del amor de su vida -tan común en la vida de cualquiera.

Como elemento de cohesión importante, Villalobos recurre a la repetición de la frase del título y de otras tantas, colocándola en boca de diversos personajes. Una estrategia muy buena por su sencillez, pero que sigue sin ser nada del otro mundo. Parte de la autoficción, colocándose a él como protagonista de una fábula alucinada. Esta estrategia, muy de moda últimamente, me parece bastante llevadera y pocas veces se hace bien. En este caso el resultado es decente para lo que me he encontrado por ahí. La autoficción se me antoja siempre más fácil que otras formas de la ficción biográfica, a pesar de ser la combinación de distintas fuerzas. Hablar desde uno mismo suele ser menos trabajoso que hablar desde otra voz inventada. La libertad de la autoficción de poder meter en la narración de cualquier capítulo de tu vida, literalmente lo que te venga en gana, me parece un chollazo para el escritor. Quizás valoro mucho la incomodidad a la hora de escribir. Suele ser más complejo hablar desde espacios no familiares que construir desde la cercanía y aunque hay maravillosos casos de historias levantadas en los lindes de la vida particular de cada uno, no sucede lo mismo aquí con No voy a pedirle a nadie que me crea. Tenéis otra reseña bastante en mi línea en Vagando por Urano.

Más reseñas de obras de Juan Pablo Villalobos en esta esquina: Si viviéramos en un lugar normal



miércoles, 1 de agosto de 2018

Camino de sangre, de Cesare Pavese y Bianca Garufi



Esta novela de Pavese es profundamente polémica. Primero porque es póstuma y porque parece que solo nos acordamos de la gente cuando está muerta. Segundo porque es muy morbosa, más si entendemos que puede existir un cierto trasfondo de sustento real detrás. Y tercero porque está escrita a cuatro manos con quien se especula fue su amante definitiva, la psicoanalista Bianca Garufi. Los papeles del manuscrito fueron encontrados en 1959 por Italo Calvino, quien era editor de la prestigiosa Enaudi por aquel entonces. El maestro italiano buscaba algunos cuentos inéditos en el estudio de su amigo, pero en lugar de estos supuestos textos lo que halló fue este desgarrador y poético Camino de sangre, una última novela que vería la luz diez años después de la muerte de Pavese. No sé nada sobre la reacción de Garufi al enterarse del descubrimiento de Calvino y de sus intenciones, pero si no le había importado que estuviera tanto tiempo bajo llave, entiendo que mucha gracia la idea no le haría. Más que nada debido al personaje femenino que estaba a su cargo y que podría llegar a interpretarse como un claro reflejo de las desdichas de su vida.

Camino de sangre narra desde la cotidianeidad una historia de amor rota por el dolor acumulado de las heridas del pasado y la lucha inútil contra este. Juega con los conceptos nietzscheanos del eros y el thatanos, la pulsión entre el ansía de vivir y la atracción irrefrenable hacia la muerte. Sus personajes se sienten reales y eso es porque ambos escritores pusieron mucho de su parte para que así fuera. A pesar de que cada uno de ellos tenía pendiente una serie de capítulos (correspondiéndole a Pavese los impares y a Garufi los pares) la narración se siente perfectamente imbricada en sus resortes y la aportación de cada cual, en lugar de separarnos del texto, nos empuja hacia él con más fuerza. Se alternan los escritores, pero también los narradores. Pavese le dará voz a Giovanni, el poético y posesivo exnovio o examante o exalgo de Silvia, que exige toda la atención de esta y siente celos por todo y de todos. En definitiva, un joven infeliz con ínfulas, un poco cargante a veces, pero también con una gran capacidad de reflexión y algunas ideas muy potentes. Garufi, por su parte, se centrará en construir al personaje de Silvia. Desde mi punto de vista, su trabajo es más interesante y, aunque no goce de las lapidarias frases de Cesare, tiene una mayor profundidad psicológica y argumental. Es el pasado de Silvia lo que le impide escapar del pueblo con Giovanni, pero cierto es también que él promete mucho y sueña a lo grande sin mover un dedo, expectante. No es consciente del problema hasta que no es demasiado tarde. Silvia es una mujer que ha sufrido, mucho. Por eso necesita acción y no promesas. Así que le pide que la acompañe a Maratea, su pueblo natal, para asistir a los últimos momentos de un familiar muy cercano. De esta forma, Giovanni podrá entender, accediendo a su círculo íntimo, el porqué de la frialdad y la dureza con la cual Silvia siempre lo ha tratado. Camino de sangre nos muestra la desagradable cara del amor y cómo solo se puede aspirar a llegar a una total comunicación de pareja a través de la apertura de viejas heridas no cicatrizadas. De hecho, uno de los principales problemas que afrontan los protagonistas es la incomprensión derivada de una falsa imagen del otro. La idealización romántica del compañero destaca por ser sana solo en las peores historias.

Ambos construyen una novela turbulenta, pero madura. El toque de Garufi, su buen dominio de los diálogos y la creación de su personaje me parece espléndido. Aporta de veras un aire diferente a la narrativa de Pavese, cuyos rasgos distintivos siguen brillando aquí. Vuelve a aparecer esa visión telúrica del mundo y de la mujer que deja esos párrafos tan bien escritos, esa idea de confrontación lastimera con la realidad, el pesimismo propio de la incapacidad para cumplir los sueños de la juventud, el personaje cínico que prefiere observar antes de actuar, la ambientación de las sierras italianas y la vida en sus pueblos aislados, la confrontación de escenarios rurales y urbanos, pero ahora entra, gracias a Garufi, una mejor gestión de la intriga basada en secretos inconfesables, la visión de la mujer como clase explotada y maltratada incluso en las buenas familias de la época, la deshonra familiar de ser una víctima (muy lorquiana aquí), el endurecimiento del alma a base de golpes y muchos, pero que muchos, silencios significativos. Una combinación más que interesante e enriquecedora, casi diría que imprescindible. La sencillez de su propuesta y su buen desarrollo me han conquistado. No me despido de vosotros sin recomendaros que le echéis un ojo también a la magnífica reseña que ha escrito Rusta en Devoradora de libros.

 Más reseñas de obras de Cesare Pavese en esta esquina: La playa



domingo, 29 de julio de 2018

La escalera de caracol, de Ethel Lina White



Años 1930s. Helen Capel, una joven de humilde familia, entra a trabajar como dama de compañía en una remotísima mansión de la Inglaterra fronteriza con Gales. El sitio no es agradable y no son los pocos quienes se niegan a viajar hasta la casa, no por nada está a varias millas de distancia del pueblo más cercano y se cierne sobre él algunas leyendas sobre misteriosos suicidios y asesinatos de doncellas. La Cúspide, nombre irónico donde los haya, está dirigida por los Warren, una envejecida familia de burgueses intelectuales lideradas por tres grandes y reservadas figuras. La primera de ellas es Lady Warren, matriarca del clan al borde de la muerte traída por la vejez y los malos cuidados, que asusta con solo imaginarla. La segunda y la tercera, la solterona Blanche Warren y el señor Sebastián Warren, ambos dedicados al mundo académico, aunque solo los trabajos del profesor sean reconocidos. Son hijastros de la primera y, a pesar de lo mucho que la detestan, no pueden evitar sentirse responsables de cuidarla lo máximo posible. El profesor cuenta a su vez con un hijo (Newton), cuya esposa (Simone) anda siempre detrás del nuevo aprendiz del anciano maestro. Durante la novela este papel con el que se cierra este típico triángulo amoroso le corresponderá a Stephen Rice, quien parece preferir las gracias de su perro a las de las mujeres. El círculo de habitantes de la casa queda completo con los Oates, un matrimonio de sirvientes donde la señora hace de cocinera y el señor de chófer.

Cuando Helen llega a La Cúspide no tarda en percatarse de que algo no está del todo en su sitio. Tiene un mal presentimiento acompañado de muy buenos motivos para tenerlo. Algo no marcha en la casa y quizás esto se deba a la sinuosa sombra de un asesino que anda rondando la zona y que tiene una cierta predilección por las jóvenes empleadas de las familias ricas. El miedo de la protagonista se verá incrementado poco a poco por una traumática experiencia en la arboleda nada más comenzar la historia y por las incongruentes advertencias de Lady Warren, cuyas intenciones no quedan del todo claras hasta los compases finales de la narración. La incursión de una enfermera muy poco femenina no le sentará nada bien. ¿Podría ser el asesino disfrazado que se habría infiltrado para liquidarla? La noche avanza lentamente y con ella todos y cada uno de los habitantes de la mansión irá desapareciendo como si todo formará parte de un plan establecido para dejar a la pobre Helen lo más indefensa posible.

Al igual que en La dama desaparece Lina White toma como protagonista a una mujer joven que recién ha adquirido una cierta independencia para colocarla ante una situación de máxima inseguridad y riesgo. Pretende jugar, y lo hace estupendamente, con la psicología del lector a través de la duda y el recelo de su protagonista. En la vida puede ocurrir cualquier cosa y las personas suelen actuar con máscaras, de forma que alguien tan monstruoso como un asesino no siempre es descubierto por el aparente día a día normal que lleva cuando no está cometiendo sus crímenes. Lina White lo sabe y lo traslada al texto y al imaginario de Helen, quien pasa de la idea romántica del asesino como alguien ajeno hasta la posibilidad del asesino como alguien muy cercano. Y aquí crece la paranoia del personaje hasta cotas altísimas, aunque siempre sin despegar los pies del suelo, sin perder los nervios y cobrando valentía donde antes no la había. La maduración de personajes en el transcurso de una noche -tiempo de la acción de la novela- es espectacular y hasta cierto punto increíble. Algunos detalles son incluso inverosímiles y eso es lo que quizás enturbia levemente un trabajo tan brillante como este. Hay ideas y sentimientos en los personajes que maduran demasiado rápido y que son fastidiosos. Aquí incluyo el final, con su tonto diálogo sacado de una película romántica mala de la época. Es de los peores con diferencia que he leído en mucho tiempo. A mí, por lo menos, me hizo sentirme estafado. Tras tantas y tantas páginas planteando un miedo psicológico, voraz e insólito, la novela parece convertirse de repente en un cuento de hadas lleno de arcoiris y amor. Y todo por dos párrafos, que la escritora o bien se podía haber ahorrado, o bien podía haber desarrollado para encajarlos mejor. Cualquiera de las dos opciones me hubiese bastado.

Exceptuando este detalle, el noventa y nueve por ciento del resto de la obra es una delicia para todos los amantes de la novela negra en general y de esta época en particular. Es pausada y angustiosa. Sobrelleva bien la intriga que genera y responde a las preguntas planteadas de manera satisfactoria y sin romper nunca esa sensación de peligro inmediato que parece ser la marca de la casa de la autora. Es una pena que el libro esté totalmente descatalogado. Aún así, es posible encontrarlo en alguna librería de viejo y puede descargarse por ahí en alguna web. No voy a hacer apología de la piratería aquí, pero si para poder leerla no os queda más remedio, en este caso está más que justificado. Os dejo esta vez otra reseña de Leer sin prisa (donde han leído y comentado ya una buena parte de la obra de esta autora galesa).

Más de reseñas de obras de E. L. White en esta esquina: La dama desaparece


martes, 24 de julio de 2018

A la deriva, de Penelope Fitzgerald




En los 1960s en Londres no era para nada extraño encontrarse con una amplia cantidad de personas viviendo en casas flotantes a la rivera del Támesis. Muchos no podían costearse el alto precio de una habitación en la capital británica y alquilar un barco amarrado al muelle no era una opción desdeñable. La mayoría de quienes elegían este medio de vida lo hacían por dedicarse a profesiones no demasiado valoradas y por el romanticismo que implica. Muchos eran pintores, músicos y algunos, como la autora, incluso escritores. Fitzgerald pasó un período importante de su vida en una de estas balsas amuebladas, con su marido y sus dos hijas, lo cual le servirá casi veinte años después para escribir la tierna y a la vez cruda novela que comentamos hoy, valedora del prestigioso premio Booker.

A la deriva nos cuenta cómo un grupo de vecinos convive en el muelle de Battersea, dentro de sus barcos, comunicados con tablones y planchas los unos con los otros. Aunque el peso de la trama recae principalmente en las habitantes del Grace, no podemos dejar de lado el amplio y enriquecedor abanico de personajes secundarios que nos ofrece la autora. Tenemos por una parte al pintor Willis, propietario del Dreaghnough, un barco viejo que se va a pique antes de encontrarle un comprador. Por otro, está Maurice, un camarero que cuenta en su barco con un impresionante catálogo de objetos robados, pero que, gracias a la simpatía que despierta entre los otros habitantes del muelle, consigue siempre que le hagan la vista gorda. También tenemos a los Woodie, un matrimonio que peca de ser demasiado amable y del cual hasta los más inocentes se aprovechan. Y finalmente, pero de una importancia vital para el desarrollo de la historia tenemos al matrimonio Blake, que vendría a desempeñar los cargos de presidentes de la comunidad.

El matrimonio Blake vive en el Lord Jim, el barco más limpio y espacioso de todo el muelle y cuenta por ello con un reconocimiento del resto de los vecinos. Vendría a representar a la clase alta de este pequeño ecosistema social que se  construye en el muelle. Él, Richard Blake, es un exmarine que participó en la II Guerra Mundial y que intenta vivir en tranquilidad, siendo consciente de lo complicado que le resulta reinsertarse en la sociedad tras haber experimentado tantas crueldades. Siente como una obligación ejercer de figura paternal del resto de vecinos, actuar como un buen sargento que conduce a su pelotón con nobleza y orgullo hacia la victoria. A Blake le encanta el Lord Jim y el muelle de Battersea, pero tiene un problema gordo. Su mujer es totalmente incapaz de rechazar las comodidades de la vida en tierra.

Este mismo conflicto se recrea de nuevo en el semimatrimonio del Grace, aunque aquí adquiere resonancias argumentales mucho mayores. En el Grace, el más diminuto de los navíos, duermen Nenna y sus dos hijas: Tilda y Martha. Nenna está casada con un tal Edward, que la abandona porque piensa que vivir en un barco no les hace ningún bien ni a él ni a sus hijas. O esa es la excusa oficial para alejarse de Nenna. Parece que Edward no para de preocuparse por sus hijas, pero luego se marcha solo y las deja confinadas en el bote.

Hablando ahora de las niñas. Me veo en la obligación moral de alabar el gran trabajo que realiza Fitzgerald con los personajes de Martha y Tilda. No solo sirve para poner un punto cómico a la narración, sino que además introducen nuevas problemáticas muy a tener en cuenta.  Ambas son niñas que no asisten a la escuela, siendo perseguidas por ello por el cura metomentodo de turno para internarlas de cualquier forma. Nenna se preocupa por este dato, pero es consciente también de lo mucho que están madurando en relación con las compañeras de su edad por el simple hecho de pasar tiempo en el muelle. Y es que las chicas se sienten muy adultas. No vemos el típico trato hacia el niño de inferioridad que se suele apreciar en muchos autores. Las niñas de Fitzgerald son criaturas completas, en evolución eso sí, pero no más que el resto.

Os preguntaréis qué tienen en común todos ellos, además de vivir juntos. Pues básicamente que están en una encrucijada existencial (cada cuál con la suya propia) y que se dejan llevar por el oleaje de los acontecimientos. Como elemento paródico, algo que me ha llamado mucho la atención es el nulo movimiento de los barcos anclados a lo largo de la narración. Sus tripulantes no saben moverlos ni repararlos. La mayor aventura que puede experimentar uno de estos navíos amarrados es la del hundimiento, tras el cual nada servible persiste. Hay en todos los personajes, eso sí, una esperanza y una predisposición a la ayuda para con el prójimo verdaderamente enternecedora. La obra es dura, pero no hay en ningún momento un sentimiento de soledad pleno. Nenna acude a la nueva dirección de su marido para convencerlo de que su regreso es necesario y cuando entiende la imposibilidad de este y la mayor de las desilusiones se apodera de ella no transcurren muchas páginas hasta que Fitzgerald le encuentra un cobijo. El muelle de Battersea está aislado, pero forma una gran piña que busca defenderse del oleaje de los pesares a toda costa. Obviamente, si lo consigue o no es algo que no voy a desvelar para no fastidiar al lector interesado.

En líneas generales,  A la deriva me ha convencido mucho más que La librería. Esto se debe en gran medida a que soy de pueblo y a que en mi vida he pasado por muchos de estos establecimientos, lo que muy posiblemente me ha llevado a perder interés en la atmósfera retratada. El romántico mundo de la vida en casas flotantes a mediados de los 1960s es nuevo para mí y por ello quizás más atractivo. Al final me veo caído en sus redes y recomendándoos este libro.  Tenéis otras reseñas, también muy positivas en Leer sin prisa y en Devoradora de libros.

Más reseñas de obras de Penelope Fitzgerald en esta esquina: La librería,



sábado, 21 de julio de 2018

Tarántula, de Thierry Jonquet



Un reputado cirujano plástico de París (Richard Lafargue) presencia en una verbena cómo violan a su hija adolescente. Cuatro años después ella sigue en el estado semivegetativo en el que la dejó el shock y él ha perdido paulatinamente su humanidad. Richard, incapaz de saciar su sed de venganza, disfruta torturando a su compañera Eve. La agrede física y verbalmente, le ordena todos y cada uno de sus pasos y la obliga a prostituirse varias veces al mes, especialmente tras las agudas crisis de su hija. Con el tiempo vamos descubriendo que la personalidad sumisa y masoquista de Eve ha sido moldeada completamente por su persona. Imaginamos que por amor, pero en ella se guardan algunos sentimientos mucho menos bienintencionados.

El horrible crimen se llevó a cabo por dos maleantes. Uno desapareció meses después en extrañas circunstancias y el otro huye de la ley, cuatro años después del incidente, por haber asesinado recientemente a un agente de policía. El miedo del fugitivo le lleva a buscar una solución arriesgada para garantizar su seguridad venidera. Tras ver un programa de televisión, llega a convencerse de las ventajas de cambiar su rostro y para ello busca a un cirujano de renombre, frágil y extorsionable. La mala suerte le hace toparse con el padre de su antigua víctima.

Jonquet despliega todas sus herramientas en la construcción de una brillante novela negra con altas dosis de intriga y giros inesperados. Como ya dijo Cities en su reseña en Das Bücherregal, los personajes recuerdan y mucho a los de Patricia Highsmith, en el sentido de que son ciudadanos cotidianos que ocultan sus maldades a un mundo que no tiene por qué sospechar nada. Lafargue es una eminencia en el campo de la cirujía plástica y ha ayudado a miles de personas en su faceta pública, aunque al mismo tiempo no deje de ser un torturador tiránico de una malevolencia frívola. Eve trata de redimir su culpa y de proteger a quien ama mediante la aceptación de un castigo impuesto, mostrándose a la vez como una joven elegante y caprichosa que sabe disfrutar de los placeres de la vida sin pensar mucho. Alex Barny, el tercero en discordía, es un delincuente en potencia, pero conoce la amistad, la fraternidad masculina y el dolor de una madre. Todos son empáticos, todos son humanos y todos usan máscaras para enfrantarse al día a día.

A nivel técnico, lo más destacable de la novela tras la construcción de los personajes y la gestión de la intriga son dos cuestiones. La primera es el uso de un estilo elegante de doble filo, donde la mordacidad está a la vuelta de la esquina. La segunda es la interrelación tan magistral que realiza Jonquet entre los sucesos del pasado y los del presente. En este aspecto, la historia tiene mucho de thriller, con una narración particular basada en secuestros, ocultamiento de identidades, crímenes y la obligación de un padre de tomarse la justicia por su parte. Es digno de mención el uso de la segunda persona durante los saltos al pasado. La incomodidad que deja en el lector es grande. Uno se siente atrapado con el personaje del secuestrado; siente su odio, su miedo y también ese germinar casi enfermizo de Síndrome de Estocolmo que experimenta y que viene, cómo no, acompañado de un cierto Síndrome de Pigmalión en la figura del secuestrador. Un desdoble conceptual envolvente.
 
No he visto La piel que habito, pero por lo que puedo extraer del argumento en Wikipedia, la adaptación de Almodóvar parece ser bastante libre, por no decir que los puntos en común se cuentan con los dedos de una mano. Esto ocurre en abundancia dentro del mercado de los libros. No es ningún secreto que el mundo audiovisual dejó obsoleto al literario y que la búsqueda de ventas a través del filón del cine es aprovechada por muchas editoriales. La fajita de mi edición de Tarántula es modesta en comparación con otras que he visto por ahí. Muchos lectores potenciales llegan al libro a través de la película o la serie de televisión y está bien que así sea. Al menos el barco no se hunde. Le da alas al escritor, al traductor y a las editoriales. El libro no lo ha escrito el director manchego, pero recuerda mucho a su cine característico. Puedo comprender perfectamente que quedase maravillado tras su lectura y decidiera invertir tiempo y dinero en adaptarlo a la gran pantalla. Yo también lo habría hecho de haber podido.

PD. En la reseña de Das Bücherregal podréis encontrar links a otras opiniones serias sobre esta novela corta, así que me voy a escaquear de hacer ese trabajo hoy también.  Saludos y felices lecturas.



sábado, 14 de julio de 2018

Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal



Sabrina Love es la actriz para adultos más importante de la Argentina del momento y del corazón del joven Daniel de 17 años. Con su propio programa nocturno en una cadena codificada, despliega sus encantos felinos y se pasea semidesnuda por el escenario, danza del jacuzzi a la cama y de la cama al jacuzzi, rodeada de falos y exuberantes mujeres de mirada lasciva. Daniel espera ansioso cada madrugada, con su señal de cable pirateada y el miembro erecto, ignora el cansancio de la agotadora jornada en el frigorífico de pollos donde trabaja y sonríe, mientras las escenas de felaciones y penetraciones que ya ha visto un millar de veces se suceden una y otra vez, para poder verla. Su devoción ha aumentado repentinamente tras la compra del boleto con el cual tiene la pequeña posibilidad de pasar una noche con ella. Cuando gana el concurso, no puede creérselo. Todo parece indicar que perderá la virginidad con la diosa de sus desvelos, aunque para ello tenga que viajar en el corto plazo de dos días y sin un duro en la cartera desde su lejano e inundado pueblucho de provincias a la capital del país.

Comienza aquí una novela de carretera, una novela de viajes que se va conjugando maravillosamente con todo el erotismo de una trama que va mucho más allá del mero relato de la iniciación sexual de un adolescente. Una noche con Sabrina Love nos habla de los primeros contactos sexuales reales entre Daniel y las mujeres, pero también de los sentimentales. Se nos muestra el desengaño de un adolescente frente a su primer coito, pero también una nueva ilusión. Las mujeres no son los seres mitológicos que el entramado pornográfico y las charlas de bar entre cuñados le habían dado a entender. Son reales; sienten, piensan y desean igual que los hombres. Una noche con Sabrina Love es una novela para comprender que el amor nada tiene que ver con la idealización del alma del otro, sino con el contacto ardiente de dos cuerpos en la fugacidad de la noche, con la comprensión y el crecimiento parejo en todos los niveles, con el dolor y la esperanza. Pero sobre todo con el sacrificio.

Daniel pasa una serie de periplos a lo largo de esta Bildungsroman argentina que nos recuerda a las batallas de los arcaicos héroes medievales, que hacían lo que fuera con tal de salvar a su doncella. Los obstáculos no son los mismos, pero el premio tampoco. Las crueldades modernas y la camaradería se enfrentan como fuerzas antagónicas a lo largo del viaje de Daniel, quien se ve obligado también a comportarse en ocasiones como todo un ladino. Le intentan robar unos soldados, le hacen saltar de una balsa con lo puesto, nadie quiere recogerlo por sus pintas. Y al mismo tiempo va labrándose la ayuda de la gente. Unos obreros le dan de comer y lo felicitan por su futuro debut sexual, un viejo y su perro acceden a llevarle hasta Buenos Aires, un par de vaqueros le dan parte de su cena y duermen junto a él para protegerlo de la maldad de los demás. 

Daniel finalmente completa su viaje, pero una vez en la gran ciudad, todo se complica. El mundo del porno puede ser muy oscuro para quienes trabajan en él y no suele tener piedad con la gente de afuera. Nuestro protagonista se queda en la calle bajo la promesa de que Sabrina lo atenderá en un par de noches y aquí, con la novela en punto muerto, comienza otra historia de verdadero descubrimiento. Surgen nuevos personajes con sus preocupaciones propias de las gentes de ciudad y el mundo de Daniel choca y se enriquece. Descubre que la homosexualidad no es nada temible y que él también puede ser objeto de deseo. Una chica muestra su interés por él, algo inaudito hasta el momento. Daniel entra en pánico y luego se muestra valiente. La reunión con Sabrina Love parece dejar de importar. Surge el dilema, el conflicto. Y este es conducido satisfactoriamente por Mairal hasta su final.

Cabe destacar de la prosa del argentino la maestría desplegada en los diálogos y el logrado ritmo de la narración. La lectura se hace ágil y enternecedora. Mairal no necesita parrafadas para describir las emociones y preocupaciones de los personajes. Emplea el "show, don't tell", pero en la medida justa. Y en este caso funciona con la suficiente solvencia como para enganchar al lector y no soltarlo hasta las últimas páginas. La novelita en sí es corta y deja muy buen sabor de boca.


miércoles, 11 de julio de 2018

Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares



Lo último que esperaba recuperar Félix Ramos de las fauces de un perro recién se levanta una mañana es un extenso portafolio redactado por su viejo amigo Lucio Bordenave, a quien no ve desde hace meses. Los textos no solo aparecen de esta manera tan extraña, sino que además les están expresamente destinados. ¿Qué le habrá ocurrido al pobre Lucho y por qué narices le envía una carta a través de un can? Eso es lo que esta novela de Bioy Casares, redactada con la clásica técnica del manuscrito encontrado, tratará de dar a entender, sin olvidar nunca que la ambigüedad es la clave de la buena literatura y que la pluralidad de interpretaciones suele, en lugar de confundir al lector, enriquecerlo. 

Dormir al sol recurre a una estructura muy similar a la de El sueño de los héroes. En su relato Lucho pretende ser fiel a la realidad y para ello emplea un estilo intimista con expresiones propias y situaciones muy particulares de la región porteña argentina. Nos habla de su día a día y de cómo este cambia tras el encuentro con un siniestro adiestrador alemán de perros. Standle, que así se llama el misterioso tipo, se cuela en la vida que comparte con su histérica mujer (Diana) y su celosa ama de llaves (Ceferina Bordenave). No tarda mucho en conocer los problemas del matrimonio Bordenave y pronto convence a nuestro protagonista de internar a su esposa en una institución para enfermos mentales, acto del cual Lucho no tardará en arrepentirse. A partir de aquí el ambiente se vuelve cada vez más enrarecido. Las decisiones de Lucho empiezan a parecer cada vez más extraídas de toda lógica hasta el punto de padecer toda una crisis de nervios. La retirada de su mujer le lleva a un desequilibrio que el universo parece tratar de mitigar con toda clase de dobleces.

Bioy Casares juega con la simetría de personajes en este relato y no para de presentarle a Lucho toda una gama de sustitutas para su Diana. Entre ellas se incluye la vieja Ceferina, familia del protagonista y que es lo más parecido que tiene a una medre. Ceferina siempre desdeñó a la señora enamorada de su hijo adoptivo y no pudo contener su alegría cuando al fin la ingresaron, pues pensaba que ya tendría al joven Lucho solo para él. Se equivocaba, por supuesto. Mientras el protagonista trata de enmendar su error y sacar del manicomio a su esposa, una nueva inquilina se muda sin ningún tipo de pudor a su casa. Es Adriana María, quien, con un enorme parecido físico trata de arrebatarle el marido a su inestable hermana mediante toda clase de insinuaciones. Parece que la única sustituta aceptable podría ser una perrita que Lucho adquiere para no sentirse tan solo y que, por azares del destino, lleva el nombre de su esposa, pero resulta que la de carne y hueso regresa tras una larga ausencia a casa y Bordenave cree comprender entonces lo irremplazable del amor. Diana ha vuelto, en efecto, pero ya no es la misma. Algo dentro de ella ha cambiado. Todos sus caprichosos defectos han desaparecido, convirtiéndola en otra doble de su imagen. Esta Diana cubierta por un halo de bondad, por un aura de donna angelicata, no termina de hacer feliz a un Lucho, eternamente arrepentido, que extraña los males de su señora y que emprenderá toda una lucha para conseguir que se los devuelvan. El pobre ignora que la pesadilla iniciada con la llegada de Standle a sus vidas está lejos de acabar.

Toda esta serie de sucesos cotidianos nos van dejando pistas del fantástico final, donde un giro inesperado cambia completamente el subgénero de la novela. La presencia constante de los perros y de las mujeres que aman a Bordenave constituyen herramientas sólidas con las que Bioy puede encarrilar la narración hacia el punto mágico sin resultar forzado. Al igual que en El sueño de los héroes, el lector espera un suceso extraordinario, pero no es capaz de intuir con precisión cuál. El motivo del título se desvela casi al final del relato y sirve de resorte para entender el "todo" en su conjunto. Coloco este "todo" entre comillas porque las opciones en Dormir al sol parecen varias. Al tiempo que se van introduciendo claves que avalen una interpretación desde el género fantástico o desde la ciencia ficción de la historia de Bordenave, también se van pincelando detalles que nos hacen sospechar de la poca solidez emocional del protagonista. Esta ambigüedad aparecía también en La invención de Morel y creo que le da a la novela un toque muy especial.  El uso de manicomios y de personajes supuestamente enloquecidos me trae a la mente toda una caterva de obras excepcionales. Pienso sobre todo en El alienista de Machado de Assis, pero también en El hospital de la transfiguración de S. Lem. En estas tres obras aparece el manido tema del mundo patológico y de la locura de internarlo dentro de sí mismo. Los médicos en ambos no parecen para nada de fiar, pues se preocupan más por sus investigaciones que por la ética profesional y el buen trato para con sus pacientes. Esto le daba un cierto aire de novela de terror a El hospital de la transfiguración, que se repite por momentos en Dormir al sol, sobre todo en esos tramos finales, donde la sensación de claustrofobia se intensifica. Por otro lado, el ocultamiento del misterio de lo ocurrido a Diana durante su estancia recoge tintes de gestión de intriga muy propios del thriller y de la novela negra. El tratamiento me recordó mucho al Leo Perutz de El maestro del Juicio Final. No por nada, Bioy lo había editado junto con Borges unos cuantos añitos antes de la aparición de esta obra.

En definitiva, otra originalísima historia de Bioy Casares que me empuja a seguir disfrutando de su legado como autor. Bioy siempre ha aparecido bajo la sombra de Borges, pero, como ya he dicho en otras ocasiones, no es para nada un escritor de segunda. Tanto lo que cuenta como cómo lo cuenta sigue mereciendo con creces la pena. Me animé con Dormir bajo el sol gracias a una interesante reseña de El lector estepario. Además de esta podéis encontrar otras reseñas y análisis de la obra muy en condiciones en Demasiado que leer y Viajar leyendo.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: La invención de Morel, El sueño de los héroes,  

miércoles, 4 de julio de 2018

Compañía, de Cristina Cerrada





Compañía es una colección de cuentos con los que la autora española Cristina Cerrada obtuvo el II premio de narrativa Caja Madrid. Si bien la elección de esta lectura ha sido un poco por intuición, la satisfacción desprendida de la misma no podía haber sido mayor. Cerrada centra su punto de mira en una serie de personajes en situaciones muy desagradables y, en ocasiones, hasta crueles, lo que no deja de volverlos muy humanos. La mayoría de ellos, en lugar de disfrutar de la compañía de los mismos, no pueden evitar sentirse perdidamente solos. De ahí el título del conjunto. Las trece historias aquí contadas tratan sobre el dolor de la incomprensión, la frustración de los sueños propios, el valor de descubrir qué nos importa una vez lo perdemos, la negación de uno mismo y de los demás,... Sin más preámbulos, hablemos un poco de cada una de ellas por separado:

  • Alguien me sigue: Toma como tema central la paranoia y en clave feminista nos lleva con un estilo nada fantástico a un intercambio de roles que funciona realmente bien. Un hombre está obsesionado con su vecina de enfrente, a la cual se le ha roto la cerradura. Él lo sabe y se siente con el deber de "protegerla" del mundo exterior. Espera, por supuesto, algo a cambio: su amor incondicional. La chica sabe de la existencia de este hombre e intenta evitarlo como puede. Él la oye a través de las finas paredes del apartamento y la sigue por la calle, en el metro, cada vez que sale de casa. Le mira fijamente e impide que nadie se le acerque, hasta que un día la ve besándose con otro hombre, un hombre que comienza a seguirlo y le hace temer por su propia vida. El acosador se convierte en el acosado y que sea un hombre es un punto muy a tener en cuenta en el relato. Con ello Cerrada parece querer dejarnos en claro la indefensa situación de la mujer a día de hoy, acorralada una y otra vez por una vorágine incansable de hombres que aprovechan su ventaja física y social.
  • Tatuaje: Este es uno de mis favoritos. Cuenta la historia de un adolescente solitario que ha padecido el abandono paterno y se niega a aceptar al nuevo novio de su madre. El chico está enfadado con el mundo por esto y vaga sin rumbo por la ciudad. La llegada de un nuevo compañero de clase con quien hará buenas migas le llevará a querer tatuarse un lobo en el pecho. Un romántico y adolescente lobo que aúlle a la luna y que servirá de marca para recordarse a sí mismo lo solo que en el fondo está. Este relato trata sobre el abandono de un padre y sobre el difícil duelo que nos acompaña el resto de la vida tras este, la sensación de que nadie va a dar nada por uno y de las heridas no sanadas jamás. Una maravilla.
  • Naturaleza muerta: Habla del fin del amor y del período de no superación del mismo con todos los actos absurdos de una ira muy humana. En este relato no hay asesinatos ni agresiones, pero la sensación de violencia que Cerrada despliega es total. A mí al menos me recordó mucho a una de mis novelas favoritas: la increíble Personajes desesperados de Paula Fox. En ambas historias hay un matrimonio con muchas fisuras, aunque el hecho de que haya hijos de por medio y de que estos parezcan preferir al nuevo novio de la madre vuelve al relato mucho más incómodo y mordaz. Toda una delicia.
  • La laguna interior: Es el relato con el que más deberíamos empatizar todos aquellos que nos sentimos las ovejas negras de nuestras familias. Tina es una de las cuatro hermanas de una familia y la que más conexión tiene con su abuelo materno. Mientras su madre anda de excursión con sus dos hermanas más pequeñas, una llamada telefónica a la madrugada le anuncia que el viejo ha fallecido. Acude directa a la casa, pero una vez allí es incapaz de llorar. Está experimentando lo que Cerrada bautiza como la laguna interior. A pesar de tener unas ganas inmensas de expresar su dolor, no lo consigue y se culpa fuertemente por ello. Que Tina sea solo una niña hace todo mucho más turbio e interesante. Cerrada sabe que los niños son mucho más inteligentes que como usualmente los ha retratado la literatura y en este relato les hace justicia.
  • Hormigas: Toma también como eje las relaciones amorosas tóxicas. Esta vez vienen en pack, pues la protagonista tiene que hacer frente tanto a su novio como a su suegra, una viejita insoportable que ha quemado su casa para no desprenderse ni un momento de su más preciada descendencia. Este tándem madre-hijo comienza a volverse impenetrable al tiempo que la protagonista tendrá que plantearse seriamente si continuar o abandonar. La metáfora de las hormigas que nadie ve recuerda al viejo dicho inglés: There's an elephant in the room!
  • Mentiras, relojes y minusválidos: Trabaja la hipocresía social y su amplia funcionalidad dentro de las relaciones sentimentales contemporáneas. La tristeza de ver el marco completo de la relación entre una pareja que funciona gracias a las mentiras de una de las partes es desgarradora. Más si se tiene en cuenta el amor incondicional de la otra. Al igual que en otros relatos, Cerrada focaliza la acción en el personaje más polémico y desagradable, consiguiendo despertar todo el interés de un lector que lucha para no identificarse.
  • Alienígenas: Parece al principio un relato más cómico, aunque el trasfondo no lo sea en absoluto. Aquí la autora emplea un uso de la ironía y de la ambigüedad que, si bien se aprecia en otros relatos, no había llegado hasta su punto culmen. La historia nos cuenta cómo un hombre es interrogado una y otra vez por un médico psicólogo quien decidirá si pasa a entrar en un centro sanitario o en una penitenciaría. El narrador es acusado de haber asesinado a su mujer y a sus hijas, pero este no solo lo niega, sino que, además, le cede la culpa a unos supuestos extraterrestres que le habrían sondado y cortado las manos. No queda claro si esto ocurre así, pero el psicólogo es escéptico con el tema de las manos. Alienígenas es un relato de una inteligencia apabullante.
  • Progenie: Trata de ese odio intrínseco a todo lo que nos hace caer en vidas similares a las de nuestros padres cuando los detestamos hasta la saciedad. Trabaja al mismo tiempo el placer masoquista de muchas mujeres y cómo tanto estas como los hombres heredan comportamientos que adquieren con el contacto cultural entre sus modelos e iguales. Personalmente la historia me indignó bastante, para bien, espero.
  • Amnesia: Es uno de los relatos que más tocan el tema de la incomprensión, aunque quizás sería mejor decir: la necesidad de hacernos comprender. En él un joven acude con su devota pareja a una sala de hospital para visitar a un compañero de trabajo de ambos, quien ha sufrido un accidente y perdido la memoria. El visitante cree que el visitado se acuerda de todo perfectamente y que está haciendo teatro para no ir a trabajar y disfrutar de todo tipo de atenciones. Él no se lo va a contar a nadie, pero por alguna razón necesita oír que tiene razón. Para ello arriesga todo y entra en un comportamiento agresivo con el que saca la rabia acumulada a lo largo de la vida que tanto ansía olvidar. 
  • Trasplantes: Nos enfrenta de nuevo a un personaje obsesivo y paranoico que teme a un amigo de su pareja por el reciente trasplante que le ha salvado la vida. Piensa que un trasplante es introducir el alma de una persona en otra, creando una quimera monstruosa. Cerrada se sirve de recursos del cuento de terror aquí para dejarnos esa sensación de mala espina que tanto agradece un lector como yo.
  • Cerdos: Trata de la no aceptación de uno mismo tras una ruptura sentimental de varios años. Se habla del retorno a la familia que nos queda en la adultez y que es tan dispersa como distinta de nosotros mismos. La incomprensión de este reencuentro familiar, de esta nueva y a la vez vieja compañía que tan solos nos hace sentir. De eso y de unos cerdos, símbolos de la brecha entre lo que unos pueden soportar y otros no. 
  • El efecto Coriolis: Es el relato más breve, impersonal y que menos me ha gustado. Por lo tanto, no voy a dedicarle siquiera más que este par de líneas. Muy por debajo de todo el conjunto.
  • Compañía: La historia que cierra la colección es también la que da nombre al título y hace un acopio de las ideas claves presentadas. Habla de un par de chicos que comparten piso, siendo uno de estos el casero y el otro un inquilino que se niega a marcharse. El inquilino le parece al casero especialmente molesto, pero al mismo tiempo tiene un aura de optimismo que le sienta divinamente y que le pone muy difícil tomar una decisión terminante. El inquilino lo sabe y se aprovecha de esto. Juntos hacen una pareja un tanto cómica que se compenetra en una especie de simbiosis donde ninguno está del todo a gusto. 
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En resumen, una lectura sumamente gratificante, intrigante y ágil. Me gustará volver a repetir con la autora en el futuro. Recuerda en cierta medida a Samanta Schweblin, pero su estilo difiere lo suficiente como para presentar personalidad propia. Altamente recomendable.

PD. Mi actividad en esta esquina ha estado bajo mínimos una vez más debido a una importante carga de tareas y a un traslado de residencia. No he dispuesto de mucho tiempo para leer y menos para reseñar. Os ruego,  me disculpéis. Siempre vuestro.

domingo, 17 de junio de 2018

Las ballenas volantes de Ismael, de Philip José Farmer




Las personas más cercanas a mí saben de mi devoción por Moby Dick. La épica de la ballena blanca fue fundamental para formarme como lector cuando tuve mi primer contacto con ella a mis quince añitos. Lejos de aburrirme con sus digresiones y detalles superfluos, Moby Dick sirvió para ponerme a prueba y para aprender muchísimo sobre la naturaleza del ser humano, con sus ambiciones y su patetismo. A día de hoy sigo considerando la posibilidad de explicar la mayor parte de los tópicos y estructuras literarias a través de una novela como aquella. Es por eso por lo que cuando me enteré de que allá por los 1970s a un tal Philip J. Farmer, gurú del pulp, se le pasó por la cabeza la idea de hacer una extrambótica secuela de la majestuosa obra de Melville, me dije: "Lucas, tienes que leer eso. No importan ni el precio a pagar ni las horas de inversión. Tienes que leerlo y punto." 

Y sí, Las ballenas volantes de Ismael es una secuela de Moby Dick, pero... en demasiadas ocasiones se siente como si no lo fuera y esto desconcierta, desconcierta mucho. La acción comienza tal y como acaba la novela de Melville, con Ismael montado en el ataúd de Quegqueg, como único superviviente del Pequod, siendo recogido por el mítico Rachel, navío a la búsqueda de sus hijos perdidos. Hasta aquí todo marcha, se mantiene el tono de Melville, pero no tardarán en suceder acontecimientos sorprendentes, sorprendentes y sin explicación, que Farmer va a utilizar como excusa para homenajear -a su manera- a su compatriota marinero, recreando otro Moby Dick en pequeñito y con elementos propios de un horror cósmico que recuerda más al William Hope Hodgson de La casa en el confín del mundo que a Lovecraft o Chambers. De repente el mar se evapora e Ismael cae flotando como el único superviviente -maldita sea su suerte de nuevo- en una versión de su mundo muchos miles de años después.

La fauna y la flora han evolucionado y se han reducido. El ser humano se ha quedado desprotegido ante todas las amenazas. El suelo está plagado de monstruos gigantes, el agua es tan salada que es capaz de secar la piel y el cielo está gobernado por las antiguas criaturas marinas. Tiburones voladores, pero sobre todo ballenas con inmensas alas de mosca son el principal sustento de los últimos Homo sapiens sapiens. Ismael vaga en soledad durante un trecho, a la deriva de nuevo sobre el ataúd de Quegqueg y acaba llegando a tierra y encontrándose con una princesa, cuyo idioma desconoce, pero que aprenderá por completo -inverosímilmente- en un par de noches mientras intenta infructuosamente arrimar la cebolleta. 

Aquí quiero hacer un inciso que me parece apropiado a todas luces para lanzar una pregunta. Vale que Moby Dick no sea la novela más feminista del mundo. Sabemos la época en la que se escribió, conocemos a su autor y sus penurias, pero qué escusa tiene Farmer para en los 1970s construir a un personaje como Namalee, una mujer florero y prototípica por excelencia que parece sacada de una película cutrona de las de antes. Y es que la princesa es muy princesa, muy Disney, y eso duele a los ojos. Se siente como una estafa. No hay en ella evolución ni pensamientos complejos. Pero ni en ella, ni en nadie de su pueblo. Llega un punto en el que se roza tanto lo cómico que Ismael, quien no tiene ni puñetera idea de cómo funciona ese nuevo mundo en el que ha caído como por arte de magia, pasa de ser el observador de la catástrofe de Moby Dick a convertirse en un líder y tener de repente el apoyo de todos. De improviso, Ismael se encuentra con que es el hombre más inteligente del nuevo mundo y eso acompañado a su suerte para sobrevivir a cualquier peligro -un recurso del que abusa Farmer hasta el punto de hacerlo intocable y conseguir que el lector deje de preocuparse por él- le convierten en un héroe. Ismael tiene unos valores justos, nobles y pacificadores. Su victoria hace que el bien triunfe sobre el mal. Se lleva a la chica. Se convierte en el rey de un pueblo para él desconocido. Vive numerosas peripecias y vence, pero el mensaje que deja es vacuo y entretiene solo cuando no aburre. Viendo de dónde parte Farmer, la novela incluso decepciona. Uno siente que se aprovechan de la fama de un gran escritor como Melville para ganar clientes. Se intenta un homenaje que no cuaja, porque el nivel de Farmer aquí dista a años luz de lo que pretende homenajear. En fin, Las ballenas volantes de Ismael es un texto que os recomiendo solo si queréis perder vuestro precioso tiempo. Hay mil historias mejores que la que aquí se cuenta. 


miércoles, 6 de junio de 2018

Ygdrasil, de Jorge Baradit



Mariana es una asesina chilena a sueldo de mediana edad, adicta al maíz (una de las peores drogas de un mundo comido de vacío, destrucción y conflictos de intereses), contratada por un poderoso partido político mexicano para robar una información que podría cambiar el devenir histórico. Su misión se sitúa en un espacio con evidentes tintes de postcyberpunk, pero en el cual se integra de una forma naturalizada y bastante original todo un espectro de elementos sobrenaturales, psíquicos e incluso chamánicos. Lo que parecía una sencilla operación, acaba con la vida de la torturada Mariana, descuartizada y echada al río como un trozo de carne más, inservible. Sin embargo, por extrañas razones que se nos irán revelando poco a poco, Reche, un selkman, ente espiritual de un inmenso poder (prácticamente comparable a un dios), la trae de vuelta de la muerte. El selkman tiene como propósito corregir los desórdenes situados en el devenir de los acontecimientos, curar las anomalías de consecuencias catastróficas a las que tendemos los humanos en nuestras ansias de poder sin medida y por lo visto Mariana se encuentra de alguna forma en medio de la secuanciación que debe efectuar Reche para salvar el cosmos. Con un nuevo protector, la yonkie chilena buscará conservar su vida libre a cualquier precio, incluso si este implica tener que volver a trabajar con quienes le han traicionado. 

Ygdrasil  mezcla maravillosamente una increíble amalgama de géneros literarios. Parte de la ciencia ficción, pero en ella podemos encontrar muchos mecanismos propios de la narrativa de espionaje, la novela splatterpunk (con un alto nivel de violencia pulp; una muestra implícita de la misma), una novela que alterna un gore desmedido y de retórica sadomasoquista con hermosísimos pasajes líricos, oníricos e incluso piscodélicos. Pretende contar una historia particular, pero al mismo tiempo no deja escapar la posibilidad de exponer problemáticas mucho mayores. ¡De índoles cósmicas! Consigue elevar a un plano trascendental auténticos dilemas éticos, políticos y religiosos sin aburrir ni sentirse en ningún momento forzado a ello. La cuestión de espiritualidad y la asimilación de la misma a través de la ciencia tecnológica es una propuesta convincente y llena de originalidad. En el mundo de Mariana, los seres humanos no solo han demostrado la dualidad platónica alma/cuerpo, sino que la han informatizado, convirtiendo a la primera en un software con diferentes capas y a la segunda en un hardware cada vez más prescindible. El dolor del cuerpo es tratado como una alerta de antivirus que nos advierte de los intentos de las más terribles amenazas de penetrar en nuestro software espiritual. 

Como si fueran sistemas informáticos, las almas pueden transitar de un cuerpo a otro. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la de Günther Diethardt, un joven soldado alemán abatido en la batalla de Stalingrado y que muchos siglos después trabaja codo con codo para los jefes de la operación, bajo la promesa de estos de entregarle un cuerpo. Günther puede penetrar en la mente de Mariana y será usado como un disco duro externo que conecte rápidamente con el Directorio, al tiempo que se convierte en el único amigo de verdad de la chilena. 

Al igual que en muchas novelas (post)cyberpunk la visión que se tiene aquí del cuerpo como hardware es también tratada en extremo. Mariana cuenta con una serie de implantes de última tecnología en su cuerpo que la convierten en toda una cyborg, reviviendo ese mito de Donna Haraway. Gracias a este poderoso hardware Mariana, con la ayuda de Günther y de Reche, se infiltrará en un poderoso ordenador, buscando primero el acceso a un extraño programa, el Empalme Rodríguez, y luego a un constructo mucho mayor y por ende más peligroso, el Ygdrasil, el sistema más potente del universo encerrado dentro de las fronteras del nuevo país de la Chrysler. Lo verdaderamente emocionante de esto son los viajes más que variopintos a unos mundos cibernéticos plagados de acertijos mortales, mares de códigos y personajes alegóricos capaces de amedrentar y confundir a cualquiera como los buenos firewalls que son. De repente uno tiene la sensación de encontrarse perdido dentro de un videoclip del rock influido por el LSD de los 1970s y sin previo aviso salta desde allí a un ambiente totalmente compatible con el típico anime japonés cyberpunk de los 1990s. Las referencias en Ygdrasil, como digo, son enormes. En ella tenemos Ghost in the shell, pero también los Evangelios de Jesús de Nazareth. El Popol Vuh y los guiños a autores como Clive Barker. Tenemos sangre y lágrimas. Incluso incómodos momentos cómicos. Todo un delirio de creatividad bien llevado. Una obra maestra absorvente de principio a fin. Sencillamente única.

Tenéis otra reseña en Das Bücherregal, donde el entusiasmo despertado es más o menos similar. Allí se han tomado la molestia de seleccionar otras visiones de la obra, linkeadas a los blogs de sus respectivos autores, donde el libro no ha salido tan bien parado. Para no repetir, no voy a dejar por aquí nada más. Os deseo como siempre felices lecturas y os recomiendo esta encarecidamente. Agur.