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miércoles, 23 de septiembre de 2020

Revolución feminista y políticas de lo común frente a la extrema derecha, de María Eugenia R. Palop

 


Sí, ha llegado el día en el que en La esquina de ese círculo voy a hablar de política, pero ¿cuándo no he hablado yo de política? Dice Palop en este libro:

"Todo es político. No hay ningún posible desplazamiento ni vaciamiento de la política. Cuando se dice que algo es apolítico, lo que se está queriendo decir es que se adhiere al pensamiento hegemónico, es decir, que no contrasta, que no es subversivo, que no es transformador, pero eso no significa que no sea político.

Lo 'apolítico' es el ADN del neoliberalismo. Pero ¿qué ocurre con el neoliberalismo? Que la racionalidad política no es que desaparezca, es que queda colonizada por la racionalidad del business. Hay una colonización del espacio político, el que debería ocupar el bien común, no ya por parte de la economía, sino por la racionalidad del business. En eso consiste una democracia como business, partidos políticos que salen cada cuatro años a vendernos un producto y para los que no somos electores, sino clientes. Partidos que luchan por el centro, partidos atrapalotodo, sin compromiso, desideologizados, burocratizados, distanciados de sus bases. Partidos entre los que no hay más diferencias de las que hay entre Vodafone y Movistar, que ofrecen el mismo producto, pero con una marca distinta, en los que el líder tiene que ser suficientemente igual a otro como para captar nuevos clientes de la competencia, pero suficientemente diferente como para fidelizar a su propia clientela. Esta composición de la política que se puso de manifiesto en los años sesenta y que ha venido siendo criticada por movimientos sociales durante muchísimo tiempo, es lo que mucha gente identifica con lo apolítico, pero no es que sea apolítica es que es una visión de la política claramente neoliberal." 

 

Estas son palabras que suscribo al cien por cien. No se puede ser apolítico, porque en sí misma fingir serlo es una actitud política, una decisión individualista y egoísta que no tiene en cuenta ni las generaciones del futuro ni las del pasado. Mis reseñas son, por lo tanto, políticas, en tanto que son mensajes que se lanzan al mundo. Otra cosa es que yo me detenga o no a hablar de partidos e ideologías, que parece ser lo único relevante en política, cuando no es así. El arte es eminentemente político, aún cuando no pretende serlo. Las programaciones de los museos, de los festivales de música, del teatro nacional y del más austero, son formas de hacer política. Y estas no son solo ideas mías, sino de la propia autora del libro que hoy reseño.

María Eugenia R. Palop publica este libro en 2019, poco después de la sentencia a La Manada, pero el suficiente tiempo antes de la moción de censura a Mariano Rajoy. Por lo tanto, es comprensible que el panorama político haya cambiado mucho y que algunas de las ideas que defiende no hayan calado en la sociedad como ella pensaba que lo harían, sino que me atrevería a decir que se ha retrocedido. Un ejemplo es el de la buena fe depositada en Manuela Carmena como alcaldesa de Madrid. Palop pensó que se quedaría en el cargo por mucho más tiempo, debido a sus medidas sociales, pero lo cierto es que no ha sido así. Por otro lado, está el tema de Vox, el partido más a la derecha de todos los que tienen escaños en el Congreso. Las bases de su discurso son recogidas y analizadas por Palop. Sin embargo, la autora no podía saber el apoyo ciudadano que tendría en España, a pesar de ser un país que en su pasado contó con una dictadura de derechas, como fue la de Francisco Franco, cuyas heridas no han sido cerradas todavía. Por ello, no hay una sola mención al partido verde.

A pesar de esto, se trata de un libro con el que se puede aprender muchísimo sobre el panorama más reciente de la política española y europea, aunque quede demasiado clara su afiliación política, al que hace ver como los buenos de una película de serie B que no está terminada de editar. Por ello, solo es recomendable para aquellos que simpatizamos con ciertas ideas de las izquierdas, sin rozar el absurdismo que supusieron los regímenes comunistas, plagados de corrupción y hambruna del siglo pasado, ni las utópicas propuestas anarquistas, que funcionan divinamente en pequeñas comunidades, pero que encuentran problemas graves cuando salen de esas escalas.

Palop habla sobre el ascenso de Trump y de Le Pen apelando al discurso fácil de "los de aquí, primero". Un discurso que apela a lo común y al mismo tiempo a la faceta más egoísta de los votantes, que solo desean eliminar competencia de su vida amorosa, laboral, pública. Dice Palop sobre la xenofobia de Le Pen:

"De hecho, cuando Marine Le Pen dice que acá no cabemos todos, tiene razón, claro que no cabemos todos. Lo que sucede es que nosotros debemos tener una sensibilidad ecologista que nos lleve a entender que lo que sobre son cosas, mientras que Marine Le Pen piensa que lo que sobra son personas. Pero lo cierto es que su diagnóstico tiene credibilidad porque es bueno: en realidad, con este sistema productivo, no cabemos todos. La cuestión, insisto, es que nosotros no debemos pensar en expulsar a la gente, a los más vulnerables, sino en desarrollar políticas sociales orientadas verdaderamente a satisfacer necesidades básicas, limitando la riqueza de unos pocos, y no únicamente a incrementar la producción para crecer y poner más cosas en circulación."

Frente al pensamiento neoliberalista, la izquierda se ha dedicado a acaparar a todos los colectivos vulnerables posibles y esto ha provocado un discurso lleno de ruido, donde un día se defiende una cosa y otro día otra distinta. Y, a pesar de no ser incompatibles, entorpecen el mensaje y hace que buena parte de la clase obrera prefiera votar a las derechas. Las preocupaciones por los derechos humanos y sociales aparecen en una manifestación una vez cada mucho. El usuario medio se desentiende y pasa rápido a preocuparse de otro asunto, también político, desde luego. El caso es que el discurso de las izquierdas no ha quedado nada claro por esa fragmentación, por esa incapacidad de poner a los oprimidos en común. Y por esta razón tan absurda es por lo que los hombres deberían ir a manifestaciones feministas aunque no padezcan el groso de la violencia machista. La empatía es la que genera comunidad, la que ayuda a mejorar cívicamente un país y a avanzar hacia un progreso social que algunos están tratando de evitar a toda costa, a veces incluso los que se llaman a sí mismos progresistas.

Esto me lleva al segundo gran punto del ensayo: la revolución feminista. Palop no solo reivindica con su texto la eliminación de la violencia machista y el fin del patriarcado, sino que expone una serie de motivos por los que la sociedad y la vida urbana debería distanciarse de lo masculino y abrazar lo femenino. Y esto, por raro que parezca, no tiene nada que ver con la identidad de género de cada uno, sino con los valores que desde que somos pequeños se nos inculca por ser hombres o mujeres. En este sentido, los hombres son más competitivos y egoístas, porque están acostumbrados a obtenerlo todo en el momento. La fuerza física biológica nos acompaña por lo general. Sin embargo, las mujeres se educan en un entorno de interdependencia, codependencia y cuidado. Frente al modelo masculino de imposición, está el mimo femenino, la solidaridad y la cooperación, que ha demostrado dar buenos resultados en las empresas, o así lo afirma Palop. Por ello, considera necesario una feminización de la política, pues desde las esferas del Congreso y del Senado es donde se puede verdaderamente plantar cara a los abusos del neoliberalismo masculino. Esta feminización no tiene nada que ver con la paridad o con la asunción de más y mejores puestos para las mujeres si estas, curtidas en un ambiente de hombres, han acabado adoptando las formas de estos, despreciando los valores en los que tanto hincapié hace Palop. La feminización de la sociedad no tiene que ver con la dominancia de las mujeres sobre los hombres, sino con una valoración positiva de lo femenino que sea tenida en cuenta. Dentro de lo político, señala Palop, ya se está poniendo en marcha en distintos ayuntamientos de nuestro país. Por ello, alberga esperanzas de que la municipalidad pueda contribuir a un fin mayor.

Como podéis ver, se trata de un ensayo muy completo. No obstante, se echa en falta una buena conclusión que sintetice ideas porque, aunque estas se repiten, luego es difícil localizarlas. Por otro lado, está el hecho de que la pandemia por Covid 19 ha cambiado por completo nuestra forma de hacer política y nuestra vida. Y este es un punto que no se recoge en el texto, lo que deja un sabor agridulce, puesto que, a pesar de ser un libro del año pasado, ya se siente una distancia temporal importante. Por supuesto, no recomendaría este texto a nadie que se considere conservador porque no le va a agradar y tampoco le va a servir para cambiar su perspectiva política. Y eso ha sido todo por hoy. Me alegro bastante de poder hacer aquí este experimento, ya que solo suelo traer prosa de ficción. Traer un ensayo y, además, de política ha sido una experiencia divertida y edificante para mí.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


martes, 26 de marzo de 2019

Trabajos forzados, de Daria Galateria




Nadie podrá negar que el oficio del escritor sea arduo y complejo. Ninguno de los grandes nombres de la historia de la literatura nació con reconocimiento dentro de esta y, para la inmensa mayoría, llegar a donde acabó resultó ser toda una odisea. Batallas constantes entre la pasión de escribir y la supervivencia, entre el sueño personal y el frío certero de la situación de cada uno, son descritas, y de una forma bastante entretenida, en este libro pseudobiográfico firmado por Daria Galateria. Digo pseudobiográfico, aunque podríamos hablar también de anecdotarios, según el caso. La investigadora elige y selecciona momentos de la vida de cada autor. De unos suelta prácticamente la vida completa, mientras de otros se centra en comentar solo episodios representativos de quiénes son y por qué escribieron lo que escribieron. Y esas cosas. Todo, por supuesto, (y eso es lo que le da la chicha al libro) ligado al ámbito laboral. 

Para quienes amamos la literatura y para quienes habremos fantaseado alguna vez con ser escritores (o aún lo seguimos haciendo) este volumen de historias es asombroso en dos sentidos:


  • De primera mano es asombroso porque desmonta mitos y leyendas en torno a la genialidad.  Tiene buena parte de tratado estético humanista. Y es que difícilmente alguien va a encontrar su primer empleo como escritor. Desempeñará previamente muchos trabajos, tendrá una amplia experiencia tanto leyendo como viendo el mundo y participando de sus duras reglas. Solo así  el arte de componer y retratar en la clave preferida lo visto, lo vivido y lo soñado cobra verdadero valor.


  • En segundo lugar, también será asombroso conocer lo humanos que eran en el fondo nuestros ídolos. Su infrahistoria más allá de sus obras y la lógica que los movían a escribir lo que escribían, a decantarse por sentarse en la mesa de trabajo en los últimos instantes del día o ya en plena noche cerrada a teclear frente a una máquina sus divagaciones. 

He disfrutado muchísimo con las anécdotas sobre muchos de ellos, especialmente de los que conocía previamente: Italo Svevo, Bohumil Hrabal, Franz Kafka, Charles Bukowski, Jack London, Céline o George Orwell. Sin embargo, me han importado poco más que nada lo que me estaban tratando decir de otros: Ottiero Ottieri, Jacques Prévent, Blaise Cendrars, ...  Y eso no se debe tanto a que no conozca a los autores, sino más bien al hecho de que no he llegado a conectar con el texto. En el caso del capítulo dedicado a Jean Giono (nuevo para mí, al menos), puedo decir que la historia me ha entusiasmado hasta el punto de releerla (lo que rara vez hago) y que el manosquins es de tirada mi personaje predilecto de todos los tratados. 

Es innegable, como decía, que es necesaria una cierta cultura literaria detrás para disfrutar este libro, pero muchas de sus historias, como la de André Malraux, (por poner así un ejemplo rápido), pueden leerse desde la más absoluta ignorancia. Esto funciona siempre y cuando atendemos a los textos como narraciones de aventuras, de desdichas, triunfos, vaivenes. A fin de cuentas, son historias sobre vidas humanas. La idea de que a veces la realidad supera a la ficción es maravillosamente tratada aquí por Galateria y solo este detalle hace que el libro merezca la pena. Y si ya a eso le añades las crónicas de cómo Céline llegó a escribir Viaje al fin de la noche, ¡entonces apaga y vámonos!

Eso es todo por hoy. Lean mucho, coman con moderación y namasté.


martes, 5 de marzo de 2019

Queridos fanáticos, de Amos Oz



Amos Oz, el más célebre escritor contemporáneo en hebreo, falleció el pasado 28 de diciembre y ojalá la noticia hubiera sido una inocentada. Se marchó uno de los autores que estaba empezando a descubrir y que más me gustaban. A pesar de que mi conocimiento sobre la historia de Israel y del pueblo judío es bastante reducido y de que Oz habla con desmesura sobre estos temas, la peligrosa capacidad para ampliar y reducir el campo de sus obras, de volverlas locales y mundiales al mismo tiempo, me tenían enganchado. No en vano, este que reseño hoy es su cuarto libro en pasar por mis manos. 

Hasta ahora en la esquina, habíamos comentado dos novelas del israelí y un relato largo. Hoy vamos a introducirnos en su faceta como pensador político y en tres ensayos recopilados bajo el título de la entrada por Siruela sobre los extremismos ideológicos y la situación del Israel actual.  Estos tres ensayos son reformulaciones de conferencias que Oz impartió a lo largo de su vida en distintas universidades y que, pese a datar de épocas más o menos dispares, se compaginan y se completan con muy bien entre sí. El objetivo principal: reconstruir la imagen del fanático y hacernos conscientes del fanatismo que arde en nosotros y de cómo combatir contra él. Son, por lo tanto, charlas descriptivas e instructivas y que buscan reconfigurar algo en nuestras mentes, ponerlas patas arriba y hacernos reflexionar sobre nuestro comportamiento diario y nuestra visión de conflictos muchas veces simplificados y mostrados desde un enfoque de interés. Parcialmente interesado.

Estos textos son:

  • Queridos fanáticos
  • Luces, no luz
  • Sueños de los que Israel debería librarse pronto

En el primero de ellos se va a perfilar la imagen del fanático. ¿Qué es? ¿Por qué existe? ¿Cuáles son sus motivaciones? Para Oz, un fanático es alguien que entiende que el fin justifica los medios. Este fin puede ser cualquier cosa: la "defensa" de un estado-nación, de un sector poblacional frente a los abusos de otro, la lucha por la conquista o la supresión de una serie de leyes y derechos sociales, la búsqueda de una redención, sea del tipo que sea, etc. Según Oz, el fanático es quien cree tener la verdad absoluta, la verdad redimible, la verdad que, según él, todos necesitamos. El hebreo piensa que el fanático busca ser un hombre público, quiero decir, el hombre más público que existe, deseando fervientemente que todos piensen como él. Se mueve hacia los demás con ese fin y trata de convencer de muy diversas maneras. Dependiendo de la paciencia del fanático, el salto mortal del amor al odio puede tardar más o menos. 

Defiende Oz:

"Todo lo que quiere el fanático es darte un abrazo del que no escaparás, sacarte de inmediato del lugar paupérrimo donde estás hundido y llevarte al lugar fantástico y sublime que él ya ha descubierto y en cuyas alturas brilla desde entonces [...]
Constantemente, el fanático se apresura a lanzarse a tu cuello para salvarte, porque te ama. Siente por ti un amor incondicional.
O, por el contrario, te aprieta la garganta y te ahoga, porque se ha dado cuenta de que, por desgracia, de verdad, de verdad eres incapaz de ser redimido. Un caso perdido. Y por tanto, sintiéndolo mucho, su deber es odiarte y erradicarte del mundo."


Uno no se convierte en fanático de la noche a la mañana. Hay todo un proceso. Empieza con las ganas de pertenecer a un grupo que reafirme la naturaleza y la identidad del individuo y su necesidad animal instintiva de enfrentarse a algo, de luchar por sobrevivir. El fanatismo es más viejo que el Sol (existía antes de que descubriéramos el fuego) y alcanza su máximo exponente en las dictaduras más referenciadas del siglo pasado. Oz solo cita a Hitler, Stalin y los japoneses, pero estoy seguro de que el lector encontrará símiles más o menos cercanos (y más o menos comparables) en su país o en el vecino. El fanatismo, pues, tiene varias caras y posee toda una escala de grises. 

Oz nos dará ejemplos de rasgos fanáticos en el comportamiento habitual de ciudadanos comunes y corrientes. Nos hablará de ese proceso de radicalización y nos dará pautas para enfrentarlo. Entre ellas, las más destacadas son el cotilleo y la literatura. Sí, ¡han oído bien! El cotilleo y la literatura y lo que tienen en común; ese interés por los demás, por vidas distintas a la del lector, nos permite ver más allá de nuestros ombligos. Descubrir que el mundo es ancho y ajeno y que la vida está por encima de cualquier propósito.

Sin extenderme mucho más, deciros que los otros dos textos están más centrados en la historia de Israel como nación y en su conflicto con Palestina y en cómo se inserta este en el espectrograma de la política internacional. Aquí Oz da su visión sobre la problemática y ataca a fanáticos de ambos sectores sin ningún miedo o pudor. No duda en decir que los judíos fueron los que trajeron el fanatismo a su país antes de crearlo. Ataca a derechas e izquierdas. Echa pestes del pacifismo, con un aura a personaje de Clint Eastwood realmente memorable. Los fanáticos del Gran Israel, así como los soldados del Estado Islámico estarían equivocados en opinión de Oz, pues son facciones que no contemplan el futuro de un mundo en el que los que hoy son sus enemigos puedan seguir existiendo. Oz habla de la posibilidad de la violencia, pero de que esta se quiere justificar mucho más de las ocasiones en las que es verdaderamente necesaria. Muchas veces se reprime en estas ocasiones y, por el contrario, brota ante las premisas más absurdas. La violencia, deriva de la agresividad y esta, como buen rasgo silvestre, no entiende de lo justo; su dominio es lo propio.

Todo en conjunto, me ha resultado un legado valioso y digno de reflexión. Cuenta con momentos especialmente bien escritos y le dejan a uno preguntas de peso, por lo que, como mínimo, diría que es recomendable. Aunque lo que más me ha gustado, ha sido tener el placer de volver a leer a Oz y de poder traeros hoy una nueva reseña. Tenía muchas ganas de escribir aquí y me alegro de estar de vuelta. Este último par de meses he estado muy liado y no he leído casi nada. Tengo pendiente comentar varios libros, muchos empezados (Pram, Trabajos forzados, Zombi, El corazón es un cazador solitario, Rant,...), y otros ya terminados (Tiempos de Swing, Farándula,...), pero que tendría que repasar para poder decir algo mínimamente de interés para cualquiera. Voy a mi ritmo. La Esquina seguirá aquí mientras no cierre Blogger. Intentaré compartir más lecturas con vosotros muy pronto. Por cierto, y para que sirva de regreso a Oz, no me despido sin recomendaros la reseña que hace Montuega en Un libro al día sobre la conferencia original del primero de los textos del volumen que comentamos hoy y que podéis leer aquí. 

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Más reseñas de obras de Amos Oz en esta esquina: Una pantera en el sótano, La bicicleta de Sumji, Conocer a una mujer, La caja negra, 





domingo, 9 de septiembre de 2018

Cuatro horas en Chatila, de Jean Genet



Me sonaba el nombre de Jean Genet de haberlo oído más de una vez durante las largas y tediosas clases de la facultad. Lo he oído tanto que de forma inconsciente pensaba en él como en un teórico de la literatura sesentón cuyas apreciacianes al método semiótico de análisis literario habían roto todos los moldes del viejo estructuralismo de Jakobson de los 1960s. Y sí que es verdad que Genet sabe mucho de literatura y de otras cosas, pero no destaca especialmente por escritos teóricos demoledores. Al contrario, es un gran sabio, pero con textos muy líricos. Con su nombre en mente y la idea de leer algo de ensayo pido prestado a un amigo estas Cuatro horas en Chatila. 

Chatila es un nombre que también he oído antes y que por algún motivo desconocido para mí lo relaciono directamente con la catástrofe. Pienso en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial. En un desastre nuclear poco conocido de algún país de Europa del Este. En un huracán arrasando Santo Domingo. Imagináos lo que sabía yo de la Guerra del Líbano y de las matanzas indiscriminadas de palestinos en los 1980s. Exacto, absolutamente nada. Cuatro horas en Chatila es una crónica periodística en la que Genet relata sus experiencias en uno de los barrios más acribillados del Beirut Oeste durante la invasión israelí del Líbano en 1982. Habla de su experiencia personal y hace un acopio de sus reflexiones sobre el conflicto árabe-israelí. La lectura de este minúsculo texto me trae a la mente la película de animación de Ari Folman titulada Vals con Bashir, sobre todo en los momentos finales, donde los protagonistas de ambas historias pasean entre los cadáveres de miles de víctimas inocentes (sus familiares rompiendo en llanto), palestinos refugiados que habían sido torturados hasta la muerte por la vieja falange libanesa, una organización ultraconservadora cristiana a la que habría apoyado secretamente Israel, entregando armas, recursos y dándoles plena libertad para hacer con ellos lo que quisieran.
 
Las matanzas de Sabra y Chatila tuvieron repercusiones importantes a nivel internacional hasta el punto de que el gobierno israelí se vio obligado a reivindicar constantemente su humanidad, defendiendo que en el derramamiento de sangre la incursión de los hebreos no había tenido nada que ver. En el parlamento se llegó a decir lo siguiente: "Unos no-judíos han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne esto a nosotros?" Esta frase heladora contribuye a que Genet derrumbe cualquier pequeño aprecio que pudiera haber tenido anteriormente por el país de Amos Oz y comience a elaborar una imagen romántica de héroe débil que lucha por su libertad en la figura de los fedeyines, los inexpertos soldados palestinos, carentes de medios para hacer frente a un enemigo invasor. Genet entiende que Israel ha pasado de ser el típico chico al que le hacen bullying en el colegio para convertirse en el matón lleno de granos que mete la cabeza de los debiluchos en el retrete. Solo porque no encaja. Solo porque siente que nadie le quiere. Solo porque la tierra que pisa antes no era suya. Porque la reclama como suya y porque no le importa emplear la fuerza para tomarla.

La narración viene acompañada en esta edición de un análisis de Juan Goytisolo, pero mi sorpresa viene cuando descubro que el análisis no es sobre este texto de Genet, sino sobre otro titulado El cautivo enamorado, donde se toman aspectos de Cuatro horas en Chatila, sí, pero que no deja de ser una forma de engrosar el libro lo suficiente como para poder distribuirlo comercialmente. Aunque el texto del francés me ha resultado muy interesante, valioso a nivel personal y necesario a nivel humano y social, las apreciaciones de Goytisolo, con su verborrea sobre otro texto al que no tengo acceso porque aquí no se incluye, me han dejado más frío que una noche de diciembre debajo de la lluvia. Aun así, si os interesa mucho el tema, cogerlo, como yo, de prestado no es mala opción para pasar una tarde y aprender algo sobre un conflicto reciente y al mismo tiempo olvidado en estas latitudes del globo. 



viernes, 6 de octubre de 2017

El olor a sangre humana no se me quita de los ojos, de Franck Maubert





Librito diminuto sobre el pintor irlandés Francis Bacon. Lo escribe un tal Franck Maubert, que parece que es experto en cuestiones pictóricas y ha publicado en francés una cantidad considerable de trabajos sobre muchos grandes nombres de la disciplina. El libro está dividido en tres.

  1. Conversaciones de Maubert con Bacon

La parte más interesante y entretenida. Prácticamente hablan de todo. Bueno, de todo lo que se puede hablar en una tarde entre gintonic y gintonic: otros artistas, el dolor humano, la decoración de interiores, la homosexualidad, de por qué la poesía mola más que la música, de Esquilo, Shakespeare, Paris, etc.. Aunque muchos de los temas me interesan más bien poco, la supuesta transcripción de lo hablado que hace Maubert se muestra muy viva y humana. Nos acerca de primera mano a los complejos pensamientos –algunos contradictorios- de un artista con el calibre de Bacon, mientras que al mismo tiempo se nos abre la propia personalidad de Maubert como admirador del artista.

     2. Comparaciones entre Francis Bacon y Francis Bacon


Algo menos divertido que la parte anterior, porque Francis Bacon ya no está para contarnos chistes. Sin embargo, aporta datos interesantes para entender la obra del pintor, aunque la mayor parte de las parrafadas filosóficas no las termino de encontrar justificadas. Se intenta crear una conexión maravillosa entre dos intelectuales que se llaman igual y se recurre a elementos muy concretos de ambos. Este tipo de conexiones y esperanza pseudoreligiosa de la reencarnación de las ideas de uno en la mente del otro por llamarse exactamente igual funciona muy bien en la ficción, pero cuando se quiere extraer de ahí la mayoría de veces se acaba en saco roto. Quizás Maubert quería darle un toque literario a su librito sobre Bacon, pero creo que hay mil formas mejores.

          3. Datos biográficos del pintor

Algo más extensa que la página de Wikipedia, pero no sé, visto lo anterior, esperaba algo más, algo distinto, sobre todo porque el libro ya es exageradamente breve como para valer lo que vale.

Y ahora la pregunta que todos se hacen: ¿interesante o no? Yo creo que te tiene que gustar mucho la pintura y mucho Francis Bacon como para que te merezca la pena comprar este libro. Si no sientes esa pasión de inicio, hay mil libros mejores que puedes comprar antes. Ahora si lo puedes leer de prestado, dicen que todo suma.Tenéis otra reseña en Devaneos, donde parece que sí que han disfrutado más con esta lectura.



lunes, 20 de julio de 2015

Correspondencia completa, de César Vallejo (Edición de Jesús Cabel)

Interesante como dato testimonial histórico y curioso si te interesa la biografía del poeta, poco más…


Difícil es leer a Vallejo y no quedarse con ganas de más. Ya me ocurrió el pasado abril con Los heraldos negros; inmediatamente después cayeron Las escalas melografiadas. Hace una semana que regresé al pueblo en el que me crié para pasar unas vacaciones inmerso en la lectura. No pude evitar llegarme a la única biblioteca de la zona a curiosear, y, claro, si uno encuentra estas cosas de Vallejo, de nuestro querido Vallejo, cómo no va a llevárselas a casa. Y con ella Trilce. ¡Al fin! Ya veré si comento algo, pues ya sabéis que la poesía no es precisamente mi fuerte y muchas veces me resigno a decir algo para evitar así cagarla. 

Pero vamos con el libro de hoy.

Correspondencia completa es un título con el cual no necesitas mirar en la contraportada para saber qué encontrarás dentro del libro. Recopilaciones como ésta hay cuarenta mil, ¿pero qué hace que ésta sea más interesante que la mayoría? ¿Qué sale Vallejo? Posiblemente. Porque de completa no tiene nada. El propio título promete mucho más de lo que da. No han salido a la luz todas las cartas que escribió César Vallejo en vida debido a que muchas se han perdido o a que ciertas personas prefieren no hacerlas públicas. Lo cierto es que poco contribuye a mejorar la comprensión de la obra del poeta las que sí aparecen. Lo familiar, muy presente en su obra poética, apenas tienen un minúsculo espacio en esta recopilación realizada por Jesús Cabel para Pre-textos. Es fácilmente deducible que Vallejo le escribió más de ocho cartas en toda su vida a su hermano Víctor Clemente; el propio César dice que no recibe respuesta, a pesar de las muchas misivas que envía para Santiago de Chuco desde París. De la misma forma se habla de cartas escritas para Georgette que no están por ninguna parte. No sabemos mucho acerca del matrimonio Vallejo. Se menciona su relación unas tres o cuatro veces, pero no creo que interese demasiado, casi da la impresión de que ni le interesa al mismo Vallejo. Toda inmersión en recopilaciones de este estilo cobra siempre un tinte de prensa rosa que no me agrada. Por suerte, aquí no profundizamos en el dilema.

Una vez sacado lo malo, extraigamos también lo que puede ser útil para algo.

En primer lugar, hay que hacer mención especial a una especie de mantenimiento de una estructura casual que nos permite reconstruir la historia de César Vallejo como si fuese una suerte de novela epistolar, con un protagonista-narrador incuestionable, un comienzo, un nudo y un desenlace. Las cartas conservadas y la forma de ordenarlas permiten una ágil y medio amena lectura.

En segundo lugar, aunque carezca de valor literario, posee un importante valor histórico como testimonio de una personalidad muy concreta, cuyas circunstancias permiten ofrecer una visión del mundo que compartieron muy pocas personas.

En tercer lugar, las continuas cartas que envía Vallejo a sus compañeros artistas le dan la oportunidad al lector de conocer a autores (principalmente poetas del Perú) muy poco difundidos en la actualidad a nivel internacional. Me he pertrechado con una decena de nombres que se suman a mi ya inmensa lista de escritores pendientes.

En cuarto lugar, el contenido de las misivas nos desvela la parte más desconocida de Vallejo: su trabajo como periodista, su condición de mantenido a base de becas del gobierno español y las continuas triquiñuelas para aprovecharse de dicha beca sin cumplir los requisitos mínimos, los continuos préstamos que pedía a sus amigos y conocidos como Pablo de Abril Vivero (diplomático y poeta con el que más se cartea) o Juan Larrea, su horrible forma de administrarse el dinero, pretendiendo una vida que no era la suya, y su conversión al comunismo soviético. Todo esto, así como datos curiosos, puede resultar interesante.

En último lugar, la introducción, a modo de ensayo breve, constituye un nuevo punto a favor de la obra y nos aporta nuevos datos que no se encuentran en el contenido de las cartas y que nos ayuda a comprender éstas de una manera mejor.

Poco más tiene de miga. Curioso, sí. Pero ni una ínfima parte de su labor como escritor.

Podéis encontrar más reseñas de este libro en:

El País (firmada por José Manuel Caballero Bonald y con el que no estoy muy de acuerdo)
El Cultural (firmada por Luis Antonio de Villena y que hoy me cae algo más en gracia)