martes, 18 de junio de 2019

Espera a la primavera, Bandini, de John Fante




Espera la primavera, Bandini es el primero de los libros de la serie de novelas publicadas por John Fante que giran en torno a su más conocido alter ego: Arturo Bandini. Aquí se narra la pubertad de Arturo y las complicadas relaciones entre él, su entorno familiar y sus compañeros de la escuela.

Si bien, aquí a diferencia de en Pregúntale al polvo, Arturo actuará como coprotagonista junto con su padre, el mujeriego y alcohólico Svevo Bandini y el narrador no será en primera persona, sino en tercera con muchos momentos en los cuales Fante desplegará su maestría a través del estilo indirecto libre. Ya comenté en el resumen de lecturas hace un par de semanas que esta novela me había gustado mucho más que Pregúntale al polvo y uno de los motivos principales es este estilo indirecto libre que permite a los narradores en tercera persona focalizarse tanto en los personajes que el salto a la primera persona, no solo no es chocante para el lector, sino que puede resultar hermoso y particularmente inmersivo:

"María recogió los paquetes.
 —Se lo diré, señor Craik. Se lo diré esta misma noche.
¡Qué alivio salir a la calle! Y qué cansada estaba. Le dolía todo el cuerpo. Sonrió sin embargo al inhalar el aire frío de la noche y abrazó con afecto los paquetes como si fueran la vida misma
El señor Craik se equivocaba. Svevo Bandini era un hombre hogareño. ¿Y por qué no podía hablar con una mujer que poseía bienes inmuebles?" 
(capítulo 6) 
Por supuesto, no es un recurso único de Fante (no está tan presente en otras de sus novelas), pero aquí llama muchísimo la atención. A propósito de todo esto, dice la Tertulia del XXI sobre el estilo indirecto libre:

 "La denominación de estilo indirecto libre fue acuñada a principios del siglo XX por el gramático Ch. Bally, y también se conoce con el nombre de monólogo narrado. En esta técnica narrativa el narrador se embosca tras los personajes, les cede su voz para transmitir lo que el personaje siente, hay una reproducción no literal del pensamiento del personaje por medio de la tercera persona. El autor parece que está desvanecido, pero esta ausencia es sólo aparente porque el personaje no tiene voz propia sino que expresa su discurso a través de la voz prestada del narrador."

 ¿Esto quieren decir que narratológicamente hablando los personajes de Espera a la primavera no tienen voz propia? Pues, en teoría, no. No la tendrían. Sin embargo, se juega todo el tiempo a que sí que la tienen y eso, damas y caballeros, es pura magia.

Pero tampoco me quiero entretener demasiado con esto. Hay mucha sustancia dentro de la obra que comentar como, por ejemplo, las tramas de Bandini padre y Bandini hijo y su complicada relación. Ya dije en mi reseña sobre La hermandad de la uva, que la clásica y titánica problemática entre padre e hijo en Fante se veía muy enriquecida cuando entraban a jugar los personajes de los hermanos, por muy arquetípicos y secundarios que estos pudieran llegar a ser. Bandini al igual de Nick Molise, es el primogénito de un padre alcohólico, mujeriego y al que le pierde el dinero fácil. Siente sobre él la responsabilidad de llevar la familia adelante tras las continuas crisis de su católica madre (quien coquetea incluso con el suicidio al descubrir la infidelidad conyugal) y eso le supera en todos los aspectos por dos motivos. El primero de ellos es su pronta edad, Arturo es un adolescente soñador y enamoradizo que no está preparado para actuar porque aún no sabe cómo funciona el mundo, está perdidamente enamorado de una chica de su clase y constantemente lucha con sus hermanos por sobreponerse a ellos. Su vida reposa en un invierno que se va alargando a través de las páginas y páginas de la novela, como una crisálida esperando la venida del buen tiempo para despertar. El segundo de los motivos es que, Arturo, en el fondo quiere a su padre y tiene la esperanza de que vuelva y, si decidiera no volver, lo seguiría admirando por perseguir su sueño y escapar de la pobreza que la familia soporta como precarios inmigrantes italianos de segunda. Espera a la primavera, Bandini es una Bildungsroman si entendemos que su protagonista es Arturo. En ella asistimos al desengaño de un hijo que ve cómo la imagen heroica de su padre se va desplomando y cómo se le obliga a crecer prematuramente, dando golpes de ciego y sufrimiento muchísimo en una época de penurias para todos los Bandini.

La preocupación del qué dirán está, por supuesto, muy presente en esta obra. A través de sus descripciones y diálogos nos muestra la gran importancia de la aceptación social. Debemos aquí preguntarnos qué es aceptado y qué no en el universo de la obra. La señora Effie Hildegarde y su dinero está por encima de toda norma social. Es la mujer más rica de todo el pueblo y, además, es una reciente viuda, pero esto no le impide buscar mantener relaciones con Svevo Bandini, un hombre casado y pobre. Bandini implica para ella un juego. Es italiano y de allí proceden los grandes artistas del Renacimiento Europeo que tanto admira. Además, tiene sangre caliente y personalidad. Piensa en él como alguien suficientemente varonil como para imponérsele en la cama. Como personaje Hildegarde me recordó muchísimo a la vieja dama de "La visita de la vieja dama" de Friedrich Dürrenmatt, pues ambas pueden jugar con las vidas de las personas gracias a su poderío económico.  Representa las relaciones sociales de explotación capitalista donde el efectivo como valor universal y codiciado permite que los sueños de unos pocos puedan hacerse realidad a cambio del trabajo o la desesperación de otros tantos, propiciando el mantenimiento del establishment social, algo de lo que podríamos hablar mucho, pero tampoco quiero ponerme en plan crítico marxista. El poder de Hildegarde y sus auténticas intenciones se ponen de manifiesto especialmente en el cambio de trato hacia Svevo, casi concluyendo la obra. Recuerdo que disfruté mucho viendo el desmascaramiento que hace Fante del personaje en este fragmento:

"—¡Campesinos! —dijo la viuda— ¡Extranjeros! Sois todos iguales, vosotros y vuestros perros, todos iguales.
Svevo avanzó por el césped hacia la viuda Hildegarde. Entreabrió los labios. Llevaba las manos unidas ante sí.
 —Señora Hildegarde —dijo—, es mi hijo. Hágame el favor de no hablarle de ese modo. El chico es norteamericano. No es ningún extranjero.
 —¡Me refiero también a usted!"

Hasta ese momento se nos había mostrado como una filántropa enamorada de un hombre desgraciadamente casado, pero ese amor se acaba de pronto, cuando un perro le arranca los geranios del jardín. Un perro que, además dicho sea de paso, Arturo habría adoptado para compensar la pérdida de su padre, quien había decidido vivir con la viuda tras ser atacado por su celosa esposa, la cual, como veremos, tenía  sus motivos. En fin, todo un drama.

Y es que los personajes femeninos están muy bien construidos en Espera a la primavera, Bandini. Esto me sorprendió, puesto que estaba acostumbrado al arquetípico modelo de supermamá italiana que aguanta el maltrato del canalla de su marido, finge desmallarse cada vez que ve a su hijo y cocina cantidades ingentes de comida (como sucede en Llenos de vida y La hermandad de la uva). María Bandini tiene personalidad propia y que se ahonde en ella durante la obra es un grandísimo acierto. María no es la virgen divina, sino una mujer mundana que cree en Dios y trata de perdonar, pero se deja llevar por sus pasiones y sabe cómo imponerse al tirillas de Svevo cuando no hay más remedio. En el capítulo destinado a la celebración de Nochebuena (capítulo 7), en el cual ella espera y ve por fin llegar a su marido cargado de regalos, no puede resistirse a arañarle los ojos por considerar ese dinero producto del pecado. Como diría Arturo o su hermano August, de un pecado mortal: la infidelidad. Hasta ese momento no sabemos si Svevo ha sido infiel o no, pero lo suponemos y podemos entender el acto de María como justificado. Los lectores nos decimos: Svevo es un cabrón y se lo merece.

Pero, en el siguiente capítulo (el 8) llega de nuevo la magia de Fante. Se nos narra a modo de flashback toda la historia de Svevo y Hildegarde y se nos cuenta cómo este ha huido de las insinuaciones de la viuda, pero se ha mantenido cerca de ella porque pensaba que el dinero podría ayudarle tanto a él como a su familia, aunque más a él. Y esto no lo hace un mártir, pero tampoco un traidor a sus seres queridos. Lo hace humano y coloca al personaje en una difícil posición. Fante corrige nuestro error de enjuiciarlo prematuramente y aporta profundidad y complejidad tanto a este personaje como al de la viuda, hasta entonces presente solo en una dimensión atmosférica.

En la obra cumple un papel muy importante también la idea del amor romántico y platónico.


  • Hildegarde es una mujer con muchísimo poder que busca que Svevo, de una clase social muy inferior y extranjero, le degrade. Para ello le atribuye una pila de características "italianas" que él no posee. Busca una relación sadomasoquista "sana" a través de la cual ella puede liberarse del estrés sin ninguna atadura.
  • Por otro lado, están Rosa Pinelli y Arturo Bandini. Rosa es el primer amor superidealizado de nuestro protagonista, donde Arturo confunde el "por ti" con el "para poder llegar (o mejor dicho, tratar de poder llegar) a ti". Rosa desprecia a Arturo, no solo por quien es, sino por fingir quien no es.
  • Por último, está la idealización de María Bandini hacia Svevo. Esta se puede apreciar especialmente en los primeros capítulos, antes de que ambos personajes evolucionen. María reza cada noche por su esposo y cree en él a pesar de ser un borracho, un ludópata y un violento.  Cuando Svevo desaparece, María entra en una depresión ruinosa para toda la familia, donde lucha por levantarse de la cama, aunque no siempre es capaz.


Ya que mentamos por primera vez a Rosa Pinelli en esta reseña, me gustaría comentar sobre ella un par de cuestiones muy relacionadas con la pobre vida de los Bandini. Pinelli también es un apellido italiano, pero, a diferencia de Arturo, Rosa es aceptada por todo el instituto y tiene cientos de admiradores porque, a pesar de ser pobre, es guapa. Fante nos lo dice claro, con Rosa Pinelli y Svevo: ser guapo es pasarse la vida en modo fácil. La aceptación y el rechazo de lo italiano vienen de la mano de factores socioeconómicos y culturales. La belleza es valorada también como moneda de cambio, aunque ese cambio o no dependa en última instancia de la persona bella.

Y podríamos hablar de muchísimas más cuestiones, cómo el sentimiento de la moral cristiana católica muy interiorizada por todos los personajes y que lleva a la construcción de uno de los mejores capítulos de una novela jamás escrito (el quinto de Espera a la primavera, Bandini). Podríamos hablar sobre cómo la conciencia de culpa está implícita en todos los personajes. Svevo se siente culpable de aceptar dinero que no es suyo. María se siente culpable de sentir vergüenza si alguien la ve sacando a su marido de la casa de otra mujer. Podríamos preguntarnos si la búsqueda de Dios de August, el hermano monaguillo, y el buen obrar de Arturo se deben a la "ausencia de un padre", que antes de irse con la Hildegarde no se desempeñaba precisamente bien en este aspecto. También podríamos hablar del orgullo varonil de los personajes protagónicos y de la aporofobia general de la época, de cómo esta se mantiene, y de cómo afecta a los personajes, pero creo que por hoy ya es suficiente. Deciros solo que Espera a la primavera, Bandini, el título de la obra, es un leitmotiv dentro de la misma. Es decir, que más allá de su significado metafórico, se reutiliza como frase en los diálogos de los diferentes personajes a medida que se van desarrollando los acontecimientos. ¡Y eso es todo por hoy! Tenéis otra reseña en Caminos que no llevan a ningún sitio, blog que recomiendo siempre para los amantes de este autor estadounidense.  Dicho esto, ¡lean mucho, coman con moderación y namasté!

Reseñas de otras obras de John Fante en esta esquina: Llenos de vida, La hermandad de la uva

PD. Si queréis reseña de Pregúntale al polvo, este es el momento de pedirla, ya que aún tengo fresca la lectura. De lo contrario, la próxima será Sueño profundo de Banana Yoshimoto, que ya hacía un tiempo que quería leer a esta autora nipona. Por otro lado, me ha llegado recientemente un envío de la Editorial El Transbordador que tiene muy buena pinta también y que será reseñado, espero, antes de que acabe el mes. 



martes, 4 de junio de 2019

Resumen de lecturas: Abril y Mayo 2019




Como ya podréis suponer por la escasa actividad de la Esquina, no dispongo de tiempo para continuar reseñando con la asiduidad que me gustaría. Esto se debe tanto a un cambio en mi ritmo de vida (actualmente estoy preparando unas duras oposiciones y pretendo hacer otro Master para proseguir con mi formación) como a un cambio en mi estado de ánimo (me encuentro deprimido a más no poder por una serie de circunstancias vitales contra las que no puedo hacer nada). Todo en conjunto hace que pierda gran parte del entusiasmo que tenía antes a la hora de subir entradas. No obstante, sigo leyendo y como sigo leyendo no quiero dejar pasar esta ocasión de haceros un breve resumen de los libros que han caído en mis manos en los dos últimos meses. 

Aunque al principio pensaba fusilarlos por orden de lectura, al final he decidido separarlos por bloques temáticos (por decirlo de alguna forma), de manera que si a alguien no le interesa un punto en concreto pueda saltárselo y felices los cuatro.

Amélie Nothomb



Es, sin duda, la escritora cuyas obras he devorado con más interés. Quería saber si era capaz de escribir algo más que no fuera acerca de sí misma y evidentemente lo es. Queda así demostrado en Riquete el del copete (una adaptación posmoderna de la conocida fábula de Perrault), donde un chico feísimo y superdotado se enamora de una chica bellísima, pero poco avistada. El caso es que la obra promete mucho. Digo, promete, porque cumplir cumple poco. Recuerda a la tormentosa edad de la adolescencia donde todos nos hemos sentido unos bichos raros hasta encontrar ese amor que (¡vaya casualidad!) también se siente como nosotros. Y la obra ahí toca fondo. Para agravar el asunto, el final es azucaradamente forzado y poco satisfactorio. De hecho, la belga siente que se tiene que excusar, que es lo peor que puede hacer un escritor. Denota una inseguridad grandísima pedir disculpas por ciertos detalles de una obra de arte. Ya cuando te enteras de que esta mujer dice escribir cuatro novelas al año; la forma en la cual uno se toma las disculpas varía. No ocurre lo mismo con Estupor y temblores o El sabotaje amoroso, novelas mucho más antiguas de Nothomb, donde no adapta nada y solo habla de sus primeras experiencias laborales y amorosas respectivamente. Y que son dos joyas muy recomendables. Pero por qué solo me es interesante la vida de Nothomb. ¿Es una autora que vive de las rentas de su pasado como la vieja heredera de una familia de nobles castellanos? ¿Por qué cojea tanto cuando sale de sí misma? ¿Cómo de grande tiene el ombligo? Tengo pendiente Barba Azul (otra adaptación de Perrault, espero que en otra línea), pero tardará en llegar.  Estoy un poco intoxicado de la autora.



Literatura del Holocausto



A mediados de marzo pude cumplir mi sueño de viajar a Cracovia. Desde allí, un amigo y yo tomamos un interurbano destino Oswieciem, localidad situada a unos 40 kilómetros y que es conocida principalmente por el museo de memoria histórica de Auswitch-Birkenau. Efectivamente, allí estábamos los dos monigotes con una sensación térmica de menos quince grados contemplando dos lugares malditos donde se habían cometido las mayores vergüenzas de la historia de la humanidad. Mi experiencia allí me hizo darme cuenta de muchos aspectos de mi vida y comprender un poco más a las personas a mi alrededor durante el resto de mi estancia en Cracovia. También me sirvió para animarme a leer libros sobre el tema. Uno de ellos fue Huellas de la polaca Ida Fink: una recopilación de cuentos que tenía pendiente desde mi segundo año de carrera y que siempre había postergado porque me imponía mucho lo que se narraba. Otro fue El orden del día del francés Eric Vuillard. El primero es mucho más crudo y nos trata historias desde el punto de vista de los oprimidos, cómo ellos se esconden, padecen hambre y enfermedades y pierden a sus seres queridos. La prosa de Fink es lapidaria y junto a los cuentos, la edición de Errata Naturae incluye dos piezas breves de teatro de extraordinaria calidad. Por otro lado, el libro de Vuillard se centra más en la complejidad diplomática y política que implicó el Anschluss. Es decir, la anexión de Austria en el 1938 a la Alemania Nazi. Te habla de cómo las megacorporaciones apoyaron el gobierno de Hitler por su solidez, haciendo oídos sordos a los bestiales rumores que se escuchaban en la calle, y cómo muchas de las cuales sobreviven a día de hoy. También tiene una parte interesante sobre los juicios de los crímenes del nazismo. Lo curioso y lo que más agiliza el texto es su omisión de los principales vaivenes de la guerra, que se dan por sobreentendido al no pretender ser una novela bélica como tal.



Incomprendidos



En este apartado tenemos hasta cuatro novelas que tocan la incomprensión o la falta de comunicación entre personas como uno de sus temas principales: La ciudad feliz (Elvira Navarro), El corazón es un cazador solitario (Carson McCullers), Zombi (Juan Díaz Olmedo) y La letra escarlata (Nathaniel Hawthorne). Cada uno nos habla de temas similares desde perspectivas diversas, lo que hace que agruparlas aquí se antoje un poco artificioso, pero como es mi Esquina, me lo voy a permitir. De la primera obra no diré mucho, puesto que tenéis la reseña aquí. De la segunda es demasiado lo que hay que decir como para resumirlo en un espacio tan breve. Digamos que Carson McCullers escribe una novela por y para los marginados donde entran los soñadores que nunca alcanzarán sus metas. De la tercera novela quiero hacer una reseña, puesto que no hay muchas en la red y el trabajo en edición me ha encantado. Toca además mi lado más psycho killer, pues narra la historia de unos enfermos terminales que luchan a muerte y graban vídeos porno en Internet, consiguiendo así algún dinero que invierten en drogas duras. ¡Eso sí que es vivir el día a día como si fuera el último! La cuarta y última novela de esta sección es un clásico fundacional estadounidense. Sobre él les voy a dejar una reseña de Un libro al día, con los que coincido bastante. Hawthorne es un maestro de la palabra bien dicha, pero esta historia se antoja demasiado lenta para un lector de nuestra era. 




John Fante y James M. Cain



De Fante hemos leído dos obras de la saga Bandini: Espera la primavera, Bandini y Pregúntale al polvo. Soy partidario de la opinión impopular de que la primera es mucho mejor obra que la segunda, pero eso ya os lo argumentaré a lo largo de este mes de junio en su reseña (que está escrita a mano, como ya comenté en la anterior entrada, pero que me da mucha pereza mecanografiar). En un ambiente muy similar se ambienta El cartero siempre llama dos veces, una, por aquel entonces, atípica novela policíaca que ya reseñamos la semana pasada. De Cain estoy leyendo también Pacto de sangre, una novela posterior, pero que innova poco o nada en relación con el cartero. Dentro de las novelas policíacas atípicas habríamos de mencionar también a Hipnos de Javier Azpeitia, ganadora del Hammet en su día y reseñada aquí.















Teatro clásico francés



Como entremeses he ido intercalando lecturas más pesadas con textos teatrales franceses del siglo XVII. Han caído dos de Jean Racine (Fedra y Andrómaca) y uno de Moliere (Tartufo).  De Racine he de decir que Fedra me ha gustado mucho más por ser mucho menos pretenciosa, si bien es cierto que ambas parten de la típica historia griega de amoríos imposibles que acaba en la típica tragedia con muertes románticas (fuera de escena, eso sí, ¡que los franceses de esa época eran muy impresionables!) y donde nadie es feliz. Recuerda a Shakespeare, aunque con mucha menos fuerza y con soliloquios innecesarios y tediosísimos para alguien que haya ido, como yo, cuatro veces al teatro en toda su vida. De Tartufo me queda deciros que me ha gustado mucho más, aunque no deje de ser un episodio malo de una sitcom española de esas que te ponen en la Uno por las tardes. Eso sí, quizás sin un personaje tan ladino como Tartufo no existirían esas sitcom.






Hasta aquí lo que he leído los dos últimos meses, que sin ser mucho tampoco es poco. Espero que hayan disfrutado y nos vemos próximamente. Puede que mantenga el formato y lo intercale con reseñas. A fin de cuentas, no me desagrada lo más mínimo. 

Dicho esto, lean mucho, coman con moderación y namasté.



martes, 28 de mayo de 2019

El cartero llama dos veces, de James M. Cain




Frank Chambers es un joven vagabundo que deambula y estafa a quien encuentra en su camino y que un buen día se planta en Los robles gemelos, una venta de carretera a treinta kilómetros de Los Ángeles, California. Dicho establecimiento está regentado por Nick Papadakis, un inmigrante griego, y su mujer Cora. Frank aparece por allí, pide kilo y medio de comida e intenta hacerse un simpa. Sin embargo, el griego, totalmente ajeno a la auténtica naturaleza de su cliente, lo observa desde lejos y cree ver en él a un buen candidato para reponer al enésimo trabajador del cual, por hache o por be, se ha desecho. Frank, reacio en un principio a aceptar una propuesta que le obligue a permanecer durante mucho tiempo en un sitio, acepta nada más ver a la joven esposa. 

Y a partir de aquí se desarrolla una historia de sexo y amor muy en sintonía con la visión que pueda tener un esteriotipado hombre rudo blanco y heterosexual producto del patriarcado y del machismo intrínseco a una época y a una literatura que en ese momento colmaba los quioscos. Obviando ese tufillo rancio que desprenden aquellos momentos en los que Cora le pide a Frank que le pegue, aquellos otros en el que le comenta lo dispuesta que estaría a morir por amor a él o ese en el cual le perdona una infidelidad mientras su madre estaba muriendo (¡que eso ya es tener poca delicadeza!) nos queda un trío "abierto" amoroso entre personajes principales sobre los que se estructurará la trama. Digo trío "abierto", porque hay otro personaje que podría entrar y me refiero a Magde (el lío sexual de Frank que ya comentamos), la cual apenas tiene un papel relevante en la trama y que podría haberse suprimido sin mayor problemas. O al menos, yo no la habría echado en falta. 

Como digo, la relación clandestina entre Cora y Frank se va desarrollando (con mayores o menores dosis de pasión) en la absoluta ignorancia del griego. No pasa mucho tiempo (en algún punto de la trama se menciona el periodo aproximado de seis meses) hasta que toman la determinación de no tener que esconderse. Uno podría pensar que se acabarían fugando. Ya puestos era el estilo de vida al que estaba acostumbrado Frank desde hacía mucho. Pero, amigo, esto no es una road movie. ¡Aquí hay sangre y vísceras! Y por eso se compinchan para liquidar al griego, hacerlo pasar todo por un accidente y ya de paso agenciarse ellos mismos el negocio de la venta. 

Hasta este punto la novela deja mucho que desear. La relación entre Cora y Frank expuesta a través de diálogos, donde se censuran todas las sensaciones tanto de él como de ella, se construye en una elipsis innecesaria tras otra hasta el punto de que resulta, a día de hoy, del todo inverosímil. La idea de una potencial novela erótica o novela rosa se ve chafada (¡gracias a Dios!, porque las últimas sí que sí que las detesto) para dar paso a una trama mucho más interesante de novela policíaca. Una novela policíaca que en su momento, además, debió de ser atípica, pues recurre a un punto de vista diametralmente opuesto al adoptado comúnmente en aquella época (años 1930s): la novela escrita desde el propio criminal a modo de ¿confesión? El cartero llama dos veces tiene sus más y sus menos, pero no se puede negar que marcó un hito dentro de su género. Yo, que no he visto la película protagonizada por Jack Nicholson y Jessica Lange, reconozco que los tiene. No pude evitar recordar la mayoría de novelas de Patricia Highsmith que había leído, autora que recurre mucho a este recurso. Este tipo de novelas no le gusta a todos los aficionados del género porque expone el qué, el cómo y el cuándo. Literalmente te espetan en tu cara todas las respuestas que necesitas para encontrar a un personaje al que culpar. Pero El cartero llama dos veces no va de culpar a nadie, si no de compartir el miedo del protagonista de ser capturado, así como todas las consecuencias que acarrea el crimen, como puede ser, por ejemplo, el arrepentimiento. Presente aquí, de forma secundaria, en algunos capítulos como el del sepelio del viejo Nick Papadokis. Esto no es Crimen y castigo, pero la fiscalía es voraz y tiene mil ojos detrás de cada movimiento de Frank. Está expectante, como un cocodrilo que se hace el tronco musgoso frente a su presa. Pegará la dentellada de un momento a otro porque (uno) conoce la verdad y (dos) como lectores nosotros lo sabemos, Frank lo sabe y sabemos que Frank lo sabe. Cada reacción es una respuesta a un estímulo anterior. Un partido de tenis donde se decide si culpar o disculpar al narrador, a Frank, al asesino. 

Rebobinemos un poco. Antes he dicho que El cartero llama dos veces no busca que el lector culpe a alguien. Bien, esto no es del todo cierto. Analizando los hechos y atendiendo a esos diálogos que marcan constantemente el ritmo de la narración (parcializada, no lo olvidemos, en las vivencias que quiera destacar Frank) podemos sacar varias conclusiones. La primera de todas ellas es que Frank no era un asesino antes de conocer a Cora. Como mucho se había peleado un par de veces, como destaca el fiscal Kutz, pero no era un tipo capaz de matar. Es ella quien le mete la idea en la cabeza de que hay que matar al griego o eso parece darse a entender. De hecho, él opta por fugarse a México cuando el primer intento de acabar con Papadokis termina siendo un apabullante fracaso. ¿Con ello se nos quiere decir que las mujeres (o algunas mujeres) les sorben el seso a los hombres para emplearlos en sus luchas personales influyéndoles el mal en el cuerpo? Pregunta escolástica donde las haya. ¿Por eso quiere Cora que Frank la golpee? ¿ Por que se arrepiente? ¿Y luego se traicionan mutuamente? ¿Qué me quieres contar James M. Cain? Vamos, a ver si me entero...

Hay dos figuras determinantes en esta obra: el fiscal Kutz y el abogado Sacket. Ambos deberían representar el bien y el mal, la justicia. ¡Pero no es así! Kutz es un tipo extraordinariamente inteligente, pero, al igual que su homólogo, solo busca la victoria. Y esto se va a reflejar en el segundo de los juicios que aparecerá referenciado brevemente en el último capítulo y del cual no daré más detalles. Para ellos, Kutz y Sacket, la cuestión de que viva o muera un hombre no tiene mayor valor que sacarle el uno al otro ¡cien dólares en una apuesta! y, por supuesto, otros tantos a sus clientes. Representan la injusticia jurídica o la idea de falsa justicia democrática o cómo quieran llamarla.

El griego, por su parte, es quien posee el dinero, la "injusticia económica". Es un recién llegado y por ello despreciado incluso por su propia mujer. Basta con mencionar el primer diálogo de contacto entre Frank y Cora en el capítulo dos para darse cuenta de que no le hacen mucha gracia los inmigrantes. Y menos los inmigrantes con gruesas cuentas bancarias, porque entienden que no se las merecen. Son los años treinta y no podemos obviarlo. El crack del 29 y la Gran Depresión destruyen varias de las principales fortunas del país. Surgen nuevas microeconomías de inmigrantes y con esas microeconomías surgen también nuevas voces. El enfrentamiento da lugar a todo tipo de tesis de reelaboración sobre la raza aria que van a llevar a Hitler al poder en Alemania y desembocarán en la Segunda Guerra Mundial y que, por supuesto, se sienten al otro lado del mundo, en los Estados Unidos de América. 

La obra al completo se basa en la dualidad. Dos hombres (Nick y Frank). Dos mujeres (Cora y Magde). Dos letrados (Kutz y Sacket). Dos bodas. Dos entierros (el de Nick y el de la madre de Cora). Toda la estructura gira entorno al número dos. De ahí que la obra se titule así, a pesar de que no hay ningún cartero como tal. A no ser que entendamos la idea del destino, de la justicia y de la muerte como la de un mensajero que cada cierto tiempo avisa antes de golpear. Todo funciona gracias a la repetición de patrones y eso es suficiente para tener a cualquier lector pegado a la silla. Dos intentos de asesinar al griego. Dos huidas. Dos veces la aparición de felinos en momentos cruciales... Y puedo seguir, aunque creo que va siendo un buen momento para cortar. El cartero llama dos veces (o El cartero siempre llama dos veces según la traducción que manejen) es producto de su época, pero eso no debería echarnos para atrás a la hora de elegirlo como libro para pasar una tarde agradable. Yo, por lo menos, me he entretenido.

Y ya saben, lean mucho, coman con moderación y namasté. 

PD. ¡¡NOTICIARIO DE LA ESQUINA!!: Trataré de subir este fin de semana un resumen de mis lecturas de los dos últimos meses adaptando el modelo que está usando últimamente Das Bücherregal. Estoy preparando una oposición y no dispongo ni de tiempo ni del mejor humor posible para reseñar. No obstante, sigo leyendo. Deciros también que habrá, "algún día", una entrada para Espera la primavera, Bandini. Está escrita la reseña, solo que en papel y me da una flojera tremenda mecanografiarla.

Ahora sí, cuídense. ¡Un placer tenerles por aquí!


jueves, 25 de abril de 2019

Hipnos, de Javier Azpeitia



Beatriz Vargas Duval es una joven psiquiatra que se ha doctorado recientemente y que, con una carta de recomendación del tutor de su tesis bajo el brazo, acude a un sanatorio a orillas de la costa brava, en Cadaqués, esperando encajar en su primer empleo. Una vez allí, una serie de acontecimientos la pondrán sobre aviso de que algo no va del todo bien en la institución. Las conversaciones frívolas y clandestinas de médicos y enfermeros, las declamaciones horripilantes de algunos pacientes, la sensación de que nadie mejora ni escapa de aquellos dulcificados barrotes tras los que el mar impertérrito los mece y, sobre todo, la particular visión de la hipnosis que tiene el director del centro, el doctor Von Hagen, y que comentaremos más abajo, la llevarán a elucubrar toda una serie de sospechas tras las cuales se oculta una conspiración colectiva íntimamente relacionada con la alta tasa de suicidios que viene sacudiendo el lugar desde hace ya un tiempo. 

Vayamos por partes, porque la obra es breve, pero tiene muchísimo sobre lo que discutir. Lo primero, ganó en su día el Premio Hammett de Novela Negra, pero no es una novela policíaca o de detectives. Es una novela negra al uso, como aquellas sobre las cuales se acuñó el término. Hay conspiraciones, asesinos, elementos cuasisobrenaturales, enfermedades mentales severas, coqueteos con las drogas, sexo, sangre y noches de oscuridad y esquizofrenia. Se nos pinta una atmósfera propia de un thriller de Netflix. No por nada, me recordó muchísimo a La cura del bienestar, filme con el que guarda en común buena parte de la trama. Eso sí, mucho más salvable.

Posee estructura ágil e in crescendo que, como achaca algún crítico de la contraportada, es hasta cierto punto hipnótica, o pretende serlo. El ritmo de la narración, con sus giros y el buen uso del narrador en segunda persona del singular atrapa con facilidad al lector. Este narrador es atípico en la narrativa de ficción. Pocos son los ejemplos que se me vienen a la mente más allá de la conocidísima Aura de Carlos Fuentes. Y esto es porque son escasas las ocasiones en las que puede justificarse como recurso. En este caso funciona si entendemos la obra y la literatura tal y como nos la propone Javier Azpeitia. Es decir, como una sesión dirigida de hipnosis, donde abandonamos nuestros cuerpos para transportarnos a los de otros, dejándonos llevar por las palabras mágicas del guía, esto es, del escritor. La literatura a la par que la hipnosis como distanciamiento de las anodinas o estresantes vidas de los lectores con sus problemas particulares, como acción que permite al cerebro coger aire para poder volver y resolver de la mejor manera posible esos mismos problemas, pero también como inmenso recreo al que cuesta poner el punto y final, donde se trabaja y se descansa a la par, en justo equilibrio con uno mismo. 

Por otro lado, Azpeitia gestiona de una forma muy brillante todo lo relativo a las incógnitas y el desmascaramiento de los personajes y sus auténticas intenciones. Un elemento propio de toda novela negra que se precie: la inmersión en lugares hostiles donde un protagonista ajeno debe hacer frente a personajes que no son lo que dicen ser. A todo esto, deberíamos añadirle la sensación constante que experimenta la protagonista de sentirse vigilada. Y aquí, Azpeitia juega con nosotros a piedad. Nos da a entender que ese narrador en segunda persona que describe todos y cada uno de los movimientos y sensaciones de Beatriz es quien la persigue, físicamente hablando, para luego espetarnos que nos equivocamos, que debemos rectificar, tachar la nota del post-it mental que hemos escrito hace veinte minutos y que tantos quebraderos de cabeza nos daba. Y eso nos devuelve de nuevo a la angustia y a la pregunta de quién narra y cómo sabe todo lo que hace nuestro frágil personaje. Esta será una pregunta que no debemos obviar. Al menos es lo que más me ponía los pelos de punta: quién narra. Pues bien, deciros que solo lo sabréis una vez concluyáis la obra. No es el primer escritor en jugar con esto tampoco, pero no será el último. Una experiencia similar es la que se tiene al leer La espada de los cincuenta años de Mark Z. Danielewski, que ya alabé aquí hace unos años por su fructífera experimentación. En este cuento largo -por llamar al libro de alguna forma- el problema devenía en que no había un narrador incógnito, sino cinco y que mientras contaban una particular historia de terror sobre la venganza se lanzaban pullas los unos a los otros, inflamando más y más el ambiente con cada palabra hasta que este se sentía poderosamente cargado y opaco. 

Los personajes no son lo que dicen ser, pero Beatriz tampoco es una criatura honesta, o no pretende serlo dentro del relato. Es una huérfana, hija de una actriz famosa asesinada ("cosida a puñaladas") hace mucho tiempo y de padre "presumidamente" desconocido. La falta de amor que ha tenido en su infancia se materializa a lo largo de la novela en una fuerte atracción por la autodestrucción. Posee un instinto completamente masoquista, tanto en el sexo como en la vida. Busca ser humillada y pisoteada, o, por el contrario, humillar y pisotear a los demás. Es una adicta a la sangre y al dolor y a las pastillas que ella misma (se) receta y sin las cuales sufre poderosamente: diazepam, artane, clonazepam, ... Busca relaciones peligrosas y degradantes: Von Hagen, Villalta o el mismísimo Alesandro Stefanini (recluido en el sanatorio por haber puesto fin a la vida de su mujer y sus hijos y olvidar el acto). Al mismo tiempo que sucede todo esto, trata de aparentar ser una persona normal, mantener el tipo y cuidar de otros, como cuando sale y se emborracha con la enfermera Frederike o trabaja en las sesiones de hipnosis junto a Von Hagen para tratar de encontrar la cura de los brotes de agresividad de Stefanini. 

Hay momentos también en los que Hipnos no parece una novela negra. El autor coquetea con el romance soñado de los manicomios al más puro estilo F. S. Fitzgerald en Suave es la noche. Es imposible para un lector avezado no recordar mientras lee sus páginas la tóxica y descompensada historia de Dick y Nicole mientras Beatriz flirtea con Von Hagen en las partes II y III de la obra. Estando en mitad de la obra, Azpeitia casi nos saca de esa tensión constante y si no fuera por aislados incidentes (alguno presentado como prolepsis o flash forward), sería difícil imaginar cómo va a acabar la historia. En Hipnos pervive toda una tradición de novelas sobre manicomios y recrea ciertos tópicos (los locos cuerdos, los médicos locos, el aislamiento forzoso del protagonista, las torturas injustificables, etc.), pero la forma de hacerlo es lo que la hace una buena novela. Como tópico general, podríamos usar ese que aquí en la Esquina nos gusta tanto y que a falta de un nombre técnico llamamos "de mal a peor", en el sentido de que el ambiente se nubla poco a poco, sobre todo pasada la primera mitad del texto, y el patetismo (pathos) se engrandece a medida que vamos llegando a un final bastante satisfactorio.

Hay en Hipnos varios momentos de posible inflexión descartados que me recordaron a las novelas de Adolfo Bioy Casares que he leído, especialmente a Dormir al sol que se ambienta también en estos espacios y que aborda también temas de experimentos asombrosos. El más importante se produce cuando Von Hagen desvela los motivos y creencias por los que somete a sus pacientes (y especialmente a Stefanini) a una cada vez más cruel sesión de hipnosis. Pudiendo explicarlo yo, prefiero que hable el personaje. Escuchemos: 

"—Primero reconstruimos el futuro. Luego intentamos que el paciente pase a asimilarlo como algo perteneciente a su pasado, que su inconsciente se convenza de que ya ha ocurrido, sin traumas, para que deje de dirigirse hacia él;  para que deje de buscarlo. El futuro, visto así, es un motor imparable: debe suceder. Y sin embargo existe la posibilidad de moverlo, de trasladarlo al pasado, de incluirlo tanto en el consciente como en el inconsciente de los pacientes. Si un hombre sabe que ya ha realizado ciertas cosas, dejará de procurarlas, las despreciará como se desprecian los logros y los fracasos una vez cometidos. Es un efectivo juego de ficción que emerge a la realidad, una añagaza que evita el destino."


Este giro es una puerta neofantástica que se abre, a la que nos asomamos y por la que casi cruzamos en unos momentos en los que la naturaleza final de la novela no está definida y en la cual los elementos propios de la novela negra todavía no han empapado el texto. Desgraciadamente, esta vía se trabaja escasamente en la obra y la obsesión de Von Hagen solo se muestra como pretexto para garantizar el posterior fin del personaje y su transición al papel antagónico que debería corresponderle como individuo de mayor poder dentro de su clínica. 

No quisiera postergarme mucho más. La novela es demasiado breve como para eso. En definitiva, una buena obra que engancha y que posibilita una lectura en varios niveles. Entretenida y bien construida. Otra cosa: ¿alguien sabe si la adaptación fílmica que hicieron en 2004 es igual de recomendable? En Filmaffinity le otorgan una nota bastante mediocre, lo cual no indica nada a fin de cuentas. La única reseña que merece la pena de entre las pocas que he podido encontrar sobre la obra es la de Raúl Cazorla en Radiaciones, donde vinculan el desarrollo de la trama y su protagonista con la tragedia grecolatina clásica por el fuerte componente del destino en la misma. 

Y ya saben, cuídense, coman con moderación, lean mucho y namasté.




viernes, 12 de abril de 2019

La ciudad feliz, de Elvira Navarro



"La ciudad feliz" es una novela. Una novela con la que Elvira Navarro ganó el Premio Jaén de Novela en 2009. Bueno, no soy del todo honesto. La verdad es que "La ciudad feliz" NO es una novela o, a mí por lo menos, me parecería poco sólido llamar a "La ciudad feliz" novela, a pesar de que ganase el prestigioso Premio Jaén de NOVELA y os voy a explicar por qué. 

Una novela suele tener una trama ficcional con diferentes escenarios donde los personajes van interactuando y evolucionando de alguna forma a lo largo de la misma, diferenciándose del relato en el espacio, el tiempo y la profundidad psicológica, sociológica, filosófica o política destinada por el escritor o escritora para expresar diferentes ideas que se concatenan las unas a las otras. Podemos entender la novela como sombrero maravilloso y hablar de que todo en ella puede valer. Hay escritores y teóricos que se decantan por definiciones más versátiles y plurales del término novela y que encuentran obras a emplear como ejemplo de respaldo. Sin embargo, la libertad a la hora de usar etiquetas genera un problema de dispersión: el del "todo vale". ¿Cualquier obra ficcional sin unas reglas fijas y con una determinada extensión no confundible con la aproximada del relato debe ser sí o sí una novela, independientemente de lo cuente, independientemente de su estructura, de sus formas, modelos y tratamiento de personajes? Yo soy de los que piensa que no, o que, al menos, no debería. Pero con esto no quiero decir que "La ciudad feliz" sea una mala obra o que no mereciera el prestigioso premio porque a mí no me salga -ni me pueda salir- de las narices llamarla novela. "La ciudad feliz" es una obra de una calidad altísima, detrás de la cual nos resulta imposible obviar el duro trabajo de Elvira Navarro. Pero atendiendo a lo dicho anteriormente, una novela como tal no es. 

Esto se debe a que la autora divide la acción en dos partes donde toma a dos amigos como narradores, aunque la distancia entre ambos se sienta enorme, sobre todo tras la lectura de "La orilla", la segunda mitad. Y eso es porque Navarro nos engaña como lectores en el buen sentido de la palabra, pues la amistad entre estos dos personajes centrales es completamente indiferente de cara a lo que nos va a contar. Lo cual no deja de ser una propuesta muy inteligente y de la que más de algún escritor podría tomar notas.

Como digo, los narradores de "La ciudad feliz" son dos:

  • Por un lado, tenemos a Chi-Huei, un niño que ha emigrado a España con su familia para que su padre pueda escapar de la ley hacerse rico con el típico restaurante tradicional asiático-occidental capitalizado en la idea de lo que al resto del mundo fuera de China piensa que es China. Allí venden, o tratan de vender, ese arroz tres delicias que tanto nos gusta. La familia de Chi-Huei viaja al otro lado del mundo presa del European Dream y allí se choca con la cruda realidad del engaño y de la estafa, pues quien les ha cedido el local, prometiéndolo completamente equipado, en realidad solo le ha faltado llevarse el cobre de las tuberías. Esto obliga a la familia inmigrante a establecer un duro régimen de trabajo, sacrificio y ahorro. Y a intercalar el arroz tres delicias con pollos asados en un local con una decoración que impide identificar de cualquier forma la naturaleza del establecimiento. 
  • Por otro lado, tenemos a Sara. Es una chica española de la edad de Chi-Huei y que un día tiene un encontronazo con un vagabundo, lo que la llevará a cambiar sus ideas sobre el mundo que la rodea. He de decir que esta historia me recordó mucho, al principio, a un relato de Samanta Schweblin archiconosidísimo al ser uno de los mejores de su producción. Me refiero a "Un hombre sin suerte", con el que la argentina ganó el Juan Rulfo, y que pueden encontrar en "Siete casas vacías". Los que leyeron dicho relato se pueden hacer una idea de por donde irá la trama de Sara y su complicada y desaprobada relación con el "indigente", que como luego se dirá no es tan indigente, aunque eso ya no viene al caso.


Como digo, la historia de ambos se construye de manera independiente, a pesar de los evidentes hilos comunes que se puedan trazar entre las narraciones. Sin embargo, la extensión de cada historia es insuficiente como para llamarlas novelas. Por ello, el término que preferiría usar aquí es el de "relatos comunicados" porque si bien cada uno aporta información sobre el otro (en "Historia del restaurante chino Ciudad Feliz" se presenta quien es Sara y en "La orilla" se descubre la causa de su extraño comportamiento de cara a Chi-Huei y el resto de sus amigos); los textos se pueden leer de manera independiente. Y sí, el lector al hacerlo puede perder información poco relevante o incluso (y esto es una genialidad por parte de Elvira Navarro) interpretar de forma completamente diferente los detalles de la relación -por otro lado secundaria- entre Sara y Chi-Huei, protagonistas de sus respectivas historias. 

Aunque si decidimos hablar de la temática recurrente, ambas historias tienen muchos puntos en común. Esto no me garantiza tampoco el poder considerar a "La ciudad feliz" novela, porque no es infrecuente ver libros de relatos con temáticas comunes y conexiones entre sí. Un buen ejemplo de ello es "Anuncio una casa donde ya no quiero vivir" de Bohumil Hrabal. Compartir temática, además de personajes, es una buena forma de comunicar relatos y de desarrollar una suerte de progresión. Consigue que el lector no se confunda creyendo que está ante narraciones completamente ajenas, como si de otro libro se tratase. Todo conforma un mismo universo. Es un buen mecanismo que da unidad a un libro de la naturaleza que sea y que ayuda a que las ideas del autor o autora lleguen mejor a donde pretendan. 

Para empezar, el primer punto en común, en lo referente a la temática, de ambos relatos es que las historias están contadas por dos narradores en el inicio de la pubertad. Por lo tanto, como imaginaréis, el descubrimiento sexual no va a ser ignorado por la autora. Chi-Huei desea constantemente jugar con Sara y Julia a la botella y acaba sintiéndose atraído por Sara. Comienza de esta forma a apreciar el valor de la intimidad, pues no es lo mismo cuando juega todo el grupo que cuando juegan ellos tres. Por otro lado, el hecho de que Chi-Huei viese en algún momento de su infancia a Sara sin la parte inferior de su bikini y se lo señalase con inocencia y burla, despierta el primer deseo erótico de la chica, que no se siente atraído por Chi-Huei, no, sino por la situación de sentirse en su desnudez interesada por un hombre que le agrada. De la misma forma, la relación entre Sara y el "vagabundo" tiene cierta carga de curiosidad sexual por parte de la chica, aunque esta no lo concrete explícitamente como tal. También por el vagabundo, que lo primero que hace cuando dialogan es preguntarle su edad y decepcionarse al haber creído que la chica era mayor. En ambos casos, Navarro nos deja en claro lo doloroso y confuso de estos primeros intereses sexuales que (casi) siempre caen en saco roto. 

También está el tema del racismo y de la complejidad cada vez más absurda de (in)comprender la globalización en la que vivimos. El sinsentido triste de la familia china regentando una suerte de mezcla de cafetería/restaurante chino/asador de pollos siniestro porque un ladino de la otra parte del mundo la ha estafado y como hace Navarro que Chi-Huei afronte todo eso me recordó muchísimo a Orestes y sus parientes en la novela de Juan Pablo Villalobos "Si viviéramos en un lugar normal". Los chinos son tratados con desprecio silente en el barrio y los vecinos solo acuden por los regalos y porque, casi literalmente, se matan a trabajar y están abiertos a cualquier hora. Los chicos del colegio se burlan de Chi-Huei constantemente y persiguen con lupa, tanto ellos como sus padres, los errores del pobre chaval.

El racismo, la xenofobia y el odio al diferente es en líneas generales -y más en estos relatos- marca de una latente aporofobia. Esto nos lo dejan claro los padres de Sara al hablar con ese retintín de la amiga judía y el amigo chino de su hijita, con los cuales van a identificar un grado de proximidad no demasiado alejado del que atribuirán luego a la figura influyente del "vagabundo". 

Finalmente, está el tema de la lucha por el futuro y de la atracción de la muerte (representado el primero principalmente en "Historia del restaurante chino Ciudad Feliz" y el segundo en "La orilla"). Además, atendiendo a los acontecimientos de "La orilla" podríamos hablar de una más que interesante reformulación de los conceptos nietzscheanos de Eros y Thanatos. Pero vayamos por partes, como diría Jack el Destripador. Con "Historia del restaurante chino Ciudad Feliz", Elvira Navarro nos trata de comunicar lo dura y complicada que es la vida y cuánta competitividad hay en ella. Solo aquellos con una mentalidad confuciana basada en la lucha para ganar más y más sobrevive y puede aspirar a tener algún tipo de futuro, o, en su defecto, dejarle algo a sus hijos, haciendo que la estirpe prospere. Y quien no se amolde a este sistema es un completo paria, lo cual es representado varias páginas más tarde en la figura del "vagabundo" de "La orilla". El "vagabundo" es un personaje que renuncia a su futuro y a esta ética confuciana (desprecia tanto a su familia como a sí mismo) en un impulso de muerte que lo conduce a una situación de fragilidad y locura durante la cual tiene un miedo inmenso y un hambre voraz. 

Misma hambre con la que he devorado este libro que hoy os recomiendo encarecidísimamente. Podéis encontrar otras reseñas en La medicina de Tongoy (donde, por cierto, la obra no puede salir peor parada) y La tormenta en un vaso.

Eso es todo por hoy. Coman moderación, lean mucho y namasté. 

PD. 1. Casi se me olvidaba comentarlo, así que voy a tratar de ser breve para no alargar mucho más la reseña. El título de la obra, así como el del restaurante, es obviamente irónico. Aquí la alegría dura poco y eso trasciende a lo largo de ambos relatos en el tratamiento del espacio urbano. Os dejo con una descripción que aparece en el segundo de los relatos y, ahora, sí que sí, me despido:

"El barrio viejo comienza justo a partir de las escaleras de la iglesia, y lo conforman más de un centenar de calles estrechas, de trazado sinuoso, y con edificios que no suelen tener más de cinco pisos de altura. Muchas fachadas comienzan a inclinarse; algunas están sujetas por enormes vigas de hierro que impiden su derrumbe, aunque la mayoría parecen abandonadas, como si a nadie, ni siquiera a los habitantes del edificio, les importara la suerte que pueden correr sus paredes. Todas lucen un color gris manchado, los mismos balcones minúsculos, con persianas echadas por encima de las barandas para disimular los trastos amontonados, algunos tapados con plásticos, a salvo de las lluvias torrenciales, y otros al aire, llenos de mugre. La exuberancia de chatarrería de los balcones contrasta con la austeridad de los portales, en su mayoría abiertos, en los que no hay nada, ni siquiera buzones, y también con las calles vacías y desoladas; algunas tan estrechas que solo durante el mediodía les alcanzan los rayos del sol. A veces queda un resto de fachada, y es fácil adivinar cuáles de las losetas han sido parte de una cocina, y cuáles del baño. En una de estas ruinas hay un váter blanco y reluciente, con su cisterna todavía en pie sobre un minúsculo trozo de piso." 


PD.2. Esta reseña ha sido un poco más extensa y académica que las habituales. Llevo mucho tiempo sin subir contenido regularmente a la Esquina y me gustaría saber vuestra opinión. ¿Preferís reseñas como estas (más sesudas y extensas, aunque por otro lado quizás más aburridas) o preferís que me limite a dar mi opinión y a seguir dando cuatro detalles por encima (lo que conlleva también menos trabajo y se puede traducir en un mayor número de reseñas)? También os recuerdo que este es mi hobby y que redacto aquí por amor al arte. Por otro lado, ¿habéis leído "La trabajadora", la otra 'novela' de Elvira Navarro? Si es así, qué os parece.




martes, 26 de marzo de 2019

Trabajos forzados, de Daria Galateria




Nadie podrá negar que el oficio del escritor sea arduo y complejo. Ninguno de los grandes nombres de la historia de la literatura nació con reconocimiento dentro de esta y, para la inmensa mayoría, llegar a donde acabó resultó ser toda una odisea. Batallas constantes entre la pasión de escribir y la supervivencia, entre el sueño personal y el frío certero de la situación de cada uno, son descritas, y de una forma bastante entretenida, en este libro pseudobiográfico firmado por Daria Galateria. Digo pseudobiográfico, aunque podríamos hablar también de anecdotarios, según el caso. La investigadora elige y selecciona momentos de la vida de cada autor. De unos suelta prácticamente la vida completa, mientras de otros se centra en comentar solo episodios representativos de quiénes son y por qué escribieron lo que escribieron. Y esas cosas. Todo, por supuesto, (y eso es lo que le da la chicha al libro) ligado al ámbito laboral. 

Para quienes amamos la literatura y para quienes habremos fantaseado alguna vez con ser escritores (o aún lo seguimos haciendo) este volumen de historias es asombroso en dos sentidos:


  • De primera mano es asombroso porque desmonta mitos y leyendas en torno a la genialidad.  Tiene buena parte de tratado estético humanista. Y es que difícilmente alguien va a encontrar su primer empleo como escritor. Desempeñará previamente muchos trabajos, tendrá una amplia experiencia tanto leyendo como viendo el mundo y participando de sus duras reglas. Solo así  el arte de componer y retratar en la clave preferida lo visto, lo vivido y lo soñado cobra verdadero valor.


  • En segundo lugar, también será asombroso conocer lo humanos que eran en el fondo nuestros ídolos. Su infrahistoria más allá de sus obras y la lógica que los movían a escribir lo que escribían, a decantarse por sentarse en la mesa de trabajo en los últimos instantes del día o ya en plena noche cerrada a teclear frente a una máquina sus divagaciones. 

He disfrutado muchísimo con las anécdotas sobre muchos de ellos, especialmente de los que conocía previamente: Italo Svevo, Bohumil Hrabal, Franz Kafka, Charles Bukowski, Jack London, Céline o George Orwell. Sin embargo, me han importado poco más que nada lo que me estaban tratando decir de otros: Ottiero Ottieri, Jacques Prévent, Blaise Cendrars, ...  Y eso no se debe tanto a que no conozca a los autores, sino más bien al hecho de que no he llegado a conectar con el texto. En el caso del capítulo dedicado a Jean Giono (nuevo para mí, al menos), puedo decir que la historia me ha entusiasmado hasta el punto de releerla (lo que rara vez hago) y que el manosquins es de tirada mi personaje predilecto de todos los tratados. 

Es innegable, como decía, que es necesaria una cierta cultura literaria detrás para disfrutar este libro, pero muchas de sus historias, como la de André Malraux, (por poner así un ejemplo rápido), pueden leerse desde la más absoluta ignorancia. Esto funciona siempre y cuando atendemos a los textos como narraciones de aventuras, de desdichas, triunfos, vaivenes. A fin de cuentas, son historias sobre vidas humanas. La idea de que a veces la realidad supera a la ficción es maravillosamente tratada aquí por Galateria y solo este detalle hace que el libro merezca la pena. Y si ya a eso le añades las crónicas de cómo Céline llegó a escribir Viaje al fin de la noche, ¡entonces apaga y vámonos!

Eso es todo por hoy. Lean mucho, coman con moderación y namasté.