miércoles, 14 de febrero de 2018

Boy, Snow, Bird, de Helen Oyeyemi



Boy Novak es una chica pobre de Nueva York que vive con un padre maltratador que se dedica a la desagradable tarea de criar enfermizas ratas para exterminar a las de los demás en una especie de grotesca orgía caníbal entre roedores. Harta del deprimido ambiente que la rodea y que le impide una vida digna, se escapa de casa y coge un autobús que la llevará a Flax Hill, donde encontrará un clima aparentemente más sano, pero en el que no terminará muy bien de encajar. Aunque la historia se centra principalmente en ella, seguiremos también de cerca a un conjunto de personajes, vinculados principalmente con la familia Whitman, que, con ciertas reticencias, terminarán por acogerla como una más. A los problemas de Boy se sumarán los conflictos familiares internos de los Whitman, con sus redencillas y una historia de amor triple donde la comodidad y la razón harán frente a sentimientos pasados. 

Boy, Snow, Bird es una novela turbulenta, protagoniza por tres mujeres y que posee una estructura a medio camino entre la Bildungsroman y la saga familiar, con importantes tintes de novela social, principalmente cargados de ironía, y alguna que otra escena que roza de pleno la cursilería, pero que, por lo general, no tiene la mayor importancia, por lo que no le resta calidad al contenido. Boy crece como mujer en el poblado de Flax Hill; allí llega en los 1950s y lucha por sobrevivir, por tener qué comer, por encontrar un empleo digno en un mundo que no tiene en cuenta la voz de las mujeres, sólo su cuerpo. Sin embargo, Boy es inteligente, ha sufrido y sabe moverse. Pronto conocerá a Mia Cabrini y a Arturo Whitman, uno de sus remotos amantes. Arturo tiene una hija pequeña llamada Snow, que destaca por su extraña belleza albina y por su inocente corazón. Snow, que perdió a su madre en el parto, busca en Boy una nueva, pero la forastera, que se siente sumamente incómoda, e incapaz de reaccionar de otra forma la tratará con la frialdad y la crueldad con la que le ha cincelado el carácter su padre. 

La tercera protagonista es Bird y su incursión en la novela como narradora de la segunda parte se me antoja algo inconsistente, sobre todo porque tras más de ciento cincuenta páginas pasamos de una narradora adulta como puede ser Boy con la que ya empatizábamos plenamente a escuchar la venturas y desventuras de una niña que parece que sólo nos puede interesar por ser la hija negra de la anterior. Al igual que Boy es una chica a la que se le ha obligado a ser dura como el estereotipo del "macho", Bird destaca por su imaginación, que parece que se la va a llevar volando en cualquier momento. En su parte, un tema que había sido desarrollado tangencialmente como el de "ser negra en los Estados Unidos de su momento (totalmente extrapolable a los de ahora y los de fuera de las fronteras norteamericanas)" cobra un interés mucho mayor porque Oyeyemi nos obliga a ver ese mundo negro con los ojos de alguien que está dentro. No nos engañemos, en nuestro sistema social funcionan unas jerarquías mentales que divide el mundo en géneros binarios que funciona por mera sencillez y comodidad. ¿Es el hombre lo contrario de la mujer? ¿Lo blanco lo contrario de lo negro? Desgraciadamente, la apreciación de otras posibilidades (ya sean estas intermedias o no) continúa siendo un imposible para muchas personas. Oyeyemi juega a deconstruir estos valores a lo largo de su novela y sorprende al lector, porque,  a diferencia de los otros personajes, las protagonistas de Boy, Snow, Bird carecen de muchos prejuicios y eso permite que descubrimientos de lo que para cualquier otra persona sería circunstancial y necesario a ojos vista se demoré muchísimo. Y esto puede molestar a quienes leemos por dos motivos: 1) porque puede parecernos inverosímil y sacado de chistera que obviedades que incumben a las formas de existir de los personajes aparezcan cuando ya nos habíamos creado una sólida visión de ellos, y 2) porque tras los desvelamientos uno se siente tan cargado de prejuicios y tan miserable que si se lo piensa dos veces lo mismo hasta le duele. Oyeyemi consigue darnos una lección importantísima en este libro y que va más allá de las pequeñas fábulas que incorpora, que, por otra parte, no tienen demasiada trascendencia: nos recuerda que por mucho que conozcamos (o creamos conocer) a alguien, nunca tendremos ni tenemos por qué tener todas sus claves, por lo que hay que evitar caer en juicios precipitados. El universo es más relativo de lo que aparenta ser.

He de decir que el texto me ha entusiasmado y que creo que esconde una profundidad mucho mayor que la que puede desprenderse de su superficie. Como ya he dicho antes, si bien no creo que la cursilería de algunos episodios reduzca la calidad intrínseca de Boy, Snow, Bird he de advertir de ella a aquellos que quieran emprender su lectura, porque lo que para mí puede ser una molestia menor para otros puede resultar un error garrafal de la autora que haga de la novela un plato intragable. Os recuerdo que esta es siempre mi visión y que no tiene nadie por qué coincidir con ella. Si queréis escuchar otras os recomiendo las de Orlandiana (cuya reseña, mucho más sopesada  y mejor redactada que esta, me descubrió la novela maravillosa de una maravillosa autora) y Un libro al día (donde parecen muy molestos porque la estructura de la fábula no se aplica en la rigidez en la que creen que debería, lo que, como os digo, para mí es lo de menos).



sábado, 10 de febrero de 2018

Llenos de vida, de John Fante



John Fante es un reconocido novelista y guionista que a comienzos de los 1950s ha conseguido la suficiente solventura económica como para comprarse un chalet cercano a los estudios de Hollywood y poder permitirse tener a su primer hijo con su mujer Joyce. La narración comienza a los pocos meses de embarazo de esta y nos muestra a un John ligeramente esperanzado frente a los caprichos y a la inestabilidad emocional de una esposa que lo detesta y lo ama según le da. John intenta engañarla con otra, pero se siente incapaz. Es un hombre cobarde, cargado de inseguridades, y así le tratan sus familiares más allegados. Cuando el reluciente suelo de la cocina se venga abajo por un ataque descontrolado de termitas, su mujer se negará a pagar a un albañil para que lo arregle, por lo que John se verá obligado a acudir a su padre, Nick Fante, un campesino prejuicioso y dictatorial que le martirizaba cuando era pequeño, pero que teniendo experiencia en el sector y no cobrando un duro es la mejor baza para que el importe invertido en la casa no haya sido en balde.

Fante construye una novela de autoficción con importantes chispas de inteligencia y un humor variopinto cuyos diálogos no son quizás los mejores de la historia de la literatura, pero que guarda un mensaje enternecedor que cala hondo en el lector y que le lleva a pasar momentos bastante agradables. Toda la novela gira en torno a la cobardía de Fante, que no quiere ser padre ni hombre ni adulto y que no le queda más remedio que afrontar una realidad ineludible. John se nos muestra como un auténtico "calzonazos", sin criterio ni voz ni voto, que sólo quiere esconderse para llorar y que se muestra incapaz para comprender el complejo mecanismo que le rodea. Su mujer, ante la alarma del parto, vagabundea de un clavo ideológico a otro para salvarse, ya que sabe que la mano que le tiende su marido, por muy buen intencionada que esté, es provisional y agarrarse a ella podría traerle más problemas que beneficios a largo plazo. Por otro lado, el papá Fante representa para John la personificación de sus miedos más profundos: la tiranía del padre que gobierna sobre sus hijos y controla todo lo que tienen que hacer. John teme convertirse en su padre con el bebé que está en camino. A esta peculiar familia habría que sumarle la madre de Fante, una mujer que depende emocionalmente y en grado máximo del sino de sus hijos y que cada vez que ve a alguno finge que se desploma en el piso, y el catequista de Joyce, que se comporta como el clásico "cura metomentodo" que se cree con el derecho divino de juzgar a quien le venga en gana.

La historia que se nos narra es, como se podrá entender, desenfadada y entretenida. El texto es ágil y asequible y recuerda en su estilo remotamente a algunas novelas del Paul Auster de Brooklyn Follies. Lo cierto es que me lo he pasado muy bien leyéndola y eso se lo agradezco a Cities (Das Bücherregal), que me la recomendó a finales del pasado año. Tenéis más reseñas de Llenos de vida en Cuchitril Literario y Un libro al día

Reseña de otras obras de John Fante en esta esquina: La hermandad de la uva, Espera la primavera, Bandini,


miércoles, 7 de febrero de 2018

La verdadera vida de Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov




La verdadera vida de Sebastian Knight fué una de las primeras novelas que Nabokov escribió en lengua inglesa, cuando aún se encontraba en el continente europeo. No suelo fijarme mucho en la vida de los autores por eso que en el New Criticism se llamó la falacia biografista y con la cual suelo coincidir en la mayoría de casos. No obstante, es innegable el tremendo parecido que existe entre la personalidad del propio Nabokov y del protagonista aparente de esta "novela". Sebastian Knight es, como el Nabokov de esta época, un escritor que busca la pureza de los detalles en una lengua que no es la suya, rusificando el inglés en un extrañamiento frío y preciosista. Marcha a estudiar a Inglaterra poco después de la muerte de su padre y descubre que lo único que se le da bien en la vida es escribir y que para todo lo demás puede ser el hombre más torpe y despistado del planeta. Knight vive en su mundo de palabras y matices y construye un universo propio a lo largo de cinco libros, cuyas historias irán apareciendo en el libro sustancialmente, sintiéndose todas ellas viejos proyectos de novelas cuya construcción el propio Nabokov habría descartado.

La etiquetación de este libro es complicada, pues si bien no parece una "novela" del todo, contiene elementos propios de la misma, con personajes marcadamente literarios, situaciones cómicas, dramáticas y poéticas y una gestión de la intriga increíblemente bien elaborada. Digo que no es una novela del todo porque a lo largo del texto se van introduciendo numerosos elementos monográficos, apreciaciones y fragmentos de las novelas que Sebastian habría escrito. El narrador no es él, ni una figura omnisciente, sino un tal V. (¿Vladimir?) su hermanastro, que tras la muerte del escritor ruso (nacionalizado inglés) y la edición de un libro lleno de infamias y calumnias sobre Sebastian convierte en su deber publicar una biografía fiel y sincera que dote a la figura de su hermano del prestigio que sabe que merece. Es así como nuestra visión de Knight se torna muy parcial y llena de toda clase de filtros. V. habla con la desdichada prometida del autor, que decidió abandonar por otra; habla con amigos pintores y poetas que conocieron de cerca el corazón oscuro de su medio hermano, con viejos amigos de la universidad que recuerdan lo mal que jugaba al tenis y emprende una búsqueda cargada de magia por toda Europa tras los pasos de la amante -la "femme fatale"- que habría llevado la vida de Sebastian a la más absoluta ruina económica y al pleno desarrollo de su creatividad literaria. Por todo esto cuesta asimilar esta novela como una más, pues en ella conviven plenamente la narración de viajes con el comentario literario y con el género de una biografía, que aunque trate a un personaje de ficción, se siente muy real por todo el amalgama de sentimientos que expresa V. hacia su hermano y que oscilan desde la envidia hasta la admiración. V. desprecia y ama al mismo tiempo a Sebastian; Nabokov lo convierte en un personaje que parece sacado de una novela de Dostoievski, con un discurso que trata de disimularse y que resulta incapaz. ¿V. escribe este libro por Sebastian? ¿Quiere honrar su memoria? ¿O quiere, por lo contrario, desprenderse del duro peso que conlleva ser el hermano menor de un hombre como Sebastian Knight? ¿De ser el hermano menor de un Nabokov? Con un apellido que no comparte pero cuya sangre está ligada a la suya y le relega al mero papel de segundón para toda la eternidad. Llega un punto en el que vemos como V. tiene que explicarse a sí mismo que tras la muerte de su hermano dede ser capaz de seguir viviendo sin ese modelo perenne que le hablaba en la distancia como si fuera un dios.

La función lúdica e irónica de Nabokov y su complejidad rusa vuelven a esta obra una historia cargada de momentos literarios especialmente bellos, que serán la delicia de los lectores más avezados y que ya conozcan al autor previamente. Cualquiera de las novelas de Sebastian podrían haber funcionado si hubieran sido editadas en este mundo nuestro y no en el suyo y por el elaborado desarrollo que realiza Nabokov podrían haber llegado a ser muy buenos libros de ficción, aunque su función profundizadora en el universo de La verdadera vida de Sebastian Knight ya es más que suficiente. Para aquellos que les guste la escritura creativa, encontrarán aquí multitud de material interesantísimo que no deberían dejar escapar. En lo que respecta a mi lectura, he de decir que me he divertido mucho y me he maravillado con cada gesto de los personajes, con cada reflexión tan sumamente humana que no puedo más que recomendarlo encarecidamente. Una maravilla poco conocida y que merece con creces la pena leer. ¡Fijáos, que hasta creo que he llorado con algunos párrafos! Tenéis otra reseña más en Lecturas en New York, que es algo modesta y se centra en otros matices que yo no he tratado en esta. He encontrado alguna otra por la red, pero era más un análisis que una reseña y desvelaba demasiada información del libro, lo que hacía que si no lo habías leído a priori te reventase la historia en la cara, así que, a pesar de la extraordinaria calidad del texto, me cuido de linkearlo aquí.

Más reseñas de obras de Vladimir Nabokov en esta esquina: La defensa

domingo, 28 de enero de 2018

Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin



Pájaros en la boca es el segundo libro de cuentos de Samanta Schweblin. En él se incorporan nuevas historias escritas expresamente para este volumen y se incluyen otras que ya habíamos podido disfrutar en El núcleo del disturbio. Como siempre, os doy la lista completa y me dedico a comentar brevemente aquellas que no había leído antes, así como a daros una idea del conjunto total y una valoración en función del particular estilo de la autora y el contenido tratado.

Las nuevas por conocer (o de los que vamos a hablar):
  • Irman
  • En la estepa
  • Pájaros en la boca
  • Perdiendo velocidad
  • Cabezas contra el asfalto
  • El cavador
  • La furia de las pestes
  • La medida de las cosas
  • Conservas
  • Mi hermano Walter
  • Papá Noel duerme en casa
  • Bajo tierra 

Las viejas conocidas (de los que ya hablamos aquí):
  • Mujeres desesperadas
  • Hacia la alegre civilización
  • Sueño de revolución (antes titulado "La pegajosa baba de un sueño de revolución")
  • Matar a un perro
  • La verdad acerca del futuro
  • La pesada valija de Benavides

De entre lo nuevo, los más destacados son En la estepa, Pájaros en la boca, Cabezas contra el asfalto, El cavador, Bajo tierra Conservas. Los otros están un poco para rellenar y oscilan entre lo decente y lo pasable, con alguno como Perdiendo velocidad, que diría que es incluso innecesario. 

En la estepa un matrimonio sale a cazar en sus ratos libres. No buscan patos o conejos, sino "eso". Funciona excelentemente como la metáfora de la búsqueda de un hijo y la desesperación de no poder tenerlo. Que nunca se explicite en el relato es un componente maravilloso, ya que le permite al lector elucubrar posibles tesoros a los que puede aspirar una joven pareja y que no tienen por qué acabar siendo un ente tan concreto. Si no es un hijo lo que buscan, entonces: ¿buscan el amor? ¿La estabilidad? ¿La felicidad? ¿Una razón para pervivir en el mundo? Uno de los más relatos que más obligan a pensar al lector..

Pájaros en la boca es la historia que le da nombre al conjunto y que, aunque a un nivel por debajo de los que ya venían de El núcleo del disturbio, funciona con solidez. Tiene un componente escalofriante, que era propio de Schweblin, pero que en este relato en concreto va a profundizarse mucho. Sara es la hija de Martín, a quien no ve desde hace meses, porque su exmujer, Silvia, se quedó con la custodia de la menor. Sara ha dejado de ingerir lo que podríamos llamar comida normal y ahora sólo se alimenta de pájaros vivos. Silvia, incapaz de dormir, después de ver la sonrisa de su hija pintada de sangre y plumas, la deja a cargo de un Martín, que lejos de escandalizarse, decide mantener el bizarro secreto de las preferencias culinarias de la pequeña, pensando con alegría que más difícil de disimular es un embarazo.

Cabezas contra el asfalto cuenta también con un escenario enrarecido y lleno de sátira. En el cuento, un artista nos habla de cómo se hizo famoso pintando rostros estampados contra la calzada. En su encierro propio de un ermitaño budista del Tíbet recibe la visita de un dentista coreano que acuerda realizarle una serie de empastes a cambio de un cuadro, de un diente gigante. Sin embargo, el pintor no entiende el matiz del contenido y dibuja la cabeza de su nuevo amigo destrozándose en el suelo. Esto dará lugar a numerosos problemas que nos permitirán reflexionar sobre la comunicación humana, los límites del arte, la multiculturalidad y el racismo por ignorancia del hombre blanco sobre otras etnias.

El cavador es un relato onírico lleno de originalidad. Un hombre alquila una casa para pasar sus vacaciones y allí se encuentra con otro que estaba cavando un pozo desde hace mucho tiempo por algún motivo que él desconoce. No sabemos qué hay en el pozo ni porqué el cavador insiste tanto en él, pero sabemos que la labor le está destinada a su persona en exclusiva y que parece una suerte de castigo. Una metáfora brillante sobre las relaciones de dominación/sumisión que rigen el sistema de clases actual, donde unos trabajan convencidos de su obligación mientras otros disfrutan y se aprovechan de sus logros.

Bajo tierra es otro cuento con tintes de la narrativa de terror. Un viajero se detiene en la carretera y escucha el relato de un viejo sobre extraños sucesos que habrían ocurrido en la región hace no demasiado tiempo. El giro final es desconcertante y, aunque hasta cierto punto sea predecible, la escena está narrada con una prosa singular, precisa y llena de simbolismo que a mí, al menos, me ha convencido.

Conservas nos habla de los peligros del Carpe Diem! y de sus límites. Es un relato a caballo entre lo neofantástico y la narración de ciencia ficción. Una mujer embarazada comienza a seguir un dudoso método llamado la "respiración consciente" que permite que el feto de su bebé se reduzca y pueda ser expulsado antes de desarrollarse por completo, pero manteniendo todas las esperanzas de vida. El objetivo: recuperar su delgada figura anterior a la concepción de la pequeña alma. Cuenta con imágenes muy poderosas que lo vuelven una historia que destaca entre las demás.

Mi hermano Walter y La medida de las cosas van un poco a la zaga de estos cinco relatos, pero no por ello dejan de ser muy recomendables. Papá Noel duerme en casa casi no parece un relato de Schweblin, sino más bien de Patricio Pron, por ese realismo sucio y exagerado que emplea, pero es igualmente descorazonador. La furia de las pestes, Irman y Perdiendo velocidad me han resultado muy flojos en comparación con los demás y no entiendo demasiado bien qué pintan aquí, es decir, no comprendo qué aportan a una antología que creo que funcionaría mucho mejor sin ellos. Lo más reprochable es que los mejores textos ya habían aparecido en un volumen anterior y que sin ellos los nuevos, salvo las excepciones que he destacado, se sienten algo -o mucho- por debajo. Aunque ya sabéis que para gustos, tenemos los colores.  En cualquier caso, es siempre un placer leer a Schweblin. Os dejo más reseñas de Pájaros en la boca en Desde la ciudad sin cines y Un libro al día

Reseñas de otras obras de Schweblin en esta esquina: Kentukis Siete casas vacías, El núcleo del disturbio




miércoles, 24 de enero de 2018

Conocer a una mujer, de Amos Oz



Yoel Ravid es un agente de la Mossad que tras la trágica muerte de su esposa en un "accidente" decide retirarse y mudarse con su hija, su madre y su suegra a un dúplex en Tel Aviv. Allí tendrá que buscar una nueva y más tranquila forma de ocupar su tiempo: granjeándose amistades, trabajando en el jardín, ojeando los libros de la biblioteca de su casero, viendo el telediario, etc. Aunque, sobre todo, a lo que se dedicará principalmente será a averiguar la forma de comprender a las mujeres con las que convive y ha convivido a lo largo de su vida, que siempre habían resultado para él un enigma irresoluble que el universo le colocaba delante entre misión de espionaje y misión de espionaje. ¿Ibriya, su mujer, murió por accidente, se suicidó o la mataron? ¿Es cierto que su hija Neta está enferma, o lo finje? ¿Su suegra planea un complot contra él o sólo trata de defender la memoria de su hija? ¿Su madre comienza ya a estar senil o es la más lúcida de la casa? ¿Su matrimonio está basado o no en una violación? ¿Ibriya le era infiel con su vecino? ¿Qué tipo de relación mantiene su hija menor de edad con su jefe?

Todas estas y muchas otras preguntas irán sirviendo para plantearnos la problemática situación que rodea a un Yoel que, lejos de tomar partido, pasa la mayor parte de la novela reflexionando. Es así como, a pesar de que Oz titule esta obra Conocer a una mujer, buena parte de la misma la pasaremos intentando conocer a un hombre. Yoel hace un ejercicio instropectivo que lo lleva a replantearse la utilidad de sus actos y la necesidad de su trabajo. ¿Ha sido completamente libre siempre o han jugado con él para que se convirtiera en lo que es? ¿Está marcado por el doloroso destino del judío? ¿Hasta qué punto puede vivir sin su trabajo, sin una ocupación? ¿Es ya, como afirma Ibriya, una máquina de matar sin corazón, incapaz de hacer cualquier otra cosa? El año que pasa Yoel inmediatamente después de la muerte de su mujer le sirve para ponerse a prueba y para recapacitar todas sus acciones pasadas. Toma así una responsabilidad en la muerte de Ibriya y en la supuesta enfermedad de su hija, que piensa que podría haber evitado ejerciendo otro oficio; trata de rehacer su vida con varios altibajos, donde le tentarán y se dejará tentar para equivocarse una y otra vez hasta dar con la tecla que le permita ser feliz de nuevo.

Conocer a una mujer es una novela lenta, pero tan bien construida que engancha desde la primera página a la última. Oz genera una intriga en base a una serie de imágenes y escenas que funcionan muy bien en sucesión y que se conectan a través de los recuerdos continuos de un Yoel que en pleno duelo roza más de una vez la desesperación. Las palabras llegan cargadas de tristeza y en contadas ocasiones podemos encontrar elementos más desenfados  o cómicos. Oz consigue muy bien transmitirle al lector las emociones de su protagonista, con el que, a pesar de su mutismo general, es muy fácil empatizar, lo que, por supuesto, representa todo un logro.

La novela está escrita y ambientada en Israel, pero se presiente un cierto aire internacional que me ha gustado mucho. Si bien, hay muchas referencias a las costumbres isrealíes, también hay una cierta preocupación por lo que sucede en el mundo exterior. Se habla de las lluviosas y estrechas calles del centro de Londres, pero también de las chabolas entre pagodas de los suburbios de Bangkok. Se bosquejan ciudades como Madrid o Helsinki en función de los recuerdos que despiertan en el protagonista, por lo que su visión es sesgada y onírica. 

La intriga está muy bien regulada y funciona, a pesar de que la trama avanza a un ritmo bastante lento, aunque creo que lo más importante en Conocer a una mujer son las reflexiones que plantea y la belleza de una prosa dedicada al detalle y a la abstracción. No obstante, el punto este de Yoel recordando sus aventuras con la Mossad en países voluptuosos y las reuniones que tiene con su exjefe que tratará de convencerlo, incluso mediante su hija, de que vuelva al trabajo, tienen cierto toque de novela de espías que descoloca al lector y que lo pone en guardia ante cualquier trampa que pudieran tenderle a Yoel en un momento dado. ¿Conoce verdaderamente a sus nuevos vecinos estadounidenses? ¿Por qué su agente inmobiliario quiere de repente ser tan amigo suyo? ¿Puede uno fiarse de los demás si ha sido espía y asesino a servicio del gobierno de Israel? Para Yoel la respuesta obvia es no; así que lo veremos avanzar con mucho tiento a lo largo de cada una de las nuevas y cotidianas peripecias que le suceden en su inacostumbrado retiro. 

Una novela brillante para leer con calma que consigue que siga queriendo más libros de este autor israelí. El próximo no tardará en caer. Tenéis otra excelente reseña en Devoradora de libros

Más obras de Amos Oz reseñadas en esta esquina: Una pantera en el sótano, La bicicleta de Sumji, Queridos fanáticos



domingo, 21 de enero de 2018

Paisaje con reptiles, de Pilar Pedraza





Alicia es una pintora aficionada que aspira a convertirse en una gran artista y que está casada con Julius, un ingeniero mucho mayor que ella. Ambos se trasladan a vivir desde España a un remotísimo y diminuto archipiélago en medio de un océano tintado de negro por el escape de una planta de extracción petrolífera. Mientras que Julius y su equipo tratan con desesperación de encontrar la intrincada forma de contener la mancha, que parece crecer más y más a pesar de sus esfuerzos, Alicia intenta no aburrirse merodeando por los turbios espacios de la isla en busca de la inspiración que le permita continuar con su obra. En uno de sus paseos, la pintora conoce a Amara, Seffira Touissant y a un grupo de niños que disfrutan sacando tortugas milenarias del mar para luego descuartizarlas y llevarse el enorme caparazón a casa como trofeo. Las tripas del reptil, marcas del sacrificio, quedan al sol de la tarde y sirven de símbolo de la crueldad y de la fuerte tendencia a la destrucción que tienen los seres humanos, así como del placer que encuentran en esta, que a diferencia de los adultos, no disimulan sentir los niños.

De hecho, una parte importante de la novela se centra en esta idea de la destrucción de los demás, la de uno mismo y el placer estético que puede hallarse en ello. Pedraza desarrolla aquí un pensamiento sadomasoquista en el sentido metafórico con el que trata de hablarnos de la bestialidad del ser humano, que con toda su civilización y todo su progreso, no deja de ser un animal salvaje que lucha por sobrevivir a través del sexo y del poder. La mancha de petróleo es una constante en toda la novela y sirve para apoyar estas ideas sobre la destrucción del hombre por el hombre y del mundo por el hombre y de la necesidad que tenemos de justificar absurdamente esa destrucción. Julius se ve comprometido por Alicia, que no quiere estar allí, e incluso enferma impotente por enfrentarse a la oscuridad de la mancha sin una convicción verdadera y sin ninguna posibilidad de victoria. Su evolución progresiva hacia la locura a lo largo de la trama está muy bien construida y lo convierte en un auténtico monstruo de novela de terror con escenas memorables y muy cinematográficas. Pedraza compone capítulos impresionantes en los que cada palabra se siente medida y se ajusta a la perfección a las sensaciones que busca transmitir.

Pero la evolución de Julius es sólo la punta del iceberg y sirve de muestra para dar un paso más allá: explicar los toscos comportamientos y la apariencia marina de los isleños, que habrían llevado toda su vida allí, bajo el influjo enloquecedor de la mancha y la mirada vidriosa de las tortugas. Al principio Alicia no encuentra demasiado extraños a los indígenas y siente por ellos más curiosidad que miedo, pero a medida que va avanzando la historia comprende que corre el riesgo de contegiarse de su animadversión, su miseria y su hambre de violencia. También hay que decir que Alicia no es una chica común, sino que se siente una estrafalaria artista que adora el sexo masoquista, cree en sirenas, adopta un mono y va a visitar a adivinos. Lo cierto, es cada nuevo descubrimiento que hacemos tanto de Alicia como de la isla y de los otros personajes consigue que la atmósfera adquiera tintes cada vez más enrarecidos. Diría que tiene hasta cierto aire weird, que no le va a convencer a todo el mundo, pero que a mí, por lo menos, me ha enamorado. Estos descubrimientos están muy bien dispuestos y controlados para generar una intriga en torno a una serie de misterios que parecen no resolverse nunca. La isla se convierte en un lugar maldito y sus aldeanos danzan sobre ella con las caras pintas de enfermedad y podredumbre. El ambiente dominado por los prejuicios y por cierta reminiscencia sobrenatural recuerda, salvando las distancias, a la Comala de Pedro Páramo. Sin duda, repetiré con la autora en el futuro. Bastante recomendable si tienes buen estómago, ya que algunas escenas pueden llegar a herir sensibilidades. Tenéis otra reseña en Un libro al día (con quienes coincido de manera general; se centran en desarrollar otros aspectos muy interesantes de la novela, por lo que os la recomiendo).

Más reseñas de obras de Pilar Pedraza en esta esquina: La pequeña pasión,