lunes, 13 de agosto de 2018

Tres desconocidas, de Patrick Modiano



Me inicio en la lectura del premio Nobel francés con su libro de relatos titulado Tres desconocidas. Consta de tres historias protagonizadas por personajes femeninos con características comunes. Las tres son jóvenes, las tres tienen vidas anónimas, las tres viven en los años 1960s y las tres tienen una experiencia que las ayudará a dar el definitivo salto a la edad adulta en algún punto de la geografía urbana francesa. 

La primera de ellas es una chica que sueña con ser modelo, pero que tras presentarse a su primera entrevista de trabajo como maniquí viviente y ser rechazada tendrá que cambiar de aires. Por ello se queda en París, en casa de una mujer que conoció en un reciente viaje a la costa del Sol. El clima es extraño, pero es mejor que afrontar el fracaso y volver a Lyon con las manos vacías. De las reuniones con esta mujer pronto le saldrá un particular ligue. Gus Vincent, nombre falso de un criminal en busca y captura, la admite como su maniquí personal, comprándole todo tipo de joyas y paseándola por los lugares más elegantes de Europa. Cuando la pompa del sueño creado por Vincent se rompa, a nuestro personaje le quedarán dos opciones: rendirse o huir. 

La segunda historia habla de una chica huérfana de padre que, despreciada por su madre, es abandonada a su suerte en un internado. Los días son grises y hay rabia en sus ojos. Crece en ella un odio que nadie puede sofocar. Para colmo, cuando trata de ganarse la vida como limpiadora y canguro, los adinerados burgueses, de vida fácil, intentan abusar de ella y en ciertas ocasiones lo consiguen. 

La tercera historia es algo distinta, pero también más original. Una chica inglesa accede a cuidar del apartamento de un amigo austríaco mientras este se va de vacaciones a España. El estudio se encuentra en el centro de París, en un lugar en principio privilegiado. Ella espera encontrar allí la forma de continuar adelante con su vida tras la pérdida de su pareja. Sin embargo, se topa con una calle ruidosa por el sonido continuo de lamentos que cada mañana dejan los caballos que son sacrificados en las inmediaciones. Para paliar este dolor, acrecentado por la soledad, acaba entrando en una especie de secta espiritual, misteriosa y presumiblemente peligrosa. 

En las tres, Modiano trata de crear distintas voces jóvenes femeninas que suenan muy convincentes. Este suele ser un reto para los escritores masculinos porque al no haber experimentado lo que es ser mujer no suelen sentirse cómodos redactando historias a través de esta perspectiva. A mí me da la sensación de que Modiano no solo lo logra, sino que además se centra en una gran cantidad de problemas que sufren en exclusiva las mujeres. Se denuncia las continuas trabas para la falta de independencia en los tres relatos, como el hombre abusa de la situación porque el sistema patriarcal se lo permite. Denuncia también, sobre todo en el primer relato, la construcción mental de la mujer por la sociedad que le hace preocuparse excesivamente por su imagen y por llegar a ser un modelo de belleza. En el segundo habla no solo de abusos machistas, sino también de abusos entre distintas clases sociales, lo cual creo que es un acierto al no reducir la complejidad de un tema que da para mucho. En el tercero de los relatos, la escena del estudio de fotografía es totalmente indignante para cualquier lector con un mínimo de empatía. En ella podemos ver cómo la intimidad de las mujeres se ve atacada a diario.  Y es que Modiano enfrenta a sus mujeres a un mundo de hombres, donde ellos ejercen el poder y ellas no disponen de suficientes medios para defenderse en ningún momento. 

Las tres protagonistas muestran una cierta humanidad. Se preocupan por su entorno y por las personas. Pecan de la ingenuidad propia de la edad y caen en redes de odio: la primera se ve envuelta en el crimen organizado, la segunda en una violación de la que defenderse traerá consecuencias y la tercera en una secta de dudosos objetivos espirituales. Son personajes sólidamente construidos y coherentes con las premisas que se establecen. Modiano selecciona vidas repetidas mil veces, pero que resultan extraordinarias por la forma en la que son mostradas y por no ser mostradas muy a menudo. En general este libro me ha recordado mucho a Boy, Snow, Bird, novela fragmentaria de Helen Oyeyemi sobre la juventud de tres mujeres que se ambienta temporalmente, aunque no espacialmente, en la misma época. Y aunque ambas son dos obras narrativas muy buenas y tocan temas comunes, la estructuración y el tratamiento es muy distinto. 

Lo que más me ha llamado la atención de Modiano es su facilidad para conectar ideas. Su estilo se basa en frases muy cortas sacadas de un importante proceso de depuración de la escritura. Limpia sus frases de molestias y deja en el lector la sensación de una novela escrita a pinceladas, a retazos de conceptos que se presentan ante uno con toda su plasticidad. Os dejo un ejemplo sacado del segundo de los relatos y me despido deseándoos felices lecturas:
"Después de levantarnos y asearnos, íbamos a la capilla. Luego, una hora al aula de estudio. Luego el desayuno en el refectorio. Café con leche sin azúcar y pan sin mantequilla. Solo un poco de mermelada. Otra vez al aula de estudio. Después un recreo a eso de las once. Otra vez a clase. La comida. El recreo y la merienda, una rebanada de pan y una onza de chocolate negro. El estudio de última hora de la tarde. En la cena sólo se tomaba un plato, polenta. Carne, nunca. La capilla. La hora de acostarse. Y todo volvía a empezar a la mañana siguiente"
Tenéis más reseñas en Un libro al día, La Tormenta en un vaso y en Écfrasis.



jueves, 9 de agosto de 2018

Biografía del hambre, de Amélie Nothomb



Siempre he sentido un cierto recelo hacia Amélie Nothomb. Que un escritor -en este caso escritora- salga en todas las portadas de sus libros publicados como reclamo debería poner a cualquiera, como mínimo, alerta. "No es suficiente el nombre más grande que el título, Anagrama. ¡No te enteras, Herralde! ¡También quiero que pongáis una foto mía! Alegre si puede ser, aunque luego yo cuente penas. ¡Eso da igual! A la gente le llamará la atención porque siempre sale la misma chica mona. Así, así, montando en bici. Y en la siguiente otra con un sombrero. ¡Me encantan los sombreros!", imagina mi cabeza que dice Amélie Nothomb. ¿Entendéis ahora mi miedo? ¿El miedo a encontrarme con una escritora sobrevalorada y de poca calidad, con un ego por las nubes, que se nutre de su imagen como estrategia de marketing para alcanzar sus superventas?

Luego uno choca con la realidad y se da cuenta de que parte del juicio es infundado. La portada de un libro, aunque lo sugiera, no nos dice nada de su contenido. Y sí, Amélie habla de Amélie. Habla mucho de Amélie. Casi que solo habla de Amélie. Al menos aquí y en lo que parece que son otros tantos libros autobiográficos, pero también es verdad que tiene cosas que contar. Su vida no ha sido anodina precisamente. No como la mayoría de los mortales. Tiene su gracia, y hasta su desgracia. Además, al menos en Biografía del hambre el seguimiento de la evolución de Nothomb a través de sus reflexiones ya como adulta es sorprendente. Aspira a cierta metafísica, y aunque a veces raya la cursilería, la profundidad de sus planteamientos y el esmero puesto en ellos son poderosos. La belleza de ciertos párrafos es abrumadora y sus ideas centrales desgarran.

Parte de una visión de sí misma como la de una persona hambrienta, que ha pasado por diferentes etapas de unos antojos u otros. El hambre aquí no es estrictamente el fisiológico de ingerir alimentos para poder obtener energías suficientes para sobrevivir y poder ejecutar las acciones indispensables de nuestro día a día, que también. Nothomb lo extiende a una apetencia voraz por vivir e identifica la sensación del hambre con la sensación misma del deseo. En este sentido la anorexia que sufrió con trece años consistiría en la realización física de una depresión -o al menos así lo he entendido yo-, la pérdida total del deseo y de la esperanza de volver a experimentarlo alguna vez. Nothomb es una adalid del deseo. Para ella la experiencia de desear está por encima de la satisfacción del deseo, que no hace más que incrementar nuestro hambre. Un hambre perpetuo que debe cultivarse para ser más creativos e ingeniosos. Ella advierte de los peligros y de las malinterpretaciones de esta idea, comprende que hay quien puede ver en ella a una defensora de las enfermedades mentales asociadas a la alimentación y derivadas del excesivo autocontrol, como son la anorexia y la bulimia. No es su intención. Ella habla desde un plano más espiritual, más pleno y completo. Y eso es lo que conmueve de Nothomb y que no me esperaba por los prejuicios que he comentado arriba.

Más allá de este punto, es como mínimo interesante el recorrido que por su vida hace Nothomb, cómo desde la más tierna infancia va viviendo en diferentes países debido al trabajo de su padre de diplomático para las Naciones Unidas, cómo enfrenta su doble identidad belga-japonesa, cómo decide destruirse a sí misma a pesar de su situación de ciudadana privilegiada ante la pobreza de las gentes de los países en los que vive, cómo se convierte en una lectora obsesiva y metódica y decide admirar a otros antes de dejarse ser admirada por los demás, etc. La lectura atrapa, se siente cargada de sinceridad y entusiasmo. El tamaño es breve y puede leerse en una tarde o una tarde y media, dependiendo del ritmo de cada uno. No es una obra maestra, pero tampoco tiene desperdicio. Te deja con ganas de volver a ella. Tenéis más reseñas en Un libro al día, el Blog de Keren Verna y Críticas Literarias Regina Irae.




domingo, 5 de agosto de 2018

No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos



Juan Pablo nunca ha confiado demasiado en los chanchullos de su primo, un pusilánime que aspira a volverse de oro y a quien no le importa con quién se tenga que asociar para llevar a cabo toda clase de proyectos que se lo permitan. Se han visto poco, pero a Juan Pablo, que está a punto de abandonar su país (Estados Unidos Mexicanos) para hacer un doctorado en Barcelona, recibir una llamada suya lo pone inmediatamente alerta. El primo, creyendo hacer lo correcto, le ha metido dentro de una turbia operación de tintes mafiosos donde las vidas de Juan Pablo y de su novia Valentina están seriamente amenazadas. Tendrá que seducir a una compañera de seminario, una tal Laia, hija del mandamás de la Generalitat. El objetivo del licenciado, gran capo mexicano, es utilizar esta conexión para poder blanquear dinero obtenido ilegalmente. Sin embargo, son numerosos los obstáculos de por medio. Laia es lesbiana y su tío no acepta esta duda sobre su orientación sexual. Además, la mafia italiana los está vigilando y podrían haber traidores dentro del complejo mecanismo articulado por el licenciado.

Con esta sinopsis deducimos que los momentos propios de un género como el thriller son inevitables y aunque los tiene, la novela no se pierde por estos derroteros y estrategias ya tan manidas. Intenta buscar una estructura propia basada en la fragmentación de los contenidos y en la alternancia de distintas voces y tipologías de discurso, que a mí en lo personal me recuerda mucho a la narrativa del camaleónico Manuel Puig. Por un lado, leemos una novela autobiográfica de Juan Pablo Villalobos, el protagonista (que no el autor), quien cuenta sus encuentros con los mafiosos y cómo estos le guían hacia su perdición. Por otro, quedan las cartas de advertencia del primo, "cargado por la chingada", quien va desvelando parte del entramado para que Juan Pablo pueda tratar de defenderse y las cartas de la madre, quien prefiere soñar despierta con la satisfactoria evolución de su hijo, quien ha mejorado su estatus al unirse sentimentalmente con una europea rica, guapa e inteligente. Finalmente, están los diarios de Valentina, la novia despechada e utilizada por Juan Pablo y por la mafia sin ella saberlo y que constituye la parte más entretenida de la narración al no perderse ni en el humor barato, ni en el coloquialismo, ni en el academicismo como los demás. Estas voces se entremezclan en una narración que va desvelando poco a poco su complejidad y que sigue unas ciertas reglas de gestión de intriga que no funcionan como deberían a causa de lo disparatado de los hechos.

No voy a pedirle a nadie que me crea no es una novela tan estrambótica como Si viviéramos en un lugar normal, pero tampoco pretende ser verosímil. Deja ciertas claves de duda que forjan una visión ambigua de la situación expuesta. El gran elenco de personajes que despliega es prototípico, simples parodias de personajes cotidianos y no cotidianos que acaban siendo pincelados como meros figurantes de un chiste. El escritor, desde el personaje de Juan Pablo, juega con esta estructura en varias ocasiones, demostrándola directamente al lector sin ningún tipo de tapujo:
 "Estaban una vez un mexicano, un chino y un musulmán en una reunión con un mafioso mexicano en la oficina de una bodega abandonada de Barcelona, solo que el musulmán no era exactamente musulmán, era un pakistaní ateo. El mexicano, el chino y el pakistaní no se conocían entre ellos, era el mafioso mexicano el que los había reunido para explicarles el funcionamiento de un negocio. O no exactamente el funcionamiento de un negocio, sino más bien lo que cada uno de ellos tenía que hacer para que el negocio funcionara, aunque en realidad ninguno de los tres entendiera exactamente cómo funcionaba el negocio y el mexicano, en especial, no entendiera nada."
El lector rápidamente puede entender por qué se hace esto: para deshumanizar a las personas que están siendo víctimas del crimen organizado y que no encuentran escapatoria, lo que hace que el chiste sea más agrio de lo que uno espera. Hay en la novela mucho humor negro, del que te hace reír y también del que no. Por eso y por otras cuestiones, esta lectura es ardua. La inclusión del amplio conocimiento literario del escritor para construir a personajes como Juan Pablo y Valentina, amantes de la ficción narrativa, se torna bastante esnobista. Personalmente, he disfrutado los momentos en los que se habla de la risa según la entendía Baudelaire, me he apuntado el nombre de Ibargüengoitïa y de otros cuantos más y estoy deseando echar un ojo a las narraciones de Fray Servando sobre la ciudad de Barcelona y su inmundicia, pero también entiendo que soy un lector muy específico. Ciertos juegos y referencias las conozco o me interesan profesionalmente porque estudié Literaturas Comparadas en la Universidad, pero sé muy bien que toda esta fanfarria aburriría a un lector más casual o menos técnico.

Tampoco veo que cuadren estos dos ámbitos discursivos tan distantes. Al final del popurrí queda una novela de inmigración con gánsteres escrita a medias en un tono cómico paródico e intelectual-academicista. ¿Con qué parte entra el lector en ella? Hace unos días hablé del libro con una chica mexicana de Erasmus en España. Ella no lo había leído, pero después de mis apreciaciones decidió que no quería leerlo. ¿Por qué? Porque, aunque No voy a pedirle a nadie que me crea expresa esa incomunicación, esa incomprensión del emigrado, del estudiante extranjero en España, su perspectiva es tan específica que dinamita cualquier oportunidad de sentirse identificado con su protagonista. El tono cómico se vuelve en ocasiones tan cargante y facilón en contraste con las influencias citadas continuamente por el escritor que no termina de cuajar. Solo la parte de Valentina me entusiasma, quizás porque en ella se destierra un poco más lo estrambótico y nos podemos aproximar de verdad gracias a su soledad -sentimiento que todos hemos vivido alguna vez- y el rechazo no aceptado del amor de su vida -tan común en la vida de cualquiera.

Como elemento de cohesión importante, Villalobos recurre a la repetición de la frase del título y de otras tantas, colocándola en boca de diversos personajes. Una estrategia muy buena por su sencillez, pero que sigue sin ser nada del otro mundo. Parte de la autoficción, colocándose a él como protagonista de una fábula alucinada. Esta estrategia, muy de moda últimamente, me parece bastante llevadera y pocas veces se hace bien. En este caso el resultado es decente para lo que me he encontrado por ahí. La autoficción se me antoja siempre más fácil que otras formas de la ficción biográfica, a pesar de ser la combinación de distintas fuerzas. Hablar desde uno mismo suele ser menos trabajoso que hablar desde otra voz inventada. La libertad de la autoficción de poder meter en la narración de cualquier capítulo de tu vida, literalmente lo que te venga en gana, me parece un chollazo para el escritor. Quizás valoro mucho la incomodidad a la hora de escribir. Suele ser más complejo hablar desde espacios no familiares que construir desde la cercanía y aunque hay maravillosos casos de historias levantadas en los lindes de la vida particular de cada uno, no sucede lo mismo aquí con No voy a pedirle a nadie que me crea. Tenéis otra reseña bastante en mi línea en Vagando por Urano.

Más reseñas de obras de Juan Pablo Villalobos en esta esquina: Si viviéramos en un lugar normal



miércoles, 1 de agosto de 2018

Camino de sangre, de Cesare Pavese y Bianca Garufi



Esta novela de Pavese es profundamente polémica. Primero porque es póstuma y porque parece que solo nos acordamos de la gente cuando está muerta. Segundo porque es muy morbosa, más si entendemos que puede existir un cierto trasfondo de sustento real detrás. Y tercero porque está escrita a cuatro manos con quien se especula fue su amante definitiva, la psicoanalista Bianca Garufi. Los papeles del manuscrito fueron encontrados en 1959 por Italo Calvino, quien era editor de la prestigiosa Enaudi por aquel entonces. El maestro italiano buscaba algunos cuentos inéditos en el estudio de su amigo, pero en lugar de estos supuestos textos lo que halló fue este desgarrador y poético Camino de sangre, una última novela que vería la luz diez años después de la muerte de Pavese. No sé nada sobre la reacción de Garufi al enterarse del descubrimiento de Calvino y de sus intenciones, pero si no le había importado que estuviera tanto tiempo bajo llave, entiendo que mucha gracia la idea no le haría. Más que nada debido al personaje femenino que estaba a su cargo y que podría llegar a interpretarse como un claro reflejo de las desdichas de su vida.

Camino de sangre narra desde la cotidianeidad una historia de amor rota por el dolor acumulado de las heridas del pasado y la lucha inútil contra este. Juega con los conceptos nietzscheanos del eros y el thatanos, la pulsión entre el ansía de vivir y la atracción irrefrenable hacia la muerte. Sus personajes se sienten reales y eso es porque ambos escritores pusieron mucho de su parte para que así fuera. A pesar de que cada uno de ellos tenía pendiente una serie de capítulos (correspondiéndole a Pavese los impares y a Garufi los pares) la narración se siente perfectamente imbricada en sus resortes y la aportación de cada cual, en lugar de separarnos del texto, nos empuja hacia él con más fuerza. Se alternan los escritores, pero también los narradores. Pavese le dará voz a Giovanni, el poético y posesivo exnovio o examante o exalgo de Silvia, que exige toda la atención de esta y siente celos por todo y de todos. En definitiva, un joven infeliz con ínfulas, un poco cargante a veces, pero también con una gran capacidad de reflexión y algunas ideas muy potentes. Garufi, por su parte, se centrará en construir al personaje de Silvia. Desde mi punto de vista, su trabajo es más interesante y, aunque no goce de las lapidarias frases de Cesare, tiene una mayor profundidad psicológica y argumental. Es el pasado de Silvia lo que le impide escapar del pueblo con Giovanni, pero cierto es también que él promete mucho y sueña a lo grande sin mover un dedo, expectante. No es consciente del problema hasta que no es demasiado tarde. Silvia es una mujer que ha sufrido, mucho. Por eso necesita acción y no promesas. Así que le pide que la acompañe a Maratea, su pueblo natal, para asistir a los últimos momentos de un familiar muy cercano. De esta forma, Giovanni podrá entender, accediendo a su círculo íntimo, el porqué de la frialdad y la dureza con la cual Silvia siempre lo ha tratado. Camino de sangre nos muestra la desagradable cara del amor y cómo solo se puede aspirar a llegar a una total comunicación de pareja a través de la apertura de viejas heridas no cicatrizadas. De hecho, uno de los principales problemas que afrontan los protagonistas es la incomprensión derivada de una falsa imagen del otro. La idealización romántica del compañero destaca por ser sana solo en las peores historias.

Ambos construyen una novela turbulenta, pero madura. El toque de Garufi, su buen dominio de los diálogos y la creación de su personaje me parece espléndido. Aporta de veras un aire diferente a la narrativa de Pavese, cuyos rasgos distintivos siguen brillando aquí. Vuelve a aparecer esa visión telúrica del mundo y de la mujer que deja esos párrafos tan bien escritos, esa idea de confrontación lastimera con la realidad, el pesimismo propio de la incapacidad para cumplir los sueños de la juventud, el personaje cínico que prefiere observar antes de actuar, la ambientación de las sierras italianas y la vida en sus pueblos aislados, la confrontación de escenarios rurales y urbanos, pero ahora entra, gracias a Garufi, una mejor gestión de la intriga basada en secretos inconfesables, la visión de la mujer como clase explotada y maltratada incluso en las buenas familias de la época, la deshonra familiar de ser una víctima (muy lorquiana aquí), el endurecimiento del alma a base de golpes y muchos, pero que muchos, silencios significativos. Una combinación más que interesante e enriquecedora, casi diría que imprescindible. La sencillez de su propuesta y su buen desarrollo me han conquistado. No me despido de vosotros sin recomendaros que le echéis un ojo también a la magnífica reseña que ha escrito Rusta en Devoradora de libros.

 Más reseñas de obras de Cesare Pavese en esta esquina: La playa



domingo, 29 de julio de 2018

La escalera de caracol, de Ethel Lina White



Años 1930s. Helen Capel, una joven de humilde familia, entra a trabajar como dama de compañía en una remotísima mansión de la Inglaterra fronteriza con Gales. El sitio no es agradable y no son los pocos quienes se niegan a viajar hasta la casa, no por nada está a varias millas de distancia del pueblo más cercano y se cierne sobre él algunas leyendas sobre misteriosos suicidios y asesinatos de doncellas. La Cúspide, nombre irónico donde los haya, está dirigida por los Warren, una envejecida familia de burgueses intelectuales lideradas por tres grandes y reservadas figuras. La primera de ellas es Lady Warren, matriarca del clan al borde de la muerte traída por la vejez y los malos cuidados, que asusta con solo imaginarla. La segunda y la tercera, la solterona Blanche Warren y el señor Sebastián Warren, ambos dedicados al mundo académico, aunque solo los trabajos del profesor sean reconocidos. Son hijastros de la primera y, a pesar de lo mucho que la detestan, no pueden evitar sentirse responsables de cuidarla lo máximo posible. El profesor cuenta a su vez con un hijo (Newton), cuya esposa (Simone) anda siempre detrás del nuevo aprendiz del anciano maestro. Durante la novela este papel con el que se cierra este típico triángulo amoroso le corresponderá a Stephen Rice, quien parece preferir las gracias de su perro a las de las mujeres. El círculo de habitantes de la casa queda completo con los Oates, un matrimonio de sirvientes donde la señora hace de cocinera y el señor de chófer.

Cuando Helen llega a La Cúspide no tarda en percatarse de que algo no está del todo en su sitio. Tiene un mal presentimiento acompañado de muy buenos motivos para tenerlo. Algo no marcha en la casa y quizás esto se deba a la sinuosa sombra de un asesino que anda rondando la zona y que tiene una cierta predilección por las jóvenes empleadas de las familias ricas. El miedo de la protagonista se verá incrementado poco a poco por una traumática experiencia en la arboleda nada más comenzar la historia y por las incongruentes advertencias de Lady Warren, cuyas intenciones no quedan del todo claras hasta los compases finales de la narración. La incursión de una enfermera muy poco femenina no le sentará nada bien. ¿Podría ser el asesino disfrazado que se habría infiltrado para liquidarla? La noche avanza lentamente y con ella todos y cada uno de los habitantes de la mansión irá desapareciendo como si todo formará parte de un plan establecido para dejar a la pobre Helen lo más indefensa posible.

Al igual que en La dama desaparece Lina White toma como protagonista a una mujer joven que recién ha adquirido una cierta independencia para colocarla ante una situación de máxima inseguridad y riesgo. Pretende jugar, y lo hace estupendamente, con la psicología del lector a través de la duda y el recelo de su protagonista. En la vida puede ocurrir cualquier cosa y las personas suelen actuar con máscaras, de forma que alguien tan monstruoso como un asesino no siempre es descubierto por el aparente día a día normal que lleva cuando no está cometiendo sus crímenes. Lina White lo sabe y lo traslada al texto y al imaginario de Helen, quien pasa de la idea romántica del asesino como alguien ajeno hasta la posibilidad del asesino como alguien muy cercano. Y aquí crece la paranoia del personaje hasta cotas altísimas, aunque siempre sin despegar los pies del suelo, sin perder los nervios y cobrando valentía donde antes no la había. La maduración de personajes en el transcurso de una noche -tiempo de la acción de la novela- es espectacular y hasta cierto punto increíble. Algunos detalles son incluso inverosímiles y eso es lo que quizás enturbia levemente un trabajo tan brillante como este. Hay ideas y sentimientos en los personajes que maduran demasiado rápido y que son fastidiosos. Aquí incluyo el final, con su tonto diálogo sacado de una película romántica mala de la época. Es de los peores con diferencia que he leído en mucho tiempo. A mí, por lo menos, me hizo sentirme estafado. Tras tantas y tantas páginas planteando un miedo psicológico, voraz e insólito, la novela parece convertirse de repente en un cuento de hadas lleno de arcoiris y amor. Y todo por dos párrafos, que la escritora o bien se podía haber ahorrado, o bien podía haber desarrollado para encajarlos mejor. Cualquiera de las dos opciones me hubiese bastado.

Exceptuando este detalle, el noventa y nueve por ciento del resto de la obra es una delicia para todos los amantes de la novela negra en general y de esta época en particular. Es pausada y angustiosa. Sobrelleva bien la intriga que genera y responde a las preguntas planteadas de manera satisfactoria y sin romper nunca esa sensación de peligro inmediato que parece ser la marca de la casa de la autora. Es una pena que el libro esté totalmente descatalogado. Aún así, es posible encontrarlo en alguna librería de viejo y puede descargarse por ahí en alguna web. No voy a hacer apología de la piratería aquí, pero si para poder leerla no os queda más remedio, en este caso está más que justificado. Os dejo esta vez otra reseña de Leer sin prisa (donde han leído y comentado ya una buena parte de la obra de esta autora galesa).

Más de reseñas de obras de E. L. White en esta esquina: La dama desaparece


martes, 24 de julio de 2018

A la deriva, de Penelope Fitzgerald




En los 1960s en Londres no era para nada extraño encontrarse con una amplia cantidad de personas viviendo en casas flotantes a la rivera del Támesis. Muchos no podían costearse el alto precio de una habitación en la capital británica y alquilar un barco amarrado al muelle no era una opción desdeñable. La mayoría de quienes elegían este medio de vida lo hacían por dedicarse a profesiones no demasiado valoradas y por el romanticismo que implica. Muchos eran pintores, músicos y algunos, como la autora, incluso escritores. Fitzgerald pasó un período importante de su vida en una de estas balsas amuebladas, con su marido y sus dos hijas, lo cual le servirá casi veinte años después para escribir la tierna y a la vez cruda novela que comentamos hoy, valedora del prestigioso premio Booker.

A la deriva nos cuenta cómo un grupo de vecinos convive en el muelle de Battersea, dentro de sus barcos, comunicados con tablones y planchas los unos con los otros. Aunque el peso de la trama recae principalmente en las habitantes del Grace, no podemos dejar de lado el amplio y enriquecedor abanico de personajes secundarios que nos ofrece la autora. Tenemos por una parte al pintor Willis, propietario del Dreaghnough, un barco viejo que se va a pique antes de encontrarle un comprador. Por otro, está Maurice, un camarero que cuenta en su barco con un impresionante catálogo de objetos robados, pero que, gracias a la simpatía que despierta entre los otros habitantes del muelle, consigue siempre que le hagan la vista gorda. También tenemos a los Woodie, un matrimonio que peca de ser demasiado amable y del cual hasta los más inocentes se aprovechan. Y finalmente, pero de una importancia vital para el desarrollo de la historia tenemos al matrimonio Blake, que vendría a desempeñar los cargos de presidentes de la comunidad.

El matrimonio Blake vive en el Lord Jim, el barco más limpio y espacioso de todo el muelle y cuenta por ello con un reconocimiento del resto de los vecinos. Vendría a representar a la clase alta de este pequeño ecosistema social que se  construye en el muelle. Él, Richard Blake, es un exmarine que participó en la II Guerra Mundial y que intenta vivir en tranquilidad, siendo consciente de lo complicado que le resulta reinsertarse en la sociedad tras haber experimentado tantas crueldades. Siente como una obligación ejercer de figura paternal del resto de vecinos, actuar como un buen sargento que conduce a su pelotón con nobleza y orgullo hacia la victoria. A Blake le encanta el Lord Jim y el muelle de Battersea, pero tiene un problema gordo. Su mujer es totalmente incapaz de rechazar las comodidades de la vida en tierra.

Este mismo conflicto se recrea de nuevo en el semimatrimonio del Grace, aunque aquí adquiere resonancias argumentales mucho mayores. En el Grace, el más diminuto de los navíos, duermen Nenna y sus dos hijas: Tilda y Martha. Nenna está casada con un tal Edward, que la abandona porque piensa que vivir en un barco no les hace ningún bien ni a él ni a sus hijas. O esa es la excusa oficial para alejarse de Nenna. Parece que Edward no para de preocuparse por sus hijas, pero luego se marcha solo y las deja confinadas en el bote.

Hablando ahora de las niñas. Me veo en la obligación moral de alabar el gran trabajo que realiza Fitzgerald con los personajes de Martha y Tilda. No solo sirve para poner un punto cómico a la narración, sino que además introducen nuevas problemáticas muy a tener en cuenta.  Ambas son niñas que no asisten a la escuela, siendo perseguidas por ello por el cura metomentodo de turno para internarlas de cualquier forma. Nenna se preocupa por este dato, pero es consciente también de lo mucho que están madurando en relación con las compañeras de su edad por el simple hecho de pasar tiempo en el muelle. Y es que las chicas se sienten muy adultas. No vemos el típico trato hacia el niño de inferioridad que se suele apreciar en muchos autores. Las niñas de Fitzgerald son criaturas completas, en evolución eso sí, pero no más que el resto.

Os preguntaréis qué tienen en común todos ellos, además de vivir juntos. Pues básicamente que están en una encrucijada existencial (cada cuál con la suya propia) y que se dejan llevar por el oleaje de los acontecimientos. Como elemento paródico, algo que me ha llamado mucho la atención es el nulo movimiento de los barcos anclados a lo largo de la narración. Sus tripulantes no saben moverlos ni repararlos. La mayor aventura que puede experimentar uno de estos navíos amarrados es la del hundimiento, tras el cual nada servible persiste. Hay en todos los personajes, eso sí, una esperanza y una predisposición a la ayuda para con el prójimo verdaderamente enternecedora. La obra es dura, pero no hay en ningún momento un sentimiento de soledad pleno. Nenna acude a la nueva dirección de su marido para convencerlo de que su regreso es necesario y cuando entiende la imposibilidad de este y la mayor de las desilusiones se apodera de ella no transcurren muchas páginas hasta que Fitzgerald le encuentra un cobijo. El muelle de Battersea está aislado, pero forma una gran piña que busca defenderse del oleaje de los pesares a toda costa. Obviamente, si lo consigue o no es algo que no voy a desvelar para no fastidiar al lector interesado.

En líneas generales,  A la deriva me ha convencido mucho más que La librería. Esto se debe en gran medida a que soy de pueblo y a que en mi vida he pasado por muchos de estos establecimientos, lo que muy posiblemente me ha llevado a perder interés en la atmósfera retratada. El romántico mundo de la vida en casas flotantes a mediados de los 1960s es nuevo para mí y por ello quizás más atractivo. Al final me veo caído en sus redes y recomendándoos este libro.  Tenéis otras reseñas, también muy positivas en Leer sin prisa y en Devoradora de libros.

Más reseñas de obras de Penelope Fitzgerald en esta esquina: La librería,