sábado, 24 de octubre de 2015

Entrevistas breves con hombres repulsivos, de David Foster Wallace


¿Qué importancia puede llegar a tener un título? En poesía suele despreciarse muchas veces la elección de unas palabras que sirvan para definir las ideas centrales del poema que el poeta concluye y que rotulen la primera página y el encabezado del texto. No sucede así en prosa, donde, por tradición más que nada, por llamar de algún modo la atención del posible lector que ve el tomo en el escaparate, ocurre siempre (o casi siempre) lo contrario: el título se vuelve necesario si se quiere un reclamo mayor. Algunos autores ponen cualquier cosa con tal de llamar la atención, aunque no tenga nada que ver con el texto que contiene, mientras suena bien poderoso. Por ejemplo, recuerdo ahora la novelita esta de Ryu Murakami que se llamaba Azul casi transparente y que lo mismo se podía haber llamado Oscuro por la mañana o Amanecer de lisergia o Cuando la fiesta termina o veinte mil cosas más que vendrían a dar una idea más aproximada de la novela. No sé cómo sonarán mis propuestas en japonés, pero en español, contando que se me han ocurrido en 0,34 segundos, no me parecen demasiado malas. Hay autores que se pasan el surrealismo por sus partes íntimas y lejos de comerse la cabeza y buscar nombres poéticos les ponen a sus obras los de sus protagonistas. De estos se puede decir que hicieron una escuela que pervive hasta hoy: Madame Bovary, Tristan Shandy, Don Quijote, Anna Karenina, Martín Zarza, etc. Es una buena forma de solventar el problema del nombre, pero tampoco ayuda mucho al texto de dentro. Es decir, en Tristam Shandy sabes que hay un tal Tristan Shandy que es muy importante para la narración, pero antes de abrir el libro –si nadie te ha hablado sobre él- tu conocimiento es nulo. Tristan Shandy lo mismo puede ser un negrero, que un asesino en serie, que el difunto rey de Inglaterra. No es que el título de esta recopilación de textos de Foster Wallace sea muy preciso, pero al menos quedas avisado de que lo que vas a encontrarte no es muy agradable, precisamente. Se te advierte de la repugnancia de unos personajes que irán apareciendo en textos, para Wallace, breves, para mí en exceso largos y tediosos muchas veces, observación en la que profundizaremos más abajo.

¿Qué pretende Foster Wallace con esto? ¿Qué es lo repulsivo? ¿Por qué me arrepiento de no haber tirado el libro al final del quinto, llamémosle, cuento y haberlo acabado? Uno siempre tiene autores que le disgusta y tiendo a pensar que el talento, porque tiene talento y a veces deja perlitas, de este hombre ha tendido a ser sobrevalorado. Sólo puedo hablar desde lo que he leído en este libro, sorprendentemente irregular, donde mezcla composiciones muy buenas con otras (la mayor parte) que agotan la paciencia del lector y lo llevan de la mano a la categoría de lo infumable. Para Wallace lo repulsivo no se fundamenta sólo en describir escenas asquerosas del tipo Generación X y Realismo Sucio Norteamericano, sino en recrearse una y otra vez en lo sucio de lo mismo, no sé si para herir sensibilidades o por puro postureo de pugna con Irvine Welsh, Palahniuk y compañía por ver quién gana alguna especie de premio entre ellos al más desagradable. Y no es tanto el asco que llega a despertar en mí escenas como la del cuento del padre que le refriega la verga en la cara a su hijo pequeño cuando éste ve los dibujos en la televisión, sino la búsqueda de encerrarse en banda en esa repugnancia y en el trauma (porque parece que no hay un personaje psicológicamente limpio en Entrevistas breves) que deja en sus protagonistas. Casi parece que quiere traspasar ese trauma a nosotros, los lectores. Y a veces, al principio, cuando aún el lector no lo ha calado, consigue impactar mucho, sobre todo en sus composiciones más breves, aprovechando el principio poético de Poe, pero después se vuelve tedioso y frío porque todo lo escrito se basa en el puro y simple morbo, sin existir ningún tipo de trama interesante detrás. Sus personajes se vuelven maniqueos y uno se acostumbra a las escenas de sexo tanto que llega un punto en el acaba por saltárselas. Tengo que reconocer que me he saltado parte del texto por impaciencia ante lo infumable y lo reiterativo. Foster Wallace quiere dárselas de posmoderno, o lo que él diga que es, o lo que digan de él que es y él acepte orgulloso, pero sus temas no siempre son tan recientes y el gusto por escribir de forma tan compleja, con frases enormes que resultan tediosas insisto, y un fuerte carácter matemático de fondo no tiene ninguna razón ser. Tiendo a pensar que trata de impresionar y no aporta nada cuando escribe:

“El epicleto de peluche hensoniano Ovidio el Obtuso, cronista recontrado para el intercambio de entrenamiento transhumano por todo el país a través de organismos de bajo coste, mitologiza los orígenes del doble fantasmagórico que aparece siempre como una sombra detrás de las figuras humanas en las franjas de las emisiones UHF, tal como sigue:
Había una vez, Antes del Cable, un sabio & astuto ejecutivo de programación llamado Agon M. Nar Aquel Agon M. Nar era reverenciado de un lado a otro de la cuenca fluorescente de la California medieval por la astuta sabiduría & cojones […]”

Quiero detenerme aquí, en cojones; sí, porque hay que tener cojones, grandes y gordos, para escribir esto, publicarlo y que la gente te alabe por ello. ¡Bravo, David! La escuela de Sci-fy norteamericana te tiene en estima por estas obtusas, hensonianas y sabias palabras. Quizás me esté pasando, pero no puedo respetar a quien no me respeta como lector. A ver, me explico, que más de uno ahora mismo querrá matarme. ¿Qué es para mí no respetar a un lector? Tiendo a pensar muchas veces que un lector es como un ligue que hay que conquistar con la verborrea, con el buen uso de la verborrea. Cuando Foster Wallace deja a medias un relato interesante para no completarlo y en su lugar (palabra) me planta el bosquejo que ha hecho en poco más de un cuarto de hora, me siento, cómo decirlo, ofendido y decepcionado, porque estoy leyendo a alguien que no parece querer trabajar, que se siente orgulloso de plantarte cualquier basura inacabada en la cara, que se cree que así rompe con una tradición megalítica llenándose el pecho de ego y los bolsillos de dinero. En el buen arte no todo vale, porque si todo valiera que tratásemos de establecer jerarquías resultaría absurdo y todos los consumidores de arte establecemos unas jerarquías funcionales sobre lo que nos parece mejor y lo que nos parece peor, lo que es difícil de hacer y por tanto admirable y lo que se hace en veinte minutos con poco tino. Me decepcionó especialmente ese relato, porque era de lo poco que me estaba gustando verdaderamente de la obra, a pesar de su carácter obsesivo en recrear lo asqueroso de las felaciones a miembros viriles enfermizos, y esa decisión brusca, esa salida de tono en aras de hacerse el listillo, lo destroza por completo.

Por otro lado, hay composiciones muy buenas (la mitad de las breves y poco más; me niego a intentar salvar cualquier otra cosa) que desmienten todo intento de escapar de la mediocridad en su bloqueo estilístico en banda y poco sólido. Principalmente me ha gustado mucho En lo alto para siempre, la primera versión de El diablo es un hombre ocupado, alguno de los acertijos pop, el cuento del padre en su lecho de muerte cuyo nombre por largo no recuerdo y alguna que otra entrevista repulsiva. Del resto ya he hablado, si de por mí fuera lo echaba a hoguera. Muchos se encierran en esferas concéntricas sobre sí mismos y se prolongan hasta resultar tediosos, insulsos, ignorables. Muchas veces las frases tan enormemente largas y con términos tan abstractos consiguen que las palabras se queden en un mero bla, bla, bla. Las ideas no llegan, sólo su aliento desagradable. Todo lo demás cojea. 

Podéis encontrar más reseñas de Entrevistas breves con hombres repulsivos en Un libro al día (donde lo colocan también como un reto para la paciencia del lector, pero extraen conclusiones más positivas que un servidor),  Galletas Chinas (donde, a pesar de dejarles un sabor de boca agridulce, le van a dar -eso dicen- otra oportunidad) y Octaedro (donde encontraréis una valoración mucho más positiva, en la que defiende el buen uso de algunos elementos como la ruptura con la cuarta pared -ya lo hacía Pirandello- y el rollete pseudofilosófico de Wallace -mucho mejor incrustado el de Lem-).

Reseñas de otras obras que os podrían interesar:

Azul casi transparente, de Ryu Murakami

Personajes desesperados, de Paula Fox



viernes, 9 de octubre de 2015

Manuscrito encontrado en Zaragoza (versión de 1810), de Jan Potocki




Hay quien defiende la importancia de la existencia del genio aún hoy en día. No hablo, por supuesto, del compañero de fatigas de Aladino, sino de ese matiz inspirador único que creen tener algunas personas que se dedican profesionalmente al oficio de la escritura –y quien dice de la escritura, dice también de la pintura, la música o cualquier otra actividad artística- y que a veces atribuyen a un deidad compasiva o tortuosa con ellos mismos. Si bien es verdad que ciertas personas están más dotadas por el motivo que sea –biológico (pienso en jugadores de baloncesto cuya altura les beneficia claramente), por capacidad de adaptación, por conciencia inquieta, etc.- para desarrollar ciertas actividades en lugar de otras, esto no quiere decir que puedan destacar sin algo esencial, que es inherente a todos los escritores de novelas al menos, sobre todo de aquellas de abarcan un considerable número de páginas como la que nos ocupa hoy, y que llamamos esfuerzo.

Jan Potocki vive en la época de la valoración del genio individual, de la originalidad, de la expresión (aparentemente) exacerbada de los sentimientos propios que no son pulidos de forma adecuada. Es un hombre coetáneo de Goethe y, como él, es un estudioso de cada rama del saber culto y un viajero empedernido, al que los rincones remotos del mundo y sus épocas pasadas maravillan. Además, es uno de los escritores más grandes de origen polaco, a pesar de que su gran novela, su única novela, de la que vamos a hablar hoy, estuvo originalmente escrita en francés. Sin embargo, todo esto no cae de la nada. Puede que sea cierto que Potocki sólo escribiera una novela en toda su vida, pero la extensión de la misma (683 en la edición de la fotografía) y la constancia de varias versiones datadas de distintos años (17.., 1804, 1810) hace que tengamos que dejar de lado este principio del genio para referirnos a Potocki. Sólo el esfuerzo puede explicar esta obra tan increíble para la época en la que es concebida y donde se mezclan saberes interdisciplinares y diferentes legados literarios –se pueden reconocer en sus páginas el influjo ejercido por lecturas constantes, insomnes, de Boccaccio, de Chaucer, de Shakespeare, de Cervantes (mucho Cervantes hay en la novela), de las novelas de caballerías y la Chason de Roland, de los prerrománticos del Sturm und Drang, de las Mil y una noches, de la Biblia y los libros apócrifos, los manuales de física y geometría renacentista, de la literatura de la Ilustración francesa, de Aristóteles, de la mitología fenicia y la egipcia, de la griega por supuesto, de los libros de historia antigua de Plinio y Estrabón, de los archivos de Indias, y así un largo y poderoso etcétera- que configuran un universo literario único y aparentemente inabarcable que es descrito con los elementos más destacados de cada una de las influencias, desechando todo lo que puede llegar a hastiar al lector. Dentro de una obra intelectual y compleja coexiste una obra más sencilla que todo esto pensada para el disfrute de casi cualquier lector con unas mínimas ideas generales. No es necesario que sepamos que existe un guiño a Las mil y una noches en Manuscrito encontrado en Zaragoza cuando el caballero de las guardias valonas Alfonso conoce a sus dos primas musulmanas y estas se presentan como Emina y Zibedea (nombres recurrentes en el texto arábigo-persa) para poder comprender a todas luces la historia, bañada en misterio hasta su desenlace, que nos cuenta Potocki.

Manuscrito encontrado en Zaragoza está considerada como una de las obras más grandes que se escribieron en su época y el hecho de que la acción transcurra principalmente en España, tierra de Sanchos y Quijotes, mezcolanzas de los mundos cristianos, judíos y musulmanes, resulta halagador y especialmente tierno para el corazoncito del español que hoy reseña. Es difícil definir cuál es la historia principal porque a Potocki le gusta mucho jugar a las Matrioskas e insertar historias dentro de historias hasta llegar a niveles tan profundos que cuesta bastante volver a dejar las muñecas bien cerradas. Podemos decir que la narración comienza con algo típico de las obras del momento –que ya está en el mismo Quijote de Cervantes- con el anuncio de la existencia de un manuscrito encontrado, en Zaragoza durante la guerra contra Francia a comienzos del siglo XIX en el que un tal Alfonso Van Worden cuenta a modo de diario su travesía por Sierra Morena. Potocki juega, como Cervantes o Choderlos de Laclos, a desentenderse como autor, convirtiendo al escritor de su obra en uno de sus personajes principales, aunque no, por supuesto, en el más carismático ni en el que más actúa –de hecho su vida completa hasta ese instante puede resumirse en un día, mientras que la del jefe gitano abarca más de tres semanas. Alfonso llega en su primer día de viaje, partiendo desde Cádiz, a una venta abandonada donde un cartel parece pedirle que se marche ante las ánimas que tienden a aparecerse a medianoche para recorrer cada cuarto y enviar a la muerte a cada huésped que encuentren. Alfonso es un hombre bravo que se ha criado dentro de las normas del honor caballeresco más medieval imaginable y no llega a temer en ningún momento la posibilidad de que las advertencias se hagan realidad. Ni siquiera la extraña desaparición de sus dos criados hace unas horas le hace temblar un milisegundo y cuestionarse dónde está y si alguien lo vigila y puede hacerle daño. Una vez en la habitación arregla una cama e intenta dormir, sin lograr mucho éxito. De pronto, un grupo de mujeres negras semidesnudas le piden que les acompañe al salón, donde sus amas, que han oído hablar de él, le invitan a una cena copiosa. Alfonso acepta gustoso y así conoce a sus primas, con las cuales acabará yaciendo para despertarse a la mañana siguiente bajo la horca, junto a los cadáveres de dos famosos bandidos. A partir de aquí, Alfonso irá de un lugar a otro y escuchará todo tipo de historias de los personajes más estrambóticos imaginables que llenarán unos días de exilio a los que le ha condenado aparentemente el rey, quien ha descubierto la noticia del pasado musulmán de su familia y de su intento de retomar la religión a través de la unión con sus primas de la familia Gomélez, de la cual dicen las lenguas que guarda un tesoro millonario en algún lugar de esos montes llenos de bandidos y exentos de ley. Potocki retratará monjes, endemoniados, duques enamorados, gitanos, mendigos, cabalistas, judíos errantes, fantasmas, genios superdotados, ladrones, jeques, etc. 

Tanto en el segundo nivel narrativo (el de Alfonso) como en los siguientes (en de las historias que le cuentan los personajes con los que se cruza) hay cierta predilección por el erotismo y el miedo como el motor de las acciones de los personajes, aunque no por ello debemos olvidarnos del carácter vengativo de personajes como Zoto con el principelo, o de la ambición de Busqueros. Lo erótico, dice mi edición, queda mucho menos omitido en la versión anterior, de 1804, y, aunque se roce sutilmente para evitar escándalos mayores el tipo de amores que se proponen no están, en absoluto, bien visto por la sociedad francesa de la época, donde Potocki pensaba distribuir su libro. Pensemos por un momento en el Marqués de Sade y en su cautiverio como personaje que iba contra la norma social de forma descarada al hablar tan abiertamente de la sexualidad y hacerla tan explícita hasta llegar al nivel de pornografía burda. Se ve que Potocki no quiere llegar a tales extremos –a pesar de que hay algún momento puntual en el que se percibe la influencia de Sade, sobre todo, en el concepto que uno de los personajes (no recuerdo exactamente el cual) tiene de los términos de sumisión y dominación aplicados a la vida diaria- y se preocupa más por dar a su erotismo un tinte velado y cómico que se aproxima más a un Boccaccio y un poco menos a un dramaturgo isabelino como John Ford. 

El terror, sobre todo el que se vincula con elementos sobrenaturales que parecen escapar de toda forma de conocimiento y explicación racional, es también de una importancia mayor en la obra. Algunos de los cuentos, y me gustaría destacar especialmente los que les lee el cura de familia a Alfonso cuando éste es aún un muchacho, contienen muchas características propias del cuento de terror clásico de autores como Edgar Allan Poe, E. T.A. Hoffmann o Nicolai Gogol, anticipándose en algunos casos a estos autores con una gran maestría para generar una atmósfera verdaderamente espeluznante. Los relatos de otros personajes, como el del delirio y el viaje en la cabra del diablo del endemoniado Pacheco abandonan por el contrario esta línea y se acercan más a escritos del tipo La casa en el confín del mundo de William Hope Hodgson, donde lo inexplicable maravilla y nunca se descubre, lo cual nos lleva a una suerte de incoherencia no demasiado alentadora. Wikipedia me etiqueta esta novela dentro del género gótico y, sin duda, gran parte de ella cumple los requisitos establecidos para estarlo, aunque nunca me ha gustado encasillar tanto las obras que, como estas, podrían dar mucho más de no estarlo.

Las relaciones sentimentales, más allá de todo erotismo, es decir, el amor, más o menos puro, es otro motor que le sirve a Potocki para complicar la trama. Basta con recordar la historia de Elvira, Lonzeto, su madre, el conde y el virrey de México, en la que interviene el jefe de los gitanos cuando acaba de ser rechazado por su padre y viaja a Burgos para estudiar en un colegio católico. Elvira madre se enamora de un hombre que canta bajo su ventana cada noche, pero el padre de ésta ya ha apalabrado un fructífero matrimonio, en el sentido económico, con un conde que desagrada bastante a la pobre Elvira. Este conde organiza una corrida de toros para impresionarla y es corneado por un toro que no debía ser faenado ese día. El cantante, que estaba al servicio del conde, le salva la vida y vuelve a impresionar a la joven Elvira, la cual se muda al campo para olvidarlo y asumir que debe casarse con el conde. Tras una serie de infortunios el conde descubre al amante secreto de Elvira con el que no llegó a consumar nada y lo manda matar antes de morir en una galera llevándose consigo a unos cuantos. En el futuro esta trama es proseguida con la hija de Elvira, creo que también llamada Elvira, la cual se enamora de su primo. Para entonces el cantante se ha convertido en virrey de México y exige no casarse con nadie a excepción del retoño de su amada con el conde, lo que le lleva a la tía de Elvira a apalabrar dicho matrimonio por el beneficio pecuniario que supone, teniendo en cuenta el hecho de que los amores entre primos estaban muy mal vistos por la institución católica en España. Como vemos una trama al más puro estilo isabelino de amores imposibles del tipo Romeo y Julieta de William Shakespeare, La duquesa de Amalfi  de John Webster o Lástima que sea una ramera de John Ford, aunque el desenlace en este relato no sea excesivamente trágico.

Potocki posee una capacidad excepcional para crear ciertos personajes entrañables. Me vienen a la mente dos que me parecen genialmente asombrosos: el erudito padre del réprobo y, quizás el personajes más llamativo de la obra, don Roque Busqueros. Ambos son ambiciosos, aunque sus formas del alcanzar lo que anhelan y lo qué anhelan propiamente sea muy diferente. Mientras que el primero ansía el reconocimiento académico recopilando todos los saberes de Occidente en una suerte de Megaenciclopedia dedicando toda su vida a ello como el Sísifo que empuja la piedra montaña arriba para ver como siempre cae a un lado, el segundo destaca, no por ser menos divertido, por su peculiar forma de importunar a cualquiera que se cruza en su camino, pretendiendo sacar el mayor provecho posible, o por lo menos no aburrirse. Busqueros da la impresión de ser ese personaje ideado inicialmente para ser un segundón, pero a quien Potocki, y quién no, acabó por cogerle cierto cariño, sobre todo por las posibilidades que permite a la narración un personaje que actúa de forma tan inesperada y cómica a la vez. Sin duda, merece mucho la pena detenerse al leer Manuscrito encontrado en Zaragoza en el personaje de Busqueros.

Debería decir también algunas palabras sobre la compleja estructuración de la obra, cuyo marco de Alfonso Van Worden no resulta áspero al integrarse con la mayor parte de las historias y cuentos. Se convierte en un todo fluido que cuenta con reminiscencias a obras como el Decamerón, Los cuentos de Canterbury o El ingenioso hidalgo Don Quijote. Aun así llega un punto en el que las voces de los cuentistas secundarios se despegan demasiado de los primarios. Quizás tenga que explicar esto un segundo. En el Manuscrito encontramos que A está contando una historia a B cuando, dentro de esta misma historia aparece un personaje C que cuenta su historia a D y puede aparecer un personaje E que cuente su historia a F. Lo que digo es que no se tiene en cuenta que quien cuenta la historia inicialmente es A y que el lenguaje de las historias de C y E, que deberían pertenecer a A en un caso realista resulta, por el contrario, completamente independientes. No hay ninguna marca en el cuento de E que nos indique que A es el que está hablando y no E, que A está recordando lo E le dijo a F y que posteriormente supo C. Aquí tanta memoria fotográfica resulta poco realista y, aunque pueda parecer un detalle nimio, no lo es porque lleva al escritor a retrotraerse a los tiempos de Homero y las fórmulas que empleaba en la Ilíada para copiar casi párrafos enteros sin pasar por filtros necesarios en la vida real. No creo que fuera el objetivo que pretendía el escritor, por desgracia, pero es, a todas luces, lo que sucede. En cambio, gracias a esto pueden ganar cierta autonomía y personalidad los personajes, cosa que podría haber sido muy complicado si no.

Dicho esto poco es lo que podría añadir. Es una lectura que he disfrutado muchísimo y que he prolongado bastante en el tiempo. Normalmente no tengo por costumbres leer libros tan extensos, pero creo que el esfuerzo ha merecido la pena. De hecho, casi me pone un poco triste hacer esta reseña, porque viene a significar que se ha acabado el libro y que ahora toca otro.

Podéis encontrar más reseñas de Manuscrito encontrado en Zaragoza en Solo de libros y en Revista de libros.

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domingo, 20 de septiembre de 2015

Breve resumen de todas las lecturas de verano (del 24 de junio al 20 de septiembre)



Puede que quizás no haya sido un verano tan fructífero como el anterior, pero aún así en la Esquina entramos en el otoño contentos y sintiéndonos mucho mejor tras haber disfrutado de obras increíbles por su calidad de autores como Hamsun, Céline, Hrabal, Fox, Pron o Vallejo. También ha habido algún que  otro altibajo y algún libro abandonado por el efecto septiembre y que uno quiere retomar sin tardanzas. De más o menos todo lo que puede interesaros doy cuenta detallada. A esto se deberían añadir unas cuantas relecturas de obras clásicas en julio y un poemario de un amigo en septiembre que a fecha de hoy permanece todavía sin editar.

En junio...

7 contratos en tinta carmesí, de Irene Olalla (2.5/5)


Contando que la escritora es amiga y que desde el principio quise dejar claro que no reseño a los colegas, pero no pudiendo no decir nada de lo que leo, no voy a extenderme mucho. Espero que Irene no se me enfade por la nota tan baja que le dejo y que entienda que los 5 me los guardo para escritores como García Márquez, Günter Grass o mi amado Hermann Melville. Hay que tener en cuenta que 7 contratos en tinta carmesí lo escribe Irene Olalla antes de cumplir la mayoría de edad, lo cual es un gran punto a su favor, porque, dentro de la brevedad de la obra, desarrolla una complejidad estructural y un tratamiento del tiempo muy originales y muy maduros, que pueden llegar a remitir en cierto momento a novelas como Pedro Páramo. Se ambienta en el s.XIX francés (así rollo Víctor Hugo, otro acierto) en una especie de pueblo fantasma a donde acuden los tres protagonistas para conocer más acerca de su oscuro pasado y remendarlo en cierto modo.  Irene tiene buenas referencias, es metódica, aunque sí que es verdad que me gustó mucho más el principio del libro que el final. La novela se presenta como una cosa y acaba como otra y eso es bueno, porque sorprende, pero el cariz fantástico que toma no me ha convencido del todo. Otro problema es que puede llegar a parecernos demasiado corta: hay varios personajes principales muy muy interesantes en los que casi acabamos indagando superficialmente, no da la sensación de que profundicemos lo suficiente. Digamos que la escritora se centra más en la acción. En general creo que Irene Olalla tendrá muchas cosas que decir en pocos años; ésta es su primera obra con todos sus pros y contras destacables.

En julio...

Cuentos fríos, de Virgilio Piñera (4.5/5)


Grandísima colección de cuentos donde el escritor cubano se luce como nadie, escribiendo con marcado humor negro, elegancia y un excelente dominio del sarcasmo y la ironía. Guardando semejanzas con autores como Cortázar, Borges, Kafka, Max Frisch o nuestro siempre querido Yasutaka Tsutsui. Hubo una reseña a mediados de julio que podéis leer aquí.










Correspondencia completa, de César Vallejo (3/5)


Rescate de lo que se estima es la mayor parte de las cartas que escribió César Vallejo en vida. Tienen de por sí un importante valor histórico (como documento testimonial). Nos ofrecen también las facetas más ocultas de un César Vallejo, que aspiraba tener un nivel de vida insostenible para él, siempre a la espera del triunfo literario que no llegaba, siempre pidiendo dinero a unos y otros para sobrevivir. También nos aporta una idea de su dedicación necesaria al periodismo para sacar las castañas del fuego, de cómo los jefes de los diarios no le pagaban sus trabajos, de cómo era imposible encontrar editores para sus obras. Además, a través de las cartas he podido sacar varias decenas de nombres de escritores muy olvidados a día de hoy y por los que el gran Vallejo tenía un profundo afecto. Fuera de esto, la obra carece de valor literario y la relación que mantienen las cartas de Vallejo con las obras de Vallejo saco en conclusión es que ambas las escribió Vallejo y nada más. Reseña.

Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline (4.8/5)


Uno no sabe si amarla u odiarla, pero tiene algo que impide abandonarla como lectura. Será la maestría que demuestra Céline como escritor: su juego con la ironía, con el tono, sus frases que casi parecen sentencias que se graban en la cabeza del lector, con ideas con las que éste puede o no enfatizar, pero tan vivas, tan reales y a la vez tan literarias que casi parecen fruto de alguna especie de brujería de artesano de la escritura. Ya lo dije en la reseña: una de las mejores lecturas del año y de mi vida, a la que, sin embargo, no puedo ponerle más nota debido al enorme contenido propagandístico y extremista que contiene, y que, en mi opinión, sobra y mucho.



Todo va bien, de Socrates Adams (1.5/5)


La palabra aquí es DECEPCIÓN. Así, con mayúscula. Te hace reír, de acuerdo. No obstante, a una novela hay que pedirle más -sobre todo si la editorial te promete que tiene más-. Simple, entretenida y sobrevalorada. Punto. Hice una reseña en su día en la que repasaba todo esto y que puedes leer aquí.









Hambre, de Knut Hamsun (5/5)


¡Quién me diría a mí que la simple historia de un hombre que pasa hambre podría dar, no sólo para una novela, sino para una de las mejores que he leído este año! Hamsun desarrolla técnicas literarias que conectan al mejor Dostoievski -el de Crimen y castigo- con el señor James Joyce, explotando la psique de su personaje a través de una suerte de monólogo interno. Reseña.










Y en agosto...



Senectud, de Italo Svevo (4/5)


Senectud es una de esas novelas que pone de manifiesto lo complejas que son las relaciones humanas, sobre todo en cuestiones amorosas. Al igual que con Hambre asistimos a una obra -formalmente- bastante adelantada a su fecha y que, para desgracia de su escritor, pasó desapercibida en su momento. Estamos ante una historia sobre el desengaño y el autoengaño, donde los celos juegan un papel fundamental, donde se muestra como la vida para muchos es frágil y depende siempre de otros que no entienden -o no quieren entender- lo que esto implica. Senectud supone para el lector la simulación de un viaje desde la juventud hasta la muerte. Reseña.



La famosa invasión de Sicilia por los osos, de Dino Buzzati (4/5) 


Esta pequeña novela de Buzzati fue escrita en sus inicios para niños, pero no por ello su calidad literaria es mucho menor que la de su obra cúspide El desierto de los tártaros. Buzzati propone buena literatura para los más pequeños y lo hace fomentando valores con los que todos deberíamos de criarnos, como el respeto animal, el fomento de la integración social, la lealtad o la aceptación de la muerte como algo natural. También hay una crítica feroz a la tiranía y la corrupción de los que ostentan o ansían ostentar poderes públicos. De igual forma, es sumamente divertido. La verdad es que lo he disfrutado y me he reído muchas veces como un enano.

Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal (5/5)


Si que es verdad que cuando vi la película esperaba ya de por sí encontrar en éste un buen libro. Lo que no esperaba es que fuese tan bueno. Hay veces en las que pasan estas cosas. 

Trenes rigurosamente vigilados es quizás mi libro favorito de este verano por muchos motivos. Una obra que trata sobre la necesidad que tenemos las personas de sentirnos útiles ante los demás: de demostrar que no somos unos holgazanes. Todo ello ambientado en una estación de tren checa durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Con un genial comienzo y un más genial aún si cabe final, Hrabal escribe una obra maestra con un estilo desparramado, de ese que se fija en los detalles, que congela el tiempo mientras te bombardea con erotismo y humor negro hasta enamorarte. Una de las reseñas más felices que he escrito.

Anuncio una casa donde ya no quiero vivir, Bohumil Hrabal (3,5/5)


Colección de siete relatos realizados con la técnica del enhebrado, o lo que es lo mismo, colección de siete relatos que comparten personajes y espacios. Como en todos los libros de cuentos hay algunos más potentes y otros más flojos. Al menos dos me parecen absolutamente geniales: Lingote y lingotes (relato central) y La traición de los espejos. Los demás están bien, aunque no tienen el nivel de los que he citado. Aquí Hrabal tiende mucho más a la experimentación que en Trenes rigurosamente vigilados. Esto puede ser arriesgado, porque, a veces, no sale lo que uno espera. Hrabal vuelve a repetir también aquí su gusto por lo erótico, el humor negro y algún tinte onírico. Otro dato interesante a la hora de leer Anuncio una casa donde ya no quiero vivir es la fuerte crítica que realiza el escritor de la Checoslovaquia de los años 1950s. Reseña.

Trilce, de César Vallejo (4,5/5)


No me atrevo a reseñar un poemario que he tardado tanto en leer. La verdad es que lo mío no es leer poesía. Suelo detenerme ante cada poema que no comprendo bien durante varios minutos, lo releo en voz baja y luego en voz alta un par de veces, intento descomponerlo para analizarlo de alguna forma para poder así exprimirlo y sacar el máximo jugo del texto. 

De Vallejo ya había leído Los heraldos negros, además de alguna obra en prosa. Aquel poemario me encantó porque con pocas palabras, muchas muy simples, su autor era capaz de expresar sentimientos muy complejos y contagiarlos. Sin embargo, Trilce ya es otra cosa. La experimentación formal dificulta muchísimo la lectura hasta el punto de que se me han quedado varios poemas sin descifrar. No obstante, cuando le encontraba su sentido a algo se me iluminaba la cara de alegría, lo leía de nuevo, reordenaba ideas y pasaba tranquilo al siguiente. De todas formas lamento que no he entendido gran parte de lo que Vallejo quiere decir, que parece ser bastante interesante; quizás en unos años, cuando esté más preparado pueda acometer esta lectura de nuevo.

Azul casi transparente, de Ryu Murakami (3/5)


Azul casi transparente podría definirse como una novela más del mundo de las drogas. No destaca especialmente. En ella hay sex, drugs and rock&roll. Mucho. Demasiado. Tanto que casi la priva de una buena trama. Ryu Murakami parece criticar el bombardeo cultural de EEUU en Japón en los años setenta, pero su escritura tiende mucho más a lo occidental (más concretamente a lo norteamericano) que a lo japonés. En Azul casi transparente pueden verse influencias de los Beat, de Fitzgerald y hasta de Edgar Allan Poe. Hay que destacar también que la primera mitad de la novela es algo floja y que a partir de ésta comienza a mejorar con creces hasta llegar a un final muy interesante, que no consigue del todo arreglar lo irregular de la novela. Destaqué en su día lo que me pareció uno de los mejores fragmentos del libro y realicé la ya habitual reseña.

El mandarín, de Eça de Queirós (4/5)


Novelita de Eça de Queirós, del que no había leído nada hasta este agosto. En poquísimas páginas despliega una escritura brillante donde predomina la frase larga, bien compuesta y con un buen ritmo. La obra se sitúa a medio camino entre el relato fantástico decimonónico tipo Gogol y la literatura de viajes por el carácter de flanêur que adopta el narrador en su travesía de Portugal a China y por el interés que despierta en él lo que ve allí. Por su temática puede a su vez relacionarse con obras como Fausto o Crimen y castigo. Se adopta una visión orientalista que no coincide con la realidad de China; se crea una imagen occidental de China (partiendo de lo que puede llegar a saber de ésta Eça de Queirós en 1880) llena de prejuicios. en consonancia con los gustos de la época. Con todo eso, me ha gustado bastante.



La vida interior de las plantas de interior, de Patricio Pron (4,5/5)


La vida es dura para los personajes que aquí nos muestra Pron, que gravitan constantemente entre una triste soledad y un autoengaño doloroso e inverosímil. Uno de los grandes puntos a su favor es lo admirablemente bien escritas que están las pequeñas historias que La vida interior de las plantas de interior nos narran. Tanto me han gustado algunos cuentos que he terminado por leerlos varias veces: dos, tres, de uno ya he perdido la cuenta. No alcanza la máxima nota por poco y me quedo con ganas de una novela, que puede que tenga que comprar porque en la biblioteca sencillamente parece que no la hay. No hay tampoco reseña, aunque no descarto releerlo entero y reseñarlo en un futuro.


Personajes desesperados, de Paula Fox (5/5)


Otra gratísima sorpresa que no esperaba para nada. Abalada por personalidades como David Foster Wallace (el DFW para los amigos) y Jonathan Franzen, Paula Fox construye una novela grandiosa donde pone de relieve la brutalidad cotidiana, la que nos inquieta y nos asusta y que es tan real como la vida misma, huyendo así de la bestialidad morbosa del gore y el realismo sucio de autores como Chuck Palahniuk, que a veces resultan extravagantes e inverosímiles. Aunque lo que más me ha maravillado de la novela, sin duda, es la capacidad para elaborar las psicologías de los personajes tan alejada de la tradición de Dostoievski y mucho más verosímil y realista que ésta. Reseña.





Grietas, de Santi Fernández Patón (2,5/5)


Novela de barrio que se presenta a concurso sin estar bien pulida y que, a pesar de todo, lo gana porque destaca en representar lo que Hegel llamó el Zeitgeist (espíritu de la época) de forma redundante, aunque con cierto mérito. La novela contiene ideas muy buenas que podrían haber llegado muy lejos, pero éstas no están bien expresadas, por lo general, lo que consigue que las pocas páginas que tiene se vuelvan muy pesadas (sobre todo a partir de la segunda mitad del libro). Hubo una reseña, pero mi opinión sigue siendo que sí buscáis una novela de este estilo ambientada en la actualidad reciente leáis mejor Martín Zarza, con una prosa menos cargante y un sentido tragicómico muy logrado.





Trilobites, de Breece D'J Pancake (4,5/5) (ABANDONADO)


No pude terminarlo debido a que el libro no era mío y he tenido que volver a Granada para retomar el curso académico. Lo que he leído (los cinco primeros cuentos) me han asombrado bastante por su calidad. Pancake funde los tiempos del presente y de remotos pasados en uno solo. Sus personajes luchan por volver al origen, a la felicidad que creen recordar que alguna vez debieron de haber tenido, aunque no sepan cuando, y, con cierta visceralidad, se nos describe como una cosa son los sueños y otra es la realidad y que ésta última es sucia, punzante y caprichosa.

Espero encontrarlo pronto y terminarlo este otoño. Merece una reseña.




Y ya en septiembre...



A este lado del paraíso, de Francis Scott Fitzgerald (2,5/5)


Primera novela de Fitzgerald, mucho más floja que las otras que ya había leído: El gran Gatsby y Suave es la noche y que su famosísimo relato El curioso caso de Benjamin Buton. Escrita con un lenguaje mucho más juquetón que sus obras de madurez, más en consonancia con las vanguardias literarias de la época, no me termina de convencer por su tendencia filoromántica, que lo vuelve cursi en ocasiones. Otro detalle interesante es el intento de Fitzgerald de fundir teatro, prosa y poesía en esta obra, que no logra conseguir del todo debido al bajo nivel de los poemas que escriben los personajes en relación con los fragmentos de narración y de diálogo. Fuera de cuestiones de estilo, en A este lado del paraíso ya aparecen temas predilectos de Fitzgerald como el concepto de la búsqueda fallida, el amor como una forma de sufrimiento, la admiración por la vida de los ricos, etc.

En definitiva, recomendable sólo si te gusta este autor especialmente, pero prescindible por lo demás. Más detalles en la reseña.

Literatura china, de Yao Dan


Librillo introductorio que me ha ayudado a la hora de adoptar unas nociones generales sobre la literatura de este país de Extremo Oriente del que espero leer en breve algunas obras. Aunque tenga alguna que otra errata y, a veces, parezca muy infantil y otras contradictorio, creo que ha cumplido sobradamente su objetivo.










Manuscrito hallado en Zaragoza, de Jan Potocki (LEYENDO/5)


El libro con el que estoy entre manos últimamente es este clásico voluminoso de la literatura polaco-francesa, una suerte de mezcla entre Boccaccio, Poe y Cervantes. Espero poder decir de él algo muy pronto.













PROPÓSITOS PARA OTOÑO


*Leer literatura china: Me da lo mismo si es poesía o prosa. China es uno de los países más potentes económicamente del momento y, además de una rica gastronomía, posee una tradición literaria de carácter milenario que puede llegar a resultar apabullante. Preferiría centrarme en libros más antiguos, donde mejor se respira la esencia de lo chino que en obras contemporáneas. Temo que mi primer acercamiento a la literatura china sea un Ryu Murakami, es decir, una novela de tintes occidentales-estadounidenses encubierta.

*Leer literatura de Europa del Este: Continuar donde lo dejé con la literatura polaca en primavera podría ser una buena opción para este otoño, así como incursionar en la literatura rumana ahora que he conseguido, al fin, el libro de Blandiana del que llevo hablando siglos y no he podido leer todavía.

*Leer libros teóricos: La lectura de Los mecanismos de la ficción a comienzos de junio me ayudó muchísimo a conseguir que madurase mi forma de leer. Buscando libros así he conseguido uno de Darío Villanueva que tiene buena pinta y que podría caer próximamente.

¿Cuántos libros podremos leer? El tiempo dirá.



sábado, 12 de septiembre de 2015

A este lado del paraíso, de Francis Scott Fitzgerald




Ya comenté hace unos meses mi interés por volver a leer algo más de Fitzgerald este verano. Los que me conocen saben que es un autor que tengo en alta estima, a pesar de que lo que yo había leído de él hasta la semana pasada se venía reduciendo al famosísimo cuento de Benjamin Button, al clásico, leído y releído, de la “era del jazz”, El gran Gatsby, y a la que sigo considerando una de las más logradas obras que he podido disfrutar jamás, Suave es la noche. A pesar de que todas las obras contienen algo así como una esencia propia, son demasiados los puntos que guardan en común, temas recurrentes con estructuras no muy disímiles que tienen la virtud de resultarme interesante. Estos elementos ya aparecen perfilados en la que sería su primera obra, su primera novela, que es la que nos toca comentar hoy. 

A este lado del paraíso parece ser, una vez más, una obra de Fitzgerald con mucho tinte biográfico, algo que no deja de ser meramente anecdótico. Fitzgerald se crea una suerte de alter ego en la figura de Amory Blaine, nuestro protagonista, el cual logra triunfar, a diferencia del escritor, para luego fracasar y sentir como sus principios decaen al mismo compás vertiginoso que sigue el dinero de su herencia, que no es capaz de administrar como es debido. Amory Blaine representa tanto la caída de la clases pudientes como la de la juventud norteamericana tras la Primera Guerra Mundial –esa que llamaron la de la “generación perdida”- como la del propio Fitzgerald que, al igual que Amory, no es consciente de su egolatría y aspira a cimas que no puede alcanzar por más que se lo proponga. 

“Siempre, cuando se acostaba, oía voces: voces indefinidas, apagadas, fascinadoras, que venían del otro lado de la ventana para sumirle en uno de sus sueños favoritos: llegar a ser un gran jugador o el general más joven del mundo, condecorado por su acción en la invasión japonesa. Siempre se trataba de lo que llegaría a ser, nunca de lo que era. Éste era otro rasgo característico de Amory.”

La novela, que para lo que dice puede resultar bastante extensa, nos narra toda la vida de Amory hasta un momento de crisis definitivo cuando éste tiene unos veinticinco años de edad aproximadamente. Esto permite un leve retrato de las costumbres de las clases más altas, que siempre fueron admiradas por Fitzgerald y muchos de sus personajes, durante los últimos años del s.XIX y comienzos del s.XX, muchas veces no necesariamente agradables y basadas principalmente en la ruptura con lo moral de forma intrínseca y en el mantenimiento de una apariencia impecable a través de la mudez que deriva del poderío económico. Un detalle muy interesante es como el narrador sugiere en varios momentos de A este lado del paraíso que un Amory todavía adolescente mantiene algún tipo de relación sexual con su madre, a la que nunca llama por su nombre y siempre habla desde el punto medio de la distancia y la estrechez en el que se producen este tipo de relaciones. De la misma forma, Rosalind, otro de los personajes mantiene relaciones con varios hombres sin estar casada arreglándoselas para ocultarlo y que nada de esto se convierta en motivo de escándalo. 

Un aspecto muy interesante en la novela es la fuerza del dinero y del éxito en la vida, en las relaciones empresariales y sociales. El deseo imperioso de destacar en todo le lleva a Amory a un esfuerzo que comienza ya desde que es muy pequeño en Minneapolis cuando descubre que lo importante para ser popular es ser de los mejores en materia de deportes y decide salir casi cada tarde a esquiar para fortalecer sus músculos en desarrollo. Al mismo tiempo se va forjando en él un interés por lo intelectual y más en concreto por lo específicamente literario y lo poético; no vamos a parar de leer poemas escritos por Amory a lo largo de la obra, algunos de los cuales son, para desgracia del lector, bastante malos. El entrenamiento de la fuerza física y la fortaleza mental lo llevaran a la búsqueda de logros tales como ser el capitán del equipo de fútbol de la universidad de Princeton y el redactor jefe del famoso periódico universitario The Princetonian. A partir de la consecución de esto vendrá una decadencia vertiginosa que no cesara hasta el final y que se potenciará con un futuro precario tras la guerra, la muerte de familiares y la forma de derrochar el dinero de su madre los últimos años de su vida, lo cual lo deja con una minúscula herencia con la que no podrá comprar el amor de Rosalind, la mujer que ama, que no parara de recordarte que ama desde que se la encuentra. Rosalind, por su parte, es de clase alta y, al igual que Amory, siente que se ama más a sí misma que a los demás, y por ello lo abandona por otro pretendiente que puede darle muchos más lujos. El concepto del desengaño y del sentido del amor como algo doloroso es una constante en las otras dos novelas de Fitzgerald que he podido leer, así como en su vida misma. Esto es una de sus tesis que más me conmueve cuando lo leo, atrapándome e impidiendo cualquier intento por mí parte de escapar.

Aunque jugar con esas ideas no tiene nada que ver con que una novela esté o no bien escrita. Fitzgerald es Fitzgerald, pero es fácil diferenciar la escritura de A este lado del paraíso de la de sus novelas posteriores, mucho más perfectas. En A este lado del paraíso, en un esfuerzo por captar la esencia de la vida misma, combina lo cómico y lo trágico de la existencia con leves toques de idealismo y romanticismo en el alma de sus personajes, que viven, ríen, actúan, sueñan y se chocan con la realidad, aceptándola como Tom D’Invilliers o rechazándola como Amory Blaine. Puede que luego Fitzgerald evolucione a un estilo que favorezca mucho más lo trágico, pero parece que en A este lado del paraíso aún existe un leve gusto por la vida en los primeros flirteos de Amory con el sexo opuesto aún en Minneapolis o cuando se escapa a la playa con su amigos de la facultad casi sin un duro encima. En este sentido se aproxima mucho a El curioso caso de Benjamin Button y no tanto a El gran Gatsby. Otra cualidad que lo hace más juvenil que Gastby es su juego con los registros y la presentación de (casi) todos los géneros en una única obra –prosa novelesca, poesía, escenas teatrales, cartas, citas- lo que va muy en consonancia con las ideas vanguardistas de la época de ir más allá de los límites establecidos por los géneros mismos y que me ha recordado mucho, salvando las distancias, a la prosa de Manuel Puig en Boquitas pintadas. Estos experimentos formales pueden acabar muy bien siempre y cuando el escritor sepa mantener un control sobre lo que escribe y equiparar el nivel de calidad de los géneros y registros que emplea, sabiendo cuándo y cómo emplearlos. En A este lado del paraíso da la sensación de que Fitzgerald peca de incapacidad para hilar un buen poema y muchas veces entra en un registro cursi e innecesario que no llega a aportar nada de valor y que incluso nos puede llevar a rechazar la obra a lectores más avezados. 

Todo esto, añadido a su extensión, a la que parecen sobrarle páginas, hace que dude acerca de cómo debería valorar la obra. No creo que sea una buena novela para empezar a leer a Fitzgerald y es más, si no te ha gustado El gran Gatsby, te recomendaría directamente ignorarla. Si ocurre lo contrario quiero pensar que es una obra interesante para ver cómo desemboca la escritura de Fitzgerald en sus obras maestras, cómo se gestan sus temas recurrentes y demás, aunque poco más que eso. Se queda algo debajo de las expectativas generadas.

Tenéis otras reseñas de A este lado del paraíso en Club de catadores (donde han querido ver cosas que yo no) e Inkoherence (donde, a pesar de ser más escueta, se aproxima bastante a lo aquí expuesto). 

Reseñas de otras obras de Fitzgerald en esta esquina: El crucero de la chatarra rodante

lunes, 31 de agosto de 2015

Personajes desesperados, de Paula Fox



Aunque Paula Fox es una escritora estadounidense conocida fundamentalmente por sus novelas para niños, ésta no lo es en absoluto y el hecho de que no lo sea no la minimiza como novela. Al contrario, le lleva a destacar de forma muy curiosa. Es uno de los libros de cabecera de Jonathan Franzen, desde que lo leyó por primera vez, una obra maravillosa que él cree que “no tiene fin” y no es porque estrictamente no lo tenga, sino porque su construcción, tan potente, no decae en ningún momento, se mantiene constante en una especie de cima que asombra desde abajo por su altura, sin llegar a resultar monótona y aburrida nunca, y eso es lo que lleva a que grandes libros una vez terminados entristezcan al lector y pidan ser comenzados de nuevo en una suerte de bucle que debió atrapar a Franzen y que a mí me atrapará tarde o temprano. La fuerza de este libro se debe a su carácter innovador en la forma y a su oposición, en el contenido, a la extravagancia de muchos otros autores norteamericanos que desde Burroughs en adelante se han ido recreando más y más en una violencia que para lejos de la vida de la mayoría de los lectores de ese tipo de novelas. El gran punto a favor de Paula Fox, como veremos, es su capacidad para inquietarnos, para desesperarnos, desde las colinas aledañas a nosotros mismos y a nuestro pan de cada día. 

La trama funciona tal que así: Sophie y Otto son un matrimonio más de Long Island que, gracias a que no han tenido hijos y que es demasiado tarde para tenerlos, han podido pagarse una pequeña vida de caprichos en la que cuentan con una casa con granero en un pueblucho del interior, donde acostumbran pasar el verano, y un pequeño velero con el que salen a navegar por las marismas, además asisten a todo tipo de fiestas de clases sociales a las que no pertenecen, como la de los artistas, donde no encajan a pesar de sus esfuerzos. Mientras llevan esta vida residen en una zona paupérrima de la ciudad, llena de basura, borrachos, putas, drogadictos y animales salvajes. 

“Aún había basura por todas partes, una marea que subía pero apenas bajaba. Botellas y latas de cerveza, botellas de licor, envoltorios de caramelos, paquetes de cigarrillos estrujados, cajas abombadas que habían contenido detergentes, harapos, periódicos, rulos, cuerdas, botellas de plástico, algún que otro zapato, excrementos de perro. Otto había dicho en una ocasión, mirando con repugnancia la acera de su casa, que aquello no era obra de ningún perro.” (Pág. 25)

Perros o no aparte, lo que hay, sin duda, en el barrio es un gato callejero y la importancia de éste es categórica desde que en el primer capítulo muerde la mano de Sophie cuando  ésta intenta, a pesar de las advertencias de su marido, quien le indica dando voces que no debe fiarse de los animales que viven fuera de las casas porque estos tienden a ser peligrosos, darle de comer y de beber un poco de leche. Esta herida se le infecta a Sophie, que se niega reiteradamente a acudir al médico, pretendiendo convencerse a sí misma y a los demás de que se encuentra cada vez mejor, lo cual no consigue. Esta terquedad de Sophie para evitar solucionar los problemas de su vida no se halla sólo en la herida del gato, por supuesto; su matrimonio lleva años más que acabado, aunque ella se niegue a aceptarlo y sufra mientras tanto por miedo a sufrir más aún después. En este sentido, la herida es profundamente metafórica y el hecho de que tarde toda la novela en sanar un poco es necesario para que detengamos nuestra atención en la otra gran herida que lleva dentro. A pesar de todo, Sophie no puede fingir eternamente que no le duele porque le duele a todas horas y he aquí algunos ejemplos de su guardia baja:

“-¿Te la has lavado? ¿Te has puesto alguna cosa? 
-Sí, sí –respondió ella con impaciencia, viendo cómo la sangre empapaba el papel, pensando en su fuero interno que si la hemorragia cesaba aquello terminaría.” (Pág. 22) 
“-El dolor me asusta más que morir –dijo Sophie-. Ni siquiera dejo que me receten analgésicos porque tengo miedo de que el dolor sea más fuerte que ellos. Entonces no habría nada, salvo dolor.” (Pág. 49)

Pero no es sólo a través del personaje de Sophie desde donde se transmite esa sensación del dolor íntimo que afea el aire si sale de los labios de las personas porque todos parecen sufrir de una manera o de otra. Otto, que es abogado, ha perdido la amistad con su socio Charlie, quien se ha llevado a casi todos sus clientes a otro bufete donde cree que encontrará el éxito que le permitirá vivir una vida de rico. Al mismo tiempo, Otto es consciente del desmorone de su matrimonio y del triste lugar en el que vive en Long Island, lugar que no cree que sea para gente de su categoría social. Charlie, por su lado, ha perdido a la mujer que una vez amó cuando ella se introdujo en la moda hippie del amor libre y ahora es muy posible que lo deje por otro y se lleve a los niños. Mike Holstein, amigo de la familia y psicoanalista, tiene un hijo rebelde que se niega a estudiar nada y que es la vergüenza de la familia y al mismo tiempo alguien le odia lo suficiente como para romperle las ventanas a pedradas. Hasta los personajes secundarios en diminutas líneas transmiten la sensación de dolor, de llevar una herida abierta con la que viven, algunos la ocultan como pueden y otros la sueltan para luego desaparecer de escena.

“-¡Qué tobillera tan bonita!- gritó Sophie a sus espaldas. La muchacha se volvió desde el recibidor. Por un instante, pareció a punto de sonreír. 
-Me hace daño –gritó-. Cada vez que me muevo, me hace daño.” (Pág.32)

Ese movimiento en busca de reparar el daño es también algo connatural a Sophie, que no para de intentar huir de sí misma y de su vida en toda la obra: alimenta animales callejeros, se fuga de casa una noche con Charlie, va a la ópera, acude a fiestas, va a ver a una vieja amiga, llama por teléfono a la mujer de Charlie porque necesita alguien con quien hablar, se sienta a leer novelas francesas, recuerda a su viejo amante y cómo trataron de verse después de mucho tiempo y la cosa no cuajó, atrapa al gato, se obsesiona con que puede tener la rabia y piensa que lo mejor es tenerla porque así su vida podría cambiar radicalmente y quizás todo sería menos doloroso, telefonea a una amiga a la que le grita lo idiota que es, etc. Sin embargo, nada la consuela; Sophie no tiene un lugar seguro al que huir porque “cada vez que se mueve se hace daño” y tiene que moverse otra vez. Aquella huida sí que no tiene fin y recuerda tanto a la de Bardamu en Viaje al fin de la noche, que es difícil no establecer comparaciones.

La vida no tiene el color de rosas que quieren los personajes y esto se debe también a que este color de rosas es más subjetivo que objetivo y a que cada uno cuenta con unas circunstancias que lo hacen distinto a su vecino. El fragmento que sigue al que he citado al inicio es bastante aclaratorio en este sentido:

“-¿Crees que vienen aquí de noche a cagar? –le había preguntado a Sophie. 
Ella no había respondido, limitándose a mirarlo de soslayo con cierto aire risueño. ¿Cómo habría reaccionado Otto, se preguntó si ella le hubiera dicho que su pregunta le habría traído a la memoria un período concreto de su infancia en el que ella y sus amigos habían adoptado la costumbre de hacer de vientre, expresión de su madre, como una actividad al aire libre hasta que los sorprendieron en cuclillas detrás de un lilo? Sophie se había pasado una hora encerrada en el cuarto de baño, para, en palabras de su madre, estudiar el receptáculo correcto para tales funciones.” (Pág. 25)

Esto es quizás lo más gráfico y repulsivo –a la vez que cómico e irónico- que podemos encontrar en la obra, que no por ello está exenta de una capa de violencia cotidiana que legitima en gran parte esta huida de Sophie. Es una violencia es muy distinta de la que nos proponen autores como Palahniuk y compañía; a diferencia de la extravagancia de la Generación X, aquí hay un cierto componente de cercanía, como ya hemos comentado arriba. Es un tipo de violencia que se basa en el mordisco de un gato y el hecho de que este pueda tener o no la rabia, en una llamada en la que nadie responde del otro lado y luego cuelgan, en un borracho que se pasea en cueros y vomita por la calle lo que debió comer ayer, en una piedra lanzada contra una ventana, en algo que a uno le puede ocurrir en la vida real.

Las reacciones de los personajes dan la impresión de ser también profundamente reales. Paula Fox elabora la psicología de sus personajes desvinculándose de la tradición de Dostoievski, consiguiendo que sus personajes no exageren y piensen como si fueran de carne y hueso, sin intensos monólogos de cuatro horas de por medio. Para ello conecta las ideas de sus personajes creando una cadena. En un momento se presenta en la casa de Long Island un individuo negro con malas pintas y Otto le da dinero; entonces Sophie recuerda que le dio de comer a un gato que le mordió y que ahora tiene una herida que le duele y que ya es hora de ir a un hospital. Esta cadena tiene sus más y sus menos. Los personajes de la novela viven en sus mundos con sus problemas y obsesiones (como en los de Dostoievski y en los de cualquier escritor), pero cuando se relacionan, los de Paula Fox, ponen esos problemas de relieve, convirtiéndolos en un obstáculo para la comprensión mutua. Este hincapié que hace en la comunicación/no-comunicación de los personajes para desarrollar sus psicologías me parece bastante interesante, difícil y digno de alabanza por el realismo que consigue sin seguir lo que debería ser la tradición del Realismo mismo.

Una gran novela en definitiva. Coincido pues con lo que dijo de ella David Foster Wallace: “Una obra de prosa sostenida tan lúcida y bella que más parece esculpida que escrita.” ¡Maravilla!

Tenéis más reseñas de Personajes desesperados en El interpretador (donde se introducen algunos elementos biográficos de la autora que no creo que tengan mucho que ver con la obra en sí y alguna que otra comparación interesante con Lorie Moore y Oates) y si buscáis por Google muchas más, aunque no las recomendaría para nada, ya que tienden a confundir hechos, personajes y hasta el nombre de la autora. En mi blogosfera habitual parece que nadie le ha dedicado una entrada.

Reseñas de otras obras que os podrían interesar:

Boquitas pintadas, de Manuel Puig

Todo va bien, de Socrates Adams


domingo, 23 de agosto de 2015

Grietas, de Santi Fernández Patón

Agrietado, sin duda...



Siempre se ha dicho que lo peor que puede ocurrir cuando lees un libro es que éste deje en ti una infinita sensación de impotencia, de que podría estar mejor escrito y no lo está. Fernández Patón no demuestra ser un mal escritor en Grietas, pero ésta tampoco ofrece nada que no hayamos visto antes, nada que lo haga destacar lo suficiente como para ganar premios importantes por unanimidades y, sin embargo, uno -este XIX Premio Lengua de Trapo de Novela- lo ha ganado. ¿Qué quiere decir esto? Pues que ideas buenas no le faltan, que puede que no hubiera ninguna joya entre las demás participantes y que, supongo, se ha debido premiar eso.

La historia trata más o menos de un hombre de unos treinta y tantos que al poco de mudarse a Málaga desde Granada huyendo de sí mismo debe de afrontar dos problemas bastante puñeteros: hacerse cargo de una hija de cuatro meses llamada Alicia cuya existencia desconocía y ayudar a su amante, una tal Lucía, la cual parece manejarlo a su antojo, a superar la anorexia que lleva arruinándole la vida desde la adolescencia. El ambiente en el que se mueve –los disgustos callados del padre, el abandono de Alicia por parte de su madre como forma de rebelión contra el patriarcado, el sacrificio de su perra enferma y cómo su vieja amante vegana le dice con tranquilidad que sólo era un perro, las extrañas relaciones sexuales que mantiene con Lucía, las manifestaciones donde asiste a como los antidisturbios llenan las ambulancias con civiles a su lado y no se arregla el panorama, la presión de su trabajo como tele operador a tiempo parcial donde apenas llega al mínimo de ventas, la desaprobación de la familia por las novelas que ha escrito, que han llegado más allá de dos editoriales locales y que parecen sacar a la luz demasiados trapos sucios-; todo esto, el ambiente, es, sin duda, desalentador. A pesar de todo, no hay lugar para la desesperación, sobre todo delante de su hija. Las mujeres que rodean al protagonista –Lucía, Raquel (madre de Alicia) y Sonia- no se alejan de este aire nefasto. Lucía no sólo padece de anorexia, también tiene que lidiar a diario con un novio que no le aporta lo suficiente, con la frágil situación económica de esta pareja, con un hermano delincuente que se dedica a robar y vender droga, con los exámenes de la universidad a la que ha vuelto mucho después de abandonar los estudios, con la separación de su padre desde que descubrió que tenía una segunda familia. Por su parte, Raquel no es capaz de aceptar su heterosexualidad vulgar por moda y trata de camuflar todos los encuentros sexuales que tiene con hombres de la misma forma que diciendo ser vegana no se inmuta ante la muerte trágica del animal de compañía de su amante. Y, finalmente, Sonia debe luchar también con el recuerdo de las enfermedades mentales de su hermana, el suicidio de su primera pareja, los reencuentros con viejos amantes, un divorcio y varios niños a su cargo. Las relaciones del protagonista con estas tres mujeres y sus numerosas grietas darán como resultado la novela que nos ocupa.

Grietas funciona francamente bien como mecanismo representativo de una época, de la que estamos inmersos, la de los McDonald’s, los selfies, el 15M, el feminismo radical, el aislamiento del individuo en lo que, paradójicamente, han venido a llamarse redes sociales, etc. Pretende alzarse como una obra cargada con el espíritu de una generación y, si bien consigue esto, olvida otros elementos que deberían considerarse fundamentales siempre a la hora de escribir: uno debe lograr entretener al lector y que éste no desee en ningún momento tirar el libro. No sé si se debe a que ya estoy demasiado familiarizado con la época en la que vivo como para que cualquier detalle adicional sobre ella me aburra soberanamente, pero me gustaría tender a pensar que no es así. Me gustaría tender a pensar que si he querido lanzar el libro por la ventana no se debe tanto al contexto donde se sitúa, sino a la forma tan pesada en la que está escrita, al lento avance de los personajes y a la reiteración innecesaria del escritor en temas que ya deberían de estar más que solventados. Es interesante la lucha contra la anorexia, de acuerdo, pero no son necesarias tantas páginas para explayarse en él en una obra de ficción si esta lucha no avanza y siempre que se menciona aparece de la misma forma. El escritor tampoco destaca por su maestría en los diálogos, donde algunos llegan a resultar artificiosos. De igual manera el narrador parece estar sobredocumentado y, a veces, eleva el tono hasta un punto de solemnidad que me resulta estresante e irreal para lo que describe. No digo que no sea bueno documentarse, pero mostrar toda esa documentación saliendo de los labios de un narrador que representa a un personaje que no tiene nada de especial lleva a un distanciamiento entre el personaje que se crea y el prototipo de lo que vendría a resultar éste en la realidad. Esto me lleva a pensar que el gran fallo de la novela quizás se halla en el hecho de que el narrador esté en primera persona y no en tercera, lo que podía haber dado lugar a mucho más juego. También podría haber jugado con una combinación de voces, tal y como hace Miguel García en Martín Zarza, novela al estilo de ésta y que en su día me gustó bastante más. Qué sé yo, podría haber hecho muchas cosas porque las ideas no son malas y en la obra hay hasta fragmentos muy buenos. Pero el caso es que no las ha hecho y eso no deja de ser una pena porque a uno le da la sensación de que Patón puede llegar a hacerlo mejor si se lo propone con el tiempo.

Deben haber más reseñas de Grietas en Letras en vena (donde vienen a destacar más o menos los mismos problemas y aciertos que yo y se muestran optimistas con el escritor en su futuro) y en numerosos medios periodísticos que no destacaré porque no me convencen en absoluto. También hay una reseña muy extraña en una tal Revista Tarántula que tampoco enlazo, aunque es fácil encontrarla en Google, porque me parece de mal gusto tanto para el escritor como para los lectores por su chulería y machismo explícito.

Reseñas de otras obras que te podrían interesar:

Matando dinosaurios con tirachinas, de Pedro Maestre

Viento del Norte, de Elena Quiroga