jueves, 8 de enero de 2015

Otelo, de William Shakespeare

El fin del celoso...


Es un alivio volver a Shakespeare, a sus juegos de palabras, a las personajes tan perfectamente esculpidos, a sus diálogos llenos de ingenio, mezcla de la comedia y del drama, de Plauto y de Séneca, al hombre misterioso empapado de todo el constructo del saber de su tiempo, a su carácter inglés, al buen sabor que dejan sus obras en los labios. Obras como ésta de “Otelo”, cuya primera lectura terminé hace un par de días. Uno de los indiscutibles grandes dramas escritos en lengua inglesa de todos los tiempos, que siguen inculcando valores morales tales como los celos o el deseo del venganza siempre conducen al derrumbe y que los malvados, para gusto del público quizás, siempre serán castigados. La tragedia consta de dos versiones, una publicada in folio y otra in Quarto (creo haberlo escrito bien), teniendo una ciertos detalles -acotaciones, frases de uno u otro personaje- que no tiene la otra. Por eso, según mi prólogo se tiende a traducir a partir de una y añadir elementos de la otra. Pero más allá de esta curiosidad está la obra que cuenta la historia del descenso de Otelo, general moro del reino de la Venecia renacentista, propiciado por su envidioso alférez Yago, quien lo engaña, haciéndole creer que la hermosa mujer, llamada Desdémona, con la que acaba de contraer matrimonio se está acostando con otro hombre, el teniente Casio, que está también al servicio del general Otelo. Esta actitud de Yago deriva de la decisión del moro de colocar a Casio como su teniente frente a Yago. Es, en pocas palabras, una pura y ruda venganza. A Yago no le importará destruir las vidas de inocentes con tal de escalar puestos, obteniendo lo que, según él, le correspondía por derecho. La otra cara de la ruindad y la astucia de Yago en la obra la vemos en el mismo Otelo, quien inocentemente cree, primero en la bondad de las personas, y luego en las palabras del vil Yago, que le acabarán llevando a buscar la muerte para su esposa y su amante imaginario. Como ya he dicho, es un alivio volver a Shakespeare –con Hamlet, que no lo he comentado, y esta obra-, es decir, de la mejor forma posible.

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domingo, 4 de enero de 2015

Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos

Unas cartas brillantes...



Hay veces en las que uno lee con avidez debido a la necesidad imperiosa de entregar un trabajo a tiempo. No son pocas las ocasiones en las que cuando uno lee bajo la presión de un cronómetro siente que no disfruta de la lectura. Sin embargo, bien es cierto que hay obras que le permiten al lector disfrutar de tal forma que, sin percatarse, cumpla con los aspavientos del reloj más presuroso, sintiendo que el tiempo invertido y el trabajo que vendrá después ha merecido, sin duda, la pena. Es la sensación que puedo rescatar de mi experiencia con Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos, la última gran lectura del año 2014 y del que me he abstenido de publicar esta reseña hasta hoy por el simple deseo de querer adornar la expresión un poco. Leer  ahora Las amistades peligrosas no es una elección sin más, sino que consiste, de alguna forma, en perpetuar las reseñas de obras que tratan principalmente del tema de la venganza que han ido apareciendo desde tiempo ha en el blog y de reconciliarme, un poco, tras la gran decepción que tuve al leer a Sade, con la literatura francesa del Siglo de las Luces. Así pues, no era fruto de un capricho hecho aleatoriamente, sin cabeza. Lo que no esperaba era encontrarme con una novela tan genialmente escrita. 

Lo primero que tiene que saber el lector de Las amistades peligrosas antes de enfrentarse a ella es su curioso formato, que ya había sido empleado para la época por otros autores como Rousseau -del que no le resultara difícil al lector encontrar en la novela alguna que otra referencia a su obra completa y, en especial, a la Nueva Eloísa-, en forma de correspondencia entre varios personajes. El escritor afirma, con una sonrisa, que él no ha hecho sino recopilar dichas cartas y ordenarlas, no siempre en orden cronológico, para contar de una manera más clara la historia llena de pasiones y engaños en la que se ven sumergidos los personajes, que viajan por todo el astro de emociones humanas: de la alegría a la tristeza, a la furia, a la nostalgia, a la impotencia y a la rabia; del amor al odio. El sistema de correspondencia selecta nos da la oportunidad de ver cómo unos personajes se mienten a otros, cómo  el amor puede fingirse, cómo el poderoso siempre lucha por conseguir lo que ansía. De esta forma, inmerso en el más absoluto perspectivismo, se va construyendo la novela, ladrillo a ladrillo, carta a carta, con mensajes de unos, respuestas de otros y las inmediatas respuestas a las respuestas que se encadenan y parecen no tener fin, no dejando por ello de resultar intrigante. La ventaja de la carta y la habilidad como escritor de Choderlos nos permite apreciar un minucioso trabajo en la psicología de los personajes, que pueden expresar sus sentimientos, o fingir que los expresan, en el papel. Así, cada personaje, dista mucho, psicológicamente y en el hablar, de otro. El cambio de voz, de narrador, por llamarlo de alguna forma, de unos personajes a otros estando todos insertos en un mismo espacio ficcional es un recurso que ha sido adoptado por escritores más modernos como, por ejemplo, quiero recordar ahora, a Cela y su Pabellón de reposo, la que sería su segunda novela.

Pero la cosa no queda en esta pequeña y original estructura de la obra, pues, a la brillantez estética le acompaña una gran historia digna de contarse: la de cómo el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil, dos libertinos aristócratas que un tiempo atrás habían sido mutuos amantes del otro, se alían para tomar venganza de enemigos comunes. La narración comienza cuando Cecilia de Volanges, una joven de quince años internada en un convento, es sacada de allí por su madre para tomar matrimonio en un futuro próximo con un tal conde de Gercourt, que también es amante de la marquesa de la que ya hemos hecho mención arriba. Así pues, una Merteuil resentida envía cartas a su mejor amigo, el vizconde de Valmont, pidiéndole su regreso a París para seducir a la joven e impedir el fatídico enlace, pero el libertino no está por la labor de retornar de su retiro en el palacio de su anciana tía, la señora de Rosemonde, sabiendo que pronto irá a visitar a la viejecita una dama de considerable belleza, que para desgracia de Valmont, aunque esto no le impedirá seducirla, está casada, con el presidente Tourvel, y es una puritana ferviente y fiel. Sin embargo, acabará Valmont cambiando de parecer con respecto a lo que le propone su amiga cuando descubre como la madre de Cecilia Volanges, muy amiga de la presidenta, pretende ponerla en contra suya, revelándole la serie de faltas de las que se le acusan al aparentemente apuesto y munífico vizconde. Al mismo tiempo, Cecilia irá enamorándose de un joven que frecuenta su casa, el caballero Danceny, quién poco a poco también perderá un poco el norte por la pequeña Volanges. La joven virgen se dejará guiar por la mano de la vil marquesa, quien, fingiendo ser su benefactora, se gana su confianza, con la esperanza de mantener una relación con Danceny a espaldas de la madre. Sin embargo, el objetivo de esta despreciable mujer no es que su amiga alcance la felicidad con su amor, sino "perderla", socialmente hablando, por supuesto. Para ello le cederá su tutela a Valmont, que gravitará como un buitre sobre su presa, esperando atacar.

Pueden leer un par de cartas, de las más de ciento setenta de las que está compuesta la obra, que me parecieron destacables aquí, y que les pueden servir a la hora de haceros una idea de cómo se expresa el autor en la obra. Y, como creo que ya he dejado bastante clara mi valoración de la obra al inicio de la reseña, me despido por hoy. Un saludo.

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viernes, 2 de enero de 2015

La Orestíada, de Esquilo

Esquilo, Orestes, Edipo, Alcmeón...




Ya sé que en el breve resumen de lecturas de otoño quise dejar claro que no volvería a los clásicos por un tiempo, que ya estaba un poco cansado de ellos y que me apetecía volver a acercarme a textos más modernos. La necesidad, lo creáis o no, me ha llevado de nuevo a la literatura grecolatina. Y como me cuesta leer un libro sin comentarlo, aquí dejo pues lo que más interesante he encontrado en esta primera lectura del año.

Se recuerda a Esquilo como el primer gran dramaturgo de la historia de la literatura occidental, primero en introducir un segundo personaje en escena. A pesar de que escribió casi noventa, de él sólo hemos podido conservar unas siete obras, siendo la séptima, Prometo encadenado, de dudosa autoría. Dentro de las obras que disponemos de Esquilo destaca especialmente la única trilogía de teatro griego clásico, que vendría a ser la que hoy vamos a comentar.

La historia de Orestes y de la mancha que lleva su familia se remonta a los primeros tiempos míticos y su origen es contado por uno de los personajes, Egisto, en la primera de las tragedias (Agamenón) de la siguiente forma:

"EGISTO:
Su padre Atreo, (abuelo de Orestes, padre de Agamenón) señor de esta tierra, -para contar la historia en sus detalles- expulsó del país y de su casa a Tiestes, su hermano, disputando por el trono. Y un día el propio Tiestes regresó, suplicante, a su morada, y consiguió tan solo con su muerte no empapar con su sangre el suelo patrio. Pero entonces Atreo, padre impío de éste, fingiendo celebrar con gozo un día consagrado al sacrificio, le ofrece, como prenda de hospedaje, ágape con la carne de sus hijos: los pies trinchó y los dedos de las manos por encima... cada cual en su asiento, irreconocibles. En su ignorancia, tomó un trozo probando los manjares que, como ves, funestos a esta casa fueron. Después, al descubrir aquella horrenda acción, lanza un gemido y cae al suelo vomitando aquel carnaje, contra toda de Pélope la raza imprecando un destino de horrores, derribando de un puntapié la mesa para fortalecer su maldición: "Perezca de este modo la familia de Plístenes entera." Esta es la causa por la que puedes verle aquí tendido. Y yo debería ser, muy justamente, el llamado a tramar esta matanza: era el hijo tercero de mi padre, y con él me enviaron al destierro cuando era solo un niño de pañales. Pero crecí y me trajo nuevamente la justicia; y sin pisar la casa he podido alcanzarle con mis golpes, toda la trama urdiendo de su muerte. Y ahora hasta la muerte será dulce al verle entre las redes de Justicia"
 La historia, como veis, comienza con la maldad sin remedio que comete Atreo, dándole a Tiestes de comer sus propios hijos sin que éste lo sepa. Aquel horroroso acto de burla por parte de Atreo para llevar a la desgracia a su propio hermano, con quien disputaba el trono es castigado por los dioses con una mancha sobre su familia que no podrá borrarse hasta el juicio de Orestes en el Areópago en la última de las tragedias (Las Euménides). La existencia de una mancha, bien puede recordarnos a la historia de otro héroe trágico más conocido llamado Edipo. En el mito de Edipo, el abuelo de éste viola a un joven en la casa de un hombre que lo había acogido para que pasara la noche, despreciando así las leyes sagradas de la buena hospitalidad. Lábdaco, que así se llamaba el hombre, incurre en hybris, cayendo la mancha sobre toda su descendencia, hasta que alguien de buen corazón ponga freno a la desgracia a través de su propio sacrificio (Edipo). En este sentido, ambos mitos siguen un mismo esquema, que no un mismo desarrollo.

La primera tragedia comienza con el fin de Troya. Desde las almenas de la fortaleza de la ciudad de Micenas un vigía avista a lo lejos un gran fuego cuando el día llega a su fin. Clitemnestra al atisbarlo  sabe ya de qué se trata: la guerra que diez años duró ha acabado con la toma de Ilión y su posterior destrucción; los argivos han saqueado sus riquezas y, mientras que algunos troyanos huyen con Eneas, otros son asesinados vilmente o convertidos en esclavos, como Casandra, una profetisa que aparecerá en la primera tragedia para compadecerse de la desgracia de los Átridas y pedir su venganza. Al poco tiempo llega Agamenón, el rey legítimo de Micenas, con su séquito, un mensajero y la ya mencionada profetisa echa esclava, pero, mientras que su esposa lo recibe con palabras amables, su vida ha cambiado demasiado en estos últimos diez años como para aceptarlo como marido. Además, el sacrificio de Ifigenia, hija de ambos, la ha sumido en un profundo pesar al punto de que sólo piensa en dar muerte a su asesino, consiguiendo así una venganza. Para ello cuenta Clitemnestra con el apoyo de Egisto, que se ha convertido en su amante y cuyas razones para dejar sin vida al rey de Micenas ya aparecen arriba expuestas sucintamente. Agamenón entra en el palacio sin saber la traición con la que va a sorprenderle su esposa, mientras que los espectadores asisten a cómo Casandra augura todas las desgracias que van a acontecer esa noche en un diálogo constante con el coro. Determina, finalmente, que la muerte también debe acompañarla y entra en el palacio para morir. Queda, pues, en la escena final de la tragedia un interesante enfrentamiento entre el coro y Egisto, que defiende, junto a su amante, la legitimidad de tales muertes, no temiendo por ningún tipo de vengador postrer, como bien será Orestes tiempo después. 

Hace poco leí un libro que no comenté aquí, quizás por pereza, titulado La venganza de Alcmeón: un mito olvidado, que consistía en una reconstrucción de la historia de un héroe del que sólo nos habían llegado pequeños fragmentos de texto. En el ensayo, del célebre helenista Carlos García Gual, se hacía especial hincapié en las fuertes semejanzas que presentaban este mito (el de Alcmeón) y el de Orestes. De hecho, fue la lectura de ese ensayo lo que me ha empujado a leerme la Orestíada. El mito de Alcmeón en resumidas cuentas es algo tal que así: Anfiarao, guerrero y oráculo, es empujado por su mujer Erifila, quien para ello ha aceptado un lujoso regalo de su hermano Adrasto, a la guerra contra Tebas, para devolver al depuesto Polinices, hijo de Edipo; sabiendo de su futura muerte en la batalla y temiendo vengarse de su esposa para no incurrir en un castigo divino, lega esta responsabilidad en su hijo Alcmeón, quien, una vez crezca, se verá también traicionado por su madre, a la que acabará dando muerte, cumpliendo el deber de la venganza que le impone la muerte de su padre. Al igual que Orestes, como ahora veremos, Alcmeón será perseguido por las Erinias, las diosas de la venganza por el derramamiento de sangre familiar. Si bien Orestes tendrá que librarse de ellas en un juicio presidido por Atenea, tanto Alcmeón como Edipo, que también derrama sangre familiar matando a su padre y propiciando el suicidio de su madre, encontrarán la paz en el exilio.

Pero, sigamos con Orestes, protagonista de la historia y que, sin embargo, no hace su aparición en escena hasta la segunda de las tragedias, esa cuyo nombre siempre olvido y que según mi edición se titula Las coéforas. Este héroe, al igual que Edipo, fue criado en otra tierra y su familia sólo lo recuerda por el nombre. Una vez es lo suficientemente mayor y descubre la aciaga noticia de la muerte de su padre por el oráculo de Febo Apolo decide viajar hasta Micenas para matar a los asesinos en compañía de uno de sus más fieles amigos. Allí conoce a Electra, su hermana, junto a la lápida que indica donde yace Agamenón, uniéndose ambos para tramar la venganza, que al fin ejecuta la mano de Orestes. Agamenón es vengado, pero su hijo ahora debe recibir por ley divina el castigo de las Erinias. Comienza la locura del héroe, que lo lleva a huir a Delfos, el ombligo del mundo, donde espera obtener la protección de Apolo. No obstante, allí tampoco logra la paz para su espíritu mancillado, viéndose esto ya en una tercera y última tragedia llamada Las euménides. Apolo se enfrenta al espectro de Clitemnestra, que vuelve para clamar venganza por su muerte. Hay pues, el ya mencionado juicio y se termina la obra.

Mi valoración general es bastante positiva. No había leído nada de Esquilo, aunque me hubiera gustado hacerlo en otras condiciones, con algo más de tiempo, pues tal como empecé la trilogía la acabé en un día. Ahora sí, que dejo los clásicos grecolatinos. No, mentira. ¡Que os prometí a Séneca! Bueno, pues después de éste sí o sí. 

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martes, 30 de diciembre de 2014

Tres tragedias de venganza. Teatro renacentista inglés.

La tragedia española, de Thomas Kyd. La duquesa de Amalfi, de John Webster. Lástima que sea una ramera, de John Ford


Ya dejaba caer en el breve resumen de las lecturas de otoño que la recopilación de tragedias, el estudio que hace de ellas y la traducción de José Ramón Díaz Fernández me habían gustado muy mucho y esto se debe, no sólo a la calidad excelente de las obras en sí, sino también a la edición que hace Gredos, que creo que está bastante bien trabajada. 

El tema que une a una tragedia con otra, dispuestas por el orden cronológico en el que se compusieron, es una constante en todo el llamado teatro isabelino y jacobeo, que no se ancla sólo en Shakespeare y en su famoso Hamlet. Aquí se hace una muestra.

Como son obras diferentes de autores diferentes lo que propongo es comentar cada obra por separado e ir comentado elementos con los que podamos establecer relaciones entre unas obras y otras.

Empecemos, por ejemplo, con la primera, para así seguir el orden de la historia y el que marca el libro.

Díaz Fernández considera a Thomas Kyd como el creador de la llamada Tragedia de Venganza como género dramático. Lo cierto es que se pueden rastrear precedentes en la tradición clásica que llegan hasta la Medea de Eurípides y Séneca, pero eso es lo de menos porque entendemos que se refiere al teatro exclusivamente inglés, a pesar de que el experto no nos lo aclare. De Kyd menciona en el estudio preliminar que, aunque escribió varias obras (entre ellas un Hamlet, aproximadamente diez años antes que Shakespeare, que no ha podido llegar hasta nuestros días), sólo nos ha quedado de su pluma como obra completa La tragedia española, que también era conocida por el vulgo con el nombre de su personaje principal: Jerónimo. Lo cierto es que como tragedia alcanza momentos en los que rivalizan con el Shakespeare más serio, el de Hamlet, El Rey Liar, McBeth, etc. Y esto último fue para mí una sorpresa que me alegró bastante la tarde. La psicología de los personajes no está tan trabajada como en La duquesa de Amalfi, por mencionar una de las obras de las que ahora hablaremos, o de los clásicos shakespearianos, pero no le hace falta para lograr en el espectador, o, en mi caso, en el lector el efecto trágico buscado. Emplea, además, un peculiar y, a primera vista, bastante moderno concepto del teatro como representación. Como en una matrioska Kyd construye una serie de niveles narrativo-escénicos donde va situando a sus personajes. En el primer nivel estaría el público que asiste a la representación. En el segundo estarían el espectro del soldado Andrea, que ha sido asesinado en combate y al que se le ha prometido que el culpable de su muerte será castigado con una más atroz y que él podrá presenciarlo, y el demonio de la Venganza, que, ya sabiendo el desenlace le muestra a Andrea cada acontecimiento. En el tercer nivel se representa la acción de los personajes entre la muerte de Andrea y la venganza de éste que se efectuará sin que él no mueva un dedo, por eso de que las personas malvadas acaban cayendo sí o sí. Dentro de este nivel se producen una serie de muertes movidas por las pasiones que moverán a Bel-Imperia y a Jerónimo a urdir un ardid para vengar la muerte de sus seres queridos. ¡Pero no queda ahí la cosa! Hay un momento de la acción en el que asistimos a un cuarto nivel: hablamos de una representación teatral que Jerónimo prepara para el Rey de España y el Virrey de Portugal. Es esta complejidad externa más la complejidad interna en que consiste el desarrollo de las relaciones de los niveles dos y tres, y la historia llena de giros en el tercer nivel la que la encumbra como una tragedia muy a tener en cuenta y que hasta ahora había pasado desapercibida para el público español (de hecho, la primera traducción es esta que hace Gredos y Fernández Díaz en 2006). 

Sobre la historia interna no quiero desvelar demasiado, aunque, como siempre, a mi me lo contaron todo ya en el prólogo. Hay una guerra entre España y Portugal en algún momento histórico ficticio que crea Kyd (que, por cierto, confunde muchas veces geográficamente España con Italia) y Andrea, el soldado español del que hemos hablado antes, es asesinado por Baltasar, el príncipe de Portugal, que luego será capturado por dos amigos de la infancia que ya no lo son, Lorenzo, hijo del duque de Castilla, y Horacio, hijo del Justicia Mayor. Bel-Imperia, hermana de Lorenzo, pierde a su amante en la batalla y empieza a ser cortejada por Horacio, pero éste es pronta y brutalmente asesinado por Lorenzo y Baltasar, que se ha enamorado fervientemente de Bel-Imperia. Una vez muerto Horacio, su padre Jerónimo y su amante Bel-Imperia claman venganza. Hay una escena en concreto, un monólogo de Jerónimo con el que se abre la escena segunda del tercer acto en el que se logra uno de los momentos cumbres de la obra, que está cargado de especial fuerza poética y que ya destaqué en su momento aquí.  La desgracia lleva a Jerónimo a la locura, siendo incapaz de vengar a su hijo a través de los medios judiciales que domina, debido a que los asesinos ocupan un estrato social que los exime de toda culpa. ¿Pero está Jerónimo loco o cómo Hamlet se hace el loco? En La tragedia española asistimos al episodio contrario que se representa en el Hamlet (en el que, por cierto, también hay una representación en la que se juega con los niveles narrativo-escénicos): mientras que en la corte danesa es el hijo el que quiere vengar la muerte de su padre matando a su tío Claudio, en los palacios españoles es el padre el que quiere liquidar a los que mataron a su hijo. Como Hamlet, Jerónimo experimenta momentos en los que parece totalmente enajenado, pero siempre mantiene algo de cordura que le permite hilar su trampa, en la cual debe caer, y no diré si lo hace o no, tanto Lorenzo como Baltasar. La obra sufrió añadidos posteriores, que no provinieron de la mano del autor, pero que se han mantenido en las versiones más modernas por su gran calidad literaria y porque se desvincula de los temas centrales de la obra para arrojar luz sobre otros más secundarios que, en mi opinión, no carecen, ni mucho menos, de importancia.

De Webster y La duquesa de Amalfi podremos decir algunas palabras más que de Kyd. En primer lugar, que, al contrario que La tragedia española o el Hamlet, está basada en un hecho real,  a partir del cual también se inspiró Lope para hacer otra tragedia. La historia trata sobre el honor, la pasión y, por supuesto, la venganza. La duquesa de Amalfi es una joven viuda que se ha enamorado de su mayordomo Antonio. Su estatus social y el amor, en el sentido más pervertido que os podáis imaginar, que siente su hermano Fernando por ella le impiden casarse con él. No obstante, lo hace en secreto y sin testigos, lo cual era práctica habitual en la época al parecer, con darle sencillamente la mano. Todo va bien hasta que la mujer, mira tú por dónde, se queda embarazada. Aún así consigue tener tres vástagos del matrimonio. En el pueblo comienzan a esparcirse rumores que conducen a la opinión pública, por llamarlo de algún modo, de que es una ramera impúdica. Y estas noticias son llevadas a Fernando por un fiel espía, arquetípico personaje maquiavélico que aparece en todas las obras que Gredos ha recogido esta vez y que en La tragedia española vendría a corresponderse con Villuppo y en Lástima que sea una ramera con Vázquez. Una vez Fernando sabe esto planea su venganza con la ayuda de su hermano, un Cardenal que peca de adulterio con la mujer de uno de los personajes más secundarios de la obra. Descubierto Antonio, la duquesa le recomendará que huya de Amalfi, creyendo que no le ocurrirá nada. Pero Fernando efectúa su venganza a través de Bósola, el espía, y la mancha del asesinato le lleva a enloquecer. Y aquí paro, aunque la historia siga para centrarme en otros detalles especialmente interesantes…

Uno de los elementos que más llama la atención al espectador/lector es el profuso trabajo realizado por el dramaturgo en lo que a la complexión psicológica de los personajes se refiere. Si venimos a compararlo con La tragedia española, ya que en el libro una lectura sucede a la otra, lo notaremos y nos resultará incluso brusco la gran atención que le presta el escritor a este elemento. Una vez un gran crítico, ahora mismo no recuerdo bien el nombre, dijo que un gran texto es aquel que muestra sus propias estructuras. Si ese gran crítico leyó La duquesa de Amalfi, sin duda, debió de disfrutar mucho con uno de los momentos iniciales, cuando Antonio le describe a su amigo Delio como son cada uno de los tres hermanos (Fernando, El Cardenal y La Duquesa) y cómo, para quizás no dejar a Antonio por mentiroso, esas precisiones no se mueven ni un ápice de la verdad.

“DELIO: 
(Aparte a Antonio) Ahora, señor, vuestra promesa. ¿Quién es ese Cardenal? Me refiero a su carácter. Dicen que es un individuo audaz, que se juega cinco mil coronas al tenis, baila, corteja damas, y que se ha batido en duelos. 
ANTONIO: 
Semejantes destellos se aferran a él superficialmente, mera apariencia, mas observad su temperamento interior: es un clérigo melancólico. El manantial de su cara no es sino un criadero de sapos. Cuando sospecha de algún hombre, urde peores intrigas que las que soportó el propio Hércules, pues le arroja en su camino aduladores, alcahuetes, espías, personas impías y todo tipo de monstruos intrigantes. Podría haber sido Papa pero, en lugar de conseguirlo mediante el primitivo decoro de la Iglesia, se valió de sobornos con tal profusión y con tal insolencia como si hubiera podido lograrlo sin el conocimiento del cielo. Algún bien habrá hecho. 
DELIO: 
Demasiado habéis dicho de él. ¿Qué decís de su hermano? 
ANTONIO: 
¿El Duque? Un carácter de lo más perverso y turbulento: lo que aparenta en él regocijo es mera fachada. Si se ríe efusivamente, es para despreciar todo lo honrado a fuerza de carcajadas. 
DELIO: 
¿Gemelos? 
ANTONIO: 
En condición. Habla con las lenguas de otros y atiende las peticiones de la gente con oídos ajenos; fingirá dormirse en los juicios tan sólo para atrapar a los infractores en sus respuestas; condena a muerte por mera delación y recompensa por habladurías.

Como se puede ver en el pasaje los personajes que pinta Webster son extremadamente corruptos y sin ningún tipo de moral. Una especie de característica del teatro isabelino es la ambientación en países mediterráneos, donde, a través de la explotación de tópicos, se denuncian temas tan sociales como la corrupción. Lo cierto es que gran parte de la denuncia del teatro isabelino no estaba dirigido a estos países en concreto, sino a la propia nación inglesa. El miedo ante el poder de la corona británica obligaba a muchos autores a recurrir a escenificaciones en otros países de Europa. En este caso el personaje del Cardenal, no obstante, tiene más bien la función contraria. Su libertinaje refleja la inestabilidad, la inmoralidad y la hipocresía con la que los ingleses veían a la Iglesia Católica de Roma. La crítica a la corrupción política también puede verse claramente en la tragedia anteriormente comentada arriba.

Destaca de la obra también una escena muda que debe tener como escenario las puertas al santuario de la Virgen de Loreto, donde los hermanos se encuentran con los enamorados y se disponen a darles muerte, acto que ambos evitan huyendo. También hay en la obra momentos corales especialmente llamativos, aunque en la traducción se hayan perdido varios elementos que hacen que las canciones no resulten del todo emotivas. Pero bueno… Por último, para cerrar con La duquesa de Amalfi, me veo obligado a decir que la cantidad y la calidad de los recursos retórico-literarios son increíbles. Las palabras que escupen los personajes van en muchos casos cargadas de poesía.

En tercer lugar tenemos Lástima que sea una ramera de John Ford, una obra algo más complicada en lo que a trama se refiere, ya que el dramaturgo no se conforma con mostrarnos una sola historia, sino que, manteniendo un eje central, la historia de amor incestuoso entre Annabella y Giovanni, propone otras pequeñas escenas de venganza entre los personajes secundarios, que determinarán de algún modo el desenlace final y que aportan dinamismo y pequeñas dosis de crueldad a la tragedia de forma intermitente. Son muy interesantes los giros argumentales y lenguaje cargado de dobles sentidos, muchas connotaciones sexuales que también se pueden apreciar en La duquesa de Amalfi. Es, quizás, la obra más cruel y fría. Que peor cuerpo te deja. Profundamente impactante. 

¿Pero de qué va, aparte de numerosas venganzas justificadas o no?

Lástima que sea una ramera se ambienta en las calles de Milán, donde la bella Annabella, virgen de alta alcurnia, ya está en edad de contraer matrimonio, lo que le lleva a su padre a no perder un segundo en buscarle numerosos pretendientes, de entre los cuales su favorito será Soranzo, que goza de cierta fama de libertino en la ciudad por haber abandonado a Hippólita, la mujer de Richardetto, un militar que marchó a la guerra y no volvió, pero que en la obra reaparecerá disfrazado de médico y en compañía de su sobrina para urdir una treta con la que saciar su sed de venganza. Otros pretendientes de Annabella son Grimaldi, un militar romano que será engañado y vejado ante los ojos de su inalcanzable amada, y Bergetto, que constituye una clase de infructuoso intento de contrapunto cómico en la obra en forma de patán infantiloide y presumido que cree tener a Annabella conquistada con su mera apariencia física y que no duda en enviarle mensajes algo obscenos, a pesar de no tener con ella ningún tipo de confianza.  La cabeza loca de Bergetto es siempre aconsejada y movida por Donado, su tío, quien acude a Florio, padre de Annabella, presentando los credenciales de su pariente constantemente para convencerle. Sin embargo, Annabella no ama ni a Soranzo, ni a Grimaldi, ni a Bergetto, sino a un cuarto hombre, que, por desgracia para ella, resulta ser su hermano Giovanni. Comienzan juntos una relación en secreto que la deja embarazada, lo que la lleva a aceptar rápidamente al que le parece el mejor pretendiente: el favorito de su padre, Soranzo. Tras las bodas se sigue manteniendo la relación en secreto, pero será imposible ocultar el embarazo. Soranzo, con ayuda de su maquiavélico criado Vázquez, planean una terrible venganza. Y aquí me vuelvo a callar para no desvelar nada más…

Y con esta entrada cierro el año 2014, un año crucial para este sitio, que ha estado creciendo mucho, gracias, en gran parte también, a los lectores que han vagabundeado alguna que otra tarde en los márgenes de una u otra reseña, o de algún pequeño fragmento, o comentario. A todos ellos, les deseo un feliz 2015. Que aquí ya volveremos en enero con más libros, más reseñas, más literatura, más cultura, más Esquina de ese Círculo.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Breve resumen de todas las lecturas de otoño (del 19 de septiembre al 21 de diciembre)



Si el verano ha sido una estación prolija en lecturas, el otoño ha consistido en todo lo contrario debido al comienzo de las clases en la facultad y a mi integración en la vida social granadina. No obstante, han caído suficientes libros de calidad como para que merezca la pena hacer este compendium, en su mayoría lectoras obligatorias de grandes obras grecolatinas  de las clases que he venido comentando aquí cada vez que acababa. Le hemos dedicado buena parte del tiempo a la épica (Ilíada, Odisea, Eneida, Metamorfosis) y hemos acabado con teatro (Plauto), con breves escapadas a ambientes más modernos (Mann, Tolstoi, Sade). Y no les entretengo más, aquí tienen el resumen.


Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann (4/5)

Comenzábamos el otoño con un sacrificado del verano: el genial Thomas Mann. Gran obra, desgraciadamente inacabada, del Premio Nobel, en la que un joven ladino narra sus vivencias. Fascinadora y llena de humor. Una novela con la que todo escritor querría cerrar su carrera y que obtendría, sin duda, la máxima puntuación si estuviera finalizada. Le hice una reseña en su tiempo que aquí dejo.











La Ilíada, de un apuesto señor llamado Homero (4/5)

Sí, el primer libro escrito de la literatura occidental. Un clásico entre los clásicos. Un encargo de la facultad que tarde o temprano acabaría leyendo. Con un lenguaje algo plano, pero no seamos tampoco demasiado exigentes, que es la primera epopeya griega. Eso sí, sólo por la compleja trama argumental merece, y mucho, la pena. El juego de planos, las escenas con imágenes increíblemente visuales y algunos diálogos memorables la encumbran como una de las mejores obras de todos los tiempos. En mi opinión es buena obra, aunque no está al nivel de su sucesora: la Odisea. Reseña aquí.





Odisea, de un apuesto señor llamado Homero (5/5)

Otro encargo más de la facultad, siguiendo la línea de los clásicos, que tarde o temprano tendría que leer. Mucho mejor estructurada y escrita que la Ilíada en mi opinión. Sumamente moderna para su época. Adelanta muchas técnicas narrativas que desarrollarían grandes escritores posteriores. Toda una joya del género de la novela de aventuras con momentos emblemáticos que completan muchos de los huecos que deja la Ilíada. Reseña.









La Eneida, de Virgilio (4/5)

Seguimos con los clásicos y con un tercer encargo de la facultad. Con una fluidez mucho mayor que la Ilíada y la Odisea, peca de ciertos momentos, sobre todo en los últimos capítulos que se pueden tornar algo pesados. Si bien toma muchas cosas de Homero, la obra que escribe Virgilio es única y también tiene sus capítulos memorables. Para ser concretos, son de extraordinaria belleza el segundo, en el que Eneas narra el fin de Troya mediante la artimaña del caballo de madera, y el sexto, que constituye el viaje a los infiernos más logrado de todos los que haya leído. No es de extrañar que Dante lo eligiera para ser su guía por los confines de Dite. En su día hice una reseña que dejo aquí.



Historia de un caballo, de León Tolstoi (4/5)

¡Ay, madre mía! ¡Qué penita de caballo! ¡Qué penita de Mujik I! No miento al afirmar que he sentido más empatía por él que por muchos de los seres humanos que me he encontrado a lo largo de lo que llevo de vida. ¡Grandísimo personaje el que crea Tolstoi! Héroe trágico, noble de espíritu y vapuleado por la realidad, por la bestialidad de los hombres y de los otros caballos. Constantemente luchando y sometiéndose a poderes que le superan; es fácil establecer una semejanza con muchos de los personajes de Kafka en este sentido. En pocas palabras, es un cuento que se lee en una hora, que te toca la fibra y que guardas en tu corazón con gran recuerdo el resto de tus días. No me detuve a hacerle la reseña en su momento, pero sí que quise destacar un fragmento especialmente bueno, que invita a la reflexión sobre el concepto propiedad.

Filosofía en el tocador, del Marqués de Sade (1/5)

Decepcionante. Cuando no te bombardea el escritor con sus ideas radicales y absurdas te infla el texto de pornografía. No es que sea infumable, pero es decididamente un libro sin calidad alguna escrito por una mente perturbada. Siento que he perdido el tiempo leyéndolo y que no puedo recuperarlo. En fin... Dejo la reseña por si les interesa aquí.












Las Metamorfosis, de Ovidio (5/5)

Toda una enciclopedia de mitología, fácil, interesante y emotiva. Perfectamente hilada y genialmente escrita (o traducida). Las Metamorfosis es un gran poema épico que supone la revolución del género. Un mito tras otro, todos conectados entre sí, consiguiendo que el constructo legendario grecolatino quede completamente cerrado. En su momento hice una extensa reseña, en la que hablaba de pasada por varios mitos interesantes.







La voluntad de ser feliz y otros relatos, de Thomas Mann (3/5)

Los primeros relatos publicados de Mann de extensión variable. Algunos de gran calidad y especial interés, otros bastante flojos. Poco a poco los he ido devorando en las horas libres que se me escapaban y he conseguido terminar la antología. No tiene la grandeza de las obras posteriores del alemán, pero merece bastante la pena su lectura. Al comienzo de la semana ya se publicó su reseña, aunque más que una reseña propiamente dicha podríamos hablar de un resumen de cada cuento destacando los más interesantes. En cualquier caso, fue lo que me salió del alma.







Comedias sueltas de Plauto: Miles gloriosus, Anfitrión y El Pséudolo (4/5)

El Shakespeare de la risa de la Antigüedad romana. Un humor que traspasa la frontera de la cultura y del tiempo y que tienta a la carcajada a salir a la luz. Un genial comediógrafo que me ha causado gran impresión. Muy interesante. Volveré a él en algún momento. Reseña.




Tres tragedias de venganza. Teatro renacentista inglés. (La tragedia española, de Kyd. La duquesa de Amalfi, de Webster. Lástima que sea una ramera, de John Ford.) (4/5)

Están leídas y estoy trabajando en la reseña que, posiblemente, estará antes del fin de año (quiero tomarme una semana de vacaciones aprovechando las fechas en las que estamos). Les adelantó que me han gustado mucho.











Y para el invierno quiero meterle mano a algo de Séneca, y poner así fin a este miniciclo de literatura grecolatina antigua, Las amistades peligrosas de Choderlos, volver a Shakespeare y empezar con algo más moderno que tengo por ahí guardado como La espada de los cincuenta años de Danielewski, autor de La Casa de Hojas, algo de literatura hispanoamericana del XX y rusa del XIX y la novela Martín Zarza, que recientemente ha publicado la nueva editorial El último dodo y cuya presentación y módico precio me convenció bastante. También algo de Ana Blandiana estaría bien, pero todo a su debido tiempo.

Eso es todo. ¡Pasen una feliz Navidad!

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Comedias sueltas de Plauto (Miles Gloriosus, Anfitrión y El pséudolo)

El maestro romano de la risa...



Increíble es como después de una veintena de siglos y unos pocos de decenios, no los olvidemos, un autor, un comediógrafo, un genio del humor, un Shakespeare de la risa como lo es Titus Maccius Plautus o Plauto, simplemente, pueda seguir despertando con tal ahínco la carcajada en unos lectores/espectadores cuyo mundo queda cada día más distante del escenario en el que se sitúan tan disparatadas comedias como las que vamos a hablar hoy. A saber: Miles Gloriosus, Anfitrión y El pséudolo. Son sólo una selección de las veintiuna obras que de él se han conservado y que se le atribuyen sin titubeos, aunque se da casi por sentado que escribió muchas otras –en la Introducción General de mi edición se comenta que Aulio Gelio defendía que Plauto había llegado a componer hasta 130 comedias. Muchos son los fragmentos que de estas comedias nos han llegado. Se estima que mínimamente debieron de ser 51 el número de obras del umbrío. No es lo que nos dice Aulio Gelio, pero es, no obstante, un número considerable, que fue suficiente para influir en comediógrafos posteriores de la talla de Molière o Shakespeare.

Plauto se caracteriza por arrancar como comediógrafo de éxito desde la nada más absoluta. Según cuenta él mismo pasó de estar un día trabajando con el molino, lo cual se ha debatido si era literal o una mera metáfora de su pobreza, a nadar en la abundancia y morir en ella, dejando su nombre en la historia de la literatura. Se desconoce cuál pudo ser su primera obra, la que “lo sacó del molino”, pues ninguna de sus comedias está datada, a excepción de El pséudolo (191 a.C.) y Stichus (200 a.C.). La mayor parte de la producción de Plauto imita obras anteriores latinas que no se han conservado. Plauto, para prevenir al espectador de qué es lo que va a encontrarse, pone en boca de uno de sus personajes, normalmente el más pillo y simpático, el nombre del original en el que el dramaturgo se ha inspirado libremente. Su libertad es tal que se permite la licencia de “contaminar” la obra mezclando varias comedias, o tragedias (como en el caso de Anfitrión), en una sola. Esta contaminación en característica en su obra.

Sus comedias son siempre comedias de enredos, donde el ingenio de los personajes está constantemente salvando problemas. Este ingenio da lugar a diálogos inteligentísimos, que recuerdan al mejor Shakespeare. Si William tenía en sus comedias y tragicomedias predilección por la figura del clown, Plauto la reserva única y exclusivamente para sus esclavos, siempre pillos e inteligentes, capaces de sacarles las castañas del fuego a sus amos en todo momento. Mientras que en Miles Gloriosus tenemos al genial Palestrión, capaz de engañar a Pirgopolinices, más conocido como el Soldado Fanfarrón, para que su amo puede huir con su amada y con el mismo Palestrión, que había sido capturado por unos piratas anteriormente cuando navegaba por el mar para darle la noticia a su amo de que a la ya mencionada amada la había raptado el militar que luego le compraría en un mercado de Éfeso, en El Pséudolo vemos como es el esclavo el que asume el papel protagonista, llegando al punto de que la comedia, incluso, lleva su nombre por título. 

El caso de Anfitrión es más particular, pues en él no aparecen bajo el estereotipo de esclavo un personaje, sino dos. Por un lado tendremos a Sosia, el esclavo asustadizo y lleno de ironía del militar Anfitrión, que, por órdenes de éste, vuelve a casa a darle la buena a Alcmena de que su marido se aproxima. Por otro lado, tendremos al dios Mercurio, quien hace de sereno en la puerta de la casa de Alcmena, disfrazado de Sosia, mientras su padre Júpiter, camuflado como Anfitrión, goza del placer carnal con la bella esposa del militar. Mercurio adopta el papel socarrón que correspondería en la comedia plautina con el típico esclavo. Se mofa de Sosia cuando se presenta en la puerta de la casa de su amo y se golpea repetidas veces para que se marche. Tras un ingenioso diálogo acaba haciéndole creer que él no es Sosia, siendo Sosia el hombre que tiene delante y que, por supuesto, no puede ser Sosia porque sólo hay un Sosia en toda la “tragicomedia”, término que utilizaremos para el caso de Anfitrión, pues es el que aparece en el prólogo por boca de Mercurio, y, por tanto, el que prefiere el propio Plauto, y que quizá mejor se adapta. 

Dejando de lado el Anfitrión, su única obra conservada de índole mitológica y que, por ello, cuenta con características especiales, y centrándonos en el Miles Gloriosus y en El Pséudolo, podremos encontrar muchos elementos comunes. No sólo pueden parecerse estas dos obras en la figura del esclavo maestro de ardides, también cuentan ambas con: el arquetipo del joven amo enamorado; la amada que quiere corresponderle y que no puede porque un hombre, un antagonista, se lo impide; un amigo siempre fiel del enamorado que está dispuesto a ayudarle de la forma que sea, aunque eso implique tener que abrir un hueco en la pared de su bodega. La estructura es más o menos similar. Al joven enamorado se le presenta un obstáculo que debe superar (engañar al Soldado Fanfarrón o reunir veinte minas, que es una moneda griega en la obra y no otra cosa, para comprar a su amada al rufián Balión) y le piden ayuda a sus sabios esclavos, ofreciéndoles de todo, y a veces también la libertad, a cambio de la solución al problema. De una forma u otra los esclavos ponen en buen término su plan, mientras el espectador se echa unas buenas carcajadas, y la obra acaba en final feliz.

Gran comediógrafo. Me he reído como nadie. Y así, sin más, acaba esta reseña con un final, espero que feliz.

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Las cinco advertencias de Satanás, de Enrique Jardiel Poncela

Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura

Muerte accidental de un anarquista, de Dario Fo