viernes, 2 de enero de 2015

La Orestíada, de Esquilo

Esquilo, Orestes, Edipo, Alcmeón...




Ya sé que en el breve resumen de lecturas de otoño quise dejar claro que no volvería a los clásicos por un tiempo, que ya estaba un poco cansado de ellos y que me apetecía volver a acercarme a textos más modernos. La necesidad, lo creáis o no, me ha llevado de nuevo a la literatura grecolatina. Y como me cuesta leer un libro sin comentarlo, aquí dejo pues lo que más interesante he encontrado en esta primera lectura del año.

Se recuerda a Esquilo como el primer gran dramaturgo de la historia de la literatura occidental, primero en introducir un segundo personaje en escena. A pesar de que escribió casi noventa, de él sólo hemos podido conservar unas siete obras, siendo la séptima, Prometo encadenado, de dudosa autoría. Dentro de las obras que disponemos de Esquilo destaca especialmente la única trilogía de teatro griego clásico, que vendría a ser la que hoy vamos a comentar.

La historia de Orestes y de la mancha que lleva su familia se remonta a los primeros tiempos míticos y su origen es contado por uno de los personajes, Egisto, en la primera de las tragedias (Agamenón) de la siguiente forma:

"EGISTO:
Su padre Atreo, (abuelo de Orestes, padre de Agamenón) señor de esta tierra, -para contar la historia en sus detalles- expulsó del país y de su casa a Tiestes, su hermano, disputando por el trono. Y un día el propio Tiestes regresó, suplicante, a su morada, y consiguió tan solo con su muerte no empapar con su sangre el suelo patrio. Pero entonces Atreo, padre impío de éste, fingiendo celebrar con gozo un día consagrado al sacrificio, le ofrece, como prenda de hospedaje, ágape con la carne de sus hijos: los pies trinchó y los dedos de las manos por encima... cada cual en su asiento, irreconocibles. En su ignorancia, tomó un trozo probando los manjares que, como ves, funestos a esta casa fueron. Después, al descubrir aquella horrenda acción, lanza un gemido y cae al suelo vomitando aquel carnaje, contra toda de Pélope la raza imprecando un destino de horrores, derribando de un puntapié la mesa para fortalecer su maldición: "Perezca de este modo la familia de Plístenes entera." Esta es la causa por la que puedes verle aquí tendido. Y yo debería ser, muy justamente, el llamado a tramar esta matanza: era el hijo tercero de mi padre, y con él me enviaron al destierro cuando era solo un niño de pañales. Pero crecí y me trajo nuevamente la justicia; y sin pisar la casa he podido alcanzarle con mis golpes, toda la trama urdiendo de su muerte. Y ahora hasta la muerte será dulce al verle entre las redes de Justicia"
 La historia, como veis, comienza con la maldad sin remedio que comete Atreo, dándole a Tiestes de comer sus propios hijos sin que éste lo sepa. Aquel horroroso acto de burla por parte de Atreo para llevar a la desgracia a su propio hermano, con quien disputaba el trono es castigado por los dioses con una mancha sobre su familia que no podrá borrarse hasta el juicio de Orestes en el Areópago en la última de las tragedias (Las Euménides). La existencia de una mancha, bien puede recordarnos a la historia de otro héroe trágico más conocido llamado Edipo. En el mito de Edipo, el abuelo de éste viola a un joven en la casa de un hombre que lo había acogido para que pasara la noche, despreciando así las leyes sagradas de la buena hospitalidad. Lábdaco, que así se llamaba el hombre, incurre en hybris, cayendo la mancha sobre toda su descendencia, hasta que alguien de buen corazón ponga freno a la desgracia a través de su propio sacrificio (Edipo). En este sentido, ambos mitos siguen un mismo esquema, que no un mismo desarrollo.

La primera tragedia comienza con el fin de Troya. Desde las almenas de la fortaleza de la ciudad de Micenas un vigía avista a lo lejos un gran fuego cuando el día llega a su fin. Clitemnestra al atisbarlo  sabe ya de qué se trata: la guerra que diez años duró ha acabado con la toma de Ilión y su posterior destrucción; los argivos han saqueado sus riquezas y, mientras que algunos troyanos huyen con Eneas, otros son asesinados vilmente o convertidos en esclavos, como Casandra, una profetisa que aparecerá en la primera tragedia para compadecerse de la desgracia de los Átridas y pedir su venganza. Al poco tiempo llega Agamenón, el rey legítimo de Micenas, con su séquito, un mensajero y la ya mencionada profetisa echa esclava, pero, mientras que su esposa lo recibe con palabras amables, su vida ha cambiado demasiado en estos últimos diez años como para aceptarlo como marido. Además, el sacrificio de Ifigenia, hija de ambos, la ha sumido en un profundo pesar al punto de que sólo piensa en dar muerte a su asesino, consiguiendo así una venganza. Para ello cuenta Clitemnestra con el apoyo de Egisto, que se ha convertido en su amante y cuyas razones para dejar sin vida al rey de Micenas ya aparecen arriba expuestas sucintamente. Agamenón entra en el palacio sin saber la traición con la que va a sorprenderle su esposa, mientras que los espectadores asisten a cómo Casandra augura todas las desgracias que van a acontecer esa noche en un diálogo constante con el coro. Determina, finalmente, que la muerte también debe acompañarla y entra en el palacio para morir. Queda, pues, en la escena final de la tragedia un interesante enfrentamiento entre el coro y Egisto, que defiende, junto a su amante, la legitimidad de tales muertes, no temiendo por ningún tipo de vengador postrer, como bien será Orestes tiempo después. 

Hace poco leí un libro que no comenté aquí, quizás por pereza, titulado La venganza de Alcmeón: un mito olvidado, que consistía en una reconstrucción de la historia de un héroe del que sólo nos habían llegado pequeños fragmentos de texto. En el ensayo, del célebre helenista Carlos García Gual, se hacía especial hincapié en las fuertes semejanzas que presentaban este mito (el de Alcmeón) y el de Orestes. De hecho, fue la lectura de ese ensayo lo que me ha empujado a leerme la Orestíada. El mito de Alcmeón en resumidas cuentas es algo tal que así: Anfiarao, guerrero y oráculo, es empujado por su mujer Erifila, quien para ello ha aceptado un lujoso regalo de su hermano Adrasto, a la guerra contra Tebas, para devolver al depuesto Polinices, hijo de Edipo; sabiendo de su futura muerte en la batalla y temiendo vengarse de su esposa para no incurrir en un castigo divino, lega esta responsabilidad en su hijo Alcmeón, quien, una vez crezca, se verá también traicionado por su madre, a la que acabará dando muerte, cumpliendo el deber de la venganza que le impone la muerte de su padre. Al igual que Orestes, como ahora veremos, Alcmeón será perseguido por las Erinias, las diosas de la venganza por el derramamiento de sangre familiar. Si bien Orestes tendrá que librarse de ellas en un juicio presidido por Atenea, tanto Alcmeón como Edipo, que también derrama sangre familiar matando a su padre y propiciando el suicidio de su madre, encontrarán la paz en el exilio.

Pero, sigamos con Orestes, protagonista de la historia y que, sin embargo, no hace su aparición en escena hasta la segunda de las tragedias, esa cuyo nombre siempre olvido y que según mi edición se titula Las coéforas. Este héroe, al igual que Edipo, fue criado en otra tierra y su familia sólo lo recuerda por el nombre. Una vez es lo suficientemente mayor y descubre la aciaga noticia de la muerte de su padre por el oráculo de Febo Apolo decide viajar hasta Micenas para matar a los asesinos en compañía de uno de sus más fieles amigos. Allí conoce a Electra, su hermana, junto a la lápida que indica donde yace Agamenón, uniéndose ambos para tramar la venganza, que al fin ejecuta la mano de Orestes. Agamenón es vengado, pero su hijo ahora debe recibir por ley divina el castigo de las Erinias. Comienza la locura del héroe, que lo lleva a huir a Delfos, el ombligo del mundo, donde espera obtener la protección de Apolo. No obstante, allí tampoco logra la paz para su espíritu mancillado, viéndose esto ya en una tercera y última tragedia llamada Las euménides. Apolo se enfrenta al espectro de Clitemnestra, que vuelve para clamar venganza por su muerte. Hay pues, el ya mencionado juicio y se termina la obra.

Mi valoración general es bastante positiva. No había leído nada de Esquilo, aunque me hubiera gustado hacerlo en otras condiciones, con algo más de tiempo, pues tal como empecé la trilogía la acabé en un día. Ahora sí, que dejo los clásicos grecolatinos. No, mentira. ¡Que os prometí a Séneca! Bueno, pues después de éste sí o sí. 

Otras reseñas que te podrían interesar:

Comedias sueltas de Plauto I

El estado de sitio, de Albert Camus


No hay comentarios:

Publicar un comentario