domingo, 12 de julio de 2015

Cuentos fríos, de Virgilio Piñera


Un poco de humor absurdista y literatura neofantástica para refrescar en estas fechas…


Dice Virgilio Piñera en su brevísimo prólogo a la edición de Losada de 1956 de su libro Cuentos fríos que estos mismos cuentos han sido escritos para combatir las altas temperaturas de la época y bien es verdad que por una serie de motivos ayudan a sobrellevar el calor de la mejor forma posible, pues la gran mayoría de ellos dan pie al despertar de la carcajada, a la reflexión sobre la naturaleza del hombre (sus hábitos nocivos, sus actos de adecuación a una realidad que no es siempre cuestionada como debería, su forma de relacionarse con el mundo social que lo rodea); también deja Piñera lugar para el asombro, un hueco para lo extraño, partiendo unas veces de lo extraño mismo y otras de lo cotidiano, manipulando el tema en relación con el tiempo o recurriendo a la mera descripción (En este sentido se me vienen a la mente los cuentos de El parque y La tienda), aunque este último tipo de cuento no esté, en mi opinión, ni mucho menos a la altura de los demás que la obra recoge. Dentro del volumen lo más destacable son, sin duda, los cuentos más largos (Proyecto de un sueño, El álbum, El baile, El gran Baro, El muñeco, Conflicto, La cara), a pesar de que algunos microcuentos quizás sean de lo mejor que he leído nunca jamás en este género de la miniatura narrativa (El infierno y En el insomnio). Piñera demuestra en este libro de relatos la habilidad extraordinaria que posee para concentrar mucho contenido en un espacio, en ocasiones, demasiado reducido, incorporando, además, elementos irónicos y escribiendo con cierta elegancia muy llamativa.

La temática de la mayoría de los cuentos es la crítica mordaz al funcionamiento del ser humano inserto en la sociedad moderna, cuyas reglas no suele cuestiona y que asimila y sigue aún cuando estas puedan llegar a resultar absurdas y puedan provocarle algún perjuicio que no llega a ver. Esto se ve muy bien en cuentos como La caída, donde dos alpinistas sufren un accidente y caen montaña abajo y antes de temer por sus vidas temen por sus cuidadas barbas y sus bonitos ojos, o El álbum, donde los vecinos de un bloque de pisos se reúnen durante meses en una sala, sin salir de allí (¡ojo!), para ver cómo una mujer, ya famosa, describe una fotografía al azar de su álbum de fotos privado. En este último relato, el protagonista, recién mudado al edificio, perderá su empleo al asistir a este prolongada écfrasis del momento de la vida de otra persona, dejándose llevar por la presión de grupo y la curiosidad que le ha sido inculcada. La oportunidad de salir de una sociedad nociva a través del cuestionamiento de ésta y entrar en otra, o crearla, se le suele ofrecer a los personajes de los cuentos de Piñera, así como a los de Cortázar, pero, a diferencia de los del argentino, los del cubano no siempre fracasan, aunque, a veces, el cambio puede llegar a empeorar la situación, como en La carne o El muñeco, ambos presupuestalmente distópicos. En resumen, se distinguen cuatro tipos de cuentos en la colección: los que tienen por protagonistas a personajes que no cuestionan la realidad siendo la autenticidad de ésta puesta en quiebra por la voz narrativa (La caída), los que tienen por protagonistas a personajes a los que se les ofrece una oportunidad de escapar  que desaprovechan (El álbum, Conflicto, El infierno) los que tienen por protagonistas a personajes a los que se les ofrece una oportunidad de escapar de la realidad que no dudan en tomar ocasionando males, ya sea a ellos mismos o a los demás, (La carne, El muñeco, Las partes, En el insomnio, El gran Baro) y los que la aprovechan y salen bien parados (El viaje).

Piñera hace una especie de división interior temática, en la que encontramos al inicio una sucesión de cuentos con un marcado humor negro y un tinte gore que queda definido por el gusto que guarda a las descripciones de mutilaciones de extremidades y órganos, descripciones que realiza como si cortarse una pierna fuera lo que solemos hacer todos la mañana del lunes antes de tomarnos el café. Este choque entre la forma de describir, fría y seca, y lo que describe, profundamente temible y desagradable, crea un efecto que perturba al lector, que lo deja descolocado frente a lo que es el hombre en sí mismo, un cúmulo de carne y huesos, frágil y débil, y una voluntad pensante, llena de fisuras y de la cual no nos podemos fiar.

 La dudosa capacidad del hombre para conocer y llegar a una verdad ya está en Borges. Piñera siendo su coetáneo, también es su continuador en algún que otro cuento suelto. En El álbum el protagonista llega a saberlo todo acerca de la foto de la señora que parte su tarta de boda tras ocho meses escuchándola sentado, pero: ¿quién nos asegura que a la señora no se le ha olvidado algún detalle? ¿De qué nos sirve saberlo todo acerca de una única foto si no podemos relacionarla con nada más limítrofe, si no conocemos el continuo desarrollo de la vida de la señora a través del resto de fotografías? ¿A cuántas sesiones más tendrá que asistir el protagonista para escuchar toda la verdad, que no es más que la verdad sobre la vida de esa mujer y su ámbito en fotos? ¿De qué le servirá la verdad una vez que la tenga? Son preguntas a las que Piñera no ha querido dejar respuesta alguna. Ni falta tampoco que le hacía.

Así mismo, en estos Cuentos fríos destaca el profundo carácter irónico y cómico que toma la narración, a veces con tintes oníricos, surrealistas (Proyecto de un sueño, El baile, Conflicto). El humor de Piñera recalca los absurdos de la vida para que nos detengamos a pensar en ellos, pero también para que nos riamos mientras pensamos en ellos. Piñera no es Kafka, tampoco Cortázar; no pretende serlo. Podríamos decir que su humor innato se lo impide. Pero dentro de los escritores absurdistas cómicos (que no absurdos) tampoco se acerca a la órbita del siempre recomendable japonés Yasutaka Tsutsui. Y mucho menos nos puede recordar su escritura al suizo Max Frisch, a pesar del hecho de que guarde más puntos en común con él que con Chéjov, por ejemplo. No, me atrevo a decir que la forma de escribir de Piñera en estos cuentos es bastante independiente de estos grandes, es, por así decirlo, sumamente personal y basada en: la exquisita elegancia en la selección de las palabras, la precisión de las mismas y el dominio de lo irónico.

La única reseña que he podido encontrar en mi blogosfera habitual es la que hace David P. Vega en Desde la ciudad sin cines (La reseña habla de una antología que reúne sus volúmenes de cuentos completos y que editó Alfaguara en 1999, incluyendo, por supuesto, esta obra de la que hablamos hoy).

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