jueves, 15 de enero de 2015

La espada de los cincuenta años, de Mark Z. Danielewski



Si los libros valiesen de verdad lo que la gente paga por ellos en las librerías habría contables diferencias que aislarían a autores como Günter Grass, Miguel Ángel Asturias o Yasutaka Tsutsui, por sólo mencionar a algunos de mis favoritos, del común general de los mortales de a pie que llegamos siempre justitos a fin de mes.  Podríamos pensar que La espada de los cincuenta años, publicada hace relativamente poco por Alpha Decay y Pálido Fuego, un libro con más de un tercio de las páginas en blanco, no muy voluminoso, y que le cuesta al lector en cualquier librería normal y corriente casi 22 euros, es un libro en primer término caro. Un libro con protuberancias en la portada y lleno de dibujos de “une los puntos” por dentro. Un libro caro. Y, a pesar de todo, es infinitamente barato por su calidad estética, por su innovación, por su frescura, por conseguir que demos un brinco en nuestro asiento, que nuestra respiración se acelere, que abramos los ojos como platos soperos, que se nos erice el bello como si una corriente eléctrica nos recorriera el cuerpo atravesándonos el esternón, haciendo que el corazón palpite más ligero que en una carrera de cien metros-valla, logrando lo que otros intentan y no pueden: que volvamos a sentir el miedo, el horror, y que éste nos atrape y nos condene, una vez está el libro en nuestras manos, a no parar de leer hasta la última página. 

Por todo esto merece la pena comprar la obra de Danielewski, la historia de la costurera Chintana y de la triste noche de cumpleaños de Belinda Kite, aquella “brujazorra” que le robó el marido a la protagonista, que la sumió en la más pura melancolía, en la soledad y en el deseo más inmediato de venganza, que se reaviva cuando asiste sin quererlo a la fiesta de Belinda creyendo que era por la víspera de Halloween.

Tras lo cual a Chintana le empezó a doler
 un poco el pulgar de repente
                                               y se quedó
helada,
             como si un millar de
                                                venganzas
sobre venganzas la estuvieran haciendo de
pronto pedacitos
                          y convirtiéndola en granizo.”

Allí les espera a los presentes la visita de un hombre con “el corazón muy negro” que vendrá a contar una historia sobre lo que contiene una caja que lleva en sus manos, la historia de LEDL5A, la Espada de los Cincuenta Años. Cinco huérfanos le escucharán en primera fila muy atentos, y viajarán a través de la imaginación por el Bosque de las Notas que Caen y la Montaña de los Múltiples Senderos hasta llegar a la casa del herrero que le vendió, a un elevadísimo precio, el misterioso acero al cuentacuentos. Cinco son también los narradores, correspondiendo, de hecho, cada comilla de un color distinto que apreciáis arriba en el fragmento, con cada uno de ellos. Dichos narradores no son, en absoluto, ajenos a la narración, pues Danielewski les otorga vida propia, quizás porque el que cuenta una historia siempre tiene otra que no cuenta muchas veces: la suya propia. La historia de los narradores aparece brevemente resumida en la página inicial. Danielewski nos advierte que donde no aparezcan comillas hay que esperar lo peor: la irrupción de un personaje ajeno a la narración que ni siquiera el autor puede conocer. 

Lo que se propone desde la obra es crear una ventana a la oscuridad que le permita al lector asomarse y ver que la nada también es peligrosa y dolorosa, que podría matar “hasta una idea”. Del mismo modo se produce una reflexión de cuidado sobre saber poner frenos a lo que deseamos, sobre la destrucción de uno mismo, la violencia contra los demás, los juicios poco objetivos sobre las personas, la pasividad ante la catástrofe causada por el miedo, el arrepentimiento, la culpa y los niveles narrativos. Como pueden ver, todo muy compacto, todo muy completo. Una novela que, desde este blog y mi humilde persona, quisiera recomendar a todo el mundo y más en concreto a aquellas personas a las que, como yo, ya no les asusta cualquier cosa y quieren volver a sentir espanto en una noche solitaria y fría, que les lleve a volver a saborear un dulce insomnio sumido en la meditación.

Otra reseña que te podría interesar:


jueves, 8 de enero de 2015

Otelo, de William Shakespeare

El fin del celoso...


Es un alivio volver a Shakespeare, a sus juegos de palabras, a las personajes tan perfectamente esculpidos, a sus diálogos llenos de ingenio, mezcla de la comedia y del drama, de Plauto y de Séneca, al hombre misterioso empapado de todo el constructo del saber de su tiempo, a su carácter inglés, al buen sabor que dejan sus obras en los labios. Obras como ésta de “Otelo”, cuya primera lectura terminé hace un par de días. Uno de los indiscutibles grandes dramas escritos en lengua inglesa de todos los tiempos, que siguen inculcando valores morales tales como los celos o el deseo del venganza siempre conducen al derrumbe y que los malvados, para gusto del público quizás, siempre serán castigados. La tragedia consta de dos versiones, una publicada in folio y otra in Quarto (creo haberlo escrito bien), teniendo una ciertos detalles -acotaciones, frases de uno u otro personaje- que no tiene la otra. Por eso, según mi prólogo se tiende a traducir a partir de una y añadir elementos de la otra. Pero más allá de esta curiosidad está la obra que cuenta la historia del descenso de Otelo, general moro del reino de la Venecia renacentista, propiciado por su envidioso alférez Yago, quien lo engaña, haciéndole creer que la hermosa mujer, llamada Desdémona, con la que acaba de contraer matrimonio se está acostando con otro hombre, el teniente Casio, que está también al servicio del general Otelo. Esta actitud de Yago deriva de la decisión del moro de colocar a Casio como su teniente frente a Yago. Es, en pocas palabras, una pura y ruda venganza. A Yago no le importará destruir las vidas de inocentes con tal de escalar puestos, obteniendo lo que, según él, le correspondía por derecho. La otra cara de la ruindad y la astucia de Yago en la obra la vemos en el mismo Otelo, quien inocentemente cree, primero en la bondad de las personas, y luego en las palabras del vil Yago, que le acabarán llevando a buscar la muerte para su esposa y su amante imaginario. Como ya he dicho, es un alivio volver a Shakespeare –con Hamlet, que no lo he comentado, y esta obra-, es decir, de la mejor forma posible.

Otra reseña que te podría interesar:

Tres tragedias de venganza. Teatro renacentista inglés.


domingo, 4 de enero de 2015

Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos

Unas cartas brillantes...



Hay veces en las que uno lee con avidez debido a la necesidad imperiosa de entregar un trabajo a tiempo. No son pocas las ocasiones en las que cuando uno lee bajo la presión de un cronómetro siente que no disfruta de la lectura. Sin embargo, bien es cierto que hay obras que le permiten al lector disfrutar de tal forma que, sin percatarse, cumpla con los aspavientos del reloj más presuroso, sintiendo que el tiempo invertido y el trabajo que vendrá después ha merecido, sin duda, la pena. Es la sensación que puedo rescatar de mi experiencia con Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos, la última gran lectura del año 2014 y del que me he abstenido de publicar esta reseña hasta hoy por el simple deseo de querer adornar la expresión un poco. Leer  ahora Las amistades peligrosas no es una elección sin más, sino que consiste, de alguna forma, en perpetuar las reseñas de obras que tratan principalmente del tema de la venganza que han ido apareciendo desde tiempo ha en el blog y de reconciliarme, un poco, tras la gran decepción que tuve al leer a Sade, con la literatura francesa del Siglo de las Luces. Así pues, no era fruto de un capricho hecho aleatoriamente, sin cabeza. Lo que no esperaba era encontrarme con una novela tan genialmente escrita. 

Lo primero que tiene que saber el lector de Las amistades peligrosas antes de enfrentarse a ella es su curioso formato, que ya había sido empleado para la época por otros autores como Rousseau -del que no le resultara difícil al lector encontrar en la novela alguna que otra referencia a su obra completa y, en especial, a la Nueva Eloísa-, en forma de correspondencia entre varios personajes. El escritor afirma, con una sonrisa, que él no ha hecho sino recopilar dichas cartas y ordenarlas, no siempre en orden cronológico, para contar de una manera más clara la historia llena de pasiones y engaños en la que se ven sumergidos los personajes, que viajan por todo el astro de emociones humanas: de la alegría a la tristeza, a la furia, a la nostalgia, a la impotencia y a la rabia; del amor al odio. El sistema de correspondencia selecta nos da la oportunidad de ver cómo unos personajes se mienten a otros, cómo  el amor puede fingirse, cómo el poderoso siempre lucha por conseguir lo que ansía. De esta forma, inmerso en el más absoluto perspectivismo, se va construyendo la novela, ladrillo a ladrillo, carta a carta, con mensajes de unos, respuestas de otros y las inmediatas respuestas a las respuestas que se encadenan y parecen no tener fin, no dejando por ello de resultar intrigante. La ventaja de la carta y la habilidad como escritor de Choderlos nos permite apreciar un minucioso trabajo en la psicología de los personajes, que pueden expresar sus sentimientos, o fingir que los expresan, en el papel. Así, cada personaje, dista mucho, psicológicamente y en el hablar, de otro. El cambio de voz, de narrador, por llamarlo de alguna forma, de unos personajes a otros estando todos insertos en un mismo espacio ficcional es un recurso que ha sido adoptado por escritores más modernos como, por ejemplo, quiero recordar ahora, a Cela y su Pabellón de reposo, la que sería su segunda novela.

Pero la cosa no queda en esta pequeña y original estructura de la obra, pues, a la brillantez estética le acompaña una gran historia digna de contarse: la de cómo el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil, dos libertinos aristócratas que un tiempo atrás habían sido mutuos amantes del otro, se alían para tomar venganza de enemigos comunes. La narración comienza cuando Cecilia de Volanges, una joven de quince años internada en un convento, es sacada de allí por su madre para tomar matrimonio en un futuro próximo con un tal conde de Gercourt, que también es amante de la marquesa de la que ya hemos hecho mención arriba. Así pues, una Merteuil resentida envía cartas a su mejor amigo, el vizconde de Valmont, pidiéndole su regreso a París para seducir a la joven e impedir el fatídico enlace, pero el libertino no está por la labor de retornar de su retiro en el palacio de su anciana tía, la señora de Rosemonde, sabiendo que pronto irá a visitar a la viejecita una dama de considerable belleza, que para desgracia de Valmont, aunque esto no le impedirá seducirla, está casada, con el presidente Tourvel, y es una puritana ferviente y fiel. Sin embargo, acabará Valmont cambiando de parecer con respecto a lo que le propone su amiga cuando descubre como la madre de Cecilia Volanges, muy amiga de la presidenta, pretende ponerla en contra suya, revelándole la serie de faltas de las que se le acusan al aparentemente apuesto y munífico vizconde. Al mismo tiempo, Cecilia irá enamorándose de un joven que frecuenta su casa, el caballero Danceny, quién poco a poco también perderá un poco el norte por la pequeña Volanges. La joven virgen se dejará guiar por la mano de la vil marquesa, quien, fingiendo ser su benefactora, se gana su confianza, con la esperanza de mantener una relación con Danceny a espaldas de la madre. Sin embargo, el objetivo de esta despreciable mujer no es que su amiga alcance la felicidad con su amor, sino "perderla", socialmente hablando, por supuesto. Para ello le cederá su tutela a Valmont, que gravitará como un buitre sobre su presa, esperando atacar.

Pueden leer un par de cartas, de las más de ciento setenta de las que está compuesta la obra, que me parecieron destacables aquí, y que les pueden servir a la hora de haceros una idea de cómo se expresa el autor en la obra. Y, como creo que ya he dejado bastante clara mi valoración de la obra al inicio de la reseña, me despido por hoy. Un saludo.

Otras reseñas que te podrían interesar:

Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann

Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievsky



viernes, 2 de enero de 2015

La Orestíada, de Esquilo

Esquilo, Orestes, Edipo, Alcmeón...




Ya sé que en el breve resumen de lecturas de otoño quise dejar claro que no volvería a los clásicos por un tiempo, que ya estaba un poco cansado de ellos y que me apetecía volver a acercarme a textos más modernos. La necesidad, lo creáis o no, me ha llevado de nuevo a la literatura grecolatina. Y como me cuesta leer un libro sin comentarlo, aquí dejo pues lo que más interesante he encontrado en esta primera lectura del año.

Se recuerda a Esquilo como el primer gran dramaturgo de la historia de la literatura occidental, primero en introducir un segundo personaje en escena. A pesar de que escribió casi noventa, de él sólo hemos podido conservar unas siete obras, siendo la séptima, Prometo encadenado, de dudosa autoría. Dentro de las obras que disponemos de Esquilo destaca especialmente la única trilogía de teatro griego clásico, que vendría a ser la que hoy vamos a comentar.

La historia de Orestes y de la mancha que lleva su familia se remonta a los primeros tiempos míticos y su origen es contado por uno de los personajes, Egisto, en la primera de las tragedias (Agamenón) de la siguiente forma:

"EGISTO:
Su padre Atreo, (abuelo de Orestes, padre de Agamenón) señor de esta tierra, -para contar la historia en sus detalles- expulsó del país y de su casa a Tiestes, su hermano, disputando por el trono. Y un día el propio Tiestes regresó, suplicante, a su morada, y consiguió tan solo con su muerte no empapar con su sangre el suelo patrio. Pero entonces Atreo, padre impío de éste, fingiendo celebrar con gozo un día consagrado al sacrificio, le ofrece, como prenda de hospedaje, ágape con la carne de sus hijos: los pies trinchó y los dedos de las manos por encima... cada cual en su asiento, irreconocibles. En su ignorancia, tomó un trozo probando los manjares que, como ves, funestos a esta casa fueron. Después, al descubrir aquella horrenda acción, lanza un gemido y cae al suelo vomitando aquel carnaje, contra toda de Pélope la raza imprecando un destino de horrores, derribando de un puntapié la mesa para fortalecer su maldición: "Perezca de este modo la familia de Plístenes entera." Esta es la causa por la que puedes verle aquí tendido. Y yo debería ser, muy justamente, el llamado a tramar esta matanza: era el hijo tercero de mi padre, y con él me enviaron al destierro cuando era solo un niño de pañales. Pero crecí y me trajo nuevamente la justicia; y sin pisar la casa he podido alcanzarle con mis golpes, toda la trama urdiendo de su muerte. Y ahora hasta la muerte será dulce al verle entre las redes de Justicia"
 La historia, como veis, comienza con la maldad sin remedio que comete Atreo, dándole a Tiestes de comer sus propios hijos sin que éste lo sepa. Aquel horroroso acto de burla por parte de Atreo para llevar a la desgracia a su propio hermano, con quien disputaba el trono es castigado por los dioses con una mancha sobre su familia que no podrá borrarse hasta el juicio de Orestes en el Areópago en la última de las tragedias (Las Euménides). La existencia de una mancha, bien puede recordarnos a la historia de otro héroe trágico más conocido llamado Edipo. En el mito de Edipo, el abuelo de éste viola a un joven en la casa de un hombre que lo había acogido para que pasara la noche, despreciando así las leyes sagradas de la buena hospitalidad. Lábdaco, que así se llamaba el hombre, incurre en hybris, cayendo la mancha sobre toda su descendencia, hasta que alguien de buen corazón ponga freno a la desgracia a través de su propio sacrificio (Edipo). En este sentido, ambos mitos siguen un mismo esquema, que no un mismo desarrollo.

La primera tragedia comienza con el fin de Troya. Desde las almenas de la fortaleza de la ciudad de Micenas un vigía avista a lo lejos un gran fuego cuando el día llega a su fin. Clitemnestra al atisbarlo  sabe ya de qué se trata: la guerra que diez años duró ha acabado con la toma de Ilión y su posterior destrucción; los argivos han saqueado sus riquezas y, mientras que algunos troyanos huyen con Eneas, otros son asesinados vilmente o convertidos en esclavos, como Casandra, una profetisa que aparecerá en la primera tragedia para compadecerse de la desgracia de los Átridas y pedir su venganza. Al poco tiempo llega Agamenón, el rey legítimo de Micenas, con su séquito, un mensajero y la ya mencionada profetisa echa esclava, pero, mientras que su esposa lo recibe con palabras amables, su vida ha cambiado demasiado en estos últimos diez años como para aceptarlo como marido. Además, el sacrificio de Ifigenia, hija de ambos, la ha sumido en un profundo pesar al punto de que sólo piensa en dar muerte a su asesino, consiguiendo así una venganza. Para ello cuenta Clitemnestra con el apoyo de Egisto, que se ha convertido en su amante y cuyas razones para dejar sin vida al rey de Micenas ya aparecen arriba expuestas sucintamente. Agamenón entra en el palacio sin saber la traición con la que va a sorprenderle su esposa, mientras que los espectadores asisten a cómo Casandra augura todas las desgracias que van a acontecer esa noche en un diálogo constante con el coro. Determina, finalmente, que la muerte también debe acompañarla y entra en el palacio para morir. Queda, pues, en la escena final de la tragedia un interesante enfrentamiento entre el coro y Egisto, que defiende, junto a su amante, la legitimidad de tales muertes, no temiendo por ningún tipo de vengador postrer, como bien será Orestes tiempo después. 

Hace poco leí un libro que no comenté aquí, quizás por pereza, titulado La venganza de Alcmeón: un mito olvidado, que consistía en una reconstrucción de la historia de un héroe del que sólo nos habían llegado pequeños fragmentos de texto. En el ensayo, del célebre helenista Carlos García Gual, se hacía especial hincapié en las fuertes semejanzas que presentaban este mito (el de Alcmeón) y el de Orestes. De hecho, fue la lectura de ese ensayo lo que me ha empujado a leerme la Orestíada. El mito de Alcmeón en resumidas cuentas es algo tal que así: Anfiarao, guerrero y oráculo, es empujado por su mujer Erifila, quien para ello ha aceptado un lujoso regalo de su hermano Adrasto, a la guerra contra Tebas, para devolver al depuesto Polinices, hijo de Edipo; sabiendo de su futura muerte en la batalla y temiendo vengarse de su esposa para no incurrir en un castigo divino, lega esta responsabilidad en su hijo Alcmeón, quien, una vez crezca, se verá también traicionado por su madre, a la que acabará dando muerte, cumpliendo el deber de la venganza que le impone la muerte de su padre. Al igual que Orestes, como ahora veremos, Alcmeón será perseguido por las Erinias, las diosas de la venganza por el derramamiento de sangre familiar. Si bien Orestes tendrá que librarse de ellas en un juicio presidido por Atenea, tanto Alcmeón como Edipo, que también derrama sangre familiar matando a su padre y propiciando el suicidio de su madre, encontrarán la paz en el exilio.

Pero, sigamos con Orestes, protagonista de la historia y que, sin embargo, no hace su aparición en escena hasta la segunda de las tragedias, esa cuyo nombre siempre olvido y que según mi edición se titula Las coéforas. Este héroe, al igual que Edipo, fue criado en otra tierra y su familia sólo lo recuerda por el nombre. Una vez es lo suficientemente mayor y descubre la aciaga noticia de la muerte de su padre por el oráculo de Febo Apolo decide viajar hasta Micenas para matar a los asesinos en compañía de uno de sus más fieles amigos. Allí conoce a Electra, su hermana, junto a la lápida que indica donde yace Agamenón, uniéndose ambos para tramar la venganza, que al fin ejecuta la mano de Orestes. Agamenón es vengado, pero su hijo ahora debe recibir por ley divina el castigo de las Erinias. Comienza la locura del héroe, que lo lleva a huir a Delfos, el ombligo del mundo, donde espera obtener la protección de Apolo. No obstante, allí tampoco logra la paz para su espíritu mancillado, viéndose esto ya en una tercera y última tragedia llamada Las euménides. Apolo se enfrenta al espectro de Clitemnestra, que vuelve para clamar venganza por su muerte. Hay pues, el ya mencionado juicio y se termina la obra.

Mi valoración general es bastante positiva. No había leído nada de Esquilo, aunque me hubiera gustado hacerlo en otras condiciones, con algo más de tiempo, pues tal como empecé la trilogía la acabé en un día. Ahora sí, que dejo los clásicos grecolatinos. No, mentira. ¡Que os prometí a Séneca! Bueno, pues después de éste sí o sí. 

Otras reseñas que te podrían interesar:

Comedias sueltas de Plauto I

El estado de sitio, de Albert Camus


jueves, 1 de enero de 2015

Dos cartas de "Las amistades peligrosas", de Choderlos de Laclos



Primera carta:

"100. Del vizconde de Valmont a la marquesa de Merteuil
Desde el castillo de..., a 3 de octubre
Amiga mía, he sido engañado, traicionado, perdido, estoy en la desesperación; la señora Tourvel se ha ido. ¡Se fue sin que yo me enterara! ¡Sin que pudiera oponerme a su partida! ¡Sin poder reprocharle su indigna traición! ¡Oh! No crea que yo la hubiera dejado partir; se habría quedado; sí, se habría quedado aunque para ello hubiese tenido que emplear la violencia. Mas, ¿cómo ocurrió? En mi crédula seguridad, dormía yo tan tranquilo; dormía y el rayo cayó sobre mí. No, no entiendo en modo alguno esta partida; he de renunciar a conocer a las mujeres.
  ¡Cuando recuerdo el día de ayer! ¿Qué digo? ¡Incluso la noche! ¡Aquella mirada tan dulce! ¡Aquella voz tan suave! ¡Y aquella mano apretándome! ¡Y mientras tanto estaba planeando huir de mí! ¡Oh, mujeres, mujeres! ¡Y luego se quejan de que las engañamos! Sí, cualquier perfidia que se emplee es un robo que se les hace.
  ¡Cuánto placer obtendré vengándome! Encontraré a esta pérfida mujer; recuperaré mi poder sobre ella. Si el amor me ha bastado para encontrar los medios, ¿qué no hará con ayuda de la venganza? Volveré a verla a mis pies, temblorosa y bañada en llanto, suplicando piedad con su voz engañosa; y yo no tendré compasión.
  ¿Qué estará haciendo ahora? ¿En qué pensará? Quizá se felicite por haberme engañado, y, fiel a los gustos de su sexo, le parezca este placer el más dulce. Lo que no ha podido hacer la tan alabada virtud, lo ha conseguido sin esfuerzo el astuto ingenio. ¡Insensato de mí! Asustábame su prudencia y era su mala fe lo que debía temer.
  ¡Y verme obligado a tragarme el rencor! ¡No poder mostrar sino tierno dolor, cuando tengo el corazón lleno de rabia! ¡Verme reducido a seguir suplicando a una mujer rebelde que se ha sustraído a mi poder! ¿Habría de verme, pues, humillado hasta ese punto? ¿Y por quién? Por una mujer tímida sin costumbre de combatir. ¿De qué me sirve haberme hecho fuerte en su corazón, haberla abrasado con todo el fuego del amor, haber llevado hasta el delirio la turbación de sus sentidos, si, tranquila como está en su retiro, puede enorgullecerse hoy de su huida más que yo de mis victorias? ¿Y he de aguantarlo? No lo crea, amiga mía: ¡no tenga usted de mí esa humillante idea!
  Mas, ¿qué fatalidad me ata a esta mujer? ¿No desean mis atenciones otras cien? ¿No se apresuran a responder a ellas? Aunque ninguna valiera lo que ésta, ¿acaso el atractivo de la variedad, el encanto de las nuevas conquistas, el éxito de que sean tan numerosas, no ofrecen placeres harto dulces? ¿Por qué correr tras aquel que nos huye y despreciar aquellos que se presentan? ¡Oh! ¿Por qué?... lo ignoro, mas siéntolo intensamente.
   No tendré ya ni felicidad, ni reposo si no poseo a esta mujer a la que odio y amo con igual furor. No soportaré mi destino sino cuando disponga del suyo. Entonces, tranquilo y satisfecho, la veré a mi vez, entregada a las tormentas que padezco yo ahora; incluso excitaré en ella otras mil. La esperanza y el temor, la desconfianza y la seguridad, todos los males inventados por el odio, todos los bienes concedidos por el amor, quiero yo que llenen su corazón, que se sucedan en él según mis deseos. Llegará ese día... Mas, ¡cuántos esfuerzos me quedan! ¡Cuán cerca de él estaba ayer! Y ¡cuán alejado me veo hoy! ¿Cuándo acercarme? No me atrevo a dar ningún paso; comprendo que para tomar una decisión habría de estar más calmado, y me hierve la sangre en las venas. 
 Lo que acrecienta mi tormento, es la sangre fría con que todos responden a mis preguntas sobre este acontecimiento, sobre su causa, sobre todo cuanto de extraordinario tiene. Nadie sabe nada, nadie desea saber nada: apenas si se habría hablado de ello, si yo hubiera consentido que se hablara de otra cosa. La señora de Rosemonde, a la que he acudido esta mañana al enterarme de la noticia, me ha respondido con la frialdad propia de su edad, que era la consecuencia natural de la indisposición que la señora de Tourvel había sentido ayer; que había temido caer enferma y había preferido volver a su casa; le había parecido muy sencillo; ella habría hecho lo mismo, según me ha dicho: ¡como si pudiera haber algo en común entre las dos! ¡Entre ella,  al que no queda sino morir, y la otra, que constituye el encanto y el tormento de mi vida! 
   La señora de Volanges, a la que al principio creí cómplice, no parece afectada sino por no haber sido consultada sobre esta decisión. Harto me alegra, lo confieso, que no haya tenido el placer de perjudicarme. Esto me prueba, además, que no posee la confianza de esta mujer tanto como yo temía; no deja de ser una enemiga menos. ¡Cuánto se congratularía si supiera que ha huido de mí! ¡Cuán hueca estaría si hubiera sido por sus consejos! ¡Cuánta importancia se daría! ¡Dios! ¡Cómo la odio! ¡Oh! Reanudaré mi relación con su hija: quiero manejarla a placer: por consiguiente, creo que me quedaré aquí algún tiempo; al menos, me inclino por esto tras la corta reflexión que he podido hacer. 
   ¿No cree usted, en efecto, que tras una decisión tan marcada, mi ingrata ha de temerse mi presencia? Si se le ha ocurrido, pues, la idea, de que pueda seguirla, no habrá olvidado cerrarme su puerta; y tengo tan poco interés en acostumbrarla a ese recurso como a sufrir dicha humillación. Prefiero anunciarle, por el contrario, que me quedo aquí; incluso la instaré a que vuelva, y cuando esté bien convencida de mi ausencia, me presentaré en su casa; ya veremos cómo soportará la entrevista. Mas es menester diferirla para aumentar su efecto, y ni siquiera sé si tendré paciencia para ello: he abierto la boca veinte veces hoy para pedir mis caballos. Sin embargo, me dominaré; me comprometo a recibir aquí su respuesta de usted; sólo le pido, preciosa amiga, que no me haga esperar. 
   [...] 
   Adiós, hermosa amiga; si se le ocurre alguna idea feliz, algún medio de acelerar mi marcha, particípemela. Más de una vez he sentido cuán útil podía ser su amistad; de nuevo lo siento en este momento; pues estoy más tranquilo después de haberle escrito: al menos he hablado con alguien que me entiende, y no con los autómatas junto a los que estoy vegetando desde esta mañana. En verdad, cuanto más vivo, más tentado estoy de creer que no hay nadie en el mundo que valga algo, salvo usted y yo."

 

Segunda carta:

"161. La presidenta de Toruvel a... (Dictada por ella y escrita por su doncella)
En París, a 5 de diciembre de 17**
 Ser cruel y perverso, ¿no te cansarás de perseguirme? ¿No contento con haberme atormentado, degradado, envilecido, quieres también arrebatarme hasta la paz de la tumba? ¡Cómo! ¿En esta tenebrosa estancia en la que la ignominia me ha forzado a sepultarme, no tendrían tregua las penas y me será desconocida la esperanza? No imploro una gracia que no merezco: para sufrir sin quejarme, bastará con que mis sufrimientos no excedan mis fuerzas. Mas no hagas mis tormentos insoportables. Si me dejas mis dolores, líbrame al menos del cruel recuerdo de los bienes que he perdido. Puesto que me los has arrebatado, no pintes ante mis ojos su desoladora imagen. Vivía inocente y tranquila: por haberte visto perdí el reposo; por escucharte me hice criminal. Autor de mis faltas, ¿qué derecho tienes a castigarlas?
  ¿Dónde están los amigos que me querían, dónde? Mi infortunio los espanta. Nadie osa acercarse a mí. ¡Estoy angustiada y me dejan sin socorro! Me muero, y nadie llora sobre mí. Se me niega todo consuelo. La piedad se detiene al borde del abismo en el que el criminal se sume. ¡Los remordimientos le desgarran y no son oídos sus gritos!
  Y tú, a quien he ultrajado; tú, cuya estima acrecienta mi suplicio; tú, el único que tendría derecho a vengarse, ¿qué haces lejos de mí? Ven a castigar a una mujer infiel. Que al fin sufra unos tormentos merecidos. Habríame sometido a tu venganza; mas me ha faltado valor para comunicarte tu vergüenza. No era disimulo, era respeto. Que al menos esta carta demuestre mi arrepentimiento. El cielo ha defendido tu causa; te venga de una injuria que tú has ignorado. Él ha trabado mi lengua y contenido mis palabras; ha temido que me perdonaras una falta que quería castigar. Me ha sustraído a tu indulgencia, que habría menoscabado su justicia. 
   Despiadado en su venganza, me ha entregado a aquel precisamente que me ha perdido. Sufro a la vez por él y para él. En vano quiero huir; me sigue; está aquí, me obsesiona sin cesar. ¡Mas cuán distinto a él mismo! Sus ojos no expresan ya sino odio y desprecio. Su boca no profiere sino insultos y reproches. Sus brazos no me estrechan sino para desgarrarme. ¿Quién me salvará de su bárbaro furor?
   Mas, ¡cómo!, es él... No me cabe duda; vuelvo a verle. ¡Oh amable amigo! Acógeme en tus brazos; ocúltame en tu seno: ¡sí, eres tú realmente! ¿Qué funesta ilusión me había hecho desconocerte? ¡Cuánto he sufrido en tu ausencia! ¡Oh! No volvamos a separarnos, no nos separemos jamás. Déjame respirar. ¡Siente cómo palpita mi corazón! ¡Oh! Ya no es por temor, sino por la dulce emoción del amor. ¿Por qué rechazas mis tiernas caricias? ¡Vuelve hacia mí tu dulce mirada! ¿Qué lazos tratas de romper? ¿Para quién preparas todo ese ceremonial de muerte? ¿Quién puede laterar así tus rasgos? ¿Qué haces? Déjame, ¡me estremezco! ¡Dios! ¡Otra vez ese monstruo! 
  Amigas mías, no me abandonen. Usted que me invitaba a huir de él, ayúdeme a combatirlo; y usted que, más indulgente, me prometía suavizar mis penas, venga, pues, junto a mí. ¿Dónde están las dos? Si no me está permitido volver a verlas, respondan al menos a este carta; sepa yo que aún me quieren. 
   ¡Déjeme, pues, cruel! ¿Qué nuevo furor te anima? ¿Acaso temes que un dulce sentimiento me penetre hasta el alma? Redoblas mis tormentos; me obligas a odiarte. ¡Oh! ¡Cuán doloroso es el odio! ¡Cómo corroe el corazón que lo destila! ¿Por qué me persigue? ¿Qué puede tener que decirme aún? ¿Acaso no me ha puesto en la imposibilidad de escucharle como de responderle? No espera ya nada de mí. Adiós, señor."