miércoles, 23 de diciembre de 2015

Hielo, de David Aliaga




No sé cómo demonios con el frío que hace afuera me apetece leer una novela con este título y esta portada, una novela ambientada, principalmente, en el punto habitado más al norte de toda Islandia, como si Islandia ya de por sí no fuera un lugar que trae a la mente del lector común un páramo siempre helado e inhóspito, aislado de cualquier punto del mundo. Y es que la gente no va a Islandia para saborear su clima desde luego, sino para, y esto creo que es importante para entender la novela, perderse. 

Nuestro protagonista, como la gran mayoría de los personajes que asomarán la cabeza en Hielo, es islandés, podríamos suponer incluso que oriundo de Reikiavik, aunque esto no se nos aclara, y se presenta ya desde la primera frase definido como “el hombre que huye”, el hombre que busca desaparecer del mundo en el que ha vivido, que busca en una segunda vida una suerte de redención a todas las atrocidades cometidas. Erik llega a Snæspegill y allí entra como criado en la casa de Gyđa, una mujer que trabaja fuera del pueblo (no recuerdo ahora mismo en qué) por las mañanas y que hace masajes en su casa por las tardes. Erik no sólo deberá arreglar los desperfectos de la vivienda como pueda, sino también cuidar de Asmundur, el padre de Gyđa algo senil, para ganar un escaso sueldo que le permitirá vivir allí. Al mismo tiempo lo asolarán, literalmente, los fantasmas de la mujer y el hijo que ha dejado atrás. Si bien este elemento sobrenatural no termina de convencerme por su carácter de tópico literario que ya debería estar superado, las escenas en las que aparece están muy bien escritas, lo que en cierto sentido lo hace perdonable.

Esta mujer y este hijo que deja atrás son Lóa y Jón, respectivamente, que viven como pueden en Reikiavik, donde Lóa trabaja en una librería heredada de su padre. Mientras que Lóa es incapaz de asimilar la pérdida, tanto de su segundo hijo como de su marido desaparecido y buscado por las autoridades, Jón descarga toda la ira de adolescente que tiene contenida en las letras de su grupo de metal, que le serviría como mecanismo de fuga ante la triste situación familiar tras hechos demasiado recientes. El principal problema que veo en la caracterización de Jón es que se trata de expresar todo lo que he dicho, pero que muchas veces no se logra la solemnidad del resto del texto, sino que más bien se alcanza un cierto punto irónico que, en mi opinión, desentona demasiado. Quizás un tratamiento más sutil nos habría dado a entender perfectamente los sentimientos de Jón con respecto a la actitud de su padre frente a la pérdida inminente de su hermano tras el coma. Por otro lado, queda Lóa que trata de ampararse en su trabajo de cara al público para olvidar el percance, pero que siente que al volver a casa todo ha sido inútil. Ambos serán incapaces de rehacer sus vidas en torno a terceras personas cuando se les presente la oportunidad y es que lo que Aliaga nos quiere dar a entender en esta novela es lo difícil que es pasar página en la vida.

Sino que se lo digan al doctor Thomsen, que al comienzo de la novela es acusado, con motivos desde luego, de ayudar en la intervención de la eutanasia -allí ilegal, según nos deja entender la novela- al hijo de Erik. Y es verdad, que este personaje es más secundario, pero es imposible no advertir la misma premisa. Thomsen vuelve a casa de sus padres durante el proceso como un nostálgico de tiempos que él cree que fueron buenos.

La novela no cuenta con mucho más. Poco más de cien páginas que narran esta historia fría, como el hielo, pero con personajes muy humanos. No es excesivamente compleja, pero lo que está escrito está, por lo general, bien escrito, quiero decir, que consigue transmitir lo que pretende. Según he podido leer por ahí introduce elementos de la mitología nórdica y no sé si eso será verdad o no, debido a mi ignorancia con respecto a ese punto, pero sí que es cierto que hace referencia a gran cantidad de libros y autores más o menos contemporáneos, lo que para el lector –siempre ávido lector- puede suponer una alegría que tal o cual personaje comparta esta o aquella opinión sobre determinado libro con él, o que esto le permita conocer a nuevos autores, que siempre viene bien. En pocas palabras, obra recomendable que te lees rápidamente y disfrutas mucho, pero que no destaca especialmente en nada.

Tenéis otras reseñas de Hielo en La tormenta en un vaso (bastante interesante y valora cosas que quizás he pasado más por alto) y En la orilla de las letras (donde les ha calado el alma, o algo por el estilo, cosa que no me termino de explicar).







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