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viernes, 5 de febrero de 2021

Las ratas, de Miguel Delibes

 


Vuelvo a Delibes unos meses después con la que ha sido para mí la mejor lectura de este comienzo de año. Las ratas no se aparta de lo que viene siendo habitual en el autor. Véase: entorno rural empobrecido, gentes arraigadas a la tierra que viven de ella y dependen de los continuos cambios climáticos, lenguaje basado en la oralidad, inserción de pequeñas historias dentro de una trama más extensa, gran importancia de los personajes secundarios, etc. Por su forma de estar contada y el hecho de que el protagonista vuelva a ser un niño que rechaza ir a la escuela porque cree que en ella no puede acabar aprendiendo nada de provecho, la obra recuerda de manera importante a El camino. Si a esto se le añade la localización (pueblo perdido en mitad de Castilla) y que cada personaje tiene su particular mote dentro de la comunidad (algunos muy obvios, pero otros muy chistosos), podríamos decir que estamos ante una segunda visión de la misma problemática ya presentada en El camino. No obstante, hay que dejar algo en claro. Las ratas se trata de una obra mucho más oscura y con tramos verdaderamente desagradables, lo que en cierto modo tiene sentido si se tiene en cuenta que se publica en los sesenta, casi diez años después. El camino podía y debía ser una novela que reflejase las duras vidas de aquellos que vivían en el campo, pero la situación en España tampoco permitía un texto que se recrease en lo grotesco. Delibes trataba de separarse del tremendismo de Camilo José Cela, pero una vez que este toma otros caminos literarios y su obra empieza a perder relevancia, Delibes se sienta y escribe Las ratas, una pieza con la que trata de reflejar la oscura realidad del campo español.

Los momentos de esperanza de El camino se ven dinamitados. El Nini es muy diferente del Mochuelo. Su vida se nutre de los elementos. Hijo de dos hermanos, vive en una cueva y duerme sobre un montón de paja. Su trabajo desde pequeño es azuzar a su perra, mutilada y medio ciega, para que rastree la vera del río en busca de ratas para venderlas en el pueblo. Sí, en el pueblo comen ratas. Y de ellas, el Nini lo sabe todo. Cuenta con las enseñanzas de su padre, y a la vez tío, el Ratero. La caza se convierte en sustento, pero este año no hay apenas. Un despreocupado muchacho de la ciudad vecina, por mero ocio, se acerca también a cazarlas. Si sumamos esto a que el alcalde del pueblo quiere echarlos, al Ratero y al Nini, de su preciada cueva a cualquier precio, tenemos un clima de tensión que anticipa lo inevitable: el crimen.

Toda la novela se construye con dicho fin. El enfrentamiento entre el Tío Ratero y el cazarratas furtivo, así como el abandono de la cueva, debe producirse. Este abandono no solo debe ser únicamente literal, sino también simbólico. La forma de vida de los protagonistas y su particular vivienda nos remite al mito de la caverna de Platón. El tío Ratero piensa que no tiene ratas porque el otro se las roba y que cuando lo mate aparecerán por arte de magia. El Nini sabe que esto no es así y, aunque advierte al intruso reiteradas veces para que no se acerque, sabe que es imposible que un chico de "buena familia" se tome en serio las palabras de un niño mal vestido y que lleva sin lavarse un año. El Ratero y el Nini tienen la oportunidad de vivir en una casa normal en el pueblo y cambiar sus tradiciones por otras que generen más ingresos. El Nini podría estudiar. Todo parece un negocio redondo, pero... el Ratero solo entiende de ratas. No sabría cómo vivir fuera de la caverna, porque la caverna es su vida. Y todo aquel que trata sacarle a él o a su hijo es un malnacido. 

Como digo, la trama se va construyendo con pequeñas historias que nos van mostrando la realidad de ambos personajes y del resto de habitantes del pueblo. Se destaca la sabiduría y la prudencia del Nini, pero también su incapacidad para operar, debido a la edad que tiene, así como su tremendo cariño y amor hacia el Ratero, aún cuando sabe que este está equivocado y que le acarreará problemas más pronto que tarde. Uno conoce el final antes de leerlo, de una forma un tanto similar a como sucede en El camino, pero desconoce quién ganará la lucha. Puede sospecharlo. Sin embargo, a pesar de las más profundas y acertadas sospechas, Las ratas tiene la capacidad de erizar los bellos del lector en sus páginas finales. Y esa es su magia. Una estrategia literaria extraordinariamente bien hilada y que deja muy buen sabor de boca. 

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Miguel Delibes en esta esquina: El camino, El disputado voto del señor Cayo, Cinco horas con Mario,



viernes, 14 de agosto de 2020

Los superjuguetes duran todo el verano y otras historias del futuro, de Brian W. Aldiss




Los superjuguetes duran todo el verano y otras historias del futuro es una recopilación de relatos del escritor inglés de ciencia ficción Brian W. Aldiss de finales de los noventa e inicios de los dos mil, a excepción del relato que da título al volumen y que sirve como reclamo de ventas, el cual data de 1969. El cuentario incluye, además, un prólogo donde se habla de la importancia de Los superjuguetes duran todo el verano y de los años de trabajo sin frutos en los que el propio Aldiss colaboró con el famosísimo Stanley Kubrick con el fin de adaptar el texto al guión de una película que no llegaría a dirigir. Una vez muere Kubrick, el cual había echado a Aldiss del guión porque este se negaba a usar elementos de otros textos, particularmente de Pinocho, los derechos del relato pasan a formar parte de Steven Spielberg, con quien el autor parece congeniar mejor. Dos relatos que continúan la historia del protagonista (Los superjuguetes cuando llega el invierno y Los superjuguetes en otras estaciones) después y la ayuda de Ian Watson lograron finalmente completar el tan ansiado guión del filme que se acabó llamando Inteligencia Artificial (2001). Aldiss quería aprovechar este éxito, por lo que editó un volumen con relatos escritos en una fecha reciente al estreno, relatos que, si bien no tienen esas imágenes poderosas que hace que el lector luego los recuerde con vehemencia, tratan de temas de actualidad y viene a advertirnos sobre los peligros del progreso humano y de la necesidad de erradicar ciertos comportamientos para poder mantener un equilibrio con el cosmos. Algunos de estos temas se adelantan mucho a su época y, aunque el enfoque peca de no ser el más indicado, llaman la atención, pues están en el día a día de las sociedad modernas. Hablo de la ecología, el veganismo, el tema racial, la manipulación de los medios, lo mórbido de la prensa rosa, la superpoblación, la hipersexualización, las personas transgénero, etc. 

Pero, sin duda, el plato fuerte de este cuentario se halla en sus tres primeros relatos, los cuales, como ya he comentado arriba, forman un tríptico que nos conduce a las reflexiones del pequeño David: un niño incapaz de satisfacer a su madre. Esto se debe a un motivo, que quienes hayan visto la película conocerán, pero que me niego a señalarlo aquí porque creo que puede arruinar la experiencia lectora. De hecho, mi recomendación para leer este cuentario es que pasen directamente a estos tres primeros textos y que ya luego se lean el prólogo, pues en lo personal siento que me desbarató el factor sorpresa, tan necesario en una historia de estas características. David es un niño que vive junto a su madre adoptiva y su padre, fabricante de robots, en una casa imaginaria, donde se puede mantener una estación del año eternamente. Su mejor amigo es un oso de peluche robótico y parlante, al que llama Teddy. Es cierto que no es el nombre más original para un oso de peluche, pero el texto data de 1969, por lo que entiendo que no sería tan cliché.

Nada más empezar la obra vemos comportamientos extraños entre los personajes. David es un chico sin amigos y que huye de su madre, la cual lo quiere, pero, al mismo tiempo, lo ve como un monstruo porque sabe que no es de su sangre. David tiene una pregunta constante al ver a tantos androides en su vida, ¿él es real? ¿Es innegable que siente y padece, pero es así porque lo han programado para ello? Y lo más importante de todo, ¿su madre lo quiere?

Este cuentario me fue recomendado por Cities de Das Bücherregal, el cual tiene una reseña donde habla con mucho entusiasmo de por qué esta es una de sus obras favoritas del autor. En su reseña también destaca que otros blogueros no coinciden con él y señalan que salvo el tríptico de David, el resto de relatos deja mucho que desear. Yo en lo personal creo que tienen buena intención y algunos, incluso, muy buena ejecución, pero también hay textos que bajan mucho el nivel. El de las arpías que se congelan porque el mundo llega a una era glacial y deciden hacer una orgía con los hombres no me ha podido dar más igual, por poner un ejemplo. Sin embargo, el tríptico que forman Tres tipos de soledad y los relatos III, La antigua mitología Hasta convertirse en mariposa, solo por mencionar varios de mis favoritos, son realmente buenos y merece la pena leerlos. La conclusión es que, si bien esperaba más, estoy satisfecho con la lectura y volveré a Aldiss pronto.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Brian W. Aldiss en esta esquina: Los oscuros años luz,


sábado, 29 de febrero de 2020

Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes




Este año se cumple el centenario del nacimiento del escritor vallesoletano y yo me presento a las oposiciones para el cuerpo de profesores de Enseñanza Secundaria por la especialidad de Lengua Castellana y Literatura, lo que hacía inevitable que un libro como Cinco horas con Mario, que deseaba leer desde hace tanto tiempo y al cual no paraba de plantarle excusas, tuviera que caer finalmente en mis manos. Eso sí, os adelanto ya que la lectura no ha sido agradable. 

Para quienes no recuerden la trama del instituto o para quienes leen esta reseña desde fuera de España, Cinco horas con Mario es una novela no demasiado larga que se construye casi en su totalidad como un falso diálogo entre una viuda y su marido recién fallecido. Digo falso diálogo y no monólogo porque, a pesar de que por razones lógicas Mario no puede contestar, su espíritu estará presente en todo momento. Carmen, la viuda, le echará en cara la vida mísera que ha tenido y que le achaca a él y a su forma de ser tan "roja", tan solidaria, tan intelectual en una España en la que ser de izquierdas era el mayor crimen en contra de la Humanidad. Pero vayamos poco a poco con los personajes.

El matrimonio lleva más de veinte años casados y tiene varios hijos, algunos de los cuales ya están a las puertas de la universidad. Mario como buen profesor quiere que todos asistan allí, pero esto es imposible desde los prismas de Carmen, quien piensa que leer atrofia la cabeza, especialmente a las mujeres. Las novelas que solo merecen la pena para Carmen son las de amor porque este es un tema universal. Carmen vive por y para el amor y lo explica todo a partir de él, pero siempre desde la corrección social. Piensa que las señoritas deben comportase como señoritas, asumiendo todo el aparataje social de opresión. Los hombres que le gustan son los pillos, los que se hacen el "macho alfa" vacilando de coches y propiedades. Y esto la hace sentirse una infeliz porque Mario prefirió gastarse su sueldo en libros o en ayudar a los pobres antes que en un coche. El sueño de su vida, tener un Seiscientos, se fue al traste y eso es algo que no podrá perdonar a su marido. Por eso se lo reprochará siete u ocho veces después de muerte. Siete u ocho. O incluso más. Contar, lo que se dice contar, no las he contado.

En la narratología francesa se denomina frecuencia al número de veces en las cuales se repite un acontecimiento durante la narración. Hay dos opciones, la más común en prosa suele ser el modo singulativo, que lleva a coincidir una acción con una sola representación. Tiene un sentido, el lector siempre puede volver atrás si se ha saltado sin querer algún detalle de peso. Sin embargo, en el teatro esto es imposible. No se puede a priori detener la representación dramática y retroceder a la escena anterior si no hemos oído bien o nos hemos quedado pensando en otra cosa. Por ello, en cuanto a la frecuencia se refiere, lo lógico es usar un segundo modo, el iterativo. Mediante él las acciones pueden tener varias representaciones. El modo iterativo no consiste en hacer mención a lo anterior, sino a reexpresarlo con las mismas palabras y elementos extraverbales de haberlos. Ahora bien, esto funciona en el teatro teniendo un peso y una medida, pero es a su vez tremendamente característico de Cinco horas con Mario. Tiene un sentido, mediante él se busca expresar el bloqueo de Carmen ante la repentina muerte de su marido y sus fantasmas interiores, sus privaciones, sus sueños y su forma de pensar. La reprimenda a Mario es un llanto de desesperación, una fuga a través de la cual busca que alguien la expíe de lo que considera sus pecados. El tono del modo iterativo en este caso busca crear angustia y una cierta sensación de claustrofobia que ha conseguido que la novela se me haga muy cuesta arriba. Por otro lado, la fuerza dramática y sentenciosa que aporta hace que esta obra sea perfecta para trasladarla a los escenarios.

A través de los labios de Carmen no solo conocemos al matrimonio y a sus hijos, sino también a la peculiar familia exterior y a los amigos de ambos, que son tremendamente dispares. Frente al conjunto de intelectuales proveniente del círculo de El Correo y que son ridiculizados como pusilánimes por Delibes, tenemos al padre idolatrado de Carmen, columnista en ABC y al cual Mario parece deberle un favor. Digo "parece deberle" porque la información que se nos muestra, salvo en el capítulo primero y en último, es sesgada dependiendo totalmente de su mujer. No obstante, la intervención de Mario hijo en los compases finales ayudan a aportar más luz sobre la triste realidad de los personajes.

La muerte era un tema que obsesionaba a Delibes. Actualmente me encuentro inmerso en la lectura de La sombra del ciprés es alargada, que, sin ser tan asfixiante, goza de un tono lóbrego y retrata una naturaleza hostil. Sin embargo, con la muerte la vida no acaba. Los seres humanos seguimos recordando a quienes se van y los mantenemos vivos de esta forma. Cinco horas con Mario representa el bloqueo inicial, esas horas en las que uno no es capaz de asimilar lo que acaba de ocurrir y se siente impotente, enfadado con la realidad y hasta cierto punto culpable por los asuntos que quedaron pendientes.

No puedo decir que la obra no me haya gustado, pero me ha costado trabajo digerirla y los personajes se me han vuelto pesadísimos a más no poder, por lo que no puedo recomendársela a cualquiera. Tenéis otra reseña en Un libro al día, donde defienden que se trata de una obra que no deja indiferente a nadie.

Y eso es todo por hoy. Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Delibes en esta esquina: El disputado voto del señor Cayo, El camino, Las ratas



miércoles, 4 de abril de 2018

La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata




Teniendo en cuenta los tabúes de la sociedad japonesa con respecto al sexo no es de extrañar la verosimilitud de una historia como la que nos cuenta Yasunari Kawabata en La casa de las bellas durmientes. Estas represiones de los japoneses son precisamente las que les llevan a expresar su deseo sexual de las formas más bizarras que pueden concebirse. Si bien La casa de las bellas durmientes no es una novela estrictamente erótica, queda en ella reflejada esta particularidad tan propia de la idiosincrasia nipona en la que no sólo la lujuria, sino todo lo que pueda estar relacionado con ella de manera remota debe ocultarse a la vista de los demás para no padecer una humillación pública. La discrección y la sutileza son espacios predilectos en los que Kawabata desarrolla sus narraciones y que le llevan a una ambigüedad y a un uso de la elipsis que me deja los ojos como platos cada vez que lo leo, pero aquí va un paso más allá, pues trata temas mucho más delicados que en otras novelas suyas que ya había leído y busca en un intento de aproximación a su amigo Yukio Mishima dotar a su texto de una cierta atmósfera que incomode a quién decida penetrar en ella. 

La trama está centrada en la experiencia de Eguchi, un anciano que aún conserva su virilidad (dato fundamental para entender qué ocurre), que, por recomendación de otro jubilado amigo suyo, decide asistir a una especie de burdel en el que los clientes, todos sin excepción en el ocaso de la vida, no mantienen sexo con las jovencísimas chicas que allí trabajan, sino que simplemente duermen con ellas el transcurso de una noche. Las chicas han sido previamente narcotizadas para este fin con unas drogas tan fuertes que ni siquiera golpeándolas salvajemente se despertarán. Ellas son las bellas durmientes y los viejos que las visitan ya hace mucho tiempo que dejaron de ser príncipes azules con capacidad para "besarlas" y despertarlas de su eterno descanso, si es que alguna vez lo fueron. El problema reside en que Eguchi aún cree seguir siéndolo y durante todos sus encuentros sentirá la fuerte tentación de agredir o violar a sus compañeras de cama para empaparse así de la juventud de estas y dejar de lado la fealdad que le ha traido el inexorable transcurso de los años. 

Al mismo tiempo que Eguchi tiene estas ansias de despertar a las muchachas bajo cualquier medio, aunque sólo sea para hablar un rato con ellas, le sobrevienen a la mente todas y cada una de las relaciones que ha mantenido con las mujeres de su vida (ya sean estas relaciones sexuales, amorosas o familiares). Recuerda los amables gestos de las amantes de su juventud y las tiernas carnes de las de su madurez, la soledad de su anciana esposa en la litera conyugal vacía, la cara de preocupación de su hija menor ante un conflicto familiar, la forma tan particular que tenía de hablar su difunta madre, etc. La casa de las bellas durmientes y su enrarecido ambiente se convierte en una forma de volver a ponerlo en contacto con las mujeres y de perdonarse por el daño que les ha causado. Los viajes de Eguchi desde el suelo del tatami con sesenta y siete años a su lúbrica juventud se producen con el mayor lirismo del que es capaz Kawabata, que es, como cabía esperar en él, particularmente bello. Estos recuerdos se entretejen a su vez con sueños cargados de símbolos y con pesadillas donde la culpa arrasa el alma del viejo Eguchi.

Kawabata trata aquí, además, la dicotomía viejo/joven a través de los personajes que comparter cama. Eguchi es incapaz de acceder a la juventud al no tener fuerza ni seguridad en sí mismo para intentar de una vez por todas despertar a su compañera. La muerte lo vigila de cerca y sus pasos ya son torpes y cansados. La joven duerme a su vez ignorante de este peligro lejanísimo que es la vejez con todas sus dolencias. Su sueño es profundo, inquebrantable, y relajado, mientras que Eguchi se muestra cargado de un fuerte nerviosismo ante la constatación de que su hora acabó y el tiempo se le escapa. También se vincula magistralmente las ideas del sueño y la muerte. Las chicas duermen tan profundamente que el viejo no para de preguntarse si estarán o no muertas y no puede evitar sentir por ese sueño tan profundo, tan cercano al descanso definitivo, una cierta envidia hasta el punto de solicitar a la madame las mismas pastillas que ella les administra para dejarlas en semejante estado. Eguchi puede presenciar una cierta belleza en la muerte y la quiere para sí como despedida final de su paso por el mundo.

En definitiva, una extrañísima novela breve escrita con una de las mejores plumas de las letras japonesas que guarda un mensaje profundo y desesperanzador con la vida. La desagradable pega aquí es la fuerte ideología machista sobre la que se cimienta la obra y es que a fin de cuentas las mujeres en La casa de las bellas durmientes sólo acaban sirviendo de objetos para que Eguchi, un hombre, se explique a sí mismo y son siempre sometidas por él y por sus compañeros del mismo género. Todo lo cual se vuelve mucho más perturbador si tenemos en cuenta que aunque las chicas no tengan sexo con los viejos estas duermen desnudas con ellos y a alguna que otra todavía le queda para cumplir lo que en España se considera la mayoría de edad. Kawabata ganó a pesar de este componente rancio el Nobel en 1968, lo que tampoco es de extrañar, porque como escritor es una maravilla, pero más de uno dudaría si entregárselo a día de hoy tras leer una novela como esta. ¡Avisados quedáis! Tenéis más reseñas en Un libro al día (un poco en la línea de esta), Koratai (siempre expertos en literatura japonesa, aunque aquí escriban una reseña algo sucinta) y Devoradora de libros (que escribe una genial reseña relacionando esta novela con otras de Tanizaki y García Márquez).

Más reseñas de obras de Yasunari Kawabata en esta esquina: Mil grullas, País de nieve



domingo, 4 de marzo de 2018

La celda de cristal, de Patricia Highsmith



Phillip Carter es acusado de un crimen que no ha cometido y enviado a la penitenciaría. Allí espera pacientemente la ayuda de su amigo abogado (David Sullivan), mientras fantasea con el día en el que salga y vuelva a abrazar a su mujer (Hazel) y a su hijo (Timmie). Lo que sería una mala experiencia de unos pocos meses se convierte en una pesadilla de seis tediosos años en los que Carter es torturado, vejado y abandonado por sus seres queridos. Su hijo sufre el acoso en el colegio por tener a su padre metido en el trullo y su mujer, sola y desquiciada por las continuas desiluciones del sistema jurídico, comienza una aventura con David en Nueva York, a kilómetros de la celda que comparte Carter con dos narcotraficantes. El asesinato del único amigo que tuvo alguna vez Carter en prisión y su nueva adicción a la morfina, así como el ambiente criminal y abusivo de la cárcel, que no tiene piedad con nadie, moldean en él una nueva personalidad que le lleva a chocar con el mundo que dejó atrás una vez abandona su confinamiento. La idea de las infidelidades de su mujer y su amigo serán aceptadas con mucho rencor y odio por un Carter que será impulsado por el mismo individuo que lo metió en chirona (Gawill) y que es el enemigo acérrimo del abogado. De esta forma, comienza a crecer en Phillip la posibilidad de mandar al otro barrio a David como un acto de venganza más que lícito. 

En La celda de cristal asistimos a la transformación de un hombre honrado en un criminal de la peor calaña. Esto es posible gracias a la fragilidad de un sistema penal estadounidense como el que se describe en la novela, desde el cual se fomenta el odio y la violencia como medios para sobrevivir con dignidad hasta el día de mañana. Carter pasa de ser un hombre inocente de todo cargo e injustamente condenado a convertirse en todo un delincuente por ajustarse al papel que parece que le han destinado unos terceros. Se desprende de toda una capa de sentimentalidad y endurece su carácter para reclamar lo que piensa que le pertenece por derecho (su mujer Hazel) y al final de la novela poco queda de ese ingeniero que en las primeras páginas disfrutaba estudiando francés.  Carter descubre que la mentira es poderosa si sabe usarla y que decir la verdad no tiene por qué venir acompañada de sucesos agradables en un mundo en el que sólo lo que parece cierto importa. El título alude a este aislamiento del mundo que padece su protagonista, que puede ver a su alrededor todo lo que acontece con su familia y con su caso, pero poco puede hacer si no rompe el cristal que lo separa de sus problemas. La ruptura del cristal lo lleva a desembocar con toda la violencia de la que es capaz en un ambiente anteriormente idílico, que se ve enrarecido precisamente por eso, y que conduce a Carter a sufrir el rechazo de todos los que están a su alrededor, salvo Gawill. El criminal es la única persona que parece entender a Carter, aunque, como salta a la vista de lejos, su auténtico propósito es moverlo al asesinato de su enemigo. La extraña relación con Gawill le lleva a Carter a replantearse su pertenencia a este mundo fuera de la celda de cristal, donde cuenta con libres movimientos, pero carece de tiempo para meditar las acciones y para sufrir en silencio. La salida de la celda implica también una sensación de pérdida de control de Carter para con su propia vida, pues durante seis años no había tenido que preocuparse de gran cosa y ahora se siente como una rana fuera de su charca. La suma de todo hace detonar una bomba cuya mecha había estado consumiéndose silenciosamente con el transcurso de las horas en prisión.

Highsmith crea una novela de intriga apabullante que, si bien no sigue un argumento que destaque por su originalidad y que le lleva resultar bastante predecible, está dotada de ciertos puntos de ingenio y de una prosa deliciosa. El ritmo es fundamental aquí como mecanismo de progresión de los diferentes personajes y especialmente de Carter y está ajustado con una precisión milimétrica, lo que le da a La celda de cristal una atmósfera mucho más verosímil que otra de las novelas de la autora con un protagonista muy similar como puede ser El talento de Míster Ripley. Highsmith tiene un detalle que me ha entusiasmado y es que las reminiscencias o pistas que va dejando del destino final de Carter y de los otros personajes a través de imágenes o símbolos anuncian o insinúan de una forma muy sutil lo que está ocurriendo ante la ceguera del protagonista y nos pone a los lectores sobre aviso de sus intenciones. Highsmith emplea aquí la repetición distorsionada de imágenes para señalarnos las similitudes entre los actos desde el punto de vista de Carter con el que se nos obliga a empatizar a través de un narrador focalizado muy similar al que se empleaba en El talento de Míster Ripley. La narración está determinada por un gran dominio del estilo indirecto libre, que es, a mi juicio, una de las técnicas de escritura más difíciles de lograr y que sirven para diferenciar a los grandes de los pequeños en el cosmos de la literatura. Como os digo, una maravilla de novela de una autora de la que tenía muchas ganas de volver a leer algo. 

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Patricia Highsmith: El talento de Mr. Ripley, La máscara de Ripley,


viernes, 22 de septiembre de 2017

El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima



Noboru es un chico de unos trece años que vive con su madre Fusako cerca de un muelle de Yokohama. Noboru lleva toda su vida viendo atracar y zarpar todo tipo de navíos en el cercano puerto, actividad que incrementó tras la muerte de su padre hará unos cinco años aproximadamente. Es un chico bastante extraño e inteligente, pero que se siente limitado por como lo trata su madre y, como todos los adolescentes, quiere comerse el mundo. En su cabeza contrapone su vida en tierra, fuertemente marcada por todo el constructo de normas sociales, con la libertad que debería proporcionarle la amplitud de la alta mar. A bordo de un buque podría ver países exóticos y vivir extraordinarias aventuras, mientras que en tierra está condenado a la mediocridad, lo cual no deja de ser una visión bastante extrema y romántica. En medio de todo este devenir mental de Noboru su madre consigue a un nuevo amante, un tal Ruyji que una vez tuvo ideas parecidas a las del pobre Noboru y se acabó embarcando como marino. Sin embargo, la mar no le habría traído la gloria a Ruyji, sino más bien soledad y él, al sentir que Fusako le quiere de veras y que económicamente se lo puede permitir, decide buscar trabajo en tierra cerca de su amada. Esta decisión decepcionará a Noboru, quien le perderá el respeto y el cariño "para siempre". 

Yukio Mishima construye una novela con tintes eróticos y sentimentales, próximos a la narrativa de Tanizaki, pero cuya profunda filosofía visceral acaba llevando la historia por unos derroteros inesperados -al menos para mí, que es la primera vez que leo algo del autor- que acaba en un final crudísimo y que no creo que deje indiferente a nadie. No es que el inicio de la novela no sea de por sí bastante fuerte (un adolescente que espía como su madre desnuda se acuesta con un hombre que no es su padre), sino que en comparación con el final esta escena nos va a parecer hasta "soft". La verdad es que no veo el afán ni la necesidad de tantos elementos repulsivos concatenados y soy de los que han sentido como insoportables los momentos en los que Noboru se reunía con sus "amigos", los infelices que se dedican a matar gatos porque otro más infeliz que ellos les dice que eso es la auténtica expresión de la libertad humana: el jugar con lo que es moralmente prohibido como la vida y la muerte de lo que nos rodea. Como crítica contra el fanatismo El marino que perdió la gracia del mar podría servir si no fuera porque da la impresión de que el escritor está pretendiendo justo lo contrario, hacer una justificación del odio y del sacrificio de Ruyji por traicionar a los valores en los que como adolescente decidió cimentar su vida. ¿Uno no puede madurar y cambiar de opinión? ¿Estamos tan atados a las decisiones que tomamos que nuestra vida debe ser juzgada constantemente en base a ellas? 

Toda esta evolución de la trama me ha llevado a pensar en la novela como un producto de mal gusto (en un sentido ideológico), pero a pesar de esto no puedo negar lo obvio: El marino que perdió la gracia del mar está increíblemente bien escrita. Mishima redacta su historia con una prosa llena de lirismo, símbolos y metáforas y, aunque no esté de acuerdo con el mensaje que intenta transmitir, he de decir que éste se siente claro y poderoso. Los personajes están muy bien construidos emocionalmente hablando y se aprecian muy vivos, aunque quizás, por el tipo de historia, nos cueste mucho empatizar con ellos. Viven en una época de transición y esto se aprecia en lo occidentalizado que se muestra el país nipón y la casa de los Kuroda. 

Esta novela plantea para mí un dilema, pues si bien soy consciente de la gran calidad de su prosa, también lo soy de la aberrante ideología, aunque cuántas historias como esta habremos leído, que nos deje un sabor tan agridulce en los labios. Yukio Mishima se incorpará desde ya a mi lista de escritores de doble filo -esos con cuyos textos no paras de saltar del amor al odio a cada momento- donde ya había dejado a nombres tan sonados como Louis Ferdinand Céline, Knut Hamsun y Camilo José Cela. Si puede salir de aquí o no será cuestión de tiempo. Os dejo más reseñas de esta obra en Das Bücherregal, Un libro al día y Letras en tinta. Parece que a todos les ha encantado y que el único que pongo pegas soy yo. Quizás no he sabido (o no he querido) ver dobles mensajes o lo qué sea. Tentado de cambiar algo lo dejo así y ya; una visión algo distinta de vez en cuando nunca viene mal.




martes, 19 de septiembre de 2017

Cuna de gato, de Kurt Vonnegut



Hablar de Cuna de gato implica irremediablemente una exposición de lo que representa el bokononismo, la ficticia religión cuya fe profesan (o mejor dicho, no profesan) los habitantes de la República de San Lorenzo, una diminuta isla más en las miles de diminutas islas que habrá diseminadas por todo el mar del Caribe. El bokononismo es una religión cuya principal premisa es que todas las religiones son mentira, incluído el propio bokononismo, por lo que dentro de la sociedad bokononista se crea la paradoja de que ningún bokononista cree en el bokononismo, aunque lo practique. Sé que esto puede resultar complicado de entender, así de primeras, pero os pido que hagáis un esfuerzo porque esta novela de Vonnegut constituye un ataque directo a cualquier planteamiento religioso, moral, social y político que hayáis defendido con anterioridad. Los bokononistas, que saben que todo es mentira hasta lo que parece que no lo es, son conscientes del ensordecedor vacío que deja la verdad en nosotros, hombres que se sienten abandonados por Dios y responsables de absolutamente todos sus actos, y eso es lo que les lleva a valorar muy positivamente la utilidad de la mentira (de la que prefieren borrar todo lo que oprime y limita al hombre: el sufrimiento, el decoro, la codicia, los celos, ...), primando en ella el placer, la fraternidad y el amor libre. Sin embargo, para que el bokononismo pueda seguir vivo el tiránico poder de la isla, regentado por "Papá" Monzano, hace prohibir toda expresión de dicha fe bajo pena de muerte y declara que la religión oficial de San Lorenzo es la cristiana, aunque en el fondo él no tenga ni idea de quién narices era Cristo. Los bokononistas (no) encuentran a su mesías en Bokonon, un hombre que habría llegado a aquella isla perdida un poco de casualidad en el primer tercio del siglo XX y que habría supuesto toda una revolución cultural y espiritual. La religión de Bokonon tiene, además, términos propios muy curiosos como: karass, grandfallon, sin-wat, vin-dit o boko-maru. Todos estos son formulados en el dialecto de la isla, una especie de creole inglés con sus diversas particularidades. Vonnegut inserta en ocasiones fragmentos en este lenguaje local que lejos de despegarnos de la trama nos ayudan en la inmersión total en la historia de la isla. De entre los términos, los que más importancia pueden tener son los que constituyen la dicotomía karass/grandfallon. Un karass sería un grupo de personas destinados a actuar juntas o de forma solapada para un fin que desconocen y que ellas no han buscado, mientras que un grandfallon sería un karass construido artificialmente por las personas y que por ello está predispuesto al fracaso. Aunque todo esto da un poco lo mismo porque sólo son mentiras sugeridas por Bokonon para hacer la vida más placentera. 

Todas estas ideas del bokononismo encajarían decentemente en un ensayo, pero esto es una novela y, aunque al bokononismo se le da un peso importante dentro de la misma, no es lo central en la narración. La historia de como el protagonista, el periodista y escritor que nos narra la historia llega hasta San Lorenzo y se convierte a la fe local, es muy larga de contar y muy rápida de leer, y eso se debe a que los acontecimientos en Cuna de gato se viven a una velocidad vertiginosa. La intriga crece de una forma en la que pronto se llega al punto en el que por nada del mundo queremos parar de leer. Este vértigo puede llegar a disgustar a muchos lectores, e incluso a mí me podría haber echado para atrás si no fuera porque la velocidad es buscada a propósito por Vonnegut como recurso estético que dote de dinamismo a su novela y no porque falta contenido y no se sabe cómo rellenar capítulos. Esta velocidad también contribuye a mejorar el carácter caricaturesco de muchos de los personajes, que se sienten a veces muy extrafalarios. El humor, normalmente muy negro, está muy presente en Cuna de gato, y yo diría que tanto o más que en Madre noche.

Vonnegut construye una sátira política con precisión y originalidad, siguiendo el camino de su obra anterior. Tras lo que ocurre en San Lorenzo podemos intuir las tensiones internacionales entre superpotencias propias de la década de los 1960s; no por nada el verdadero hilo conductor (vin-dit, en lenguaje bokononista) es la última invención del creador de las bombas atómicas que explotaron en Hiroshima y Nagasaki: el peligroso componente ultrasecreto conocido como Hielo-9, capaz de congelar todos los océanos del planeta en un segundo. Este es el único elemento de ciencia ficción dentro de la novela, pero se vuelve fundamental para el avance de la trama y es, sin duda, junto con el bokononismo, lo que más recordaremos del libro una vez que pasen largos meses tras su lectura. Ambas son ideas que hacen de este libro un discurso único y a tener muy en cuenta. De momento, se ha convertido en una de mis mejores lecturas de este año. Así que desde ya os voy avisando de que si me siguen gustando estas novelas, podremos tener Vonnegut para rato. Os dejo más reseñas de Cuna de gato en Das Bücherregal (uno de mis blogs favoritos y en el que más se ha reseñado al estadounidense) y en Bibliópolis (a los que no les ha gustado demasiado).

Más reseñas de obras de Vonnegut en esta esquina: Madre noche, Las sirenas de Titán, El desayuno de los campeones,

PD.: Hay varias traducciones de esta obra. Yo he leído la que hace Carlos Gardini para La Bestia Equilátera (Argentina), cuya portada aparece en la imagen.





viernes, 1 de septiembre de 2017

Madre noche, de Kurt Vonnegut



Howard Campbell Jr. está encarcelado en la prisión internacional de Haifa, en Israel, a la espera de ser juzgado por crímenes contra la humanidad tras haber sido colaborador del Regímen Nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Howard Campbell habría trabajado para el Ministerio de Propaganda durante el conflicto, aprovechando su inglés nativo para distribuir ideología nacionalsocialista entre la población estadounidense gracias a su emisora de radio. Sin embargo, parece que en el fondo era un agente doble de los Estados Unidos, algo que la nación del águila no admitirá jamás para no ver perjudicada su imagen. Teniendo la certeza de que lo van a condenar a muerte diga lo que diga, Campbell escribe su testimonio para las autoridades israelíes, una especie de memorias en las que trata de poner de relieve como el presunto nazi se habría adaptado para sobrevivir en un sistema cuya bases no compartía, sintiéndose perfectamente responsable de ello. Su aparente sinceridad le lleva a despotricar contra todas las formas de gobierno de su momento histórico, lo que vuelve este libro ante todo una crítica contra el poder (o el abuso de poder, más bien) político en cualesquiera que sean las caretas ideológicas tras las cuales se esconde. Las diferencias entre capitalismo estadounidense y comunismo soviético no son más que meras superficialidades y lo mismo ocurriría entre el nazismo y el sionismo, como dos caras de la misma cultura del odio. Todas las ideologías se autoproclamarían a sí mismas como la mejor y de ahí procede la desconfía de Campbell, que se adapta sin autoengañarse, manteniendo siempre una sospecha nihilista sobre cada acto humano. 

Para convencer a las masas los grandes discursos ideológicos se habrían valido de las estructuras del sistema propagandístico, que también en Madre Noche recibe duras, aunque merecidas, críticas. Tras la novela de Vonnegut se nos muestra como miles de personas prefieren ser guiadas por otros. El pincipal problema residiría en la falta de conciencia crítica de las masas, o la falta de fuerza de voluntad para oponerse a los dictados de los poderosos. Las masas habían preferido que les dijeran qué pensar, cómo actuar y sobre todo a quién odiar. El odio mueve las guerras y reestructura los mapas políticos y económicos. La maquinaria del odio es ignorada a conciencia por Howard Campbell, aunque él haya contribuido a mover sus ejes más que muchos, por lo que le resulta bastante complicado aceptar que otros le odien y eso le lleva a sentir vergüenza y desprecio por su persona. No deja de verse a sí mismo como una víctima más de la turbulencia del mundo, de la maldad de la ideología. Lo único que Campbell recuerda con gusto son sus años de dramaturgo de éxito en Berlín, en los años previos a la guerra, donde en su vida personal, a pesar de la cultura de odio nazi imperante en la sociedad, todo era amor, primero por su esposa y luego por su artístico trabajo. La idea de la nación de dos que propone está muy presente en este momento casi inicial de su relato: uno puede ser feliz a pesar de estar rodeado por el odio siempre que haya alguien dispuesto a amarle. Quizás para mi gusto es una idea bastante sentimental y cursilona, aunque en la novela este amor funciona más bien como parche, como velo que cubre otros problemas más serios a los que la ceguera del amor no nos permite prestarles atención, y bueno en ese sentido funciona muy, pero que muy, bien.

Vonnegut escribe la historia de un personaje ambiguo, polémico y fugitivo, la historia de un hombre que trata de no ahogarse nadando en todas las direcciones posibles. Su indecisión y su falta de coherencia consigo mismo y con los demás, la ausencia de unas bases éticas inamovibles lo llevan a una situación aparentemente irreversible. Vemos a Campbell como quien ve a un niño lloroso al que le han quitado un caramelo, solo que la prosa de Campbell es mucho mejor que la del niño y a él le han quitado su vida y sus esperanzas y no una triste golosina. Se crea un antihéroe al que el lector no sabe si amar u odiar, o ambas cosas en diferentes momentos.

Sobre el estilo de la novela, lo más interesante quizás sea decir que la trama está maravillosamente bien dispuesta, de forma que, aunque sepamos desde el inicio que Campbell acabará en Haifa el no saber cómo ni por qué, así cómo los continuos desvelamientos, giros argumentales asombrosos y reflexiones críticas nos harán querer seguir leyendo esta novela hasta su desenlace. Se mezclan las técnicas narrativas recurrentes en las novelas de espionaje con una historia de revisión de los crímenes del nazismo que no trata de defender a los radicales alemanes, pero que deja ver su cara más humana y es que, aunque nos moleste terriblemente, estos criminales también podían tener su sensibilidad artística y amaban a sus animales. Hemos convertido en monstruos a los nazis sólo para olvidar que sus discursos y sus acciones fueron pronunciados y ejecutados por personas. Queremos tanto evitar parecernos a ellos que les hemos quitado la condición de personas tal y como ellos hacían con los negros, los homsexuales o los judíos. Puede que no usemos la violencia, pero el germen del odio sigue ahí, latente. 

El reo cuenta su historia con algunas pinceladas de humor que alivian un poco una narración que, de otra forma, terminaría resultando bastante seria. También contiene instantes muy líricos que podrían haber quedado fatal en otra parte, pero que aquí no sólamente no desentonan, sino que incluso se puede decir que aportan. Os dejo, pues, con un fragmentillo de la novela y me despido hasta la próxima reseña.

 "Me quedé helado.
No fue el sentido de culpabilidad lo que me heló. Me había enseñado a mí mismo a no sentirme culpable.
Tampoco fue un horrible sentido de pérdida lo que me heló. Me había enseñado a mí mismo a no desear nada
Tampoco la rabia desconsoladora contra la injusticia. Me había enseñado a mí mismo que un ser humano encontrará con más facilidad tiaras de diamantes en las cloacas que recompensas y castigos justos.
Tampoco el pensar que Dios era cruel. Me había enseñado a mí mismo a no esperar jamás nada de Él.
Lo que me dejó helado fue el hecho de que no tenía ningún motivo para moverme en una u en otra dirección. Lo que me había impulsado a actuar durante tantos años muertos y vacíos había sido la curiosidad."

 
Tenéis más reseñas de Madre noche en Das Bücherregal (sitio en el que me recomendaron esta lectura) y en El Biblionauta (que tiene una visión algo distinta de la mía, de esas que te hacen replantearte la mitad de lo que has escrito). Tenéis otra reseña más reciente en Librería de urgencia.


Reseñas de otras obras de Kurt Vonnegut en esta esquina: Cuna de gato, Las sirenas de Titán, El desayuno de los campeones,



martes, 22 de agosto de 2017

Clases de baile para mayores, de Bohumil Hrabal



Os aviso ya de antemano que esta reseña será muy breve y que se va a parecer más a una serie de apuntes que a una reseña como tal. Dicho esto, empecemos.

Clases de baile para mayores es un relato largo de Bohumil Hrabal en el que pretende homenajear a su fallecido tío Pepin, quien fue "su musa" y también "su héroe" tanto en la vida real como dentro del universo propio de este relato. Aquí vemos como un anciano Pepin le cuenta "sus batallitas" a una joven prostituta. Hrabal se centro mucho en lo que cuenta Pepin y en cómo lo cuenta, por lo que la simulación del lenguaje hablado coloquial y dialectal es grande. En la deslavazada e intermitente narración de Pepin se mezclará lo tierno con lo grotesco, lo sexual con lo espiritual y lo absurdo con lo histórico. Es un relato muy inconexo, que invita a perderse en el buen sentido, y que está plagado de un humor negro que, seguramente asustaría a las más altas damas, pero no a la compañía habitual de Pepin, que, por otra parte, tampoco le echa demasiada cuenta. Hrabal despliega una visión carnal de la humanidad en un sentido muy próximo al de Rabelais, donde los límites de los decoroso se rebasan con facilidad porque no pueden ser ignorados ni por mujeres ni por hombres. 

Como lectura rápida y entretenida está bien -diría que incluso muy bien si echáís de menos a vuestros abuelos y sus maravillosas y poéticas historias-, aunque, en mi opinión, Trenes rigurosamente vigilados es un texto mucho mejor del mismo autor. Os dejo otra reseña de Un libro al día con la que coincido bastante.

Más reseñas de libros de Bohumil Hrabal en esta esquina: Trenes rigurosamente vigilados, Anuncio una casa donde ya no quiero vivir

domingo, 16 de agosto de 2015

Anuncio una casa donde ya no quiero vivir, de Bohumil Hrabal




Ya lo comentábamos en la reseña de Trenes rigurosamente vigilados, un libro genial de un escritor no garantiza que otro del mismo llegue a su altura. Los siete cuentos aquí recogidos se quedan bastante por debajo de las expectativas despertadas, lo cual no quiere decir que sean malos del todo. Nada de eso; de esos siete, al menos dos, me han parecido especialmente buenos, casi perfectos. En todos ellos se sigue manteniendo algunos elementos de la escritura de Hrabal que ya vimos en Trenes rigurosamente vigilados: el erotismo, el onirismo, el humor negro, el barroquismo con frases largas llenas de imágenes y la capacidad increíble para detener el tiempo y matizar detalles que tanto me había asombrado. Si hay una mayor inconsistencia en estos cuentos que en Trenes rigurosamente vigilados se debe sobre todo a una mayor experimentación formal. Experimentar conlleva riesgos y aquí triunfa dos veces, consigue medianamente salir del paso en otras cuatro y no llega a rematar la faena en el último cuento. 

Buhomil Hrabal nos propone en Anuncio una casa donde ya no quiero vivir un microuniverso devastado por la Segunda Guerra Mundial donde las historias que se narran comparten personajes tan cotidianos como extravagantes (un obrero que trabaja, una anciana que llora por la orden soviética de derribar una iglesia, una presa política que mira lúbricamente a violador con la condicional, un guardia que encuentra una estampa con un ángel entre la basura y se queda embelesado, un filósofo que busca chatarra, un escultor que se muere de hambre, un músico que mata a otro porque le molesta para tocar bien, un voluntario de las Fuerzas del Orden Público, un hombre apellidado Kafka que describe todo lo que ve,…). En este marco espacio-temporal (alguna ciudad checa en el año 1950), cuando Checoslovaquia se halla ya bajo indirecto dominio soviético, Hrabal despliega una honda crítica que destapa todos los males provocados por el nuevo régimen y que sufren las distintas clases sociales de su país: se puede respirar en sus páginas el miedo a la muerte de los personajes y la crítica al absurdo supremo de la vida misma. Basta con leer el título del primer cuento (Kafkiana) y su inicio para entender bien esto:

“Cada mañana mi casero entra de puntillas en mi habitación; oigo sus pasos. Y mi habitación es tan larga que podría ir de la puerta a mi cama en bicicleta y merecería la pena. Mi casero se inclina sobre mí, se gira, hace señales a alguien que está en la puerta y dice: 
-El señor Kafka está aquí. 
Y por tres veces apunta al aire con el dedo y vuelve a salir, y lentamente se dirige a la puerta donde sin duda la casera le entrega una bandeja metálica con un bollo y una taza de té, y mi casero me lo trae, y como le tiemblan las manos la taza da saltitos en la bandeja. A veces, tras un despertar semejante, pienso qué sucedería si mi casero, cuando así se despierta, dijese que no estoy ahí. Me asustaría muchísimo, porque llevan ya varios años practicando este modo de anunciarse, en recuerdo de aquella primera semana en que cada día me traían el desayuno y yo no estaba en la cama.”

El Kafka que habla es un Kafka ficticio, el auténtico Kafka muere muchos años antes que la fecha en la que sitúa Hrabal sus historias. ¿Por qué aparece como personaje? ¿Por qué dice que desaparece una semana para luego volver a aparecer? ¿Por qué durante este cuento se limita a describir todo lo que ve y a espantarse? ¿Por qué en cierto momento una tabernera le dice que ella también es hija de un tal Kafka y un puñado de personas más tienen el mismo apellido?  Hrabal emplea este cuento-puerta para poner de manifiesto el absurdo de la época, pero no será hasta los cuentos siguientes cuando comience la sarta de críticas mordaces contra la opresión soviética.

Los que siguen a Kafkiana son Qué gente tan rara y El ángel, que tienen un poco más de calidad narrativa y que se sitúan ambos en la fábrica de una cárcel de mujeres de esa misma ciudad. Allí Hrabal muestra las condiciones en las que trabajan las presas y los obreros, que son pésimas, tanto laborales como humanas. En Qué gente tan rara un grupo de técnicos se niega a trabajar porque aspira a un aumento, esperando que el sindicato comunista se ponga de su parte, al mismo tiempo que una compañía cinematográfica de propaganda acude a la fábrica para grabar un falso documental en el que los trabajadores deben de animar a los norcoreanos en su guerra civil, algo que a todos los que allí trabajan les trae sin cuidado. El contraste irónico de no tener para vivir medianamente en la dignidad y trabajar horas y horas construyendo armas que serán usadas en países extranjeros y encima tener que alegrarse uno de esto por imposición esta bastante bien hecho, a pesar de que hay en el relato diversos elementos que parecen estorbar demasiado y nos alejan de esta idea central. En El ángel se crítica el abandono de EEUU de Checoslovaquia y las consecuencias que ello trajo. En él se trata el tema de la esperanza y la fe que no se pierde y de cómo llegar a ser feliz en la adversidad.

Lingote y lingotes es el cuento principal, donde se pronuncia la frase que da título al libro y hace crecer el contexto de forma que al acabar llegamos a comprender perfectamente su significado. Y aunque en él hay giros argumentales asombrosos e intentar explicarlo sería revelar demasiada información sólo diré que comienza con el encuentro de un ex presidiario (violador) con una borracha. La cuestión crítica cobra aquí una dimensión enorme: se critica la industrialización tóxica de la Checoslovaquia de posguerra, la degradación de los intelectuales que han pasado a recoger chatarra, la brutalidad de un tiempo donde la ley no cuenta con efectivos para hacer cumplir las múltiples normas nuevas, el trato dado por los nazis y los reclusos durante la Segunda Guerra Mundial a los presos políticos, la pasividad de los ricos  para ayudar a otras personas y mejorar el mundo, la automutilación del capital material para hacer lingotes,… En Lingote y lingotes también se aprecia el miedo a una posible guerra atómica entre superpotencias y se habla sutilmente de la revalorización de la figura del judío en Chequia tras la guerra. 

Los dos cuentos siguientes tratan del mismo tema, el arte, aunque La traición de los espejos me parece mucho más consistente que la fanfarria de El tambor roto. En la primera, mediante composiciones en paralelo se critica la situación penosa de los artistas y el poco valor que tiene éste para la élite comunista. Se nos muestra por un lado el derrumbe de una antiquísima iglesia delante de sus escasos fieles y el almacenamiento de cuadros en el sótano de una galería tras el duro trabajo de sus pintores. Hrabal recurre aquí a imágenes demoledoras como obreros sosteniendo los ojos de santos o esculturas de artistas que se ahorcan. De El tambor roto, por el contrario, lo más destacable quizás sea su especie de búsqueda de la oralidad. Trata de la gente que se mata por el arte porque ya no les queda otra cosa por que matarse. Es profundamente satírico.

El último cuento (Hermosa Poldi) es el que conecta el primero con todos los demás, siendo también el más experimental y el más difícil de todos. Sirve de resumen de todas las ideas principales y es con diferencia el que menos me ha gustado.

Podéis encontrar más reseñas de Anuncio una casa donde ya no quiero vivir en Un libro al día (donde la reseñista destaca por no decir absolutamente nada interesante y demostrar que muy bien no se ha leído el libro) y La Biblioteca del Asterión (donde Guillermo casi me hace una apología de Marx, Nietzche y Kundera y se olvida del todo del libro). Lamento no haber encontrado nada mejor esta vez.

Reseñas de otras obras de Hrabal en esta esquina: Trenes rigurosamente vigilados, Clases de baile para mayores,







 

jueves, 13 de agosto de 2015

Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal

La débil línea que separa el deseo de vivir del de morir...



Cuando conseguí ver la película de Jiri Menzel pude decir que me gustó, aunque no me apasionó. Al tener la noticia de la existencia del libro y tras haber leído un par de críticas positivas aquí y allá, y viendo que aún desconozco buena parte de la literatura de Europa Central, que lo que había visto no era malo del todo y que si sobresalía en algo era especialmente en su guión, me decidí a cogerlo del estante de la biblioteca del pueblo para llevármelo a casa y darle así una oportunidad que yo creía que debía merecer. No esperaba entonces que lo que iba a leer fuera tan interesante y estuviera tan asombrosamente bien escrito... No me esperaba en absoluto encontrarme con un libro así. Raras veces ocurren estas cosas; tener en tus manos una novela a la que no le encuentras ningún fallo, por nimio que sea, que reprocharle. Algo tan perfecto que asusta. Hay escritores que parecen tocados que una varita mágica: son pocos, pero son. No todas sus obras están escritas con este halo angelical de magnificencia literaria. Después de zamparme ésta en un día, volví corriendo a la biblioteca porque esa misma mañana creía haber visto junto a mi libro otro del mismo autor y, sin embargo, esta otra obra la situaría yo muy por debajo de la anterior tras leerla, pero ya me guardaré mis ideas para su reseña. La de hoy es Trenes rigurosamente vigilados.

La novela tiene como protagonista a un tal Milos Hrma, que trabaja como ayudante en una estación de ferrocarril checa (posiblemente una situada en los alrededores de Praga) durante la Segunda Guerra Mundial, que no disfruta necesariamente con lo que hace, aunque debido a ciertas habladurías sobre el comportamiento adoptado por sus estrambóticos ancestros (bisabuelo, abuelo y padre) se siente en la necesidad de demostrarle al mundo que él no es ningún vago y que puede ser útil para la sociedad, encontrando de esta forma un motivo para seguir viviendo en una época y bajo unas circunstancias como las suyas. Sin embargo, siente que no logra sus objetivos de forma inmediata y no llega a sentirse un hombre normal, un hombre de verdad, -el tema de la hombría le obsesiona mucho- lo que entre otras cosas se debe al complejo que mantiene derivado de su impotencia sexual y a sus continuas meteduras de pata en la antiquísima tradición del flirteo. Así es cómo intenta convencer a una alemana que había llegado sola a la estación para que acceda a enseñarle las complejidades del sexo:

"Me llamo Milos Hrma, -tartamudeé- sabe, yo me corté las venas porque parece que padezco de eyaculatio precocs. Pero no es verdad. Es cierto que me quedé mustio como un lirio con mi chica, pero entre nosotros, soy un hombre de verdad [...]." (Pág. 95)
 La chica de la que habla es una tal Masa que trabaja como azafata en diversos trenes que atraviesan la estación y del que Milos parece estar profundamente enamorado. En un momento para él de vida o muerte recuerda el encuentro fallido que le comentará a la alemana páginas después y lo narra con una ironía amarga que te sitúa a medio camino entre la risa burlona y la compasión. El personaje de Milos en sí crea en el lector un sentimiento confuso donde uno acaba hasta cogiéndole cariño.

Otros personajes más secundarios, pero sumamente interesantes, son el jefe de la estación o el factor Hubicka, superior directo de Milos. Ambos tienen sus particularidades que los convierten en personajes extraños, a veces surrealistas, fantásticos. El jefe de estación tiene afición a criar palomas y suele pasear con ellas en la cabeza a todas horas, con las ropas cagadas de blanco, amarillo y negro, mientras que Hubicka destaca por su parsimonia para afrontar los problemas que le llegan y por su carácter lúbrico. 

Como vemos en la novela se respira el humor -muchas veces negro como el carbón- y el erotismo. Se puede decir que son elementos fundamentales que cuadran muy bien con la obra. A pesar de esto, no nos podemos olvidar del contexto en el que nos sitúa Hrabal: la dureza de la Segunda Guerra Mundial en Checoslovaquia. Hrabal, que no lo había pasado especialmente mal durante la ocupación nazi, compone una suerte también de tragicomedia antifascista, donde Milos, para sentirse útil, se aliará con Hubicka, a quien han amonestado los alemanes por sus juegos sexuales inmorales en el trabajo, para dinamitar un tren de armamento. Viendo el humor negro imperante en el resto de la novela sólo se puede decir que una vez que uno llega a este punto de la narración siente que puede ocurrir de un momento a otro cualquier cosa. 

Con un buen inicio y con un buen final Bohumil Hrabal escribe buscando retratar el detalle, detener el tiempo para que podamos apreciar lo extraño de la realidad que describe, una realidad que a veces olvidamos que existe y existió. Para ello nos ofrece un cóctel de imágenes cotidianas y alucinatorias muchas de ellas burlescas y sutilmente sexuales, que se siembran en frases largas, de un barroquismo bien hilado, que a veces tiende a la digresión, aunque no abusa de ésta. Además de todo esto, su imaginación parece no detenerse a recuperar fuelle y su escritura se despliega dando continuos giros de tuerca, presentando constantemente nuevas ideas, curiosas y necesarias para comprender la obra en su conjunto. Lo dije al principio y lo repito ahora: raras veces uno encuentra obras mejor escritas que ésta.

Podéis leer más reseñas en Un libro cada día (donde el que hizo la reseña no se leyó bien la novela y confunde personajes) y El ojo en la paja (que al menos sí se la ha leído bien y resulta interesante porque da una versión algo distinta de la mía, aunque perfectamente legítima). Iba a poner un tercer enlace, pero al releer la reseña creo que mejor desisto porque tenía demasiado de resumen, muchas fotitos de la peli, purpurina y una opinión muy sucinta que parece escrita por una adolescente.

Reseñas de otras obras de Bohumil Hrabal en esta esquina: Anuncio una casa donde ya no quiero vivir, Clases de baile para mayores,








martes, 2 de junio de 2015

Boquitas pintadas, de Manuel Puig


El dificil reto de escribir Boquitas pintadas...




Hace ya aproximadamente una semana que terminé Boquitas pintadas y aún sigo preguntándome cuál es el estilo de su escritor, de Manuel Puig. ¿Cómo escribe de verdad el auténtico Puig? ¿Cuál es su marca característica? Porque uno ve un fragmento de García Márquez, por poner un ejemplo a todos conocido, y reconoce que es de Márquez fácilmente, aunque no haya leído ese texto concreto nunca antes, y lo consigue por una característica esencial de su autor: su necesidad casi imperiosa de explayarse en un especie de apariencia de infinito. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con Hemingway. Uno ve un cuento escrito por Hemingway y si ha leído algo de él antes sabe que es suyo al instante. Es su vocabulario sobrio y el uso tan particular del símbolo lo que lo definen. Pero entonces ese mismo lector ve dos fragmentos de dos capítulos distintos de Boquitas pintadas y, si no ha leído la obra, no sólo le cuesta ver en ella al mismo autor, sino que tampoco piensa, al menos en primera instancia, que los fragmentos pertenezcan a la misma novela, y, sin embargo, efectivamente, así es. Quizás lo que ocurra con Puig es una ausencia de estilo, una pureza de estilo, o, tal vez sea todo lo contrario, la convivencia de múltiples estilos, desbordantes para los que acostumbramos a leer narrativa más convencional. 

Todo tiene que ver mucho con quién es el narrador, si es que hay narrador, porque hay veces en las que no lo hay. No es un simple perspectivismo, sino una clase de collage  con diversos materiales, algunos son escritos de los personajes (cartas, diarios, recortes de revista, partes médicos, partes policiales, etc.), otros son acciones, diálogos (en ocasiones telefónicos), descripciones de lugares y hasta pensamientos, auténticos monólogos interiores de los personajes en los que Puig se luce como nadie. Lo increíble del escritor argentino es que no cojea a la hora de cambiar de registro. No es el mismo Puig el que firma cartas con el nombre de Nené que el que actúa como narrador omnisciente en el capítulo XIII. Puig juega a ser un camaleón y lo cierto es que la metamorfosis se cumple con un éxito digno de admiración.

Más allá de la forma de presentarla está la obra, que, por un lado, nos muestra la cara frustrante de la vida cotidiana que nadie llega a entrever en la juventud, y, por otro, nos ofrece una crítica de la búsqueda de los seres humanos en general, y de la sociedad argentina de la época (1960s) en particular, de la apariencia en lugar de la esencia. En el desarrollo de estos dos temas principales está la actuación de los personajes y complicadas historias de amor y sexo destinadas al desastre por las convenciones sociales vigentes en el país de Puig. La novela empieza con la necrológica de Juan Carlos en el periódico regional “Nuestra vecindad” el día 18 de abril de 1947. 

Que el autor nos de las fechas aproximadas de cada fragmento de "lo que toque" es fundamental para comprender bien la obra y para poder ordenar cronológicamente cada hecho, pues, al igual que no se narra de forma habitual, tampoco se va a seguir un orden temporal tradicional. Una buena ayuda para no perderse en la narración en una primera lectura puede ser leer la obra rápido o, si no es posible, ir apuntando las fechas y los hechos principales. 

Dicho esto, volvamos a Juan Carlos, cuya muerte desencadena los sentimientos reprimidos de otro de los personajes principales, Nené, quien comienza a cartearse con la madre del difunto que una vez fue su novio. A través de las cartas vamos descubriendo información del estado de Nené en 1947 (casada y con dos hijos y aún enamorada platónicamente de Juan Carlos), así como de algunos hechos importantes pasados (su amistad y luego rivalidad con la hermana de Juan Carlos, Celina, así como con Mabel, la amiga de ésta). Sin embargo, no es hasta el cambio de registro y el salto temporal de más de diez años en el capítulo III cuando, por fin, podemos indagar en el pasado de forma algo más fiable, que a través del recuerdo de un único personaje. Juan Carlos, todo un Don Juan, constituirá un vértice destacado en un triángulo amoroso (cuadrilátero si añadimos al personaje de la viuda Di Petri) que completarán Mabel y Nené (dos personajes femeninos prácticamente opuestos psicológicamente). La historia de las relaciones de estos personajes se entremezclará con la de Pancho, amigo de Juan Carlos, y Raba, criada del doctor Aschero, otro curioso personaje, mucho más secundario, con quien Nené también mantendrá una aventura en el trabajo que no le dejará buen sabor precisamente. De hecho, la tendencia a aspirar reflejar lo triste de la realidad cotidiana llevará a que casi todas estas relaciones de alguna forma u otra acaben en la resignación de sus personajes, en la necesidad de aceptar lo que no se desea. Se puede decir, que es en este sentido una novela antisentimental porque, aunque se emplean elementos de la novela sentimental como la carta o el diario, no es sino para forzar una parodia, de la misma forma que Cervantes recurre en el Quijote al lenguaje propio de la novela de caballerías y lo contrasta con la realidad. La realidad es cruda, no es de color de rosas. No se tarda mucho en descubrir que Boquitas pintadas no va a tener un final pasteloso; su intención es justamente la contraria. 

Otro punto muy a tener en cuenta es la impresionante capacidad de Puig para retratar a personajes femeninos con una precisión y complejidad abrumadora. Muchas veces pensamos que el género del escritor no le influye a la hora de hacer su oficio, pero en demasiadas ocasiones lo que ocurre es todo lo contrario. Hay muchos más protagonistas de novelas masculinos que femeninos y eso es, porque en parte, a los escritores les cuesta menos hablar de sí mismos que de lo otro y en la Historia aquellos que, por circunstancias político-sociales, han podido escribir ficción han sido, hasta el momento, mayoritariamente hombres. Hablar de lo otro constituye un reto. Pocos cuentos de Thomas Mann tienen como protagonista a una mujer, sino que sus personajes femeninos más bien se pasean por ahí representando tipos muchas veces planos, muchas veces ejerciendo el papel de musas o mujeres fatales. No obstante, Puig sí que supera esta barrera y casi parece sentirse más cómodo proyectando su ojo sobre personajes como Mabel o Nené, que sobre Pancho. Algunos achacarán este hecho a la homosexualidad reconocida del escritor, pero estas personas deberían recordar que también Thomas Mann era homosexual y hasta la madurez nunca se atrevió con este reto. 

Porque si algo demuestra Puig con su forma de escribir, con su selección de los temas y de los personajes es que, efectivamente, le gustan los retos y tiene habilidad creativa para solventarlos perfectamente. Me quedo con ganas de más literatura argentina. Actualmente estoy enfrascado en Viaje al fin de la noche de Céline y aún tengo un par de cuestiones más pendientes por ahí, pero espero echarle mano pronto a algo de Patricio Pron. Un saludo desde esta Esquina.

Puedes leer un fragmento de la obra aquí:

Fragmento de "Boquitas pintadas"


Reseñas de otras obras que te podrían interesar:

Pedro Páramo, de Juan Rulfo

El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem


viernes, 15 de mayo de 2015

Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar


El reflejo del hombre en las llamas…




Esta reseña de Todos los fuegos el fuego podría finiquitarse con un “todos los relatos [fuegos] de Todos los fuegos el fuego son de una calidad literaria difícilmente alcanzable para cualquier escritor del planeta Tierra”, pero tengo la lengua muy suelta y hoy, justo el día en el que se cumplen dos años de la fundación de esta Esquina, me cuesta callarme la explicación de por qué esos fuegos, tan particulares, en sus enrevesadas, ustorias y pasionales flamas, deben ser dignos de alabanza, por lo que no cerraré el pico ahora mismo y redactaré resumidamente, como siempre hacemos aquí, los motivos que me llevan a cavilar bajo este cuadro de incendios que nos propone el mago argentino de Cortázar. 

Con la pasión y la ternura de su parte Cortázar escribe dentro de la corriente de la narrativa neofantástica iniciada por autores como Kafka. Tomando elementos absurdos (un atasco que dura meses, una mentira piadosa en la que acabarán creyendo los propios mentirosos, una isla que aparece siempre por la ventanilla del mismo vuelo a la misma hora con la cual se obsesiona un piloto, un espectador de una obra de teatro al que convierten en protagonista tan bien que acaba por convencerse con seguridad de que su papel no es sólo de pegatina,…) tomando elementos absurdos digo, se configura todo un imaginario tan universal como el del propio Borges, al cual debe Cortázar gran parte de su presteza. Los absurdos no degeneran en la angustia propia del mundo kafkiano, sino que son resueltos de la manera que menos espera el lector, resultando siempre verosímil dentro de la lógica de los relatos. 

Por ejemplo, pensemos en La autopista del sur, que es primero de sus relatos, donde se produce un atasco en la autopista del sur que conecta con París, un atasco por motivos que desconocemos, un atasco que las autoridades no se encargan de descongestionar, sino que simplemente dejan ahí a los conductores, que esperan días y días, y acaban organizándose en células y viviendo en auténticas comunas donde se ayudan los unos a los otros en la medida de lo posible para poder sobrevivir. Los conductores reúnen comida y agua, pero esta se agota; cuando corren a pedir agua a los granjeros de la zona, estos no sólo se las niegan, sino que, además, les amenazan con echarlos de sus tierras a la fuerza, siendo más de uno apuntado con una escopeta y alguno asesinado por coger de la huerta lo que no le pertenecía. Todo parece indicar que se desarrollará una guerra entre los aldeanos y los conductores, quienes ya viven adaptados a ese nuevo mundo. De hecho, uno de los personajes va a tener un hijo con una conductora de un Dephine al final del cuento. Sin embargo, no ocurre esto; Cortázar nos hace una finta como un futbolista profesional y nos deja como alelados mirando como el balón nos ha adelantado y nos toca retrasar la posición lo más rápido posible. Cuando los víveres se agotan, corre el rumor de que el hombre de un Porsche varias células arriba tiene comida para vender a nuestros protagonistas. Poco a poco todos ponen dinero de su bolsillo para comprar víveres y agua. Esta actitud recuerda a las clásicas actividades mafiosas. De hecho, el del Porsche tenía un rival en la zona donde vendía que misteriosamente desaparece. Todo parece volver a indicar que el del Porsche se va a merendar al grupo de nuestros protagonistas cuando se queden sin monedas, pero esto no es tampoco lo que ocurre; es sólo otra finta. Al mismo tiempo hay una crítica a los medios de comunicación y al poder. La radio no para de anunciar durante semanas que la autopista del sur está siendo reparada por las autoridades y que pronto volvería a abrirse al tráfico y, sin embargo, no se ve un helicóptero, un policía o una ambulancia en todo el cuento. O creo que sí se ve un helicóptero. Bueno, el caso es que pasa de largo. Las noticias que se emiten están, por lo tanto, manipuladas por alguien a quien no le interesa que se sepa de la negligencia, sea cual sea, que acaba de cometer.

Otro cuento muy interesante es el siguiente de La salud de los enfermos, donde una familia le oculta a una madre la muerte de su más preciado hijo tratando de convencerla de que aquél se halla trabajando en la fábrica de una capital de provincias brasileña. Es uno de los cuentos más tiernos, donde los hijos se esfuerzan hasta límites increíbles por lograr que no sufra su madre, la cual se encuentra débil de salud. La realidad es construida a través de esta ficción de que el hijo vive y se muestra ante la madre a través de cartas escritas por otros, pero firmadas aparentemente por él y remitidas al domicilio familiar. Se crea una mentira insostenible, que sólo aguantará por la fe de ella, quien sabe perfectamente que su hijo no vive, al tiempo que tiene la certeza de lo triste que se pondrían sus otros hijos si nos les siguiera, como quien dice, el juego, porque jugar era, a fin de cuentas, una escusa para no lamentarse.

Con Reunión viajamos a la época de la Revolución Cubana y hablamos de la nostalgia, de la tristeza por el amigo que se va, de la alegría por el que aún vive, de la importancia de luchar por unos buenos ideales, de qué es el presente y de cómo construir un futuro, intentando que el futuro no te construya a ti, y muchas otras cuestiones más en las que no me detendré.

La señorita Cora es uno de los textos más interesantes y no lo es  por el tema que trata, sino por cómo lo trata, porque, muy posiblemente, si lo hiciera de otra forma el texto tendría muchas probabilidades de hundirse en el lodazal del fracaso. Es la frescura de su composición y su peculiarísimo narrador lo que salvan al cuento. Este es un narrador interno algo inquieto, que no se contenta con permanecer en la cabeza de un personaje, sino que acaba pasando por las de todos. Cortázar escribe empleando una especie de narrador interno omnisciente, que nos permite ver que piensa cada personaje, sin profundizar mucho en dicho pensamiento, por lo tanto esta etiqueta de omnisciente tampoco es quizás apropiada, pero dejémosla estar por comodidad. Es como asomarse a un mundo mágico y lleno de colores durante tres segundos: uno se maravilla y capta algunas esencias, pero nunca la totalidad, porque cuando ya se siente nostálgico del anterior, descubre que ha surgido ante él otro escenario igual del encantador que el anterior, mas los matices nunca son los mismos. 

La isla a mediodía trata de la obsesión y de la huida del estresante mundo civilizatorio para adentrarse en la paz de la naturaleza. Se desarrolla un juego en el que la ensoñación acapara a la realidad hasta que ésta última fagocita a la primera.

El relato de Instrucciones para John Howell juega con las fronteras entre realidad y ficción, o de la ficción y la ficción dentro de la ficción. Cortázar crea a Rice, un espectador de una obra de teatro bastante aburrida al cual se le obliga, más que le invita, a participar en el espectáculo que es objeto de sus críticas. Una vez en el escenario tiene la posibilidad de boicotear la función, animado sobre todo por la actriz que interpreta a Eva, que no quiere que la “maten” al final del espectáculo, pero por su rebelión se gana que lo echen a la calle, desde la cual entrará de nuevo en el teatro y asistirá a cómo la obra termina como Eva no quería que terminase. Su cobardía le impide volver a trepar al escenario y poner un nuevo punto y final a la obra y le conduce a la autoacusación de culpabilidad que lo confunde entre Rice y el señor John Howell, personaje al que interpretaba.

De Todos los fuegos el fuego, relato que da nombre a la antología, hay que decir que mantiene cierta similitud con la película de Pier Paolo Pasolini Pocilga en su estructuración, donde se alternan dos historias en un montaje paralelo donde se pasa de una a otra en un mismo párrafo –a veces en una misma oración- con la velocidad de una chispa que prende. Por un lado se representa la historia de un gladiador que lucha en un coliseo contra un nubio y  el mundo de las apuestas de la clase nobiliaria romana como una comparativa entre los lujos del poder y la lucha por la supervivencia proletaria. Por otro lado se muestra una historia de un triángulo amoroso en la Segunda Guerra Mundial, donde un hombre abandona a la mujer que lo ama por otra que simplemente le atrae. Todos, buenos o malos, ricos o pobres, acaban consumidos por el fuego del incendio final.

El otro cielo es el último de los relatos de la antología y es, como todos los demás, sencillamente brillante. Cortázar nos cuenta la historia de un personaje que hastiado de su vida con su novia, una vida tranquila y relajada, sin pasión, sin emociones fuertes, una vida aparentemente sin vida, decide frecuentar uno de los barrios menos seguros y más pintorescos de todo París. Allí conoce a una prostituta de la que aparentemente se enamora y por cuya vida teme ante la amenaza de un asesino en serie tipo Jack el Destripador que vagabundea haciendo de las suyas por el barrio, amparado en las estrechas calles y galerías llena de rincones oscuros poco agradables. El protagonista siente que vive de nuevo, pero la pregunta será otra, podrá abandonar su posición vital para proteger a la chica que le quiere o no será, por el contrario, capaz. ¿El misterioso asesino se le adelantará?

Todos los fuegos el fuego es una selección magnífica de cuentos magníficos, que, por su calidad literaria, podríamos comparar con Ficciones  de Borges. Toda una delicia de la inteligencia. Potencialmente recomendable.

martes, 24 de junio de 2014

El pájaro pintado, de Jerzy Kosinski

Un retrato de la crueldad humana y una Odisea por la supervivencia


El prólogo de la edición a este libro que yo he podido disfrutar consistía en una relativamente breve explicación del propio Kosinski de su vida tras la publicación del libro que nos ocupa hoy y que fue duramente censurado y condenado en el país de origen del escritor, donde además se ambienta la obra. Las autoridades polacas condenaron el libro porque, supongo yo, no dice nada bueno de los polacos. Los deja como tontos, como xenófobos, crueles, sucios, supersticiosos, ignorantes, etc... Casi no hay nadie que le muestre un poco de su corazoncito al pobre niño protagonista, que sufre penurias día sí y día también. En el prólogo Kosinski habla de las numerosas amenazas (al parecer llamaron al timbre de su casa un día un par de matones con el fin de propinarle una paliza de la que no pudiera recuperarse) que recibió tras dar a luz al libro. Pero no todo fueron desgracias para Kosinski, como tampoco lo serían para su personaje. Él, por entonces, ya vivía en Estados Unidos y la crítica norteamericana admiró y respaldó su primera obra. Pero, el debate sigue en pie. ¿Se excede Kosinski describiendo a los polacos de la Segunda Guerra Mundial? Es decir, ¿exagera? ¿O resulta que es fielmente histórico y que las escenas brutales que narra en su libro son (y fueron) capaces de ser realizados por hombres de carne y hueso y en su mayoría polacos? Unos dirán que Jerzy exagera. Otros se fiarán de su criterio para definir lo crueles que son las guerras, también en la retaguardia. Unos terceros dirán que la realidad es subjetiva y que para algunos puede ser verdad porque lo han vivido y para otros mentira porque son experiencias que desconocen. En cualquier caso es difícil de aclarar.

"El objetivo que perseguía al escribir una novela fue el de examinar este nuevo lenguaje de la brutalidad con su consiguiente contralenguaje de angustia y desesperación"

El pájaro pintado narra una odisea por la supervivencia en una especie de caluroso desierto lleno de chacales o en una selva atestada de peligrosos depredadores para un niño de ocho años, moreno, gitano o judío, cuyos padres han dejado al cuidado de una anciana y supersticiosa mujer llamada Marta en una aldea remota del interior de Polonia durante la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial. Pero Marta, que pasa tres kilos y medio del niño, no tarda en morirse en su butaca, dejando al pobre más desprotegido si cabe. Para colmo los paisanos del lugar se burlan de él porque tiene rasgos gitanos y le agreden constantemente. El chico acaba la novela con más cardenales que la Iglesia. Pero la suerte le medio sonríe cuando le compra una bruja de estas de las que hacen pócimas porque cree que su mirada oscura atrae y disipa las enfermedades. Sin embargo, un día tiene un percance que lo aleja de Olga (la bruja) y desciende por un río hasta otro poblado donde tendrá que buscar a quien se atreva a darle hospedaje. De pueblo en pueblo, huyendo siempre de los crueles aldeanos y de los soldados alemanes se conforma la historia de la infancia de nuestro personaje, que quedará mudo ante las infinitas maldades que divisará en su camino a ninguna parte, siempre buscando integrarse y culpándose a sí mismo por no ser más blanco, por no tener los ojos azules, o verdes, deseando ser inventor para construir una máquina le permitiera cambiar su imagen por la de sus sueños. 

En El pájaro pintado raro es el capítulo en el que no se mente siquiera a un animal, generalmente violentos, repugnantes o crueles, y no se pongan en relación con los hombres y su naturaleza salvaje, fomentada por el estado de guerra. Se produce en la novela una animalización del hombre muy acertada en mi opinión. Hay varios momentos cruciales que se desarrollan a través de este método. Una de las escenas más interesantes es cuando, buscando el perdón por ser gitano y necesitado de una vida mejor, el protagonista se vuelve monaguillo en una pequeña iglesia. Allí, en plena misa, se le dice que saque la copa y el cofre donde guarda el vino y el pan bendecidos. Él es demasiado joven y raquítico, le duelen todos los huesos debido a las continuas palizas de su amo en ese momento, por lo que no puede cargarlo y se cae. Los feligreses, furiosos, los sacan de allí a empujones, le golpean varias veces y lo tiran a un pozo lleno de aguas fecales. Es entonces donde se establece la comparación.

"Sobre aquella superficie bullía una miríada de gusanillos blancos (Blancos como los feligreses polacos), que tenían más o menos la longitud de una uña. Por encima revoloteaban nubes de moscas que zumbaban monótonamente, dotadas de bellos cuerpos azules y violetas (Moscas violetas como el traje del cura) que refulgían bajo el sol, entrechocándose, precipitándose fugazmente hacia el pozo, para luego volver a remontarse por el aire.
Tuve arcadas."
 Otro de los grandes temas de El pájaro pintado es la cuestión religiosa, que se aborda desde tres puntos de vista: la superstición, el credo cristiano y el ateísmo marxista ruso. Los aldeanos viven en un mundo rodeado de supersticiones, donde los espíritus buenos y malos se manifiestan con sus símbolos y pueden ser manipulados por el hombre mediante extravagantes rituales que pueden compaginarse perfectamente con las prácticas cristianas. En el inicio de la novela, los aldeanos creen, como ya hemos comentado, que el protagonista es una especie de demonio, cuya mirada tiene poderes sanatorios o perjudiciales para la salud. Una de las cualidades más llamativas que la superstición le da al protagonista es la de reducir los años de vida de una persona contando los dientes que esta tiene en la boca.
"Lej me enseñó que el hombre siempre debe observar atentamente a los pájaros y sacar conclusiones de su comportamiento. Si los veía volar en bandadas numerosas durante un crepúsculo rojo, y los había de muchas especies distintas, era obvio que sobre sus alas viajaban los espíritus malignos en busca de almas condenadas. Cuando las cornejas, los cuervos y los grajos se congregaban en un campo, generalmente la reunión era inspirada por un Demonio que procuraba insuflarles odio contra las otras aves. La aparición de cornejas blancas de largas alas presagiaba tormenta, y los gansos salvajes de vuelo rasante anunciaban, en primavera, un verano lluvioso y una mala cosecha"
El tema de la superstición se repite tanto a lo largo de la novela que incluso llega a hastiar un poco. Tanto la superstición popular como el cristianismo le llevan al protagonista a creer que todas las desgracias que padece son absolutamente merecidas, pero, al menos, en el cristianismo encuentra la esperanza de una posible salvación mediante el rezo y la consecuente acumulación de "días de indulgencia". El niño piensa entonces que las personas que les va bien en la vida es porque han rezado mucho. El rezo se convierte en su pequeña cabeza en la actividad que vuelve a unos más ricos y a otros más pobres, a unos más felices y a otros más desgraciados. Pronto se percatará que esto no es tan sencillo. Con el fin de la guerra, la llegada de los soviéticos y la acogida del protagonista en el campamento militar como uno más, comienza su instrucción en poesía y filosofía. El capitán del regimiento, que le coge un especial cariño, se encarga personalmente de explicarle los fundamentos de la nación soviética. Entre ellos está que la religión no es más que una falsa y que Dios no existe. El pensamiento soviético en este sentido resulta diametralmente opuesto a lo que le han inculcado al protagonista durante cinco años. Finalmente, esta libre de toda culpa.

El pájaro pintado es una novela que carece de diálogos. Este hecho le hace perder dinamismo, que, por otro lado, recupera en las escenas especialmente brutales, que son narradas por Kosinski con todo detalle. Esta brutalidad crece si tenemos en cuenta que el protagonista, unas veces víctima y otras sólo testigo, es simplemente un indefenso e inocente niño. Es una oposición mayúscula: el niño contra la guerra.  La novela muestra escenas de sanguinaria violencia, muerte, violaciones (que son singularmente extravagantes y desagradables en capítulos como el de los calmucos), zoofilia e, incluso, pedofilia. El pájaro pintado investiga los límites de la crueldad humana en un viaje único y memorable, aunque tener un buen estómago es un requisito necesario para disfrutarlo.

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