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viernes, 12 de febrero de 2021

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

 


Otra vuelta de tuerca es, muy probablemente, la novela de fantasmas por antonomasia. La popularidad que ganó en su época hace que se considere todo un clásico de las letras inglesas, a pesar de que su autor, Henry James, siempre prefirió otras de sus obras muy por encima de esta. Para él, la historia que nos narra se trata de un experimento, como nos lo hace saber en el epílogo. Se juega constantemente con los límites de lo real y lo fantástico, forjando lo que podríamos llamar uno de los primeros narradores no fiables de la literatura.

El marco narrativo viene a ser el siguiente. En una reunión de personajes ilustres antes de Navidad, los asistentes cultivan una tradición, que yo al menos desconocía: contar historias de terror. Uno de ellos interviene y comenta que si bien la relación de un niño con un alma en pena supone una vuelta de tuerca, él conoce una historia que no solo ocupa a un infante, sino a dos. ¡Dos vueltas de tuerca! Puede que esta premisa no nos parezca nada terrorífica en la época en la que vivimos, pero debemos tener en cuenta que esta pieza data de más de un siglo, durante el auge de la narrativa gótica y tiene ese regusto especial del terror más clásico. Este hombre, pues, afirma poseer un escrito de una vieja amiga suya que una vez sirvió como institutriz en una casa, la mansión Bly, y en el que se relatan los extraños sucesos que se vivieron allí durante el breve espacio de tiempo en el que estuvo a cargo de los pequeños Miles y Flora. 

Tras una serie de páginas que sirven para despertar nuestro interés como lectores en lo que se nos va a contar, se da pie, finalmente, al relato narrado en primera persona por la protagonista. La atmósfera de misterio ya ha sido creada previamente y eso lima algunos desaliños del inicio del relato. La institutriz es escogida para un trabajo extraño. Se trata de cuidar y educar a dos niños ricos que perdieron recientemente a sus padres. Su tío paterno prefiere en este punto desentenderse, lo que nos genera una serie de dudas sobre las relaciones entre él, su hermano y la esposa de este que no se aclaran. Ya en Bly, empieza a notar que los niños se comportan en ocasiones con una madurez mucho mayor a la que les corresponde. Ellos mismos admiten tener pérdidas de memoria, lo que nos podría indicar que están siendo poseídos por fantasmas.

Pero, qué fantasmas. Un año antes de la llegada de la institutriz a Bly, convivió allí un tunante con otra institutriz. Peter Quint, un siniestro criado pelirrojo, quiso aprovecharse de la confianza depositada en él por el tío de Miles y Flora para vivir en el lujo dentro de Bly. Allí conoció a la señorita Jessel, la institutriz al cargo de los pequeños. Ambos se enamoran y ambos mueren en extrañas circunstancias. Y sin ningún tipo de conocimiento sobre esto, aparentemente la nueva institutriz parece haberles visto deambular erráticamente por la casa y acercarse con malicia a los infantes.

Y aquí entra la magia de la novela. ¿Recordáis que he comentado al inicio de la reseña que la institutriz no es una narradora fiable? Pues, esto se debe a que no se confirma ningún otro personaje que de una forma clara afirme haber visto a la pareja espectral que supuestamente quiere conducir al infierno a Miles y Flora. Todo parte de la ambigüedad y los lectores pueden interpretar tanto que los fantasmas existen efectivamente como que existen solo en la cabeza de la institutriz. Esta ambigüedad es su mayor punto a favor por ser especialmente complicada de elaborar.

No obstante, hay ciertas pegas que quizás un lector de la época no pondría, pero que creo conveniente resaltar si se mira desde el punto de vista de un lector actual. La trama es hasta cierto punto repetitiva y pueden transcurrir muchas páginas sin que ocurra nada relevante. Los capítulos se componen muchas veces de diálogos que no llevan a ningún sitio y que solo sirven para reiterar en la idea de que la institutriz, por estar en aquella casa, se está volviendo loca. Al mismo tiempo, no hay un gran desarrollo del resto de personajes. Miles goza de algo de profundidad, pero Flora y la señora Grose, la ama de llaves, son totalmente planas. Grose, no tiene nada que ver con su contraparte de la serie de Netflix The Haunting of Bly Manor. Así mismo, no se entran en detalles sobre los padres de Miles y Flora, ni sobre Quint o Jessel. Henry James es bastante reticente en este sentido. Como autor desarrolla su experimento, pero no quiere que el lector se desvíe de la delgada línea que en su relato delimita lo real y lo fantástico. Piensa con acierto que alejarse de la desesperación de su protagonista contribuye a rebajar la tensión dramática y reducir ese clima de angustia de la obra. Sin embargo, esto tiene sus sacrificios, que son los que he indicado arriba y que me siguen pareciendo innecesarios.

La propuesta de Netflix es completamente distinta y por eso la comento. Recoge a los personajes y les da nuevas historias, buscando pretendidamente lo fantástico y rechazando cualquier ápice de ambigüedad. La ambientación también cambia por una más actual, pero el universo decimonónico se mantiene con la historia no contada por James de los moradores originales de la casa. Es raro que yo lo diga, pero en este caso me quedo antes con la adaptación.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.




viernes, 22 de enero de 2021

Insolación, de Emilia Pardo Bazán



Francisca Asís de Taboada es una joven que lleva ya dos años de luto por la muerte de su esposo y tío, el marqués de Andrade. Con la idea de que ya va siendo hora de vivir un poco, acude a un pequeño cóctel de una de sus amigas cercanas, la marquesa o condesa de Sahagún. En dicho evento, conoce a un burgués gaditano, apellidado Pacheco. Algunos días después, ambos se encuentran a la salida de una misa y deciden ir juntos a la romería de San Isidro. Lo que para el mundo que la rodea supone un escándalo, para Asís consiste en una diminuta aventura donde Pacheco no es más que su acompañante y amigo. Sin embargo, durante dicha romería, ambos acaban enamorándose el uno del otro. Asís, presa del vino y del fuerte sol madrileño termina sufriendo un mareo que la incapacita y que será en cierto modo responsable de los sucesos posteriores.

Estamos ante una novela romántico-sentimental, de trama sencilla, pues solo intervienen los dos responsables de una relación que se desarrolla en el "ahora sí y ahora no" tan característico de este tipo de obras. Pacheco destaca por ser todo un truhan, una suerte de burlador de mujeres que parece que ha encontrado definitivamente a su media naranja. O eso debemos suponer los lectores por el final feliz de la novela, aunque lo cierto es que ciertas intervenciones del chico dan a entender todo lo contrario, que a Asís le espera un matrimonio de todo menos alegre y llevadero. La relación se forja en solo cinco días, por lo que los personajes ni siquiera tienen tiempo de conocerse entre sí por muy bien que trate de pintárnoslos la autora. La prontitud con la que se desarrollan estos amores y la actitud de Asís y Pacheco para consigo mismos me ha recordado, al menos, a los relatos característicos de María de Zayas y Sotomayor. Asís trata de frenar sus sentimientos por Pacheco, que a fin de cuentas es un mindundi, pero no lo consigue. El desenlace es optimista y le resta realismo al relato, siendo esta falta de realismo una de sus mayores fallas.

Sin embargo, esta no fue la principal queja de la crítica de su tiempo. Pardo Bazán fue tachada de indecente en esta obra, y eso que se esfuerza en censurar, hasta el punto que resulta tedioso para los lectores modernos, el comportamiento que podría tildarse de despreocupado de su protagonista. Eso de que una noble viuda se fuera de romería con un cualquiera, pues, como que no estaba muy bien visto. Se ha llegado a decir que Insolación es una novela erótica. Así lo afirma Marina Mayoral en el prólogo que yo he leído, al menos (que no es la de la edición de la portada, sino una de Espasa Calpe que tenía por casa). Y yo, iluso de mí, esperando ese momento de encuentro sexual, o la sugerencia quizás de dicho encuentro. Pero, oye, nada de nada. Seguramente se deba a que en el siglo XIX la amplitud de miras era mucho más cerrada, pero desde mi prisma como lector actual debo decir que Insolación es de todo menos una novela erótica. De hecho, diría que es diametralmente lo opuesto a este género. Se prima el alma sobre el cuerpo, o, por lo menos, Asís lo prima. Y el narrador omnisciente que la acompaña y no para de atacarla, también.

Es evidente que este ataque a metralla es una estratagema de la señorita de Pardo Bazán para que le publicasen una novela con una trama controvertida escrita, para más inri, por una mujer, pues en la época todas debían ser lo más respetables posible. Pardo Bazán oculta su ideología a través de la exposición de una opuesta en un nivel superior: la voz del narrador. Insolación no podría haberse escrito con un narrador neutro. La hubieran crucificado aún más de lo que ya la crucificaron. Y eso que, como digo, se trata de una novela sin muchas subidas de tono.

Lo principal es el personaje de Asís y la reflexión en torno a la libertad de las mujeres y la diferencia abismal entre esta y la de los hombres. Asís dialoga de vez en cuando con el Comandante Pardo (que, según tengo entendido, aparece en otras e importantes novelas de la autora) sobre esta cuestión. Lo que es censurable para las mujeres es motivo de halago para los hombres. El mismo Pacheco señala en algún momento que él ha vivido mil veces más que cualquier mujer por la simple libertad que dispone para moverse. Asís ha perdido dos años de su juventud mirando las musarañas y dejando que la pérdida de su esposo la consumiera. Pacheco ha burlado (o dice haber burlado a infinidad de mujeres) y así lo expresa como algo de lo que enorgullecerse. Y ambos son invitados a las mismas fiestas y gozan del mismo respeto y prestigio social. Se trata de una situación injusta que Pardo Bazán coloca sobre la mesa y deja una verdad incómoda que a muchos autores varones de la época les molestaba hasta el punto de dinamitar la obra desde su salida con duras críticas, sacándose de la chistera situaciones que ni siquiera aparecen en el libro.

Insolación es una obra valiosa por su denuncia social, pero tampoco por ello debemos obviar sus errores. Para empezar, el cambio de narrador, totalmente arbitrario, indica indecisión a la hora de narrar el texto por parte de su autora. Después de unos capítulos iniciales usando la tercera persona, pasa a la primera otros tantos y luego regresa a la tercera. Mareo absoluto e inexplicable. Otra cuestión que me fatiga es el laísmo de la obra. Todos los personajes son un poco laístas. Hasta el burguesito gaditano comete laísmo ciertas veces. Y a este personaje hay que sumarle el seseo inexplicable y que entra en contradicción con el supuesto "ceceo" que le atribuye el narrador. No me queda claro, ¿sesea, cecea o qué hace con su vida? Yo soy de la provincia de Cádiz y debo decir que, por norma general, se cecea en toda la región, salvo en ciertos barrios de la capital y parte de la sierra, regiones en las que se sesea. Pero eso no explica que la autora transcriba los diálogos del personaje con eses donde debería haber ces y luego nos diga que su ceceo maravillaba a Asís. A todo esto hay que sumarle la cadena de tópicos que hay sobre Pacheco por el simple hecho de andaluz y que son de haber pisado Andalucía poco y nada. 

También es cierto que ha influido en que no me haya gustado el hecho de que la novela romántico-sentimental nunca ha sido fruto de mi devoción. Las tramas siempre lentas con conflictos previsibles y personajes que no suelen tener mucho más trasfondo ni preocupaciones en la vida más que quererse o no quererse. Probaré suerte pronto con otras novelas de la autora, ya que siempre me ha llamado la atención como personalidad de la época y sus vínculos con las postrimerías del realismo decimonónico en España, así como en la difusión del naturalismo francés.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.



viernes, 4 de diciembre de 2020

El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde

 


Basil Hallward es un pintor que anda enamorado platónicamente de su modelo, un joven y frívolo aristócrata, llamado Dorian Gray. Para él pinta la que sería su obra maestra: un retrato que no solo refleja la imagen del apuesto hombre, sino también su alma. Mientras que los primeros capítulos son diálogos, muy bien llevados y plagados de una ironía mordaz y de un cinismo que pocas veces se habrán visto en la historia de la literatura, los siguientes se centran en la vida de Dorian y en sus aspiraciones. El señor Gray, que se lleva como regalo el cuadro para la galería personal de su salón,  exclama en cierto momento un deseo del que posteriormente se arrepentirá. Consciente de que es posiblemente el varón más bello de todo Londres, quiere que la juventud que le otorga su fisionomía inmaculada se mantenga durante toda su existencia sobre la Tierra. Lastimosamente, algún ser del averno debió oír semejante plegaria, pues Dorian Gray no envejecerá ni un ápice con el paso de los años. Lo hará ese retrato suyo que una vez pintó Basil Hallward.

Lord Henry, amigo de ambos, señala una cuestión ideológica del propio Wilde y que se mantiene en toda la novela: son los actos malévolos los que peores marcas dejan en la piel, pues el alma al sufrir castiga también al cuerpo. Evidentemente, esto en la vida real no tiene ningún sentido. Todos conocemos a personas poco agraciadas con un gran corazón y a personas verdaderamente infames con caras de ángeles. No obstante, sí que es cierto que el atractivo físico es una gran ventaja a la hora de relacionarnos con los demás. Una persona atractiva, aseada y bien vestida genera mucha más confianza. Y Dorian lo es, de ahí su peligrosidad. Debido a su tremenda belleza, nadie le reprocha su cinismo, ni los desastres que genera su carácter caprichoso. Vive en la mentira constante, pues oculta a todos su verdadero ser (mucho más cruel que lo que toda su fachada sugiere) para mantener una vida disoluta y dispendiosa.

Dorian es un símbolo de las clases altas, de su vida de etiqueta, donde solo importa el prestigio económico, cultural y social. Unas clases altas que no tienen por qué salir de su burbuja y que se entretienen con amoríos, fiestas lujosas, partidas de caza y libros en francés. Y lo peor es la superioridad moral con la que dirigen, con la que designan a los demás, con la que los miran como escoria. Este choque de clases, que tan poderosamente me ha llamado la atención, se refleja en el conflicto con los Vane. Dorian quiere ser un hombre culto porque es en las élites donde reside la cultura (la que le importa, claro) y asistir al teatro, además de un acto social, es un perfecto modo de adquirirla. Como entretenimiento elevado, Dorian asiste a varias funciones y parece que se enamora de una actriz, una tal Sybil Vane, que pertenece a un mundo completamente opuesto al de Dorian. Para Sybil, él es su príncipe azul, un hombre elegante que la sacará de la miseria en la que vive. Sin embargo, Dorian descubre que Sybil solo le ha llegado a interesar por determinadas actuaciones en concreto y cuando invita a sus amigos, Basil y Henry, para que la vean en escena, descubriendo la decepción de estos, se siente tremendamente humillado. Para él, la culpa es de Sybil, que ha pasado de ser una criatura celestial a convertirse en una mujer mediocre. Y así se lo hace saber en los camerinos, a pesar de que la muchacha se encontraba profundamente feliz de volver a verlo. Si había un compromiso, Dorian lo rompe categóricamente hasta el punto de que Sybil enloquece y, como en las tragedias románticas, acaba suicidándose. Esto no afectará a Dorian en lo más mínimo, pero conseguirá que el hermano de su examante, un joven y fornido grumete, jure buscarlo y perseguirlo hasta darle muerte.

Miento, no afecta a Dorian, pero sí a su alma, es decir, a su retrato. Y esto nos sumerge en una dimensión fantástica que no estaba sugerida en ningún momento previo de la obra. A partir de aquí, Dorian es consciente de su libertad para actuar impunemente mientras proteja el cuadro. Comienza una novela de decadencia, donde un hombre de las más altas esferas se sumerge en un mar de podredumbre hasta tocar fondo en la locura.

Por sus elementos y trama, suele introducirse esta novela dentro de la narrativa gótica. Los tramos finales sugieren una clara influencia de esta tradición tan vasta. No obstante, El retrato de Dorian Gray es fruto de su tiempo y de las inquietudes intelectuales y artísticas de Oscar Wilde. Por ello, veo mucho más correcto calificar esta novela de modernista y, ya dentro del Modernismo, de decadentista. Los puntos a favor de esta argumentación no son pocos: reflejo de la vida en las esferas altas de la sociedad, cierto gusto por el lujo que se materializa en largas descripciones (écfrasis) de objetos muy caros, reflexiones sobre "el arte por el arte", fascinación por lo francés, exaltación de lo efímero (la belleza, la juventud, etc.), el amor platónico y el erotismo, zozobra del protagonista por no pertenecer al mundo en el que está, búsqueda de los valores plásticos en las palabras (con muchos juegos de palabras, valga la redundancia, y una especial atención a los sonidos), lenguaje muy colorista, atracción por lo exótico, cosmopolitismo, etc.

Además de ser producto de su época, esta historia es una pieza muy personal de su autor, especialmente cuando se trata de su única novela. Wilde era un hombre que gustaba de la polémica. Abiertamente homosexual y que rendía culto al "arte por el arte", amparándose en todo lujo. El mundo en el que vive Dorian era también el suyo cuando escribió una novela como esta. Por ello, no hay muchos mejores escritores para expresar como él lo tremendamente hipócrita que son las élites y lo ilusorio que es el poder. Hijos de Wilde son el propio Dorian (una exageración de su yo de juventud), pero también Basil y Lord Henry representan etapas de su vida y cajones de su pensamiento. Basil es su yo enamorado, un homosexual escondido que está comenzando en el mundo del arte y quiere vivir ajeno a la mordacidad del mismo, un yo que vive pronto el desengaño y que es obligado a morir en aras del descreimiento y la conveniencia de los demás. Por su parte, Lord Henry es su yo crítico, su yo sarcástico y escéptico que muestra una visión clara del mundo, basada en la sinceridad y en la pura convicción de que el mundo es cruel y de que hay que saber disfrutar de los placeres y no hacer demasiadas preguntas.

El retrato de Dorian Gray es un clásico de la literatura occidental por la genialidad con la que está escrito y por su carácter representativo de todo un período, así como por el análisis social y artístico que propone. He disfrutado mucho con su lectura. Lo único que podría lamentar es no haberlo hecho antes.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.



miércoles, 25 de noviembre de 2020

David Copperfield, de Charles Dickens

 


Antes de empezar la reseña, os anticipo que esta ha sido mi mejor lectura del año. Y, sin temor a equivocarme, una de las novelas mejor escritas que he leído en mi vida. No es para menos; de las muchas obras que escribió Charles Dickens, David Copperfield fue siempre su favorita. Como indica en el prólogo a esta maravillosa edición ilustrada de Alba, todo padre tiene, aunque no lo quiera, sus hijos predilectos. El de Dickens se apellidaba Copperfield.

Como su propio nombre indica, esta novela trata de un hombre llamado David Copperfield. Es la primera del autor narrada en primera persona desde el punto de vista del protagonista, un hombre de edad avanzada que trata de dar cuenta de todos los sucesos relevantes de su vida, empezando por su nacimiento. David es un chico que experimenta todo lo experimentable en la Inglaterra victoriana. Nace huérfano, como otros tantos personajes de Dickens, y debe sufrir desde pequeño el desprecio y el maltrato de su padrastro y la malvada hermana de este. Ante la rebeldía natural de un corazón que no acepta la injusticia y que ve mermado el cariñoso porte de su madre, los Murdstone, padrastro y tía postiza, acaban por encerrarlo en un internado con el fin de deshacerse de él. A partir de aquí, se sucederá una penuria tras otra, hasta que la intervención de una remota familiar cambie la suerte del muchacho. Con el rescate de Copperfield comienza una historia de vaivenes. En algunos puntos todo será grato para el protagonista y sus amigos más cercanos, mientras que en otros se las verá en más de un apuro, principalmente económico.

Mientras toda una trama de más de mil páginas se va desarrollando, Dickens nos dibuja escenarios de todo tipo y sitúa en ellos a toda clase de personajes, valiéndose siempre de su particular humor, que sigue muy vivo a pesar del paso de tantos años. Los personajes dickensianos de esta novela pueden dividirse en tres tipos: los que encarnan las buenas actitudes (justicia, lealtad, ternura, amor), los que encarnan las malas (avaricia, ambición de poder, lujuria, envidia) y los que transitan de las malas a las buenas. Podría considerarse un cuarto grupo, integrado únicamente por el joven Steerforth. Sin embargo, cabe mencionar que su naturaleza como posterior villano ya viene insinuada cuando David lo conoce en el internado. Y esto es a pesar de la gran amistad que en un primer momento les une, pues, aunque Steerforth será el protector del señorito David durante su primera etapa de aprendizaje, no tiene a mal ejercer el poder que posee para destituir a un noble profesor por pura diversión. También se podría valorar la introducción de la señorita Bentsey en este grupo, puesto que en el primer capítulo todo parece indicar que va a constituir un papel como villana principal en la obra al abandonar a su suerte a la viuda de su hermano y a su sobrino recién nacido, solo porque el bebé no es mujer. No obstante, no vuelve a aparecer hasta que, finalmente, un David ya en la pubertad acude a ella. En ese momento, Bentsey Trotwood será una aliada incondicional del protagonista, costeándole, incluso, una educación esmerada.

Dentro del primer grupo de personajes (los que siempre han sido "los buenos") está, cómo no, nuestro protagonista. La idea de un antihéroe en la narrativa de Dickens y en la narrativa en general de mediados del siglo XIX es todavía remota. Por ello, David Copperfield es un hombre que si presenta algún pecado a lo largo de las mil páginas de la obra es solamente su ingenuidad. De ella se aprovechan los extraños, pero también sus supuestos amigos, como es el caso de Steerforth, quien acaba por ponerle hasta el mote de Daisy, debido, precisamente a esta particularidad del personaje. Steerforth, no solo acabará por traicionar la confianza depositada por David en él, sino también la de los amigos del propio David, llevándole a una situación verdaderamente problemática. De la misma forma, David se ve envuelto en un sinfín de situaciones ante las que su cortesía y sus buenos modales les impiden escapar. Es humillado en varias ocasiones y tiene que soportar como maltratan a varios de sus amigos. La mesura de Copperfield, que explota en momentos muy puntuales, con unos diálogos de una maestría apabullante, va de la mano con una concepción muy sólida de la justicia, del honor y de la lealtad.

En David Copperfield, como en la vida misma, lo justo, lo legalmente justo y lo socialmente justo entran en conflicto. David representa un ideal de justicia pura, donde habla de la bondad que merecen los nobles de espíritu. Se opone, por contra, a lo socialmente justo, que es lo que impide su amor con Dora, echar a Murdstone de su casa natal y desbancar a Heep de su puesto jurídico. Y, cuando puede, con la ayuda de su fiel amigo Traddles, también se opone a lo legalmente justo, siempre que él entienda que atenta contra cualquiera de las otras dos justicia, la pura y la social.

Más allá de David, el grupo de los personajes "buenos" está integrado por los Pegotti y los Wickfield.

 Los primeros representan la bondad de las clases menos pudientes y, a mi juicio, son los que más chicha dan en toda la obra, además de ser los más memorables de la misma. Es una Pegotti, la pequeña y dulce Emily, el primer amor de David, siendo este un amor puro entre niños, un amor que no tiene conciencia del mismo y que se guarda como un feliz recuerdo dentro de una infancia totalmente dolorosa, quien arrastra buena parte de la narración.

Por otro lado, están los Wickfield, conformado por solo dos miembros: el señor Wickfield y su hija, huérfana de madre, la señorita Agnes. Se trata de una clase media acomodada que, a lo largo de la obra, irá yendo a menos paulatinamente, ante la locura del primero y el poder de un nuevo y peligroso socio: el despreciable Heep. Si Emily es el primer amor de Copperfield, Agnes es el segundo, en una relación más de amistad que de amor. Agnes se constituye como confidente de las penurias amorosas de un David adolescente y lo mira en el sueño de ser ella la deseada, mientras su amado la observa con los ojos del hermano que ninguno de los dos tiene.

A estos personajes tan anclados en lo que Dickens considera lo bueno, y que suele aceptarse éticamente como correcto, se oponen los antagonistas de David Copperfield, sujetos cargados de egoísmo. La avaricia, la envidia y el ansia de dejar en claro quien manda serán los motores que promuevan todo tipo de abusos por parte de estos personajes, trayendo la desdicha tanto a David como a sus amigos: los Peggotti y los Wickfield. Si bien en las primeras páginas, el antagonista central será el señor Murdstone, que, como ya he comentado, ejercerá mil y un maltratos sobre David y su madre, en las siguientes, la división de las tramas de la novela nos traerá otros dos villanos: el despreciable Heep y el traicionero Steerforth.

El primero es un hombre que pecará durante toda la obra de una falsa humildad con el objetivo de conseguir sus ambiciones. Dickens ya lo describe desde un primer momento como un joven de fisionomía raquítica y andares exagerados, con una particular tendencia a retorcerse en los momentos previos a una respuesta cargada de hipocresía. Aprovechando la locura del señor Wickfield, poco a poco se irá haciendo con el control tanto de la vida de este como de la de su hija Agnes. Todo lo que encierra a estos personajes constituirá una de las tramas centrales de la novela avanzadas las trescientas páginas.

Por su parte, ya he hablado lo suficiente de Steerforth y no deseo pecar de dar demasiada información. Sus acciones desencadenarán la que para mí es la trama de mayor interés de toda la obra y que servirá para el cambio vital del protagonista, al comprender que no puede fiarse de todo el mundo como venía haciendo hasta ese momento.

Entre los personajes que transitan de la maldad a la bondad está el señor Micawber. Se trata de un avaricioso por naturaleza y que gusta de vivir rodeado de todo tipo de lujos. Acostumbrado a endeudarse hasta el cuello y a huir de un sitio para otro, seguido de su fiel mujer (que no para de decir que no abandonaría a su marido por nada del mundo) y su inmensa prole, cambiándose innumerables veces de nombre y siendo detenido también en otras tantas ocasiones, será uno de los mejores recursos cómicos de toda la obra junto con el maravilloso señor Dick y su inacabable memorial.

A pesar de la escasa progresión de varios personajes (Heep y Murdstone son villanos desde que aparecen hasta su fin incierto), la novela se caracteriza por darles una profundidad total y una dignidad como pocas. El afán de realismo dickensiano da lugar a unos diálogos que son auténticas joyas de la literatura y que representan muy bien ese discurso inglés, donde predomina una cortesía que oculta multitud de intenciones. David Copperfield es una novela que se mueve en la tragicomedia, con momentos que llegan a entristecer profundamente al lector y le hacen preocuparse por el sino de los personajes, pero también con destellos de ironía y un tono jocoso que vuelve hilarante y alegre la acción en ciertos tramos. Estamos ante una novela realista, en el sentido decimonónico, en toda regla. Se trata de plasmar hasta el último detalle y eso hace que el autor inserte capítulos enteros dedicados a tramas de personajes secundarios o a experiencias del protagonista que poco o nada tienen que ver con la historia principal, pero que aportan por la naturalidad con la que están narrados a enriquecer un mundo basto, ayudando a que el lector disfrute de un inolvidable viaje a través de sus páginas.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Charles Dickens: Los papeles de Mudfog

Mis primeras impresiones de esta novela hasta el capítulo 14 aquí


lunes, 24 de agosto de 2020

Catorce primeros capítulos de David Copperfield

 


Hace ya unas semanas que comencé este viaje a la Inglaterra decimonónica de la mano del conocido Charles Dickens, pero me detengo hoy para hablar de algo urgente. Esta novela tiene más de mil páginas y necesito aire para respirar, pues intuyo que he concluido la primera parte de la misma. Os pongo en situación. David Copperfield es una bildungsroman, es decir, una novela que trata sobre el crecimiento personal y el paso de la niñez o la juventud a la edad adulta. Al mismo tiempo, trata de ser una novela total, pues en ella el lector acompañará al personaje que le da nombre a la obra desde antes de su nacimiento hasta su muerte. Está considerada una de las obras cumbres del realismo y es para muchos la mejor obra del autor. Incluso el propio Dickens admitía que era esta su creación predilecta. 

Esto puede llevar a que el lector piense que va a encontrarse con una novela pesada y falta de acción y, si bien es cierto que la novela, de momento, no me está resultando precisamente una vorágine de acontecimientos, cada uno de los sucesos se sienten milimétricamente construidos y desperdigados con pulcritud. Pero ante todo David Copperfield  constituye una denuncia a la crueldad de la sociedad de la Inglaterra de su época y a la fragilidad de los niños, que son maltratados, forzados a trabajar y obligados a vivir en condiciones paupérrimas. De hecho, hasta el capítulo XIV, muy pocos son los personajes que de alguna manera o de otra no se aprovechan del pequeño David. En esta categoría de personajes hay un hueco especial para el señor y la señorita Murdstone, el padastro de David y su tía postiza, que si se comportaran como lo hacen con el pequeño hoy en día les acribillarían los servicios sociales. Murdstone es un hombre con un fuerte complejo de inferioridad y un rufián que se aprovecha de su esposa y disfruta torturando al pobre David, para luego deshacerse de él. Primero lo envía a una institución de enseñanza bastante estricta de Londres y después a trabajar en un almacén, cargando cajas y toneles para los que su diminuto cuerpo de niño no está preparado. A lo largo de estos catorce capítulos se nos dibuja a Murdstone como el antagonista que siempre se salía con la suya y que provocaba un gran pesar a David, quien no podía contestarle ante el miedo a una golpiza.

Por eso me detengo en el capítulo XIV, porque allí todo cambia. Dickens recupera un personaje más de doscientas páginas después, una vieja tía del protagonista. Una persona adinerada y recta, con actitudes un poco extravagantes, pero con un gran sentido de la justicia. Alguien que, por fin, puede enfrentarse a Murdstone y tratarlo como a un igual. El capítulo XIV es de los pocos capítulos (de entre los que llevo) que termina bien para David y que marca una división en la obra. Toda la historia previa se construye hacia ese capítulo, que es el momento culmen de lo que llevo de novela. El pequeño deja de depender de una pareja abusiva, para vivir en una "casa de locos". Aún no sé qué le deparará el futuro, pero conociendo a Dickens y viendo lo que ya ofrece en páginas anteriores, así como en otras obras, espero comedia e ironía, pero sobre todo mucha tragedia y miserias humanas.



jueves, 23 de julio de 2020

Padres e hijos, de Iván Turguénev




Iván Turguénev es reconocido por la mayoría de los filólogos rusos como el novelistas más europeo dentro del Realismo decimonónico del país de los zares. No por nada, pasó buena parte de su vida viajando y escribiendo artículos en los que defendía toda clase de ideas progresistas para su país. Entre ellas podemos encontrar la de la liberación de los siervos, que finalmente se haría efectiva en 1861. Se dice que el propio zar Alejandro II actuó movido por la fama y la claridad de los textos de Turguénev. Para que veáis que la literatura puede servir como herramienta política para cambiar las fallas y los abusos de determinados sistemas.

Padres e hijos se publicó en el momento justo de ese cambio tan crucial para la sociedad rusa de su tiempo. Aunque este dato histórico puede parecer nimio, bajo él se escondía todo un iceberg de nuevas formas de pensar importadas principalmente de Alemania y que se materializó en Rusia con el nombre de nihilismo. Los jóvenes nihilistas, aun procediendo de buena familia, las repudiaban y se negaban a acatar cualquier autoridad que no viniera dada por las directrices de la ciencia. Todo lo que simbolizaba el tradicionalismo para ellos era vacuo y no merecía atención alguna. El sistema debía cambiarse para ellos, pero solo porque lo veían anquilosado en unas maneras que mantenían cierto deje feudal donde la aristocracia obraba con paternalismo sobre el resto del pueblo. En la novela, la figura que representa a esta nueva ola joven, que había cursado estudios en el extranjero y admiraba a los catedráticos germanos, es Yevgueni Bazárov.

Sin embargo, decir que Bazárov es solo eso, un arquetipo, es del todo simplista. Bazárov es mucho más y, de hecho, puede que ni siquiera se corresponda con esa figura representativa, sino más bien con una caricatura. Es cierto que cuando se publicó Padres e hijos, la crítica atacó a Turguénev y algunos le acusaron de lamerle los pies a este personaje y a sus ideas. No obstante, por otro lado, los propios jóvenes nihilistas se mostraron descontentos con la imagen que Bazárov daba de ellos. Y esto es lógico si nos atenemos a los siguientes motivos:

1) El nihilismo es una corriente filosófica que rescata la duda metódica para afirmar que nada es seguro, ni tan siquiera el yo o lo que puede conocerse. De ahí se puede extraer que los principios y valores que adquirimos como sociedad y que la mantienen, pudiéndonos parecer más justos o aberrantes, no tienen por qué mantenerse eternamente ni son intrínsecos al ser, ya que derivan por convención social. Por ello, un personaje como Bazárov, que se autodenomina a sí mismo como nihilista, pero que luego presenta una serie de actitudes propias de su origen social y de su condición como varón heredero de una importante finca, por muy común en la época que pudiera ser, no era, en absoluto, el ideal de este movimiento. Bazárov critica las formas refinadas de la aristocracia y la forma en la que tratan a los siervos, pero al mismo tiempo los insulta en presencia de su amigo Arkadi. No cree que estén preparados para valerse por sí mismos.

2) Bazárov no solo tiene interiorizados valores de la aristocracia en la que se ha criado, sino que también tiene interiorizados principios propios de un pensamiento machista. Esto le lleva a tratar a las mujeres como si fueran personas de segunda con las que no merece la pena detenerse nada más que para cortejarlas. Esto se puede ver claramente ante la negativa del personaje de visitar a cierta dama porque, aunque pudiera tener una interesante conversación, no era agraciada físicamente, o así se le hizo entender otro personaje.

3) Paradójicamente, el nihilismo de Bazárov se pierde cuando se enamora de Anna Sergueiyevna Odintsava. Se siente así mismo humillado por dicha atracción, que no puede evitar y que es del todo imposible debido al carácter de ambos. Durante este tiempo, su preocupación deja de ser la ciencia y pasa a ser esta joven viuda. Los nihilistas, que se veían a sí mismos como los herederos de los antiguos estoicos, se encuentran con que el héroe que les representa en la literatura vende todo su trabajo por la mano de una mujer. Obviamente, no podían tolerarlo.

4) Por último está el hecho que hace de Bazárov un personaje tan repelente, tan insoportable. El personaje ha acabado recientemente la carrera de medicina, pero se niega a trabajar como médico rural y ayudar a los demás porque, según él y los que lo idolatran, tiene planes superiores. Para no acatar ninguna autoridad y despreciar la aristocracia, su discurso y sus formas son bastante elitistas. No valora a nadie que no tenga un bagaje cultural detrás de él y comulgue, al completo, con sus ideas.

Por supuesto, hay una evolución en el personaje que hace que en los compases finales de la obra no resulte tan odioso. Incluso diría que despierta compasión el final agridulce de Padres e hijos.

Más allá de Bazárov y, como podéis deducir por el título de la novela y por todo este despliegue ideológico, Padres e hijos versa sobre los conflictos generacionales. Por lo que antes de seguir hablando de los hijos, conviene hacerlo de los padres. Estos muestran todo su cariño y toda la comprensión de la que son capaz a Arkadi y a Bazárov, aunque muchas veces los hijos lleguen a avergonzarse. Sin embargo, como hay dos modelos de hijos también hay dos modelos de padres.

Por un lado tenemos a Nikolai Petrovich Kirsianov, padre de Arkadi, un hombre sencillo que ama locamente a su hijo, pero que es un patán gestionando su hacienda. Se considera a sí mismo progresista, pero por más afable que pueda parecer, no lo es. A pesar de que sabe qué es lo correcto de cara a las personas que lo rodean y que dependen de él, se niega a aceptarlo. Posterga la boda con la sierva menor de edad con la que ha tenido un hijo por el "qué dirán" de los terratenientes vecinos. De aquí se puede sacar una lectura interesante. Fenechka, que así se llama la adolescente, no está enamorada de Nikolai y, de hecho, el propio Nikolai tampoco está enamorado de Fenechka, simplemente la mantiene porque un santo día decidió violarla. Esta era una práctica muy común en el siglo XIX en contextos como este y no debería ser alarmante en absoluto. De hecho, Turguénev no le da mayor importancia y al final Nikolai y Fenechka parece que terminan queriéndose. Sin embargo, yo leo este texto desde el siglo XXI y es lógico que me impacte y que contribuya a enturbiar esa visión de viejecito afable y cariñoso con su hijo que tiene durante toda la obra. Con "su hijo" me refiero a Arkadi, que es el que vuelve de San Petersburgo de estudiar con Bazárov y es el que tiene verdadero protagonismo, no al otro. Al otro se le ve darle la mano al final y poco más.

Luego está el padre de Yevgueni Bazárov, Vasili Bazárov. Lo cierto es que este señor aparece bien poco y es más un instrumento ideológico de Turguénev para construir a nuestro médico no-médico que un personaje en sí. Cuando Arkadi y Yevgueni viajan a la casa familiar del segundo se puede apreciar el desprecio que tiene por su padre, lo cual no se produce entre la pareja anterior. Vasili es un hombre que tiene poco que ofrecer a su hijo; no tiene para darle una herencia como Nikolai a Arkadi. Esta situación obliga a Yevgueni a ejercer, algo que él detesta, puesto que quiere dedicarse a la investigación y a gorronear de casas ajenas. Por ello, hay un profundo resentimiento que le ha llevado a desarrollar toda su imagen pública y su parafernalia de tipo interesante con el fin de que los demás se olviden de que procede de una familia, que, si bien no es humildísima, no puede compararse con la de sus compañeros de conversación.

Los hijos se constituyen como esa fuerza inexperta, pero inexorable, dispuesta a girar la rueda del cambio. No obstante, al final su intervención en los sucesos importantes no provoca ninguna alteración en el sistema. Arkadi encuentra su camino y acaba gestionando la hacienda con sus siervos y Bazárov, desde luego, no se vuelve un científico famoso. El sistema sobrevive a los embates de la marea nihilista, que queda ridiculizada por su falta de orden e impulsividad. Los hijos hacen las paces con sus padres y lo viejo y lo nuevo se complementan, aunque sigue predominando lo viejo sobre lo nuevo. 

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


jueves, 16 de julio de 2020

El doble, de Fiodor Dostoievski




Dostoievski es un autor al que admiro muchísimo por su capacidad de construcción de personajes desde una perspectiva interna. Con esto me refiero a la gran profundidad psicológica que tienen sus protagonistas. De esto he hablado en alguna que otra reseña dedicada a varias de sus obras en esta esquina. Sin embargo, como llevo mucho tiempo sin leer ni traer nada suyo, creo que no está de más comentar, aunque sea brevemente, una de sus novelas cortas más queridas por sus lectores. Me refiero, como han deducido por el título de la entrada y la imagen de la portada, a El doble. En esta obra, Dostoievski toma como protagonista a un funcionario del estado zarista de la más baja posición y con una serie de problemas psicológicos que no harán más que acentuarse cuando ocurra un suceso extraordinario: la aparición en su puesto de trabajo de alguien que es exactamente igual a él, salvo por el mero detalle de que está ahí para destruirlo completamente.

Este azaroso relato que va muy en la onda del William Wilson  de Edgar Allan Poe, me hace plantearme si el estadounidense ya estaba o no traducido al ruso para la época en la que Dostoievski redacta El doble, pues los parecidos en la trama son abrumadores. Más allá de eso, el prólogo de mi edición (no es la que aparece en esta entrada, sino una digital) aclara que El doble tuvo un impacto muy negativo tanto entre la crítica como entre el público, a diferencia de su novela anterior: Pobres gentes. Muchos acusaron a Dostoievski de imitar con resultados pésimos un relato de Gogol muy famoso, donde también interviene un funcionario que acaba desquiciado. Este texto de Gogol lo desconozco, desgraciadamente, pero puedo asegurar que, pese a que la tradición literaria del doble está muy vista en toda la literatura universal y es desarrollada tanto antes como después de esta obra (algunos ejemplos claros pueden ser el mencionado William Wilson, Doctor Jeckyll y Mr. Hyde de Stevenson, El hombre duplicado de José Saramago o, incluso, por qué no, El club de la lucha de Chuck Palahniuk) esta obra es bastante original. Sobre todo, si se tiene en cuenta que es de las primeras del autor.

Dostoievski nos presenta a Goliadkin, quien, con su dialogismo interno, se construye como un personaje que se ve a sí mismo como un dios rodeado de infieles. Cree ser un hombre digno y lleno de cortesía, noble y de buen hacer, pero sufre, entre otras cosas, de paranoia y de un fuerte síndrome asocial. Sus intervenciones con otros personajes vienen precedidas por monólogos donde él se encumbra como un héroe, poniendo la tinaja antes que el olivar (como se suele decir), aunque cuando le toca intervenir sus nervios, su miedo y los numerosos imprevistos acaban trastocando completamente cualquier tipo de comunicación fructífera. Esto hace que lo echen de la fiesta en el capítulo 4 o que el médico esté deseando despacharlo en el capítulo 2. Goliadkin es incapaz de decir lo que siente o necesita de manera clara. Abrumado por lo que pudiera pensar el otro, se esconde en la cortesía y en los circunloquios. Le da vueltas una y otra vez a lo mismo, barajando conceptos abstractos que solo los lectores entendemos por sus soliloquios previos, pero que el resto de los personajes desconocen. Ante esta incapacidad para relacionarse, Goliadkin es ignorado por buena parte de sus compañeros de trabajo y en especial por sus jefes. Esto le acaba llevando a la paranoia: piensa que todos conspiran en contra de él, lo cual se acentúa con la aparición de Goliadkin II.

El estado de Goliadkin es tal que el lector al principio no sabe si el doble existe realmente como entidad física o si es solo la imaginación del protagonista, que, sumida en el estrés perpetuo de creerse atacado, ha inventado una suerte de gemelo malvado para atormentarlo. Sin embargo, con el paso de la narración, descubrimos no solo que Goliadkin II existe, sino que es mucho más astuto que Goliadkin I. O, al menos, lo suficiente para aprovecharse del parecido entre ambos. Goliadkin II tiene todo lo que nuestro protagonista querría para sí: la aprobación de sus compañeros de trabajo (en especial de sus jefes), la capacidad para no tener vergüenza, el amor de una hermosa doncella, etc. Por ello, lo envidia hasta tal punto de que la lucha se convierte en algo inevitable. Bajo la premisa de solo puede quedar uno, ambos dobles se enfrentaran en astucia e ingenio para ver quién prevalece y quién cae al vacío. Os advierto de que es una obra de Dostoievski, por lo que cualquier final positivo para los personajes no deja de ser extremadamente optimista.

Esta obra es una joya en todos los sentidos. La crítica que hace al funcionariado y a la sociedad de clase media-baja rusa es atronadora. El personaje principal no es especialmente carismático y, de hecho, el lector siente muchas veces que se merece las penalidades por las que él mismo pasa. No obstante, hay momentos en los que uno experimenta verdadera pena por Goliadkin. Hace suyo su dolor e impotencia a través de la catarsis. Se dice que el propio Dostoievski tenía problemas derivados de una hipotética esquizofrenia o principio de la misma. Se dice que por eso siente una especial predilección por los personajes locos. Parte de la idea de que es la sociedad injusta y la naturaleza cruel del ser humano las responsables del dolor y las que hacen que las personas acaben atrapadas por la locura. Y esto se ve muy bien en una novela como El doble. Otra de las obras en las que sucede algo similar es en la aclamada Crimen y castigo. Una de mis favoritas. Si bien El doble no es tan profunda ni tan visceral como Crimen y castigo, sirve de germen para ella y estoy seguro de que quien haya disfrutado con la historia de Raskólnikov disfrutará con la de Goliadkin.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Fiodor Dostoievski en esta esquina: Pobres gentes, Crimen y castigo

PD. Recientemente vi en una librería una edición que contempla las dos versiones de esta obra: una de 1846 y otra de 1866. Desconozco cuál es la versión que he leído, aunque sospecho profundamente que se trata de la primera.


viernes, 10 de julio de 2020

Los papeles de Mudfog, de Charles Dickens




Charles Dickens es conocido por sus grandes novelas. Obras como Oliver Twist, David Copperfield, Historia de dos ciudades o Grandes esperanzas son solo algunos de los títulos por los que el autor ha pasado a convertirse en todo un clásico indiscutible de las letras. Sin embargo, también posee una sarta de escritos de corto alcance, que, si bien no son tan interesantes ni maravillan tanto al lector como los mencionados arriba, tienen mucho que aportar tanto al estudio de las figuras dickensianas como al disfrute de un lector más ameteur como yo. Hace unos años, Periférica decidió publicar una serie de textos pertenecientes a la etapa inicial del novelista inglés, que, a pesar de haber sido publicados entre 1837 y 1838, no son recopilados en inglés hasta 1880, una década después de la muerte del autor. Estos textos gozaron de poco éxito en su momento y casi no han despertado un interés posterior, quizás debido a una calidad inferior a la que nos tiene acostumbrados el autor. Además, estas piezas compitieron directamente con Oliver Twist, que apareció por entregas durante esa fecha en la misma revista: La miscelánea de Bentley. Y se intuye que algunas de ellas fueron escritas por encargo, lo que no le hizo mucha gracia al propio Dickens.

Los textos son los siguientes:

  • Vida pública del señor Tulrumble, en otro tiempo alcalde de Mudfog: Historia en la que se nos presenta la localidad de Mudfog, un lugar esperpéntico, lleno de tabernas y edificios con forma de establos. En esta localidad, un hombre es elegido alcalde tras la muerte de otro y su soberbia lo lleva a planear un desfile majestuoso que no se corresponde en absoluto con su cargo. Intentando salvar vidas del vicio y la degradación, contrata al más borracho de la ciudad y le asigna la laboriosa tarea de llevar una armadura con resultados fatales.
  • Informe completo de la primera reunión de la sociedad Mudfog para el avance de todo: Este relato, junto con el siguiente, es posiblemente el más valioso de toda la selección. Un grupo de peritos en diversas materias acuden a Mudfog para presentar sus diversos avances. Con ello, Dickens pretende hacer una crítica mordaz al momento de cambios turbulentos que está viviendo la sociedad con la industrialización y los, valga la redundancia, cambios sociales que esta conllevó. Para el autor, muchos de estos cambios son ridículos y no siempre favorables para la especie humana. Mientras la reunión se desarrolla con toda su parafernalia, se nos van presentando los diversos inventos y logros de los científicos, ridiculizando muchas veces el discurso académico y cómo este se detiene en ocasiones en temas inútiles y absurdos. Para ello, Dickens se encierra en un humor irónico que aún a día de hoy, más de ciento ochenta años después, sigue fresco. Muchas de las creaciones son de absoluta ciencia ficción (ferrocarriles portátiles que viajan a través de las alcantarillas, policías autómatas de madera, etc.), lo que hace que en el epílogo de la traductora Ángeles de los Santos se comente que alguna entusiasta del autor haya querido señalar tanto este texto como el siguiente como preámbulos e inspiración de lo que posteriormente sería conocido como steampunk. Para quien no lo sepa, el steampunk es una corriente de la ciencia ficción que tiene como premisa el triunfo tecnológico de las máquinas de vapor sobre las de petróleo y la tecnología punta, manteniéndose la estética de la Inglaterra victoriana más allá de su época natural de influencia, así como muchos de los problemas propios de esta época y lugar. Se separa así de otras corrientes como el dieselpunk o el cyberpunk.
  • Informe completo de la segunda reunión de la sociedad Mudfog para el avance de todo: A pesar de no haber obtenido el éxito esperado con el relato que narraba las primeras de las reuniones, es evidente que Dickens estaba deseoso de narrar una segunda. Si bien él, durante su vida se mostró reacio a tomar parte en el aparato político, muchas de las impresiones que en sus relatos se comparten son duras críticas, soslayadas en ocasiones por la ironía proponen nuevos modelos más progresistas a veces, más conservadores otras veces. Por ello, cada intervención en cada una de las dos reuniones es la expresión de un hombre que se ve ridiculizado desde arriba por el propio autor. Un caso especialmente interesante en este punto es el momento en el que uno de los ponentes interviene para hablar de los beneficios de la homeopatía y lo hace jurando por Dios y por el alma del líder de una secta religiosa que creía que la homeopatía lo había vuelto inmortal. Es necesario recordar en este punto cuál es el origen de la homeopatía y su lógica, si es que tiene alguna. Esta rama de la medicina nace pocos años antes del texto de Dickens y argumenta que una enfermedad se puede sanar aplicando cantidades mínimas al cuerpo de dicha enfermedad o de sus detonantes. Esto es un aspecto que el propio Dickens ridiculiza en la voz del ponente, cuando este expresa que para devolver a la vida a alguien que se acaba de ahogar solo basta con hacerle tragar más agua. Saltando este punto, que me ha parecido de lo más ocurrente por todo este auge de la homeopatía como alternativa medicinal que estamos asistiendo en los últimos años (una homeopatía que, todo sea dicho, ha evolucionado, aunque siga sin dar resultados más que por pura sugestión), tengo que decir que el conjunto de ambos textos me parece una maravilla a tener en cuenta por el ingenio con el que están escritos y por lo avanzado que estaba Dickens a su época, con una capacidad de observación que iba más allá de lo razonable. 
  • La pantomima de la vida: Este es el texto que menos me ha interesado porque está demasiado encerrado en la época en la que fue escrito. Dickens habla del fin de la pantomima como género teatral tras la muerte de Grimaldi, el actor más conocido en este género. Por ello, el texto se antoja en una mezcla entre necrológica y elegía, donde sobresalen algunos puntos de valor sobre esa reflexión calderoniana del Teatro del Mundo. Por lo demás, ha sido un texto que no me ha aportado lo más mínimo.
  • Detalles referentes a un león: Sin embargo, este sí que aporta y mucho. Dickens habla aquí del éxito literario y de su temor a él. No quiere convertirse en una atracción de feria, en un dios al que todos adulen, no quiere convertirse en un león literario. Por eso, describe una escena pintoresca en un salón de baile, donde introduce al león-escritor, expresando su tristeza y aislamiento de la verdadera vida por su condición de escritor, lo cual es paradójico como escritor realista que era y que buscaba reflejar la realidad. Lo cierto era que en esta época Dickens ya tenía cierto reconocimiento tras publicar su primera novela y buena parte de la población ya estaba enganchada a Oliver Twist. Por ello, era lógico y normal que se hubiera sentido así en algún que otro momento.
  • Robert Bolton, el caballero con contactos en la prensa: Este texto es de Dickens, pero podría ser de cualquiera. Es una historia dentro de una historia. Lo más interesante es la condena que hace contra la violencia machista y que llama mucho la atención al tratarse de un autor varón cis heteronormativo del segundo tercio del siglo XIX.
  • Epístola familiar de un padre a su hijo de dos años y medio: Juro que si no es por el epílogo no entiendo de qué iba esta pequeña carta. Se trata de una despedida. Dickens se marcha de la revista La miscelánea de Bentley, pues ya ha concluido Oliver Twist. También es una reflexión sobre los cambios tecnológicos de la época de Dickens y como los coches de caballos están siendo relegados por los imponentes ferrocarriles.
Como digo, una colección bastante irregular, pero no por ello especialmente despreciable. Si te gusta Dickens, te va a gustar. Aunque, si no has leído otras obras más conocidas primero, dejaría este libro de lado por un tiempo y me centraría en ellas. Para quien esté estudiando a Dickens o realizando un trabajo académico sobre él, sí que es un texto muy recomendable, especialmente por su epílogo.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Charles Dickens: David Copperfield



lunes, 17 de diciembre de 2018

Pobres gentes, de Fiodor Dostoievski



Siempre me ha entusiasmado mucho la maestría y la figura del clásico del Realismo Ruso. Fiodor Dostoievski es un autor que no necesita presentación. Es conocido a nivel mundial por obras como Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov, aunque muy posiblemente, y a pesar del éxito en la fecha de su publicación, esta que es su primera novela sea de las menos conocidas. Y, sin embargo, tiene una importancia capital en la historia de la literatura. Pobres gentes (o Pobre gente, según la traducción) fue escrita a comienzos de los años 1840s y nada más salir a la luz fue reconocida por la crítica de su país como la primera novela social contemporánea. 

Trata sobre la relación de amistad entre Makar A. y Varvara D., dos peterburgueses que sobreviven como pueden a las inclemencias de la vida, que aprieta pero no ahoga. Aunque reside el uno al lado del otro, se sinceran, o tratan de sincerarse, a través del intercambio de cartas, pues andan (sobre todo el desconfiado Makar) constantemente preocupados por el qué dirán los demás si los llegan a ver juntos. Makar es un anciano destrozado por los continuos embates del frío peterburgués, su escasa educación  y el fracaso de las numerosas aspiraciones de su vida. Es, además, un borracho triste que cree haber encontrado un motivo para redimirse en la figura luminosa de Varinka (diminutivo cariñoso de Varvara), a quien idolatra y colma con todo tipo de regalos que no se puede permitir con su mísero salario de copista. Duerme en una habitación acondicionada en la cocina de un pequeño y lúgubre apartamento atestado de almas igual de desgraciadas que él, entre las cuales la enfermedad, el ninguneo y la muerte son los platos principales del día a día. Sin embargo, persigue en todo momento mantener intacto su honor y de darle a Varinka una imagen positiva, mintiéndole tanto a ella como a sí mismo cuando considera oportuno, hasta el punto de resultar tristemente cómico y ridículo. Uno de los mejores ejemplos de esto podríamos encontrarlo cuando describe su habitación:

"Yo vivo en una cocina, o, mejor dicho..., ya se lo figurará usted: contiguo a la cocina hay un cuarto (debo decirle a usted que la tal cocina está muy limpia y es muy clara y apañadita), un cuartito muy chico, un rinconcito muy discreto... o, mejor dicho, que lo será, la cocina es grande y tiene tres ventanas, y paralelo al tabique me han colocado un biombo, de modo que resulta así un cuartito, un número supernumerario, como suele decirse. Todo muy espacioso y cómodo, y tengo hasta una ventana, y lo principal, que..., como le digo, todo está muy bien y muy confortable. Este es mi rinconcito. Pero no vaya usted a imaginarse, hija mía, que yo lo diga con segunda intención, porque, al fin y al cabo, ¡esto no es más que una cocina! Es decir, hablando con exactitud, yo vivo en la misma cocina, solo que con un biombo por medio, pero esto no significa nada. ¡Yo me encuentro aquí muy contento y a gusto, en completa modestia y placidez!"

Makar está obsesionado por darle a Varvara una buena imagen de sí mismo y eso es porque, a pesar de la diferencia de edad, la ama secretamente y eso es algo que no puede camuflar por más que se empeñe en ello, por más que quiera disimular su interés romántico como un cariño paternal. Esto, por supuesto, lo sabe Varinka, quien recrimina una y otra vez a Makar por el exceso de atenciones hacia ella, aunque al mismo tiempo podríamos decir que se aprovecha, a todas luces, de él y su necedad, pues continúa carteándose con el viejo y pidiéndole de vez en cuando dinero y objetos de valor, a sabiendas que el copista no sería capaz de negarse. Vemos, como digo, en Varvara a una chica con una infancia dura y con pocas satisfacciones; que ella misma relata, y durante la cual no le quedó más remedio que espabilar y desarrollar su ingenio para sobrevivir, acercándose su personalidad hasta cierto punto al de esa femme fatale tan característica de otras novelas de Dostoievski. Con fuerza me viene a la mente la Polina de El jugador, aunque, por supuesto, hay muchas otras. Esta astucia no la hace Dostoievski innata, sino producto necesario del sistema feudal capitalista en el que estaba inmersa la Rusia de su tiempo y en el cual las mujeres pintaban muy poco y eran constantemente atacadas tanto por ellas mismas como por los hombres. La limitación de derechos, el hambre, el frío y el desvalimiento legal volvían necesario el brotar de esa astucia, la cual venía muchas veces acompañada por la infelicidad, la impotencia, el trabajo hasta el agotamiento e, incluso, un doloroso sentimiento de culpabilidad. 

"¡La desdicha es una enfermedad contagiosa, amigo mío! A los pobres y a los desgraciados deberían tenerlos lejos los unos de los otros para que no se agravasen mutuamente sus miserias. Yo le he proporcionado a usted un contratiempo cual nunca lo experimentó tan grave en toda su vida. Esto me atormenta y me quita todo brío."

Pobres gentes fue una obra muy querida durante el período soviético de Rusia porque ponía sobre relieve las inconsistencias del sistema anterior, donde quien nacía pobre moría pobre y donde los intercambios de miembros entre las distintas clases sociales eran más bien escasos. De esta forma, no es de extrañar que sirviera como modelo para buena parte de la narrativa del Realismo Soviético, desde el cual se quiso defender a Dostoievski en todo momento como uno de los primeros revolucionarios comunistas. Si bien habría que destacar que Fiodor, por regla general, normalmente se limitaba a bosquejar el problema y a ponerlo sobre la mesa, no decantándose por ninguna solución, y haciéndolo derivar de una serie de fallas dentro del sistema sociocultural en el cual se halla inserto, sí que había simpatizado con el comunismo en su juventud, antes de renunciar a él y previamente a la redacción de su extensa obra. La corrección dolorosa del pobre, la encuentra Dostoievski en el desinterés con el que el rico hace rechinar sus rublos. La única salvación posible es la esperanza en un acto estrafalario del gran burgués y terrateniente que acude a los barrios más pudientes de San Petersburgo para buscar una bella esposa, para encontrar un florero elegante que acceda a renunciar a su honor.

"Al contestarle yo que usted había hecho por mí cosas que no se pagan con dinero, díjome que eso era absurdo; que esas cosas están bien en las novelas; que yo soy joven todavía y miro la vida a través de los libros; pero que las novelas solo sirven para inculcarles a las muchachas ideas extravagantes, y en general, según él, los libros solo conducían a corromper las costumbres, por lo que él no podía sufrirlos. "

Aunque creo haberlo comentado ya previamente, el teórico de la literatura posformalista Mijail Bajtín sentía un especial interés por la obra de Dostoievski y trabajó durante muchísimos años para reivindicarla, pues durante las primeras décadas del siglo XX la crítica tenía la impresión de que Fiodor era un mal escritor debido a las continuas contradicciones en las que incurrían sus personajes. Y es que, pensándolo bien, solo en esta novela hay lo que puede parecer una barbaridad: Varinka recrimina a Makar sus atenciones, pero le pide continuamente más y más; Makar detesta a su "amigo" escritor, que se burla de él y su incultura una y otra vez, pero al mismo tiempo lo admira y sigue asistiendo a sus veladas; Makar le recrimina a Varinka el montón de regalos que le está haciendo y que le están dejando paupérrimo, pero prosigue con ellos, a pesar de las numerosas deudas, el frío y el hambre, y las negativas de ella; ella se siente culpable por aprovecharse de la estupidez del viejo, pero continuará con su juego hasta encontrar a alguien más rico; él habla también de cariño paternal hacia la joven, pero el lector no es tonto y conoce del interés sentimental del anciano, quien ve realmente esos regalos como una inversión; etc. Numerosas fuerzas se entretejen dentro de los personajes, numerosas voces que dialogan y luchan por sobreponerse, lo cual consigue vertebrar a personajes con caracteres muy humanos.

El primer párrafo destacado puede servirnos de perfecto ejemplo. De hecho, era uno de los que empleábamos en la universidad para explicar la idea bajtiniana de "dialogismo interno", que vendría a poner un nombre a ese concepto de lucha de voces dentro de los mismos personajes. Lo curioso y lo poderoso de Dostoievski no es solo la lucha permanente de las voces de sus personajes y de su indecisión, sino el diálogo que los mismos personajes establecen con sus pares a través de la anticipación. Cuando Makar describe su cuarto, nos es imposible imaginar un espacio más incómodo, sucio y diminuto. Makar es consciente de su destinatario y, tratando de no mentir y al mismo tiempo quedar bien con su Varinka, rápidamente se anticipa a esa sensación de sordidez que la descripción del lugar, tal cual él lo ve, va a despertar e intenta, entonces, venderlo como un espacio agradable eligiendo muy bien adjetivos y expresiones completamente opuestos a los dictados por toda lógica: clara, limpia, apañadita, cómodo, espacioso, contento, plena modestia y placidez,...  Son estos detalles los que hacen que Dostoievski sea un clásico de la literatura y todo un maestro a la hora de redactar historias. Hay un gran respeto aquí por los personajes y por el tipo de discruso escogido. El escritor se introduce en la piel de sus personajes y desde ella selecciona hasta la última palabra, entendiendo en cada ella un engranaje capaz de propulsar el texto. El trampantojo del realismo está construído con total minuciosidad y el nivel al cual podríamos profundizar en la prosa de este señor parece no conocer límites.



jueves, 6 de septiembre de 2018

El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente, de Vernon Lee




Vernon Lee era el pseudónimo de la escritora e historiadora del arte británica Violet Page, conocida actualmente por sus relatos de terror. Este volumen de Valdemar hace una selección de trece de sus historias (12 narraciones más o menos breves y una novela) empleando como título una de las más famosas y representativas del particular estilo y universo de la autora. Cuenta, además, como suele ser propio de estas maravillosas ediciones de la colección Gótica, con un prólogo documentado y esclarecedor que aporta mucho más que información vacía y spoilers innecesarios del contenido de la obra. En este prólogo de los editores se presenta, entre otras muchas cosas, la mayor contribución de Page/Lee a la teoría estética, que creo que es de especial interés para comprender las decisiones que toma la autora en sus historias. Lee es la principal responsable de introducir la idea de empatía (Einfühlung) en la escuela estética inglesa. Según los editores, esto es que Lee "afirmaba que los espectadores empatizaban con las obras de arte cuando estas despiertan recuerdos y asociaciones, y que con frecuencia estas obras causan cambios de postura corporal y de respiración inconscientes". 

El amor de Lee por el arte es intenso y se vincula con lo espiritual y lo trascendental, muy en consonancia con los escritores románticos varias décadas anteriores a ella. Y está presente en buena parte de estos relatos escogidos. No por nada, ella era quizás la más reputada historiadora del arte inglesa de su tiempo y destacaba por ser una eminencia en el arte renacentista italiano. Lo que no era tampoco nada extraño si entendemos que procedía de una familia liberal adinerada que vivía en el norte de Italia. Buena amante de las Bellas Artes, Lee destaca sobre otros escritores de su época -que yo haya leído- por las cálidas y precisas écfrasis de casas embrujadas, cuadros malditos o estatuas vivientes. Es un auténtico deleite para el lector sentir esa fascinación de los personajes principales a través de la descripción de obras de arte. Lee vuelca su idea de empatía con sus personajes de una manera que se traslada con suma facilidad a quien lee. A pesar de que no vemos a la Virgen de los Siete Puñales en "La Virgen de los Siete Puñales", la devoción de Don Juan nos hace una idea de la belleza de la escultura. Aunque no vemos el cuadro de sora Lena en "La leyenda de Madame Krasinska" ni el tapiz que representa al antepasado del príncipe Alberico con la dama Serpiente en "El príncipe Alberico y la dama Serpiente" Lee consigue meternos de lleno en un historia tan alejada a través de las sensaciones y sentimientos, muchas veces irracionales, de los personajes. Y a partir de este juego nos carga de energías e interés por el arte, una fuerza que hallándose en la propia autora quiere expandirse hacia los demás. 

Funciona con construcciones arquitectónicas, con arte figurativo y también con composiciones musicales. Dos son los relatos que tienen como motor principal la obsesión de su protagonista con una determinada melodía de hace más de cien años: "La voz maldita" y "La aventura de Winthrop". El primero de ellos es una reconstrucción del segundo, aunque en lo personal prefiero la complejidad de "La aventura de Winthrop", cuyo protagonista se me hace mucho menos desagradable y por el cual verdaderamente podría llegar a preocuparme. Para ambos protagonistas, como ocurre en la mayor parte de los relatos aquí reunidos, el arte es su medio de sustento. Si bien el personaje de "La voz maldita" es un aclamado compositor que detesta a los cantantes y que va a sufrir la tortura de tener a uno metido en la cabeza por ultrajar su memoria después de morir, Winthrop es un sensible pintor que decidido a investigar los extraños acontecimientos vinculados con cierta partitura de un retrato de un convento se ve sumergido en toda una oleada de situaciones paranormales, que implica pasar una noche en una casa donde dicen que duerme el demonio. El arte, emplee el medio que emplee, es un atenuante en Lee que aproxima a las personas al mundo de lo sobrenatural, de lo místico y de lo incomprensible.

Lee recurre a una mitología compleja donde lo considerado sagradamente cristiano se entreteje con el viejo y olvidado paganismo de la Edad Antigua mediterránea. Salvo el homenaje a los clásicos en la lengua árabe medieval que hace Lee en "La Virgen de los Siete Puñales", el imaginario religioso está poderosamente indexado con la mitología grecorromana. "Dionea" es un relato sobre la voracidad de la lujuria, pero sin dejar de ser un homenaje a la diosa Afrodita, reencarnada aquí en una joven náufraga arrastrada por la marea hasta la orilla de una pequeña villa italiana. En "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente" se habla de la maldición de las Lamias y su pesar. Como curiosidad he de señalar que la  historia me ha recordado en cierta medida a la de "La Bella y la Bestia". Añadiendo el detalle de la maldición, en ambas tramas se habla de lo inexplicable del amor y de las locuras que estamos dispuestos algunos seres humanos a afrontar por él. En "San Eudemón y el naranjo" podemos incluso presenciar una metaformosis muy en la línea de Ovidio. Aunque, probablemente donde mejor se trabaja esta mezcla de mundos sea en "Marsias en Flandes". Aquí Lee profundiza con más ahínco en la problemática de la apropiación por parte del cristianismo de todo un espectro de elementos procedente de las antiguas mitologías paganas. 

Lee describe sin muchos aspavientos toda una caterva de personajes mágicos donde destacan especialmente los fantasmas, seres que fallecieron hace mucho tiempo y que esperan la llegada de un imbécil para conseguir algo de él. Se aprovechan para ello de la leyenda de su belleza ("Amour Dure", "La Virgen de los Siete Puñales" o "Oke de Okehurst"). En esta línea "Oke de Okehurst", la única de las historias que podría llegar a considerarse novela por su extensión si llegase el caso, es especialmente interesante por su óptica feminista al situar a una mujer como sujeto deseante y no como objeto deseado, lo que era extraño en la época en este tipo de historias. Con los fantasmas también hay lamias (la Dama Serpiente y su maldición es el principal ejemplo de estas), sátiros (el diminuto Marsias es presentado en "Marsias en Flandes" como responsable de numerosos destrozos), almas atrapadas en muñecas de tamaño real (como ocurre en "La muñeca"), amazonas ("El papa Jacinto") e incluso ángeles, demonios, monstruos y Lucifer en persona ("El papa Jacinto").

De entre los temas recurrentes que encontramos por aquí los más destacables y habituales en la literatura de terror y fantástica de la época están, cómo no, presentes. Tenemos las desdobleces propias de "William Wilson" y "El doctor Jeckyll y Mr. Hyde" en casi la mayor parte de los relatos. En al menos seis de estos Lee juega a desdoblar personajes y unirlos por el destino de sus nombres ("Dionea", "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente", "La leyenda de madame Krasinska", "La muñeca", "La Dama y la Muerte" y "Oke de Okehurst"). Tenemos también pactos con el demonio o con dioses no demasiado confiables ("La Virgen de los Siete Puñales", "El Papa Jacinto", "Amour Dure" y "La Dama y la Muerte").  La obsesión con objetos malditos (especialmente obras de arte) como motor vehicular de las narraciones ("Dionea", "La muñeca", "Amour Dure", "La aventura de Whintrop", "San Eudemón y el naranjo"). También hay femmes fatales de la que los personajes más idiotas se enamoran románticamente, juglarescamente ("Amour Dure" es el mejor ejemplo, pero no hay que despreciar por ello a "Dionea" ni a "La leyenda de madame Krasinska", donde se introduce muy subrépticiamente una historia que podría ser de amor lésbico entre una aristócrata y una monja muerta).

Me queda muchísimo por comentar, como que "La Virgen de los Siete Puñales" es una continuación/homenaje al mito español de Don Juan (no por nada la acción de sitúa en Granada) o la amplitud de reminiscencias bíblicas que puede tener un relato como "El papa Jacinto", pero tampoco quiero alargar esta reseña más de lo debido. Destaco "La muñeca" como mi narración favorita de la colección por su estructura y propuesta moderna y poderosa. Lo cierto es que las historias tienen tantísimo contenido que no sería ninguna tontería hacer una reseña de cada uno. Como podréis intuir por este comentario y por los anteriores arriba presentados, he disfrutado y aprendido inmensamente con esta lectura y pretendo recomendárosla con el mismo entusiasmo que su autora. No deja a nadie insatisfecho y, a pesar de sus numerosos niveles de lectura, es más que asequible para cualquiera. Lo podría llegar a considerar de lectura obligatoria para los amantes del terror y la fantasía finisecular. Tenéis una extensísima reseña de esta obra relato por relato en La mano del extranjero.



domingo, 7 de enero de 2018

El niño que dibujaba gatos, de Lafcadio Hearn







Me aventuré a leer este libro gracias a la intrincada y extravagante vida de su autor: un periodista griego de padre irlandés que tras trabajar en los Estados Unidos acaba dando clases en universidades japonesas a finales del siglo XIX. Pensé que de esas extrañísimas experiencias aparecerían textos a la altura, pero lo que me he encontrado es bastante diferente. De los 23 cuentos que integran este libro sólo 9 están escritos con seguridad por Hearn (menos de la mitad del texto total) y los otros se le atribuyen por semejanzas con el estilo. Las piezas se tratan de una curiosa mezcla de cuentos maravillosos (que podían haber sido transmitidos perfectamente a través de la tradición oral japonesa) y narrativa infantil. Aunque decir que estos textos son para niños sería un poco desconcertante porque si bien hay en ellos formas típicas de la narrativa para los más pequeños (tramas sencillas, tono desenfadado, historias con finales "normalmente" felices, objetos mágicos, amigos animales que hablan,...) también tenemos situaciones y escenas que hoy en día calificaríamos de inapropiadas sin dudarlo. La mayoría de cuentos tienen un machismo muy marcado y en ellos no es inhabitual la presencia flotante de la idea del sexo y la justificación de la violencia más sangrienta. Supongo que a finales del siglo XIX la literatura estríctamente para niños estaba naciendo y no se sabía muy bien cómo enfocarla. 

A la falta de un público objetivo que pueda disfrutar de esta obra se le suman otros problemas diversos. Uno de ellos es la sensación que deja en el lector de que las tramas siguen modelos cerrados muy simples que se repiten una y otra y otra vez hasta el hastío. Esto es propio de los cuentos maravillosos de tradición oral en el que un cuento se modifica una y otra vez generando versiones diferentes de lo mismo, que se acaban por separar para conformar nuevos cuentos. Esto es comprensible si tenemos en cuenta que el texto no estaba fijado y que se acudía a él a través de las reminiscencias que podía dejar la memoria colectiva, pero eso no quita que los editores podían haber sido más listos y omitir aquellas historias que eran prácticamente iguales para dar algo de fluidez. A veces menos es más, y para mí sobran como mínimo unos 10 cuentos. 

De entre lo que más merece la pena me gustaría destacar el cuento que da nombre a la recopilación que, si bien no encaja mucho con los demás, constituye una excelente historia de terror para adolescentes. El niño que dibujaba gatos juega muy bien con la sinestesia y con la idea del terror sobrenatural y acerca de lo inesperado. De entre los demás alguno medio qué hay, pero, por lo general, son textos carentes de todo interés, a no ser que sigas al autor o que estés estudiando sobre los cuentos maravillosos. Tenéis otra reseña en Noctámbula.





jueves, 14 de diciembre de 2017

El rey de amarillo, de Robert William Chambers





Valdemar recoge en El Rey de Amarillo nueve relatos de terror gótico/cósmico del poco conocido escritor estadounidense Robert William Chambers, que se destacó sobre todo por retomar un tema de otro autor clásico dentro de su género: la infernal ciudad de Carcosa de Ambrose Bierce. La selección de relatos que hace Valdemar incluye los siguientes:

  • El signo de amarillo
  • El reparador de reputaciones
  • Le Demoiselle d'Ys
  • La máscara
  • En la corte del dragón
  • El hacedor de nubes
  • Una agradable velada
  • El mensajero
  • La llave del dolor
Los cinco primeros provienen del mismo volumen y, salvo Le Demoiselle d'Ys, todos giran en torno al misterioso libro maldito de El Rey de Amarillo. Éste parece ser una obra de teatro dividida en dos actos, aunque ambos se centran en la subterránea Carcosa, el primer acto, totalmente inofensivo, existiría sólo para advertir a los curiosos del peligro que conlleva leer el segundo. A lo largo de estos cuatro relatos el libro se nos muestra de forma tangencial y, aunque nunca lo podremos leer ni saber qué pone en él exactamente, Chambers sí que nos proporciona un poema y algunos fragmentillos más que junto con las opiniones de los personajes nos servirán para despejar algunas dudas que nos puedan surgir, así como entender que dentro de su universo sea un libro tan temido. En El signo de amarillo el libro maldito se nos presenta al alcance de un pintor y su musa, quienes tras leerlo tienen extrañas pesadillas relacionadas con el entierro prematuro de uno de ellos llevado a cabo por el pálido y hostil sereno de la iglesia del barrio. En La máscara un escultor ha creado un líquido con el que poder convertir a cualquier ser vivo en mármol,  lo que hace que una de las bañeras de su casa se convierta en un auténtico matadero. Aquí El Rey de Amarillo aparece sólo laterlamente, pero es suficiente como para inquietar a nuestro narrador, amigo del escultor, y a persuadirlo de abandonar el país. En la corte del dragón es un relato más vinculado con este Rey de Amarillo y nos narra como uno de los numerosos lectores intenta escapar de la muerte, que literalmente lo persigue por las calles.

El reparador de reputaciones merece un trato a parte, constituyendo uno de los relatos más originales y extraños de todo el repertorio. En él la acción se sitúa en un imaginario 1920, que recrea el universo de Chambers en el que El Rey de Amarillo se habría distribuido a los cinco continentes y en el que los gobiernos habrían tenido que tomar medidas para la prohibición de su lectura, ya que habría quedado demostrado que llevaba a los estudiosos a la locura, desarrollando en ellos la violencia contra los demás y contra sí mismos. En los Estados Unidos se habrían implantado una serie de edificios en los que los lectores de El Rey de Amarillo podrían refugiarse si alguien anticipaba que podrían llegar a cometer auténticas salvajadas. En medio de todo este fregado, Hildred lee, por influencia de Wilson, el terrible libro y esto le lleva a creer que su primo es heredero de la ciudad de Carcosa y que él es el segundo en la línea de sucesión. Con todo esto saca provecho un ladino Wilson, cuyo trabajo consistiría en reparar las reputaciones de aquellos que habrían leído el libro y que por ello habrían pecado de imprudentes.

"-Quisiera que estuvieran encuadernados en oro -dije-. Pero espera, sí, hay otro libro, El Rey de Amarillo.
Lo miré, fijamente a los ojos.
-¿No lo has leído? -pregunté.
-¿Yo? ¡No, gracias a Dios! No quiero volverme loco.
Vi que lamentó lo que había dicho no bien acababa de hacerlo. Hay solo una palabra que detesto más que lunático, y esa palabra es loco. Pero me controlé y le pregunté por qué consideraba peligroso El Rey de Amarillo.
-Oh, no lo sé -dijo deprisa-. Solo recuerdo la excitación que produjo y las condenas del púlpito y la prensa. Creo que el autor se disparó un tiro después de dar a luz semejante monstruosidad, ¿no es así?
-Entiendo que todavía vive -le respondí.
-Eso es probablemente cierto -musitó-; las balas nada podrían contra un demonio de esa especie.
-Es un libro de grandes verdades -dije.
-Sí -replicó-, de "verdades" que enloquecen a los hombres y arruinan sus vidas. No me importa que el libro sea, como dicen, la misma esencia suprema del arte. Es un crimen haberlo escrito y por mi parte jamás abriré sus páginas."
(Del Reparador de reputaciones)

El elemento metaliterario está muy bien introducido y se va construyendo a medida que pasa cada relato, hasta que se forma toda una mitología en torno a Carcosa, a la blancura de su lago Hali y a las estrellas negros que lo sobrevuelan. Es realmente sorprendente como Chambers se adelante mucho a su época y nos propone un esquema de textos que se engarzan de una forma más propia de las vanguardias de entreguerras que de los últimos coletazos del siglo XIX. Es un hecho que su prosa influyó en Lovecraft, responsable también de otra mitología que gira también en torno a un libro maldito, el Necronomicón, y seguramente también en otras obras menos conocidas como El maestro del Juicio Final  de Leo Perutz que comentábamos hace algunas semanas. Chambers crea un misticismo verdaderamente ecléptico que combina con muchas imágenes aún escalofriantes, a pesar de todo lo que ha llovido desde que estos escritos salieron a la luz. Se respira en su estilo una ambigüedad que incomoda a la vez que capta poderosamente la atención del lector.

Los otros relatos quedan fuera del entramado cósmico del tándem Chambers-Bierce, pero le dejan a uno de igual manera los vellos de punta. De entre todos Una agradable velada es, quizás el que menos me ha entusiasmado, aunque he de reconocer la gran maestría y el esfuerzo desplegado en todos ellos. En La Demoiselle d'Ys un turista estadounidense en Francia tiene un extraño e inquietante viaje a un pasado medieval en el que se enamora de un dama que lleva más de mil años muerta. Escrito con una sencillez brillante, se convierte en un relato a medio camino entre la parodia medieval y el terror sobrenatural, la sátira romántica y la alegoría.  En El mensajero una historia de terror sobrenatural en base a una terrible maldición se convierte en una historia de redención en la que se habla de la importancia de comprender y compartir también los pesares de los demás seres humanos que nos rodean. El hacedor de nubes se inspira buenamente en las religiones chinas animistas anteriores al confucianismo, al budismo y al taoísmo y mezcla la dicotomía sueño/realidad con el tema del héroe como elegido en contra de su voluntad. La acción se sitúa en los fríos bosques canadienses donde un grupo de gentlemans se distraen  buscando a unos fabricantes ilegales de oro que habrían dado con la forma de crear oro puro a partir del agua. El último relato y el más breve de todos es La llave del dolor donde un condenado a muerte consigue escapar en su ejecutación, refugiándose en una isla poblada por tribus indígenas, dentro de las cuales consigue rehabilitarse y empezar una nueva vida, pero los crímenes no siempre quedan impunes y tarde o temprano Kent tendrá que responder por la gravedad de sus actos.

En definitiva, un conjunto de relatos adelantados a su época en los que se despliega una prosa cuidada y se gestiona la intriga y los elementos espeluznantes con gran brío, impidiendo que uno despegue la vista de las páginas del libro. Ideal para estas noches frías y oscuras, donde cada resalto fuera de la monotonía del silencio pondrá al lector en guardia. Altamente recomendable. Posiblemente una de las mejores lecturas de mi año. Tenéis más reseñas en Crónicas Literarias (donde ponen en relación los relatos de Chambers con la popular serie de televisión True Detective) y en Libros de Cíbola (aunque reseñan otra traducción en la que se incluyen sólo los cuatro textos vinculados al Rey de Amarillo).

PD. Recientemente he encontrado otra reseña en el blog abandonado Heroínas díscolas, donde a su vez se da una lista de páginas que también han reseñado este título.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.