sábado, 14 de julio de 2018

Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal



Sabrina Love es la actriz para adultos más importante de la Argentina del momento y del corazón del joven Daniel de 17 años. Con su propio programa nocturno en una cadena codificada, despliega sus encantos felinos y se pasea semidesnuda por el escenario, danza del jacuzzi a la cama y de la cama al jacuzzi, rodeada de falos y exuberantes mujeres de mirada lasciva. Daniel espera ansioso cada madrugada, con su señal de cable pirateada y el miembro erecto, ignora el cansancio de la agotadora jornada en el frigorífico de pollos donde trabaja y sonríe, mientras las escenas de felaciones y penetraciones que ya ha visto un millar de veces se suceden una y otra vez, para poder verla. Su devoción ha aumentado repentinamente tras la compra del boleto con el cual tiene la pequeña posibilidad de pasar una noche con ella. Cuando gana el concurso, no puede creérselo. Todo parece indicar que perderá la virginidad con la diosa de sus desvelos, aunque para ello tenga que viajar en el corto plazo de dos días y sin un duro en la cartera desde su lejano e inundado pueblucho de provincias a la capital del país.

Comienza aquí una novela de carretera, una novela de viajes que se va conjugando maravillosamente con todo el erotismo de una trama que va mucho más allá del mero relato de la iniciación sexual de un adolescente. Una noche con Sabrina Love nos habla de los primeros contactos sexuales reales entre Daniel y las mujeres, pero también de los sentimentales. Se nos muestra el desengaño de un adolescente frente a su primer coito, pero también una nueva ilusión. Las mujeres no son los seres mitológicos que el entramado pornográfico y las charlas de bar entre cuñados le habían dado a entender. Son reales; sienten, piensan y desean igual que los hombres. Una noche con Sabrina Love es una novela para comprender que el amor nada tiene que ver con la idealización del alma del otro, sino con el contacto ardiente de dos cuerpos en la fugacidad de la noche, con la comprensión y el crecimiento parejo en todos los niveles, con el dolor y la esperanza. Pero sobre todo con el sacrificio.

Daniel pasa una serie de periplos a lo largo de esta Bildungsroman argentina que nos recuerda a las batallas de los arcaicos héroes medievales, que hacían lo que fuera con tal de salvar a su doncella. Los obstáculos no son los mismos, pero el premio tampoco. Las crueldades modernas y la camaradería se enfrentan como fuerzas antagónicas a lo largo del viaje de Daniel, quien se ve obligado también a comportarse en ocasiones como todo un ladino. Le intentan robar unos soldados, le hacen saltar de una balsa con lo puesto, nadie quiere recogerlo por sus pintas. Y al mismo tiempo va labrándose la ayuda de la gente. Unos obreros le dan de comer y lo felicitan por su futuro debut sexual, un viejo y su perro acceden a llevarle hasta Buenos Aires, un par de vaqueros le dan parte de su cena y duermen junto a él para protegerlo de la maldad de los demás. 

Daniel finalmente completa su viaje, pero una vez en la gran ciudad, todo se complica. El mundo del porno puede ser muy oscuro para quienes trabajan en él y no suele tener piedad con la gente de afuera. Nuestro protagonista se queda en la calle bajo la promesa de que Sabrina lo atenderá en un par de noches y aquí, con la novela en punto muerto, comienza otra historia de verdadero descubrimiento. Surgen nuevos personajes con sus preocupaciones propias de las gentes de ciudad y el mundo de Daniel choca y se enriquece. Descubre que la homosexualidad no es nada temible y que él también puede ser objeto de deseo. Una chica muestra su interés por él, algo inaudito hasta el momento. Daniel entra en pánico y luego se muestra valiente. La reunión con Sabrina Love parece dejar de importar. Surge el dilema, el conflicto. Y este es conducido satisfactoriamente por Mairal hasta su final.

Cabe destacar de la prosa del argentino la maestría desplegada en los diálogos y el logrado ritmo de la narración. La lectura se hace ágil y enternecedora. Mairal no necesita parrafadas para describir las emociones y preocupaciones de los personajes. Emplea el "show, don't tell", pero en la medida justa. Y en este caso funciona con la suficiente solvencia como para enganchar al lector y no soltarlo hasta las últimas páginas. La novelita en sí es corta y deja muy buen sabor de boca.


miércoles, 11 de julio de 2018

Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares



Lo último que esperaba recuperar Félix Ramos de las fauces de un perro recién se levanta una mañana es un extenso portafolio redactado por su viejo amigo Lucio Bordenave, a quien no ve desde hace meses. Los textos no solo aparecen de esta manera tan extraña, sino que además les están expresamente destinados. ¿Qué le habrá ocurrido al pobre Lucho y por qué narices le envía una carta a través de un can? Eso es lo que esta novela de Bioy Casares, redactada con la clásica técnica del manuscrito encontrado, tratará de dar a entender, sin olvidar nunca que la ambigüedad es la clave de la buena literatura y que la pluralidad de interpretaciones suele, en lugar de confundir al lector, enriquecerlo. 

Dormir al sol recurre a una estructura muy similar a la de El sueño de los héroes. En su relato Lucho pretende ser fiel a la realidad y para ello emplea un estilo intimista con expresiones propias y situaciones muy particulares de la región porteña argentina. Nos habla de su día a día y de cómo este cambia tras el encuentro con un siniestro adiestrador alemán de perros. Standle, que así se llama el misterioso tipo, se cuela en la vida que comparte con su histérica mujer (Diana) y su celosa ama de llaves (Ceferina Bordenave). No tarda mucho en conocer los problemas del matrimonio Bordenave y pronto convence a nuestro protagonista de internar a su esposa en una institución para enfermos mentales, acto del cual Lucho no tardará en arrepentirse. A partir de aquí el ambiente se vuelve cada vez más enrarecido. Las decisiones de Lucho empiezan a parecer cada vez más extraídas de toda lógica hasta el punto de padecer toda una crisis de nervios. La retirada de su mujer le lleva a un desequilibrio que el universo parece tratar de mitigar con toda clase de dobleces.

Bioy Casares juega con la simetría de personajes en este relato y no para de presentarle a Lucho toda una gama de sustitutas para su Diana. Entre ellas se incluye la vieja Ceferina, familia del protagonista y que es lo más parecido que tiene a una medre. Ceferina siempre desdeñó a la señora enamorada de su hijo adoptivo y no pudo contener su alegría cuando al fin la ingresaron, pues pensaba que ya tendría al joven Lucho solo para él. Se equivocaba, por supuesto. Mientras el protagonista trata de enmendar su error y sacar del manicomio a su esposa, una nueva inquilina se muda sin ningún tipo de pudor a su casa. Es Adriana María, quien, con un enorme parecido físico trata de arrebatarle el marido a su inestable hermana mediante toda clase de insinuaciones. Parece que la única sustituta aceptable podría ser una perrita que Lucho adquiere para no sentirse tan solo y que, por azares del destino, lleva el nombre de su esposa, pero resulta que la de carne y hueso regresa tras una larga ausencia a casa y Bordenave cree comprender entonces lo irremplazable del amor. Diana ha vuelto, en efecto, pero ya no es la misma. Algo dentro de ella ha cambiado. Todos sus caprichosos defectos han desaparecido, convirtiéndola en otra doble de su imagen. Esta Diana cubierta por un halo de bondad, por un aura de donna angelicata, no termina de hacer feliz a un Lucho, eternamente arrepentido, que extraña los males de su señora y que emprenderá toda una lucha para conseguir que se los devuelvan. El pobre ignora que la pesadilla iniciada con la llegada de Standle a sus vidas está lejos de acabar.

Toda esta serie de sucesos cotidianos nos van dejando pistas del fantástico final, donde un giro inesperado cambia completamente el subgénero de la novela. La presencia constante de los perros y de las mujeres que aman a Bordenave constituyen herramientas sólidas con las que Bioy puede encarrilar la narración hacia el punto mágico sin resultar forzado. Al igual que en El sueño de los héroes, el lector espera un suceso extraordinario, pero no es capaz de intuir con precisión cuál. El motivo del título se desvela casi al final del relato y sirve de resorte para entender el "todo" en su conjunto. Coloco este "todo" entre comillas porque las opciones en Dormir al sol parecen varias. Al tiempo que se van introduciendo claves que avalen una interpretación desde el género fantástico o desde la ciencia ficción de la historia de Bordenave, también se van pincelando detalles que nos hacen sospechar de la poca solidez emocional del protagonista. Esta ambigüedad aparecía también en La invención de Morel y creo que le da a la novela un toque muy especial.  El uso de manicomios y de personajes supuestamente enloquecidos me trae a la mente toda una caterva de obras excepcionales. Pienso sobre todo en El alienista de Machado de Assis, pero también en El hospital de la transfiguración de S. Lem. En estas tres obras aparece el manido tema del mundo patológico y de la locura de internarlo dentro de sí mismo. Los médicos en ambos no parecen para nada de fiar, pues se preocupan más por sus investigaciones que por la ética profesional y el buen trato para con sus pacientes. Esto le daba un cierto aire de novela de terror a El hospital de la transfiguración, que se repite por momentos en Dormir al sol, sobre todo en esos tramos finales, donde la sensación de claustrofobia se intensifica. Por otro lado, el ocultamiento del misterio de lo ocurrido a Diana durante su estancia recoge tintes de gestión de intriga muy propios del thriller y de la novela negra. El tratamiento me recordó mucho al Leo Perutz de El maestro del Juicio Final. No por nada, Bioy lo había editado junto con Borges unos cuantos añitos antes de la aparición de esta obra.

En definitiva, otra originalísima historia de Bioy Casares que me empuja a seguir disfrutando de su legado como autor. Bioy siempre ha aparecido bajo la sombra de Borges, pero, como ya he dicho en otras ocasiones, no es para nada un escritor de segunda. Tanto lo que cuenta como cómo lo cuenta sigue mereciendo con creces la pena. Me animé con Dormir bajo el sol gracias a una interesante reseña de El lector estepario. Además de esta podéis encontrar otras reseñas y análisis de la obra muy en condiciones en Demasiado que leer y Viajar leyendo.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: La invención de Morel, El sueño de los héroes,  

miércoles, 4 de julio de 2018

Compañía, de Cristina Cerrada





Compañía es una colección de cuentos con los que la autora española Cristina Cerrada obtuvo el II premio de narrativa Caja Madrid. Si bien la elección de esta lectura ha sido un poco por intuición, la satisfacción desprendida de la misma no podía haber sido mayor. Cerrada centra su punto de mira en una serie de personajes en situaciones muy desagradables y, en ocasiones, hasta crueles, lo que no deja de volverlos muy humanos. La mayoría de ellos, en lugar de disfrutar de la compañía de los mismos, no pueden evitar sentirse perdidamente solos. De ahí el título del conjunto. Las trece historias aquí contadas tratan sobre el dolor de la incomprensión, la frustración de los sueños propios, el valor de descubrir qué nos importa una vez lo perdemos, la negación de uno mismo y de los demás,... Sin más preámbulos, hablemos un poco de cada una de ellas por separado:

  • Alguien me sigue: Toma como tema central la paranoia y en clave feminista nos lleva con un estilo nada fantástico a un intercambio de roles que funciona realmente bien. Un hombre está obsesionado con su vecina de enfrente, a la cual se le ha roto la cerradura. Él lo sabe y se siente con el deber de "protegerla" del mundo exterior. Espera, por supuesto, algo a cambio: su amor incondicional. La chica sabe de la existencia de este hombre e intenta evitarlo como puede. Él la oye a través de las finas paredes del apartamento y la sigue por la calle, en el metro, cada vez que sale de casa. Le mira fijamente e impide que nadie se le acerque, hasta que un día la ve besándose con otro hombre, un hombre que comienza a seguirlo y le hace temer por su propia vida. El acosador se convierte en el acosado y que sea un hombre es un punto muy a tener en cuenta en el relato. Con ello Cerrada parece querer dejarnos en claro la indefensa situación de la mujer a día de hoy, acorralada una y otra vez por una vorágine incansable de hombres que aprovechan su ventaja física y social.
  • Tatuaje: Este es uno de mis favoritos. Cuenta la historia de un adolescente solitario que ha padecido el abandono paterno y se niega a aceptar al nuevo novio de su madre. El chico está enfadado con el mundo por esto y vaga sin rumbo por la ciudad. La llegada de un nuevo compañero de clase con quien hará buenas migas le llevará a querer tatuarse un lobo en el pecho. Un romántico y adolescente lobo que aúlle a la luna y que servirá de marca para recordarse a sí mismo lo solo que en el fondo está. Este relato trata sobre el abandono de un padre y sobre el difícil duelo que nos acompaña el resto de la vida tras este, la sensación de que nadie va a dar nada por uno y de las heridas no sanadas jamás. Una maravilla.
  • Naturaleza muerta: Habla del fin del amor y del período de no superación del mismo con todos los actos absurdos de una ira muy humana. En este relato no hay asesinatos ni agresiones, pero la sensación de violencia que Cerrada despliega es total. A mí al menos me recordó mucho a una de mis novelas favoritas: la increíble Personajes desesperados de Paula Fox. En ambas historias hay un matrimonio con muchas fisuras, aunque el hecho de que haya hijos de por medio y de que estos parezcan preferir al nuevo novio de la madre vuelve al relato mucho más incómodo y mordaz. Toda una delicia.
  • La laguna interior: Es el relato con el que más deberíamos empatizar todos aquellos que nos sentimos las ovejas negras de nuestras familias. Tina es una de las cuatro hermanas de una familia y la que más conexión tiene con su abuelo materno. Mientras su madre anda de excursión con sus dos hermanas más pequeñas, una llamada telefónica a la madrugada le anuncia que el viejo ha fallecido. Acude directa a la casa, pero una vez allí es incapaz de llorar. Está experimentando lo que Cerrada bautiza como la laguna interior. A pesar de tener unas ganas inmensas de expresar su dolor, no lo consigue y se culpa fuertemente por ello. Que Tina sea solo una niña hace todo mucho más turbio e interesante. Cerrada sabe que los niños son mucho más inteligentes que como usualmente los ha retratado la literatura y en este relato les hace justicia.
  • Hormigas: Toma también como eje las relaciones amorosas tóxicas. Esta vez vienen en pack, pues la protagonista tiene que hacer frente tanto a su novio como a su suegra, una viejita insoportable que ha quemado su casa para no desprenderse ni un momento de su más preciada descendencia. Este tándem madre-hijo comienza a volverse impenetrable al tiempo que la protagonista tendrá que plantearse seriamente si continuar o abandonar. La metáfora de las hormigas que nadie ve recuerda al viejo dicho inglés: There's an elephant in the room!
  • Mentiras, relojes y minusválidos: Trabaja la hipocresía social y su amplia funcionalidad dentro de las relaciones sentimentales contemporáneas. La tristeza de ver el marco completo de la relación entre una pareja que funciona gracias a las mentiras de una de las partes es desgarradora. Más si se tiene en cuenta el amor incondicional de la otra. Al igual que en otros relatos, Cerrada focaliza la acción en el personaje más polémico y desagradable, consiguiendo despertar todo el interés de un lector que lucha para no identificarse.
  • Alienígenas: Parece al principio un relato más cómico, aunque el trasfondo no lo sea en absoluto. Aquí la autora emplea un uso de la ironía y de la ambigüedad que, si bien se aprecia en otros relatos, no había llegado hasta su punto culmen. La historia nos cuenta cómo un hombre es interrogado una y otra vez por un médico psicólogo quien decidirá si pasa a entrar en un centro sanitario o en una penitenciaría. El narrador es acusado de haber asesinado a su mujer y a sus hijas, pero este no solo lo niega, sino que, además, le cede la culpa a unos supuestos extraterrestres que le habrían sondado y cortado las manos. No queda claro si esto ocurre así, pero el psicólogo es escéptico con el tema de las manos. Alienígenas es un relato de una inteligencia apabullante.
  • Progenie: Trata de ese odio intrínseco a todo lo que nos hace caer en vidas similares a las de nuestros padres cuando los detestamos hasta la saciedad. Trabaja al mismo tiempo el placer masoquista de muchas mujeres y cómo tanto estas como los hombres heredan comportamientos que adquieren con el contacto cultural entre sus modelos e iguales. Personalmente la historia me indignó bastante, para bien, espero.
  • Amnesia: Es uno de los relatos que más tocan el tema de la incomprensión, aunque quizás sería mejor decir: la necesidad de hacernos comprender. En él un joven acude con su devota pareja a una sala de hospital para visitar a un compañero de trabajo de ambos, quien ha sufrido un accidente y perdido la memoria. El visitante cree que el visitado se acuerda de todo perfectamente y que está haciendo teatro para no ir a trabajar y disfrutar de todo tipo de atenciones. Él no se lo va a contar a nadie, pero por alguna razón necesita oír que tiene razón. Para ello arriesga todo y entra en un comportamiento agresivo con el que saca la rabia acumulada a lo largo de la vida que tanto ansía olvidar. 
  • Trasplantes: Nos enfrenta de nuevo a un personaje obsesivo y paranoico que teme a un amigo de su pareja por el reciente trasplante que le ha salvado la vida. Piensa que un trasplante es introducir el alma de una persona en otra, creando una quimera monstruosa. Cerrada se sirve de recursos del cuento de terror aquí para dejarnos esa sensación de mala espina que tanto agradece un lector como yo.
  • Cerdos: Trata de la no aceptación de uno mismo tras una ruptura sentimental de varios años. Se habla del retorno a la familia que nos queda en la adultez y que es tan dispersa como distinta de nosotros mismos. La incomprensión de este reencuentro familiar, de esta nueva y a la vez vieja compañía que tan solos nos hace sentir. De eso y de unos cerdos, símbolos de la brecha entre lo que unos pueden soportar y otros no. 
  • El efecto Coriolis: Es el relato más breve, impersonal y que menos me ha gustado. Por lo tanto, no voy a dedicarle siquiera más que este par de líneas. Muy por debajo de todo el conjunto.
  • Compañía: La historia que cierra la colección es también la que da nombre al título y hace un acopio de las ideas claves presentadas. Habla de un par de chicos que comparten piso, siendo uno de estos el casero y el otro un inquilino que se niega a marcharse. El inquilino le parece al casero especialmente molesto, pero al mismo tiempo tiene un aura de optimismo que le sienta divinamente y que le pone muy difícil tomar una decisión terminante. El inquilino lo sabe y se aprovecha de esto. Juntos hacen una pareja un tanto cómica que se compenetra en una especie de simbiosis donde ninguno está del todo a gusto. 
  •  

En resumen, una lectura sumamente gratificante, intrigante y ágil. Me gustará volver a repetir con la autora en el futuro. Recuerda en cierta medida a Samanta Schweblin, pero su estilo difiere lo suficiente como para presentar personalidad propia. Altamente recomendable.

PD. Mi actividad en esta esquina ha estado bajo mínimos una vez más debido a una importante carga de tareas y a un traslado de residencia. No he dispuesto de mucho tiempo para leer y menos para reseñar. Os ruego,  me disculpéis. Siempre vuestro.

domingo, 17 de junio de 2018

Las ballenas volantes de Ismael, de Philip José Farmer




Las personas más cercanas a mí saben de mi devoción por Moby Dick. La épica de la ballena blanca fue fundamental para formarme como lector cuando tuve mi primer contacto con ella a mis quince añitos. Lejos de aburrirme con sus digresiones y detalles superfluos, Moby Dick sirvió para ponerme a prueba y para aprender muchísimo sobre la naturaleza del ser humano, con sus ambiciones y su patetismo. A día de hoy sigo considerando la posibilidad de explicar la mayor parte de los tópicos y estructuras literarias a través de una novela como aquella. Es por eso por lo que cuando me enteré de que allá por los 1970s a un tal Philip J. Farmer, gurú del pulp, se le pasó por la cabeza la idea de hacer una extrambótica secuela de la majestuosa obra de Melville, me dije: "Lucas, tienes que leer eso. No importan ni el precio a pagar ni las horas de inversión. Tienes que leerlo y punto." 

Y sí, Las ballenas volantes de Ismael es una secuela de Moby Dick, pero... en demasiadas ocasiones se siente como si no lo fuera y esto desconcierta, desconcierta mucho. La acción comienza tal y como acaba la novela de Melville, con Ismael montado en el ataúd de Quegqueg, como único superviviente del Pequod, siendo recogido por el mítico Rachel, navío a la búsqueda de sus hijos perdidos. Hasta aquí todo marcha, se mantiene el tono de Melville, pero no tardarán en suceder acontecimientos sorprendentes, sorprendentes y sin explicación, que Farmer va a utilizar como excusa para homenajear -a su manera- a su compatriota marinero, recreando otro Moby Dick en pequeñito y con elementos propios de un horror cósmico que recuerda más al William Hope Hodgson de La casa en el confín del mundo que a Lovecraft o Chambers. De repente el mar se evapora e Ismael cae flotando como el único superviviente -maldita sea su suerte de nuevo- en una versión de su mundo muchos miles de años después.

La fauna y la flora han evolucionado y se han reducido. El ser humano se ha quedado desprotegido ante todas las amenazas. El suelo está plagado de monstruos gigantes, el agua es tan salada que es capaz de secar la piel y el cielo está gobernado por las antiguas criaturas marinas. Tiburones voladores, pero sobre todo ballenas con inmensas alas de mosca son el principal sustento de los últimos Homo sapiens sapiens. Ismael vaga en soledad durante un trecho, a la deriva de nuevo sobre el ataúd de Quegqueg y acaba llegando a tierra y encontrándose con una princesa, cuyo idioma desconoce, pero que aprenderá por completo -inverosímilmente- en un par de noches mientras intenta infructuosamente arrimar la cebolleta. 

Aquí quiero hacer un inciso que me parece apropiado a todas luces para lanzar una pregunta. Vale que Moby Dick no sea la novela más feminista del mundo. Sabemos la época en la que se escribió, conocemos a su autor y sus penurias, pero qué escusa tiene Farmer para en los 1970s construir a un personaje como Namalee, una mujer florero y prototípica por excelencia que parece sacada de una película cutrona de las de antes. Y es que la princesa es muy princesa, muy Disney, y eso duele a los ojos. Se siente como una estafa. No hay en ella evolución ni pensamientos complejos. Pero ni en ella, ni en nadie de su pueblo. Llega un punto en el que se roza tanto lo cómico que Ismael, quien no tiene ni puñetera idea de cómo funciona ese nuevo mundo en el que ha caído como por arte de magia, pasa de ser el observador de la catástrofe de Moby Dick a convertirse en un líder y tener de repente el apoyo de todos. De improviso, Ismael se encuentra con que es el hombre más inteligente del nuevo mundo y eso acompañado a su suerte para sobrevivir a cualquier peligro -un recurso del que abusa Farmer hasta el punto de hacerlo intocable y conseguir que el lector deje de preocuparse por él- le convierten en un héroe. Ismael tiene unos valores justos, nobles y pacificadores. Su victoria hace que el bien triunfe sobre el mal. Se lleva a la chica. Se convierte en el rey de un pueblo para él desconocido. Vive numerosas peripecias y vence, pero el mensaje que deja es vacuo y entretiene solo cuando no aburre. Viendo de dónde parte Farmer, la novela incluso decepciona. Uno siente que se aprovechan de la fama de un gran escritor como Melville para ganar clientes. Se intenta un homenaje que no cuaja, porque el nivel de Farmer aquí dista a años luz de lo que pretende homenajear. En fin, Las ballenas volantes de Ismael es un texto que os recomiendo solo si queréis perder vuestro precioso tiempo. Hay mil historias mejores que la que aquí se cuenta. 


miércoles, 6 de junio de 2018

Ygdrasil, de Jorge Baradit



Mariana es una asesina chilena a sueldo de mediana edad, adicta al maíz (una de las peores drogas de un mundo comido de vacío, destrucción y conflictos de intereses), contratada por un poderoso partido político mexicano para robar una información que podría cambiar el devenir histórico. Su misión se sitúa en un espacio con evidentes tintes de postcyberpunk, pero en el cual se integra de una forma naturalizada y bastante original todo un espectro de elementos sobrenaturales, psíquicos e incluso chamánicos. Lo que parecía una sencilla operación, acaba con la vida de la torturada Mariana, descuartizada y echada al río como un trozo de carne más, inservible. Sin embargo, por extrañas razones que se nos irán revelando poco a poco, Reche, un selkman, ente espiritual de un inmenso poder (prácticamente comparable a un dios), la trae de vuelta de la muerte. El selkman tiene como propósito corregir los desórdenes situados en el devenir de los acontecimientos, curar las anomalías de consecuencias catastróficas a las que tendemos los humanos en nuestras ansias de poder sin medida y por lo visto Mariana se encuentra de alguna forma en medio de la secuanciación que debe efectuar Reche para salvar el cosmos. Con un nuevo protector, la yonkie chilena buscará conservar su vida libre a cualquier precio, incluso si este implica tener que volver a trabajar con quienes le han traicionado. 

Ygdrasil  mezcla maravillosamente una increíble amalgama de géneros literarios. Parte de la ciencia ficción, pero en ella podemos encontrar muchos mecanismos propios de la narrativa de espionaje, la novela splatterpunk (con un alto nivel de violencia pulp; una muestra implícita de la misma), una novela que alterna un gore desmedido y de retórica sadomasoquista con hermosísimos pasajes líricos, oníricos e incluso piscodélicos. Pretende contar una historia particular, pero al mismo tiempo no deja escapar la posibilidad de exponer problemáticas mucho mayores. ¡De índoles cósmicas! Consigue elevar a un plano trascendental auténticos dilemas éticos, políticos y religiosos sin aburrir ni sentirse en ningún momento forzado a ello. La cuestión de espiritualidad y la asimilación de la misma a través de la ciencia tecnológica es una propuesta convincente y llena de originalidad. En el mundo de Mariana, los seres humanos no solo han demostrado la dualidad platónica alma/cuerpo, sino que la han informatizado, convirtiendo a la primera en un software con diferentes capas y a la segunda en un hardware cada vez más prescindible. El dolor del cuerpo es tratado como una alerta de antivirus que nos advierte de los intentos de las más terribles amenazas de penetrar en nuestro software espiritual. 

Como si fueran sistemas informáticos, las almas pueden transitar de un cuerpo a otro. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la de Günther Diethardt, un joven soldado alemán abatido en la batalla de Stalingrado y que muchos siglos después trabaja codo con codo para los jefes de la operación, bajo la promesa de estos de entregarle un cuerpo. Günther puede penetrar en la mente de Mariana y será usado como un disco duro externo que conecte rápidamente con el Directorio, al tiempo que se convierte en el único amigo de verdad de la chilena. 

Al igual que en muchas novelas (post)cyberpunk la visión que se tiene aquí del cuerpo como hardware es también tratada en extremo. Mariana cuenta con una serie de implantes de última tecnología en su cuerpo que la convierten en toda una cyborg, reviviendo ese mito de Donna Haraway. Gracias a este poderoso hardware Mariana, con la ayuda de Günther y de Reche, se infiltrará en un poderoso ordenador, buscando primero el acceso a un extraño programa, el Empalme Rodríguez, y luego a un constructo mucho mayor y por ende más peligroso, el Ygdrasil, el sistema más potente del universo encerrado dentro de las fronteras del nuevo país de la Chrysler. Lo verdaderamente emocionante de esto son los viajes más que variopintos a unos mundos cibernéticos plagados de acertijos mortales, mares de códigos y personajes alegóricos capaces de amedrentar y confundir a cualquiera como los buenos firewalls que son. De repente uno tiene la sensación de encontrarse perdido dentro de un videoclip del rock influido por el LSD de los 1970s y sin previo aviso salta desde allí a un ambiente totalmente compatible con el típico anime japonés cyberpunk de los 1990s. Las referencias en Ygdrasil, como digo, son enormes. En ella tenemos Ghost in the shell, pero también los Evangelios de Jesús de Nazareth. El Popol Vuh y los guiños a autores como Clive Barker. Tenemos sangre y lágrimas. Incluso incómodos momentos cómicos. Todo un delirio de creatividad bien llevado. Una obra maestra absorvente de principio a fin. Sencillamente única.

Tenéis otra reseña en Das Bücherregal, donde el entusiasmo despertado es más o menos similar. Allí se han tomado la molestia de seleccionar otras visiones de la obra, linkeadas a los blogs de sus respectivos autores, donde el libro no ha salido tan bien parado. Para no repetir, no voy a dejar por aquí nada más. Os deseo como siempre felices lecturas y os recomiendo esta encarecidamente. Agur.



viernes, 25 de mayo de 2018

El asco, de Horacio Castellanos Moya




Antes de comenzar a dar detalles sobre la novela breve de no ficción que nos ocupa hoy debo tratar de ser humilde y aclararles que muy posiblemente no sea la persona más indicada para realizar esta serie de comentarios que vais a poder leer a continuación, quizás porque desconozco la obra de Bernhard, quizás porque es la primera pieza que cae en mis manos de literatura salvadoreña, ignoro la historia de dicho país y desde España estoy totalmente descontextualizado. No obstante, pienso que no es necesario cumplir ninguno de estos puntos para, llamémosle, disfrutar de una novela como El asco, cuyo personaje principal y sus sentimientos e ideología no es para nada endémico, sino todo lo contrario, aunque uno pueda compartirlos más o menos. Advertidos todos, seguimos.

Horacio Castellanos Moya asiste al funeral de la madre de un viejo amigo del instituto que lleva sin ver más de quince años. Cuando se produce el reencuentro, el hijo de la fallecida (un tal Edgardo Vega) le invita a echarse una cerveza una tarde para ponerse al día, aunque Moya sabe que solo hablará Edgardo y que su lamento se tornará nefasto e insoportable. Vega ha regresado tras más de una década en Canadá, no por el terrible acontecimiento, sino porque de su regreso dependía una herencia que quiere cobrar a toda costa. Odia El Salvador y a los salvadoreños, su gastronomía grasienta, su cerveza Pílsener, su desprecio de la cultura y las artes, su obcecación en la violencia, su admiración por el comunismo y el régimen militar, sus políticos corruptos, la claustrofóbica ciudad de San Salvador gobernada por auténticas mafias y la falta de higiene y educación en comparación con su querido Montreal. Bueno, no solo la tiene jurada contra El Salvador, también hay cosas en Montreal y en el resto del mundo que le ponen enfermo. De hecho, uno acaba teniendo la sensación de que a Edgardo todo (salvo quizás el whisky que el médico no le permite tomar y la puntualidad) le da un asco inmenso.

De ahí el acertado título de Castellanos Moya, porque la novelita solo nos presentará a un hombre asqueado de la vida y de todas sus maravillosas y decepcionantes posibilidades. Este personaje tiene algo de llamativo y de carismático para un escritor y como recurso no está mal, pero el hecho de haber centrado toda la novela en su única e inapelable voz consigue que uno acabe sintiendo asco hacia El asco. Las cien páginas de verborrea de Vega, mientras se hinca un whisky tras otro y Moya asiente, como si tomara notas mentales, acaban resultando algo cansinas y desagradables. Su odio se hace tan general que uno siente como va perdiendo valor con el avance del texto. La revelación final de que se ha cambiado el nombre por Thomas Bernhard, en un guiño metaliterario que solo a los fanáticos les interesaría y que parece un mero recurso de marketing para vender este librito fuera de su país, no me convence lo más mínimo. Los escasos momentos de acción final, donde se relatan las aventuras de una noche de fiesta del quejumbroso autoexiliado se sienten como llegados demasiado tarde.

Aun y con todo, la obra no me ha disgustado en líneas generales. Es entretenida y ofrece una figura de interés. Ahonda en la firme convicción de pertenecer al sitio equivocado que muchos hemos pasado en nuestra adolescencia. El problema quizás -y también la chicha de la historia- se da cuando observamos que claramente Vega no ha sabido confrontar este sentimiento de una manera sana y se deja entender que no lo confrontará nunca. Si detesta El Salvador tiene que autoimponerse el rechazo de todo lo que ha experimentado durante los primeros veinte años de su existencia. La visión queda algo infantil y, aunque es perfectamente verosímil, deja de ser interesante por esto mismo. Posiblemente hay obras mejores de Castellanos Moya. Quiero pensar en que tiene que haberlas si David Pérez Vega recomienda al autor. Tenéis una reseña de El asco recién salida del horno en La medicina de Tongoy. Tiene ese toque de indignación hiriente tan particular de don Carlos en el que acusa a Castellanos Moya de plagiar sin mucho tino a Bernhard, de no tener amor propio, de ser un aprovechado y todas esas cosas. Como avisé al inicio, no estoy capacitado todavía para opinar así en este caso particular, pero no me parece mal presentaros una visión tan acérrimamente defendida para que los más expertos juzguen por sí mismos.