jueves, 13 de agosto de 2015

Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal

La débil línea que separa el deseo de vivir del de morir...



Cuando conseguí ver la película de Jiri Menzel pude decir que me gustó, aunque no me apasionó. Al tener la noticia de la existencia del libro y tras haber leído un par de críticas positivas aquí y allá, y viendo que aún desconozco buena parte de la literatura de Europa Central, que lo que había visto no era malo del todo y que si sobresalía en algo era especialmente en su guión, me decidí a cogerlo del estante de la biblioteca del pueblo para llevármelo a casa y darle así una oportunidad que yo creía que debía merecer. No esperaba entonces que lo que iba a leer fuera tan interesante y estuviera tan asombrosamente bien escrito... No me esperaba en absoluto encontrarme con un libro así. Raras veces ocurren estas cosas; tener en tus manos una novela a la que no le encuentras ningún fallo, por nimio que sea, que reprocharle. Algo tan perfecto que asusta. Hay escritores que parecen tocados que una varita mágica: son pocos, pero son. No todas sus obras están escritas con este halo angelical de magnificencia literaria. Después de zamparme ésta en un día, volví corriendo a la biblioteca porque esa misma mañana creía haber visto junto a mi libro otro del mismo autor y, sin embargo, esta otra obra la situaría yo muy por debajo de la anterior tras leerla, pero ya me guardaré mis ideas para su reseña. La de hoy es Trenes rigurosamente vigilados.

La novela tiene como protagonista a un tal Milos Hrma, que trabaja como ayudante en una estación de ferrocarril checa (posiblemente una situada en los alrededores de Praga) durante la Segunda Guerra Mundial, que no disfruta necesariamente con lo que hace, aunque debido a ciertas habladurías sobre el comportamiento adoptado por sus estrambóticos ancestros (bisabuelo, abuelo y padre) se siente en la necesidad de demostrarle al mundo que él no es ningún vago y que puede ser útil para la sociedad, encontrando de esta forma un motivo para seguir viviendo en una época y bajo unas circunstancias como las suyas. Sin embargo, siente que no logra sus objetivos de forma inmediata y no llega a sentirse un hombre normal, un hombre de verdad, -el tema de la hombría le obsesiona mucho- lo que entre otras cosas se debe al complejo que mantiene derivado de su impotencia sexual y a sus continuas meteduras de pata en la antiquísima tradición del flirteo. Así es cómo intenta convencer a una alemana que había llegado sola a la estación para que acceda a enseñarle las complejidades del sexo:

"Me llamo Milos Hrma, -tartamudeé- sabe, yo me corté las venas porque parece que padezco de eyaculatio precocs. Pero no es verdad. Es cierto que me quedé mustio como un lirio con mi chica, pero entre nosotros, soy un hombre de verdad [...]." (Pág. 95)
 La chica de la que habla es una tal Masa que trabaja como azafata en diversos trenes que atraviesan la estación y del que Milos parece estar profundamente enamorado. En un momento para él de vida o muerte recuerda el encuentro fallido que le comentará a la alemana páginas después y lo narra con una ironía amarga que te sitúa a medio camino entre la risa burlona y la compasión. El personaje de Milos en sí crea en el lector un sentimiento confuso donde uno acaba hasta cogiéndole cariño.

Otros personajes más secundarios, pero sumamente interesantes, son el jefe de la estación o el factor Hubicka, superior directo de Milos. Ambos tienen sus particularidades que los convierten en personajes extraños, a veces surrealistas, fantásticos. El jefe de estación tiene afición a criar palomas y suele pasear con ellas en la cabeza a todas horas, con las ropas cagadas de blanco, amarillo y negro, mientras que Hubicka destaca por su parsimonia para afrontar los problemas que le llegan y por su carácter lúbrico. 

Como vemos en la novela se respira el humor -muchas veces negro como el carbón- y el erotismo. Se puede decir que son elementos fundamentales que cuadran muy bien con la obra. A pesar de esto, no nos podemos olvidar del contexto en el que nos sitúa Hrabal: la dureza de la Segunda Guerra Mundial en Checoslovaquia. Hrabal, que no lo había pasado especialmente mal durante la ocupación nazi, compone una suerte también de tragicomedia antifascista, donde Milos, para sentirse útil, se aliará con Hubicka, a quien han amonestado los alemanes por sus juegos sexuales inmorales en el trabajo, para dinamitar un tren de armamento. Viendo el humor negro imperante en el resto de la novela sólo se puede decir que una vez que uno llega a este punto de la narración siente que puede ocurrir de un momento a otro cualquier cosa. 

Con un buen inicio y con un buen final Bohumil Hrabal escribe buscando retratar el detalle, detener el tiempo para que podamos apreciar lo extraño de la realidad que describe, una realidad que a veces olvidamos que existe y existió. Para ello nos ofrece un cóctel de imágenes cotidianas y alucinatorias muchas de ellas burlescas y sutilmente sexuales, que se siembran en frases largas, de un barroquismo bien hilado, que a veces tiende a la digresión, aunque no abusa de ésta. Además de todo esto, su imaginación parece no detenerse a recuperar fuelle y su escritura se despliega dando continuos giros de tuerca, presentando constantemente nuevas ideas, curiosas y necesarias para comprender la obra en su conjunto. Lo dije al principio y lo repito ahora: raras veces uno encuentra obras mejor escritas que ésta.

Podéis leer más reseñas en Un libro cada día (donde el que hizo la reseña no se leyó bien la novela y confunde personajes) y El ojo en la paja (que al menos sí se la ha leído bien y resulta interesante porque da una versión algo distinta de la mía, aunque perfectamente legítima). Iba a poner un tercer enlace, pero al releer la reseña creo que mejor desisto porque tenía demasiado de resumen, muchas fotitos de la peli, purpurina y una opinión muy sucinta que parece escrita por una adolescente.

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Cuentos fríos, de Virgilio Piñera


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