viernes, 25 de mayo de 2018

El asco, de Horacio Castellanos Moya




Antes de comenzar a dar detalles sobre la novela breve de no ficción que nos ocupa hoy debo tratar de ser humilde y aclararles que muy posiblemente no sea la persona más indicada para realizar esta serie de comentarios que vais a poder leer a continuación, quizás porque desconozco la obra de Bernhard, quizás porque es la primera pieza que cae en mis manos de literatura salvadoreña, ignoro la historia de dicho país y desde España estoy totalmente descontextualizado. No obstante, pienso que no es necesario cumplir ninguno de estos puntos para, llamémosle, disfrutar de una novela como El asco, cuyo personaje principal y sus sentimientos e ideología no es para nada endémico, sino todo lo contrario, aunque uno pueda compartirlos más o menos. Advertidos todos, seguimos.

Horacio Castellanos Moya asiste al funeral de la madre de un viejo amigo del instituto que lleva sin ver más de quince años. Cuando se produce el reencuentro, el hijo de la fallecida (un tal Edgardo Vega) le invita a echarse una cerveza una tarde para ponerse al día, aunque Moya sabe que solo hablará Edgardo y que su lamento se tornará nefasto e insoportable. Vega ha regresado tras más de una década en Canadá, no por el terrible acontecimiento, sino porque de su regreso dependía una herencia que quiere cobrar a toda costa. Odia El Salvador y a los salvadoreños, su gastronomía grasienta, su cerveza Pílsener, su desprecio de la cultura y las artes, su obcecación en la violencia, su admiración por el comunismo y el régimen militar, sus políticos corruptos, la claustrofóbica ciudad de San Salvador gobernada por auténticas mafias y la falta de higiene y educación en comparación con su querido Montreal. Bueno, no solo la tiene jurada contra El Salvador, también hay cosas en Montreal y en el resto del mundo que le ponen enfermo. De hecho, uno acaba teniendo la sensación de que a Edgardo todo (salvo quizás el whisky que el médico no le permite tomar y la puntualidad) le da un asco inmenso.

De ahí el acertado título de Castellanos Moya, porque la novelita solo nos presentará a un hombre asqueado de la vida y de todas sus maravillosas y decepcionantes posibilidades. Este personaje tiene algo de llamativo y de carismático para un escritor y como recurso no está mal, pero el hecho de haber centrado toda la novela en su única e inapelable voz consigue que uno acabe sintiendo asco hacia El asco. Las cien páginas de verborrea de Vega, mientras se hinca un whisky tras otro y Moya asiente, como si tomara notas mentales, acaban resultando algo cansinas y desagradables. Su odio se hace tan general que uno siente como va perdiendo valor con el avance del texto. La revelación final de que se ha cambiado el nombre por Thomas Bernhard, en un guiño metaliterario que solo a los fanáticos les interesaría y que parece un mero recurso de marketing para vender este librito fuera de su país, no me convence lo más mínimo. Los escasos momentos de acción final, donde se relatan las aventuras de una noche de fiesta del quejumbroso autoexiliado se sienten como llegados demasiado tarde.

Aun y con todo, la obra no me ha disgustado en líneas generales. Es entretenida y ofrece una figura de interés. Ahonda en la firme convicción de pertenecer al sitio equivocado que muchos hemos pasado en nuestra adolescencia. El problema quizás -y también la chicha de la historia- se da cuando observamos que claramente Vega no ha sabido confrontar este sentimiento de una manera sana y se deja entender que no lo confrontará nunca. Si detesta El Salvador tiene que autoimponerse el rechazo de todo lo que ha experimentado durante los primeros veinte años de su existencia. La visión queda algo infantil y, aunque es perfectamente verosímil, deja de ser interesante por esto mismo. Posiblemente hay obras mejores de Castellanos Moya. Quiero pensar en que tiene que haberlas si David Pérez Vega recomienda al autor. Tenéis una reseña de El asco recién salida del horno en La medicina de Tongoy. Tiene ese toque de indignación hiriente tan particular de don Carlos en el que acusa a Castellanos Moya de plagiar sin mucho tino a Bernhard, de no tener amor propio, de ser un aprovechado y todas esas cosas. Como avisé al inicio, no estoy capacitado todavía para opinar así en este caso particular, pero no me parece mal presentaros una visión tan acérrimamente defendida para que los más expertos juzguen por sí mismos.


lunes, 21 de mayo de 2018

La hermandad de la uva, de John Fante



Henry Molise es un escritor, hijo de inmigrantes italianos, en la madurez de su carrera. Vive plácidamente en un chalet en Redondo Beach, una localidad periférica de los Ángeles, desde donde redacta sus best sellers y sus guiones para Hollywood, constituyendo (una vez más) una especie de alter ego del propio Fante. Su matrimonio no anda demasiado bien, sus hijos son unos jóvenes malcriados y su editor lo atosiga para recibir un manuscrito cargado de esperanzas que debía haberle llegado hace meses, pero, por encima de todo esto, Henry debe hacer frente a un problema mayor, quizás de resonancias bíblicas. Su envejecido padre, Nick Molise, todo un maestro de la edificación ya retirado, ha vuelto a armar revuelo en la casa de su infancia en San Elmo. Una sospechosa mancha de lo que parece un pintalabios barato ha sido encontrada por su mujer en uno de sus calzoncillos y la reacción del viejo ha consistido en moler a la pobre anciana a palos. Lo que ha constituido todo un revuelo en la pequeña localidad (con tarde en el calabozo incluida) podría desembocar en el divorcio de los padres de Henry. Ante el desentendimiento de los hermanos menores, el escritor, primogénito y predilecto hijo del constructor, se ve en la tesitura de tomar un avión y ejercer de mediador antes de que todo sea demasiado tarde. 

Al llegar Henry se encuentra una vez más con una falsa alarma. El matrimonio de sus padres parece ir viento en popa otra vez, bueno, siempre y cuando no tengamos en cuenta el alcoholismo del viejo Nick, su adicción al juego, las mujeres y su necesidad de seguir trabajando como albañil a pesar de haber superado ya los setenta y cinco años. Nick tiene un nuevo encargo y necesita un ayudante lo suficiente fuerte como para acarrear piedras de más de cincuenta kilos. Aunque Henry en un primer momento se niega a la proposición de su padre, entiende cuánto significa para él que uno de sus hijos se convierta en el albañil que siempre quiso tener cuando los concibió. De esta forma, se acabará enrolando en una disparatada aventura, comprendiendo que quizás esta sea la última oportunidad en su vida para hacer las paces con su progenitor, debido a su longeva edad y a su cuerpo comido por los vicios. 

En La hermandad de la uva vuelven a aparecer una serie de elementos que ya había observado en Llenos de vida, aunque el trato y el desarrollo de ambos libros sea ligeramente distinto y me animo a decir que en La hermandad de la uva considerablemente superior. El narrador vuelve a ser un escritor con problemas matrimoniales y laborales que regresa a la casa de sus padres y mantiene una compleja relación con estos. La figura de la esposa vuelve a tener un cierto aire a Zelda Fitzgerald, la de la madre vuelve a ser la típica napolitana ama de casa sumisa que finge desmayarse cada vez que ve a uno de sus hijos entrar por la puerta y la del padre tiene una vez más ese componente tiránico hacia su propia familia y servicial en relación con los que no son de su estirpe. Aparecen aquí unos hermanos, que no estaban en Llenos de vida y que, de la misma manera que Henry,  sienten a partes iguales tanto odio como lástima hacia el viejo. Esta inclusión me parece de lo más rico de la novela porque permite diferentes relaciones y visiones que dan muchísimo juego. Mientras que Mario tuvo que renunciar a su sueño de convertirse en jugador de béisbol profesional y Virgil nunca consiguió su puesto como jefe del banco a pesar de sus buenas notas, Henry logró asentar una sólida carrera como escritor (o al menos lo suficientemente holgada como para adquirir un chalet en la playa). Este dato despierta el recelo y la envidia de los hermanos, que se proyectará sobre el mayor cada vez que haya oportunidad para ello, generando un clima de hostilidad y de zancadillas fraternales derivadas de pequeños rencores del pasado.

Con La hermandad de la uva vemos también el típico retrato de la sociedad italoamericana que tiende a perfilar Fante, siendo esta vez mucho más exhaustivo, pero también cargado de prejuicios. La pasión fluye por las venas de cada personaje y se transmite al lector a través de unos diálogos y de unas reflexiones de Henry muy elaboradas y contundentes. Las bodegas de Angelo Musso o el saloncito del primer piso del Café Roma se construyen como escenarios que parecen mucho más italianos que estadounidenses y adquieren un cierto aura mágico, como si el zumo de la uva -el agua de cada día para Nick y sus ancianos compinches- se filtrará a través del papel, empalagando al lector con su aroma. La mayoría de los personajes son de ascendencia italiana y se tratan los unos a los otros como una gran familia junto a la que expresar tanto su amor como su infinita repulsión. Pocos son los que no cumplen con la simple premisa de ser italiano y cuando esta no se da se producen una serie de inconveniencias con las que Fante pretende dejar claro las altas cotas de racismo que podía alcanzar la sociedad rural estadounidense de mediados de siglo XX. No olvidemos que en su contexto los apellidos italianos estaban relacionados en el imaginario popular con las mafias, algo no desmentido por Fante, aunque la importancia de algunos momentos de esta novela recae en la realidad de que no todos los italoamericanos se dedican al crimen organizado. Son personas de carne y hueso, con sangre caliente, sentimientos, idas y venidas, sueños, amores y vicios como cualquiera.

Me animo a leer La hermandad de la uva ante la entusiasta y reciente reseña de Caminos que no llevan a ningún sitio, en la cual se percibe un amor hacia la obra de Fante contagioso. Ambos textos son poderosos, tanto la reseña linkeada como la novela del estadounidense traducida en Anagrama. Como habrán supuesto por la comparación con Llenos de vida, esta es la segunda obra que leo del autor. Siendo consciente de que aún me queda lo mejor por descubrir, os imploro que leáis (más que recomendaros) esta inusual joya. La hermandad de la uva es una novela que enfrenta a padres e hijos, a lo viejo con lo nuevo, y que trata de la resolución tardía de las cuentas pendientes, habla de la vida y de la muerte con una claridad y una pasión capaz de abrumar al impasible y obligarlo a merendarse su texto hasta el final.  Para aquellos que ya la han leído y disfrutado, tenéis todo un análisis elaborado de la obra en La Pasión Inútil.

Más reseñas de obras de John Fante en esta esquina: Llenos de vida


sábado, 19 de mayo de 2018

Siete casas vacías, de Samanta Schweblin




Con Siete casas vacías, Samanta Schweblin obtuvo el premio de narrativa breve Ribera del Duero. Esta edición incorpora, además, el cuento "Un hombre sin suerte", laureado con el premio Juan Rulfo, el francés, que no el caribeño de nombre similar. No soy un fanático de los galardones literarios y suelo ponerlos casi siempre en duda, ya que no son pocas las ocasiones en las que no se recompensa lo mejor, sino lo que más probabilidades tiene de hacerse un hueco en el mercado. Sin embargo, tengo predilección por los relatos de esta autora argentina, como ya habrán podido comprobar quienes sigan las publicaciones de la esquina. Schweblin suele desplegar un lenguaje metafórico en el que encierra a unos personajes sufrientes y descolocados, en unas ocasiones con una tendencia a narraciones más realistas y en otras con elementos neofantásticos propios del cuento argentino y al amparo de la larga sombra de Jorge Luis Borges y sus seguidores, como es ya tradición en su país. Schweblin nos enfrenta a situaciones de la vida con una perspectiva única, cargada de originalidad y conciencia crítica. Los motores que mueven a sus personajes son puramente emocionales. Recurre a la culpa, al miedo, a la nostalgia, a la melancolía, pero también al amor y al deseo. Todo este abanico sentimental se matiza con puntilladas de intereses de los personajes más secundarios, que normalmente no padecen, solo se preocupan de conseguir más y más. 

En Siete casas vacías se da un vuelco en este punto. En los siete relatos de este volumen la autora se desentiende de los elementos neofantásticos y hasta surrealistas que había empleado anteriormente y se centra en dar una visión subjetiva de unos hechos desligados de lo simbólico y perfectamente verosímiles y posibles, aunque por ello algunos de los cuales no dejarán de ser algo exagerados. En la reseña de Pájaros en la boca comenté que quizás el mejor cuento que no había aparecido antes era posiblemente el que daba nombre al libro. Este se caracterizaba por emplear una visión muy mordaz y exagerada, aunque realista, del dolor de una niña en el seno de una familia resquebrajada y del miedo que experimentaba su madre al ver como su niñita cometía actos enfermizos. Todos y cada uno de los relatos de Siete casas vacías retoman estos ambientes, familiares a la par que incómodos, y juegan a realizar diversas variaciones para sacar a la luz problemas de un nivel en extremo doloroso y desesperanzador.

Los dos primeros, "Nada de todo esto" y "Mis padres y mis hijos", se centran en el dolor derivado de la locura de los padres quienes son totalmente incapaces, no ya de cuidar a sus hijos, sino directamente de cuidarse a ellos mismos. Ambos están tintados con un toque de humor agridulce, que ya había visto en otros cuentos de la autora muy valiosos. La descripción de las acciones disparatadas de los personajes "locos" viene seguida de las reacciones de los personajes "cuerdos", que acaban desquiciados sin saber muy bien cómo resolver una serie de problemas presentados de improviso y para los que no están preparados.

Los dos siguientes, "Pasa siempre en esta casa" y "La respiración cavernaria", abordan también la locura de los padres, pero, a diferencia de los anteriores, dan un motivo de peso: la muerte de un hijo. La sensación de vacío ya no es en presencia de todos los miembros familiares como en los dos primeros relatos, sino por ausencia inevitable de uno de estos. La nostalgia por la pérdida del ser querido será el motor principal de las acciones de los personajes afectados, cuyo dolor aumentará ante la sensación de estancamiento frente al avance "como si no hubiera pasado nada" de los demás (representados en ambos casos por el universo de los vecinos). Hay que señalar que "La respiración cavernaria" es el relato más extenso de todos y posiblemente más pulido, integrando en él prácticamente todas las ideas del volumen. Por ello, es también mi favorito aquí.

Los tres que culminan el libro se separan ligeramente del ambiente claustrofóbico de las casas en las que Schweblin nos había encerrado y nos presenta nuevos y curiosos problemas. En "Cuarenta centímetros cuadrados" se produce una relación amor-odio entre una suegra y su nuera, quien sale a comprarle pastillas de noche en un barrio que no conoce y es acorralada ante su desconcierto por un vagabundo. En este relato está vivo el tema de la inmigración y de cómo el dejar atrás algo en un momento dado volverá contra uno en el futuro. Por otro lado, "Un hombre sin suerte" (de lo mejorcito también del volumen) habla de la buena voluntad desentendida del contexto social y cómo buenas acciones pueden ser malinterpretadas y castigadas por su aparente relación con ideas de lo más perversas. La originalidad y la incomodidad que se desprende tanto de este relato como del siguiente, por no decir de todo el libro, es abrumadora. Aquí la mente del lector puede ser un arma traicionera y Schweblin lo sabe y lo aprovecha en su favor. "Un hombre sin suerte" deja la misma sensación que "Mis padres y mis hijos", nos prepara para una situación desagradable y esta parece no llegar, parece quedarse en la puerta, asomada, expectante. Con "Salir", la autora completa sus Siete casas vacías. Aquí se llega a un punto de máxima claustrofobia y se produce una situación un tanto extraña, que me ha costado mucho interpretar, aunque básicamente trata de una huida de la vida cotidiana y de alguien en concreto (posiblemente un marido maltratador) de cualquier manera, pero con el doble miedo de dar un paso en la dirección que sea. La necesidad de salir de casa se materializa en su imposibilidad, en su deseo frustrado y triste, infeliz y hasta cierto punto cómico.

En la blogosfera podéis encontrar reseñas para todos los gustos. Con la que más empatizo es con la de La orilla de las letras (al grano y con las palabras necesarias) , pero otras muy recomendables también podrían ser las de Mégara (esta está un poco sobredimensionada, por si os quedáis con ganas), Lo que leo lo cuento (emotiva y que señala puntos que ni se me habían pasado por la cabeza) y C de Cyberdark (porque no todo son comics y ciencia ficción en esta vida). Valoro positivamente la madurez alcanzada por la autora en estos cuentos más recientes, que he disfrutado como un enano, y os los recomiendo encarecidamente. Lo siguiente que leeré suyo será la novela Distancia de rescate. Este verano, sin falta.

Reseñas de otras obras de Samanta Schweblin en esta esquina: El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca,
 

martes, 15 de mayo de 2018

Magma, de Lars Iyer



Lars y W. son dos intelectuales que han fracasado en su sueño de convertirse en escritores memorables al no encontrar ideas originales que se lo permitiesen. Sus aspiraciones y su desengaño los han unido en un momento vital donde su mutuo pesimismo los alimenta a no hacer nada y a verse a sí mismos como unos desgraciados totalmente prescindibles del sistema literario. Intentan llevar una vida lo más parecida a aquellos que consideran sus modelos, sus líderes. Con Kafka en un pedestal, pero también admirando las películas de Béla Tarr, las reflexiones de Levinas, Blanchot y Spinoza, deciden construirse una vida tormentosa que sin duda no tienen, porque piensan que solo en la decadencia una persona puede convertirse verdaderamente en un escritor. Para ello recurren a una exageración tras otra con la idea de que si se parecen a Kafka podrán convertirse en Kafka y dejar de ser unos exégetas cualquieras, unos meros comentaristas intrascendentes que viven a la sombra de los demás como Max Brod. W. piensa que cuanto mayor sea dicha exageración más cerca estará de un sueño que al mismo tiempo considera imposible de lograr. Entre esta impostura y el suicidio gira, con mucho humor, la vida de estos dos intelectuales, a los que en realidad no les ocurre nada, pero que tratan cualquier mínimo detalle como si fuera una prueba innegable del apocalipsis que está por venir. No vaya a ser que les pille por sorpresa.

La relación de W. y Lars ya está fuertemente asentada cuando comienza la narración, pero solo cuando nos vayamos adentrando en ella seremos conscientes de la auténtica toxicidad de la misma. Lars, narrador de la novela, nos va dando todo tipo de detalles sobre su "amistad" con W., esta en el fondo es una relación de dependencia y de retroalimentación de sentimientos y esperanzas de lo más negativas. Lars es una persona en medio de una búsqueda desesperada de la aceptación de un igual y si bien encuentra ésta en W., la razón se debe a que aquel a quien considera su amigo no es más que un charlatán sin ínfulas que quiere ver potenciado su ego a través de la admiración de alguien más. W. tiene un coeficiente intelectual ligeramente superior al de Lars, o eso dice él, y por lo tanto se cree con todo el derecho a humillarlo constantemente a sabiendas de que su "amigo" no hará nada porque desea demasiado no quedarse solo en este mundo. Lars siente por W. una extraña mezcla de admiración y desprecio, mientras que W. solo siente desprecio y necesidad de despreciar, necesidad de creerse mejor que alguien. Tanto el uno como el otro dan lugar a situaciones y conversaciones de lo más cómicas, al tiempo que el lector puede experimentar hacia ellos una inmensa compasión.

Son sujetos atrapados en sí mismos, como en un vórtice que les ciega y les aleja cada vez más de unos objetivos de los que dicen que han desistido, aunque esto no sea así del todo. La novela crea una sensación de inacción que se vuelve necesaria para comprender la situación y la relación entre ambos. Esta sensación funciona bastante bien por el tono tan original e inteligente que emplea Iyer, donde se hace uso de un humor absurdo muy inglés, que a veces puede recordar a las películas de los Monty Python, aunque en algunas escalas de la historia -o no-historia- se puede volver algo cansino y hasta repetitivo. Para paliar un abuso de la inacción en la obra, Iyer inserta la simbólica trama del piso de Lars, el cual está siendo devorado por una humedad que nadie sabe muy bien de donde viene. Esta trama se va intercalando y nos recuerda que aunque el texto parece estanco en sí mismo, nuestros dos personajes se dirigen en su no hacer nada productivo a una perdición que ellos mismos han elegido y de la que se culpan el uno al otro, W. más a Lars que Lars a W., pero en definitiva el uno al otro.

Magma  ofrece una historia de lucidez y constituye una crítica feroz al mundo de los intelectuales atormentados por cuestiones vacías. Tiene mucho de humor universitario, aunque no es preciso conocer todas las referencias ni haber pasado por este sistema para poder apreciarlo, ya que las claves han sido desperdigadas con suficiente claridad en su superficie. Goza de algunas reflexiones y algunos párrafos por los que merece bastante la pena detenerse, aunque otras ideas, como  digo, se vuelvan redundantes e innecesarias. El libro lo tengo desde hace ya varios años, pero he ido postergando su lectura, sobre todo después del varapalo de Todo va bien, publicado en la misma editorial y que entendí equivocadamente en la misma línea. De un tiempo a esta parte han aparecido ya dos continuaciones de esta historia de "amistad" entre Lars y W.. ¿Puede que las adquiera y las lea en algún momento? Pues, quizás. Si queréis echar mano a otras opiniones de expertos sobre Magma tenéis las de El lamento de Portnoy (como siempre, con un millar y medio de referencias) y Un libro al día (más asequible, sucinta y con la que medio coincido).



sábado, 12 de mayo de 2018

La librería, de Penelope Fitzgerald




Tras el reciente vapuleo en los Goya de la adaptación que hace Isabel Coixet de esta novela (filme que todavía no he tenido la ocasión de ver) y habiendo observado en estos meses un aluvión de reseñas para todos los gustos, decido sumarme a la moda por una vez y leer La librería. ¿Qué esperaba encontrar? La verdad, es que no tenía en mí unas espectativas demasiado altas. Dos de mis sitios de referencia (Devoradora de libros y Lo que leo lo cuento) la habían aclamado en su momento con ciertas reservas y mientras que los expertos de Un libro al día habían dejado claro que la obra de Fitzgerald pasaría por la mente de los lectores sin pena ni gloria, en Leer sin prisa intentaron hacerle una defensa que no terminaba de convencerme del todo. Creo que en líneas generales la mayoría coincide en que La librería no es el mejor libro del mundo, ni siquiera es un buen libro sobre libros -como cabría esperar con ese título y esa sinopsis de Impedimenta-, ya que paradójicamente en la novela lo que menos importa es que la protagonista monte un negocio para vender libros. Es decir, uno se queda con la sensación de que podría haber montado una tienda de discos, una barbería o un restaurante de comida árabe y casi nos habríamos quedado igual. Os hago una sinopsis y me explico.

Florence es una viuda de mediana edad que decide volver a Hardborough, el pueblo perdido de Suffolk, al final de una carretera tortuosa entre los pantanos de la región en la que se crió, con el objetivo de montar una librería, no porque sienta un amor incondicional por los libros -que obviamente es una parte importante de su vida-, sino porque en ese triste páramo nunca había habido una antes. Florence siente que debe llevarles a los habitantes de Hardborough un poco de cultura para luchar contra el aislamiento que sufren, pero es aquí donde se lleva un golpe inesperado. Los suffolkeños, de naturaleza conservadora, no están habituados a los cambios y menos a todos los que se propone introducir Florence en un período de tiempo tan breve. 

Y es que, como digo, La librería  no trata sobre una librería. Las referencias a la vida cotidiana en uno de estos establecimientos y las reflexiones sobre muchos otros libros, ese sentimiento de pasión y casi de obsesión por los libros que encontramos en otras novelas sobre librerías no aparece aquí. Para Fitzgerald lo verdaderamente importante es ese clima de hostilidad que se forma como la niebla baja en esos pueblos cerrados en sí mismos que ante el mínimo atisbo de novedad sienten sobre sus espaldas el peso de una amenaza a sus costumbres y a su idiosincrasia. Florence es una mujer fuerte, que va a luchar por su sueño, a pesar de su avanzada edad y de la soledad que envarga a una persona tras la muerte de la pareja tras muchos años. Se va a levantar contra viento y marea, siendo por ello admirada por los personajes más ilustres de la comunidad como el señor Brundish, pero también generando una serie de recelos entre otros miembros con mucho poder como la señora Gamart, que especularán para verla caer por el mero disfrute de salirse con la suya.

En Un libro al día dicen que en La librería no ocurre gran cosa y que esto juega en contra de la novela. Es cierto que la acción está muy limitada, pero esto se debe a la búsqueda de una atmósfera que creo que la escritora consigue crear lo suficientemente bien como para que el lector no se aburra. Se emplea un tono dulce, muy inglés, con lo que se da a entender que La librería es una novela de entretenimiento y en ese discurso monótono y pastel es donde Fitzgerald coloca una serie de perlas de mordacidad, principalmente en los diálogos de los personajes, con las que se va enturbiando paulatinamente la imagen de Hardborough. 

Como novela, La librería es un gusto de lectura. Con muy humildes aspiraciones consigue unos personajes vivos y entrañables, pero deja una sensación de vacío y de final precipitado. Algunas de las tramas tienen un escaso y a veces un intrascendental  desarrollo. La que podía ser la más interesante sin duda para la obra (la llegada al pueblo de la primera edición de Lolita de Vladimir Nabokov con toda su polémica detrás) no se aprovecha en absoluto por la autora y queda como una mera anécdota de la etapa en la que Florence tenía una librería. Normalmente no suelo decir esto: pero aquí tenemos a una novela a la que le hubiera venido maravillosamente unas cuantas páginas más.