domingo, 31 de agosto de 2014

CERRADO MOMENTÁNEAMENTE POR MUDANZA

Las cosas de la vida...


Pronto me mudaré a mi nuevo piso en Granada y, como de momento no hay Internet, me tomaré unas vacaciones del blog hasta que llegue el técnico de Jazztel a ponernos el ADSL, lo que se traducirá en unas dos semanas y media de baja aproximadamente. Esto no significa que pare de leer, sólo que las reseñas entraran con retraso y, muy posiblemente, todas de golpe. También pienso aprovechar las primeras semanas de septiembre para leer el Decamerón o la Divina Comedia, o, si no tengo mucho que hacer, puede que los dos, ya veré. El resto del mes se lo reservo a Viento del Norte de Elena Quiroga, Los vagabundos del Dharma de Jack Kerouack, El hombre aparece en el holoceno de Max Frisch (con cuya nueva edición de Alpha Decay me hice hace algunos meses) y, probablemente, algo de Thomas Mann, del que llevo queriendo leer algo desde junio, pero nunca encuentro la fuerza de voluntad. Recientemente me han recomendado de él Confesiones del estafador Féliz Krull. ¡Este mes sí, Mann!

Y, dicho esto, nos vemos en un par de semanas. ¡Agur!

viernes, 29 de agosto de 2014

Las cinco advertencias de Satanás, de Enrique Jardiel Poncela

Dí que fue cosa del Karma, Félix...


Si Eloísa está debajo de un almendro me pareció una auténtica joya del teatro de cualquier época, Las cinco advertencias de Satanás tampoco se quedan muy atrás. Me van a perdonar la portada, que no es de una edición física, sino de un ebook, pero es que no la encuentro separado de Eloísa, porque, al parecer, tradicionalmente estas dos obras han de ir a todos lados juntas o no ir en absoluto. El texto, que es lo importante, es el mismo. 

Las cinco advertencias de Satanás se encumbra como una interesante, más que comedia, tragicomedia en cuatro cortos e intensos actos. El primer acto constituye la presentación de los personajes principales. Félix es un hombre rico de unos cuarenta y cinco años que acostumbra a cambiar de mujeres constantemente, ya que el amor es para él efímero y se esfuma a los pocos meses de comenzar una nueva relación. A toda mujer que le aburre la despide con una indemnización que se encargar de extender un judío llamado Isaac Blum, que le hace de administrador y despierta al humor por su tacañería exagerada. Para que la escena no cause un gran daño a la joven, Félix invita siempre a casa, antes de estos despidos, a su amigo Ramón, un hombre engreído que vive de los restos que le da don Félix. Ramón toma a las mujeres que despecha Félix y recibe por ello una cantidad monetaria que le extiende el primero. Realiza, según él, una labor imprescindible que suprime las cargas y los pesares que atosigan a su amigo aristócrata. En el primer acto asistimos a uno de estos despidos, donde la despechada, Alicia, rechaza cualquier tipo de dinero y se toma este ofrecimiento como una ofensa. Al despreciar esta alta suma, Isaac ve en Alicia a su mujer ideal -aquella que no tiene gastos- y se lanza tras ella a conquistarla, abandonando la escena y dejando solos a Félix y Ramón, que siguen tal cual, como si nada hubiera pasado. 

De pronto comienza Félix a lamentarse. Su vida ha consistido en chocar una y otra vez contra el Destino en busca del amor. Todo esto nos puede recordar mucho a las novelas erótico-galantes e incluso a las telenovelas de la televisión, sólo que en otro tiempo. Es el objetivo del autor, parodiar. La gran negación del destino de los seres humanos es un tema central en la obra y se antoja como algo que se realiza por rebeldía y que, a pesar del empeño, es incapaz de obtener buenos resultados. Lo veremos claramente cuando Leonardo, más conocido como Satán, Lucifer, Belcebú o Mefistófeles "entre en escena" y comience, para impresión de los dos hombres, a soltar cada una de sus cinco advertencias, dejando la quinta en una incógnita que resolverá dentro de un año. Primero le dice a Félix que una joven se va a enamorar de él y que no podrá huir de ella. Después le anuncia que él se enamorará también de ella y que la conquistará tras vencer a un rival. Y finalmente que, tras tres meses de dicha y amándose mucho mutuamente, él renunciará a ella arrepentido de su relación, dándosela a su contrincante. También añade, y esto sobresalta a los dos, que este rival será Ramón y que conocerá a esa misma chica esa noche y en unos minutos, cuando el reloj toque las doce. Féilx, que no quiere volver a tropezar con el Destino, consigue que Ramón se vaya y cierra todas las puertas de la casa porque están tocando ya la hora anunciada para el encuentro, pero entonces una joven hermosa llamada Coral, que camina sonámbula de madrugada, se cuela por el balcón de la habitación mientras la escena está vacía. Félix, al ver esto se asusta a más no poder, y arranca auténticamente la obra.

Si bien no es tan cómica como Eloísa está debajo de un almendro, debido quizás a la ausencia de personajes secundarios llenos de tópicos, Las cinco advertencias no flojea ni un momento y te atrapa hasta el final. Jardiel tiene un cuidado característico con el escenario, como ya vimos en la anterior reseña. Llena de matices, es una obra interesante con muchas de las máximas de Jardiel Poncela entorno al amor y a la mujer que luego recogería él mismo en su obra Máximas mínimas. No es la mejor obra de teatro del mundo, pero sí que es muy buena y nos acerca al pensamiento de este gran autor al mismo tiempo que nos hace reír y preocuparnos por los personajes. Me alegro mucho de terminar agosto, porque es más que probable que ésta sea la última reseña del mes, con esta obra.

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Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela

Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura

miércoles, 27 de agosto de 2014

Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela

Comedia y misterio...



Justo un año después de la Guerra Civil, Enrique Jardiel Poncela estrena en el Teatro de la Comedia de Madrid una de sus obras más interesantes, la que más me ha gustado de todas las que llevo en el verano y que ahora explicaré por qué. Eloísa está debajo de un almendro se despreocupa de la situación social que afronta España tras el debacle de la guerra para centrarse en una historia de amor entre Fernando Ojeda y Mariana Briones, dos jóvenes de dos extravagantes y alocadas familias de la aristocracia madrileña.

Mariana es una hermosa muchacha de unos veintipocos años que destaca allá por donde pasa; su primera aparición en escena, durante el prólogo en el viejo cine de barrio, resulta más que estelar; todos la miran y cuchichean sobre ella, los hombres le tiran elogios y las mujeres se mueren de envidia. Mariana, que parece estar acostumbrada a tales escenas, no les da a éstas importancia y sólo le interesa el amor de su Fernando Ojeda, un hombre de treinta cinco años que, a pesar de su amabilidad y cortesía, parece ocultar un secreto, pues de vez en cuando se ensimisma y desatiende a lo que acontece a su alrededor. Es el misterio de Fernando lo que atrae a Mariana y es su vulgaridad, cuando este misterio no ronda su tez, lo que la repele. Huyendo y a la vez buscándose trascurren los días para la pareja.

Pero ellos no son los únicos personajes de la acción en esta comedia de un prólogo y dos actos, muy al contrario, la obra está repleta de personajes, más de veinte, sobre todo secundarios, que aparecen principalmente en el prólogo y de los que no nos molestaremos en hablar. La gran mayoría, por no decir todos, estos personajes secundarios son personajes arquetípicos cuyos rasgos característicos se han visto potenciado tanto que resultan cómicos. El contraste es tremendo entre los personajes principales y los secundarios, estando los primeros mucho más trabajados que los segundos. Mientras que hay personajes que son descritos en apenas dos míseras líneas, hay otros, como Mariana, nuestra protagonista, a los que el autor dedica párrafos enteros. La descripción que presenta a los personajes principales no sólo es extensa, sino que también es profundamente psicológica. La de Mariana es un claro ejemplo:

"ACOMODADOR: ¡Ya está aquí... Pues ¿no me estoy poniendo azarao de verla acercarse?
BOTONES: Y es pa ponerse, señor Emilio. (Otros dos o tres espectadores aparecen en la puerta, siempre mirando hacia atrás, y quedan con las espaldas pegadas al forillo, absortos, igual que los otros, abriendo calle a alguien que avanza hacia allí por momentos. Ese alguien es MARIANA, y al verla, la expectación y el revuelo producidos por ella  entre aquel público humilde quedan sobradamente justificados. MARIANA es una muchacha de veinte o veintidós años, extraordinariamente distinguida y elegante hasta el refinamiento. Viste un traje de noche precioso, que seguramente llevado por otra no lo sería tanto, y va perfumada de un modo exquisito. Todo en su porte, sus ademanes, sus movimientos, sus gestos, el pálido semblante y las manos delicadas, revela la nobleza del nacimiento, y el fulgor de sus ojos, su voz y esa radiación inmaterial y misteriosa que despiden los seres excepcionales denuncian en ella un espíritu singular, original, propio, un poco fantástico, y siempre y en todo caso, raramente secreto. Se trata del último brote de una familia aristocrática, y si para lograr una verdadera mano de duquesa son precisas seis generaciones, para formar a MARIANA de arriba abajo han sido necesarios siglos enteros. Con los nervios siempre tensos, el alma continuamente alerta; con el corazón dócil hasta la mínima emoción y la sensibilidad en carne viva a todas horas; vibrando con el menor choque, empujada y arrastrada por la más leve brisa espiritual, reaccionando en el acto y de un modo explosivo frente a los seres y frente a los acontecimientos, MARIANA, más que una muchacha, es una combinación química. [...])"
Extensas son también las descripciones de los espacios que nos da Enrique para el género en el que escribe y pueden ocupar páginas enteras del texto dramático. Extremadamente detallista en este aspecto, parece que el escenario le preocupa mucho más que muchos de los personajes.

Aparte de Mariana y Fernando hay otros personajes que podríamos llamar principales en la obra, y que son las familias de ambos enamorados, que parecen estar locas como unas cabras, aunque a medida que avance la obra descubriremos que tienen muchos motivos para estarlo, concretamente uno en especial, que no desvelaré. Existe otro gran misterio en la obra que hace que Clotilde y algún que otro personaje más del círculo de los Briones sospechen de los Ojedas como secuestradores y viles asesinos. Razón no les falta para como les pintan las cosas. El caso es que a través de los equívocos entre unos personajes y otros se va estructurando la comedia y cimentando lo humorístico. Otra de las herramientas que Jardiel emplea para crear humor es darle suma extravagancia a sus personajes principales. Un ejemplo especialmente divertido es cuando Edgardo, el padre de Mariana, interroga con preguntas absurdas a Leoncio, que ha memorizado previamente las respuestas a esas preguntas gracias a Fermín, para saber si vale como criado en la casa de los Briones. 
"EDGARDO: ¿Qué comen los búhos?
 LEONCIO: Aceites y carnes muy fritas. 
 EDGARDO: ¿Cuántas horas duerme usted?
 LEONCIO: Igual me da dos que quince, señor.
 EDGARDO: ¿Fuma usted?
 LEONCIO: Cacao. 
 EDGARDO: ¿Sabe usted poner inyecciones?
 LEONCIO: Sí, señor. 
 EDGARDO: ¿Le molestan las personas nerviosas, de genio destemplado y desigual, excitadas y un poco desequilibradas? 
 LEONCIO: Ese tipo de personas me encanta, señor. [...]
 EDGARDO: ¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años? 
 LEONCIO: No, señor. Eso le pasa a casi todo el mundo."
Igualmente cómicos resultan los aparte que tienen los criados, Leoncio y Fermín, entre sí y para sí. Quizás son el mejor contrapunto para el momento en el que la escena se pone demasiado seria y funcionan especialmente en el segundo acto. 

Poco más que decir me queda, sólo que no me ha gustado la obra, sino que me ha encantado y que, como decía al principio de la reseña, se lleva el premio momentáneo de mejor texto teatral que haya leído este verano. Eloísa está debajo de un almendro es una comedia incapaz de decepcionar a nadie.

Otra reseña que te puede interesar:

Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura


viernes, 22 de agosto de 2014

El estado de sitio, de Albert Camus

España, España. ¡Dos veces España!


Esta obra es lo primero que leo de Albert Camus y, aunque no es nada fácil, creo que he pillado medianamente por dónde van los tiros (también ha ayudado verme la pieza representada tras terminar la lectura). 

  La historia se localiza en mi amada Cádiz en una época ficticia, atemporal, una madrugada en la que el cometa que anuncia la desgracia desfila por el manto negro del cielo. Saltan, pues, todas las alarmas. La población comienza a temerse lo peor. Los gobernantes de la ciudad intentan tranquilizar a la población y les prohíben hablar siquiera de la estrella fugaz, bando tenaz de la malaventura, ocultando la verdad porque no pueden hacer frente a ésta. Pronto llega el tan anunciado mal y a la mañana siguiente empiezan a caer cuerpos muertos en las aceras del mercado. ¡Ha llegado la Peste! Pero no es una peste cualquiera, sino una peste personificada, que se presenta como un joven corpulento acompañado por una secretaria en el palacio de Cádiz para exigir que los alcaldes le entreguen el control de la ciudad. 

"EL GOBERNADOR: ¿Qué quieren de mí, forasteros?
EL HOMBRE, en tono cortés: Su puesto.
TODOS: ¿Qué? ¿Qué dice? 
 EL GOBERNADOR: Ha elegido usted mal el momento y esta insolencia puede costarle cara. Pero sin duda hemos entendido mal. ¿Quién es usted?
 EL HOMBRE: ¡Aciértelo!"

  Comienza esa misma mañana un gobierno de terror y represión donde las vidas de todos dependen de la Peste, salvo de quien conozca el secreto para derrotarla. Éste, nuestro héroe, será Diego, un joven gaditano enamorado de la hija del juez de la ciudad, que representará la fe en un mundo mejor y en la revolución contra la imposición, la insumisión a las normas no razonadas e injustas. Diego es un héroe que no duda en arriesgar su vida asistiendo a enfermos mortales de peste como puede con tal de que sus últimos momentos resulten menos penosos, a pesar de que puede contagiarse y perder toda la vida que le queda por delante, su chica, sus amigos, etc. Es un ejemplo de humanidad, un personaje que, en otras palabras, no puede ser más bueno.

  Al mismo tiempo que se desarrolla el desenlace de la historia de amor entre Diego y Victoria, asistimos a la vida en la ciudad con el nuevo gobierno, basado en el control total de la población y su limitación de derechos. Se ha defendido en muchos otros lugares que El estado de sitio no es otra cosa más que una gran alegoría del paso de la democracia al fascismo y que, por eso, no podía situarse está novela en otro lugar que no fuera España, que seguía bajo la dictadura de Franco cuando se publicó esta obra. La selección de la ciudad de Cádiz, además, no es capricho del escritor. Todo el que tiene unas nociones mínimas de historia de España sabe que durante la invasión francesa la mayor parte del territorio fue conquistado salvo la ciudad de Cádiz y las zonas colindantes, que resistieron gracias a su localización (una península) y a la ayuda de Inglaterra y el incesante combate de los guerrilleros. Fue en Cádiz donde se promulgó la Pepa (Constitución de 1812, primera constitución española), quizás la más moderna y la que más libertades y derechos concedía al ciudadano de la época y que fue puesta en práctica de forma bastante ridícula durante el reinado de Fernando VII, que lo primero que hizo al recuperar el trono fue abolirla. España, España. Dos veces España.

  Pero sigamos. El nuevo gobierno de la Peste trae consigo la burocracia que lleva a toda suerte de resultados y diminutas y aisladas escenas kafkianas en el segundo acto de la obra. La burocracia ahoga al ciudadano que no puede quejarse, sino sólo sucumbir y rezar. Las muertes se suceden cada vez que la secretaria tacha un nombre del registro civil. Toda persona que sea sospechosa queda marcada, se le asigna una chapa de los que no quieren la chapa de la Peste y son vigilados con lupa cada uno de sus movimientos hasta que alguien considera que es el momento de ponerle fin a su existencia por cualquier mínimo gesto. El crimen se convierte en ley, pero...

"JUEZ: Si el crimen se convierte en ley deja de ser crimen."
   Esta es la visión del Juez, padre de Victoria en la obra, que se presenta como el hombre que hace todo por salvar el cuello, llegando incluso a poner en peligro la vida de su hijo en una escena. La ley no es justa, pero a muchos ciudadanos no les importa cumplirla para evitar una sanción abusiva por parte de la autoridad. Este es el caso del Juez. Caso paradójico, porque, además de cumplirla, se ve obligado a imponerla.

  Otro de los personajes fundamentales de la obra es Nada, un joven escéptico y borracho que propone suprimirlo todo "salvo el vino y la locura" para reducir todas las penas a cenizas. Es un personaje destructivo que le sirve a Camus para criticar el nihilismo, pues no creer en nada conlleva la aceptación por pasiva del régimen político de su actualidad, de nuestra actualidad. Es el primero en ser aceptado por la Peste, debido a su relativismo y a su visión irónica de la vida, y para él comienza a trabajar en una oficina.

  Poco antes de acabar Camus nos da la clave para vencer al fascismo: no tenerle miedo ni a él ni a la muerte. Según Camus, sólo el sacrificio humano y el esfuerzo por cambiar las cosas pueden cambiar verdaderamente las cosas. Digamos que es de los que defiende el "morir de pie a vivir de rodillas".

  En cualquier caso, y ya para concluir, decir que, si bien no soy mucho de libros vinculados a temas políticos, he de decir que éste, por el tratamiento y la complejidad, me ha gustado y, aunque lejos de ser una maravilla, propone una gran alegoría, sumamente original, por la que merece la pena echarle un ojo.

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Muerte accidental de un anarquista, de Dario Fo

El rodaballo, de Günter Grass


martes, 19 de agosto de 2014

Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura

La inocencia como arma para crear comicidad...


Como anuncié en la anterior entrada, se aproximaba una oleada de texto dramático a La esquina de ese círculo. Seguimos con humor para hablar de una de las comedias más importantes de Miguel Mihura, un clásico del teatro español de la segunda mitad del s.XX, Maribel y la extraña familia. Esta comedia en tres actos nos narra la historia de Maribel, una prostituta que un buen día sonríe a Marcelino, no de forma especial, como cree él, sino como sonríe a todos. Marcelino, desconocedor de su condición de prostituta, inocente hasta el punto de resultar casi increíble, se enamora de ella y decide casarse, que era el propósito con él cual había abandonado su solitaria fábrica de chocolatinas en una villa de Cuenca y había viajado a la casa de su anciana tía Paula en Madrid. Al segundo día de conocerla la lleva a la casa de su tía para que conozca a su madre Matilde y a Paula, las cuales, igual que Marcelino, piensan que su forma de vestir se corresponden con las de una elegante, independiente y admirable chica moderna, perfecta para el dueño de la fábrica. La inocencia de la extraña familia es el primer motor  para crear comicidad de la obra. Lo primero que piensa Maribel cuando Marcelino le dice que les va a presentar a sus parientes es que está de broma y cuando la escena avanza y se le propone el matrimonio formal el miedo la posee porque piensa que las personas con las conversa están locas de atar. Poco a poco Maribel irá comprendiendo la situación y llegará a aceptar a aquella extraña familia y a su nuevo prometido, gracias a la conversación que mantiene con el doctor de la familia en el primer acto, quien le garantiza que "todos están perfectamente cuerdos". En Maribel y la extraña familia se distinguen con claridad dos mundos en los que se engloban determinados personajes: por un lado, está en universo de la prostitución del que provienen Maribel y sus amigas Rufi, Niní y Pili, y, por otro, el de la baja burguesía al que pertenece la extraña familia. Mientras que las primeras son desconfiadas, debido a los avatares de la vida, los segundos tienen tendencia a pensar siempre lo mejor de los demás. La prostituta parece ser una figura clave en la obra de Mihura, pues, de sus casi cien personajes, al menos veinte son putas. Pero no putas cualquiera, sino putas conformes en un principio con su condición, lo cual llama especialmente la atención. Dejando de lado este asunto, la obra se desenvuelve en un buen logrado final, en el que Maribel asciende a una posición mejor de la que ocupaba al inicio de la acción.

viernes, 15 de agosto de 2014

Muerte accidental de un anarquista, de Dario Fo

Crítica social llena de carcajadas...


Me van a perdonar si no les gusta el texto dramático, pero creo que van a caer un puñado de ellos por una temporada. Este será el primero. La primera obra que leo del dramaturgo italiano ganador del Nobel en 1997, una obra sumamente atrevida en su momento por la situación social del país en 1970, donde la policía abusa de su poder y aún quedan rescoldos fuertes en la sociedad del antiguo fascismo y, por supuesto, vive la creencia popular, que ha llegado, desgraciadamente, hasta hoy, no sólo en Italia, de que los anarquistas son todos, por el simple hecho de mantener esas ideas políticas, unos gamberros, unos vagos y unos, sobre todo esto último, terroristas. A esta obra escrita por Dario Fo la Derecha italiana le puso veinte mil trabas para que pudiera ser estrenada en un teatro. Tuvieron que recurrir a actores, en muchos casos, no profesionales, a un atrezo barato y demás. 

  Y es que la obra está basada en un escándalo policial demasiado reciente, encubierto por un gobierno de ideas cada vez más fascistas, el famoso "vuelo" de Pinelli en 1969. Echando mano del prólogo de la edición que me merendé antes de ayer les voy a resumir brevemente la historia para que se hagan una idea. En 1969 explotan una serie de bombas en Roma y en Milán y rápidamente la policía busca culpables entre los numerosos anarquistas que trabajaban por la zona. Hay una oleada de detenciones, entre ellas la del ferroviario Pinelli, que, tras un tenso interrogatorio en el cuarto piso de la jefatura de policía de Milán, se "suicida" lanzándose por la ventana, "presa de un rapto", de la misma forma, o no, que el anarquista de la obra. Dario Fo, para evitar críticas y dar la posibilidad a la censura de echar sus zarpas sobre la obra que ha escrito, defiende que su tragicomedia no se inspira en el anarquista Pinelli, sino en su camarada Salcedo, que, viviendo en Norteamérica en los locos años veinte, corrió una suerte similar. Es, pues, que esta obra tiene huevos. ¡Unos huevos enormes, coño! -Perdón por el taco. A veces me emociono.-Y eso hay que reconocerlo. Porque estas "extrañas" muertes de anarquistas parecieron continuar con fuerza hasta 1974 y no tengo dudas de que Dario debió ser amenazado en no pocas ocasiones.

  La obra en sí está compuesta por tres actos que se representan en la comisaría de policía de Milán y cuyos personajes son un Loco (tipo que parece habitual en las obras de Fo si nos fiamos del experto que ha escrito el prólogo del libro), un Agente, el Comisario Bertozzo (superior del Agente), el Comisario Jefe (superior de Bertozzo), el Comisario de la brigada política (superior del Comisario Jefe) y una Periodista. La escena la abren en el despacho de Bertozzo el Comisario B., el Agente y el Loco, al cual le han detenido por estafa. El Loco tiene, según él afirma, un problema mental, por el que lo han internado ya dieciséis veces un manicomio, que se llama histriomanía, que le hace querer ser tanto otras personas que se pasa toda la vida asumiendo diversos roles, actuando como si la vida fuera el teatro. A lo largo de la obra le veremos representar el papel de Juez y de Obispo. Será ocurrencia suya robar los papeles sobre la muerte accidental del pasado año del anarquista del despacho de Bertozzo cuando éste desaparece y hacerse pasar por el Juez que revisa el caso. Esta obra nos mostrará las múltiples incongruencias de los razonamientos policiales cuando tratan de esconder una verdad donde han cometido un abuso, un abuso de lo que ellos deberían defender, la ley. Se produce en ella la paradoja del Loco-Cuerdo, donde el personaje, ese que ha ido dieciséis veces al manicomio, es el más sensato y lúcido de la obra, el que más y mejor razona. Mientras se revisa el caso poco a poco se descubrirá que el anarquista no saltó, presa del rapto del que todos piensan, sino que lo tiraron y que, posiblemente, ya estaba más que muerto cuando lo hicieron. Todo este dramón lleno de crítica social está sazonado curiosamente con un humor salvaje maravilloso que elevan, sin duda, la obra y la convierten en una de las más divertidas que habré leído jamás. Como libro, no he visto aún ninguna representación por falta de tiempo, sólo decir que es muy muy recomendable.