viernes, 15 de enero de 2021

La uruguaya, de Pedro Mairal

 


Lucas es un escritor bonaerense cuarentón que vive con su mujer, Catalina, y su hijo de corta edad, Maiko. Cada cierto tiempo acude a Montevideo a bordo de un ferry para extraer del banco ciertos pagos por novelas que acuerda escribir para editoriales españoles, pero que no siempre entrega a tiempo. El viaje no es en balde, si retirara el importe en Argentina, la fiscalía se quedaría con casi un sesenta por ciento de las ganancias. Por ello, hace de mula, cargando más billetes de los que debe en la ropa interior y buscando mil formas de burlar a los controles aduaneros. En uno de estos viajes, aprovechando un congreso de literatura en la capital uruguaya, conoce a una chica por la que siente cierta atracción. Lucas sabe que desde hace algún tiempo su mujer mantiene encuentros sexuales con otra persona. Cree que le ha llegado el momento, cree que ha tenido suerte. ¡Menudo desdichado!

La uruguaya es una novela ágil, en sintonía con otras de Pedro Mairal. Destaca por sus diálogos y por el desarrollo de la psicología interna de los personajes con pocas frases, pero muy contundentes. 

En ella sobresalen las relaciones entre narrador y narratario. Todos sabemos que un autor escribe para un lector que existe en la vida real y que es, por lo general, de naturaleza indefinida. Quiero decir, depende de la obra hay unos patrones claros. Por ejemplo, no tiene demasiado sentido apelar al lector usando pronombres masculinos en un libro para embarazadas. Esto no quiere decir que todas las personas que vayan a leer ese libro sean mujeres, pero la lectora ideal del propuesto por el escritor/a lo es. En cualquier caso, lo importante es que en toda obra, sea del índole que sea, hay un autor (o autores) y lectores, ideales y reales. A este esquema simple, habría que sumarle el del narrador y el narratario en las obras de ficción. En La uruguaya el narrador es el propio Lucas, que relata su experiencia en primera persona, pero lo hace con el fin de comunicarse con el narratario (Catalina) para, aparentemente, pedir su perdón.

Hay que dejar en claro dos cosas, puede que Lucas acabe muy mal parado al final de la obra, pero hasta cierto punto no le importa tanto humillarse ante Catalina como humillarla. Los detalles eróticos que le revelaría si el largo texto que escribe llegase a sus manos son verdaderamente hirientes, a pesar de que trate de compensarlo al final diciendo que la quiere. Lucas yerra, se comporta como un iluso y actúa en venganza. Y lo peor de todo, una vez la acción acaba y se sienta a escribir el relato que los lectores estamos leyendo desde el principio, sabemos que su venganza no ha concluido y que aún pretende reclamarla.

Sin embargo, esto es una interpretación. De si la intención de Lucas es entregar su texto a Catalina o no, puede desprenderse otra: la de que Lucas escriba el texto para sí mismo, pero aluda a Catalina en segunda persona como una parte de sí mismo. Ya en la obra se comenta varias veces la cuestión de la bicefalia de las parejas sentimentales. Se comparten hábitos, comidas, películas, amistades, sexo, etc. Hay una negación de la intimidad en un principio que se pierde cuando una de las cabezas trata de recuperarla. Dependiendo de lo que se quiera dejar de compartir esto puede llevar a la hecatombe para la pareja. La escasa madurez puede invitar a la afloración de los celos, como le ocurre a Lucas en su primera venganza. Si las alusiones a Catalina son alusiones a sí mismos, estamos ante un nostálgico como el final de la obra parece indicarnos.

Podría comentar varias cuestiones más, pero este punto ha sido el que más ha llamado mi atención de toda la obra por su ambigüedad. Ya sabéis que pienso que cuanto más ambigua sea una obra más poderosamente literaria me parece. Por lo demás, es una historia entretenida, pero sin momentos sobresalientes.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Pedro Mairal en esta esquina: Una noche con Sabrina Love


domingo, 10 de enero de 2021

La voluntad, de José Martínez Ruiz "Azorín"

 


En los últimos años hemos visto que la autoficción se ha puesto de moda, pero lo que no muchos saben es que en España, al menos, contamos con precedentes claros de hace más de un siglo. Hoy nos toca hablar de José Martínez Ruiz, y la que es, tal vez, su obra más famosa: La voluntad (1902). Se trata de una novela estructurada en tres partes y que narra el paso de la juventud a la adultez del mítico personaje de Azorín. La ideología del autor va de la mano con el personaje, que al igual que Yevguéni Bazárov en Padres e hijos, pretende ser una figura representativa de la juventud intelectual de una generación, en este caso, la que vivió el Desastre del 98 como punto culminante de las continuas crisis que asolaron España a finales del siglo XIX y que la dejaron tocada durante el primer tercio, al menos, del siglo XX.

Azorín es un joven enamorado, caricatura de la vieja novela sentimental del siglo XV. La relación que mantiene con Justina es clandestina, pero imposible. El padre de la muchacha no es rey como en Cárcel de Amor o Grisel y Mirabella, pero tiene el poder suficiente para separarlos. Convence a su hija adolescente de ingresar a un convento y alejarse de la perversa influencia del pensamiento revolucionario de su amante. Azorín cree en el progreso, pero ve su futuro truncado. Al menos, dice, el pueblo de Yecla no le es totalmente hostil.

Tiene la suerte de contar con un maestro, un hombre llamado Yuste, que destaca por ser un filósofo fracasado y mayor, gran promesa en sus años mozos, pero complemente incapaz de redactar una gran obra que lo encumbre. Todo lo que hace son apreciaciones, comentarios inconexos incapaces de ser hilados en un discurso unitario. Pero esto no le importa a Azorín; su mera presencia y el cariño que le ha agarrado al chaval es para él suficiente para ser admirado y colocado entre sus pensadores predilectos.

La primera parte versará sobre las relaciones entre estos tres personajes. La definitiva muerte de Yuste y Justina, obligarán a Azorín a escapar del pueblo. Cree que en Madrid encontrará a intelectuales como él con los que intercambiar opiniones, con los que filosofar y comentar lecturas de la más pura tradición española. Se lanza a la bohemia, pero su corazón ya está dolido. Él ya lo sabe, su experiencia vital le ha arrebatado, como a su maestro, toda voluntad.

Estamos ante una novela determinista. Azorín se vuelve un ser abúlico porque sus esperanzas se han visto dinamitadas con el devenir social. Su pueblo, Yecla, es un trasunto de la abulia misma. La obra se inicia con el levantamiento de una catedral en la localidad al más puro estilo escolástico: cada ciudadano en sus ratos libres acude para acarrear piedras arriba y abajo. Y lo hacen en pleno siglo XX. Evidentemente, la obra se deja a la mitad. Los yeclanos quieren ser salvados, pero son incapaces de tener la constancia para completar tal fin y, por ello, viven de la excusa, de la frustración y del hastío vital. Justina sabe que su conversión es incapaz de redimirla de cualquier acto, sospecha que todo es una mentira y pierde la fe a medio camino. Yuste se desquita de su carrera truncada por la pereza atacando a otros que han encontrado mejor suerte. Y Azorín... bueno, termina por rendirse. Pasa las noches en Madrid de un lado para otro, frecuenta cafés, escribe para importantes diarios, pero sabe que para ser respetado en el mundillo de la literatura necesita una novela que lo avale. Prueba una y otra vez... Todo cuanto escribe se encuentra tan lejos de lo que considera sus grandes referentes... No hay nada del Arcipreste de Hita en su obra, nada de Mariano José de Larra, nada de Fray Luis de León, nada de nada.

Por estas fechas, José Martínez Ruiz, que acabaría adoptando el pseudónimo de Azorín y que nació y se crio en Monávar (localidad cercana a Yecla), también ejercía de crítico artístico y literario para diversos periódicos y revistas culturales. Era famoso, como lo es el Azorín del libro, por su amistad con Baroja, un autor muy atacado en esas fechas por su estilo plagado de incorrecciones. Las opiniones y vivencias del Azorín del libro son, hasta cierto punto, las mismas que las del Azorín de carne y hueso. Incluso los comentarios de diversa índole que se trasladan a sus páginas pertenecen a textos auténticos que firmó el propio Martínez Ruiz. De la misma forma, también formó parte de los eventos literarios y sociales en los que participa el Azorín ficticio. Sin embargo, Martínez Ruiz, a pesar de su tremendo pesimismo, corrió mejor suerte. No es que La voluntad fuera un éxito, pero no tuvo mala acogida y a raíz de su publicación, comenzó a ser respetado.

Esta es una novela que forma parte de una trilogía, completada por Antonio Azorín y Confesiones de un pequeño filósofo y que, según tengo entendido, continúan con las aventuras del protagonista, en las que quizás se reponga de alguna forma u otra. Lo cierto es que el final de la obrita no puede ser más desalentador. Azorín es un muerto viviente. Un ser privado de toda capacidad para tomar cualquier decisión. Como él mismo comenta, hay quienes viven cien vidas y a otros les toca vivir solo media o, a lo sumo, una cuarta. Él es uno de ellos, espera pacientemente a que su cuerpo se desgaste y disfruta del tormento de un suicidio lento y angustioso, que ya ha sabido aceptar con calma. Es consciente de que no volverá a reunirse con sus seres queridos. Es consciente de que no escribirá su gran obra, de que quedarán las ruinas de esta, como las de la catedral de Yecla, para que otro las concluya.

Como podéis apreciar, se trata de una obra rematadamente triste y que va muy en consonancia con el pensamiento de la Generación del 98. La abulia de Azorín es la abulia de España, una nación incapaz de actuar, donde cada vez que se comienza una revolución, la mayoría desiste y la pervierte a medio camino. En sus tramos finales, sorprende por la honradez y la actualidad de dichas premisas. Parecen opiniones sacadas de cualquier artículo que pudiera haber aparecido en el periódico antes de ayer, solo que formuladas hace más de cien años.

El resto de la novela ya es otro cantar. Se dice que el escritor español que interioriza mejor la corriente pictórica conocida como el impresionismo es, precisamente, José Martínez Ruiz. El texto está plagado de écfrasis muy detalladas sobre espacios y objetos, así como de reflexiones anecdóticas que le dan a la novela un carácter próximo al dietario. Por otro lado, la obra puede resultar pesada por la profusión de referencias culturales a personajes, obras de arte y textos jurídicos, religiosos y literarios. Da la casualidad de que he podido leer la edición de Cátedra, donde abundan notas al pie que te resuelven a grandes rasgos las principales dudas que un texto de esta índole pueda generar, pero aún así, no se hace una lectura accesible al lector contemporáneo. Muchas veces, la necesidad de detenerse a leer dichas notas (casi doscientas) cortan el ritmo de la narración en más ocasiones de las que le gustará a un lector que sencillamente busque relajarse. También hay que añadir que se trata de una obra con un comienzo demasiado abrupto y que no termina de arrancar del todo hasta que no acaba la primera parte. De hecho, esta me parece de lejos la más floja e insulsa. 

Por ello, dejo esta lectura a vuestra elección. A pesar de estos contratiempos, he de decir que he podido disfrutarla, aunque no se puede decir que me haya entusiasmado ningún momento, salvo las tras cartas que componen el epílogo y que me parecen lo mejorcito de toda la obra.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.



viernes, 25 de diciembre de 2020

Mis lecturas favoritas de 2020

 


Este ha sido el año en el que más libros he podido leer. La pandemia mundial nos ha obligado a permanecer más tiempo del que nos gustaría a muchos en casa y, como tantos otros, he destinado buena parte de ese tiempo a la lectura. A pesar de eso, mis elecciones han estado muy condicionadas por dos factores: la inminente Oposición al Cuerpo Docente de Secundaria y la elaboración de mi Trabajo Fin de Máster sobre splatterpunk en español. Por todo ello, es lógico la gran cantidad de reseñas de literatura española que ha ido apareciendo en esta esquina desde que en enero decidí volver a retomar este espacio. Este también es, en buena parte, el motivo de la falta de equidad entre autores y autoras leídos y la escasez de literatura extranjera reseñada. A pesar de ello, he podido leer a varios clásicos universales, reconciliarme con alguno, descubrir nuevas autoras y organizar un mes temático a la ciencia ficción (que se repetirá el año que viene). La lista de libros leídos alcanza los 71 títulos (42 más que el año anterior), por lo que, en general, estoy muy contento.

He leído 19 libros escritos por mujeres y 50 escritos por hombres, más dos novelas escritas a ocho manos donde participan tres autores y una autora.

Como es habitual, el género más leído y reseñado sigue siendo la novela. He leído 53 novelas y reseñado 42. Le sigue el libro de relatos: 14 leídos y 8 reseñados. Además, he leído un ensayo político, dos obras de teatro y un poemario. 

Dicho esto, les dejo con las que han sido mis lecturas del año.


David Copperfield, de Charles Dickens


El resto de lecturas de esta lista ocuparían un merecido segundo lugar si esto se tratara de un ranking. Ya lo dije en la reseña, David Copperfield no solo es una de mis mejores lecturas del año, sino una de las más memorables novelas que he leído en mi vida. Con razón era la obra predilecta de un clásico entre los clásicos como es Charles Dickens. Si no saben qué regalar en la mañana de Reyes, esta puede ser una brillante elección. Y, además,... ¡viene ilustrada!









La isla y los demonios, de Carmen Laforet


2021 será el año de Carmen Laforet y, aunque La isla y los demonios está un par de peldaños por debajo de Nada, no deja de ser una novela magnífica sobre la vida en la posguerra española. Especialmente destinada a quienes vivan en las Islas Canarias o hayan parado alguna vez en ellas y guarden buenos recuerdos.











Marionetas de sangre, de Juan Díaz Olmedo


Si lo que buscas es una novela de horror diferente que se sumerja en el mundo gótico y que cuente con unas protagonistas llenas de carisma, muy posiblemente esta sea tu novela. Marionetas de sangre es una reformulación del mito del vampiro (o, mejor dicho, de las vampiresas) mediante el uso de una trama realista y llena de ambigüedades.











Padres e hijos, de Iván S. Turguénev


La novela rusa más europea de todo el siglo XIX sigue resultando fresca y enamora por la complejidad de los personajes, aunque ya sabéis de mi debilidad por ciertos clásicos rusos. 












El mundo interior, de Robert Silverberg


Con esta novela abrimos el mes de la ciencia ficción en octubre. Como ya dije en su momento, el urbanismo es un tema que me encanta, lo que hacía muy evidente que esta novela me fuera a gustar. A todo ello se le suma la ambientación distópica y los momentos totalmente alucinados de una trama donde los personajes son pequeñas hormigas esclavas de un sistema que acabará resultando su ruina.










El cuento de la criada, de Margaret Atwood


Continuando con el mes de la ciencia ficción, también pude leer esta emblemática novela de Margaret Atwood. He decir que, a pesar de estar aquí, me hubiera gustado mucho más si no me hubiera visto antes la serie de Hulu. No obstante, son los pequeños cambios con respecto a esta (que solo se pueden llevar a cabo en un libro) los que la hacen destacar sobre el resto.










Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin


El subtítulo debería ser algo así como "densa, pero compensa". Esta novela es una absoluta maravilla por todos los planteamientos previos que tiene el lector y que se ven removidos por las distintas acciones y reflexiones de los personajes, en especial del protagonista, ese científico anarquista que tiene la fórmula secreta para que sus vecinos capitalistas gobiernen el universo.










El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde


Otro clásico más. Y es que me cuesta mucho dejarlos fuera porque los clásicos suelen serlo por algo. En este caso estamos ante la novela decadente por excelencia y uno de los mejores ejemplos de la estética modernista. Es la única novela de su autor, pero en ella sintetiza buena parte de su pensamiento, al tiempo que construye una trama y unos personajes verdaderamente memorables.










Pájaros de América, de Lorrie Moore


Un conjunto de relatos inquietantes sobre la sociedad estadounidense en pleno cambio de milenio. Sorprende por la calidad de los mismos y por el mal cuerpo que dejan tras ser leídos. Un gran descubrimiento, sin duda.



















Otras obras muy destacables que he leído este año son:

  • Hela, de José Ángel Conde
  • Código binario, de Fernando Codina
  • Cuentos completos, de Carmen Martín Gaite
  • N.P., de Banana Yoshimoto
  • Gritos sucios: una antología splatterpunk, VV. AA.
  • La dama del lago, de Raymond Chandler
  • El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith
  • La cruz y el cerdo, de Nieves Guijarro Briones
  • El camino, de Miguel Delibes
  • Psicosis, de Robert Bloch
  • La institución, de Jorge P. López

Este año, todas las obras de la lista (salvo Gritos sucios y La institución) han sido debidamente reseñadas y podéis encontrarlas en la esquina por si queréis indagar en alguna de ellas.

La esquina volverá en enero.
Felices fiestas y feliz año.

viernes, 18 de diciembre de 2020

El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith

 


Aprovechando que recientemente Anagrama ha decidido sacar a la venta en dos volúmenes toda la saga de Tom Ripley, el escurridizo criminal de Patricia Highsmith, he decidido ir leyendo cada una de sus novelas (las dos primeras de nuevo) al ritmo de una por mes para no saturarme y dejar espacio a otras lecturas que también podrían interesarme por sí mismas, por ser clásicos de la narrativa en español que debo estudiar para mis oposiciones o por resultar vitales para el doctorado que quiero comenzar el curso siguiente en la Universidad de Cádiz. Por eso, hoy os traigo una reseña del inicio de todo: El talento de Mr. Ripley.

Estamos ante una novela policíaca peculiar y que recuerda a tantas otras que no suelen contemplarse dentro de este género como, la recientemente reseñada aquí, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde o Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski. El punto de unión de estas tres obras es su foco. El protagonista sobre el que posa su mirada el narrador, ya sea en primera persona como en Crimen y castigo o en tercera como El retrato de Dorian Gray o El talento de Mr. Ripley, es el malhechor, un hombre que comete un asesinato (o varios) con el fin de mantener una posición que no le pertenece, pero que considera merecida. La investigación policial va por otros cauces y el protagonista tiene que anticiparse a ella para poder salvar el pellejo. De ahí, el talento para la estafa. Raskolnikov, Dorian Gray y Tom Ripley son farsantes, maravillosos actores capaces de sudar la gota gorda mientras fingen hasta extremos que los llevan a la desesperación más absoluta. Pero si hay un actor que destaca por encima de estos tres ese es, sin duda, el personaje de Highsmith.

Que Ripley se gana la vida engañando es algo que sabemos ya desde el primer capítulo de la novela. Antes de viajar a Mongibello, Ripley ya es consciente de que alguien lo persigue por sus numerosos fraudes. Recibe llamadas amenazadoras y malvive en un piso franco desde donde se hace pasar por una compañía estatal en la que habría trabajado para agenciarse un dinero que, por supuesto, no es suyo. La aparición de Herbert Greenleaf en el bar de Nueva York en el capítulo uno es vista por Ripley al principio como un peligro. Tom no es consciente del número de personas a las que ha estafado y no sabe quién podría ser ese hombre robusto y entrado en años, pero cuando habla con él sus ojos chisporrotean. Se le concede la oportunidad de marcharse, de abandonar América con dinero de otro para cumplir una misión que no tiene ninguna intención de llevar a buen puerto, aunque insista en aparentar lo contrario. Herbert le habla de su familia, de su esposa gravemente enferma y de su hijo, un niño pijo que vive en un pueblucho en el sur de Italia y que se niega a volver y asumir responsabilidades como alto cargo de la empresa de construcción de barcos paterna. Tom finge mantener una amistad mayor de la que realmente tiene con Dickie, el joven en cuestión, cuando realmente casi ni se conocen. De hecho, el propio Dickie no sabrá bien quien es cuando lo vea en Mongibello. Porque, por supuesto, Tom se presenta allí, trata de congeniar con el joven, pero no es hasta que le confiesa a Dickie los motivos por los que le envía su padre que este no lo acepta. Ya ha llegado su perdición. Es demasiado tarde.

A partir de aquí, Tom y Dickie se vuelven amigos del alma hasta el punto de que el joven Greenleaf le permite vivir en su casa sin pagar un duro siempre y cuando puedan gastarse juntos en juergas el dinero que le ha dado su padre para llevarlo de vuelta. Tom quiere descaradamente vivir a costa de los Greenleaf, pero hay algo que se lo impide: la desconfianza de la mejor amiga de Dickie, Marge Sherwood. Marge es una joven escritora, fantasiosa y enamorada en secreto de Dickie. Tom conoce sus intenciones, sabe que su presencia hace que se sienta desplazada. Y esto da lugar a un enfrentamiento entre Marge y Dickie y, posteriormente, entre Dickie y Tom.

Marge sospecha de la homosexualidad de Tom. Y lo cierto es que Tom muestra comportamientos de una orientación sexual ambigua durante la obra. En cierto momento de la novela parece definirse como bisexual, a pesar de que en esta parece mostrar una obsesión enfermiza por Dickie y por los cuerpos masculinos, que lo lleva más allá de la atracción, así como un desprecio denostado por la mujer, hasta el punto de que podría considerarse misógino en algunos tramos. En la siguiente obra, La máscara de Ripley, cualquier alusión a la homosexualidad de Ripley desaparecerá y se presentará como un hombre marcadamente heterosexual, que tendrá hasta una pareja femenina. Sin embargo, eso ya es otra novela.

Como indiqué antes, Tom es el perfecto actor. Un embustero de manual. Es tremendamente observador y capaz de representar a la perfección la gestualidad de otras personas. Sumado esto a la obsesión que pronto genera con ser Dickie Greenleaf y vivir como él vive, podrido de dinero y viajando constantemente por toda Europa, tenemos el germen del asesino y del suplantador perfecto. Cuando todo se le tuerza, Tom buscará la forma de cumplir su sueño de ser otro mejor, y, si tiene que matar y engañarlos a todos. esto solo supondrá un problema para sus frágiles nervios. Le avala el tremendo parecido entre Dickie y él, y eso puede ser suficiente para despistar a la policía y a la prensa de toda Italia.

El talento de Mr. Ripley es un clásico de la gestión de la intriga; además de ser, por la forma en la que está narrada, una de las novelas negras que mejor profundizan en la psicología del criminal. Esto va en consonancia con el resto de la obra de Highsmith, donde la preocupación por cómo el ser humano es llevado a situaciones extremas y a cometer actos como el asesinato es total. La predisposición hacia el crimen está en el ser humano, pero se acrecienta con la miseria y la injusticia social. Ripley es un solitario, como su autora, por su orientación sexual. Marginado y vejado desde niño por su familia, que lo llama abiertamente "maricón", ha tenido que fingir constantemente para granjearse el afecto de unos pocos en una sociedad que lo desprecia, sabiendo devolver ese desprecio con otro aún más grande. No se siente culpable de mentir ni de estafar, cree que está en su derecho por todo lo que ha sufrido. Su única preocupación es que no lo atrapen y la añoranza de lo que pudo haber sido y no fue. Un personaje memorable para una novela también memorable. Aunque esto es solo el inicio. Cada mes tendréis una nueva reseña, más larga o más breve, con cada una de sus aventuras. La siguiente es La máscara de Ripley, que ya estaba reseñada en esta esquina, pero cuya entrada he retirado porque a día de hoy no estoy muy a gusto con cómo quedó finalmente.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Patricia Highsmith en esta esquina: La celda de cristal




viernes, 11 de diciembre de 2020

La cruz y el cerdo, de Nieves Guijarro Briones



Ya hablé de Nieves Guijarro Briones hace unos meses a propósito de su primera novela Orquídeas para Perséfone. Hoy lo haré sobre la segunda: La cruz y el cerdo. Se trata del tercer volumen de la colección Puño Sucio de Ediciones Vernacci, la cual estoy siguiendo detenidamente, puesto que está dedicada a publicar la ficción más visceral dentro del horror y la fantasía que llegue a sus manos (lo cual me interesa especialmente para mi futuro doctorado). La propia Guijarro Briones es directora de la colección, lo cual podría indicarnos que ha colado su novela con calzador como estoy seguro de que hacen otros tantos editores que se valen de sus propios sellos editoriales para publicar sus creaciones. No obstante, La cruz y el cerdo, a pesar de que juega con la ventaja de no tener que haber soportado miles de noes de parte de terceros que se leen la obras de los demás por encima, si es que se las leen, para decidir si algo definitivamente se publica o no, no se trata, en absoluto, de una novela menor o inacabada. Y el hecho de que se publique aquí, en esta colección, es porque está en una sintonía perfecta con los otros dos títulos previos de la misma (Zombi de Juan Díaz Olmedo, novela de la que no me canso de hablar y que algún día reseñaré por aquí, y la antología splatterpunk Gritos sucios). El mundo que nos trae la imaginación de Guijarro Briones es tanto o más cruel que el del resto de escritores que ella misma ha editado y no se aprecia la mínima distancia de calidad entre ellos. A pesar de que esta es la segunda novela publicada por la autora, ya cuenta con una trayectoria previa de libros descartados por ella misma, lo que nos sugiere una autoexigencia que solo nos puede asegurar una cierta calidad.

Nieves Guijarro Briones no es Amélie Nothomb, que escribe cuatro veces el mismo libro al año. Un libro que, por cierto, ya había escrito el año pasado y el anterior. Es una escritora que sabe darle el mimo a cada texto y guardar la distancia entre estos y, aunque hay una cierta recurrencia entre Orquídeas para Perséfone y La cruz y el cerdo en lo que respecta al tema del mundo astrológico, se trata de dos productos completamente diferentes. Orquídeas para Perséfone es un trabajo muy personal, que sugiere un mundo interior vasto. La cruz y el cerdo se construye en la colectividad de las grandes civilizaciones que empiezan desde cero y se apropian del pasado para tergiversarlo, para corromperlo, para corromperse a sí mismas. Orquídeas para Perséfone pertenecería a ese género poco explorado de la fantasía onírica (que ni yo sabía que existía hasta que la leí), mientras que La cruz y el cerdo es definida por la propia autora como fantasía esotérica, aunque yo sostengo que es un revoltijo de muchos géneros donde tiene cabida también el horror más bruto, la ciencia ficción y la crítica social.

La trama parece sacada de un George Orwell alucinado. En un momento determinado, los animales en los mataderos cobran conciencia de que están siendo ejecutados, exterminados masivamente para servir de alimento a una especie más débil que ellos. Se levantan sobre sus patas traseras y se rebelan. Acaban con toda la raza humana al tiempo que procrean con ella, dando lugar a nuevos seres con características de ambos. El primero en alzarse es el carnero, el segundo será el cerdo. Juntos unen a todos los animales rebelados en torno a una Iglesia que ora a divinidades estelares y, un poco también, a una leyenda algo distinta de Jesucristo. Es la Iglesia de la Cruz y el Cerdo. Desde ella el Papa Cerdo, un ser sin ningún tipo de escrúpulos y que tiene enroscado en su columna vertebral a la serpiente de la sabiduría, ordena todo tipo de limpiezas étnicas y demás brutalidades. La necesidad de poder de Papa Cerdo, antagonista absoluto de la novela, le lleva a la paranoia del dictador y hace que se granjee la enemistad de sus seguidores y de hasta su propio hijo, quien durante años había sido torturado con la historia sobre la violación y la muerte sangrienta de su madre por adulterio. John, el cerdo-humano, hijo del bestialismo de Papa Cerdo es llamado por las estrellas, al tiempo que estas castigan con plagas lo que queda del mundo. Debe cometer parricidio y devolver el equilibrio al cosmos y el culto a los astros.

Papa Cerdo se corrompe porque es débil. O esa es la tesis que se mantiene en toda la novela. No puede evitar caer en la tentación, no es capaz de ceder un palmo, aunque esto ayude a la "consagración de la paz". Papa Cerdo es un tirano asustado porque sabe que puede caer en cualquier momento y para evitar que esto ocurra no le queda otra más que atacar una y otra vez e ignorar las decisiones de sus dioses. Papa Cerdo es un líder débil para una civilización débil, incipiente. Es el dictador que nace en las repúblicas remotas recién creadas ante el vacío de poder que deja una ocupación demasiado prolongada en el tiempo. Su represión y su fanatismo es síntoma de su condición y la de su pueblo, obligado a creer en algo, en lo que sea. Y en este sentido, La cruz y el cerdo se puede tomar como una radiografía histórica. 

Lejos de lo que pueda parecer, no se trata propiamente de un discurso antirreligioso. Papa Cerdo se nutre de toda una cosmovisión para sus intereses, pero la religión es un mero telón de fondo en la obra. Lo que es verdaderamente relevante es ese uso del discurso capaz de conmover a las masas y volcarlas en una dirección. Y el enorme poder del Caos como fuerza que ajusticia y proporciona ciertas luces en las tinieblas.

Al mismo tiempo, que los protagonistas sean animales humanizados nos viene a hablar de la animalización del hombre, de su impiedad. El ser humano se alza como explotador de todos los demás seres debido a la condición que le brinda la estructura de colmena de su organización social y su intelecto. Ante el vacío que dejan, los animales, los oprimidos, se convierten en nuevos hombres, en los opresores. La Historia se repite, pero no en círculo, sino en espiral. El nuevo mundo requiere nuevos héroes y nuevas dialécticas que luchen entre sí, pero que siempre recuerdan a las viejas, a las de toda la vida.

Como digo, La cruz y el cerdo es una excelente novela. Si no os he convencido ya, solo tengo que deciros que, además, la edición viene ilustrada y con una tipografía gótica que nos recuerda a esos libros antiguos de alquimia tan populares para tantos escritores entusiastas de todo lo macabro. Por ello, es una pieza de orfebrería única y originalísima. 

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Nieves Guijarro Briones en esta esquina: Orquídeas para Perséfone,



martes, 8 de diciembre de 2020

Pájaros de América, de Lorrie Moore

 





Hoy os traigo un libro de relatos cargadito de historias inquietantes, de esas que te duelen en el pecho cuando las lees. Lorrie Moore está considerada una de las escritoras de cuentos actuales más celebrada en todo Estados Unidos por piezas como las que precisamente colman estos márgenes. Lo que nos presenta es un conjunto de vidas destrozadas o estancadas por un motivo u otro: sueños de la infancia que se rompen al llegar a la vida adulta, el desengaño de descubrir que la pareja de uno no es perfecta, el conocer que la sexualidad de uno pasa de ser una a otra en un momento totalmente inoportuno, la gran mentira de un viaje a un lugar soñado, la pérdida de un ser querido (aunque esta sea tu gato) o la dura lucha contra una enfermedad y la incertidumbre que genera. Todo esto y mucho más se materializa en los doce cuentos largos de Pájaros de América, unos textos que están pensados para dejar bastante mal cuerpo, a pesar de contar con algunos momentos cómicos.

Los textos son los siguientes:

  • Dispuesta: Una joven actriz regresa de Hollywood a su Boston natal totalmente desengañada e inicia una relación con un hombre con el que no comparte nada para tratar de olvidar que ha fallado en el intento de lograr su sueño de estrellato.
  • Que es más de lo que puedo decir de ciertas personas: Una mujer accede a viajar con su madre a Irlanda, descubriendo en el transcurso del viaje que la isla del Atlántico no es tan luminosa y que no odia tanto al ser que le dio a luz.
  • Danza en Estados Unidos: Una profesora se introduce en la vida de una pareja, con un niño enfermo, el cual disfruta con sus clases de baile. Mantienen una incómoda cena.
  • Vida en comunidad: Una niña rumana crece en  Vermont y, ante el acoso escolar, se cría prácticamente en una biblioteca. Finalmente, se convierte en bibliotecaria y se echa un novio político. Se va a vivir con él, pero la vida no es como había pensado y se siente desprotegida en el mundo fuera del silencio de las estanterías.
  • Agnes de Iowa: Una profesora de literatura recibe la visita de un escritor de Sudáfrica del que se acaba enamorando, a pesar de estar casada, aunque no es correspondida.
  • Charadas: Una familia se reúne en Navidad y juega a adivinar personajes, eventos y objetos con la mímica.
  • Arre, borriquito, vamos a Belén: Una mujer entra en depresión tras la muerte de su gato. Toda su vida cambia.
  • Una nota preciosa: Un grupo de profesores de la universidad se reúne para celebrar el fin de año. Entre ellos hay ciertas historias, rencores y atracciones que se sugieren sobre la mesa de la cena.
  • Si es lo que te apetece, vale: Un hombre heterosexual casado abandona a su mujer para mantener una relación con otro hombre ciego, no habiendo experimentado ninguno de los dos la homosexualidad de forma previa.
  • La agencia inmobiliaria: Una pareja se muda a una casa de las afueras de la ciudad, pero tienen numerosos problemas que hacen que su vida sea un infierno al tiempo que otro hombre es abandonado por su mujer y desciende a la locura.
  • Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en oncología pediátrica: Es con diferencia el relato más duro de todos. A una madre le dicen que su bebé de un año padece cáncer. Para aumentar el escaso tiempo de vida que le atribuyen los médicos, se traslada con el niño a un centro infantil para enfermos de esta mortal enfermedad.
  • Una madre estupenda: Una mujer mata accidentalmente a la hija pequeña de su vecina y guarda traumáticamente el recuerdo. Para eliminarlo, prueba de todo, pero encuentra que lo único que funciona son los masajes de una chica de la que se enamora.
A través de estos relatos, Moore toca una gran cantidad de temas, pero los que creo más relevantes y que actúan como hilos conectores son el desengaño y la hipocresía. Ambos, de una forma u otra, están presentes en todos los relatos. El desengaño no siempre es amoroso, también puede ser vital. En Gente así es la única... el desengaño llega de la imposibilidad de tomar una vida normal ante la enfermedad de un hijo, de un bebé, un ser que por ningún motivo debería estar enfermo. Este dato no solo atormenta a la protagonista, que se piensa que ha fallado como madre, sino que cambia los modelos de vida que tenía programados para sí misma y para el pequeño. Por otro lado, está el tema de la hipocresía. Se aprecia en varios tramos de la obra, pero los ejemplos más claros los vemos Charadas y Una nota preciosa. En el primero, una familia blanca y demócrata acaba lo suficientemente borracha como para insultar a la población negra en un momento muy racista y que está muy lejos de los ideales de no discriminación que supuestamente defienden. En el segundo, el protagonista asume ciertas posturas que realmente no comparte con el fin de atraer la atención de una hermosa profesora, aún delante de su mujer. Otro tanto de lo mismo ocurre en Vida en comunidad, cuando el novio de Alos se vende a la casta política hasta el punto de ser infiel en la lucha por la alcaldía, olvidando todos esos bellos propósitos que encandilaron a su novia cuando la conoció. En este mismo personaje la hipocresía es atroz cuando afirma lo brutal que es su novia por comer carne momentos después de haber matado é mismo con sus manos a un murciélago que se había colado en la casa.

Otro elemento conector es la presencia y la simbología de los pájaros. En Dispuesta, el pájaro se vuelve finalmente un trasunto fantástico. En La agencia inmobiliaria, el asedio de los cuervos se vuelve ominoso, como el final cargado de lágrimas del relatos. Los pájaros aparecen siempre como símbolos de los personajes, seres que soñaban con el cielo, pero que están limitados por el nuevo mapa urbano de la compleja vida en los albores del siglo XXI. Algunos despegan las alas y salen definitivamente del nido, otros se estrellan contra el cristal, pero son, en cualquier caso, conscientes de la necesidad de descender para alimentarse, de humillarse para seguir. De la vida perfecta no queda rastro.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

PD. Aprovecho para agradecer a Cities de Das Bücherregal el descubrimiento de esta obra. Podéis encontrar su reseña aquí