viernes, 20 de noviembre de 2015

El paraíso de las gallinas, de Dan Lungu



Es poco probable que os suene demasiado, pero el libro que hoy voy a comentar  fue uno de los más vendidos en Alemania, tras su traducción directa del rumano. Como los cuentos de Proyectos de pasado de Ana Blandiana o los cortos que integran la película Historias de la edad de oro de Cristian Mungiu, esta “falsa novela de rumores y misterios” se erige como una obra más nacida de la crítica directa al régimen comunista que se instauró en Rumanía tras la Segunda Guerra Mundial, elaborada con un humor un tanto ácido y recargado de ironías llenas de humanidad, aunque, a diferencia de las obras mencionadas, El paraíso de las gallinas se niega a anclarse en el período histórico y aprovecha que fue escrito después de la caída del muro (de Berlín se sobreentiende) para lanzar dagas también contra el nuevo sistema capitalista rumano, su caos, sus desigualdades sociales, su incertidumbre, etcétera. Viajamos a través de las décadas del último tercio del s.XX de la mano de los vecinos de la calle de las Acacias, situada en algún punto de algún barrio periférico de alguna ciudad rumana de provincias, que curiosamente resiste a la famosa “sistematización” de Ceausescu, con la cual el dictador rumano pretendía el hacinamiento de la población en un espacio reducido de bloques de pisos construidos con pocos recursos en torno a los grandes núcleos de población para urbanizar así el país. 

Estos vecinos resultan tan sumamente hilarantes y estrambóticos, que, gracias a su irrealidad, se convierten en sujetos increíblemente humanos. La curiosidad aviva en ellos como la pólvora con la mecha encendida, de forma que no sucede algo en la calle sin que a los cinco minutos ya lo sepan todos los vecinos. Cuando alguien descubre algo, todos se arremolinan en torno a él, cuyo ego no para de crecer al sentirse el centro de atención –el centro de atención por algo que normalmente no le afecta en absoluto-, hasta el final del relato de lo visto u oído. Una vez se da el silencio los cotillas comienzan su particular tertulia, donde habrá opiniones de todo tipo. Cuando el tiempo esté en calma aparecerán los charlatanes (Mitu y Milica), cada cual más divertido y desesperado por ser más admirado que el anterior, que inventando e inventando darán lugar a las más disparatadas historias, donde no escatimarán en elementos fantásticos e hiperbólicos, al más puro estilo de un Gabriel García Márquez.

De hecho las conexiones con el premio Nobel colombiano no acaban aquí, esta suerte de búsqueda de la magia en lo cotidiano, de la introducción de elementos disparatados y absurdos (Márquez era un ávido lector de Kafka y hay quien defiende que sus primeros cuentos son fieles a la tradición a la que se adscribe el praguense), imposibles muchas veces, así como la importancia dada a la oralidad (el Márquez de Crónica de una muerte anunciada), aunque con diferente matiz, los acerca, a pesar de la lejanía geográfica y contextual, bastante. Aun así, el factor de la oralidad en la obra puede provenir de otras fuentes: la literatura rumana se gesta muy tarde en comparación con otras literaturas europeas y, lejos de contar con formas cultas en su proceso de gestación, mantiene un fuerte vínculo con las composiciones orales tradicionales, que sólo tras ser recitadas mucho se recogían por escrito. Es el caso de la famosa Mioritza, poema que dicen que representa el espíritu nacional rumano de la misma forma que el español puede ser representado por El cantar del Cid. La oralidad, según la ve Lungu, es un elemento de la realidad, que no debe maquillarse (en los momentos en los que vemos marcas de maquillaje estas siempre aparecen con cierto deje irónico), en la escritura que es concebida casi como una transliteración de conversaciones entre vecinos y pensamientos de una suerte de narrador que se siente como un ciudadano más de la calle de las Acacias. Los coloquialismos son constantes, lo que me lleva a pensar que no debió de ser nada fácil para el traductor realizar su trabajo. 

Podemos dividir la obra en dos partes: hasta el capítulo cinco y tras él. En la primera asistiríamos a la presentación de los personajes y sus preocupaciones en la época comunista, mientras que en la segunda entraríamos de lleno en el problema de los gusanos aparecidos misteriosamente en el huerto de Relu Covalciuc y en la época de la transición a la democracia capitalista. Aunque no podemos decir que ninguna de las dos tenga mayor valor que la otra, si bien parece que al leer la primera todo nos da a entender que la falsa novela no va consistir en nada más que distintos relatos encadenados por los mismos protagonistas, al comenzar y avanzar en la segunda presenciamos una especie de solidificación de la narrativa que cambia el deje anecdótico de cada capítulo por un argumento mucho más férreo. La cuestión de los gusanos que Covalciuc no sabe cómo zanjar -¿las heridas del terror comunista y la penuria contemporánea?- nos acompañará hasta el final de la obra. 

En definitiva, una novela muy entretenida, capaz de crear una atmósfera única, maravillosa y maravillante. Lungu construye personajes con un espíritu propio y establece diálogos geniales, casi demasiado vivos, entre estos, algunos alocados, otros muy críticos y otros con un poco de ambos adjetivos. Un estilo de escritura muy trabajado y cercano, cargado de grandes símbolos (las gallinas que predicen las catástrofes y huyen, por ejemplo). Una obra muy recomendable.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Las señoritas de Wilko, de Jarosław Iwaszkiewicz




Decía Heráclito de Abdera que en los mismos ríos entrábamos y no entrábamos, pues para cuando volvíamos a hacerlo ya no éramos los mismos. Esta máxima tan simple y lógica, que luego empleará también Neruda en su famoso verso “Tú, yo, los de entonces, ya no somos los mismos” de su poemario más juvenil, es entorno a la cual se estructura la obra maestra del escritor modernista polaco J. Iwaszkiewicz. Escrito sobre la misma fecha que En busca del tiempo perdido de Proust, comparte con ella gran cantidad de detalles, aunque la tesis que propone resulte radicalmente contraria y rápidamente concluyente. Frente a la enormidad de Proust (siete novelas) nos encontramos ante un relato no muy extenso del polaco, aunque bien medido y con imágenes muy bellas.

Iwaszkiewicz nos narra la historia de un exmilitar (Wiktor) que tras luchar en la Primera Guerra Mundial, sofocando la revuelta comunista en Rusia, y trabajar varios años como administrador de unas fincas en el poblado de Stokroc, decide volver al pueblo (Wilko) en el que fue tremendamente feliz en un remoto pasado (quince años), aprovechando unas vacaciones, con el fin de revivir esa felicidad que la madurez, el esfuerzo, la muerte de algún camarada y la soledad han mermado. Su juventud memorable queda vinculada con una casa en particular y las seis hermanas que viven en ella: Julcia, Jola, Kazia, Zosia, Tunia y Fela. Si bien para cuando regresa descubre que Fela lleva años muerta, su figura no nos abandonará en toda la narración. Cada una de las hermanas viene a representar un tipo de amor, cada uno idílico a su manera, que se verá resquebrajado por el contacto humano repentino que arranca Wiktor realizando dicha visita. La idealización (y esto es clave para entender la novela) no es sólo de Wiktor hacia las damas, sino también de ellas hacia Wiktor. Esta novela, pues, trata sobre la ruptura de lo ideal y la imposibilidad de recobrar lo perdido, así como sobre el cuestionamiento de si hay, a fin de cuentas, algo perdido. 

“Kazia alzó los ojos y los fijó en él atentamente. 
-Pero no te vayas a creer que a mí me gustaría volver a verte como eras entonces –le dijo con franqueza-. Sería algo horrible. Vería venirse abajo toda mi vida, que sólo Dios sabe cuánto me ha costado rehacer. No, lo único que quisiera es que tuvieses la certeza de que por lo que a mí respecta no corres ya ningún peligro, que si bien es cierto que te amé locamente hace años cuando no era más que una mocosa, ahora todo eso me parece digno de risa, y que no ha quedado ni sombra de ese sentimiento. Además, hoy ni siquiera me resulta concebible que se pueda amar tanto a una persona. Todo eso me parece un poco ridículo, pues tienes que reconocer que en todo gran amor hay siempre algo de humillación, de ridículo… 
-De humillación, tal vez –dijo con parsimonia-, pero de ridículo… 
-¿Nunca has sentido la inconveniencia, el lado ridículo de un afecto semejante? 
-No, nunca. 
-Pues entonces es que nunca has amado.”

¿Wiktor ha perdido un amor si no ha amado nunca? ¿Si no tiene claro qué es amar? ¿Si emplea el verbo indiscriminadamente para su atracción erótica por Julcia, sádica por Jola, intelectual por Kazia, mística por Fela –y luego por su casi idéntica hermana Tunia-? En Las señoritas de Wilko se crea un pasado a partir de los retazos del presente, construyéndose como un elemento plagado de subjetividad. No hay nada de objetivo en la percepción ni en los actos de las personas, de la misma forma que tampoco lo hay en las descripciones que nos hace el propio Iwaszkiewicz de los lugares y los sentimientos y pensamientos de los personajes que actúan en la obra. El final se establece como un fatum, no hay un ápice de la casa de Wilko que Wiktor pueda salvar para sí, no hay un ápice de Wiktor que para la casa de Wilko merezca ser salvado. La despedida es inevitablemente triste y molesta y una confirmación de que, a pesar de los males, debemos seguir viviendo. 

No diré que la obra formalmente sea una maravilla, pero su estructura decreciente –de encuentros entre Wiktor y cada una de nuestras señoritas- la vuelven tremendamente adictiva. Además, no es un texto especialmente largo y puede leerse en una tarde de domingo. Se puede decir que merece la pena.

martes, 10 de noviembre de 2015

Proyectos de pasado, de Ana Blandiana



Menos mal que tomé una gran cantidad de notas mientras leía cada uno de estos once cuentos neofantásticos que nos propone la escritora rumana, doble ganadora del Herder –si es que eso sirve de algo-, Ana Blandiana, porque de lo contrario me sería ahora completamente imposible redactar esta reseña. Cuatro lecturas posteriores han venido a sumir ésta un poco en el olvido y, mientras iba realizando sus correspondientes reseñas (Entrevistas breves con hombres repulsivos, La investigación, Los muertos de Jorge Carrión y Las señoritas de Wilko de Iwaszkiewicz, que aparecerán por aquí en breve) por comodidad he ido postergando ésta hasta el punto en el que me he replanteado si no sería mejor no escribirla, si no cometería una torpeza, si no debería repasar bien el texto antes. No tengo una memoria a largo plazo como para presumir de ella y la crítica literaria se basa principalmente en prestar especial atención a los detalles, en la lectura atenta y la valoración de contrastes, el funcionamiento de mecanismos, la valoración de la capacidad de innovación positiva, etc. Es, por tanto, que reviso lo que tengo apuntado. Algunas frases son breves, pero significativas y suenan a sentencia; otras son matizaciones sobre alguna escena en aras de interpretar una suerte de sutil simbolismo propuesto por la autora; en la mayoría de ellas repito la palabra “genial” en sus diferentes formas sinonímicas como una cacatúa. Una vez repasado todo, con las ideas mucho más claras y la memoria fresca como una mañana primaveral me animo a escribir esto.

Las primeras preguntas que debemos responder es: qué clase de libro es Proyectos de pasado y el porqué de su importancia dentro de la narrativa rumana de la época. Estos cuentos de distinta longitud se erigen como once cazas que bombardean heridas nacionales, que anuncian al mundo una realidad nefasta e injusta, en cierto modo absurda, cruel como una pesadilla de la que uno no puede despertarse -imagen que, por cierto, utiliza la propia Blandiana en un relato concreto-: la realidad del régimen comunista sin recursos con un fuerte entramado policial que se implantó en Rumanía tras la Segunda Guerra Mundial al entrar el país dentro de la esfera de la URSS. 

Cada cuento es invariablemente una crítica antisistema, pero también (suele constituir) un voto de esperanza depositado generalmente en los más jóvenes. Que sea un niño quien defienda la realidad del delfín, ante las tesis de su artificialidad por parte del resto de adultos bañistas, en el primero de los relatos (Una herida esquemática) no es algo casual, de la misma forma que tampoco lo es que los ángeles del segundo cuento  (Aves voladoras para el consumo) sean recién nacidos o que en el tercero (En el campo) todos los viejos se peleen maravillados por la atención de la única joven, ignorante y sorprendida por el cambio tan drástico que ha experimentado su pueblo natal, y que sea ella la única persona capaz de darle vida –de hacerla volar- a la antiquísima iglesia, olvidada, con lo que simbólicamente la figura de la iglesia pueda llegar a remitirnos. Tiendo a pensar que Ana Blandiana, a veces, y sus personajes, otras veces, quieren tener fe, pero que esta fe no es la que entendemos como un concepto abstracto derivado de nuestro imaginario común cristiano, a pesar de su continua recurrencia a imágenes religiosas (en tres de los once cuentos aparecen ángeles y en dos de ellos las iglesias ocupan lugares centrales) –algo también común en su poesía-; no, Blandiana, que recurre a lo trascendente parece querer depositar su fe más bien en lo humano, en la capacidad de las personas para mejorar las duras condiciones, llenas de absurdismo diario, que les han impuesto sin pedirlo. Con lo transcendente Blandiana no sólo introduce esta temática de la fe, sino que efectuaría una suerte de sacralización de la vida diaria de personajes normales y corrientes.

Blaniana se enmarca como una constructora de pequeñas alegorías que uno debe interpretar y que se encuentran llenas de un onirismo (en cuatro relatos naufragaremos en el mundo de los sueños: Reportaje, Lo soñado, Imitación de una pesadilla y El traje de ángel) que sospecho que está muy influido por la lectura de grandes maestros latinoamericanos que se popularizaron mundialmente en la década anterior (la del llamado Boom). Si En el campo la referencia de estilo más clara parece ser el desparrame caribeño de García Márquez, el relato de Lo soñado da la impresión de reivindicarse a veces como un auténtico laberinto de corte borgiana y Proyectos de pasado, el relato que da nombre al título, difícilmente puede negar una lectura previa de Cortázar y de su tesis sobre la realidad cotidiana que se enfrenta a la realidad auténtica (la "otra" realidad). Frente a la industrialización y a la urbanización de Rumanía, que dejó literalmente pueblos vacíos –como el que vemos En el campo-, Blandiana nos propone una realidad más natural, basada en la simpleza, la autenticidad y la libertad en reducidos grupos como solución en su relato central. Como en los cuentos de Cortázar, el individuo prueba a vivir en esta realidad extraña y poco cómoda y aprender a apreciar sus ventajas antes de abandonarla, pero, a diferencia de en Cortázar, en el relato Proyectos de pasado no son los individuos por voluntad propia los que arrancan sus autos y atraviesan la autopista del sur, sino que es una fuerza mayor, la del régimen opresor, la que, por motivos económicos sin lugar a dudas –y creyendo hacerles algún tipo de favor-, les retira su condena de exilio indefinido en la fértil región de Bargana. No obstante, los hombres y mujeres reinsertos en la sociedad comunista se convertirán igualmente en nostálgicos, como muchos personajes cortazarianos (El otro cielo, La autopista del Sur). El que viene inmediatamente después de Proyectos de pasado (Una gimnasia nocturna) parte también de premisas muy similares: un alienígena infiltrado en una ciudad rumana en la que desprecia las antiguas comodidades de su planeta en favor de un mayor contacto humano, de una vida que él cree más auténtica.

Si Imitación de una pesadilla es una reflexión interesantísima sobre lo que realmente significa ser libre, a la vez que constituye una crítica a la persecución y a la degradación de los intelectuales que se oponen al régimen, La lección de teatro propone un cuestionamiento de lo que tomamos como verídico y una revisión del pasado más inmediato, para que El traje de ángel nos hable de la imposibilidad de volver a un imaginario pasado en el que fuimos felices y de la necesidad de seguir viviendo con fe en la mejora a pesar de todo. 

Otros dos relatos destacables pueden ser: Reportaje y La iglesia fantasma. Mientras el primero se centra en una crítica a los campos de trabajo instaurados bajo la tutela estalinista, donde miles de presos políticos (figura también recurrente en este álbum de cuentos) se establecen en la cuenca del Danubio; el segundo se presenta a sí mismo como un alegato de lucha contra un pueblo opresor. No es casual tampoco que la iglesia que, según La iglesia fantasma, recorrió los ríos de Transilvania cuando los rumanos se enfrentaron a los nobles húngaros se traslade a una cuenca hidrográficamente distinta: ¡la del Danubio! El opresor húngaro dieciochesco y el opresor comunista no dejan de ser hermanos desagradables con los que Blandiana se negaría a compartir mesa. En los dos vuelve a aparecer la idea de la fe, aunque con distintos matices. Si en el primero la fe descansa en la figura de los chopos (jóvenes) que crecen en la isla artificial levantada por los presos políticos –lo que, por alguna razón, le parece a la protagonista lo único digno de ser salvado allí-, en el segundo lo hace en la de la iglesia que surca los ríos como un barco y que va tripulada legendariamente por el padre Nicola. Los chopos vienen a querer ser la juventud y lo natural, mientras que la iglesia representa la lucha. Los chopos (la juventud) aún son débiles para luchar, la iglesia (el espíritu de rebeldía) quizás demasiado viejo. Ninguno de los cuentos es muy positivo al respecto, pero ante todo lo que se quiere, y se consigue es reivindicar. Algo nada fácil.

Podemos enmarcar a Ana Blandiana, pues, dentro de la larga tradición neofantástica-kafkiana, que no empieza con Kafka, por cierto, sino mucho antes, y que es desarrollada por autores tan remotos geográficamente (algunos más políticos que otros) como: Virgilio Piñera, Borges, Cortázar, Max Frisch, Yasutaka Tsutsui o Bohumil Hrabal, que también recurre al absurdismo para criticar el régimen comunista en su país (Checoslovaquia) en Anuncio una casa donde ya no quiero vivir. Dentro de esta tradición podemos decir que desarrolla una voz propia, cargada de fuerza a pesar de que el tema no es nada sencillo de ser tratado (de hecho Hrabal lo aborda bastante peor en comparación). Su prosa es barroquísima, lírica y bella, con imágenes de una gran calidad. En definitiva, muy buena recopilación. Una genial autora.

Podéis encontrar más reseñas de Proyectos de pasado en La tormenta en un vaso (hoy escasa en palabras, aunque halagadoras todas ellas) y Letras Libres (mucho más densa y donde para mi sorpresa empiezan hablando de una anécdota de García Márquez y pasan también por Kafka, Caroll y Orwell).


domingo, 1 de noviembre de 2015

La investigación, de Stanisław Lem




Hace ya algunos meses leí una novela de este gran genio de la ciencia ficción, curiosamente la que menos tenía que ver con la cosmogonía que desarrolló posteriormente, encabezada por obras como Solaris o El congreso de futurología. Esa novela que degusté en su día (El hospital de la transfiguración), creo que la primera que publicó, me impresionó por varias cosas: su estructura solidísima con los puntos clave repartidos a lo largo de la obra, su final cargado de fuerza, sus diálogos inteligentísimos, su juego con los símbolos, su atmósfera de misterio (a veces, con cierto deje terrorífico) y sus mensajes filosóficos llenos de transcendencia. Y, salvo quizás el juego de símbolos, todo lo que me impresionó en su momento parece repetirse en La investigación, novela escrita por un Lem mucho más maduro, que, sin embargo, sacrifica, a mi parecer, cierto gusto por la reflexión filosófica –que podría llegar a hacerse pesada para un público algo impaciente- por un mayor dinamismo narrativo, con el que pretende potenciar la sensación de suspense, más idónea al tipo de novela que escribe ahora –de corte detectivesco-, e introducir algún que otro momento de completo pavor que despierte en el lector nocturno continuos escalofríos. 

Estamos ante una mezcla muy común en autores más contemporáneos y comerciales capitaneados por la figura de Stephen King: una novela que tiende a lo policíaco con momentos de terror y un trasfondo de Sci-fy. Los agentes del Scotland Yard de finales de los 1950s se encuentran ante un problema cuya solución más factible no quieren pronunciar y se niegan a aceptar. Una serie de cuerpos han empezado a desaparecer de ciertos cementerios y salas de autopsias de la región en condiciones atmosféricas nefastas sin que el presunto culpable haya dejado ningún tipo de huella de su paso por allí. Sea como sea, sólo sabemos que, al que parecer, esos cuerpos desaparecían de allí con sus ropas y nunca más volvían a ser encontrados. En su lugar aparecían animales domésticos que morían al poco tiempo de ser hallados y que tampoco dejaban marcas de cómo habían llegado hasta allí. El testimonio dudoso de que los cuerpos no estaban fríos cuando fueron enterrados, algún grito pesadillesco en la noche y hechos anteriores que solventan que otros tantos cuerpos de los cementerios de la zona fueron “tocados” o se movieron vienen a enturbiar este suceso en apariencia inexplicable que recaerá en las manos del teniente Gregory. A través de él, sus entrevistas con los sospechosos y sus análisis de las escenas de los “crímenes”, nos columpiaremos en una novela compuesta en su mayor parte por hipótesis posibles que no buscan ser resueltas, donde el suceso paranormal se comprende como algo tan posible como el acto de un psicópata. Con estas premisas y con la atmósfera melancólica de un Londres neblinoso, por cuyas calles lúgubres y solitarias caminaremos con gabardina y sombrero, se nos presenta una novela de un suspense máximo, donde lo importante no es la resolución de la investigación, sino, como su nombre indica, la investigación misma. Estamos acostumbrados a finales demoledores que resultan ser una elección del escritor. Aquí Lem se niega a elegir y nos deja una cámara de probabilidades no desmentidas sin que la novela, por contar con el final más abierto que habré leído jamás, pierda un ápice de su fuerza para impresionarnos, para mantenernos con los ojos como platos hasta la última sílaba de la última palabra y su posterior punto y final. 

Mientras Gregory lleva la investigación en marcha tendrá que lidiar con los hábitos nocturnos de sus caseros, los Fanshaw, que parecen sacados de American Horror Story, entre los cuales se encuentran numerosos ruidos nocturnos inexplicables al otro lado de la pared y el chirriante dolor de la silla que la enana y deforme señora Fanshaw lleva a todas partes y que suele detenerse frente a la puerta del cuarto de Gregory cuando éste se encuentra dentro. Por si fuera poco, la casa es una enorme ruina victoriana en la que el agente solo vive por su precio y por el poco tiempo que permanece en ella, a la que acude únicamente para dormir. La irracionalidad del comportamiento de sus caseros y de los elementos que intervienen en los casos de los hurtos de los cadáveres que investiga le llevará a poner en tela de juicio su fuerte pensamiento policial de que todo está vinculado con una razón lógica, tras la cual los hombres actúan. Para Gregory siempre hay un culpable, ¿pero puede resultar que esta vez no sea así? Esta novela policíaca no trata de cazar al posible culpable, sino más bien de si las personas pueden cambiar su pensamiento si algo exterior cuestiona la posibilidad de que la totalidad de éste, por basarse en una premisa que creen férreamente como cierta, no esté, por el contrario, equivocado. La lógica y la ciencia se derrumban cuando aparece aquel caso que rompe las reglas que creían generales.

Una historia muy adictiva e interesante.

Podéis encontrar más reseñas de La investigación en Das Bücherregal (con el que suelo coincidir casi siempre, no esta vez), Un libro al día (en la que escriben una reseña muy divertida, donde apenas se habla de lo concreto de la novela, sino más bien de sus ideas abstractas, y en la que sin venir a cuento aparecen unos robots) y El blog de Roberto Valencia (al que le preocupa mucho más la cuestión epistemológica).

Más reseñas de obras de Stanisław Lem en esta esquina: El hospital de la transfiguración, Congreso de Futurología, Astronautas, 



sábado, 24 de octubre de 2015

Entrevistas breves con hombres repulsivos, de David Foster Wallace


¿Qué importancia puede llegar a tener un título? En poesía suele despreciarse muchas veces la elección de unas palabras que sirvan para definir las ideas centrales del poema que el poeta concluye y que rotulen la primera página y el encabezado del texto. No sucede así en prosa, donde, por tradición más que nada, por llamar de algún modo la atención del posible lector que ve el tomo en el escaparate, ocurre siempre (o casi siempre) lo contrario: el título se vuelve necesario si se quiere un reclamo mayor. Algunos autores ponen cualquier cosa con tal de llamar la atención, aunque no tenga nada que ver con el texto que contiene, mientras suena bien poderoso. Por ejemplo, recuerdo ahora la novelita esta de Ryu Murakami que se llamaba Azul casi transparente y que lo mismo se podía haber llamado Oscuro por la mañana o Amanecer de lisergia o Cuando la fiesta termina o veinte mil cosas más que vendrían a dar una idea más aproximada de la novela. No sé cómo sonarán mis propuestas en japonés, pero en español, contando que se me han ocurrido en 0,34 segundos, no me parecen demasiado malas. Hay autores que se pasan el surrealismo por sus partes íntimas y lejos de comerse la cabeza y buscar nombres poéticos les ponen a sus obras los de sus protagonistas. De estos se puede decir que hicieron una escuela que pervive hasta hoy: Madame Bovary, Tristan Shandy, Don Quijote, Anna Karenina, Martín Zarza, etc. Es una buena forma de solventar el problema del nombre, pero tampoco ayuda mucho al texto de dentro. Es decir, en Tristam Shandy sabes que hay un tal Tristan Shandy que es muy importante para la narración, pero antes de abrir el libro –si nadie te ha hablado sobre él- tu conocimiento es nulo. Tristan Shandy lo mismo puede ser un negrero, que un asesino en serie, que el difunto rey de Inglaterra. No es que el título de esta recopilación de textos de Foster Wallace sea muy preciso, pero al menos quedas avisado de que lo que vas a encontrarte no es muy agradable, precisamente. Se te advierte de la repugnancia de unos personajes que irán apareciendo en textos, para Wallace, breves, para mí en exceso largos y tediosos muchas veces, observación en la que profundizaremos más abajo.

¿Qué pretende Foster Wallace con esto? ¿Qué es lo repulsivo? ¿Por qué me arrepiento de no haber tirado el libro al final del quinto, llamémosle, cuento y haberlo acabado? Uno siempre tiene autores que le disgusta y tiendo a pensar que el talento, porque tiene talento y a veces deja perlitas, de este hombre ha tendido a ser sobrevalorado. Sólo puedo hablar desde lo que he leído en este libro, sorprendentemente irregular, donde mezcla composiciones muy buenas con otras (la mayor parte) que agotan la paciencia del lector y lo llevan de la mano a la categoría de lo infumable. Para Wallace lo repulsivo no se fundamenta sólo en describir escenas asquerosas del tipo Generación X y Realismo Sucio Norteamericano, sino en recrearse una y otra vez en lo sucio de lo mismo, no sé si para herir sensibilidades o por puro postureo de pugna con Irvine Welsh, Palahniuk y compañía por ver quién gana alguna especie de premio entre ellos al más desagradable. Y no es tanto el asco que llega a despertar en mí escenas como la del cuento del padre que le refriega la verga en la cara a su hijo pequeño cuando éste ve los dibujos en la televisión, sino la búsqueda de encerrarse en banda en esa repugnancia y en el trauma (porque parece que no hay un personaje psicológicamente limpio en Entrevistas breves) que deja en sus protagonistas. Casi parece que quiere traspasar ese trauma a nosotros, los lectores. Y a veces, al principio, cuando aún el lector no lo ha calado, consigue impactar mucho, sobre todo en sus composiciones más breves, aprovechando el principio poético de Poe, pero después se vuelve tedioso y frío porque todo lo escrito se basa en el puro y simple morbo, sin existir ningún tipo de trama interesante detrás. Sus personajes se vuelven maniqueos y uno se acostumbra a las escenas de sexo tanto que llega un punto en el acaba por saltárselas. Tengo que reconocer que me he saltado parte del texto por impaciencia ante lo infumable y lo reiterativo. Foster Wallace quiere dárselas de posmoderno, o lo que él diga que es, o lo que digan de él que es y él acepte orgulloso, pero sus temas no siempre son tan recientes y el gusto por escribir de forma tan compleja, con frases enormes que resultan tediosas insisto, y un fuerte carácter matemático de fondo no tiene ninguna razón ser. Tiendo a pensar que trata de impresionar y no aporta nada cuando escribe:

“El epicleto de peluche hensoniano Ovidio el Obtuso, cronista recontrado para el intercambio de entrenamiento transhumano por todo el país a través de organismos de bajo coste, mitologiza los orígenes del doble fantasmagórico que aparece siempre como una sombra detrás de las figuras humanas en las franjas de las emisiones UHF, tal como sigue:
Había una vez, Antes del Cable, un sabio & astuto ejecutivo de programación llamado Agon M. Nar Aquel Agon M. Nar era reverenciado de un lado a otro de la cuenca fluorescente de la California medieval por la astuta sabiduría & cojones […]”

Quiero detenerme aquí, en cojones; sí, porque hay que tener cojones, grandes y gordos, para escribir esto, publicarlo y que la gente te alabe por ello. ¡Bravo, David! La escuela de Sci-fy norteamericana te tiene en estima por estas obtusas, hensonianas y sabias palabras. Quizás me esté pasando, pero no puedo respetar a quien no me respeta como lector. A ver, me explico, que más de uno ahora mismo querrá matarme. ¿Qué es para mí no respetar a un lector? Tiendo a pensar muchas veces que un lector es como un ligue que hay que conquistar con la verborrea, con el buen uso de la verborrea. Cuando Foster Wallace deja a medias un relato interesante para no completarlo y en su lugar (palabra) me planta el bosquejo que ha hecho en poco más de un cuarto de hora, me siento, cómo decirlo, ofendido y decepcionado, porque estoy leyendo a alguien que no parece querer trabajar, que se siente orgulloso de plantarte cualquier basura inacabada en la cara, que se cree que así rompe con una tradición megalítica llenándose el pecho de ego y los bolsillos de dinero. En el buen arte no todo vale, porque si todo valiera que tratásemos de establecer jerarquías resultaría absurdo y todos los consumidores de arte establecemos unas jerarquías funcionales sobre lo que nos parece mejor y lo que nos parece peor, lo que es difícil de hacer y por tanto admirable y lo que se hace en veinte minutos con poco tino. Me decepcionó especialmente ese relato, porque era de lo poco que me estaba gustando verdaderamente de la obra, a pesar de su carácter obsesivo en recrear lo asqueroso de las felaciones a miembros viriles enfermizos, y esa decisión brusca, esa salida de tono en aras de hacerse el listillo, lo destroza por completo.

Por otro lado, hay composiciones muy buenas (la mitad de las breves y poco más; me niego a intentar salvar cualquier otra cosa) que desmienten todo intento de escapar de la mediocridad en su bloqueo estilístico en banda y poco sólido. Principalmente me ha gustado mucho En lo alto para siempre, la primera versión de El diablo es un hombre ocupado, alguno de los acertijos pop, el cuento del padre en su lecho de muerte cuyo nombre por largo no recuerdo y alguna que otra entrevista repulsiva. Del resto ya he hablado, si de por mí fuera lo echaba a hoguera. Muchos se encierran en esferas concéntricas sobre sí mismos y se prolongan hasta resultar tediosos, insulsos, ignorables. Muchas veces las frases tan enormemente largas y con términos tan abstractos consiguen que las palabras se queden en un mero bla, bla, bla. Las ideas no llegan, sólo su aliento desagradable. Todo lo demás cojea. 

Podéis encontrar más reseñas de Entrevistas breves con hombres repulsivos en Un libro al día (donde lo colocan también como un reto para la paciencia del lector, pero extraen conclusiones más positivas que un servidor),  Galletas Chinas (donde, a pesar de dejarles un sabor de boca agridulce, le van a dar -eso dicen- otra oportunidad) y Octaedro (donde encontraréis una valoración mucho más positiva, en la que defiende el buen uso de algunos elementos como la ruptura con la cuarta pared -ya lo hacía Pirandello- y el rollete pseudofilosófico de Wallace -mucho mejor incrustado el de Lem-).

Reseñas de otras obras que os podrían interesar:

Azul casi transparente, de Ryu Murakami

Personajes desesperados, de Paula Fox



viernes, 9 de octubre de 2015

Manuscrito encontrado en Zaragoza (versión de 1810), de Jan Potocki




Hay quien defiende la importancia de la existencia del genio aún hoy en día. No hablo, por supuesto, del compañero de fatigas de Aladino, sino de ese matiz inspirador único que creen tener algunas personas que se dedican profesionalmente al oficio de la escritura –y quien dice de la escritura, dice también de la pintura, la música o cualquier otra actividad artística- y que a veces atribuyen a un deidad compasiva o tortuosa con ellos mismos. Si bien es verdad que ciertas personas están más dotadas por el motivo que sea –biológico (pienso en jugadores de baloncesto cuya altura les beneficia claramente), por capacidad de adaptación, por conciencia inquieta, etc.- para desarrollar ciertas actividades en lugar de otras, esto no quiere decir que puedan destacar sin algo esencial, que es inherente a todos los escritores de novelas al menos, sobre todo de aquellas de abarcan un considerable número de páginas como la que nos ocupa hoy, y que llamamos esfuerzo.

Jan Potocki vive en la época de la valoración del genio individual, de la originalidad, de la expresión (aparentemente) exacerbada de los sentimientos propios que no son pulidos de forma adecuada. Es un hombre coetáneo de Goethe y, como él, es un estudioso de cada rama del saber culto y un viajero empedernido, al que los rincones remotos del mundo y sus épocas pasadas maravillan. Además, es uno de los escritores más grandes de origen polaco, a pesar de que su gran novela, su única novela, de la que vamos a hablar hoy, estuvo originalmente escrita en francés. Sin embargo, todo esto no cae de la nada. Puede que sea cierto que Potocki sólo escribiera una novela en toda su vida, pero la extensión de la misma (683 en la edición de la fotografía) y la constancia de varias versiones datadas de distintos años (17.., 1804, 1810) hace que tengamos que dejar de lado este principio del genio para referirnos a Potocki. Sólo el esfuerzo puede explicar esta obra tan increíble para la época en la que es concebida y donde se mezclan saberes interdisciplinares y diferentes legados literarios –se pueden reconocer en sus páginas el influjo ejercido por lecturas constantes, insomnes, de Boccaccio, de Chaucer, de Shakespeare, de Cervantes (mucho Cervantes hay en la novela), de las novelas de caballerías y la Chason de Roland, de los prerrománticos del Sturm und Drang, de las Mil y una noches, de la Biblia y los libros apócrifos, los manuales de física y geometría renacentista, de la literatura de la Ilustración francesa, de Aristóteles, de la mitología fenicia y la egipcia, de la griega por supuesto, de los libros de historia antigua de Plinio y Estrabón, de los archivos de Indias, y así un largo y poderoso etcétera- que configuran un universo literario único y aparentemente inabarcable que es descrito con los elementos más destacados de cada una de las influencias, desechando todo lo que puede llegar a hastiar al lector. Dentro de una obra intelectual y compleja coexiste una obra más sencilla que todo esto pensada para el disfrute de casi cualquier lector con unas mínimas ideas generales. No es necesario que sepamos que existe un guiño a Las mil y una noches en Manuscrito encontrado en Zaragoza cuando el caballero de las guardias valonas Alfonso conoce a sus dos primas musulmanas y estas se presentan como Emina y Zibedea (nombres recurrentes en el texto arábigo-persa) para poder comprender a todas luces la historia, bañada en misterio hasta su desenlace, que nos cuenta Potocki.

Manuscrito encontrado en Zaragoza está considerada como una de las obras más grandes que se escribieron en su época y el hecho de que la acción transcurra principalmente en España, tierra de Sanchos y Quijotes, mezcolanzas de los mundos cristianos, judíos y musulmanes, resulta halagador y especialmente tierno para el corazoncito del español que hoy reseña. Es difícil definir cuál es la historia principal porque a Potocki le gusta mucho jugar a las Matrioskas e insertar historias dentro de historias hasta llegar a niveles tan profundos que cuesta bastante volver a dejar las muñecas bien cerradas. Podemos decir que la narración comienza con algo típico de las obras del momento –que ya está en el mismo Quijote de Cervantes- con el anuncio de la existencia de un manuscrito encontrado, en Zaragoza durante la guerra contra Francia a comienzos del siglo XIX en el que un tal Alfonso Van Worden cuenta a modo de diario su travesía por Sierra Morena. Potocki juega, como Cervantes o Choderlos de Laclos, a desentenderse como autor, convirtiendo al escritor de su obra en uno de sus personajes principales, aunque no, por supuesto, en el más carismático ni en el que más actúa –de hecho su vida completa hasta ese instante puede resumirse en un día, mientras que la del jefe gitano abarca más de tres semanas. Alfonso llega en su primer día de viaje, partiendo desde Cádiz, a una venta abandonada donde un cartel parece pedirle que se marche ante las ánimas que tienden a aparecerse a medianoche para recorrer cada cuarto y enviar a la muerte a cada huésped que encuentren. Alfonso es un hombre bravo que se ha criado dentro de las normas del honor caballeresco más medieval imaginable y no llega a temer en ningún momento la posibilidad de que las advertencias se hagan realidad. Ni siquiera la extraña desaparición de sus dos criados hace unas horas le hace temblar un milisegundo y cuestionarse dónde está y si alguien lo vigila y puede hacerle daño. Una vez en la habitación arregla una cama e intenta dormir, sin lograr mucho éxito. De pronto, un grupo de mujeres negras semidesnudas le piden que les acompañe al salón, donde sus amas, que han oído hablar de él, le invitan a una cena copiosa. Alfonso acepta gustoso y así conoce a sus primas, con las cuales acabará yaciendo para despertarse a la mañana siguiente bajo la horca, junto a los cadáveres de dos famosos bandidos. A partir de aquí, Alfonso irá de un lugar a otro y escuchará todo tipo de historias de los personajes más estrambóticos imaginables que llenarán unos días de exilio a los que le ha condenado aparentemente el rey, quien ha descubierto la noticia del pasado musulmán de su familia y de su intento de retomar la religión a través de la unión con sus primas de la familia Gomélez, de la cual dicen las lenguas que guarda un tesoro millonario en algún lugar de esos montes llenos de bandidos y exentos de ley. Potocki retratará monjes, endemoniados, duques enamorados, gitanos, mendigos, cabalistas, judíos errantes, fantasmas, genios superdotados, ladrones, jeques, etc. 

Tanto en el segundo nivel narrativo (el de Alfonso) como en los siguientes (en de las historias que le cuentan los personajes con los que se cruza) hay cierta predilección por el erotismo y el miedo como el motor de las acciones de los personajes, aunque no por ello debemos olvidarnos del carácter vengativo de personajes como Zoto con el principelo, o de la ambición de Busqueros. Lo erótico, dice mi edición, queda mucho menos omitido en la versión anterior, de 1804, y, aunque se roce sutilmente para evitar escándalos mayores el tipo de amores que se proponen no están, en absoluto, bien visto por la sociedad francesa de la época, donde Potocki pensaba distribuir su libro. Pensemos por un momento en el Marqués de Sade y en su cautiverio como personaje que iba contra la norma social de forma descarada al hablar tan abiertamente de la sexualidad y hacerla tan explícita hasta llegar al nivel de pornografía burda. Se ve que Potocki no quiere llegar a tales extremos –a pesar de que hay algún momento puntual en el que se percibe la influencia de Sade, sobre todo, en el concepto que uno de los personajes (no recuerdo exactamente el cual) tiene de los términos de sumisión y dominación aplicados a la vida diaria- y se preocupa más por dar a su erotismo un tinte velado y cómico que se aproxima más a un Boccaccio y un poco menos a un dramaturgo isabelino como John Ford. 

El terror, sobre todo el que se vincula con elementos sobrenaturales que parecen escapar de toda forma de conocimiento y explicación racional, es también de una importancia mayor en la obra. Algunos de los cuentos, y me gustaría destacar especialmente los que les lee el cura de familia a Alfonso cuando éste es aún un muchacho, contienen muchas características propias del cuento de terror clásico de autores como Edgar Allan Poe, E. T.A. Hoffmann o Nicolai Gogol, anticipándose en algunos casos a estos autores con una gran maestría para generar una atmósfera verdaderamente espeluznante. Los relatos de otros personajes, como el del delirio y el viaje en la cabra del diablo del endemoniado Pacheco abandonan por el contrario esta línea y se acercan más a escritos del tipo La casa en el confín del mundo de William Hope Hodgson, donde lo inexplicable maravilla y nunca se descubre, lo cual nos lleva a una suerte de incoherencia no demasiado alentadora. Wikipedia me etiqueta esta novela dentro del género gótico y, sin duda, gran parte de ella cumple los requisitos establecidos para estarlo, aunque nunca me ha gustado encasillar tanto las obras que, como estas, podrían dar mucho más de no estarlo.

Las relaciones sentimentales, más allá de todo erotismo, es decir, el amor, más o menos puro, es otro motor que le sirve a Potocki para complicar la trama. Basta con recordar la historia de Elvira, Lonzeto, su madre, el conde y el virrey de México, en la que interviene el jefe de los gitanos cuando acaba de ser rechazado por su padre y viaja a Burgos para estudiar en un colegio católico. Elvira madre se enamora de un hombre que canta bajo su ventana cada noche, pero el padre de ésta ya ha apalabrado un fructífero matrimonio, en el sentido económico, con un conde que desagrada bastante a la pobre Elvira. Este conde organiza una corrida de toros para impresionarla y es corneado por un toro que no debía ser faenado ese día. El cantante, que estaba al servicio del conde, le salva la vida y vuelve a impresionar a la joven Elvira, la cual se muda al campo para olvidarlo y asumir que debe casarse con el conde. Tras una serie de infortunios el conde descubre al amante secreto de Elvira con el que no llegó a consumar nada y lo manda matar antes de morir en una galera llevándose consigo a unos cuantos. En el futuro esta trama es proseguida con la hija de Elvira, creo que también llamada Elvira, la cual se enamora de su primo. Para entonces el cantante se ha convertido en virrey de México y exige no casarse con nadie a excepción del retoño de su amada con el conde, lo que le lleva a la tía de Elvira a apalabrar dicho matrimonio por el beneficio pecuniario que supone, teniendo en cuenta el hecho de que los amores entre primos estaban muy mal vistos por la institución católica en España. Como vemos una trama al más puro estilo isabelino de amores imposibles del tipo Romeo y Julieta de William Shakespeare, La duquesa de Amalfi  de John Webster o Lástima que sea una ramera de John Ford, aunque el desenlace en este relato no sea excesivamente trágico.

Potocki posee una capacidad excepcional para crear ciertos personajes entrañables. Me vienen a la mente dos que me parecen genialmente asombrosos: el erudito padre del réprobo y, quizás el personajes más llamativo de la obra, don Roque Busqueros. Ambos son ambiciosos, aunque sus formas del alcanzar lo que anhelan y lo qué anhelan propiamente sea muy diferente. Mientras que el primero ansía el reconocimiento académico recopilando todos los saberes de Occidente en una suerte de Megaenciclopedia dedicando toda su vida a ello como el Sísifo que empuja la piedra montaña arriba para ver como siempre cae a un lado, el segundo destaca, no por ser menos divertido, por su peculiar forma de importunar a cualquiera que se cruza en su camino, pretendiendo sacar el mayor provecho posible, o por lo menos no aburrirse. Busqueros da la impresión de ser ese personaje ideado inicialmente para ser un segundón, pero a quien Potocki, y quién no, acabó por cogerle cierto cariño, sobre todo por las posibilidades que permite a la narración un personaje que actúa de forma tan inesperada y cómica a la vez. Sin duda, merece mucho la pena detenerse al leer Manuscrito encontrado en Zaragoza en el personaje de Busqueros.

Debería decir también algunas palabras sobre la compleja estructuración de la obra, cuyo marco de Alfonso Van Worden no resulta áspero al integrarse con la mayor parte de las historias y cuentos. Se convierte en un todo fluido que cuenta con reminiscencias a obras como el Decamerón, Los cuentos de Canterbury o El ingenioso hidalgo Don Quijote. Aun así llega un punto en el que las voces de los cuentistas secundarios se despegan demasiado de los primarios. Quizás tenga que explicar esto un segundo. En el Manuscrito encontramos que A está contando una historia a B cuando, dentro de esta misma historia aparece un personaje C que cuenta su historia a D y puede aparecer un personaje E que cuente su historia a F. Lo que digo es que no se tiene en cuenta que quien cuenta la historia inicialmente es A y que el lenguaje de las historias de C y E, que deberían pertenecer a A en un caso realista resulta, por el contrario, completamente independientes. No hay ninguna marca en el cuento de E que nos indique que A es el que está hablando y no E, que A está recordando lo E le dijo a F y que posteriormente supo C. Aquí tanta memoria fotográfica resulta poco realista y, aunque pueda parecer un detalle nimio, no lo es porque lleva al escritor a retrotraerse a los tiempos de Homero y las fórmulas que empleaba en la Ilíada para copiar casi párrafos enteros sin pasar por filtros necesarios en la vida real. No creo que fuera el objetivo que pretendía el escritor, por desgracia, pero es, a todas luces, lo que sucede. En cambio, gracias a esto pueden ganar cierta autonomía y personalidad los personajes, cosa que podría haber sido muy complicado si no.

Dicho esto poco es lo que podría añadir. Es una lectura que he disfrutado muchísimo y que he prolongado bastante en el tiempo. Normalmente no tengo por costumbres leer libros tan extensos, pero creo que el esfuerzo ha merecido la pena. De hecho, casi me pone un poco triste hacer esta reseña, porque viene a significar que se ha acabado el libro y que ahora toca otro.

Podéis encontrar más reseñas de Manuscrito encontrado en Zaragoza en Solo de libros y en Revista de libros.

Reseñas de otros libros que os podrían interesar: