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martes, 19 de enero de 2021

La muerte como efecto secundario, de Ana María Shua

 


Ernesto siempre ha tenido un problema: su padre. Este se ha caracterizado por ser un hombre con un rígido carácter que le ha llevado a maltratarle psicológicamente durante toda su vida. Hace mucho que Ernesto es mayor de edad. De hecho, ya ha superado los cuarenta, pero es totalmente incapaz de rebelarse contra quien lo engendró. Cuando al viejo se le diagnostica cáncer de colon, este hace una apuesta con Ernesto. Le entrega diez mil pesos argentinos, que debe devolverle en ración de dos cada equis meses mientras siga con vida. Ernesto ve entonces la luz, desea con toda su alma que su padre se muera, ya sea por efecto colateral de una cirugía en un hombre tan mayor y obeso o por una incapacidad de sobrellevar el posoperatorio, pero todo apunta a que va a tener que soportarlo más de lo que tenía pensado.

La novela que os traigo hoy es la más conocida de todas las que ha escrito Ana María Shua. Se trata, como su nombre indica, de una pieza que gira en torno a la muerte. Todos los personajes están expuestos a ella, pero especialmente Ernesto, quien, por su profesión como maquillador, se ha acostumbrado a tratar con cadáveres. Para Ernesto, la muerte es un efecto secundario de la vida y no resulta extraña ni aterradora. Por el contrario, es una herramienta de liberación, un alivio. El protagonista siente la angustia de vivir y de las cláusulas tan particulares que su existencia conlleva. No solo tiene que enfrentar a su padre, que es el causante de todos los complejos que arrastra, sino que debe bregar con un trabajo cada vez más extraño. Ernesto es maquillador porque entiende que los seres humanos necesitan una máscara para afrontar la vida y, al mismo tiempo, es escritor, aún cuando no quiere serlo, condenado a lidiar con el director de una película que jamás se filmará. Ernesto desea ser degradado, pero necesita el dinero y algo en lo que pensar mientras asiste al momento más largo y esperado de su vida: la muerte del padre que nunca lo aceptó, que siempre lo ninguneó.

A todo ello hay que sumarle la complicada relación sentimental que mantuvo con una mujer hace Dios sabe cuándo, pero que lo marcó de por vida. Ernesto se culpa a sí mismo por su debilidad, por no ser el hombre que se esperaba de él. Y esto me ha parecido tremendamente interesante porque desde la novela se desafía la vieja fachada de la hombría, de esa masculinidad clásica del tipo fuerte, valiente y dominante. Ernesto es todo lo contrario y por presión social se machaca psicológicamente a sí mismo. Opta por una profesión en la que todos lo consideran un intruso, porque es maquillador, pero no homosexual. Y eso hace que las personas para las que trabaja, especialmente las mujeres, se sientan incómodas; siendo este otro de los puntos que le hacen preferir el trabajo con la muerte.

La muerte sigue presente en la película que nunca rodará Goronsky. El excéntrico artista selecciona a Ernesto para ser su nuevo guionista (al menos, hasta que se canse de él) y lo hace por un relato, el único que alguna vez publicó Ernesto, sobre la Antártida. Esa tierra fría, hostil y muerta, donde no crece ni un árbol, pero cuenta con seres acostumbrados a ella. Los expedicionarios de Goronsky son un trasunto del propio Ernesto en la novela, que debe sobrellevar una situación difícil y adaptarse a cualquier clima, muy especialmente a la violencia matutina y llevaba al último extremo de la ciudad de Buenos Aires.

Y con esto llego a la ambientación. No he visitado nunca Buenos Aires, pero creo que no hace falta hacerlo para entender que la situación social que se muestra es más propia de la ciencia ficción que de una óptica realista. Toda Argentina está sumida en una rebelión. La desigualdad social ha dado lugar a dos tipos de barrios: los cerrados y los tomados. Los barrios cerrados son aquellos en los que viven personajes como Goronsky. Como en la serie La valla, de Antena 3, hay un control estricto sobre quien entra y para qué. En los barrios cerrados se decide el destino del país y sus habitantes viven con todo rigor en la opulencia y el lujo más exagerado. Por el contrario, los barrios tomados son aquellos barrios que anteriormente estaban cerrados, pero que sufrieron la sublevación de los trabajadores, quienes expulsaron o liquidaron a los anteriores moradores. Son barrios que se han ido desgastando con el tiempo, como sus gentes. En medio de este berenjenal, están las zonas abiertas de Buenos Aires donde la violencia está a la orden del día. Los ladrones de poca monta, a veces menores de edad, asesinan por cuatro perras chicas y, como si fuera esto Estados Unidos, todo el mundo puede adquirir, y suele llevar en el cinturón o en el doble fondo de la chaqueta, un arma de fuego, cargada y lista por si acaso.

La muerte como efecto secundario es una novela inquietante y extraña por su mezcla de géneros, sus tesis y su trato con temas tan esenciales de la literatura como el amor, el sexo, la identidad, los problemas paterno-filiales o la muerte. Hay que añadir que el ritmo narrativo está excelentemente llevado y que el final es, con creces, brillante y memorable. Por ello, diría que, sin ser un libro imprescindible, se trata de una obra muy recomendable y entretenida.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.



viernes, 15 de enero de 2021

La uruguaya, de Pedro Mairal

 


Lucas es un escritor bonaerense cuarentón que vive con su mujer, Catalina, y su hijo de corta edad, Maiko. Cada cierto tiempo acude a Montevideo a bordo de un ferry para extraer del banco ciertos pagos por novelas que acuerda escribir para editoriales españoles, pero que no siempre entrega a tiempo. El viaje no es en balde, si retirara el importe en Argentina, la fiscalía se quedaría con casi un sesenta por ciento de las ganancias. Por ello, hace de mula, cargando más billetes de los que debe en la ropa interior y buscando mil formas de burlar a los controles aduaneros. En uno de estos viajes, aprovechando un congreso de literatura en la capital uruguaya, conoce a una chica por la que siente cierta atracción. Lucas sabe que desde hace algún tiempo su mujer mantiene encuentros sexuales con otra persona. Cree que le ha llegado el momento, cree que ha tenido suerte. ¡Menudo desdichado!

La uruguaya es una novela ágil, en sintonía con otras de Pedro Mairal. Destaca por sus diálogos y por el desarrollo de la psicología interna de los personajes con pocas frases, pero muy contundentes. 

En ella sobresalen las relaciones entre narrador y narratario. Todos sabemos que un autor escribe para un lector que existe en la vida real y que es, por lo general, de naturaleza indefinida. Quiero decir, depende de la obra hay unos patrones claros. Por ejemplo, no tiene demasiado sentido apelar al lector usando pronombres masculinos en un libro para embarazadas. Esto no quiere decir que todas las personas que vayan a leer ese libro sean mujeres, pero la lectora ideal del propuesto por el escritor/a lo es. En cualquier caso, lo importante es que en toda obra, sea del índole que sea, hay un autor (o autores) y lectores, ideales y reales. A este esquema simple, habría que sumarle el del narrador y el narratario en las obras de ficción. En La uruguaya el narrador es el propio Lucas, que relata su experiencia en primera persona, pero lo hace con el fin de comunicarse con el narratario (Catalina) para, aparentemente, pedir su perdón.

Hay que dejar en claro dos cosas, puede que Lucas acabe muy mal parado al final de la obra, pero hasta cierto punto no le importa tanto humillarse ante Catalina como humillarla. Los detalles eróticos que le revelaría si el largo texto que escribe llegase a sus manos son verdaderamente hirientes, a pesar de que trate de compensarlo al final diciendo que la quiere. Lucas yerra, se comporta como un iluso y actúa en venganza. Y lo peor de todo, una vez la acción acaba y se sienta a escribir el relato que los lectores estamos leyendo desde el principio, sabemos que su venganza no ha concluido y que aún pretende reclamarla.

Sin embargo, esto es una interpretación. De si la intención de Lucas es entregar su texto a Catalina o no, puede desprenderse otra: la de que Lucas escriba el texto para sí mismo, pero aluda a Catalina en segunda persona como una parte de sí mismo. Ya en la obra se comenta varias veces la cuestión de la bicefalia de las parejas sentimentales. Se comparten hábitos, comidas, películas, amistades, sexo, etc. Hay una negación de la intimidad en un principio que se pierde cuando una de las cabezas trata de recuperarla. Dependiendo de lo que se quiera dejar de compartir esto puede llevar a la hecatombe para la pareja. La escasa madurez puede invitar a la afloración de los celos, como le ocurre a Lucas en su primera venganza. Si las alusiones a Catalina son alusiones a sí mismos, estamos ante un nostálgico como el final de la obra parece indicarnos.

Podría comentar varias cuestiones más, pero este punto ha sido el que más ha llamado mi atención de toda la obra por su ambigüedad. Ya sabéis que pienso que cuanto más ambigua sea una obra más poderosamente literaria me parece. Por lo demás, es una historia entretenida, pero sin momentos sobresalientes.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Pedro Mairal en esta esquina: Una noche con Sabrina Love


martes, 6 de octubre de 2020

Kentukis, de Samanta Schweblin

 


¿Quién no ha querido nunca estar en la piel de un Furby? Vale, sé que no es el bicho más atractivo del mundo, pero reconozcamos que tienen cierto encanto. Como sus padres fílmicos, los Gremlins. Aunque admito, que en lo personal me va más su vena puncarrilla. Pues de esto parece que trata esta "novela" de Samanta Schweblin, de gente que juega a un Furby Simulator, y otra gente que tiene al Furby en su casa. Solo que los Furbys no se llaman Furbys por diversos motivos. Entre ellos, el copyright. Así que a partir de ahora, llamaremos kentukis a los Furbys e intentaremos olvidar el asombroso parecido.

Aquí viene lo verdaderamente interesante. Los kentukis nutren a los usuarios de dos tipos de servicios. Se puede "ser" o "tener", lo que ya representa una división social. El individuo que "es" kentuki, puede a partir de un dispositivo con conexión, manejar a la máquina, esté esta en cualquier lugar del mundo. Acceden a convertirse en mascotas de quienes "tienen" kentukis. Y esto lo hacen las personas por diversas razones, como se va viendo a lo largo de la novela.  Esta conexión no lo deciden los usuarios, sino que es completamente aleatoria. Con esto, Schweblin trata de criticar diversos temas de la sociedad de ahora, para lo que se vale de múltiples historias que tienen a estos kentukis como eje central. Se habla de la sobreexposición de las redes sociales y el afán de sentirnos importantes para los demás, aunque no los conozcamos. Se habla de ese peligro que representa dar detalles de nuestra intimidad a otros, permitiendo así que desconocidos cometan abusos de diferentes formas y nos lleven a la frustración, la infelicidad, la depresión y otros tantos derivados. Se habla también del vouyerismo y de las relaciones de poder. Los kentukis representan una especie de contrato entre dos personas, pero este nunca queda claro. La mayor parte del tiempo son los amos los que tienen el control, pero quien maneja al kentuki conoce detalles de la vida de estos amos y puede, en su furia, utilizarlos en su contra. Se habla también de la especulación de las nuevas tecnologías, puesto que hay un personaje que se dedica a la compraventa de dispositivos. Se habla incluso de liberación animal, pues los kentukis acaban por sustituir a las viejas mascotas. Y también de la adicción a la tecnología. Quienes "son" kentukis invierten una gran cantidad de horas en complacer a sus amos y en deambular por las casas de estos. 

Hasta aquí tenemos muy buenas ideas, pero, aunque me moleste decirlo porque me gusta mucho la narrativa de Schweblin, hay pegas. Para empezar, no termino de ver esta obra como una novela, la verdad. Las historias no comparten personajes ni espacios. Tan solo los kentukis están presentes. Hay, además, pequeños relatos insertos entre historias más largas que desvirtúan la lectura. Si no vas muy avispado, te puede tocar releer ciertas partes para comprender qué está ocurriendo, ya que la acción salta de un lugar a otro cuando no tiene ninguna necesidad. No quiero decir con ello que me parezca una mala obra, pero, sin duda, es lo peor que ha escrito Schweblin con diferencia. De ahí que en mi cabeza no entre cómo este libro ha tenido tanto éxito frente a otros suyos que indudablemente merecen mucho más la pena. La idea es muy original, como digo, pero la ejecución me parece un poco chapucera viniendo de la autora. Al final, ni se trata de una novela, ni de un libro de relatos, sino que es algo intermedio que no termina de cuajar muy bien. Todo ello ignorando que falta la fuerza y la garra de sus libros de relatos previos. Salvo las historias largas, el resto de aventuras de los kentukis es totalmente olvidable.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Samanta Schweblin en esta esquina: El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca, Siete casas vacías


sábado, 14 de julio de 2018

Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal



Sabrina Love es la actriz para adultos más importante de la Argentina del momento y del corazón del joven Daniel de 17 años. Con su propio programa nocturno en una cadena codificada, despliega sus encantos felinos y se pasea semidesnuda por el escenario, danza del jacuzzi a la cama y de la cama al jacuzzi, rodeada de falos y exuberantes mujeres de mirada lasciva. Daniel espera ansioso cada madrugada, con su señal de cable pirateada y el miembro erecto, ignora el cansancio de la agotadora jornada en el frigorífico de pollos donde trabaja y sonríe, mientras las escenas de felaciones y penetraciones que ya ha visto un millar de veces se suceden una y otra vez, para poder verla. Su devoción ha aumentado repentinamente tras la compra del boleto con el cual tiene la pequeña posibilidad de pasar una noche con ella. Cuando gana el concurso, no puede creérselo. Todo parece indicar que perderá la virginidad con la diosa de sus desvelos, aunque para ello tenga que viajar en el corto plazo de dos días y sin un duro en la cartera desde su lejano e inundado pueblucho de provincias a la capital del país.

Comienza aquí una novela de carretera, una novela de viajes que se va conjugando maravillosamente con todo el erotismo de una trama que va mucho más allá del mero relato de la iniciación sexual de un adolescente. Una noche con Sabrina Love nos habla de los primeros contactos sexuales reales entre Daniel y las mujeres, pero también de los sentimentales. Se nos muestra el desengaño de un adolescente frente a su primer coito, pero también una nueva ilusión. Las mujeres no son los seres mitológicos que el entramado pornográfico y las charlas de bar entre cuñados le habían dado a entender. Son reales; sienten, piensan y desean igual que los hombres. Una noche con Sabrina Love es una novela para comprender que el amor nada tiene que ver con la idealización del alma del otro, sino con el contacto ardiente de dos cuerpos en la fugacidad de la noche, con la comprensión y el crecimiento parejo en todos los niveles, con el dolor y la esperanza. Pero sobre todo con el sacrificio.

Daniel pasa una serie de periplos a lo largo de esta Bildungsroman argentina que nos recuerda a las batallas de los arcaicos héroes medievales, que hacían lo que fuera con tal de salvar a su doncella. Los obstáculos no son los mismos, pero el premio tampoco. Las crueldades modernas y la camaradería se enfrentan como fuerzas antagónicas a lo largo del viaje de Daniel, quien se ve obligado también a comportarse en ocasiones como todo un ladino. Le intentan robar unos soldados, le hacen saltar de una balsa con lo puesto, nadie quiere recogerlo por sus pintas. Y al mismo tiempo va labrándose la ayuda de la gente. Unos obreros le dan de comer y lo felicitan por su futuro debut sexual, un viejo y su perro acceden a llevarle hasta Buenos Aires, un par de vaqueros le dan parte de su cena y duermen junto a él para protegerlo de la maldad de los demás. 

Daniel finalmente completa su viaje, pero una vez en la gran ciudad, todo se complica. El mundo del porno puede ser muy oscuro para quienes trabajan en él y no suele tener piedad con la gente de afuera. Nuestro protagonista se queda en la calle bajo la promesa de que Sabrina lo atenderá en un par de noches y aquí, con la novela en punto muerto, comienza otra historia de verdadero descubrimiento. Surgen nuevos personajes con sus preocupaciones propias de las gentes de ciudad y el mundo de Daniel choca y se enriquece. Descubre que la homosexualidad no es nada temible y que él también puede ser objeto de deseo. Una chica muestra su interés por él, algo inaudito hasta el momento. Daniel entra en pánico y luego se muestra valiente. La reunión con Sabrina Love parece dejar de importar. Surge el dilema, el conflicto. Y este es conducido satisfactoriamente por Mairal hasta su final.

Cabe destacar de la prosa del argentino la maestría desplegada en los diálogos y el logrado ritmo de la narración. La lectura se hace ágil y enternecedora. Mairal no necesita parrafadas para describir las emociones y preocupaciones de los personajes. Emplea el "show, don't tell", pero en la medida justa. Y en este caso funciona con la suficiente solvencia como para enganchar al lector y no soltarlo hasta las últimas páginas. La novelita en sí es corta y deja muy buen sabor de boca.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Pedro Mairal en esta esquina: La uruguaya


miércoles, 11 de julio de 2018

Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares



Lo último que esperaba recuperar Félix Ramos de las fauces de un perro recién se levanta una mañana es un extenso portafolio redactado por su viejo amigo Lucio Bordenave, a quien no ve desde hace meses. Los textos no solo aparecen de esta manera tan extraña, sino que además les están expresamente destinados. ¿Qué le habrá ocurrido al pobre Lucho y por qué narices le envía una carta a través de un can? Eso es lo que esta novela de Bioy Casares, redactada con la clásica técnica del manuscrito encontrado, tratará de dar a entender, sin olvidar nunca que la ambigüedad es la clave de la buena literatura y que la pluralidad de interpretaciones suele, en lugar de confundir al lector, enriquecerlo. 

Dormir al sol recurre a una estructura muy similar a la de El sueño de los héroes. En su relato Lucho pretende ser fiel a la realidad y para ello emplea un estilo intimista con expresiones propias y situaciones muy particulares de la región porteña argentina. Nos habla de su día a día y de cómo este cambia tras el encuentro con un siniestro adiestrador alemán de perros. Standle, que así se llama el misterioso tipo, se cuela en la vida que comparte con su histérica mujer (Diana) y su celosa ama de llaves (Ceferina Bordenave). No tarda mucho en conocer los problemas del matrimonio Bordenave y pronto convence a nuestro protagonista de internar a su esposa en una institución para enfermos mentales, acto del cual Lucho no tardará en arrepentirse. A partir de aquí el ambiente se vuelve cada vez más enrarecido. Las decisiones de Lucho empiezan a parecer cada vez más extraídas de toda lógica hasta el punto de padecer toda una crisis de nervios. La retirada de su mujer le lleva a un desequilibrio que el universo parece tratar de mitigar con toda clase de dobleces.

Bioy Casares juega con la simetría de personajes en este relato y no para de presentarle a Lucho toda una gama de sustitutas para su Diana. Entre ellas se incluye la vieja Ceferina, familia del protagonista y que es lo más parecido que tiene a una medre. Ceferina siempre desdeñó a la señora enamorada de su hijo adoptivo y no pudo contener su alegría cuando al fin la ingresaron, pues pensaba que ya tendría al joven Lucho solo para él. Se equivocaba, por supuesto. Mientras el protagonista trata de enmendar su error y sacar del manicomio a su esposa, una nueva inquilina se muda sin ningún tipo de pudor a su casa. Es Adriana María, quien, con un enorme parecido físico trata de arrebatarle el marido a su inestable hermana mediante toda clase de insinuaciones. Parece que la única sustituta aceptable podría ser una perrita que Lucho adquiere para no sentirse tan solo y que, por azares del destino, lleva el nombre de su esposa, pero resulta que la de carne y hueso regresa tras una larga ausencia a casa y Bordenave cree comprender entonces lo irremplazable del amor. Diana ha vuelto, en efecto, pero ya no es la misma. Algo dentro de ella ha cambiado. Todos sus caprichosos defectos han desaparecido, convirtiéndola en otra doble de su imagen. Esta Diana cubierta por un halo de bondad, por un aura de donna angelicata, no termina de hacer feliz a un Lucho, eternamente arrepentido, que extraña los males de su señora y que emprenderá toda una lucha para conseguir que se los devuelvan. El pobre ignora que la pesadilla iniciada con la llegada de Standle a sus vidas está lejos de acabar.

Toda esta serie de sucesos cotidianos nos van dejando pistas del fantástico final, donde un giro inesperado cambia completamente el subgénero de la novela. La presencia constante de los perros y de las mujeres que aman a Bordenave constituyen herramientas sólidas con las que Bioy puede encarrilar la narración hacia el punto mágico sin resultar forzado. Al igual que en El sueño de los héroes, el lector espera un suceso extraordinario, pero no es capaz de intuir con precisión cuál. El motivo del título se desvela casi al final del relato y sirve de resorte para entender el "todo" en su conjunto. Coloco este "todo" entre comillas porque las opciones en Dormir al sol parecen varias. Al tiempo que se van introduciendo claves que avalen una interpretación desde el género fantástico o desde la ciencia ficción de la historia de Bordenave, también se van pincelando detalles que nos hacen sospechar de la poca solidez emocional del protagonista. Esta ambigüedad aparecía también en La invención de Morel y creo que le da a la novela un toque muy especial.  El uso de manicomios y de personajes supuestamente enloquecidos me trae a la mente toda una caterva de obras excepcionales. Pienso sobre todo en El alienista de Machado de Assis, pero también en El hospital de la transfiguración de S. Lem. En estas tres obras aparece el manido tema del mundo patológico y de la locura de internarlo dentro de sí mismo. Los médicos en ambos no parecen para nada de fiar, pues se preocupan más por sus investigaciones que por la ética profesional y el buen trato para con sus pacientes. Esto le daba un cierto aire de novela de terror a El hospital de la transfiguración, que se repite por momentos en Dormir al sol, sobre todo en esos tramos finales, donde la sensación de claustrofobia se intensifica. Por otro lado, el ocultamiento del misterio de lo ocurrido a Diana durante su estancia recoge tintes de gestión de intriga muy propios del thriller y de la novela negra. El tratamiento me recordó mucho al Leo Perutz de El maestro del Juicio Final. No por nada, Bioy lo había editado junto con Borges unos cuantos añitos antes de la aparición de esta obra.

En definitiva, otra originalísima historia de Bioy Casares que me empuja a seguir disfrutando de su legado como autor. Bioy siempre ha aparecido bajo la sombra de Borges, pero, como ya he dicho en otras ocasiones, no es para nada un escritor de segunda. Tanto lo que cuenta como cómo lo cuenta sigue mereciendo con creces la pena. Me animé con Dormir bajo el sol gracias a una interesante reseña de El lector estepario. Además de esta podéis encontrar otras reseñas y análisis de la obra muy en condiciones en Demasiado que leer y Viajar leyendo.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: La invención de Morel, El sueño de los héroes,  

sábado, 19 de mayo de 2018

Siete casas vacías, de Samanta Schweblin




Con Siete casas vacías, Samanta Schweblin obtuvo el premio de narrativa breve Ribera del Duero. Esta edición incorpora, además, el cuento "Un hombre sin suerte", laureado con el premio Juan Rulfo, el francés, que no el caribeño de nombre similar. No soy un fanático de los galardones literarios y suelo ponerlos casi siempre en duda, ya que no son pocas las ocasiones en las que no se recompensa lo mejor, sino lo que más probabilidades tiene de hacerse un hueco en el mercado. Sin embargo, tengo predilección por los relatos de esta autora argentina, como ya habrán podido comprobar quienes sigan las publicaciones de la esquina. Schweblin suele desplegar un lenguaje metafórico en el que encierra a unos personajes sufrientes y descolocados, en unas ocasiones con una tendencia a narraciones más realistas y en otras con elementos neofantásticos propios del cuento argentino y al amparo de la larga sombra de Jorge Luis Borges y sus seguidores, como es ya tradición en su país. Schweblin nos enfrenta a situaciones de la vida con una perspectiva única, cargada de originalidad y conciencia crítica. Los motores que mueven a sus personajes son puramente emocionales. Recurre a la culpa, al miedo, a la nostalgia, a la melancolía, pero también al amor y al deseo. Todo este abanico sentimental se matiza con puntilladas de intereses de los personajes más secundarios, que normalmente no padecen, solo se preocupan de conseguir más y más. 

En Siete casas vacías se da un vuelco en este punto. En los siete relatos de este volumen la autora se desentiende de los elementos neofantásticos y hasta surrealistas que había empleado anteriormente y se centra en dar una visión subjetiva de unos hechos desligados de lo simbólico y perfectamente verosímiles y posibles, aunque por ello algunos de los cuales no dejarán de ser algo exagerados. En la reseña de Pájaros en la boca comenté que quizás el mejor cuento que no había aparecido antes era posiblemente el que daba nombre al libro. Este se caracterizaba por emplear una visión muy mordaz y exagerada, aunque realista, del dolor de una niña en el seno de una familia resquebrajada y del miedo que experimentaba su madre al ver como su niñita cometía actos enfermizos. Todos y cada uno de los relatos de Siete casas vacías retoman estos ambientes, familiares a la par que incómodos, y juegan a realizar diversas variaciones para sacar a la luz problemas de un nivel en extremo doloroso y desesperanzador.

Los dos primeros, "Nada de todo esto" y "Mis padres y mis hijos", se centran en el dolor derivado de la locura de los padres quienes son totalmente incapaces, no ya de cuidar a sus hijos, sino directamente de cuidarse a ellos mismos. Ambos están tintados con un toque de humor agridulce, que ya había visto en otros cuentos de la autora muy valiosos. La descripción de las acciones disparatadas de los personajes "locos" viene seguida de las reacciones de los personajes "cuerdos", que acaban desquiciados sin saber muy bien cómo resolver una serie de problemas presentados de improviso y para los que no están preparados.

Los dos siguientes, "Pasa siempre en esta casa" y "La respiración cavernaria", abordan también la locura de los padres, pero, a diferencia de los anteriores, dan un motivo de peso: la muerte de un hijo. La sensación de vacío ya no es en presencia de todos los miembros familiares como en los dos primeros relatos, sino por ausencia inevitable de uno de estos. La nostalgia por la pérdida del ser querido será el motor principal de las acciones de los personajes afectados, cuyo dolor aumentará ante la sensación de estancamiento frente al avance "como si no hubiera pasado nada" de los demás (representados en ambos casos por el universo de los vecinos). Hay que señalar que "La respiración cavernaria" es el relato más extenso de todos y posiblemente más pulido, integrando en él prácticamente todas las ideas del volumen. Por ello, es también mi favorito aquí.

Los tres que culminan el libro se separan ligeramente del ambiente claustrofóbico de las casas en las que Schweblin nos había encerrado y nos presenta nuevos y curiosos problemas. En "Cuarenta centímetros cuadrados" se produce una relación amor-odio entre una suegra y su nuera, quien sale a comprarle pastillas de noche en un barrio que no conoce y es acorralada ante su desconcierto por un vagabundo. En este relato está vivo el tema de la inmigración y de cómo el dejar atrás algo en un momento dado volverá contra uno en el futuro. Por otro lado, "Un hombre sin suerte" (de lo mejorcito también del volumen) habla de la buena voluntad desentendida del contexto social y cómo buenas acciones pueden ser malinterpretadas y castigadas por su aparente relación con ideas de lo más perversas. La originalidad y la incomodidad que se desprende tanto de este relato como del siguiente, por no decir de todo el libro, es abrumadora. Aquí la mente del lector puede ser un arma traicionera y Schweblin lo sabe y lo aprovecha en su favor. "Un hombre sin suerte" deja la misma sensación que "Mis padres y mis hijos", nos prepara para una situación desagradable y esta parece no llegar, parece quedarse en la puerta, asomada, expectante. Con "Salir", la autora completa sus Siete casas vacías. Aquí se llega a un punto de máxima claustrofobia y se produce una situación un tanto extraña, que me ha costado mucho interpretar, aunque básicamente trata de una huida de la vida cotidiana y de alguien en concreto (posiblemente un marido maltratador) de cualquier manera, pero con el doble miedo de dar un paso en la dirección que sea. La necesidad de salir de casa se materializa en su imposibilidad, en su deseo frustrado y triste, infeliz y hasta cierto punto cómico.

En la blogosfera podéis encontrar reseñas para todos los gustos. Con la que más empatizo es con la de La orilla de las letras (al grano y con las palabras necesarias) , pero otras muy recomendables también podrían ser las de Mégara (esta está un poco sobredimensionada, por si os quedáis con ganas), Lo que leo lo cuento (emotiva y que señala puntos que ni se me habían pasado por la cabeza) y C de Cyberdark (porque no todo son comics y ciencia ficción en esta vida). Valoro positivamente la madurez alcanzada por la autora en estos cuentos más recientes, que he disfrutado como un enano, y os los recomiendo encarecidamente. Lo siguiente que leeré suyo será la novela Distancia de rescate. Este verano, sin falta.

Reseñas de otras obras de Samanta Schweblin en esta esquina: El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca, Kentukis
 

domingo, 28 de enero de 2018

Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin



Pájaros en la boca es el segundo libro de cuentos de Samanta Schweblin. En él se incorporan nuevas historias escritas expresamente para este volumen y se incluyen otras que ya habíamos podido disfrutar en El núcleo del disturbio. Como siempre, os doy la lista completa y me dedico a comentar brevemente aquellas que no había leído antes, así como a daros una idea del conjunto total y una valoración en función del particular estilo de la autora y el contenido tratado.

Las nuevas por conocer (o de los que vamos a hablar):
  • Irman
  • En la estepa
  • Pájaros en la boca
  • Perdiendo velocidad
  • Cabezas contra el asfalto
  • El cavador
  • La furia de las pestes
  • La medida de las cosas
  • Conservas
  • Mi hermano Walter
  • Papá Noel duerme en casa
  • Bajo tierra 

Las viejas conocidas (de los que ya hablamos aquí):
  • Mujeres desesperadas
  • Hacia la alegre civilización
  • Sueño de revolución (antes titulado "La pegajosa baba de un sueño de revolución")
  • Matar a un perro
  • La verdad acerca del futuro
  • La pesada valija de Benavides

De entre lo nuevo, los más destacados son En la estepa, Pájaros en la boca, Cabezas contra el asfalto, El cavador, Bajo tierra Conservas. Los otros están un poco para rellenar y oscilan entre lo decente y lo pasable, con alguno como Perdiendo velocidad, que diría que es incluso innecesario. 

En la estepa un matrimonio sale a cazar en sus ratos libres. No buscan patos o conejos, sino "eso". Funciona excelentemente como la metáfora de la búsqueda de un hijo y la desesperación de no poder tenerlo. Que nunca se explicite en el relato es un componente maravilloso, ya que le permite al lector elucubrar posibles tesoros a los que puede aspirar una joven pareja y que no tienen por qué acabar siendo un ente tan concreto. Si no es un hijo lo que buscan, entonces: ¿buscan el amor? ¿La estabilidad? ¿La felicidad? ¿Una razón para pervivir en el mundo? Uno de los más relatos que más obligan a pensar al lector..

Pájaros en la boca es la historia que le da nombre al conjunto y que, aunque a un nivel por debajo de los que ya venían de El núcleo del disturbio, funciona con solidez. Tiene un componente escalofriante, que era propio de Schweblin, pero que en este relato en concreto va a profundizarse mucho. Sara es la hija de Martín, a quien no ve desde hace meses, porque su exmujer, Silvia, se quedó con la custodia de la menor. Sara ha dejado de ingerir lo que podríamos llamar comida normal y ahora sólo se alimenta de pájaros vivos. Silvia, incapaz de dormir, después de ver la sonrisa de su hija pintada de sangre y plumas, la deja a cargo de un Martín, que lejos de escandalizarse, decide mantener el bizarro secreto de las preferencias culinarias de la pequeña, pensando con alegría que más difícil de disimular es un embarazo.

Cabezas contra el asfalto cuenta también con un escenario enrarecido y lleno de sátira. En el cuento, un artista nos habla de cómo se hizo famoso pintando rostros estampados contra la calzada. En su encierro propio de un ermitaño budista del Tíbet recibe la visita de un dentista coreano que acuerda realizarle una serie de empastes a cambio de un cuadro, de un diente gigante. Sin embargo, el pintor no entiende el matiz del contenido y dibuja la cabeza de su nuevo amigo destrozándose en el suelo. Esto dará lugar a numerosos problemas que nos permitirán reflexionar sobre la comunicación humana, los límites del arte, la multiculturalidad y el racismo por ignorancia del hombre blanco sobre otras etnias.

El cavador es un relato onírico lleno de originalidad. Un hombre alquila una casa para pasar sus vacaciones y allí se encuentra con otro que estaba cavando un pozo desde hace mucho tiempo por algún motivo que él desconoce. No sabemos qué hay en el pozo ni porqué el cavador insiste tanto en él, pero sabemos que la labor le está destinada a su persona en exclusiva y que parece una suerte de castigo. Una metáfora brillante sobre las relaciones de dominación/sumisión que rigen el sistema de clases actual, donde unos trabajan convencidos de su obligación mientras otros disfrutan y se aprovechan de sus logros.

Bajo tierra es otro cuento con tintes de la narrativa de terror. Un viajero se detiene en la carretera y escucha el relato de un viejo sobre extraños sucesos que habrían ocurrido en la región hace no demasiado tiempo. El giro final es desconcertante y, aunque hasta cierto punto sea predecible, la escena está narrada con una prosa singular, precisa y llena de simbolismo que a mí, al menos, me ha convencido.

Conservas nos habla de los peligros del Carpe Diem! y de sus límites. Es un relato a caballo entre lo neofantástico y la narración de ciencia ficción. Una mujer embarazada comienza a seguir un dudoso método llamado la "respiración consciente" que permite que el feto de su bebé se reduzca y pueda ser expulsado antes de desarrollarse por completo, pero manteniendo todas las esperanzas de vida. El objetivo: recuperar su delgada figura anterior a la concepción de la pequeña alma. Cuenta con imágenes muy poderosas que lo vuelven una historia que destaca entre las demás.

Mi hermano Walter y La medida de las cosas van un poco a la zaga de estos cinco relatos, pero no por ello dejan de ser muy recomendables. Papá Noel duerme en casa casi no parece un relato de Schweblin, sino más bien de Patricio Pron, por ese realismo sucio y exagerado que emplea, pero es igualmente descorazonador. La furia de las pestes, Irman y Perdiendo velocidad me han resultado muy flojos en comparación con los demás y no entiendo demasiado bien qué pintan aquí, es decir, no comprendo qué aportan a una antología que creo que funcionaría mucho mejor sin ellos. Lo más reprochable es que los mejores textos ya habían aparecido en un volumen anterior y que sin ellos los nuevos, salvo las excepciones que he destacado, se sienten algo -o mucho- por debajo. Aunque ya sabéis que para gustos, tenemos los colores.  En cualquier caso, es siempre un placer leer a Schweblin. Os dejo más reseñas de Pájaros en la boca en Desde la ciudad sin cines y Un libro al día

Reseñas de otras obras de Schweblin en esta esquina: Kentukis Siete casas vacías, El núcleo del disturbio




miércoles, 10 de enero de 2018

El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares




Emilio Gauna es obrero en un taller de Buenos Aires a finales de los años 1920s que sobrevive como buenamente puede compartiendo cuarto con su mejor amigo Larsen y que es aficionado al fútbol, al mate y a las carreras de caballos. Siente especial predilección por el juego y, gracias a la recomendación de su peluquero, apuesta por el equino ganador, con lo que se agencia más de mil pesos de golpe. Como no sabe en qué invertirlos e impulsado por su buen corazón invita a sus amigos del barrio, una panda de maleantes dirigidos por un viejo doctor apellidado Valerga, a pasar juntos las tres noches más alocadas de sus vidas en el carnaval de la capital de 1927. Tanto es lo que bebe Gauna que se despierta tirado en medio en medio de un bosque junto a un mudo y su hermano, sin recordar cómo llegó allí. Sin embargo, una imagen persiste en su cabeza, la de una mujer cubierta con una máscara en el lujoso pub de copas Armanville, de las afueras de la ciudad.

A partir de este punto comienza una historia de cotidianeidad, que Bioy prolonga la mayor parte de la novela. Gauna visita a un brujo porque sabe que algo importante ocurrió aquella noche, aunque no tenga claro el qué. El vidente le recomienda que trate de olvidarse del todo de ese asunto, pues su vida podría correr peligro si no lo hiciera. Entonces Gauna se resigna e intenta volver a la rutina de siempre. Se enamora, se casa, tiene toda suerte de proyectos y parece feliz, pero la duda acerca de lo que ocurrió verdaderamente en esas tres noches de 1927 vuelve a presentarse años después con una fuerza atroz.

Tengo que decir que El sueño de los héroes es una novela bastante diferente de lo que esperaba tras haber leído La invención de Morel. Se presenta a sí misma como una obra fantástica, pero este elemento se concentra en muy pocos puntos de la narración, que, por lo general, goza de un realismo muy bien construído. Con Gauna uno paseará por los lugares más deprimidos de los Buenos Aires de finales de los 1920s en una novela con unos tintes argentinos muy marcados. Los personajes toman mate, vosean, recitan tangos de memoria, se vuelven locos por el fútbol, apuestan a las carreras de caballos, salen a emborracharse por noches en el carnaval, etc. Esto puede llamarle la atención a lectores que como yo no hemos pisado nunca Argentina, aunque me imagino que buena parte de los de allá estarán un poco hartos de personajes tan estereotipados. 

Lo cierto es que los personajes se sienten muy encerrados en sus roles sociales y salvo alguno que otro como Larsen, la mayoría cuentan con una profundidad relativa y con unas actuaciones algo predecibles. Gauna es un personaje que no comprende cómo debe actuar, pero que se deja guiar con la idea de "cómo tienen que ser los hombres"; demostrará a toda costa que él no es ningún cobarde. Es triste, porque él mismo sabe que los actos que tiene son muy reprochables y que el doctor Valerga y sus compinches son unos sinvergüenzas que sólo quieren aprovecharse de su dinero, pero aún así siente una necesidad tan grande de mostrarse ante ellos como el "macho" que raya en lo patético. No obstante, Gauna tiene un buen corazón y eso le lleva a conquistar a Clara, la hija del brujo, que a mi juicio es uno de los personajes mejor construidos y que más juego dan. Clara se pasea en otro conjunto social que Gauna desconoce: el marginal mundo del arte dramático de la época. Sus amigos son intelectuales con pocos recursos donde Gauna no encaja en absoluto. El grupo de Clara es utilizado por Bioy para criticar la pésima situación de la mayoría de teatros de la Argentina del primer tercio del siglo XX, muy influido por las ideas modernistas que llegaban tardíamente de la Europa Continental. Clara es un personaje ambiguo e ingenioso y, por supuesto, la mente pensante del matrimonio Gauna. Sabe que todo lo que profetiza su padre es cierto y que Emilio no debe instigar en el pasado de aquellas tres noches. Sin embargo, me ha faltado en ella una chispa de rebeldía con una pareja tan cargada de celos como es el operario, poderosamente posesivo e irresponsable.

A pesar de esto, la construcción final y el ritmo creciente de la novela en su último tercio le dan una fuerza estética apabullante. Se genera una intriga insospechada para el lector que hacía un par de días había comenzado el libro en un abanico de confunsión y, al igual que en La invención de Morel obtenemos un final más que satisfactorio y que nos deja con más preguntas que respuestas. Bioy consigue que uno llegue a sentir verdadera preocupación por el destino de Gauna y por desentrañar el misterio que busca con tanto ahínco. Y esto es un logro fundamental para que una novela como El sueño de los héroes siga funcionando a día de hoy.

Por su temática la historia me ha recordado en gran medida a Cuando quiero llorar no lloro, aunque la prosa de Bioy es más sobria y precisa que la de Otero Silva, que destaca por su léxico florido e irónico.  También recuerda a un cuento como El sur de Borges, aunque con una trama mucho más enrevesada, callejera y distanciada en el espacio. Como novela podría decir que es recomendable, aunque los que más disfrutarán de ella serán los argentinófilos y los amantes de los finales sorprendentes que sepan tener paciencia a la hora de leer. Para cualquiera de estos dos, es una novela imprescindible.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: Dormir al sol, La invención de Morel,


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Nosotros caminamos en sueños, de Patricio Pron




Un extraño grupo de soldados van a luchar a una guerra que no entienden en unas islas cuya ubicación geográfica desconocen frente a unos enemigos que ignoran para la gloria de una patria que les trae sin cuidado. Más tarde se nos aclara que son ingleses y que están en las Malvinas jugando a la guerra, aunque esta especificación tanto a Pron como a sus lectores debería darnos un poco lo mismo. La brigada está compuesta por nuestro narrador (un soldado más), el tiránico sargento Clemente S (al que le gusta amenazar con fusilar a todo el que le pise), el cínico intendente Morin (que solo mira por su bolsillo), los soldados O'Brien (incapaz de acatar una orden sin que se la justifiquen, porque lo que busca en la guerra es vengar la muerte de su padre y quien gane le da igual), Sorgenfrei (que cree que no le disparan a él porque algo así no tendría sentido), Moreira (que tiene la complicada misión de proteger al kamikaze de Sorgenfrei, ya que así se lo habría prometido a su esposa), el Capitán Mayor (que se dedica a degradar a todo el que le cae mal por ningún motivo aparente), el Capitán Principal (que se dedica a lamerle el culo al capitán anterior, aunque le sale el tiro por la culata la mayor parte de las veces) y así hasta completar un alucinado abanico de sujetos variopintos que a modo de parodia simbolizan la absurdez de la guerra y que esta está llevada a cabo y continuada por los más imbéciles y los menos empáticos seres humanos que caminan sobre la faz de la Tierra. Lo curioso es que está visión tan exagerada de los personajes es de dudosa credibilidad, ya que el narrador sufre un tiro en la cabeza y tras la extirpación de parte de su cerebro por un doctor (el doctor Doctor) que parece no tener licencia, ni anestesia, ni camillas, ni preocupación por la higiene, se queda bastante grillado.

La novela trata un tema muy polémico y muestra una visión muy tajante del mismo: la guerra como espacio de mercantilización donde las vidas de los soldados y los civiles no importan si con sus sacrificios unos pocos interesados que ostentan el poder pueden lucrarse económicamente. De ahí se entiende que el intendente Morin prostituya a menores para robarles los salarios a los soldados o que se vendan los combates como espactáculos donde pueden venir civiles sonrientes desde países remotos como Japón a pasar las vacaciones de verano echando fotos en primera línea. Morin lo deja claro en alguna ocasión: "esto no es el ejército, esto es una empresa capitalista de guerra", a lo que el narrador sólo podrá protestar y desde la impotencia afirmar lo inegable, que todo lo que ven y todo lo que pisan es una puta mierda. Encerrados en una trampa, en una mentira voraz, en una traición majestuosa, nadie tendrá la posibilidad de escapar de su triste y paradójico destino.

Nosotros caminamos en sueños es una novela bélica de Patricio Pron en clave de humor que constituye una reformulación de una historia anterior que él había titulado como la sabia reflexión de su narrador: Una puta mierda. Más allá de la calidad literaria creo que es bastante obvio que un libro que se llama Una puta mierda no hace un buen marketing de sí mismo. Mucho más hermoso y puede que hasta cursi se siente el moderno título de esta versión mejorada, según el autor, aunque no definitiva de la misma historia. De Pron había leído hace un par de años La vida interior de las plantas de interior y me quedé conquistado por esa facilidad para la frase larga y esa gestión de la ironía tan fluída que podría apreciar en aquellos relatos. A día de hoy lo sigo teniendo como libro de cabecera y de vez en cuando releo algunas de las historias que más me habían entusiasmado, entre las que destacaría Algo de nosotros quiere ser salvado y Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas. ¡Auténticas maravillas! Así que desde ese día siempre he querido volver a leer algo de Pron, aunque por unas cuestiones u otras nunca había podido. Con este Nosotros caminamos en sueños me desquito una espinita clavada, pero también me llevo un tremendo desencanto, porque su mensaje es muy necesario y como novela está entretenida, pero hasta cierto punto. El humor es muy repetitivo y por simplón acaba cansando demasiado pronto. Yo al menos me he quedado con la sensación de haber leído el mismo chiste en 120 páginas. Cincuenta o sesenta podrían haber tenido un pase, pero lo demás sobraba y mucho. Y al final remonta algo, aunque no lo suficiente como para dejarme un buen sabor de boca. Tenéis otra reseña en Culturamas, donde comparan al libro con auténticas obras maestras y alaban a Pron como si fuera el sucesor de Coetzee o Buzzati. Hay gente para todo.




martes, 5 de septiembre de 2017

La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares



La invención de Morel es, probablemente, la novela más conocida de Adolfo Bioy Casares y no por nada constituye un hito dentro de la narrativa neofantástica y de ciencia ficción. La originalidad de su premisa es tal que comunicarla aquí sería como darle una patada en la boca a aquel que no la ha leído y quiere leerla, o va a querer leerla tras esta reseña, por lo que hablaremos de la novela esquivando el tema todo lo posible.

La invención de Morel cuenta a modo de diario de un fugitivo cómo éste se refugia en una isla aparentemente desierta. Allí se encuentra con varios edificios y con un conjunto de personajes que se comportan de una manera un tanto peculiar. Entre los habitantes de esta isla hay una bella mujer que todas las tardes se sienta en el mismo recodo de la playa a contemplar melancólicamente el subir y bajar de las mareas. Nuestro prófugo cae profundamente enamorado, sirviéndole este amor de escusa para evitar el suicidio que ya tenía asumido como necesario en su condición, pero ocurre un problema con la mujer y es que ésta parece no sólo ignorarlo, sino ni siquiera verlo.

Bioy Casares mezcla elementos de diferentes tradiciones narrativas (la neofantástica, la sentimental, la policíaca y la de sci-fi) en una original reelaboración del mito de Pigmalión y Dorotea que nos plantea una multitud de preguntas metafísicas que podemos enumerar hasta que nos reviente la cabeza de tanto darle vueltas: dónde se encuentra el alma y qué es el cuerpo, cómo puede el hombre llegar a la eternidad, es étíco querer llegar a dicha eternidad, se puede tener conciencia de la estancia en el Paraíso, puede crearse este Paraíso de forma artificial o el Paraíso es y siempre ha sido artificial, el amor es una unión de almas en la que se puede prescindir del cuerpo o el cuerpo debe ser un mediador necesariamente, etc. 

Estas preguntas unidas al uso de una buena prosa donde la intriga ha sido gestionada con cabeza para colocar increíbles giros de guión que dejen al lector en su asiento hacen que La invención de Morel merezca la pena y mucho. El personaje y la historia gozan además de la compleja ambigüedad de un laberinto en el que el protagonista -el fugitivo- no sabe bien si lo que ven sus ojos es la realidad, si la fiebre y el aislamiento le hacen ver cosas que no son o que si las ve es por qué quizás esté muerto y la isla no es más que un purgatorio en el que se le intenta poner a prueba. La originalidad del tema para su época (final de la década de los 1930s), pero aún vigente, le da un toque único al trabajo de Bioy Casares, quien al mismo tiempo no parte sino de la pregunta maestra de la ciencia ficción: adónde nos lleva la tecnología. ¿Si nos lleva a una posición buena debemos amarla y si hace lo contrario debemos temerla? ¿Tenemos el derecho a frenarla si la consideramos peligrosa? ¿Puede haber un doble filo tecnológico? ¿Es necesario su uso responsable? ¿Qué será de nosotros si el poder de la tecnología nos engulle, si nos atrapa y nos desprende de nuestras almas? Sólo nos queda esperar, tener conciencia y realizar las mediciones correctamente. 

Tenéis más reseñas de La invención de Morel en Un libro al día, El paseo de los Flamboyanes y Crónicas literarias.

Más reseñas de obras de Adolfo Bioy Casares en esta esquina: El sueño de los héroes, Dormir al sol



viernes, 18 de agosto de 2017

El núcleo del disturbio, de Samanta Schweblin






El núcleo del disturbio es el primer libro de cuentos de la argentina Samanta Schweblin. Al igual que muchos otros de su país, Schweblin es una excelente cuentista de lo neofantástico y goza de una gran fluidez en la expresión, así como de un fuerte y marcado carácter simbólico en los temas que trata. El núcleo del disturbio está compuesto por doce cuentos titulados:


  • Hacia la alegre civilización de la capital
  • Matar a un perro
  • Mujeres desesperadas
  • Adaliana
  • La pegajosa baba de un sueño de revolución
  • El destinatario
  • Agujeros negros
  • Mismo lugar
  • El momento
  • La verdad acerca del futuro
  • Más ratas que gatos
  • La pesada valija de Benavides



Cada uno se centra a su manera en explicar metafórica y literariamente qué es lo que da origen a los problemas, entendiéndolos en su faceta más general y humana. Comentaremos brevemente cada uno de ellos, centrándonos especialmente en su dimensión temática. 


Hacia la alegre civilización de la capital es un relato kafkiano sobre la familia y la independencia donde se habla sobre el miedo a dejar el nido y adentrarse en lo desconocido, contemplando al mismo tiempo el tedio de continuar en dicho nido y la coartación de la libertad que permanecer en la cuna implica. Schweblin nos pincela relaciones amor-odio con las figuras paternas y nos explica un posible origen del sentimiento de nostalgia. Al mismo tiempo se trabaja la complejidad de la dicotomía campo/ciudad.


Por su parte, Matar a un perro trata sobre la inhumanidad del acto de matar a un perro. En él el narrador va a someterse a una prueba de una mafia para poder ingresar en ella. Deberá matar a un perro, pero lo que puede parecer una tarea sencilla en teoría acaba resultando más complicado de lo que uno espera.


Si Matar a un perro es un relato más o menos realista, con Mujeres desesperadas vuelve la Schweblin onírica, kafkiana y mágica. En este relato se habla sobre el dolor de las mujeres al ser tratadas como objetos de usar y tirar por parte de los hombres. Es una clara denuncia a una sociedad patriarcal donde las mujeres parecen valer sólo si tienen a un hombre que las proteja. Mientras que entre hombres hay una clara camaradería, entre mujeres, el dolor provocado por el juego patriarcal las lleva a luchar por crear una nueva jerarquía entre ellas. Pronto, las mujeres descubrirán que la única forma de escapar de la situación es no aceptar el juego y actuar unidas.


Adaliana es otro relato contra la violencia machista en el que se muestra a las mujeres como víctimas y cómplices del patriarcado. Escudero tiene a su servicio a un edificio lleno de mujeres a las que violará hasta que alguna de ellas se quede embarazada. Adaliana deberá sentir con dolor como en ella germina esta semilla de la violencia.


La pegajosa baba de un sueño de revolución trata sobre la lucha por la libertad o por una ampliación de la libertad de un mismo. Se nos muestra como en un bar se produce diariamente una pelea cuando van a dar la hora del cierre. La lucha por la ampliación de la libertad se vuelve adictiva y lejos de darnos lo que tanto ansiamos parece sólo servir para extender el conflicto.


El destinatario es, por otro lado, un relato alegórico sobre un viaje sin retorno en el que un simple y extraño encargo se convierte en una trampa.


 Con Agujeros negros nos llega la pregunta de dónde nos ubicamos cada uno en esta sociedad posmoderna. Es uno de los relatos más enigmáticos. Una tríada de personajes se teletransporta porque sí a lugares en los que ya han estado. Estas teletransportaciones repentinas se tratan como una enfermedad, porque hasta cierto punto son incómodas y molestas y no nos permiten avanzar.


Mismo lugar es un extraño relato pesadillesco en el que el narrador revive una y otra vez las pérdidas de su hija y su amante, así como el error en lo que parece ser una importante misión de espionaje. Escoja la opción que escoja no puede evitar la asfixia. Tanto este relato como el anterior recuerdan mucho al Virgilio Piñera de Cuentos fríos


El momento es un lugar que le recomienda su médico a Ernesto para desestresarse. Este es dirigido por Dios, un tío por lo demás bastante humano. El Momento es una especie de atracción turística que sirve de símbolo para ese milagro de “te ibas a morir pero no”, que Dios utiliza para vender souvenirs, pero también para que las personas se traten mejor entre sí. El Momento es mantenido de noche por Boris Vian y de día por Jean Paul Sartre. Ya os podéis imaginar las altas dosis de humor que tiene esto. En mi opinión, es junto con el último relato el mejor elaborado de la recopilación. 


La verdad acerca del futuro trata sobre lo difícil que es dejar el pasado atrás y avanzar en medio de la incertidumbre. También trata de la complejidad de las relaciones humanas, que son movidas por el interés, el temor, el dolor y el amor.


En Más ratas que gatos se nos habla de cómo los conflictos nacen en el momento en que las personas creen que hacen lo correcto y chocan. Schweblin nos sitúa primero en un pasteloso escenario de bondad para luego mostrarnos la chispa que desencadena la catástrofe que nos lleva a la pregunta final: ¿mereció la pena? 


El último de los cuentos es La pesada valija de Benavides. Se construye como una crítica a la normalización de la violencia de género y a las ideas patriarcales que mal cimientan la industria cultural contemporánea. La mujer de Benavides es tratada como objeto por los personajes centrales masculinos. Mientras que Benavides le da un valor de uso (afectivo), Corrales y Donorio le dan valor de cambio (abuso económico). La economía, escusada en la estética rompe con la intimidad de la muerte de la mujer de Benavides. Por otro lado, se trata el tema de la culpa en Benavides, que quiere aliviar ese peso con la ayuda del doctor Corrales. Sin embargo, ésta abusa de confianza y contribuye a situarlo en el núcleo del disturbio. Este es uno de los mejores relatos del libro –en mi humilde opinión- y me ha recordado muchísimo tanto a Virgilio Piñera en su estilo como al Barbazul de Max Frisch.

En definitiva, El núcleo del disturbio, ya sea por los interesantes temas que trata o por la minuciosa forma en la que las historias están escritas, constituye un más que recomendable libro de cuentos. 

Reseñas de otras obras de Samanta Schweblin en esta esquina: Pájaros en la boca, Siete casas vacías, Kentukis