viernes, 23 de octubre de 2020

Hela, de José Ángel Conde

 


El martes pasado entrevistábamos a José Ángel Conde, autor de Hela, por lo que hoy toca la reseña de esta extensa, pero apasionante, novela. Estamos ante una obra de carácter híbrido donde la ciencia ficción (núcleo central de la obra) se entreteje con el horror y la fantasía, y donde hay un espacio de vital importancia para la mitología nórdica. Nuestro protagonista es Köil, un camarógrafo islandés que se encuentra perdido en la vida y que consigue un empleo en la industria porno de Finlandia.

Su contexto es complicado y merece especial atención. En un futuro no muy lejano los países ricos del norte de Europa se han desvinculado de la Unión Europea y han fundado la Unión Nórdica, una suerte de macronación donde predominan los valores escandinavos más conservadores, entre ellos un profundo racismo. El mensaje desde el Gobierno es claro, temed a quienes tienen el pelo o la piel de color oscuro. Temedlos y odiadlos. Los cuerpos de policía os protegerán. A partir de aquí se genera una sociedad donde los oprimidos se enfrentan a los opresores, surgiendo protestas en Laponia, que confluyen en una revuelta armada. Ante todo esto, el escandinavo medio permanece ajeno, hipnotizado por las ofertas de Nokia e Ikea. El mundo de Köil es gris. El amor se ha perdido. Y en sustitución al vacío que ha dejado queda el sexo de pago y las compras. La mayor parte de los ciudadanos consumen antidepresivos diariamente para poder paliar la alta tasa de suicidios.  Afuera de sus diminutas viviendas está la nevada que se prolonga por medio año. Esta tormenta gélida y sucia es el reflejo de sus corazones, de la vileza de destruir el ecosistema para atrincherarse en un mundo de pantallas.

En este sentido, Köil es un romántico al borde de un fin autoimpuesto. Lo que no sabe es que su existencia será de vital importancia para los rebeldes, que encontrarán en él a un guía. Estos rebeldes son perseguidos por el gobierno de extrema derecha de la Unión, que aspira a crear una raza pura, siguiendo los sueños de los ideólogos nazis del siglo pasado. Una de ellos es Leylah, una joven morena de la que se enamorará Köil y que tiene un pasado bastante oscuro del que huye manteniendo relaciones con diferentes hombres, siendo humillada y golpeada por ellos. ¿O decide elegir esta senda por otros motivos?

Hasta aquí tenemos una trama de ciencia ficción con un factor interesante de novela erótica y romántica. Hay partes de la obra que se dedican a describir con minuciosidad encuentros sexuales de diversa índole. Pero hay en ella mucho más. Nada más empezar la obra, se nos describe al lector una escena de puro horror extremo, donde una mujer es penetrada hasta explotar internamente, convirtiéndose en un abanico de vísceras y sangre. Esta escena tan gráfica, como el propio José Ángel Conde nos comentaba en su entrevista, va de la mano con la estética ochentera de la Nueva Carne. Sobre esta muerte surge una investigación que lleva al propio Köil y que le da a Hela algunos elementos propios de la novela negra, donde José Ángel Conde recoge la inspiración de los clásicos del cine noir de mediados del siglo pasado, así como de algunos novelistas reconocidos como Raymond Chandler o James M. Cain. Pero las influencias que convergen en Hela no acaban aquí. Hay una gran influencia del existencialismo y una crítica voraz a la naturaleza humana que recuerda a las novelas de Michel Houellebecq y a filósofos de la talla de Nietzsche. De hecho, la mala interpretación de Nietzsche por varios personajes de la obra es criticada en la misma, a pesar de no tocar el tema expresamente. Se respira pesimismo en los acontecimientos y reflexiones de la vida de Köil y su mundo, pero también una necesidad de cambio. Y, finalmente, está la innegable fuerza de la mitología vikinga. Cada personaje representa un rol propio de los héroes y heroínas de dicha mitología, al tiempo que se da una serie de factores que anticipan el Ragnarok y el regreso a la Tierra de los viejos dioses en una batalla frontal. Con la inclusión de la mitología se va produciendo una deriva hacia el género fantástico más tradicional y en cuya plenitud, sin olvidar el resto de elementos, concluye la obra. Además, la inclusión de la mitología permite a José Ángel Conde reflexionar sobre el concepto de Historia entendido como ciclo que se repite. El propio autor aclaraba en la entrevista que más que un círculo que se completa, la Historia debe ser vista como una espiral. Se repiten intenciones, ideas, deseos y aspiraciones, pero los contextos son distintos. No nos bañamos dos veces en las mismas aguas, por mucho que el río se parezca. La idea de espiral incluso cobra vida en la obra cuando Köil y varios personajes aliados son tragados por un Maelstrom.

Y frente a todo esto se construye una distopía, donde la falsa felicidad de unos se convierte en la caída en desgracia de otros y donde la tecnología, lejos de arreglar la vida de las personas, la dificulta por su mala praxis. Los personajes andan en un laberinto, como bien refleja el pequeño cuento insertado en la obra sobre una familia que se ve atrapada en el Ikea y que acaba desatando el estrés del padre, que se ceba a golpes con sus hijas. La novela misma es un laberinto. Un cúmulo de entresijos donde aparecen incluso viajes astrales a través de las drogas que consumen los protagonistas. Esto lleva a grandes digresiones que tienen por objetivo conducir al lector hasta el final de la novela. Como pega, debo añadir que puede que estas sean demasiado extensas y continuadas, especialmente cuando uno llega a la mitad de la trama, porque detienen la acción, en algunos casos durante más de treinta y cuarenta páginas. Por lo que no, no estamos ante una novela ágil o fácil. No obstante, a costa de sacrificar parte del ritmo narrativo, Conde logra una pieza compleja, personal, con mucho que aportar y que se explica por sí misma.

Debido a la naturaleza de Hela, no puedo evitar compararla con otra de las lecturas del año: La mitad de un monstruo de Alberto Ávila Salazar. Ambas son novelas mixtas que recurren a los mismos géneros y cuyo valor principal es escapar de los moldes que encorsetan a la mayor parte de la narrativa. De la misma forma, son obras donde los elementos, por extraños que parezcan en su mezcla, se combinan a la perfección. Sin embargo, están destinadas a mentes abiertas. Por lo que no, Hela no es una novela para todo el mundo. No aspira a serlo. Es un trabajo personal que aglutina todo el bagaje del autor y que está cargado de las preocupaciones filosóficas de Conde en el momento en el que lo escribió. No obstante, es muy recomendable para todos aquellos lectores que busquen una experiencia nueva y que crean que desafiar los académicos moldes de los géneros literarios debe ser una prioridad para el escritor.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Les dejo aquí la entrevista.


martes, 20 de octubre de 2020

Entrevista a José Ángel Conde, autor de "Hela"





Hoy tengo el placer de tener en La esquina de ese círculo a José Ángel Conde Blanco, escritor madrileño de terror, horror y ciencia ficción. Conde ha participado en numerosas revistas y antologías como Nictofilia, miNatura y la reciente recopilación de narrativa splatterpunk de Ediciones Vernacci Gritos sucios con su relato “Cariátide”. Y aunque la mayor parte de su producción se engloba dentro de la poesía (tiene en su haber dos poemarios), una poesía que, todo hay que decirlo, hace del horror de lo corporal su insignia, también es autor de dos novelas: Pleamar (2012) y Hela (2015). A pesar de que esta última es más bien una novela híbrida donde diferentes géneros tienden a mezclarse, el componente de ciencia ficción es fundamental en la misma y lo que me lleva hoy a entrevistarlo como parte de este maratón de entradas sobre el género.

LUCAS DESPADASLa primera pregunta va a ser un poco larga. Como ya he comentado, Hela es una novela híbrida. Hay un poco de todas tus lecturas en ellas, ya fueran estas novelas, poesías o ensayos. También parece estar presente tu experiencia vital. Conoces bien los países en los que se ambienta la novela (Islandia, Finlandia, Suecia, etc.), así como los gajes del oficio de técnico audiovisual. ¿Cuánto de bagaje literario y vivencial hay en la obra? ¿Cómo de personal es y hasta qué punto aúnas diferentes lecturas en Hela? ¿Cuáles son las principales referencias para entender mejor el universo que planteas?

JOSÉ ÁNGEL CONDE: No puedo ocultar que la novela tiene un fuerte componente autobiográfico, incluso nació con cierta intención terapéutica de exorcizar demonios internos. Sin embargo sería un grave error tomarla como una confesión, ya que la parte vivencial tan sólo sirve como punto de partida para el despliegue de una historia viva de pretensiones más bien alegóricas y experimentales. Considero que mantener ciertas raíces en lo personal, bien en la biografía o en las ideas propias, contribuye a dar honestidad y credibilidad al relato. Se trata de dejar fluir una corriente subterránea de sentimientos que convierta en carnal lo imposible.

Aparte del tema emocional, Hela debe mucho a mis viajes a Escandinavia, los cuales me han marcado tanto que pueden considerarse como iniciáticos. Hay hasta cierto componente de predestinación, si es que esto no suena exagerado, ya que el paisaje y la cultura nórdicas siempre han ejercido en mí una fascinación irracional que terminó de desbordarse cuando los visité. No obstante también seguí una rigurosa documentación, devorando prácticamente cualquier cosa que tuviera que ver con lo nórdico en cualquiera de los campos del conocimiento (cine, literatura, arte, historia, sociedad). De esa forma descubrí varios autores que me influyeron en la escritura, como Knut Hamson, Stig Dagerman o la poesía de Edith Södergran, hasta otros más recientes como Hallgrimur Helgason. Hay también bastante del engranaje visual del cine de Aki Kaurismaki, la autofotografía minimalista de Elina Brotherus y la pintura de Munch. Por supuesto también el Kalevala finlandés y las Eddas islandesas fueron esenciales para tejer el espectro mitológico.

También hay mucho de cyberpunk en la presentación estética de la distopía, sobre todo en la primera sección del libro, para la que he recurrido mucho a la imaginería ultraviolenta y desgarrada de los comics de Frank Miller, sobre todo Sin City (Köil tiene mucho de Marv) y el futurismo pseudocontemporáneo de The Dark Knight returns. La segunda parte, sobre todo la conclusión en el Polo Norte, pasa a una dimensión más mística y esotérica, en la que se puede rastrear la influencia del Dune de Frank Herbert, sobre todo en la importancia del paisaje desértico, en este caso helado, y en algunos personajes, como la tribu subterránea de los Thule o la guardia negra de Rustun, inspirados en los Fremen y en los Navegantes respectivamente.

Y, ya para terminar, decir que en la misma esencia de Hela está el gran eje trágico moderno que comienza en el romanticismo, pasa por la novela psicológica rusa y el decadentismo, y culmina en la novela existencial, recorrido siempre muy presente en mi obra.

LUCAS DESPADASLa mitología nórdica es un componente fundamental en la obra, pues todo se cimienta a partir de ella. Las antiguas comunidades vikingas evolucionan hasta el punto de crear la Unión Nórdica, unión de países escandinavos que se separan de la anquilosada Unión Europea y se convierten en superpotencia. La alegoría y la referencia mítica es constante y está presente incluso en los mismos nombres de los protagonistas y en el de la obra. A lo largo de la novela se deja claro que en esta mitología hay un conocimiento que una sociedad enajenada por las facilidades que promueve la tecnología ha decido ignorar. Más concretamente, el acceder a este conocimiento es incluso motivo de castigo. ¿Crees que hay un fatum aciago y que estamos irremediablemente avocados al Ragnarok por sustituir este saber milenario por vacuo entretenimiento?

JOSÉ ÁNGEL CONDE: Hay una frase que le dice el personaje de Leylah a su amante Köil que resume buena parte del papel que juega el mito en la novela. Cuando Köil le cuenta su indignación tras haber presenciado cómo unos policías golpeaban a unos activistas por pintar runas en unas paredes, Leylah le responde: “Los mitos siempre están ahí, esperando, escondidos. Pueden reproducirse en cualquier momento”. La sociedad de la Unión Nórdica, como la nuestra cada vez más, vive en un “presente continuo”, la realización de ese “fin de la historia” que anunciara Fukuyama tras la caída de la URSS al pretender que no hay alternativa más allá del sistema de producción económico capitalista y los valores de la “democracia” liberal occidental. Es el mismo concepto que autores como Mark Fisher denominan “realismo capitalista”, algo así como “el Reich de los mil años” con el que soñara Hitler. Esta idea del presente continuo tiene el efecto totalitario de anular el pasado y diluir el futuro, siguiendo una pretensión de “transversalidad”, de nivelación de todos los valores e instancias de la “realidad”, término que tanto gusta a los ingenieros sociales y a ciertos líderes políticos y que está en la misma esencia del populismo (el fascismo es una forma de populismo).

Cuando Leylah dice que “Los mitos siempre están ahí” está expresando que ese “presente continuo” es una falacia, incluso que la visión de la flecha hacia el progreso futuro también lo es y que el tiempo es un movimiento de ciclos que se repiten de forma cualitativa. De hecho los propios personajes, como bien dices, son encarnaciones del mito, no pueden sustraerse a él. Pero no se trata aquí exactamente del anillo del “eterno retorno” nietzscheano y oriental, lo cual sí que supondría un fatum, sino más bien de un movimiento en espiral, símbolo recurrente en la novela y compartido por  muchas culturas ancestrales, a la vez que un concepto clave en gran parte de la mecánica cuántica. El mito, en el caso de la novela la inminencia del Ragnarök, sería la prueba de que existe una base arcana e inconsciente que es común a todas las civilizaciones y que no se puede enterrar, un relato de raíces irracionales que haríamos mejor en difundir y preservar para contribuir a conocer este gran misterio que es lo humano. Aunque hay que señalar que el poder de esta mística también tiene sus peligros, como la historia nos enseña. Hela es deudora de la concepción de Neil Gaiman en The Sandman y gran parte de su obra, por la cual el mito atemporal surge en el mundo temporal provocando un inevitable pero revelador choque.

LUCAS DESPADASCon esto llego a la pregunta evidente sobre la tecnología. No es que el mundo de Hela tenga unos avances tecnológicos increíbles frente a lo que hoy tenemos. Sin embargo, la globalización de la tecnología y el individualismo del acceso a ella ha traído consecuencias muy negativas para la sociedad, la cual solo disfruta con la violencia y el sexo, siendo incapaz de ver otras facetas de la vida. ¿Crees que la evolución tecnológica nos está conduciendo a una sociedad más compleja, pero al mismo tiempo más simple, en el que vuelven a relucir los instintos primarios del ser humano? ¿En qué sentido?

JOSÉ ÁNGEL CONDE: Para ser justos creo que deberíamos evitar la tecnofobia, ya que no veo la tecnología en sí como un problema, sino más bien la utilización que se haga de la misma. En este sentido los propios usuarios han (¿hemos?) caído en la trampa de considerarla más un fin que un medio y somos responsables de ello aunque esa misma trampa haya sido dispuesta por el poder para asegurarse la docilidad de la sociedad. Es la vieja idea de la “sociedad del espectáculo” por la que se generaliza la satisfacción inmediata, pero a pequeñas dosis, como las que los narcotraficantes suministran a sus potenciales clientes para asegurar su dependencia. Se instala así un hedonismo superficial narcisista, a nivel de usuario, un infantilismo que no se cuestiona su burbuja referencial porque ni siquiera es consciente de estar encerrado en ella. Al hedonismo habría que unir una progresiva insensibilización por la sobresaturación de estímulos que en última instancia podría llevar a una instalación de un posthumanismo en su peor acepción de deshumanización y robotización. Los individuos se acabarían volviendo cada vez más simples, en el sentido de partes mínimas de un engranaje o de una red-colmena, eso es cierto, aunque la estructura tecnológica que propicia esa regresión intelectual sea en extremo compleja, desarrollada por una tecnocracia cada vez más especializada y alejada de la base social de la que se alimenta. Esos tecnócratas, en cierto modo, adquieren cualidades casi mesiánicas, e incluso divinas, al poseer un conocimiento incomprensible e inaccesible para la mayoría. Esto no es ciencia-ficción, ya existe un “apóstol” de Silicon Valley que ha fundado una “Iglesia de la Inteligencia Artificial”, así que la casta de Ases tecnológicos en Hela no es algo tan descabellado.

LUCAS DESPADASFrente a todo esto tenemos unos personajes adictos a los antidepresivos y un mundo en el que no sale el sol, con una tormenta perpetua, un sinfín de vidas vacías y una misión encomendada a un hombre que parece, al principio, de lo más común. ¿Cómo fue la elección de los elementos propios de este mundo y del personaje protagonista? ¿Te inspiraste en alguien que conocías, algún personaje ficticio o en ti mismo?

JOSÉ ÁNGEL CONDE: Como ya he comentado hay mucho de experiencial en la novela y eso se plasma por supuesto en la construcción de los personajes, pero ninguno de ellos es autobiográfico. Lo correcto sería decir que contienen elementos personales o vividos, chispazos de la personalidad y de la visión del mundo propia, lo cual creo que es un recurso legítimo y efectivo para conseguir verismo en la ficción, pero sin dejar de ser eso, ficción. No soy Köil ni Leylah, aunque los dos personajes tengan mucho de mis sentimientos, mi experiencia y mi psicología. Pero no se quedan ahí, su complejidad es mucho mayor, ya que tienen vida propia más allá de la yo que les haya podido dar, transcienden los límites de la novela.

Aparte del factor personal también tuve muy en cuenta el factor cultural, ya que, y esto no sólo vale para los personajes protagonistas, me sirvió de inspiración la propia y especial idiosincrasia nórdica. De hecho la he tenido en cuenta en todo momento para suministrar coherencia con el marco geográfico en que se sitúa Hela, uno de sus aspectos esenciales. Tanto partiendo de vivencias como de documentación mi intención era desmitificar esa visión utópica del “paraíso nórdico”, porque mi experiencia es otra y porque no creo en los paraísos en la Tierra, hay muchas contradicciones y ambigüedades perversas en ese estereotipo. La Escandinavia que mejor conozco es la del clima extremo y la falta de luz, la de la alta tasa de suicidios y depresiones, la de los altos índices de alcoholismo y violencia de género, la del solipsismo y la alienación, la del racismo, el extremismo político y la omnipotencia del Estado, sin negar sus evidentes logros progresistas pero desconfiando de esa naturaleza “idílica” que se le concede muchas veces de forma interesada, sobre todo por parte de algunos partidos o movimientos políticos.

LUCAS DESPADAS: El racismo es un tema muy importante en la obra. De hecho, citas incluso a Hitler, lo cual me sorprendió mucho. Toda la Unión Nórdica se basa en la superioridad de los arios, que son producidos en masa y enfrentados a todo aquel que no sea rubio con los ojos claros. No es ningún secreto que en la actualidad, en algunos países nórdicos (y casi en el resto del mundo) están proliferando las ideas racistas de ciertos partidos de extrema derecha. Y esto polariza a la sociedad entre los que están a favor y los que están en contra. ¿Es de esta polarización política de donde sacas la idea de la Unión Nórdica, sus ideales y su plan oculto? ¿Cómo de preocupado estás sobre este tema social?

JOSÉ ÁNGEL CONDE: Es un tema que no sólo no es nuevo sino que es una lucha permanente, parte de las contradicciones del sistema socioeconómico en el que vivimos, no sólo en occidente, aunque en Europa es endémico. Creo que Marx se equivocó cuando dijo aquella famosa frase “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, porque en realidad ese fantasma totalitario es el del fascismo, que emerge de forma intermitente cuando el poder económico lo necesita para imponer sus políticas. Hela también pretende bucear en ese fascismo subterráneo que está en la esencia de la Vieja Europa, que también es la del norte blanco y arrogante que se siente superior a los países del sur. El fascismo se suele dar en sociedades altamente industrializadas como las nórdicas y de ello hay ejemplos no sólo en el fenómeno del nazismo alemán, sino también en hechos menos discutidos pero tan graves como el colaboracionismo en los países escandinavos o los planes de eugenesia suecos hasta bien entrados los años setenta. Este es el reverso oscuro del mito al que me refería antes y que tiene que ver con lo que comentas sobre la polarización. No es ni más ni menos que la eterna dialéctica, no maniquea, entre el poder de las creencias y la fe irracional frente a la razón. Las creencias, si no están fundamentadas en el raciocinio, llevan a la polarización y la intolerancia. En Hela esta lucha se expresa en el combate entre dos visiones míticas: la totalitaria y tecnocrática, los Ases, que se basan en un uso de la tecnología para crear un mundo homogéneo e inhumano, y la anárquica y vinculada a la naturaleza, los Vanes y Rustun, que emplean la magia (la cual a veces se parece a la tecnología) para propiciar un mundo diverso y libre.

LUCAS DESPADAS¿Planeas más obras vinculadas a la ciencia ficción en el futuro? ¿Qué otras historias de ciencia ficción salidas de tu pluma podrías recomendar a los lectores de este blog para conocerte mejor como autor?

JOSÉ ÁNGEL CONDE: Lo último que he escrito es precisamente un proyecto de serie que mezcla el cyberpunk y el ocultismo, pero no confío demasiado en que alguna vea alguna vez la luz, soy muy escéptico con el mundo audiovisual. La ciencia-ficción está en bastantes de mis relatos e incluso de mi poesía, ya que mi escritura es bastante fronteriza y no respeto demasiado cualquier separación que pudiera existir entre géneros porque no creo que ésta exista. Lo que sí tengo es bastante querencia a la distopía, quizá porque me parezca la forma más adecuada de reflejar el mundo que me rodea. En Cariátide, sin ir más lejos, mi relato incluido en la antología “Gritos sucios”, insisto en ella explorando aspectos de la Nueva Carne. En otro nivel, el de la distopía “cultural” al estilo de Fahrenheit 451, se sitúa el microrrelato Pleonasmo, el cual ha obtenido muy buenas críticas. Luego están también la space opera de Cordones, el horror cósmico de La cadena de montaje órfica, el greenpunk del premiado El ensueño de Schumann o el posthumanismo apocalíptico de Fibra. Y hay todavía bastantes historias inéditas más esperando en el almacén.

LUCAS DESPADAS: Muchas gracias por tu tiempo y por responder, José Ángel. Esta es la primera entrevista que comparto en esta esquina y es para mí un honor que seas el primero en aparecer por aquí. Os recuerdo que Hela está disponible en la página de Triskel Ediciones. Podéis adquirirla en formato físico o digital en el siguiente enlace:  http://www.triskelediciones.es/hela.html

La reseña de Hela con mi lectura estará disponible aquí el próximo viernes 23 de octubre.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.



viernes, 16 de octubre de 2020

El cuento de la criada, de Margaret Atwood

 


Tras un golpe de Estado, la asociación ultrarreligiosa y paramilitar Los hijos de Jacob asesinan al presidente de los Estados Unidos de América y toman el control de la Costa Este. Con el fin de crear una sociedad totalitaria donde los miembros mantengan su poder sobre el resto, someten a los distintos ciudadanos a una serie de imposiciones y purgas. El mundo ha quedado consumido por la radiación y el cambio climático ha hecho que la mayor parte de hombres y mujeres se hayan vuelto estériles. Para asegurar el futuro de Gilead, la nueva nación, hombres y mujeres se dividen en distintas clases funcionales. Por un lado, están los Comandantes (orquestadores del atentado y de la expulsión y genocidio de los disidentes), los Ojos (espías masculinos que se encargan de velar por el "bien moral" y que están al servicio de los Comandantes), los Ángeles (soldados distribuidos en los distintos frentes internos y externos de Gilead) y los Guardianes (que conforman una especie de policía de Gilead y que también dependen de los Comandantes). Por otro lado, están las Esposas (mujeres infértiles casadas con los Comandantes), las Econoesposas (mujeres casadas con Ojos, Ángeles o Guardianes), las Marthas (mujeres destinadas a las labores del hogar y al servicio de las Esposas), las Criadas (mujeres fértiles que son violadas por los Comandantes con el fin de proporcionar un hijo tanto a ellos como a sus esposas estériles) y las Tías (mujeres lo suficientemente maduras como para no tener hijos y que se encargan de adoctrinar a las Criadas en un lugar llamado El Centro de Raquel y Leah).

Todo vestigio de las libertades del pasado ha sido suprimido, especialmente para las mujeres. Se les ha prohibido leer, amar, fumar, beber alcohol, pasear libremente, tener posesiones, manejar dinero y vestirse como ellas quieran. A cambio se les ha asignado un rol que deben desempeñar si no quieren padecer numerosos castigos que oscilan entre la muerte inmediata y la muerte lenta y dolorosa trabajando en las Colonias. Estas Colonias no son el escenario directo en ningún momento de la novela, a diferencia de la serie (cuyas similitudes y diferencias comentaré abajo), pero su presencia inspira un absoluto pavor entre Criadas y Marthas. Se trata, pues, de extensiones de campo asediadas por la radiación y en el que las No Mujeres (las infértiles desempleadas, las lesbianas y las que no están de acuerdo con el régimen) son explotadas hasta contraer diversas enfermedades y morir, como si de un gulag de la Unión Soviética en los años cuarenta se tratase. Frente a la imagen asfixiante de las Colonias, que la protagonista conoce por las películas que le obligan a ver en el Centro Raquel y Leah (también conocido como Centro Rojo), está el Muro. Esta es una de las antiguas paredes de la Universidad de Harvard, donde cuelgan a los disidentes a la vista de todos, como si de espantapájaros se tratase. Cabe destacar que la universidad ha sido cerrada y que en la novela es una suerte de cárcel y centro de operaciones.

Con la cultura machacada, todo lo perteneciente al viejo mundo es consumido por las llamas: libros, trajes, revistas, obras de arte, etc. Solo algunos Comandantes poseen ciertas reliquias del pasado que ocultan gracias a su poder. El dinero ha desaparecido y solo importa la posición social y jerárquica. Desde arriba se dicta lo que es moral y lo que no, se fomentan ciertos actos y se prohíben otros tantos. Además, se hace con tanta inmediatez que los personajes viven con un miedo y un odio constantes al ser conscientes de que en cualquier momento puede cambiar su suerte.

Pues bien, en este contexto está Defred, la protagonista y narradora de El cuento de la criada. Para quien haya visto la famosa serie de Hulu (que adapta en su primera temporada la práctica totalidad del libro con mucha fidelidad), todo lo que he dicho hasta aquí no resultará sorprendente. No obstante, hay diferencias importantes. Y esto se debe a que el libro es mucho más sutil que la serie. Si bien ciertos capítulos de la novela se calcan directamente en la pantalla, otros tantos que son sugeridos se ven ampliados y modificados para cambiar el sino de la protagonista. Defred no tiene un nombre asignado en la obra. Conviene recordar que Defred no es más que un patronímico que nos viene a indicar de quién es Criada, es decir, cómo se llama el Comandante cuyo hijo tiene la obligación de alumbrar si quiere seguir con vida. Al mismo tiempo, cabe destacar que en inglés Defred se cambia por Offred, lo cual guarda una similitud intencionada con offered (ofrecida, sacrificada) y que le da un papel nominal de mártir que en la traducción se pierde. Como comenta la propia Atwood en el prólogo de mi edición, hay críticos que han querido bautizar a Defred como June, al ser un nombre que aparece en el primer capítulo y que no vuelve a mencionarse. Esta es una ambigüedad que en la serie se pierde.

Y, sin embargo, lo que le da la gracia a este texto es precisamente su ambigüedad. Esta se ve potenciada en la parte final de la obra titulada Notas históricas sobre 'El cuento de la criada', que para mí como lector que ya he visto la serie es lo más relevante. Este final da a entender cómo se transmite el relato de Defred y cómo esta ha tenido importancia en el futuro tras la caída de Gilead, pero al mismo tiempo pone en duda diversas cuestiones como la autenticidad del mismo dentro de su propio universo, la veracidad de ciertas anécdotas de Defred, así como el nombre y las ocupaciones de los diversos personajes de la obra. Y mientras todo el relato, de casi cuatrocientas páginas, se pone en duda, se aporta más y más información sobre la confusa formación de Gilead y se atan ciertos cabos para el lector.

De la ambigüedad vive la literatura. Defred es trasladada como Criada de una casa a otra mientras su hija, arrebatada por los infames, crece en otra casa y su marido sigue en paradero desconocido. Defred fantasea con encontrarse con Luke y al mismo tiempo con su muerte. Se siente culpable por desear a Nick, el chófer de su Comandante, pues no sabe qué ha sido de Luke. Siente que le es infiel, pero se justifica en las circunstancias y en los años sin verlo. Y todo esto ocurre en la serie, pero el espectador pronto descubre que Luke está vivo en Canadá y que está tratando de rescatar a su esposa, por lo que la ambigüedad de la novela que invita al pesimismo se pierde en la serie de nuevo. Si eso está bien o mal es algo que no estoy dispuesto a juzgar. Probablemente, la incursión de Luke en la serie sirva para aportar cierta esperanza a una serie de hechos muy desalentadores.

A pesar del contenido y de la complejidad que puede suponer armar una historia convincente con una sociedad tan compleja como la que Atwood crea para Gilead, hay que decir que la narración se siente muy ágil y atrapante. Siendo un texto con una densidad considerable, las desventuras de su heroína se hacen amenas y de interés. Los temas centrales son la vinculación de lo religioso con el poder, lo cual no es exclusivo de El cuento de la criada, sino que está presente en otras muchas obras de tinte distópico. Se me vienen a la mente El mundo interior de Robert Silverberg (recientemente reseñada) y La cruz y el cerdo de Nieves Guijarro Briones (que aparecerá por aquí el mes de noviembre). De la misma forma, el abuso de poder de la mujer hacia el hombre tampoco es algo nuevo. Lleva con nosotros desde antes de los inicios de las civilizaciones occidentales. Si se ha podido frenar en parte ese abuso es gracias a las luchas de décadas enteras donde las mujeres se han unido para reivindicar sus derechos. Margaret Atwood en su prólogo no considera que El cuento de la criada sea una novela feminista, en el sentido de que reivindique una mejor posición para la mujer. Sin embargo, sí que la considera así (y yo la secundo) en el sentido de que trata de una historia sobre mujeres, donde ellas son las protagonistas y es su voz la que se levanta contra las diversas injusticias de un mundo reaccionario que ha surgido como respuesta a esa búsqueda de libertades.

La agilidad del relato y el nombre que se le ha asignado remite a Los cuentos de Canterbury de Chaucer. No obstante, mientras que en el marco de esos cuentos todo era alegría y deleite y estos no servían más que para entretener a los peregrinos, en El cuento de la criada nadie, ni siquiera el Comandante, es feliz. Los cuentos de Chaucer tenían un fin didáctico, como los que le cuentan a Defred en el Centro Rojo, aunque el didactismo tira cada uno por su lado. Chaucer habla del amor, de la fortuna, del ingenio y de la muerte. Y esto lo hace también Defred como narradora, oponiéndose a toda la propaganda de Tía Lydia. Sin embargo, el tono jocoso del inglés es sustituido por un llanto desesperado y una mezcla de resignación y rabia.

En definitiva, El cuento de la criada es una gran novela distópica que toca temas muy manidos, pero que son hasta cierto punto originales dentro de este género y que se sienten a día de hoy con vigencia. La construcción del universo de la obra es de lo mejorcito de la misma porque la autora no requiere de amplias descripciones y explicaciones que detengan el ritmo de la trama. Todo se siente orgánico y es algo que se agradece cuando estamos ante historias de esta complejidad. Para mí, que ya me había cargado las tres temporadas de la serie, no ha resultado una gran sorpresa, lo que se debe a que Hulu hace una adaptación bastante fiel de la obra (habiendo diálogos que son calcados). No obstante, la adición de las Notas históricas me parece de lo más interesante. Aprovechando el tirón de la serie, Margaret Atwood sacó hace un par de años otra novela ambientada en Gilead y que tiene a otras protagonistas. Lleva el título de Los testamentos y creo que la edita Salamandra en español. Es muy posible que la lea y la comente también aquí.

Y eso es todo. Coman mucho, lean con moderación y namasté.



martes, 13 de octubre de 2020

Ruha / Alma, de Caryanna Reuven

 


No hace falta ser pesimista para darnos cuenta de que la vida en la Tierra tal y como se plantea actualmente está abocada a la más absoluta hecatombe. En Ruha / Alma se nos presenta un escenario donde la crisis climática, los virus pandémicos y la explosión de varias bombas nucleares han mermado la esperanza de vida del planeta hasta el punto de dejarlo en un estado catatónico. Los supervivientes se trasladan de un lugar a otro con trajes que protegen frente a la radiación y, en su mayoría, poseen todo tipo de enfermedades. La solución no es otra más que abandonar la Tierra a su suerte, pero los viajes interplanetarios son excesivamente costosos y no todos pueden permitírselo. Sin embargo, hay una solución: la Migración. Tras una serie de experimentos, cientos de científicos han encontrado la fórmula para poder trasladar consciencias de una dimensión a otras. Los migrantes abandonan sus cuerpos y penetran en los de sus pares en una dimensión donde la crisis humana de la Tierra aún no la ha conducido a esta situación cul de sac.

Con este contexto, seguimos a Arundhati, una adolescente que padece de un cáncer terminal y que lleva en la lista para ser migrante desde los tres años. Es consciente de su misión: llegar a su nuevo universo y asesinar a su anfitriona para apoderarse de su cuerpo. Lo que no sabe es que pronto sentirá lástima por esta chica: una adolescente transgénero, llamada Kiran, cuya principal preocupación hasta entonces era decidir si accedía a hormonarse al cumplir los dieciocho o se quedaba con el que cuerpo que le había tocado. Juntas, tendrán que aprender a vivir con el mismo cuerpo, llegar a ciertos compromisos y darse cuenta de que necesitarán ayuda.

Lo cierto es que el hecho de que las protagonistas sean dos adolescentes con sus típicos dramas adolescentes no le quita sustancia al asunto, pues toda la ambientación de la obra es bastante seria y oscura como para que capte mi atención. Ruha / Alma es una novela breve sobre la solidaridad humana, la aceptación de uno mismo y de los demás, así como la importancia del diálogo y de la lucha reivindicativa por cambiar el pésimo desarrollo humano de los últimos tiempos, que prioriza la producción industrial y el consumo por encima de las vidas humanas. Toca temas que me han llamado mucho la atención, como es el caso de la inclusión de personajes LGTB+ con papeles protagónicos, su normalización en este futuro imaginario, así como la del poliamor. De verás, que he perdido la cuenta de cuántos padres y madres tiene cada niña. Lo que me choca es cómo en una sociedad con tanta libertad y tanto amor, el mundo continúa yendo sin frenos hacia su destrucción. Parece que la autora quiere dar a entender que solo se ha avanzado en ese punto y esto no me deja claro si es una crítica o un intento de defensa de las orientaciones sexuales e identitarias de los personajes, aunque me inclino a optar por lo segundo. Y, claro, esto me parece genial, le aporta originalidad a la obra, la hace más fresca y la individualiza sobre otros textos parecidos donde los personajes son cisheteronormativos. Sin embargo, hay partes del relato que me rechinan los dientes. La más importante de todas es cuando emplea el mal llamado "lenguaje inclusivo". He de decir a favor de la autora que, al menos, usa un morfema leíble, porque si ya la "e" me parece ridícula e inapropiada, la "x" y la "@" ni os cuento. No os voy a soltar aquí una perorata sobre lo poco que me gusta el "lenguaje inclusivo" y por qué yo creo que no incluye a nadie y se usa mayoritariamente como subterfugio, como norma de prestigio, para no quedar mal en ciertos círculos. Mi único propósito aquí es señalar que la novela, a pesar de este detalle, merece la pena ser leída. Eso sí, hay que dejar claro que el público al que va dirigido la obra es eminentemente juvenil, pero que no tener dieciocho años no le impide a uno disfrutarla.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


viernes, 9 de octubre de 2020

Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin

 


Hace 160 años, un grupo de rebeldes, seguidores de la teórica anarquista Odo, huyó del planeta Urras para asentarse en su satélite, la desértica luna de Anarres. Desde entonces, el contacto entre urrasti y anarresti ha sido el mínimo. Los exiliados han creado en Anarres un sistema anarquista donde no hay gobierno y todo se organiza a partir de sindicatos que se atienen férreamente a los acuerdos con los que se cerró la colonización del satélite. Estos declaran como criminales a los urrasti y su avaricioso sistema capitalista, creador de injusticias sociales y dificultan cualquier acercamiento a ellos. Aunque tras 160 años de la expansión y colonización de Anarres por los odonianos, estos acuerdos han sido puestos en duda, aún persiste un miedo generalizado que ve a los arquistas (ya sean estos los capitalistas del país de A-Io o los comunistas del país de Thu) de Urras como invasores potenciales de Anarres, si bien es cierto que se permite un cierto tráfico de minerales e ideas.

En este contexto de falta de comunicación se sitúa el protagonista de la novela, Shevek, posiblemente el físico más importante de toda la historia de Anarres y el primer anarresti en viajar a Urras por invitación expresa de uno de sus gobiernos. Shevek es considerado uno de los mayores teóricos del tiempo y se espera que en A-Io pueda desarrollar la teoría que permite viajar por el espacio a una velocidad mayor que la de la luz, siendo esta el límite en la novela para todas las civilizaciones del universo conocido. Shevek es un anarquista convencido y un humanista que piensa que su labor puede ser crucial para el acercamiento de los diversos pueblos del universo, pero no todos piensan así. Los anarresti en su mayoría lo consideran un traidor porque ven con recelo la posible venta de esta información a la nación más capitalista de toda Urras. Por su parte, en A-Io, los iotas tratan de ocultarle la realidad de las clases más bajas para dar una imagen trucada de la bonanza de su sistema capitalista llevado al extremo, al tiempo que vigilan cada paso que da y lo avientan a escribir su obra con el fin de apropiarse en exclusivo de ella. Shevek, que siempre había querido visitar la luna y conocer a los grandes físicos e universidades de su sistema solar, se ve decepcionado y trata de huir a toda costa, buscando amparo en las clases más pudientes: los desposeídos.

Y aquí viene el concepto que le da título a la obra y que no es más que una reflexión marxista. Decía Marx que el mundo capitalista divide a las personas en dos tipos: los burgueses, que poseen los medios de producción, y el resto, que solo tienen su fuerza de trabajo. Poseer los bienes genera una ventaja capital, pues sin tener que explotarlos personalmente, puede uno designar a quienes no los tienen como mano de obra, asignándoles un salario, que puede ser más o menos abusivo, pero que debe cumplir con las necesidades básicas, con el fin de que no se pierda esa mano de obra. En este sentido, el capitalismo de A-Io recuerda profundamente a la esclavitud, pues las vidas de los desposeídos, de los que no tienen bienes, o si los tienen son a pequeña escala, están marcadas desde que nacen hasta que mueren. En un mundo así, tan cercano al nuestro, es imposible que no se den alzamientos y manifestaciones por doquier.

Inspirados por el éxito de Anarres, un lugar que en absoluto es perfecto, aunque se mitifique desde Urras, los desposeídos comienzan una cadena de rebeliones que son sofocadas con fuerza por los ejércitos. Los desposeídos no tienen las de ganar, nunca las han tenido. Por no tener, no tienen ni pan que echarse a la boca. Y esto se deja muy en claro cuando en el primer capítulo Shevek embarca sin ningún tipo de equipaje. Los desposeídos deben aceptar que no poseen si quieren un sistema como el de Anarres, un planeta donde nadie posee aparentemente nada.

No obstante, no todo es mágico en la luna. El sistema anarresti es profundamente criticado por Le Guin. No por carecer de gobierno es menos hipócrita que los de los urrasti, pues la hipocresía y el egoísmo son actitudes humanas. De la misma forma, también lo son la ignorancia y el miedo. En Anarres hay violencia y, a pesar de la aparente horizontalidad teórica que debería tener una sociedad con estas características, en la práctica vemos a personajes más importantes que otros. Por poner un ejemplo, tenemos a Sabul, un físico sin talento ni ingenio que se dedica a robarle las ideas a nuestro protagonista para vanagloriarse, advirtiéndole de que la única forma que tiene de publicar algo en todo el planeta pasa por "colaborar" con él, ya que es quien aprueba o desaprueba todo lo que se edita en lo relativo a la física.

La libertad que supuestamente tienen los seres humanos está dinamitada por la opinión social y la interpretación que cada uno hace de los escritos de Odo. En lo social, otro de los ejemplos claros es el ataque que sufre Shevek y su novia por ser una pareja, ya que en Anarres nadie debe poseer a nadie. Esto explica el vacío que deja la madre en el protagonista al abandonarlo, lo que se da a entender como algo natural de esta sociedad, pero que genera una gran tristeza en el personaje.

Le Guin pone seriamente en duda un modelo anarquista a gran escala. El anarquismo de Anarres es una corrupción de la idea de anarquismo de Odo, de la misma forma que el comunismo en la Unión Soviética fue una corrupción de la bienintencionada (y quizás errada) idea marxista de lo que él consideraba el comunismo. Con esto se nos transmite la idea de que los grandes sistemas de estructuración social tienen sus fallas, que derivan de la naturaleza humana misma. En Anarres el mayor insulto es llamarle a otro egoísta, pero todos los personajes lo son en parte. Y es que no hay un ser humano que nunca haya pecado de egoísmo o vanidad.

Lo que esconde Los desposeídos es una suerte de tratado político-social y de crítica a la naturaleza humana. Sin embargo, todo viene edulcorado con una historia trepidante de contacto de diversas culturas. Hay muchos temas que me dejo en el tintero como el descubrimiento del Otro (el libro se presta verdaderamente para el estudio imagológico) o el feminismo (Le Guin nos deja claro que porque una sociedad sea más equitativa y provechosa para la mujer, esta no estará exenta de problemas estructurales). Sin embargo, creo que conviene ir echando el cierre a la reseña por aquí. Los desposeídos es una novela apasionante, que ganó el premio Hugo en 1975, siendo la segunda obra de Ursula K. Le Guin en obtenerlo. Se presta a numerosas lecturas y merece muchísimo la pena. Si bien peca en ciertos puntos de estatismo, recompensa en otros tantos al lector con diálogos muy bien labrados y con mucha introspección. Hay momentos épicos, como el discurso de Shevek en la Plaza del Capitolio, que son para enmarcar. Los desposeídos es la quinta novela del llamado Ciclo de Hainish o Ekumen, por lo que intuyo que guarda ciertas relaciones con las que le precedieron y le sucedieron, así como con los numerosos cuentos situados en este universo. Pero, insisto, puede leerse y disfrutarse de manera independiente a las demás. Para mí no ha supuesto ningún problema, sino, todo lo contrario, un goce.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.


martes, 6 de octubre de 2020

Kentukis, de Samanta Schweblin

 


¿Quién no ha querido nunca estar en la piel de un Furby? Vale, sé que no es el bicho más atractivo del mundo, pero reconozcamos que tienen cierto encanto. Como sus padres fílmicos, los Gremlins. Aunque admito, que en lo personal me va más su vena puncarrilla. Pues de esto parece que trata esta "novela" de Samanta Schweblin, de gente que juega a un Furby Simulator, y otra gente que tiene al Furby en su casa. Solo que los Furbys no se llaman Furbys por diversos motivos. Entre ellos, el copyright. Así que a partir de ahora, llamaremos kentukis a los Furbys e intentaremos olvidar el asombroso parecido.

Aquí viene lo verdaderamente interesante. Los kentukis nutren a los usuarios de dos tipos de servicios. Se puede "ser" o "tener", lo que ya representa una división social. El individuo que "es" kentuki, puede a partir de un dispositivo con conexión, manejar a la máquina, esté esta en cualquier lugar del mundo. Acceden a convertirse en mascotas de quienes "tienen" kentukis. Y esto lo hacen las personas por diversas razones, como se va viendo a lo largo de la novela.  Esta conexión no lo deciden los usuarios, sino que es completamente aleatoria. Con esto, Schweblin trata de criticar diversos temas de la sociedad de ahora, para lo que se vale de múltiples historias que tienen a estos kentukis como eje central. Se habla de la sobreexposición de las redes sociales y el afán de sentirnos importantes para los demás, aunque no los conozcamos. Se habla de ese peligro que representa dar detalles de nuestra intimidad a otros, permitiendo así que desconocidos cometan abusos de diferentes formas y nos lleven a la frustración, la infelicidad, la depresión y otros tantos derivados. Se habla también del vouyerismo y de las relaciones de poder. Los kentukis representan una especie de contrato entre dos personas, pero este nunca queda claro. La mayor parte del tiempo son los amos los que tienen el control, pero quien maneja al kentuki conoce detalles de la vida de estos amos y puede, en su furia, utilizarlos en su contra. Se habla también de la especulación de las nuevas tecnologías, puesto que hay un personaje que se dedica a la compraventa de dispositivos. Se habla incluso de liberación animal, pues los kentukis acaban por sustituir a las viejas mascotas. Y también de la adicción a la tecnología. Quienes "son" kentukis invierten una gran cantidad de horas en complacer a sus amos y en deambular por las casas de estos. 

Hasta aquí tenemos muy buenas ideas, pero, aunque me moleste decirlo porque me gusta mucho la narrativa de Schweblin, hay pegas. Para empezar, no termino de ver esta obra como una novela, la verdad. Las historias no comparten personajes ni espacios. Tan solo los kentukis están presentes. Hay, además, pequeños relatos insertos entre historias más largas que desvirtúan la lectura. Si no vas muy avispado, te puede tocar releer ciertas partes para comprender qué está ocurriendo, ya que la acción salta de un lugar a otro cuando no tiene ninguna necesidad. No quiero decir con ello que me parezca una mala obra, pero, sin duda, es lo peor que ha escrito Schweblin con diferencia. De ahí que en mi cabeza no entre cómo este libro ha tenido tanto éxito frente a otros suyos que indudablemente merecen mucho más la pena. La idea es muy original, como digo, pero la ejecución me parece un poco chapucera viniendo de la autora. Al final, ni se trata de una novela, ni de un libro de relatos, sino que es algo intermedio que no termina de cuajar muy bien. Todo ello ignorando que falta la fuerza y la garra de sus libros de relatos previos. Salvo las historias largas, el resto de aventuras de los kentukis es totalmente olvidable.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Reseñas de otras obras de Samanta Schweblin en esta esquina: El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca, Siete casas vacías