jueves, 15 de enero de 2015

La espada de los cincuenta años, de Mark Z. Danielewski

Con el miedito en el cuerpo…


Si los libros valiesen de verdad lo que la gente paga por ellos en las librerías habría contables diferencias que aislarían a autores como Günter Grass, Miguel Ángel Asturias o Yasutaka Tsutsui, por sólo mencionar a algunos de mis favoritos, del común general de los mortales de a pie que llegamos siempre justitos a fin de mes.  Podríamos pensar que La espada de los cincuenta años, publicada hace relativamente poco por Alpha Decay y Pálido Fuego, un libro con más de un tercio de las páginas en blanco, no muy voluminoso, y que le cuesta al lector en cualquier librería normal y corriente casi 22 euros, es un libro en primer término caro. Un libro con protuberancias en la portada y lleno de dibujos de “une los puntos” por dentro. Un libro caro. Y, a pesar de todo, es infinitamente barato por su calidad estética, por su innovación, por su frescura, por conseguir que demos un brinco en nuestro asiento, que nuestra respiración se acelere, que abramos los ojos como platos soperos, que se nos erice el bello como si una corriente eléctrica nos recorriera el cuerpo atravesándonos el esternón, haciendo que el corazón palpite más ligero que en una carrera de cien metros-valla, logrando lo que otros intentan y no pueden: que volvamos a sentir el miedo, el horror, y que éste nos atrape y nos condene, una vez está el libro en nuestras manos, a no parar de leer hasta la última página. 

Por todo esto merece la pena comprar la obra de Danielewski, la historia de la costurera Chintana y de la triste noche de cumpleaños de Belinda Kite, aquella “brujazorra” que le robó el marido a la protagonista, que la sumió en la más pura melancolía, en la soledad y en el deseo más inmediato de venganza, que se reaviva cuando asiste sin quererlo a la fiesta de Belinda creyendo que era por la víspera de Halloween.

Tras lo cual a Chintana le empezó a doler
 un poco el pulgar de repente
                                               y se quedó
helada,
             como si un millar de
                                                venganzas
sobre venganzas la estuvieran haciendo de
pronto pedacitos
                          y convirtiéndola en granizo.”

Allí les espera a los presentes la visita de un hombre con “el corazón muy negro” que vendrá a contar una historia sobre lo que contiene una caja que lleva en sus manos, la historia de LEDL5A, la Espada de los Cincuenta Años. Cinco huérfanos le escucharán en primera fila muy atentos, y viajarán a través de la imaginación por el Bosque de las Notas que Caen y la Montaña de los Múltiples Senderos hasta llegar a la casa del herrero que le vendió, a un elevadísimo precio, el misterioso acero al cuentacuentos. Cinco son también los narradores, correspondiendo, de hecho, cada comilla de un color distinto que apreciáis arriba en el fragmento, con cada uno de ellos. Dichos narradores no son, en absoluto, ajenos a la narración, pues Danielewski les otorga vida propia, quizás porque el que cuenta una historia siempre tiene otra que no cuenta muchas veces: la suya propia. La historia de los narradores aparece brevemente resumida en la página inicial. Danielewski nos advierte que donde no aparezcan comillas hay que esperar lo peor: la irrupción de un personaje ajeno a la narración que ni siquiera el autor puede conocer. 

Lo que se propone desde la obra es crear una ventana a la oscuridad que le permita al lector asomarse y ver que la nada también es peligrosa y dolorosa, que podría matar “hasta una idea”. Del mismo modo se produce una reflexión de cuidado sobre saber poner frenos a lo que deseamos, sobre la destrucción de uno mismo, la violencia contra los demás, los juicios poco objetivos sobre las personas, la pasividad ante la catástrofe causada por el miedo, el arrepentimiento, la culpa y los niveles narrativos. Como pueden ver, todo muy compacto, todo muy completo. Una novela que, desde este blog y mi humilde persona, quisiera recomendar a todo el mundo y más en concreto a aquellas personas a las que, como yo, ya no les asusta cualquier cosa y quieren volver a sentir espanto en una noche solitaria y fría, que les lleve a volver a saborear un dulce insomnio sumido en la meditación.

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