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miércoles, 11 de julio de 2018

Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares



Lo último que esperaba recuperar Félix Ramos de las fauces de un perro recién se levanta una mañana es un extenso portafolio redactado por su viejo amigo Lucio Bordenave, a quien no ve desde hace meses. Los textos no solo aparecen de esta manera tan extraña, sino que además les están expresamente destinados. ¿Qué le habrá ocurrido al pobre Lucho y por qué narices le envía una carta a través de un can? Eso es lo que esta novela de Bioy Casares, redactada con la clásica técnica del manuscrito encontrado, tratará de dar a entender, sin olvidar nunca que la ambigüedad es la clave de la buena literatura y que la pluralidad de interpretaciones suele, en lugar de confundir al lector, enriquecerlo. 

Dormir al sol recurre a una estructura muy similar a la de El sueño de los héroes. En su relato Lucho pretende ser fiel a la realidad y para ello emplea un estilo intimista con expresiones propias y situaciones muy particulares de la región porteña argentina. Nos habla de su día a día y de cómo este cambia tras el encuentro con un siniestro adiestrador alemán de perros. Standle, que así se llama el misterioso tipo, se cuela en la vida que comparte con su histérica mujer (Diana) y su celosa ama de llaves (Ceferina Bordenave). No tarda mucho en conocer los problemas del matrimonio Bordenave y pronto convence a nuestro protagonista de internar a su esposa en una institución para enfermos mentales, acto del cual Lucho no tardará en arrepentirse. A partir de aquí el ambiente se vuelve cada vez más enrarecido. Las decisiones de Lucho empiezan a parecer cada vez más extraídas de toda lógica hasta el punto de padecer toda una crisis de nervios. La retirada de su mujer le lleva a un desequilibrio que el universo parece tratar de mitigar con toda clase de dobleces.

Bioy Casares juega con la simetría de personajes en este relato y no para de presentarle a Lucho toda una gama de sustitutas para su Diana. Entre ellas se incluye la vieja Ceferina, familia del protagonista y que es lo más parecido que tiene a una medre. Ceferina siempre desdeñó a la señora enamorada de su hijo adoptivo y no pudo contener su alegría cuando al fin la ingresaron, pues pensaba que ya tendría al joven Lucho solo para él. Se equivocaba, por supuesto. Mientras el protagonista trata de enmendar su error y sacar del manicomio a su esposa, una nueva inquilina se muda sin ningún tipo de pudor a su casa. Es Adriana María, quien, con un enorme parecido físico trata de arrebatarle el marido a su inestable hermana mediante toda clase de insinuaciones. Parece que la única sustituta aceptable podría ser una perrita que Lucho adquiere para no sentirse tan solo y que, por azares del destino, lleva el nombre de su esposa, pero resulta que la de carne y hueso regresa tras una larga ausencia a casa y Bordenave cree comprender entonces lo irremplazable del amor. Diana ha vuelto, en efecto, pero ya no es la misma. Algo dentro de ella ha cambiado. Todos sus caprichosos defectos han desaparecido, convirtiéndola en otra doble de su imagen. Esta Diana cubierta por un halo de bondad, por un aura de donna angelicata, no termina de hacer feliz a un Lucho, eternamente arrepentido, que extraña los males de su señora y que emprenderá toda una lucha para conseguir que se los devuelvan. El pobre ignora que la pesadilla iniciada con la llegada de Standle a sus vidas está lejos de acabar.

Toda esta serie de sucesos cotidianos nos van dejando pistas del fantástico final, donde un giro inesperado cambia completamente el subgénero de la novela. La presencia constante de los perros y de las mujeres que aman a Bordenave constituyen herramientas sólidas con las que Bioy puede encarrilar la narración hacia el punto mágico sin resultar forzado. Al igual que en El sueño de los héroes, el lector espera un suceso extraordinario, pero no es capaz de intuir con precisión cuál. El motivo del título se desvela casi al final del relato y sirve de resorte para entender el "todo" en su conjunto. Coloco este "todo" entre comillas porque las opciones en Dormir al sol parecen varias. Al tiempo que se van introduciendo claves que avalen una interpretación desde el género fantástico o desde la ciencia ficción de la historia de Bordenave, también se van pincelando detalles que nos hacen sospechar de la poca solidez emocional del protagonista. Esta ambigüedad aparecía también en La invención de Morel y creo que le da a la novela un toque muy especial.  El uso de manicomios y de personajes supuestamente enloquecidos me trae a la mente toda una caterva de obras excepcionales. Pienso sobre todo en El alienista de Machado de Assis, pero también en El hospital de la transfiguración de S. Lem. En estas tres obras aparece el manido tema del mundo patológico y de la locura de internarlo dentro de sí mismo. Los médicos en ambos no parecen para nada de fiar, pues se preocupan más por sus investigaciones que por la ética profesional y el buen trato para con sus pacientes. Esto le daba un cierto aire de novela de terror a El hospital de la transfiguración, que se repite por momentos en Dormir al sol, sobre todo en esos tramos finales, donde la sensación de claustrofobia se intensifica. Por otro lado, el ocultamiento del misterio de lo ocurrido a Diana durante su estancia recoge tintes de gestión de intriga muy propios del thriller y de la novela negra. El tratamiento me recordó mucho al Leo Perutz de El maestro del Juicio Final. No por nada, Bioy lo había editado junto con Borges unos cuantos añitos antes de la aparición de esta obra.

En definitiva, otra originalísima historia de Bioy Casares que me empuja a seguir disfrutando de su legado como autor. Bioy siempre ha aparecido bajo la sombra de Borges, pero, como ya he dicho en otras ocasiones, no es para nada un escritor de segunda. Tanto lo que cuenta como cómo lo cuenta sigue mereciendo con creces la pena. Me animé con Dormir bajo el sol gracias a una interesante reseña de El lector estepario. Además de esta podéis encontrar otras reseñas y análisis de la obra muy en condiciones en Demasiado que leer y Viajar leyendo.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: La invención de Morel, El sueño de los héroes,  

miércoles, 10 de enero de 2018

El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares




Emilio Gauna es obrero en un taller de Buenos Aires a finales de los años 1920s que sobrevive como buenamente puede compartiendo cuarto con su mejor amigo Larsen y que es aficionado al fútbol, al mate y a las carreras de caballos. Siente especial predilección por el juego y, gracias a la recomendación de su peluquero, apuesta por el equino ganador, con lo que se agencia más de mil pesos de golpe. Como no sabe en qué invertirlos e impulsado por su buen corazón invita a sus amigos del barrio, una panda de maleantes dirigidos por un viejo doctor apellidado Valerga, a pasar juntos las tres noches más alocadas de sus vidas en el carnaval de la capital de 1927. Tanto es lo que bebe Gauna que se despierta tirado en medio en medio de un bosque junto a un mudo y su hermano, sin recordar cómo llegó allí. Sin embargo, una imagen persiste en su cabeza, la de una mujer cubierta con una máscara en el lujoso pub de copas Armanville, de las afueras de la ciudad.

A partir de este punto comienza una historia de cotidianeidad, que Bioy prolonga la mayor parte de la novela. Gauna visita a un brujo porque sabe que algo importante ocurrió aquella noche, aunque no tenga claro el qué. El vidente le recomienda que trate de olvidarse del todo de ese asunto, pues su vida podría correr peligro si no lo hiciera. Entonces Gauna se resigna e intenta volver a la rutina de siempre. Se enamora, se casa, tiene toda suerte de proyectos y parece feliz, pero la duda acerca de lo que ocurrió verdaderamente en esas tres noches de 1927 vuelve a presentarse años después con una fuerza atroz.

Tengo que decir que El sueño de los héroes es una novela bastante diferente de lo que esperaba tras haber leído La invención de Morel. Se presenta a sí misma como una obra fantástica, pero este elemento se concentra en muy pocos puntos de la narración, que, por lo general, goza de un realismo muy bien construído. Con Gauna uno paseará por los lugares más deprimidos de los Buenos Aires de finales de los 1920s en una novela con unos tintes argentinos muy marcados. Los personajes toman mate, vosean, recitan tangos de memoria, se vuelven locos por el fútbol, apuestan a las carreras de caballos, salen a emborracharse por noches en el carnaval, etc. Esto puede llamarle la atención a lectores que como yo no hemos pisado nunca Argentina, aunque me imagino que buena parte de los de allá estarán un poco hartos de personajes tan estereotipados. 

Lo cierto es que los personajes se sienten muy encerrados en sus roles sociales y salvo alguno que otro como Larsen, la mayoría cuentan con una profundidad relativa y con unas actuaciones algo predecibles. Gauna es un personaje que no comprende cómo debe actuar, pero que se deja guiar con la idea de "cómo tienen que ser los hombres"; demostrará a toda costa que él no es ningún cobarde. Es triste, porque él mismo sabe que los actos que tiene son muy reprochables y que el doctor Valerga y sus compinches son unos sinvergüenzas que sólo quieren aprovecharse de su dinero, pero aún así siente una necesidad tan grande de mostrarse ante ellos como el "macho" que raya en lo patético. No obstante, Gauna tiene un buen corazón y eso le lleva a conquistar a Clara, la hija del brujo, que a mi juicio es uno de los personajes mejor construidos y que más juego dan. Clara se pasea en otro conjunto social que Gauna desconoce: el marginal mundo del arte dramático de la época. Sus amigos son intelectuales con pocos recursos donde Gauna no encaja en absoluto. El grupo de Clara es utilizado por Bioy para criticar la pésima situación de la mayoría de teatros de la Argentina del primer tercio del siglo XX, muy influido por las ideas modernistas que llegaban tardíamente de la Europa Continental. Clara es un personaje ambiguo e ingenioso y, por supuesto, la mente pensante del matrimonio Gauna. Sabe que todo lo que profetiza su padre es cierto y que Emilio no debe instigar en el pasado de aquellas tres noches. Sin embargo, me ha faltado en ella una chispa de rebeldía con una pareja tan cargada de celos como es el operario, poderosamente posesivo e irresponsable.

A pesar de esto, la construcción final y el ritmo creciente de la novela en su último tercio le dan una fuerza estética apabullante. Se genera una intriga insospechada para el lector que hacía un par de días había comenzado el libro en un abanico de confunsión y, al igual que en La invención de Morel obtenemos un final más que satisfactorio y que nos deja con más preguntas que respuestas. Bioy consigue que uno llegue a sentir verdadera preocupación por el destino de Gauna y por desentrañar el misterio que busca con tanto ahínco. Y esto es un logro fundamental para que una novela como El sueño de los héroes siga funcionando a día de hoy.

Por su temática la historia me ha recordado en gran medida a Cuando quiero llorar no lloro, aunque la prosa de Bioy es más sobria y precisa que la de Otero Silva, que destaca por su léxico florido e irónico.  También recuerda a un cuento como El sur de Borges, aunque con una trama mucho más enrevesada, callejera y distanciada en el espacio. Como novela podría decir que es recomendable, aunque los que más disfrutarán de ella serán los argentinófilos y los amantes de los finales sorprendentes que sepan tener paciencia a la hora de leer. Para cualquiera de estos dos, es una novela imprescindible.

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martes, 5 de septiembre de 2017

La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares



La invención de Morel es, probablemente, la novela más conocida de Adolfo Bioy Casares y no por nada constituye un hito dentro de la narrativa neofantástica y de ciencia ficción. La originalidad de su premisa es tal que comunicarla aquí sería como darle una patada en la boca a aquel que no la ha leído y quiere leerla, o va a querer leerla tras esta reseña, por lo que hablaremos de la novela esquivando el tema todo lo posible.

La invención de Morel cuenta a modo de diario de un fugitivo cómo éste se refugia en una isla aparentemente desierta. Allí se encuentra con varios edificios y con un conjunto de personajes que se comportan de una manera un tanto peculiar. Entre los habitantes de esta isla hay una bella mujer que todas las tardes se sienta en el mismo recodo de la playa a contemplar melancólicamente el subir y bajar de las mareas. Nuestro prófugo cae profundamente enamorado, sirviéndole este amor de escusa para evitar el suicidio que ya tenía asumido como necesario en su condición, pero ocurre un problema con la mujer y es que ésta parece no sólo ignorarlo, sino ni siquiera verlo.

Bioy Casares mezcla elementos de diferentes tradiciones narrativas (la neofantástica, la sentimental, la policíaca y la de sci-fi) en una original reelaboración del mito de Pigmalión y Dorotea que nos plantea una multitud de preguntas metafísicas que podemos enumerar hasta que nos reviente la cabeza de tanto darle vueltas: dónde se encuentra el alma y qué es el cuerpo, cómo puede el hombre llegar a la eternidad, es étíco querer llegar a dicha eternidad, se puede tener conciencia de la estancia en el Paraíso, puede crearse este Paraíso de forma artificial o el Paraíso es y siempre ha sido artificial, el amor es una unión de almas en la que se puede prescindir del cuerpo o el cuerpo debe ser un mediador necesariamente, etc. 

Estas preguntas unidas al uso de una buena prosa donde la intriga ha sido gestionada con cabeza para colocar increíbles giros de guión que dejen al lector en su asiento hacen que La invención de Morel merezca la pena y mucho. El personaje y la historia gozan además de la compleja ambigüedad de un laberinto en el que el protagonista -el fugitivo- no sabe bien si lo que ven sus ojos es la realidad, si la fiebre y el aislamiento le hacen ver cosas que no son o que si las ve es por qué quizás esté muerto y la isla no es más que un purgatorio en el que se le intenta poner a prueba. La originalidad del tema para su época (final de la década de los 1930s), pero aún vigente, le da un toque único al trabajo de Bioy Casares, quien al mismo tiempo no parte sino de la pregunta maestra de la ciencia ficción: adónde nos lleva la tecnología. ¿Si nos lleva a una posición buena debemos amarla y si hace lo contrario debemos temerla? ¿Tenemos el derecho a frenarla si la consideramos peligrosa? ¿Puede haber un doble filo tecnológico? ¿Es necesario su uso responsable? ¿Qué será de nosotros si el poder de la tecnología nos engulle, si nos atrapa y nos desprende de nuestras almas? Sólo nos queda esperar, tener conciencia y realizar las mediciones correctamente. 

Tenéis más reseñas de La invención de Morel en Un libro al día, El paseo de los Flamboyanes y Crónicas literarias.

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