domingo, 3 de enero de 2016

Hasta la próxima...



Por diversos motivos que he intentado solventar de todos los modos posibles, voy a verme obligado a dejar este sitio en Stand By durante un período de tiempo indefinido. Ni que decir tiene que ha sido una gran experiencia compartir mis opiniones con todos vosotros. Espero volver algún día no muy lejano. Hasta entonces. Un saludo de La Esquina de ese Círculo.







miércoles, 23 de diciembre de 2015

Hielo, de David Aliaga




No sé cómo demonios con el frío que hace afuera me apetece leer una novela con este título y esta portada, una novela ambientada, principalmente, en el punto habitado más al norte de toda Islandia, como si Islandia ya de por sí no fuera un lugar que trae a la mente del lector común un páramo siempre helado e inhóspito, aislado de cualquier punto del mundo. Y es que la gente no va a Islandia para saborear su clima desde luego, sino para, y esto creo que es importante para entender la novela, perderse. 

Nuestro protagonista, como la gran mayoría de los personajes que asomarán la cabeza en Hielo, es islandés, podríamos suponer incluso que oriundo de Reikiavik, aunque esto no se nos aclara, y se presenta ya desde la primera frase definido como “el hombre que huye”, el hombre que busca desaparecer del mundo en el que ha vivido, que busca en una segunda vida una suerte de redención a todas las atrocidades cometidas. Erik llega a Snæspegill y allí entra como criado en la casa de Gyđa, una mujer que trabaja fuera del pueblo (no recuerdo ahora mismo en qué) por las mañanas y que hace masajes en su casa por las tardes. Erik no sólo deberá arreglar los desperfectos de la vivienda como pueda, sino también cuidar de Asmundur, el padre de Gyđa algo senil, para ganar un escaso sueldo que le permitirá vivir allí. Al mismo tiempo lo asolarán, literalmente, los fantasmas de la mujer y el hijo que ha dejado atrás. Si bien este elemento sobrenatural no termina de convencerme por su carácter de tópico literario que ya debería estar superado, las escenas en las que aparece están muy bien escritas, lo que en cierto sentido lo hace perdonable.

Esta mujer y este hijo que deja atrás son Lóa y Jón, respectivamente, que viven como pueden en Reikiavik, donde Lóa trabaja en una librería heredada de su padre. Mientras que Lóa es incapaz de asimilar la pérdida, tanto de su segundo hijo como de su marido desaparecido y buscado por las autoridades, Jón descarga toda la ira de adolescente que tiene contenida en las letras de su grupo de metal, que le serviría como mecanismo de fuga ante la triste situación familiar tras hechos demasiado recientes. El principal problema que veo en la caracterización de Jón es que se trata de expresar todo lo que he dicho, pero que muchas veces no se logra la solemnidad del resto del texto, sino que más bien se alcanza un cierto punto irónico que, en mi opinión, desentona demasiado. Quizás un tratamiento más sutil nos habría dado a entender perfectamente los sentimientos de Jón con respecto a la actitud de su padre frente a la pérdida inminente de su hermano tras el coma. Por otro lado, queda Lóa que trata de ampararse en su trabajo de cara al público para olvidar el percance, pero que siente que al volver a casa todo ha sido inútil. Ambos serán incapaces de rehacer sus vidas en torno a terceras personas cuando se les presente la oportunidad y es que lo que Aliaga nos quiere dar a entender en esta novela es lo difícil que es pasar página en la vida.

Sino que se lo digan al doctor Thomsen, que al comienzo de la novela es acusado, con motivos desde luego, de ayudar en la intervención de la eutanasia -allí ilegal, según nos deja entender la novela- al hijo de Erik. Y es verdad, que este personaje es más secundario, pero es imposible no advertir la misma premisa. Thomsen vuelve a casa de sus padres durante el proceso como un nostálgico de tiempos que él cree que fueron buenos.

La novela no cuenta con mucho más. Poco más de cien páginas que narran esta historia fría, como el hielo, pero con personajes muy humanos. No es excesivamente compleja, pero lo que está escrito está, por lo general, bien escrito, quiero decir, que consigue transmitir lo que pretende. Según he podido leer por ahí introduce elementos de la mitología nórdica y no sé si eso será verdad o no, debido a mi ignorancia con respecto a ese punto, pero sí que es cierto que hace referencia a gran cantidad de libros y autores más o menos contemporáneos, lo que para el lector –siempre ávido lector- puede suponer una alegría que tal o cual personaje comparta esta o aquella opinión sobre determinado libro con él, o que esto le permita conocer a nuevos autores, que siempre viene bien. En pocas palabras, obra recomendable que te lees rápidamente y disfrutas mucho, pero que no destaca especialmente en nada.

Tenéis otras reseñas de Hielo en La tormenta en un vaso (bastante interesante y valora cosas que quizás he pasado más por alto) y En la orilla de las letras (donde les ha calado el alma, o algo por el estilo, cosa que no me termino de explicar).







lunes, 21 de diciembre de 2015

Breve resumen de todas las lecturas de otoño (del 21 de septiembre al 21 de diciembre)




Llega el invierno y toca hacer revista de todo lo leído este otoño, que no ha sido poco, la verdad. Este otoño nos hemos adentrado un poco más en la literatura polaca, pero sobre todo en la rumana, que cada vez genera en mí mayor interés. Aunque me prometí a mí mismo leer ensayos teóricos sobre literatura, para qué nos vamos a engañar, si lo mío es la ficción. De todas formas cayeron las conferencias que nunca llegó a pronunciar en ¿Massachussetts? Italo Calvino debido a su repentina muerte. También me dije que debía leer obras de literatura china, pero aunque empecé el otoño muy entusiasmado con esta idea, lo cierto es que no llegué a leer más de dos obras de teatro muy breves, lo cual es casi como no leer nada. Por contra, se han colado aquí obras estadounidenses, españolas, checas y noruegas productos de mi poca constancia a la hora de plantearme leer algo sin ojear si quiera lo que hay justo enfrente. En fin, que sigo siendo un desastre. Espero que no me recriminen nada.

En octubre...


Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. Versión de 1810. (5/5)

Comenzábamos el otoño con un gran reto. Las más de 700 páginas de esta obra maestra de Jan Potocki, que no ha dejado de cumplir las expectativas puestas en ella. Una auténtica maravilla de novela gótica adelantada a su tiempo que combina lo mejor de las grandes obras literarias occidentales anteriores y un conjunto de saberes interdisciplinarios asombrosos. Su ritmo dinámico de historias enmarcadas con una trama exterior más desarrollada que sus precedentes estilísticos, tanto orientales como occidntales la convierten en una de las mejores y más memorables lecturas de este recuento. Recuerdo que escribí una reseña que publiqué varios días después y que podéis leer aquí.




Entrevistas breves con hombres repulsivos, de David Foster Wallace (1,5/5)

Asqueroso a más no poder. Casi innecesario. A veces postureo puro. El "¡Mírame, mamá, si hasta soy moderno!". Con frases excesivamente largas en muchas ocasiones. Pedante. Reiterativo. Etcétera. No sé qué tendrá que le vuelve loca a la gente. A mí me ha parecido vacío, aburrido y desagradable a excepción de cuatro o cinco "cuentos". Quizás por eso no se lleva la calificación de infumable. No voy a preocuparme si la literatura de los escritores de mi generación avanza en este sentido, pero, si es así, no creo que les compre muchos libros. Para más detalles, una reseña.






Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino (4/5)

Más que interesantes, y quizás también discutibles, las propuestas que nos deja Calvino para una escritura de este milenio en el que ya hemos entrado. ¿Cuándo podemos decir que un escritor es rápido? ¿Cómo argumentar que un texto en pesado? ¿La obra debe aspirar al reflejo de la totalidad? ¿Lo mejor son las historias cortas o las largas? ¿Para ser el poeta que mejor hable de la vaguedad no tendremos que ser exactos al menos en ese punto? Estamos frente a una colección de conferencias muy bien planteadas, con unas ideas muy ilustrativas que conseguirían que fijase mi atención en otros aspectos en mis próximas lecturas.





La investigación, de Stanislaw Lem (4/5)

Gran novela de suspense que mezcla elementos clásicos de la novela policíaca, de terror y de ciencia ficción en un cóctel abrumador que te mantiene pegado al libro hasta casi el final. Estamos en un Londres neblinoso de finales de los 1950s y Scotland Yard se encuentra ante un misterio que es incapaz de resolver: quién es capaz de robar de seis cadáveres de seis cementerios distintos en noches de tormenta sin dejar ningún rastro. ¿Será verdad lo que parecen sugerir algunos de que estos se levantan solos? ¿Hay un culpable entonces? ¿Si es así podemos considerar estos hechos tan extraños como crímenes? Lem nos propone un relato muy próximo al que es común en autores más comerciales como Stephen King, aunque sin despegarse en ningún momento de sus intereses filosóficos en la narración. Reseña.


Proyectos de pasado, de Ana Blandiana (4,5/5)

Genial recopilación de relatos de corte neofantásticos de la escritora rumana que constituyen una suerte de crítica al régimen comunista y a sus medidas tomadas durante la época inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, aunque no sólo eso. Alegorías llenas de magia y atmósferas embadurnadas de onirismo. Cada relato es una pequeña pieza de un puzzle colorido y turbio que guarda el encanto de lo autóctono y el trabajo de una auténtica artesana de las letras. Cientos de relaciones podríamos establecer con otros escritores de un estilo más o menos similar: Hrabal, Stasiuk, Frisch, Borges, Piñera, Cortázar,... Reseña muy tardía.







Y en noviembre...




Los muertos, de Jorge Carrión (4,5/5)

Con propuestas muy originales y un modelo de escritura puramente cinematográfico, Los muertos se convierte en una de las novelas más adictivas que habré leído jamás. Lo que empieza pareciendo una historia cualquiera de ciencia ficción se retuerce más que una fregona para proporcionarnos un auténtico espectáculo narrativo de primer nivel. Reseña.








Las señoritas de Wilko, de Jaroslaw Iwaszkiewicz (3,5/5)

"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismo" dijo Neruda en una de sus famosos 20 poemas de amor. Aquí Iwaszkiewicz, desde la otra punta del globo, aparece para querernos transmitir mediante una historia genuina la misma idea. Un exmilitar quiere volver a ser feliz junto a las chicas que él cree que amó en su juventud. ¿Lo conseguirá quince años después? Reseña.









El paraíso de las gallinas, de Dan Lungu (4/5)

¿Cómo será el paraíso de las gallinas? ¿Diferirá mucho del de los hombres? Son preguntas que un buen día abordan la mente de Relu Covalciuc al ver cómo todas sus ponedoras saltan de alegría en el corral, se inflan a comer maíz y juguetean con las lombrices. Las gallinas no tienen los problemas de los hombres, piensa Relu. ¿Será esto cierto? 

Lungu nos presenta una suerte de texto narrativo que por su extensión iría a corresponderse con la de la novela, aunque por su estructura tenemos que decir que es imposible. Se nos recrea la vida en la calle de las Acacias, en un periférico barrio de alguna ciudad de provincias, antes y después del periodo comunista, lo que le sirve a Lungu de excusa para repartir puñetazos a diestro y siniestro, tanto al sistema comunista como al capitalista, poniendo de relieve los problemas de cada uno. Reseñada.

Los pistoleros del eclipse, de Munir (2,5/5)

Interesante y brevísima novela de autoficción, tipo Matando dinosaurios con tirachinas, aunque reajustada a la época actual e introduciendo gran cantidad de contenido lisérgico, esbozos de reflexiones transcendentales, realismo sucio, referencias metatextuales (o metareales, según se mire), etcétera. El estilo de escritura oscila entre un Foster Wallace a punto de empezar una orgía (lo cual no me gusta especialmente como ya he dicho arriba) y un celso castro rememorando (o reinventando sus mejores (y quizás nunca vividos (o únicamente vividos años (lo que creo que es buena señal)))). Fuera de esto cuenta con momentos muy divertidos (otros muy líricos). Munir es un escritor con mucha imaginación, tanta que, a veces, le cuesta mantener el ritmo. Quizás lo mejor de la obra, a mi juicio, sea los momentos en los que se aleja de la autoficción. No debe ser mal cuentista. Reseña.

R. U. R. + El juego de los insectos, de los Hermanos Capek (3,5/5)

Hay que aclarar que la obra tiene pinta de ser mucho mejor de lo que yo he leído y es que existen en el mundo traducciones infames, algunas mucho más que infames y entre estas últimas se encuentra la que Consuelo Vázquez de Parga realizó de estas dos obras de teatro emblemáticas del primer tercio del s.XX checo. Traducción indirecta destinada a un público masivo, que no sé si, por desgracia será la única en castellano hasta la fecha. La edición es descuidadísima y, a pesar de la gran calidad de las obras, es difícil disfrutar lo justo del texto. 

Fuera de esto, ambas obras proponen, la primera desde un marco de ciencia ficción y la segunda desde un mundo mucho más coloristas y fantástico, cuestionar duramente, con un humor más que ácido, las acciones de los hombres. Me extiendo un poco más a falta de fortaleza y tiempo para redactar una reseña en la que pudiera abordar estas cosas más en detalle. No deja de ser recomendable e interesante para entender los orígenes de la ciencia ficción.

La injusticia contra Dou E, de Guan Hanquing (3,5/5)

Primer contacto con la literatura del gigante asiático. Esta vez una obra teatral de corte clásico sumamente interesante, que puede recordarnos mucho al tipo de teatro isabelino inglés de la venganza, con sus escenas truculentas y sus fantasmas. A pesar de esto, el final es, por contra, justo con la buena voluntad de los personajes. Dou E es acusada injustamente de envenenar al padre del hombre que quiere obligarla a casarse con él y sufre un juicio donde no se oye su voz debido a su condición de mujer. Bien es verdad que no hace falta haber leído mucho para entender que los personajes pueden dar mucho más juego de lo que realmente dan. La aparición del fantasma de Dou E a su padre puede pecar de simplista y llena de comentarios inverosímiles. Aunque, teniendo en cuenta que fue escrita en el s.XIII, recién aparecido el género teatral, lo mejor sería no devanarse los sesos mucho con estas cuestiones.

El huérfano del clan de los Zhao, de Ji Junxiang (3,5/5)

Más teatro que gravita sobre el tema de la venganza. En este caso será el joven huérfano de los Zhao quien deberá vengar el genocidio cometido contra trescientos miembros de su familia por un hombre avaro que ha engañado al duque (o príncipe) Ling para hacerse con el control de la provincia e imponer su ley, llena de crueldades. Especialmente bella será la escena de la reflexión entorno a las pinturas del que cree su padre, quien realmente es su salvador, y descubre la auténtica verdad de su pasado (la anagnórisis). A pesar de ello, las escenas de enfrentamientos se quedan algo vacías por culpa de la falta de anotaciones. Es una obra que representada debe de ser muy distinta que como está escrita.




Y ya en diciembre...


Desde hace dos mil años, de Mihail Sebastian (5/5)

Toda una joya profunda y atípica. Desde hace dos mil años habla desde el corazón de un judío que ya ha perdido la fe en todo salvo en las personas. El protagonista se convierte en voyeur y sufridor de los distintos planteamientos ideológicos (marxistas, fascistas, sionistas, liberales, nihilistas) y sus respectivas prácticas de los hombres que lo rodean (Blidaru, Vieru, Drontu, S.T.H., Parlea, Buret). Todo ello en el contexto de la Rumanía inmediatamente anterior a la dictadura de Antonescu y la Segunda Guerra Mundial. Reseña.



La posada de Manhuiol, de Ion Luca Caragiale (4/5)

Antología de varios de los mejores cuentos de uno de los grandes clásicos de la literatura rumana que mezcla la tradición de las narraciones orales del campo con el absurdismo que sólo puede respirarse en territorios urbanos cada vez más burocratizados. Caragiale demuestra ser un gran maestro de la confección del discurso, especialmente del que va cargado de humor, crítica e ironía. No por nada Ionesco lo señaló como su maestro. Tengo pendiente revisar la reseña para publicarla. Saldrá en un par de días si todo va bien.





Catilina, de Henrik Ibsen (3/5)

Tragedia tardorromántica y de corte histórico bien estructurada y con buenos diálogos que, a pesar de su interés moralizante y su visión del mundo algo patriarcal y simplista para el personaje femenino, resulta más que interesante al recoger en sus páginas el peso de la tradición del teatro isabelino inglés y de las tragedias de la Antigüedad grecolatina. Como primer contacto con el dramaturgo, no me parece mal. La mezquindad con la que se mueven sus personajes (incluso el héroe Catilina) es un punto que desconcierta al lector y que puede llegar a gustar hasta cierto punto. Reseña.




Hielo, de David Aliaga (3,5/5)

Hermosa novela breve que trata el tema de la huida, la aceptación de los errores fatales y la necesidad de seguir viviendo aún con todo lo horrendo del mundo a las espaldas de la conciencia. No es que goce de una potencia narrativa sorprendente, pero lo que cuenta está bien contado, aunque hay momentos en los que el texto me chirríe (sobre todo, en los que el narrador se centra en Jón y entra en una especie de atmósfera irónica que rompe demasiado con el tono más o menos solemne (y a veces enternecedor y melancólico) que puede tener el resto de la obra). ¿Como no? También tengo pendiente su reseña.






Los insignes, de David Pérez Vega (4/5)

Divertidísima novela que viene a satirizar las absurdeces del mundo poético actual con sus premios amañados, sus círculos de escritores que no se leen ni a sí mismos pero que se aplauden con entusiasmo, sus editoriales destinadas a un público masa para los que la literatura significa de todo menos recogimiento y abnegación en pos de una métrica perfecta y unas buenas palabras. La trama es algo estrafalaria, con un Kim Jong-un que practica su español por Skype con un poeta mostoleño ignorado por todos y hundido por la incapacidad de obtener el reconocimiento que cree que merece tras largos años de esfuerzo. La prosa es fluida y la narración ágil y precisa, sin perder el toque de oralidad que pretende transmitir (se supone que son conversaciones por Skype). El único pero que he podido encontrarle, y es más un gusto personal que otra cosa, es que quizás el líder supremo de Corea del Norte intervenga tan poco en el diálogo, asumiendo un papel de psicólogo freudiano que deja hablar a su paciente. Kim Jong-un podría haber dado más juego si  Pérez Vega hubiera querido explotarlo. Se nos pincela como un oyente pasivo del que muchas veces nos olvidaríamos si Ernesto (su protagonista) no hiciera algún que otro chiste/comentario. Y paro aquí de hablar y paso a decir algo de lo que aún no he terminado de leer. La reseña de Los insignes seguramente aparecerá por aquí a comienzos de enero, aunque preferiría no prometer nada. No son las mejores fechas para hacerlo.

El accidente, de Mihail Sebastian (LEYENDO)

Llevo demasiado poco leído como para emitir un juicio certero sobre esta novela. De momento me está pareciendo bastante cursi y estoy encontrando de todo menos lo que esperaba encontrar viniendo de leer su Desde hace dos mil años













Dicho esto, los PROPÓSITOS PARA EL INVIERNO son:

*Seguir leyendo más literatura española: Sobre todo, me gustaría profundizar tanto en la narrativa y en el texto teatral de ahora como en los clásicos del siglo XX.
*Seguir leyendo literatura rumana: Cartarescu, Vosganian, Lungu, etcétera.
*Leer algo de Manuel Otero Silva: Autor venezolano muy olvidado que no paran de recomendarme.
*¡Más obras de Ibsen!: Al menos cinco deberían caer.

Y ya está. Llevo mucho tiempo tecleando y creo que es hora de que baje al salón a zamparme un par de polvorones junto a la estufita y a seguir leyendo. ¡La Esquina de ese Círculo les desea a todos felices fiestas!



jueves, 17 de diciembre de 2015

Catilina, de Henrik Ibsen




Es posible que de ahora en adelante me veáis comentar por aquí muchas obras dramáticas de este autor noruego. No en vano, pude hacerme con la recopilación de sus obras (casi) completas traducidas al castellano hace muy poco y a un precio relativamente bajo en una librería de segunda mano. Aún y con todo, no creo que sea una mala traducción.  Uno de mis propósitos de este año que arrancará en pocas semanas será leer todas ellas y dejar aquí algún que otro comentario no demasiado extenso.

Dicho esto, empecemos.

Catilina se basa en una historia real, aunque Ibsen añade gran cantidad de elementos que no aparecen en las crónicas históricas, modificando bastante lo que se dice que ocurrió realmente. De todas formas, la versión de Ibsen no está estrictamente en desacuerdo con la de Cicerón. Es, a todas luces, un drama histórico adaptado al gusto romántico de la época. Con mucho sentimiento por ahí. Mucho amor heroico por allá. Y mucha crítica al sistema e incitación a la revolución por acullá. Muy en consonancia con la literatura esencial de la primera mitad del s. XIX, de la que se nutre. 

La obra está centrada en el personaje mismo de Catilina, un patricio romano que convierte su dinero en poder de cualquier tipo. Las monedas de Catilina pueden servirle lo mismo para amañar las elecciones del pueblo romano como para violar a jovencísimas vestales, y, a pesar de que no siempre se mueve con fines egoístas, los medios que utiliza son siempre tramposos. Catilina es el héroe, pero no es un personaje ejemplar y eso es algo que al lector (o al espectador) debe de impactarle mucho. No es personaje con el cual se pueda empatizar, sino que es más digno de ganarse nuestro odio, porque, si bien es verdad que tratará de redimirse a lo largo de la acción, su arrepentimiento nos suena forzado y egoísta. Se levanta contra la injusticia, o eso cree él. Sobre su espalda lleva a cuestas a una pequeña revolución que pretende mejorar la situación de los patricios (aburguesados romanos), y sólo de los patricios, frente al gobierno centralizador de la República. Su terquedad y su ceguera lo llevan a una guerra que sólo puede perder y que le servirá para darse gloria. Sobre Catilina operan la incertidumbre del hombre que no sabe vivir en el dilema de su tiempo y que elige una opción poco sensata, aunque ambiciosa e impulsiva, que lo acabará conduciendo a la tragedia.

Dicha incertidumbre viene fomentada por el discurso de los dos personajes femeninos de la obra: Aurelia, su esposa, y Furia, la vestal de la que está enamorado y que trata de tomarse en él la venganza por el suicidio de su hermana del cual Catilina es directamente responsable. Mientras que Aurelia es compasiva con las penas ajenas y constituye el modelo patriarcal de mujer perfecta que ama a su marido “hasta la muerte”, queriendo apartarlo del peligro en todo momento para llevárselo a la calma del campo lejos de Roma, Furia es pasional, inclemente y representa el deseo romántico e imposible (debido a la muerte de la hermana) de Catilina, además de su visado a la perdición. Si Aurelia es la templanza y el estatismo (como la llanura), Furia es el impulso y el dinamismo (como una cordillera). El enrevesamiento que otorga un personaje como Furia a la obra es enriquecedor, aunque el espectro de las mujeres posibles que nos deje aquí Ibsen sea tan simplista y conservador. Por un lado, tenemos a la mujer ángel para el hombre (Aurelia) y por otro a la femme fatale (Furia). La falta de distinción de Catilina lo lleva a su fin nefasto. Moraleja uno: el amor es ciego y hazle caso mejor a la razón. Moraleja dos: no seas infiel o no pretendas serlo. Moreleja tres: no ambiciones más de lo que tienes. Moreleja cuatro: bah, si se me ocurre algo más lo cuelo al final de la reseña como quien no quiere la cosa. 

Otro detalle a tener en cuenta es lo profundamente egoístas y mezquinos que pueden llegar a ser los personajes principales (Catilina, los patricios, Furia, Curio y, en cierto modo también, Aurelia, que no quiere la libertad del pueblo romano, sino la paz propia en un mundo rural aparte). La reflexión del propio Catilina tras la aparición de la sombra en el bosque es especialmente ilustrativa en este sentido:

“CATILINA: (…) ¿Entonces también agita a las sombras la ambición?" (Acto III)

Y es que nadie se escapa de este entuerto decadente. Hay que decir que Catilina tiene bastantes semejanzas con el teatro isabelino inglés (el tema presente de la venganza y las apariciones de fantasmas recuerdan a Shakespeare y a sus coetáneos) y con el teatro clásico (las profecías en sueños y las visiones propias de narraciones como Edipo Rey). Ibsen asimila la tradición y construye una tragedia tardorromántica bastante notable, muy bien estructurada y con muy buenas intervenciones. En definitiva, sería más que recomendable si no fuera por la visión muy pobre que da de la psicología femenina y el implícito contenido moralizante.




viernes, 11 de diciembre de 2015

Desde hace dos mil años, de Mihail Sebastian




Permítanme que comience la reseña con una cita del libro que nos interesa:

“Desde luego, jamás dejaré de ser judío. Esta no es una función de la que uno pueda dimitir. Se es o no se es. No se trata ni de orgullo ni de vergüenza. 
Es un hecho. Si intentara olvidarlo, sería inútil. Si alguien intentara rebatírmelo, lo sería igualmente. Pero tampoco dejaré de ser nunca un hombre del Danubio. Y eso también es un hecho. Que me lo reconozcan o me lo nieguen, no cuenta. Es cosa exclusiva de quien lo haga.” (pág. 247)

El hecho de que este fragmento aparezca casi al final del libro no me parece una excusa para no emplearlo. Tiendo a creer que en él hay concentrada gran parte de la esencia de las ideas que intenta transmitir la obra y por eso lo cito. Desde hace dos mil años es una historia sobre judíos del siglo pasado a la que no estamos acostumbrada. No trata sobre el Holocausto, pues fue escrita años antes de éste, en 1934, aunque en cierto modo lo profetiza tras un análisis crítico de la sociedad rumana de los años inmediatos a la dictadura de Antonescu y la Segunda Guerra Mundial. El antisemitismo se convierte en la moda de la época de la misma forma que, por ejemplo, hace un par de años lo han sido las gafas de pasta y esto es un hecho que no parece alarmar a nadie más que a las pobres víctimas, e incluso a éstas no siempre. El protagonista de la novela de Sebastian toma como verdad la hipótesis de que la etnia judía a la que pertenece está maldita y que debe ser castigada, como siempre lo ha sido desde hace dos mil años. De esta forma confunde las palizas que le propinan en la facultad por su condición religiosa con un mero chaparrón que va y viene con la estación. Se acostumbrará a tratar con antisemitas, a trabar una clase de amistad con muchos basada en concesiones de ellos hacia éste hasta el punto en el que Dronţu o Blidaru casi olvidan esta rareza que muchos atisban como un mal. El terco Drontu, quien en otros tiempos había golpeado hasta la extenuación a cientos de judíos sólo para divertirse, se convierte en el compañero de fatigas de nuestro protagonista y no tiene reparos en hablar con nostalgia de la felicidad de su pasado ante él, que había sido el saco de boxeo donde descargar todo el estrés diario para que esa felicidad fuera posible.

La novela está escrita en forma de diario lleno de todo tipo de omisiones en el que se viaja desde el comienzo de los estudios de Derecho de nuestro protagonista hasta la construcción de su primer edificio como arquitecto justo después de la toma de poder en Alemania del partido de Hitler. La evolución del personaje, de un marcado carácter sensible y reflexivo, está llena de escepticismo. Por su vida irán desfilando diversos personajes cada uno con su ideología (autócratas, marxistas, sionistas, antisemitas, esteticistas, urbanitas liberales, buenos salvajes,…) que intentarán ganárselo como adepto, pero que lograrán todo lo contrario. Quizás del mal ideológico sólo quede contagiado levemente en comparación con todo lo despreciado. El protagonista forma su criterio propio y saca sus propias conclusiones de lo que le envuelve, la explicación de su martirio y la razón del sentimiento de añoranza de dicho martirio, de placer del martirio y de la oposición a escapar al mismo. Él es judío, no extranjero. No sabe hebreo ni yidis. Ha nacido en el seno del Danubio y es rumano y nada más. No importa lo que de él pueda decir Parlea, curioso personaje que promueve la catástrofe como único medio de salvación.

“-Oye, yo tengo sed y estoy esperando a que llegue la lluvia. Y tú estás a un lado y me dices: “la lluvia será buena y estaría bien que viniera, pero ¿y si viene con granizo?, ¿y si viene con una tormenta? ¿y si me estropea los sembrados?”. Pues bien, yo te contesto: no sé cómo será esa lluvia. Sólo quiero que venga. Eso es todo. Con granizo, con tormenta o con rayos, pero que venga. Que haga estragos, que ahogue, que arrase, pero que venga. Del diluvio a lo mejor se escapan uno o dos. De la sequía no se escapa nadie. Si la revolución exige un pogromo. No se trata ni de mí ni de ti ni de él. Se trata de todos.” (pág. 243)

Es este tipo de discurso lo que más inquieta al narrador, más que las acciones físicas: las palizas de su juventud que ve como meras chiquilladas. Sin embargo, aún y con todo, no abraza como su amigo Winkler el sionismo o como su otro compañero S.T.H. el  marxismo, con un discurso mucho más humanitario y acogedor para él que el que tiende a defender Parlea a lo largo de la novela. Es el dogmatismo lo que no le convence, lo que le impide entrar en un grupo que pueda proporcionarle cierta protección. Es consciente de su visión judía del mundo, pero también es un defensor a ultranza de lo individual, de lo personal y lo íntimo, hasta el punto de que crece en él esta extraña, aunque preciosa idea:

“Yo no soy creyente, desde luego, y este problema me es ajeno, y no me crea dificultades serias. 
No aspiro a ponerme de acuerdo conmigo mismo a este respecto y acepto, sin rubor, todas mis inconsecuencias. Sé, lo digo, que Dios no existe y recuerdo con placer el manual de física y química de bachillerato, el cual no le hacía a Dios ningún sitio en el universo. Esto no me impide rezar. Cuando recibo una mala noticia o cuando quiero prevenir alguna. Hay un Dios familiar al que le ofrezco, de vez en cuando, sacrificios, según un culto con reglas establecidas por mí y creo que confirmadas por él. Le propongo fiebre tifoidea para mí a cambio de una gripe que tuviera él pensado darle a alguien a quien yo quiero. Le indico dónde preferiría que me golpease y dónde que me dispensase. Además, lo que le doy es mucho más de lo que conservo ya que lo que le doy es mío y lo que conservo es de otros, los pocos otros a los que yo quiero.” (pág. 62)

Estoy citando mucho para lo que viene siendo habitual en mí, pero tras casi una semana después de terminar el libro y con muchísimas notas tomadas siento que casi lo mejor en este caso es dejarle hablar al propio autor. Cualquier halago maravilloso sobre la prosa de Mihail Sebastian que yo hiciese ahora mismo sería por completo insuficiente para dar una idea, aunque fuera remota, de lo que este texto puede llegar a dar de sí. No conocía al autor y me alegro enormemente de haber dado con él. Hay escritores en este mundo realmente magníficos que amamos como lectores y muchos de ellos lo han tenido en cierto sentido fácil para llegar a dónde han sido encumbrados, a dónde nosotros lo hemos encumbrado, pero hay otros que no, otros que han sufrido una desgracia tras otra, como si hubieran sido, en efecto, maldecidos. No me refiero a los escritores de las drogas, de la borrachería y demás. Esos nunca me han dado ninguna pena porque son ellos los que se destrozan a sí mismos a pesar de las mil advertencias que se les dan. Me refiero, por el contrario, a otros como César Vallejo, uno de los poetas del dolor por antonomasia, que no era judío, pero que se sentía completamente desgraciado por la deidad:

Yo nací un díaque Dios estuvo enfermo.” (Espergesia, Los heraldos negros)

La humanidad, el vacío, el destrozo y el dolor se respira en ambos autores. ¿Serían grandes autores si la vida no los hubiera molido a palos? Qué sé yo. La vida muele a palos a mucha gente y no todo el mundo es capaz de transmitir ese sentimiento. Hay que tener una sensibilidad increíble y una precisión milimétrica. Ambos la tienen y eso mérito más que suficiente para aplaudirles.







viernes, 27 de noviembre de 2015

Los pistoleros del eclipse, de Munir (a secas)




Como no tengo una buena cámara de fotos, normalmente cuando voy a escribir una reseña, la imagen de la portada del libro que siempre la precede suele estar sacada de otras páginas (o bien de compraventas de libros de segunda mano (o bien de la página misma de la editorial)). Para encontrar dicha imagen tengo por costumbre usar el buscador de Google y teclear el título del libro (y si no (sólo si no) aparece le añado el nombre del autor). Lo cierto era que antes de leer una página del libro el título ya me parecía bastante poético. Qué sé yo. Me parecía elegante y hasta romántico, qué leñes. ¡Los pistoleros del eclipse! Era un título que me remitía a los enfrentamientos típicos entre caballeros que se idealizaron en la sociedad europea de comienzos del s.XIX por asuntos de afrentas que debían ser saldadas a vida o muerte a la hora del alba, que encontraba sus anclajes en obras renacentistas y que habían dado para tanta y tanta literatura. Además, en la portada había un bosque, un poco desconcertante con ese caracol ahorcado, pero a fin de cuentas un bosque, caramba. ¡Un lugar clásico para este tipo de combates a cara o cruz! De la misma forma que el suicidio constituía un tema recurrente en este época, y si no baste recordar a Werther. Todavía no había abierto el libro. Sabía de él poco más, me habían advertido que no tenía comienzo ni final. Yo no sabía si me inquietaba más este dato o el extraño dibujo del caracol ahorcado. Luego lo abrí, lo leí y descubrí lo terriblemente malo que soy para lanzar hipótesis. Una vez lo acabé, cuando busqué una imagen del libro en Google no me sorprendieron los enlaces de Youtube que aparecieron (donde todos ellos remitían a vídeos de distinta de duración en la que un grupo de (digamos) zagales jóvenes que esperaban en un control policial tras una noche de fiesta que debió de ser desenfrenada esnifando cocaína y fumando porros hasta que más allá del amanecer (como si se tratase de un relato de Yasutaka Tsutsui) les llegase su turno). Uno de los chicos amenazaba con sacar una pistola y disparar al periodista (o al policía creo (o a alguien (qué más da))) si le seguían tocando las narices. A fin de cuentas me equivocaba, pero no demasiado: ese control era una afrenta a la vida en libertad (en cuestionable libertad) total que exigía para sí mismo el joven. En lo único en lo que me equivocaba era, pues, en el contexto, en el escenario y en un par de detalles más. La obra de Munir nos acercaría a un microcosmos muy cercano al que nos muestra la cámara de Callejeros con personajes que cometerán, uno tras otro, numerosos actos de rebeldía contra lo que consideren un reto para su juventud (especialmente organismos de poder (que quedan en varias ocasiones retratados como elementos particularmente ridículos)). Se harán pasar por personas deprimidas para adquirir psicofármacos de manera casi gratuita y así alimentar una adicción autoimpuesta, llenaran todos los carteles de Madrid con el símbolo de Vodafone como forma japonesa de protestar frente al cambio de nombre de la Estación Plaza del Sol, y así un continuo etcétera que no quiero desvelar debido a la brevedad de la obra.

El libro es lo que es: autoficción. No es un género que me apasione demasiado por las limitaciones y el carácter tremendamente personal y cerrado que suele poseer. Además, tampoco se puede decir que sea excesivamente innovador Munir a la hora de redactar las poco más de cien páginas que tiene su suerte de novela. La ausencia de comienzo y final (o la colocación estratégica de espacios) no es algo que no haya visto hasta ahora. De hecho, ya había reseñado una obra aquí que seguía un modelo muy similar en este sentido y que ganó un Nadal en 1996 (me refiero a Matando dinosaurios con tirachinas de Pedro Maestre), donde su autor escribía sin colocar un punto en toda la narración (no llega a dicho extremo, Munir) en un frase ya comenzada, que no iba a terminar jamás, porque aquella frase era, a fin de cuentas, un reflejo alegórico e insustancial de su vida y si él seguía escribiendo era porque seguía viviendo. Quizás la ausencia de comienzo y de final en Los pistoleros del eclipse se deba a otros motivos, quizás el escritor sólo pretende generar incertidumbre, lograr que nos hagamos la preguntas de qué, cómo, cuándo o por qué. Podemos (y, de hecho, debemos) intentar rellenar los huecos, aún a sabiendas de que lo que nosotros coloquemos en esos espacios no vale nada, de la misma forma que tampoco nos es difícil imaginar que gran parte de lo que nos ha dicho Munir en su diario fragmentado es ficticio, aunque no sepamos qué lo es y qué no. 

Otro aspecto interesante del libro es su concepción fragmentaria, su asimilación y su reafirmación de que la realidad sólo puede expresarse en concreciones, en momentos que van y vienen. El problema de esta fragmentación es que supone numerosas elipsis del contenido del texto, lo que nos lleva a un resultado final poco sólido. Esto sería muy achacable en otro tipo de novelas, pero quizás no en ésta, que pretende de por sí ser lisérgica, rebelde y obtusa, sin pretensiones de hacer ningún tipo de concesiones al lector. En definitiva, una quimera. Es una obra que está muy en la línea, por su rabia juvenil plasmada con fuego neovanguardista, de un celso castro (así en minúsculas, como a él le gusta), lo cual resulta bastante positivo, a pesar de que muchas veces su intento de un transcendentalismo mayor y de reflejo del gusto por la decadencia weird , en ocasiones sofocante y pesado, me recuerden demasiado a Foster Wallace, que, a partir de lo que leí de su puño y letra, no me cayó muy en gracia. 

Pero más allá de todo esto, Los pistoleros del eclipse es una historia de una amistad (o de algo más) estrambótica sólo concebible en nuestro siglo, o más bien de la decadencia y los motivos que precipitaron dicha decadencia de esa amistad entre el autor-protagonista y Gonzalo Ruiz Suárez, que también es escritor en la vida real y pertenece al mismo grupo literario según he podido investigar después. Los avatares de esta relación en la que parecen medias naranjas y el sentimiento del cruce de unos límites que nunca debieron cruzarse precipita en cierto modo esta caída en el rechazo de G hacía M y se convierte en el motor central de la novela, que intenta darle forma, desafiando a los mismos desafíos formales a los que el escritor recurre.

Sin embargo, lo que más me ha podido gustar de la obra es una especie de cuento que aparece inserto casi al final y que demuestra que Munir es mucho mejor hablando de otros que de sí mismo, aunque sea añadiendo elementos ficticios edulcorantes, y aunque hablar de otros no sea más que una forma diferente de hablar de uno mismo. Lo dicho, el libro no es malo, pero tampoco una maravilla. Está bien como todo y propone una escritura interesante (con (muchos paréntesis (por todas partes (así) que creo que se me ha debido de pegar algo))). Además de contar con algún que otro momento de humor bastante ingenioso que no va más allá (no como lo de los paréntesis). Lo importante es que el escritor posee un estilo muy característico y nada falto de calidad, por lo que creo que quizás debería afinarlo un poco más y superar la autoficción, para quedarse sólo con la ficción, y no complicarse mucho la vida. Como es joven y parece que escribirá más obras estaré pendiente cuando aparezca algo nuevo suyo publicado.