domingo, 9 de septiembre de 2018

Cuatro horas en Chatila, de Jean Genet



Me sonaba el nombre de Jean Genet de haberlo oído más de una vez durante las largas y tediosas clases de la facultad. Lo he oído tanto que de forma inconsciente pensaba en él como en un teórico de la literatura sesentón cuyas apreciacianes al método semiótico de análisis literario habían roto todos los moldes del viejo estructuralismo de Jakobson de los 1960s. Y sí que es verdad que Genet sabe mucho de literatura y de otras cosas, pero no destaca especialmente por escritos teóricos demoledores. Al contrario, es un gran sabio, pero con textos muy líricos. Con su nombre en mente y la idea de leer algo de ensayo pido prestado a un amigo estas Cuatro horas en Chatila

Chatila es un nombre que también he oído antes y que por algún motivo desconocido para mí lo relaciono directamente con la catástrofe. Pienso en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial. En un desastre nuclear poco conocido de algún país de Europa del Este. En un huracán arrasando Santo Domingo. Imagináos lo que sabía yo de la Guerra del Líbano y de las matanzas indiscriminadas de palestinos en los 1980s. Exacto, absolutamente nada. Cuatro horas en Chatila es una crónica periodística en la que Genet relata sus experiencias en uno de los barrios más acribillados del Beirut Oeste durante la invasión israelí del Líbano en 1982. Habla de su experiencia personal y hace un acopio de sus reflexiones sobre el conflicto árabe-israelí. La lectura de este minúsculo texto me trae a la mente la película de animación de Ari Folman titulada Vals con Bashir, sobre todo en los momentos finales, donde los protagonistas de ambas historias pasean entre los cadáveres de miles de víctimas inocentes (sus familiares rompiendo en llanto), palestinos refugiados que habían sido torturados hasta la muerte por la vieja falange libanesa, una organización ultraconservadora cristiana a la que habría apoyado secretamente Israel, entregando armas, recursos y dándoles plena libertad para hacer con ellos lo que quisieran.
 
Las matanzas de Sabra y Chatila tuvieron repercusiones importantes a nivel internacional hasta el punto de que el gobierno israelí se vio obligado a reivindicar constantemente su humanidad, defendiendo que en el derramamiento de sangre la incursión de los hebreos no había tenido nada que ver. En el parlamento se llegó a decir lo siguiente: "Unos no-judíos han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne esto a nosotros?" Esta frase heladora contribuye a que Genet derrumbe cualquier pequeño aprecio que pudiera haber tenido anteriormente por el país de Amos Oz y comience a elaborar una imagen romántica de héroe débil que lucha por su libertad en la figura de los fedeyines, los inexpertos soldados palestinos, carentes de medios para hacer frente a un enemigo invasor. Genet entiende que Israel ha pasado de ser el típico chico al que le hacen bullying en el colegio para convertirse en el matón lleno de granos que mete la cabeza de los debiluchos en el retrete. Solo porque no encaja. Solo porque siente que nadie le quiere. Solo porque la tierra que pisa antes no era suya. Porque la reclama como suya y porque no le importa emplear la fuerza para tomarla.

La narración viene acompañada en esta edición de un análisis de Juan Goytisolo, pero mi sorpresa viene cuando descubro que no el análisis no es sobre este texto de Genet, sino sobre otro titulado El cautivo enamorado, donde se toman aspectos de Cuatro horas en Chatila, sí, pero que no deja de ser una forma de engrosar el libro lo suficiente como para poder distribuirlo comercialmente. Aunque el texto del francés me ha resultado muy interesante, valioso a nivel personal y necesario a nivel humano y social, las apreciaciones de Goytisolo, con su verborrea sobre otro texto al que no tengo acceso porque aquí no se incluye me han dejado más frío que una noche de diciembre debajo de la lluvia. Aun así, si os interesa mucho el tema o podéis cogerlo, como yo, de prestado, no es mala opción para pasar una tarde y aprender algo sobre un conflicto reciente y al mismo tiempo olvidado en estas latitudes del globo. 



jueves, 6 de septiembre de 2018

El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente, de Vernon Lee




Vernon Lee era el pseudónimo de la escritora e historiadora del arte británica Violet Page, conocida actualmente por sus relatos de terror. Este volumen de Valdemar hace una selección de trece de sus historias (12 narraciones más o menos breves y una novela) empleando como título una de las más famosas y representativas del particular estilo y universo de la autora. Cuenta, además, como suele ser propio de estas maravillosas ediciones de la colección Gótica, con un prólogo documentado y esclarecedor que aporta mucho más que información vacía y spoilers innecesarios del contenido de la obra. En este prólogo de los editores se presenta, entre otras muchas cosas, la mayor contribución de Page/Lee a la teoría estética, que creo que es de especial interés para comprender las decisiones que toma la autora en sus historias. Lee es la principal responsable de introducir la idea de empatía (Einfühlung) en la escuela estética inglesa. Según los editores, esto es que Lee "afirmaba que los espectadores empatizaban con las obras de arte cuando estas despiertan recuerdos y asociaciones, y que con frecuencia estas obras causan cambios de postura corporal y de respiración inconscientes". 

El amor de Lee por el arte es intenso y se vincula con lo espiritual y lo trascendental, muy en consonancia con los escritores románticos varias décadas anteriores a ella. Y está presente en buena parte de estos relatos escogidos. No por nada, ella era quizás la más reputada historiadora del arte inglesa de su tiempo y destacaba por ser una eminencia en el arte renacentista italiano. Lo que no era tampoco nada extraño si entendemos que procedía de una familia liberal adinerada que vivía en el norte de Italia. Buena amante de las Bellas Artes, Lee destaca sobre otros escritores de su época -que yo haya leído- por las cálidas y precisas écfrasis de casas embrujadas, cuadros malditos o estatuas vivientes. Es un auténtico deleite para el lector sentir esa fascinación de los personajes principales a través de la descripción de obras de arte. Lee vuelca su idea de empatía con sus personajes de una manera que se traslada con suma facilidad a quien lee. A pesar de que no vemos a la Virgen de los Siete Puñales en "La Virgen de los Siete Puñales", la devoción de Don Juan nos hace una idea de la belleza de la escultura. Aunque no vemos el cuadro de sora Lena en "La leyenda de Madame Krasinska" ni el tapiz que representa al antepasado del príncipe Alberico con la dama Serpiente en "El príncipe Alberico y la dama Serpiente" Lee consigue meternos de lleno en un historia tan alejada a través de las sensaciones y sentimientos, muchas veces irracionales, de los personajes. Y a partir de este juego nos carga de energías e interés por el arte, una fuerza que hallándose en la propia autora quiere expandirse hacia los demás. 

Funciona con construcciones arquitectónicas, con arte figurativo y también con composiciones musicales. Dos son los relatos que tienen como motor principal la obsesión de su protagonista con una determinada melodía de hace más de cien años: "La voz maldita" y "La aventura de Winthrop". El primero de ellos es una reconstrucción del segundo, aunque en lo personal prefiero la complejidad de "La aventura de Winthrop", cuyo protagonista se me hace mucho menos desagradable y por el cual verdaderamente podría llegar a preocuparme. Para ambos protagonistas, como ocurre en la mayor parte de los relatos aquí reunidos, el arte es su medio de sustento. Si bien el personaje de "La voz maldita" es un aclamado compositor que detesta a los cantantes y que va a sufrir la tortura de tener a uno metido en la cabeza por ultrajar su memoria después de morir, Winthrop es un sensible pintor que decidido a investigar los extraños acontecimientos vinculados con cierta partitura de un retrato de un convento se ve sumergido en toda una oleada de situaciones paranormales, que implica pasar una noche en una casa donde dicen que duerme el demonio. El arte, emplee el medio que emplee, es un atenuante en Lee que aproxima a las personas al mundo de lo sobrenatural, de lo místico y de lo incomprensible.

Lee recurre a una mitología compleja donde lo considerado sagradamente cristiano se entreteje con el viejo y olvidado paganismo de la Edad Antigua mediterránea. Salvo el homenaje a los clásicos en la lengua árabe medieval que hace Lee en "La Virgen de los Siete Puñales", el imaginario religioso está poderosamente indexado con la mitología grecorromana. "Dionea" es un relato sobre la voracidad de la lujuria, pero sin dejar de ser un homenaje a la diosa Afrodita, reencarnada aquí en una joven náufraga arrastrada por la marea hasta la orilla de una pequeña villa italiana. En "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente" se habla de la maldición de las Lamias y su pesar. Como curiosidad he de señalar que la  historia me ha recordado en cierta medida a la de "La Bella y la Bestia". Añadiendo el detalle de la maldición, en ambas tramas se habla de lo inexplicable del amor y de las locuras que estamos dispuestos algunos seres humanos a afrontar por él. En "San Eudemón y el naranjo" podemos incluso presenciar una metaformosis muy en la línea de Ovidio. Aunque, probablemente donde mejor se trabaja esta mezcla de mundos sea en "Marsias en Flandes". Aquí Lee profundiza con más ahínco en la problemática de la apropiación por parte del cristianismo de todo un espectro de elementos procedente de las antiguas mitologías paganas. 

Lee describe sin muchos aspavientos toda una caterva de personajes mágicos donde destacan especialmente los fantasmas, seres que fallecieron hace mucho tiempo y que esperan la llegada de un imbécil para conseguir algo de él. Se aprovechan para ello de la leyenda de su belleza ("Amour Dure", "La Virgen de los Siete Puñales" o "Oke de Okehurst"). En esta línea "Oke de Okehurst", la única de las historias que podría llegar a considerarse novela por su extensión si llegase el caso, es especialmente interesante por su óptica feminista al situar a una mujer como sujeto deseante y no como objeto deseado, lo que era extraño en la época en este tipo de historias. Con los fantasmas también hay lamias (la Dama Serpiente y su maldición es el principal ejemplo de estas), sátiros (el diminuto Marsias es presentado en "Marsias en Flandes" como responsable de numerosos destrozos), almas atrapadas en muñecas de tamaño real (como ocurre en "La muñeca"), amazonas ("El papa Jacinto") e incluso ángeles, demonios, monstruos y Lucifer en persona ("El papa Jacinto").

De entre los temas recurrentes que encontramos por aquí los más destacables y habituales en la literatura de terror y fantástica de la época están, cómo no, presentes. Tenemos las desdobleces propias de "William Wilson" y "El doctor Jeckyll y Mr. Hyde" en casi la mayor parte de los relatos. En al menos seis de estos Lee juega a desdoblar personajes y unirlos por el destino de sus nombres ("Dionea", "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente", "La leyenda de madame Krasinska", "La muñeca", "La Dama y la Muerte" y "Oke de Okehurst"). Tenemos también pactos con el demonio o con dioses no demasiado confiables ("La Virgen de los Siete Puñales", "El Papa Jacinto", "Amour Dure" y "La Dama y la Muerte").  La obsesión con objetos malditos (especialmente obras de arte) como motor vehicular de las narraciones ("Dionea", "La muñeca", "Amour Dure", "La aventura de Whintrop", "San Eudemón y el naranjo"). También hay femmes fatales de la que los personajes más idiotas se enamoran románticamente, juglarescamente ("Amour Dure" es el mejor ejemplo, pero no hay que despreciar por ello a "Dionea" ni a "La leyenda de madame Krasinska", donde se introduce muy subrépticiamente una historia que podría ser de amor lésbico entre una aristócrata y una monja muerta).

Me queda muchísimo por comentar, como que "La Virgen de los Siete Puñales" es una continuación/homenaje al mito español de Don Juan (no por nada la acción de sitúa en Granada) o la amplitud de reminiscencias bíblicas que puede tener un relato como "El papa Jacinto", pero tampoco quiero alargar esta reseña más de lo debido. Destaco "La muñeca" como mi narración favorita de la colección por su estructura y propuesta moderna y poderosa. Lo cierto es que las historias tienen tantísimo contenido que no sería ninguna tontería hacer una reseña de cada uno. Como podréis intuir por este comentario y por los anteriores arriba presentados, he disfrutado y aprendido inmensamente con esta lectura y pretendo recomendárosla con el mismo entusiasmo que su autora. No deja a nadie insatisfecho y, a pesar de sus numerosos niveles de lectura, es más que asequible para cualquiera. Lo podría llegar a considerar de lectura obligatoria para los amantes del terror y la fantasía finisecular. Tenéis una extensísima reseña de esta obra relato por relato en La mano del extranjero.



domingo, 19 de agosto de 2018

Kitchen, de Banana Yoshimoto




Voy a seros franco, este libro ha resultado para mí una decepción. Me ha costado acabarlo. Y eso que son tres cuentecillos de nada. Pero, qué queréis que os diga, es más anodino que un plato de arroz. Kitchen genera muchas expectativas después de todos sus premios y del reconocimiento inmediato de su autora, pero el contenido dista mucho de lo prometido. Banana Yoshimoto (curioso nombre, por cierto) con el tiempo fue consciente de los múltiples fallos que tiene Kitchen. A saber: personajes arquetípicos planos, situaciones weird inverosímiles que no llevan a ningún lado, diálogos simplones (cuasi)adolescentes, falta de intriga y de acción, excesivo melodrama,... Por lo cual, nos pide perdón a todos los lectores en un epílogo añadido en esta edición de Tusquets. Yoshimoto se ampara en que era joven y no tenía experiencia previa en la escritura de ficción. Lógico, estos relatos salieron cuando tenía 22 años y los había escrito mientras estaba trabajando de camarera. Como también estudiaba, pues ya os imaginaréis el tiempo que le quedaba para repasar el manuscrito. Faulkner decía que un escritor joven debe leer muchísimo para poder siquiera escribir una línea, pero ya me diréis el tiempo que podía tener la pobre Banana en esa época para leer cualquier cosa. Me imagino que relativamente poco. No quiero con ello defenderla. El libro es el que es. Salvación para mí no tiene. Sin embargo, mientras lo leí me dió la sensación de que quizás podría ser tremendamente útil para un público objetivo cerrado, quiero decir, para lectores adolescentes. Los teenagers son expertos en el melodrama y de esto ¡hay tanto en Yoshimoto! Sentía que si hubiera leído Kitchen hace siete u ocho años lo habría alzado como mi libro favorito. Por eso, reitero, que para mí haya sido decepcionante, no implica que no pueda ser útil para un lector joven que se esté iniciando en la literatura y que pueda saltar de aquí a un Kawabata o a un Tanizaki. 

Kitchen es una propuesta bizarra. En el sentido literal de la palabra ("valiente") y también en el coloquial ("extraña, atípica"). Trata de personas que se sienten solas tras la pérdida de numerosos seres queridos, personas demasiado jóvenes para aguantar tanto trauma y que se unen para poder combatirlos a través de la fuerza inexorable del amor, personas que a veces pierden los nervios y rozan la demencia sin entrar del todo en ella. La narración es de una frialdad ósea y minimalista, con múltiples referencias a la cultura popular japonesa y un aura de cursilería poco convincente. Parece un libro de relatos, pero dos de ellos tienen continuidad, lo que nos deja la sensación de leer una medionovela y un relato corto. Historias breves, demasiado breves para poder empatizar un poco. Historias donde todos los personajes tienen el mismo puñetero problema y sus diferentes formas de afrontarlo, lo cual debería acabar siendo la chicha sin llegar a serlo. El "final" de la "medionovela" tampoco aporta nada y el posterior relato corto (titulado "Moonlight Shadow") siente en sus protagonistas un calco innecesario de los anteriores. ¿La diferencia? Una ligera introducción de mecanismos propios de la literatura fantástica con la que trata de justificar su existencia sin despertar ninguna sorpresa. Por el contrario, lo vuelve más previsible si cabe.

A pesar de esta sensación de pérdida de tiempo, puede que me atreva a repetir con la autora en un futuro. Quiero pensar que las disculpas del epílogo se producen tras la madurez de Yoshimoto como escritora y que su obra posterior mejora considerablemente. ¿Tenéis alguna idea? Si habéis leído alguna otra cosa de la autora no dudéis en dejarme vuestras sensaciones en el cajón de comentarios. Me ayudaría bastante. Tenéis más reseñas de Kitchen en Memo Valera, Adopta una autora, y A través del espejo, todas ellas fuera de mi blogosfera habitual, todas ellas muy positivas. Gracias a Un libro al día me queda la seguridad de no ser el único al que no le ha gustado.



lunes, 13 de agosto de 2018

Tres desconocidas, de Patrick Modiano



Me inicio en la lectura del premio Nobel francés con su libro de relatos titulado Tres desconocidas. Consta de tres historias protagonizadas por personajes femeninos con características comunes. Las tres son jóvenes, las tres tienen vidas anónimas, las tres viven en los años 1960s y las tres tienen una experiencia que las ayudará a dar el definitivo salto a la edad adulta en algún punto de la geografía urbana francesa. 

La primera de ellas es una chica que sueña con ser modelo, pero que tras presentarse a su primera entrevista de trabajo como maniquí viviente y ser rechazada tendrá que cambiar de aires. Por ello se queda en París, en casa de una mujer que conoció en un reciente viaje a la costa del Sol. El clima es extraño, pero es mejor que afrontar el fracaso y volver a Lyon con las manos vacías. De las reuniones con esta mujer pronto le saldrá un particular ligue. Gus Vincent, nombre falso de un criminal en busca y captura, la admite como su maniquí personal, comprándole todo tipo de joyas y paseándola por los lugares más elegantes de Europa. Cuando la pompa del sueño creado por Vincent se rompa, a nuestro personaje le quedarán dos opciones: rendirse o huir. 

La segunda historia habla de una chica huérfana de padre que, despreciada por su madre, es abandonada a su suerte en un internado. Los días son grises y hay rabia en sus ojos. Crece en ella un odio que nadie puede sofocar. Para colmo, cuando trata de ganarse la vida como limpiadora y canguro, los adinerados burgueses, de vida fácil, intentan abusar de ella y en ciertas ocasiones lo consiguen. 

La tercera historia es algo distinta, pero también más original. Una chica inglesa accede a cuidar del apartamento de un amigo austríaco mientras este se va de vacaciones a España. El estudio se encuentra en el centro de París, en un lugar en principio privilegiado. Ella espera encontrar allí la forma de continuar adelante con su vida tras la pérdida de su pareja. Sin embargo, se topa con una calle ruidosa por el sonido continuo de lamentos que cada mañana dejan los caballos que son sacrificados en las inmediaciones. Para paliar este dolor, acrecentado por la soledad, acaba entrando en una especie de secta espiritual, misteriosa y presumiblemente peligrosa. 

En las tres, Modiano trata de crear distintas voces jóvenes femeninas que suenan muy convincentes. Este suele ser un reto para los escritores masculinos porque al no haber experimentado lo que es ser mujer no suelen sentirse cómodos redactando historias a través de esta perspectiva. A mí me da la sensación de que Modiano no solo lo logra, sino que además se centra en una gran cantidad de problemas que sufren en exclusiva las mujeres. Se denuncia las continuas trabas para la falta de independencia en los tres relatos, como el hombre abusa de la situación porque el sistema patriarcal se lo permite. Denuncia también, sobre todo en el primer relato, la construcción mental de la mujer por la sociedad que le hace preocuparse excesivamente por su imagen y por llegar a ser un modelo de belleza. En el segundo habla no solo de abusos machistas, sino también de abusos entre distintas clases sociales, lo cual creo que es un acierto al no reducir la complejidad de un tema que da para mucho. En el tercero de los relatos, la escena del estudio de fotografía es totalmente indignante para cualquier lector con un mínimo de empatía. En ella podemos ver cómo la intimidad de las mujeres se ve atacada a diario.  Y es que Modiano enfrenta a sus mujeres a un mundo de hombres, donde ellos ejercen el poder y ellas no disponen de suficientes medios para defenderse en ningún momento. 

Las tres protagonistas muestran una cierta humanidad. Se preocupan por su entorno y por las personas. Pecan de la ingenuidad propia de la edad y caen en redes de odio: la primera se ve envuelta en el crimen organizado, la segunda en una violación de la que defenderse traerá consecuencias y la tercera en una secta de dudosos objetivos espirituales. Son personajes sólidamente construidos y coherentes con las premisas que se establecen. Modiano selecciona vidas repetidas mil veces, pero que resultan extraordinarias por la forma en la que son mostradas y por no ser mostradas muy a menudo. En general este libro me ha recordado mucho a Boy, Snow, Bird, novela fragmentaria de Helen Oyeyemi sobre la juventud de tres mujeres que se ambienta temporalmente, aunque no espacialmente, en la misma época. Y aunque ambas son dos obras narrativas muy buenas y tocan temas comunes, la estructuración y el tratamiento es muy distinto. 

Lo que más me ha llamado la atención de Modiano es su facilidad para conectar ideas. Su estilo se basa en frases muy cortas sacadas de un importante proceso de depuración de la escritura. Limpia sus frases de molestias y deja en el lector la sensación de una novela escrita a pinceladas, a retazos de conceptos que se presentan ante uno con toda su plasticidad. Os dejo un ejemplo sacado del segundo de los relatos y me despido deseándoos felices lecturas:
"Después de levantarnos y asearnos, íbamos a la capilla. Luego, una hora al aula de estudio. Luego el desayuno en el refectorio. Café con leche sin azúcar y pan sin mantequilla. Solo un poco de mermelada. Otra vez al aula de estudio. Después un recreo a eso de las once. Otra vez a clase. La comida. El recreo y la merienda, una rebanada de pan y una onza de chocolate negro. El estudio de última hora de la tarde. En la cena sólo se tomaba un plato, polenta. Carne, nunca. La capilla. La hora de acostarse. Y todo volvía a empezar a la mañana siguiente"
Tenéis más reseñas en Un libro al día, La Tormenta en un vaso y en Écfrasis.



jueves, 9 de agosto de 2018

Biografía del hambre, de Amélie Nothomb



Siempre he sentido un cierto recelo hacia Amélie Nothomb. Que un escritor -en este caso escritora- salga en todas las portadas de sus libros publicados como reclamo debería poner a cualquiera, como mínimo, alerta. "No es suficiente el nombre más grande que el título, Anagrama. ¡No te enteras, Herralde! ¡También quiero que pongáis una foto mía! Alegre si puede ser, aunque luego yo cuente penas. ¡Eso da igual! A la gente le llamará la atención porque siempre sale la misma chica mona. Así, así, montando en bici. Y en la siguiente otra con un sombrero. ¡Me encantan los sombreros!", imagina mi cabeza que dice Amélie Nothomb. ¿Entendéis ahora mi miedo? ¿El miedo a encontrarme con una escritora sobrevalorada y de poca calidad, con un ego por las nubes, que se nutre de su imagen como estrategia de marketing para alcanzar sus superventas?

Luego uno choca con la realidad y se da cuenta de que parte del juicio es infundado. La portada de un libro, aunque lo sugiera, no nos dice nada de su contenido. Y sí, Amélie habla de Amélie. Habla mucho de Amélie. Casi que solo habla de Amélie. Al menos aquí y en lo que parece que son otros tantos libros autobiográficos, pero también es verdad que tiene cosas que contar. Su vida no ha sido anodina precisamente. No como la mayoría de los mortales. Tiene su gracia, y hasta su desgracia. Además, al menos en Biografía del hambre el seguimiento de la evolución de Nothomb a través de sus reflexiones ya como adulta es sorprendente. Aspira a cierta metafísica, y aunque a veces raya la cursilería, la profundidad de sus planteamientos y el esmero puesto en ellos son poderosos. La belleza de ciertos párrafos es abrumadora y sus ideas centrales desgarran.

Parte de una visión de sí misma como la de una persona hambrienta, que ha pasado por diferentes etapas de unos antojos u otros. El hambre aquí no es estrictamente el fisiológico de ingerir alimentos para poder obtener energías suficientes para sobrevivir y poder ejecutar las acciones indispensables de nuestro día a día, que también. Nothomb lo extiende a una apetencia voraz por vivir e identifica la sensación del hambre con la sensación misma del deseo. En este sentido la anorexia que sufrió con trece años consistiría en la realización física de una depresión -o al menos así lo he entendido yo-, la pérdida total del deseo y de la esperanza de volver a experimentarlo alguna vez. Nothomb es una adalid del deseo. Para ella la experiencia de desear está por encima de la satisfacción del deseo, que no hace más que incrementar nuestro hambre. Un hambre perpetuo que debe cultivarse para ser más creativos e ingeniosos. Ella advierte de los peligros y de las malinterpretaciones de esta idea, comprende que hay quien puede ver en ella a una defensora de las enfermedades mentales asociadas a la alimentación y derivadas del excesivo autocontrol, como son la anorexia y la bulimia. No es su intención. Ella habla desde un plano más espiritual, más pleno y completo. Y eso es lo que conmueve de Nothomb y que no me esperaba por los prejuicios que he comentado arriba.

Más allá de este punto, es como mínimo interesante el recorrido que por su vida hace Nothomb, cómo desde la más tierna infancia va viviendo en diferentes países debido al trabajo de su padre de diplomático para las Naciones Unidas, cómo enfrenta su doble identidad belga-japonesa, cómo decide destruirse a sí misma a pesar de su situación de ciudadana privilegiada ante la pobreza de las gentes de los países en los que vive, cómo se convierte en una lectora obsesiva y metódica y decide admirar a otros antes de dejarse ser admirada por los demás, etc. La lectura atrapa, se siente cargada de sinceridad y entusiasmo. El tamaño es breve y puede leerse en una tarde o una tarde y media, dependiendo del ritmo de cada uno. No es una obra maestra, pero tampoco tiene desperdicio. Te deja con ganas de volver a ella. Tenéis más reseñas en Un libro al día, el Blog de Keren Verna y Críticas Literarias Regina Irae.




domingo, 5 de agosto de 2018

No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos



Juan Pablo nunca ha confiado demasiado en los chanchullos de su primo, un pusilánime que aspira a volverse de oro y a quien no le importa con quién se tenga que asociar para llevar a cabo toda clase de proyectos que se lo permitan. Se han visto poco, pero a Juan Pablo, que está a punto de abandonar su país (Estados Unidos Mexicanos) para hacer un doctorado en Barcelona, recibir una llamada suya lo pone inmediatamente alerta. El primo, creyendo hacer lo correcto, le ha metido dentro de una turbia operación de tintes mafiosos donde las vidas de Juan Pablo y de su novia Valentina están seriamente amenazadas. Tendrá que seducir a una compañera de seminario, una tal Laia, hija del mandamás de la Generalitat. El objetivo del licenciado, gran capo mexicano, es utilizar esta conexión para poder blanquear dinero obtenido ilegalmente. Sin embargo, son numerosos los obstáculos de por medio. Laia es lesbiana y su tío no acepta esta duda sobre su orientación sexual. Además, la mafia italiana los está vigilando y podrían haber traidores dentro del complejo mecanismo articulado por el licenciado.

Con esta sinopsis deducimos que los momentos propios de un género como el thriller son inevitables y aunque los tiene, la novela no se pierde por estos derroteros y estrategias ya tan manidas. Intenta buscar una estructura propia basada en la fragmentación de los contenidos y en la alternancia de distintas voces y tipologías de discurso, que a mí en lo personal me recuerda mucho a la narrativa del camaleónico Manuel Puig. Por un lado, leemos una novela autobiográfica de Juan Pablo Villalobos, el protagonista (que no el autor), quien cuenta sus encuentros con los mafiosos y cómo estos le guían hacia su perdición. Por otro, quedan las cartas de advertencia del primo, "cargado por la chingada", quien va desvelando parte del entramado para que Juan Pablo pueda tratar de defenderse y las cartas de la madre, quien prefiere soñar despierta con la satisfactoria evolución de su hijo, quien ha mejorado su estatus al unirse sentimentalmente con una europea rica, guapa e inteligente. Finalmente, están los diarios de Valentina, la novia despechada e utilizada por Juan Pablo y por la mafia sin ella saberlo y que constituye la parte más entretenida de la narración al no perderse ni en el humor barato, ni en el coloquialismo, ni en el academicismo como los demás. Estas voces se entremezclan en una narración que va desvelando poco a poco su complejidad y que sigue unas ciertas reglas de gestión de intriga que no funcionan como deberían a causa de lo disparatado de los hechos.

No voy a pedirle a nadie que me crea no es una novela tan estrambótica como Si viviéramos en un lugar normal, pero tampoco pretende ser verosímil. Deja ciertas claves de duda que forjan una visión ambigua de la situación expuesta. El gran elenco de personajes que despliega es prototípico, simples parodias de personajes cotidianos y no cotidianos que acaban siendo pincelados como meros figurantes de un chiste. El escritor, desde el personaje de Juan Pablo, juega con esta estructura en varias ocasiones, demostrándola directamente al lector sin ningún tipo de tapujo:
 "Estaban una vez un mexicano, un chino y un musulmán en una reunión con un mafioso mexicano en la oficina de una bodega abandonada de Barcelona, solo que el musulmán no era exactamente musulmán, era un pakistaní ateo. El mexicano, el chino y el pakistaní no se conocían entre ellos, era el mafioso mexicano el que los había reunido para explicarles el funcionamiento de un negocio. O no exactamente el funcionamiento de un negocio, sino más bien lo que cada uno de ellos tenía que hacer para que el negocio funcionara, aunque en realidad ninguno de los tres entendiera exactamente cómo funcionaba el negocio y el mexicano, en especial, no entendiera nada."
El lector rápidamente puede entender por qué se hace esto: para deshumanizar a las personas que están siendo víctimas del crimen organizado y que no encuentran escapatoria, lo que hace que el chiste sea más agrio de lo que uno espera. Hay en la novela mucho humor negro, del que te hace reír y también del que no. Por eso y por otras cuestiones, esta lectura es ardua. La inclusión del amplio conocimiento literario del escritor para construir a personajes como Juan Pablo y Valentina, amantes de la ficción narrativa, se torna bastante esnobista. Personalmente, he disfrutado los momentos en los que se habla de la risa según la entendía Baudelaire, me he apuntado el nombre de Ibargüengoitïa y de otros cuantos más y estoy deseando echar un ojo a las narraciones de Fray Servando sobre la ciudad de Barcelona y su inmundicia, pero también entiendo que soy un lector muy específico. Ciertos juegos y referencias las conozco o me interesan profesionalmente porque estudié Literaturas Comparadas en la Universidad, pero sé muy bien que toda esta fanfarria aburriría a un lector más casual o menos técnico.

Tampoco veo que cuadren estos dos ámbitos discursivos tan distantes. Al final del popurrí queda una novela de inmigración con gánsteres escrita a medias en un tono cómico paródico e intelectual-academicista. ¿Con qué parte entra el lector en ella? Hace unos días hablé del libro con una chica mexicana de Erasmus en España. Ella no lo había leído, pero después de mis apreciaciones decidió que no quería leerlo. ¿Por qué? Porque, aunque No voy a pedirle a nadie que me crea expresa esa incomunicación, esa incomprensión del emigrado, del estudiante extranjero en España, su perspectiva es tan específica que dinamita cualquier oportunidad de sentirse identificado con su protagonista. El tono cómico se vuelve en ocasiones tan cargante y facilón en contraste con las influencias citadas continuamente por el escritor que no termina de cuajar. Solo la parte de Valentina me entusiasma, quizás porque en ella se destierra un poco más lo estrambótico y nos podemos aproximar de verdad gracias a su soledad -sentimiento que todos hemos vivido alguna vez- y el rechazo no aceptado del amor de su vida -tan común en la vida de cualquiera.

Como elemento de cohesión importante, Villalobos recurre a la repetición de la frase del título y de otras tantas, colocándola en boca de diversos personajes. Una estrategia muy buena por su sencillez, pero que sigue sin ser nada del otro mundo. Parte de la autoficción, colocándose a él como protagonista de una fábula alucinada. Esta estrategia, muy de moda últimamente, me parece bastante llevadera y pocas veces se hace bien. En este caso el resultado es decente para lo que me he encontrado por ahí. La autoficción se me antoja siempre más fácil que otras formas de la ficción biográfica, a pesar de ser la combinación de distintas fuerzas. Hablar desde uno mismo suele ser menos trabajoso que hablar desde otra voz inventada. La libertad de la autoficción de poder meter en la narración de cualquier capítulo de tu vida, literalmente lo que te venga en gana, me parece un chollazo para el escritor. Quizás valoro mucho la incomodidad a la hora de escribir. Suele ser más complejo hablar desde espacios no familiares que construir desde la cercanía y aunque hay maravillosos casos de historias levantadas en los lindes de la vida particular de cada uno, no sucede lo mismo aquí con No voy a pedirle a nadie que me crea. Tenéis otra reseña bastante en mi línea en Vagando por Urano.

Más reseñas de obras de Juan Pablo Villalobos en esta esquina: Si viviéramos en un lugar normal