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viernes, 26 de febrero de 2021

El amigo americano, de Patricia Highsmith

 


Continúa nuestra particular aventura en esta esquina con el mítico criminal monsieur Ripley. En este caso, Tom tendrá que hacer frente a la mafia italiana en una novela donde parte de la intriga se verá sustituida por un mayor predominio de la acción.

La historia en esta tercera entrega retoma a los personajes seis meses después de los sucesos acontecidos en La máscara de Ripley, por lo que la vida de su protagonista no ha cambiado tanto como de la primera a la segunda de las novelas. Eso sí, la muerte de Bernad Tuffts ha llevado a Tom a un callejón sin salida. Incapaz de mantener su estilo de vida, excesivamente costoso, decide ayudar a un viejo amigo, introducido también en la novela anterior: el astuto Reeves. Este es uno de los reyes del bajo mundo de Hamburgo y planea eliminar a la competencia italiana, pero para ello necesita a un hombre capaz de cometer un par de asesinatos con los que pueda engañar a las familias más poderosas de la ciudad para que se enfrenten abiertamente entre sí. Ripley tiene un nombre: Jonathan Trevanny. Él es un padre de familia enfermo de leucemia que podría entrar en un estado terminal en cualquier momento. Jonathan accederá a cumplir la misión que se le propone con la promesa de recibir cierto dinero que podría ayudar a su esposa e hijo después de un funeral que considera inminente.

Pero hay una pega, Jonathan no ha empuñado nunca un arma y no es una persona violenta. ¿De qué forma lo transformará Ripley en el matón que Reeves y él necesitan? La respuesta se halla en el miedo. No es que Tom o Reeves vayan a amenazarlo; su situación es lo suficientemente crítica como para que esto no sea necesario. A través de un rumor esparcido por el propio Ripley, Jonathan comenzará a pensar que le queda menos tiempo de vida del que quizás le queda y que matar a sangre fría a dos monstruos de la sociedad, como pueden ser esos mafiosos, a cambio de una mejor infancia y juventud para su hijo no suena tan mal. Esta es una novela sobre la capacidad que tiene un rumor de cambiar la estructura mental y el comportamiento de las personas.

Que buena parte de la misma (especialmente la primera mitad) se centre en Jonathan le otorga mucha frescura a la novela y vuelve a traerle al lector esa duda tan característica de El talento de Mr. Ripley. De nuevo, el lector se pregunta qué estará maquinando el americano, ese falso amigo que de alguna forma ha contribuido a la perdición de John. El enfermo comienza a actuar de manera extraña y su esposa sospecha de Tom, de sus intenciones hacia su marido. Sabe que Jonathan está en alguna especie de negocio sucio, pero no sabe el qué. Las relaciones entre ella, su esposo y Ripley serán el núcleo central de la novela, que se desarrollará a través de diálogos que nos recordarán a los del trío protagonista en El talento. El amigo americano mantiene la tensión hasta momentos previos al final de la obra y el lector espera verdaderamente que Ripley sea capturado de una vez por todas. Aún así, hay escenas que podrían haber sido más épicas de lo que realmente fueron.

Dicho esto, os espero el mes que viene con la cuarta entrega de la saga. Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Patricia Highsmith: El talento de Mr. Ripley, La máscara de Ripley, La celda de cristal



martes, 26 de enero de 2021

La máscara de Ripley, de Patricia Highsmith

 


Como ya comenté el 19 de diciembre, con carácter mensual, voy a estar reseñando las novelas protagonizadas por Tom Ripley hasta concluir la saga, aprovechando la edición recopilatoria que ha sacado Anagrama. Esta es, pues, nuestra segunda cita con el mítico criminal de Patricia Highsmith. Se trata, además, como en la primera novela, de una relectura, por lo que los puntos cruciales de la trama ya me sonaban, al menos. No obstante, ha sido un placer volver a leer La máscara de Ripley, puesto que había olvidado buena parte de los detalles del argumento.

Tenemos, como digo, una trama un tanto enrevesada, pero voy a tratar de resumirla brevemente. Han pasado cinco años desde que Tom Ripley burlara a la justicia en Grecia y se convirtiera en el heredero de las propiedades de Dickie Greanleaf. Durante ese tiempo, Tom ha prosperado. Se ha mudado a una mansión llena de lujos de una pequeña localidad cerca de París y se ha casado con la heredera de una importante farmacéutica a nivel mundial. No tiene necesidad de trabajar y vive rodeado de todo lujo, dedicándose a sus placeres: aprender idiomas, viajar, el arte, etc. Sin embargo, eso no le sirve a Tom. Aspira a más y sabe cómo conseguirlo: mediante toda clase de negocios fraudulentos. La romántica muerte en el mar Egeo de Derwatt, un pintor casi desconocido, pero joven promesa, motiva a un grupo de amigos a difundir su obra hasta el punto de que se han quedado sin nada que ofrecer justo cuando los precios de los cuadros comenzaban a dispararse. Por azares del destino, Tom conoce al grupo y se decide a ayudarle. ¿Es que uno de ellos, también pintor, no es capaz de imitar su estilo? Dicho y hecho. Comienza en Londres todo un negocio de falsificaciones que demostrará su fragilidad cuando un rico estadounidense aficionado a la pintura, Thomas Murchison, se cuestione la veracidad de ciertas obras recientes. Mr. Ripley, que recibe un 10% de las ventas millonarias de los falsos Derwatts, tendrá que volar a Londres rápidamente y volver a ponerse en la piel de un muerto. Disfrazado del pintor suicida, Tom tratará de convencer a Murchison, pero no le resultará nada fácil.

A partir de aquí se sucede la clásica trama esperable en una novela de Highsmith. Hay uno o dos asesinatos. Ripley tiene que apañárselas como puede para ocultar los cadáveres y convencer a la policía de que él no tiene nada que ver con ningún negocio turbulento y de que la galería, que vende cuadros falsos, es la más honesta del mundo, al tiempo que trata de llevar una vida normal, recibiendo invitados a su casa y asistiendo a fiestas solo para dar la imagen de ciudadano ejemplar. Lo interesante, como siempre, es la distribución de la acción, la agudeza de los diálogos que juega con lo que sabe cada personaje y los giros argumentales bien dispuestos.

La máscara de Ripley retoma algunos temas fundamentales de El talento de Mr. Ripley, como el doble o la fascinación por el arte europeo, pero abandona otros, como la reflexión en torno a la identidad (sexual y existencial) del protagonista. Tiene un comienzo menos abrupto que su predecesora, lo que tampoco era muy complejo, pues se presupone que el lector ya ha pasado por una novela previamente a esta. Sin embargo, el desenlace no es tan satisfactorio como en El talento y eso le juega en contra. A pesar de que la historia no está centrada en el caso Dickie y que, salvo Tom, no aparecen personajes de la anterior novela, considero que ciertos detalles, muy relevantes para la historia y que explican el comportamiento del propio protagonista, no se aprecian bien si no has leído previamente El talento. El camino tangencial que toma Highsmith para redactar La máscara es lógico si se tiene en cuenta el carácter sentencioso del final de El talento. Highsmith le da tantas vueltas a una trama y explora tantas posibilidades que esta se acaba desgastando de una novela para otra. De ahí, la incursión de situaciones completamente nuevas con personajes distintos, como el propio Bernard Tuffts, un incomprendido que le recuerda a Tom a sí mismo. Dicho esto, estoy deseando poder disfrutar de la siguiente, que será El amigo americano.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Patricia Highsmith: El talento de Mr. Ripley, La celda de cristal




viernes, 9 de octubre de 2020

Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin

 


Hace 160 años, un grupo de rebeldes, seguidores de la teórica anarquista Odo, huyó del planeta Urras para asentarse en su satélite, la desértica luna de Anarres. Desde entonces, el contacto entre urrasti y anarresti ha sido el mínimo. Los exiliados han creado en Anarres un sistema anarquista donde no hay gobierno y todo se organiza a partir de sindicatos que se atienen férreamente a los acuerdos con los que se cerró la colonización del satélite. Estos declaran como criminales a los urrasti y su avaricioso sistema capitalista, creador de injusticias sociales y dificultan cualquier acercamiento a ellos. Aunque tras 160 años de la expansión y colonización de Anarres por los odonianos, estos acuerdos han sido puestos en duda, aún persiste un miedo generalizado que ve a los arquistas (ya sean estos los capitalistas del país de A-Io o los comunistas del país de Thu) de Urras como invasores potenciales de Anarres, si bien es cierto que se permite un cierto tráfico de minerales e ideas.

En este contexto de falta de comunicación se sitúa el protagonista de la novela, Shevek, posiblemente el físico más importante de toda la historia de Anarres y el primer anarresti en viajar a Urras por invitación expresa de uno de sus gobiernos. Shevek es considerado uno de los mayores teóricos del tiempo y se espera que en A-Io pueda desarrollar la teoría que permite viajar por el espacio a una velocidad mayor que la de la luz, siendo esta el límite en la novela para todas las civilizaciones del universo conocido. Shevek es un anarquista convencido y un humanista que piensa que su labor puede ser crucial para el acercamiento de los diversos pueblos del universo, pero no todos piensan así. Los anarresti en su mayoría lo consideran un traidor porque ven con recelo la posible venta de esta información a la nación más capitalista de toda Urras. Por su parte, en A-Io, los iotas tratan de ocultarle la realidad de las clases más bajas para dar una imagen trucada de la bonanza de su sistema capitalista llevado al extremo, al tiempo que vigilan cada paso que da y lo avientan a escribir su obra con el fin de apropiarse en exclusivo de ella. Shevek, que siempre había querido visitar la luna y conocer a los grandes físicos e universidades de su sistema solar, se ve decepcionado y trata de huir a toda costa, buscando amparo en las clases más pudientes: los desposeídos.

Y aquí viene el concepto que le da título a la obra y que no es más que una reflexión marxista. Decía Marx que el mundo capitalista divide a las personas en dos tipos: los burgueses, que poseen los medios de producción, y el resto, que solo tienen su fuerza de trabajo. Poseer los bienes genera una ventaja capital, pues sin tener que explotarlos personalmente, puede uno designar a quienes no los tienen como mano de obra, asignándoles un salario, que puede ser más o menos abusivo, pero que debe cumplir con las necesidades básicas, con el fin de que no se pierda esa mano de obra. En este sentido, el capitalismo de A-Io recuerda profundamente a la esclavitud, pues las vidas de los desposeídos, de los que no tienen bienes, o si los tienen son a pequeña escala, están marcadas desde que nacen hasta que mueren. En un mundo así, tan cercano al nuestro, es imposible que no se den alzamientos y manifestaciones por doquier.

Inspirados por el éxito de Anarres, un lugar que en absoluto es perfecto, aunque se mitifique desde Urras, los desposeídos comienzan una cadena de rebeliones que son sofocadas con fuerza por los ejércitos. Los desposeídos no tienen las de ganar, nunca las han tenido. Por no tener, no tienen ni pan que echarse a la boca. Y esto se deja muy en claro cuando en el primer capítulo Shevek embarca sin ningún tipo de equipaje. Los desposeídos deben aceptar que no poseen si quieren un sistema como el de Anarres, un planeta donde nadie posee aparentemente nada.

No obstante, no todo es mágico en la luna. El sistema anarresti es profundamente criticado por Le Guin. No por carecer de gobierno es menos hipócrita que los de los urrasti, pues la hipocresía y el egoísmo son actitudes humanas. De la misma forma, también lo son la ignorancia y el miedo. En Anarres hay violencia y, a pesar de la aparente horizontalidad teórica que debería tener una sociedad con estas características, en la práctica vemos a personajes más importantes que otros. Por poner un ejemplo, tenemos a Sabul, un físico sin talento ni ingenio que se dedica a robarle las ideas a nuestro protagonista para vanagloriarse, advirtiéndole de que la única forma que tiene de publicar algo en todo el planeta pasa por "colaborar" con él, ya que es quien aprueba o desaprueba todo lo que se edita en lo relativo a la física.

La libertad que supuestamente tienen los seres humanos está dinamitada por la opinión social y la interpretación que cada uno hace de los escritos de Odo. En lo social, otro de los ejemplos claros es el ataque que sufre Shevek y su novia por ser una pareja, ya que en Anarres nadie debe poseer a nadie. Esto explica el vacío que deja la madre en el protagonista al abandonarlo, lo que se da a entender como algo natural de esta sociedad, pero que genera una gran tristeza en el personaje.

Le Guin pone seriamente en duda un modelo anarquista a gran escala. El anarquismo de Anarres es una corrupción de la idea de anarquismo de Odo, de la misma forma que el comunismo en la Unión Soviética fue una corrupción de la bienintencionada (y quizás errada) idea marxista de lo que él consideraba el comunismo. Con esto se nos transmite la idea de que los grandes sistemas de estructuración social tienen sus fallas, que derivan de la naturaleza humana misma. En Anarres el mayor insulto es llamarle a otro egoísta, pero todos los personajes lo son en parte. Y es que no hay un ser humano que nunca haya pecado de egoísmo o vanidad.

Lo que esconde Los desposeídos es una suerte de tratado político-social y de crítica a la naturaleza humana. Sin embargo, todo viene edulcorado con una historia trepidante de contacto de diversas culturas. Hay muchos temas que me dejo en el tintero como el descubrimiento del Otro (el libro se presta verdaderamente para el estudio imagológico) o el feminismo (Le Guin nos deja claro que porque una sociedad sea más equitativa y provechosa para la mujer, esta no estará exenta de problemas estructurales). Sin embargo, creo que conviene ir echando el cierre a la reseña por aquí. Los desposeídos es una novela apasionante, que ganó el premio Hugo en 1975, siendo la segunda obra de Ursula K. Le Guin en obtenerlo. Se presta a numerosas lecturas y merece muchísimo la pena. Si bien peca en ciertos puntos de estatismo, recompensa en otros tantos al lector con diálogos muy bien labrados y con mucha introspección. Hay momentos épicos, como el discurso de Shevek en la Plaza del Capitolio, que son para enmarcar. Los desposeídos es la quinta novela del llamado Ciclo de Hainish o Ekumen, por lo que intuyo que guarda ciertas relaciones con las que le precedieron y le sucedieron, así como con los numerosos cuentos situados en este universo. Pero, insisto, puede leerse y disfrutarse de manera independiente a las demás. Para mí no ha supuesto ningún problema, sino, todo lo contrario, un goce.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


viernes, 2 de octubre de 2020

El mundo interior, de Robert Silverberg

 


Si no hubiera estudiado literatura, posiblemente habría probado suerte en el mundo del urbanismo. La planificación de ciudades, su disposición y cómo estas se van reajustando a medida que van surgiendo nuevas necesidades para el hombre a lo largo de la historia son temas que me apasionan. Por ello, cuando leí la entusiasta reseña que hizo Cities en Das Bücherregal sobre esta novela, decidí buscarla y leerla como fuera. El mundo interior se trata de una aparente utopía futurista en la que las ciudades han evolucionado y el crecimiento poblacional se ha adaptado a las dimensiones de la Tierra de forma que nuestro planeta pueda cobijar a más de doscientos mil millones de almas. Os preguntaréis que cómo ha sido posible este logro teórico. Pues la solución reside en crecer hacia arriba en lugar de hacerlo hacia los lados. Esta es una propuesta que se está barajado en la actualidad en algunas regiones. En este artículo que os dejo del MIT, por ejemplo, se asegura que, con la población que tenemos, las ciudades verticales están a la vuelta de la esquina. Si bien es cierto que ya hay una cierta tradición de ciudades que prefieren escalar hacia lo alto en lugar de expandirse horizontalmente. Un buen ejemplo de ello es la actual Hong Kong, que recupera y moderniza las propuestas de Ludwig Hilberseimer. Aunque actualmente, el proyecto de mayor envergadura en temas verticales es la famosísima Torre Biónica, que se planeaba construir en Shangai: un mamotetro de más de un kilómetro de alto con un total de trescientos pisos donde habría de todo: viviendas, oficinas, policía, bomberos, parques, escuelas, iglesias, etc. Sobre si se construirá o no, es todavía pronto para saberlo y después de la crisis mundial del Covid, lo veo más improbable que nunca. Sobre todo, si se tiene en cuenta que el proyecto llevado a cabo por arquitectos españoles requiere de casi 15 millones de dólares para financiarse. Vamos, lo que viene siendo una burrada.

La Torre Biónica, de construirse, tendría capacidad para albergar tras su estructura de hormigón y cristal a unas 100.000 personas. Nada que ver con las Mónadas Urbanas de El mundo interior, que con más del triple de pisos cobija a más de 800.000 personas cada una de ellas. Es en una Mónada Urbana (a partir de ahora abreviada MonUrb), más concretamente la 157, donde se desarrolla prácticamente la totalidad de la acción de El mundo interior. Las MonUrb son tan grandes que no contienen dentro de sí una ciudad, sino un conjunto de ciudades, que de forma metafórica llevan el nombre de ciertas capitales horizontales que el ser humano en el siglo XXIV habría atrás: Rekiavik, Praga, San Francisco, Chicago, Toledo,... Vivir en una ciudad u otra dentro de la MonUrb depende de dos factores ligados: la categoría social y el empleo que se desempeña. Estamos ante un sistema jerárquico en su máxima expresión donde los de arriba tienen el poder de someter a los de abajo y tomar decisiones cruciales por ellos. Esto no es especialmente traumático si se tiene en cuenta las peculiares costumbres de la sociedad monurbanística. Si bien es cierto que hay un capitalismo feroz, que no solo reside en la adquisición de dinero, sino más bien en el enchufismo y en conseguir a un/a buen/a esposa/marido, las MonUrb tienen formas legales para eliminar el estrés acumulado del día. Cada noche, el marido tiene libertad para abandonar a su esposa y realizar lo que llaman una "ronda nocturna". Esta consiste en deambular arriba o abajo por la MonUrb en busca de una mujer casada con la que acostarse, muchas veces en presencia del marido de la mujer y delante de sus hijos. La mujer no puede negarse, pues le han educado para ello. Este desenfreno sexual que lleva a miles de hombres a transitar por la ciudad para desfogarse se mezcla con la plena libertad para consumir todo tipo de drogas, algunas de las cuales son especialmente interesantes por sus efectos, los cuales son descritos con precisión por Silverberg hasta el punto de que el lector siente cómo su trasero despega del sillón o de la cama en un viaje lisérgico, pero hasta cierto punto desesperanzador.

Las MonUrb se venden como espacios de perfección, pero los personajes que las pueblan no destacan por ser especialmente felices. Para empezar los adolescentes son forzados a casarse y a tener hijos antes de los catorce años. Con el nuevo modelo vertical, el problema de la superpoblación quedará en manos de los monurbanitas de los siglos posteriores. Por ello y en función a una creencia religiosa y social, según la cual los hijos proporcionan estatus, las mujeres están continuamente embarazadas. ¿Y qué pasa con las mujeres que no quieren tener hijos? Pues le ocurre lo mismo que los que tratan de escapar de las garras de la MonUrb para ver mundo más allá de un edificio. Pocos son los personajes que salen y los que quieren salir o desafían el sistema de cualquier manera van a parar a las incineradoras del sótano para proporcionar energía a los demás. Eso siempre y cuando el cerebro de los personajes no es lavado por los consultores, unos seres medio esotéricos que torturan, retienen y proporcionan drogas hasta cumplir el objetivo de alienar al desviado. En esta novela Silverberg nos habla de cómo son verdaderamente felices los que comulgan con el sistema social, sea cual sea este, por muy absurdas que resulten sus restricciones y leyes, mientras que los insurgentes, los que piensan distinto, son castigados de las más diversas maneras.

Pero aún no queda aquí la cosa, los que verdaderamente están lastimados y explotados no residen precisamente en las MonUrb, sino más allá de estas. Hablo de los campesinos que viven en comunas y que suministran a las MonUrb todo tipo de alimentos. En realidad hay una simbiosis, pero el contacto entre ambos estilos de vida es mínimo. Los campesinos no quieren acercarse a los monurbanitas ni los monurbanistas quieren acercarse a los campesinos. Pero estos últimos son deudores de los problemas de los primeros. Los campesinos reciben maquinaria fabricada en las MonUrb para procesar los alimentos y segarlos, pero a su vez, debido al crecimiento desproporcionado y sin ningún tipo de control de las MonUrb, están destinados a tener pocos hijos y a tener que sacrificar a alguno de vez en cuando. Mientras que en las MonUrb hay de todo y todos se tratan como familia, las comunas viven en la simpleza y reina la desconfianza. Mientras que en las MonUrb se pasan todo el tiempo bendiciendo a Dios, en las comunas lo habitual es temerlo. Vamos, como la noche y el día. Sin embargo, es lógico (y se agradece que se incluya en esta novela) que un espacio así exista. La bonanza de unos y la falta de concienciación social conlleva el sufrimiento de otros en el mundo y esto es así, vivamos en ciudades verticales, horizontal o flotantes. En la Tierra, en Venus o en Marte.

Y voy a ir deteniéndome ya, antes de que la reseña sea demasiado extensa como para que alguien se detenga a leerla. Para empezar el mes de la ciencia ficción, he de decir que esta primera novela no ha estado nada mal, pues ha conjugado en uno todo lo que me gusta, combinado con mucha originalidad, buenos personajes (de los que no he hablado, pero que, creedme, merecen la pena) y una ambientación de mucho nivel. Ahora solo espero que las lecturas que siguen den la talla.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


domingo, 10 de mayo de 2020

La anciana señora Webster, de Caroline Blackwood




A pesar de lo que pueda parecer por la portada, no estamos ante una novela de terror gótico, aunque sí que es cierto que parte de la atmósfera de La anciana señora Webster tiene algunas pinceladas innegables de lo lóbrego. La anciana señora sobre la que orbita toda la trama y su envejecida criada pueden resultar inquietantes, así como la actitud de su hija, que se nos irá revelando a lo largo de la trama. A pesar de estas pinceladas, la obra podría clasificarse como un drama generacional de corta duración (apenas 160 páginas), con una poderosa influencia del thriller más clásico. Este género no suele ser santo de mi devoción, pero dentro de la obra está muy bien llevado, ya que no se produce un abuso de giros de ciento ochenta grados. De hecho, el descubrimiento de los hechos se hace con pausa y sutileza.

Pero vayamos por partes. Webster es la ancianísima bisabuela de nuestra protagonista. De ella sabemos que desde poco después de la muerte de su marido reside en la localidad costera de Hove, al oeste de Brighton, en Inglaterra. Su relación con los vecinos es nula. Si existió alguna vez una amistad de juventud, a día de hoy está extinta. Nadie la visita ni ella visita a nadie. Sin embargo, la protagonista se ve obligada a vivir con ella durante un breve período de tiempo. El suficiente como para obsesionarse con la resignada forma de vivir de esta mujer, que parece motu proprio decidida a descansar eternamente en su silla. Solo una vez al día, sale de la casa en limusina y se da una vuelta por el paseo marítimo, para ver cómo es la vida afuera de las cuatro paredes en las que se ha enclaustrado. Estos paseos con su bisabuela son incómodamente silenciosos para la protagonista. Piensa en su pariente como una mujer triste que vive esperando a la muerte. 

Con el tiempo, la protagonista crece y se larga de Hove. Promete escribirle a Webster, aunque nunca lo hace. Sin embargo, no se olvida de ella. Descubre la extraña conexión entre esta mujer y su padre caído en combate. Por lo visto, el hombre tenía por costumbre visitar Hove cada vez que estaba de permiso. Esta curiosa relación inquieta a la protagonista y la lleva a citarse con personajes del pasado de su padre que puedan de alguna forma explicársela. Esto la lleva a conocer mejor a dos mujeres: su abuela Dunmartin (la loca de la familia que intentó matar a su hermano en pleno bautismo) y su tía Lavinia (una seductora femme fatale, que busca el momento preciso para suicidarse).

La anciana señora Webster es una novela que habla de los conflictos generacionales, así como de la crianza, la identidad, la locura y la vida. Es una novela con un doble discurso, que opone el amor a la convención social (el abuelo Dunmartin se niega a internar a su esposa porque la ama, mientras que Webster no tiene el menor reparo en firmar los papales precisos), y que narra la caída en desgracia de la clase alta en la Gran Bretaña a lo largo del siglo XX, lo cual puede apreciarse en la evolución económica de los personajes y que viene preconizado por la situación destartalada de la hacienda de Ulster de los Dunmartin. Esto último guarda relación con la vida personal de la autora que tenía su origen en la aristocracia norirlandesa. 

Sin que sea una novela maravillosa, como se ha pintado algunas veces, tiene un gran empaque. Si a ello sumamos su brevedad (ya sabéis que no soy muy fan de los libros excesivamente extensos), se hace un libro más que disfrutable. Si tengo ocasión, volveré a repetir con Blackwood.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.



viernes, 10 de abril de 2020

El disputado voto del señor Cayo, de Miguel Delibes




Tras la muerte de Franco arrancó el período de transición democrática en España, lo que hizo que se crearan múltiples partidos y que los que ya existían se movilizaran para llegar a todo el mundo. Con este pretexto, los líderes provinciales de un partido aparentemente progresista, que muy bien podría identificarse con el PSOE de la época, envía a tres representantes, uno de ellos aspirante a diputado, a las localidades más remotas de la región. Ahí se encontrarán con pueblos deshabitados y con un misterioso personaje: el sabio señor Cayo que no ha abandonado jamás la comarca a sus más de ochenta años. Este encuentro producirá un cambio en los visitantes, especialmente en el diputado, quien dudará del poder de la política y se replanteará por quién lucha, qué hay de real en su mundo y qué valor tiene la cultura en él. 

A lo largo de la obra se enfrentan dos discursos claramente diferenciados: el del joven de ciudad liberal y el del anciano señor Cayo y los difuntos que recuerda. Mientras que los jóvenes piensan en el poder y en cambiar el mundo que les rodea, el anciano es feliz sintiendo cómo pasan los días y trabaja en su huerta. Los jóvenes viven en la complicación, en las prisas, en el sueño del mañana. Fantasean con un futuro mejor, dirigido lógicamente por ellos y para ellos. Mientras tanto el anciano vive el hoy y no se preocupa por su muerte ni la de nadie. Está contento con la visita, a pesar de las impertinencias de uno de aquellos tres personajes.

Al diputado le acompañan Laly y Rafa, en los cuales merece la pena detenernos. Laly es una joven excesivamente preparada, se presenta a unas oposiciones de derecho y quiere aparecer en las listas del partido. A pesar de su discurso feminista sobre la paridad de géneros, es relegada por los hombres de su partido a traer el café y a cargar con las borracheras y los trapos sucios de los demás. Asume el papel de una cuidadora y es censurada en continuas ocasiones por el mero hecho de ser mujer. Está casada con un personaje que aparece brevemente al inicio, pero esto no es escusa para que todos coqueteen con ella y hagan comentarios burlescos sobre su trasero. Junto a ella, la otra figura femenina de la novela es la mujer de Cayo, que no solo no tiene nombre, sino que, además, es muda. Los visitantes no pasan tiempo con ella y su único papel es cocinar. De aquí podemos sacar que aunque el modelo de vida de Cayo pueda antojarse idílico, no representa más que la continuación de otros tantos estándares tradicionales en lo que a roles de género representa.

Por su parte, Rafa podría ser el arquetipo de militante del PSOE en estos años. Habla de la libertad, pero es consciente de sus límites. Busca el progreso, pero quizás como moda. Piensa en la amplitud de derechos, pero no se detiene en los de la mujer y opina que no conviene detenerse en aquellos a los que no es capaz de dirigir su mensaje. Es un tipo que juega mucho con el sarcasmo y que si puede dirigir a alguien un ataque verbal, lo hará sin miramientos. A pesar de ello, no deja de ser un tanto cobarde.

El conflicto entre Rafa y Cayo es evidente. Rafa es incapaz de entender una palabra de lo que dice el viejo porque no ha pisado en su vida el campo. Está acostumbrado a su cultura de Pink Floyd y cine polaco y se niega a entender que una forma de vida rural, donde se presta especial atención al medio que lo rodea, es también cultura. Esto lo entiende rápidamente Víctor, el aspirante a diputado, cuando se sorprende de que Cayo domine, no solo el nombre de los árboles y las flores que lo rodean, sino de que sepa también sus propiedades y aplicaciones para el beneficio humano. Lo cierto es que la conexión entre Víctor y Cayo es muy fuerte y el viejo lo comprende al instante y se siente motivado por convertirse en maestro por una vez en la vida. Víctor está asombrado, no solo por los conocimientos de Cayo, sino por su habilidad física y, especialmente, por su actitud ante la vida.

A Cayo le trae sin cuidado que Franco haya muerto. Durante la dictadura su vida ha sido exactamente igual que antes de esta, salvo por la clara excepción de que todos sus amigos ya están enterrados en el pueblo. La vejez o las apuestas han podido con ellos, la dureza del campo y de los cambios de estaciones, y, sobre todo, el abandono del lugar por parte de las generaciones jóvenes ha contribuido a que Cayo se encuentre solo y sin nadie con quien hablar. Delibes quiere mandarnos un mensaje con esta novela: el campo se muere. Las formas de vida tradicionales no son tan idílicas como se ha querido representar desde diversas corrientes regionalistas y costumbristas, pero no por ello deja de ser triste este hecho. Una forma de vida que surgió con el Neolítico llega a su fin con el auge del progreso. Mientras que en las ciudades se celebra la fiesta de la democracia, en las aldeas más apartadas los ancianos aislados solo desean que su hora no les llegue pronto. 

Esta novela me ha parecido toda una delicia. Además de un contundente mensaje, un desarrollo de personajes impecable y un mensaje poderoso, viene condensada en muy pocas páginas. Se nota que es una novela tardía del autor, pues maneja a la perfección el repertorio lingüístico y la visión cultural de cada personaje y trata de representar este lenguaje como ocurriría en la realidad misma. De esta forma, se aleja del lenguaje empleado en su primera novela, por ejemplo, (La sombra del ciprés es alargada) donde se recurría continuamente a un amaneramiento que no terminaba de convencerme a mí ni al propio Delibes años después. Lo dicho, este es el año del vallesoletano y esta es solo una de las muchas novelas que tengo pendiente de él. 

Dicho esto. Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Miguel Delibes en esta esquina: Cinco horas con Mario, El camino, Las ratas


jueves, 26 de marzo de 2020

Los oscuros años luz, de Brian W. Aldiss




En un futuro no muy lejano, el ser humano ha desarrollado el viaje transponencial, que le permite navegar por el espacio a una velocidad muy superior a la de la luz. Gracias a esta tecnología, la tripulación de un cohete del Exozoo de Londres, que se dedicaba a capturar animales extraterrestres para exhibirlos, hace contacto con una raza que parece tener una inteligencia propia: los utods. No obstante, estos seres, a pesar de tener un cerebro superior a los de nuestra especie, presentan una serie de costumbres que resultan para cualquiera repulsivas, entre ellas se encuentra un rito de baño en sus propias heces. Los utods se comunican a través de ocho orificios, incluyendo su ano, situado en una segunda cabeza, y dominan un registro de fonemas que supera lo que el oído humano puede identificar. Además, desconocen lo que es el miedo y el dolor: los dos pilares que han llevado al ser humano al lugar que ocupa en su propio hábitat. Ante la falta de comunicación y la necesidad de encontrar un espacio para llevar a cabo las guerras humanas, el triple sistema solar de los utods se ve amenazado.

Estamos ante una novela de ciencia ficción estelar antiantropocentrista, cuyo objetivo es reflexionar sobre la existencia de seres racionales muy distintos a nosotros al tiempo que se critica la fuerte intolerancia del ser humano y su egocentrismo. Tendemos a ver todo bajo patrones humanos y queremos que los demás se adecuen a nosotros. Cuando la comunicación era un problema entre los indígenas americanos y los colonos europeos, estos últimos no tuvieron reparos en pasarlos por el garrote, en muchas ocasiones por mero deporte. Los viajeros del Gansas saben que los utods (u hombres-rinocerontes, como los llaman ellos) son, al menos, tan inteligentes como los hombres y esto provoca repulsión entre sus filas. La esperanza de obtener una buena comunicación se pierde porque no hay parecidos entre una especie y otra. Diría que hasta se rechaza, se pretende mirar a otro lado y justificar bajo la mentira del no raciocinio la inferioridad de los utods para así poder manejarlos y asesinarlos a voluntad, muy en sintonía con los indígenas y los negros que eran enviados a América. 

De esta forma, lo que parece una historia interestelar se convierte en un relato sobre el hombre mismo y sus errores históricos, sus vergüenzas. El resto de la descripción que se hace de la evolución no es tampoco halagadora. La Tierra se encuentra superpoblada y contaminada por todo tipo de gases que hace que sea obligatorio llevar puesta una máscara para ir a cualquier parte. Los alimentos son en su mayoría sintéticos, pues no hay espacio para cultivar o criar ganado y los océanos están tan contaminados que pocas son las patrullas de pesca. Tras una Tercera Guerra Mundial, prosiguen los conflictos políticos que ahora se resuelven en un distante  planeta llamado Charon: un lugar congelado de cabo a rabo donde los gobiernos se turnan para librar enfrentamientos bélicos que les sirven entre otras cosas para controlar su población. En definitiva, el ser humano se encuentra solo y solo se siente sin nada más que destruir.

Los personajes de la novela se mueven en base a intereses propios y no tienen un fuerte impacto en la obra. De hecho, su desarrollo es muy pequeño. Esto se debe a que la novela no pretende desviar la atención del conflicto real: el de los humanos y los utods. Unos son movidos por la curiosidad y otros por el miedo. Unos se aceptan tal y como son y otros viven infelices. Unos tienen sed de sangre y los otros solo quieren cumplir con su ciclo vital. 

He disfrutado mucho esta novela breve de Aldiss. Ya estaba avisado por el comentario que Cities había hecho a la misma en Das Bücherregal, pero no esperaba que me iba a gustar tanto. Por otro lado, no he podido localizar más reseñas de esta obra, así que este espacio queda una vez más vacío.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Nuestra señora de las tinieblas, de Fritz Leiber



Franz Westen es un escritor profesional que ocupa buena parte de su tiempo novelizando por encargo un programa de televisión de terror sobrenatural llamado Profundidades extrañas. Franz es un personaje peculiar. Ha sufrido diversas crisis tras la muerte de su esposa que lo llevaron a beber desmesuradamente y a vagar de un rincón a otro de San Francisco y, aunque ya parece rehabilitado, el dolor del recuerdo lo sigue llevando a tomar decisiones un tanto impulsivas. Vive un edificio del centro de la ciudad con dos de sus mejores amigos (un médico drogadicto y un oficinista de color) y su amante (una joven y enigmática música). Con ellos comparte los detalles de su investigación, la cual ocupa la mayor parte de su día a día y que se centra en el estudio de dos misteriosos libros que compró no sabe bien dónde en una de sus borracheras. En estos dos textos ficticios, así como en la atmósfera del San Francisco de los años 1970s, se centra la historia de esta novela de terror psicológico con tintes pulp

El primero de los volúmenes es un ensayo firmado por un tal Tiberio de Castries. Aborda la problemática de la masificación de las ciudades estadounidenses en el primer tercio del siglo XX y establece curiosas teorías sobre la maldad inherente a las mismas. Las naturalezas muertas de las ciudades, es decir, la acumulación de cadáveres, hormigón y estructuras frías, traerían consigo, según de Castries, la materialización de unas poderosas entidades parapsicológicas, capaz de atormentar a aquellos que se atrevan a coquetear con ellas y a descubrir su existencia. Las entidades parapsicológicas serían los productos fantasmales físicos de la contaminación atmosférica, el odio y la manipulación hasta sus últimas consecuencias de la naturaleza por parte del hombre proporcionándole estados anímicos depresivos y autohirientes. Esta teoría de De Castries, conocida como la Megapolisomancia (así se titula también su escrito), le habría servido a su autor para conformar durante los años 1920s toda una sociedad secreta de ocultismo y oscurantismo en la cual habrían estado inmersas diferentes personalidades del mundo de la literatura como Ambroise Bierce o Jack London. Sin embargo, la falta de pruebas del gurú de la megapolisomancia habría llevado posteriormente a su desintegración, aunque también a las extrañas muertes de sus miembros principales. 

El segundo libro, atado por un hilo a Megapolisomancia, se trata del diario de un admirador escéptico de De Castries. A pesar de no especificarse en los inicios de la novela, muy pronto sabremos que también se trata de un famoso escritor de terror que habría viajado a San Francisco en su juventud y pronto habría tomado la determinación de no volver a abandonar más su localidad natal rural hasta el día de su muerte. Este escritor habría accedido a desplazarse hasta San Francisco para buscar a De Castries debido al extraño comportamiento de uno de sus amigos y miembros de la secta. Su objetivo: comprobar hasta qué punto es cierta la alocada teoría mitológica de De Castries sobre la materialización física de la maldad de las ciudades y las actitudes sanguinarias de las supuestas entidades parapsicológicas. Lo que encontrará el escritor es a un De Castries venido a menos, sin discípulos y completamente ido de la cabeza.

Al tiempo que Franz Westen, nuestro protagonista, va indagando en estos y otros detalles, se desarrolla su vida cotidiana en un aura de misterio, que no sé muy bien por qué, pero me recuerda muchísimo a las películas neo noir de los 1980s y 1990s. Quizás se deba a los sospechosos diálogos que parecen bastante más simples de lo que en el fondo son y a ese hincapié del autor en perfilar, al tiempo que desarrolla la teoría de De Castries, cada rincón de la mítica ciudad de la Costa Oeste. Leiber pone en contraste el San Francisco de la Belle Époce y el de la presidencia de Richard Nixon, conformando una trabajada panorámica del lugar y convirtiéndolo no solo en un personaje más de la narración, sino en un uno de los principales y más enigmáticos. Este interés focal en San Francisco será la delicia de quienes allí ya han estado, pues podrán recrear en sus viajes los largos y angustiosos paseos de Franz Leiber a través de cada calle, parque o bulevar que cruza. Sin embargo, si el interés del lector está fuertemente proyectado sobre la trama del libro de De Castries y poco o nada le atrae San Francisco como ciudad, es posible que tantas descripciones y detalles le resulten tediosos. No ha sido mi caso, pues siempre me he declarado un gran entusiasta del urbanismo. La planificación y la estructuración de las ciudades es algo que me atrae desde hace muchos años y que habría estudiado en la universidad si no existiera una carrera de literatura. Por lo cual, agradezco y disfruto hasta el último detalle de este esfuerzo megalítico de Leiber por dotar a su novela con una atmósfera como esta. 

Por otro lado, como podéis imaginar, estamos ante una novela con muchísimo trabajo de investigación literaria. Nuestra señora de las tinieblas es una historia donde la metaliteratura, la narrativa de terror de la índole más lovecraftiana imaginable y las teorías sobre el devenir del mundo en la masificación urbana se funden dando lugar a un texto extraño, digamos weird, pero con consistencia suficiente para resultar satisfactorio. Hay en la novela numerosas referencias a escritores y escritoras (algunos y algunas poco conocidos, aunque reales), a sus vidas, a sus obras, a sus relaciones con las ciudades y el miedo. Pero sobre todo, hay referencias a sus muertes. Me he sentido impulsado a leer muchas biografías, pequeños artículos y reseñas sobre estos escritores que Leiber va mencionando a lo largo de la novela. No lo he hecho porque fuera necesario para disfrutar Nuestra señora de las tinieblas, sino más bien por curiosidad, para potenciar la experiencia de la lectura y para agrandar un poco más si cabe mi inmensa lista de pendientes. Cuando uno indaga un poco, se vuelve sencillo establecer similitudes entre los autores reales y entre su representación como personajes dentro de la novela. Cada vez se torna más y más sencillo creernos la conspiración imposible propuesta por Leiber a través de la sociedad cuasimasónica de De Castries. Y eso tiene mucho, pero que mucho mérito.

Sin embargo y a pesar de la estructura circular y el foreshadowing constante de los elementos más diminutos (me quedo aquí con la trituradora de papel del capítulo 5 como el más representativo), el texto presenta numerosas inconsistencias. El final es decente, aunque algo vacío y cogido con pinzas en mi opinión. Ciertas problemáticas relacionadas con San Francisco y De Castries no llegan a resolverse nunca. Lo mismo ocurre con el desarrollo de las relaciones de De Castries con su séquito de intelectuales. No es nada malo dejar incógnitas y espacios en blanco, especialmente en la narrativa de terror, pero me hubiera gustado personalmente ver un poco más de desarrollo en ideas tan trabajadas previamente. Por otro lado y más allá de los gustos personales, tenemos que dejar claro que algunas escenas se sienten excesivamente sosas, especialmente algunos diálogos que no van a parar a ningún lado y que solo tratan de aportar ese halo de misterio a la vida cotidiana de Franz y sus amigos. Son fragmentos concretos de diálogo, fáciles de localizar en el texto, pues se siente excesivamente artificiales. Rompen con toda verosimilitud del relato y lo dinamitan desde dentro. También queda el problema de que si la novela se lee con detenimiento, es posible predecir buena parte de los sucesos de los próximos capítulos, por lo que, a pesar de la originalidad del tema, quizás no quede demasiado margen para la sorpresa. En definitiva, una novela diferente, memorable y casi perfecta para los lectores más atrevidos. Si estás buscando algo diferente en el género de terror, este quizás sea tu libro. Tenéis otra reseña en Das Bücherregal, donde descubrí este título y muchos otros, por lo que os recomiendo, como siempre, pasaros. 

PD. Lamento no haber podido aportar nada a esta Esquina el último mes. He atravesado numerosos problemas de índole personal que no me han permitido casi ni leer; mucho menos escribir. Espero subsanarlo en el tiempo libre que me permiten las vacaciones de Navidad, acogiéndome a mi particular espíritu grinch y encerrándome en el cuarto a leer hasta que acaben los villancicos y los niños del parque dejen de tirar petardos. Un saludo, gracias por dejaros caer en esta Esquina y namasté.






martes, 24 de julio de 2018

A la deriva, de Penelope Fitzgerald




En los 1960s en Londres no era para nada extraño encontrarse con una amplia cantidad de personas viviendo en casas flotantes a la rivera del Támesis. Muchos no podían costearse el alto precio de una habitación en la capital británica y alquilar un barco amarrado al muelle no era una opción desdeñable. La mayoría de quienes elegían este medio de vida lo hacían por dedicarse a profesiones no demasiado valoradas y por el romanticismo que implica. Muchos eran pintores, músicos y algunos, como la autora, incluso escritores. Fitzgerald pasó un período importante de su vida en una de estas balsas amuebladas, con su marido y sus dos hijas, lo cual le servirá casi veinte años después para escribir la tierna y a la vez cruda novela que comentamos hoy, valedora del prestigioso premio Booker.

A la deriva nos cuenta cómo un grupo de vecinos convive en el muelle de Battersea, dentro de sus barcos, comunicados con tablones y planchas los unos con los otros. Aunque el peso de la trama recae principalmente en las habitantes del Grace, no podemos dejar de lado el amplio y enriquecedor abanico de personajes secundarios que nos ofrece la autora. Tenemos por una parte al pintor Willis, propietario del Dreaghnough, un barco viejo que se va a pique antes de encontrarle un comprador. Por otro, está Maurice, un camarero que cuenta en su barco con un impresionante catálogo de objetos robados, pero que, gracias a la simpatía que despierta entre los otros habitantes del muelle, consigue siempre que le hagan la vista gorda. También tenemos a los Woodie, un matrimonio que peca de ser demasiado amable y del cual hasta los más inocentes se aprovechan. Y finalmente, pero de una importancia vital para el desarrollo de la historia tenemos al matrimonio Blake, que vendría a desempeñar los cargos de presidentes de la comunidad.

El matrimonio Blake vive en el Lord Jim, el barco más limpio y espacioso de todo el muelle y cuenta por ello con un reconocimiento del resto de los vecinos. Vendría a representar a la clase alta de este pequeño ecosistema social que se  construye en el muelle. Él, Richard Blake, es un exmarine que participó en la II Guerra Mundial y que intenta vivir en tranquilidad, siendo consciente de lo complicado que le resulta reinsertarse en la sociedad tras haber experimentado tantas crueldades. Siente como una obligación ejercer de figura paternal del resto de vecinos, actuar como un buen sargento que conduce a su pelotón con nobleza y orgullo hacia la victoria. A Blake le encanta el Lord Jim y el muelle de Battersea, pero tiene un problema gordo. Su mujer es totalmente incapaz de rechazar las comodidades de la vida en tierra.

Este mismo conflicto se recrea de nuevo en el semimatrimonio del Grace, aunque aquí adquiere resonancias argumentales mucho mayores. En el Grace, el más diminuto de los navíos, duermen Nenna y sus dos hijas: Tilda y Martha. Nenna está casada con un tal Edward, que la abandona porque piensa que vivir en un barco no les hace ningún bien ni a él ni a sus hijas. O esa es la excusa oficial para alejarse de Nenna. Parece que Edward no para de preocuparse por sus hijas, pero luego se marcha solo y las deja confinadas en el bote.

Hablando ahora de las niñas. Me veo en la obligación moral de alabar el gran trabajo que realiza Fitzgerald con los personajes de Martha y Tilda. No solo sirve para poner un punto cómico a la narración, sino que además introducen nuevas problemáticas muy a tener en cuenta.  Ambas son niñas que no asisten a la escuela, siendo perseguidas por ello por el cura metomentodo de turno para internarlas de cualquier forma. Nenna se preocupa por este dato, pero es consciente también de lo mucho que están madurando en relación con las compañeras de su edad por el simple hecho de pasar tiempo en el muelle. Y es que las chicas se sienten muy adultas. No vemos el típico trato hacia el niño de inferioridad que se suele apreciar en muchos autores. Las niñas de Fitzgerald son criaturas completas, en evolución eso sí, pero no más que el resto.

Os preguntaréis qué tienen en común todos ellos, además de vivir juntos. Pues básicamente que están en una encrucijada existencial (cada cuál con la suya propia) y que se dejan llevar por el oleaje de los acontecimientos. Como elemento paródico, algo que me ha llamado mucho la atención es el nulo movimiento de los barcos anclados a lo largo de la narración. Sus tripulantes no saben moverlos ni repararlos. La mayor aventura que puede experimentar uno de estos navíos amarrados es la del hundimiento, tras el cual nada servible persiste. Hay en todos los personajes, eso sí, una esperanza y una predisposición a la ayuda para con el prójimo verdaderamente enternecedora. La obra es dura, pero no hay en ningún momento un sentimiento de soledad pleno. Nenna acude a la nueva dirección de su marido para convencerlo de que su regreso es necesario y cuando entiende la imposibilidad de este y la mayor de las desilusiones se apodera de ella no transcurren muchas páginas hasta que Fitzgerald le encuentra un cobijo. El muelle de Battersea está aislado, pero forma una gran piña que busca defenderse del oleaje de los pesares a toda costa. Obviamente, si lo consigue o no es algo que no voy a desvelar para no fastidiar al lector interesado.

En líneas generales,  A la deriva me ha convencido mucho más que La librería. Esto se debe en gran medida a que soy de pueblo y a que en mi vida he pasado por muchos de estos establecimientos, lo que muy posiblemente me ha llevado a perder interés en la atmósfera retratada. El romántico mundo de la vida en casas flotantes a mediados de los 1960s es nuevo para mí y por ello quizás más atractivo. Al final me veo caído en sus redes y recomendándoos este libro.  Tenéis otras reseñas, también muy positivas en Leer sin prisa y en Devoradora de libros.

Más reseñas de obras de Penelope Fitzgerald en esta esquina: La librería,



miércoles, 11 de julio de 2018

Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares



Lo último que esperaba recuperar Félix Ramos de las fauces de un perro recién se levanta una mañana es un extenso portafolio redactado por su viejo amigo Lucio Bordenave, a quien no ve desde hace meses. Los textos no solo aparecen de esta manera tan extraña, sino que además les están expresamente destinados. ¿Qué le habrá ocurrido al pobre Lucho y por qué narices le envía una carta a través de un can? Eso es lo que esta novela de Bioy Casares, redactada con la clásica técnica del manuscrito encontrado, tratará de dar a entender, sin olvidar nunca que la ambigüedad es la clave de la buena literatura y que la pluralidad de interpretaciones suele, en lugar de confundir al lector, enriquecerlo. 

Dormir al sol recurre a una estructura muy similar a la de El sueño de los héroes. En su relato Lucho pretende ser fiel a la realidad y para ello emplea un estilo intimista con expresiones propias y situaciones muy particulares de la región porteña argentina. Nos habla de su día a día y de cómo este cambia tras el encuentro con un siniestro adiestrador alemán de perros. Standle, que así se llama el misterioso tipo, se cuela en la vida que comparte con su histérica mujer (Diana) y su celosa ama de llaves (Ceferina Bordenave). No tarda mucho en conocer los problemas del matrimonio Bordenave y pronto convence a nuestro protagonista de internar a su esposa en una institución para enfermos mentales, acto del cual Lucho no tardará en arrepentirse. A partir de aquí el ambiente se vuelve cada vez más enrarecido. Las decisiones de Lucho empiezan a parecer cada vez más extraídas de toda lógica hasta el punto de padecer toda una crisis de nervios. La retirada de su mujer le lleva a un desequilibrio que el universo parece tratar de mitigar con toda clase de dobleces.

Bioy Casares juega con la simetría de personajes en este relato y no para de presentarle a Lucho toda una gama de sustitutas para su Diana. Entre ellas se incluye la vieja Ceferina, familia del protagonista y que es lo más parecido que tiene a una medre. Ceferina siempre desdeñó a la señora enamorada de su hijo adoptivo y no pudo contener su alegría cuando al fin la ingresaron, pues pensaba que ya tendría al joven Lucho solo para él. Se equivocaba, por supuesto. Mientras el protagonista trata de enmendar su error y sacar del manicomio a su esposa, una nueva inquilina se muda sin ningún tipo de pudor a su casa. Es Adriana María, quien, con un enorme parecido físico trata de arrebatarle el marido a su inestable hermana mediante toda clase de insinuaciones. Parece que la única sustituta aceptable podría ser una perrita que Lucho adquiere para no sentirse tan solo y que, por azares del destino, lleva el nombre de su esposa, pero resulta que la de carne y hueso regresa tras una larga ausencia a casa y Bordenave cree comprender entonces lo irremplazable del amor. Diana ha vuelto, en efecto, pero ya no es la misma. Algo dentro de ella ha cambiado. Todos sus caprichosos defectos han desaparecido, convirtiéndola en otra doble de su imagen. Esta Diana cubierta por un halo de bondad, por un aura de donna angelicata, no termina de hacer feliz a un Lucho, eternamente arrepentido, que extraña los males de su señora y que emprenderá toda una lucha para conseguir que se los devuelvan. El pobre ignora que la pesadilla iniciada con la llegada de Standle a sus vidas está lejos de acabar.

Toda esta serie de sucesos cotidianos nos van dejando pistas del fantástico final, donde un giro inesperado cambia completamente el subgénero de la novela. La presencia constante de los perros y de las mujeres que aman a Bordenave constituyen herramientas sólidas con las que Bioy puede encarrilar la narración hacia el punto mágico sin resultar forzado. Al igual que en El sueño de los héroes, el lector espera un suceso extraordinario, pero no es capaz de intuir con precisión cuál. El motivo del título se desvela casi al final del relato y sirve de resorte para entender el "todo" en su conjunto. Coloco este "todo" entre comillas porque las opciones en Dormir al sol parecen varias. Al tiempo que se van introduciendo claves que avalen una interpretación desde el género fantástico o desde la ciencia ficción de la historia de Bordenave, también se van pincelando detalles que nos hacen sospechar de la poca solidez emocional del protagonista. Esta ambigüedad aparecía también en La invención de Morel y creo que le da a la novela un toque muy especial.  El uso de manicomios y de personajes supuestamente enloquecidos me trae a la mente toda una caterva de obras excepcionales. Pienso sobre todo en El alienista de Machado de Assis, pero también en El hospital de la transfiguración de S. Lem. En estas tres obras aparece el manido tema del mundo patológico y de la locura de internarlo dentro de sí mismo. Los médicos en ambos no parecen para nada de fiar, pues se preocupan más por sus investigaciones que por la ética profesional y el buen trato para con sus pacientes. Esto le daba un cierto aire de novela de terror a El hospital de la transfiguración, que se repite por momentos en Dormir al sol, sobre todo en esos tramos finales, donde la sensación de claustrofobia se intensifica. Por otro lado, el ocultamiento del misterio de lo ocurrido a Diana durante su estancia recoge tintes de gestión de intriga muy propios del thriller y de la novela negra. El tratamiento me recordó mucho al Leo Perutz de El maestro del Juicio Final. No por nada, Bioy lo había editado junto con Borges unos cuantos añitos antes de la aparición de esta obra.

En definitiva, otra originalísima historia de Bioy Casares que me empuja a seguir disfrutando de su legado como autor. Bioy siempre ha aparecido bajo la sombra de Borges, pero, como ya he dicho en otras ocasiones, no es para nada un escritor de segunda. Tanto lo que cuenta como cómo lo cuenta sigue mereciendo con creces la pena. Me animé con Dormir bajo el sol gracias a una interesante reseña de El lector estepario. Además de esta podéis encontrar otras reseñas y análisis de la obra muy en condiciones en Demasiado que leer y Viajar leyendo.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: La invención de Morel, El sueño de los héroes,  

domingo, 17 de junio de 2018

Las ballenas volantes de Ismael, de Philip José Farmer




Las personas más cercanas a mí saben de mi devoción por Moby Dick. La épica de la ballena blanca fue fundamental para formarme como lector cuando tuve mi primer contacto con ella a mis quince añitos. Lejos de aburrirme con sus digresiones y detalles superfluos, Moby Dick sirvió para ponerme a prueba y para aprender muchísimo sobre la naturaleza del ser humano, con sus ambiciones y su patetismo. A día de hoy sigo considerando la posibilidad de explicar la mayor parte de los tópicos y estructuras literarias a través de una novela como aquella. Es por eso por lo que cuando me enteré de que allá por los 1970s a un tal Philip J. Farmer, gurú del pulp, se le pasó por la cabeza la idea de hacer una extrambótica secuela de la majestuosa obra de Melville, me dije: "Lucas, tienes que leer eso. No importan ni el precio a pagar ni las horas de inversión. Tienes que leerlo y punto." 

Y sí, Las ballenas volantes de Ismael es una secuela de Moby Dick, pero... en demasiadas ocasiones se siente como si no lo fuera y esto desconcierta, desconcierta mucho. La acción comienza tal y como acaba la novela de Melville, con Ismael montado en el ataúd de Quegqueg, como único superviviente del Pequod, siendo recogido por el mítico Rachel, navío a la búsqueda de sus hijos perdidos. Hasta aquí todo marcha, se mantiene el tono de Melville, pero no tardarán en suceder acontecimientos sorprendentes, sorprendentes y sin explicación, que Farmer va a utilizar como excusa para homenajear -a su manera- a su compatriota marinero, recreando otro Moby Dick en pequeñito y con elementos propios de un horror cósmico que recuerda más al William Hope Hodgson de La casa en el confín del mundo que a Lovecraft o Chambers. De repente el mar se evapora e Ismael cae flotando como el único superviviente -maldita sea su suerte de nuevo- en una versión de su mundo muchos miles de años después.

La fauna y la flora han evolucionado y se han reducido. El ser humano se ha quedado desprotegido ante todas las amenazas. El suelo está plagado de monstruos gigantes, el agua es tan salada que es capaz de secar la piel y el cielo está gobernado por las antiguas criaturas marinas. Tiburones voladores, pero sobre todo ballenas con inmensas alas de mosca son el principal sustento de los últimos Homo sapiens sapiens. Ismael vaga en soledad durante un trecho, a la deriva de nuevo sobre el ataúd de Quegqueg y acaba llegando a tierra y encontrándose con una princesa, cuyo idioma desconoce, pero que aprenderá por completo -inverosímilmente- en un par de noches mientras intenta infructuosamente arrimar la cebolleta. 

Aquí quiero hacer un inciso que me parece apropiado a todas luces para lanzar una pregunta. Vale que Moby Dick no sea la novela más feminista del mundo. Sabemos la época en la que se escribió, conocemos a su autor y sus penurias, pero qué escusa tiene Farmer para en los 1970s construir a un personaje como Namalee, una mujer florero y prototípica por excelencia que parece sacada de una película cutrona de las de antes. Y es que la princesa es muy princesa, muy Disney, y eso duele a los ojos. Se siente como una estafa. No hay en ella evolución ni pensamientos complejos. Pero ni en ella, ni en nadie de su pueblo. Llega un punto en el que se roza tanto lo cómico que Ismael, quien no tiene ni puñetera idea de cómo funciona ese nuevo mundo en el que ha caído como por arte de magia, pasa de ser el observador de la catástrofe de Moby Dick a convertirse en un líder y tener de repente el apoyo de todos. De improviso, Ismael se encuentra con que es el hombre más inteligente del nuevo mundo y eso acompañado a su suerte para sobrevivir a cualquier peligro -un recurso del que abusa Farmer hasta el punto de hacerlo intocable y conseguir que el lector deje de preocuparse por él- le convierten en un héroe. Ismael tiene unos valores justos, nobles y pacificadores. Su victoria hace que el bien triunfe sobre el mal. Se lleva a la chica. Se convierte en el rey de un pueblo para él desconocido. Vive numerosas peripecias y vence, pero el mensaje que deja es vacuo y entretiene solo cuando no aburre. Viendo de dónde parte Farmer, la novela incluso decepciona. Uno siente que se aprovechan de la fama de un gran escritor como Melville para ganar clientes. Se intenta un homenaje que no cuaja, porque el nivel de Farmer aquí dista a años luz de lo que pretende homenajear. En fin, Las ballenas volantes de Ismael es un texto que os recomiendo solo si queréis perder vuestro precioso tiempo. Hay mil historias mejores que la que aquí se cuenta. 


lunes, 21 de mayo de 2018

La hermandad de la uva, de John Fante



Henry Molise es un escritor, hijo de inmigrantes italianos, en la madurez de su carrera. Vive plácidamente en un chalet en Redondo Beach, una localidad periférica de los Ángeles, desde donde redacta sus best sellers y sus guiones para Hollywood, constituyendo (una vez más) una especie de alter ego del propio Fante. Su matrimonio no anda demasiado bien, sus hijos son unos jóvenes malcriados y su editor lo atosiga para recibir un manuscrito cargado de esperanzas que debía haberle llegado hace meses, pero, por encima de todo esto, Henry debe hacer frente a un problema mayor, quizás de resonancias bíblicas. Su envejecido padre, Nick Molise, todo un maestro de la edificación ya retirado, la ha vuelto a armar en la casa de su infancia en San Elmo. Una sospechosa mancha de lo que parece un pintalabios barato ha sido encontrada por su mujer en uno de sus calzoncillos y la reacción del viejo ha consistido en moler a la pobre anciana a palos. Lo que ha constituido todo un revuelo en la pequeña localidad (con tarde en el calabozo incluida) podría desembocar en el divorcio de los padres de Henry. Ante el desentendimiento de los hermanos menores, el escritor, primogénito y predilecto hijo del constructor, se ve en la tesitura de tomar un avión y ejercer de mediador antes de que todo sea demasiado tarde. 

Al llegar Henry se encuentra una vez más con una falsa alarma. El matrimonio de sus padres parece ir viento en popa otra vez, bueno, siempre y cuando no tengamos en cuenta el alcoholismo del viejo Nick, su adicción al juego, las mujeres y su necesidad de seguir trabajando como albañil a pesar de haber superado ya los setenta y cinco años. Nick tiene un nuevo encargo y necesita un ayudante lo suficiente fuerte como para acarrear piedras de más de cincuenta kilos. Aunque Henry en un primer momento se niega a la proposición de su padre, entiende cuánto significa para él que uno de sus hijos se convierta en el albañil que siempre quiso tener cuando los concibió. De esta forma, se acabará enrolando en una disparatada aventura, comprendiendo que quizás esta sea la última oportunidad en su vida para hacer las paces con su progenitor, debido a su longeva edad y a su cuerpo comido por los vicios. 

En La hermandad de la uva vuelven a aparecer una serie de elementos que ya había observado en Llenos de vida, aunque el trato y el desarrollo de ambos libros sea ligeramente distinto y me animo a decir que en La hermandad de la uva considerablemente superior. El narrador vuelve a ser un escritor con problemas matrimoniales y laborales que regresa a la casa de sus padres y mantiene una compleja relación con estos. La figura de la esposa vuelve a tener un cierto aire a Zelda Fitzgerald, la de la madre vuelve a ser la típica napolitana ama de casa sumisa que finge desmayarse cada vez que ve a uno de sus hijos entrar por la puerta y la del padre tiene una vez más ese componente tiránico hacia su propia familia y servicial en relación con los que no son de su estirpe. Aparecen aquí unos hermanos, que no estaban en Llenos de vida y que, de la misma manera que Henry,  sienten a partes iguales tanto odio como lástima hacia el viejo. Esta inclusión me parece de lo más rico de la novela porque permite diferentes relaciones y visiones que dan muchísimo juego. Mientras que Mario tuvo que renunciar a su sueño de convertirse en jugador de béisbol profesional y Virgil nunca consiguió su puesto como jefe del banco a pesar de sus buenas notas, Henry logró asentar una sólida carrera como escritor (o al menos lo suficientemente holgada como para adquirir un chalet en la playa). Este dato despierta el recelo y la envidia de los hermanos, que se proyectará sobre el mayor cada vez que haya oportunidad para ello, generando un clima de hostilidad y de zancadillas fraternales derivadas de pequeños rencores del pasado.

Con La hermandad de la uva vemos también el típico retrato de la sociedad italoamericana que tiende a perfilar Fante, siendo esta vez mucho más exhaustivo, pero también cargado de prejuicios. La pasión fluye por las venas de cada personaje y se transmite al lector a través de unos diálogos y de unas reflexiones de Henry muy elaboradas y contundentes. Las bodegas de Angelo Musso o el saloncito del primer piso del Café Roma se construyen como escenarios que parecen mucho más italianos que estadounidenses y adquieren un cierto aura mágico, como si el zumo de la uva -el agua de cada día para Nick y sus ancianos compinches- se filtrara a través del papel, empalagando al lector con su aroma. La mayoría de los personajes son de ascendencia italiana y se tratan los unos a los otros como una gran familia junto a la que expresar tanto su amor como su infinita repulsión. Pocos son los que no cumplen con la simple premisa de ser italiano y cuando esta no se da se producen una serie de inconveniencias con las que Fante pretende dejar claro las altas cotas de racismo que podía alcanzar la sociedad rural estadounidense de mediados de siglo XX. No olvidemos que en su contexto los apellidos italianos estaban relacionados en el imaginario popular con las mafias, algo no desmentido por Fante, aunque la importancia de algunos momentos de esta novela recae en la realidad de que no todos los italoamericanos se dedican al crimen organizado. Son personas de carne y hueso, con sangre caliente, sentimientos, idas y venidas, sueños, amores y vicios como cualquiera.

Me animo a leer La hermandad de la uva ante la entusiasta y reciente reseña de Caminos que no llevan a ningún sitio, en la cual se percibe un amor hacia la obra de Fante contagioso. Ambos textos son poderosos, tanto la reseña linkeada como la novela del estadounidense traducida en Anagrama. Como habrán supuesto por la comparación con Llenos de vida, esta es la segunda obra que leo del autor. Siendo consciente de que aún me queda lo mejor por descubrir, os imploro que leáis (más que recomendaros) esta inusual joya. La hermandad de la uva es una novela que enfrenta a padres e hijos, a lo viejo con lo nuevo, y que trata de la resolución tardía de las cuentas pendientes, habla de la vida y de la muerte con una claridad y una pasión capaz de abrumar al impasible y obligarlo a merendarse su texto hasta el final.  Para aquellos que ya la han leído y disfrutado, tenéis todo un análisis elaborado de la obra en La Pasión Inútil.

Más reseñas de obras de John Fante en esta esquina: Llenos de vida, Espera a la primavera, Bandini



sábado, 12 de mayo de 2018

La librería, de Penelope Fitzgerald




Tras el reciente vapuleo en los Goya de la adaptación que hace Isabel Coixet de esta novela (filme que todavía no he tenido la ocasión de ver) y habiendo observado en estos meses un aluvión de reseñas para todos los gustos, decido sumarme a la moda por una vez y leer La librería. ¿Qué esperaba encontrar? La verdad, es que no tenía en mí unas espectativas demasiado altas. Dos de mis sitios de referencia (Devoradora de libros y Lo que leo lo cuento) la habían aclamado en su momento con ciertas reservas y mientras que los expertos de Un libro al día habían dejado claro que la obra de Fitzgerald pasaría por la mente de los lectores sin pena ni gloria, en Leer sin prisa intentaron hacerle una defensa que no terminaba de convencerme del todo. Creo que en líneas generales la mayoría coincide en que La librería no es el mejor libro del mundo, ni siquiera es un buen libro sobre libros -como cabría esperar con ese título y esa sinopsis de Impedimenta-, ya que paradójicamente en la novela lo que menos importa es que la protagonista monte un negocio para vender libros. Es decir, uno se queda con la sensación de que podría haber montado una tienda de discos, una barbería o un restaurante de comida árabe y casi nos habríamos quedado igual. Os hago una sinopsis y me explico.

Florence es una viuda de mediana edad que decide volver a Hardborough, el pueblo perdido de Suffolk, al final de una carretera tortuosa entre los pantanos de la región en la que se crió, con el objetivo de montar una librería, no porque sienta un amor incondicional por los libros -que obviamente es una parte importante de su vida-, sino porque en ese triste páramo nunca había habido una antes. Florence siente que debe llevarles a los habitantes de Hardborough un poco de cultura para luchar contra el aislamiento que sufren, pero es aquí donde se lleva un golpe inesperado. Los suffolkeños, de naturaleza conservadora, no están habituados a los cambios y menos a todos los que se propone introducir Florence en un período de tiempo tan breve. 

Y es que, como digo, La librería  no trata sobre una librería. Las referencias a la vida cotidiana en uno de estos establecimientos y las reflexiones sobre muchos otros libros, ese sentimiento de pasión y casi de obsesión por los libros que encontramos en otras novelas sobre librerías no aparece aquí. Para Fitzgerald lo verdaderamente importante es ese clima de hostilidad que se forma como la niebla baja en esos pueblos cerrados en sí mismos que ante el mínimo atisbo de novedad sienten sobre sus espaldas el peso de una amenaza a sus costumbres y a su idiosincrasia. Florence es una mujer fuerte, que va a luchar por su sueño, a pesar de su avanzada edad y de la soledad que envarga a una persona tras la muerte de la pareja tras muchos años. Se va a levantar contra viento y marea, siendo por ello admirada por los personajes más ilustres de la comunidad como el señor Brundish, pero también generando una serie de recelos entre otros miembros con mucho poder como la señora Gamart, que especularán para verla caer por el mero disfrute de salirse con la suya.

En Un libro al día dicen que en La librería no ocurre gran cosa y que esto juega en contra de la novela. Es cierto que la acción está muy limitada, pero esto se debe a la búsqueda de una atmósfera que creo que la escritora consigue crear lo suficientemente bien como para que el lector no se aburra. Se emplea un tono dulce, muy inglés, con lo que se da a entender que La librería es una novela de entretenimiento y en ese discurso monótono y pastel es donde Fitzgerald coloca una serie de perlas de mordacidad, principalmente en los diálogos de los personajes, con las que se va enturbiando paulatinamente la imagen de Hardborough. 

Como novela, La librería es un gusto de lectura. Con muy humildes aspiraciones consigue unos personajes vivos y entrañables, pero deja una sensación de vacío y de final precipitado. Algunas de las tramas tienen un escaso y a veces un intrascendental  desarrollo. La que podía ser la más interesante sin duda para la obra (la llegada al pueblo de la primera edición de Lolita de Vladimir Nabokov con toda su polémica detrás) no se aprovecha en absoluto por la autora y queda como una mera anécdota de la etapa en la que Florence tenía una librería. Normalmente no suelo decir esto: pero aquí tenemos a una novela a la que le hubiera venido maravillosamente unas cuantas páginas más.



domingo, 1 de abril de 2018

Congreso de futurología, de Stanisław Lem





En un futuro próximo que el Lem de comienzos de los setenta sitúa a finales de los ochenta los hoteles han dejado de recibir a turistas y viajeros para convertirse en grandes rascacielos dentro de los cuales múltiples asociaciones realizan los congresos más variopintos que alguien pueda imaginarse. Ijon Tichy asiste en este caso al hotel Hilton en la ciudad de Nahaus, capital de un nuevo país centroamericano llamado Costarriciana, que destaca por albergar problemas demográficos severos, y es que en Costarriciana, como en otras tantas partes del globo, no sólo hay más personas que espacio, sino que también los recursos se han visto reducidos hasta el ridículo. Esto ha provocado que una buena porción de la población decida revelarse con armas contra los que viven en el lujo, o lo que es lo mismo, los que pueden permitirse asistir a congresos como los que asiste Tichy. La desinformación y la anarquía impera en las calles y el precio de la vida humana se ha visto enormemente rebajado hasta un punto en el que nadie se preocupa ni se asombra ante las agresiones o las muertes ajenas. La violencia se ha automatizado y se usa como instrumento de rebelión contra la farmacocracia de los gobiernos que rocían a los insurgentes con alucinógenos desde sus cazas. Se han creado todo tipo de drogas para calmar a los revolucionarios y sumergirlos en los mayores vicios que sus mentes puedan crear a fin de que no se les ocurra abrir la boca ni coger un rifle y volarle la cabeza a nadie sin que ellos lo precisen. En medio de todo este barullo y ante la amenaza de bomba inminente, Tichy está listo para presenciar el vertiginoso primer día del Congreso Internacional de Futurología. Allí se ofrecerán numerosas soluciones a los problemones que estamos viendo hasta el momento en el que la realidad choque contra la cúpula de cristal de los académicos y tengan que salir por patas del Hilton. ¿A dónde nos llevará todo esto? ¿Será Tichy capaz de encontrar una salida para esta injusticia de apariencia inexorable que se cierne sobre la población? ¿Tendrá capacidad real para cambiar el mundo algún importante futurólogo o se quedará todo en meras conjeturas?

Con Congreso de futurología Lem trata de mostrarnos una visión más que posible de un turbio mañana en el que la mentira se vuelve necesaria para seguir viviendo. El tiempo es escaso y los problemas son tantos que cuando uno sea verdaderamente consciente de la gravedad de los mismos no encontrará sentido a la propia vida. En esta línea se puede decir que muestra una visión desgarradora y muy pesimista sobre el sino de la sociedad mundial. La droga se ha vuelto tan necesaria para la vida como el aire o el alimento y se usa indiscriminadamente porque matar físicamente no es correcto en lo moral, pero engañar durante toda una vida es hasta cierto punto permisible. El quid de la paradoja nos lleva a una pregunta esencial: ¿son las propuestas de los futurólogos también meras cortinas de humo? Se parte de la dicotomía realidad/ilusión y se estructura toda una novela en base a dicha dicotomía, acercando y dilatando una y otra vez ambos conceptos. En un cierto momento Tichy queda drogado por el gas de las BAP (Bombas de Amor Propio), que lanza la policía contra los rebeldes que tratan de tomar el hotel Hilton, y se esconde, junto con otros futurólogos en una cloaca, dentro de la cual trata de dormir, teniendo numerosas pesadillas/alucinaciones en las cuales el tono de Lem no se despega casi nada del que había utilizado hasta entonces, que se destaca por ser disparatado, satírico y en ocasiones hasta obsceno. Y esto pone en quiebro a un lector que no puede evitar dudar hasta qué punto son reales (dentro de la narración) dichas alucinaciones y las de otros personajes. 

La mayoría de los personajes que deambulan por esta novela de Lem pasan la mayor parte del tiempo bajo el efecto de los narcóticos, son manejados tanto por los gobiernos como por el propio Lem que los conduce en un cúmulo de casualidades al lugar preciso en el momento necesario. A partir de la mitad de la novela esta se rompe tras un suceso que no me atreveré a mencionar, por no reventarle la trama a nadie, y se comienza un estilo de narración más fragmentario pero que sigue dependiendo de las percepciones del narrador en primera persona, es decir, de Ijon Tichy. Se da un vertiginoso salto temporal y se pausa un texto en cuyo ritmo precipitado cuesta entrar y en el que una vez dentro te sacan como de un manotazo. Comienzan una serie de páginas más lentas y repetitivas que sólo ganarán mucha fuerza rozando el final de la novela. Tengo que señalar que este cambio me ha parecido sumamente brusco y que si bien no considero que haya sido una mala decisión por parte del autor sí que creo que es difícil hacerse a él in media res y tras todo lo leído. Es como si de pronto comenzara una historia totalmente nueva y que sólo está vinculada remotamente con la anterior. Costarriciana y Nahaus desaparece, los futurólogos se esfuman y el ambiente cambia drásticamente. 

Más allá de todo esto he de señalar y agradecer a Lem esa preocupación que tiene aquí con la idea del lenguaje como elemento que viaja y que se transforma a lo largo del tiempo con los sujetos que lo hablan. Palabras tan actuales hoy como tuitear o memes pasarán a mejor vida dentro de no tanto tiempo como creemos y otras medio abandonadas se revitalizarán mediante nuevas y extrafalarias acepciones en función del camino que decida escojer de forma definitiva la humanidad en este mismo segundo en el que estáis leyendo esta reseña. ¡Boom! Lem coincide con la teoría semiótica al dar a enteder que el ser humano sólo es capaz de dotar de realidad aquello que puede expresar. Lo inefable no puede ser pensado y por tanto no puede construirse un futuro en torno a este.

He de admitir, por tanto, que salvo el desigual y chirriante ritmo de la narración, Congreso de futurología es una buena novela que tiene mucho sobre lo que reflexionar y que funciona genial como protesta social en base a una distopía perfectamente posible y que será la delicia de los lectores más conspiranoicos. Me alegra haberla podido leer y disfrutar, ya que le tenía muchas ganas desde que pude ver la adaptación fílmica del israelí Ari Folman hace ya unos tres o cuatro años. Sin embargo, la adaptación se separa muchísimo de este texto original de Lem y hasta cierto punto, desde una visión más actual que no le quita mérito ninguno, lo remedia y le da cierto lirismo que yo no he encontrado en esta novela, bastante más filosofica que literaria en muchas de sus escalas. Tenéis una especie de análisis comparado del libro y de la película en el siempre genial Lamento de Portnoy.

Más reseñas de obras de Lem en esta esquina: El hospital de la transfiguración, La investigación, Astronautas




lunes, 19 de marzo de 2018

El Desayuno de los Campeones, de Kurt Vonnegut



Con El desayuno de los Campeones Kurt Vonnegut quiere ponernos sobre aviso ante la inmensa cantidad de porquería que el mundo en el que vivimos nos ha plantado en la puerta de nuestra casa, a petición nuestra para mayor escándalo, en un intento de que abramos nuestros miopes ojos bañados de legañas. En esta extrañísima historia cargada de un humor satírico, lleno de la acidez propia del estadounidense, un tal Philboyd Studge, escritor que pronto va a cumplir la cincuentena y que aún no ha superado el suicidio de su madre a base de la ingesta de narcóticos (como la del propio Vonnegut) hace un recuento semilustrado en una especie de novela en la que se dispone a denunciar todo lo que no le gusta. A través de la pluma de Studge, Vonnegut critica al patriotismo norteamericano:
"Había miles de millones de naciones en el universo, pero aquella a la que pertenecían Dwayne Hoover y Kilgore Trout era la única con un himno nacional que era una sandez salpicada de signos de interrogación."
O:
"En realiad, en ese continente, en el año 1492 ya había millones de seres humanos que llevaban una vida plena e inteligente. Este fue, simplemente, el año en el que los piratas que llegaron por mar empezaron a engañarles, a robarles y a matarles."
Al uso distribuido y sin control de armamento:
"Las sustancias químicas nocivas le hicieron coger un revólver cargado, de calibre treinta y ocho, de debajo de la almohada y metérselo en la boca. Un revólver era un aparato cuyo único propósito consistía en hacer agujeros en los seres humanos. En la parte en la que vivía Dwayne cualquiera que quisiera tener uno podía conseguirlo en la ferretería de su barrio."
 Al consumismo sin reparos que nos convierte en esclavos del libremercado:
"Casi todos los mensajes que se enviaban o recibían en su país, incluso los telepáticos, tenían algo que ver con la compra o la venta de algún maldito chisme."
Al militarismo y al ejército:
"A  Bunny le habían enviado con sólo diez años de edad a una escuela militar: una institución dedicada al homicidio y a la obediencia totalmente desprovista de humor."
Y así un larguísimo etcétera que se enfoca desde una perspectiva feminista, pacifista, antiracial, antifascista, humanista y ecológica. Todas estas ideas son desglosadas a lo largo de la novela que está escribiendo Studge sobre el encuentro del escritor de ciencia ficción Kilgore Trout con el megaempresario vendedor de Pontiacs Dwayne Hoover con una claridad y una robustez que a veces se expresa con un lenguaje directo, incluso soez en ciertos momentos, y otras veces en clave del humor más disparatado al que ya nos tiene acostumbrados Vonnegut.

Junto a Studge, Kilgore Trout y Dwayne Hoover son los principales personajes de la novela. Trout es un escritor de ciencia ficción que no sólo está en el ocaso de su triste carrera, sino también en el que parece ser el de su vida, aunque una serie de acontecimientos le llevarán no sólo a volverse famoso, sino que, además, conseguirá en algún momento alzarse con el Premio Nobel de Medicina. Hasta el día en el que le llega la carta de un tal Eliot Rosewater (protagonista de otra novela de Vonnegut), admirador suyo multimillonario, que lo invita a unas jornadas artísticas en el Centro para las Artes Mildred Barry, sus más de cuarenta novelas sobre planetas imaginarios -e increíblemente parecidos a ese tan absurdo en el que vivía- sólo habían aparecido en revistas pornográficas de bajo coste, junto a las fotografías de flamantes "castores bien abiertos". El capricho de Studge hará que Dwayne Hoover, el vendedor de Pontiacs, comience a enloquecer poco a poco y logre tener acceso a una de las novelas de Trout, que le arrebatará al mismo escritor de las manos. La ingesta de tal historia en conjunto con el estado mental del perturbado Dwayne conseguirán que este se vuelva un criminal en potencia que pensará que es el único hombre sobre la Tierra con libre albedrío, mientras que el resto de sus congéneres, incluída su mujer muerta y su hijo homosexual no son sino meros robots programados exactamente para hacer lo que tienen que hacer y no otra cosa. La lucha de Dwayne contra su creador le lleva a seguir exactamente los mismos pasos que este último habría planificado para él en una paradoja perfecta, cargada de filosofía y profundamente entretenida. 

El Desayuno de los Campeones viene acompañado de ilustraciones del propio Vonnegut, que no se corta ni un pelo en dibujar lo que toque siempre que eso mejore la asimilación de los contenidos por parte del lector. Los dibujos también aportan un matiz cómico y suelen aparecer en base a digresiones que hace Studge de la historia de los personajes. En general se trabaja en ellos la atmósfera que rodea a los mismos. Una atmósfera, como avisa el propio Studge, que está sobrecargada de culos, mierda y banderas. Y una delicia de personajes secundarios.

Toda una gamberrada del mejor Vonnegut. Sin duda, lo más complejo que he podido leer de él hasta ahora, no sólo por el amplio abanico de temas que trata -que parece no acabar nunca-, sino también por el carácter metaficcional del texto con numerosos giros que romperán los esquemas de más de un lector como, confieso, han roto los míos. ¡Una auténtica maravilla! Este año habrá que leer más Vonnegut sí o también. Tenéis otra reseña más en Das Bücherregal, escrita por todo un experto en el autor, así que no tengáis reparo en pasaros. Nuestras ediciones son distintas, aunque suspongo que no habrá una gran diferencia en lo que a las traducciones respecta. 

Más reseñas de obras de Kurt Vonnegut en esta esquina: Madre noche, Cuna de gato, Las sirenas de Titán