sábado, 11 de noviembre de 2017

Pálida luz en las colinas, de Kazuo Ishiguro



Cuando Keiko, una pianista japonesa afincada en Inglaterra, se suicida, su madre, Etsuko, no podrá evitar hacer repaso de sus errores, instigando en los recuerdos de su primer matrimonio en el Nagasaki postatómico de los años cincuenta y en sus primeras reflexiones sobre lo que implica la maternidad, provocadas por la extraña relación que guardaban entre sí sus vecinas, Sachiko, una burguesa caída en desgracia con la guerra y su extraña hija, Mariko. Los errores que llevaron a Keiko al suicidio pueden estar presentes en la curiosa forma de criar a los hijos que Etsuko habría adoptado de Sachiko, una madre egoísta y cruel, incapaz de hablar con su hija siendo esta aún una niña. 

Este vínculo le sirve a Ishiguro para llevarnos de viaje al Nagasaki que él vivió de niño, aquel que acababa de ser arrasado por las bombas y aceptaba a los vencedores estadounidenses como modelos de progreso. Los años 1950s es una etapa de cambios muy bruscos en un país como Japón, que sufre una fortísima occidentalización (hay quien habla de norteamericanización) dentro del modelo de vida cotidiano, como bien señalan varios escritores de la época: Tanizaki, Mishima, Kawabata, etc. Lo cierto es que el debate sigue abierto aún hoy, aunque con menos fuerza, y se hace inverosímil escribir un libro ambientado en este contexto que no subraye un problema que hasta cierto punto llevó a la división social del país entre los que querían abrirse al exterior y los que sentían sus tradiciones amenazadas. Ishiguro es un escritor inglés de ascendencia japonesa, no lo olvidemos, y en este libro al menos prima lo nipón sobre lo británico. La existencia de los personajes de Ogata-San y Shigeo Matsuda en la novela simplemente sirven de excusa para poder hablar abiertamente de esto, de como tras la guerra a muchos japoneses les cuesta demasiado no mirar con odio todo aquel pasado imbuido de gloria que les pintaron desde las escuelas. El tema de la manipulación ideológica de los jóvenes en el sistema académico estaba presente en este debate y es señalado con insistencia por Ishiguro y aunque no es un tema central de la novela, ni mucho menos, me gustaría señalarlo porque en estos días ha estado mucho en boga en la prensa de mi país.

Volviendo a la novela, hay que decir que la trama se centra en un duelo tan duro como es el de la muerte de una hija en un país extranjero, subrayando la idea de la huida del dolor constante, el conflicto irresoluble entre los seres humanos y el miedo a lo que vendrá después. Etsuko ha sido toda su vida una esposa, un ama de casa que se ha dedicado a cuidar del hogar y a criar a sus dos hijas en una sociedad donde el patriarcado y la represión hacia su género eran un peso pesado. Su labor como mujer es estar callada, servir a su marido y no meterse en problemas, lo que se ve reflejado en numerosos momentos. Por ejemplo, en una de las converaciones que se transcriben de Jiro, el marido de Etsuko, y Ogata, su padre, el suegro de Etsuko se muestra manifiestamente en contra de que en una determinada casa la mujer haya votado a otro partido distinto al de su marido y justifica que él haya ejercido la violencia física hacia ella por ese gesto de opinión propia que considera un escándalo, a lo que Etsuko, criaturita ingenua y manipulable no puede evitar darle la razón. Etsuko es la narradora, pero su praxis, al igual que la de los personajes que la rodean y rodearon está llena de fallos, algunos más graves que otros, según quien los valore, y en este sentido podría ser señalada como una antihéroe en algunas ocasiones, y es que quizás uno no lo note si no agudiza mucho la vista, pero lo cierto es que Ishiguro crea, al menos aquí, personajes sorprendentemente humanos, a los que el lector no puede evitar juzgar, sintiendo un cierto grado de simpatía al mismo tiempo. Niki, por ejemplo, la menor de Etsuko, quiere hacer su vida en Londrés y podemos pensar que está en su derecho como mujer adulta, aunque peca de cierta irresponsabilidad y de una visión llena de incertidumbre en lo referente al medio y al largo plazo. Al mismo tiempo apreciamos sus ideas de la justicia y la redención, de la libertad y de la necesidad de vivir. 

Pálida luz en las colinas es también una novela con tintes muy marcados de las películas de horror asiáticas. Espeluznante es el comportamiento de la desvalida Mariko en ese mundo postatómico en reconstrucción, quien parece ser visitada de vez en cuando por una anciana que habría muerto años atrás y que quiere llevársela a su casa para "jugar". La idea de que un fantasma ronda a Mariko cuando su madre desaparece va cobrando más y más fuerza a lo largo de la novela, hasta que uno se espera una especie de encuentro entre Etsuko y el susodicho ente, pero -y esto es quizás desvelar mucho- por algún motivo este nunca se produce, e Ishiguro nos deja con un saco de espectativas rotas y de preguntas sin respuesta. Sólo podemos especular, formular hipótesis al respecto o ignorarlo, porque lo que durante más de tres cuartas partes del libro parece una cosa, luego resulta que es algo totalmente distinto a lo esperado y lo cierto es que no queda del todo mal, aunque, desgraciadamente, este no es el único punto de inconexión. Se muestra la vida de Etsuko en dos planos vitales, pero se omite concienzudamente el eslabón que los une y eso puede llegar a decepcionar mucho a algunos lectores. En algún momento la Etsuko de Nagasaki cambia de marido y se va a vivir a Inglaterra, donde tiene a su segunda hija, pero nada se aclara. Y así con una gran cantidad de tramas secundarias que no se llegan a cerrar de manera sólida.

En definitiva, Pálida luz en las colinas es una novela que puede gustar o no y que creo que depende demasiado del tipo de lector. A mí me ha gustado más de lo que me ha disgustado. El desarrollo de personajes, la atmósfera y las técnicas de la novela de terror me han convencido bastante, aunque el giro final y su brusquedad me han descolocado un poco y aún no tengo una idea clara de si goza de suficiente fuerza, aunque esté seguro de su originalidad, por lo que se lo recomiendo solo a aquellos lectores flexibles, acostumbrados a moverse en historias limítrofes. Quizás sea una novela con tantos puntos fuertes como flojos. Estoy un poco confuso.

Más reseñas de obras de Kazuo Ishiguro en esta esquina: Un artista del mundo flotante, Los restos del día



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