sábado, 1 de agosto de 2015

Todo va bien, de Socrates Adams

Bueno, todo, lo que se dice todo...




Todo va bien es ese libro que compré cuando salió al mercado hace un par de años y cuya lectura había postergado hasta hace una semana aproximadamente. Tenía en él grandes esperanzas puestas, sobre todo por los elogios que aparecen en la contraportada y por la afluencia de buenas críticas que recibían en la blogosfera las obras de la entonces recién nacida editorial de José Luis Amores, bautizada como una de las novelas más famosas de Nabokov: Pálido Fuego

“Hilarante y perturbadora y un mil por cien original. Nunca había leído a nadie como  Adams. Me he reído como no recuerdo haberme reído jamás.”
Dice Ben Brooks, el escritor de Lolito, de la obra que hoy nos ocupa; lo que me da a entender tres cosas:

1) Que no ha leído mucho.
2) Que el gusto literario lo tiene en un sitio un tanto infrecuente, por no decir en el ano.
3) Que ya sé que no debo leer una novela suya ni por accidente.

La pena es que no dice ninguna mentira. Es verdad que uno se ríe y que hay una cierta búsqueda de lo perturbador. También es verdad que es difícil encontrar a un escritor como Adams. Así de malo es el tío. Véase cagadas del tipo:

“Hace una mañana excelente en los Alpes italianos. Ubicación: Italia.”(Pag. 132)

Podríamos decir que el narrador aquí, por ejemplo, intenta ser irónico. ¡Ojalá fuera así! ¡Ojalá! 
La repetición de elementos innecesarios enturbia toda la obra, que no llega a 170 páginas y le sobra, así literal, mínimo unas 30. Muchas veces aparecen observaciones fáciles que no aportan absolutamente nada.

Pero, ¿de qué va esto? Tendremos que explicarlo un poco mejor para entrar en detalle. Bueno, pues Todo va bien trata de la vida de un currito imbécil, porque es imbécil además de narrador en primera persona, que trabaja en una  multinacional que vende tuberías por teléfono a grandes empresas, siendo víctima de la alienación que provoca el agotamiento de su oficio basado en repetir hasta la extenuación lo mismo una y otra vez. Sus resultados no van demasiado bien y su jefe, que está para que lo encierren en alguna parte, le regala un tubo y le obliga a cuidarlo como si fuera su hija para que aprenda qué significa ser responsable. Si no es capaz de hacerlo cómo es debido le despedirá. La palabra DESPIDO hace que los oídos le duelan a Ian, el prota, en labios de su jefe e intenta evitar hacérsela pronunciar cómo sea. Como Ian no está capacitado para cuidar a su hija tubo, y su jefe lo sabe porque ha puesto cámaras en su casa –algo que al protagonista le parece muy normal-, se le degrada a un puesto inferior (“Encargadillo de Mierda”) en el cual pasa largas horas atado a una silla y mirando una serie numérica en el ordenador. Cuando ésta termina al final de la jornada le pregunta la máquina si todo va bien e Ian asiente para poder marcharse. Mientras tanto el alienado intenta seguir con su vida normal, buscando el amor y soñando con unas vacaciones en los Alpes franceses.

En Todo va bien encontramos cuatro críticas a la realidad contemporánea en la que vivimos: una crítica al consumismo, otra a la pasividad de los seres humanos, otra a la alienación de la población de a pie y otra a las relaciones sociales de dependencia que se establecen en la actualidad. Es verdad que hay eso, pero no lo que nos promete la portada:

“Una declaración de rebeldía contra la existencia pasiva y sumisa.”

Al narrador se le ofrece la oportunidad de escapar de esa realidad opresora en la que vive, pero, como en los cuentos de Cortázar, la acaba rechazando por miedo al riesgo de morir. Adams intenta enseñarnos que tenemos que comernos un mojón y aguantarnos con los trabajos de mierda que vamos a acabar teniendo a lo largo de nuestra vida y que lo auténticamente esencial tendremos que reservarlo para cuando salgamos del curro. No hay ninguna declaración de rebeldía en ella, sino una aceptación de la opresión que nos proyectan desde arriba. En definitiva, es una crítica que pone de manifiesto cosas que ya sabemos desde que entramos en la guardería sin poner ningún tipo de solución al conflicto.

Por otro lado, hay recursos muy interesantes en Adams, como el hecho de que el tubo tenga pensamiento propio y nos cuenta la historia de cómo vino de China en barco y de que su mayor deseo es huir de Ian y entrar en un sistema de tuberías. Entre otras cosas se dicen frases tan divertidas como:

“He dejado que mi relación con Sandra afecte al desarrollo intelectual de mi niña. Soy un egoísta. No soy capaz de reprimir mi naturaleza despiadadamente ambiciosa.” (Pag, 99) 
“Ian está llorando. Me está contando sus problemas. Me habla de los Alpes italianos. Lo siento por Ian. No voy a ir con él a los Alpes italianos. Soy un tubo normal, sólo trato de existir.” (Pag. 100)
“Los tubos y los humanos tienen un sentido del humor diferente. Eso se debe a que los humanos no son perfectos.” (Pag. 109)

Sin embargo, el precio de la novela no es ningún chiste y lo que se ha dicho de ella dista mucho de lo que uno se encuentra luego. Para empezar, hay que tener en cuenta que el narrador es imbécil, que escribir una novela con un narrador así es tremendamente fácil, porque cualquier locura que se te ocurra puede ser justificable. Y, no obstante, no resulta verosímil ni dentro de una suerte de lógica de la novela. Hay novelas absurdistas, que beben de maestros como Kafka, y otras directamente absurdas. Pienso que Todo va bien es de las segundas. Las psicologías de los personajes están exagerados al extremo y en ellas apenas se producen una evolución, que es de golpe y que acaba con una involución, también de golpe. Las frases, ya lo veis en los ejemplos, son sumamente simples y muchas veces abunda en ellas la adjetivación y la falta de subordinación, lo cual se adapta tanto a un escritor en ciernes malucho como a un narrador imbécil. También hay que destacar que repite tanto los mismos recursos que termina por cansar. De la misma forma acabas harto del nombre del protagonista porque te lo verás escrito en casi la mitad de las frases.

Ciertamente parece que estamos ante un texto con pretensiones de cuento de Cortázar que no llega a materializarse bien se le mire por donde se le mire. No obstante, que como objeto de entretenimiento puede servir. No diré que no. 

Tenéis otra reseña, de alguien que ha leído mucho más que yo, y con la cual coincido en todo, a pesar del tremendo spoiler, en:

La Medicina de Tongoy



miércoles, 29 de julio de 2015

Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline

Formalmente impecable, a pesar de la dificultad de empatizar con el personaje…


No sólo es éste uno de los mejores libros que he leído en lo que va de año, sino en lo que llevo de vida. No había leído nada de Céline hasta la fecha y no puedo menos que asombrarme y quitarme el sombrero ante su prosa formalmente impecable y la complejidad argumental que es capaz de desarrollar en ésta que fue su primera obra publicada. Otra cosa ya es que pueda llegar a sentir empatía por el protagonista-narrador y sus ideas, que, en muchos momentos, se presentan como la transcripción de las ideas antisemitas, racistas y misóginas del propio Céline. De hecho, Ferdinand Bardamu se transforma en muchos momentos en el alter ego de Céline. ¿Pero quién es Ferdinand Bardamu? ¿De qué trata todo esto? ¿Qué implica viajar a la noche?

Bardamu es una hombre que huye buscando siempre una felicidad que él mismo pronto asume que no encontrará nunca. Bardamu se alista por error en el ejército al comienzo de la novela y así escapa de la cotidianidad de su vida. Ya en la página tres de la novela comienza la huida sempiterna de Bardamu, aunque él no empiece siendo consciente de ella. Huye de la sociedad y va a la guerra, huye después de la guerra, pero lo que ha vivido le impide integrarse de nuevo en la sociedad. Céline hace aquí una doble crítica: ataca al conflicto bélico (la inutilidad de este) y la ignorancia buscada de la sociedad burguesa ante problemas de esta índole catastrófica. Bardamu debe recuperarse y una vez reinserto en la ciudad de París descubre que de nuevo necesita salir de ella, levanta las velas y marcha en barco a las colonias francesas para ver si de alguna forma puede encontrar allí el pan y la calma de espíritu. Es así como comienza una especie de periplo que lo llevará a poner los pies en tres continentes distintos y a intentar labrarse un futuro sin ningún tipo de resultado favorable. Una desgracia tras otra que lo impulsará a migrar constantemente y que nos mostrará la complejidad que poseen los seres humanos, así como lo que hay de repugnante en todos ellos. No hay héroes en Viaje al fin de la noche, ni siquiera buenos personajes, a excepción de la prostituta Molly y alguno que otro muy secundario. Todos los demás se traicionan, se abandonan, se dañan y se pisotean entre ellos para mejorar su posición en la sociedad y vivir así con mayor dignidad y comodidad. El protagonista se convierte muchas veces en un personaje infame que se queja de la baja condición que tiene en el mundo, pero no hace nada por cambiarla; es un antihéroe que, en lugar de luchar, prefiere rendirse ante la adversidad, defender que la vida es inexpugnable y que todo el esfuerzo de un hombre no sirve para aterciopelar su dureza lo más mínimo. Viajar al fin de la noche implica sumergirse en la dureza de esta vida, dejarse naufragar en ella y sortear los escollos para evitar la muerte hasta que ésta acabe llegando de forma natural.

Todo este cúmulo de pesimismo que inunda páginas y páginas de la amplia novela de Céline se entremezcla con la ideología bastante peculiar del escritor, lo cual consigue que la novela sea doblemente desagradable para un lector como yo. Viaje al fin de la noche está relleno de propaganda racista (Bardamu se apiada de los negreros que padecen enfermedades tropicales en el África, pero nunca de los negros esclavizados, a los que describe como si fueran parte del ambiente), antisemita (en algún que otro momento comenta el parecido de los cerdos con los judíos y añade que se les debe de agredir físicamente en las plazas), anticomunista (mientras que Bardamu está en el África delirando compara a los comunistas con violentas hormigas tropicales con cabezas rojas) y misógina (entre muchos de los ejemplos que podemos extraer del libro he elegido el que sigue):

“La pena es como una mujer horrible con la cual te hubieras casado. Mejor, quizá, terminar de amarla un poco antes de agotarse dándole palos de por vida.” (Pag. 264 de mi edición de Seix Barral en la traducción de Carmen Kurtz)

A pesar de todo esto, repito, ha sido una de las mejores lecturas de toda mi vida y ello se debe básicamente al perfeccionismo en la forma que tiene Céline, quien recoge el legado del también francés Flaubert para decir con la mayor precisión posible aquello que quiere expresar y no otra cosa, eliminando todo lo que sobra. No creo que sea verdad que Céline escriba con frases cortas, no. Seguramente, Céline debía escribir con frase largas en un principio y es a través de la reelaboración de las frases cómo éstas han podido reducirse al tamaño que tienen, demostrando una capacidad inaudita para condensar significados. De ahí que muchas veces alterne con maestría la frase corta y la frase larga.

Otro asunto formal sumamente importante para Céline, en Viaje al fin de la noche al menos, es el conjunto de variaciones verosímiles y muy difíciles de realizar de estilo entre lo más elevado y poético y lo más bajo y vulgar, con incursión de esas palabras que los padres les dicen a sus hijos cuando son pequeños que no digan jamás, en el momento en el que la ocasión lo precisa. En la obra de Céline encontramos muchas veces las palabras “mierda” o “joder” y es cierto que son necesarias. 

Céline pone en la mente de Bardamu estas frases:

“Decididamente tenía un alma tan desaliñada como una bragueta.” (Pag.183)

“Mi madre, bajo la guillotina, me hubiera regañado por haberme olvidado la bufanda. No marraba una, mi madre, cuando se trataba de hacerme creer que el mundo era benigno y que había hecho bien en concebirme. Es el gran subterfugio de la incuria materna: la supuesta Providencia. Por otra parte, me era bien fácil dejar sin respuesta las farfollas del patrón y de mi madre, y no contestaba jamás.”(Pag. 138)

Tanto en una frase como en las otras asistimos a esa variación tonal que nos asombra y nos descoloca. En la primera frase se eleva el tono con el uso de la palabra “alma” y cae de golpe con el de “bragueta”. Con las demás se produce como un cúmulo de olas tonales, por decirlo de algún modo: decae el tono con “marraba”, se eleva un poco con “benigno”, se coloca en la cúspide de lo literario (con carácter claramente irónico) con “subterfugio de la incuria materna: la supuesta Providencia” para decaer de pleno con la palabra coloquial en plural “farfollas”. Estos juegos son continuados en toda la novela.

Normalmente cuando Bardamu eleva el tono lo hace de súbito y pretende ser, como en el último ejemplo, irónico. La ironía y la mordacidad están muy presentes en la visión que tiene el personaje del mundo. Es el escepticismo el que llama a la ironía, la cual suele manifestarse en la obra de esta forma que hemos visto.

También Céline es un genio creando metáforas:

“La gran mermelada de hombres en la ciudad.” (Pag.165)

Así como es capaz de recoger el legado de Kafka para describir algunos lugares como el puerto de Topo o las letrinas de Nueva York y la influencia de la poesía surrealista muy en auge en su país para volcarla en frases como:

“Esplendorosas frondas semejantes a lechugas delirantes alrededor de cada casa, sólida clara de huevo duro dentro del cual se iba pudriendo un europeo amarillito.” (Pag.116)

La complejidad argumental llena de verosimilitud es otro punto a favor de la obra de Céline. Cada acción desencadena en otra y todo acaba en una maraña de relaciones entre personajes que no podía haberse entretejido de otra forma. Bardamu es acompañado sin que él lo busque muchas veces por un tal Robinson León que conoce en la guerra y que sigue el mismo itinerario que él, a pesar de no proponérselo. Las ideas de Robinson son muy parecidas a las de Bardamu, de forma que podemos decir que es un personaje espejo, una especie de doble que nos muestra qué podía haber sido de Bardamu si las circunstancias se hubieran terciado un poco. Son curiosos los diálogos que mantienen entre ellos, pues casi parece que se estén hablando a sí mismos de tan parecidos que son. Las relaciones que mantienen ambos personajes con los que les rodean determinarán el magnífico final de la novela.

En resumidas cuentas, podemos decir que vale, con mucho, la pena por la manera en la que está escrito y su estructura argumental, no tanto por las ideas que contiene y cómo éstas son expuestas. La carga ideológica desagrada bastante y le resta puntos.


Otras reseñas que te pueden interesar:

Moby Dick, de Herman Melville

La espada de los cincuenta años, de Mark Z. Danielewski


Hay más reseñas de Viaje al fin de la noche en:

Das Bücherregal (donde la valoran muy positivamente)

Un libro cada día (donde se centran en otros aspectos contenido y acaba haciendo un pequeño spoiler al final)


También puedes leer dos fragmentos de Viaje al fin de la noche en este blog:

Fragmento I

Fragmento II




lunes, 20 de julio de 2015

Correspondencia completa, de César Vallejo (Edición de Jesús Cabel)

Interesante como dato testimonial histórico y curioso si te interesa la biografía del poeta, poco más…


Difícil es leer a Vallejo y no quedarse con ganas de más. Ya me ocurrió el pasado abril con Los heraldos negros; inmediatamente después cayeron Las escalas melografiadas. Hace una semana que regresé al pueblo en el que me crié para pasar unas vacaciones inmerso en la lectura. No pude evitar llegarme a la única biblioteca de la zona a curiosear, y, claro, si uno encuentra estas cosas de Vallejo, de nuestro querido Vallejo, cómo no va a llevárselas a casa. Y con ella Trilce. ¡Al fin! Ya veré si comento algo, pues ya sabéis que la poesía no es precisamente mi fuerte y muchas veces me resigno a decir algo para evitar así cagarla. 

Pero vamos con el libro de hoy.

Correspondencia completa es un título con el cual no necesitas mirar en la contraportada para saber qué encontrarás dentro del libro. Recopilaciones como ésta hay cuarenta mil, ¿pero qué hace que ésta sea más interesante que la mayoría? ¿Qué sale Vallejo? Posiblemente. Porque de completa no tiene nada. El propio título promete mucho más de lo que da. No han salido a la luz todas las cartas que escribió César Vallejo en vida debido a que muchas se han perdido o a que ciertas personas prefieren no hacerlas públicas. Lo cierto es que poco contribuye a mejorar la comprensión de la obra del poeta las que sí aparecen. Lo familiar, muy presente en su obra poética, apenas tienen un minúsculo espacio en esta recopilación realizada por Jesús Cabel para Pre-textos. Es fácilmente deducible que Vallejo le escribió más de ocho cartas en toda su vida a su hermano Víctor Clemente; el propio César dice que no recibe respuesta, a pesar de las muchas misivas que envía para Santiago de Chuco desde París. De la misma forma se habla de cartas escritas para Georgette que no están por ninguna parte. No sabemos mucho acerca del matrimonio Vallejo. Se menciona su relación unas tres o cuatro veces, pero no creo que interese demasiado, casi da la impresión de que ni le interesa al mismo Vallejo. Toda inmersión en recopilaciones de este estilo cobra siempre un tinte de prensa rosa que no me agrada. Por suerte, aquí no profundizamos en el dilema.

Una vez sacado lo malo, extraigamos también lo que puede ser útil para algo.

En primer lugar, hay que hacer mención especial a una especie de mantenimiento de una estructura casual que nos permite reconstruir la historia de César Vallejo como si fuese una suerte de novela epistolar, con un protagonista-narrador incuestionable, un comienzo, un nudo y un desenlace. Las cartas conservadas y la forma de ordenarlas permiten una ágil y medio amena lectura.

En segundo lugar, aunque carezca de valor literario, posee un importante valor histórico como testimonio de una personalidad muy concreta, cuyas circunstancias permiten ofrecer una visión del mundo que compartieron muy pocas personas.

En tercer lugar, las continuas cartas que envía Vallejo a sus compañeros artistas le dan la oportunidad al lector de conocer a autores (principalmente poetas del Perú) muy poco difundidos en la actualidad a nivel internacional. Me he pertrechado con una decena de nombres que se suman a mi ya inmensa lista de escritores pendientes.

En cuarto lugar, el contenido de las misivas nos desvela la parte más desconocida de Vallejo: su trabajo como periodista, su condición de mantenido a base de becas del gobierno español y las continuas triquiñuelas para aprovecharse de dicha beca sin cumplir los requisitos mínimos, los continuos préstamos que pedía a sus amigos y conocidos como Pablo de Abril Vivero (diplomático y poeta con el que más se cartea) o Juan Larrea, su horrible forma de administrarse el dinero, pretendiendo una vida que no era la suya, y su conversión al comunismo soviético. Todo esto, así como datos curiosos, puede resultar interesante.

En último lugar, la introducción, a modo de ensayo breve, constituye un nuevo punto a favor de la obra y nos aporta nuevos datos que no se encuentran en el contenido de las cartas y que nos ayuda a comprender éstas de una manera mejor.

Poco más tiene de miga. Curioso, sí. Pero ni una ínfima parte de su labor como escritor.

Podéis encontrar más reseñas de este libro en:

El País (firmada por José Manuel Caballero Bonald y con el que no estoy muy de acuerdo)
El Cultural (firmada por Luis Antonio de Villena y que hoy me cae algo más en gracia)

domingo, 12 de julio de 2015

Cuentos fríos, de Virgilio Piñera

Un poco de humor absurdista y literatura neofantástica para refrescar en estas fechas…


Dice Virgilio Piñera en su brevísimo prólogo a la edición de Losada de 1956 de su libro Cuentos fríos que estos mismos cuentos han sido escritos para combatir las altas temperaturas de la época y bien es verdad que por una serie de motivos ayudan a sobrellevar el calor de la mejor forma posible, pues la gran mayoría de ellos dan pie al despertar de la carcajada, a la reflexión sobre la naturaleza del hombre (sus hábitos nocivos, sus actos de adecuación a una realidad que no es siempre cuestionada como debería, su forma de relacionarse con el mundo social que lo rodea); también deja Piñera lugar para el asombro, un hueco para lo extraño, partiendo unas veces de lo extraño mismo y otras de lo cotidiano, manipulando el tema en relación con el tiempo o recurriendo a la mera descripción (En este sentido se me vienen a la mente los cuentos de El parque y La tienda), aunque este último tipo de cuento no esté, en mi opinión, ni mucho menos a la altura de los demás que la obra recoge. Dentro del volumen lo más destacable son, sin duda, los cuentos más largos (Proyecto de un sueño, El álbum, El baile, El gran Baro, El muñeco, Conflicto, La cara), a pesar de que algunos microcuentos quizás sean de lo mejor que he leído nunca jamás en este género de la miniatura narrativa (El infierno y En el insomnio). Piñera demuestra en este libro de relatos la habilidad extraordinaria que posee para concentrar mucho contenido en un espacio, en ocasiones, demasiado reducido, incorporando, además, elementos irónicos y escribiendo con cierta elegancia muy llamativa.

La temática de la mayoría de los cuentos es la crítica mordaz al funcionamiento del ser humano inserto en la sociedad moderna, cuyas reglas no suele cuestiona y que asimila y sigue aún cuando estas puedan llegar a resultar absurdas y puedan provocarle algún perjuicio que no llega a ver. Esto se ve muy bien en cuentos como La caída, donde dos alpinistas sufren un accidente y caen montaña abajo y antes de temer por sus vidas temen por sus cuidadas barbas y sus bonitos ojos, o El álbum, donde los vecinos de un bloque de pisos se reúnen durante meses en una sala, sin salir de allí (¡ojo!), para ver cómo una mujer, ya famosa, describe una fotografía al azar de su álbum de fotos privado. En este último relato, el protagonista, recién mudado al edificio, perderá su empleo al asistir a este prolongada écfrasis del momento de la vida de otra persona, dejándose llevar por la presión de grupo y la curiosidad que le ha sido inculcada. La oportunidad de salir de una sociedad nociva a través del cuestionamiento de ésta y entrar en otra, o crearla, se le suele ofrecer a los personajes de los cuentos de Piñera, así como a los de Cortázar, pero, a diferencia de los del argentino, los del cubano no siempre fracasan, aunque, a veces, el cambio puede llegar a empeorar la situación, como en La carne o El muñeco, ambos presupuestalmente distópicos. En resumen, se distinguen cuatro tipos de cuentos en la colección: los que tienen por protagonistas a personajes que no cuestionan la realidad siendo la autenticidad de ésta puesta en quiebra por la voz narrativa (La caída), los que tienen por protagonistas a personajes a los que se les ofrece una oportunidad de escapar  que desaprovechan (El álbum, Conflicto, El infierno) los que tienen por protagonistas a personajes a los que se les ofrece una oportunidad de escapar de la realidad que no dudan en tomar ocasionando males, ya sea a ellos mismos o a los demás, (La carne, El muñeco, Las partes, En el insomnio, El gran Baro) y los que la aprovechan y salen bien parados (El viaje).

Piñera hace una especie de división interior temática, en la que encontramos al inicio una sucesión de cuentos con un marcado humor negro y un tinte gore que queda definido por el gusto que guarda a las descripciones de mutilaciones de extremidades y órganos, descripciones que realiza como si cortarse una pierna fuera lo que solemos hacer todos la mañana del lunes antes de tomarnos el café. Este choque entre la forma de describir, fría y seca, y lo que describe, profundamente temible y desagradable, crea un efecto que perturba al lector, que lo deja descolocado frente a lo que es el hombre en sí mismo, un cúmulo de carne y huesos, frágil y débil, y una voluntad pensante, llena de fisuras y de la cual no nos podemos fiar.

 La dudosa capacidad del hombre para conocer y llegar a una verdad ya está en Borges. Piñera siendo su coetáneo, también es su continuador en algún que otro cuento suelto. En El álbum el protagonista llega a saberlo todo acerca de la foto de la señora que parte su tarta de boda tras ocho meses escuchándola sentado, pero: ¿quién nos asegura que a la señora no se le ha olvidado algún detalle? ¿De qué nos sirve saberlo todo acerca de una única foto si no podemos relacionarla con nada más limítrofe, si no conocemos el continuo desarrollo de la vida de la señora a través del resto de fotografías? ¿A cuántas sesiones más tendrá que asistir el protagonista para escuchar toda la verdad, que no es más que la verdad sobre la vida de esa mujer y su ámbito en fotos? ¿De qué le servirá la verdad una vez que la tenga? Son preguntas a las que Piñera no ha querido dejar respuesta alguna. Ni falta tampoco que le hacía.

Así mismo, en estos Cuentos fríos destaca el profundo carácter irónico y cómico que toma la narración, a veces con tintes oníricos, surrealistas (Proyecto de un sueño, El baile, Conflicto). El humor de Piñera recalca los absurdos de la vida para que nos detengamos a pensar en ellos, pero también para que nos riamos mientras pensamos en ellos. Piñera no es Kafka, tampoco Cortázar; no pretende serlo. Podríamos decir que su humor innato se lo impide. Pero dentro de los escritores absurdistas cómicos (que no absurdos) tampoco se acerca a la órbita del siempre recomendable japonés Yasutaka Tsutsui. Y mucho menos nos puede recordar su escritura al suizo Max Frisch, a pesar del hecho de que guarde más puntos en común con él que con Chéjov, por ejemplo. No, me atrevo a decir que la forma de escribir de Piñera en estos cuentos es bastante independiente de estos grandes, es, por así decirlo, sumamente personal y basada en: la exquisita elegancia en la selección de las palabras, la precisión de las mismas y el dominio de lo irónico.

La única reseña que he podido encontrar en mi blogosfera habitual es la que hace David P. Vega en Desde la ciudad sin cines (La reseña habla de una antología que reúne sus volúmenes de cuentos completos y que editó Alfaguara en 1999, incluyendo, por supuesto, esta obra de la que hablamos hoy).

Reseñas de otras obras que te podrían interesar:


martes, 23 de junio de 2015

Breve resumen de todas las lecturas de primavera (del 21 de marzo al 23 de junio)





Se acaba la primavera y En la Esquina de ese Círculo hacemos recuento de lo leído, estando muy satisfechos con el resultado. Como siempre ha habido obras que han destacado más que otras. He intentado hacer un recorrido por distintas épocas (Edad Media, Romanticismo, Realismo, siglo XX). Hemos leído también algo de poesía y un ensayo indispensable escrito por James Wood. Les dejo con algunas notas más detalladas y los enlaces a las correspondientes reseñas y fragmentos de las obras leídas en el que caso de que se hicieran en su momento.

En marzo... 

El cantar de Roldán, de Turoldo (2.5/5)

Uno de los cantares de gesta más importantes del Medievo para suplir mi falta de lecturas clave de esa época histórica no ha conseguido que me interese ni lo más remotamente en el tema. Lo volví a intentar con Perceval. Tampoco mejoró el asunto. Lo único destacable es quizás la disposición métrica de sus versos y el tinte heroico que recuerda remotamente a obras como la Ilíada o la Eneida. Los personajes planos, el argumento simple, lleno de prejuicios y el propagandismo político y religioso hace que su lectura no resulte tan provechosa como cabría esperar.

No hubo reseña en su día. La verdad era que me daba mucha pereza hacerla.


La mansa, de Fiodor Dostoievski (4/5)

El gran Dosto, nuestro amable y siempre bien recibido Dosto, con una de sus obras menores, escritas dentro de su famoso diario público.

Obra que explora la psique de un curioso personaje masculino muy parecido al hombre del subsuelo, que goza de ser humillado públicamente a la vez que detesta como la realidad lo trata, creyéndose superior. Este personaje, pues, somete a una dulce adolescente que casándose escapa de las garras de un lúbrico tendedero, gordo y viejo. Se genera un clima de tensión y violencia doméstica que nos acompañará a lo largo de toda la breve obra. No es lo mejor de Dosto, pero no se puede decir que sea un mal relato, ni mucho menos. Hay escenas, y no miento, en las que se me erizaron los vellos de los brazos. Alucinante.

Los heraldos negros, de César Vallejo (5/5)

Primer contacto serio del dueño de la Esquina con la poesía logrado, resultando éste más que satisfactorio. 

Yo no suelo emocionarme mucho, pero Vallejo me ha tocado la fibrita, no sé. Quizás sea su forma tan simple y a la vez difícil de expresar el sentimiento más primitivo del ser humano: el dolor. Quizás sea eso, su eterno lamento, lo que tanto me ha impresionado. El caso era que no podía leer más de hora y media seguidas sin que sus palabras me transmitieran esa sensación de dolor, de angustia. Tenía que dejarlo, respirar, escuchar música, pasearme por el piso y luego, ya tranquilo, retomar la lectura. 


Escalas melografiadas por César Vallejo (4/5)

Mucho más Vallejo. Alternamos la lectura de este libro con la de Los heraldos. No hace falta que vuelva a decir que es un autor increíble. Este es su primer libro en prosa, donde cultiva un poético género prosaico que se desliza desde la autobiografía hasta el relato fantástico. Todo quedó dicho en la minireseña que le dedicamos a finales de marzo.













Y en abril...




El hospital de la transfiguración, de Stanisław Lem (5/5)

Un viaje al animal que todas las personas llevamos dentro. Aún huelo el bromuro de sus páginas. Reseña.













El hombre de la arena, de E. T. A. Hoffman (2/5)

A ratos escalofriantes, a ratos vano, nimio y aburrido. Una pena que lo segundo pueda con lo primero...














Ficciones, de Jorge Luis Borges (5/5)

Metaliteratura vertiginosa y necesaria. No saco reseña principalmente porque no sabría bien cómo hacerla. Podría sacar una metareseña, escribirla en una lengua austral de Tlön, sacarla de algún ejemplar de la biblioteca de Babel o extraerla del blog del olvidado Herbet Quaim. Sí, Borges estaría orgulloso. Sin embargo, sería hacer trampas y yo, ante todo, soy un tipo honrado.











Relatos, de Henryk Sienkiewicz (4/5)

Interesante es la selección que el polonista Fernando Presa González hace de los que considera los mejores relatos del Premio Nobel de Literatura Henryk Sienkiewicz. Los hay buenos, los hay muy buenos y otros que no lo son tanto. En general muy recomendable. Ya hablé de ellos todo lo que se me ocurrió hablar en dos tandas además: la primera aquí y la segunda aquí.










El Rey Lear, de William Shakespeare (5/5)

Grande como siempre Shakespeare. Una obra movida por la ambición del poder y del amor. Hubo un brevísimo comentario en su momento que les dejo por aquí.

















Y en mayo...




Perceval o el cuento del Grial, de Chrétien de Troyes (2/5)

Muy divertido en primera instancia como novela de caballerías. Misterioso, ecléptico a veces. Y lleno de agujeros absurdos. Muchos castillos, muchos combates. Todo un tanto monótono. Soportable, y hasta satisfactorio, hasta la aparición de Gauvain. La ausencia de final es también un punto en su contra. Todo junto, la explicación de la nota.









Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar (5/5)

Excelente. No hay un cuento simplemente bueno; todos son, a su modo, geniales. Reseña.














Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez (5/5) (RELECTURA)

Gran novela-crónica del Premio Nobel colombiano basada en un hecho real que aconteció en su propio pueblo en la que varias historias se entrelazan para explicar el por qué del asesinato de un hombre 27 años atrás cuando todo un pueblo sabía que iba a cometerse dicho crimen e hicieron, en general, más bien poco por impedirlo. Ya sabemos desde la primera línea que Santiago Nasar va a morir. De hecho, ya está muerto. La intriga se genera a partir del cómo y del por qué. Hubo reseña en su día, se las dejo por aquí.

Pedro Páramo, de Juan Rulfo (4/5)

Más que interesante reflexión con espíritu mejicano sobre la muerte con algunos tintes propios de la novela de terror. Te aterra, te hace pensar y estremecerte de belleza. Un todo muy completo. Reseña.


Boquitas pintadas, de Manuel Puig (4.5/5)

Polifónica y experimental como pocas. Recurre a textos provenientes de varios formatos (la novela radiofónica, las conversaciones telefónicas, las cartas, los monólogos internos, la descripción de lugares, los diarios, las crónicas de sucesos, partes policiales, partes médicos, ¡hasta adivinaciones de brujas gitanas! y mucho más). Además, Puig destaca como nadie en esta obra en la caracterización del personaje femenino. Fragmento y reseña tardía.

Una temporada en Venecia, de Wlodiziermz Odojewski (2/5)

No es una maravilla, tampoco una desgracia, pero sí que deja un poco indiferente. En general, historia bien hilada que puede recordar a películas como La vida es bella de Roberto Benini, salvando las distancias, o a El niño del pijama de rayas, o a El pájaro pintado, por comparar con algo de lo que ya hablamos aquí. La historia es sencillita y breve. Más que una novela parece un relato que, por algún motivo desconocido, se ha extendido más de lo que debería en espacio. Hubo una minireseña al respecto.






Esquizofrénicas o La balada de la lámpara azul, de Leopoldo María Panero (3.5/5)

Una larga balada de un hombre solo, viejo y loco contra la incomprensión más absoluta. Escalofriante a ratos, profundo por momentos, sentencioso y tajante de vez en cuando, personal y a la vez universal, aunque haya algunos poemas no demasiado buenos, todo sea dicho. Saqué un brevísimo comentario en su día que pueden leer aquí.











Y en junio...




Los mecanismos de la ficción, de James Wood (5/5)

Imprescindible para aprender a leer bien. El libro que todo aspirante a crítico y todo escritor deberían leer, y releer. Una de las obras con las que más he aprendido este año. No sólo da las claves para diferenciar los buenos textos de los que no lo son y cómo construirlos, sino que, además, viene ilustrado con gran cantidad de ejemplos de obras de distintas épocas, centrándose en la narrativa inglesa y norteamericana contemporánea.





Cuentos sueltos de Chejov (4/5)

No hablo de ninguna antología en particular, sino simplemente de cuentos sueltos que he podido leer de acá o de allá. Los cuentos fueron  Un viaje de novios, El misterio, Un niño maligno, Un padre de familia, El gordo y el flaco y Un escándalo. No se puede decir que me hayan entusiasmado demasiado. Sin embargo, están muy bien construidos y tratan de temas sumamente interesantes. Chejov crea una suerte de reflejo de la psique humana, a veces patológica, con gran soltura. Refleja también con maestría los comportamientos y las relaciones de las clases sociales entre sí y las utiliza como motor para sus relatos. También cuenta con un dominio increíble de la ironía y sabe cuajar muy buenos finales. 

Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline (LEYENDO/5)

Lectura que estoy tardando demasiado en acabar debido a cuestiones personales que ahora no me permiten leer tanto como me gustaría. Aún así la estoy disfrutando mucho. Extraje dos fragmentos en su momento que puedes leer aquí y aquí. Espero poder hacer su correspondiente reseña pronto. Viaje al fin de la noche es, sin duda, una novela sobre la que se puede hablar mucho y de cuestiones muy interesantes.











Se puede decir que, salvo "Todo va bien", que caerá en breve, he cumplido con todos los objetivos propuestos. Hemos leído literatura hispanoamericana, polaca, poesía, gestas medievales y estamos terminando "Viaje al fin de la noche".

Dicho esto, algunos PROPÓSITOS para verano serán:

*La lectura ya demasiado pospuesta de Proyectos de pasado de Ana Blandiana y la de Todo va bien de Sócrates Adam.
*El Quijote, que digo yo que tendrá que caer algún día también.
*También habrá que leerse el libro Siete contratos en tinta carmesí de Irene Olalla, que es compañera de clase y amiga, y ya que le he comprado el libro estaría feo no leerlo. Por supuesto, no habrá reseña. A los amigos no se les reseña nunca; profesionalidad ante todo.
*Y, básicamente, lo que pille. Tendré mucho tiempo libre a partir de mediados de julio y son muchos los autores interesantes que no me atrevo a prometer que leeré uno y no otro. Así, sin prometeros nada, quizás caigan: Saramago, Dostoievski, Tom Sharpe, David Foster Wallace, Nabokov, Italo Svevo, Imre Kertész, Mario Vargas Llosa,...
*Y lo más importante, ¡disfrutar del verano como espero que hagáis todos!




martes, 2 de junio de 2015

Boquitas pintadas, de Manuel Puig


El dificil reto de escribir Boquitas pintadas...




Hace ya aproximadamente una semana que terminé Boquitas pintadas y aún sigo preguntándome cuál es el estilo de su escritor, de Manuel Puig. ¿Cómo escribe de verdad el auténtico Puig? ¿Cuál es su marca característica? Porque uno ve un fragmento de García Márquez, por poner un ejemplo a todos conocido, y reconoce que es de Márquez fácilmente, aunque no haya leído ese texto concreto nunca antes, y lo consigue por una característica esencial de su autor: su necesidad casi imperiosa de explayarse en un especie de apariencia de infinito. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con Hemingway. Uno ve un cuento escrito por Hemingway y si ha leído algo de él antes sabe que es suyo al instante. Es su vocabulario sobrio y el uso tan particular del símbolo lo que lo definen. Pero entonces ese mismo lector ve dos fragmentos de dos capítulos distintos de Boquitas pintadas y, si no ha leído la obra, no sólo le cuesta ver en ella al mismo autor, sino que tampoco piensa, al menos en primera instancia, que los fragmentos pertenezcan a la misma novela, y, sin embargo, efectivamente, así es. Quizás lo que ocurra con Puig es una ausencia de estilo, una pureza de estilo, o, tal vez sea todo lo contrario, la convivencia de múltiples estilos, desbordantes para los que acostumbramos a leer narrativa más convencional. 

Todo tiene que ver mucho con quién es el narrador, si es que hay narrador, porque hay veces en las que no lo hay. No es un simple perspectivismo, sino una clase de collage  con diversos materiales, algunos son escritos de los personajes (cartas, diarios, recortes de revista, partes médicos, partes policiales, etc.), otros son acciones, diálogos (en ocasiones telefónicos), descripciones de lugares y hasta pensamientos, auténticos monólogos interiores de los personajes en los que Puig se luce como nadie. Lo increíble del escritor argentino es que no cojea a la hora de cambiar de registro. No es el mismo Puig el que firma cartas con el nombre de Nené que el que actúa como narrador omnisciente en el capítulo XIII. Puig juega a ser un camaleón y lo cierto es que la metamorfosis se cumple con un éxito digno de admiración.

Más allá de la forma de presentarla está la obra, que, por un lado, nos muestra la cara frustrante de la vida cotidiana que nadie llega a entrever en la juventud, y, por otro, nos ofrece una crítica de la búsqueda de los seres humanos en general, y de la sociedad argentina de la época (1960s) en particular, de la apariencia en lugar de la esencia. En el desarrollo de estos dos temas principales está la actuación de los personajes y complicadas historias de amor y sexo destinadas al desastre por las convenciones sociales vigentes en el país de Puig. La novela empieza con la necrológica de Juan Carlos en el periódico regional “Nuestra vecindad” el día 18 de abril de 1947. 

Que el autor nos de las fechas aproximadas de cada fragmento de "lo que toque" es fundamental para comprender bien la obra y para poder ordenar cronológicamente cada hecho, pues, al igual que no se narra de forma habitual, tampoco se va a seguir un orden temporal tradicional. Una buena ayuda para no perderse en la narración en una primera lectura puede ser leer la obra rápido o, si no es posible, ir apuntando las fechas y los hechos principales. 

Dicho esto, volvamos a Juan Carlos, cuya muerte desencadena los sentimientos reprimidos de otro de los personajes principales, Nené, quien comienza a cartearse con la madre del difunto que una vez fue su novio. A través de las cartas vamos descubriendo información del estado de Nené en 1947 (casada y con dos hijos y aún enamorada platónicamente de Juan Carlos), así como de algunos hechos importantes pasados (su amistad y luego rivalidad con la hermana de Juan Carlos, Celina, así como con Mabel, la amiga de ésta). Sin embargo, no es hasta el cambio de registro y el salto temporal de más de diez años en el capítulo III cuando, por fin, podemos indagar en el pasado de forma algo más fiable, que a través del recuerdo de un único personaje. Juan Carlos, todo un Don Juan, constituirá un vértice destacado en un triángulo amoroso (cuadrilátero si añadimos al personaje de la viuda Di Petri) que completarán Mabel y Nené (dos personajes femeninos prácticamente opuestos psicológicamente). La historia de las relaciones de estos personajes se entremezclará con la de Pancho, amigo de Juan Carlos, y Raba, criada del doctor Aschero, otro curioso personaje, mucho más secundario, con quien Nené también mantendrá una aventura en el trabajo que no le dejará buen sabor precisamente. De hecho, la tendencia a aspirar reflejar lo triste de la realidad cotidiana llevará a que casi todas estas relaciones de alguna forma u otra acaben en la resignación de sus personajes, en la necesidad de aceptar lo que no se desea. Se puede decir, que es en este sentido una novela antisentimental porque, aunque se emplean elementos de la novela sentimental como la carta o el diario, no es sino para forzar una parodia, de la misma forma que Cervantes recurre en el Quijote al lenguaje propio de la novela de caballerías y lo contrasta con la realidad. La realidad es cruda, no es de color de rosas. No se tarda mucho en descubrir que Boquitas pintadas no va a tener un final pasteloso; su intención es justamente la contraria. 

Otro punto muy a tener en cuenta es la impresionante capacidad de Puig para retratar a personajes femeninos con una precisión y complejidad abrumadora. Muchas veces pensamos que el género del escritor no le influye a la hora de hacer su oficio, pero en demasiadas ocasiones lo que ocurre es todo lo contrario. Hay muchos más protagonistas de novelas masculinos que femeninos y eso es, porque en parte, a los escritores les cuesta menos hablar de sí mismos que de lo otro y en la Historia aquellos que, por circunstancias político-sociales, han podido escribir ficción han sido, hasta el momento, mayoritariamente hombres. Hablar de lo otro constituye un reto. Pocos cuentos de Thomas Mann tienen como protagonista a una mujer, sino que sus personajes femeninos más bien se pasean por ahí representando tipos muchas veces planos, muchas veces ejerciendo el papel de musas o mujeres fatales. No obstante, Puig sí que supera esta barrera y casi parece sentirse más cómodo proyectando su ojo sobre personajes como Mabel o Nené, que sobre Pancho. Algunos achacarán este hecho a la homosexualidad reconocida del escritor, pero estas personas deberían recordar que también Thomas Mann era homosexual y hasta la madurez nunca se atrevió con este reto. 

Porque si algo demuestra Puig con su forma de escribir, con su selección de los temas y de los personajes es que, efectivamente, le gustan los retos y tiene habilidad creativa para solventarlos perfectamente. Me quedo con ganas de más literatura argentina. Actualmente estoy enfrascado en Viaje al fin de la noche de Céline y aún tengo un par de cuestiones más pendientes por ahí, pero espero echarle mano pronto a algo de Patricio Pron. Un saludo desde esta Esquina.

Puedes leer un fragmento de la obra aquí:

Fragmento de "Boquitas pintadas"


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Pedro Páramo, de Juan Rulfo

El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem