miércoles, 10 de octubre de 2018

Las diez mil cosas, de Maria Dermoût




Mi primer contacto con la literatura holandesa se produce a través de la lectura de Las diez mil cosas de Maria Dermoût, considerado en el prólogo, por Hans Koning (su editor), como uno de los libros con mayor calidad literaria de la escritura en neerlandés del siglo XX. Aunque Koning habla de novela, Libros del Asteroide nos advierte de que este libro es recomendable leerlo como un conjunto de relatos. Y lo cierto es que Las diez mil cosas no es ni una cosa ni otra, sino una mezcla creativa de ambos géneros, aparentemente deslavazada en un primer momento, pero remediada con un gran don poético en su parte final, la cual goza de una extraordinaria belleza.

Dermoût tira un poco de su infancia vivida en las colonias orientales holandesas (Indonesia) y nos construye el paisaje natural de una isla perdida de las Molucas donde, salvo unos pocos europeos, la mayoría de la población es de origen chino, africano o malayo. En este lugar seguiremos un drama familiar que tiene al personaje de Felicia como protagonista. Ella es la nieta de la señora del Pequeño Jardín, una finca situada en la bahía interior de la Isla que gozó de tiempos mejores cuando el comercio de especias había estado en alza (siglo XIX), pero que se ha ido empobreciendo con el paso de los tiempos y con numerosas desgracias de una sospechosa índole sobrenatural. En la finca, Felicia vive con su abuela y sus padres, y descubre con ellos las maravillas de la Isla, que se nos irán presentando con toda la ternura y la curiosidad de una niña de su edad. Sin embargo, tras un tiempo, sus padres deciden volver a Holanda para vivir una vida mejor y abrirle la posibilidad de tener estudios a Felicia. Su abuela no la deja marcharse sin darle antes una reliquia familiar (la serpiente del carbunclo) y profetizar su regreso dentro unos años. Felicia, efectivamente vuelve a la Isla, pero no viene sola. La acompaña su hijo, Himpies, y todo un lastre de pobreza y vergüenza tras ser abandonada por su pareja, un holgazán y un ladrón, que habría vendido todas las pertenencias de Felicia para poder escapar de Holanda. La protagonista se verá ahora en la dura tarea de reponer su nombre y se encontrará con que el Pequeño Jardín ya no es tan seguro como recordaba. Los dos presagios de su abuela se habían cumplido de esta forma. El primero de ellos, la ironía de su nombre, aún tenía mucho por delante para aguarle la existencia.

Como comprenderéis rápidamente por la sinopsis, esta "novela" trata de la (des)colonización desde el punto de vista holandés y de la independencia de la mujer forzada por causas externas a ellas, provenientes principalmente del trato masculino. Sin embargo, la historia no se detiene en clichés y en luchas de este estilo por muy necesarias que estas sean. Va mucho más allá y aspira a rozar temas lo más trascendentales posibles. El punto de mayor interés y el motor principal de los acontecimientos es aquí la muerte provocada, o lo que es lo mismo: el asesinato. No por ello, Dermoût adopta los esquemas de la novela negra, por mucho que este género haya explorado la problemática, pues para la escritora el encontrar a los culpables y sus motivos carecen de interés. Por extraño que parezca, adopta una postura antibélica (de necesidad de poner fin a una violencia inexorable). Tras la muerte de numerosos seres queridos, Felicia se transforma en una ferviente luchadora contra el homicidio voluntario y reflexiona arduamente sobre la absurdez que encuentra en él. El título, Las diez mil cosas, hace referencia a esta actitud tomada por Felicia, pues en la Isla en la que vive, los habitantes se despiden definitivamente de sus seres queridos enumerando las cien cosas agradables que esperan que ellos encuentren en el más allá. Es una despedida personal, íntima, y tiene una solemnidad inquebrantable dentro del microcosmos de la Isla. Este curioso ritual es, además, el que entronca con los tres "relatos" localizados en la parte tres de la novela (La bahía exterior), donde se nos narran diferentes asesinatos sucedidos en el mismo año dentro de la Isla y que no guardarán relación entre sí hasta el final, convirtiendo a la muerte provocada en un acto natural, triste, pero no por ello exento de belleza y significado.

Partiendo de esta particularidad es de entender que las enumeraciones y las descripciones deban tener un peso importante en la trama de una historia como esta. Por suerte, están trabajadas minuciosamente por la escritora para mantener el ritmo de cadencia, de lirismo y elegancia que se requería. No sé cómo sonará en el original, pero algunas partes de la traducción me han parecido casi hipnóticas. Para que os hagáis una idea, os dejo tres párrafos donde se describe el escenario al que arriban Felicia y su hijo cuando esta regresa a la Isla:

"Aún no había mucha gente en las calles, pero los que se cruzaban con el coche se detenían a mirar y saludar.
La niebla empezaba a levantarse. Por todas partes había árboles muy altos con espeso follaje, hasta el borde como en los muros de la fortaleza, crecían la hierba y la maleza, y algunos arbustos. El mundo entero parecía de un verde intenso aquella mañana, y por entre los troncos de los árboles, tan poco espaciados, se veía a cada momento la rielente agua de la bahía con los reflejos plateados del sol... Más arriba aparecía, inmóvil, la ondulante y oscura costa de la otra playa, y aun más arriba, un cielo aún luminoso.
En el prao los esperaba un prao alado, y otro pequeño para el equipaje, con remeros y un timonel."


La naturaleza está representada en toda su belleza amenazante. Nos recuerda que la fragilidad también puede enseñar sus dientes y que siempre nos abandona, nos deja solos ante el peligro. Lo curioso es que las desgracias que se viven dentro de la Isla y su ley natural no se presentan en contraposición a las de fuera, sino en conjunto. El microclima de la Isla (retratado en el noventa por ciento de la "novela") es solo una pieza de un escenario mucho mayor, más grande y más verde, porque ese verdor se alimenta de todos nosotros, de nuestras energías, esperanzas, deseos, frustraciones y sueños. En este punto le tengo que dar la razón a Koning, Las diez mil cosas es mucho más universal de lo que pudiera llegar a parecer por su limitada visión y espacio. De hecho, la incursión de los relatos intenta de alguna forma ampliar el mensaje que al principio parece tan ligado a la tierra que Felicia pisa. El tema de la naturaleza está íntimamente ligado aquí con la maternidad y el crecimiento vital, así como con el fin de la existencia terrenal. El amor materno y el amor romántico se convierten en impulsos que mueven a los personajes a actuar para crecer o acabar con el crecimiento de quienes les rodean.

Sin embargo, no todos son alegrías. Las diez mil cosas tiene una estructura atípica y eso le pasa factura, porque descoloca al lector. Cuando comencé a leer la tercera parte, donde se introducen estas tres historias que nada parecen tener que ver entre ellas, me sentí desplazado e incluso engañado. La inconclusión de la historia de Felicia me extrañaba y no llegaba a comprender por qué Dermoût detenía a este personaje para contarme las desdichas de otros tantos nuevos con los que solo compartía el geoespacio de la Isla. La escritora cambia incluso su estilo: comienzan a predominar los diálogos sobre las descripciones, las enumeraciones bellísimas desaparecen y dan lugar a situaciones con mucha más acción (¡cuándo nadie se las pedía!),... Por eso, aunque aguantar hasta el final "mereció" la pena, por decirlo de alguna forma, sigo sintiendo como si el libro cojease. La tercera parte podría haber estado intercalada con las dos primeras sin muchas dificultades, les habría aportado dinamismo y la narración resultaría mucho más natural e integrada. Comprendo la decisión de esperar hasta el final para ir introduciendo ese estilo fantástico -insinuado en la tercera parte y totalmente desplegado en la final-, pero no era en absoluto necesario y, por desgracia, afecta con suficiente fuerza a la fluidez y al ritmo que se seguía hasta ese momento. 

A pesar de estos peros, he de señalar que mi impresión tras la lectura ha sido bastante positiva. Maria Dermoût era una escritora minuciosa, poética y muy empática. La teluridad de su estilo me ha recordado, salvando las distancias, a Cesare Pavese y la belleza de su amplio léxico y su gusto por las historias que parecen íntimas me ha traído a la mente a autoras como Ana María Matute y María Teresa de la Parra. La ambientación escogida, por otro lado, me ha recordado muchísimo a Paisaje con reptiles, de Pilar Pedraza. En definitiva, nombres que para mí representan un cierto aval a la hora de leer, más allá de los gustos personales de cada uno. No he encontrado más reseñas en mi blogosfera habitual ni fuera de esta. Tenéis por ahí varias entradas de prensa, aunque siempre he tenido mis serias dudas con la sinceridad de la prensa literaria, así que os dejo a vosotros la tarea de buscar otras impresiones para poder contrastarla con la que hoy os ofrezco.

PD.: Ante la petición de Keren Verna en la entrada anterior, he decidido revisar mi reseña de Por qué se cuece el niño en la polenta para ver si puedo mejorarla hasta el punto en el que yo me sienta a gusto publicándola. Un saludo y felices lecturas.


sábado, 6 de octubre de 2018

Los restos del día, de Kazuo Ishiguro




Mr. Stevens ha sido el mayordomo principal del Darlington Hall desde que tiene uso de memoria. La mansión en la que trabaja fue el punto de reunión de algunos de los políticos y personajes más influyentes de Gran Bretaña y Europa durante los años 1930, pero cayó tan en desgracia como las ideas de su anterior propietario, un Lord Darlington que, sin mucho conocimiento y llevado por la pasión y el interés, decidió apoyar en la sombra al nacionalsocialismo alemán. La historia del diario de Mr. Stevens nos sitúa poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial y de la venta de la vivienda con todo su personal a un nuevo rico estadounidense, Mr. Faraday, quien tratará de hacerlo todo a la "americana". 

Faraday es un hombre de negocios que siempre ha soñado con tener su propia mansión en tierra inglesa y que no dispone del potencial económico ni del conocimiento de las normas de cortesía inglesas de este momento. Tutea a Stevens, le cuenta chistes y le gasta bromas a las que el mayordomo no está acostumbrado. No duda en despedir a la mayor parte del personal y en relegar casi todo el trabajo en nuestro protagonista. No es un gran señor, como Lord Darlington, y eso lo hace más humano, pero también más incomprensible para un mayordomo que, cargado de un trabajo que él considera indigno de su status, no puede evitar recordar esos viejos tiempos de cuando tenía la imaginaria certeza de albergar en sí una importancia trascendental para la polítca mundial. Por ello, justifica su decisión de aprovechar por primera vez en su vida sus días libres con el fin de viajar al remoto pueblo donde reside su anterior ama de llaves, Miss Kenton. Ella ya no se llama Miss Kenton, debido a una boda de hace mucho años, pero Stevens la sigue recordando como tal. 

De esta forma nuestro mayordomo recibe el permiso de Mr. Faraday, una ayuda económica y su coche en calidad de préstamo. Por supuesto, como todo buen personaje de Ishiguro, la excusa para Faraday es completamente diferente de la excusa que Stevens da a Miss. Kenton y esta a su vez es completamente diferente de la excusa que Stevens se da a sí mismo para realizar este viaje. Porque Stevens es un personaje donde se explota lo que Bajtín llamó "dialogismo interno" en sus escritos sobre Dostoievski. Dicho esto en cristiano, es un tipo que siempre se está justificando a sí mismo y, a veces a los demás (dialogismo externo) por el "no fueran a pensar que yo". Stevens es un hombre que cree haber servido a un fin mayor solo porque un día le sirvió una taza de té a Winston Churchill; no se da cuenta de como ha desperdiciado su vida personal de una manera tan absurda. No puede asimilar los errores de sus decisiones (que lo han ahuyentado de una vida, si no más feliz, al menos más tranquila). Y, por supuesto, no es capaz de soportar que Miss Kenton (su amor secreto) se haya casado con otro por no esperarle. Stevens sigue enamorado de Miss Kenton (aunque él lo niegue) y, muy probablemente (no se nos permite saber hasta qué punto, pues es el diario de viaje de Stevens lo que leemos y eso nos da la continua sensación de ver a una ama de llaves algo sesgada, parcializada e interesada); pero aún así, muy probablemente, digo, Miss Kenton amó y sigue amando en el tiempo presente de la novela al serio y pudoroso mayordomo. Eso sí, también se desprecian mutuamente por el comportamiento tomado por cada uno y esta toxicidad me parece tremendamente humana por la sutilidad con la que Ishiguro la introduce a través de la pluma de Stevens.

La novela parte en un punto en el que la ambición personal de Stevens lo ha perdido para la vida terrenal. Su status se ha esfumado tras la caída de su amo y protector. Amparado en la fidelidad, un ignorante Stevens con aires de grandeza se dejó guiar por las ideas que entraban en Darlington Hall y no supo ver la maldad de ellas, pues estas venían camufladas con el olor de perfumes caros y trajes hechos a medida y a la última moda europea. Creía y seguirá creyendo durante buena parte de la novela en que la "dignidad" del buen hombre es dejarse conducir por las ideas de lo que él considera "hombres mejores". Con una vida completamente anulada e invertida en balde, Stevens inicia su viaje hacia Miss Kenton. Ella constituirá una especie de faro a lo largo de la novela; no parará de intentar despertar al mayordomo de sus perniciosas ensoñaciones. O dicho en términos de la crítca psicoanalista, el subconsciente de Stevens que desea cobrar fuerza encontrará en Miss Kenton una imagen que lo mueva a ello. Gracias al personaje del ama de llaves, imprescindible aquí, Ishiguro crea una mezcla curiosa entre la novela del recuerdo y la road story, donde juega un papel muy especial la lectura del joven escritor de En la carretera de Jack Kerouac. Lejos de la temática adoptada, la estructuración tiene unas reminiscencias que yo veo muy claras al menos.

Pero el viaje de Stevens hacia Miss Kenton se volverá un viaje hacia uno mismo y, en este sentido, Los restos del día tiene bastante de Bildungsroman (o novela de formación) porque le sirve al personaje para crecer y para dar el giro más importante de su vida. Para ello, obviamente, Ishiguro se ve obligado a que Stevens exponga su pasado a modo de justificación de sus actos y de los de su muy admirado señor Lord Darlington, prototipo del noble inglés del primer tercio del siglo XX. Poco a poco Stevens se dará cuenta de su error de desear ser el verdadero Lord Darlington o al menos de resultar tan imprescindible como él, un imposible que lo habría hecho un infeliz durante toda su vida.

Tras leer esta novela, entiendo que le dieran el Premio Nobel a Ishiguro. En sí misma, Los restos del día es una maravilla de narración y justifica hasta cierto punto por sí sola buena parte de las alabanzas que se vierten sobre ella. Sin embargo, cuenta con un par de problemas que el escritor podría haber evitado.  El primero de ellos es el poco carisma de Mr. Stevens, un personaje totalmente outsider del mundo ajeno a los grandes banquetes que se daban en el Darlington Hall, incapaz de interpretar correctamente las emociones de los demás ni las intenciones o el humor de quienes le tratan. Mr. Stevens es un personaje tan humano (por su complejidad psicológica) y, al mismo tiempo, tan poco humano (por su inutilidad a la hora de adaptarse al entorno social), que o disfrutas de él, como me ha pasado a mí, o le abandonas (y con él al libro) por cansino e insípido. El segundo problema viene un poco de la mano con el tipo de discurso adoptado: el diario a través del cual se une el presente del viaje con los años de servicio dentro del Darlington Hall. Aunque normalmente las conexiones mediante ideas o sensaciones entre pasado y presente suelen estar traídas a cuento, no siempre es esto así a lo largo de toda la novela. Hay momentos que se sienten un poco metidos con calzador y otros que no llevan a ninguna parte.

No obstante, es conveniente dejar de hablar de lo errático, para retomar lo extraordinario de Los restos del día. Para mí lo mejor de esta novela es su narrador: Stevens. Con Stevens me voy dando cuenta del tipo de narradores que le gusta a Ishiguro: personajes con una sinceridad como mínimo cuestionable, por no decir: bastante por los suelos. ¡Cuando Stevens se excusa suena tan pretendidamente falso! ¡Pero tan pretendidamente falso! Resulta, de veras, complicado crear un narrador que, dentro de su universo, te mienta de la forma en la que lo hace Stevens. El escritor te deja las pistas suficientes para que sepas que te miente y para que puedas lanzar especulaciones de por qué te miente, especulaciones cada vez más concretas con el paso de las páginas hasta llegar a un más que satisfactorio final. Muy en la línea del autor. En El Lamento de Portnoy tenéis una entrada magnífica sobre este tema.

Me gustaría añadir, además, que esta es la primera novela de Kazuo Ishiguro que leo sin que haya ninguna referencia de peso a su ascendencia japonesa y no me esperaba lo que me encontré. Ishiguro lleva en Gran Bretaña desde los 6 años y, aunque es culturalmente hablando un tipo muy inglés, no me lo hubiera imaginado -después de leer sus trabajos anteriores- capaz de crear a un personaje tan arquetípicamente inglés como Mr. Stevens. De verdad, me parecía tan lejano a él, que me he sorprendido y gratamente. Como último apunte, me gustaría destacar también lo que parece ser una tónica habitual en las novelas de Ishiguro: los personajes con ideologías de extrema derecha que se vieron obligados a alterar sus discursos, si no de forma privada, al menos de forma pública, para no ser marginados tras la Segunda Guerra Mundial. Aquí encontramos estos modelos de personajes tanto en Mr. Stevens como en Lord Darlington (mucho más en este último). Ya aparecía un personaje con un ligero papel secundario en Pálida luz en las colinas y el protagonista de Un artista del mundo flotante coincide totalmente con estas características. He leído reseñas sobre otras obras de Ishiguro también protagonizadas por personajes en esta línea, lo cual me encaja bastante con su tipo de narrador predilecto. Como me ha gustado mucho Los restos del día, es posible que vuelva a leer a Ishiguro antes de que acabe el año. Estoy ahora mismo entre Nunca me abandones y Cuando fuimos huérfanos. Si ya habéis leído cualquiera de los dos, os agradecería muchísimo vuestra recomendación. Tenéis más reseñas en el blog de Keren Verna, Un libro al día y La antigua Biblos.

Reseñas de otras obras de Kazuo Ishiguro en esta esquina: Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante,





PD. I: Quisiera agradecer a mi amigo Toni sus interesantísimas apreciaciones sobre esta novela, las cuales me han ayudado a disfrutar mucho más de ella.

PD. II: Lamento no haber subido ninguna reseña a este espacio desde hace casi un mes. No me he encontrado muy bien anímicamente para leer y nada de lo que encontraba me entusiasmaba lo suficiente para acabarlo. La excepción ha sido Por qué se cuece el niño en la polenta de A. Veteranyi, cuya reseña quería publicar, aunque no me convence mucho la calidad de la misma. Si alguien quiere que aparezca por aquí porque puede resultarle útil o tiene interés por la novela en cuestión, que me lo comunique en el cajón de comentarios. Con esto me despido ya. ¡Muchas gracias por pasaros y felices lecturas!



domingo, 9 de septiembre de 2018

Cuatro horas en Chatila, de Jean Genet



Me sonaba el nombre de Jean Genet de haberlo oído más de una vez durante las largas y tediosas clases de la facultad. Lo he oído tanto que de forma inconsciente pensaba en él como en un teórico de la literatura sesentón cuyas apreciacianes al método semiótico de análisis literario habían roto todos los moldes del viejo estructuralismo de Jakobson de los 1960s. Y sí que es verdad que Genet sabe mucho de literatura y de otras cosas, pero no destaca especialmente por escritos teóricos demoledores. Al contrario, es un gran sabio, pero con textos muy líricos. Con su nombre en mente y la idea de leer algo de ensayo pido prestado a un amigo estas Cuatro horas en Chatila

Chatila es un nombre que también he oído antes y que por algún motivo desconocido para mí lo relaciono directamente con la catástrofe. Pienso en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial. En un desastre nuclear poco conocido de algún país de Europa del Este. En un huracán arrasando Santo Domingo. Imagináos lo que sabía yo de la Guerra del Líbano y de las matanzas indiscriminadas de palestinos en los 1980s. Exacto, absolutamente nada. Cuatro horas en Chatila es una crónica periodística en la que Genet relata sus experiencias en uno de los barrios más acribillados del Beirut Oeste durante la invasión israelí del Líbano en 1982. Habla de su experiencia personal y hace un acopio de sus reflexiones sobre el conflicto árabe-israelí. La lectura de este minúsculo texto me trae a la mente la película de animación de Ari Folman titulada Vals con Bashir, sobre todo en los momentos finales, donde los protagonistas de ambas historias pasean entre los cadáveres de miles de víctimas inocentes (sus familiares rompiendo en llanto), palestinos refugiados que habían sido torturados hasta la muerte por la vieja falange libanesa, una organización ultraconservadora cristiana a la que habría apoyado secretamente Israel, entregando armas, recursos y dándoles plena libertad para hacer con ellos lo que quisieran.
 
Las matanzas de Sabra y Chatila tuvieron repercusiones importantes a nivel internacional hasta el punto de que el gobierno israelí se vio obligado a reivindicar constantemente su humanidad, defendiendo que en el derramamiento de sangre la incursión de los hebreos no había tenido nada que ver. En el parlamento se llegó a decir lo siguiente: "Unos no-judíos han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne esto a nosotros?" Esta frase heladora contribuye a que Genet derrumbe cualquier pequeño aprecio que pudiera haber tenido anteriormente por el país de Amos Oz y comience a elaborar una imagen romántica de héroe débil que lucha por su libertad en la figura de los fedeyines, los inexpertos soldados palestinos, carentes de medios para hacer frente a un enemigo invasor. Genet entiende que Israel ha pasado de ser el típico chico al que le hacen bullying en el colegio para convertirse en el matón lleno de granos que mete la cabeza de los debiluchos en el retrete. Solo porque no encaja. Solo porque siente que nadie le quiere. Solo porque la tierra que pisa antes no era suya. Porque la reclama como suya y porque no le importa emplear la fuerza para tomarla.

La narración viene acompañada en esta edición de un análisis de Juan Goytisolo, pero mi sorpresa viene cuando descubro que el análisis no es sobre este texto de Genet, sino sobre otro titulado El cautivo enamorado, donde se toman aspectos de Cuatro horas en Chatila, sí, pero que no deja de ser una forma de engrosar el libro lo suficiente como para poder distribuirlo comercialmente. Aunque el texto del francés me ha resultado muy interesante, valioso a nivel personal y necesario a nivel humano y social, las apreciaciones de Goytisolo, con su verborrea sobre otro texto al que no tengo acceso porque aquí no se incluye, me han dejado más frío que una noche de diciembre debajo de la lluvia. Aun así, si os interesa mucho el tema, cogerlo, como yo, de prestado no es mala opción para pasar una tarde y aprender algo sobre un conflicto reciente y al mismo tiempo olvidado en estas latitudes del globo. 



jueves, 6 de septiembre de 2018

El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente, de Vernon Lee




Vernon Lee era el pseudónimo de la escritora e historiadora del arte británica Violet Page, conocida actualmente por sus relatos de terror. Este volumen de Valdemar hace una selección de trece de sus historias (12 narraciones más o menos breves y una novela) empleando como título una de las más famosas y representativas del particular estilo y universo de la autora. Cuenta, además, como suele ser propio de estas maravillosas ediciones de la colección Gótica, con un prólogo documentado y esclarecedor que aporta mucho más que información vacía y spoilers innecesarios del contenido de la obra. En este prólogo de los editores se presenta, entre otras muchas cosas, la mayor contribución de Page/Lee a la teoría estética, que creo que es de especial interés para comprender las decisiones que toma la autora en sus historias. Lee es la principal responsable de introducir la idea de empatía (Einfühlung) en la escuela estética inglesa. Según los editores, esto es que Lee "afirmaba que los espectadores empatizaban con las obras de arte cuando estas despiertan recuerdos y asociaciones, y que con frecuencia estas obras causan cambios de postura corporal y de respiración inconscientes". 

El amor de Lee por el arte es intenso y se vincula con lo espiritual y lo trascendental, muy en consonancia con los escritores románticos varias décadas anteriores a ella. Y está presente en buena parte de estos relatos escogidos. No por nada, ella era quizás la más reputada historiadora del arte inglesa de su tiempo y destacaba por ser una eminencia en el arte renacentista italiano. Lo que no era tampoco nada extraño si entendemos que procedía de una familia liberal adinerada que vivía en el norte de Italia. Buena amante de las Bellas Artes, Lee destaca sobre otros escritores de su época -que yo haya leído- por las cálidas y precisas écfrasis de casas embrujadas, cuadros malditos o estatuas vivientes. Es un auténtico deleite para el lector sentir esa fascinación de los personajes principales a través de la descripción de obras de arte. Lee vuelca su idea de empatía con sus personajes de una manera que se traslada con suma facilidad a quien lee. A pesar de que no vemos a la Virgen de los Siete Puñales en "La Virgen de los Siete Puñales", la devoción de Don Juan nos hace una idea de la belleza de la escultura. Aunque no vemos el cuadro de sora Lena en "La leyenda de Madame Krasinska" ni el tapiz que representa al antepasado del príncipe Alberico con la dama Serpiente en "El príncipe Alberico y la dama Serpiente" Lee consigue meternos de lleno en un historia tan alejada a través de las sensaciones y sentimientos, muchas veces irracionales, de los personajes. Y a partir de este juego nos carga de energías e interés por el arte, una fuerza que hallándose en la propia autora quiere expandirse hacia los demás. 

Funciona con construcciones arquitectónicas, con arte figurativo y también con composiciones musicales. Dos son los relatos que tienen como motor principal la obsesión de su protagonista con una determinada melodía de hace más de cien años: "La voz maldita" y "La aventura de Winthrop". El primero de ellos es una reconstrucción del segundo, aunque en lo personal prefiero la complejidad de "La aventura de Winthrop", cuyo protagonista se me hace mucho menos desagradable y por el cual verdaderamente podría llegar a preocuparme. Para ambos protagonistas, como ocurre en la mayor parte de los relatos aquí reunidos, el arte es su medio de sustento. Si bien el personaje de "La voz maldita" es un aclamado compositor que detesta a los cantantes y que va a sufrir la tortura de tener a uno metido en la cabeza por ultrajar su memoria después de morir, Winthrop es un sensible pintor que decidido a investigar los extraños acontecimientos vinculados con cierta partitura de un retrato de un convento se ve sumergido en toda una oleada de situaciones paranormales, que implica pasar una noche en una casa donde dicen que duerme el demonio. El arte, emplee el medio que emplee, es un atenuante en Lee que aproxima a las personas al mundo de lo sobrenatural, de lo místico y de lo incomprensible.

Lee recurre a una mitología compleja donde lo considerado sagradamente cristiano se entreteje con el viejo y olvidado paganismo de la Edad Antigua mediterránea. Salvo el homenaje a los clásicos en la lengua árabe medieval que hace Lee en "La Virgen de los Siete Puñales", el imaginario religioso está poderosamente indexado con la mitología grecorromana. "Dionea" es un relato sobre la voracidad de la lujuria, pero sin dejar de ser un homenaje a la diosa Afrodita, reencarnada aquí en una joven náufraga arrastrada por la marea hasta la orilla de una pequeña villa italiana. En "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente" se habla de la maldición de las Lamias y su pesar. Como curiosidad he de señalar que la  historia me ha recordado en cierta medida a la de "La Bella y la Bestia". Añadiendo el detalle de la maldición, en ambas tramas se habla de lo inexplicable del amor y de las locuras que estamos dispuestos algunos seres humanos a afrontar por él. En "San Eudemón y el naranjo" podemos incluso presenciar una metaformosis muy en la línea de Ovidio. Aunque, probablemente donde mejor se trabaja esta mezcla de mundos sea en "Marsias en Flandes". Aquí Lee profundiza con más ahínco en la problemática de la apropiación por parte del cristianismo de todo un espectro de elementos procedente de las antiguas mitologías paganas. 

Lee describe sin muchos aspavientos toda una caterva de personajes mágicos donde destacan especialmente los fantasmas, seres que fallecieron hace mucho tiempo y que esperan la llegada de un imbécil para conseguir algo de él. Se aprovechan para ello de la leyenda de su belleza ("Amour Dure", "La Virgen de los Siete Puñales" o "Oke de Okehurst"). En esta línea "Oke de Okehurst", la única de las historias que podría llegar a considerarse novela por su extensión si llegase el caso, es especialmente interesante por su óptica feminista al situar a una mujer como sujeto deseante y no como objeto deseado, lo que era extraño en la época en este tipo de historias. Con los fantasmas también hay lamias (la Dama Serpiente y su maldición es el principal ejemplo de estas), sátiros (el diminuto Marsias es presentado en "Marsias en Flandes" como responsable de numerosos destrozos), almas atrapadas en muñecas de tamaño real (como ocurre en "La muñeca"), amazonas ("El papa Jacinto") e incluso ángeles, demonios, monstruos y Lucifer en persona ("El papa Jacinto").

De entre los temas recurrentes que encontramos por aquí los más destacables y habituales en la literatura de terror y fantástica de la época están, cómo no, presentes. Tenemos las desdobleces propias de "William Wilson" y "El doctor Jeckyll y Mr. Hyde" en casi la mayor parte de los relatos. En al menos seis de estos Lee juega a desdoblar personajes y unirlos por el destino de sus nombres ("Dionea", "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente", "La leyenda de madame Krasinska", "La muñeca", "La Dama y la Muerte" y "Oke de Okehurst"). Tenemos también pactos con el demonio o con dioses no demasiado confiables ("La Virgen de los Siete Puñales", "El Papa Jacinto", "Amour Dure" y "La Dama y la Muerte").  La obsesión con objetos malditos (especialmente obras de arte) como motor vehicular de las narraciones ("Dionea", "La muñeca", "Amour Dure", "La aventura de Whintrop", "San Eudemón y el naranjo"). También hay femmes fatales de la que los personajes más idiotas se enamoran románticamente, juglarescamente ("Amour Dure" es el mejor ejemplo, pero no hay que despreciar por ello a "Dionea" ni a "La leyenda de madame Krasinska", donde se introduce muy subrépticiamente una historia que podría ser de amor lésbico entre una aristócrata y una monja muerta).

Me queda muchísimo por comentar, como que "La Virgen de los Siete Puñales" es una continuación/homenaje al mito español de Don Juan (no por nada la acción de sitúa en Granada) o la amplitud de reminiscencias bíblicas que puede tener un relato como "El papa Jacinto", pero tampoco quiero alargar esta reseña más de lo debido. Destaco "La muñeca" como mi narración favorita de la colección por su estructura y propuesta moderna y poderosa. Lo cierto es que las historias tienen tantísimo contenido que no sería ninguna tontería hacer una reseña de cada uno. Como podréis intuir por este comentario y por los anteriores arriba presentados, he disfrutado y aprendido inmensamente con esta lectura y pretendo recomendárosla con el mismo entusiasmo que su autora. No deja a nadie insatisfecho y, a pesar de sus numerosos niveles de lectura, es más que asequible para cualquiera. Lo podría llegar a considerar de lectura obligatoria para los amantes del terror y la fantasía finisecular. Tenéis una extensísima reseña de esta obra relato por relato en La mano del extranjero.



domingo, 19 de agosto de 2018

Kitchen, de Banana Yoshimoto




Voy a seros franco, este libro ha resultado para mí una decepción. Me ha costado acabarlo. Y eso que son tres cuentecillos de nada. Pero, qué queréis que os diga, es más anodino que un plato de arroz. Kitchen genera muchas expectativas después de todos sus premios y del reconocimiento inmediato de su autora, pero el contenido dista mucho de lo prometido. Banana Yoshimoto (curioso nombre, por cierto) con el tiempo fue consciente de los múltiples fallos que tiene Kitchen. A saber: personajes arquetípicos planos, situaciones weird inverosímiles que no llevan a ningún lado, diálogos simplones (cuasi)adolescentes, falta de intriga y de acción, excesivo melodrama,... Por lo cual, nos pide perdón a todos los lectores en un epílogo añadido en esta edición de Tusquets. Yoshimoto se ampara en que era joven y no tenía experiencia previa en la escritura de ficción. Lógico, estos relatos salieron cuando tenía 22 años y los había escrito mientras estaba trabajando de camarera. Como también estudiaba, pues ya os imaginaréis el tiempo que le quedaba para repasar el manuscrito. Faulkner decía que un escritor joven debe leer muchísimo para poder siquiera escribir una línea, pero ya me diréis el tiempo que podía tener la pobre Banana en esa época para leer cualquier cosa. Me imagino que relativamente poco. No quiero con ello defenderla. El libro es el que es. Salvación para mí no tiene. Sin embargo, mientras lo leí me dió la sensación de que quizás podría ser tremendamente útil para un público objetivo cerrado, quiero decir, para lectores adolescentes. Los teenagers son expertos en el melodrama y de esto ¡hay tanto en Yoshimoto! Sentía que si hubiera leído Kitchen hace siete u ocho años lo habría alzado como mi libro favorito. Por eso, reitero, que para mí haya sido decepcionante, no implica que no pueda ser útil para un lector joven que se esté iniciando en la literatura y que pueda saltar de aquí a un Kawabata o a un Tanizaki. 

Kitchen es una propuesta bizarra. En el sentido literal de la palabra ("valiente") y también en el coloquial ("extraña, atípica"). Trata de personas que se sienten solas tras la pérdida de numerosos seres queridos, personas demasiado jóvenes para aguantar tanto trauma y que se unen para poder combatirlos a través de la fuerza inexorable del amor, personas que a veces pierden los nervios y rozan la demencia sin entrar del todo en ella. La narración es de una frialdad ósea y minimalista, con múltiples referencias a la cultura popular japonesa y un aura de cursilería poco convincente. Parece un libro de relatos, pero dos de ellos tienen continuidad, lo que nos deja la sensación de leer una medionovela y un relato corto. Historias breves, demasiado breves para poder empatizar un poco. Historias donde todos los personajes tienen el mismo puñetero problema y sus diferentes formas de afrontarlo, lo cual debería acabar siendo la chicha sin llegar a serlo. El "final" de la "medionovela" tampoco aporta nada y el posterior relato corto (titulado "Moonlight Shadow") siente en sus protagonistas un calco innecesario de los anteriores. ¿La diferencia? Una ligera introducción de mecanismos propios de la literatura fantástica con la que trata de justificar su existencia sin despertar ninguna sorpresa. Por el contrario, lo vuelve más previsible si cabe.

A pesar de esta sensación de pérdida de tiempo, puede que me atreva a repetir con la autora en un futuro. Quiero pensar que las disculpas del epílogo se producen tras la madurez de Yoshimoto como escritora y que su obra posterior mejora considerablemente. ¿Tenéis alguna idea? Si habéis leído alguna otra cosa de la autora no dudéis en dejarme vuestras sensaciones en el cajón de comentarios. Me ayudaría bastante. Tenéis más reseñas de Kitchen en Memo Valera, Adopta una autora, y A través del espejo, todas ellas fuera de mi blogosfera habitual, todas ellas muy positivas. Gracias a Un libro al día me queda la seguridad de no ser el único al que no le ha gustado.



lunes, 13 de agosto de 2018

Tres desconocidas, de Patrick Modiano



Me inicio en la lectura del premio Nobel francés con su libro de relatos titulado Tres desconocidas. Consta de tres historias protagonizadas por personajes femeninos con características comunes. Las tres son jóvenes, las tres tienen vidas anónimas, las tres viven en los años 1960s y las tres tienen una experiencia que las ayudará a dar el definitivo salto a la edad adulta en algún punto de la geografía urbana francesa. 

La primera de ellas es una chica que sueña con ser modelo, pero que tras presentarse a su primera entrevista de trabajo como maniquí viviente y ser rechazada tendrá que cambiar de aires. Por ello se queda en París, en casa de una mujer que conoció en un reciente viaje a la costa del Sol. El clima es extraño, pero es mejor que afrontar el fracaso y volver a Lyon con las manos vacías. De las reuniones con esta mujer pronto le saldrá un particular ligue. Gus Vincent, nombre falso de un criminal en busca y captura, la admite como su maniquí personal, comprándole todo tipo de joyas y paseándola por los lugares más elegantes de Europa. Cuando la pompa del sueño creado por Vincent se rompa, a nuestro personaje le quedarán dos opciones: rendirse o huir. 

La segunda historia habla de una chica huérfana de padre que, despreciada por su madre, es abandonada a su suerte en un internado. Los días son grises y hay rabia en sus ojos. Crece en ella un odio que nadie puede sofocar. Para colmo, cuando trata de ganarse la vida como limpiadora y canguro, los adinerados burgueses, de vida fácil, intentan abusar de ella y en ciertas ocasiones lo consiguen. 

La tercera historia es algo distinta, pero también más original. Una chica inglesa accede a cuidar del apartamento de un amigo austríaco mientras este se va de vacaciones a España. El estudio se encuentra en el centro de París, en un lugar en principio privilegiado. Ella espera encontrar allí la forma de continuar adelante con su vida tras la pérdida de su pareja. Sin embargo, se topa con una calle ruidosa por el sonido continuo de lamentos que cada mañana dejan los caballos que son sacrificados en las inmediaciones. Para paliar este dolor, acrecentado por la soledad, acaba entrando en una especie de secta espiritual, misteriosa y presumiblemente peligrosa. 

En las tres, Modiano trata de crear distintas voces jóvenes femeninas que suenan muy convincentes. Este suele ser un reto para los escritores masculinos porque al no haber experimentado lo que es ser mujer no suelen sentirse cómodos redactando historias a través de esta perspectiva. A mí me da la sensación de que Modiano no solo lo logra, sino que además se centra en una gran cantidad de problemas que sufren en exclusiva las mujeres. Se denuncia las continuas trabas para la falta de independencia en los tres relatos, como el hombre abusa de la situación porque el sistema patriarcal se lo permite. Denuncia también, sobre todo en el primer relato, la construcción mental de la mujer por la sociedad que le hace preocuparse excesivamente por su imagen y por llegar a ser un modelo de belleza. En el segundo habla no solo de abusos machistas, sino también de abusos entre distintas clases sociales, lo cual creo que es un acierto al no reducir la complejidad de un tema que da para mucho. En el tercero de los relatos, la escena del estudio de fotografía es totalmente indignante para cualquier lector con un mínimo de empatía. En ella podemos ver cómo la intimidad de las mujeres se ve atacada a diario.  Y es que Modiano enfrenta a sus mujeres a un mundo de hombres, donde ellos ejercen el poder y ellas no disponen de suficientes medios para defenderse en ningún momento. 

Las tres protagonistas muestran una cierta humanidad. Se preocupan por su entorno y por las personas. Pecan de la ingenuidad propia de la edad y caen en redes de odio: la primera se ve envuelta en el crimen organizado, la segunda en una violación de la que defenderse traerá consecuencias y la tercera en una secta de dudosos objetivos espirituales. Son personajes sólidamente construidos y coherentes con las premisas que se establecen. Modiano selecciona vidas repetidas mil veces, pero que resultan extraordinarias por la forma en la que son mostradas y por no ser mostradas muy a menudo. En general este libro me ha recordado mucho a Boy, Snow, Bird, novela fragmentaria de Helen Oyeyemi sobre la juventud de tres mujeres que se ambienta temporalmente, aunque no espacialmente, en la misma época. Y aunque ambas son dos obras narrativas muy buenas y tocan temas comunes, la estructuración y el tratamiento es muy distinto. 

Lo que más me ha llamado la atención de Modiano es su facilidad para conectar ideas. Su estilo se basa en frases muy cortas sacadas de un importante proceso de depuración de la escritura. Limpia sus frases de molestias y deja en el lector la sensación de una novela escrita a pinceladas, a retazos de conceptos que se presentan ante uno con toda su plasticidad. Os dejo un ejemplo sacado del segundo de los relatos y me despido deseándoos felices lecturas:
"Después de levantarnos y asearnos, íbamos a la capilla. Luego, una hora al aula de estudio. Luego el desayuno en el refectorio. Café con leche sin azúcar y pan sin mantequilla. Solo un poco de mermelada. Otra vez al aula de estudio. Después un recreo a eso de las once. Otra vez a clase. La comida. El recreo y la merienda, una rebanada de pan y una onza de chocolate negro. El estudio de última hora de la tarde. En la cena sólo se tomaba un plato, polenta. Carne, nunca. La capilla. La hora de acostarse. Y todo volvía a empezar a la mañana siguiente"
Tenéis más reseñas en Un libro al día, La Tormenta en un vaso y en Écfrasis.