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miércoles, 5 de agosto de 2015

Hambre, de Knut Hamsun


Quizás no haya una mejor definición del hambre...



Desde que leí Los mecanismos de la ficción de James Wood a comienzos de junio venía con unas ganas atroces de merendarme este libro, cuya existencia desconocía hasta entonces. En el ensayo de Wood se usaba un pasaje de esta novela noruega como un ejemplo que podía llegar a desconcertar bastante. Wood hablaba de un momento concreto de Hambre en el que el protagonista, a punto de morir de inanición, tiene la idea de comenzar a comerse a sí mismo; se mete un dedo de la mano en la boca, lo empapa de saliva con la lengua y entonces muerde hasta que brota al mismo tiempo la sangre del miembro mutilado y las lágrimas de sus ojos. Es entonces, con los ojos como platos, cuando debe detenerse. No recuerdo bien que quería ejemplificar Wood con esto; sólo sé que como poco me impactó y cuando encontré el libro en mi librería favorita no pude resistir en mí las ansías de comprarlo y de saber cómo se puede llegar a desarrollar un personaje que sea capaz de tales extremos. 

Hambre nos sitúa en una ciudad costera de noruega en el último cuarto del siglo XIX. Su protagonista es sólo un hombre que pasa hambre. 234 páginas de hambre. El lector camina con él todo ese largo trayecto, lo acompaña en su búsqueda de comida, entiende su dilema, su resignación, su sufrimiento,... Sin embargo, el lector es capaz de entender también que el comportamiento de este protagonista es el que lo lleva a tal padecimiento. Hamsun crea un modelo de antihéroe muy similar al Raskolnikov de Dostoievski en Crimen y castigo, que, orgulloso hasta el extremo, cree ser mucho más de lo que es realmente. Es un hombre que se cree en la necesidad de demostrar a los demás una superioridad de la que no dispone y para tal cosa no duda en mentir por aquí y por allá. Mientras que él mismo no sea capaz de aceptar su condición será inútil cualquier esfuerzo por mejorarla. Piensa que ha nacido para ser un célebre hombre de letras, pero el nivel de sus artículos en los periódicos -su única fuente de ingresos, bastante intermitente por lo general- dista mucho de estas ensoñaciones. Cada día pasa más hambre, pero ese autoengaño y la casi necesidad que se impone de engañar a los que le rodean serán mucho más fuertes. Cuando quiera darse cuenta deberá tomar medidas drásticas, como el hurto o algo tan absurdo como comerse su propia ropa o a sí mismo.

Esta novela es también famosa por ser una de las primeras, sino la primera, en la que se desarrolla la técnica del monólogo interior con gran maestría. Hamsun recoge el legado de Dostoievski y somete a su personaje principal a una suerte de dialogismo interno (diversas voces, fruto de la locura, pugnarán por sobreponerse dentro del personaje y unas le dirán que robe y otra que él es un tipo honrado y el protagonista acabará manteniendo auténticas conversaciones consigo mismo que se prologarán páginas y páginas). Este modo de escribir es profundamente moderno para su época, además de absorbente: el lector queda sorprendido y no puede dejar de leer hasta descubrir que es lo último que pasará por la cabeza de este personaje tan poco en sus cabales. Siempre se ha dicho en las escuelas que el gran desarrollador del monólogo interior es James Joyce, pero este ya se encuentra a menor escala en autores como Knut Hamsun  o Italo Svevo, del que hablaremos en unos días.

Como vemos, la caída del personaje en el hambre, deriva en la locura y ésta no contribuye a mejorar su situación de miseria absoluta. Cada encuentro callejero en Hambre es más memorable, si cabe, que el anterior porque hemos asistido a una evolución progresiva del protagonista que ha ido adoptando poco a poco un comportamiento atípico que muchos personajes atribuirán a una borrachera. Nadie creerá que ese hombre ha caído en la miseria después de todo lo que asegura él de sí mismo. La locura le lleva a molestar a los ciegos, a burlarse de las jóvenes que salen a pasear, a reírse en la cara de la misma policía, a mascar todo lo que encuentre por la calle, a hablar en voz alta, a gritar en voz alta y a decir cosas sin ningún tipo de coherencia ni sentido. Si tienes hambre no puedes trabajar, si no trabajas estás perdido. Es lo que viene a decirnos Hamsun.

Tendríamos que destacar también el importante componente amoroso del que dispone la obra. Nuestro antihéroe está enamorado de una mujer que parece corresponderlo, Ylajali, pero que desconoce toda la verdad acerca de la miseria y la locura de su querido. Las rígidas normas sociales -más rígidas si pensamos que la obra fue escrita en Noruega en 1888- impiden que una mujer de su categoría se entremezcle con alguien que roza la mendicidad. La distancia entre el deseo y lo real también chocan en este subtema de la obra, provocando dolor a los personajes.

Hamsun tiene, además, un recurso que me ha parecido muy curioso e interesante y que, quizás se debe a la agudeza que despierta el hambre en el protagonista, es el especial hincapié que hace en la descripción de encuentros con otros personajes que comen con voracidad. Así Hamsun genera un contraste que potencia la compasión que somos capaces de sentir por su personaje, aún cuando podamos pensar que se lo tiene merecido, aún cuando podamos pensar que ha obrado mal. Hamsun nos coloca ante un toma y daca con su protagonista que no es el que nos mostraba Céline con su Bardamu en Viaje al fin de la noche. No es difícil descubrir los pensamientos políticos filonazis de Hamsun a los largo de las acciones que llevo a cabo en su vida, pero lo que se dice en esta obra en concreto, no hay rastro alguno de ningún tipo de ideología y eso la beneficia y, sin duda, se agradece.

Tenéis una reseña interesantísima en El lamento de Portnoy, donde Avilés desarrolla una curiosa comparación con una obra de Goncharov que no he leído y se hablan de más detalles del filonazismo del escritor noruego, 

Reseñas de otras obras en este sitio que os podrían interesar:

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino

Cuentos de Galitzia, de Andrzej Stasiuk


lunes, 11 de mayo de 2015

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez


Magia, crítica y sentimiento trágico…




“El juez no apareció en ninguno [de los papeles del sumario del caso de la muerte de Santiago Nasar], pero era evidente que era un hombre abrasado por la fiebre de la literatura. Sin duda había leído a los clásicos españoles, y algunos latinos, y conocía muy bien a Nietzsche, que era el autor de moda entre los magistrados de su tiempo. Las notas marginales, y no sólo por el color de la tinta, parecían estar escritas con sangre. Estaba tan perplejo con el enigma que le había tocado en suerte, que muchas veces incurrió en distracciones líricas contrarias al rigor de su ciencia. Sobre todo, nunca le pareció legítimo que la vida se sirviera de tantas casualidades prohibidas a la literatura, para que se cumpliera sin tropiezos una muerte tan anunciada.”
Esta misma mañana he terminado Crónica de una muerte anunciada por segunda vez. Lo cierto es que la primera vez apenas tenía levemente desarrollado el ojo crítico y, si bien es verdad que disfruté mucho, creo que no me enteré de la misa la mitad. Así pues, ahora ha sido como si hubiera leído una novela completamente nueva y eso, que no ha pasado tanto tiempo desde entonces.

El fragmento con el que hemos abierto esta especie de reseña/reflexión/comentario subjetivo-objetivo/barra pertenece al quinto y último capítulo de esta breve y compleja novela del premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Si el juez del extraño asesinato de Santiago Nasar es un literato no es por pura casualidad. La muerte del árabe Nasar bien puede pasar por una de las muertes más literarias de la historia de la literatura. Una muerte que marca un inicio y un cierre. El concepto de spoiler no tiene cabida en esta obra. Desde el primer momento ya sabemos que a Santiago Nasar lo van a matar; o, mejor dicho, desde el primer momento ya sabemos que está muerto. La expectación se genera en saber el cómo y el por qué. Márquez es el narrador, así literal, de esta historia, que, veintitrés años después del crimen reúne el valor de recopilar toda su información sobre el caso y redactar una especie de crónicas que se mezcla con la ficción narrativa clásica, lo que le permite a Márquez como escritor y narrador entrar y salir de la historia y viajar de un momento y de un personaje a otro en un chasquido. Que Márquez sea un personaje más no debe extrañarnos, pues lo que se narra en Crónica de una muerte anunciada está basado en un acontecimiento real, que, además, sucedió en el pueblo del propio Márquez. La estructuración de la obra es otro de sus puntos fuertes. No hay un planteamiento, nudo y desenlace; todo está entremezclado de forma brillante y el lector debe ponerse a la labor de rellenar los huecos temporales y espaciales, si bien es verdad que cada capítulo parece centrarse más en unos personajes que en otros: el primero lo hace en Nasar, el segundo en Ángela Vicario y Bayardo San Román, el tercero en los hermanos Pedro y Pablo Vicario, el cuarto en los personajes principales tras la muerte de Nasar y el quinto en Cristo Bedoya, Flora Miguel y Nasar. El hecho de que Santiago Nasar esté muerto y Márquez no pueda hablar obviamente con él le da un extraño protagonismo en el sentido de que toda la obra gira en torno a su muerte, pero sabemos lo que piensan todos los personajes salvo él, sabemos mucho más de los otros personajes que de él: el protagonista es el personaje más misterioso de la obra. 

La historia, así resumida, viene a ser más o menos la siguiente: Ángela Vicario se casa con un forastero rico llamado Bayardo San Román en una boda concertada, tras la cual el novio descubre que su nueva esposa no es virgen como él pensaba y, siguiendo la lógica de sus costumbres patriarcales sobre la pureza, devuelve la chica a su antigua familia, ante la cual, mediante una paliza, Ángela desvelará el nombre del que parece ser el hombre que la ha desflorado, siendo éste aparentemente Santiago Nasar, al que irán a buscar los hermanos de la deshonrada, Pedro y Pablo Vicario para matarlo al amanecer como finalmente ocurre.

Dentro de todo danzan varios temas como la honra, el amor, el miedo, el poder del dinero, la ineptitud de los organismos de poder, la pasividad de las personas ante los catástrofes, la falta de voluntad, la obligación, el deseo, los remordimientos, la mujer en una sociedad machista, la metaliteratura, etc. Por rellenar un poco aquí, hablemos de algunos.

La honra, la pérdida de la misma y la obligación familiar de recuperarla –todo muy siglo de Oro- es uno de los temas fundamentales de la obra: es lo que lleva a Ángela a querer fingir su virginidad y a que sus hermanos acaben matando a Santiago Nasar, el cual no parece enterarse bien de por qué lo matan. Si no hay poder, riquezas, es necesario conservar, al menos, el orgullo familiar intacto, o así piensa los hermanos Vicario, que acaban matando más que nada por necesidad y no por deseo, pues pasan la larga noche buscando a alguien, a una persona sola, que se oponga a que cometan crimen tan atroz, más atroz aún si pensamos que Santiago Nasar no sólo es un hombre, un ser humano, sino que, además, es amigo íntimo de los hermanos, pues a él, y no a otro, estos le encomendaron llevar las cuentas de la boda. Del mismo modo, no es plausible para nadie que Santiago Nasar fuera el hombre que desfloró a Ángela Vicario, pues contaba con una novia, una árabe como él, llamada Flora Miguel y gozaba de amores nocturnos con una prostituta local, María Alejandrina Cervantes. El hecho de que Santiago Nasar sea árabe no es casual; Márquez lo escribe árabe a propósito para aumentar la improbabilidad de los amores entre él y Ángela Vicario. No obstante, Pedro y Pablo están demasiado borrachos cuando se deciden a matar a su amigo y no están dispuestos a poner en duda la palabra de su hermana, que muy bien podría estar encubriendo en Santiago Nasar la figura de otro amante. ¿Santiago Nasar es una cabeza de turco? El lector tiene legitimidad para preguntárselo, pero los hermanos Vicario no serían capaces porque hacerlo sería poner entre interrogaciones la propia nobleza del espíritu familiar; no contemplan ni remotamente pertenecer a un linaje de mentirosos.

Otro de los temas clave es el poder del dinero y las relaciones económicas en una sociedad capitalista donde gran parte de la población vive anclada en la pobreza. Destaca en este tema especialmente el capítulo 2 donde se habla de cómo llega Bayardo San Román al pueblo y cómo se casa con Ángela Vicario. Se critica en este capítulo básicamente cómo los ricos hacen con los pobres lo que quieren para que estos últimos puedan sobrevivir. Ángela Vicario se convierte en mercancía y Bayardo no trata de seducirla a ella, sino que directamente trata de convencer a los padres de que mediante una boda con su persona conseguirán mejorar la vida de su hija. Ángela, que no quiere casarse, es obligada a ello. Bayardo también compra la casa del futuro matrimonio a golpe de talón al viudo Xius. En esa casa se encuentran todos los recuerdos que el viudo había tenido con su mujer, pero la tentación del dinero, que parece brindarle la posibilidad de una vida mejor le lleva a desprenderse de ella entre lágrimas. Bayardo piensa que puede comprarlo todo con su dinero, cuando descubra algo que no puede comprar, la virginidad de su mujer, caerá en la más honda depresión. Sólo mucho tiempo después se arrepentirá de sus actos. El hecho de que el padre de Ángela sea ciego tampoco es fortuito y parece reforzar el papel de buitre que Bayardo viene a desempeñar. 

La pasividad, la no intervención en actos cruciales de la vida es otro de los temas centrales de la obra, que viene a reafirmar la máxima de Einstein de que el mundo es malo, pero no por las personas que hacen el mal, sino por las que no hacen nada por evitarlo. Demasiados son como para contarlos los personajes que podrían haber detenido a los asesinos o avisar al que iba a ser asesinados como para contarlos en la novela y, sin embargo, es, lo increíble del asunto por un lado y el miedo por otro, lo que contribuye a que el crimen se acabe efectuando. Los conocidos de ambas partes se lamentarán después de la tragedia, pero mientras que ésta sucede permanecen como meros espectadores, observando cada acontecimiento y haciendo que los rumores fluyan, como si saboreasen el mal ajeno, esperando para apreciar la cúspide del burdo espectáculo. La muestra de esta pasividad en Crónica de una muerte anunciada creo que es una de las críticas sociales más fuertes que he visto en todo lo que he leído de García Márquez, a decir verdad. Dentro de esta pasividad destaca especialmente la de los agentes del orden público que lo más que harán será quitarles los cuchillos a los que llevan cuatro horas diciendo que van a matar a un hombre para luego dejarles marcharse a sus casas tan tranquilamente a recoger otros cuchillos. El mismo alcalde se desentiende del tema cuando la muerte es ya inminente y entra en un bar a confirmar una cita para jugar al dominó esa misma noche.

La metaliteratura está así mismo muy presente en la novela. Hay momentos en los que se menciona el acto de creación literaria, así como también aparecen guiños y personajes de otras obras de Márquez, como el coronel Aureliano Buendía de Cien años de soledad, y personajes reales como, por ejemplo, la mujer del propio Márquez, Mercedes Barcha o su hermano Luis Enrique.

Crónica de una muerte anunciada es un complejo rompecabezas lleno de magia burda y un crudo sentimiento trágico que se cimienta sobre una dura crítica a la pasividad del ser humano y a la maldad fecunda del espíritu del hombre. Leerla y no reflexionar tras ello es tiempo perdido y hacerlo puede contribuir a cuestionarte a ti mismo, a los que te rodean y a las normas que rigen el mundo en general. Más allá de eso cuenta con un importante valor estético que despierta en el lector efectos emotivos que sólo logran las mejores lecturas. No es un libro recomendable; es un libro fundamental.

Reseñas de otras obras que te podrían interesar:

El Rodaballo, de Günter Grass

Cuentos de Galitzia, de Andrzej Stasiuk

Escalas melografiadas por César Vallejo


miércoles, 29 de abril de 2015

Relatos, de Henryk Sienkiewicz (II)

Sobre el niño y la educación en Polonia y el relato "Bartek el vencedor"...


Hace algunos días salió por aquí la primera parte de esta reseña, donde hablamos sobre todo de los cuentos de Sienkiewicz recogidos en este volumen de Cátedra que tocan el tema americano, aunque siempre esté presente Polonia. Hoy le dedicaremos unas líneas a comentar aquellos que ambientan su acción en la propia Polonia (De las memorias de un maestro de Poznań, Janko el músico, El ángel y Bartek el vencedor).

Dentro de estas cuatro obras podemos agrupar tres (Janko el músico, De las memorias de un maestro de Poznań y El ángel) según los temas que tratan: la educación y la infancia. En las tres historias el protagonista es un niño o una niña, una mente que se desaprovecha, una frágil alma que sufre los estragos de una organización catastrofista, que nacen en la más ínfima pobreza para luego morir en ella. Comentémoslos poco a poco.

Janko el músico es el primer cuento de la antología y ya desde la primera línea parece anunciarte no sólo el final de ese cuento en concreto, sino el de todos, porque Janko empieza con un “Vino al mundo enclenque, raquítico.” y no podrá dejar el mundo si no es enclenque y raquítico. La mayor parte de los cuentos tienden a terminar mal para sus protagonistas; lo que subyace en las historias son críticas sociales crudas. Los personajes se enfrentan muchas veces, sobre todo en este ciclo de tres cuentos, a condiciones adversas que les es imposible vencer. Janko es un niño que, a pesar de su miseria y su débil condición, incapaz para todo lo útil en esta vida, desarrolla un oído para la música extraordinario que es desaprovechado, al no brindársele la oportunidad de ir a la escuela a aprender cómo mejorar su talento innato y dedicarse a lo que ama: el mundo de los sonidos. Frente al sueño imposible de la escuela, Janko encontrará su propia escuela en la taberna del pueblo. Allí escucha el violín y se deleita con su melodía. Entonces aparecerá en él la necesidad de tener uno. Se lo fabricará con chatarra, pero bien es verdad que no suena igual. Sabe dónde conseguir uno de verdad, pero para ello tendrá que robarlo. Especialmente destacable y triste es el final del cuento, donde Sienkiewicz juega con los contrastes mostrándonos el talento desaprovechado de Janko frente a cómo miran los aristócratas hacia el extranjero buscando artistas, ignorando a las joyas nacionales.

El ángel al igual que Janko trata del tema del niño desatendido que, no pudiendo valerse, obviamente, por sí mismo, camina hacia su fin. Hay personas que podrían haberse ocupado de la protagonista, Marysia, pero están corrompidas por el alcohol, negocio que dirige la nobleza, la cual no quiere reparar en sus consecuencias nefastas. Este, si cabe, casi te da más pena que el anterior. El determinismo que hay en Janko desde la primera línea se repite en El ángel que comienza con: “En la aldea de Lupiskory [literalmente en polaco: en la que te desellan]...” Ese es otro punto interesante de la narrativa de Sienkiewicz: el uso de nombres propios con significado para designar lugares inventados. Tenemos otros ejemplos como Borowina (En busca del pan), que significa “lodazal” y Pognẹbin (Bartek el vencedor) que sería algo así como “deprimido”. 

El último de los relatos que toca este tema es De las memorias de un maestro de Poznań donde Sienkiewicz juega al contraste. Mientras que en Orso el contraste entre Orso y Jenny resulta enriquecedor porque de la fuerza, la inteligencia y el amor nace la energía necesaria para superar la opresión, en De las memorias de un maestro de Poznań el contraste no resulta sino destructivo. Por un lado, el pequeño Michas debe aprender alemán en el colegio por orden legal, pero por otro no puede olvidar su tradición como polaco. El pobre sólo quiere alegrar a su mamá, pero no puede desdoblarse como le piden. El choque tan fuerte termina por destrozar al niño. Se dibuja al alemán como alguien que quiere imponer su cultura sobre la frágil Polonia, representada por el pequeño Michas, que tiene un trágico fin. Hasta su preceptor, nuestro narrador polaco, está por morir al final del cuento.

Y el último cuento por comentar es el de Bartek el vencedor, que refleja, por un lado, la incultura del campesino polaco, y, por otro, cómo los alemanes se aprovecharon de dicha incultura para ganar la Guerra Franco-prusiana de 1870. Es uno de los relatos más largos, cuya longitud permite el desarrollo del personaje que vuelve de la guerra con el pensamiento enajenado, creyendo en su importancia al derrotar en las filas a tantos y tantos enemigos. Bartek regresa como un alemán más y así lo muestra Sienkiewicz: fumando en pipa “como un Bismark” y tratando como un tirano a su mujer. Pero él no es alemán y tras un altercado con uno de ellos, que golpeó a su hijo sin razón, ninguna de las medallas que consiguió en la guerra le servirá para escapar de prisión. Una nueva oportunidad se le abrirá después, pero quizás ya esté para entonces demasiado alienado. El final, por su contraste, recuerda mucho al de Janko.

En general tengo que decir que es muy buena selección. Hay algunos cuentos más flojos que otros, pero eso siempre ocurre. También hay alguna que otra perla. Sin embargo, como digo, la experiencia de lectura ha sido muy positiva y satisfactoria. Diría que es una colección más que recomendable.

Otra reseña que te podría interesar:

Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos

Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann


lunes, 27 de abril de 2015

Relatos, de Henryk Sienkiewicz (I)

Polonia a través del prisma americano...



Buenos días, lo primero que quisiera hacer antes de escribir esta reseña sería pedir perdón a todos los que me leéis, ya que, por diversas razones, me ha sido imposible avanzar en mis lecturas hasta hace relativamente poco, por lo que obviamente tampoco me ha surgido nada que haya podido comentar aquí. En la Esquina hemos estado leyendo a varios cuentistas últimamente, quizás no lo detalladamente que merecían ser leídos. El caso es que, siendo Sienkiewicz un autor relativamente poco conocido en la actualidad en España, me parece oportuno que, si a alguien debo dedicarle una reseña, es, sin duda, a él. Dicho esto, comencemos.

Sienkiewicz, más conocido por su novela Quo Vadis? es, además, un interesante cultivador del relato corto. Escribió en este tipo de género tanto al inicio de su carrera como al final, siendo sus últimas producciones, según el polonista Fernando Presa González, de bastante peor calidad que las primeras. Quizás sea esta una forma de justificar por qué selecciona sólo estas y no las siguientes. No lo sé. El caso es que Sienkiewicz ya en sus inicios literarios apuntaba maneras. Su labor como periodista nacional e internacional le llevaron al cultivo de una literatura muy política en estos cuentos, una línea que no continuaría después, sino en sutilísimos guiños, cuando comenzara a escribir sus grandes novelas históricas. Especial importancia tiene para el volumen que reúne los relatos de este primer Sienkiewicz el haber estado el autor de los mismos como corresponsal en América, concretamente en Norteamérica, donde se ambientan gran parte de los nueve cuentos (Orso, En busca del pan, El farero, Recuerdos de mariposa, Sachem). Aún estando estos cuentos escritos en el ambiente del Nuevo Continente, subyace siempre el tema de Polonia, repartida en tres imperios a finales del s. XIX y sometida a abusos varios que pretendían mermar la cultura autóctona en favor de la de las naciones ocupantes: alemanización, rusificación,… Aquí es donde compara al indio norteamericano (Orso, Sachem) con el pobre polaco, del cual se mofan los imperios alemanes y rusos del momento al considerarlos como poco civilizados con respecto a ellos. Tanto en Orso como en Sachem los indios sufren la imposición cultural del hombre blanco extranjero, pero mientras que Orso reacciona de una forma, Sachem lo hace de otra. Ambos sufren burlas al ser exhibidos como espectáculos de un circo ambulante. Mientras que Orso escapa de la violencia y huye con su amada a la naturaleza de la que procede, Sachem recibe todo el impacto de la burla, la ignora y luego camina, como si nada, a la taberna para echarse una cerveza al gaznate con el dinero del sueldo del dueño del circo. Si en Orso es más difícil ver la alegoría que dibuja Sienkiewicz sobre la ocupación cultural de Polonia, en Sachem todo está mucho más claro. Sachem perteneció a una tribu cuyo poblado fue arrasado por todos los colonos alemanes de la zona y del que sólo quedó él como único superviviente. Tras la ocupación física viene la ocupación cultural. Sachem en un cierto momento del espectáculo se dispone a cantar en alemán “una especie de canción salvaje y ronca teñida de profundos gritos de dolor". Hay un cierto momento en el que parece que Sachem va a vengar a sus antepasados de la muerte y las burlas de los alemanes. Es un instante que nos retrotrae al Hop Frog de Edgar Allan Poe. Sin embargo, es sólo un truco. Lo triste de la historia es que ya está demasiado influido por la cultura extranjera como para presentar algún tipo de resistencia. Quizás sea porque ya no tiene a dónde ir. En su huida del circo Orso, el indio del otro cuento, y su bella novia Jenny casi perecen de inanición en el desierto. Orso, que se ha criado entre hombres blancos, no sabe nada acerca de cómo cazar o qué plantas debe recolectar, lo cual era imprescindible saber para ser un buen indio. Orso sólo sabe hacer su show porque es lo único que le han enseñado. Su cultura le es para él desconocida. De la misma forma sucede con la educación en Polonia en aquella época como comentaremos próximamente cuando hablemos de De las memorias de un maestro de Poznań

El otro tipo de cuentos de tema americano se centra en la figura del emigrante polaco, que viajando con unas expectativas choca con la dura realidad y desea regresar a su patria, siendo ya esto muy difícil. De entre los relatos que integran este tríptico (En busca del pan, El farero, Recuerdos de Mariposa) me gustaría destacar como el relato que a mi juicio tiene mayor calidad el titulado En busca del pan, en el cual se narra el viaje de dos campesinos, un padre y su hija, al corazón de Arkansas con el propósito de fundar una colonia polaca, que será uno de los muchos engaños que tendrán que soportar. La ilusión, el desengaño y el dolor que provoca ese desengaño serán temas constantes en la narración estructurada en tres partes: el viaje en barcos, la paupérrima estancia en un barrio marginal de Nueva York y la vida en la colonia. Podemos añadir una cuarta parte: la salida de la hija de la colonia y su regreso a Nueva York, pero quizás sería marear mucho la perdiz. Llama especialmente la atención con relación a esto una fórmula de diálogo que el autor repite varias veces, primero en el barco, cuando se ve el océano inmenso, luego cuando llegan a Nueva York y luego cuando viajan en tren destino a Borowina, la ciudad en las que les han prometido una porción de tierra:

“-¡Maryś!

-¿Qué?

-¿Lo ves?
-Lo veo.
-¿Y no te asombra?
-Sí, me asombra.”

Ambos personajes, Marysia, la hija, y Wawrzon, el padre, caminan juntos a la perdición, acompañados de su ingenuidad y buena voluntad, de la que se aprovechan hasta en dos ocasiones. Vagabundos, errantes, buscadores de un futuro que les prometieron y que no existe. Marysia mira al mar soñando con el regreso de su enamorado Jasko, el cual no tendrá, según nos da a entender el narrador, ninguna intención de aparecer por allí para rescatarles. Mientras que la segunda parte, donde malviven en la ciudad bien puede recordar a algún fragmento de alguna novela de Dickens, la tercera, cambia  tan radicalmente de escenario que parece que lo que tenemos entre manos es una típica novela de la selva latinoamericana. En cualquiera de los tres casos (mar, ciudad, selva) el escenario no deja de cobrar un importante papel, estableciendo nuevas claves para una supervivencia cada vez más y más salvaje. 

Ambos personajes no quieren olvidar su patria. Lo mismo sucede con los protagonistas de El farero y Recuerdos de Mariposa, literariamente mucho mejor el primer cuento que el segundo. El farero representa la figura del polaco zarandeado de un sitio a otro, el cual tiene que esforzarse por sobrevivir. Tiendo a pensar que quizás es el personaje ideal de Sienkiewicz: bondadoso, valiente, patriota, que no pierde la fe, etc. En su faro panameño puede ver más que los demás, lo cual nos lleva a preguntarnos qué nos quiere decir con esto Sienkiewicz, porque bien es verdad que se aísla él mismo, evitando el más mínimo contacto con los lugareños. ¿Es porque es un místico o porque quiere conservar intacta su condición de polaco? ¿O ambas cosas? El caso es que es un personaje que mira constantemente por la baranda de la cima del faro, en dirección al mar, en dirección a su remota tierra. Cuando le regalen un libro en polaco todo para él será jolgorio, lo que le llevará a cometer un descuido y a perder el empleo… y a seguir vagando errante. Más suave es Recuerdos de Mariposa donde se cuenta la historia de un viejo polaco que viviendo en un pueblo de California, y no habiéndose encontrado con nadie de su tierra en decenios, ha leído profusamente la Biblia en una edición antigua para no olvidar su lengua y ahora no sabe hablar más que con arcaísmos. Además de ser el cuento más flojo de la colección a Sienkiewicz se le escapa algún que otro comentario racista no muy agradable.

Bueno, viendo lo que llevamos ya escrito, quizás sea mejor dejar lo que queda para una segunda parte, y así se genera expectación y esas cosillas. Sí, quizás sea mejor así. Lo dicho, volvemos a la carga con la segunda parte de la reseña en unos pocos días.

Segunda parte:

Relatos, de Henryk Sienkiewicz (II)



Otra reseña que te podría interesar:

Cuentos de Galitzia, de Andrzej Stasiuk


lunes, 15 de diciembre de 2014

La voluntad de ser feliz y otros relatos, de Thomas Mann

¡Casi que Mann vuelve a casa por Navidad!...


¡Ya tocaba, ya! Muchas semanas llevaba anunciada la reseña; algún día tendría que caer. Pues, bueno. ¡El día ha llegado! Aquí está una reseña/análisis de cada uno de los cuentos que la editorial Alba publicó en su día y que, según cuentan, escribió el Premio Nobel Thomas Mann. Todas las historias guardan algo en común: protagonistas que quieren ser felices y que por algún motivo u otro no pueden serlo. Algunos lo consiguen, otros no, otros ni siquiera lo intentan. Es la felicidad el tema central de la mayor parte de los relatos, como siempre, de gran calidad y especial interés.

La caída (1894)


El primero de los relatos constituye una historia inmersa dentro de un marco narrativo. Se intercalan, pues, dos planos de narración. El marco es el siguiente: cuatro amigos: el narrador, el abogado Laube, el doctor Selten y un cuarto se reúnen en casa de este último todas las tardes para conversar de los temas más diversos y, en definitiva, echar el rato. Un buen día el tema del diálogo son las mujeres y el amor. Se mantiene la opinión de que las mujeres se enamoran con mucha más pasión que los hombres. El doctor Selten se dispone a desmentir esto contando a sus amigos una historia, un cuento sobre un joven estudiante de Medicina que acude a la gran ciudad para asistir a las clases y, yendo una vez al teatro, se enamora perdidamente de una actriz mayor que él. Un vendaval de pasiones mueve a los personajes. Mientras que el estudiante cree ingenuamente en el amor, la actriz se mueve por intereses propios como el dinero y su carrera y, aunque comenzará a amarle, este sentimiento nunca será del todo sincero. En el relato se aprecia la herencia de Dostoievski claramente, sobre todo en la descripción psicológica de los personajes, así como de los escritores románticos.

La voluntad de ser feliz (1896)


El segundo de los relatos de esta antología trata sobre Paolo, hijo del señor Hofmann y de una mujer sudamericana. Paolo es un chico enfermizo, delicado del corazón. Su afición es desde pequeño la pintura. O eso nos cuenta el narrador, un amigo suyo. Un buen día Paolo se muda a la gran ciudad y deja el pueblo en el que hasta entonces había estado viviendo, perdiendo poco a poco el contacto con el narrador. Luego se encuentran en Múnich, donde la carrera de Paolo como pintor está en unos inicios un tanto humildes, pero positivos en cualquier caso. Paolo le debe parte de su incipiente fama a la familia Von Stein. Paolo ama a la hija del barón Von Stein, pero éste no le concede la mano cuando le pide el permiso. El protagonista, queriendo olvidar que nunca podrá alcanzar a la chica que le haría el hombre más feliz del mundo, huye de Alemania sin decirle a nadie su paradero. Especialmente destacable es el final, que deja un muy buen sabor de boca.

La muerte (1897)


Es el relato más breve de la antología y está escrito en forma de diario. También cuenta con un estilo más directo que los anteriores. Narra la historia en primera persona de un hombre que quiere morir en un determinado día por una razón concreta que no se clarifica.

El pequeño señor Friedeman (1897)


Narra la historia de un deforme despreciado por el mundo e incapacitado para muchos aspectos de la vida, como pueden ser el deporte o el amor, que se cultiva intelectualmente para ignorar sus deficiencias y ser feliz. Sin embargo, un día conocerá a una dama, la mujer del teniente coronel Von Rimlingen, de la que caerá terriblemente enamorado. La imposibilidad de tenerla le llevará a la infelicidad y desembocará en  un final en el que se percibe mucho la influencia romántica de este primer Mann.

El payaso (1897)


Cuenta la historia de un artista cuyo padre le obliga a convertirse en comerciante. Sólo cuando éste muere, y gracias a la herencia que deja, puede nuestro protagonista dedicarse por completo a lo que le gusta. Pero, ¿esto le da la felicidad? Por vivir como quiere, lleno de cultura, se aísla socialmente y comienza a sentir envidia por los demás. Resulta muy interesante la contraposición que hace aquí Mann entre los ricos y los pobres. Es otro relato más en el que apreciamos su profunda influencia romántica en la elección y el desarrollo de los temas.

Tobías Mindernickel (1898)


Tobías es un infeliz del cual todos se burlan. Un día compra un perro y lo llama Esaú, que en hebreo significa peludo, con el que pretende compartir su sufrimiento. Es, sin duda, uno de los relatos más brutales. Las imágenes que proyectan aquí las palabras de Mann se quedan grabadas en la memoria con tinta indeleble.

El armario (1899)


Albrecht van der Qualen es un viajero solitario que acaba de arribar en la estación de tren de una ciudad desconocida en algún punto del trayecto ferroviario Berlín-Roma. Es un hombre al que le agrada vivir la aventura. Le alegra no saber dónde está, en qué día vive o qué hora es; vaga sin objetivos de aquí para allá. Al bajar de la estación busca un alojamiento barato. Obtiene una pequeña habitación con un armario muy particular. De nuevo vemos en el cuento la influencia de escritores como Poe o Gogol. El cuento constituye un anticipo de surrealismo que recuerda un poco también a las Mil y una noches, con un magnífico final.

Luisita (1900)


Este es el relato más potente. Lleno de una ironía trágica, Mann nos cuenta la historia de Amra y Jacoby, un matrimonio imposible. Ella es demasiado joven y bella para él, que es obeso, dócil e inseguro, y por eso le engaña con un tal Alfred Läutner, compositor muy popular, a pesar de tener tan sólo 27 años. Toda la ciudad sabe de la infidelidad menos el abogado, que hace todo lo que le exige su mujer para complacerla. Jacoby se siente como un monstruo desgraciado, ¡eso sin saber de los cuernos! Sus proporciones elefantiásicas son consideradas algo más grave que un pecado por él mismo. Es el relato en el que más se aprecia la influencia de Dostoievski. La psicología de los personajes nos lleva a escenas brutales. Vemos también un arquetipo de mujer fatal que recuerda mucho a la Alexandra Alexandrovna de El Jugador

El camino al cementerio (1900)


Lobgott Piepsam, un hombre que lo ha perdido todo y se ha dado a la bebida, visita el cementerio, el lugar donde descansan todos sus seres queridos. De pronto aparece la vida en bicicleta y adelanta al bebedor, que dice que va a denunciarla. En comparación con el resto de relatos deja mucho que desear en su resolución.

Gladius Dei (1902)


En un Múnich rebosante de cultura, un joven profundamente creyente en la palabra de los Evangelios camina por la calle y se topa con que una tienda de cuadros expone en sus escaparates una fotografía de una atractiva mujer desnuda de ojos negros que representa a la Virgen. A pesar de que intenta ignorar este hecho, el hombre devoto se planta a los pocos días dentro de la misma tienda y habla con el artista, que es el mismo dueño del comercio, para retirar la obra del lugar en el que ahora mismo está exhibida. Hay varias reflexiones interesantes de Mann en el relato: ¿la belleza y la moral pueden ir de la mano? ¿Es la adquisición de conocimiento una tortura o un placer?

Los hambrientos: un estudio


En una ópera Detlef sufre al ver a la chica que ama secretamente coqueteando con un joven pintor de ojos azules. Considerándose a sí mismo artista, se debaten las limitaciones de los de su ralea, la de los hambrientos de amor y vida que sólo pueden contemplarla sin acceder a ella. Es un texto interesante, que guarda mucha relación con el que sigue en la antología, donde Mann mezcla el narrador omnisciente en tercera persona con otro en primera que refleja los pensamientos de Detlef. Es un cuento muy chejoviano, que empieza en la mitad de la narración.

Un instante de felicidad (1904)


La orquesta femenina de Las Golondrinas va a Hohendamm, donde un regimiento de húsares las espera impacientes para celebrar una fiesta a la que asistirán también las esposas de todos los capitanes y suboficiales casados. De nuevo se comienza el texto sin planteamiento; éste ha de venir después. Es el primer relato en el que apreciamos que Mann da una importancia mayor a sus personajes femeninos, en el sentido de que, por primera vez, casi son ellas las protagonistas. Es un relato en el que se retrata la paradoja de que nadie quiere estar donde está, pero aún así no hace ningún esfuerzo por moverse.

En casa del profeta (1904)


Una noche de Viernes Santo, Daniel invita a un grupo de artistas amigos para los que leerá las proclamaciones del profeta que lleva su nombre. Así pues, en la casa de este tal Daniel, que parece, por su decoración, una capilla barroca, el personaje, de entre todos los asistentes, que destaca Mann y que, como él, es novelista, se pregunta si aún mantiene su persona relación con la vida. ¿La extravagante velada a la que asistirá lo sacará de dudas? Esa es la pregunta. Yo sólo os dejo como advertencia que este relato contiene reflexiones sobre la genialidad, en el sentido kantiano, y sobre la espiritualidad, en un ámbito más general.

Hora difícil (1905)


Narra la historia de un intelectual (las notas de mi edición quieren  que este personaje sea Schiller) que, a pesar de haber trabajado mucho y de convertirse en un gran sabio, siente que no es todo lo genial que puede llegar a ser, que no es tan importante para la historia del saber como lo será su rival, Goethe. Todo su esfuerzo ha ido dedicado a obtener el reconocimiento de sus semejantes. Ahora, en esta hora difícil, una enfermedad corroe sus huesos y no le permite continuar con sus estudios y con su obra, lo único que puede hacerle feliz algún día. El relato mantiene el estilo de un extenso monólogo interior de Schiller que intercala la primera y la tercera persona. Es este monólogo el que le incita a seguir luchando y a terminar su mayor obra.

Sangre de Welsungos (1906)


Narra la historia de dos hermanos gemelos (Siegmund y Sieglinde) de una familia aristocrática muy poderosa de Alemania, los Aarenhold, que se aman locamente, pero que están a punto de separarse debido al compromiso de matrimonio que ha contraído Sieglinde con Von Beckerath, un funcionario que ha nadie caería en gracia si no fuera por su buena posición social y por su dinero. Es el relato de mayor extensión de la recopilación y contiene referencias claras a la mitología nórdica, de la que me declaro un gran desconocedor. También se hace referencia a la mitológica ópera de Wagner La Valquiria, que ambos protagonistas van a ver la noche antes de despedirse.

Anécdota (1908)


Anécdota es un cuento breve, fácil de olvidar, en el que se nos narra la historia del matrimonio aparentemente feliz de los Becker y de cómo una noche dejó de serlo. No hay mucho más que decir.

El accidente ferroviario (1909)


Cuento que consiste en la simple narración de un accidente de tren desde el punto de vista de un pasajero. Nada que destacar a parte del cambio de narrador con relación a sus cuentos anteriores, que emplea otro tipo de registro más propio de escritores del siglo XX.


Y con esto ya hemos hecho un repaso a todos los cuentos. En general no gozan de la calidad de las novelas suyas que he tenido ocasión de leer, pero están bastante bien. Más recomendables.


Otras reseñas que te podrían interesar:

Barba azul, de Max Frisch

Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino


viernes, 22 de agosto de 2014

El estado de sitio, de Albert Camus

España, España. ¡Dos veces España!


Esta obra es lo primero que leo de Albert Camus y, aunque no es nada fácil, creo que he pillado medianamente por dónde van los tiros (también ha ayudado verme la pieza representada tras terminar la lectura). 

  La historia se localiza en mi amada Cádiz en una época ficticia, atemporal, una madrugada en la que el cometa que anuncia la desgracia desfila por el manto negro del cielo. Saltan, pues, todas las alarmas. La población comienza a temerse lo peor. Los gobernantes de la ciudad intentan tranquilizar a la población y les prohíben hablar siquiera de la estrella fugaz, bando tenaz de la malaventura, ocultando la verdad porque no pueden hacer frente a ésta. Pronto llega el tan anunciado mal y a la mañana siguiente empiezan a caer cuerpos muertos en las aceras del mercado. ¡Ha llegado la Peste! Pero no es una peste cualquiera, sino una peste personificada, que se presenta como un joven corpulento acompañado por una secretaria en el palacio de Cádiz para exigir que los alcaldes le entreguen el control de la ciudad. 

"EL GOBERNADOR: ¿Qué quieren de mí, forasteros?
EL HOMBRE, en tono cortés: Su puesto.
TODOS: ¿Qué? ¿Qué dice? 
 EL GOBERNADOR: Ha elegido usted mal el momento y esta insolencia puede costarle cara. Pero sin duda hemos entendido mal. ¿Quién es usted?
 EL HOMBRE: ¡Aciértelo!"

  Comienza esa misma mañana un gobierno de terror y represión donde las vidas de todos dependen de la Peste, salvo de quien conozca el secreto para derrotarla. Éste, nuestro héroe, será Diego, un joven gaditano enamorado de la hija del juez de la ciudad, que representará la fe en un mundo mejor y en la revolución contra la imposición, la insumisión a las normas no razonadas e injustas. Diego es un héroe que no duda en arriesgar su vida asistiendo a enfermos mortales de peste como puede con tal de que sus últimos momentos resulten menos penosos, a pesar de que puede contagiarse y perder toda la vida que le queda por delante, su chica, sus amigos, etc. Es un ejemplo de humanidad, un personaje que, en otras palabras, no puede ser más bueno.

  Al mismo tiempo que se desarrolla el desenlace de la historia de amor entre Diego y Victoria, asistimos a la vida en la ciudad con el nuevo gobierno, basado en el control total de la población y su limitación de derechos. Se ha defendido en muchos otros lugares que El estado de sitio no es otra cosa más que una gran alegoría del paso de la democracia al fascismo y que, por eso, no podía situarse está novela en otro lugar que no fuera España, que seguía bajo la dictadura de Franco cuando se publicó esta obra. La selección de la ciudad de Cádiz, además, no es capricho del escritor. Todo el que tiene unas nociones mínimas de historia de España sabe que durante la invasión francesa la mayor parte del territorio fue conquistado salvo la ciudad de Cádiz y las zonas colindantes, que resistieron gracias a su localización (una península) y a la ayuda de Inglaterra y el incesante combate de los guerrilleros. Fue en Cádiz donde se promulgó la Pepa (Constitución de 1812, primera constitución española), quizás la más moderna y la que más libertades y derechos concedía al ciudadano de la época y que fue puesta en práctica de forma bastante ridícula durante el reinado de Fernando VII, que lo primero que hizo al recuperar el trono fue abolirla. España, España. Dos veces España.

  Pero sigamos. El nuevo gobierno de la Peste trae consigo la burocracia que lleva a toda suerte de resultados y diminutas y aisladas escenas kafkianas en el segundo acto de la obra. La burocracia ahoga al ciudadano que no puede quejarse, sino sólo sucumbir y rezar. Las muertes se suceden cada vez que la secretaria tacha un nombre del registro civil. Toda persona que sea sospechosa queda marcada, se le asigna una chapa de los que no quieren la chapa de la Peste y son vigilados con lupa cada uno de sus movimientos hasta que alguien considera que es el momento de ponerle fin a su existencia por cualquier mínimo gesto. El crimen se convierte en ley, pero...

"JUEZ: Si el crimen se convierte en ley deja de ser crimen."
   Esta es la visión del Juez, padre de Victoria en la obra, que se presenta como el hombre que hace todo por salvar el cuello, llegando incluso a poner en peligro la vida de su hijo en una escena. La ley no es justa, pero a muchos ciudadanos no les importa cumplirla para evitar una sanción abusiva por parte de la autoridad. Este es el caso del Juez. Caso paradójico, porque, además de cumplirla, se ve obligado a imponerla.

  Otro de los personajes fundamentales de la obra es Nada, un joven escéptico y borracho que propone suprimirlo todo "salvo el vino y la locura" para reducir todas las penas a cenizas. Es un personaje destructivo que le sirve a Camus para criticar el nihilismo, pues no creer en nada conlleva la aceptación por pasiva del régimen político de su actualidad, de nuestra actualidad. Es el primero en ser aceptado por la Peste, debido a su relativismo y a su visión irónica de la vida, y para él comienza a trabajar en una oficina.

  Poco antes de acabar Camus nos da la clave para vencer al fascismo: no tenerle miedo ni a él ni a la muerte. Según Camus, sólo el sacrificio humano y el esfuerzo por cambiar las cosas pueden cambiar verdaderamente las cosas. Digamos que es de los que defiende el "morir de pie a vivir de rodillas".

  En cualquier caso, y ya para concluir, decir que, si bien no soy mucho de libros vinculados a temas políticos, he de decir que éste, por el tratamiento y la complejidad, me ha gustado y, aunque lejos de ser una maravilla, propone una gran alegoría, sumamente original, por la que merece la pena echarle un ojo.

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Muerte accidental de un anarquista, de Dario Fo

El rodaballo, de Günter Grass


sábado, 19 de julio de 2014

El rodaballo, de Günter Grass




Después de leer El tambor de hojalata en septiembre, me quedé con muchas ganas de más Günter Grass. Dos semanas y media le he dedicado a la que dicen que es su mejor obra, a dejar vagar mi mente por el mundo que crea en sus casi seiscientas páginas de letra apretada y miniaturizada, con un ritmo de lectura lento, pero preciso. Es, sin lugar a dudas, lo que mejor he leído este verano, de momento.

Grass nos muestra su afición a la cuentística tradicional de su país. La novela es una reinterpretación del cuento de la isla de Rungen que los hermanos Grimm recogieron para una de sus famosas antologías bajo el título El pescador y su mujer. En dicho cuento un pescador vive con su esposa, que cocina y cuida del hogar. Un día, el pescador captura un rodaballo parlante, el cual le pide que, por favor, le libere. Bajo la promesa de ver cumplido un deseo de su elección, el hombre lo desengancha del anzuelo y lo lanza al mar diciéndole que no desea nada en especial, pero que está muy agradecido por su oferta. A continuación el pez le da una de sus escamas; que lo llame siempre que desee verlo. Cuando al regresar a su casa le cuenta la historia a su esposa, ésta se enfurece con su marido poniéndolo de tonto para arriba. El viajero, para hacer feliz a su mujer (tradicionalmente llamada Ilsebill), vuelve al mar Báltico, llama al rodaballo mágico y le encarga una granja. Pronto Ilsebill se hartará de lo que tiene y querrá más. El marido, como buen calzonazos, irá al rodaballo y le exigirá un palacio. Pero no tardará mucho en regresar el hastío de la mujer. Su ambición crece y crece por momentos hasta que el rodaballo se niega a concederle más deseos. Pero, ¿qué entresaca Grass de este cuento? Que la protagonista en la que se personifica la avidez sea una mujer no es casualidad y da pie a multitud de reflexiones en el cuento. ¿Son las mujeres así por naturaleza? ¿Siempre quieren más? ¿Hay otra versión para este cuento? ¿No es el hombre el auténtico avaricioso camuflado, ese sujeto histórico cuya ambición ha promovido cientos de guerras el que verdaderamente se aprovecha del rodaballo cuando su mujer insiste en que pare, en que ya es suficiente, en que ya no se necesita más? ¿Quién debería dirigir la historia: el hombre, la mujer, ninguno de los dos?

En El rodaballo de Günter Grass la acción comienza cuando un pescador neolítico llamado Edek atrapa por casualidad a un pez parlante y sabio como el del cuento que acabamos de comentar recogido por los hermanos Grimm, un rodaballo. El pescador, al ver que habla, cree que es un dios y lo devuelve con prisas al mar. Entonces el rodaballo le suelta un sermón que demuestra lo calzonazos que es, mucho antes de que existiera ese concepto. Según Grass, y yo no sé si esto es o no verdad y sólo puedo, por lo tanto, fiarme medianamente de su palabra, en la región de la desembocadura del Vístula, y quién sabe si en otras también, reinaba un sistema matriarcal, frente al debilitado sistema patriarcal actual, que ha aguantado más de dos milenios. En la cueva de Edek todas las mujeres se llaman Aya y tienen tres pechos por una extraña razón, pero de entre todas destaca una SuperAya, más gorda y mejor dotada intelectual y sexualmente que el resto, que le robó, según la lógica de la novela el fuego al Lobo del Cielo. Estas Ayas tienen dominados a los Edeks, a los que amamantan como si fueran bebés. Cualquier intento de rebelión lleva a la negación del pecho, y los Edeks, que lo saben, no quieren eso. Por estos detalles locales y por las comparaciones que establece el rodaballo a partir de su sabiduría infinita entre la horda de Edek y lo que sucedía -y había sucedido ya- al mismo tiempo en auténticas civilizaciones mediterráneas florecientes como la minoica, la egipcia o la mesopotámica incluso es por lo que nuestro pescador se gana una bronca de campeonato bastante cómica. Es entonces, cuando el rodaballo se compromete a liberarlo, a él y a todos los hombres, del opresivo matriarcado, le cueste el tiempo y las vidas que le cueste. El rodaballo se vuelve en el padrino de la causa masculina y con su ayuda, no recogida en ningún escrito que consideremos serio, coloca al hombre, indirectamente, a partir de consejos, como el sujeto de la historia, desplazando a un segundo plano a la mujer. 

Pero, ¿qué ocurre? Que el hombre es torpe por naturaleza y de su gobierno derivan las mayores catástrofes de la humanidad. Es por eso que el rodaballo, harto ya de Edek, de sus reencarnaciones históricas -porque como hablaremos de ello ahora, se reencarna continuamente para poder influir a través del consejo del pez mágico en la historia- que de nada han servido para un progreso social pacífico y digno de admiración, se deja capturar de nuevo en los años 70s por tres mujeres, amigas, lesbianas, que vienen a representar todo lo opuesto a su antiguo protegido. A ellas les explica su caso sin demasiado detenimiento y les habla de la posibilidad de aconsejar a partir de ese momento a la causa femenina, pero las tres chicas, Sieglinde Hunstcha, Fränki y el Maxi, sólo escuchan la primera parte de su discurso, se niegan a devolverlo al mar de donde vino y se lo llevan a sus casas, planteándose que hacer con él, hasta que finalmente acude a ellas la idea de celebrar un juicio en el que se evaluaran y se analizaran los crímenes que el acusado rodaballo pudiera haber cometido contra las mujeres del planeta con su intervención indirecta en la historia a través de las palabras. Se forma un tribunal feminista que decidirá el destino del acusado en un juicio que durará nueve meses y repasará las vidas de once mujeres, todas ellas grandes cocineras, que, directa o indirectamente, tuvieron un papel histórico importante. Al mismo tiempo que se celebra el juicio, la última mujer de Edek en su tempotránsito de los años 70s, llamada como la esposa del pescador (Ilsebill) en homenaje al cuento de los hermanos Grimm, vive un inesperado embarazo.

Una mujer tras otra, una vida tras otra. En el juicio se nos narra cada mes la historia de una mujer -salvo en el primero, en el que hay nada menos que tres historias- siendo siempre la siguiente más interesante que la anterior, en un maravilloso crescendo. El primer mes está dedicado a Aya, Vigga y Mestuina, tres mujeres que lideraban a su pueblo porque eran esos tiempos en los que persistía el matriarcado. Las dos primeras son mujeres anteriores al nacimiento de Cristo. Con Vigga asistimos a la desaparición del mítico tercer pecho y a las migraciones bárbaras hacia el sur, los primeros ataques godos a la línea fronteriza del Imperio Romano y con Mestuina llegan ya los primeros clérigos con su nueva religión católica a la desembocadura del Vístula para bautizar a los primeros pomorscos y emplearlos como carne de cañón contra sus violentos vecinos, los pruzzos. En este caso, nuestro protagonista es, cómo no, un obispo, Adalberto de Praga. En el segundo mes, viajamos varios siglos adelante y llegamos a la vida de la goticoflamígera santa Dorotea de Montovia. Danzig ya es una realidad en la que viven los personajes. Tras el mes de Dorotea llega el de la monja cachonda Margareta Rusch, también conocida como Greta la Gorda, que es, sin duda, el más aburrido de todo el libro y a partir del cual comienza ese crescendo que hemos comentado antes. El cuarto mes está dedicado a Agnes Kurbiella, al mismo tiempo criada y musa de los dos artistas más importantes de Danzig de su época: el poeta Opitz y el pintor Möller. En este caso, los dos hombres son reencarnaciones de Edek, lo que hace del capítulo algo muy dinámico e interesante. El quinto mes trata sobre Amanda Woyke, la principal introductora del cultivo de la patata en la región de Cachubia. El sexto mes queda dedicado a la siempre virgen Sophie Rotzoll, luchadora por los derechos que defendió en sus inicios la Revolución Francesa y por la independencia de Polonia. En el año en el que muere Sophie nace Lena Stubbe, de primer apellido Pipka, el revolucionario año de 1842. Sobre Lena y su larga vida trata el séptimo mes, sobre la vida de una mujer que sobrevivió a dos maridos maltratadores, a dos grandes guerras (la Guerra Prusiano-Francesa del 1870 y la Primera Guerra Mundial), al hambre y a sus continuos intentos fracasados de hacer algo grande. Siempre revolucionaria y tempranocomunista, Lena no consigue publicar su "Libro sobre la cocina proletaria" y muere tristemente. En el octavo mes se narra la mejor historia de todas, la de Sylbille Miehlau, que casi se puede leer de forma independiente del resto del libro y que nos demuestra que las mujeres no son necesariamente mejor que los hombres para dirigir la historia. No importa si eres hombre o mujer, lo que tienes que ser es una persona sensata en esta vida, parece querer decir. Eso y que los inocentes siempre acaban pagando el pato de los demás. El libro cierra el noveno mes con el caso de Maria Kuczorra, que perdió a su marido Jan en una huelga sindicalista por el encarecimiento de los precios de los alimentos y otros enseres básicos cuando la policía abrió fuego contra los manifestantes.

El rodaballo es una obra cumbre, una obra genial. Loca y divertida. Triste y compleja. Teatral e histórica. Es un paseo por la vida y el pensamiento hombre y de la mujer, y su evolución histórica. Es una ventana al pasado, un intento de reformular la historia a través de nuevos principios del tipo "Y si..." que crea Grass con sus cocineras y sus amantes. Una historia para reflexionar. Que no deja indiferente a nadie. Magnífica. Potente. Un derroche de creatividad bien encauzada.


jueves, 3 de julio de 2014

Una primera impresión de "El rodaballo" de Günter Grass



Tenía muchas ganas de repetir con Günter Grass este verano, después del buen sabor de boca que me dejó "El tambor de hojalata" (algún día habrá reseña, ¡lo juro!). Estaba en una tienda de libros de segunda mano cuando encontré esta preciosidad por sólo dos euros. Daba igual si tendría luego que prescindir de alguna cerveza: el libro lo merecía sólo por el nombre de su autor y de momento no me está decepcionando, aunque bien es cierto que sólo llevo digeridas poco más de 100 páginas de las 568 que tiene.

Pero, ¿de qué va o de qué me parece a mí que va "El rodaballo"? Pues al parecer trata (o parece que trata) sobre un pescador neolítico sometido por el matriarcado en una sociedad en la que las mujeres tienen tres pechos y dan de mamar tanto a los varones adultos como a los más pequeños. Basta con negarles la leche a los más gallitos para que se vuelvan sumisos corderitos. En este curiosísismo escenario, nuestro pescador captura a un rodaballo que habla. Éste se convierte en su amigo y guardián y le da consejos para elevar al hombre al primer lugar de la historia, es decir, aboga por la sustitución del matriarcado por el patriarcado. Su ayudante y nuestro protagonista y narrador recibe entonces el poder de reencarnarse en otras personas cuando muere. Así es como está presente en todas las edades históricas para ayudar al rodaballo a lograr su objetivo. Pero luego, el pez plano se cansa y dice que la causa masculina no vale una mierda y se deja pescar de nuevo en los 1960-1970 por un trío de lesbianas que lo llevan a juicio por haber contribuido a relegar a la mujer a un segundo plano histórico, lo que sin duda ha hecho. En una bañera en medio del tribunal, el rodaballo irá contando paso a paso todo lo que sabe, mientras que el pescador lo observará desde un retirado banco, mostrando un escaso interés (¿con el fin de que no se descubra su identidad?). Al mismo tiempo que se sucede el juicio, que se prolongará meses, el pescador recuerda sus vidas pasadas y sus amantes, -como el las llama cariñosamente- sus cocineras.

Y en resumidas cuentas "El rodaballo" es (o parece ser) esto. Como podemos ver una historia muy original. Muy en consonancia con el universo particular de Günter Grass. De momento llevamos un mes de juicio y el rodaballo aún no ha sido acusado por el tribunal feminista de forma unánime, pero parece que poco le queda si no ocurre nada antes. Por lo que yo os voy a dejar ya y me voy a zambullir en el libro mis buenas dos horas para saber qué pasará con el amable y sabio pez. Seguiremos informando...

domingo, 8 de junio de 2014

Mil grullas, de Yasunari Kawabata



Si en País de nieve Kawabata nos invitaba a sumergirnos en el mundo de las geishas, en Mil grullas nos zambullimos de lleno en el universo de las tradicionales ceremonias del té, sus rígidas normas y su bella y frágil artesanía, acompañando a un personaje singular como el que más: Kikuji Mitano, hijo de uno de los más reconocidos maestros del té de su tiempo. Si bien es la ceremonia del té, ese momento calmo que insta a los personajes a intercambiar miradas furtivas mientras se calienta el agua y se vierte a las tazas y a preguntarse que pensará el otro en ese mismo momento, uno de los temas principales de la obra, ésta actúa como un mero conector en Mil grullas.
La trama es considerablemente más complicada que todo esto.  Kikuji Mitano es un oficinista, hijo de este maestro del que ya hemos hablado, que recientemente ha quedado huérfano de madre y padre. Un día acude a la invitación de una lejana y breve amante de su padre, Chikako Kimamoto, ahora también maestra de té. Kikuji se presenta en la ceremonia, siendo el único chico. Allí Chikako, que se irá convirtiendo poco a poco en una especie de antagonista para Kikuji, le advertirá a éste de las perversidades de la señora Ota, la última amante del maestro de ceremonias, que se ha presentado sin ser llamada a la fiesta con su hija Fumiko, al tiempo que le hablará de Yukiko Inamura, una joven bastante hermosa, que viste con un pañuelo en el que alzan el vuelo mil grullas pintadas, para ver si da su consentimiento para una pronta boda. Kikuji ha ido sin saberlo a un miai, un encuentro en el que dos personas se reconocen y dan su visto bueno para una boda concertada. Chikako no parará hasta el final de la novela de instarle para que se case con ella, pero Kikuji tiene otros pensamientos. Tras la ceremonia de esa tarde establece cierta simpatía por la madre Ota que le lleva a acostarse con ella en repetidas ocasiones. Kikuji ha empezado a poseer a la mujer de su padre muerto, pero ¿ha empezado también a amarla? ¿Es la señora Ota, una mujer inestable y débil, que, además, le recuerda perpetuamente la sombra de su padre, algo por lo que apostar o debería concederle a Chikako, una mujer cuya lengua mordaz no puede soportar la oportunidad de conocer detenidamente a la mujer que le ofrece, la chica del pañuelo con mil grullas?

En la novela vemos como está presente en todo momento la figura del padre de Kikuji, su fantasma, ese hombre que ha sido amante de Chikako y luego de la señora Ota y que explica la enemistad tajante entre las dos. Un fantasma que atosiga a Kikuji, que se siente como su padre cuando yace con la señora Ota, que parece no encontrar diferencia alguna. 

El autor esboza la psicología de los personajes con gran maestría a través de admirables diálogos. Mil grullas es una novela minúscula en cuanto a tamaño físico, pero sumamente densa y rica en matices. Una historia muy superior a País de nieve, que, no obstante, guarda semejanzas de estilo y se convierte en una lectura rápida por su adicción y especialmente dinámica, cuyo "mise en abyme" final de la taza rota bajo la atenta mirada de las estrellas (y quien sabe si del padre) es de una grandeza poco igualable. Una novela donde los hijos tienen la oportunidad de evitar los errores de sus padres, siendo capaces por terquedad de caer en ellos de bruces. Donde la culpa rula de un personaje a otro y se bebe en un tazón de té caliente.

Más reseñas de obras de Yasunari Kawabata en esta esquina: País de nieve, La casa de las bellas durmientes,



viernes, 6 de junio de 2014

País de nieve, de Yasunari Kawabata



Yasunari Kawabata se caracteriza entre los escritores japoneses del s. XX por ser uno de los que más mira hacia la tradición y la cultura propias. En País de nieve nos vemos inmersos en el mundo de las geishas y de los baños termales en las montañas de la región de Hokuriku, región adonde el viento frío proveniente de Siberia llega cargado de humedad, y por consiguiente nieva. 

La historia cuenta como Shimamura, un estudiante adinerado viaja por primera vez a una aldea de esta región y conoce a una joven bailarina llamada Komako. Pronto se enamoran. Ella más de él que él de ella. Y comienzan una extraña relación. Shimamura es un hombre acostumbrado a contemplar la belleza de forma indirecta, a través de reflejos. Su pasión es el ballet occidental, a pesar de que nunca ha asistido a uno en la vida y todo lo que conoce de él es gracias a los libros. Un tanto de lo mismo le ocurre con las mujeres. Las ve mucho más hermosas a través de los espejos de una ventanilla de tren o de un trozo de hielo. Es, pues, algo tímido y a veces desabrido. Komako llegará a odiarlo en su primera conversación. 

En un segundo viaje Shimamura conoce a través de la ventanilla del tren a una joven con la que luego su vida se cruzará. Es el misterioso tercer elemento que conforma un falso triángulo (porque ahora veremos como las relaciones amorosas tienen en esta novela más de tres vértices): la enigmática Yoko. Una vez en la aldea (ha pasado un año, quizás dos desde que no se ven y no se han escrito) Shimamura y Komako se reencuentran. Ahora ella se ha convertido en geisha para poder pagar a los médicos que velan a su prometido Yukio, el hijo de la maestra de música del pueblo, que le dio cobijo en su casa años atrás, cuando ella abandonó Tokio. Yukio está al borde de la muerte, pero esto no parece importarles a los enamorados que siguen con su coqueteo particular, más interrumpido por las labores de geisha de Komako, que cada cinco páginas sale de escena con la escusa de amenizar una fiesta. Hay que tener cuidado aquí y no confundir los palabros geisha y puta, pues Kawabata nos esboza a lo largo de la novela la sutil diferencia. Una geisha no está obligada a permanecer una noche con su cliente si ésta y su casa no quieren. Si la casa no quiere, la geisha sabe que permanece por cuenta suya y que por cuenta suya corren también embarazos no deseados y enfermedades. Shimamura comienza a enamorarse cada vez más de Komako, pero siente curiosidad por Yoko, quien vive con ellos y cuida del  desvalido Yukio. Cada vez que le pregunta a Komako por ella, ésta se niega a darle una respuesta clara. Así acabamos la novela sin saber quién es exactamente Yoko. Komako dice en una ocasión que no es más que una envidiosa. Lo cierto es que sólo ella asiste al tal Yukio hasta la muerte y después va a recordar su memoria cada día en el cementerio de la aldea, junto a las pistas de esquí y la línea de ferrocarril.

País de nieve fue escrito entre 1937  y 1948 para una revista/periódico. Posteriormente fue editado para convertirse en una novela. De ahí su carácter inconcluso/concluso que nos deja en la boca el sabor de algo terminado y de algo sin terminar. Sus puntos fuertes son los diálogos, a través de los cuales el autor perfila la psicología de sus personajes. En general, es una buena novela, que muestra muchos aspectos de la vida tradicional japonesa y que, si estás interesado en el tema, puede resultar, si no más fructífero, sí menos pesado que leer manuales o revistas. Lo cierto es que he disfrutado bastante con su lectura y ya estoy con su siguiente libro: Mil grullas, del que pronto habrá también reseña.

Más reseñas de obras de Yasunari Kawabata en esta esquina: Mil grullas, La casa de las bellas durmientes,
 

sábado, 31 de mayo de 2014

El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias

Una obra maestra. Mezcla de surrealismo y espiritismo, indigenismo y experimentación...



¿Qué se puede decir de una obra que está considerada todo un clásico moderno, de una obra de un premio Nobel que ya han analizado otros tantos, cientos de críticos o simples aficionados, como un servidor, a esto del reseñeo? Pues algo habrá que se podrá decir, digo yo. Y sino, nunca está de más repetir lo de siempre. Enfrentarse a esta obra, desde el punto de vista del que reseña es difícil, por la gran cantidad de matices que guarda en tan sólo 280 páginas (más o menos). Pero habrá que intentarlo.

"El señor presidente" recurre al tema del dictador, tan repetido por los escritores hispanoamericanos en el siglo pasado. Pero que sea un tema frecuente no implica que la obra peque de originalidad. Originalidad es precisamente lo que le sobra. Es comprensible que en Latinoamérica se escriba tanto como en España se escribe de la Guerra Civil o del franquismo. Son procesos históricos ineludibles que el escritor no tiene por qué ignorar. Según la contraportada de la edición que me he merendado la obra que nos atañe se inspira principalmente en las dictaduras de Estrada Cabrera y Jorge Ubico en Guatemala. Lo original de "El señor presidente" es que éste apenas se nos aparece físicamente a lo largo de obra unas cinco o seis veces. Sin embargo, su sombra inunda la historia, controlando a los personajes, que ven oprimidos e impotentes ante la serie de injusticias de las que son víctimas. La trama se convierte en una escusa para que Miguel Ángel Asturias pueda desarrollar las atrocidades de estos hombres que se hacen llamar así mismos presidentes de una república falsamente democrática, presidentes que mantienen regia a la población a través de herramientas del terror con las que aseguran su mandato, su trono. "El señor presidente" es un libro que vivifica estas herramientas del terror en cada uno de los personajes -algunos, incluso siéndoles fieles al Amo serán castigados, tal es la paranoia que padecen estos gobernantes.

Pero aunque pensemos en la trama como una escusa, no podemos decir que ésta carezca de importancia en la obra. Si algo he descubierto leyendo este libro es que Miguel Ángel Asturias es un gran creador de historias. La trama en sí comienza la noche en la que un vagabundo medio loco asesina en plena madrugada al general Parrales Sonriente, quien salía -si no recuerdo mal- del cuartel con dos hombres. Los amigos del loco son testigos de la sangrienta y dramática escena y son capturados por los escoltas. Una vez en comisaría se les obliga a testificar en contra de lo que han visto. Al parecer, a alguien importante (entiéndase el Señor Presidente) le conviene que tanto el General Canales como el licenciado Abel Carvajal sean eliminados del mapa, y, a pesar de que alguno de los desgraciados se resiste a declarar lo que no es cierto arriesgando su propio cuello, se difunde en días siguientes la noticia imaginaria y comienza una vigilancia atroz sobre general y licenciado para que a ninguno de los dos se le ocurra la fantástica idea de escapar. Es entonces, cuando se le encomienda la misión a Miguel Cara de Ángel, la mano derecha del presidente, de ayudar a Canales a huir del país, ocasión que aprovechará para secuestrar a su hija Camila, joven y bella. 

Es "El señor presidente" una obra de un profundo espiritismo, heredero directo de la novela indígena hispanoamericana, pero también de las vanguardias europeas, más concretamente del surrealismo y el impresionismo. Es una obra experimental que anticipa el movimiento del realismo mágico, que no tardaría en eclosionar. Asturias experimenta con formas nuevas a cada capítulo, demostrando su dominio de las figuras retóricas, de la metáfora, las alegorías, los quiasmos, los juegos fónicos, el flujo de conciencia,... He aquí sólo algunas pequeñas frases que especialmente han llamado mi atención:

"Las uñas aceradas de la fiebre le aserraban la frente."
"El silencio ordeñaba el eco espeso de los pasos."
"Un viento extraño corría por la planicie de su silencio."
"Araucarias inaccesibles, telarañas verdes para cazar estrellas fugaces."
"La leña verde no arde tranquila; habla como cotorra, suda, se contrae, ría, llora..."
"Sus sombras los perseguían como lagartos. Los lagartos como sus sombras."
"La noche traía la lengua fuera. Una lengua de campo húmedo."
Y mejor no sigo por no citar medio libro. Si quieren más, ya publiqué un fragmento como hace un poco más de una semana (espero no tener problemas con Copyright).

El veredicto final sobre el libro ya lo dije en el subtítulo: obra maestra. Y creo que ya no hay nada más que añadir, mi señor presidente...

martes, 1 de abril de 2014

Desgracia, de Jonh Maxwell Coetzee

¿Desgracia como desgracia o desgracia como maravilla?




¿Podríamos discutir si Coetzee representa o no un exponente de la literatura africana? Podríamos. Por un lado, si bien es verdad que nació en Sudáfrica y que éste es un país del continente donde nacieron los primeros hombres y su retrato de la sociedad de su tiempo es tenaz y podríamos decir sincero, su punto de vista se ve marcado por su color de piel y por su educación occidental tanto dentro como fuera de su país. ¿Se ha llegado a decir de él que no era más que un burgués sudafricano y que, por tanto, no podía representar los principios de igualdad social que suelen reivindicar los escritores negros de su tierra? Sí. De hecho, este asunto poco le importa a un Coetzee, que en “Desgracia” no tiene ningún problema en desafiar lo políticamente correcto, para montar una historia verosímil donde la maldad se esconde en rostros color azabache. ¿Intenta ser con esto realista? ¿Es él el auténtico exponente africano de la literatura y no, pongamos por ejemplo, Chinua Achebe o Alain Mabanckou, más concienciados con la defensa de la población negra frente a los abusos de Occidente?


Lo que no se puede cuestionar es que Coetzee vivió en Sudáfrica en la época del aparheid, vocablo afrikaans que significa segregación racial, entre negros y blancos, y que escribe “Desgracia” sólo siete años después de que se elimine la vergonzosa ley que impedía a más del setenta por ciento de la población disponer de unos derechos humanos claves como, por ejemplo, la elección de sus representantes electorales. Sin embargo, más de un siglo de dominio y de explotación (en los primeros años), de odio racista y de reivindicación de las costumbres propias, tanto por un lado las africanas, como por otro las occidentales, no se cura de la noche a la mañana. ¿Y es un sentimiento que sigue muy vivo? Sobre todo en las zonas rurales, donde Coetzee, desafiando al Dickens que todos los prados le parecían bucólicos, sitúa un escenario de ¿violencia salvaje?, donde el vecino, el pez grande, se quiere merendar al chico, y sólo basta con atacar al margen de cualquier ley y presionar de cualquier manera para lograr sus objetivos, con la escusa de que éste no es “de su pueblo”.

El argumento de la novela versa sobre la caída en lo más hondo de su existencia de David Lurie, un profesor de universidad de Poesía Romántica en Ciudad del Cabo, divorciado y con una hija que no le gusta su trabajo y que llena la falta de amor que su solitaria vida le proporciona con Soraya, una mujer a la que paga por acostarse con él en el edificio de una agencia. En medio del caos en el que vive, se cruza una mañana de regreso a su casa con Melanie Isaacs, una de sus estudiantes, poco aplicada, poco ingeniosa, pero muy bella, a la que invita a tomar un café en su dúplex, dos calles más allá, y ella, algo insegura, acepta. ¿Cómo? No lo sé. ¿Debería probar yo también a entrarle a la gente a saco? Puede. En la casa Lurie acaba por seducirla y tiene con ella una aventura. Todo vuelve a marchar bien hasta que se desvela y cae, como el protagonista de un drama clásico en desgracia, si es que no llevaba en ese estado toda su vida. El tiene cincuenta y dos años, ella poco más que dieciocho: ¿podría ser su padre? ¿casi incluso su abuelo? Es vejado por sus compañeros de trabajo, por sus alumnos, por el novio de la muchacha, hasta por su ex mujer y se le obliga a dimitir, a abandonar su carrera académica a no ser que se disculpe. ¿Él lo hace? Por supuestísimamente que no. No tendría gracia la novela. Se declara culpable de todo lo que le acuse Melanie y se retira a la granja de su hija Lucy, junto a Grahamstown, con la perspectiva de escribir mientras tanto una ópera sobre los últimos años de Lord Byron. Lucy, que hasta hace poco tiempo vivía con su novia Helen, se dedica al cultivo de flores y pequeñas hortalizas y al cuidado temporal de perros. En ello le ayuda Petrus, un hombre negro, que no parece dominar muy bien el inglés, y que vive en los antiguos establos de la casa, junto a una de sus dos mujeres. Le ha adquirido una pequeña porción de tierra a Lucy. Allí poco a poco las relaciones con su hija irán entrando en tensión a raíz de un altercado. Unos hombres negros y un chico se presentan un día en la casa de Lucy con la intención de llamar por teléfono, argumentando que en su aldea no hay luz. Lucy se lo permite. Mientras tanto, David aguarda fuera con el chico. ¿Se huele que algo no va bien? Se ha generado una atmósfera de tensión entre los personajes que él no entiende del todo. Llama a gritos a Lucy. ¿No hay respuesta? Llama a Pretus. ¿No hay tampoco? ¿Ya se pueden imaginar que pasa a continuación? ¿No? Pues leanse el libro.

¿La narración es así todo el puto rato? Sí, preguntando el bueno de Lurie va avanzando la novela y vamos adentrándonos con él en el corazón de su desgracia. ¿También se habla de la felicidad? Por qué no. ¿De la segregación racial? Un poquito ¿De las distinciones entre campo y ciudad? Algo. ¿Recomendable? Por supuesto. ¿Algo más que añadir? Simplemente léanla.