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viernes, 19 de febrero de 2021

Primera memoria, de Ana María Matute

 


Primera memoria es una novela que leí hace algunos años en uno de los varios parones de mi actividad en esta esquina. Como me gustó mucho y, aprovechando que quiero empaparme de literatura española para mis oposiciones, he decidido volver a ella. 

Tenemos una obra ambientada durante la Guerra Civil Española cuando la literatura dentro del país comenzaba a hablar sin demasiados tapujos sobre este atroz capítulo de nuestra historia. La protagonista es una adolescente llamada Matia, que nos narra su confinamiento en una isla balear durante el conflicto bélico. Allí reside junto a su todopoderosa abuela, que manda más en el pequeño pueblo que la alcaldesa; su tía Emilia, casada con un general franquista; y su primo Borja, hijo de Emilia y del general. Matia tiene a su padre en el frente, pero en el bando republicano, lo que le ocasiona un conflicto interno que aprovecha su primo para martirizarla y controlarla. Matia admira a Borja, pero también le teme. Sabe que es un hipócrita capaz de aprovechar su situación para cumplir sus deseos, un ser ambicioso, pero frustrado ante lo imposible, porque Borja no quiere ser hijo de su padre. Quiere serlo de un viejo enigmático que vive junto al despeñadero y que una vez fue famoso por surcar mil islas griegas y cosechar el mismo número de amantes.

En el pueblito de Matia y Borja viven también los Taronjí, una familia enfrentada cuyas dimensiones míticas recuerdan remotamente a los Buendía de García Márquez. José Taronjí fue administrador del viajero y se casó con una de las amantes de este. Puede que fruto de esa unión surgiera Manuel Taronjí y sus hermanos o puede que estos fueran hijos de Jorge, el mítico navegante. El caso es que son tratados como enemigos por los habitantes del pueblo. Todos les vuelven la espalda, salvo un debilitado Jorge, cuyas intenciones de cara a su ¿hijo? Manuel no están del todo claras. Sin embargo, Matia queda ensimismada de la fuerza y del carácter de Manuel Taronjí y poco a poco se va enamorando de su enigmática figura como Borja lo hace del viejo capitán.

Primera memoria es una novela de aprendizaje durante un momento tan turbulento como lo es la guerra, donde todo parecía estar permitido y donde se retrata la doblez de las acciones de quienes adquirieron el poder gracias al levantamiento. Los personajes sufren tensiones internas y mantienen continuos debates psicológicos consigo mismos, tomando decisiones duras y confiando en quienes no deben para sobrevivir en momentos difíciles. Todos ocultan secretos y estos son usados por el terrible Borja para obtener sus intereses y cobrarse sus venganzas, amparándose en todo el poder que le conceden las figuras de su neblinoso padre y de su inflexible abuela. Solo Matia actúa por piedad y cae en desengaño. Su impotencia, tan humana, se mezcla con su cobardía, comprensible por la edad que tiene y la situación en la que se ve inmersa. Primera memoria es la constatación de un miserable hecho. Los que cayeron en el bando vencedor se apropiaron del momento para quitarse a sus enemigos, más débiles que ellos, de en medio, tuvieran la ideología política que tuvieran, incluso si no tenían ninguna formada.

La familia de Manuel sufre las consecuencias de la desaprobación popular ante la relación de Jorge de Son Major con Sa Malene. Como defiende Matia, no son culpables de dichos actos, de llegar estos a ser tan verdaderamente despreciables, claro. El pueblo entero justifica la muerte y el ostracismo por una aventura amorosa acaecida años atrás y lo justifica por el mero placer de liberar estrés, de tener un enemigo al que golpear. Primera memoria es una novela sobre la desesperanza, sobre la pérdida de la inocencia, sobre las maldades del mundo y los límites a los que llegamos los seres humanos cuando perdemos todo ápice de ciudadanía y sensatez, actuando por miedo y rencor.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.



viernes, 18 de diciembre de 2020

El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith

 


Aprovechando que recientemente Anagrama ha decidido sacar a la venta en dos volúmenes toda la saga de Tom Ripley, el escurridizo criminal de Patricia Highsmith, he decidido ir leyendo cada una de sus novelas (las dos primeras de nuevo) al ritmo de una por mes para no saturarme y dejar espacio a otras lecturas que también podrían interesarme por sí mismas, por ser clásicos de la narrativa en español que debo estudiar para mis oposiciones o por resultar vitales para el doctorado que quiero comenzar el curso siguiente en la Universidad de Cádiz. Por eso, hoy os traigo una reseña del inicio de todo: El talento de Mr. Ripley.

Estamos ante una novela policíaca peculiar y que recuerda a tantas otras que no suelen contemplarse dentro de este género como, la recientemente reseñada aquí, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde o Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski. El punto de unión de estas tres obras es su foco. El protagonista sobre el que posa su mirada el narrador, ya sea en primera persona como en Crimen y castigo o en tercera como El retrato de Dorian Gray o El talento de Mr. Ripley, es el malhechor, un hombre que comete un asesinato (o varios) con el fin de mantener una posición que no le pertenece, pero que considera merecida. La investigación policial va por otros cauces y el protagonista tiene que anticiparse a ella para poder salvar el pellejo. De ahí, el talento para la estafa. Raskolnikov, Dorian Gray y Tom Ripley son farsantes, maravillosos actores capaces de sudar la gota gorda mientras fingen hasta extremos que los llevan a la desesperación más absoluta. Pero si hay un actor que destaca por encima de estos tres ese es, sin duda, el personaje de Highsmith.

Que Ripley se gana la vida engañando es algo que sabemos ya desde el primer capítulo de la novela. Antes de viajar a Mongibello, Ripley ya es consciente de que alguien lo persigue por sus numerosos fraudes. Recibe llamadas amenazadoras y malvive en un piso franco desde donde se hace pasar por una compañía estatal en la que habría trabajado para agenciarse un dinero que, por supuesto, no es suyo. La aparición de Herbert Greenleaf en el bar de Nueva York en el capítulo uno es vista por Ripley al principio como un peligro. Tom no es consciente del número de personas a las que ha estafado y no sabe quién podría ser ese hombre robusto y entrado en años, pero cuando habla con él sus ojos chisporrotean. Se le concede la oportunidad de marcharse, de abandonar América con dinero de otro para cumplir una misión que no tiene ninguna intención de llevar a buen puerto, aunque insista en aparentar lo contrario. Herbert le habla de su familia, de su esposa gravemente enferma y de su hijo, un niño pijo que vive en un pueblucho en el sur de Italia y que se niega a volver y asumir responsabilidades como alto cargo de la empresa de construcción de barcos paterna. Tom finge mantener una amistad mayor de la que realmente tiene con Dickie, el joven en cuestión, cuando realmente casi ni se conocen. De hecho, el propio Dickie no sabrá bien quien es cuando lo vea en Mongibello. Porque, por supuesto, Tom se presenta allí, trata de congeniar con el joven, pero no es hasta que le confiesa a Dickie los motivos por los que le envía su padre que este no lo acepta. Ya ha llegado su perdición. Es demasiado tarde.

A partir de aquí, Tom y Dickie se vuelven amigos del alma hasta el punto de que el joven Greenleaf le permite vivir en su casa sin pagar un duro siempre y cuando puedan gastarse juntos en juergas el dinero que le ha dado su padre para llevarlo de vuelta. Tom quiere descaradamente vivir a costa de los Greenleaf, pero hay algo que se lo impide: la desconfianza de la mejor amiga de Dickie, Marge Sherwood. Marge es una joven escritora, fantasiosa y enamorada en secreto de Dickie. Tom conoce sus intenciones, sabe que su presencia hace que se sienta desplazada. Y esto da lugar a un enfrentamiento entre Marge y Dickie y, posteriormente, entre Dickie y Tom.

Marge sospecha de la homosexualidad de Tom. Y lo cierto es que Tom muestra comportamientos de una orientación sexual ambigua durante la obra. En cierto momento de la novela parece definirse como bisexual, a pesar de que en esta parece mostrar una obsesión enfermiza por Dickie y por los cuerpos masculinos, que lo lleva más allá de la atracción, así como un desprecio denostado por la mujer, hasta el punto de que podría considerarse misógino en algunos tramos. En la siguiente obra, La máscara de Ripley, cualquier alusión a la homosexualidad de Ripley desaparecerá y se presentará como un hombre marcadamente heterosexual, que tendrá hasta una pareja femenina. Sin embargo, eso ya es otra novela.

Como indiqué antes, Tom es el perfecto actor. Un embustero de manual. Es tremendamente observador y capaz de representar a la perfección la gestualidad de otras personas. Sumado esto a la obsesión que pronto genera con ser Dickie Greenleaf y vivir como él vive, podrido de dinero y viajando constantemente por toda Europa, tenemos el germen del asesino y del suplantador perfecto. Cuando todo se le tuerza, Tom buscará la forma de cumplir su sueño de ser otro mejor, y, si tiene que matar y engañarlos a todos. esto solo supondrá un problema para sus frágiles nervios. Le avala el tremendo parecido entre Dickie y él, y eso puede ser suficiente para despistar a la policía y a la prensa de toda Italia.

El talento de Mr. Ripley es un clásico de la gestión de la intriga; además de ser, por la forma en la que está narrada, una de las novelas negras que mejor profundizan en la psicología del criminal. Esto va en consonancia con el resto de la obra de Highsmith, donde la preocupación por cómo el ser humano es llevado a situaciones extremas y a cometer actos como el asesinato es total. La predisposición hacia el crimen está en el ser humano, pero se acrecienta con la miseria y la injusticia social. Ripley es un solitario, como su autora, por su orientación sexual. Marginado y vejado desde niño por su familia, que lo llama abiertamente "maricón", ha tenido que fingir constantemente para granjearse el afecto de unos pocos en una sociedad que lo desprecia, sabiendo devolver ese desprecio con otro aún más grande. No se siente culpable de mentir ni de estafar, cree que está en su derecho por todo lo que ha sufrido. Su única preocupación es que no lo atrapen y la añoranza de lo que pudo haber sido y no fue. Un personaje memorable para una novela también memorable. Aunque esto es solo el inicio. Cada mes tendréis una nueva reseña, más larga o más breve, con cada una de sus aventuras. La siguiente es La máscara de Ripley, que ya estaba reseñada en esta esquina, pero cuya entrada he retirado porque a día de hoy no estoy muy a gusto con cómo quedó finalmente.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Patricia Highsmith en esta esquina: La celda de cristal, La máscara de Ripley




sábado, 19 de septiembre de 2020

El camino, de Miguel Delibes

 


Quizás la novela más emblemática de Miguel Delibes y que mejor refleje el resto de su producción sea El camino. En ella acompañamos a un niño, Daniel, más conocido en su pueblo como "El Mochuelo", en su último verano en su localidad natal antes de ser enviado por sus padres a la ciudad con la esperanza de forjarse un prometedor futuro. Sin embargo, Daniel está de todo menos ilusionado, pues es consciente de que en su tránsito hacia la vida urbana perderá, no solo a sus amigos de toda la vida, sino un conjunto de placeres que solo puede disfrutar por el lugar geográfico que ocupa. Esta novela se trata, pues, de una Bildungsroman, bastante breve, por cierto, en la cual un resignado protagonista es obligado por sus circunstancias a asumir un papel que, en un primer momento, detesta. No obstante, con el cúmulo de acontecimientos, que no son pocos, en esta obra, la visión idílica de su aldea y de seguir siendo un niño se transformará y accederá a aceptar la educación impuesta.

Daniel es un chico de once años que piensa que todo lo que hay que saber en esta vida se encuentra en su pequeña aldea, donde todos se conocen y donde todos conviven con leyes eclesiásticas muy cerradas que delimitan que cada cual tenga un rol social. Daniel es hijo del quesero de la localidad, una profesión que Delibes reivindica ante el peligro de extinción que ella ya comportaba en los tiempos en los que se redacta esta novela. Su madre es una mujer que ha quedado estéril, por lo que Daniel es y siempre será hijo único y sobre sus hombros caen todos los sueños rotos de sus padres, que han vivido en épocas turbulentas y especialmente duras, a pesar del aislamiento del valle. Pero, ¿de qué le valen esas esperanzas, si él no puede ser dueño de su propio destino?

Daniel tiene dos amigos, con los que, a pesar de las advertencias de su madre y de otros tantos del poblado, decide pasar su tiempo, cada vez más breve. Uno de ellos es Germán, "El Tiñoso", un joven enclenque y lleno de distintas calvas que conoce y adora a todos los pájaros que surcan por el firmamento. Hijo de zapatero, no aspira a nada más que a relevar a su padre en el oficio. El otro es Roque, "El Moñigo", huérfano de madre, que se las da de tipo duro por tener la voz más grave y una cicatriz de la Guerra Civil. Juntos se divierten robando manzanas y bañándose desnudos en el lago. Forman y una tríada y aprenden los unos de los otros cómo funciona el mundo adulto. Se muestran inquietos ante todo y luchan por mostrar su masculinidad para ser considerados hombres lo antes posible.

Sin embargo, estos no son los únicos personajes de El camino. Delibes se detiene en todo momento a contar las mil y una vicisitudes de cada personaje que habita este paraíso rural, el cual defiende a capa y espada tras la sombra del dubitativo Daniel. El camino no es solo una revisión de una infancia idílica, sino un manifiesto de la defensa de la vida rural, aunque también se destacan sus ciertos peligros. La sociedad es particularmente cerrada, envidiosa con los extranjeros y recelosa con los impíos. La educación es otra. No importa saber resolver problemas con dos o tres incógnitas. No importan las raíces cuadradas ni los complementos predicativos. Lo que sí que importa es el oficio, milenario muchas veces, la capacidad para relacionarnos los unos con los otros, la forma de acatar o desafiar normas y el reconocimiento. Aunque diría que si algo importa por encima de todo en El camino es el amor. Daniel ama a una chica que es mayor que él y a su vez es amado por una chica más pequeña. Daniel comprende el mundo de los romances y los noviazgos a través de los adultos que comienzan a dejar de tratarlo como a un niño, de los continuos sermones de la iglesia y de la Guindilla Mayor, la puritana de este peculiar elenco. El amor es un motor que provoca dicha, pero también sufrimiento, pues su naturaleza es engañosa, desafía normas que la iglesia no permite que se desafíen. Mujeres y hombres se convierten en fieras en esta novela y arrancan la inocencia de los ilusos.

El camino es una novela muy breve de un gran narrador de la literatura española del siglo XX. Puede que no sea yo el que mejor empatice con las ideas de Delibes, especialmente en lo tocante a su defensa y fascinación por la caza, pero he de decir que El camino es una gran novela con algunos de los momentos más memorables que he leído este año. Aprovecho para destacar el episodio que a mi juicio es el mejor, ese en el que un Daniel humillado por haber participado en el coro de voces puras de la iglesia se detiene frente a la cucaña de las fiestas patronales y se aviene a trepar hasta la cumbre más fría y dolorosa por un duro. Daniel aprende con ello que el reconocimiento conlleva un esfuerzo y también riesgo y que si quiere convertirse en la clase de hombre que desea debe aventurarse a lo desconocido y, por muy difícil que sea el camino, no detenerse jamás.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Miguel Delibes en esta esquina: Cinco horas con Mario, El disputado voto del señor Cayo, Las ratas


viernes, 28 de agosto de 2020

Entre visillos, de Carmen Martín Gaite

 


Hace unos meses Carmen Martín Gaite me sedujo con una colección de relatos prácticamente impecables. Ahora me tocaba probar con una novela suya y he escogido Entre visillos, por tratarse para muchos de la más canónica y representativa. Además, fue con esta obra con la que obtuvo el Premio Nadal, que fue fundamental para el desarrollo de la narrativa en la posguerra española y la dictadura franquista. En Entre visillos, el lector va a encontrar las historias cotidianas de un grupo de jóvenes en una pequeña capital de provincias que se sitúa entre Santander, San Sebastián y Madrid. Se trata de una novela perteneciente al realismo social de los años 50 y que pretende, por tanto, reflejar la sociedad del momento y a través de esto poner de manifiesto una serie de injusticias, aunque, como podemos esperar de la autora, no es un texto panfletario. Se trata, como muchas obras de su tiempo, de una narración coral, donde los protagonistas son muchos y todos tienen un espacio, por pequeño que sea, para desplegar su voz. Esto contribuye a la sensación de inmersión de la novela, pues el lector puede sentir que camina por las calles de la pequeña ciudad y que los pensamientos, los deseos, logrados o frustrados de sus habitantes, se filtran a través de sus muros. Por ello, es un gran acierto.

No obstante, la figura del narrador es bastante particular a lo largo de la obra, por lo que conviene analizarla. Al principio se presenta un narrador omnisciente que introduce a las protagonistas femeninas de la obra (Natalia y sus hermanas), pero en el capítulo dos el narrador pasa a primera persona. Ahora quien habla es Pablo Klein, que se podría considerar el protagonista principal de la obra por frecuencia de aparición, a pesar de no tener la fuerza de los personajes femeninos. La narración se va alternando entre este narrador omnisciente centrado en las lugareñas y sus entresijos y Pablo Klein, quien es extranjero e irrumpe en la ciudad por motivos de trabajo. Pablo Klein tiene distinción porque es esencialmente distinto. No participa de los juegos de marujas del lugar. Tiene su propia manera de dar clase, su propia mentalidad y su propia forma de relacionarse con los demás. Viene con unos comportamientos y unas actitudes que no son propias de la España de la época. Y esto es porque Pablo, aunque nacido en la ciudad, ha pasado su juventud en Alemania. Pablo no pertenece ya al sitio en el que está y, aunque el lector lo puede deducir por este detalle, el personaje no se dará cuenta hasta que no vaya avanzando la obra y descubra las iniquidades de quienes le rodean. 

Junto a Pablo, hay otro personaje que también obtiene la distinción suficiente como para tener capítulos donde su voz se convierta en narradora de la acción. Me refiero, por supuesto a Natalia, la menor de las tres hermanas. Una chica de matrícula que sabe que su padre no va a permitirle abandonar la ciudad para ir a Madrid a estudiar Biología, a pesar de tener el deseo, la capacidad y las ganas necesarias. Y sabe que no se lo va a permitir porque es mujer. Natalia tampoco pertenece a la ciudad y su mundo de vigilar a los demás entre visillos. Natalia no quiere casarse. Natalia no quiere depender de un hombre. Natalia quiere ser libre como Pablo para ir a donde le plazca. Pero no puede porque su padre se lo prohíbe.

Este es un libro sobre mujeres frustradas e injustamente castigadas. Durante toda la novela, la mayor parte de los personajes encuentran aceptable que las mujeres se dobleguen a los deseos de los hombres. Elvira tiene que guardar el luto de su padre. Juana no puede ir a ver a su novio a Madrid porque su padre se lo prohíbe. Al mismo tiempo, su novio amenaza con dejarla si no obedece. Todo se vuelve obedecer. Perder la voluntad. El margen de libertad es pequeño y eso genera mucho sufrimiento. No miento si digo que en dos de cada tres capítulos hay una mujer llorando de impotencia. 

Por poner un ejemplo, buena parte de la narración tiene como motor central la complicada relación entre Pablo y Elvira, la hija del fallecido director del colegio donde Pablo enseña alemán. Elvira es una artista y quiere desarrollar su arte, pero sabe que a Pablo no le importa nada de eso. Él no sabe si la quiere o no, y ella espera que sea él quien se lance porque culturalmente como mujer no puede hacerlo. Finalmente, toma una serie de decisiones que le llevan a sufrir, pero que vienen determinadas no solo por su personalidad y por las extrañas circunstancias en las que se conocen (un velatorio), sino por las convenciones sociales que como mujer no le permiten ir más allá sin que la tachen de ramera, lo cual en la época en la que estamos hablando podía suponer el repudio de toda su familia y amigos.

Mientras que las mujeres no tienen libertad para obrar en esta obra, los hombres pueden hacer y deshacer lo que les venga en gana y culpar a sus novias, a sus hermanas y a sus madres. De todo el abanico de personajes masculinos de la obra, son pocos los que acaban actuando con buenas intenciones. La mayoría solo buscan a las mujeres como objetos sexuales y quieren casarse con ellas para ahorrarse tener que pagarle a una criada. Muchos son borrachos y acosadores. Y esto se ve normal dentro de la sociedad en la que viven. Un hombre puede beber, una mujer no. Un hombre puede fumar, una mujer no. Un hombre puede estudiar, una mujer no. Y así una larga lista de comparativas que no puede más que sorprender al lector actual. 

Algunos de estos problemas se han superado, pero no todos ni mucho menos en todas partes. Por lo que a pesar del innegable progreso hay que seguir apostando por la equidad entre hombres y mujeres. Por ello, considero que una lectura como Entre visillos es muy necesaria, incluso por encima de otros clásicos de la posguerra. Sé que el nuevo sistema de Selectividad en España ha recuperado a Carmen Martín Gaite con su novela El cuarto de atrás, lo que me parece un acierto por su parte. Será el próximo libro de la autora que lea.

Y eso es todo. Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Carmen Martín Gaite en esta esquina: Cuentos completos,



miércoles, 29 de julio de 2020

Psicosis, de Robert Bloch




Mary Crane es una joven que ha robado cuarenta mil dólares a su jefe y se ha dado a la fuga. Acaba por casualidad en un parador cerca de Fairdale (Pensilvania). Le atiende un extraño y diminuto hombre: Norman Bates, el encargado del lugar junto a su madre "enferma". Todo parece ir bien, a pesar del curioso comportamiento de Bates, hasta que la mujer es asesinada, supuestamente por la madre, en la bañera. He aquí la famosísima escena de la película de Hitchcock, recreada y parodiada en multitud de series y películas. Inmediatamente después, Norman decide ayudar a su madre y esconde las pruebas y el cadáver de la chica en el fondo del pantano colindante, pero no cuenta con que la familia de Crane y su jefe están dispuestos a mover cielo y tierra para encontrarla.

Estamos ante un clásico de la novela negra, donde se aprecia un fuerte componente de terror psicológico, que, si bien ahora al lector promedio le parecerá muy sutil, en la época debió causar una fuerte conmoción. No por nada el caso de Ed Gein, en el que se inspiró Bloch, estaba muy presente. Sin embargo, aunque hay ciertas similitudes entre los personajes de Norman y Ed, es evidente que la crueldad está mucho más contenida en el texto. No hay alusiones sexuales explícitas, de la misma forma que no hay descripciones de atroces evisceraciones. El denominador común de las muertes se produce por un tajo en el cuello, las víctimas pierden la vida y Bates las echa al pantano. Fin. Esto nos puede recodar al comienzo del cine slasher, a ese matar por matar, a esa obsesión con ver el cuerpo desnudo e inerte con la sangre manando de la garganta.

Por otro lado, la lectura es muy adictiva y la intriga se mantiene hasta el giro final. Si bien no estoy muy contento con este, he de reconocer que toda la novela se va construyendo hacia ese momento. De hecho, Bloch es especialmente bueno dejando pequeños detalles y luego retomándolos. Juega mucho con el concepto del clavo/pistola de Chéjov y lo lleva a otro nivel de minuciosidad. Por ejemplo, que Bates al limpiar el cuarto donde ha sido asesinada Mary Crane no encuentre uno de los pendientes de la joven es crucial para el descubrimiento del asesino varios capítulos después, cuando hasta el mismo lector se había olvidado de la existencia de esa alhaja. De igual forma, que Bates tenga una ardilla disecada y mencione su taller de taxidermia en el sótano será relevante llegado los compases finales de la obra.

Al igual que el autor mima estos detalles para consolidar la verosimilitud de la narración, la estructuración de los capítulos es una genialidad como pocas. Bloch juega con lo que el lector sabe y con lo que los personajes no. El lector parece ir siempre uno o dos pasos por delante de los personajes y digo parece porque desconoce la sorpresa final (si no ha visto la película, claro). La focalización en los personajes es tan profunda que llegamos a creernos lo que nos dicen, lo que se dicen a sí mismos y lo que les dicen a los demás. Y eso está bien porque da pie a los giros de guión, estratégicamente colocados al final de cada capítulo.

Más allá de la trama y de los aspectos narratológicos a destacar se sitúa el eje enfermizo de la relación entre Norman Bates y su madre, basada en el dominio de esta sobre el cuarentón. Bates es un ser asocial, que según su madre "no tiene el coraje suficiente para actuar como un hombre", por lo que vive encerrado en un mundo de fantasía y autotortura, donde sueña con matar a su progenitora. Para no arruinarle la novela (o la película) a nadie, no comentaré cómo se desenvuelve este complicado entramado de amor, necesidad y odio entre madre e hijo, donde Norman padece lo que podríamos llamar un tremendo complejo de Edipo.

De la novela, Bloch hizo dos secuelas más que seguramente lea, aunque me han comentado que no están al nivel de esta. En cualquier caso, una lectura muy recomendable.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


miércoles, 6 de mayo de 2020

La isla y los demonios, de Carmen Laforet



Nada es uno de mis libros favoritos de la adolescencia y uno de los primeros que reseñé en esta esquina. Obtuvo el primer premio Nadal y catapultó a su autora a la fama y si hay una novela que pudiera estar a su nivel, dentro de la producción de Laforet, sin duda es esta. La isla y los demonios se escribe poco después y tiene también un cierto toque autobiográfico. En ella, Laforet hace repaso a sus orígenes en la preciosa Gran Canaria y echa cuenta de sus leyendas en una suerte de drama familiar mezclado con Bildungsroman en la que seguimos a la joven Marta Camino, que sueña con el día en el que pueda alejarse de su casa e iniciar una nueva vida en la capital del país.

Estamos ante una novela tautológica, donde importan tanto la isla, que adquiere una entidad propia, como los demonios, que orbitan desde las leyendas que tanto ama Marta hasta sus seres más cercanos que impiden el avance de la protagonista. Marta lucha por una vida intelectual y emocional en la que pueda tomar las riendas, pero esto no es sencillo. En primer lugar, la trama se desarrolla durante la Guerra Civil y su casa está gobernada por el autoritario José, partidario del bando franquista y que piensa que su hermana literalmente le pertenece. José no es un tipo tonto y tiene un motivo para encerrar a su hermana y privarla de su juventud: ella es la heredera de la gran fortuna de su madre Teresa. José, que es hijo de un matrimonio previo de Luis Camino, no tiene derecho a ella. Sin embargo, se siente como si así lo fuera, puesto que ha trabajado con sudor para que a la senil Teresa no le falte de nada. En medio de este proceso vegetativo que va colapsando a la anciana poco a poco (la enfermedad no se explicita en ningún momento, pero bien podría tratarse de Alzheimer), José ha contraido matrimonio con su enfermera personal, la señora Pino. Esta mujer detesta terriblemente a Marta porque siente celos horribles derivados de la errática relación que mantiene con José, en la cual todo son gritos y golpes. El abusado, al no poder con el abusón, se desquita con alguien más débil que él. En fin, nada nuevo bajo el sol, pero que deja un panorama nada agradable para Marta.

En medio de este percal, aparecen tres espíritus nuevos en la casa: los tíos peninsulares de Marta. Estos son para colmo artistas y vienen acompañados de un atractivo y cojo pintor llamado Pablo, del cual la joven protagonista caerá perdidamente enamorada. Ilusionada con una vida bohemia, tratará de entablar amistad con los nuevos visitantes, que huyen de la guerra y que tienen aceptar la ayuda de José a regañadientes. Marta imagina, sueña, crea y aprende de sus tíos, pero estos pronto la decepcionan. Honesta le parece una criatura vil y ordinaria. Matilda la desprecia. Y el bueno de Daniel, con tu tic nervioso tras haber estado en primera línea de combate, le inspira absoluto pavor en según qué momentos. Sin embargo, en Pablo descubre este amor que ya hemos comentado, y quizás lo hace porque es la única persona en toda la isla que decide no tratarla como una niña, sino como una mujer. Sin embargo, la relación con él, que estructura buena parte de la novela, no durará eternamente. Marta sufrirá el desamor y su conocimiento la llevará a crecer.

La complicada relación entre los personajes va de la mano con la crítica sutil al sistema instaurado tras la Guerra Civil, donde el machismo y el conservadurismo serán las cartas reinantes. Marta se ve obligada a ser una mujer "decente", a aceptar todas las convenciones sociales de su época y a no rechistar a su hermano, del cual depende al ser mujer. Debe renunciar a sus sueños, resignarse a ellos y aceptar una vida mísera como la que lleva su cuñada Pino. Sus propios tíos, lejos de apoyarla en la búsqueda de sí misma y en su crecimiento personal, le instan a buscar un marido que la mantenga antes de que se le pase arroz. Es duro leer según qué páginas porque por los testimonios de nuestros mayores sabemos que la vida antes era así para las mujeres. Silenciadas. Dominadas por la fuerza y recluidas a las labores del hogar y a la crianza de los hijos. La libertad que Marta anhela choca con un muro que se siente infranqueable y el cual es muy difícil saltar, aunque la novela no termine demasiado mal para ella. Este es un libro interesantísimo de abordar desde una crítica feminista e historicista. 

Por otro lado, la obra puede ser perfectamente una de las grandes novelas canarias. Laforet hace un homenaje a su tierra adoptiva (a pesar de nacer en Barcelona, se mudó a Gran Canaria con dos años). La ambientación está perfectamente conseguida y hace que uno se sienta como en la isla. El mar, de infinito valor en la obra, mece el corazón de los lectores mientras siguen sus líneas. Las palmeras se despliegan frente a los rompeolas y la sierra con sus montañas sagradas, donde habitan los demonios guanches, completan un tríptico de inconmensurable belleza para los que nos gusta recrearnos en estos pasajes descriptivos perfectamente medidos. 

Sin embargo, en comparación con Nada, a pesar de ser narrativamente más compleja, se siente que falta algo, probablemente un mensaje más concentrado y sin tantos ambages. Así que, estando un peldaño por debajo, no deja de ser una obra magnífica, especialmente si eres de o has viajado a las Islas Canarias y guardas un buen recuerdo de ellas.

Reseñas de otras obras de Carmen Laforet en esta esquina: Nada,

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


jueves, 13 de febrero de 2020

Astronautas, de Stanislaw Lem



De las cuatro novelas que he leído de Stanislaw Lem, Astronautas es con mucha diferencia la más floja de todas. Y esto no se debe a que los avances científicos hagan imposible un paisaje como el que nos presenta el polaco de Venus. Sobre la cuestión de la inverosimilitud de la obra a causa de los progresos científicos habla el mismo autor en su prólogo. Aunque para mí, ese no es el principal contratiempo de una obra que podría funcionar muy bien, pero que se hace tediosa por momentos. Su defecto radica en la dosificación de la trama y su dilatación (casi 400 páginas) para una historia bien simple. 

En torno al año 1915 un misterioso meteorito se estrella en una región remota de Siberia. El impacto es recordado por los aldeanos durante décadas, aunque el resto del mundo no le da la menor importancia, con la salvedad de algún que otro geólogo moscovita. No es hasta el 2003 ficticio, en el cual no hay guerras, el Sahara se ha convertido en tierra fértil, se han derretido los polos y ha triunfado el comunismo (¡lo que tenía que escribir un jovencísimo Lem para que le dejaran publicar!¡Madre mía!), no es hasta el 2003, repito, cuando una serie de ingenieros se fijan en la fosa y rescata de los alrededores no ya un meteorito, sino lo que a todas luces es una pequeña nave espacial. Dentro de ella se encontrará un mensaje que, una vez descifrado con la ayuda de un superordenador, dejará conmocionado al mundo. El gobierno terrícola no podrá quedarse de brazos cruzados ante la confirmación de vida más allá del orbe y organizará a una tripulación con los científicos más preparados de cada campo. El objetivo será entrar en contacto con los venusianos y descubrir sus enigmáticos propósitos. 

La novela está dividida en dos partes. La primera narra en tercera persona los sucesos referidos arriba, prestando especial relevancia al Comité de Traductores y a la puesta a punto del cohete (el Cosmocrátor), e irá presentando a personajes que posteriormente se convertirán en miembros (me gustaría decir relevantes) de la tripulación. La segunda parte está constituida por el diario del piloto, que narra desde su admisión al equipo hasta el descubrimiento de la verdad acerca de los habitantes de Venus. Al principio parece la parte menos árida de las dos, pero presenta una serie de altibajos, donde las descripciones extensísimas de paisajes y fenómenos no ayudan al lector en absoluto. 

No obstante, la mezcla de las dos fue un completo fenómeno de ventas en la Polonia natal de Lem y en todos los países de la órbita soviética. Quizás la principal ventaja de la obra reside en una apuesta arriesgada por la ciencia ficción en unas tierras y en un momento en el que la moda impuesta era el realismo socialista, trillado cien veces hasta la saciedad. Y Astronautas asume algunos de los principios necesarios para que una obra con una temática tan infrecuente fuera vista con buenos ojos. La Unión Soviética estaba desarrollando su programa espacial y competía abiertamente con Estados Unidos. Y esto irremediablemente me lleva a hablar del protagonista: un hijo negro de estos dos países. Con un abuelo negro masacrado por el racismo estadounidense y acogido por la URSS, pero siempre añorando su pueblo y su gente. El piloto Smith es una mezcla de culturas y la confirmación alegórica de la paz, así como la unión de fuerzas para un futuro global y lleno de ciencia y saber.

Sobre los demás personajes poco hay que podamos comentar. Pasan sin pena ni gloria. Y eso es quizás lo que da más rabia. Tienen intervenciones profundas, como es característico en la prosa de Lem, pero nunca llegamos a averiguar cómo son realmente. Y lo que es peor, cuando los llegamos a conocer algo ni nos importa. No sé si me ocurre a mí nada más, pero me he sentido totalmente decepcionado con los compañeros de Smith. Siempre tan misteriosos y tan rematadamente pedantes que me costaba verlos en la utopía de la que partían. 

Por otro lado, hay mucho potencial desaprovechado en la obra. Caminos que podrían haberse seguido y que no llegaron a ningún sitio para terminar con una respuesta más que simple y decepcionante. Diría que el final es hasta cierto punto previsible. Por supuesto, Astronautas cuenta con sus momentos de aventura muy entretenidos y con sus giros de guion, que sirven de soporte a la obra y sin los cuales se vendría abajo. Sin embargo, una mayor cantidad de giros y una depuración más lograda de la narración la habrían favorecido muchísimo. También se ha echado en falta un poco más de la complejidad filosófica y antiantropocentrista a la que nos tiene habituados Lem y que tan bien cuajan en sus novelas. Con esto no quiero decir que sea un tostón la obra; no es así en absoluto. Sin embargo, se nota muchísimo que es el primera contacto de su autor con el género y que el tiempo no le ha sentado demasiado bien. Así que, para ir cerrando, tenemos una obra que, sin estar mal del todo, solo recomiendo a quienes sean verdaderos devotos del polaco.

Y eso es todo por hoy. Lean mucho, coman con moderación y namasté. 

PD: Iba a linkear alguna que otra reseña externa a este sitio, pero las que he visto te revientan el final y eso me parece hasta cierto punto cruel, así que he decidido evitarlo.

Más reseñas de obras de Stanislaw Lem en esta esquina: El hospital de la transfiguración, La investigación, El congreso de futurología


miércoles, 10 de octubre de 2018

Las diez mil cosas, de Maria Dermoût




Mi primer contacto con la literatura holandesa se produce a través de la lectura de Las diez mil cosas de Maria Dermoût, considerado en el prólogo, por Hans Koning (su editor), como uno de los libros con mayor calidad literaria de la escritura en neerlandés del siglo XX. Aunque Koning habla de novela, Libros del Asteroide nos advierte de que este libro es recomendable leerlo como un conjunto de relatos. Y lo cierto es que Las diez mil cosas no es ni una cosa ni otra, sino una mezcla creativa de ambos géneros, aparentemente deslavazada en un primer momento, pero remediada con un gran don poético en su parte final, la cual goza de una extraordinaria belleza.

Dermoût tira un poco de su infancia vivida en las colonias orientales holandesas (Indonesia) y nos construye el paisaje natural de una isla perdida de las Molucas donde, salvo unos pocos europeos, la mayoría de la población es de origen chino, africano o malayo. En este lugar seguiremos un drama familiar que tiene al personaje de Felicia como protagonista. Ella es la nieta de la señora del Pequeño Jardín, una finca situada en la bahía interior de la Isla que gozó de tiempos mejores cuando el comercio de especias había estado en alza (siglo XIX), pero que se ha ido empobreciendo con el paso de los tiempos y con numerosas desgracias de una sospechosa índole sobrenatural. En la finca, Felicia vive con su abuela y sus padres, y descubre con ellos las maravillas de la Isla, que se nos irán presentando con toda la ternura y la curiosidad de una niña de su edad. Sin embargo, tras un tiempo, sus padres deciden volver a Holanda para vivir una vida mejor y abrirle la posibilidad de tener estudios a Felicia. Su abuela no la deja marcharse sin darle antes una reliquia familiar (la serpiente del carbunclo) y profetizar su regreso dentro unos años. Felicia, efectivamente vuelve a la Isla, pero no viene sola. La acompaña su hijo, Himpies, y todo un lastre de pobreza y vergüenza tras ser abandonada por su pareja, un holgazán y un ladrón, que habría vendido todas las pertenencias de Felicia para poder escapar de Holanda. La protagonista se verá ahora en la dura tarea de reponer su nombre y se encontrará con que el Pequeño Jardín ya no es tan seguro como recordaba. Los dos presagios de su abuela se habían cumplido de esta forma. El primero de ellos, la ironía de su nombre, aún tenía mucho por delante para aguarle la existencia.

Como comprenderéis rápidamente por la sinopsis, esta "novela" trata de la (des)colonización desde el punto de vista holandés y de la independencia de la mujer forzada por causas externas a ellas, provenientes principalmente del trato masculino. Sin embargo, la historia no se detiene en clichés y en luchas de este estilo por muy necesarias que estas sean. Va mucho más allá y aspira a rozar temas lo más trascendentales posibles. El punto de mayor interés y el motor principal de los acontecimientos es aquí la muerte provocada, o lo que es lo mismo: el asesinato. No por ello, Dermoût adopta los esquemas de la novela negra, por mucho que este género haya explorado la problemática, pues para la escritora el encontrar a los culpables y sus motivos carecen de interés. Por extraño que parezca, adopta una postura antibélica (de necesidad de poner fin a una violencia inexorable). Tras la muerte de numerosos seres queridos, Felicia se transforma en una ferviente luchadora contra el homicidio voluntario y reflexiona arduamente sobre la absurdez que encuentra en él. El título, Las diez mil cosas, hace referencia a esta actitud tomada por Felicia, pues en la Isla en la que vive, los habitantes se despiden definitivamente de sus seres queridos enumerando las cien cosas agradables que esperan que ellos encuentren en el más allá. Es una despedida personal, íntima, y tiene una solemnidad inquebrantable dentro del microcosmos de la Isla. Este curioso ritual es, además, el que entronca con los tres "relatos" localizados en la parte tres de la novela (La bahía exterior), donde se nos narran diferentes asesinatos sucedidos en el mismo año dentro de la Isla y que no guardarán relación entre sí hasta el final, convirtiendo a la muerte provocada en un acto natural, triste, pero no por ello exento de belleza y significado.

Partiendo de esta particularidad es de entender que las enumeraciones y las descripciones deban tener un peso importante en la trama de una historia como esta. Por suerte, están trabajadas minuciosamente por la escritora para mantener el ritmo de cadencia, de lirismo y elegancia que se requería. No sé cómo sonará en el original, pero algunas partes de la traducción me han parecido casi hipnóticas. Para que os hagáis una idea, os dejo tres párrafos donde se describe el escenario al que arriban Felicia y su hijo cuando esta regresa a la Isla:

"Aún no había mucha gente en las calles, pero los que se cruzaban con el coche se detenían a mirar y saludar.
La niebla empezaba a levantarse. Por todas partes había árboles muy altos con espeso follaje, hasta el borde como en los muros de la fortaleza, crecían la hierba y la maleza, y algunos arbustos. El mundo entero parecía de un verde intenso aquella mañana, y por entre los troncos de los árboles, tan poco espaciados, se veía a cada momento la rielente agua de la bahía con los reflejos plateados del sol... Más arriba aparecía, inmóvil, la ondulante y oscura costa de la otra playa, y aun más arriba, un cielo aún luminoso.
En el prao los esperaba un prao alado, y otro pequeño para el equipaje, con remeros y un timonel."


La naturaleza está representada en toda su belleza amenazante. Nos recuerda que la fragilidad también puede enseñar sus dientes y que siempre nos abandona, nos deja solos ante el peligro. Lo curioso es que las desgracias que se viven dentro de la Isla y su ley natural no se presentan en contraposición a las de fuera, sino en conjunto. El microclima de la Isla (retratado en el noventa por ciento de la "novela") es solo una pieza de un escenario mucho mayor, más grande y más verde, porque ese verdor se alimenta de todos nosotros, de nuestras energías, esperanzas, deseos, frustraciones y sueños. En este punto le tengo que dar la razón a Koning, Las diez mil cosas es mucho más universal de lo que pudiera llegar a parecer por su limitada visión y espacio. De hecho, la incursión de los relatos intenta de alguna forma ampliar el mensaje que al principio parece tan ligado a la tierra que Felicia pisa. El tema de la naturaleza está íntimamente ligado aquí con la maternidad y el crecimiento vital, así como con el fin de la existencia terrenal. El amor materno y el amor romántico se convierten en impulsos que mueven a los personajes a actuar para crecer o acabar con el crecimiento de quienes les rodean.

Sin embargo, no todos son alegrías. Las diez mil cosas tiene una estructura atípica y eso le pasa factura, porque descoloca al lector. Cuando comencé a leer la tercera parte, donde se introducen estas tres historias que nada parecen tener que ver entre ellas, me sentí desplazado e incluso engañado. La inconclusión de la historia de Felicia me extrañaba y no llegaba a comprender por qué Dermoût detenía a este personaje para contarme las desdichas de otros tantos nuevos con los que solo compartía el geoespacio de la Isla. La escritora cambia incluso su estilo: comienzan a predominar los diálogos sobre las descripciones, las enumeraciones bellísimas desaparecen y dan lugar a situaciones con mucha más acción (¡cuándo nadie se las pedía!),... Por eso, aunque aguantar hasta el final "mereció" la pena, por decirlo de alguna forma, sigo sintiendo como si el libro cojease. La tercera parte podría haber estado intercalada con las dos primeras sin muchas dificultades, les habría aportado dinamismo y la narración resultaría mucho más natural e integrada. Comprendo la decisión de esperar hasta el final para ir introduciendo ese estilo fantástico -insinuado en la tercera parte y totalmente desplegado en la final-, pero no era en absoluto necesario y, por desgracia, afecta con suficiente fuerza a la fluidez y al ritmo que se seguía hasta ese momento. 

A pesar de estos peros, he de señalar que mi impresión tras la lectura ha sido bastante positiva. Maria Dermoût era una escritora minuciosa, poética y muy empática. La teluridad de su estilo me ha recordado, salvando las distancias, a Cesare Pavese y la belleza de su amplio léxico y su gusto por las historias que parecen íntimas me ha traído a la mente a autoras como Ana María Matute y María Teresa de la Parra. La ambientación escogida, por otro lado, me ha recordado muchísimo a Paisaje con reptiles, de Pilar Pedraza. En definitiva, nombres que para mí representan un cierto aval a la hora de leer, más allá de los gustos personales de cada uno. No he encontrado más reseñas en mi blogosfera habitual ni fuera de esta. Tenéis por ahí varias entradas de prensa, aunque siempre he tenido mis serias dudas con la sinceridad de la prensa literaria, así que os dejo a vosotros la tarea de buscar otras impresiones para poder contrastarla con la que hoy os ofrezco.

PD.: Ante la petición de Keren Verna en la entrada anterior, he decidido revisar mi reseña de Por qué se cuece el niño en la polenta para ver si puedo mejorarla hasta el punto en el que yo me sienta a gusto publicándola. Un saludo y felices lecturas.


miércoles, 1 de agosto de 2018

Camino de sangre, de Cesare Pavese y Bianca Garufi



Esta novela de Pavese es profundamente polémica. Primero porque es póstuma y porque parece que solo nos acordamos de la gente cuando está muerta. Segundo porque es muy morbosa, más si entendemos que puede existir un cierto trasfondo de sustento real detrás. Y tercero porque está escrita a cuatro manos con quien se especula fue su amante definitiva, la psicoanalista Bianca Garufi. Los papeles del manuscrito fueron encontrados en 1959 por Italo Calvino, quien era editor de la prestigiosa Enaudi por aquel entonces. El maestro italiano buscaba algunos cuentos inéditos en el estudio de su amigo, pero en lugar de estos supuestos textos lo que halló fue este desgarrador y poético Camino de sangre, una última novela que vería la luz diez años después de la muerte de Pavese. No sé nada sobre la reacción de Garufi al enterarse del descubrimiento de Calvino y de sus intenciones, pero si no le había importado que estuviera tanto tiempo bajo llave, entiendo que mucha gracia la idea no le haría. Más que nada debido al personaje femenino que estaba a su cargo y que podría llegar a interpretarse como un claro reflejo de las desdichas de su vida.

Camino de sangre narra desde la cotidianeidad una historia de amor rota por el dolor acumulado de las heridas del pasado y la lucha inútil contra este. Juega con los conceptos nietzscheanos del eros y el thatanos, la pulsión entre el ansía de vivir y la atracción irrefrenable hacia la muerte. Sus personajes se sienten reales y eso es porque ambos escritores pusieron mucho de su parte para que así fuera. A pesar de que cada uno de ellos tenía pendiente una serie de capítulos (correspondiéndole a Pavese los impares y a Garufi los pares) la narración se siente perfectamente imbricada en sus resortes y la aportación de cada cual, en lugar de separarnos del texto, nos empuja hacia él con más fuerza. Se alternan los escritores, pero también los narradores. Pavese le dará voz a Giovanni, el poético y posesivo exnovio o examante o exalgo de Silvia, que exige toda la atención de esta y siente celos por todo y de todos. En definitiva, un joven infeliz con ínfulas, un poco cargante a veces, pero también con una gran capacidad de reflexión y algunas ideas muy potentes. Garufi, por su parte, se centrará en construir al personaje de Silvia. Desde mi punto de vista, su trabajo es más interesante y, aunque no goce de las lapidarias frases de Cesare, tiene una mayor profundidad psicológica y argumental. Es el pasado de Silvia lo que le impide escapar del pueblo con Giovanni, pero cierto es también que él promete mucho y sueña a lo grande sin mover un dedo, expectante. No es consciente del problema hasta que no es demasiado tarde. Silvia es una mujer que ha sufrido, mucho. Por eso necesita acción y no promesas. Así que le pide que la acompañe a Maratea, su pueblo natal, para asistir a los últimos momentos de un familiar muy cercano. De esta forma, Giovanni podrá entender, accediendo a su círculo íntimo, el porqué de la frialdad y la dureza con la cual Silvia siempre lo ha tratado. Camino de sangre nos muestra la desagradable cara del amor y cómo solo se puede aspirar a llegar a una total comunicación de pareja a través de la apertura de viejas heridas no cicatrizadas. De hecho, uno de los principales problemas que afrontan los protagonistas es la incomprensión derivada de una falsa imagen del otro. La idealización romántica del compañero destaca por ser sana solo en las peores historias.

Ambos construyen una novela turbulenta, pero madura. El toque de Garufi, su buen dominio de los diálogos y la creación de su personaje me parece espléndido. Aporta de veras un aire diferente a la narrativa de Pavese, cuyos rasgos distintivos siguen brillando aquí. Vuelve a aparecer esa visión telúrica del mundo y de la mujer que deja esos párrafos tan bien escritos, esa idea de confrontación lastimera con la realidad, el pesimismo propio de la incapacidad para cumplir los sueños de la juventud, el personaje cínico que prefiere observar antes de actuar, la ambientación de las sierras italianas y la vida en sus pueblos aislados, la confrontación de escenarios rurales y urbanos, pero ahora entra, gracias a Garufi, una mejor gestión de la intriga basada en secretos inconfesables, la visión de la mujer como clase explotada y maltratada incluso en las buenas familias de la época, la deshonra familiar de ser una víctima (muy lorquiana aquí), el endurecimiento del alma a base de golpes y muchos, pero que muchos, silencios significativos. Una combinación más que interesante e enriquecedora, casi diría que imprescindible. La sencillez de su propuesta y su buen desarrollo me han conquistado. No me despido de vosotros sin recomendaros que le echéis un ojo también a la magnífica reseña que ha escrito Rusta en Devoradora de libros.

 Más reseñas de obras de Cesare Pavese en esta esquina: La playa



sábado, 10 de febrero de 2018

Llenos de vida, de John Fante



John Fante es un reconocido novelista y guionista que a comienzos de los 1950s ha conseguido la suficiente solventura económica como para comprarse un chalet cercano a los estudios de Hollywood y poder permitirse tener a su primer hijo con su mujer Joyce. La narración comienza a los pocos meses de embarazo de esta y nos muestra a un John ligeramente esperanzado frente a los caprichos y a la inestabilidad emocional de una esposa que lo detesta y lo ama según le da. John intenta engañarla con otra, pero se siente incapaz. Es un hombre cobarde, cargado de inseguridades, y así le tratan sus familiares más allegados. Cuando el reluciente suelo de la cocina se venga abajo por un ataque descontrolado de termitas, su mujer se negará a pagar a un albañil para que lo arregle, por lo que John se verá obligado a acudir a su padre, Nick Fante, un campesino prejuicioso y dictatorial que le martirizaba cuando era pequeño, pero que teniendo experiencia en el sector y no cobrando un duro es la mejor baza para que el importe invertido en la casa no haya sido en balde.

Fante construye una novela de autoficción con importantes chispas de inteligencia y un humor variopinto cuyos diálogos no son quizás los mejores de la historia de la literatura, pero que guarda un mensaje enternecedor que cala hondo en el lector y que le lleva a pasar momentos bastante agradables. Toda la novela gira en torno a la cobardía de Fante, que no quiere ser padre ni hombre ni adulto y que no le queda más remedio que afrontar una realidad ineludible. John se nos muestra como un auténtico "calzonazos", sin criterio ni voz ni voto, que sólo quiere esconderse para llorar y que se muestra incapaz para comprender el complejo mecanismo que le rodea. Su mujer, ante la alarma del parto, vagabundea de un clavo ideológico a otro para salvarse, ya que sabe que la mano que le tiende su marido, por muy buen intencionada que esté, es provisional y agarrarse a ella podría traerle más problemas que beneficios a largo plazo. Por otro lado, el papá Fante representa para John la personificación de sus miedos más profundos: la tiranía del padre que gobierna sobre sus hijos y controla todo lo que tienen que hacer. John teme convertirse en su padre con el bebé que está en camino. A esta peculiar familia habría que sumarle la madre de Fante, una mujer que depende emocionalmente y en grado máximo del sino de sus hijos y que cada vez que ve a alguno finge que se desploma en el piso, y el catequista de Joyce, que se comporta como el clásico "cura metomentodo" que se cree con el derecho divino de juzgar a quien le venga en gana.

La historia que se nos narra es, como se podrá entender, desenfadada y entretenida. El texto es ágil y asequible y recuerda en su estilo remotamente a algunas novelas del Paul Auster de Brooklyn Follies. Lo cierto es que me lo he pasado muy bien leyéndola y eso se lo agradezco a Cities (Das Bücherregal), que me la recomendó a finales del pasado año. Tenéis más reseñas de Llenos de vida en Cuchitril Literario y Un libro al día

Reseña de otras obras de John Fante en esta esquina: La hermandad de la uva, Espera la primavera, Bandini,


miércoles, 10 de enero de 2018

El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares




Emilio Gauna es obrero en un taller de Buenos Aires a finales de los años 1920s que sobrevive como buenamente puede compartiendo cuarto con su mejor amigo Larsen y que es aficionado al fútbol, al mate y a las carreras de caballos. Siente especial predilección por el juego y, gracias a la recomendación de su peluquero, apuesta por el equino ganador, con lo que se agencia más de mil pesos de golpe. Como no sabe en qué invertirlos e impulsado por su buen corazón invita a sus amigos del barrio, una panda de maleantes dirigidos por un viejo doctor apellidado Valerga, a pasar juntos las tres noches más alocadas de sus vidas en el carnaval de la capital de 1927. Tanto es lo que bebe Gauna que se despierta tirado en medio en medio de un bosque junto a un mudo y su hermano, sin recordar cómo llegó allí. Sin embargo, una imagen persiste en su cabeza, la de una mujer cubierta con una máscara en el lujoso pub de copas Armanville, de las afueras de la ciudad.

A partir de este punto comienza una historia de cotidianeidad, que Bioy prolonga la mayor parte de la novela. Gauna visita a un brujo porque sabe que algo importante ocurrió aquella noche, aunque no tenga claro el qué. El vidente le recomienda que trate de olvidarse del todo de ese asunto, pues su vida podría correr peligro si no lo hiciera. Entonces Gauna se resigna e intenta volver a la rutina de siempre. Se enamora, se casa, tiene toda suerte de proyectos y parece feliz, pero la duda acerca de lo que ocurrió verdaderamente en esas tres noches de 1927 vuelve a presentarse años después con una fuerza atroz.

Tengo que decir que El sueño de los héroes es una novela bastante diferente de lo que esperaba tras haber leído La invención de Morel. Se presenta a sí misma como una obra fantástica, pero este elemento se concentra en muy pocos puntos de la narración, que, por lo general, goza de un realismo muy bien construído. Con Gauna uno paseará por los lugares más deprimidos de los Buenos Aires de finales de los 1920s en una novela con unos tintes argentinos muy marcados. Los personajes toman mate, vosean, recitan tangos de memoria, se vuelven locos por el fútbol, apuestan a las carreras de caballos, salen a emborracharse por noches en el carnaval, etc. Esto puede llamarle la atención a lectores que como yo no hemos pisado nunca Argentina, aunque me imagino que buena parte de los de allá estarán un poco hartos de personajes tan estereotipados. 

Lo cierto es que los personajes se sienten muy encerrados en sus roles sociales y salvo alguno que otro como Larsen, la mayoría cuentan con una profundidad relativa y con unas actuaciones algo predecibles. Gauna es un personaje que no comprende cómo debe actuar, pero que se deja guiar con la idea de "cómo tienen que ser los hombres"; demostrará a toda costa que él no es ningún cobarde. Es triste, porque él mismo sabe que los actos que tiene son muy reprochables y que el doctor Valerga y sus compinches son unos sinvergüenzas que sólo quieren aprovecharse de su dinero, pero aún así siente una necesidad tan grande de mostrarse ante ellos como el "macho" que raya en lo patético. No obstante, Gauna tiene un buen corazón y eso le lleva a conquistar a Clara, la hija del brujo, que a mi juicio es uno de los personajes mejor construidos y que más juego dan. Clara se pasea en otro conjunto social que Gauna desconoce: el marginal mundo del arte dramático de la época. Sus amigos son intelectuales con pocos recursos donde Gauna no encaja en absoluto. El grupo de Clara es utilizado por Bioy para criticar la pésima situación de la mayoría de teatros de la Argentina del primer tercio del siglo XX, muy influido por las ideas modernistas que llegaban tardíamente de la Europa Continental. Clara es un personaje ambiguo e ingenioso y, por supuesto, la mente pensante del matrimonio Gauna. Sabe que todo lo que profetiza su padre es cierto y que Emilio no debe instigar en el pasado de aquellas tres noches. Sin embargo, me ha faltado en ella una chispa de rebeldía con una pareja tan cargada de celos como es el operario, poderosamente posesivo e irresponsable.

A pesar de esto, la construcción final y el ritmo creciente de la novela en su último tercio le dan una fuerza estética apabullante. Se genera una intriga insospechada para el lector que hacía un par de días había comenzado el libro en un abanico de confunsión y, al igual que en La invención de Morel obtenemos un final más que satisfactorio y que nos deja con más preguntas que respuestas. Bioy consigue que uno llegue a sentir verdadera preocupación por el destino de Gauna y por desentrañar el misterio que busca con tanto ahínco. Y esto es un logro fundamental para que una novela como El sueño de los héroes siga funcionando a día de hoy.

Por su temática la historia me ha recordado en gran medida a Cuando quiero llorar no lloro, aunque la prosa de Bioy es más sobria y precisa que la de Otero Silva, que destaca por su léxico florido e irónico.  También recuerda a un cuento como El sur de Borges, aunque con una trama mucho más enrevesada, callejera y distanciada en el espacio. Como novela podría decir que es recomendable, aunque los que más disfrutarán de ella serán los argentinófilos y los amantes de los finales sorprendentes que sepan tener paciencia a la hora de leer. Para cualquiera de estos dos, es una novela imprescindible.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: Dormir al sol, La invención de Morel,


martes, 26 de diciembre de 2017

Las sirenas de Titán, de Kurt Vonnegut



Winston Niles Rumfoord es un millonario que viajando en su nave espacial privada con su perro Kazak queda atrapado en un infundibulum crono sinclástico cerca de Marte, lo que le permite desplazarse en el espacio-tiempo dentro del Sistema Solar a capricho del extraño fenómeno cósmico que lo ha fagocitado. Como cada 59 días él y su mascota se materializan en su residencia de Newport unos pocos minutos, sus apariciones y predicciones se han convertido en toda una atracción turística para los habitantes de la región. No obstante, y con suma prudencia, Rumfoord suele aprovechar estas materializaciones para entrevistarse con personajes ilustres de la Tierra que sabe, por sus viajes temporales, que desempeñarán un papel crucial en el futuro de la humanidad. Entre ellos se encuentra Malachi Constant, el hombre más rico del planeta, al que le revela una serie de sucesos acerca de su vida completamente extrafalarios. Malachi se casará con la mujer de Rumfoord, tendrá un hijo llamado Crono y viajará a Marte y a Mercurio antes de volver a la Tierra y partir para Titán, el satélite más grande de Saturno en el que no sólo la vida humana es posible, sino que está habitado por las más hermosas mujeres que el multimillonario haya visto jamás, las sirenas de Titán. Constant disfrutaría allí del amor incondicional de su futura esposa, que en ese mismo momento le repudia hasta límites insospechados, y viviría saltando de orgía en orgía con las titánicas. Lo que no sabe es que Rumfoord ha alterado ligeramente la verdad para convertirles a él y a su esposa, a la que no soporta, en los mártires más emblemáticos de su nueva religión, la Iglesia de Dios, el absolutamente indiferente, con la que planea convertirse en el terrícola más poderoso de todos los tiempos, el único líder espiritual capaz de obrar auténticos milagros.

En Las sirenas de Titán presenciaremos las alocadas aventuras que Winston Niles Rumfoord ha preparado para Malachi Constant, Beatrice y Crono, que entre otras cosas incluyen abducciones, diversos lavados de cerebro y guerras interplanetarias con platillos volantes que cumplen el papel de mero telón de fondo para hacerles pagar por sus pecados antes de llevarlos definitivamente a la luna de Saturno, donde se encuentra Salo, el único amigo del infundibulado cronosinclásticamente. Salo es un alienígena robotizado procedente de una galaxia muy remota y lleva en Titán más de doscientos millones de años a causa de una avería en su nave.

Vonnegut nos ofrece una novela de ciencia ficción cargada del humor estridente y profundamente irónico que lo caracteriza, con importantes toques de crítica social muy bien dispuestos. Se nos muestra una visión muy negativa (y quizás acertada) de la raza humana que en lugar de construir su propio camino prefiere ser guiada por un ser invisible al que atribuye su creación y sus designios. La religión de Rumfoord buscaría demostrar que si hay o no un Dios, a este no le importamos lo más mínimo. El ataque a las religiones tradicionales es abrumador y goza aquí de una buena sarta de argumentos que se llevan a lo cómico hasta un punto máximo cuando Salo se entretiene en Titán viendo como los pequeños terrícolas actúan aún estando solos como si alguien les juzgase desde algún lugar del cosmos.

Esta novela es también un buen ejemplo de texto que trabaja el enfrentamiento entre el destino y el libre albedrío. Malachi Constant se emborracha hasta perder la conciencia durante un mes cuando le leen el futuro porque confía en que haga lo que haga acabará tarde o temprano disfrutando de los bellos encantos de Titán. Frente a esta confianza ciega en la idea de destino, tenemos a Beatrice como una mujer que se siente apoderada de su vida y que con la autodeterminación propia que le dan sus varios millones de dólares hará todo lo posible para que no se cumplan las catastróficas predicciones que habría elucubrado el cinismo de su esposo. La verdad es que el personaje de Beatrice tiene una complejidad enigmática que me ha entusiasmado más que otros personajes de la trama, aunque, por decirlo de alguna forma, no me haya llegado a convencer completamente.

Otro de los temas fundamentales de Las sirenas de Titán es la fuerte crítica que hace Vonnegut de las guerras y de las ideologías de extrema derecha que toman la parte por el todo. Rumfoord se convierte en un líder despótico que dirige a las masas sin guardar ningún reparo a la hora de sacrificar vidas humanas para lograr la difusión casi planetaria de las ideas que le interesan. Su máxima: "No hay razón para que el bien no pueda triunfar con tanta frecuencia como el mal. El triunfo de algo es cuestión de organización. Si existen los ángeles, espero que estén organizados siguiendo los métodos de la Maffia." Mientras que Rumfoord se ve a sí mismo como el salvador, Vonnegut irá introduciendo voces disidentes que harán sospechar mucho al lector acerca de la legitimidad de las decisiones y los auténticos intereses del viajero temporal, creando un entorno dialógico dentro de la novela que le aportará mucho dinamismo e intriga.

Algo que me ha llamado bastante la atención son las constantes referencias bíblicas que guarda la novela. En ella hay tierras prometidas, hijos pródigos, éxodos, génesis y hasta nuevos libros sagrados. La Biblia está muy presente en Las sirenas de Titán y sirve para conectar a personajes clave como Rumfoord y Constant padre, ya que ambos habrían conseguido sus "fortunas" gracias a la palabra sagrada.

En definitiva, una de las novelas más completas y maravillosas que he tenido la ocasión de leer. A diferencia de Madre noche y Cuna de gato aquí el ritmo del texto se siente mucho más fluído y pausado, lo que ayuda a disfrutar mejor de una enrevesada trama que puede marear al lector por la sensación de una falta de lógica aparente. Con Las sirenas de Titán completo la trilogía que me habían recomendado en Das Bücherregal para comenzar a leer a Vonnegut y la verdad es que estoy más que satisfecho con el resultado, hasta el punto de que mis amistades ya empiezan a hartarse un poco de que les dé tanto la brasa con el bokononismo. Acabo este 2017 convertido a la prosa de Vonnegut y espero poder tener acceso en este año que entra a buena parte de su obra tanto de ficción como ensayística. Tenéis más reseñas en, por supuesto Das Bücherregal y Desde la ciudad sin cines. En Das Bücherregal hay, además, hipervínculos a otras reseñas de la misma obra que prefiero no repetir para no colapsaros.

Más reseñas de obras de Kurt Vonnegut en esta esquina: Madre noche, Cuna de gato, El desayuno de los campeones,

 PD. Si hay alguna pega reprochable es quizás que la traducción de Minotauro no me transmite mucha confianza, aunque creo que es la única hasta el momento, por lo que poco se puede hacer al respecto.





jueves, 28 de septiembre de 2017

La llave, de Junichirô Tanizaki





La llave narra una historia de secretos y mentiras dentro de un matrimonio japonés de los 1950s. En la novela la información de los hechos nos viene de la alternancia entre las entradas de los diarios de Ikuko y su marido, quienes tras más de treinta años casados pretenden expresar en algún lugar todo lo que no se atreven a decirle a la cara al otro.


Al emplear el diario como formato narrativo, Tanizaki puede poner sobre la mesa toda la psicología interna de sus protagonistas, con sus miedos, deseos, odios y obsesiones, que son mostrados en constante evolución, superposición y contradicción en un estilo muy próximo al de Dostoeivski, creando perfiles muy completos, donde el dialogismo puede darse en su máxima expresión. Principalmente se crea un debate entre lo decoroso (lo aceptado socialmente en el rígido modo de vida del Japón más tradicional de la época) y lo deseado (en el sentido más lujuriosamente abierto del término que puede aplicarse en su contexto). De esta forma hay un orden artificial y convencional –el del matrimonio- que debería funcionar, pero que se resquebraja, tanto por los propios miembros que lo integran como por la incursión de una tercera persona: Kimura.


Kimura es el prometido de Toshiko, la hija de Ikuko y su marido, que comienza a visitarlos para llevarse mejor con los que deberían acabar por ser sus suegros. Pronto el marido advierte que Kimura podría no andar detrás de Toshiko, sino de su esposa, la cual parece también muy interesada en él. El marido descubre que estas apariciones de Kimura potencian el deseo sexual de su mujer una vez se marcha y decide aprovecharse de esto en beneficio propio. Comienza así un camino hacia los celos parecido al que experimenta Otelo en la homónima tragedia shakespearana, aunque otorgándole atributos tanto positivos como negativos. Aparece un deseo de celos en la figura del marido que no dejará de ser muy sorprendente a lo largo de la novela. Kimura se convierte así en una obsesión para ambos que tiene las mismas posibilidades de revitalizar un matrimonio venido a menos por su artificialidad y el paso de los años que de destruirlo en mil pedazos. La llave es una novela sobre la obsesión –puramente sexual- de dos personas que no tienen claro si se quieren o se odian, donde se produce una reformulación continua de los límites que se pueden cruzar o no sin acabar hiriendo ni a los otros ni a nosotros mismos. 


El texto es bastante dinámico y engancha pronto al lector, llevándolo a reflexionar, rellenar huecos y cuestionarse hasta la última palabra de todo lo que dicen los personajes, más sabiendo que cada uno de ellos conoce la existencia del diario del otro, por lo que cada revelación se realiza en un terreno fangoso y delicado. Fuera de esto se hace muy interesante para el lector, o el crítico, el enfrentamiento que Tanizaki hace en La llave más que latente entre la cultura tradicional nipona y una nueva cultura invasora, ante la que Japón no puede permanecer indiferente, la occidental, y más concretamente la estadounidense. Se puede decir que el enfoque del problema tal y como lo plantea Tanizaki me ha encantado porque le da un trasfondo simbólico y poderoso a la novela.


Todo esto unido hace de La llave, como mínimo, un texto recomendable, tanto si le interesan a uno este tipo de historias como si no. Tenéis otra reseña en Devoradora de libros.