domingo, 7 de enero de 2018

El niño que dibujaba gatos, de Lafcadio Hearn







Me aventuré a leer este libro gracias a la intrincada y extravagante vida de su autor: un periodista griego de padre irlandés que tras trabajar en los Estados Unidos acaba dando clases en universidades japonesas a finales del siglo XIX. Pensé que de esas extrañísimas experiencias aparecerían textos a la altura, pero lo que me he encontrado es bastante diferente. De los 23 cuentos que integran este libro sólo 9 están escritos con seguridad por Hearn (menos de la mitad del texto total) y los otros se le atribuyen por semejanzas con el estilo. Las piezas se tratan de una curiosa mezcla de cuentos maravillosos (que podían haber sido transmitidos perfectamente a través de la tradición oral japonesa) y narrativa infantil. Aunque decir que estos textos son para niños sería un poco desconcertante porque si bien hay en ellos formas típicas de la narrativa para los más pequeños (tramas sencillas, tono desenfadado, historias con finales "normalmente" felices, objetos mágicos, amigos animales que hablan,...) también tenemos situaciones y escenas que hoy en día calificaríamos de inapropiadas sin dudarlo. La mayoría de cuentos tienen un machismo muy marcado y en ellos no es inhabitual la presencia flotante de la idea del sexo y la justificación de la violencia más sangrienta. Supongo que a finales del siglo XIX la literatura estríctamente para niños estaba naciendo y no se sabía muy bien cómo enfocarla. 

A la falta de un público objetivo que pueda disfrutar de esta obra se le suman otros problemas diversos. Uno de ellos es la sensación que deja en el lector de que las tramas siguen modelos cerrados muy simples que se repiten una y otra y otra vez hasta el hastío. Esto es propio de los cuentos maravillosos de tradición oral en el que un cuento se modifica una y otra vez generando versiones diferentes de lo mismo, que se acaban por separar para conformar nuevos cuentos. Esto es comprensible si tenemos en cuenta que el texto no estaba fijado y que se acudía a él a través de las reminiscencias que podía dejar la memoria colectiva, pero eso no quita que los editores podían haber sido más listos y omitir aquellas historias que eran prácticamente iguales para dar algo de fluidez. A veces menos es más, y para mí sobran como mínimo unos 10 cuentos. 

De entre lo que más merece la pena me gustaría destacar el cuento que da nombre a la recopilación que, si bien no encaja mucho con los demás, constituye una excelente historia de terror para adolescentes. El niño que dibujaba gatos juega muy bien con la sinestesia y con la idea del terror sobrenatural y acerca de lo inesperado. De entre los demás alguno medio qué hay, pero, por lo general, son textos carentes de todo interés, a no ser que sigas al autor o que estés estudiando sobre los cuentos maravillosos. Tenéis otra reseña en Noctámbula.





miércoles, 3 de enero de 2018

Un artista del mundo flotante, de Kazuo Ishiguro



Masuji Ono es un pintor que hace revisión de su vida para admitir y superar sus errores del pasado. Durante algún tiempo los cuadros de Ono habrían servido para ensalzar las grandezas del Japón Imperial que en medio de la Segunda Guerra Mundial habría intentado extender su territorio en consonancia con las ideas fascistas que prosperaban en la Europa del momento. Con la derrota del país nipón sus compatriotas habían señalado a un conjunto de ideólogos como responsables de las muertes y traidores a la nación. El viejo Ono, a diferencia de tantos otros que arrepentidos habían optado por el suicidio como única forma de pedir perdón, decide sencillamente esconder sus cuadros, guardar silencio e intentar casar a Noriko, la menor de sus hijas, lo que no conseguirá a la primera debido a su reputación.

Un artista del mundo flotante trata sobre la idea del recuerdo y la evaluación de una vida donde cada gesto es fundamental. Ono pasa tras la guerra de ser un personaje famoso y un pintor muy reconocido a tener que camuflarse y renegar de sus mejores pinturas porque estas se vinculan con una ideología hiriente, que le recuerda a los japoneses que sobrevivieron lo inútil que fueron las muertes de sus seres más queridos. El pintor debe asumir que ya nadie lo admira y que hasta sus camaradas más cercanos pasan a repudiarlo y esto no se consigue de la noche a la mañana. Ninguno de sus alumnos quiere reconocerlo como su sensei (salvo el pordiosero de Shintaro) debido a los numerosos problemas que esto podría acarrearles. Ono, pretendiendo representar ideas grandes y el espíritu de una nación frente a la cotidianeidad que buscaba su maestro Mori-san habría abandonado "el mundo flotante", el que se limitaba a retratar lo efímero de las noches de Tokio con sus faroles ondulantes y semifantasmales para caer en un error que tardará mucho en asumir, que se cobrará la vida de su hijo Kenji por el camino y que provocará el tambaleo de una familia más que ilustre que se verá asomada al abismo. 

La novela intenta centrar su acción entre 1947 y 1949, pero Ono no es un narrador lineal y va a ir introduciendo información a medida de que se vaya acordando. Esto produce unos saltos temporales asombrosos, aunque muy bien hilados, que permiten al lector conectar las distintas vivencias del pintor por temática hayan ocurrido estas en 1948 o en la década de los años 1920s. Se repite así un esquema que ya había visto en Pálida luz en las colinas con la diferencia de que aquí los párrafos no se sienten tan forzados, salvo cuando el narrador admite que se ha desviado del tema y que tiene que volver a lo que estaba contando antes del salto, lo que le resta bastante fuerza porque da la sensación de que Ishiguro se ha quedado sin forma de volver a la parte que le interesa. Esto ocurre varias veces y molesta mucho porque el lector más atento sale de ese asombro maravilloso japonés en el que había entrado y se siente un poco estafado. Aún así la narración es mucho más fluída que en Pálida luz en las colinas, donde ni siquiera había una justificación para estos saltos que alteraban el orden lógico y que me descolocaron bastante, hasta el punto de no saber si recomendar o no la novela. 

En Un artista del mundo flotante asistimos una vez más a la visión que tiene Ishiguro de su Japón natal. A diferencia de su novela anterior, aquí nos sumergimos completamente en el meollo de la cuestión, pues toda la acción se desarrolla dentro de Tokio. Ono nos habla de como es la vida en su país, cómo ha evolucionado su barrio y las personas que lo habitan, adquiriendo cada vez más hábitos occidentales y rechazando la milenaria cultura que heredan. La riña a su nieto Ichiro en el primer capítulo es un buen ejemplo de esto. El niño está solo en una de las habitaciones de la inmensa mansión venida a menos del abuelo y este se queda a mirarlo e intenta adivinar a quien imita. Lo primero que le viene a la cabeza es un noble guerrero samurai, pero la realidad es otra, el chico sueña despierto con ser un cowboy americano; la desazón del viejo es entonces monumental y llega a asustar al chico. 

Ono todavía cree en las viejas tradiciones japonesas y piensa que casar a su hija es una obligación para él. De hecho no para de demostrar una actitud muy machista a lo largo de la obra, deslegitimando las ideas y decisiones de sus hijas e intentando enseñar a su nieto que las mujeres no pueden ni deben mandar sobre los hombres y que los pensamientos de estos son cien veces mejores. Ono cree que las mujeres son débiles, frágiles y absurdas y así intenta hacérselo ver a Ichiro, quien, por tener pene, debe ser fuerte, valiente, resistente y no dedicarse a las cuestiones menores que no serían propias de su género. Esta idiosincrasia de Ono no es juzgada por el autor, pero tampoco potenciada, sino que se muestra de una forma objetiva para que los lectores puedan extraer conclusiones por sí mismos. 

Lo cierto es que ni aquí ni en Pálida luz en las colinas  el lector siente que Ishiguro juzgue a ninguno de sus personajes. Más bien se nos transmite la sensación de que son ellos mismos los que se autojuzgan. Este afán por una narración más o menos objetiva es uno de los puntos que más encuentro a favor de lo que he leído de este autor. Por muy desagradables o estupendos que puedan llegar a ser sus personajes el autor no busca ensalzarlos ni hundirlos. Mientras que leía la novela me he encontrado muchas veces dándole la razón a Ono y otras tantas en pleno desacuerdo.

Por ejemplo, las ideas que desarrolla sobre la vida del artista me parecen sumamente válidas y muy interesantes. Ono sabe que el arte es una competición contra uno mismo y contra los demás, pero que lo más importante es conseguir sacar de dentro algo que nos haga sentir, vivir, volver a ver lo maravilloso y lo horroroso del mundo y asombrarnos. Ono busca un arte con grandes pretensiones y aunque se equivoca, muchas de sus ideas como la de la búsqueda de la perfección técnica ajustada a cada uno no me parecen descabelladas. Lo más desconcertante es su alta valoración de las personas y su intento de paliar la pobreza en su país a través de la labor social del arte. Sí, es verdad que luego coje un mal camino; pero sus intenciones iniciales en ese aspecto son hermosas y totalmente loables. Al mismo tiempo, sus reflexiones sobre la vida y la madurez son muchas veces dignas de alabanza, aunque cada cierto número de páginas realice alguna que otra estupidez que lo vuelva a desacreditar.

Otra cuestión que no he comentado es que Masuji Ono guarda un tremendo parecido con uno de los personajes más memorables de Pálida luz en las colinas, el suegro de Etsuko, más conocido como Ogata-san, un profesor jubilado que habría cultivado sus ideas fascistas y tradicionalistas en sus alumnos, muchos de los cuales habrían muerto posteriormente en el conflicto bélico. Ogata, al igual que Ono, no se hace públicamente responsable de este suceso y debe soportar por ello el rechazo de toda la comunidad cuando creía verdaderamente que estaba haciéndole un bien a ésta. Por detalles así alabo a Ishiguro, quien es capaz de mostrar el lado más humano de personas con una mentalidad que no comparto ni podré compartir jamás. Si bien ante la anterior de sus obras me quedé un poco confundido, tras la lectura de esta ya sí que se me quita toda duda. Os la recomiendo encarecidamente. Tenéis otra reseña en Un libro al día, donde entre otras cosas hablan de la genialidad de los tensos diálogos que con pocas palabras expresan mucho en esta novela.

Más reseñas de obras de Kazuo Ishiguro en esta Esquina: Los restos del día,  Pálida luz en las colinas


sábado, 30 de diciembre de 2017

El año del retorno: cuatro novelas que merecieron una reseña que no tuvieron


1. Pnin, de Vladimir Nabokov

 




Pnin es una de las novelas más cómicas y autobiográficas de Vladimir Nabokov. Relata las peripecias de un emigrante ruso que trabaja como profesor universitario en los Estados Unidos y que por no comprender muy bien el inglés y tener "un corazón de oro" sufre las burlas de sus compañeros y amigos. Lo cierto es que Pnin es un personaje enternecedor por el que el lector no puede evitar sentir cierta lástima. No deja de ser una ironía que una joya como esta no fuera reseñada aquí y que La defensa, una obra mucho más floja del mismo autor, sí. El caso fue que el tiempo se me echó encima y para cuando me podía poner a escribir ya se me habían olvidado tal cantidad de detalles que sólo podía haber construido una buena reseña de haberme leído el texto de nuevo . Aún así aprovecho esta entrada conclusiva para recomendarla encarecidamente.


2. Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector



La experiencia de una lectura como Cerca del corazón salvaje, con su lenguaje femenino único basado en percepciones y sensaciones, fue incapaz de dejarme indiferente. La verdad es que las construcciones verbales de Lispector son asombrosas y hasta cierto punto inefables, o al menos yo, que he tratado de abordar sin éxito su reseña unas cinco o seis veces así lo he encontrado. La historia trata sobre la vida de Julia, sus problemas y su particular forma de ver el mundo. Para Julia sólo hay un lugar sagrado, el que queda más allá de toda convención, donde viven los corazones de los animales salvajes.

 

3. La isla de Hobson, de Stefan Themerson

 



De esta novela sí que tengo una reseña preparada, pero como no le hace ningún tipo de justicia he preferido cuidarme de sacarla. La isla de Hobson es una alucinada novela del polaco-inglés Stefan Themerson con la que vendría a concluir una saga de la cual sólo tenemos esta pieza traducida al español. Con mucho humor su autor crea una narración experimental llena de crítica social y fuertes reflexiones metafísicas (muy desalentadoras en su mayor parte) que se mezclan con una trama política y de espionaje donde se práctica una suerte de surrealismo o de alucinación onírica controlada que dicen que recuerda a autores como Lewis Caroll o Raymond Queneau. Como no he leído a ninguno de los dos, no puedo comprobarlo, pero puedo asegurarles que La isla de Hobson  trata de muchas cosas, todas ellas de gran interés para un servidor: la (des)colonización, los abusos de los gobiernos, el aislamiento de las guerras, los cambios cada vez más rápidos en las modas adolescentes,... Aunque sobre todo trata de que cada una de nuestras vidas son ríos que irremediablemente van a parar al mar que es el morir, donde aún pervive un abanico de posibilidades escandaloso para la consciencia (el ser, el alma o cómo quieran llamarlo) que aún no han sido explorados.

4. Cuando quiero llorar no lloro, de Miguel Otero Silva

 



El hecho de no haber reseñado este maravilloso título de Miguel Otero Silva me llena de una honda tristeza ya que fue un regalo de uno de los mejores profesores que tendré jamás, quien, además, me encomendó la tarea de dedicarle unas palabras a ésta que es una de sus novelas favoritas. Espero poder desquitarme un poco la responsabilidad con este breve comentario de cierre del año. Si bien es verdad que mi intención era incluir lq reseña en la Esquina nada más volviera de mi larga hibernación de más de un año, el tiempo que había pasado sin casi leer hacía que el florido lenguaje del escritor venezolano se me atragantase más de la cuenta. Cuando quiero llorar no lloro es una novela realista que retrata la Venezuela de los años 1950s con toda su crudeza. En sus páginas uno asiste a escenas crudísimas donde la violencia ya se ha convertido en el pan de cada día de un país que quiere llorar y que, de tanto que ha llorado, ya no puede. Al lector se le ponen los pelos de punta mientras acompaña a los tres Victorinos  -protagonistas con el mismo nombre, pero con diferente estatus-, en sus mundos de tristeza y miserias. Apabullante es, además, la ironía empleada por un Otero que mezcla lo elevado con lo más bajo, dignificando así las vidas de los que menos tienen. Una obra realmente esencial dentro de la tradición de la novela social de la que arrepiento no haber hablado antes.


Con esta entrada espero subsanar algunos de los descuidos, literariamente hablando, de mi año. Sería una pena que cuatro novelones así pasaran al olvido para el autor de este blog y para todos vosotros. Os invito a que me digáis las lecturas de vuestro año que no queréis que desaparezcan de vuestro imaginario por nada en el mundo. ¿Qué libros habéis disfrutado más? ¿Alguno ha cambiado vuestra forma de pensar completamente? ¿Habéis encontrado mensajes atronadoramente bellos? El 2018 está a la vuelta de la Esquina y agradecería muchísimo vuestras siempre sabias recomendaciones.

martes, 26 de diciembre de 2017

Las sirenas de Titán, de Kurt Vonnegut



Winston Niles Rumfoord es un millonario que viajando en su nave espacial privada con su perro Kazak queda atrapado en un infundibulum crono sinclástico cerca de Marte, lo que le permite desplazarse en el espacio-tiempo dentro del Sistema Solar a capricho del extraño fenómeno cósmico que lo ha fagocitado. Como cada 59 días él y su mascota se materializan en su residencia de Newport unos pocos minutos, sus apariciones y predicciones se han convertido en toda una atracción turística para los habitantes de la región. No obstante, y con suma prudencia, Rumfoord suele aprovechar estas materializaciones para entrevistarse con personajes ilustres de la Tierra que sabe, por sus viajes temporales, que desempeñarán un papel crucial en el futuro de la humanidad. Entre ellos se encuentra Malachi Constant, el hombre más rico del planeta, al que le revela una serie de sucesos acerca de su vida completamente extrafalarios. Malachi se casará con la mujer de Rumfoord, tendrá un hijo llamado Crono y viajará a Marte y a Mercurio antes de volver a la Tierra y partir para Titán, el satélite más grande de Saturno en el que no sólo la vida humana es posible, sino que está habitado por las más hermosas mujeres que el multimillonario haya visto jamás, las sirenas de Titán. Constant disfrutaría allí del amor incondicional de su futura esposa, que en ese mismo momento le repudia hasta límites insospechados, y viviría saltando de orgía en orgía con las titánicas. Lo que no sabe es que Rumfoord ha alterado ligeramente la verdad para convertirles a él y a su esposa, a la que no soporta, en los mártires más emblemáticos de su nueva religión, la Iglesia de Dios, el absolutamente indiferente, con la que planea convertirse en el terrícola más poderoso de todos los tiempos, el único líder espiritual capaz de obrar auténticos milagros.

En Las sirenas de Titán presenciaremos las alocadas aventuras que Winston Niles Rumfoord ha preparado para Malachi Constant, Beatrice y Crono, que entre otras cosas incluyen abducciones, diversos lavados de cerebro y guerras interplanetarias con platillos volantes que cumplen el papel de mero telón de fondo para hacerles pagar por sus pecados antes de llevarlos definitivamente a la luna de Saturno, donde se encuentra Salo, el único amigo del infundibulado cronosinclásticamente. Salo es un alienígena robotizado procedente de una galaxia muy remota y lleva en Titán más de doscientos millones de años a causa de una avería en su nave.

Vonnegut nos ofrece una novela de ciencia ficción cargada del humor estridente y profundamente irónico que lo caracteriza, con importantes toques de crítica social muy bien dispuestos. Se nos muestra una visión muy negativa (y quizás acertada) de la raza humana que en lugar de construir su propio camino prefiere ser guiada por un ser invisible al que atribuye su creación y sus designios. La religión de Rumfoord buscaría demostrar que si hay o no un Dios, a este no le importamos lo más mínimo. El ataque a las religiones tradicionales es abrumador y goza aquí de una buena sarta de argumentos que se llevan a lo cómico hasta un punto máximo cuando Salo se entretiene en Titán viendo como los pequeños terrícolas actúan aún estando solos como si alguien les juzgase desde algún lugar del cosmos.

Esta novela es también un buen ejemplo de texto que trabaja el enfrentamiento entre el destino y el libre albedrío. Malachi Constant se emborracha hasta perder la conciencia durante un mes cuando le leen el futuro porque confía en que haga lo que haga acabará tarde o temprano disfrutando de los bellos encantos de Titán. Frente a esta confianza ciega en la idea de destino, tenemos a Beatrice como una mujer que se siente apoderada de su vida y que con la autodeterminación propia que le dan sus varios millones de dólares hará todo lo posible para que no se cumplan las catastróficas predicciones que habría elucubrado el cinismo de su esposo. La verdad es que el personaje de Beatrice tiene una complejidad enigmática que me ha entusiasmado más que otros personajes de la trama, aunque, por decirlo de alguna forma, no me haya llegado a convencer completamente.

Otro de los temas fundamentales de Las sirenas de Titán es la fuerte crítica que hace Vonnegut de las guerras y de las ideologías de extrema derecha que toman la parte por el todo. Rumfoord se convierte en un líder despótico que dirige a las masas sin guardar ningún reparo a la hora de sacrificar vidas humanas para lograr la difusión casi planetaria de las ideas que le interesan. Su máxima: "No hay razón para que el bien no pueda triunfar con tanta frecuencia como el mal. El triunfo de algo es cuestión de organización. Si existen los ángeles, espero que estén organizados siguiendo los métodos de la Maffia." Mientras que Rumfoord se ve a sí mismo como el salvador, Vonnegut irá introduciendo voces disidentes que harán sospechar mucho al lector acerca de la legitimidad de las decisiones y los auténticos intereses del viajero temporal, creando un entorno dialógico dentro de la novela que le aportará mucho dinamismo e intriga.

Algo que me ha llamado bastante la atención son las constantes referencias bíblicas que guarda la novela. En ella hay tierras prometidas, hijos pródigos, éxodos, génesis y hasta nuevos libros sagrados. La Biblia está muy presente en Las sirenas de Titán y sirve para conectar a personajes clave como Rumfoord y Constant padre, ya que ambos habrían conseguido sus "fortunas" gracias a la palabra sagrada.

En definitiva, una de las novelas más completas y maravillosas que he tenido la ocasión de leer. A diferencia de Madre noche y Cuna de gato aquí el ritmo del texto se siente mucho más fluído y pausado, lo que ayuda a disfrutar mejor de una enrevesada trama que puede marear al lector por la sensación de una falta de lógica aparente. Con Las sirenas de Titán completo la trilogía que me habían recomendado en Das Bücherregal para comenzar a leer a Vonnegut y la verdad es que estoy más que satisfecho con el resultado, hasta el punto de que mis amistades ya empiezan a hartarse un poco de que les dé tanto la brasa con el bokononismo. Acabo este 2017 convertido a la prosa de Vonnegut y espero poder tener acceso en este año que entra a buena parte de su obra tanto de ficción como ensayística. Tenéis más reseñas en, por supuesto Das Bücherregal y Desde la ciudad sin cines. En Das Bücherregal hay, además, hipervínculos a otras reseñas de la misma obra que prefiero no repetir para no colapsaros.

Más reseñas de obras de Kurt Vonnegut en esta esquina: Madre noche, Cuna de gato, El desayuno de los campeones,

 PD. Si hay alguna pega reprochable es quizás que la traducción de Minotauro no me transmite mucha confianza, aunque creo que es la única hasta el momento, por lo que poco se puede hacer al respecto.





jueves, 14 de diciembre de 2017

El rey de amarillo, de Robert William Chambers





Valdemar recoge en El Rey de Amarillo nueve relatos de terror gótico/cósmico del poco conocido escritor estadounidense Robert William Chambers, que se destacó sobre todo por retomar un tema de otro autor clásico dentro de su género: la infernal ciudad de Carcosa de Ambrose Bierce. La selección de relatos que hace Valdemar incluye los siguientes:

  • El signo de amarillo
  • El reparador de reputaciones
  • Le Demoiselle d'Ys
  • La máscara
  • En la corte del dragón
  • El hacedor de nubes
  • Una agradable velada
  • El mensajero
  • La llave del dolor
Los cinco primeros provienen del mismo volumen y, salvo Le Demoiselle d'Ys, todos giran en torno al misterioso libro maldito de El Rey de Amarillo. Éste parece ser una obra de teatro dividida en dos actos, aunque ambos se centran en la subterránea Carcosa, el primer acto, totalmente inofensivo, existiría sólo para advertir a los curiosos del peligro que conlleva leer el segundo. A lo largo de estos cuatro relatos el libro se nos muestra de forma tangencial y, aunque nunca lo podremos leer ni saber qué pone en él exactamente, Chambers sí que nos proporciona un poema y algunos fragmentillos más que junto con las opiniones de los personajes nos servirán para despejar algunas dudas que nos puedan surgir, así como entender que dentro de su universo sea un libro tan temido. En El signo de amarillo el libro maldito se nos presenta al alcance de un pintor y su musa, quienes tras leerlo tienen extrañas pesadillas relacionadas con el entierro prematuro de uno de ellos llevado a cabo por el pálido y hostil sereno de la iglesia del barrio. En La máscara un escultor ha creado un líquido con el que poder convertir a cualquier ser vivo en mármol,  lo que hace que una de las bañeras de su casa se convierta en un auténtico matadero. Aquí El Rey de Amarillo aparece sólo laterlamente, pero es suficiente como para inquietar a nuestro narrador, amigo del escultor, y a persuadirlo de abandonar el país. En la corte del dragón es un relato más vinculado con este Rey de Amarillo y nos narra como uno de los numerosos lectores intenta escapar de la muerte, que literalmente lo persigue por las calles.

El reparador de reputaciones merece un trato a parte, constituyendo uno de los relatos más originales y extraños de todo el repertorio. En él la acción se sitúa en un imaginario 1920, que recrea el universo de Chambers en el que El Rey de Amarillo se habría distribuido a los cinco continentes y en el que los gobiernos habrían tenido que tomar medidas para la prohibición de su lectura, ya que habría quedado demostrado que llevaba a los estudiosos a la locura, desarrollando en ellos la violencia contra los demás y contra sí mismos. En los Estados Unidos se habrían implantado una serie de edificios en los que los lectores de El Rey de Amarillo podrían refugiarse si alguien anticipaba que podrían llegar a cometer auténticas salvajadas. En medio de todo este fregado, Hildred lee, por influencia de Wilson, el terrible libro y esto le lleva a creer que su primo es heredero de la ciudad de Carcosa y que él es el segundo en la línea de sucesión. Con todo esto saca provecho un ladino Wilson, cuyo trabajo consistiría en reparar las reputaciones de aquellos que habrían leído el libro y que por ello habrían pecado de imprudentes.

"-Quisiera que estuvieran encuadernados en oro -dije-. Pero espera, sí, hay otro libro, El Rey de Amarillo.
Lo miré, fijamente a los ojos.
-¿No lo has leído? -pregunté.
-¿Yo? ¡No, gracias a Dios! No quiero volverme loco.
Vi que lamentó lo que había dicho no bien acababa de hacerlo. Hay solo una palabra que detesto más que lunático, y esa palabra es loco. Pero me controlé y le pregunté por qué consideraba peligroso El Rey de Amarillo.
-Oh, no lo sé -dijo deprisa-. Solo recuerdo la excitación que produjo y las condenas del púlpito y la prensa. Creo que el autor se disparó un tiro después de dar a luz semejante monstruosidad, ¿no es así?
-Entiendo que todavía vive -le respondí.
-Eso es probablemente cierto -musitó-; las balas nada podrían contra un demonio de esa especie.
-Es un libro de grandes verdades -dije.
-Sí -replicó-, de "verdades" que enloquecen a los hombres y arruinan sus vidas. No me importa que el libro sea, como dicen, la misma esencia suprema del arte. Es un crimen haberlo escrito y por mi parte jamás abriré sus páginas."
(Del Reparador de reputaciones)

El elemento metaliterario está muy bien introducido y se va construyendo a medida que pasa cada relato, hasta que se forma toda una mitología en torno a Carcosa, a la blancura de su lago Hali y a las estrellas negros que lo sobrevuelan. Es realmente sorprendente como Chambers se adelante mucho a su época y nos propone un esquema de textos que se engarzan de una forma más propia de las vanguardias de entreguerras que de los últimos coletazos del siglo XIX. Es un hecho que su prosa influyó en Lovecraft, responsable también de otra mitología que gira también en torno a un libro maldito, el Necronomicón, y seguramente también en otras obras menos conocidas como El maestro del Juicio Final  de Leo Perutz que comentábamos hace algunas semanas. Chambers crea un misticismo verdaderamente ecléptico que combina con muchas imágenes aún escalofriantes, a pesar de todo lo que ha llovido desde que estos escritos salieron a la luz. Se respira en su estilo una ambigüedad que incomoda a la vez que capta poderosamente la atención del lector.

Los otros relatos quedan fuera del entramado cósmico del tándem Chambers-Bierce, pero le dejan a uno de igual manera los vellos de punta. De entre todos Una agradable velada es, quizás el que menos me ha entusiasmado, aunque he de reconocer la gran maestría y el esfuerzo desplegado en todos ellos. En La Demoiselle d'Ys un turista estadounidense en Francia tiene un extraño e inquietante viaje a un pasado medieval en el que se enamora de un dama que lleva más de mil años muerta. Escrito con una sencillez brillante, se convierte en un relato a medio camino entre la parodia medieval y el terror sobrenatural, la sátira romántica y la alegoría.  En El mensajero una historia de terror sobrenatural en base a una terrible maldición se convierte en una historia de redención en la que se habla de la importancia de comprender y compartir también los pesares de los demás seres humanos que nos rodean. El hacedor de nubes se inspira buenamente en las religiones chinas animistas anteriores al confucianismo, al budismo y al taoísmo y mezcla la dicotomía sueño/realidad con el tema del héroe como elegido en contra de su voluntad. La acción se sitúa en los fríos bosques canadienses donde un grupo de gentlemans se distraen  buscando a unos fabricantes ilegales de oro que habrían dado con la forma de crear oro puro a partir del agua. El último relato y el más breve de todos es La llave del dolor donde un condenado a muerte consigue escapar en su ejecutación, refugiándose en una isla poblada por tribus indígenas, dentro de las cuales consigue rehabilitarse y empezar una nueva vida, pero los crímenes no siempre quedan impunes y tarde o temprano Kent tendrá que responder por la gravedad de sus actos.

En definitiva, un conjunto de relatos adelantados a su época en los que se despliega una prosa cuidada y se gestiona la intriga y los elementos espeluznantes con gran brío, impidiendo que uno despegue la vista de las páginas del libro. Ideal para estas noches frías y oscuras, donde cada resalto fuera de la monotonía del silencio pondrá al lector en guardia. Altamente recomendable. Posiblemente una de las mejores lecturas de mi año. Tenéis más reseñas en Crónicas Literarias (donde ponen en relación los relatos de Chambers con la popular serie de televisión True Detective) y en Libros de Cíbola (aunque reseñan otra traducción en la que se incluyen sólo los cuatro textos vinculados al Rey de Amarillo).

PD. Recientemente he encontrado otra reseña en el blog abandonado Heroínas díscolas, donde a su vez se da una lista de páginas que también han reseñado este título.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

domingo, 10 de diciembre de 2017

En el trineo de Schopenhauer, de Yasmina Reza



Ariel Chipman es un profesor de filosofía de la universidad que tras haber defendido la vida como necesidad sufre una crisis atroz tras algunos actos violentos cometidos por sus maestros Deleuze (quién se suicidó) y Althusser (que estranguló a su cónyuge con un trozo de cortina) que le llevan a una profunda depresión que su mujer Nadine es incapaz de comprender. Nadine piensa que los problemas de Ariel son todo invenciones y que para lo único para lo que le sirven es para amargarle la vida que con tanto esmero habría construido. Nadine piensa que si consigue que Ariel socialice, sus ideas tan pesimistas, así como su actitud comtemplativa y desdeñosa darán un vuelco que le llevarán a ser el de siempre, por lo que trata de convencer a Serge Othon Weil, un conocido de la pareja para que trate de ser su amigo. Othon Weil es a su vez un tipo insoportable por sus continuos devaneos en torno al funcionamiento de los mercados capitalistas con ese tinte rancio neoliberal que tanto rechaza Ariel. Aún así hay otro conocido de la pareja más exasperante con el que Nadine se plantea tener una aventura y mandar a freír espárragos al sieso e impasible de su marido. En medio de todo este fregado actúa la psicóloga de los tres, que los "escucha" y aporta su propia visión a la trama con ideas muy claras sobre el funcionamiento de las relaciones humanas y cómo en estas se ejercen poderes que superan barreras.

El relato largo, porque a novela no llega por mucho que Anagrama quiera estirar las páginas haciendo la letra más grande, tiene una particular estructura en la cual al lector se le muestran una serie de monólogos en los que unos personajes se dirigen a otros. Uno piensa al principio que son cartas, aunque la disposición de la narración de dichos monólogos no sólo no lo deja claro en ningún momento, sino que se aproxima más a las construcciones mentales de los discursos que a discursos propiamente dichos. De esta forma, no sabemos si lo que Ariel le quiere decir a Nadine se lo dice verdaderamente y aunque sí que podemos suponer que no se lo dice como nosotros lo leemos. Este detalle es muy particular y le aporta cierto misterio al texto, dándole un poco la sombra de la sospecha sobre la incomunicación en la que habitan estos personajes, cada cual reivindicándose como más incomprendido que el anterior. La visión de Yasmina Reza sobre la humanidad es bastante cruda y desalentadora y su exposición en este relato está bastante más trabajada de lo que podría parecer a simple vista. El único punto flojo que le encuentro es que las formas de pensar de los personajes (no confundir con su contenido) se halla bastante próxima y eso les impide desarrollar una personalidad mucho más creíble que podrían tener y que por este detalle no tienen. Reza es una reconocida dramaturga a nivel internacional, pero esto no explica que le salgan unos personajes tan guiñolescos. Por lo demás, se podría decir que el resto de la obra hace que merezca bastante la pena su lectura. 

Reseñas de otras obras de Yasmina Reza en esta esquina: Un dios salvaje,