viernes, 15 de mayo de 2015

Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar


El reflejo del hombre en las llamas…




Esta reseña de Todos los fuegos el fuego podría finiquitarse con un “todos los relatos [fuegos] de Todos los fuegos el fuego son de una calidad literaria difícilmente alcanzable para cualquier escritor del planeta Tierra”, pero tengo la lengua muy suelta y hoy, justo el día en el que se cumplen dos años de la fundación de esta Esquina, me cuesta callarme la explicación de por qué esos fuegos, tan particulares, en sus enrevesadas, ustorias y pasionales flamas, deben ser dignos de alabanza, por lo que no cerraré el pico ahora mismo y redactaré resumidamente, como siempre hacemos aquí, los motivos que me llevan a cavilar bajo este cuadro de incendios que nos propone el mago argentino de Cortázar. 

Con la pasión y la ternura de su parte Cortázar escribe dentro de la corriente de la narrativa neofantástica iniciada por autores como Kafka. Tomando elementos absurdos (un atasco que dura meses, una mentira piadosa en la que acabarán creyendo los propios mentirosos, una isla que aparece siempre por la ventanilla del mismo vuelo a la misma hora con la cual se obsesiona un piloto, un espectador de una obra de teatro al que convierten en protagonista tan bien que acaba por convencerse con seguridad de que su papel no es sólo de pegatina,…) tomando elementos absurdos digo, se configura todo un imaginario tan universal como el del propio Borges, al cual debe Cortázar gran parte de su presteza. Los absurdos no degeneran en la angustia propia del mundo kafkiano, sino que son resueltos de la manera que menos espera el lector, resultando siempre verosímil dentro de la lógica de los relatos. 

Por ejemplo, pensemos en La autopista del sur, que es primero de sus relatos, donde se produce un atasco en la autopista del sur que conecta con París, un atasco por motivos que desconocemos, un atasco que las autoridades no se encargan de descongestionar, sino que simplemente dejan ahí a los conductores, que esperan días y días, y acaban organizándose en células y viviendo en auténticas comunas donde se ayudan los unos a los otros en la medida de lo posible para poder sobrevivir. Los conductores reúnen comida y agua, pero esta se agota; cuando corren a pedir agua a los granjeros de la zona, estos no sólo se las niegan, sino que, además, les amenazan con echarlos de sus tierras a la fuerza, siendo más de uno apuntado con una escopeta y alguno asesinado por coger de la huerta lo que no le pertenecía. Todo parece indicar que se desarrollará una guerra entre los aldeanos y los conductores, quienes ya viven adaptados a ese nuevo mundo. De hecho, uno de los personajes va a tener un hijo con una conductora de un Dephine al final del cuento. Sin embargo, no ocurre esto; Cortázar nos hace una finta como un futbolista profesional y nos deja como alelados mirando como el balón nos ha adelantado y nos toca retrasar la posición lo más rápido posible. Cuando los víveres se agotan, corre el rumor de que el hombre de un Porsche varias células arriba tiene comida para vender a nuestros protagonistas. Poco a poco todos ponen dinero de su bolsillo para comprar víveres y agua. Esta actitud recuerda a las clásicas actividades mafiosas. De hecho, el del Porsche tenía un rival en la zona donde vendía que misteriosamente desaparece. Todo parece volver a indicar que el del Porsche se va a merendar al grupo de nuestros protagonistas cuando se queden sin monedas, pero esto no es tampoco lo que ocurre; es sólo otra finta. Al mismo tiempo hay una crítica a los medios de comunicación y al poder. La radio no para de anunciar durante semanas que la autopista del sur está siendo reparada por las autoridades y que pronto volvería a abrirse al tráfico y, sin embargo, no se ve un helicóptero, un policía o una ambulancia en todo el cuento. O creo que sí se ve un helicóptero. Bueno, el caso es que pasa de largo. Las noticias que se emiten están, por lo tanto, manipuladas por alguien a quien no le interesa que se sepa de la negligencia, sea cual sea, que acaba de cometer.

Otro cuento muy interesante es el siguiente de La salud de los enfermos, donde una familia le oculta a una madre la muerte de su más preciado hijo tratando de convencerla de que aquél se halla trabajando en la fábrica de una capital de provincias brasileña. Es uno de los cuentos más tiernos, donde los hijos se esfuerzan hasta límites increíbles por lograr que no sufra su madre, la cual se encuentra débil de salud. La realidad es construida a través de esta ficción de que el hijo vive y se muestra ante la madre a través de cartas escritas por otros, pero firmadas aparentemente por él y remitidas al domicilio familiar. Se crea una mentira insostenible, que sólo aguantará por la fe de ella, quien sabe perfectamente que su hijo no vive, al tiempo que tiene la certeza de lo triste que se pondrían sus otros hijos si nos les siguiera, como quien dice, el juego, porque jugar era, a fin de cuentas, una escusa para no lamentarse.

Con Reunión viajamos a la época de la Revolución Cubana y hablamos de la nostalgia, de la tristeza por el amigo que se va, de la alegría por el que aún vive, de la importancia de luchar por unos buenos ideales, de qué es el presente y de cómo construir un futuro, intentando que el futuro no te construya a ti, y muchas otras cuestiones más en las que no me detendré.

La señorita Cora es uno de los textos más interesantes y no lo es  por el tema que trata, sino por cómo lo trata, porque, muy posiblemente, si lo hiciera de otra forma el texto tendría muchas probabilidades de hundirse en el lodazal del fracaso. Es la frescura de su composición y su peculiarísimo narrador lo que salvan al cuento. Este es un narrador interno algo inquieto, que no se contenta con permanecer en la cabeza de un personaje, sino que acaba pasando por las de todos. Cortázar escribe empleando una especie de narrador interno omnisciente, que nos permite ver que piensa cada personaje, sin profundizar mucho en dicho pensamiento, por lo tanto esta etiqueta de omnisciente tampoco es quizás apropiada, pero dejémosla estar por comodidad. Es como asomarse a un mundo mágico y lleno de colores durante tres segundos: uno se maravilla y capta algunas esencias, pero nunca la totalidad, porque cuando ya se siente nostálgico del anterior, descubre que ha surgido ante él otro escenario igual del encantador que el anterior, mas los matices nunca son los mismos. 

La isla a mediodía trata de la obsesión y de la huida del estresante mundo civilizatorio para adentrarse en la paz de la naturaleza. Se desarrolla un juego en el que la ensoñación acapara a la realidad hasta que ésta última fagocita a la primera.

El relato de Instrucciones para John Howell juega con las fronteras entre realidad y ficción, o de la ficción y la ficción dentro de la ficción. Cortázar crea a Rice, un espectador de una obra de teatro bastante aburrida al cual se le obliga, más que le invita, a participar en el espectáculo que es objeto de sus críticas. Una vez en el escenario tiene la posibilidad de boicotear la función, animado sobre todo por la actriz que interpreta a Eva, que no quiere que la “maten” al final del espectáculo, pero por su rebelión se gana que lo echen a la calle, desde la cual entrará de nuevo en el teatro y asistirá a cómo la obra termina como Eva no quería que terminase. Su cobardía le impide volver a trepar al escenario y poner un nuevo punto y final a la obra y le conduce a la autoacusación de culpabilidad que lo confunde entre Rice y el señor John Howell, personaje al que interpretaba.

De Todos los fuegos el fuego, relato que da nombre a la antología, hay que decir que mantiene cierta similitud con la película de Pier Paolo Pasolini Pocilga en su estructuración, donde se alternan dos historias en un montaje paralelo donde se pasa de una a otra en un mismo párrafo –a veces en una misma oración- con la velocidad de una chispa que prende. Por un lado se representa la historia de un gladiador que lucha en un coliseo contra un nubio y  el mundo de las apuestas de la clase nobiliaria romana como una comparativa entre los lujos del poder y la lucha por la supervivencia proletaria. Por otro lado se muestra una historia de un triángulo amoroso en la Segunda Guerra Mundial, donde un hombre abandona a la mujer que lo ama por otra que simplemente le atrae. Todos, buenos o malos, ricos o pobres, acaban consumidos por el fuego del incendio final.

El otro cielo es el último de los relatos de la antología y es, como todos los demás, sencillamente brillante. Cortázar nos cuenta la historia de un personaje que hastiado de su vida con su novia, una vida tranquila y relajada, sin pasión, sin emociones fuertes, una vida aparentemente sin vida, decide frecuentar uno de los barrios menos seguros y más pintorescos de todo París. Allí conoce a una prostituta de la que aparentemente se enamora y por cuya vida teme ante la amenaza de un asesino en serie tipo Jack el Destripador que vagabundea haciendo de las suyas por el barrio, amparado en las estrechas calles y galerías llena de rincones oscuros poco agradables. El protagonista siente que vive de nuevo, pero la pregunta será otra, podrá abandonar su posición vital para proteger a la chica que le quiere o no será, por el contrario, capaz. ¿El misterioso asesino se le adelantará?

Todos los fuegos el fuego es una selección magnífica de cuentos magníficos, que, por su calidad literaria, podríamos comparar con Ficciones  de Borges. Toda una delicia de la inteligencia. Potencialmente recomendable.

lunes, 11 de mayo de 2015

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez


Magia, crítica y sentimiento trágico…




“El juez no apareció en ninguno [de los papeles del sumario del caso de la muerte de Santiago Nasar], pero era evidente que era un hombre abrasado por la fiebre de la literatura. Sin duda había leído a los clásicos españoles, y algunos latinos, y conocía muy bien a Nietzsche, que era el autor de moda entre los magistrados de su tiempo. Las notas marginales, y no sólo por el color de la tinta, parecían estar escritas con sangre. Estaba tan perplejo con el enigma que le había tocado en suerte, que muchas veces incurrió en distracciones líricas contrarias al rigor de su ciencia. Sobre todo, nunca le pareció legítimo que la vida se sirviera de tantas casualidades prohibidas a la literatura, para que se cumpliera sin tropiezos una muerte tan anunciada.”
Esta misma mañana he terminado Crónica de una muerte anunciada por segunda vez. Lo cierto es que la primera vez apenas tenía levemente desarrollado el ojo crítico y, si bien es verdad que disfruté mucho, creo que no me enteré de la misa la mitad. Así pues, ahora ha sido como si hubiera leído una novela completamente nueva y eso, que no ha pasado tanto tiempo desde entonces.

El fragmento con el que hemos abierto esta especie de reseña/reflexión/comentario subjetivo-objetivo/barra pertenece al quinto y último capítulo de esta breve y compleja novela del premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Si el juez del extraño asesinato de Santiago Nasar es un literato no es por pura casualidad. La muerte del árabe Nasar bien puede pasar por una de las muertes más literarias de la historia de la literatura. Una muerte que marca un inicio y un cierre. El concepto de spoiler no tiene cabida en esta obra. Desde el primer momento ya sabemos que a Santiago Nasar lo van a matar; o, mejor dicho, desde el primer momento ya sabemos que está muerto. La expectación se genera en saber el cómo y el por qué. Márquez es el narrador, así literal, de esta historia, que, veintitrés años después del crimen reúne el valor de recopilar toda su información sobre el caso y redactar una especie de crónicas que se mezcla con la ficción narrativa clásica, lo que le permite a Márquez como escritor y narrador entrar y salir de la historia y viajar de un momento y de un personaje a otro en un chasquido. Que Márquez sea un personaje más no debe extrañarnos, pues lo que se narra en Crónica de una muerte anunciada está basado en un acontecimiento real, que, además, sucedió en el pueblo del propio Márquez. La estructuración de la obra es otro de sus puntos fuertes. No hay un planteamiento, nudo y desenlace; todo está entremezclado de forma brillante y el lector debe ponerse a la labor de rellenar los huecos temporales y espaciales, si bien es verdad que cada capítulo parece centrarse más en unos personajes que en otros: el primero lo hace en Nasar, el segundo en Ángela Vicario y Bayardo San Román, el tercero en los hermanos Pedro y Pablo Vicario, el cuarto en los personajes principales tras la muerte de Nasar y el quinto en Cristo Bedoya, Flora Miguel y Nasar. El hecho de que Santiago Nasar esté muerto y Márquez no pueda hablar obviamente con él le da un extraño protagonismo en el sentido de que toda la obra gira en torno a su muerte, pero sabemos lo que piensan todos los personajes salvo él, sabemos mucho más de los otros personajes que de él: el protagonista es el personaje más misterioso de la obra. 

La historia, así resumida, viene a ser más o menos la siguiente: Ángela Vicario se casa con un forastero rico llamado Bayardo San Román en una boda concertada, tras la cual el novio descubre que su nueva esposa no es virgen como él pensaba y, siguiendo la lógica de sus costumbres patriarcales sobre la pureza, devuelve la chica a su antigua familia, ante la cual, mediante una paliza, Ángela desvelará el nombre del que parece ser el hombre que la ha desflorado, siendo éste aparentemente Santiago Nasar, al que irán a buscar los hermanos de la deshonrada, Pedro y Pablo Vicario para matarlo al amanecer como finalmente ocurre.

Dentro de todo danzan varios temas como la honra, el amor, el miedo, el poder del dinero, la ineptitud de los organismos de poder, la pasividad de las personas ante los catástrofes, la falta de voluntad, la obligación, el deseo, los remordimientos, la mujer en una sociedad machista, la metaliteratura, etc. Por rellenar un poco aquí, hablemos de algunos.

La honra, la pérdida de la misma y la obligación familiar de recuperarla –todo muy siglo de Oro- es uno de los temas fundamentales de la obra: es lo que lleva a Ángela a querer fingir su virginidad y a que sus hermanos acaben matando a Santiago Nasar, el cual no parece enterarse bien de por qué lo matan. Si no hay poder, riquezas, es necesario conservar, al menos, el orgullo familiar intacto, o así piensa los hermanos Vicario, que acaban matando más que nada por necesidad y no por deseo, pues pasan la larga noche buscando a alguien, a una persona sola, que se oponga a que cometan crimen tan atroz, más atroz aún si pensamos que Santiago Nasar no sólo es un hombre, un ser humano, sino que, además, es amigo íntimo de los hermanos, pues a él, y no a otro, estos le encomendaron llevar las cuentas de la boda. Del mismo modo, no es plausible para nadie que Santiago Nasar fuera el hombre que desfloró a Ángela Vicario, pues contaba con una novia, una árabe como él, llamada Flora Miguel y gozaba de amores nocturnos con una prostituta local, María Alejandrina Cervantes. El hecho de que Santiago Nasar sea árabe no es casual; Márquez lo escribe árabe a propósito para aumentar la improbabilidad de los amores entre él y Ángela Vicario. No obstante, Pedro y Pablo están demasiado borrachos cuando se deciden a matar a su amigo y no están dispuestos a poner en duda la palabra de su hermana, que muy bien podría estar encubriendo en Santiago Nasar la figura de otro amante. ¿Santiago Nasar es una cabeza de turco? El lector tiene legitimidad para preguntárselo, pero los hermanos Vicario no serían capaces porque hacerlo sería poner entre interrogaciones la propia nobleza del espíritu familiar; no contemplan ni remotamente pertenecer a un linaje de mentirosos.

Otro de los temas clave es el poder del dinero y las relaciones económicas en una sociedad capitalista donde gran parte de la población vive anclada en la pobreza. Destaca en este tema especialmente el capítulo 2 donde se habla de cómo llega Bayardo San Román al pueblo y cómo se casa con Ángela Vicario. Se critica en este capítulo básicamente cómo los ricos hacen con los pobres lo que quieren para que estos últimos puedan sobrevivir. Ángela Vicario se convierte en mercancía y Bayardo no trata de seducirla a ella, sino que directamente trata de convencer a los padres de que mediante una boda con su persona conseguirán mejorar la vida de su hija. Ángela, que no quiere casarse, es obligada a ello. Bayardo también compra la casa del futuro matrimonio a golpe de talón al viudo Xius. En esa casa se encuentran todos los recuerdos que el viudo había tenido con su mujer, pero la tentación del dinero, que parece brindarle la posibilidad de una vida mejor le lleva a desprenderse de ella entre lágrimas. Bayardo piensa que puede comprarlo todo con su dinero, cuando descubra algo que no puede comprar, la virginidad de su mujer, caerá en la más honda depresión. Sólo mucho tiempo después se arrepentirá de sus actos. El hecho de que el padre de Ángela sea ciego tampoco es fortuito y parece reforzar el papel de buitre que Bayardo viene a desempeñar. 

La pasividad, la no intervención en actos cruciales de la vida es otro de los temas centrales de la obra, que viene a reafirmar la máxima de Einstein de que el mundo es malo, pero no por las personas que hacen el mal, sino por las que no hacen nada por evitarlo. Demasiados son como para contarlos los personajes que podrían haber detenido a los asesinos o avisar al que iba a ser asesinados como para contarlos en la novela y, sin embargo, es, lo increíble del asunto por un lado y el miedo por otro, lo que contribuye a que el crimen se acabe efectuando. Los conocidos de ambas partes se lamentarán después de la tragedia, pero mientras que ésta sucede permanecen como meros espectadores, observando cada acontecimiento y haciendo que los rumores fluyan, como si saboreasen el mal ajeno, esperando para apreciar la cúspide del burdo espectáculo. La muestra de esta pasividad en Crónica de una muerte anunciada creo que es una de las críticas sociales más fuertes que he visto en todo lo que he leído de García Márquez, a decir verdad. Dentro de esta pasividad destaca especialmente la de los agentes del orden público que lo más que harán será quitarles los cuchillos a los que llevan cuatro horas diciendo que van a matar a un hombre para luego dejarles marcharse a sus casas tan tranquilamente a recoger otros cuchillos. El mismo alcalde se desentiende del tema cuando la muerte es ya inminente y entra en un bar a confirmar una cita para jugar al dominó esa misma noche.

La metaliteratura está así mismo muy presente en la novela. Hay momentos en los que se menciona el acto de creación literaria, así como también aparecen guiños y personajes de otras obras de Márquez, como el coronel Aureliano Buendía de Cien años de soledad, y personajes reales como, por ejemplo, la mujer del propio Márquez, Mercedes Barcha o su hermano Luis Enrique.

Crónica de una muerte anunciada es un complejo rompecabezas lleno de magia burda y un crudo sentimiento trágico que se cimienta sobre una dura crítica a la pasividad del ser humano y a la maldad fecunda del espíritu del hombre. Leerla y no reflexionar tras ello es tiempo perdido y hacerlo puede contribuir a cuestionarte a ti mismo, a los que te rodean y a las normas que rigen el mundo en general. Más allá de eso cuenta con un importante valor estético que despierta en el lector efectos emotivos que sólo logran las mejores lecturas. No es un libro recomendable; es un libro fundamental.

Reseñas de otras obras que te podrían interesar:

El Rodaballo, de Günter Grass

Cuentos de Galitzia, de Andrzej Stasiuk

Escalas melografiadas por César Vallejo


jueves, 30 de abril de 2015

Minireseña de "El Rey Lear", de Shakespeare


Poder, amor, ambición y traición…



Si bien es verdad que no es la única obra en la que Shakespeare recurre al concepto de la traición como mecanismo para impulsar el drama, en El Rey Lear juega un papel fundamental sin el cual el argumento sería muy distinto. De hecho, es quizás el tema central de la obra la traición de los que depositaron la confianza en personajes demasiado ambiciosos. La traición eleva a los príncipes al rango de reyes, a los hijos al de padres: la traición bien perpetrada nos da poder, y remordimientos a veces, pero en El Rey Lear sólo poder. Poder y amor, todo lo que ambicionamos y nunca tenemos es lo que mueve a los personajes a actuar en este drama, a posicionarse, a amarse, a matarse los unos a los otros como animales, a cometer equivocaciones de las que uno no puede arrepentirse. Quien nada tiene quiere el poder para luego, a partir de ahí, obtener el amor. En este caso Lear y Edmond son dos personajes de espejo roto, porque mientras uno consigue lo que aspira, Edmond -si bien es verdad que debe traicionar a su propio padre para ello-, el otro pierde el amor para luego perder también el poder, Lear. Es su sino como héroe trágico que ha cometido un error imperdonable, a pesar de toda su cuantiosa bondad, el verse como un paria, con la única hija que le amaba en el extranjero, y abandonado por las otras dos, vejado por ellas y sus criados. Por suerte, la justicia de la muerte que también aparece en otras obras del inglés como Hamlet u Otelo caerá del cielo para poner fin a esta compleja historia llena de reveses y de fuerza lírica. Lo que siempre decimos de Shakespeare: recomendable no; necesario.

Otra minireseña de otra obra del inglés:

Otelo, de William Shakespeare


miércoles, 29 de abril de 2015

Relatos, de Henryk Sienkiewicz (II)

Sobre el niño y la educación en Polonia y el relato "Bartek el vencedor"...


Hace algunos días salió por aquí la primera parte de esta reseña, donde hablamos sobre todo de los cuentos de Sienkiewicz recogidos en este volumen de Cátedra que tocan el tema americano, aunque siempre esté presente Polonia. Hoy le dedicaremos unas líneas a comentar aquellos que ambientan su acción en la propia Polonia (De las memorias de un maestro de Poznań, Janko el músico, El ángel y Bartek el vencedor).

Dentro de estas cuatro obras podemos agrupar tres (Janko el músico, De las memorias de un maestro de Poznań y El ángel) según los temas que tratan: la educación y la infancia. En las tres historias el protagonista es un niño o una niña, una mente que se desaprovecha, una frágil alma que sufre los estragos de una organización catastrofista, que nacen en la más ínfima pobreza para luego morir en ella. Comentémoslos poco a poco.

Janko el músico es el primer cuento de la antología y ya desde la primera línea parece anunciarte no sólo el final de ese cuento en concreto, sino el de todos, porque Janko empieza con un “Vino al mundo enclenque, raquítico.” y no podrá dejar el mundo si no es enclenque y raquítico. La mayor parte de los cuentos tienden a terminar mal para sus protagonistas; lo que subyace en las historias son críticas sociales crudas. Los personajes se enfrentan muchas veces, sobre todo en este ciclo de tres cuentos, a condiciones adversas que les es imposible vencer. Janko es un niño que, a pesar de su miseria y su débil condición, incapaz para todo lo útil en esta vida, desarrolla un oído para la música extraordinario que es desaprovechado, al no brindársele la oportunidad de ir a la escuela a aprender cómo mejorar su talento innato y dedicarse a lo que ama: el mundo de los sonidos. Frente al sueño imposible de la escuela, Janko encontrará su propia escuela en la taberna del pueblo. Allí escucha el violín y se deleita con su melodía. Entonces aparecerá en él la necesidad de tener uno. Se lo fabricará con chatarra, pero bien es verdad que no suena igual. Sabe dónde conseguir uno de verdad, pero para ello tendrá que robarlo. Especialmente destacable y triste es el final del cuento, donde Sienkiewicz juega con los contrastes mostrándonos el talento desaprovechado de Janko frente a cómo miran los aristócratas hacia el extranjero buscando artistas, ignorando a las joyas nacionales.

El ángel al igual que Janko trata del tema del niño desatendido que, no pudiendo valerse, obviamente, por sí mismo, camina hacia su fin. Hay personas que podrían haberse ocupado de la protagonista, Marysia, pero están corrompidas por el alcohol, negocio que dirige la nobleza, la cual no quiere reparar en sus consecuencias nefastas. Este, si cabe, casi te da más pena que el anterior. El determinismo que hay en Janko desde la primera línea se repite en El ángel que comienza con: “En la aldea de Lupiskory [literalmente en polaco: en la que te desellan]...” Ese es otro punto interesante de la narrativa de Sienkiewicz: el uso de nombres propios con significado para designar lugares inventados. Tenemos otros ejemplos como Borowina (En busca del pan), que significa “lodazal” y Pognẹbin (Bartek el vencedor) que sería algo así como “deprimido”. 

El último de los relatos que toca este tema es De las memorias de un maestro de Poznań donde Sienkiewicz juega al contraste. Mientras que en Orso el contraste entre Orso y Jenny resulta enriquecedor porque de la fuerza, la inteligencia y el amor nace la energía necesaria para superar la opresión, en De las memorias de un maestro de Poznań el contraste no resulta sino destructivo. Por un lado, el pequeño Michas debe aprender alemán en el colegio por orden legal, pero por otro no puede olvidar su tradición como polaco. El pobre sólo quiere alegrar a su mamá, pero no puede desdoblarse como le piden. El choque tan fuerte termina por destrozar al niño. Se dibuja al alemán como alguien que quiere imponer su cultura sobre la frágil Polonia, representada por el pequeño Michas, que tiene un trágico fin. Hasta su preceptor, nuestro narrador polaco, está por morir al final del cuento.

Y el último cuento por comentar es el de Bartek el vencedor, que refleja, por un lado, la incultura del campesino polaco, y, por otro, cómo los alemanes se aprovecharon de dicha incultura para ganar la Guerra Franco-prusiana de 1870. Es uno de los relatos más largos, cuya longitud permite el desarrollo del personaje que vuelve de la guerra con el pensamiento enajenado, creyendo en su importancia al derrotar en las filas a tantos y tantos enemigos. Bartek regresa como un alemán más y así lo muestra Sienkiewicz: fumando en pipa “como un Bismark” y tratando como un tirano a su mujer. Pero él no es alemán y tras un altercado con uno de ellos, que golpeó a su hijo sin razón, ninguna de las medallas que consiguió en la guerra le servirá para escapar de prisión. Una nueva oportunidad se le abrirá después, pero quizás ya esté para entonces demasiado alienado. El final, por su contraste, recuerda mucho al de Janko.

En general tengo que decir que es muy buena selección. Hay algunos cuentos más flojos que otros, pero eso siempre ocurre. También hay alguna que otra perla. Sin embargo, como digo, la experiencia de lectura ha sido muy positiva y satisfactoria. Diría que es una colección más que recomendable.

Otra reseña que te podría interesar:

Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos

Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann


lunes, 27 de abril de 2015

Relatos, de Henryk Sienkiewicz (I)

Polonia a través del prisma americano...



Buenos días, lo primero que quisiera hacer antes de escribir esta reseña sería pedir perdón a todos los que me leéis, ya que, por diversas razones, me ha sido imposible avanzar en mis lecturas hasta hace relativamente poco, por lo que obviamente tampoco me ha surgido nada que haya podido comentar aquí. En la Esquina hemos estado leyendo a varios cuentistas últimamente, quizás no lo detalladamente que merecían ser leídos. El caso es que, siendo Sienkiewicz un autor relativamente poco conocido en la actualidad en España, me parece oportuno que, si a alguien debo dedicarle una reseña, es, sin duda, a él. Dicho esto, comencemos.

Sienkiewicz, más conocido por su novela Quo Vadis? es, además, un interesante cultivador del relato corto. Escribió en este tipo de género tanto al inicio de su carrera como al final, siendo sus últimas producciones, según el polonista Fernando Presa González, de bastante peor calidad que las primeras. Quizás sea esta una forma de justificar por qué selecciona sólo estas y no las siguientes. No lo sé. El caso es que Sienkiewicz ya en sus inicios literarios apuntaba maneras. Su labor como periodista nacional e internacional le llevaron al cultivo de una literatura muy política en estos cuentos, una línea que no continuaría después, sino en sutilísimos guiños, cuando comenzara a escribir sus grandes novelas históricas. Especial importancia tiene para el volumen que reúne los relatos de este primer Sienkiewicz el haber estado el autor de los mismos como corresponsal en América, concretamente en Norteamérica, donde se ambientan gran parte de los nueve cuentos (Orso, En busca del pan, El farero, Recuerdos de mariposa, Sachem). Aún estando estos cuentos escritos en el ambiente del Nuevo Continente, subyace siempre el tema de Polonia, repartida en tres imperios a finales del s. XIX y sometida a abusos varios que pretendían mermar la cultura autóctona en favor de la de las naciones ocupantes: alemanización, rusificación,… Aquí es donde compara al indio norteamericano (Orso, Sachem) con el pobre polaco, del cual se mofan los imperios alemanes y rusos del momento al considerarlos como poco civilizados con respecto a ellos. Tanto en Orso como en Sachem los indios sufren la imposición cultural del hombre blanco extranjero, pero mientras que Orso reacciona de una forma, Sachem lo hace de otra. Ambos sufren burlas al ser exhibidos como espectáculos de un circo ambulante. Mientras que Orso escapa de la violencia y huye con su amada a la naturaleza de la que procede, Sachem recibe todo el impacto de la burla, la ignora y luego camina, como si nada, a la taberna para echarse una cerveza al gaznate con el dinero del sueldo del dueño del circo. Si en Orso es más difícil ver la alegoría que dibuja Sienkiewicz sobre la ocupación cultural de Polonia, en Sachem todo está mucho más claro. Sachem perteneció a una tribu cuyo poblado fue arrasado por todos los colonos alemanes de la zona y del que sólo quedó él como único superviviente. Tras la ocupación física viene la ocupación cultural. Sachem en un cierto momento del espectáculo se dispone a cantar en alemán “una especie de canción salvaje y ronca teñida de profundos gritos de dolor". Hay un cierto momento en el que parece que Sachem va a vengar a sus antepasados de la muerte y las burlas de los alemanes. Es un instante que nos retrotrae al Hop Frog de Edgar Allan Poe. Sin embargo, es sólo un truco. Lo triste de la historia es que ya está demasiado influido por la cultura extranjera como para presentar algún tipo de resistencia. Quizás sea porque ya no tiene a dónde ir. En su huida del circo Orso, el indio del otro cuento, y su bella novia Jenny casi perecen de inanición en el desierto. Orso, que se ha criado entre hombres blancos, no sabe nada acerca de cómo cazar o qué plantas debe recolectar, lo cual era imprescindible saber para ser un buen indio. Orso sólo sabe hacer su show porque es lo único que le han enseñado. Su cultura le es para él desconocida. De la misma forma sucede con la educación en Polonia en aquella época como comentaremos próximamente cuando hablemos de De las memorias de un maestro de Poznań

El otro tipo de cuentos de tema americano se centra en la figura del emigrante polaco, que viajando con unas expectativas choca con la dura realidad y desea regresar a su patria, siendo ya esto muy difícil. De entre los relatos que integran este tríptico (En busca del pan, El farero, Recuerdos de Mariposa) me gustaría destacar como el relato que a mi juicio tiene mayor calidad el titulado En busca del pan, en el cual se narra el viaje de dos campesinos, un padre y su hija, al corazón de Arkansas con el propósito de fundar una colonia polaca, que será uno de los muchos engaños que tendrán que soportar. La ilusión, el desengaño y el dolor que provoca ese desengaño serán temas constantes en la narración estructurada en tres partes: el viaje en barcos, la paupérrima estancia en un barrio marginal de Nueva York y la vida en la colonia. Podemos añadir una cuarta parte: la salida de la hija de la colonia y su regreso a Nueva York, pero quizás sería marear mucho la perdiz. Llama especialmente la atención con relación a esto una fórmula de diálogo que el autor repite varias veces, primero en el barco, cuando se ve el océano inmenso, luego cuando llegan a Nueva York y luego cuando viajan en tren destino a Borowina, la ciudad en las que les han prometido una porción de tierra:

“-¡Maryś!

-¿Qué?

-¿Lo ves?
-Lo veo.
-¿Y no te asombra?
-Sí, me asombra.”

Ambos personajes, Marysia, la hija, y Wawrzon, el padre, caminan juntos a la perdición, acompañados de su ingenuidad y buena voluntad, de la que se aprovechan hasta en dos ocasiones. Vagabundos, errantes, buscadores de un futuro que les prometieron y que no existe. Marysia mira al mar soñando con el regreso de su enamorado Jasko, el cual no tendrá, según nos da a entender el narrador, ninguna intención de aparecer por allí para rescatarles. Mientras que la segunda parte, donde malviven en la ciudad bien puede recordar a algún fragmento de alguna novela de Dickens, la tercera, cambia  tan radicalmente de escenario que parece que lo que tenemos entre manos es una típica novela de la selva latinoamericana. En cualquiera de los tres casos (mar, ciudad, selva) el escenario no deja de cobrar un importante papel, estableciendo nuevas claves para una supervivencia cada vez más y más salvaje. 

Ambos personajes no quieren olvidar su patria. Lo mismo sucede con los protagonistas de El farero y Recuerdos de Mariposa, literariamente mucho mejor el primer cuento que el segundo. El farero representa la figura del polaco zarandeado de un sitio a otro, el cual tiene que esforzarse por sobrevivir. Tiendo a pensar que quizás es el personaje ideal de Sienkiewicz: bondadoso, valiente, patriota, que no pierde la fe, etc. En su faro panameño puede ver más que los demás, lo cual nos lleva a preguntarnos qué nos quiere decir con esto Sienkiewicz, porque bien es verdad que se aísla él mismo, evitando el más mínimo contacto con los lugareños. ¿Es porque es un místico o porque quiere conservar intacta su condición de polaco? ¿O ambas cosas? El caso es que es un personaje que mira constantemente por la baranda de la cima del faro, en dirección al mar, en dirección a su remota tierra. Cuando le regalen un libro en polaco todo para él será jolgorio, lo que le llevará a cometer un descuido y a perder el empleo… y a seguir vagando errante. Más suave es Recuerdos de Mariposa donde se cuenta la historia de un viejo polaco que viviendo en un pueblo de California, y no habiéndose encontrado con nadie de su tierra en decenios, ha leído profusamente la Biblia en una edición antigua para no olvidar su lengua y ahora no sabe hablar más que con arcaísmos. Además de ser el cuento más flojo de la colección a Sienkiewicz se le escapa algún que otro comentario racista no muy agradable.

Bueno, viendo lo que llevamos ya escrito, quizás sea mejor dejar lo que queda para una segunda parte, y así se genera expectación y esas cosillas. Sí, quizás sea mejor así. Lo dicho, volvemos a la carga con la segunda parte de la reseña en unos pocos días.

Segunda parte:

Relatos, de Henryk Sienkiewicz (II)



Otra reseña que te podría interesar:

Cuentos de Galitzia, de Andrzej Stasiuk


martes, 7 de abril de 2015

El hospital de la transfiguración, de Stanisław Lem

Juego de grises con locos y cerdos…


Stanisław Lem comienza la que sería su primera obra, ésta, que casi nada tiene que ver con su pasión posterior con la ciencia ficción, con la noche solemne de un entierro. Sin embargo, la elegancia y el respeto a la noche, el mantenimiento de los ritos humanos, civilizatorios, se irá desvaneciendo a medida que avance esta novela hasta que todo quede colapsado por un nivel de bestialidad burda, de animalismo instintivo. Lem parece recordarnos qué somos en cada página de esta novela: animales pudorosos que juegan a ser hombres y que en momentos de crisis se quitan sus antifaces y se gruñen los unos a los otros con los hocicos llenos de mocos y la colmillada al aire libre. Lem juega desde la primera frase a crear el ambiente idóneo: una atmósfera de tristeza colectiva, de vacío (un familiar muerto) que intenta llenarse (mediante una reunión de hermanos, primos, cuñadas y abuelas que no se soportan y que fingen estar a gusto). 

No es el único contraste en la novela. En uno de los fragmentos más interesantes se debate sobre el arte por el arte en contraposición con el arte comprometido. El yo egoísta, la ignorancia deliberada de los problemas sociales pertinentes por parte de algún que otro personaje (Sekułowski, Marglewski) a favor de los intereses personales en los campos de la investigación formal en una disciplina o de las reflexiones vitales íntimas, común a todos los hombres, pero que al mismo tiempo considera a todos ellos, menos uno (el que piensa y crea), contingentes es un tema de choque de especial interés en la obra, de la misma forma que también puede serlo el contraste entre un poder (el de los nazis; pues la obra está ambientada en un sanatorio mental cercano a Cracovia durante la ocupación alemana de Polonia en la Segunda Guerra Mundial), un poder, decía, lleno de prejuicios dogmáticos, y una razón, un intelectualismo vivo, más humano, abierto y comprensible, pero que, al carecer de poder, queda limitado y sufre de impotencia. Siempre queda la posibilidad de rebelión, pero las consecuencias, debido al momento histórico, siempre acabarán siendo nefastas. 

Un cuarto contraste a todo esto es el de locura versus cordura: quién es un loco en esta sociedad y quién carajo no lo es. A Stefan, nuestro protagonista, después de asistir al entierro de su tío, se le ofrece la posibilidad de trabajar en un manicomio aislado en las montañas, cerca de un campo de concentración. Estamos en plena guerra y es una zona que recientemente han ocupado los nazis. Pronto se impondrán sus directrices, su visión de la nación como un organismo vivo con partes enfermas (judíos, negros, homosexuales, comunistas,… y locos) que, según sus principios, deben “extirpar”. El trato humano con los pacientes se reducirá a estas máximas de dolor: cada vez menos medicinas, el fomento de una experimentación inhumana y de métodos polémicos como terapias de electroshocks y lobotomías y, finalmente, una amenaza de exterminio en masa, donde culminará el crecento de brutalidad de la obra, llevando a sus personajes a un instante de crisis plena. Pero, “¿quién es el loco, el auténtico loco?” parece preguntarnos Lem. Hay instantes en los que los mismos pacientes del hospital parecen más humanos, más sensatos y sanos que muchos de los personajes que presumen de estar en sus cabales. En cierto momento una interna le comenta a Stefan que se siente como la única cuerda y que necesita abandonar el centro como sea. Su cortesía y naturalidad al expresarse, el temblor de su voz al rogar la intervención del nuevo doctor, quiebran a Stefan, que, después de asistir a las torturas atroces que cometen algunos médicos, celadores y enfermeras con los pobres desgraciados, siente la necesidad de marcharse él mismo sin demora. Los personajes exteriores al recinto no están menos locos que los de dentro: el extraño comportamiento misantrópico del padre del protagonista, una especie de místico intento fallido de inventor, es cuanto menos curioso, y eso, dejando de lado a los soldados adoctrinados de las SS y a los habitantes de la subestación de electricidad cercana al mismo hospital. 

Lem deja también la pregunta abierta de los cerdos. A ver, me explico: al animalizar la obra a medida que avanza y se internan en ella paulatinamente los nazis, el escritor deja abierta la pregunta de quién es más cerdo, si, por un lado, los propios nazis, o los que, por otro, como Sekułowski, deciden no tomar partido y aceptar unas directrices de forma sumisa, muchas veces apoyando físicamente esas mismas directrices con las que no simpatizan, para salvar la vida. Así puede establecerse una dicotomía entre locos y cerdos, de la que escapa un reducido tercer grupo integrado por el protagonista, el viejo director del sanatorio Pajpak, Stezsek, la doctora Nosilewska, Kauters, que constituye un personaje en el cual Lem ensaya el desarrollo de una especie de arrepentimiento, y el cura, que ni en sus últimos minutos rechaza su fe. Quizás me falta, a grandes rasgos, alguno que otro, pero lo interesante es como esa razón con escasa representación en el mundo de la obra, sigue viva de principio a fin, constituyendo una oposición pasiva al mundo de los cerdos y de los locos. Recuerdo, a propósito de todo esto, un poema de Marina Tsevetaieva que decía así:

“Me niego a ser
Me niego a vivir
En un Bedlam de no-humanos
Me niego a aullar
Con los lobos en las plazas.
Me niego a nadar
Con los tiburones
Aguas abajo por la corriente.”

Sin embargo, todo esto es insuficiente para Lem. Pues su propia obra no es sólo moral y política; también tiene una fuerte base de metafísica y de rechazo a la metafísica. Por un lado tenemos la fe en la otra vida, la creencia en el Dios redentor encarnada por los dos curas que aparecen en la novela y, por otro, queda el tío Ksawery, médico abiertamente ateo, y su sobrino, el propio Stefan que, en un cierto momento de la obra, tendrá un diálogo con el cura Niezgłowa, a mi juicio, brutal. ¿Cómo puede Dios existir y permitir las matanzas de seres humanos? ¿Pero a qué atenerse el Hombre si decide su razón que no existe ningún ser superior? ¿En qué creer? ¿Debe uno perder toda esperanza ante el panorama que nos propone Lem?

Densa y completa como ninguna, con cierto aire ominoso en cada punto y aparte, en el olor a bromuro que desprenden sus páginas, en los gestos de cada personajes, en sus psiques elaboradas admirablemente por el genio polaco, en cada historia de cada nuevo paciente… Un servidor se siente como si hubiera vivido en ese hospital maldito durante meses, como si hubiera despertado de una pesadilla… Una pesadilla cuyo final te entristece porque no quieres que acabe. Repetiremos con Lem pronto.

Más reseñas de obras de Stanisław Lem en esta esquina: La investigación, Congreso de futurología, Astronautas