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jueves, 23 de julio de 2020

Padres e hijos, de Iván Turguénev




Iván Turguénev es reconocido por la mayoría de los filólogos rusos como el novelistas más europeo dentro del Realismo decimonónico del país de los zares. No por nada, pasó buena parte de su vida viajando y escribiendo artículos en los que defendía toda clase de ideas progresistas para su país. Entre ellas podemos encontrar la de la liberación de los siervos, que finalmente se haría efectiva en 1861. Se dice que el propio zar Alejandro II actuó movido por la fama y la claridad de los textos de Turguénev. Para que veáis que la literatura puede servir como herramienta política para cambiar las fallas y los abusos de determinados sistemas.

Padres e hijos se publicó en el momento justo de ese cambio tan crucial para la sociedad rusa de su tiempo. Aunque este dato histórico puede parecer nimio, bajo él se escondía todo un iceberg de nuevas formas de pensar importadas principalmente de Alemania y que se materializó en Rusia con el nombre de nihilismo. Los jóvenes nihilistas, aun procediendo de buena familia, las repudiaban y se negaban a acatar cualquier autoridad que no viniera dada por las directrices de la ciencia. Todo lo que simbolizaba el tradicionalismo para ellos era vacuo y no merecía atención alguna. El sistema debía cambiarse para ellos, pero solo porque lo veían anquilosado en unas maneras que mantenían cierto deje feudal donde la aristocracia obraba con paternalismo sobre el resto del pueblo. En la novela, la figura que representa a esta nueva ola joven, que había cursado estudios en el extranjero y admiraba a los catedráticos germanos, es Yevgueni Bazárov.

Sin embargo, decir que Bazárov es solo eso, un arquetipo, es del todo simplista. Bazárov es mucho más y, de hecho, puede que ni siquiera se corresponda con esa figura representativa, sino más bien con una caricatura. Es cierto que cuando se publicó Padres e hijos, la crítica atacó a Turguénev y algunos le acusaron de lamerle los pies a este personaje y a sus ideas. No obstante, por otro lado, los propios jóvenes nihilistas se mostraron descontentos con la imagen que Bazárov daba de ellos. Y esto es lógico si nos atenemos a los siguientes motivos:

1) El nihilismo es una corriente filosófica que rescata la duda metódica para afirmar que nada es seguro, ni tan siquiera el yo o lo que puede conocerse. De ahí se puede extraer que los principios y valores que adquirimos como sociedad y que la mantienen, pudiéndonos parecer más justos o aberrantes, no tienen por qué mantenerse eternamente ni son intrínsecos al ser, ya que derivan por convención social. Por ello, un personaje como Bazárov, que se autodenomina a sí mismo como nihilista, pero que luego presenta una serie de actitudes propias de su origen social y de su condición como varón heredero de una importante finca, por muy común en la época que pudiera ser, no era, en absoluto, el ideal de este movimiento. Bazárov critica las formas refinadas de la aristocracia y la forma en la que tratan a los siervos, pero al mismo tiempo los insulta en presencia de su amigo Arkadi. No cree que estén preparados para valerse por sí mismos.

2) Bazárov no solo tiene interiorizados valores de la aristocracia en la que se ha criado, sino que también tiene interiorizados principios propios de un pensamiento machista. Esto le lleva a tratar a las mujeres como si fueran personas de segunda con las que no merece la pena detenerse nada más que para cortejarlas. Esto se puede ver claramente ante la negativa del personaje de visitar a cierta dama porque, aunque pudiera tener una interesante conversación, no era agraciada físicamente, o así se le hizo entender otro personaje.

3) Paradójicamente, el nihilismo de Bazárov se pierde cuando se enamora de Anna Sergueiyevna Odintsava. Se siente así mismo humillado por dicha atracción, que no puede evitar y que es del todo imposible debido al carácter de ambos. Durante este tiempo, su preocupación deja de ser la ciencia y pasa a ser esta joven viuda. Los nihilistas, que se veían a sí mismos como los herederos de los antiguos estoicos, se encuentran con que el héroe que les representa en la literatura vende todo su trabajo por la mano de una mujer. Obviamente, no podían tolerarlo.

4) Por último está el hecho que hace de Bazárov un personaje tan repelente, tan insoportable. El personaje ha acabado recientemente la carrera de medicina, pero se niega a trabajar como médico rural y ayudar a los demás porque, según él y los que lo idolatran, tiene planes superiores. Para no acatar ninguna autoridad y despreciar la aristocracia, su discurso y sus formas son bastante elitistas. No valora a nadie que no tenga un bagaje cultural detrás de él y comulgue, al completo, con sus ideas.

Por supuesto, hay una evolución en el personaje que hace que en los compases finales de la obra no resulte tan odioso. Incluso diría que despierta compasión el final agridulce de Padres e hijos.

Más allá de Bazárov y, como podéis deducir por el título de la novela y por todo este despliegue ideológico, Padres e hijos versa sobre los conflictos generacionales. Por lo que antes de seguir hablando de los hijos, conviene hacerlo de los padres. Estos muestran todo su cariño y toda la comprensión de la que son capaz a Arkadi y a Bazárov, aunque muchas veces los hijos lleguen a avergonzarse. Sin embargo, como hay dos modelos de hijos también hay dos modelos de padres.

Por un lado tenemos a Nikolai Petrovich Kirsianov, padre de Arkadi, un hombre sencillo que ama locamente a su hijo, pero que es un patán gestionando su hacienda. Se considera a sí mismo progresista, pero por más afable que pueda parecer, no lo es. A pesar de que sabe qué es lo correcto de cara a las personas que lo rodean y que dependen de él, se niega a aceptarlo. Posterga la boda con la sierva menor de edad con la que ha tenido un hijo por el "qué dirán" de los terratenientes vecinos. De aquí se puede sacar una lectura interesante. Fenechka, que así se llama la adolescente, no está enamorada de Nikolai y, de hecho, el propio Nikolai tampoco está enamorado de Fenechka, simplemente la mantiene porque un santo día decidió violarla. Esta era una práctica muy común en el siglo XIX en contextos como este y no debería ser alarmante en absoluto. De hecho, Turguénev no le da mayor importancia y al final Nikolai y Fenechka parece que terminan queriéndose. Sin embargo, yo leo este texto desde el siglo XXI y es lógico que me impacte y que contribuya a enturbiar esa visión de viejecito afable y cariñoso con su hijo que tiene durante toda la obra. Con "su hijo" me refiero a Arkadi, que es el que vuelve de San Petersburgo de estudiar con Bazárov y es el que tiene verdadero protagonismo, no al otro. Al otro se le ve darle la mano al final y poco más.

Luego está el padre de Yevgueni Bazárov, Vasili Bazárov. Lo cierto es que este señor aparece bien poco y es más un instrumento ideológico de Turguénev para construir a nuestro médico no-médico que un personaje en sí. Cuando Arkadi y Yevgueni viajan a la casa familiar del segundo se puede apreciar el desprecio que tiene por su padre, lo cual no se produce entre la pareja anterior. Vasili es un hombre que tiene poco que ofrecer a su hijo; no tiene para darle una herencia como Nikolai a Arkadi. Esta situación obliga a Yevgueni a ejercer, algo que él detesta, puesto que quiere dedicarse a la investigación y a gorronear de casas ajenas. Por ello, hay un profundo resentimiento que le ha llevado a desarrollar toda su imagen pública y su parafernalia de tipo interesante con el fin de que los demás se olviden de que procede de una familia, que, si bien no es humildísima, no puede compararse con la de sus compañeros de conversación.

Los hijos se constituyen como esa fuerza inexperta, pero inexorable, dispuesta a girar la rueda del cambio. No obstante, al final su intervención en los sucesos importantes no provoca ninguna alteración en el sistema. Arkadi encuentra su camino y acaba gestionando la hacienda con sus siervos y Bazárov, desde luego, no se vuelve un científico famoso. El sistema sobrevive a los embates de la marea nihilista, que queda ridiculizada por su falta de orden e impulsividad. Los hijos hacen las paces con sus padres y lo viejo y lo nuevo se complementan, aunque sigue predominando lo viejo sobre lo nuevo. 

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


jueves, 16 de julio de 2020

El doble, de Fiodor Dostoievski




Dostoievski es un autor al que admiro muchísimo por su capacidad de construcción de personajes desde una perspectiva interna. Con esto me refiero a la gran profundidad psicológica que tienen sus protagonistas. De esto he hablado en alguna que otra reseña dedicada a varias de sus obras en esta esquina. Sin embargo, como llevo mucho tiempo sin leer ni traer nada suyo, creo que no está de más comentar, aunque sea brevemente, una de sus novelas cortas más queridas por sus lectores. Me refiero, como han deducido por el título de la entrada y la imagen de la portada, a El doble. En esta obra, Dostoievski toma como protagonista a un funcionario del estado zarista de la más baja posición y con una serie de problemas psicológicos que no harán más que acentuarse cuando ocurra un suceso extraordinario: la aparición en su puesto de trabajo de alguien que es exactamente igual a él, salvo por el mero detalle de que está ahí para destruirlo completamente.

Este azaroso relato que va muy en la onda del William Wilson  de Edgar Allan Poe, me hace plantearme si el estadounidense ya estaba o no traducido al ruso para la época en la que Dostoievski redacta El doble, pues los parecidos en la trama son abrumadores. Más allá de eso, el prólogo de mi edición (no es la que aparece en esta entrada, sino una digital) aclara que El doble tuvo un impacto muy negativo tanto entre la crítica como entre el público, a diferencia de su novela anterior: Pobres gentes. Muchos acusaron a Dostoievski de imitar con resultados pésimos un relato de Gogol muy famoso, donde también interviene un funcionario que acaba desquiciado. Este texto de Gogol lo desconozco, desgraciadamente, pero puedo asegurar que, pese a que la tradición literaria del doble está muy vista en toda la literatura universal y es desarrollada tanto antes como después de esta obra (algunos ejemplos claros pueden ser el mencionado William Wilson, Doctor Jeckyll y Mr. Hyde de Stevenson, El hombre duplicado de José Saramago o, incluso, por qué no, El club de la lucha de Chuck Palahniuk) esta obra es bastante original. Sobre todo, si se tiene en cuenta que es de las primeras del autor.

Dostoievski nos presenta a Goliadkin, quien, con su dialogismo interno, se construye como un personaje que se ve a sí mismo como un dios rodeado de infieles. Cree ser un hombre digno y lleno de cortesía, noble y de buen hacer, pero sufre, entre otras cosas, de paranoia y de un fuerte síndrome asocial. Sus intervenciones con otros personajes vienen precedidas por monólogos donde él se encumbra como un héroe, poniendo la tinaja antes que el olivar (como se suele decir), aunque cuando le toca intervenir sus nervios, su miedo y los numerosos imprevistos acaban trastocando completamente cualquier tipo de comunicación fructífera. Esto hace que lo echen de la fiesta en el capítulo 4 o que el médico esté deseando despacharlo en el capítulo 2. Goliadkin es incapaz de decir lo que siente o necesita de manera clara. Abrumado por lo que pudiera pensar el otro, se esconde en la cortesía y en los circunloquios. Le da vueltas una y otra vez a lo mismo, barajando conceptos abstractos que solo los lectores entendemos por sus soliloquios previos, pero que el resto de los personajes desconocen. Ante esta incapacidad para relacionarse, Goliadkin es ignorado por buena parte de sus compañeros de trabajo y en especial por sus jefes. Esto le acaba llevando a la paranoia: piensa que todos conspiran en contra de él, lo cual se acentúa con la aparición de Goliadkin II.

El estado de Goliadkin es tal que el lector al principio no sabe si el doble existe realmente como entidad física o si es solo la imaginación del protagonista, que, sumida en el estrés perpetuo de creerse atacado, ha inventado una suerte de gemelo malvado para atormentarlo. Sin embargo, con el paso de la narración, descubrimos no solo que Goliadkin II existe, sino que es mucho más astuto que Goliadkin I. O, al menos, lo suficiente para aprovecharse del parecido entre ambos. Goliadkin II tiene todo lo que nuestro protagonista querría para sí: la aprobación de sus compañeros de trabajo (en especial de sus jefes), la capacidad para no tener vergüenza, el amor de una hermosa doncella, etc. Por ello, lo envidia hasta tal punto de que la lucha se convierte en algo inevitable. Bajo la premisa de solo puede quedar uno, ambos dobles se enfrentaran en astucia e ingenio para ver quién prevalece y quién cae al vacío. Os advierto de que es una obra de Dostoievski, por lo que cualquier final positivo para los personajes no deja de ser extremadamente optimista.

Esta obra es una joya en todos los sentidos. La crítica que hace al funcionariado y a la sociedad de clase media-baja rusa es atronadora. El personaje principal no es especialmente carismático y, de hecho, el lector siente muchas veces que se merece las penalidades por las que él mismo pasa. No obstante, hay momentos en los que uno experimenta verdadera pena por Goliadkin. Hace suyo su dolor e impotencia a través de la catarsis. Se dice que el propio Dostoievski tenía problemas derivados de una hipotética esquizofrenia o principio de la misma. Se dice que por eso siente una especial predilección por los personajes locos. Parte de la idea de que es la sociedad injusta y la naturaleza cruel del ser humano las responsables del dolor y las que hacen que las personas acaben atrapadas por la locura. Y esto se ve muy bien en una novela como El doble. Otra de las obras en las que sucede algo similar es en la aclamada Crimen y castigo. Una de mis favoritas. Si bien El doble no es tan profunda ni tan visceral como Crimen y castigo, sirve de germen para ella y estoy seguro de que quien haya disfrutado con la historia de Raskólnikov disfrutará con la de Goliadkin.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Fiodor Dostoievski en esta esquina: Pobres gentes, Crimen y castigo

PD. Recientemente vi en una librería una edición que contempla las dos versiones de esta obra: una de 1846 y otra de 1866. Desconozco cuál es la versión que he leído, aunque sospecho profundamente que se trata de la primera.


lunes, 17 de diciembre de 2018

Pobres gentes, de Fiodor Dostoievski



Siempre me ha entusiasmado mucho la maestría y la figura del clásico del Realismo Ruso. Fiodor Dostoievski es un autor que no necesita presentación. Es conocido a nivel mundial por obras como Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov, aunque muy posiblemente, y a pesar del éxito en la fecha de su publicación, esta que es su primera novela sea de las menos conocidas. Y, sin embargo, tiene una importancia capital en la historia de la literatura. Pobres gentes (o Pobre gente, según la traducción) fue escrita a comienzos de los años 1840s y nada más salir a la luz fue reconocida por la crítica de su país como la primera novela social contemporánea. 

Trata sobre la relación de amistad entre Makar A. y Varvara D., dos peterburgueses que sobreviven como pueden a las inclemencias de la vida, que aprieta pero no ahoga. Aunque reside el uno al lado del otro, se sinceran, o tratan de sincerarse, a través del intercambio de cartas, pues andan (sobre todo el desconfiado Makar) constantemente preocupados por el qué dirán los demás si los llegan a ver juntos. Makar es un anciano destrozado por los continuos embates del frío peterburgués, su escasa educación  y el fracaso de las numerosas aspiraciones de su vida. Es, además, un borracho triste que cree haber encontrado un motivo para redimirse en la figura luminosa de Varinka (diminutivo cariñoso de Varvara), a quien idolatra y colma con todo tipo de regalos que no se puede permitir con su mísero salario de copista. Duerme en una habitación acondicionada en la cocina de un pequeño y lúgubre apartamento atestado de almas igual de desgraciadas que él, entre las cuales la enfermedad, el ninguneo y la muerte son los platos principales del día a día. Sin embargo, persigue en todo momento mantener intacto su honor y de darle a Varinka una imagen positiva, mintiéndole tanto a ella como a sí mismo cuando considera oportuno, hasta el punto de resultar tristemente cómico y ridículo. Uno de los mejores ejemplos de esto podríamos encontrarlo cuando describe su habitación:

"Yo vivo en una cocina, o, mejor dicho..., ya se lo figurará usted: contiguo a la cocina hay un cuarto (debo decirle a usted que la tal cocina está muy limpia y es muy clara y apañadita), un cuartito muy chico, un rinconcito muy discreto... o, mejor dicho, que lo será, la cocina es grande y tiene tres ventanas, y paralelo al tabique me han colocado un biombo, de modo que resulta así un cuartito, un número supernumerario, como suele decirse. Todo muy espacioso y cómodo, y tengo hasta una ventana, y lo principal, que..., como le digo, todo está muy bien y muy confortable. Este es mi rinconcito. Pero no vaya usted a imaginarse, hija mía, que yo lo diga con segunda intención, porque, al fin y al cabo, ¡esto no es más que una cocina! Es decir, hablando con exactitud, yo vivo en la misma cocina, solo que con un biombo por medio, pero esto no significa nada. ¡Yo me encuentro aquí muy contento y a gusto, en completa modestia y placidez!"

Makar está obsesionado por darle a Varvara una buena imagen de sí mismo y eso es porque, a pesar de la diferencia de edad, la ama secretamente y eso es algo que no puede camuflar por más que se empeñe en ello, por más que quiera disimular su interés romántico como un cariño paternal. Esto, por supuesto, lo sabe Varinka, quien recrimina una y otra vez a Makar por el exceso de atenciones hacia ella, aunque al mismo tiempo podríamos decir que se aprovecha, a todas luces, de él y su necedad, pues continúa carteándose con el viejo y pidiéndole de vez en cuando dinero y objetos de valor, a sabiendas que el copista no sería capaz de negarse. Vemos, como digo, en Varvara a una chica con una infancia dura y con pocas satisfacciones; que ella misma relata, y durante la cual no le quedó más remedio que espabilar y desarrollar su ingenio para sobrevivir, acercándose su personalidad hasta cierto punto al de esa femme fatale tan característica de otras novelas de Dostoievski. Con fuerza me viene a la mente la Polina de El jugador, aunque, por supuesto, hay muchas otras. Esta astucia no la hace Dostoievski innata, sino producto necesario del sistema feudal capitalista en el que estaba inmersa la Rusia de su tiempo y en el cual las mujeres pintaban muy poco y eran constantemente atacadas tanto por ellas mismas como por los hombres. La limitación de derechos, el hambre, el frío y el desvalimiento legal volvían necesario el brotar de esa astucia, la cual venía muchas veces acompañada por la infelicidad, la impotencia, el trabajo hasta el agotamiento e, incluso, un doloroso sentimiento de culpabilidad. 

"¡La desdicha es una enfermedad contagiosa, amigo mío! A los pobres y a los desgraciados deberían tenerlos lejos los unos de los otros para que no se agravasen mutuamente sus miserias. Yo le he proporcionado a usted un contratiempo cual nunca lo experimentó tan grave en toda su vida. Esto me atormenta y me quita todo brío."

Pobres gentes fue una obra muy querida durante el período soviético de Rusia porque ponía sobre relieve las inconsistencias del sistema anterior, donde quien nacía pobre moría pobre y donde los intercambios de miembros entre las distintas clases sociales eran más bien escasos. De esta forma, no es de extrañar que sirviera como modelo para buena parte de la narrativa del Realismo Soviético, desde el cual se quiso defender a Dostoievski en todo momento como uno de los primeros revolucionarios comunistas. Si bien habría que destacar que Fiodor, por regla general, normalmente se limitaba a bosquejar el problema y a ponerlo sobre la mesa, no decantándose por ninguna solución, y haciéndolo derivar de una serie de fallas dentro del sistema sociocultural en el cual se halla inserto, sí que había simpatizado con el comunismo en su juventud, antes de renunciar a él y previamente a la redacción de su extensa obra. La corrección dolorosa del pobre, la encuentra Dostoievski en el desinterés con el que el rico hace rechinar sus rublos. La única salvación posible es la esperanza en un acto estrafalario del gran burgués y terrateniente que acude a los barrios más pudientes de San Petersburgo para buscar una bella esposa, para encontrar un florero elegante que acceda a renunciar a su honor.

"Al contestarle yo que usted había hecho por mí cosas que no se pagan con dinero, díjome que eso era absurdo; que esas cosas están bien en las novelas; que yo soy joven todavía y miro la vida a través de los libros; pero que las novelas solo sirven para inculcarles a las muchachas ideas extravagantes, y en general, según él, los libros solo conducían a corromper las costumbres, por lo que él no podía sufrirlos. "

Aunque creo haberlo comentado ya previamente, el teórico de la literatura posformalista Mijail Bajtín sentía un especial interés por la obra de Dostoievski y trabajó durante muchísimos años para reivindicarla, pues durante las primeras décadas del siglo XX la crítica tenía la impresión de que Fiodor era un mal escritor debido a las continuas contradicciones en las que incurrían sus personajes. Y es que, pensándolo bien, solo en esta novela hay lo que puede parecer una barbaridad: Varinka recrimina a Makar sus atenciones, pero le pide continuamente más y más; Makar detesta a su "amigo" escritor, que se burla de él y su incultura una y otra vez, pero al mismo tiempo lo admira y sigue asistiendo a sus veladas; Makar le recrimina a Varinka el montón de regalos que le está haciendo y que le están dejando paupérrimo, pero prosigue con ellos, a pesar de las numerosas deudas, el frío y el hambre, y las negativas de ella; ella se siente culpable por aprovecharse de la estupidez del viejo, pero continuará con su juego hasta encontrar a alguien más rico; él habla también de cariño paternal hacia la joven, pero el lector no es tonto y conoce del interés sentimental del anciano, quien ve realmente esos regalos como una inversión; etc. Numerosas fuerzas se entretejen dentro de los personajes, numerosas voces que dialogan y luchan por sobreponerse, lo cual consigue vertebrar a personajes con caracteres muy humanos.

El primer párrafo destacado puede servirnos de perfecto ejemplo. De hecho, era uno de los que empleábamos en la universidad para explicar la idea bajtiniana de "dialogismo interno", que vendría a poner un nombre a ese concepto de lucha de voces dentro de los mismos personajes. Lo curioso y lo poderoso de Dostoievski no es solo la lucha permanente de las voces de sus personajes y de su indecisión, sino el diálogo que los mismos personajes establecen con sus pares a través de la anticipación. Cuando Makar describe su cuarto, nos es imposible imaginar un espacio más incómodo, sucio y diminuto. Makar es consciente de su destinatario y, tratando de no mentir y al mismo tiempo quedar bien con su Varinka, rápidamente se anticipa a esa sensación de sordidez que la descripción del lugar, tal cual él lo ve, va a despertar e intenta, entonces, venderlo como un espacio agradable eligiendo muy bien adjetivos y expresiones completamente opuestos a los dictados por toda lógica: clara, limpia, apañadita, cómodo, espacioso, contento, plena modestia y placidez,...  Son estos detalles los que hacen que Dostoievski sea un clásico de la literatura y todo un maestro a la hora de redactar historias. Hay un gran respeto aquí por los personajes y por el tipo de discruso escogido. El escritor se introduce en la piel de sus personajes y desde ella selecciona hasta la última palabra, entendiendo en cada ella un engranaje capaz de propulsar el texto. El trampantojo del realismo está construído con total minuciosidad y el nivel al cual podríamos profundizar en la prosa de este señor parece no conocer límites.



miércoles, 7 de febrero de 2018

La verdadera vida de Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov




La verdadera vida de Sebastian Knight fué una de las primeras novelas que Nabokov escribió en lengua inglesa, cuando aún se encontraba en el continente europeo. No suelo fijarme mucho en la vida de los autores por eso que en el New Criticism se llamó la falacia biografista y con la cual suelo coincidir en la mayoría de casos. No obstante, es innegable el tremendo parecido que existe entre la personalidad del propio Nabokov y del protagonista aparente de esta "novela". Sebastian Knight es, como el Nabokov de esta época, un escritor que busca la pureza de los detalles en una lengua que no es la suya, rusificando el inglés en un extrañamiento frío y preciosista. Marcha a estudiar a Inglaterra poco después de la muerte de su padre y descubre que lo único que se le da bien en la vida es escribir y que para todo lo demás puede ser el hombre más torpe y despistado del planeta. Knight vive en su mundo de palabras y matices y construye un universo propio a lo largo de cinco libros, cuyas historias irán apareciendo en el libro sustancialmente, sintiéndose todas ellas viejos proyectos de novelas cuya construcción el propio Nabokov habría descartado.

La etiquetación de este libro es complicada, pues si bien no parece una "novela" del todo, contiene elementos propios de la misma, con personajes marcadamente literarios, situaciones cómicas, dramáticas y poéticas y una gestión de la intriga increíblemente bien elaborada. Digo que no es una novela del todo porque a lo largo del texto se van introduciendo numerosos elementos monográficos, apreciaciones y fragmentos de las novelas que Sebastian habría escrito. El narrador no es él, ni una figura omnisciente, sino un tal V. (¿Vladimir?) su hermanastro, que tras la muerte del escritor ruso (nacionalizado inglés) y la edición de un libro lleno de infamias y calumnias sobre Sebastian convierte en su deber publicar una biografía fiel y sincera que dote a la figura de su hermano del prestigio que sabe que merece. Es así como nuestra visión de Knight se torna muy parcial y llena de toda clase de filtros. V. habla con la desdichada prometida del autor, que decidió abandonar por otra; habla con amigos pintores y poetas que conocieron de cerca el corazón oscuro de su medio hermano, con viejos amigos de la universidad que recuerdan lo mal que jugaba al tenis y emprende una búsqueda cargada de magia por toda Europa tras los pasos de la amante -la "femme fatale"- que habría llevado la vida de Sebastian a la más absoluta ruina económica y al pleno desarrollo de su creatividad literaria. Por todo esto cuesta asimilar esta novela como una más, pues en ella conviven plenamente la narración de viajes con el comentario literario y con el género de una biografía, que aunque trate a un personaje de ficción, se siente muy real por todo el amalgama de sentimientos que expresa V. hacia su hermano y que oscilan desde la envidia hasta la admiración. V. desprecia y ama al mismo tiempo a Sebastian; Nabokov lo convierte en un personaje que parece sacado de una novela de Dostoievski, con un discurso que trata de disimularse y que resulta incapaz. ¿V. escribe este libro por Sebastian? ¿Quiere honrar su memoria? ¿O quiere, por lo contrario, desprenderse del duro peso que conlleva ser el hermano menor de un hombre como Sebastian Knight? ¿De ser el hermano menor de un Nabokov? Con un apellido que no comparte pero cuya sangre está ligada a la suya y le relega al mero papel de segundón para toda la eternidad. Llega un punto en el que vemos como V. tiene que explicarse a sí mismo que tras la muerte de su hermano dede ser capaz de seguir viviendo sin ese modelo perenne que le hablaba en la distancia como si fuera un dios.

La función lúdica e irónica de Nabokov y su complejidad rusa vuelven a esta obra una historia cargada de momentos literarios especialmente bellos, que serán la delicia de los lectores más avezados y que ya conozcan al autor previamente. Cualquiera de las novelas de Sebastian podrían haber funcionado si hubieran sido editadas en este mundo nuestro y no en el suyo y por el elaborado desarrollo que realiza Nabokov podrían haber llegado a ser muy buenos libros de ficción, aunque su función profundizadora en el universo de La verdadera vida de Sebastian Knight ya es más que suficiente. Para aquellos que les guste la escritura creativa, encontrarán aquí multitud de material interesantísimo que no deberían dejar escapar. En lo que respecta a mi lectura, he de decir que me he divertido mucho y me he maravillado con cada gesto de los personajes, con cada reflexión tan sumamente humana que no puedo más que recomendarlo encarecidamente. Una maravilla poco conocida y que merece con creces la pena leer. ¡Fijáos, que hasta creo que he llorado con algunos párrafos! Tenéis otra reseña más en Lecturas en New York, que es algo modesta y se centra en otros matices que yo no he tratado en esta. He encontrado alguna otra por la red, pero era más un análisis que una reseña y desvelaba demasiada información del libro, lo que hacía que si no lo habías leído a priori te reventase la historia en la cara, así que, a pesar de la extraordinaria calidad del texto, me cuido de linkearlo aquí.

Más reseñas de obras de Vladimir Nabokov en esta esquina: La defensa

jueves, 20 de julio de 2017

La defensa, de Vladimir Nabokov






La defensa es la tercera novela publicada por Vladimir Nabokov en ruso cuando aún tenía poco menos de treinta años. En ella se aprecia la calidad formal y la precisión en el detalle descriptivo, así como la increíble capacidad de abstracción que luego le acompañaría en el resto de su vida. He aquí pues el germen de una literatura sumamente personal y trabajada hasta la extenuación como es la de Nabokov. Si bien el ruso es famoso por sus novelas llenas de carga erótica, aquí hay una ausencia por completo de dicho elemento y una focalización mayor en lo referente a dilemas existenciales, donde se trabaja genialmente el tema de los deseos reprimidos y de la necesidad de ser feliz en sociedad, lo que a veces, y en el caso del protagonista de esta novela especialmente, choca con la voluntad y la felicidad parcial que se haya en uno mismo. Este enfrentamiento no puede más que llevar a un fin trágico, donde se termina por asumir que la unión total de lo personal y lo socialmente correcto es, por completo, imposible de resolver en una vida y que si se resuelve, el período de estabilidad no es más que parcial y lo suficientemente efímero como para sentir que el dilema no queda superado del todo. En esta obra podemos apreciar también la atracción casi enfermiza del propio Nabokov por el ajedrez y por la literatura.

Luzhin es un chico de San Petersburgo con un don increíble para el ajedrez, juego y arte en el que descarga un alivio frente a un mundo que se le presenta hiriente e incomprensible, del que siente la necesidad imperiosa de escapar a toda costa. De hecho toda su vida, que se reflejará en este libro no es más que la búsqueda –primero en el ajedrez y luego en el amor- de otra atmósfera que le permita ser mínimamente feliz. Esta huida es, por supuesto, un tópico literario más, pero el enfoque en el mundo del ajedrez le aporta una esencia fría y matemática, alejada de toda pasión. Luzhin, tras lucirse como niño prodigio se convertirá en todo un gran maestro del ajedrez, acechante en todo momento del título y del reconocimiento como campeón mundial de su disciplina. El continuo esfuerzo lo llevará a agotarse mentalmente y una parte de él intentará rescatar los despojos de una pasión no vivida cuando conoce a una chica –que a diferencia de Luzhin, sí que se enamorará verdaderamente de él- con la que se acabará casando. A partir de este punto la lucha dentro de Luzhin entre los dos deseos –la explicación de su existencia a través del ajedrez y la experimentación tardía de un primer amor ante el cual no sabe cómo reaccionar- estará presente hasta la conclusión de la novela. 

Quizás uno de los puntos a comentar es el fuerte contraste entre Luzhin y su señora, que destaca aquí por ser un personaje muy humano y lleno de fuerza, frente al gélido comportamiento robótico del maestro, con una visión de su propia vida en base a múltiples elementos y con una voluntad de amar que desencadena en un temor a perder lo que tiene y por lo que ha luchado. La verdad es que la señora Luzhin le aporta algo de jugo a la obra, ya que con Luzhin es verdaderamente difícil empatizar por su encerramiento psicológico en sí mismo y sus acciones que parecen ejecutadas por una persona con graves problemas para relacionarse y controlar sus emociones. En Luzhin vemos como se desarrolla un problema existencial de búsqueda de uno mismo y de defensa ante lo que le hace daño que resulta ciertamente muy interesante y que puede servirnos para entendernos mejor a nosotros mismos. No obstante, no es en sí mismo un personaje en absoluto carismático, a diferencia de su esposa.

Los personajes que rondan la obra, contando al mismo Luzhin, son en su esencia muy rusos. Tenemos la figura del escritor emigrante en el padre del maestro que, sabiendo las carencias que posee en su campo, se limita a vivir en la literatura de forma lateral, sin aspirar nunca a convertirse en un segundo Tolstoi, publicando sólo literatura infantil. Por otro lado están los padres de la señora Luzhin, antiguos aristócratas rusos que han tenido que emigrar tras la revolución comunista y que encuentran en el trabajo de su yerno una labor deshonrosa que debe abandonar cuanto antes para que el matrimonio con su hija sea posible. En la madre es, sobre todo, en quien más se pueden apreciar los hábitos de la antigua aristocracia rusa, donde el mundo de la opulencia, de la educación y de la etiqueta están más que presentes. Las ideas de este matrimonio, que ya han sido inculcadas en la señora Luzhin antes que el ajedrecista la conozca, chocan con el discurso de alabanza de la URSS que recae en el personaje secundario de la amiga de la tía de Luzhin, que en un determinado momento aparece para visitar a los recién casados. Nabovok intenta generar con esto un relato polifónico que reflejase las auténticas preocupaciones en la Rusia del momento, vista, por supuesto, desde fuera como él la tuvo que ver. Todo es infinitamente ruso: la ceremonia del té, la preocupación política, los grandes clásicos del realismo que cimientan el nacionalismo ruso frente al gobierno de los soviets, el ajedrez como deporte nacional, la frialdad en el carácter y la infinita cortesía con la que se tratan los personajes hasta en los momentos más desagradables, etc.

Se puede decir que La defensa dista mucho de ser la mejor novela de Nabokov, pero bien podría ser una mejor novela de cualquier otro autor. Las cuestiones que plantean son sumamente interesantes y la expresión textual es de una calidad y de una minuciosidad brillante. Sin embargo, la poca carisma de Luzhin hace que cueste quizás demasiado para el lector ponerse en su piel y se echa de menos también una capacidad de desarrollo más compleja, que sí que puede llegar a apreciarse en muchas de sus obras posteriores.

Es un libro que hay trabajado mucho Javier Avilés, por lo que en El Lamento de Portnoy podréis encontrar una pila de apuntes sobre él (I y II). Del mismo modo, en Das Bücherregal también hay una reseña algo más sucinta, pero no por ello menos interesante.

Más reseñas de obras de Vladimir Nabokov en esta esquina: La verdadera vida de Sebastian Knight,





martes, 12 de agosto de 2014

Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski

La historia de Raskólnikov, un hombre que se creía extraordinario...


Como el curso que entra asisto a la asignatura de Historia de la Literatura Rusa II (es decir, siglo XIX y comienzos del XX) y sólo la quiero cursar para estudiar en profundidad a este gran peso pesado universal de las letras que es Dostoievski, me dije que este verano me tragaría alguna gran obra suya, porque, no es que hubiera leído poco del gran Dosto, sino que había evitado sistemáticamente todas sus obras largas por falta de tiempo. Ahora, en verano, disponiendo de un horario mucho más libre he podido echarle al fin el guante a una novela como "Crimen y Castigo", y me alegro mucho de haberlo hecho. Sobre "Crimen y Castigo" podrían perfectamente escribirse un ensayo de doscientas hojas sin la necesidad de escapar mucho del texto, pero veo mucho más cómodo, para mí y para los que leéis esto, resumir lo más importante en una carilla de folio. Así pues, allá vamos.

  "Crimen y castigo" desarrolla en el San Petersburgo de 1866 la historia de Rodión Romanich Raskólnikov, un ex estudiante de Derecho que vive en un cuchitril, viste como un pordiosero y lleva varios meses sin pagar el alquiler porque, en lugar de trabajar, por ejemplo, dando lecciones, dedica su tiempo a pensar sobre múltiples cuestiones.Entre sus pensamientos está la idea obsesiva de que él es un hombre extraordinario como Napoleón y que para que arrancase su carrera es necesario realizar algunos sacrificios, humanos. Sobre la existencia de hombres ordinarios y hombres extraordinarios, a los que les está permitido matar porque luego realizarán acciones que contribuirán a mejorar enormemente la sociedad, habla Raskólnikov en un artículo que escribe para una revista tiempo antes de comenzar la acción. La altanería de Raskólnikov es un punto clave para entender el por qué mata a una vieja usurera, al poco de comenzar la historia, y le roba lo que puede. Y es que para el ex estudiante esa anciana no era más que una "pulga", que ni siquiera tenía derecho a la vida; pensaba, o quería pensar, que le hacía un favor al mundo deshaciéndose de ella para siempre. Pero al poco de eliminar a la "pulga" y recoger de un baúl escondido debajo de la cama algunos de los tesoros empeñados, Raskólnikov cae en la cuenta de que se ha dejado la puerta abierta, y, mientras vuelve rápidamente a cerrarla, le sorprende un silueta humana que, de pie junto a la víctima, intenta dejar escapar un grito de terror, pero no puede. Es Lizaveta, la hermana menor de la anciana que había salido a la casa de unos amigos de la Plaza del Heno. Raskólnikov tendrá de nuevo que matar y huir, algo que, con una suerte increíble, consigue, porque alguien llama a la puerta que acaba de cerrar y se pregunta extrañado qué ocurre. Aquí está el crimen de Raskólnikov, ahora viene el castigo, más psicológico que físico, como podríamos esperar de Dostoievski.

  Un día antes del asesinato, Raskólnikov conoce a un borracho ex funcionario apellidado Marmeladov, que luego será muy importante porque permite la introducción de nuevos personajes muy interesantes, como por ejemplo Katerina Ivanovna, su esquelética mujer noble caída en desgracia, y Sonia, la hija de ambos que se ha visto, por necesidad, ejerciendo la prostitución en los barrios de la ciudad. El encuentro con Marmeladov ocupa todo un capítulo a través del cual se establecen similitudes entre la vida del borracho y la de Raskólnikov, al que el ex funcionario tilda de un hombre culto e inteligente como él, y es sumamente interesante porque aún no se han descubierto al lector los planes del ex estudiante con claridad con respecto a la avara vieja, si bien ya le ha hecho una visita de ensayo. Marmeladov le confiesa que ha dejado su trabajo, en el cual ganaba lo suficiente para alimentar a su familia de tres hijos, para gastárselo todo en bebida. Le cuenta también las desgracias que padece su familia, desgracias que recuerdan exageradamente a las de la de Raskólnikov, de la que ahora hablaremos. Esta escena es representativa como muchas otras y, como curiosidad, de ella se han pintado hasta cuadros como éste: 


  La sacrificada familia de Raskólnikov está compuesta por dos mujeres más él, su madre, Pulkeria Alexandrovna y su hermana, Abdotia Romanovna Raskolnikova. En el tercer capítulo envían a Raskólnikov una carta desde su remoto pueblo en el que le explican las penurias que han tenido que pasar debido a un personaje llamado Svidrigáilov, para el cual trabajaba Dunia (diminutivo de Abdotia) como institutriz, quien, rico, viejo y sádico, la desea como amante y la calumnia cuando ésta se niega a aceptarle por respeto a Marfa Petrovna, su mujer, y es entonces cuando el pueblo entero comienzan darles la espalda. Pronto se descubre la verdad sobre Abdotia y todo parece aclararse, Marfa Petrovna le pide disculpas a Dunia y luego, incluso, le dejará algo de su fortuna a la hora de realizar su testamento, por todas las molestias que les ha causado, y que se descubrirá a mediados del libro. En medio del rechazo del pueblo hay un hombre que se niega a aceptar lo que dicen de la hermosa Dunia las bocas mordaces y decide que se casará con ella y la sacará del pozo, el abogado Luzhin, un ser arrogante como nadie, hacia el cual cede Dunia sólo porque no hay otra salida, y, según piensa Raskólnikov, para sacrificarse por él y ayudarlo a terminar su carrera. Raskólnikov no quiere que nadie se sacrifique por él, y  menos su hermana a la que quiere, por lo que no tardará en rechazar al novio cuando éste se presente en su cuchitril para conocerle y pedirle permiso para proseguir con la boda. 

  Cuando se produce este escena ya ha pasado varios días de la muerte de la vieja. El dilema psicológico de Rakólnikov, su lucha contra el sentimiento de culpa, su deseo de huir de la ley y convertirse en un nuevo Napoleón, ya lo abruman, tanto, que incluso tiene fiebres altas. En una oficina de la administración, a la que tiene que ir no recuerdo ya para qué, escucha a dos oficiales hablar de la reciente muerte de la anciana y su hermana y comienza sentir mareos hasta que se desmaya en medio encima de la mesa. Comienza a sentir que sospechan de él. Comienza a culparse a sí mismo por no poder llevar su plan adelante. Ha escondido todo lo robado en una piedra, de momento, sin ni siquiera mirarlo, tras meditar si debía o no tirarlo al río Nevá. Esa misma tarde acude a la casa de su amigo Razumijin, quien luego se enamoraría de Dunia, sin saber muy bien por qué, y éste le ofrece trabajo como traductor al ver las pintas de su amigo. Raskólnikov acepta para luego volver y tirar por el suelo los textos. ¡Un hombre como él no se puede dedicar a cosas tan bajas! 

  Su problema, su lucha interna contra el sentimiento de pecado y culpa protagonizada por sus ideas, coge la forma de una enfermedad y las fiebres lo tienen atado a su cama tres días. Razumijin y Zosímov, un médico amigo, lo cuidarán hasta que mejore, pero el baile ya ha comenzado y el debate interior de Raskólnikov, su castigo, acaba de empezar, y tiene todo la pinta de que va a durar muchas páginas.

  Dostoievski coincide con la gran época del realismo y, si bien se adscribe a esta corriente literaria porque describe con gran minuciosidad todo lo que puede verse (paisajes, objetos, personas, momentos,...), no se para, simplemente, ahí, sino que indaga incluso en los confines más remotos de la naturaleza humana, logrando una profundidad psicológica que aún hoy es admirable y que lo encumbran como uno de los grandes genios de la literatura. En "Crimen y castigo" esto se aprecia, no sólo en los diálogos, muy logrados por cierto, sino en la multitud de ocasiones en las que nos deja a un individuo aislado del resto en sus elucubraciones, que pueden durar páginas y páginas de razonamientos más o menos lógicos, pero sobre todo verosímiles, que es de lo que aquí se trata. Basta con leer este fragmento que publiqué en el blog hace no mucho para hacernos una idea. El narrador, siendo típico del realismo porque así tiende a expresar mejor una apariencia de objetividad, es en tercera persona centrado principalmente en Raskólnikov, aunque a veces se hacen breves escapadas a otros personajes como Razumijin, Dunia, Luzhin o Svidrigáilov que le dan más dinamismo y refrescan, por decirlo de algún modo, la novela, dándole nuevos puntos de vista más que interesantes y necesarios para comprender la historia en su totalidad. Entre las técnicas literarias básicas de contar y mostrar, Dostoievski prefiere claramente el mostrar, hacerlo todo más visual, sin importarle el número de páginas que su historia pueda ocupar. Sólo parece cambiar de parecer en el epílogo, donde en veinte páginas se nos narran casi más acontecimientos que en la mitad del libro. En general, he disfrutado mucho con la lectura de "Crimen y castigo" y creo que no me he equivocado a la hora de escoger asignatura en la matrícula. La historia de Raskólnikov es una historia llena de matices con muchos grandes momentos puramente geniales por los que merece la pena para cualquier lector y es, por tanto, más que recomendable.