jueves, 15 de noviembre de 2018

Tsugumi, de Banana Yoshimoto



A pesar de haber leído Kitchen recientemente y aunque fuera una obra que no me entusiasmara lo más mínimo, sí es cierto que atisbé en la escritura de Banana Yoshimoto algunas muestras de un talento incipiente. No me equivocaba. De los batacazos de su ópera prima no queda ni rastro en Tsugumi. No hay esa prisa ridícula por matar personajes importantes, ni se sienten estos como meros arquetipos, no hay tampoco incursiones de elementos weird en la narración sin venir estos a cuento, no hay estructuras circulares predecibles, ni, por supuesto, ese lenguaje adolescente tan molesto de Kitchen. ¡No! Y gracias, porque vaya perlita de primer libro se marcó...

Tsugumi no se parece en nada a Kitchen. Si no fuera porque Yoshimoto tiene sus marcas de escritura casi diría que el libro lo hizo otro. Esta vez nos trae una novela seria y humilde, exenta de ese dramatismo barato de esos, llamémosles, relatos que tanto sueño me dieron la otra vez.  Una novela de autoaprendizaje, de transición entre la adolescencia y la edad adulta, que encuentra en la narración de lo cotidiano un pilar al cual asirse. Una novela que, a pesar de contar con ciertos tintes de la narrativa sentimental o de temática amorosa, me ha encantado. Y que conste que yo detesto ese género con toda mi alma. Sin embargo, el aplomo en la creación de personajes y su trasfondo llevado a cabo por una Yoshimoto inspirada es digno de alabanza. El amoldamiento de los mismos personajes a su entorno también está muy conseguido y hace que nos sumerjamos dentro de la historia sin mucha dificultad. No es complicado sentirse una integrante más de las primas Yamamoto, quienes ocupan los papeles centrales de nuestra historia.

La novela lleva como título el nombre de una de ellas, la más rebelde y protagonista: Tsugumi. Ella es quien lleva la batuta de lo que las demás hacen a su alrededor en el hostal Yamamoto, situado en una pequeña villa de la costa este nipona (península de Izu). Tsugumi tiene una enfermedad crónica y eso le lleva a tratar a todos con un humor de perros. Es la típica niña rica mimada que hace lo que sea para salirse con la suya. No pierde la oportunidad de herir a los demás y no tiene un interés fuerte por nada salvo por su vida. Aun así fantasea continuamente con su muerte. ¿Su objetivo? Ganarse la preocupación de sus familiares y con ella todo tipo de caprichos. 

Conocemos su historia, pero no de primera mano, sino de parte de su prima Maria, quien ejerce como voz narrativa homodiegética en la novela. De esta forma, nuestra visión de Tsugumi es parcial y se dará solo a conocer a través de la particular relación de devoción/repulsión que la vincula con Maria. Ambas primas habrían crecido juntas en el hostal del pueblo, además de otra más llamada Yoko, pero el tiempo apremia y Maria debe marcharse a Tokio con sus padres para comenzar sus estudios universitarios. Un año después, es invitada a pasar un último verano en el hostal, ya que su tío va a venderlo para montar un "próspero" negocio en la sierra. Nada ha cambiado entre Tsugumi y Maria. O eso parece.

El tema del cambio vital viene acompañado en esta Bildungsroman por el del amor. Tsugumi centra buena parte de su historia en dos tramas románticas dignas de mención por su complicada naturaleza, pues la primera representa al Viejo Mundo y la segunda al Nuevo. Dos generaciones y dos situaciones muy dispares que se narran con distintas resoluciones. Por un lado, tenemos a los padres de Maria, una pareja de amantes fuera del matrimonio que deciden luchar durante años y años de pleitos para poder acabar juntos. Por el otro, el complicado romance de verano entre Tsugumi y el hijo del propietario del nuevo hotel que están construyendo en el pueblo y al cual muchos odian, Kyoichi. Si en ambos se hace patente que el amor requiere un esfuerzo, en el segundo se deja claro que este amor no es para siempre y que pueden existir sentimientos más poderosos como, por ejemplo, la venganza. El amor no tiene poderes sobrenaturales ni interfiere en la salud física de las personas. No es redentor y a veces suele conllevar tantos problemas como alegrías. Esta visión tan mundana y tan lejos del idealismo propio de este tipo de historias es la que me ha mantenido pegado al libro buena parte de la novela. Toda una delicia que me quita ese mal sabor de boca que me había dejado Kitchen. Repetiremos con Yoshimoto pronto; tengo varias ediciones de sus obras esperando. Tenéis otra reseña en la página especializada de literatura japonesa Koratai.

Reseñas de otras obras de Banana Yoshimoto en esta esquina: Kitchen


 

lunes, 12 de noviembre de 2018

Holetes, de Maximiliano Barrientos




Tero y Abigail son dos estrellas porno retiradas que un día deciden abandonarlo todo y fugarse en coche hasta que se queden sin un duro. Con ellos irá Andrea, la hija de Abigail con otro hombre. Por raro que parezca, esta no es una huida romántica. De hecho, casi no parece una huida, pues los protagonistas se ven continuamente asediados por los recuerdos de sus pasados y no parecen estar del todo cómodos con ellos mismos ni entre sí. Tero detesta hasta cierto punto a Abigail y viceversa. Y aunque mientras tanto Andrea intente disfrutar de una especie de vacaciones, nota la tensión del ambiente en el que se encuentra. Esta unión interesada es un intento de construir por encima de un intento de olvidar. Barrientos toca una infinidad de lugares comunes para lanzar un replanteamiento necesario del viejo tópico literario del homo viator (ese que hace su camino al andar). Esta apreciación se hace evidente en el momento en el que un cuarto personaje en discordia lo señala:

"No se fueron para escapar, sino para fabricar un pasado en común.
Todo viaje es la construcción consciente de un pasado. Se dejan atrás lugares impersonales (hoteles, cafeterías, bares, estacionamientos, lavanderías) para inventar lugares íntimos."

Este hecho, tan característico, es el que llama la atención de un excéntrico director de cine que empezará a entrevistarlos para recopilar material con el cual poder rodar un documental/reality show donde expondría la vida cotidiana de dos ex miembros de una industria tan polémica y a la vez tan consumida a través de la experiencia de su viaje en carretera. Y esto es lo verdaderamente curioso del juego narrativo. Lo que nos muestra Barrientos no es la interrelación directa de los personajes, sino lo que cada uno le cuenta al director, así como las notas de este último, sus sospechas, miedos y deseos. Es en esta polifonía sobre la cual está cimentada la novela y hay, por supuesto, en ella mentiras, insinuaciones, metáforas, momentos completamente fantásticos y vacíos de información que el lector decide si llenar o no.  Cada capítulo se divide en varias entrevistas donde solo leemos las apreciaciones de los personajes filtradas por la escritura del director. Fuera de cada toma quedan cortadas las preguntas del director y toda la morralla (la vocal de relleno en español "e", la repetición hasta la saciedad de estructuras similares, las coletillas, etc.). Con este sistema basado en el lenguaje oral pulido deberíamos esperar unas marcas propias del lenguaje de cada personaje y, aunque las hay, no llegan al punto de resultarme totalmente convincentes. ¡Me hubiera gustado ver más! A mi forma de verlo está demasiado pulido por parte del director y al principio cuesta hacernos a la idea de qué tipo de texto estamos leyendo. Quizás esto se haya corregido en una versión posterior a la mía (que sé que existe y por la cual agradezco al autor y a los editores).

Las historias de los personajes son verosímiles, a pesar de la interrupción de algún que otro acontecimiento fantástico. Sorprenden porque la dureza implícita en ellas no siempre está relacionada con la tradicional turbiedad de la industria pornográfica. Algunos de los problemas vitales de Tero y Abigail son tan comunes que podrían ocurrirle a cualquiera. Y eso ha sido un punto a favor de esta novela. Otro lo ha constituido su brevedad. Hoteles es una historia rápida, con capítulos muy cortos y tremendamente adictivos. Las partes más pesadas, pero también lógicamente con más chicha, son las innumerables notas del director. En ellas no solo hay reflexiones constantes sobre lo que le sugiere cada uno de los entrevistados, sino que, además, se introduce cómo estos encuentros cargados de significado afectan a su propia vida y, más concretamente, a su relación sentimental. En su caso, fruto más de la conveniencia que del amor, guardando así, hasta cierto punto, una similitud con los vínculos entre Tero y Abigail en su viaje y entre cualquiera de ellos y otras personas en su trabajo. Hoteles es una muy buena novela que no debéis perderos. Tenéis otras reseñas, algo distintas, en La Tormenta en un vaso y La antigua Biblos.



lunes, 5 de noviembre de 2018

El día que la vea la voy a matar, de Guillermo Fadanelli



A veces uno tropieza con libros inusuales como este. Libros que no aspiran a mucho y donde convergen la escritura automática con situaciones de lo más variopintas y un sentido del humor llamémosle áspero. No voy a mentir, no soy un gran fan de este postvanguardismo literario que nos propone Fadanelli. Entiendo su intención. Creo atisbar el mensaje que trata de transmitir. Sin embargo, tengo un enorme conflicto con la forma de transmitirlo porque sospecho que no es la idónea para esta clase de obras. El día que la vea la voy a matar es un libro donde se intercalan relatos, microrrelatos y otro tipo de escritos que no sabría muy bien cómo clasificar. Hay en ellos tanto denuncia social como política y religiosa. Bastante ácida, pero de escasa profundidad. En definitiva, nada que no hayamos visto en un post de Facebook. Hay también una materialización de los deseos y los miedos de su escritor y de las personas que lo rodearon durante la redacción del volumen. Autoficción es la palabra. ¿Qué os voy a contar? ¿Que está centrada en la complejidad de vivir en una sociedad bicéfela y de doble moral donde lo tabú es revolucionario y donde la palabra "revolución" viene tildada con matices que se trasladan desde lo más necesario hasta lo más doloroso? ¿En la complejidad de llevar una vida bajo el influjo constante de la violencia y de la jerarquía de poderes hombre/mujer, maestro/alumno, blanco/negro, Dios/hombre? ¿En la compleja necesidad humana de desear el imposible y despreciar el posible deseado? ¿De odiar y amar la soledad y la compañía? ¿Con qué fin? También tenemos un intento de ser cómico a partir de lo vulgar y una especie de obsesión insana y cansina con la masturbación y el asesinato. Recordé por momentos a un Chuck Palahniuk poco inspirado y alejado de sus personajes, y cuando hablo aquí de longitud lo hago de distancias kilométricas. La frialdad del humor recuerda a Foster Wallace, solo que Fadanelli es mucho más simple, lo que le da al asunto mucha menos gracia. Aunque supongo que su intención es precisamente crear este efecto de pérdida de tiempo. En la página de la editorial no dudan en definir el libro como literatura basura. ¡"Atractiva malformación" le llaman a la broma!

Hay lectores que disfrutarían mucho con El día que la vea la voy a matar, pero no ha sido mi caso. Mi experiencia ha sido algo similar a desayunar cebollas crudas. Las ideas e imágenes se me han repetido una y otra vez hasta el punto de que el conjunto me parecía una especie de vertedero de relatos a medioconcretar, sin pulir, sin esperanza de encontrar un final satisfactorio. El estilo del autor tampoco ayuda, pues es excesivamente culto para las situaciones que plantea, lo cual nos saca de contexto una y otra vez. Personajes que argumentan sobre filosofía política o de la identidad mientras se sacan el miembro para escandalizar y cosas por el estilo. Acaba resultando muy gamberro, muy punky, pero también muy inverosímil. Choca al lector en un primer momento, pero tras cinco o seis relatos uno se harta de forma considerable. Lo cierto es que acabé el volumen por su brevedad. Sin embargo, estuve tentado de dejarlo varias veces. O de saltarme partes. La sensación de leer historias que ya había leído hace tan solo diez minutos estuvo presente en todo el proceso. 

Fadanelli quería buscar una forma de expresar las preocupaciones de la vida cotidiana de los marginados (los yonkis, las prostitutas, los delincuentes, ...) y sus duras condiciones. Este escrito me recuerda mucho al Movimiento McOndo, grupo de artistas latinoamericanos postboom que querían señalar los numerosos fallos y problemas que el "Realismo Mágico" tenía a la hora de construir el imaginario extranjero de Latinoamérica. Incluso hay en El día que la vea la voy a matar algunos relatos que se vuelcan contra la obra del mismísimo García Márquez en una mezcla de homenaje y crítica. Se nota el gran aprecio profesado hacia el colombiano por un aumento severo del respeto (y de la correción política) y una reducción de las gamberradas previas. El detalle, como mínimo, fue curioso. Hay que destacar que el libro pretende tener gags de humor. Digo pretende porque yo no me he reído casi nada. Y yo me río con prácticamente cualquier tontería. En serio, hasta con los vídeos de gatitos.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Verde agua, de Marisa Madieri




Verde agua es una autobiografía de Marisa Madieri escrita en forma de diario donde alterna sus recuerdos de la infancia con su vida presente en los prineros años 1980s. Es considerado uno de los relatos más representativos de la tradición istriana de escritos sobre el exilio de los italianos de las regiones de Istria, Dalmacia y Fiume tras la reorganización política del país con la derrota de Mussolini en la Segunda Guerra Mundial y las adhesiones de la Yugoslavia de Tito.

Madieri nació en Fiume, actual ciudad de Rijeka en Croacia, la cual por entonces pertenecía a Italia y tenía una población mayoritariamente italiana que habría apoyado los ideales del fascismo. Creció rodeada de eslavos (su familia por parte de padre, sus amigos del bloque en donde vivía, sus profesores que le enseñaban a hablar croata, etc.), por lo que, a pesar de la decisión familiar de optar por el exilio, no puede evitar sentirse una mujer entre diversas influencias nacionales. Por eso, escribe desde una perspectiva plural en la que asume tanto sus raíces italianas como las eslavas y las de Europa Central, intentando evitar cualquier tipo de resentimiento hacia yugoslavos y rusos. Sin embargo, las penurias que debió sufrir hasta alcanzar la vida relativamente acomodada que llevaba cuando redactó Verde agua son múltiples y pasan desde la dura crónica del viaje del refugiado hasta la dura crónica de vivir en una habitación diminuta con toda la familia comida de frío, en un recinto con unas condiciones bastante próximas a las de un campo de concentración (¡en su propio país, además!). Madieri habla de su etapa en los box de Trieste (almacenes de grano reconvertidos en centros de acogida), de cómo fingía en el colegio la vergüenza ante sus amigas y de cómo se refugiaba en la lectura -que nos lleva muy lejos a través del poder de la mente, traslandándonos desde donde estamos hacia donde queremos estar- en una historia en la cual la nostalgia, constantemente embellecida y constantemente mancillada, tiene un peso fundamental. 

El punto fuerte de Verde agua es su lirismo nostálgico, mediante el cual Madieri explica su forma de actuar partiendo de las experiencias de su pasado. Incluye aquí tanto vivencias propias como de su peculiar familia extensa, donde destaca especialmente el papel de la nonna Quarantotto, actriz amateur de la vida diaria y gurú del box de Trieste, una estafadora de campeonato. Las relaciones de odio entre esta señora y su yerno son particularmente cómicas y relajan un poco las situaciones más tensas. Madieri emplea figuras retóricas de gran belleza que no acostumbramos a encontrar en biografías de esta índole y sobre todas las cuales prevalece la alegoría del agua verde del mar de su paraíso perdido: la costa del Fiume arrebatado. Se refleja en su semitransparencia el paso del tiempo, el cambio de un pueblo a otro y de una niña a una mujer.

En esta odisea, realizada en el paso de la infancia a la pubertad -vivida con tan solo siete años-, tiene también un papel fundamental tanto la figura de su madre en particular y como de la madre en general. Madieri habla de la trágica enfermedad que dinamita los sentidos de su progenitora  y la hace morir en la frustrada paz de la incomprensión, presa del Alzheimer. Este libro sirve de agradecimiento y homenaje a su memoria, a pesar de todo el mal que ella no pudo evitarle. A raíz de este desolador fin, la escritora se convierte en una férrea antiabortista. Mi impresión: Verde agua se erigió para Madieri en una suerte de anclaje para explicarse su visión del tiempo, de la vida y de la maternidad tanto a sí misma como a los demás. Debo decir que a mí este giro en la trama me sorprendió, a pesar de ser presentado prácticamente al inicio. Me costaba encajarlo con esa historia de vilezas que en otro plano temporal se me estaba narrando. Sin embargo, tras finalizar el libro puedo llegar a entender, no a compartir, el porqué de estos ideales de la escritora. Para ello es necesario pensar en el contexto histórico, en la sensible naturaleza de Madieri y en su búsqueda de la belleza y lo imprescindible en cada partícula de polvo, en cada componente del universo. Madieri escribe un libro de confrontación del pasado donde busca un significado para el presente y reúne un hálito de esperanza para el futuro. Hay que destacar que la escritora ya estaba enferma de cáncer cuando redactaba estas páginas.

La historia es amena y breve. Se lee en un pispás. Mi edición de Minúscula cuenta con un posfacio (texto concluyente) de su viudo, el también escritor Claudio Magris, donde se refuerzan muchos de los puntos fuertes de la obra. Tanto el diario de Madieri como las anotaciones finales están escritos con mucho sentimiento, pero, ante todo, cuidando la técnica, lo cual es de agradecer. Tenéis más reseñas en Koratai  y Devoradora de libros.



domingo, 28 de octubre de 2018

Por qué se cuece el niño en la polenta, de Aglaja Veteranyi




Por qué se cuece el niño en la polenta es la única obra que nos dejó la escritora suiza de origen rumano Aglaja Veteranyi. Constituye una especie de novela autobiográfica donde narra el desarraigo de su pueblo durante la dictadura comunista de Ceausescu bajo el prisma de su particular familia y su difícil infancia, durante la cual tuvo que sufrir todo tipo de vejaciones para sobrevivir. Es un relato duro, escrito desde el prisma de una niña que es obligada a crecer demasiado pronto y que sufre el abuso por parte de todos los adultos que la rodean, inclusive sus padres, quienes pretenden aprovechar su belleza, su ingenuidad y su talento en beneficio propio. La novela en sí es muy breve, pero tiene muchísimo jugo.

El ambiente de la narración nos sitúa en los circos ambulantes de la Europa Central de los años 1960s-1970s, donde una pequeña Aglaja de 5 años nos presenta su marginal y precaria situación en un mundo que no conoce bien del todo, pero en cuya crueldad ya está envuelta. Aglaja nos habla del trabajo de sus padres: él es un payaso húngaro, alcohólico y maltratador, y ella una trapecista que emplea la dureza de sus cabellos para colgarse desde cientos de metros. La madre de Aglaja es quien la protege de las zarpas de su colérico padre, un hombre frustrado por no haber encontrado el éxito y que lo paga golpeando y violando a su familia. A este complicado espacio familiar habría que añadir a la hermanastra de Aglaja por parte de padre que es quien le cuenta la historia del niño de la polenta: una cruda narración sobre las penurias que tiene que soportar un infante que no se ha portado "como es debido". La historia obsesiona a Aglaja, quien quiere ser una bella actriz de Hollywood y así escapar de las arenas movedizas de la polenta, de esa podredumbre que se le echa encima. No obstante, las dificultades para ello no han hecho más que comenzar.

Por qué se cuece el niño en la polenta está narrada con frases breves, pero con una gran profundidad. La visión infantil que choca con el mundo adulto me recordó ligeramente a algunos personajes de Penelope Fitzgerald y, sobre todo, al protagonista de El pájaro pintado de Jerzy Kosinski, una obra también hasta cierto punto autobiográfica. Aglaja es obligada a trabajar demasiado pronto. Su padre la abandona tras una discusión matrimonial y la deja en plena inestabilidad económica. Aunque la madre asume rápidamente el rol de traer dinero a la casa, no tarda demasiado en sufrir un accidente que le imposibilita volver a realizar cualquier número. A pesar de no decirse explícitamente, se da a entender que la pobreza es tal que en algunas ocasiones esta desgraciada mujer encuentra en la prostitución una solución temporal. En uno de estos encuentros conocerá a un amante, quien desgraciadamente es tanto o más pobre que ella. Aunque esto no será problema para el surgimiento del amor entre ambos, acabará por convertir a Aglaja más en una carga para su madre que en una preocupación constante. Mientras tanto, la joven Aglaja se desarrolla físicamente, pero no crece, no aprende, su vida es un bucle de miserias y de sueños cada vez más remotos. No va a la escuela, no sabe leer ni escribir, pero empieza a pensar que solo con la belleza basta. Con trece años y sin dar detalles a nadie, Aglaja es colocada en un club de stripteases y empieza a experimentar el brutal deseo por parte de los hombres que la rodean, quienes le lanzan miradas lascivas, saltan sobre el escenario para toquetearla y le escupen desde las mesas toda clase de insultos, proposiciones y piropos.

Así y con todo, la novela es profundamente filosófica y cuenta en este sentido con un inicio demoledor que voy a tomar la libertad de reproducir aquí:

"Me imagino el cielo.
Es tan grande que me duermo en seguida para tranquilizarme.
Al despertarme sé que Dios es algo más pequeño que el cielo. Si no, al rezar nos dormiríamos siempre del susto.
¿Dios hablará idiomas extranjeros?
¿Entenderá también a los extranjeros?
¿O es que los ángeles están en pequeñas cabinas de cristal haciendo traducciones?"


Parece una visión tierna e infantil, pero va mucho más allá. Este comienzo es una advertencia. La duda metafísica de esta niña de cinco años nos anticipa esa sensación fatídica del exiliado que duda hasta de que en la casa de Dios, más allá de la muerte, encuentre un lugar al cual pueda bautizar verdaderamente como su hogar. Crisis existencial e identitaria. Aglaja es una apátrida, repudiada dentro y fuera de su país. Sin cultura, sin esperanzas y sin ningún tipo de amor carente de interés. Veteranyi nos muestra hasta qué punto puede llegar la mente de un niño de cinco años con una dura existencia sin perder un ápice de verosimilitud. En este primer párrafo se expresa esta idea que será tan recurrente en toda la obra junto a otra: el miedo a su padre, identificado aquí con Dios, como el padre eterno, superior y omnipresente. Aglaja debe reducir a Dios para tranquilizarse,  pero al mismo tiempo es consciente de que este pequeño acto podría restarle un poder para ella tan necesario como el que alguien en el universo pueda alcanzar a comprenderla. Dios, su padre payaso y el Dictador (Ceausescu) son los tres hombres poderosos de su vida. Veteranyi usará estas tres figuras, junto con la de otros personajes secundarios que irán apareciendo para denunciar los abusos de poder por parte del varones sobre la mujer y expresar la idea de que demasiados son los indeseables que han desgraciado las vidas de mujeres a lo largo de la historia, destinadas siempre, por haber carecido de la fuerza física, a un papel pasivo, resignadas. Sin embargo, más allá del catastrofismo y la denuncia feminista, Veteranyi encuentra una cura para la desigualdad, la pobreza y la incomprensión a través de la cultura y del conocimiento de las verdades descarnadas y es aquí donde hallo el por qué de este libro. Es responsabilidad de todos que vidas así no tengan que repetirse. Tenéis otra reseña en Lo imborrable (bastante más completa que la que hoy os traigo y con muchos más detalles sobre la vida de la autora y su padre -que por lo visto viajó a Argentina y llegó de alguna forma a ser famoso- en los cuales no he querido meterme, pero que no dejan de ser hasta cierto punto de interés).




sábado, 20 de octubre de 2018

Santuario, de Edith Wharton






Nos situamos a finales del siglo XIX en la casa de una pareja pudiente del medio oeste americano. Nuestra protagonista es Kate Orme, quien, tras tomar una dura decisión en contra de su moral, se convierte en Kate Peyton. Tiempo después del casamiento -en una elipsis de unos veinte años-, el marido muere, dejando a Kate al cargo del joven Dick, un precoz arquitecto. El chico tiene una rivalidad laboral con otro hombre, mucho más talentoso que él, pero también mucho más pobre. Con él guarda, además, una gran amistad, dentro de la cual, Dick profesa una admiración excepcional por Darrow. Ambos van a presentarse a un concurso de arquitectura que podría cambiar sus vidas completamente. Diseñar el museo principal del condado no es ninguna broma; por ello, van a esforzarse al máximo. El dinero podría sacar de la miseria a Darrow, quien vive prácticamente como un vagabundo, pero también podría llevar a Dick Peyton a conquistar el corazón de la chica que cree amar. Sin embargo, Kate sabe del interés de las intenciones de Clemence. Ella no aceptará a Dick si este no gana. No le importa lo que el joven tenga que hacer para ello. A su parecer, él éxito no entiende de escrúpulos. 

Santuario es una novela breve sobre la lucha de dos fuerzas antagónicas (la mano de obra y el capital) para lograr un determinado fin (para un personaje, alzarse o mantenerse en una posición ventajosa). Habla de la aspiración humana del poder sobre los demás -muy en la órbita de Foucault- y de los acuerdos y desacuerdos sociales que permiten ciertas triquiñuelas para saltarse a veces lo socialmente considerado como ético. Está dividida en dos partes, donde se relatan dos sucesos de polémica moral, pues dejan a unos personajes indefensos ante el peligro y la muerte, mientras otros se aprovechan del esfuerzo ajeno para crecer y mejorar sus condiciones de vida. Sé que sueno muy marxista con esta interpretación, pero la novela se ajusta al dedillo a esta línea crítica. A pesar de no hacer apología político-económica de manera explícita en ningún momento, cuanto más pienso en el argumento más obvio se me hace este mensaje.

Tanto Kate como Clemence Verney esperan el éxito de Dick por encima del de Darrow, a pesar de las pésimas condiciones en las que vive el chico. La victoria de un pobre sobre un miembro de la familia Peyton podría suponer una deshonra, aun cuando todos saben de la brillantez y del cuidado que pone Darrow en sus trabajos. Un dilema parecido sucede en la primera parte, cuando Mr. Peyton se niega a entregar lo correspondiente de la herencia de su fallecido hermano a su viuda por considerar que estos no estaban casados legalmente -aunque luego se demuestra que sí lo estaban y que posiblemente esta decisión se debe al status social de ella-. Ambas acciones traen terroríficas consecuencias tanto para el inocente Darrow como la pobre viuda, quienes acaban, sin duda, mucho peor que como empezaron.

Otro tema, incluso más relevante para Wharton en su novela, es la situación de la mujer en su contexto geotemporal, sobre todo en lo referente a sus obligaciones en relación con el hombre como ente subordinado con poca voz y menos voto. Partiendo de la denuncia, Wharton hace una crítica feminista sutil en Santuario. Kate accede a casarse con Peyton, a pesar de sus actos horribles y su repugnante forma de lavarse las manos de responsabilidades. Tras veinte años, siendo ya viuda, su preocupación principal es el inútil de su hijo con deseos de grandezas y ese romanticismo extremo que saca tanto de quicio. Kate adopta el papel de madre sobreprotectora (seguramente, debido al fuerte impacto del incidente de su cuñada), pues no desea que a su hijo le suceda nada malo y sobre todo, que este no repita sus mismos errores del pasado. Pretende ser el refugio de Dick, su santuario, y defenderlo así de toda la maldad exterior. De ahí, el título de la novela. Wharton denuncia el aislamiento de la mujer en el hogar y destaca como los logros de los machos de la casa (hijos y marido) se convierten en sus propios -y a veces y desgraciadamente únicos- logros. Su función es la de la melancólica consejera, resignada, incapaz de cambiar nada con sus propias manos. Cuando el marido muere o sus hijos no son capaz de socorrerla, si no tienen dinero, están totalmente perdidas.

Mi idea preconcebida de la narrativa de Wharton esperaba una novela bastante más intimista de lo que luego me he encontrado. Los personajes no se encierran tanto en sí mismos como había imaginado y eso es algo de agradecer. Edith Wharton es desgraciadamente una autora encasillada en un tipo de escritura con muchos prejuicios: la narrativa intimista femenina. Como escritora me ha sorprendido gratamente. En Santuario hay una belleza de diálogos (especialmente hermoso es el final) y una descripción muy compleja y fiel de la psicología humana. Lo he elevado tras mi lectura a uno de mis libros favoritos para ejemplificar el dialogismo interno, es decir, ese cubrirse las espaldas en el discurso para evitar qué pudieran pensar los demás. Mi edición de Impedimenta cuenta también con un prólogo muy enriquecedor de Marta Sanz. Podéis leerlo antes de empezar, pero es recomendable hacerlo (o volver a hacerlo) después. Mejora mucho la experiencia y merece la pena.