miércoles, 23 de diciembre de 2015

Hielo, de David Aliaga




No sé cómo demonios con el frío que hace afuera me apetece leer una novela con este título y esta portada, una novela ambientada, principalmente, en el punto habitado más al norte de toda Islandia, como si Islandia ya de por sí no fuera un lugar que trae a la mente del lector común un páramo siempre helado e inhóspito, aislado de cualquier punto del mundo. Y es que la gente no va a Islandia para saborear su clima desde luego, sino para, y esto creo que es importante para entender la novela, perderse. 

Nuestro protagonista, como la gran mayoría de los personajes que asomarán la cabeza en Hielo, es islandés, podríamos suponer incluso que oriundo de Reikiavik, aunque esto no se nos aclara, y se presenta ya desde la primera frase definido como “el hombre que huye”, el hombre que busca desaparecer del mundo en el que ha vivido, que busca en una segunda vida una suerte de redención a todas las atrocidades cometidas. Erik llega a Snæspegill y allí entra como criado en la casa de Gyđa, una mujer que trabaja fuera del pueblo (no recuerdo ahora mismo en qué) por las mañanas y que hace masajes en su casa por las tardes. Erik no sólo deberá arreglar los desperfectos de la vivienda como pueda, sino también cuidar de Asmundur, el padre de Gyđa algo senil, para ganar un escaso sueldo que le permitirá vivir allí. Al mismo tiempo lo asolarán, literalmente, los fantasmas de la mujer y el hijo que ha dejado atrás. Si bien este elemento sobrenatural no termina de convencerme por su carácter de tópico literario que ya debería estar superado, las escenas en las que aparece están muy bien escritas, lo que en cierto sentido lo hace perdonable.

Esta mujer y este hijo que deja atrás son Lóa y Jón, respectivamente, que viven como pueden en Reikiavik, donde Lóa trabaja en una librería heredada de su padre. Mientras que Lóa es incapaz de asimilar la pérdida, tanto de su segundo hijo como de su marido desaparecido y buscado por las autoridades, Jón descarga toda la ira de adolescente que tiene contenida en las letras de su grupo de metal, que le serviría como mecanismo de fuga ante la triste situación familiar tras hechos demasiado recientes. El principal problema que veo en la caracterización de Jón es que se trata de expresar todo lo que he dicho, pero que muchas veces no se logra la solemnidad del resto del texto, sino que más bien se alcanza un cierto punto irónico que, en mi opinión, desentona demasiado. Quizás un tratamiento más sutil nos habría dado a entender perfectamente los sentimientos de Jón con respecto a la actitud de su padre frente a la pérdida inminente de su hermano tras el coma. Por otro lado, queda Lóa que trata de ampararse en su trabajo de cara al público para olvidar el percance, pero que siente que al volver a casa todo ha sido inútil. Ambos serán incapaces de rehacer sus vidas en torno a terceras personas cuando se les presente la oportunidad y es que lo que Aliaga nos quiere dar a entender en esta novela es lo difícil que es pasar página en la vida.

Sino que se lo digan al doctor Thomsen, que al comienzo de la novela es acusado, con motivos desde luego, de ayudar en la intervención de la eutanasia -allí ilegal, según nos deja entender la novela- al hijo de Erik. Y es verdad, que este personaje es más secundario, pero es imposible no advertir la misma premisa. Thomsen vuelve a casa de sus padres durante el proceso como un nostálgico de tiempos que él cree que fueron buenos.

La novela no cuenta con mucho más. Poco más de cien páginas que narran esta historia fría, como el hielo, pero con personajes muy humanos. No es excesivamente compleja, pero lo que está escrito está, por lo general, bien escrito, quiero decir, que consigue transmitir lo que pretende. Según he podido leer por ahí introduce elementos de la mitología nórdica y no sé si eso será verdad o no, debido a mi ignorancia con respecto a ese punto, pero sí que es cierto que hace referencia a gran cantidad de libros y autores más o menos contemporáneos, lo que para el lector –siempre ávido lector- puede suponer una alegría que tal o cual personaje comparta esta o aquella opinión sobre determinado libro con él, o que esto le permita conocer a nuevos autores, que siempre viene bien. En pocas palabras, obra recomendable que te lees rápidamente y disfrutas mucho, pero que no destaca especialmente en nada.

Tenéis otras reseñas de Hielo en La tormenta en un vaso (bastante interesante y valora cosas que quizás he pasado más por alto) y En la orilla de las letras (donde les ha calado el alma, o algo por el estilo, cosa que no me termino de explicar).







lunes, 21 de diciembre de 2015

Breve resumen de todas las lecturas de otoño (del 21 de septiembre al 21 de diciembre)




Llega el invierno y toca hacer revista de todo lo leído este otoño, que no ha sido poco, la verdad. Este otoño nos hemos adentrado un poco más en la literatura polaca, pero sobre todo en la rumana, que cada vez genera en mí mayor interés. Aunque me prometí a mí mismo leer ensayos teóricos sobre literatura, para qué nos vamos a engañar, si lo mío es la ficción. De todas formas cayeron las conferencias que nunca llegó a pronunciar en ¿Massachussetts? Italo Calvino debido a su repentina muerte. También me dije que debía leer obras de literatura china, pero aunque empecé el otoño muy entusiasmado con esta idea, lo cierto es que no llegué a leer más de dos obras de teatro muy breves, lo cual es casi como no leer nada. Por contra, se han colado aquí obras estadounidenses, españolas, checas y noruegas productos de mi poca constancia a la hora de plantearme leer algo sin ojear si quiera lo que hay justo enfrente. En fin, que sigo siendo un desastre. Espero que no me recriminen nada.

En octubre...


Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. Versión de 1810. (5/5)

Comenzábamos el otoño con un gran reto. Las más de 700 páginas de esta obra maestra de Jan Potocki, que no ha dejado de cumplir las expectativas puestas en ella. Una auténtica maravilla de novela gótica adelantada a su tiempo que combina lo mejor de las grandes obras literarias occidentales anteriores y un conjunto de saberes interdisciplinarios asombrosos. Su ritmo dinámico de historias enmarcadas con una trama exterior más desarrollada que sus precedentes estilísticos, tanto orientales como occidntales la convierten en una de las mejores y más memorables lecturas de este recuento. Recuerdo que escribí una reseña que publiqué varios días después y que podéis leer aquí.




Entrevistas breves con hombres repulsivos, de David Foster Wallace (1,5/5)

Asqueroso a más no poder. Casi innecesario. A veces postureo puro. El "¡Mírame, mamá, si hasta soy moderno!". Con frases excesivamente largas en muchas ocasiones. Pedante. Reiterativo. Etcétera. No sé qué tendrá que le vuelve loca a la gente. A mí me ha parecido vacío, aburrido y desagradable a excepción de cuatro o cinco "cuentos". Quizás por eso no se lleva la calificación de infumable. No voy a preocuparme si la literatura de los escritores de mi generación avanza en este sentido, pero, si es así, no creo que les compre muchos libros. Para más detalles, una reseña.






Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino (4/5)

Más que interesantes, y quizás también discutibles, las propuestas que nos deja Calvino para una escritura de este milenio en el que ya hemos entrado. ¿Cuándo podemos decir que un escritor es rápido? ¿Cómo argumentar que un texto en pesado? ¿La obra debe aspirar al reflejo de la totalidad? ¿Lo mejor son las historias cortas o las largas? ¿Para ser el poeta que mejor hable de la vaguedad no tendremos que ser exactos al menos en ese punto? Estamos frente a una colección de conferencias muy bien planteadas, con unas ideas muy ilustrativas que conseguirían que fijase mi atención en otros aspectos en mis próximas lecturas.





La investigación, de Stanislaw Lem (4/5)

Gran novela de suspense que mezcla elementos clásicos de la novela policíaca, de terror y de ciencia ficción en un cóctel abrumador que te mantiene pegado al libro hasta casi el final. Estamos en un Londres neblinoso de finales de los 1950s y Scotland Yard se encuentra ante un misterio que es incapaz de resolver: quién es capaz de robar de seis cadáveres de seis cementerios distintos en noches de tormenta sin dejar ningún rastro. ¿Será verdad lo que parecen sugerir algunos de que estos se levantan solos? ¿Hay un culpable entonces? ¿Si es así podemos considerar estos hechos tan extraños como crímenes? Lem nos propone un relato muy próximo al que es común en autores más comerciales como Stephen King, aunque sin despegarse en ningún momento de sus intereses filosóficos en la narración. Reseña.


Proyectos de pasado, de Ana Blandiana (4,5/5)

Genial recopilación de relatos de corte neofantásticos de la escritora rumana que constituyen una suerte de crítica al régimen comunista y a sus medidas tomadas durante la época inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, aunque no sólo eso. Alegorías llenas de magia y atmósferas embadurnadas de onirismo. Cada relato es una pequeña pieza de un puzzle colorido y turbio que guarda el encanto de lo autóctono y el trabajo de una auténtica artesana de las letras. Cientos de relaciones podríamos establecer con otros escritores de un estilo más o menos similar: Hrabal, Stasiuk, Frisch, Borges, Piñera, Cortázar,... Reseña muy tardía.







Y en noviembre...




Los muertos, de Jorge Carrión (4,5/5)

Con propuestas muy originales y un modelo de escritura puramente cinematográfico, Los muertos se convierte en una de las novelas más adictivas que habré leído jamás. Lo que empieza pareciendo una historia cualquiera de ciencia ficción se retuerce más que una fregona para proporcionarnos un auténtico espectáculo narrativo de primer nivel. Reseña.








Las señoritas de Wilko, de Jaroslaw Iwaszkiewicz (3,5/5)

"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismo" dijo Neruda en una de sus famosos 20 poemas de amor. Aquí Iwaszkiewicz, desde la otra punta del globo, aparece para querernos transmitir mediante una historia genuina la misma idea. Un exmilitar quiere volver a ser feliz junto a las chicas que él cree que amó en su juventud. ¿Lo conseguirá quince años después? Reseña.









El paraíso de las gallinas, de Dan Lungu (4/5)

¿Cómo será el paraíso de las gallinas? ¿Diferirá mucho del de los hombres? Son preguntas que un buen día abordan la mente de Relu Covalciuc al ver cómo todas sus ponedoras saltan de alegría en el corral, se inflan a comer maíz y juguetean con las lombrices. Las gallinas no tienen los problemas de los hombres, piensa Relu. ¿Será esto cierto? 

Lungu nos presenta una suerte de texto narrativo que por su extensión iría a corresponderse con la de la novela, aunque por su estructura tenemos que decir que es imposible. Se nos recrea la vida en la calle de las Acacias, en un periférico barrio de alguna ciudad de provincias, antes y después del periodo comunista, lo que le sirve a Lungu de excusa para repartir puñetazos a diestro y siniestro, tanto al sistema comunista como al capitalista, poniendo de relieve los problemas de cada uno. Reseñada.

Los pistoleros del eclipse, de Munir (2,5/5)

Interesante y brevísima novela de autoficción, tipo Matando dinosaurios con tirachinas, aunque reajustada a la época actual e introduciendo gran cantidad de contenido lisérgico, esbozos de reflexiones transcendentales, realismo sucio, referencias metatextuales (o metareales, según se mire), etcétera. El estilo de escritura oscila entre un Foster Wallace a punto de empezar una orgía (lo cual no me gusta especialmente como ya he dicho arriba) y un celso castro rememorando (o reinventando sus mejores (y quizás nunca vividos (o únicamente vividos años (lo que creo que es buena señal)))). Fuera de esto cuenta con momentos muy divertidos (otros muy líricos). Munir es un escritor con mucha imaginación, tanta que, a veces, le cuesta mantener el ritmo. Quizás lo mejor de la obra, a mi juicio, sea los momentos en los que se aleja de la autoficción. No debe ser mal cuentista. Reseña.

R. U. R. + El juego de los insectos, de los Hermanos Capek (3,5/5)

Hay que aclarar que la obra tiene pinta de ser mucho mejor de lo que yo he leído y es que existen en el mundo traducciones infames, algunas mucho más que infames y entre estas últimas se encuentra la que Consuelo Vázquez de Parga realizó de estas dos obras de teatro emblemáticas del primer tercio del s.XX checo. Traducción indirecta destinada a un público masivo, que no sé si, por desgracia será la única en castellano hasta la fecha. La edición es descuidadísima y, a pesar de la gran calidad de las obras, es difícil disfrutar lo justo del texto. 

Fuera de esto, ambas obras proponen, la primera desde un marco de ciencia ficción y la segunda desde un mundo mucho más coloristas y fantástico, cuestionar duramente, con un humor más que ácido, las acciones de los hombres. Me extiendo un poco más a falta de fortaleza y tiempo para redactar una reseña en la que pudiera abordar estas cosas más en detalle. No deja de ser recomendable e interesante para entender los orígenes de la ciencia ficción.

La injusticia contra Dou E, de Guan Hanquing (3,5/5)

Primer contacto con la literatura del gigante asiático. Esta vez una obra teatral de corte clásico sumamente interesante, que puede recordarnos mucho al tipo de teatro isabelino inglés de la venganza, con sus escenas truculentas y sus fantasmas. A pesar de esto, el final es, por contra, justo con la buena voluntad de los personajes. Dou E es acusada injustamente de envenenar al padre del hombre que quiere obligarla a casarse con él y sufre un juicio donde no se oye su voz debido a su condición de mujer. Bien es verdad que no hace falta haber leído mucho para entender que los personajes pueden dar mucho más juego de lo que realmente dan. La aparición del fantasma de Dou E a su padre puede pecar de simplista y llena de comentarios inverosímiles. Aunque, teniendo en cuenta que fue escrita en el s.XIII, recién aparecido el género teatral, lo mejor sería no devanarse los sesos mucho con estas cuestiones.

El huérfano del clan de los Zhao, de Ji Junxiang (3,5/5)

Más teatro que gravita sobre el tema de la venganza. En este caso será el joven huérfano de los Zhao quien deberá vengar el genocidio cometido contra trescientos miembros de su familia por un hombre avaro que ha engañado al duque (o príncipe) Ling para hacerse con el control de la provincia e imponer su ley, llena de crueldades. Especialmente bella será la escena de la reflexión entorno a las pinturas del que cree su padre, quien realmente es su salvador, y descubre la auténtica verdad de su pasado (la anagnórisis). A pesar de ello, las escenas de enfrentamientos se quedan algo vacías por culpa de la falta de anotaciones. Es una obra que representada debe de ser muy distinta que como está escrita.




Y ya en diciembre...


Desde hace dos mil años, de Mihail Sebastian (5/5)

Toda una joya profunda y atípica. Desde hace dos mil años habla desde el corazón de un judío que ya ha perdido la fe en todo salvo en las personas. El protagonista se convierte en voyeur y sufridor de los distintos planteamientos ideológicos (marxistas, fascistas, sionistas, liberales, nihilistas) y sus respectivas prácticas de los hombres que lo rodean (Blidaru, Vieru, Drontu, S.T.H., Parlea, Buret). Todo ello en el contexto de la Rumanía inmediatamente anterior a la dictadura de Antonescu y la Segunda Guerra Mundial. Reseña.



La posada de Manhuiol, de Ion Luca Caragiale (4/5)

Antología de varios de los mejores cuentos de uno de los grandes clásicos de la literatura rumana que mezcla la tradición de las narraciones orales del campo con el absurdismo que sólo puede respirarse en territorios urbanos cada vez más burocratizados. Caragiale demuestra ser un gran maestro de la confección del discurso, especialmente del que va cargado de humor, crítica e ironía. No por nada Ionesco lo señaló como su maestro. Tengo pendiente revisar la reseña para publicarla. Saldrá en un par de días si todo va bien.





Catilina, de Henrik Ibsen (3/5)

Tragedia tardorromántica y de corte histórico bien estructurada y con buenos diálogos que, a pesar de su interés moralizante y su visión del mundo algo patriarcal y simplista para el personaje femenino, resulta más que interesante al recoger en sus páginas el peso de la tradición del teatro isabelino inglés y de las tragedias de la Antigüedad grecolatina. Como primer contacto con el dramaturgo, no me parece mal. La mezquindad con la que se mueven sus personajes (incluso el héroe Catilina) es un punto que desconcierta al lector y que puede llegar a gustar hasta cierto punto. Reseña.




Hielo, de David Aliaga (3,5/5)

Hermosa novela breve que trata el tema de la huida, la aceptación de los errores fatales y la necesidad de seguir viviendo aún con todo lo horrendo del mundo a las espaldas de la conciencia. No es que goce de una potencia narrativa sorprendente, pero lo que cuenta está bien contado, aunque hay momentos en los que el texto me chirríe (sobre todo, en los que el narrador se centra en Jón y entra en una especie de atmósfera irónica que rompe demasiado con el tono más o menos solemne (y a veces enternecedor y melancólico) que puede tener el resto de la obra). ¿Como no? También tengo pendiente su reseña.






Los insignes, de David Pérez Vega (4/5)

Divertidísima novela que viene a satirizar las absurdeces del mundo poético actual con sus premios amañados, sus círculos de escritores que no se leen ni a sí mismos pero que se aplauden con entusiasmo, sus editoriales destinadas a un público masa para los que la literatura significa de todo menos recogimiento y abnegación en pos de una métrica perfecta y unas buenas palabras. La trama es algo estrafalaria, con un Kim Jong-un que practica su español por Skype con un poeta mostoleño ignorado por todos y hundido por la incapacidad de obtener el reconocimiento que cree que merece tras largos años de esfuerzo. La prosa es fluida y la narración ágil y precisa, sin perder el toque de oralidad que pretende transmitir (se supone que son conversaciones por Skype). El único pero que he podido encontrarle, y es más un gusto personal que otra cosa, es que quizás el líder supremo de Corea del Norte intervenga tan poco en el diálogo, asumiendo un papel de psicólogo freudiano que deja hablar a su paciente. Kim Jong-un podría haber dado más juego si  Pérez Vega hubiera querido explotarlo. Se nos pincela como un oyente pasivo del que muchas veces nos olvidaríamos si Ernesto (su protagonista) no hiciera algún que otro chiste/comentario. Y paro aquí de hablar y paso a decir algo de lo que aún no he terminado de leer. La reseña de Los insignes seguramente aparecerá por aquí a comienzos de enero, aunque preferiría no prometer nada. No son las mejores fechas para hacerlo.

El accidente, de Mihail Sebastian (LEYENDO)

Llevo demasiado poco leído como para emitir un juicio certero sobre esta novela. De momento me está pareciendo bastante cursi y estoy encontrando de todo menos lo que esperaba encontrar viniendo de leer su Desde hace dos mil años













Dicho esto, los PROPÓSITOS PARA EL INVIERNO son:

*Seguir leyendo más literatura española: Sobre todo, me gustaría profundizar tanto en la narrativa y en el texto teatral de ahora como en los clásicos del siglo XX.
*Seguir leyendo literatura rumana: Cartarescu, Vosganian, Lungu, etcétera.
*Leer algo de Manuel Otero Silva: Autor venezolano muy olvidado que no paran de recomendarme.
*¡Más obras de Ibsen!: Al menos cinco deberían caer.

Y ya está. Llevo mucho tiempo tecleando y creo que es hora de que baje al salón a zamparme un par de polvorones junto a la estufita y a seguir leyendo. ¡La Esquina de ese Círculo les desea a todos felices fiestas!



jueves, 17 de diciembre de 2015

Catilina, de Henrik Ibsen




Es posible que de ahora en adelante me veáis comentar por aquí muchas obras dramáticas de este autor noruego. No en vano, pude hacerme con la recopilación de sus obras (casi) completas traducidas al castellano hace muy poco y a un precio relativamente bajo en una librería de segunda mano. Aún y con todo, no creo que sea una mala traducción.  Uno de mis propósitos de este año que arrancará en pocas semanas será leer todas ellas y dejar aquí algún que otro comentario no demasiado extenso.

Dicho esto, empecemos.

Catilina se basa en una historia real, aunque Ibsen añade gran cantidad de elementos que no aparecen en las crónicas históricas, modificando bastante lo que se dice que ocurrió realmente. De todas formas, la versión de Ibsen no está estrictamente en desacuerdo con la de Cicerón. Es, a todas luces, un drama histórico adaptado al gusto romántico de la época. Con mucho sentimiento por ahí. Mucho amor heroico por allá. Y mucha crítica al sistema e incitación a la revolución por acullá. Muy en consonancia con la literatura esencial de la primera mitad del s. XIX, de la que se nutre. 

La obra está centrada en el personaje mismo de Catilina, un patricio romano que convierte su dinero en poder de cualquier tipo. Las monedas de Catilina pueden servirle lo mismo para amañar las elecciones del pueblo romano como para violar a jovencísimas vestales, y, a pesar de que no siempre se mueve con fines egoístas, los medios que utiliza son siempre tramposos. Catilina es el héroe, pero no es un personaje ejemplar y eso es algo que al lector (o al espectador) debe de impactarle mucho. No es personaje con el cual se pueda empatizar, sino que es más digno de ganarse nuestro odio, porque, si bien es verdad que tratará de redimirse a lo largo de la acción, su arrepentimiento nos suena forzado y egoísta. Se levanta contra la injusticia, o eso cree él. Sobre su espalda lleva a cuestas a una pequeña revolución que pretende mejorar la situación de los patricios (aburguesados romanos), y sólo de los patricios, frente al gobierno centralizador de la República. Su terquedad y su ceguera lo llevan a una guerra que sólo puede perder y que le servirá para darse gloria. Sobre Catilina operan la incertidumbre del hombre que no sabe vivir en el dilema de su tiempo y que elige una opción poco sensata, aunque ambiciosa e impulsiva, que lo acabará conduciendo a la tragedia.

Dicha incertidumbre viene fomentada por el discurso de los dos personajes femeninos de la obra: Aurelia, su esposa, y Furia, la vestal de la que está enamorado y que trata de tomarse en él la venganza por el suicidio de su hermana del cual Catilina es directamente responsable. Mientras que Aurelia es compasiva con las penas ajenas y constituye el modelo patriarcal de mujer perfecta que ama a su marido “hasta la muerte”, queriendo apartarlo del peligro en todo momento para llevárselo a la calma del campo lejos de Roma, Furia es pasional, inclemente y representa el deseo romántico e imposible (debido a la muerte de la hermana) de Catilina, además de su visado a la perdición. Si Aurelia es la templanza y el estatismo (como la llanura), Furia es el impulso y el dinamismo (como una cordillera). El enrevesamiento que otorga un personaje como Furia a la obra es enriquecedor, aunque el espectro de las mujeres posibles que nos deje aquí Ibsen sea tan simplista y conservador. Por un lado, tenemos a la mujer ángel para el hombre (Aurelia) y por otro a la femme fatale (Furia). La falta de distinción de Catilina lo lleva a su fin nefasto. Moraleja uno: el amor es ciego y hazle caso mejor a la razón. Moraleja dos: no seas infiel o no pretendas serlo. Moreleja tres: no ambiciones más de lo que tienes. Moreleja cuatro: bah, si se me ocurre algo más lo cuelo al final de la reseña como quien no quiere la cosa. 

Otro detalle a tener en cuenta es lo profundamente egoístas y mezquinos que pueden llegar a ser los personajes principales (Catilina, los patricios, Furia, Curio y, en cierto modo también, Aurelia, que no quiere la libertad del pueblo romano, sino la paz propia en un mundo rural aparte). La reflexión del propio Catilina tras la aparición de la sombra en el bosque es especialmente ilustrativa en este sentido:

“CATILINA: (…) ¿Entonces también agita a las sombras la ambición?" (Acto III)

Y es que nadie se escapa de este entuerto decadente. Hay que decir que Catilina tiene bastantes semejanzas con el teatro isabelino inglés (el tema presente de la venganza y las apariciones de fantasmas recuerdan a Shakespeare y a sus coetáneos) y con el teatro clásico (las profecías en sueños y las visiones propias de narraciones como Edipo Rey). Ibsen asimila la tradición y construye una tragedia tardorromántica bastante notable, muy bien estructurada y con muy buenas intervenciones. En definitiva, sería más que recomendable si no fuera por la visión muy pobre que da de la psicología femenina y el implícito contenido moralizante.




viernes, 11 de diciembre de 2015

Desde hace dos mil años, de Mihail Sebastian




Permítanme que comience la reseña con una cita del libro que nos interesa:

“Desde luego, jamás dejaré de ser judío. Esta no es una función de la que uno pueda dimitir. Se es o no se es. No se trata ni de orgullo ni de vergüenza. 
Es un hecho. Si intentara olvidarlo, sería inútil. Si alguien intentara rebatírmelo, lo sería igualmente. Pero tampoco dejaré de ser nunca un hombre del Danubio. Y eso también es un hecho. Que me lo reconozcan o me lo nieguen, no cuenta. Es cosa exclusiva de quien lo haga.” (pág. 247)

El hecho de que este fragmento aparezca casi al final del libro no me parece una excusa para no emplearlo. Tiendo a creer que en él hay concentrada gran parte de la esencia de las ideas que intenta transmitir la obra y por eso lo cito. Desde hace dos mil años es una historia sobre judíos del siglo pasado a la que no estamos acostumbrada. No trata sobre el Holocausto, pues fue escrita años antes de éste, en 1934, aunque en cierto modo lo profetiza tras un análisis crítico de la sociedad rumana de los años inmediatos a la dictadura de Antonescu y la Segunda Guerra Mundial. El antisemitismo se convierte en la moda de la época de la misma forma que, por ejemplo, hace un par de años lo han sido las gafas de pasta y esto es un hecho que no parece alarmar a nadie más que a las pobres víctimas, e incluso a éstas no siempre. El protagonista de la novela de Sebastian toma como verdad la hipótesis de que la etnia judía a la que pertenece está maldita y que debe ser castigada, como siempre lo ha sido desde hace dos mil años. De esta forma confunde las palizas que le propinan en la facultad por su condición religiosa con un mero chaparrón que va y viene con la estación. Se acostumbrará a tratar con antisemitas, a trabar una clase de amistad con muchos basada en concesiones de ellos hacia éste hasta el punto en el que Dronţu o Blidaru casi olvidan esta rareza que muchos atisban como un mal. El terco Drontu, quien en otros tiempos había golpeado hasta la extenuación a cientos de judíos sólo para divertirse, se convierte en el compañero de fatigas de nuestro protagonista y no tiene reparos en hablar con nostalgia de la felicidad de su pasado ante él, que había sido el saco de boxeo donde descargar todo el estrés diario para que esa felicidad fuera posible.

La novela está escrita en forma de diario lleno de todo tipo de omisiones en el que se viaja desde el comienzo de los estudios de Derecho de nuestro protagonista hasta la construcción de su primer edificio como arquitecto justo después de la toma de poder en Alemania del partido de Hitler. La evolución del personaje, de un marcado carácter sensible y reflexivo, está llena de escepticismo. Por su vida irán desfilando diversos personajes cada uno con su ideología (autócratas, marxistas, sionistas, antisemitas, esteticistas, urbanitas liberales, buenos salvajes,…) que intentarán ganárselo como adepto, pero que lograrán todo lo contrario. Quizás del mal ideológico sólo quede contagiado levemente en comparación con todo lo despreciado. El protagonista forma su criterio propio y saca sus propias conclusiones de lo que le envuelve, la explicación de su martirio y la razón del sentimiento de añoranza de dicho martirio, de placer del martirio y de la oposición a escapar al mismo. Él es judío, no extranjero. No sabe hebreo ni yidis. Ha nacido en el seno del Danubio y es rumano y nada más. No importa lo que de él pueda decir Parlea, curioso personaje que promueve la catástrofe como único medio de salvación.

“-Oye, yo tengo sed y estoy esperando a que llegue la lluvia. Y tú estás a un lado y me dices: “la lluvia será buena y estaría bien que viniera, pero ¿y si viene con granizo?, ¿y si viene con una tormenta? ¿y si me estropea los sembrados?”. Pues bien, yo te contesto: no sé cómo será esa lluvia. Sólo quiero que venga. Eso es todo. Con granizo, con tormenta o con rayos, pero que venga. Que haga estragos, que ahogue, que arrase, pero que venga. Del diluvio a lo mejor se escapan uno o dos. De la sequía no se escapa nadie. Si la revolución exige un pogromo. No se trata ni de mí ni de ti ni de él. Se trata de todos.” (pág. 243)

Es este tipo de discurso lo que más inquieta al narrador, más que las acciones físicas: las palizas de su juventud que ve como meras chiquilladas. Sin embargo, aún y con todo, no abraza como su amigo Winkler el sionismo o como su otro compañero S.T.H. el  marxismo, con un discurso mucho más humanitario y acogedor para él que el que tiende a defender Parlea a lo largo de la novela. Es el dogmatismo lo que no le convence, lo que le impide entrar en un grupo que pueda proporcionarle cierta protección. Es consciente de su visión judía del mundo, pero también es un defensor a ultranza de lo individual, de lo personal y lo íntimo, hasta el punto de que crece en él esta extraña, aunque preciosa idea:

“Yo no soy creyente, desde luego, y este problema me es ajeno, y no me crea dificultades serias. 
No aspiro a ponerme de acuerdo conmigo mismo a este respecto y acepto, sin rubor, todas mis inconsecuencias. Sé, lo digo, que Dios no existe y recuerdo con placer el manual de física y química de bachillerato, el cual no le hacía a Dios ningún sitio en el universo. Esto no me impide rezar. Cuando recibo una mala noticia o cuando quiero prevenir alguna. Hay un Dios familiar al que le ofrezco, de vez en cuando, sacrificios, según un culto con reglas establecidas por mí y creo que confirmadas por él. Le propongo fiebre tifoidea para mí a cambio de una gripe que tuviera él pensado darle a alguien a quien yo quiero. Le indico dónde preferiría que me golpease y dónde que me dispensase. Además, lo que le doy es mucho más de lo que conservo ya que lo que le doy es mío y lo que conservo es de otros, los pocos otros a los que yo quiero.” (pág. 62)

Estoy citando mucho para lo que viene siendo habitual en mí, pero tras casi una semana después de terminar el libro y con muchísimas notas tomadas siento que casi lo mejor en este caso es dejarle hablar al propio autor. Cualquier halago maravilloso sobre la prosa de Mihail Sebastian que yo hiciese ahora mismo sería por completo insuficiente para dar una idea, aunque fuera remota, de lo que este texto puede llegar a dar de sí. No conocía al autor y me alegro enormemente de haber dado con él. Hay escritores en este mundo realmente magníficos que amamos como lectores y muchos de ellos lo han tenido en cierto sentido fácil para llegar a dónde han sido encumbrados, a dónde nosotros lo hemos encumbrado, pero hay otros que no, otros que han sufrido una desgracia tras otra, como si hubieran sido, en efecto, maldecidos. No me refiero a los escritores de las drogas, de la borrachería y demás. Esos nunca me han dado ninguna pena porque son ellos los que se destrozan a sí mismos a pesar de las mil advertencias que se les dan. Me refiero, por el contrario, a otros como César Vallejo, uno de los poetas del dolor por antonomasia, que no era judío, pero que se sentía completamente desgraciado por la deidad:

Yo nací un díaque Dios estuvo enfermo.” (Espergesia, Los heraldos negros)

La humanidad, el vacío, el destrozo y el dolor se respira en ambos autores. ¿Serían grandes autores si la vida no los hubiera molido a palos? Qué sé yo. La vida muele a palos a mucha gente y no todo el mundo es capaz de transmitir ese sentimiento. Hay que tener una sensibilidad increíble y una precisión milimétrica. Ambos la tienen y eso mérito más que suficiente para aplaudirles.







viernes, 27 de noviembre de 2015

Los pistoleros del eclipse, de Munir (a secas)




Como no tengo una buena cámara de fotos, normalmente cuando voy a escribir una reseña, la imagen de la portada del libro que siempre la precede suele estar sacada de otras páginas (o bien de compraventas de libros de segunda mano (o bien de la página misma de la editorial)). Para encontrar dicha imagen tengo por costumbre usar el buscador de Google y teclear el título del libro (y si no (sólo si no) aparece le añado el nombre del autor). Lo cierto era que antes de leer una página del libro el título ya me parecía bastante poético. Qué sé yo. Me parecía elegante y hasta romántico, qué leñes. ¡Los pistoleros del eclipse! Era un título que me remitía a los enfrentamientos típicos entre caballeros que se idealizaron en la sociedad europea de comienzos del s.XIX por asuntos de afrentas que debían ser saldadas a vida o muerte a la hora del alba, que encontraba sus anclajes en obras renacentistas y que habían dado para tanta y tanta literatura. Además, en la portada había un bosque, un poco desconcertante con ese caracol ahorcado, pero a fin de cuentas un bosque, caramba. ¡Un lugar clásico para este tipo de combates a cara o cruz! De la misma forma que el suicidio constituía un tema recurrente en este época, y si no baste recordar a Werther. Todavía no había abierto el libro. Sabía de él poco más, me habían advertido que no tenía comienzo ni final. Yo no sabía si me inquietaba más este dato o el extraño dibujo del caracol ahorcado. Luego lo abrí, lo leí y descubrí lo terriblemente malo que soy para lanzar hipótesis. Una vez lo acabé, cuando busqué una imagen del libro en Google no me sorprendieron los enlaces de Youtube que aparecieron (donde todos ellos remitían a vídeos de distinta de duración en la que un grupo de (digamos) zagales jóvenes que esperaban en un control policial tras una noche de fiesta que debió de ser desenfrenada esnifando cocaína y fumando porros hasta que más allá del amanecer (como si se tratase de un relato de Yasutaka Tsutsui) les llegase su turno). Uno de los chicos amenazaba con sacar una pistola y disparar al periodista (o al policía creo (o a alguien (qué más da))) si le seguían tocando las narices. A fin de cuentas me equivocaba, pero no demasiado: ese control era una afrenta a la vida en libertad (en cuestionable libertad) total que exigía para sí mismo el joven. En lo único en lo que me equivocaba era, pues, en el contexto, en el escenario y en un par de detalles más. La obra de Munir nos acercaría a un microcosmos muy cercano al que nos muestra la cámara de Callejeros con personajes que cometerán, uno tras otro, numerosos actos de rebeldía contra lo que consideren un reto para su juventud (especialmente organismos de poder (que quedan en varias ocasiones retratados como elementos particularmente ridículos)). Se harán pasar por personas deprimidas para adquirir psicofármacos de manera casi gratuita y así alimentar una adicción autoimpuesta, llenaran todos los carteles de Madrid con el símbolo de Vodafone como forma japonesa de protestar frente al cambio de nombre de la Estación Plaza del Sol, y así un continuo etcétera que no quiero desvelar debido a la brevedad de la obra.

El libro es lo que es: autoficción. No es un género que me apasione demasiado por las limitaciones y el carácter tremendamente personal y cerrado que suele poseer. Además, tampoco se puede decir que sea excesivamente innovador Munir a la hora de redactar las poco más de cien páginas que tiene su suerte de novela. La ausencia de comienzo y final (o la colocación estratégica de espacios) no es algo que no haya visto hasta ahora. De hecho, ya había reseñado una obra aquí que seguía un modelo muy similar en este sentido y que ganó un Nadal en 1996 (me refiero a Matando dinosaurios con tirachinas de Pedro Maestre), donde su autor escribía sin colocar un punto en toda la narración (no llega a dicho extremo, Munir) en un frase ya comenzada, que no iba a terminar jamás, porque aquella frase era, a fin de cuentas, un reflejo alegórico e insustancial de su vida y si él seguía escribiendo era porque seguía viviendo. Quizás la ausencia de comienzo y de final en Los pistoleros del eclipse se deba a otros motivos, quizás el escritor sólo pretende generar incertidumbre, lograr que nos hagamos la preguntas de qué, cómo, cuándo o por qué. Podemos (y, de hecho, debemos) intentar rellenar los huecos, aún a sabiendas de que lo que nosotros coloquemos en esos espacios no vale nada, de la misma forma que tampoco nos es difícil imaginar que gran parte de lo que nos ha dicho Munir en su diario fragmentado es ficticio, aunque no sepamos qué lo es y qué no. 

Otro aspecto interesante del libro es su concepción fragmentaria, su asimilación y su reafirmación de que la realidad sólo puede expresarse en concreciones, en momentos que van y vienen. El problema de esta fragmentación es que supone numerosas elipsis del contenido del texto, lo que nos lleva a un resultado final poco sólido. Esto sería muy achacable en otro tipo de novelas, pero quizás no en ésta, que pretende de por sí ser lisérgica, rebelde y obtusa, sin pretensiones de hacer ningún tipo de concesiones al lector. En definitiva, una quimera. Es una obra que está muy en la línea, por su rabia juvenil plasmada con fuego neovanguardista, de un celso castro (así en minúsculas, como a él le gusta), lo cual resulta bastante positivo, a pesar de que muchas veces su intento de un transcendentalismo mayor y de reflejo del gusto por la decadencia weird , en ocasiones sofocante y pesado, me recuerden demasiado a Foster Wallace, que, a partir de lo que leí de su puño y letra, no me cayó muy en gracia. 

Pero más allá de todo esto, Los pistoleros del eclipse es una historia de una amistad (o de algo más) estrambótica sólo concebible en nuestro siglo, o más bien de la decadencia y los motivos que precipitaron dicha decadencia de esa amistad entre el autor-protagonista y Gonzalo Ruiz Suárez, que también es escritor en la vida real y pertenece al mismo grupo literario según he podido investigar después. Los avatares de esta relación en la que parecen medias naranjas y el sentimiento del cruce de unos límites que nunca debieron cruzarse precipita en cierto modo esta caída en el rechazo de G hacía M y se convierte en el motor central de la novela, que intenta darle forma, desafiando a los mismos desafíos formales a los que el escritor recurre.

Sin embargo, lo que más me ha podido gustar de la obra es una especie de cuento que aparece inserto casi al final y que demuestra que Munir es mucho mejor hablando de otros que de sí mismo, aunque sea añadiendo elementos ficticios edulcorantes, y aunque hablar de otros no sea más que una forma diferente de hablar de uno mismo. Lo dicho, el libro no es malo, pero tampoco una maravilla. Está bien como todo y propone una escritura interesante (con (muchos paréntesis (por todas partes (así) que creo que se me ha debido de pegar algo))). Además de contar con algún que otro momento de humor bastante ingenioso que no va más allá (no como lo de los paréntesis). Lo importante es que el escritor posee un estilo muy característico y nada falto de calidad, por lo que creo que quizás debería afinarlo un poco más y superar la autoficción, para quedarse sólo con la ficción, y no complicarse mucho la vida. Como es joven y parece que escribirá más obras estaré pendiente cuando aparezca algo nuevo suyo publicado.




martes, 24 de noviembre de 2015

Los muertos, de Jorge Carrión




Lo que empieza como una novela ucrónica de ciencia ficción se retuerce dentro de sí misma una y otra vez hasta llegar a sorprender al lector y llevarlo de la mano a caminos inesperados e inexplorados (o por lo menos con maleza todavía) por la narrativa actual (especialmente por la española, que se centra mucho más en saciar su problemática local que en aspirar a la resolución, o al planteamiento de preguntas, algo más universales) hasta el día de hoy. Un hombre se materializa sin recuerdos en el charco de un callejón de una especie de Nueva York retrofuturista de 1995 y, tras recibir una paliza por jóvenes de extrema derecha, es acogido en su casa durante unos días por un tal Roy. El Nuevo comprenderá pronto que deberá vagar solo en un mundo en el que las personas no nacen, en el que los videntes leen el pasado y no el futuro y los Viejos ciudadanos aprovechan la ingenuidad de los recién llegados como él para explotarlos de manera brutal. El mundo de los muertos se construiría como un falso espejo de la realidad en la que vivimos en el más allá. O eso es lo que podríamos pensar al devorar las primeras páginas. Los muertos sólo pueden conocer su pasado a través de las predicciones y visualizarlo gracias a las continuas interferencias que les cruzan la mente. Roy, que se acuesta con su vecina, la psicóloga Selena, a veces se siente culpable al saber que en una vida anterior amaba a otra mujer. Selena, que siente que en otra vida fue madre, decide adoptar, convenciendo a Roy para ello, a la joven Jessica que se ha materializado en el charco, aún a sabiendas que tampoco es su hija. Un grupo de personas que creyeron haberse conocido en la vida pasada se reúnen entre sí para encontrarse a sí mismos, descubrir mejor qué hicieron en el pasado y si merece la pena repetirlo. A este grupo pertenecerá nuestro Roy y quizás también El Nuevo, por lo que Roy deberá emprender una búsqueda por toda la metrópolis hasta dar con el extraño personaje que hace apenas unas horas ha puesto de patitas en la calle.

Carrión sigue a la escuela posmodernista norteamericana en su crítica a los mass media y a la sociedad consumista del capitalismo real de los cuales ni muertos parece que podamos escapar. El jornal de un mes sólo para saber tres palabras acerca de tu pasado consistentes en poco más que un nombre, lo que repercute en tu nivel social, y un par de detalles mal esbozados y muy inconexos, puede ser un ejemplo de ello. El empeño del Nuevo por conocer su pasado, condicionado por el grupo, y su ansia de vivir el presente –no en vano invertirá su primer jornal en perder la virginidad en este nuevo mundo en un burdel de la periferia- supondrán una tensión que lo someterá tanto a él como al resto de personajes, que dudarán constantemente entre avanzar y retroceder, hasta el descubrimiento y la resignación de que todo retroceso resulta de una renuncia al presente y por tanto de una pérdida de éste. Carrión también critica las desigualdades sociales y económicas de las sociedades capitalistas actuales cuando distingue, por un lado, a los habitantes de la Casablanca y, por otro, a los miles de Nuevos inadaptados que transitan por los túneles del metro como entes sin identidad, incapaces de enfrentarse al mundo, o bien explotados en las fábricas, al amparo de un sistema legal que prefiere mirar hacia otro lado. Si bien los muertos no pueden volver a morir, un disparo en la frente supone un proceso de reestructuración de la carne que puede implicar varias semanas de un dolor punzante. Esto le permite a Carrión sugerir ciertas escenas de temática grotesca, en las que no se recrea más de lo necesario. Es así como la violencia corre por las calles con mayor ímpetu que en la sociedad en la que vivimos. 

Carrión reparte ciertas dosis de violencia de forma justificada a lo largo de toda su obra, así como replantea el tema del luto y de la pérdida y reencarnación en otro mundo como continuación de la vida con aparente borrón y cuenta nueva. Aun así las interferencias (repentinas visiones que duran segundos) del pasado no tenderán a ser agradables y muchas veces, como en el caso del fiscal McClane y otras personas, incluso apocalípticas. El miedo a que el horror masivo del pasado se repita en el presente es una constante en la obra, así como en muchos personajes es todo lo contrario, la búsqueda de ese pasado que desconocen puede suponer una escapatoria del mundo de violencia de los muertos. McClane intentará mejorar la situación de los Nuevos a través de la desmantelación del proyecto de Braingate impulsado por las autoridades para experimentar con nuevos y lavarles el cerebro cuando descubran demasiado. 

La escritura de cada capítulo está milimétricamente calculada y expresada de una forma muy visual, podría decirse cinematográfica, con una estructura basada en la alternancia de planos de acción con distintas esferas de personajes. Todo esto, además de los múltiples giros argumentales (especialmente el acontecido al final de la primera parte) y la originalidad del tema, da como resultado una obra muy dinámica, que engancha a los pocos capítulos de ser empezada. Pero lo más apabullante, como no tardará en comprobar el lector, serán la gran cantidad de referencias culturales de todo tipo (aunque principalmente audiovisuales) que se despliegan en la obra tanto de la alta como de la baja cultura. Es este modelo cinematográfico el que se complementa perfectamente con cada parte y consigue que las referencias no resulten sacadas de contexto, sino dentro de las mismas aguas en las que estas obras referenciadas fueron concebidas. Los muertos no es una novela convencional, ni siquiera una novela más, es un ejercicio de pensamiento, de reflexión sobre la muerte y la propia ficción, capaz de trascender cualquier género y de ir más allá del puro entretenimiento. Se acaba de convertir en una obra que recordaré por mucho tiempo con buenos ojos.

Podéis encontrar más reseñas en El lamento de Portnoy (donde el ilustre Javier Avilés reflexiona sobre la realidad y la verdad, los planes de realidad en Los muertos y hace, a mi juicio, ciertos desvelamientos, o spoilers de peso), Un libro al día (donde la crítico compara el estilo de Jorge Carrión con su primo pequeño de Villafranca) y La tormenta en un vaso (donde Pedro Pujante afirma que la prosa del primo de Villafranca -digo, Carrión- es la prosa del futuro)


viernes, 20 de noviembre de 2015

El paraíso de las gallinas, de Dan Lungu



Es poco probable que os suene demasiado, pero el libro que hoy voy a comentar  fue uno de los más vendidos en Alemania, tras su traducción directa del rumano. Como los cuentos de Proyectos de pasado de Ana Blandiana o los cortos que integran la película Historias de la edad de oro de Cristian Mungiu, esta “falsa novela de rumores y misterios” se erige como una obra más nacida de la crítica directa al régimen comunista que se instauró en Rumanía tras la Segunda Guerra Mundial, elaborada con un humor un tanto ácido y recargado de ironías llenas de humanidad, aunque, a diferencia de las obras mencionadas, El paraíso de las gallinas se niega a anclarse en el período histórico y aprovecha que fue escrito después de la caída del muro (de Berlín se sobreentiende) para lanzar dagas también contra el nuevo sistema capitalista rumano, su caos, sus desigualdades sociales, su incertidumbre, etcétera. Viajamos a través de las décadas del último tercio del s.XX de la mano de los vecinos de la calle de las Acacias, situada en algún punto de algún barrio periférico de alguna ciudad rumana de provincias, que curiosamente resiste a la famosa “sistematización” de Ceausescu, con la cual el dictador rumano pretendía el hacinamiento de la población en un espacio reducido de bloques de pisos construidos con pocos recursos en torno a los grandes núcleos de población para urbanizar así el país. 

Estos vecinos resultan tan sumamente hilarantes y estrambóticos, que, gracias a su irrealidad, se convierten en sujetos increíblemente humanos. La curiosidad aviva en ellos como la pólvora con la mecha encendida, de forma que no sucede algo en la calle sin que a los cinco minutos ya lo sepan todos los vecinos. Cuando alguien descubre algo, todos se arremolinan en torno a él, cuyo ego no para de crecer al sentirse el centro de atención –el centro de atención por algo que normalmente no le afecta en absoluto-, hasta el final del relato de lo visto u oído. Una vez se da el silencio los cotillas comienzan su particular tertulia, donde habrá opiniones de todo tipo. Cuando el tiempo esté en calma aparecerán los charlatanes (Mitu y Milica), cada cual más divertido y desesperado por ser más admirado que el anterior, que inventando e inventando darán lugar a las más disparatadas historias, donde no escatimarán en elementos fantásticos e hiperbólicos, al más puro estilo de un Gabriel García Márquez.

De hecho las conexiones con el premio Nobel colombiano no acaban aquí, esta suerte de búsqueda de la magia en lo cotidiano, de la introducción de elementos disparatados y absurdos (Márquez era un ávido lector de Kafka y hay quien defiende que sus primeros cuentos son fieles a la tradición a la que se adscribe el praguense), imposibles muchas veces, así como la importancia dada a la oralidad (el Márquez de Crónica de una muerte anunciada), aunque con diferente matiz, los acerca, a pesar de la lejanía geográfica y contextual, bastante. Aun así, el factor de la oralidad en la obra puede provenir de otras fuentes: la literatura rumana se gesta muy tarde en comparación con otras literaturas europeas y, lejos de contar con formas cultas en su proceso de gestación, mantiene un fuerte vínculo con las composiciones orales tradicionales, que sólo tras ser recitadas mucho se recogían por escrito. Es el caso de la famosa Mioritza, poema que dicen que representa el espíritu nacional rumano de la misma forma que el español puede ser representado por El cantar del Cid. La oralidad, según la ve Lungu, es un elemento de la realidad, que no debe maquillarse (en los momentos en los que vemos marcas de maquillaje estas siempre aparecen con cierto deje irónico), en la escritura que es concebida casi como una transliteración de conversaciones entre vecinos y pensamientos de una suerte de narrador que se siente como un ciudadano más de la calle de las Acacias. Los coloquialismos son constantes, lo que me lleva a pensar que no debió de ser nada fácil para el traductor realizar su trabajo. 

Podemos dividir la obra en dos partes: hasta el capítulo cinco y tras él. En la primera asistiríamos a la presentación de los personajes y sus preocupaciones en la época comunista, mientras que en la segunda entraríamos de lleno en el problema de los gusanos aparecidos misteriosamente en el huerto de Relu Covalciuc y en la época de la transición a la democracia capitalista. Aunque no podemos decir que ninguna de las dos tenga mayor valor que la otra, si bien parece que al leer la primera todo nos da a entender que la falsa novela no va consistir en nada más que distintos relatos encadenados por los mismos protagonistas, al comenzar y avanzar en la segunda presenciamos una especie de solidificación de la narrativa que cambia el deje anecdótico de cada capítulo por un argumento mucho más férreo. La cuestión de los gusanos que Covalciuc no sabe cómo zanjar -¿las heridas del terror comunista y la penuria contemporánea?- nos acompañará hasta el final de la obra. 

En definitiva, una novela muy entretenida, capaz de crear una atmósfera única, maravillosa y maravillante. Lungu construye personajes con un espíritu propio y establece diálogos geniales, casi demasiado vivos, entre estos, algunos alocados, otros muy críticos y otros con un poco de ambos adjetivos. Un estilo de escritura muy trabajado y cercano, cargado de grandes símbolos (las gallinas que predicen las catástrofes y huyen, por ejemplo). Una obra muy recomendable.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Las señoritas de Wilko, de Jarosław Iwaszkiewicz




Decía Heráclito de Abdera que en los mismos ríos entrábamos y no entrábamos, pues para cuando volvíamos a hacerlo ya no éramos los mismos. Esta máxima tan simple y lógica, que luego empleará también Neruda en su famoso verso “Tú, yo, los de entonces, ya no somos los mismos” de su poemario más juvenil, es entorno a la cual se estructura la obra maestra del escritor modernista polaco J. Iwaszkiewicz. Escrito sobre la misma fecha que En busca del tiempo perdido de Proust, comparte con ella gran cantidad de detalles, aunque la tesis que propone resulte radicalmente contraria y rápidamente concluyente. Frente a la enormidad de Proust (siete novelas) nos encontramos ante un relato no muy extenso del polaco, aunque bien medido y con imágenes muy bellas.

Iwaszkiewicz nos narra la historia de un exmilitar (Wiktor) que tras luchar en la Primera Guerra Mundial, sofocando la revuelta comunista en Rusia, y trabajar varios años como administrador de unas fincas en el poblado de Stokroc, decide volver al pueblo (Wilko) en el que fue tremendamente feliz en un remoto pasado (quince años), aprovechando unas vacaciones, con el fin de revivir esa felicidad que la madurez, el esfuerzo, la muerte de algún camarada y la soledad han mermado. Su juventud memorable queda vinculada con una casa en particular y las seis hermanas que viven en ella: Julcia, Jola, Kazia, Zosia, Tunia y Fela. Si bien para cuando regresa descubre que Fela lleva años muerta, su figura no nos abandonará en toda la narración. Cada una de las hermanas viene a representar un tipo de amor, cada uno idílico a su manera, que se verá resquebrajado por el contacto humano repentino que arranca Wiktor realizando dicha visita. La idealización (y esto es clave para entender la novela) no es sólo de Wiktor hacia las damas, sino también de ellas hacia Wiktor. Esta novela, pues, trata sobre la ruptura de lo ideal y la imposibilidad de recobrar lo perdido, así como sobre el cuestionamiento de si hay, a fin de cuentas, algo perdido. 

“Kazia alzó los ojos y los fijó en él atentamente. 
-Pero no te vayas a creer que a mí me gustaría volver a verte como eras entonces –le dijo con franqueza-. Sería algo horrible. Vería venirse abajo toda mi vida, que sólo Dios sabe cuánto me ha costado rehacer. No, lo único que quisiera es que tuvieses la certeza de que por lo que a mí respecta no corres ya ningún peligro, que si bien es cierto que te amé locamente hace años cuando no era más que una mocosa, ahora todo eso me parece digno de risa, y que no ha quedado ni sombra de ese sentimiento. Además, hoy ni siquiera me resulta concebible que se pueda amar tanto a una persona. Todo eso me parece un poco ridículo, pues tienes que reconocer que en todo gran amor hay siempre algo de humillación, de ridículo… 
-De humillación, tal vez –dijo con parsimonia-, pero de ridículo… 
-¿Nunca has sentido la inconveniencia, el lado ridículo de un afecto semejante? 
-No, nunca. 
-Pues entonces es que nunca has amado.”

¿Wiktor ha perdido un amor si no ha amado nunca? ¿Si no tiene claro qué es amar? ¿Si emplea el verbo indiscriminadamente para su atracción erótica por Julcia, sádica por Jola, intelectual por Kazia, mística por Fela –y luego por su casi idéntica hermana Tunia-? En Las señoritas de Wilko se crea un pasado a partir de los retazos del presente, construyéndose como un elemento plagado de subjetividad. No hay nada de objetivo en la percepción ni en los actos de las personas, de la misma forma que tampoco lo hay en las descripciones que nos hace el propio Iwaszkiewicz de los lugares y los sentimientos y pensamientos de los personajes que actúan en la obra. El final se establece como un fatum, no hay un ápice de la casa de Wilko que Wiktor pueda salvar para sí, no hay un ápice de Wiktor que para la casa de Wilko merezca ser salvado. La despedida es inevitablemente triste y molesta y una confirmación de que, a pesar de los males, debemos seguir viviendo. 

No diré que la obra formalmente sea una maravilla, pero su estructura decreciente –de encuentros entre Wiktor y cada una de nuestras señoritas- la vuelven tremendamente adictiva. Además, no es un texto especialmente largo y puede leerse en una tarde de domingo. Se puede decir que merece la pena.

martes, 10 de noviembre de 2015

Proyectos de pasado, de Ana Blandiana



Menos mal que tomé una gran cantidad de notas mientras leía cada uno de estos once cuentos neofantásticos que nos propone la escritora rumana, doble ganadora del Herder –si es que eso sirve de algo-, Ana Blandiana, porque de lo contrario me sería ahora completamente imposible redactar esta reseña. Cuatro lecturas posteriores han venido a sumir ésta un poco en el olvido y, mientras iba realizando sus correspondientes reseñas (Entrevistas breves con hombres repulsivos, La investigación, Los muertos de Jorge Carrión y Las señoritas de Wilko de Iwaszkiewicz, que aparecerán por aquí en breve) por comodidad he ido postergando ésta hasta el punto en el que me he replanteado si no sería mejor no escribirla, si no cometería una torpeza, si no debería repasar bien el texto antes. No tengo una memoria a largo plazo como para presumir de ella y la crítica literaria se basa principalmente en prestar especial atención a los detalles, en la lectura atenta y la valoración de contrastes, el funcionamiento de mecanismos, la valoración de la capacidad de innovación positiva, etc. Es, por tanto, que reviso lo que tengo apuntado. Algunas frases son breves, pero significativas y suenan a sentencia; otras son matizaciones sobre alguna escena en aras de interpretar una suerte de sutil simbolismo propuesto por la autora; en la mayoría de ellas repito la palabra “genial” en sus diferentes formas sinonímicas como una cacatúa. Una vez repasado todo, con las ideas mucho más claras y la memoria fresca como una mañana primaveral me animo a escribir esto.

Las primeras preguntas que debemos responder es: qué clase de libro es Proyectos de pasado y el porqué de su importancia dentro de la narrativa rumana de la época. Estos cuentos de distinta longitud se erigen como once cazas que bombardean heridas nacionales, que anuncian al mundo una realidad nefasta e injusta, en cierto modo absurda, cruel como una pesadilla de la que uno no puede despertarse -imagen que, por cierto, utiliza la propia Blandiana en un relato concreto-: la realidad del régimen comunista sin recursos con un fuerte entramado policial que se implantó en Rumanía tras la Segunda Guerra Mundial al entrar el país dentro de la esfera de la URSS. 

Cada cuento es invariablemente una crítica antisistema, pero también (suele constituir) un voto de esperanza depositado generalmente en los más jóvenes. Que sea un niño quien defienda la realidad del delfín, ante las tesis de su artificialidad por parte del resto de adultos bañistas, en el primero de los relatos (Una herida esquemática) no es algo casual, de la misma forma que tampoco lo es que los ángeles del segundo cuento  (Aves voladoras para el consumo) sean recién nacidos o que en el tercero (En el campo) todos los viejos se peleen maravillados por la atención de la única joven, ignorante y sorprendida por el cambio tan drástico que ha experimentado su pueblo natal, y que sea ella la única persona capaz de darle vida –de hacerla volar- a la antiquísima iglesia, olvidada, con lo que simbólicamente la figura de la iglesia pueda llegar a remitirnos. Tiendo a pensar que Ana Blandiana, a veces, y sus personajes, otras veces, quieren tener fe, pero que esta fe no es la que entendemos como un concepto abstracto derivado de nuestro imaginario común cristiano, a pesar de su continua recurrencia a imágenes religiosas (en tres de los once cuentos aparecen ángeles y en dos de ellos las iglesias ocupan lugares centrales) –algo también común en su poesía-; no, Blandiana, que recurre a lo trascendente parece querer depositar su fe más bien en lo humano, en la capacidad de las personas para mejorar las duras condiciones, llenas de absurdismo diario, que les han impuesto sin pedirlo. Con lo transcendente Blandiana no sólo introduce esta temática de la fe, sino que efectuaría una suerte de sacralización de la vida diaria de personajes normales y corrientes.

Blaniana se enmarca como una constructora de pequeñas alegorías que uno debe interpretar y que se encuentran llenas de un onirismo (en cuatro relatos naufragaremos en el mundo de los sueños: Reportaje, Lo soñado, Imitación de una pesadilla y El traje de ángel) que sospecho que está muy influido por la lectura de grandes maestros latinoamericanos que se popularizaron mundialmente en la década anterior (la del llamado Boom). Si En el campo la referencia de estilo más clara parece ser el desparrame caribeño de García Márquez, el relato de Lo soñado da la impresión de reivindicarse a veces como un auténtico laberinto de corte borgiana y Proyectos de pasado, el relato que da nombre al título, difícilmente puede negar una lectura previa de Cortázar y de su tesis sobre la realidad cotidiana que se enfrenta a la realidad auténtica (la "otra" realidad). Frente a la industrialización y a la urbanización de Rumanía, que dejó literalmente pueblos vacíos –como el que vemos En el campo-, Blandiana nos propone una realidad más natural, basada en la simpleza, la autenticidad y la libertad en reducidos grupos como solución en su relato central. Como en los cuentos de Cortázar, el individuo prueba a vivir en esta realidad extraña y poco cómoda y aprender a apreciar sus ventajas antes de abandonarla, pero, a diferencia de en Cortázar, en el relato Proyectos de pasado no son los individuos por voluntad propia los que arrancan sus autos y atraviesan la autopista del sur, sino que es una fuerza mayor, la del régimen opresor, la que, por motivos económicos sin lugar a dudas –y creyendo hacerles algún tipo de favor-, les retira su condena de exilio indefinido en la fértil región de Bargana. No obstante, los hombres y mujeres reinsertos en la sociedad comunista se convertirán igualmente en nostálgicos, como muchos personajes cortazarianos (El otro cielo, La autopista del Sur). El que viene inmediatamente después de Proyectos de pasado (Una gimnasia nocturna) parte también de premisas muy similares: un alienígena infiltrado en una ciudad rumana en la que desprecia las antiguas comodidades de su planeta en favor de un mayor contacto humano, de una vida que él cree más auténtica.

Si Imitación de una pesadilla es una reflexión interesantísima sobre lo que realmente significa ser libre, a la vez que constituye una crítica a la persecución y a la degradación de los intelectuales que se oponen al régimen, La lección de teatro propone un cuestionamiento de lo que tomamos como verídico y una revisión del pasado más inmediato, para que El traje de ángel nos hable de la imposibilidad de volver a un imaginario pasado en el que fuimos felices y de la necesidad de seguir viviendo con fe en la mejora a pesar de todo. 

Otros dos relatos destacables pueden ser: Reportaje y La iglesia fantasma. Mientras el primero se centra en una crítica a los campos de trabajo instaurados bajo la tutela estalinista, donde miles de presos políticos (figura también recurrente en este álbum de cuentos) se establecen en la cuenca del Danubio; el segundo se presenta a sí mismo como un alegato de lucha contra un pueblo opresor. No es casual tampoco que la iglesia que, según La iglesia fantasma, recorrió los ríos de Transilvania cuando los rumanos se enfrentaron a los nobles húngaros se traslade a una cuenca hidrográficamente distinta: ¡la del Danubio! El opresor húngaro dieciochesco y el opresor comunista no dejan de ser hermanos desagradables con los que Blandiana se negaría a compartir mesa. En los dos vuelve a aparecer la idea de la fe, aunque con distintos matices. Si en el primero la fe descansa en la figura de los chopos (jóvenes) que crecen en la isla artificial levantada por los presos políticos –lo que, por alguna razón, le parece a la protagonista lo único digno de ser salvado allí-, en el segundo lo hace en la de la iglesia que surca los ríos como un barco y que va tripulada legendariamente por el padre Nicola. Los chopos vienen a querer ser la juventud y lo natural, mientras que la iglesia representa la lucha. Los chopos (la juventud) aún son débiles para luchar, la iglesia (el espíritu de rebeldía) quizás demasiado viejo. Ninguno de los cuentos es muy positivo al respecto, pero ante todo lo que se quiere, y se consigue es reivindicar. Algo nada fácil.

Podemos enmarcar a Ana Blandiana, pues, dentro de la larga tradición neofantástica-kafkiana, que no empieza con Kafka, por cierto, sino mucho antes, y que es desarrollada por autores tan remotos geográficamente (algunos más políticos que otros) como: Virgilio Piñera, Borges, Cortázar, Max Frisch, Yasutaka Tsutsui o Bohumil Hrabal, que también recurre al absurdismo para criticar el régimen comunista en su país (Checoslovaquia) en Anuncio una casa donde ya no quiero vivir. Dentro de esta tradición podemos decir que desarrolla una voz propia, cargada de fuerza a pesar de que el tema no es nada sencillo de ser tratado (de hecho Hrabal lo aborda bastante peor en comparación). Su prosa es barroquísima, lírica y bella, con imágenes de una gran calidad. En definitiva, muy buena recopilación. Una genial autora.

Podéis encontrar más reseñas de Proyectos de pasado en La tormenta en un vaso (hoy escasa en palabras, aunque halagadoras todas ellas) y Letras Libres (mucho más densa y donde para mi sorpresa empiezan hablando de una anécdota de García Márquez y pasan también por Kafka, Caroll y Orwell).


domingo, 1 de noviembre de 2015

La investigación, de Stanisław Lem




Hace ya algunos meses leí una novela de este gran genio de la ciencia ficción, curiosamente la que menos tenía que ver con la cosmogonía que desarrolló posteriormente, encabezada por obras como Solaris o El congreso de futurología, las cuales, por desgracia y por el momento, conozco sólo a través de sus adaptaciones cinematográficas. Esa novela que degusté en su día (El hospital de la transfiguración), creo que la primera que publicó, me impresionó por varias cosas: su estructura solidísima con los puntos clave repartidos a lo largo de la obra, su final cargado de fuerza, sus diálogos inteligentísimos, su juego con los símbolos, su atmósfera de misterio (a veces, con cierto deje terrorífico) y sus mensajes filosóficos llenos de transcendencia. Y, salvo quizás el juego de símbolos, todo lo que me impresionó en su momento parece repetirse en La investigación, novela escrita por un Lem mucho más maduro, que, sin embargo, sacrifica, a mi parecer, cierto gusto por la reflexión filosófica –que podría llegar a hacerse pesada para un público algo impaciente- por un mayor dinamismo narrativo, con el que pretende potenciar la sensación de suspense, más idónea al tipo de novela que escribe ahora –de corte detectivesco-, e introducir algún que otro momento de completo pavor que despierte en el lector nocturno continuos escalofríos. 

Estamos ante una mezcla muy común en autores más contemporáneos y comerciales capitaneados por la figura de Stephen King: una novela que tiende a lo policíaco con momentos de terror y un trasfondo de Sci-fy. Los agentes del Scotland Yard de finales de los 1950s se encuentran ante un problema cuya solución más factible no quieren pronunciar y se niegan a aceptar. Una serie de cuerpos han empezado a desaparecer de ciertos cementerios y salas de autopsias de la región en condiciones atmosféricas nefastas sin que el presunto culpable haya dejado ningún tipo de huella de su paso por allí. Sea como sea, sólo sabemos que, al que parecer, esos cuerpos desaparecían de allí con sus ropas y nunca más volvían a ser encontrados. En su lugar aparecían animales domésticos que morían al poco tiempo de ser hallados y que tampoco dejaban marcas de cómo habían llegado hasta allí. El testimonio dudoso de que los cuerpos no estaban fríos cuando fueron enterrados, algún grito pesadillesco en la noche y hechos anteriores que solventan que otros tantos cuerpos de los cementerios de la zona fueron “tocados” o se movieron vienen a enturbiar este suceso en apariencia inexplicable que recaerá en las manos del teniente Gregory. A través de él, sus entrevistas con los sospechosos y sus análisis de las escenas de los “crímenes”, nos columpiaremos en una novela compuesta en su mayor parte por hipótesis posibles que no buscan ser resueltas, donde el suceso paranormal se comprende como algo tan posible como el acto de un psicópata. Con estas premisas y con la atmósfera melancólica de un Londres neblinoso, por cuyas calles lúgubres y solitarias caminaremos con gabardina y sombrero, se nos presenta una novela de un suspense máximo, donde lo importante no es la resolución de la investigación, sino, como su nombre indica, la investigación misma. Estamos acostumbrados a finales demoledores que resultan ser una elección del escritor. Aquí Lem se niega a elegir y nos deja una cámara de probabilidades no desmentidas sin que la novela, por contar con el final más abierto que habré leído jamás, pierda un ápice de su fuerza para impresionarnos, para mantenernos con los ojos como platos hasta la última sílaba de la última palabra y su posterior punto y final. 

Mientras Gregory lleva la investigación en marcha tendrá que lidiar con los hábitos nocturnos de sus caseros, los Fanshaw, que parecen sacados de American Horror Story, entre los cuales se encuentran numerosos ruidos nocturnos inexplicables al otro lado de la pared y el chirriante dolor de la silla que la enana y deforme señora Fanshaw lleva a todas partes y que suele detenerse frente a la puerta del cuarto de Gregory cuando éste se encuentra dentro. Por si fuera poco, la casa es una enorme ruina victoriana en la que el agente solo vive por su precio y por el poco tiempo que permanece en ella, a la que acude únicamente para dormir. La irracionalidad del comportamiento de sus caseros y de los elementos que intervienen en los casos de los hurtos de los cadáveres que investiga le llevará a poner en tela de juicio su fuerte pensamiento policial de que todo está vinculado con una razón lógica, tras la cual los hombres actúan. Para Gregory siempre hay un culpable, ¿pero puede resultar que esta vez no sea así? Esta novela policíaca no trata de cazar al posible culpable, sino más bien de si las personas pueden cambiar su pensamiento si algo exterior cuestiona la posibilidad de que la totalidad de éste, por basarse en una premisa que creen férreamente como cierta, no esté, por el contrario, equivocado. La lógica y la ciencia se derrumban cuando aparece aquel caso que rompe las reglas que creían generales.

Una historia muy adictiva e interesante.

Podéis encontrar más reseñas de La investigación en Das Bücherregal (con el que suelo coincidir casi siempre, no esta vez), Un libro al día (en la que escriben una reseña muy divertida, donde apenas se habla de lo concreto de la novela, sino más bien de sus ideas abstractas, y en la que sin venir a cuento aparecen unos robots) y El blog de Roberto Valencia (al que le preocupa mucho más la cuestión epistemológica).



sábado, 24 de octubre de 2015

Entrevistas breves con hombres repulsivos, de David Foster Wallace


¿Qué importancia puede llegar a tener un título? En poesía suele despreciarse muchas veces la elección de unas palabras que sirvan para definir las ideas centrales del poema que el poeta concluye y que rotulen la primera página y el encabezado del texto. No sucede así en prosa, donde, por tradición más que nada, por llamar de algún modo la atención del posible lector que ve el tomo en el escaparate, ocurre siempre (o casi siempre) lo contrario: el título se vuelve necesario si se quiere un reclamo mayor. Algunos autores ponen cualquier cosa con tal de llamar la atención, aunque no tenga nada que ver con el texto que contiene, mientras suena bien poderoso. Por ejemplo, recuerdo ahora la novelita esta de Ryu Murakami que se llamaba Azul casi transparente y que lo mismo se podía haber llamado Oscuro por la mañana o Amanecer de lisergia o Cuando la fiesta termina o veinte mil cosas más que vendrían a dar una idea más aproximada de la novela. No sé cómo sonarán mis propuestas en japonés, pero en español, contando que se me han ocurrido en 0,34 segundos, no me parecen demasiado malas. Hay autores que se pasan el surrealismo por sus partes íntimas y lejos de comerse la cabeza y buscar nombres poéticos les ponen a sus obras los de sus protagonistas. De estos se puede decir que hicieron una escuela que pervive hasta hoy: Madame Bovary, Tristan Shandy, Don Quijote, Anna Karenina, Martín Zarza, etc. Es una buena forma de solventar el problema del nombre, pero tampoco ayuda mucho al texto de dentro. Es decir, en Tristam Shandy sabes que hay un tal Tristan Shandy que es muy importante para la narración, pero antes de abrir el libro –si nadie te ha hablado sobre él- tu conocimiento es nulo. Tristan Shandy lo mismo puede ser un negrero, que un asesino en serie, que el difunto rey de Inglaterra. No es que el título de esta recopilación de textos de Foster Wallace sea muy preciso, pero al menos quedas avisado de que lo que vas a encontrarte no es muy agradable, precisamente. Se te advierte de la repugnancia de unos personajes que irán apareciendo en textos, para Wallace, breves, para mí en exceso largos y tediosos muchas veces, observación en la que profundizaremos más abajo.

¿Qué pretende Foster Wallace con esto? ¿Qué es lo repulsivo? ¿Por qué me arrepiento de no haber tirado el libro al final del quinto, llamémosle, cuento y haberlo acabado? Uno siempre tiene autores que le disgusta y tiendo a pensar que el talento, porque tiene talento y a veces deja perlitas, de este hombre ha tendido a ser sobrevalorado. Sólo puedo hablar desde lo que he leído en este libro, sorprendentemente irregular, donde mezcla composiciones muy buenas con otras (la mayor parte) que agotan la paciencia del lector y lo llevan de la mano a la categoría de lo infumable. Para Wallace lo repulsivo no se fundamenta sólo en describir escenas asquerosas del tipo Generación X y Realismo Sucio Norteamericano, sino en recrearse una y otra vez en lo sucio de lo mismo, no sé si para herir sensibilidades o por puro postureo de pugna con Irvine Welsh, Palahniuk y compañía por ver quién gana alguna especie de premio entre ellos al más desagradable. Y no es tanto el asco que llega a despertar en mí escenas como la del cuento del padre que le refriega la verga en la cara a su hijo pequeño cuando éste ve los dibujos en la televisión, sino la búsqueda de encerrarse en banda en esa repugnancia y en el trauma (porque parece que no hay un personaje psicológicamente limpio en Entrevistas breves) que deja en sus protagonistas. Casi parece que quiere traspasar ese trauma a nosotros, los lectores. Y a veces, al principio, cuando aún el lector no lo ha calado, consigue impactar mucho, sobre todo en sus composiciones más breves, aprovechando el principio poético de Poe, pero después se vuelve tedioso y frío porque todo lo escrito se basa en el puro y simple morbo, sin existir ningún tipo de trama interesante detrás. Sus personajes se vuelven maniqueos y uno se acostumbra a las escenas de sexo tanto que llega un punto en el acaba por saltárselas. Tengo que reconocer que me he saltado parte del texto por impaciencia ante lo infumable y lo reiterativo. Foster Wallace quiere dárselas de posmoderno, o lo que él diga que es, o lo que digan de él que es y él acepte orgulloso, pero sus temas no siempre son tan recientes y el gusto por escribir de forma tan compleja, con frases enormes que resultan tediosas insisto, y un fuerte carácter matemático de fondo no tiene ninguna razón ser. Tiendo a pensar que trata de impresionar y no aporta nada cuando escribe:

“El epicleto de peluche hensoniano Ovidio el Obtuso, cronista recontrado para el intercambio de entrenamiento transhumano por todo el país a través de organismos de bajo coste, mitologiza los orígenes del doble fantasmagórico que aparece siempre como una sombra detrás de las figuras humanas en las franjas de las emisiones UHF, tal como sigue:
Había una vez, Antes del Cable, un sabio & astuto ejecutivo de programación llamado Agon M. Nar Aquel Agon M. Nar era reverenciado de un lado a otro de la cuenca fluorescente de la California medieval por la astuta sabiduría & cojones […]”

Quiero detenerme aquí, en cojones; sí, porque hay que tener cojones, grandes y gordos, para escribir esto, publicarlo y que la gente te alabe por ello. ¡Bravo, David! La escuela de Sci-fy norteamericana te tiene en estima por estas obtusas, hensonianas y sabias palabras. Quizás me esté pasando, pero no puedo respetar a quien no me respeta como lector. A ver, me explico, que más de uno ahora mismo querrá matarme. ¿Qué es para mí no respetar a un lector? Tiendo a pensar muchas veces que un lector es como un ligue que hay que conquistar con la verborrea, con el buen uso de la verborrea. Cuando Foster Wallace deja a medias un relato interesante para no completarlo y en su lugar (palabra) me planta el bosquejo que ha hecho en poco más de un cuarto de hora, me siento, cómo decirlo, ofendido y decepcionado, porque estoy leyendo a alguien que no parece querer trabajar, que se siente orgulloso de plantarte cualquier basura inacabada en la cara, que se cree que así rompe con una tradición megalítica llenándose el pecho de ego y los bolsillos de dinero. En el buen arte no todo vale, porque si todo valiera que tratásemos de establecer jerarquías resultaría absurdo y todos los consumidores de arte establecemos unas jerarquías funcionales sobre lo que nos parece mejor y lo que nos parece peor, lo que es difícil de hacer y por tanto admirable y lo que se hace en veinte minutos con poco tino. Me decepcionó especialmente ese relato, porque era de lo poco que me estaba gustando verdaderamente de la obra, a pesar de su carácter obsesivo en recrear lo asqueroso de las felaciones a miembros viriles enfermizos, y esa decisión brusca, esa salida de tono en aras de hacerse el listillo, lo destroza por completo.

Por otro lado, hay composiciones muy buenas (la mitad de las breves y poco más; me niego a intentar salvar cualquier otra cosa) que desmienten todo intento de escapar de la mediocridad en su bloqueo estilístico en banda y poco sólido. Principalmente me ha gustado mucho En lo alto para siempre, la primera versión de El diablo es un hombre ocupado, alguno de los acertijos pop, el cuento del padre en su lecho de muerte cuyo nombre por largo no recuerdo y alguna que otra entrevista repulsiva. Del resto ya he hablado, si de por mí fuera lo echaba a hoguera. Muchos se encierran en esferas concéntricas sobre sí mismos y se prolongan hasta resultar tediosos, insulsos, ignorables. Muchas veces las frases tan enormemente largas y con términos tan abstractos consiguen que las palabras se queden en un mero bla, bla, bla. Las ideas no llegan, sólo su aliento desagradable. Todo lo demás cojea. 

Podéis encontrar más reseñas de Entrevistas breves con hombres repulsivos en Un libro al día (donde lo colocan también como un reto para la paciencia del lector, pero extraen conclusiones más positivas que un servidor),  Galletas Chinas (donde, a pesar de dejarles un sabor de boca agridulce, le van a dar -eso dicen- otra oportunidad) y Octaedro (donde encontraréis una valoración mucho más positiva, en la que defiende el buen uso de algunos elementos como la ruptura con la cuarta pared -ya lo hacía Pirandello- y el rollete pseudofilosófico de Wallace -mucho mejor incrustado el de Lem-).

Reseñas de otras obras que os podrían interesar:

Azul casi transparente, de Ryu Murakami

Personajes desesperados, de Paula Fox