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martes, 22 de agosto de 2017

Clases de baile para mayores, de Bohumil Hrabal



Os aviso ya de antemano que esta reseña será muy breve y que se va a parecer más a una serie de apuntes que a una reseña como tal. Dicho esto, empecemos.

Clases de baile para mayores es un relato largo de Bohumil Hrabal en el que pretende homenajear a su fallecido tío Pepin, quien fue "su musa" y también "su héroe" tanto en la vida real como dentro del universo propio de este relato. Aquí vemos como un anciano Pepin le cuenta "sus batallitas" a una joven prostituta. Hrabal se centro mucho en lo que cuenta Pepin y en cómo lo cuenta, por lo que la simulación del lenguaje hablado coloquial y dialectal es grande. En la deslavazada e intermitente narración de Pepin se mezclará lo tierno con lo grotesco, lo sexual con lo espiritual y lo absurdo con lo histórico. Es un relato muy inconexo, que invita a perderse en el buen sentido, y que está plagado de un humor negro que, seguramente asustaría a las más altas damas, pero no a la compañía habitual de Pepin, que, por otra parte, tampoco le echa demasiada cuenta. Hrabal despliega una visión carnal de la humanidad en un sentido muy próximo al de Rabelais, donde los límites de los decoroso se rebasan con facilidad porque no pueden ser ignorados ni por mujeres ni por hombres. 

Como lectura rápida y entretenida está bien -diría que incluso muy bien si echáís de menos a vuestros abuelos y sus maravillosas y poéticas historias-, aunque, en mi opinión, Trenes rigurosamente vigilados es un texto mucho mejor del mismo autor. Os dejo otra reseña de Un libro al día con la que coincido bastante.

Más reseñas de libros de Bohumil Hrabal en esta esquina: Trenes rigurosamente vigilados, Anuncio una casa donde ya no quiero vivir

domingo, 16 de agosto de 2015

Anuncio una casa donde ya no quiero vivir, de Bohumil Hrabal




Ya lo comentábamos en la reseña de Trenes rigurosamente vigilados, un libro genial de un escritor no garantiza que otro del mismo llegue a su altura. Los siete cuentos aquí recogidos se quedan bastante por debajo de las expectativas despertadas, lo cual no quiere decir que sean malos del todo. Nada de eso; de esos siete, al menos dos, me han parecido especialmente buenos, casi perfectos. En todos ellos se sigue manteniendo algunos elementos de la escritura de Hrabal que ya vimos en Trenes rigurosamente vigilados: el erotismo, el onirismo, el humor negro, el barroquismo con frases largas llenas de imágenes y la capacidad increíble para detener el tiempo y matizar detalles que tanto me había asombrado. Si hay una mayor inconsistencia en estos cuentos que en Trenes rigurosamente vigilados se debe sobre todo a una mayor experimentación formal. Experimentar conlleva riesgos y aquí triunfa dos veces, consigue medianamente salir del paso en otras cuatro y no llega a rematar la faena en el último cuento. 

Buhomil Hrabal nos propone en Anuncio una casa donde ya no quiero vivir un microuniverso devastado por la Segunda Guerra Mundial donde las historias que se narran comparten personajes tan cotidianos como extravagantes (un obrero que trabaja, una anciana que llora por la orden soviética de derribar una iglesia, una presa política que mira lúbricamente a violador con la condicional, un guardia que encuentra una estampa con un ángel entre la basura y se queda embelesado, un filósofo que busca chatarra, un escultor que se muere de hambre, un músico que mata a otro porque le molesta para tocar bien, un voluntario de las Fuerzas del Orden Público, un hombre apellidado Kafka que describe todo lo que ve,…). En este marco espacio-temporal (alguna ciudad checa en el año 1950), cuando Checoslovaquia se halla ya bajo indirecto dominio soviético, Hrabal despliega una honda crítica que destapa todos los males provocados por el nuevo régimen y que sufren las distintas clases sociales de su país: se puede respirar en sus páginas el miedo a la muerte de los personajes y la crítica al absurdo supremo de la vida misma. Basta con leer el título del primer cuento (Kafkiana) y su inicio para entender bien esto:

“Cada mañana mi casero entra de puntillas en mi habitación; oigo sus pasos. Y mi habitación es tan larga que podría ir de la puerta a mi cama en bicicleta y merecería la pena. Mi casero se inclina sobre mí, se gira, hace señales a alguien que está en la puerta y dice: 
-El señor Kafka está aquí. 
Y por tres veces apunta al aire con el dedo y vuelve a salir, y lentamente se dirige a la puerta donde sin duda la casera le entrega una bandeja metálica con un bollo y una taza de té, y mi casero me lo trae, y como le tiemblan las manos la taza da saltitos en la bandeja. A veces, tras un despertar semejante, pienso qué sucedería si mi casero, cuando así se despierta, dijese que no estoy ahí. Me asustaría muchísimo, porque llevan ya varios años practicando este modo de anunciarse, en recuerdo de aquella primera semana en que cada día me traían el desayuno y yo no estaba en la cama.”

El Kafka que habla es un Kafka ficticio, el auténtico Kafka muere muchos años antes que la fecha en la que sitúa Hrabal sus historias. ¿Por qué aparece como personaje? ¿Por qué dice que desaparece una semana para luego volver a aparecer? ¿Por qué durante este cuento se limita a describir todo lo que ve y a espantarse? ¿Por qué en cierto momento una tabernera le dice que ella también es hija de un tal Kafka y un puñado de personas más tienen el mismo apellido?  Hrabal emplea este cuento-puerta para poner de manifiesto el absurdo de la época, pero no será hasta los cuentos siguientes cuando comience la sarta de críticas mordaces contra la opresión soviética.

Los que siguen a Kafkiana son Qué gente tan rara y El ángel, que tienen un poco más de calidad narrativa y que se sitúan ambos en la fábrica de una cárcel de mujeres de esa misma ciudad. Allí Hrabal muestra las condiciones en las que trabajan las presas y los obreros, que son pésimas, tanto laborales como humanas. En Qué gente tan rara un grupo de técnicos se niega a trabajar porque aspira a un aumento, esperando que el sindicato comunista se ponga de su parte, al mismo tiempo que una compañía cinematográfica de propaganda acude a la fábrica para grabar un falso documental en el que los trabajadores deben de animar a los norcoreanos en su guerra civil, algo que a todos los que allí trabajan les trae sin cuidado. El contraste irónico de no tener para vivir medianamente en la dignidad y trabajar horas y horas construyendo armas que serán usadas en países extranjeros y encima tener que alegrarse uno de esto por imposición esta bastante bien hecho, a pesar de que hay en el relato diversos elementos que parecen estorbar demasiado y nos alejan de esta idea central. En El ángel se crítica el abandono de EEUU de Checoslovaquia y las consecuencias que ello trajo. En él se trata el tema de la esperanza y la fe que no se pierde y de cómo llegar a ser feliz en la adversidad.

Lingote y lingotes es el cuento principal, donde se pronuncia la frase que da título al libro y hace crecer el contexto de forma que al acabar llegamos a comprender perfectamente su significado. Y aunque en él hay giros argumentales asombrosos e intentar explicarlo sería revelar demasiada información sólo diré que comienza con el encuentro de un ex presidiario (violador) con una borracha. La cuestión crítica cobra aquí una dimensión enorme: se critica la industrialización tóxica de la Checoslovaquia de posguerra, la degradación de los intelectuales que han pasado a recoger chatarra, la brutalidad de un tiempo donde la ley no cuenta con efectivos para hacer cumplir las múltiples normas nuevas, el trato dado por los nazis y los reclusos durante la Segunda Guerra Mundial a los presos políticos, la pasividad de los ricos  para ayudar a otras personas y mejorar el mundo, la automutilación del capital material para hacer lingotes,… En Lingote y lingotes también se aprecia el miedo a una posible guerra atómica entre superpotencias y se habla sutilmente de la revalorización de la figura del judío en Chequia tras la guerra. 

Los dos cuentos siguientes tratan del mismo tema, el arte, aunque La traición de los espejos me parece mucho más consistente que la fanfarria de El tambor roto. En la primera, mediante composiciones en paralelo se critica la situación penosa de los artistas y el poco valor que tiene éste para la élite comunista. Se nos muestra por un lado el derrumbe de una antiquísima iglesia delante de sus escasos fieles y el almacenamiento de cuadros en el sótano de una galería tras el duro trabajo de sus pintores. Hrabal recurre aquí a imágenes demoledoras como obreros sosteniendo los ojos de santos o esculturas de artistas que se ahorcan. De El tambor roto, por el contrario, lo más destacable quizás sea su especie de búsqueda de la oralidad. Trata de la gente que se mata por el arte porque ya no les queda otra cosa por que matarse. Es profundamente satírico.

El último cuento (Hermosa Poldi) es el que conecta el primero con todos los demás, siendo también el más experimental y el más difícil de todos. Sirve de resumen de todas las ideas principales y es con diferencia el que menos me ha gustado.

Podéis encontrar más reseñas de Anuncio una casa donde ya no quiero vivir en Un libro al día (donde la reseñista destaca por no decir absolutamente nada interesante y demostrar que muy bien no se ha leído el libro) y La Biblioteca del Asterión (donde Guillermo casi me hace una apología de Marx, Nietzche y Kundera y se olvida del todo del libro). Lamento no haber encontrado nada mejor esta vez.

Reseñas de otras obras de Hrabal en esta esquina: Trenes rigurosamente vigilados, Clases de baile para mayores,







 

jueves, 13 de agosto de 2015

Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal

La débil línea que separa el deseo de vivir del de morir...



Cuando conseguí ver la película de Jiri Menzel pude decir que me gustó, aunque no me apasionó. Al tener la noticia de la existencia del libro y tras haber leído un par de críticas positivas aquí y allá, y viendo que aún desconozco buena parte de la literatura de Europa Central, que lo que había visto no era malo del todo y que si sobresalía en algo era especialmente en su guión, me decidí a cogerlo del estante de la biblioteca del pueblo para llevármelo a casa y darle así una oportunidad que yo creía que debía merecer. No esperaba entonces que lo que iba a leer fuera tan interesante y estuviera tan asombrosamente bien escrito... No me esperaba en absoluto encontrarme con un libro así. Raras veces ocurren estas cosas; tener en tus manos una novela a la que no le encuentras ningún fallo, por nimio que sea, que reprocharle. Algo tan perfecto que asusta. Hay escritores que parecen tocados que una varita mágica: son pocos, pero son. No todas sus obras están escritas con este halo angelical de magnificencia literaria. Después de zamparme ésta en un día, volví corriendo a la biblioteca porque esa misma mañana creía haber visto junto a mi libro otro del mismo autor y, sin embargo, esta otra obra la situaría yo muy por debajo de la anterior tras leerla, pero ya me guardaré mis ideas para su reseña. La de hoy es Trenes rigurosamente vigilados.

La novela tiene como protagonista a un tal Milos Hrma, que trabaja como ayudante en una estación de ferrocarril checa (posiblemente una situada en los alrededores de Praga) durante la Segunda Guerra Mundial, que no disfruta necesariamente con lo que hace, aunque debido a ciertas habladurías sobre el comportamiento adoptado por sus estrambóticos ancestros (bisabuelo, abuelo y padre) se siente en la necesidad de demostrarle al mundo que él no es ningún vago y que puede ser útil para la sociedad, encontrando de esta forma un motivo para seguir viviendo en una época y bajo unas circunstancias como las suyas. Sin embargo, siente que no logra sus objetivos de forma inmediata y no llega a sentirse un hombre normal, un hombre de verdad, -el tema de la hombría le obsesiona mucho- lo que entre otras cosas se debe al complejo que mantiene derivado de su impotencia sexual y a sus continuas meteduras de pata en la antiquísima tradición del flirteo. Así es cómo intenta convencer a una alemana que había llegado sola a la estación para que acceda a enseñarle las complejidades del sexo:

"Me llamo Milos Hrma, -tartamudeé- sabe, yo me corté las venas porque parece que padezco de eyaculatio precocs. Pero no es verdad. Es cierto que me quedé mustio como un lirio con mi chica, pero entre nosotros, soy un hombre de verdad [...]." (Pág. 95)
 La chica de la que habla es una tal Masa que trabaja como azafata en diversos trenes que atraviesan la estación y del que Milos parece estar profundamente enamorado. En un momento para él de vida o muerte recuerda el encuentro fallido que le comentará a la alemana páginas después y lo narra con una ironía amarga que te sitúa a medio camino entre la risa burlona y la compasión. El personaje de Milos en sí crea en el lector un sentimiento confuso donde uno acaba hasta cogiéndole cariño.

Otros personajes más secundarios, pero sumamente interesantes, son el jefe de la estación o el factor Hubicka, superior directo de Milos. Ambos tienen sus particularidades que los convierten en personajes extraños, a veces surrealistas, fantásticos. El jefe de estación tiene afición a criar palomas y suele pasear con ellas en la cabeza a todas horas, con las ropas cagadas de blanco, amarillo y negro, mientras que Hubicka destaca por su parsimonia para afrontar los problemas que le llegan y por su carácter lúbrico. 

Como vemos en la novela se respira el humor -muchas veces negro como el carbón- y el erotismo. Se puede decir que son elementos fundamentales que cuadran muy bien con la obra. A pesar de esto, no nos podemos olvidar del contexto en el que nos sitúa Hrabal: la dureza de la Segunda Guerra Mundial en Checoslovaquia. Hrabal, que no lo había pasado especialmente mal durante la ocupación nazi, compone una suerte también de tragicomedia antifascista, donde Milos, para sentirse útil, se aliará con Hubicka, a quien han amonestado los alemanes por sus juegos sexuales inmorales en el trabajo, para dinamitar un tren de armamento. Viendo el humor negro imperante en el resto de la novela sólo se puede decir que una vez que uno llega a este punto de la narración siente que puede ocurrir de un momento a otro cualquier cosa. 

Con un buen inicio y con un buen final Bohumil Hrabal escribe buscando retratar el detalle, detener el tiempo para que podamos apreciar lo extraño de la realidad que describe, una realidad que a veces olvidamos que existe y existió. Para ello nos ofrece un cóctel de imágenes cotidianas y alucinatorias muchas de ellas burlescas y sutilmente sexuales, que se siembran en frases largas, de un barroquismo bien hilado, que a veces tiende a la digresión, aunque no abusa de ésta. Además de todo esto, su imaginación parece no detenerse a recuperar fuelle y su escritura se despliega dando continuos giros de tuerca, presentando constantemente nuevas ideas, curiosas y necesarias para comprender la obra en su conjunto. Lo dije al principio y lo repito ahora: raras veces uno encuentra obras mejor escritas que ésta.

Podéis leer más reseñas en Un libro cada día (donde el que hizo la reseña no se leyó bien la novela y confunde personajes) y El ojo en la paja (que al menos sí se la ha leído bien y resulta interesante porque da una versión algo distinta de la mía, aunque perfectamente legítima). Iba a poner un tercer enlace, pero al releer la reseña creo que mejor desisto porque tenía demasiado de resumen, muchas fotitos de la peli, purpurina y una opinión muy sucinta que parece escrita por una adolescente.

Reseñas de otras obras de Bohumil Hrabal en esta esquina: Anuncio una casa donde ya no quiero vivir, Clases de baile para mayores,