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martes, 16 de marzo de 2021

Niebla, de Miguel de Unamuno

 


Niebla constituye uno de los mejores textos sobre la humanidad jamás escrito por Miguel de Unamuno. En ella asistimos al camino hacia la desesperación de un hombre cualquiera, Augusto Pérez, que se enamora caprichosamente de una mujer que no le corresponde, tratando de forzarla para que abandone a su pareja, un gandul de cuidado, a cambio de una supuesta vida llena de lujos a su lado. Al ser rechazado repetidas veces, Augusto busca un segundo plato en otra moza planchadora de ropa, que se enamora de él y blablablá. Sí, blablablá. Porque la obra es en su mayor parte una novela sentimental llena de clichés y de personajes sin profundidad ni sustancia, aunque con el aura tan extraña y característica de las novelas de Unamuno. Se trata de una pieza de escasa acción, lo que es defendido por el propio Unamuno cuando interviene en la misma, que queda vertida casi al completo en densos monólogos e inverosímiles diálogos, que buscan específicamente la artificiosidad.

Todos los personajes de Niebla no son más que peones de una partida de ajedrez que se deslizan por el tablero devorándose los unos a los otros, hasta que Augusto incapaz de devorar o ser devorado es aconsejado por su amigo Víctor, una suerte de escritor y alter ego de Unamuno en la obra, para que se devore a sí mismo. Quien le introduce esta idea en la cabeza no es más que el propio Unamuno, que como su escritor tiene capacidad para hacer y deshacer el sino de su personaje. Siendo el promotor de su desgracia, Niebla tiene la curiosa particularidad de hacer coincidir en una misma persona al antagonista y al escritor, o mejor dicho, al personaje que hace de escritor en la obra y que Unamuno trata de hacer lo más fiel a su persona. 

No es la primera vez que un escritor se presenta a sí mismo en una narración. De hecho, no es infrecuente en los novelistas de la Generación del 98. Tanto Azorín en La voluntad como el propio Unamuno en Amor y pedagogía ya habían hecho que trasuntos de ellos mismos interactuaran con los protagonistas de sus novelas. De hecho, en Niebla dicha interacción, que se producirá en los momentos finales de la obra, queda anunciada de diferentes formas y con cierta sutileza por el propio Unamuno a través de personajes que aparecen (como Avito Carrascal, protagonista de Amor y pedagogía) o de palabras puestas en determinados diálogos, especialmente aquellos en los que interviene Víctor

El ambiente neblinoso, propio del Romanticismo, por otra parte, contribuye también a la formación del misterio y permite la incursión del suceso extraordinario que hace famosa la novela. De hecho, la propia escusa de la novela, esa trama sentimental de escasa acción y sin mucha credibilidad que se come tres cuartas partes del texto, no es más que una parodia de las típicas obras de esta índole que se popularizaron en el Romanticismo. El modelo de amor cortés heredado de la poesía más clásica en lengua española es el practicado por el propio Augusto, quien decide cometer locuras de amor por la bella Eugenia, a pesar de que esta no le corresponda en primer lugar y se aproveche de su estupidez después. A todo este entramado romántico-amoroso hay que sumarle el tema de la burla, que nos remite al mito del don Juan. Augusto tratará de convertirse en don Juan para disfrutar del amor de tres mujeres en una fantasía que solo tiene cabida en su cabeza. Evidentemente y a modo de chiste, será él el burlado, cayendo en un estado realmente patético.

Pero Augusto no solo resultará ridículo por este acontecimiento. Ya de partida se nos muestra como un pusilánime, un seguidor de modas sin un ápice de personalidad propia y con una escasa dignidad que no obtiene sino en los tramos finales de la novela, cuando opta por rebelarse contra su creador. Augusto busca en la ciencia positivista los signos que le permitan resolver sus cómicas dudas metafísicas en torno a la naturaleza del amor y de las mujeres, llegando muchas veces a un discurso misógino propio del hombre que no ha intercambiado con una mujer más que tres palabras. Para Augusto las mujeres son ángeles o demonios, una de dos, pero con sus máscaras reside el misterio. Augusto se encierra en todo lo teórico y acepta sin razonar cualquier consejo que le den; no se detiene a analizar las posibles consecuencias, que, por otro lado, son totalmente previsibles y deseables para el lector. Desde la primera página, se hace imposible empatizar con Augusto, pues presenta la naturaleza de un hombre asocial sacado de una novela de Dostoievski. Reconocemos en su crimen la estupidez y la falta de criterio con la que obra, y esperamos un castigo ejemplar. Finalmente, nos sorprendemos por su dignidad, por su lucha contra sí mismo y por la miseria que pasa y que él mismo exagera como personaje puramente novelesco. ¿O debería decir nivolesco?

Con Niebla, Unamuno transgrede una serie de normas propias de la novela y se enfrenta a las tendencias de su tiempo. En 1914, cuando se publicó la primera edición de este texto, autores como Benito Pérez Galdós, José María Pereda o Vicente Blasco Ibáñez se caracterizaban por ser muy populares entre el público lector. A pesar de existir una tendencia dentro de la prosa que buscaba la superación del viejo realismo decimonónico, y su variante naturalista, que partía de ese narrador omnisciente, aunque subjetivo (en el caso español), esta tendencia no cobraría peso hasta momentos cercanos a la Guerra Civil. La nivola que propone Unamuno desafía la gran caracterización de espacios y de personajes y reformula la novela de tesis galdosiana. Todo se construye a partir del diálogo. Cuando se presenta el monólogo este lo hace en forma de falso diálogo: Augusto se dirige a su amado perro Orfeo. Un perro que, por cierto, acabará por ridiculizar a su amo y a toda la raza humana en su epílogo final.

Puesto que el diálogo, que parte muchas veces del hablar por hablar, está muy presente en toda la obra, no es extraño un fuerte uso de los conceptos de dialogismo, en una anticipación por parte de Unamuno al propio Bajtín. Hay dialogismo interno cuando Augusto debate consigo mismo por el amor de diversas mujeres sin llegar a término, pero también dialogismo externo en la búsqueda de un casamiento favorable para Eugenia por parte de sus tíos. Y con ello un uso magistral de todo el aparato de la cortesía como herramienta retórica al servicio de la seducción entre personajes. Predomina la idea sobre el sentimiento y la Razón, con cierto afán didáctico, vence a la sinrazón del mundo literario. La nivola se construye como un artefacto donde se incide profundamente en el pesimismo de vivir y en la sobredimensión que le otorgamos a los problemas que nos aquejan. 

Al mismo tiempo, Niebla trata de reflejar las continuas dudas existenciales y crisis de fe de su autor. Augusto busca respuestas y llega a toparse con su Dios, el propio Unamuno, cuyo pesimismo es aún mayor que el del propio Augusto al no tener la certeza de un Dios escritor al que dirigirse como su personaje. Sin embargo, en mitad de la duda, que se desprende de la metáfora de la niebla siempre presente de una forma u otra en la novela, ambos tienen una certeza: todo hombre es mortal sean cuales sean sus convicciones. Augusto señala incluso que también los lectores de su historia, lo que eleva a la novela, o nivola, un escalón por encima de lo estrictamente metaliterario. Esta intervención sorprende y sobrelleva el peso de toda la obra detrás. Por ello, es una lástima que se recree en el prólogo fuera del contexto de la misma.

En definitiva, Niebla es un texto muy ambicioso y con una gran fuerza, que se limita principalmente a sus tramos finales y que no impresiona tanto por las expectativas que se han despertado previamente. A pesar de contar con tramos sumamente tediosos y con un protagonista aborrecible, no deja a nadie indiferente. Concentra dentro de sí las máximas esenciales del pensamiento de Unamuno que son desglosadas y explicadas en detalle en otras tantas obras de su autoría. Por ello, se puede afirmar que constituye una pieza deliciosa para quienes disfrutamos de las novelas españolas de este período tan turbulento como fue el inicio del siglo XX.

Lean mucho, coman con moderación y namasté. 

Reseñas de otras obras de Miguel de Unamuno: Abel Sánchez, Amor y pedagogía



viernes, 7 de febrero de 2020

Abel Sánchez, de Miguel de Unamuno




Joaquín Monegro y Abel Sánchez han sido mejores amigos desde prácticamente su nacimiento. Siendo hijos únicos, se apreciaban como hermanos, a pesar de que el temperamento de cada uno es bien distinto. Abel es extrovertido, atractivo y creativo, mientras que Joaquín es misántropo, metódico y pasional. Hasta la juventud estos dos personajes se complementaron bien, aunque siempre existía una envidia de Joaquín hacia Abel, una pequeña espina que salía a flote de vez en cuando y que venía a recordarle que su amigo representaba todo lo que él no era. No obstante, el conflicto se originará cuando la Beatriz de Joaquín, su prima Helena (nombre grecolatino de causas belli), se enamora de su amigo en unas sesiones de pintura. No sabemos a ciencia cierta si Abel se enamora o no de Helena, pero sí que cede a sus deseos y decide casarse con ella. Este acto será entendido como una traición por su Joaquín, quien a partir de entonces guardará un odio insondable hacia Abel. Para curarse decidirá casarse él también con la primera mujer que se digne a quererlo, pero esto no salvará el rencor que lo corroe por dentro.

Unamuno construye una novela de referencias bíblicas donde se nos narra la obsesión de Joaquín-Caín con su hermano Abel. A través de los ojos del envidioso conoceremos todos los movimientos de Abel y sentiremos todo el cúmulo de emociones tanto buenas como malas que impiden avanzar a Joaquín, quien irónicamente se convierte en médico, pero es incapaz de curar su enfermedad, pues esta afecta al alma. Joaquín se convierte en un hombre en busca de la redención. Quiere evitar lo que su destino: poner fin a la vida de su hermano. Para ello se casa,  para ello acude a la Iglesia no siendo creyente, para ello tiene una hija, para ello quiere tomar al hijo del matrimonio odiado como aprendiz. Sin embargo, como decimos, esto es del todo insuficiente. Por ello, Unamuno juega a plantearnos una disyuntiva: culpar o no a Caín por su envidia. Sin duda, Joaquín es un hombre válido y su arte es mucho más útil y profundo que el de Abel (una "pasión inútil y meramente decorativa"), aunque este pinte deidades. Es un médico que salva vidas, que es capaz de apiadarse de los que nadie más se apiada. Y por otra parte (¡ah, amigo!) es un infeliz que dificulta la vida de aquellos que más le rodean: su mujer y su hija. Solo por la construcción de este personaje merece con creces la pena la lectura de la obra.

El tema central de Abel Sánchez es el cainismo entendido no solo como la envidia fatal entre hermanos derivado de un supuesto favoritismo por parte de Dios, sino como el modo de vida de los mortales sufrientes, de los seres cuyos sueños eran ya imposibles de partida. Me atrevería a decir sin miedo a equivocarme que Unamuno veía mucho cainismo en la naturaleza del español. O así me lo dan a entender las siguientes palabras:

"¿Por qué nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: <Odia a tu prójimo como a ti mismo>. Porque he vivido odiándome; porque aquí todos vivimos odiándonos."
La envidia nace de lo fraternal, de lo "cercano", dice Joaquín Monegro, y no hay nada más cercano que la gran familia que forja una nación como la española. Es conocido que el dolor por España que sentía Unamuno era intenso, casi tan grande como sus desengaños existenciales. Es algo que puede apreciarse en su poesía, pero que pocas veces se ve de forma tan directa en su narrativa. Aunque quizás no sea yo la persona indicada para hablar de esto, pues tengo pendiente aún varias de sus novelas, o nivolas, o como él quisiera llamarlas. Sobre el estilo, simplemente deciros que es exquisito. La narración es ágil y los diálogos son potentísimos. Que tenga más de cien años la obra no le quita ni un soplo de frescura. Algunas costumbres han cambiado, pero el pensamiento tarda mucho en amoldarse y la rivalidad, así como el sentimiento irracional de revancha que genera cadenas de odio y mueve a miles de millones de personas es tan actual que no se da un día sin que aparezca una noticia en los periódicos atribuible a esta cadena. No podía esperar menos del vasco: una obra de un nivel técnico apabullante comparable con su San Manuel Bueno, mártir. Tenéis más reseñas en Un libro al día (donde no se muestran muy entusiasmados), Koratai (donde se detienen en cuestiones técnicas que no abordo aquí por temas de tiempo) y, para un análisis mucho más profundo, Cicutrady

Por mi parte, eso es todo. Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseña de otras obras de Miguel de Unamuno en esta esquina: Amor y pedagogía, Niebla


jueves, 6 de septiembre de 2018

El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente, de Vernon Lee




Vernon Lee era el pseudónimo de la escritora e historiadora del arte británica Violet Page, conocida actualmente por sus relatos de terror. Este volumen de Valdemar hace una selección de trece de sus historias (12 narraciones más o menos breves y una novela) empleando como título una de las más famosas y representativas del particular estilo y universo de la autora. Cuenta, además, como suele ser propio de estas maravillosas ediciones de la colección Gótica, con un prólogo documentado y esclarecedor que aporta mucho más que información vacía y spoilers innecesarios del contenido de la obra. En este prólogo de los editores se presenta, entre otras muchas cosas, la mayor contribución de Page/Lee a la teoría estética, que creo que es de especial interés para comprender las decisiones que toma la autora en sus historias. Lee es la principal responsable de introducir la idea de empatía (Einfühlung) en la escuela estética inglesa. Según los editores, esto es que Lee "afirmaba que los espectadores empatizaban con las obras de arte cuando estas despiertan recuerdos y asociaciones, y que con frecuencia estas obras causan cambios de postura corporal y de respiración inconscientes". 

El amor de Lee por el arte es intenso y se vincula con lo espiritual y lo trascendental, muy en consonancia con los escritores románticos varias décadas anteriores a ella. Y está presente en buena parte de estos relatos escogidos. No por nada, ella era quizás la más reputada historiadora del arte inglesa de su tiempo y destacaba por ser una eminencia en el arte renacentista italiano. Lo que no era tampoco nada extraño si entendemos que procedía de una familia liberal adinerada que vivía en el norte de Italia. Buena amante de las Bellas Artes, Lee destaca sobre otros escritores de su época -que yo haya leído- por las cálidas y precisas écfrasis de casas embrujadas, cuadros malditos o estatuas vivientes. Es un auténtico deleite para el lector sentir esa fascinación de los personajes principales a través de la descripción de obras de arte. Lee vuelca su idea de empatía con sus personajes de una manera que se traslada con suma facilidad a quien lee. A pesar de que no vemos a la Virgen de los Siete Puñales en "La Virgen de los Siete Puñales", la devoción de Don Juan nos hace una idea de la belleza de la escultura. Aunque no vemos el cuadro de sora Lena en "La leyenda de Madame Krasinska" ni el tapiz que representa al antepasado del príncipe Alberico con la dama Serpiente en "El príncipe Alberico y la dama Serpiente" Lee consigue meternos de lleno en un historia tan alejada a través de las sensaciones y sentimientos, muchas veces irracionales, de los personajes. Y a partir de este juego nos carga de energías e interés por el arte, una fuerza que hallándose en la propia autora quiere expandirse hacia los demás. 

Funciona con construcciones arquitectónicas, con arte figurativo y también con composiciones musicales. Dos son los relatos que tienen como motor principal la obsesión de su protagonista con una determinada melodía de hace más de cien años: "La voz maldita" y "La aventura de Winthrop". El primero de ellos es una reconstrucción del segundo, aunque en lo personal prefiero la complejidad de "La aventura de Winthrop", cuyo protagonista se me hace mucho menos desagradable y por el cual verdaderamente podría llegar a preocuparme. Para ambos protagonistas, como ocurre en la mayor parte de los relatos aquí reunidos, el arte es su medio de sustento. Si bien el personaje de "La voz maldita" es un aclamado compositor que detesta a los cantantes y que va a sufrir la tortura de tener a uno metido en la cabeza por ultrajar su memoria después de morir, Winthrop es un sensible pintor que decidido a investigar los extraños acontecimientos vinculados con cierta partitura de un retrato de un convento se ve sumergido en toda una oleada de situaciones paranormales, que implica pasar una noche en una casa donde dicen que duerme el demonio. El arte, emplee el medio que emplee, es un atenuante en Lee que aproxima a las personas al mundo de lo sobrenatural, de lo místico y de lo incomprensible.

Lee recurre a una mitología compleja donde lo considerado sagradamente cristiano se entreteje con el viejo y olvidado paganismo de la Edad Antigua mediterránea. Salvo el homenaje a los clásicos en la lengua árabe medieval que hace Lee en "La Virgen de los Siete Puñales", el imaginario religioso está poderosamente indexado con la mitología grecorromana. "Dionea" es un relato sobre la voracidad de la lujuria, pero sin dejar de ser un homenaje a la diosa Afrodita, reencarnada aquí en una joven náufraga arrastrada por la marea hasta la orilla de una pequeña villa italiana. En "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente" se habla de la maldición de las Lamias y su pesar. Como curiosidad he de señalar que la  historia me ha recordado en cierta medida a la de "La Bella y la Bestia". Añadiendo el detalle de la maldición, en ambas tramas se habla de lo inexplicable del amor y de las locuras que estamos dispuestos algunos seres humanos a afrontar por él. En "San Eudemón y el naranjo" podemos incluso presenciar una metaformosis muy en la línea de Ovidio. Aunque, probablemente donde mejor se trabaja esta mezcla de mundos sea en "Marsias en Flandes". Aquí Lee profundiza con más ahínco en la problemática de la apropiación por parte del cristianismo de todo un espectro de elementos procedente de las antiguas mitologías paganas. 

Lee describe sin muchos aspavientos toda una caterva de personajes mágicos donde destacan especialmente los fantasmas, seres que fallecieron hace mucho tiempo y que esperan la llegada de un imbécil para conseguir algo de él. Se aprovechan para ello de la leyenda de su belleza ("Amour Dure", "La Virgen de los Siete Puñales" o "Oke de Okehurst"). En esta línea "Oke de Okehurst", la única de las historias que podría llegar a considerarse novela por su extensión si llegase el caso, es especialmente interesante por su óptica feminista al situar a una mujer como sujeto deseante y no como objeto deseado, lo que era extraño en la época en este tipo de historias. Con los fantasmas también hay lamias (la Dama Serpiente y su maldición es el principal ejemplo de estas), sátiros (el diminuto Marsias es presentado en "Marsias en Flandes" como responsable de numerosos destrozos), almas atrapadas en muñecas de tamaño real (como ocurre en "La muñeca"), amazonas ("El papa Jacinto") e incluso ángeles, demonios, monstruos y Lucifer en persona ("El papa Jacinto").

De entre los temas recurrentes que encontramos por aquí los más destacables y habituales en la literatura de terror y fantástica de la época están, cómo no, presentes. Tenemos las desdobleces propias de "William Wilson" y "El doctor Jeckyll y Mr. Hyde" en casi la mayor parte de los relatos. En al menos seis de estos Lee juega a desdoblar personajes y unirlos por el destino de sus nombres ("Dionea", "El Príncipe Alberico y la Dama Serpiente", "La leyenda de madame Krasinska", "La muñeca", "La Dama y la Muerte" y "Oke de Okehurst"). Tenemos también pactos con el demonio o con dioses no demasiado confiables ("La Virgen de los Siete Puñales", "El Papa Jacinto", "Amour Dure" y "La Dama y la Muerte").  La obsesión con objetos malditos (especialmente obras de arte) como motor vehicular de las narraciones ("Dionea", "La muñeca", "Amour Dure", "La aventura de Whintrop", "San Eudemón y el naranjo"). También hay femmes fatales de la que los personajes más idiotas se enamoran románticamente, juglarescamente ("Amour Dure" es el mejor ejemplo, pero no hay que despreciar por ello a "Dionea" ni a "La leyenda de madame Krasinska", donde se introduce muy subrépticiamente una historia que podría ser de amor lésbico entre una aristócrata y una monja muerta).

Me queda muchísimo por comentar, como que "La Virgen de los Siete Puñales" es una continuación/homenaje al mito español de Don Juan (no por nada la acción de sitúa en Granada) o la amplitud de reminiscencias bíblicas que puede tener un relato como "El papa Jacinto", pero tampoco quiero alargar esta reseña más de lo debido. Destaco "La muñeca" como mi narración favorita de la colección por su estructura y propuesta moderna y poderosa. Lo cierto es que las historias tienen tantísimo contenido que no sería ninguna tontería hacer una reseña de cada uno. Como podréis intuir por este comentario y por los anteriores arriba presentados, he disfrutado y aprendido inmensamente con esta lectura y pretendo recomendárosla con el mismo entusiasmo que su autora. No deja a nadie insatisfecho y, a pesar de sus numerosos niveles de lectura, es más que asequible para cualquiera. Lo podría llegar a considerar de lectura obligatoria para los amantes del terror y la fantasía finisecular. Tenéis una extensísima reseña de esta obra relato por relato en La mano del extranjero.



lunes, 15 de diciembre de 2014

La voluntad de ser feliz y otros relatos, de Thomas Mann

¡Casi que Mann vuelve a casa por Navidad!...


¡Ya tocaba, ya! Muchas semanas llevaba anunciada la reseña; algún día tendría que caer. Pues, bueno. ¡El día ha llegado! Aquí está una reseña/análisis de cada uno de los cuentos que la editorial Alba publicó en su día y que, según cuentan, escribió el Premio Nobel Thomas Mann. Todas las historias guardan algo en común: protagonistas que quieren ser felices y que por algún motivo u otro no pueden serlo. Algunos lo consiguen, otros no, otros ni siquiera lo intentan. Es la felicidad el tema central de la mayor parte de los relatos, como siempre, de gran calidad y especial interés.

La caída (1894)


El primero de los relatos constituye una historia inmersa dentro de un marco narrativo. Se intercalan, pues, dos planos de narración. El marco es el siguiente: cuatro amigos: el narrador, el abogado Laube, el doctor Selten y un cuarto se reúnen en casa de este último todas las tardes para conversar de los temas más diversos y, en definitiva, echar el rato. Un buen día el tema del diálogo son las mujeres y el amor. Se mantiene la opinión de que las mujeres se enamoran con mucha más pasión que los hombres. El doctor Selten se dispone a desmentir esto contando a sus amigos una historia, un cuento sobre un joven estudiante de Medicina que acude a la gran ciudad para asistir a las clases y, yendo una vez al teatro, se enamora perdidamente de una actriz mayor que él. Un vendaval de pasiones mueve a los personajes. Mientras que el estudiante cree ingenuamente en el amor, la actriz se mueve por intereses propios como el dinero y su carrera y, aunque comenzará a amarle, este sentimiento nunca será del todo sincero. En el relato se aprecia la herencia de Dostoievski claramente, sobre todo en la descripción psicológica de los personajes, así como de los escritores románticos.

La voluntad de ser feliz (1896)


El segundo de los relatos de esta antología trata sobre Paolo, hijo del señor Hofmann y de una mujer sudamericana. Paolo es un chico enfermizo, delicado del corazón. Su afición es desde pequeño la pintura. O eso nos cuenta el narrador, un amigo suyo. Un buen día Paolo se muda a la gran ciudad y deja el pueblo en el que hasta entonces había estado viviendo, perdiendo poco a poco el contacto con el narrador. Luego se encuentran en Múnich, donde la carrera de Paolo como pintor está en unos inicios un tanto humildes, pero positivos en cualquier caso. Paolo le debe parte de su incipiente fama a la familia Von Stein. Paolo ama a la hija del barón Von Stein, pero éste no le concede la mano cuando le pide el permiso. El protagonista, queriendo olvidar que nunca podrá alcanzar a la chica que le haría el hombre más feliz del mundo, huye de Alemania sin decirle a nadie su paradero. Especialmente destacable es el final, que deja un muy buen sabor de boca.

La muerte (1897)


Es el relato más breve de la antología y está escrito en forma de diario. También cuenta con un estilo más directo que los anteriores. Narra la historia en primera persona de un hombre que quiere morir en un determinado día por una razón concreta que no se clarifica.

El pequeño señor Friedeman (1897)


Narra la historia de un deforme despreciado por el mundo e incapacitado para muchos aspectos de la vida, como pueden ser el deporte o el amor, que se cultiva intelectualmente para ignorar sus deficiencias y ser feliz. Sin embargo, un día conocerá a una dama, la mujer del teniente coronel Von Rimlingen, de la que caerá terriblemente enamorado. La imposibilidad de tenerla le llevará a la infelicidad y desembocará en  un final en el que se percibe mucho la influencia romántica de este primer Mann.

El payaso (1897)


Cuenta la historia de un artista cuyo padre le obliga a convertirse en comerciante. Sólo cuando éste muere, y gracias a la herencia que deja, puede nuestro protagonista dedicarse por completo a lo que le gusta. Pero, ¿esto le da la felicidad? Por vivir como quiere, lleno de cultura, se aísla socialmente y comienza a sentir envidia por los demás. Resulta muy interesante la contraposición que hace aquí Mann entre los ricos y los pobres. Es otro relato más en el que apreciamos su profunda influencia romántica en la elección y el desarrollo de los temas.

Tobías Mindernickel (1898)


Tobías es un infeliz del cual todos se burlan. Un día compra un perro y lo llama Esaú, que en hebreo significa peludo, con el que pretende compartir su sufrimiento. Es, sin duda, uno de los relatos más brutales. Las imágenes que proyectan aquí las palabras de Mann se quedan grabadas en la memoria con tinta indeleble.

El armario (1899)


Albrecht van der Qualen es un viajero solitario que acaba de arribar en la estación de tren de una ciudad desconocida en algún punto del trayecto ferroviario Berlín-Roma. Es un hombre al que le agrada vivir la aventura. Le alegra no saber dónde está, en qué día vive o qué hora es; vaga sin objetivos de aquí para allá. Al bajar de la estación busca un alojamiento barato. Obtiene una pequeña habitación con un armario muy particular. De nuevo vemos en el cuento la influencia de escritores como Poe o Gogol. El cuento constituye un anticipo de surrealismo que recuerda un poco también a las Mil y una noches, con un magnífico final.

Luisita (1900)


Este es el relato más potente. Lleno de una ironía trágica, Mann nos cuenta la historia de Amra y Jacoby, un matrimonio imposible. Ella es demasiado joven y bella para él, que es obeso, dócil e inseguro, y por eso le engaña con un tal Alfred Läutner, compositor muy popular, a pesar de tener tan sólo 27 años. Toda la ciudad sabe de la infidelidad menos el abogado, que hace todo lo que le exige su mujer para complacerla. Jacoby se siente como un monstruo desgraciado, ¡eso sin saber de los cuernos! Sus proporciones elefantiásicas son consideradas algo más grave que un pecado por él mismo. Es el relato en el que más se aprecia la influencia de Dostoievski. La psicología de los personajes nos lleva a escenas brutales. Vemos también un arquetipo de mujer fatal que recuerda mucho a la Alexandra Alexandrovna de El Jugador

El camino al cementerio (1900)


Lobgott Piepsam, un hombre que lo ha perdido todo y se ha dado a la bebida, visita el cementerio, el lugar donde descansan todos sus seres queridos. De pronto aparece la vida en bicicleta y adelanta al bebedor, que dice que va a denunciarla. En comparación con el resto de relatos deja mucho que desear en su resolución.

Gladius Dei (1902)


En un Múnich rebosante de cultura, un joven profundamente creyente en la palabra de los Evangelios camina por la calle y se topa con que una tienda de cuadros expone en sus escaparates una fotografía de una atractiva mujer desnuda de ojos negros que representa a la Virgen. A pesar de que intenta ignorar este hecho, el hombre devoto se planta a los pocos días dentro de la misma tienda y habla con el artista, que es el mismo dueño del comercio, para retirar la obra del lugar en el que ahora mismo está exhibida. Hay varias reflexiones interesantes de Mann en el relato: ¿la belleza y la moral pueden ir de la mano? ¿Es la adquisición de conocimiento una tortura o un placer?

Los hambrientos: un estudio


En una ópera Detlef sufre al ver a la chica que ama secretamente coqueteando con un joven pintor de ojos azules. Considerándose a sí mismo artista, se debaten las limitaciones de los de su ralea, la de los hambrientos de amor y vida que sólo pueden contemplarla sin acceder a ella. Es un texto interesante, que guarda mucha relación con el que sigue en la antología, donde Mann mezcla el narrador omnisciente en tercera persona con otro en primera que refleja los pensamientos de Detlef. Es un cuento muy chejoviano, que empieza en la mitad de la narración.

Un instante de felicidad (1904)


La orquesta femenina de Las Golondrinas va a Hohendamm, donde un regimiento de húsares las espera impacientes para celebrar una fiesta a la que asistirán también las esposas de todos los capitanes y suboficiales casados. De nuevo se comienza el texto sin planteamiento; éste ha de venir después. Es el primer relato en el que apreciamos que Mann da una importancia mayor a sus personajes femeninos, en el sentido de que, por primera vez, casi son ellas las protagonistas. Es un relato en el que se retrata la paradoja de que nadie quiere estar donde está, pero aún así no hace ningún esfuerzo por moverse.

En casa del profeta (1904)


Una noche de Viernes Santo, Daniel invita a un grupo de artistas amigos para los que leerá las proclamaciones del profeta que lleva su nombre. Así pues, en la casa de este tal Daniel, que parece, por su decoración, una capilla barroca, el personaje, de entre todos los asistentes, que destaca Mann y que, como él, es novelista, se pregunta si aún mantiene su persona relación con la vida. ¿La extravagante velada a la que asistirá lo sacará de dudas? Esa es la pregunta. Yo sólo os dejo como advertencia que este relato contiene reflexiones sobre la genialidad, en el sentido kantiano, y sobre la espiritualidad, en un ámbito más general.

Hora difícil (1905)


Narra la historia de un intelectual (las notas de mi edición quieren  que este personaje sea Schiller) que, a pesar de haber trabajado mucho y de convertirse en un gran sabio, siente que no es todo lo genial que puede llegar a ser, que no es tan importante para la historia del saber como lo será su rival, Goethe. Todo su esfuerzo ha ido dedicado a obtener el reconocimiento de sus semejantes. Ahora, en esta hora difícil, una enfermedad corroe sus huesos y no le permite continuar con sus estudios y con su obra, lo único que puede hacerle feliz algún día. El relato mantiene el estilo de un extenso monólogo interior de Schiller que intercala la primera y la tercera persona. Es este monólogo el que le incita a seguir luchando y a terminar su mayor obra.

Sangre de Welsungos (1906)


Narra la historia de dos hermanos gemelos (Siegmund y Sieglinde) de una familia aristocrática muy poderosa de Alemania, los Aarenhold, que se aman locamente, pero que están a punto de separarse debido al compromiso de matrimonio que ha contraído Sieglinde con Von Beckerath, un funcionario que ha nadie caería en gracia si no fuera por su buena posición social y por su dinero. Es el relato de mayor extensión de la recopilación y contiene referencias claras a la mitología nórdica, de la que me declaro un gran desconocedor. También se hace referencia a la mitológica ópera de Wagner La Valquiria, que ambos protagonistas van a ver la noche antes de despedirse.

Anécdota (1908)


Anécdota es un cuento breve, fácil de olvidar, en el que se nos narra la historia del matrimonio aparentemente feliz de los Becker y de cómo una noche dejó de serlo. No hay mucho más que decir.

El accidente ferroviario (1909)


Cuento que consiste en la simple narración de un accidente de tren desde el punto de vista de un pasajero. Nada que destacar a parte del cambio de narrador con relación a sus cuentos anteriores, que emplea otro tipo de registro más propio de escritores del siglo XX.


Y con esto ya hemos hecho un repaso a todos los cuentos. En general no gozan de la calidad de las novelas suyas que he tenido ocasión de leer, pero están bastante bien. Más recomendables.


Otras reseñas que te podrían interesar:

Barba azul, de Max Frisch

Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino