lunes, 12 de noviembre de 2018

Holetes, de Maximiliano Barrientos




Tero y Abigail son dos estrellas porno retiradas que un día deciden abandonarlo todo y fugarse en coche hasta que se queden sin un duro. Con ellos irá Andrea, la hija de Abigail con otro hombre. Por raro que parezca, esta no es una huida romántica. De hecho, casi no parece una huida, pues los protagonistas se ven continuamente asediados por los recuerdos de sus pasados y no parecen estar del todo cómodos con ellos mismos ni entre sí. Tero detesta hasta cierto punto a Abigail y viceversa. Y aunque mientras tanto Andrea intente disfrutar de una especie de vacaciones, nota la tensión del ambiente en el que se encuentra. Esta unión interesada es un intento de construir por encima de un intento de olvidar. Barrientos toca una infinidad de lugares comunes para lanzar un replanteamiento necesario del viejo tópico literario del homo viator (ese que hace su camino al andar). Esta apreciación se hace evidente en el momento en el que un cuarto personaje en discordia lo señala:

"No se fueron para escapar, sino para fabricar un pasado en común.
Todo viaje es la construcción consciente de un pasado. Se dejan atrás lugares impersonales (hoteles, cafeterías, bares, estacionamientos, lavanderías) para inventar lugares íntimos."

Este hecho, tan característico, es el que llama la atención de un excéntrico director de cine que empezará a entrevistarlos para recopilar material con el cual poder rodar un documental/reality show donde expondría la vida cotidiana de dos ex miembros de una industria tan polémica y a la vez tan consumida a través de la experiencia de su viaje en carretera. Y esto es lo verdaderamente curioso del juego narrativo. Lo que nos muestra Barrientos no es la interrelación directa de los personajes, sino lo que cada uno le cuenta al director, así como las notas de este último, sus sospechas, miedos y deseos. Es en esta polifonía sobre la cual está cimentada la novela y hay, por supuesto, en ella mentiras, insinuaciones, metáforas, momentos completamente fantásticos y vacíos de información que el lector decide si llenar o no.  Cada capítulo se divide en varias entrevistas donde solo leemos las apreciaciones de los personajes filtradas por la escritura del director. Fuera de cada toma quedan cortadas las preguntas del director y toda la morralla (la vocal de relleno en español "e", la repetición hasta la saciedad de estructuras similares, las coletillas, etc.). Con este sistema basado en el lenguaje oral pulido deberíamos esperar unas marcas propias del lenguaje de cada personaje y, aunque las hay, no llegan al punto de resultarme totalmente convincentes. ¡Me hubiera gustado ver más! A mi forma de verlo está demasiado pulido por parte del director y al principio cuesta hacernos a la idea de qué tipo de texto estamos leyendo. Quizás esto se haya corregido en una versión posterior a la mía (que sé que existe y por la cual agradezco al autor y a los editores).

Las historias de los personajes son verosímiles, a pesar de la interrupción de algún que otro acontecimiento fantástico. Sorprenden porque la dureza implícita en ellas no siempre está relacionada con la tradicional turbiedad de la industria pornográfica. Algunos de los problemas vitales de Tero y Abigail son tan comunes que podrían ocurrirle a cualquiera. Y eso ha sido un punto a favor de esta novela. Otro lo ha constituido su brevedad. Hoteles es una historia rápida, con capítulos muy cortos y tremendamente adictivos. Las partes más pesadas, pero también lógicamente con más chicha, son las innumerables notas del director. En ellas no solo hay reflexiones constantes sobre lo que le sugiere cada uno de los entrevistados, sino que, además, se introduce cómo estos encuentros cargados de significado afectan a su propia vida y, más concretamente, a su relación sentimental. En su caso, fruto más de la conveniencia que del amor, guardando así, hasta cierto punto, una similitud con los vínculos entre Tero y Abigail en su viaje y entre cualquiera de ellos y otras personas en su trabajo. Hoteles es una muy buena novela que no debéis perderos. Tenéis otras reseñas, algo distintas, en La Tormenta en un vaso y La antigua Biblos.



lunes, 5 de noviembre de 2018

El día que la vea la voy a matar, de Guillermo Fadanelli



A veces uno tropieza con libros inusuales como este. Libros que no aspiran a mucho y donde convergen la escritura automática con situaciones de lo más variopintas y un sentido del humor llamémosle áspero. No voy a mentir, no soy un gran fan de este postvanguardismo literario que nos propone Fadanelli. Entiendo su intención. Creo atisbar el mensaje que trata de transmitir. Sin embargo, tengo un enorme conflicto con la forma de transmitirlo porque sospecho que no es la idónea para esta clase de obras. El día que la vea la voy a matar es un libro donde se intercalan relatos, microrrelatos y otro tipo de escritos que no sabría muy bien cómo clasificar. Hay en ellos tanto denuncia social como política y religiosa. Bastante ácida, pero de escasa profundidad. En definitiva, nada que no hayamos visto en un post de Facebook. Hay también una materialización de los deseos y los miedos de su escritor y de las personas que lo rodearon durante la redacción del volumen. Autoficción es la palabra. ¿Qué os voy a contar? ¿Que está centrada en la complejidad de vivir en una sociedad bicéfela y de doble moral donde lo tabú es revolucionario y donde la palabra "revolución" viene tildada con matices que se trasladan desde lo más necesario hasta lo más doloroso? ¿En la complejidad de llevar una vida bajo el influjo constante de la violencia y de la jerarquía de poderes hombre/mujer, maestro/alumno, blanco/negro, Dios/hombre? ¿En la compleja necesidad humana de desear el imposible y despreciar el posible deseado? ¿De odiar y amar la soledad y la compañía? ¿Con qué fin? También tenemos un intento de ser cómico a partir de lo vulgar y una especie de obsesión insana y cansina con la masturbación y el asesinato. Recordé por momentos a un Chuck Palahniuk poco inspirado y alejado de sus personajes, y cuando hablo aquí de longitud lo hago de distancias kilométricas. La frialdad del humor recuerda a Foster Wallace, solo que Fadanelli es mucho más simple, lo que le da al asunto mucha menos gracia. Aunque supongo que su intención es precisamente crear este efecto de pérdida de tiempo. En la página de la editorial no dudan en definir el libro como literatura basura. ¡"Atractiva malformación" le llaman a la broma!

Hay lectores que disfrutarían mucho con El día que la vea la voy a matar, pero no ha sido mi caso. Mi experiencia ha sido algo similar a desayunar cebollas crudas. Las ideas e imágenes se me han repetido una y otra vez hasta el punto de que el conjunto me parecía una especie de vertedero de relatos a medioconcretar, sin pulir, sin esperanza de encontrar un final satisfactorio. El estilo del autor tampoco ayuda, pues es excesivamente culto para las situaciones que plantea, lo cual nos saca de contexto una y otra vez. Personajes que argumentan sobre filosofía política o de la identidad mientras se sacan el miembro para escandalizar y cosas por el estilo. Acaba resultando muy gamberro, muy punky, pero también muy inverosímil. Choca al lector en un primer momento, pero tras cinco o seis relatos uno se harta de forma considerable. Lo cierto es que acabé el volumen por su brevedad. Sin embargo, estuve tentado de dejarlo varias veces. O de saltarme partes. La sensación de leer historias que ya había leído hace tan solo diez minutos estuvo presente en todo el proceso. 

Fadanelli quería buscar una forma de expresar las preocupaciones de la vida cotidiana de los marginados (los yonkis, las prostitutas, los delincuentes, ...) y sus duras condiciones. Este escrito me recuerda mucho al Movimiento McOndo, grupo de artistas latinoamericanos postboom que querían señalar los numerosos fallos y problemas que el "Realismo Mágico" tenía a la hora de construir el imaginario extranjero de Latinoamérica. Incluso hay en El día que la vea la voy a matar algunos relatos que se vuelcan contra la obra del mismísimo García Márquez en una mezcla de homenaje y crítica. Se nota el gran aprecio profesado hacia el colombiano por un aumento severo del respeto (y de la correción política) y una reducción de las gamberradas previas. El detalle, como mínimo, fue curioso. Hay que destacar que el libro pretende tener gags de humor. Digo pretende porque yo no me he reído casi nada. Y yo me río con prácticamente cualquier tontería. En serio, hasta con los vídeos de gatitos.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Verde agua, de Marisa Madieri




Verde agua es una autobiografía de Marisa Madieri escrita en forma de diario donde alterna sus recuerdos de la infancia con su vida presente en los prineros años 1980s. Es considerado uno de los relatos más representativos de la tradición istriana de escritos sobre el exilio de los italianos de las regiones de Istria, Dalmacia y Fiume tras la reorganización política del país con la derrota de Mussolini en la Segunda Guerra Mundial y las adhesiones de la Yugoslavia de Tito.

Madieri nació en Fiume, actual ciudad de Rijeka en Croacia, la cual por entonces pertenecía a Italia y tenía una población mayoritariamente italiana que habría apoyado los ideales del fascismo. Creció rodeada de eslavos (su familia por parte de padre, sus amigos del bloque en donde vivía, sus profesores que le enseñaban a hablar croata, etc.), por lo que, a pesar de la decisión familiar de optar por el exilio, no puede evitar sentirse una mujer entre diversas influencias nacionales. Por eso, escribe desde una perspectiva plural en la que asume tanto sus raíces italianas como las eslavas y las de Europa Central, intentando evitar cualquier tipo de resentimiento hacia yugoslavos y rusos. Sin embargo, las penurias que debió sufrir hasta alcanzar la vida relativamente acomodada que llevaba cuando redactó Verde agua son múltiples y pasan desde la dura crónica del viaje del refugiado hasta la dura crónica de vivir en una habitación diminuta con toda la familia comida de frío, en un recinto con unas condiciones bastante próximas a las de un campo de concentración (¡en su propio país, además!). Madieri habla de su etapa en los box de Trieste (almacenes de grano reconvertidos en centros de acogida), de cómo fingía en el colegio la vergüenza ante sus amigas y de cómo se refugiaba en la lectura -que nos lleva muy lejos a través del poder de la mente, traslandándonos desde donde estamos hacia donde queremos estar- en una historia en la cual la nostalgia, constantemente embellecida y constantemente mancillada, tiene un peso fundamental. 

El punto fuerte de Verde agua es su lirismo nostálgico, mediante el cual Madieri explica su forma de actuar partiendo de las experiencias de su pasado. Incluye aquí tanto vivencias propias como de su peculiar familia extensa, donde destaca especialmente el papel de la nonna Quarantotto, actriz amateur de la vida diaria y gurú del box de Trieste, una estafadora de campeonato. Las relaciones de odio entre esta señora y su yerno son particularmente cómicas y relajan un poco las situaciones más tensas. Madieri emplea figuras retóricas de gran belleza que no acostumbramos a encontrar en biografías de esta índole y sobre todas las cuales prevalece la alegoría del agua verde del mar de su paraíso perdido: la costa del Fiume arrebatado. Se refleja en su semitransparencia el paso del tiempo, el cambio de un pueblo a otro y de una niña a una mujer.

En esta odisea, realizada en el paso de la infancia a la pubertad -vivida con tan solo siete años-, tiene también un papel fundamental tanto la figura de su madre en particular y como de la madre en general. Madieri habla de la trágica enfermedad que dinamita los sentidos de su progenitora  y la hace morir en la frustrada paz de la incomprensión, presa del Alzheimer. Este libro sirve de agradecimiento y homenaje a su memoria, a pesar de todo el mal que ella no pudo evitarle. A raíz de este desolador fin, la escritora se convierte en una férrea antiabortista. Mi impresión: Verde agua se erigió para Madieri en una suerte de anclaje para explicarse su visión del tiempo, de la vida y de la maternidad tanto a sí misma como a los demás. Debo decir que a mí este giro en la trama me sorprendió, a pesar de ser presentado prácticamente al inicio. Me costaba encajarlo con esa historia de vilezas que en otro plano temporal se me estaba narrando. Sin embargo, tras finalizar el libro puedo llegar a entender, no a compartir, el porqué de estos ideales de la escritora. Para ello es necesario pensar en el contexto histórico, en la sensible naturaleza de Madieri y en su búsqueda de la belleza y lo imprescindible en cada partícula de polvo, en cada componente del universo. Madieri escribe un libro de confrontación del pasado donde busca un significado para el presente y reúne un hálito de esperanza para el futuro. Hay que destacar que la escritora ya estaba enferma de cáncer cuando redactaba estas páginas.

La historia es amena y breve. Se lee en un pispás. Mi edición de Minúscula cuenta con un posfacio (texto concluyente) de su viudo, el también escritor Claudio Magris, donde se refuerzan muchos de los puntos fuertes de la obra. Tanto el diario de Madieri como las anotaciones finales están escritos con mucho sentimiento, pero, ante todo, cuidando la técnica, lo cual es de agradecer. Tenéis más reseñas en Koratai  y Devoradora de libros.



domingo, 28 de octubre de 2018

Por qué se cuece el niño en la polenta, de Aglaja Veteranyi




Por qué se cuece el niño en la polenta es la única obra que nos dejó la escritora suiza de origen rumano Aglaja Veteranyi. Constituye una especie de novela autobiográfica donde narra el desarraigo de su pueblo durante la dictadura comunista de Ceausescu bajo el prisma de su particular familia y su difícil infancia, durante la cual tuvo que sufrir todo tipo de vejaciones para sobrevivir. Es un relato duro, escrito desde el prisma de una niña que es obligada a crecer demasiado pronto y que sufre el abuso por parte de todos los adultos que la rodean, inclusive sus padres, quienes pretenden aprovechar su belleza, su ingenuidad y su talento en beneficio propio. La novela en sí es muy breve, pero tiene muchísimo jugo.

El ambiente de la narración nos sitúa en los circos ambulantes de la Europa Central de los años 1960s-1970s, donde una pequeña Aglaja de 5 años nos presenta su marginal y precaria situación en un mundo que no conoce bien del todo, pero en cuya crueldad ya está envuelta. Aglaja nos habla del trabajo de sus padres: él es un payaso húngaro, alcohólico y maltratador, y ella una trapecista que emplea la dureza de sus cabellos para colgarse desde cientos de metros. La madre de Aglaja es quien la protege de las zarpas de su colérico padre, un hombre frustrado por no haber encontrado el éxito y que lo paga golpeando y violando a su familia. A este complicado espacio familiar habría que añadir a la hermanastra de Aglaja por parte de padre que es quien le cuenta la historia del niño de la polenta: una cruda narración sobre las penurias que tiene que soportar un infante que no se ha portado "como es debido". La historia obsesiona a Aglaja, quien quiere ser una bella actriz de Hollywood y así escapar de las arenas movedizas de la polenta, de esa podredumbre que se le echa encima. No obstante, las dificultades para ello no han hecho más que comenzar.

Por qué se cuece el niño en la polenta está narrada con frases breves, pero con una gran profundidad. La visión infantil que choca con el mundo adulto me recordó ligeramente a algunos personajes de Penelope Fitzgerald y, sobre todo, al protagonista de El pájaro pintado de Jerzy Kosinski, una obra también hasta cierto punto autobiográfica. Aglaja es obligada a trabajar demasiado pronto. Su padre la abandona tras una discusión matrimonial y la deja en plena inestabilidad económica. Aunque la madre asume rápidamente el rol de traer dinero a la casa, no tarda demasiado en sufrir un accidente que le imposibilita volver a realizar cualquier número. A pesar de no decirse explícitamente, se da a entender que la pobreza es tal que en algunas ocasiones esta desgraciada mujer encuentra en la prostitución una solución temporal. En uno de estos encuentros conocerá a un amante, quien desgraciadamente es tanto o más pobre que ella. Aunque esto no será problema para el surgimiento del amor entre ambos, acabará por convertir a Aglaja más en una carga para su madre que en una preocupación constante. Mientras tanto, la joven Aglaja se desarrolla físicamente, pero no crece, no aprende, su vida es un bucle de miserias y de sueños cada vez más remotos. No va a la escuela, no sabe leer ni escribir, pero empieza a pensar que solo con la belleza basta. Con trece años y sin dar detalles a nadie, Aglaja es colocada en un club de stripteases y empieza a experimentar el brutal deseo por parte de los hombres que la rodean, quienes le lanzan miradas lascivas, saltan sobre el escenario para toquetearla y le escupen desde las mesas toda clase de insultos, proposiciones y piropos.

Así y con todo, la novela es profundamente filosófica y cuenta en este sentido con un inicio demoledor que voy a tomar la libertad de reproducir aquí:

"Me imagino el cielo.
Es tan grande que me duermo en seguida para tranquilizarme.
Al despertarme sé que Dios es algo más pequeño que el cielo. Si no, al rezar nos dormiríamos siempre del susto.
¿Dios hablará idiomas extranjeros?
¿Entenderá también a los extranjeros?
¿O es que los ángeles están en pequeñas cabinas de cristal haciendo traducciones?"


Parece una visión tierna e infantil, pero va mucho más allá. Este comienzo es una advertencia. La duda metafísica de esta niña de cinco años nos anticipa esa sensación fatídica del exiliado que duda hasta de que en la casa de Dios, más allá de la muerte, encuentre un lugar al cual pueda bautizar verdaderamente como su hogar. Crisis existencial e identitaria. Aglaja es una apátrida, repudiada dentro y fuera de su país. Sin cultura, sin esperanzas y sin ningún tipo de amor carente de interés. Veteranyi nos muestra hasta qué punto puede llegar la mente de un niño de cinco años con una dura existencia sin perder un ápice de verosimilitud. En este primer párrafo se expresa esta idea que será tan recurrente en toda la obra junto a otra: el miedo a su padre, identificado aquí con Dios, como el padre eterno, superior y omnipresente. Aglaja debe reducir a Dios para tranquilizarse,  pero al mismo tiempo es consciente de que este pequeño acto podría restarle un poder para ella tan necesario como el que alguien en el universo pueda alcanzar a comprenderla. Dios, su padre payaso y el Dictador (Ceausescu) son los tres hombres poderosos de su vida. Veteranyi usará estas tres figuras, junto con la de otros personajes secundarios que irán apareciendo para denunciar los abusos de poder por parte del varones sobre la mujer y expresar la idea de que demasiados son los indeseables que han desgraciado las vidas de mujeres a lo largo de la historia, destinadas siempre, por haber carecido de la fuerza física, a un papel pasivo, resignadas. Sin embargo, más allá del catastrofismo y la denuncia feminista, Veteranyi encuentra una cura para la desigualdad, la pobreza y la incomprensión a través de la cultura y del conocimiento de las verdades descarnadas y es aquí donde hallo el por qué de este libro. Es responsabilidad de todos que vidas así no tengan que repetirse. Tenéis otra reseña en Lo imborrable (bastante más completa que la que hoy os traigo y con muchos más detalles sobre la vida de la autora y su padre -que por lo visto viajó a Argentina y llegó de alguna forma a ser famoso- en los cuales no he querido meterme, pero que no dejan de ser hasta cierto punto de interés).




sábado, 20 de octubre de 2018

Santuario, de Edith Wharton






Nos situamos a finales del siglo XIX en la casa de una pareja pudiente del medio oeste americano. Nuestra protagonista es Kate Orme, quien, tras tomar una dura decisión en contra de su moral, se convierte en Kate Peyton. Tiempo después del casamiento -en una elipsis de unos veinte años-, el marido muere, dejando a Kate al cargo del joven Dick, un precoz arquitecto. El chico tiene una rivalidad laboral con otro hombre, mucho más talentoso que él, pero también mucho más pobre. Con él guarda, además, una gran amistad, dentro de la cual, Dick profesa una admiración excepcional por Darrow. Ambos van a presentarse a un concurso de arquitectura que podría cambiar sus vidas completamente. Diseñar el museo principal del condado no es ninguna broma; por ello, van a esforzarse al máximo. El dinero podría sacar de la miseria a Darrow, quien vive prácticamente como un vagabundo, pero también podría llevar a Dick Peyton a conquistar el corazón de la chica que cree amar. Sin embargo, Kate sabe del interés de las intenciones de Clemence. Ella no aceptará a Dick si este no gana. No le importa lo que el joven tenga que hacer para ello. A su parecer, él éxito no entiende de escrúpulos. 

Santuario es una novela breve sobre la lucha de dos fuerzas antagónicas (la mano de obra y el capital) para lograr un determinado fin (para un personaje, alzarse o mantenerse en una posición ventajosa). Habla de la aspiración humana del poder sobre los demás -muy en la órbita de Foucault- y de los acuerdos y desacuerdos sociales que permiten ciertas triquiñuelas para saltarse a veces lo socialmente considerado como ético. Está dividida en dos partes, donde se relatan dos sucesos de polémica moral, pues dejan a unos personajes indefensos ante el peligro y la muerte, mientras otros se aprovechan del esfuerzo ajeno para crecer y mejorar sus condiciones de vida. Sé que sueno muy marxista con esta interpretación, pero la novela se ajusta al dedillo a esta línea crítica. A pesar de no hacer apología político-económica de manera explícita en ningún momento, cuanto más pienso en el argumento más obvio se me hace este mensaje.

Tanto Kate como Clemence Verney esperan el éxito de Dick por encima del de Darrow, a pesar de las pésimas condiciones en las que vive el chico. La victoria de un pobre sobre un miembro de la familia Peyton podría suponer una deshonra, aun cuando todos saben de la brillantez y del cuidado que pone Darrow en sus trabajos. Un dilema parecido sucede en la primera parte, cuando Mr. Peyton se niega a entregar lo correspondiente de la herencia de su fallecido hermano a su viuda por considerar que estos no estaban casados legalmente -aunque luego se demuestra que sí lo estaban y que posiblemente esta decisión se debe al status social de ella-. Ambas acciones traen terroríficas consecuencias tanto para el inocente Darrow como la pobre viuda, quienes acaban, sin duda, mucho peor que como empezaron.

Otro tema, incluso más relevante para Wharton en su novela, es la situación de la mujer en su contexto geotemporal, sobre todo en lo referente a sus obligaciones en relación con el hombre como ente subordinado con poca voz y menos voto. Partiendo de la denuncia, Wharton hace una crítica feminista sutil en Santuario. Kate accede a casarse con Peyton, a pesar de sus actos horribles y su repugnante forma de lavarse las manos de responsabilidades. Tras veinte años, siendo ya viuda, su preocupación principal es el inútil de su hijo con deseos de grandezas y ese romanticismo extremo que saca tanto de quicio. Kate adopta el papel de madre sobreprotectora (seguramente, debido al fuerte impacto del incidente de su cuñada), pues no desea que a su hijo le suceda nada malo y sobre todo, que este no repita sus mismos errores del pasado. Pretende ser el refugio de Dick, su santuario, y defenderlo así de toda la maldad exterior. De ahí, el título de la novela. Wharton denuncia el aislamiento de la mujer en el hogar y destaca como los logros de los machos de la casa (hijos y marido) se convierten en sus propios -y a veces y desgraciadamente únicos- logros. Su función es la de la melancólica consejera, resignada, incapaz de cambiar nada con sus propias manos. Cuando el marido muere o sus hijos no son capaz de socorrerla, si no tienen dinero, están totalmente perdidas.

Mi idea preconcebida de la narrativa de Wharton esperaba una novela bastante más intimista de lo que luego me he encontrado. Los personajes no se encierran tanto en sí mismos como había imaginado y eso es algo de agradecer. Edith Wharton es desgraciadamente una autora encasillada en un tipo de escritura con muchos prejuicios: la narrativa intimista femenina. Como escritora me ha sorprendido gratamente. En Santuario hay una belleza de diálogos (especialmente hermoso es el final) y una descripción muy compleja y fiel de la psicología humana. Lo he elevado tras mi lectura a uno de mis libros favoritos para ejemplificar el dialogismo interno, es decir, ese cubrirse las espaldas en el discurso para evitar qué pudieran pensar los demás. Mi edición de Impedimenta cuenta también con un prólogo muy enriquecedor de Marta Sanz. Podéis leerlo antes de empezar, pero es recomendable hacerlo (o volver a hacerlo) después. Mejora mucho la experiencia y merece la pena.




miércoles, 10 de octubre de 2018

Las diez mil cosas, de Maria Dermoût




Mi primer contacto con la literatura holandesa se produce a través de la lectura de Las diez mil cosas de Maria Dermoût, considerado en el prólogo, por Hans Koning (su editor), como uno de los libros con mayor calidad literaria de la escritura en neerlandés del siglo XX. Aunque Koning habla de novela, Libros del Asteroide nos advierte de que este libro es recomendable leerlo como un conjunto de relatos. Y lo cierto es que Las diez mil cosas no es ni una cosa ni otra, sino una mezcla creativa de ambos géneros, aparentemente deslavazada en un primer momento, pero remediada con un gran don poético en su parte final, la cual goza de una extraordinaria belleza.

Dermoût tira un poco de su infancia vivida en las colonias orientales holandesas (Indonesia) y nos construye el paisaje natural de una isla perdida de las Molucas donde, salvo unos pocos europeos, la mayoría de la población es de origen chino, africano o malayo. En este lugar seguiremos un drama familiar que tiene al personaje de Felicia como protagonista. Ella es la nieta de la señora del Pequeño Jardín, una finca situada en la bahía interior de la Isla que gozó de tiempos mejores cuando el comercio de especias había estado en alza (siglo XIX), pero que se ha ido empobreciendo con el paso de los tiempos y con numerosas desgracias de una sospechosa índole sobrenatural. En la finca, Felicia vive con su abuela y sus padres, y descubre con ellos las maravillas de la Isla, que se nos irán presentando con toda la ternura y la curiosidad de una niña de su edad. Sin embargo, tras un tiempo, sus padres deciden volver a Holanda para vivir una vida mejor y abrirle la posibilidad de tener estudios a Felicia. Su abuela no la deja marcharse sin darle antes una reliquia familiar (la serpiente del carbunclo) y profetizar su regreso dentro unos años. Felicia, efectivamente vuelve a la Isla, pero no viene sola. La acompaña su hijo, Himpies, y todo un lastre de pobreza y vergüenza tras ser abandonada por su pareja, un holgazán y un ladrón, que habría vendido todas las pertenencias de Felicia para poder escapar de Holanda. La protagonista se verá ahora en la dura tarea de reponer su nombre y se encontrará con que el Pequeño Jardín ya no es tan seguro como recordaba. Los dos presagios de su abuela se habían cumplido de esta forma. El primero de ellos, la ironía de su nombre, aún tenía mucho por delante para aguarle la existencia.

Como comprenderéis rápidamente por la sinopsis, esta "novela" trata de la (des)colonización desde el punto de vista holandés y de la independencia de la mujer forzada por causas externas a ellas, provenientes principalmente del trato masculino. Sin embargo, la historia no se detiene en clichés y en luchas de este estilo por muy necesarias que estas sean. Va mucho más allá y aspira a rozar temas lo más trascendentales posibles. El punto de mayor interés y el motor principal de los acontecimientos es aquí la muerte provocada, o lo que es lo mismo: el asesinato. No por ello, Dermoût adopta los esquemas de la novela negra, por mucho que este género haya explorado la problemática, pues para la escritora el encontrar a los culpables y sus motivos carecen de interés. Por extraño que parezca, adopta una postura antibélica (de necesidad de poner fin a una violencia inexorable). Tras la muerte de numerosos seres queridos, Felicia se transforma en una ferviente luchadora contra el homicidio voluntario y reflexiona arduamente sobre la absurdez que encuentra en él. El título, Las diez mil cosas, hace referencia a esta actitud tomada por Felicia, pues en la Isla en la que vive, los habitantes se despiden definitivamente de sus seres queridos enumerando las cien cosas agradables que esperan que ellos encuentren en el más allá. Es una despedida personal, íntima, y tiene una solemnidad inquebrantable dentro del microcosmos de la Isla. Este curioso ritual es, además, el que entronca con los tres "relatos" localizados en la parte tres de la novela (La bahía exterior), donde se nos narran diferentes asesinatos sucedidos en el mismo año dentro de la Isla y que no guardarán relación entre sí hasta el final, convirtiendo a la muerte provocada en un acto natural, triste, pero no por ello exento de belleza y significado.

Partiendo de esta particularidad es de entender que las enumeraciones y las descripciones deban tener un peso importante en la trama de una historia como esta. Por suerte, están trabajadas minuciosamente por la escritora para mantener el ritmo de cadencia, de lirismo y elegancia que se requería. No sé cómo sonará en el original, pero algunas partes de la traducción me han parecido casi hipnóticas. Para que os hagáis una idea, os dejo tres párrafos donde se describe el escenario al que arriban Felicia y su hijo cuando esta regresa a la Isla:

"Aún no había mucha gente en las calles, pero los que se cruzaban con el coche se detenían a mirar y saludar.
La niebla empezaba a levantarse. Por todas partes había árboles muy altos con espeso follaje, hasta el borde como en los muros de la fortaleza, crecían la hierba y la maleza, y algunos arbustos. El mundo entero parecía de un verde intenso aquella mañana, y por entre los troncos de los árboles, tan poco espaciados, se veía a cada momento la rielente agua de la bahía con los reflejos plateados del sol... Más arriba aparecía, inmóvil, la ondulante y oscura costa de la otra playa, y aun más arriba, un cielo aún luminoso.
En el prao los esperaba un prao alado, y otro pequeño para el equipaje, con remeros y un timonel."


La naturaleza está representada en toda su belleza amenazante. Nos recuerda que la fragilidad también puede enseñar sus dientes y que siempre nos abandona, nos deja solos ante el peligro. Lo curioso es que las desgracias que se viven dentro de la Isla y su ley natural no se presentan en contraposición a las de fuera, sino en conjunto. El microclima de la Isla (retratado en el noventa por ciento de la "novela") es solo una pieza de un escenario mucho mayor, más grande y más verde, porque ese verdor se alimenta de todos nosotros, de nuestras energías, esperanzas, deseos, frustraciones y sueños. En este punto le tengo que dar la razón a Koning, Las diez mil cosas es mucho más universal de lo que pudiera llegar a parecer por su limitada visión y espacio. De hecho, la incursión de los relatos intenta de alguna forma ampliar el mensaje que al principio parece tan ligado a la tierra que Felicia pisa. El tema de la naturaleza está íntimamente ligado aquí con la maternidad y el crecimiento vital, así como con el fin de la existencia terrenal. El amor materno y el amor romántico se convierten en impulsos que mueven a los personajes a actuar para crecer o acabar con el crecimiento de quienes les rodean.

Sin embargo, no todos son alegrías. Las diez mil cosas tiene una estructura atípica y eso le pasa factura, porque descoloca al lector. Cuando comencé a leer la tercera parte, donde se introducen estas tres historias que nada parecen tener que ver entre ellas, me sentí desplazado e incluso engañado. La inconclusión de la historia de Felicia me extrañaba y no llegaba a comprender por qué Dermoût detenía a este personaje para contarme las desdichas de otros tantos nuevos con los que solo compartía el geoespacio de la Isla. La escritora cambia incluso su estilo: comienzan a predominar los diálogos sobre las descripciones, las enumeraciones bellísimas desaparecen y dan lugar a situaciones con mucha más acción (¡cuándo nadie se las pedía!),... Por eso, aunque aguantar hasta el final "mereció" la pena, por decirlo de alguna forma, sigo sintiendo como si el libro cojease. La tercera parte podría haber estado intercalada con las dos primeras sin muchas dificultades, les habría aportado dinamismo y la narración resultaría mucho más natural e integrada. Comprendo la decisión de esperar hasta el final para ir introduciendo ese estilo fantástico -insinuado en la tercera parte y totalmente desplegado en la final-, pero no era en absoluto necesario y, por desgracia, afecta con suficiente fuerza a la fluidez y al ritmo que se seguía hasta ese momento. 

A pesar de estos peros, he de señalar que mi impresión tras la lectura ha sido bastante positiva. Maria Dermoût era una escritora minuciosa, poética y muy empática. La teluridad de su estilo me ha recordado, salvando las distancias, a Cesare Pavese y la belleza de su amplio léxico y su gusto por las historias que parecen íntimas me ha traído a la mente a autoras como Ana María Matute y María Teresa de la Parra. La ambientación escogida, por otro lado, me ha recordado muchísimo a Paisaje con reptiles, de Pilar Pedraza. En definitiva, nombres que para mí representan un cierto aval a la hora de leer, más allá de los gustos personales de cada uno. No he encontrado más reseñas en mi blogosfera habitual ni fuera de esta. Tenéis por ahí varias entradas de prensa, aunque siempre he tenido mis serias dudas con la sinceridad de la prensa literaria, así que os dejo a vosotros la tarea de buscar otras impresiones para poder contrastarla con la que hoy os ofrezco.

PD.: Ante la petición de Keren Verna en la entrada anterior, he decidido revisar mi reseña de Por qué se cuece el niño en la polenta para ver si puedo mejorarla hasta el punto en el que yo me sienta a gusto publicándola. Un saludo y felices lecturas.


sábado, 6 de octubre de 2018

Los restos del día, de Kazuo Ishiguro




Mr. Stevens ha sido el mayordomo principal del Darlington Hall desde que tiene uso de memoria. La mansión en la que trabaja fue el punto de reunión de algunos de los políticos y personajes más influyentes de Gran Bretaña y Europa durante los años 1930, pero cayó tan en desgracia como las ideas de su anterior propietario, un Lord Darlington que, sin mucho conocimiento y llevado por la pasión y el interés, decidió apoyar en la sombra al nacionalsocialismo alemán. La historia del diario de Mr. Stevens nos sitúa poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial y de la venta de la vivienda con todo su personal a un nuevo rico estadounidense, Mr. Faraday, quien tratará de hacerlo todo a la "americana". 

Faraday es un hombre de negocios que siempre ha soñado con tener su propia mansión en tierra inglesa y que no dispone del potencial económico ni del conocimiento de las normas de cortesía inglesas de este momento. Tutea a Stevens, le cuenta chistes y le gasta bromas a las que el mayordomo no está acostumbrado. No duda en despedir a la mayor parte del personal y en relegar casi todo el trabajo en nuestro protagonista. No es un gran señor, como Lord Darlington, y eso lo hace más humano, pero también más incomprensible para un mayordomo que, cargado de un trabajo que él considera indigno de su status, no puede evitar recordar esos viejos tiempos de cuando tenía la imaginaria certeza de albergar en sí una importancia trascendental para la polítca mundial. Por ello, justifica su decisión de aprovechar por primera vez en su vida sus días libres con el fin de viajar al remoto pueblo donde reside su anterior ama de llaves, Miss Kenton. Ella ya no se llama Miss Kenton, debido a una boda de hace mucho años, pero Stevens la sigue recordando como tal. 

De esta forma nuestro mayordomo recibe el permiso de Mr. Faraday, una ayuda económica y su coche en calidad de préstamo. Por supuesto, como todo buen personaje de Ishiguro, la excusa para Faraday es completamente diferente de la excusa que Stevens da a Miss. Kenton y esta a su vez es completamente diferente de la excusa que Stevens se da a sí mismo para realizar este viaje. Porque Stevens es un personaje donde se explota lo que Bajtín llamó "dialogismo interno" en sus escritos sobre Dostoievski. Dicho esto en cristiano, es un tipo que siempre se está justificando a sí mismo y, a veces a los demás (dialogismo externo) por el "no fueran a pensar que yo". Stevens es un hombre que cree haber servido a un fin mayor solo porque un día le sirvió una taza de té a Winston Churchill; no se da cuenta de como ha desperdiciado su vida personal de una manera tan absurda. No puede asimilar los errores de sus decisiones (que lo han ahuyentado de una vida, si no más feliz, al menos más tranquila). Y, por supuesto, no es capaz de soportar que Miss Kenton (su amor secreto) se haya casado con otro por no esperarle. Stevens sigue enamorado de Miss Kenton (aunque él lo niegue) y, muy probablemente (no se nos permite saber hasta qué punto, pues es el diario de viaje de Stevens lo que leemos y eso nos da la continua sensación de ver a una ama de llaves algo sesgada, parcializada e interesada); pero aún así, muy probablemente, digo, Miss Kenton amó y sigue amando en el tiempo presente de la novela al serio y pudoroso mayordomo. Eso sí, también se desprecian mutuamente por el comportamiento tomado por cada uno y esta toxicidad me parece tremendamente humana por la sutilidad con la que Ishiguro la introduce a través de la pluma de Stevens.

La novela parte en un punto en el que la ambición personal de Stevens lo ha perdido para la vida terrenal. Su status se ha esfumado tras la caída de su amo y protector. Amparado en la fidelidad, un ignorante Stevens con aires de grandeza se dejó guiar por las ideas que entraban en Darlington Hall y no supo ver la maldad de ellas, pues estas venían camufladas con el olor de perfumes caros y trajes hechos a medida y a la última moda europea. Creía y seguirá creyendo durante buena parte de la novela en que la "dignidad" del buen hombre es dejarse conducir por las ideas de lo que él considera "hombres mejores". Con una vida completamente anulada e invertida en balde, Stevens inicia su viaje hacia Miss Kenton. Ella constituirá una especie de faro a lo largo de la novela; no parará de intentar despertar al mayordomo de sus perniciosas ensoñaciones. O dicho en términos de la crítca psicoanalista, el subconsciente de Stevens que desea cobrar fuerza encontrará en Miss Kenton una imagen que lo mueva a ello. Gracias al personaje del ama de llaves, imprescindible aquí, Ishiguro crea una mezcla curiosa entre la novela del recuerdo y la road story, donde juega un papel muy especial la lectura del joven escritor de En la carretera de Jack Kerouac. Lejos de la temática adoptada, la estructuración tiene unas reminiscencias que yo veo muy claras al menos.

Pero el viaje de Stevens hacia Miss Kenton se volverá un viaje hacia uno mismo y, en este sentido, Los restos del día tiene bastante de Bildungsroman (o novela de formación) porque le sirve al personaje para crecer y para dar el giro más importante de su vida. Para ello, obviamente, Ishiguro se ve obligado a que Stevens exponga su pasado a modo de justificación de sus actos y de los de su muy admirado señor Lord Darlington, prototipo del noble inglés del primer tercio del siglo XX. Poco a poco Stevens se dará cuenta de su error de desear ser el verdadero Lord Darlington o al menos de resultar tan imprescindible como él, un imposible que lo habría hecho un infeliz durante toda su vida.

Tras leer esta novela, entiendo que le dieran el Premio Nobel a Ishiguro. En sí misma, Los restos del día es una maravilla de narración y justifica hasta cierto punto por sí sola buena parte de las alabanzas que se vierten sobre ella. Sin embargo, cuenta con un par de problemas que el escritor podría haber evitado.  El primero de ellos es el poco carisma de Mr. Stevens, un personaje totalmente outsider del mundo ajeno a los grandes banquetes que se daban en el Darlington Hall, incapaz de interpretar correctamente las emociones de los demás ni las intenciones o el humor de quienes le tratan. Mr. Stevens es un personaje tan humano (por su complejidad psicológica) y, al mismo tiempo, tan poco humano (por su inutilidad a la hora de adaptarse al entorno social), que o disfrutas de él, como me ha pasado a mí, o le abandonas (y con él al libro) por cansino e insípido. El segundo problema viene un poco de la mano con el tipo de discurso adoptado: el diario a través del cual se une el presente del viaje con los años de servicio dentro del Darlington Hall. Aunque normalmente las conexiones mediante ideas o sensaciones entre pasado y presente suelen estar traídas a cuento, no siempre es esto así a lo largo de toda la novela. Hay momentos que se sienten un poco metidos con calzador y otros que no llevan a ninguna parte.

No obstante, es conveniente dejar de hablar de lo errático, para retomar lo extraordinario de Los restos del día. Para mí lo mejor de esta novela es su narrador: Stevens. Con Stevens me voy dando cuenta del tipo de narradores que le gusta a Ishiguro: personajes con una sinceridad como mínimo cuestionable, por no decir: bastante por los suelos. ¡Cuando Stevens se excusa suena tan pretendidamente falso! ¡Pero tan pretendidamente falso! Resulta, de veras, complicado crear un narrador que, dentro de su universo, te mienta de la forma en la que lo hace Stevens. El escritor te deja las pistas suficientes para que sepas que te miente y para que puedas lanzar especulaciones de por qué te miente, especulaciones cada vez más concretas con el paso de las páginas hasta llegar a un más que satisfactorio final. Muy en la línea del autor. En El Lamento de Portnoy tenéis una entrada magnífica sobre este tema.

Me gustaría añadir, además, que esta es la primera novela de Kazuo Ishiguro que leo sin que haya ninguna referencia de peso a su ascendencia japonesa y no me esperaba lo que me encontré. Ishiguro lleva en Gran Bretaña desde los 6 años y, aunque es culturalmente hablando un tipo muy inglés, no me lo hubiera imaginado -después de leer sus trabajos anteriores- capaz de crear a un personaje tan arquetípicamente inglés como Mr. Stevens. De verdad, me parecía tan lejano a él, que me he sorprendido y gratamente. Como último apunte, me gustaría destacar también lo que parece ser una tónica habitual en las novelas de Ishiguro: los personajes con ideologías de extrema derecha que se vieron obligados a alterar sus discursos, si no de forma privada, al menos de forma pública, para no ser marginados tras la Segunda Guerra Mundial. Aquí encontramos estos modelos de personajes tanto en Mr. Stevens como en Lord Darlington (mucho más en este último). Ya aparecía un personaje con un ligero papel secundario en Pálida luz en las colinas y el protagonista de Un artista del mundo flotante coincide totalmente con estas características. He leído reseñas sobre otras obras de Ishiguro también protagonizadas por personajes en esta línea, lo cual me encaja bastante con su tipo de narrador predilecto. Como me ha gustado mucho Los restos del día, es posible que vuelva a leer a Ishiguro antes de que acabe el año. Estoy ahora mismo entre Nunca me abandones y Cuando fuimos huérfanos. Si ya habéis leído cualquiera de los dos, os agradecería muchísimo vuestra recomendación. Tenéis más reseñas en el blog de Keren Verna, Un libro al día y La antigua Biblos.

Reseñas de otras obras de Kazuo Ishiguro en esta esquina: Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante,





PD. I: Quisiera agradecer a mi amigo Toni sus interesantísimas apreciaciones sobre esta novela, las cuales me han ayudado a disfrutar mucho más de ella.

PD. II: Lamento no haber subido ninguna reseña a este espacio desde hace casi un mes. No me he encontrado muy bien anímicamente para leer y nada de lo que encontraba me entusiasmaba lo suficiente para acabarlo. La excepción ha sido Por qué se cuece el niño en la polenta de A. Veteranyi, cuya reseña quería publicar, aunque no me convence mucho la calidad de la misma. Si alguien quiere que aparezca por aquí porque puede resultarle útil o tiene interés por la novela en cuestión, que me lo comunique en el cajón de comentarios. Con esto me despido ya. ¡Muchas gracias por pasaros y felices lecturas!



domingo, 9 de septiembre de 2018

Cuatro horas en Chatila, de Jean Genet



Me sonaba el nombre de Jean Genet de haberlo oído más de una vez durante las largas y tediosas clases de la facultad. Lo he oído tanto que de forma inconsciente pensaba en él como en un teórico de la literatura sesentón cuyas apreciacianes al método semiótico de análisis literario habían roto todos los moldes del viejo estructuralismo de Jakobson de los 1960s. Y sí que es verdad que Genet sabe mucho de literatura y de otras cosas, pero no destaca especialmente por escritos teóricos demoledores. Al contrario, es un gran sabio, pero con textos muy líricos. Con su nombre en mente y la idea de leer algo de ensayo pido prestado a un amigo estas Cuatro horas en Chatila

Chatila es un nombre que también he oído antes y que por algún motivo desconocido para mí lo relaciono directamente con la catástrofe. Pienso en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial. En un desastre nuclear poco conocido de algún país de Europa del Este. En un huracán arrasando Santo Domingo. Imagináos lo que sabía yo de la Guerra del Líbano y de las matanzas indiscriminadas de palestinos en los 1980s. Exacto, absolutamente nada. Cuatro horas en Chatila es una crónica periodística en la que Genet relata sus experiencias en uno de los barrios más acribillados del Beirut Oeste durante la invasión israelí del Líbano en 1982. Habla de su experiencia personal y hace un acopio de sus reflexiones sobre el conflicto árabe-israelí. La lectura de este minúsculo texto me trae a la mente la película de animación de Ari Folman titulada Vals con Bashir, sobre todo en los momentos finales, donde los protagonistas de ambas historias pasean entre los cadáveres de miles de víctimas inocentes (sus familiares rompiendo en llanto), palestinos refugiados que habían sido torturados hasta la muerte por la vieja falange libanesa, una organización ultraconservadora cristiana a la que habría apoyado secretamente Israel, entregando armas, recursos y dándoles plena libertad para hacer con ellos lo que quisieran.
 
Las matanzas de Sabra y Chatila tuvieron repercusiones importantes a nivel internacional hasta el punto de que el gobierno israelí se vio obligado a reivindicar constantemente su humanidad, defendiendo que en el derramamiento de sangre la incursión de los hebreos no había tenido nada que ver. En el parlamento se llegó a decir lo siguiente: "Unos no-judíos han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne esto a nosotros?" Esta frase heladora contribuye a que Genet derrumbe cualquier pequeño aprecio que pudiera haber tenido anteriormente por el país de Amos Oz y comience a elaborar una imagen romántica de héroe débil que lucha por su libertad en la figura de los fedeyines, los inexpertos soldados palestinos, carentes de medios para hacer frente a un enemigo invasor. Genet entiende que Israel ha pasado de ser el típico chico al que le hacen bullying en el colegio para convertirse en el matón lleno de granos que mete la cabeza de los debiluchos en el retrete. Solo porque no encaja. Solo porque siente que nadie le quiere. Solo porque la tierra que pisa antes no era suya. Porque la reclama como suya y porque no le importa emplear la fuerza para tomarla.

La narración viene acompañada en esta edición de un análisis de Juan Goytisolo, pero mi sorpresa viene cuando descubro que el análisis no es sobre este texto de Genet, sino sobre otro titulado El cautivo enamorado, donde se toman aspectos de Cuatro horas en Chatila, sí, pero que no deja de ser una forma de engrosar el libro lo suficiente como para poder distribuirlo comercialmente. Aunque el texto del francés me ha resultado muy interesante, valioso a nivel personal y necesario a nivel humano y social, las apreciaciones de Goytisolo, con su verborrea sobre otro texto al que no tengo acceso porque aquí no se incluye, me han dejado más frío que una noche de diciembre debajo de la lluvia. Aun así, si os interesa mucho el tema, cogerlo, como yo, de prestado no es mala opción para pasar una tarde y aprender algo sobre un conflicto reciente y al mismo tiempo olvidado en estas latitudes del globo. 



jueves, 6 de septiembre de 2018

El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente, de Vernon Lee




Vernon Lee era el pseudónimo de la escritora e historiadora del arte británica Violet Page, conocida actualmente por sus relatos de terror. Este volumen de Valdemar hace una selección de trece de sus historias (12 narraciones más o menos breves y una novela) empleando como título una de las más famosas y representativas del particular estilo y universo de la autora. Cuenta, además, como suele ser propio de estas maravillosas ediciones de la colección Gótica, con un prólogo documentado y esclarecedor que aporta mucho más que información vacía y spoilers innecesarios del contenido de la obra. En este prólogo de los editores se presenta, entre otras muchas cosas, la mayor contribución de Page/Lee a la teoría estética, que creo que es de especial interés para comprender las decisiones que toma la autora en sus historias. Lee es la principal responsable de introducir la idea de empatía (Einfühlung) en la escuela estética inglesa. Según los editores, esto es que Lee "afirmaba que los espectadores empatizaban con las obras de arte cuando estas despiertan recuerdos y asociaciones, y que con frecuencia estas obras causan cambios de postura corporal y de respiración inconscientes". 

El amor de Lee por el arte es intenso y se vincula con lo espiritual y lo trascendental, muy en consonancia con los escritores románticos varias décadas anteriores a ella. Y está presente en buena parte de estos relatos escogidos. No por nada, ella era quizás la más reputada historiadora del arte inglesa de su tiempo y destacaba por ser una eminencia en el arte renacentista italiano. Lo que no era tampoco nada extraño si entendemos que procedía de una familia liberal adinerada que vivía en el norte de Italia. Buena amante de las Bellas Artes, Lee destaca sobre otros escritores de su época -que yo haya leído- por las cálidas y precisas écfrasis de casas embrujadas, cuadros malditos o estatuas vivientes. Es un auténtico deleite para el lector sentir esa fascinación de los personajes principales a través de la descripción de obras de arte. Lee vuelca su idea de empatía con sus personajes de una manera que se traslada con suma facilidad a quien lee. A pesar de que no vemos a la Virgen de los Siete Puñales en "La Virgen de los Siete Puñales", la devoción de Don Juan nos hace una idea de la belleza de la escultura. Aunque no vemos el cuadro de sora Lena en "La leyenda de Madame Krasinska" ni el tapiz que representa al antepasado del príncipe Alberico con la dama Serpiente en "El príncipe Alberico y la dama Serpiente" Lee consigue meternos de lleno en un historia tan alejada a través de las sensaciones y sentimientos, muchas veces irracionales, de los personajes. Y a partir de este juego nos carga de energías e interés por el arte, una fuerza que hallándose en la propia autora quiere expandirse hacia los demás. 

Funciona con construcciones arquitectónicas, con arte figurativo y también con composiciones musicales. Dos son los relatos que tienen como motor principal la obsesión de su protagonista con una determinada melodía de hace más de cien años: "La voz maldita" y "La aventura de Winthrop". El primero de ellos es una reconstrucción del segundo, aunque en lo personal prefiero la complejidad de "La aventura de Winthrop", cuyo protagonista se me hace mucho menos desagradable y por el cual verdaderamente podría llegar a preocuparme. Para ambos protagonistas, como ocurre en la mayor parte de los relatos aquí reunidos, el arte es su medio de sustento. Si bien el personaje de "La voz maldita" es un aclamado compositor que detesta a los cantantes y que va a sufrir la tortura de tener a uno metido en la cabeza por ultrajar su memoria después de morir, Winthrop es un sensible pintor que decidido a investigar los extraños acontecimientos vinculados con cierta partitura de un retrato de un convento se ve sumergido en toda una oleada de situaciones paranormales, que implica pasar una noche en una casa donde dicen que duerme el demonio. El arte, emplee el medio que emplee, es un atenuante en Lee que aproxima a las personas al mundo de lo sobrenatural, de lo místico y de lo incomprensible.

Lee recurre a una mitología compleja donde lo considerado sagradamente cristiano se entreteje con el viejo y olvidado paganismo de la Edad Antigua mediterránea. Salvo el homenaje a los clásicos en la lengua árabe medieval que hace Lee en "La Virgen de los Siete Puñales", el imaginario religioso está poderosamente indexado con la mitología grecorromana. "Dionea" es un relato sobre la voracidad de la lujuria, pero sin dejar de ser un homenaje a la diosa Afrodita, reencarnada aquí en una joven náufraga arrastrada por la marea hasta la orilla de una pequeña villa italiana. En "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente" se habla de la maldición de las Lamias y su pesar. Como curiosidad he de señalar que la  historia me ha recordado en cierta medida a la de "La Bella y la Bestia". Añadiendo el detalle de la maldición, en ambas tramas se habla de lo inexplicable del amor y de las locuras que estamos dispuestos algunos seres humanos a afrontar por él. En "San Eudemón y el naranjo" podemos incluso presenciar una metaformosis muy en la línea de Ovidio. Aunque, probablemente donde mejor se trabaja esta mezcla de mundos sea en "Marsias en Flandes". Aquí Lee profundiza con más ahínco en la problemática de la apropiación por parte del cristianismo de todo un espectro de elementos procedente de las antiguas mitologías paganas. 

Lee describe sin muchos aspavientos toda una caterva de personajes mágicos donde destacan especialmente los fantasmas, seres que fallecieron hace mucho tiempo y que esperan la llegada de un imbécil para conseguir algo de él. Se aprovechan para ello de la leyenda de su belleza ("Amour Dure", "La Virgen de los Siete Puñales" o "Oke de Okehurst"). En esta línea "Oke de Okehurst", la única de las historias que podría llegar a considerarse novela por su extensión si llegase el caso, es especialmente interesante por su óptica feminista al situar a una mujer como sujeto deseante y no como objeto deseado, lo que era extraño en la época en este tipo de historias. Con los fantasmas también hay lamias (la Dama Serpiente y su maldición es el principal ejemplo de estas), sátiros (el diminuto Marsias es presentado en "Marsias en Flandes" como responsable de numerosos destrozos), almas atrapadas en muñecas de tamaño real (como ocurre en "La muñeca"), amazonas ("El papa Jacinto") e incluso ángeles, demonios, monstruos y Lucifer en persona ("El papa Jacinto").

De entre los temas recurrentes que encontramos por aquí los más destacables y habituales en la literatura de terror y fantástica de la época están, cómo no, presentes. Tenemos las desdobleces propias de "William Wilson" y "El doctor Jeckyll y Mr. Hyde" en casi la mayor parte de los relatos. En al menos seis de estos Lee juega a desdoblar personajes y unirlos por el destino de sus nombres ("Dionea", "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente", "La leyenda de madame Krasinska", "La muñeca", "La Dama y la Muerte" y "Oke de Okehurst"). Tenemos también pactos con el demonio o con dioses no demasiado confiables ("La Virgen de los Siete Puñales", "El Papa Jacinto", "Amour Dure" y "La Dama y la Muerte").  La obsesión con objetos malditos (especialmente obras de arte) como motor vehicular de las narraciones ("Dionea", "La muñeca", "Amour Dure", "La aventura de Whintrop", "San Eudemón y el naranjo"). También hay femmes fatales de la que los personajes más idiotas se enamoran románticamente, juglarescamente ("Amour Dure" es el mejor ejemplo, pero no hay que despreciar por ello a "Dionea" ni a "La leyenda de madame Krasinska", donde se introduce muy subrépticiamente una historia que podría ser de amor lésbico entre una aristócrata y una monja muerta).

Me queda muchísimo por comentar, como que "La Virgen de los Siete Puñales" es una continuación/homenaje al mito español de Don Juan (no por nada la acción de sitúa en Granada) o la amplitud de reminiscencias bíblicas que puede tener un relato como "El papa Jacinto", pero tampoco quiero alargar esta reseña más de lo debido. Destaco "La muñeca" como mi narración favorita de la colección por su estructura y propuesta moderna y poderosa. Lo cierto es que las historias tienen tantísimo contenido que no sería ninguna tontería hacer una reseña de cada uno. Como podréis intuir por este comentario y por los anteriores arriba presentados, he disfrutado y aprendido inmensamente con esta lectura y pretendo recomendárosla con el mismo entusiasmo que su autora. No deja a nadie insatisfecho y, a pesar de sus numerosos niveles de lectura, es más que asequible para cualquiera. Lo podría llegar a considerar de lectura obligatoria para los amantes del terror y la fantasía finisecular. Tenéis una extensísima reseña de esta obra relato por relato en La mano del extranjero.



domingo, 19 de agosto de 2018

Kitchen, de Banana Yoshimoto




Voy a seros franco, este libro ha resultado para mí una decepción. Me ha costado acabarlo. Y eso que son tres cuentecillos de nada. Pero, qué queréis que os diga, es más anodino que un plato de arroz. Kitchen genera muchas expectativas después de todos sus premios y del reconocimiento inmediato de su autora, pero el contenido dista mucho de lo prometido. Banana Yoshimoto (curioso nombre, por cierto) con el tiempo fue consciente de los múltiples fallos que tiene Kitchen. A saber: personajes arquetípicos planos, situaciones weird inverosímiles que no llevan a ningún lado, diálogos simplones (cuasi)adolescentes, falta de intriga y de acción, excesivo melodrama,... Por lo cual, nos pide perdón a todos los lectores en un epílogo añadido en esta edición de Tusquets. Yoshimoto se ampara en que era joven y no tenía experiencia previa en la escritura de ficción. Lógico, estos relatos salieron cuando tenía 22 años y los había escrito mientras estaba trabajando de camarera. Como también estudiaba, pues ya os imaginaréis el tiempo que le quedaba para repasar el manuscrito. Faulkner decía que un escritor joven debe leer muchísimo para poder siquiera escribir una línea, pero ya me diréis el tiempo que podía tener la pobre Banana en esa época para leer cualquier cosa. Me imagino que relativamente poco. No quiero con ello defenderla. El libro es el que es. Salvación para mí no tiene. Sin embargo, mientras lo leí me dió la sensación de que quizás podría ser tremendamente útil para un público objetivo cerrado, quiero decir, para lectores adolescentes. Los teenagers son expertos en el melodrama y de esto ¡hay tanto en Yoshimoto! Sentía que si hubiera leído Kitchen hace siete u ocho años lo habría alzado como mi libro favorito. Por eso, reitero, que para mí haya sido decepcionante, no implica que no pueda ser útil para un lector joven que se esté iniciando en la literatura y que pueda saltar de aquí a un Kawabata o a un Tanizaki. 

Kitchen es una propuesta bizarra. En el sentido literal de la palabra ("valiente") y también en el coloquial ("extraña, atípica"). Trata de personas que se sienten solas tras la pérdida de numerosos seres queridos, personas demasiado jóvenes para aguantar tanto trauma y que se unen para poder combatirlos a través de la fuerza inexorable del amor, personas que a veces pierden los nervios y rozan la demencia sin entrar del todo en ella. La narración es de una frialdad ósea y minimalista, con múltiples referencias a la cultura popular japonesa y un aura de cursilería poco convincente. Parece un libro de relatos, pero dos de ellos tienen continuidad, lo que nos deja la sensación de leer una medionovela y un relato corto. Historias breves, demasiado breves para poder empatizar un poco. Historias donde todos los personajes tienen el mismo puñetero problema y sus diferentes formas de afrontarlo, lo cual debería acabar siendo la chicha sin llegar a serlo. El "final" de la "medionovela" tampoco aporta nada y el posterior relato corto (titulado "Moonlight Shadow") siente en sus protagonistas un calco innecesario de los anteriores. ¿La diferencia? Una ligera introducción de mecanismos propios de la literatura fantástica con la que trata de justificar su existencia sin despertar ninguna sorpresa. Por el contrario, lo vuelve más previsible si cabe.

A pesar de esta sensación de pérdida de tiempo, puede que me atreva a repetir con la autora en un futuro. Quiero pensar que las disculpas del epílogo se producen tras la madurez de Yoshimoto como escritora y que su obra posterior mejora considerablemente. ¿Tenéis alguna idea? Si habéis leído alguna otra cosa de la autora no dudéis en dejarme vuestras sensaciones en el cajón de comentarios. Me ayudaría bastante. Tenéis más reseñas de Kitchen en Memo Valera, Adopta una autora, y A través del espejo, todas ellas fuera de mi blogosfera habitual, todas ellas muy positivas. Gracias a Un libro al día me queda la seguridad de no ser el único al que no le ha gustado.



lunes, 13 de agosto de 2018

Tres desconocidas, de Patrick Modiano



Me inicio en la lectura del premio Nobel francés con su libro de relatos titulado Tres desconocidas. Consta de tres historias protagonizadas por personajes femeninos con características comunes. Las tres son jóvenes, las tres tienen vidas anónimas, las tres viven en los años 1960s y las tres tienen una experiencia que las ayudará a dar el definitivo salto a la edad adulta en algún punto de la geografía urbana francesa. 

La primera de ellas es una chica que sueña con ser modelo, pero que tras presentarse a su primera entrevista de trabajo como maniquí viviente y ser rechazada tendrá que cambiar de aires. Por ello se queda en París, en casa de una mujer que conoció en un reciente viaje a la costa del Sol. El clima es extraño, pero es mejor que afrontar el fracaso y volver a Lyon con las manos vacías. De las reuniones con esta mujer pronto le saldrá un particular ligue. Gus Vincent, nombre falso de un criminal en busca y captura, la admite como su maniquí personal, comprándole todo tipo de joyas y paseándola por los lugares más elegantes de Europa. Cuando la pompa del sueño creado por Vincent se rompa, a nuestro personaje le quedarán dos opciones: rendirse o huir. 

La segunda historia habla de una chica huérfana de padre que, despreciada por su madre, es abandonada a su suerte en un internado. Los días son grises y hay rabia en sus ojos. Crece en ella un odio que nadie puede sofocar. Para colmo, cuando trata de ganarse la vida como limpiadora y canguro, los adinerados burgueses, de vida fácil, intentan abusar de ella y en ciertas ocasiones lo consiguen. 

La tercera historia es algo distinta, pero también más original. Una chica inglesa accede a cuidar del apartamento de un amigo austríaco mientras este se va de vacaciones a España. El estudio se encuentra en el centro de París, en un lugar en principio privilegiado. Ella espera encontrar allí la forma de continuar adelante con su vida tras la pérdida de su pareja. Sin embargo, se topa con una calle ruidosa por el sonido continuo de lamentos que cada mañana dejan los caballos que son sacrificados en las inmediaciones. Para paliar este dolor, acrecentado por la soledad, acaba entrando en una especie de secta espiritual, misteriosa y presumiblemente peligrosa. 

En las tres, Modiano trata de crear distintas voces jóvenes femeninas que suenan muy convincentes. Este suele ser un reto para los escritores masculinos porque al no haber experimentado lo que es ser mujer no suelen sentirse cómodos redactando historias a través de esta perspectiva. A mí me da la sensación de que Modiano no solo lo logra, sino que además se centra en una gran cantidad de problemas que sufren en exclusiva las mujeres. Se denuncia las continuas trabas para la falta de independencia en los tres relatos, como el hombre abusa de la situación porque el sistema patriarcal se lo permite. Denuncia también, sobre todo en el primer relato, la construcción mental de la mujer por la sociedad que le hace preocuparse excesivamente por su imagen y por llegar a ser un modelo de belleza. En el segundo habla no solo de abusos machistas, sino también de abusos entre distintas clases sociales, lo cual creo que es un acierto al no reducir la complejidad de un tema que da para mucho. En el tercero de los relatos, la escena del estudio de fotografía es totalmente indignante para cualquier lector con un mínimo de empatía. En ella podemos ver cómo la intimidad de las mujeres se ve atacada a diario.  Y es que Modiano enfrenta a sus mujeres a un mundo de hombres, donde ellos ejercen el poder y ellas no disponen de suficientes medios para defenderse en ningún momento. 

Las tres protagonistas muestran una cierta humanidad. Se preocupan por su entorno y por las personas. Pecan de la ingenuidad propia de la edad y caen en redes de odio: la primera se ve envuelta en el crimen organizado, la segunda en una violación de la que defenderse traerá consecuencias y la tercera en una secta de dudosos objetivos espirituales. Son personajes sólidamente construidos y coherentes con las premisas que se establecen. Modiano selecciona vidas repetidas mil veces, pero que resultan extraordinarias por la forma en la que son mostradas y por no ser mostradas muy a menudo. En general este libro me ha recordado mucho a Boy, Snow, Bird, novela fragmentaria de Helen Oyeyemi sobre la juventud de tres mujeres que se ambienta temporalmente, aunque no espacialmente, en la misma época. Y aunque ambas son dos obras narrativas muy buenas y tocan temas comunes, la estructuración y el tratamiento es muy distinto. 

Lo que más me ha llamado la atención de Modiano es su facilidad para conectar ideas. Su estilo se basa en frases muy cortas sacadas de un importante proceso de depuración de la escritura. Limpia sus frases de molestias y deja en el lector la sensación de una novela escrita a pinceladas, a retazos de conceptos que se presentan ante uno con toda su plasticidad. Os dejo un ejemplo sacado del segundo de los relatos y me despido deseándoos felices lecturas:
"Después de levantarnos y asearnos, íbamos a la capilla. Luego, una hora al aula de estudio. Luego el desayuno en el refectorio. Café con leche sin azúcar y pan sin mantequilla. Solo un poco de mermelada. Otra vez al aula de estudio. Después un recreo a eso de las once. Otra vez a clase. La comida. El recreo y la merienda, una rebanada de pan y una onza de chocolate negro. El estudio de última hora de la tarde. En la cena sólo se tomaba un plato, polenta. Carne, nunca. La capilla. La hora de acostarse. Y todo volvía a empezar a la mañana siguiente"
Tenéis más reseñas en Un libro al día, La Tormenta en un vaso y en Écfrasis.



jueves, 9 de agosto de 2018

Biografía del hambre, de Amélie Nothomb



Siempre he sentido un cierto recelo hacia Amélie Nothomb. Que un escritor -en este caso escritora- salga en todas las portadas de sus libros publicados como reclamo debería poner a cualquiera, como mínimo, alerta. "No es suficiente el nombre más grande que el título, Anagrama. ¡No te enteras, Herralde! ¡También quiero que pongáis una foto mía! Alegre si puede ser, aunque luego yo cuente penas. ¡Eso da igual! A la gente le llamará la atención porque siempre sale la misma chica mona. Así, así, montando en bici. Y en la siguiente otra con un sombrero. ¡Me encantan los sombreros!", imagina mi cabeza que dice Amélie Nothomb. ¿Entendéis ahora mi miedo? ¿El miedo a encontrarme con una escritora sobrevalorada y de poca calidad, con un ego por las nubes, que se nutre de su imagen como estrategia de marketing para alcanzar sus superventas?

Luego uno choca con la realidad y se da cuenta de que parte del juicio es infundado. La portada de un libro, aunque lo sugiera, no nos dice nada de su contenido. Y sí, Amélie habla de Amélie. Habla mucho de Amélie. Casi que solo habla de Amélie. Al menos aquí y en lo que parece que son otros tantos libros autobiográficos, pero también es verdad que tiene cosas que contar. Su vida no ha sido anodina precisamente. No como la mayoría de los mortales. Tiene su gracia, y hasta su desgracia. Además, al menos en Biografía del hambre el seguimiento de la evolución de Nothomb a través de sus reflexiones ya como adulta es sorprendente. Aspira a cierta metafísica, y aunque a veces raya la cursilería, la profundidad de sus planteamientos y el esmero puesto en ellos son poderosos. La belleza de ciertos párrafos es abrumadora y sus ideas centrales desgarran.

Parte de una visión de sí misma como la de una persona hambrienta, que ha pasado por diferentes etapas de unos antojos u otros. El hambre aquí no es estrictamente el fisiológico de ingerir alimentos para poder obtener energías suficientes para sobrevivir y poder ejecutar las acciones indispensables de nuestro día a día, que también. Nothomb lo extiende a una apetencia voraz por vivir e identifica la sensación del hambre con la sensación misma del deseo. En este sentido la anorexia que sufrió con trece años consistiría en la realización física de una depresión -o al menos así lo he entendido yo-, la pérdida total del deseo y de la esperanza de volver a experimentarlo alguna vez. Nothomb es una adalid del deseo. Para ella la experiencia de desear está por encima de la satisfacción del deseo, que no hace más que incrementar nuestro hambre. Un hambre perpetuo que debe cultivarse para ser más creativos e ingeniosos. Ella advierte de los peligros y de las malinterpretaciones de esta idea, comprende que hay quien puede ver en ella a una defensora de las enfermedades mentales asociadas a la alimentación y derivadas del excesivo autocontrol, como son la anorexia y la bulimia. No es su intención. Ella habla desde un plano más espiritual, más pleno y completo. Y eso es lo que conmueve de Nothomb y que no me esperaba por los prejuicios que he comentado arriba.

Más allá de este punto, es como mínimo interesante el recorrido que por su vida hace Nothomb, cómo desde la más tierna infancia va viviendo en diferentes países debido al trabajo de su padre de diplomático para las Naciones Unidas, cómo enfrenta su doble identidad belga-japonesa, cómo decide destruirse a sí misma a pesar de su situación de ciudadana privilegiada ante la pobreza de las gentes de los países en los que vive, cómo se convierte en una lectora obsesiva y metódica y decide admirar a otros antes de dejarse ser admirada por los demás, etc. La lectura atrapa, se siente cargada de sinceridad y entusiasmo. El tamaño es breve y puede leerse en una tarde o una tarde y media, dependiendo del ritmo de cada uno. No es una obra maestra, pero tampoco tiene desperdicio. Te deja con ganas de volver a ella. Tenéis más reseñas en Un libro al día, el Blog de Keren Verna y Críticas Literarias Regina Irae.




domingo, 5 de agosto de 2018

No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos



Juan Pablo nunca ha confiado demasiado en los chanchullos de su primo, un pusilánime que aspira a volverse de oro y a quien no le importa con quién se tenga que asociar para llevar a cabo toda clase de proyectos que se lo permitan. Se han visto poco, pero a Juan Pablo, que está a punto de abandonar su país (Estados Unidos Mexicanos) para hacer un doctorado en Barcelona, recibir una llamada suya lo pone inmediatamente alerta. El primo, creyendo hacer lo correcto, le ha metido dentro de una turbia operación de tintes mafiosos donde las vidas de Juan Pablo y de su novia Valentina están seriamente amenazadas. Tendrá que seducir a una compañera de seminario, una tal Laia, hija del mandamás de la Generalitat. El objetivo del licenciado, gran capo mexicano, es utilizar esta conexión para poder blanquear dinero obtenido ilegalmente. Sin embargo, son numerosos los obstáculos de por medio. Laia es lesbiana y su tío no acepta esta duda sobre su orientación sexual. Además, la mafia italiana los está vigilando y podrían haber traidores dentro del complejo mecanismo articulado por el licenciado.

Con esta sinopsis deducimos que los momentos propios de un género como el thriller son inevitables y aunque los tiene, la novela no se pierde por estos derroteros y estrategias ya tan manidas. Intenta buscar una estructura propia basada en la fragmentación de los contenidos y en la alternancia de distintas voces y tipologías de discurso, que a mí en lo personal me recuerda mucho a la narrativa del camaleónico Manuel Puig. Por un lado, leemos una novela autobiográfica de Juan Pablo Villalobos, el protagonista (que no el autor), quien cuenta sus encuentros con los mafiosos y cómo estos le guían hacia su perdición. Por otro, quedan las cartas de advertencia del primo, "cargado por la chingada", quien va desvelando parte del entramado para que Juan Pablo pueda tratar de defenderse y las cartas de la madre, quien prefiere soñar despierta con la satisfactoria evolución de su hijo, quien ha mejorado su estatus al unirse sentimentalmente con una europea rica, guapa e inteligente. Finalmente, están los diarios de Valentina, la novia despechada e utilizada por Juan Pablo y por la mafia sin ella saberlo y que constituye la parte más entretenida de la narración al no perderse ni en el humor barato, ni en el coloquialismo, ni en el academicismo como los demás. Estas voces se entremezclan en una narración que va desvelando poco a poco su complejidad y que sigue unas ciertas reglas de gestión de intriga que no funcionan como deberían a causa de lo disparatado de los hechos.

No voy a pedirle a nadie que me crea no es una novela tan estrambótica como Si viviéramos en un lugar normal, pero tampoco pretende ser verosímil. Deja ciertas claves de duda que forjan una visión ambigua de la situación expuesta. El gran elenco de personajes que despliega es prototípico, simples parodias de personajes cotidianos y no cotidianos que acaban siendo pincelados como meros figurantes de un chiste. El escritor, desde el personaje de Juan Pablo, juega con esta estructura en varias ocasiones, demostrándola directamente al lector sin ningún tipo de tapujo:
 "Estaban una vez un mexicano, un chino y un musulmán en una reunión con un mafioso mexicano en la oficina de una bodega abandonada de Barcelona, solo que el musulmán no era exactamente musulmán, era un pakistaní ateo. El mexicano, el chino y el pakistaní no se conocían entre ellos, era el mafioso mexicano el que los había reunido para explicarles el funcionamiento de un negocio. O no exactamente el funcionamiento de un negocio, sino más bien lo que cada uno de ellos tenía que hacer para que el negocio funcionara, aunque en realidad ninguno de los tres entendiera exactamente cómo funcionaba el negocio y el mexicano, en especial, no entendiera nada."
El lector rápidamente puede entender por qué se hace esto: para deshumanizar a las personas que están siendo víctimas del crimen organizado y que no encuentran escapatoria, lo que hace que el chiste sea más agrio de lo que uno espera. Hay en la novela mucho humor negro, del que te hace reír y también del que no. Por eso y por otras cuestiones, esta lectura es ardua. La inclusión del amplio conocimiento literario del escritor para construir a personajes como Juan Pablo y Valentina, amantes de la ficción narrativa, se torna bastante esnobista. Personalmente, he disfrutado los momentos en los que se habla de la risa según la entendía Baudelaire, me he apuntado el nombre de Ibargüengoitïa y de otros cuantos más y estoy deseando echar un ojo a las narraciones de Fray Servando sobre la ciudad de Barcelona y su inmundicia, pero también entiendo que soy un lector muy específico. Ciertos juegos y referencias las conozco o me interesan profesionalmente porque estudié Literaturas Comparadas en la Universidad, pero sé muy bien que toda esta fanfarria aburriría a un lector más casual o menos técnico.

Tampoco veo que cuadren estos dos ámbitos discursivos tan distantes. Al final del popurrí queda una novela de inmigración con gánsteres escrita a medias en un tono cómico paródico e intelectual-academicista. ¿Con qué parte entra el lector en ella? Hace unos días hablé del libro con una chica mexicana de Erasmus en España. Ella no lo había leído, pero después de mis apreciaciones decidió que no quería leerlo. ¿Por qué? Porque, aunque No voy a pedirle a nadie que me crea expresa esa incomunicación, esa incomprensión del emigrado, del estudiante extranjero en España, su perspectiva es tan específica que dinamita cualquier oportunidad de sentirse identificado con su protagonista. El tono cómico se vuelve en ocasiones tan cargante y facilón en contraste con las influencias citadas continuamente por el escritor que no termina de cuajar. Solo la parte de Valentina me entusiasma, quizás porque en ella se destierra un poco más lo estrambótico y nos podemos aproximar de verdad gracias a su soledad -sentimiento que todos hemos vivido alguna vez- y el rechazo no aceptado del amor de su vida -tan común en la vida de cualquiera.

Como elemento de cohesión importante, Villalobos recurre a la repetición de la frase del título y de otras tantas, colocándola en boca de diversos personajes. Una estrategia muy buena por su sencillez, pero que sigue sin ser nada del otro mundo. Parte de la autoficción, colocándose a él como protagonista de una fábula alucinada. Esta estrategia, muy de moda últimamente, me parece bastante llevadera y pocas veces se hace bien. En este caso el resultado es decente para lo que me he encontrado por ahí. La autoficción se me antoja siempre más fácil que otras formas de la ficción biográfica, a pesar de ser la combinación de distintas fuerzas. Hablar desde uno mismo suele ser menos trabajoso que hablar desde otra voz inventada. La libertad de la autoficción de poder meter en la narración de cualquier capítulo de tu vida, literalmente lo que te venga en gana, me parece un chollazo para el escritor. Quizás valoro mucho la incomodidad a la hora de escribir. Suele ser más complejo hablar desde espacios no familiares que construir desde la cercanía y aunque hay maravillosos casos de historias levantadas en los lindes de la vida particular de cada uno, no sucede lo mismo aquí con No voy a pedirle a nadie que me crea. Tenéis otra reseña bastante en mi línea en Vagando por Urano.

Más reseñas de obras de Juan Pablo Villalobos en esta esquina: Si viviéramos en un lugar normal



miércoles, 1 de agosto de 2018

Camino de sangre, de Cesare Pavese y Bianca Garufi



Esta novela de Pavese es profundamente polémica. Primero porque es póstuma y porque parece que solo nos acordamos de la gente cuando está muerta. Segundo porque es muy morbosa, más si entendemos que puede existir un cierto trasfondo de sustento real detrás. Y tercero porque está escrita a cuatro manos con quien se especula fue su amante definitiva, la psicoanalista Bianca Garufi. Los papeles del manuscrito fueron encontrados en 1959 por Italo Calvino, quien era editor de la prestigiosa Enaudi por aquel entonces. El maestro italiano buscaba algunos cuentos inéditos en el estudio de su amigo, pero en lugar de estos supuestos textos lo que halló fue este desgarrador y poético Camino de sangre, una última novela que vería la luz diez años después de la muerte de Pavese. No sé nada sobre la reacción de Garufi al enterarse del descubrimiento de Calvino y de sus intenciones, pero si no le había importado que estuviera tanto tiempo bajo llave, entiendo que mucha gracia la idea no le haría. Más que nada debido al personaje femenino que estaba a su cargo y que podría llegar a interpretarse como un claro reflejo de las desdichas de su vida.

Camino de sangre narra desde la cotidianeidad una historia de amor rota por el dolor acumulado de las heridas del pasado y la lucha inútil contra este. Juega con los conceptos nietzscheanos del eros y el thatanos, la pulsión entre el ansía de vivir y la atracción irrefrenable hacia la muerte. Sus personajes se sienten reales y eso es porque ambos escritores pusieron mucho de su parte para que así fuera. A pesar de que cada uno de ellos tenía pendiente una serie de capítulos (correspondiéndole a Pavese los impares y a Garufi los pares) la narración se siente perfectamente imbricada en sus resortes y la aportación de cada cual, en lugar de separarnos del texto, nos empuja hacia él con más fuerza. Se alternan los escritores, pero también los narradores. Pavese le dará voz a Giovanni, el poético y posesivo exnovio o examante o exalgo de Silvia, que exige toda la atención de esta y siente celos por todo y de todos. En definitiva, un joven infeliz con ínfulas, un poco cargante a veces, pero también con una gran capacidad de reflexión y algunas ideas muy potentes. Garufi, por su parte, se centrará en construir al personaje de Silvia. Desde mi punto de vista, su trabajo es más interesante y, aunque no goce de las lapidarias frases de Cesare, tiene una mayor profundidad psicológica y argumental. Es el pasado de Silvia lo que le impide escapar del pueblo con Giovanni, pero cierto es también que él promete mucho y sueña a lo grande sin mover un dedo, expectante. No es consciente del problema hasta que no es demasiado tarde. Silvia es una mujer que ha sufrido, mucho. Por eso necesita acción y no promesas. Así que le pide que la acompañe a Maratea, su pueblo natal, para asistir a los últimos momentos de un familiar muy cercano. De esta forma, Giovanni podrá entender, accediendo a su círculo íntimo, el porqué de la frialdad y la dureza con la cual Silvia siempre lo ha tratado. Camino de sangre nos muestra la desagradable cara del amor y cómo solo se puede aspirar a llegar a una total comunicación de pareja a través de la apertura de viejas heridas no cicatrizadas. De hecho, uno de los principales problemas que afrontan los protagonistas es la incomprensión derivada de una falsa imagen del otro. La idealización romántica del compañero destaca por ser sana solo en las peores historias.

Ambos construyen una novela turbulenta, pero madura. El toque de Garufi, su buen dominio de los diálogos y la creación de su personaje me parece espléndido. Aporta de veras un aire diferente a la narrativa de Pavese, cuyos rasgos distintivos siguen brillando aquí. Vuelve a aparecer esa visión telúrica del mundo y de la mujer que deja esos párrafos tan bien escritos, esa idea de confrontación lastimera con la realidad, el pesimismo propio de la incapacidad para cumplir los sueños de la juventud, el personaje cínico que prefiere observar antes de actuar, la ambientación de las sierras italianas y la vida en sus pueblos aislados, la confrontación de escenarios rurales y urbanos, pero ahora entra, gracias a Garufi, una mejor gestión de la intriga basada en secretos inconfesables, la visión de la mujer como clase explotada y maltratada incluso en las buenas familias de la época, la deshonra familiar de ser una víctima (muy lorquiana aquí), el endurecimiento del alma a base de golpes y muchos, pero que muchos, silencios significativos. Una combinación más que interesante e enriquecedora, casi diría que imprescindible. La sencillez de su propuesta y su buen desarrollo me han conquistado. No me despido de vosotros sin recomendaros que le echéis un ojo también a la magnífica reseña que ha escrito Rusta en Devoradora de libros.

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