viernes, 21 de diciembre de 2018

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq



Un ingeniero informático de mediana edad trabaja para una de las mayores empresas de toda Francia y gana un buen jornal por ello. A pesar de esto, es un tipo sumamente infeliz. Su vida social y sexual es más bien escasa (por no decir casi nula) debido a su problemático carácter. Hace ya dos años que rompió con su histérica novia y desde entonces no es capaz de encontrar a nadie que se atreva a escucharle más de dos minutos. Viviendo en un régimen de completa soledad ha desarrollado un miedo y un odio hacia el conjunto global de los seres humanos, especialmente agudo con las mujeres de su entorno, a las cuales tilda sin tapujos de guarras y zorras. Su misoginia, derivada de la falta de aceptación femenina y la nulidad de relaciones sexuales, le han convertido en un absoluto amargado. Un repelente ansioso de quitarle las ganas de vivir a los demás. En definitiva, un personaje magníficamente escogido para esta comedia depresiva de Houellebecq.

Toda la obra gira en torno al narrador y sus teorías sobre la capitalización del sexo, la hipocresía social y la aplicación exhaustiva de los conceptos empresariales en el ámbito diario pervirtiendo, en su opinión, las bellezas que podríamos encontrar en este. Hay que destacar que el tipo es sumamente elitista y desagradable, pero intenta dar la impresión de ser fruto de un sistema corrupto. Un sentimiento que, por otro lado, podríamos llegar a tener todos de nosostros mismos o haberlo tenido en algún punto de nuestras vidas. Su soledad y su visión crítica del mundo, así como sus "desgracias" nos permiten empatizar con él en ciertos momentos. Incluso podríamos decir que hay fragmentos en los cuales su discurso genera auténtico patetismo. Nos inspira compasión y ternura. Pero solo de forma temporal. 

La versión del narrador sobre sí mismo nos trae a la mente las tesis de los grandes naturalistas franceses. Rápidamente pensamos, a pesar de la clara diferencia entre estilos, en Zola y en Maupassant. Pensamos también en Céline y en esa figura de antihéroe. Y quizás también en el Pascual Duarte de Camilo José Cela. Estas tesis se repiten aquí, pero funcionan a modo de justificación del personaje para consigo mismo, lo cual lo deja inserto, por supuesto, en todo ese amalgama de hipocresía social en el cual nos vemos inmiscuidos queramos o no. Y aquí el narrador, claramente, no quiere; pero de una forma u otra entra en el juego. La idea de ser un monstruo "porque el mundo te hizo así" entra en confrontación con el libre albedrío humano y con la capacidad de decisión del individuo a partir de sus circunstancias siendo hasta cierto punto falaz, pesimista e hiriente.

Esa visión del narrador de sí mismo dentro de un sistema de balanzas, donde describe su situación económica como muy buena y su situación social y sexual como una basura no le hace ningún bien desde luego, pero en ella reside la gracia de la novela. Este narrador no deja de ser la parodia del autoconcepto cerrado de un hombre occidental y heterosexual solitario que se muerde el ombligo. Sin embargo, en lo que a humor respecta, salvo momentos muy hilarantes puntuales, Ampliación del campo de batalla cojea muchísimo. Es necesario saber leer entre líneas con mucha concentración y calma. Bueno, eso y tener un buen estómago. Porque la novela es una serie de sacudidas tras otra y a mí, en lo personal, me ha dejado muy mal cuerpo. Si bien creo que el objetivo era precisamente ese, agitar al lector contra sí mismo y hacerlo consciente y partícipe de sus miserias y sus no-miserias. Quien tenga una situación parecida a la del narrador tendrá problemas, además, para identificar en todo el relato esa sátira que pretende Houellebecq. Y, claro, eso es un aspecto problemático para depende qué lector. Ampliación del campo de batalla puede acabar cultivando la misoginia y el autodesprecio en este lector, que puede encontrar las respuestas a sus problemas en las resentidas y desquiciadas teorías del narrador. 

Más allá de esto tengo que decir que la obra no presenta la estructura más sólida del mundo. Centra la mayor parte de la trama en la mitad. Tiene un inicio difícil por la naturaleza del personaje y un final que se desintegra gradualmente sin golpes de efecto. Lo más destacable, a mi parecer, es la relación que establece el narrador con Tisserand, un compañero de trabajo extraordinariamente feo, pesado y virgen. ¡El estereotipo del informático nerd, vaya! Tisserand es lo más parecido a una amistad para el protagonista, pero no se librará de todo el odio regurgitado de este. Acabará pasándole factura dejarse guiar y sucumbirá a ese entusiasmo adolescente por la autodestrucción. Marchito como si la ponzoña lo hubiera fagocitado, Tisserand no volverá a ser el mismo. El protagonista, tampoco.

"Siempre serás huérfano de esos amores adolescentes que no tuviste. En ti la herida ya es muy dolorosa; pero lo será cada vez más. Una amargura atroz, sin remisión, que terminará inundándote el corazón. Para ti no habrá ni redención ni liberación. Así son las cosas. Pero esto no quiere decir que no tengas ninguna posibilidad de revancha. Tú también puedes poseer a esas mujeres que tanto deseas. Incluso puedes poseer lo más valioso que hay en ellas. ¿Qué es lo más valioso que hay en ellas, Raphäel?"

Para resumir, una novela peculiar, pero no disfrutable para cualquiera. Incluso yo mismo si hubiera leído esto en otro momento de mi vida lo habría entendido en una dirección opuesta. Estructuralmente es algo floja y con un personaje que a ratos da pena, a ratos lo entiendes y a ratos quieres acribillar a balazos. Si bien como crítica puede funcionar, no digo que no; es necesario un lector inteligente, analítico y dispuesto a meterse en estos berenjenales. No sé, aunque sea un libro disfrutable en cierta medida, esperaba mucho más de un autor tan venerado en Das Bücherregal por Cities. (¡Se lee hasta la poesía el tío! ¿Quién tiene huevos de hacer eso hoy? ¡Nadie! ¡Solo los masoquistas y los espíritus libres!) Como no me suelen fallar sus recomendaciones, estoy ante una situación atípica. Si bien es verdad que Ampliación del campo de batalla no lo tiene reseñado y creo recordar que en alguna ocasión (un top de lecturas del año, ¿puede ser?) dijo algo así como que resulta una decepción enorme. Lo ha sido, Cities. Lo ha sido. Por el contario, tenéis reseñas superentusiastas por ahí, como la de Francesc Bon en Un libro al día o la de Keren Verna en su blog personal. En ellas se destacan todos los aspectos buenos de la obra, los cuales son muchos, desde luego. Sin embargo, creo necesario resaltar también lo malo, lo mejorable y lo poco convincente.
 

PD. Aprovecho para comunicar que esta será la última reseña del año. La próxima entrada que podréis leer por aquí será una recopilación de libros recomendados por un servidor. O lo que es lo mismo, una selección de mis libros favoritos del año. Eso será la semana próxima. Hasta entonces cuídense, coman con moderación y lean mucho. Namasté. 


lunes, 17 de diciembre de 2018

Pobres gentes, de Fiodor Dostoievski



Siempre me ha entusiasmado mucho la maestría y la figura del clásico del Realismo Ruso. Fiodor Dostoievski es un autor que no necesita presentación. Es conocido a nivel mundial por obras como Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov, aunque muy posiblemente, y a pesar del éxito en la fecha de su publicación, esta que es su primera novela sea de las menos conocidas. Y, sin embargo, tiene una importancia capital en la historia de la literatura. Pobres gentes (o Pobre gente, según la traducción) fue escrita a comienzos de los años 1840s y nada más salir a la luz fue reconocida por la crítica de su país como la primera novela social contemporánea. 

Trata sobre la relación de amistad entre Makar A. y Varvara D., dos peterburgueses que sobreviven como pueden a las inclemencias de la vida, que aprieta pero no ahoga. Aunque reside el uno al lado del otro, se sinceran, o tratan de sincerarse, a través del intercambio de cartas, pues andan (sobre todo el desconfiado Makar) constantemente preocupados por el qué dirán los demás si los llegan a ver juntos. Makar es un anciano destrozado por los continuos embates del frío peterburgués, su escasa educación  y el fracaso de las numerosas aspiraciones de su vida. Es, además, un borracho triste que cree haber encontrado un motivo para redimirse en la figura luminosa de Varinka (diminutivo cariñoso de Varvara), a quien idolatra y colma con todo tipo de regalos que no se puede permitir con su mísero salario de copista. Duerme en una habitación acondicionada en la cocina de un pequeño y lúgubre apartamento atestado de almas igual de desgraciadas que él, entre las cuales la enfermedad, el ninguneo y la muerte son los platos principales del día a día. Sin embargo, persigue en todo momento mantener intacto su honor y de darle a Varinka una imagen positiva, mintiéndole tanto a ella como a sí mismo cuando considera oportuno, hasta el punto de resultar tristemente cómico y ridículo. Uno de los mejores ejemplos de esto podríamos encontrarlo cuando describe su habitación:

"Yo vivo en una cocina, o, mejor dicho..., ya se lo figurará usted: contiguo a la cocina hay un cuarto (debo decirle a usted que la tal cocina está muy limpia y es muy clara y apañadita), un cuartito muy chico, un rinconcito muy discreto... o, mejor dicho, que lo será, la cocina es grande y tiene tres ventanas, y paralelo al tabique me han colocado un biombo, de modo que resulta así un cuartito, un número supernumerario, como suele decirse. Todo muy espacioso y cómodo, y tengo hasta una ventana, y lo principal, que..., como le digo, todo está muy bien y muy confortable. Este es mi rinconcito. Pero no vaya usted a imaginarse, hija mía, que yo lo diga con segunda intención, porque, al fin y al cabo, ¡esto no es más que una cocina! Es decir, hablando con exactitud, yo vivo en la misma cocina, solo que con un biombo por medio, pero esto no significa nada. ¡Yo me encuentro aquí muy contento y a gusto, en completa modestia y placidez!"

Makar está obsesionado por darle a Varvara una buena imagen de sí mismo y eso es porque, a pesar de la diferencia de edad, la ama secretamente y eso es algo que no puede camuflar por más que se empeñe en ello, por más que quiera disimular su interés romántico como un cariño paternal. Esto, por supuesto, lo sabe Varinka, quien recrimina una y otra vez a Makar por el exceso de atenciones hacia ella, aunque al mismo tiempo podríamos decir que se aprovecha, a todas luces, de él y su necedad, pues continúa carteándose con el viejo y pidiéndole de vez en cuando dinero y objetos de valor, a sabiendas que el copista no sería capaz de negarse. Vemos, como digo, en Varvara a una chica con una infancia dura y con pocas satisfacciones; que ella misma relata, y durante la cual no le quedó más remedio que espabilar y desarrollar su ingenio para sobrevivir, acercándose su personalidad hasta cierto punto al de esa femme fatale tan característica de otras novelas de Dostoievski. Con fuerza me viene a la mente la Polina de El jugador, aunque, por supuesto, hay muchas otras. Esta astucia no la hace Dostoievski innata, sino producto necesario del sistema feudal capitalista en el que estaba inmersa la Rusia de su tiempo y en el cual las mujeres pintaban muy poco y eran constantemente atacadas tanto por ellas mismas como por los hombres. La limitación de derechos, el hambre, el frío y el desvalimiento legal volvían necesario el brotar de esa astucia, la cual venía muchas veces acompañada por la infelicidad, la impotencia, el trabajo hasta el agotamiento e, incluso, un doloroso sentimiento de culpabilidad. 

"¡La desdicha es una enfermedad contagiosa, amigo mío! A los pobres y a los desgraciados deberían tenerlos lejos los unos de los otros para que no se agravasen mutuamente sus miserias. Yo le he proporcionado a usted un contratiempo cual nunca lo experimentó tan grave en toda su vida. Esto me atormenta y me quita todo brío."

Pobres gentes fue una obra muy querida durante el período soviético de Rusia porque ponía sobre relieve las inconsistencias del sistema anterior, donde quien nacía pobre moría pobre y donde los intercambios de miembros entre las distintas clases sociales eran más bien escasos. De esta forma, no es de extrañar que sirviera como modelo para buena parte de la narrativa del Realismo Soviético, desde el cual se quiso defender a Dostoievski en todo momento como uno de los primeros revolucionarios comunistas. Si bien habría que destacar que Fiodor, por regla general, normalmente se limitaba a bosquejar el problema y a ponerlo sobre la mesa, no decantándose por ninguna solución, y haciéndolo derivar de una serie de fallas dentro del sistema sociocultural en el cual se halla inserto, sí que había simpatizado con el comunismo en su juventud, antes de renunciar a él y previamente a la redacción de su extensa obra. La corrección dolorosa del pobre, la encuentra Dostoievski en el desinterés con el que el rico hace rechinar sus rublos. La única salvación posible es la esperanza en un acto estrafalario del gran burgués y terrateniente que acude a los barrios más pudientes de San Petersburgo para buscar una bella esposa, para encontrar un florero elegante que acceda a renunciar a su honor.

"Al contestarle yo que usted había hecho por mí cosas que no se pagan con dinero, díjome que eso era absurdo; que esas cosas están bien en las novelas; que yo soy joven todavía y miro la vida a través de los libros; pero que las novelas solo sirven para inculcarles a las muchachas ideas extravagantes, y en general, según él, los libros solo conducían a corromper las costumbres, por lo que él no podía sufrirlos. "

Aunque creo haberlo comentado ya previamente, el teórico de la literatura posformalista Mijail Bajtín sentía un especial interés por la obra de Dostoievski y trabajó durante muchísimos años para reivindicarla, pues durante las primeras décadas del siglo XX la crítica tenía la impresión de que Fiodor era un mal escritor debido a las continuas contradicciones en las que incurrían sus personajes. Y es que, pensándolo bien, solo en esta novela hay lo que puede parecer una barbaridad: Varinka recrimina a Makar sus atenciones, pero le pide continuamente más y más; Makar detesta a su "amigo" escritor, que se burla de él y su incultura una y otra vez, pero al mismo tiempo lo admira y sigue asistiendo a sus veladas; Makar le recrimina a Varinka el montón de regalos que le está haciendo y que le están dejando paupérrimo, pero prosigue con ellos, a pesar de las numerosas deudas, el frío y el hambre, y las negativas de ella; ella se siente culpable por aprovecharse de la estupidez del viejo, pero continuará con su juego hasta encontrar a alguien más rico; él habla también de cariño paternal hacia la joven, pero el lector no es tonto y conoce del interés sentimental del anciano, quien ve realmente esos regalos como una inversión; etc. Numerosas fuerzas se entretejen dentro de los personajes, numerosas voces que dialogan y luchan por sobreponerse, lo cual consigue vertebrar a personajes con caracteres muy humanos.

El primer párrafo destacado puede servirnos de perfecto ejemplo. De hecho, era uno de los que empleábamos en la universidad para explicar la idea bajtiniana de "dialogismo interno", que vendría a poner un nombre a ese concepto de lucha de voces dentro de los mismos personajes. Lo curioso y lo poderoso de Dostoievski no es solo la lucha permanente de las voces de sus personajes y de su indecisión, sino el diálogo que los mismos personajes establecen con sus pares a través de la anticipación. Cuando Makar describe su cuarto, nos es imposible imaginar un espacio más incómodo, sucio y diminuto. Makar es consciente de su destinatario y, tratando de no mentir y al mismo tiempo quedar bien con su Varinka, rápidamente se anticipa a esa sensación de sordidez que la descripción del lugar, tal cual él lo ve, va a despertar e intenta, entonces, venderlo como un espacio agradable eligiendo muy bien adjetivos y expresiones completamente opuestos a los dictados por toda lógica: clara, limpia, apañadita, cómodo, espacioso, contento, plena modestia y placidez,...  Son estos detalles los que hacen que Dostoievski sea un clásico de la literatura y todo un maestro a la hora de redactar historias. Hay un gran respeto aquí por los personajes y por el tipo de discruso escogido. El escritor se introduce en la piel de sus personajes y desde ella selecciona hasta la última palabra, entendiendo en cada ella un engranaje capaz de propulsar el texto. El trampantojo del realismo está construído con total minuciosidad y el nivel al cual podríamos profundizar en la prosa de este señor parece no conocer límites.



viernes, 14 de diciembre de 2018

Nuestra señora de las tinieblas, de Fritz Leiber



Franz Westen es un escritor profesional que ocupa buena parte de su tiempo novelizando por encargo un programa de televisión de terror sobrenatural llamado Profundidades extrañas. Franz es un personaje peculiar. Ha sufrido diversas crisis tras la muerte de su esposa que lo llevaron a beber desmesuradamente y a vagar de un rincón a otro de San Francisco y, aunque ya parece rehabilitado, el dolor del recuerdo lo sigue llevando a tomar decisiones un tanto impulsivas. Vive un edificio del centro de la ciudad con dos de sus mejores amigos (un médico drogadicto y un oficinista de color) y su amante (una joven y enigmática música). Con ellos comparte los detalles de su investigación, la cual ocupa la mayor parte de su día a día y que se centra en el estudio de dos misteriosos libros que compró no sabe bien dónde en una de sus borracheras. En estos dos textos ficticios, así como en la atmósfera del San Francisco de los años 1970s, se centra la historia de esta novela de terror psicológico con tintes pulp. 

El primero de los volúmenes es un ensayo firmado por un tal Tiberio de Castries. Aborda la problemática de la masificación de las ciudades estadounidenses en el primer tercio del siglo XX y establece curiosas teorías sobre la maldad inherente a las mismas. Las naturalezas muertas de las ciudades, es decir, la acumulación de cadáveres, hormigón y estructuras frías, traerían consigo, según de Castries, la materialización de unas poderosas entidades parapsicológicas, capaz de atormentar a aquellos que se atrevan a coquetear con ellas y a descubrir su existencia. Las entidades parapsicológicas serían los productos fantasmales físicos de la contaminación atmosférica, el odio y la manipulación hasta sus últimas consecuencias de la naturaleza por parte del hombre proporcionándole estados anímicos depresivos y autohirientes. Esta teoría de De Castries, conocida como la Megapolisomancia (así se titula también su escrito), le habría servido a su autor para conformar durante los años 1920s toda una sociedad secreta de ocultismo y oscurantismo en la cual habrían estado inmersas diferentes personalidades del mundo de la literatura como Ambroise Bierce o Jack London. Sin embargo, la falta de pruebas del gurú de la megapolisomancia habría llevado posteriormente a su desintegración, aunque también a las extrañas muertes de sus miembros principales. 

El segundo libro, atado por un hilo a Megapolisomancia, se trata del diario de un admirador escéptico de De Castries. A pesar de no especificarse en los inicios de la novela, muy pronto sabremos que también se trata de un famoso escritor de terror que habría viajado a San Francisco en su juventud y pronto habría tomado la determinación de no volver a abandonar más su localidad natal rural hasta el día de su muerte. Este escritor habría accedido a desplazarse hasta San Francisco para buscar a De Castries debido al extraño comportamiento de uno de sus amigos y miembros de la secta. Su objetivo: comprobar hasta qué punto es cierta la alocada teoría mitológica de De Castries sobre la materialización física de la maldad de las ciudades y las actitudes sanguinarias de las supuestas entidades parapsicológicas. Lo que encontrará el escritor es a un De Castries venido a menos, sin discípulos y completamente ido de la cabeza.

Al tiempo que Franz Westen, nuestro protagonista, va indagando en estos y otros detalles, se desarrolla su vida cotidiana en un aura de misterio, que no sé muy bien por qué, pero me recuerda muchísimo a las películas neo noir de los 1980s y 1990s. Quizás se deba a los sospechosos diálogos que parecen bastante más simples de lo que en el fondo son y a ese hincapié del autor en perfilar, al tiempo que desarrolla la teoría de De Castries, cada rincón de la mítica ciudad de la Costa Oeste. Leiber pone en contraste el San Francisco de la Belle Époce y el de la presidencia de Richard Nixon, conformando una trabajada panorámica del lugar y convirtiéndolo no solo en un personaje más de la narración, sino en un uno de los principales y más enigmáticos. Este interés focal en San Francisco será la delicia de quienes allí ya han estado, pues podrán recrear en sus viajes los largos y angustiosos paseos de Franz Leiber a través de cada calle, parque o bulevar que cruza. Sin embargo, si el interés del lector está fuertemente proyectado sobre la trama del libro de De Castries y poco o nada le atrae San Francisco como ciudad, es posible que tantas descripciones y detalles le resulten tediosos. No ha sido mi caso, pues siempre me he declarado un gran entusiasta del urbanismo. La planificación y la estructuración de las ciudades es algo que me atrae desde hace muchos años y que habría estudiado en la universidad si no existiera una carrera de literatura. Por lo cual, agradezco y disfruto hasta el último detalle de este esfuerzo megalítico de Leiber por dotar a su novela con una atmósfera como esta. 

Por otro lado, como podéis imaginar, estamos ante una novela con muchísimo trabajo de investigación literaria. Nuestra señora de las tinieblas es una historia donde la metaliteratura, la narrativa de terror de la índole más lovecraftiana imaginable y las teorías sobre el devenir del mundo en la masificación urbana se funden dando lugar a un texto extraño, digamos weird, pero con consistencia suficiente para resultar satisfactorio. Hay en la novela numerosas referencias a escritores y escritoras (algunos y algunas poco conocidos, aunque reales), a sus vidas, a sus obras, a sus relaciones con las ciudades y el miedo. Pero sobre todo, hay referencias a sus muertes. Me he sentido impulsado a leer muchas biografías, pequeños artículos y reseñas sobre estos escritores que Leiber va mencionando a lo largo de la novela. No lo he hecho porque fuera necesario para disfrutar Nuestra señora de las tinieblas, sino más bien por curiosidad, para potenciar la experiencia de la lectura y para agrandar un poco más si cabe mi inmensa lista de pendientes. Cuando uno indaga un poco, se vuelve sencillo establecer similitudes entre los autores reales y entre su representación como personajes dentro de la novela. Cada vez se torna más y más sencillo creernos la conspiración imposible propuesta por Leiber a través de la sociedad cuasimasónica de De Castries. Y eso tiene mucho, pero que mucho mérito.

Sin embargo y a pesar de la estructura circular y el foreshadowing constante de los elementos más diminutos (me quedo aquí con la trituradora de papel del capítulo 5 como el más representativo), el texto presenta numerosas inconsistencias. El final es decente, aunque algo vacío y cogido con pinzas en mi opinión. Ciertas problemáticas relacionadas con San Francisco y De Castries no llegan a resolverse nunca. Lo mismo ocurre con el desarrollo de las relaciones de De Castries con su séquito de intelectuales. No es nada malo dejar incógnitas y espacios en blanco, especialmente en la narrativa de terror, pero me hubiera gustado personalmente ver un poco más de desarrollo en ideas tan trabajadas previamente. Por otro lado y más allá de los gustos personales, tenemos que dejar claro que algunas escenas se sienten excesivamente sosas, especialmente algunos diálogos que no van a parar a ningún lado y que solo tratan de aportar ese halo de misterio a la vida cotidiana de Franz y sus amigos. Son fragmentos concretos de diálogo, fáciles de localizar en el texto, pues se siente excesivamente artificiales. Rompen con toda verosimilitud del relato y lo dinamitan desde dentro. También queda el problema de que si la novela se lee con detenimiento, es posible predecir buena parte de los sucesos de los próximos capítulos, por lo que, a pesar de la originalidad del tema, quizás no quede demasiado margen para la sorpresa. En definitiva, una novela diferente, memorable y casi perfecta para los lectores más atrevidos. Si estás buscando algo diferente en el género de terror, este quizás sea tu libro. Tenéis otra reseña en Das Bücherregal, donde descubrí este título y muchos otros, por lo que os recomiendo, como siempre, pasaros. 

PD. Lamento no haber podido aportar nada a esta Esquina el último mes. He atravesado numerosos problemas de índole personal que no me han permitido casi ni leer; mucho menos escribir. Espero subsanarlo en el tiempo libre que me permiten las vacaciones de Navidad, acogiéndome a mi particular espíritu grinch y encerrándome en el cuarto a leer hasta que acaben los villancicos y los niños del parque dejen de tirar petardos. Un saludo, gracias por dejaros caer en esta Esquina y namasté.






jueves, 15 de noviembre de 2018

Tsugumi, de Banana Yoshimoto



A pesar de haber leído Kitchen recientemente y aunque fuera una obra que no me entusiasmara lo más mínimo, sí es cierto que atisbé en la escritura de Banana Yoshimoto algunas muestras de un talento incipiente. No me equivocaba. De los batacazos de su ópera prima no queda ni rastro en Tsugumi. No hay esa prisa ridícula por matar personajes importantes, ni se sienten estos como meros arquetipos, no hay tampoco incursiones de elementos weird en la narración sin venir estos a cuento, no hay estructuras circulares predecibles, ni, por supuesto, ese lenguaje adolescente tan molesto de Kitchen. ¡No! Y gracias, porque vaya perlita de primer libro se marcó...

Tsugumi no se parece en nada a Kitchen. Si no fuera porque Yoshimoto tiene sus marcas de escritura casi diría que el libro lo hizo otro. Esta vez nos trae una novela seria y humilde, exenta de ese dramatismo barato de esos, llamémosles, relatos que tanto sueño me dieron la otra vez.  Una novela de autoaprendizaje, de transición entre la adolescencia y la edad adulta, que encuentra en la narración de lo cotidiano un pilar al cual asirse. Una novela que, a pesar de contar con ciertos tintes de la narrativa sentimental o de temática amorosa, me ha encantado. Y que conste que yo detesto ese género con toda mi alma. Sin embargo, el aplomo en la creación de personajes y su trasfondo llevado a cabo por una Yoshimoto inspirada es digno de alabanza. El amoldamiento de los mismos personajes a su entorno también está muy conseguido y hace que nos sumerjamos dentro de la historia sin mucha dificultad. No es complicado sentirse una integrante más de las primas Yamamoto, quienes ocupan los papeles centrales de nuestra historia.

La novela lleva como título el nombre de una de ellas, la más rebelde y protagonista: Tsugumi. Ella es quien lleva la batuta de lo que las demás hacen a su alrededor en el hostal Yamamoto, situado en una pequeña villa de la costa este nipona (península de Izu). Tsugumi tiene una enfermedad crónica y eso le lleva a tratar a todos con un humor de perros. Es la típica niña rica mimada que hace lo que sea para salirse con la suya. No pierde la oportunidad de herir a los demás y no tiene un interés fuerte por nada salvo por su vida. Aun así fantasea continuamente con su muerte. ¿Su objetivo? Ganarse la preocupación de sus familiares y con ella todo tipo de caprichos. 

Conocemos su historia, pero no de primera mano, sino de parte de su prima Maria, quien ejerce como voz narrativa homodiegética en la novela. De esta forma, nuestra visión de Tsugumi es parcial y se dará solo a conocer a través de la particular relación de devoción/repulsión que la vincula con Maria. Ambas primas habrían crecido juntas en el hostal del pueblo, además de otra más llamada Yoko, pero el tiempo apremia y Maria debe marcharse a Tokio con sus padres para comenzar sus estudios universitarios. Un año después, es invitada a pasar un último verano en el hostal, ya que su tío va a venderlo para montar un "próspero" negocio en la sierra. Nada ha cambiado entre Tsugumi y Maria. O eso parece.

El tema del cambio vital viene acompañado en esta Bildungsroman por el del amor. Tsugumi centra buena parte de su historia en dos tramas románticas dignas de mención por su complicada naturaleza, pues la primera representa al Viejo Mundo y la segunda al Nuevo. Dos generaciones y dos situaciones muy dispares que se narran con distintas resoluciones. Por un lado, tenemos a los padres de Maria, una pareja de amantes fuera del matrimonio que deciden luchar durante años y años de pleitos para poder acabar juntos. Por el otro, el complicado romance de verano entre Tsugumi y el hijo del propietario del nuevo hotel que están construyendo en el pueblo y al cual muchos odian, Kyoichi. Si en ambos se hace patente que el amor requiere un esfuerzo, en el segundo se deja claro que este amor no es para siempre y que pueden existir sentimientos más poderosos como, por ejemplo, la venganza. El amor no tiene poderes sobrenaturales ni interfiere en la salud física de las personas. No es redentor y a veces suele conllevar tantos problemas como alegrías. Esta visión tan mundana y tan lejos del idealismo propio de este tipo de historias es la que me ha mantenido pegado al libro buena parte de la novela. Toda una delicia que me quita ese mal sabor de boca que me había dejado Kitchen. Repetiremos con Yoshimoto pronto; tengo varias ediciones de sus obras esperando. Tenéis otra reseña en la página especializada de literatura japonesa Koratai.

Reseñas de otras obras de Banana Yoshimoto en esta esquina: Kitchen, Sueño profundo, N.P., 



lunes, 12 de noviembre de 2018

Holetes, de Maximiliano Barrientos




Tero y Abigail son dos estrellas porno retiradas que un día deciden abandonarlo todo y fugarse en coche hasta que se queden sin un duro. Con ellos irá Andrea, la hija de Abigail con otro hombre. Por raro que parezca, esta no es una huida romántica. De hecho, casi no parece una huida, pues los protagonistas se ven continuamente asediados por los recuerdos de sus pasados y no parecen estar del todo cómodos con ellos mismos ni entre sí. Tero detesta hasta cierto punto a Abigail y viceversa. Y aunque mientras tanto Andrea intente disfrutar de una especie de vacaciones, nota la tensión del ambiente en el que se encuentra. Esta unión interesada es un intento de construir por encima de un intento de olvidar. Barrientos toca una infinidad de lugares comunes para lanzar un replanteamiento necesario del viejo tópico literario del homo viator (ese que hace su camino al andar). Esta apreciación se hace evidente en el momento en el que un cuarto personaje en discordia lo señala:

"No se fueron para escapar, sino para fabricar un pasado en común.
Todo viaje es la construcción consciente de un pasado. Se dejan atrás lugares impersonales (hoteles, cafeterías, bares, estacionamientos, lavanderías) para inventar lugares íntimos."

Este hecho, tan característico, es el que llama la atención de un excéntrico director de cine que empezará a entrevistarlos para recopilar material con el cual poder rodar un documental/reality show donde expondría la vida cotidiana de dos ex miembros de una industria tan polémica y a la vez tan consumida a través de la experiencia de su viaje en carretera. Y esto es lo verdaderamente curioso del juego narrativo. Lo que nos muestra Barrientos no es la interrelación directa de los personajes, sino lo que cada uno le cuenta al director, así como las notas de este último, sus sospechas, miedos y deseos. Es en esta polifonía sobre la cual está cimentada la novela y hay, por supuesto, en ella mentiras, insinuaciones, metáforas, momentos completamente fantásticos y vacíos de información que el lector decide si llenar o no.  Cada capítulo se divide en varias entrevistas donde solo leemos las apreciaciones de los personajes filtradas por la escritura del director. Fuera de cada toma quedan cortadas las preguntas del director y toda la morralla (la vocal de relleno en español "e", la repetición hasta la saciedad de estructuras similares, las coletillas, etc.). Con este sistema basado en el lenguaje oral pulido deberíamos esperar unas marcas propias del lenguaje de cada personaje y, aunque las hay, no llegan al punto de resultarme totalmente convincentes. ¡Me hubiera gustado ver más! A mi forma de verlo está demasiado pulido por parte del director y al principio cuesta hacernos a la idea de qué tipo de texto estamos leyendo. Quizás esto se haya corregido en una versión posterior a la mía (que sé que existe y por la cual agradezco al autor y a los editores).

Las historias de los personajes son verosímiles, a pesar de la interrupción de algún que otro acontecimiento fantástico. Sorprenden porque la dureza implícita en ellas no siempre está relacionada con la tradicional turbiedad de la industria pornográfica. Algunos de los problemas vitales de Tero y Abigail son tan comunes que podrían ocurrirle a cualquiera. Y eso ha sido un punto a favor de esta novela. Otro lo ha constituido su brevedad. Hoteles es una historia rápida, con capítulos muy cortos y tremendamente adictivos. Las partes más pesadas, pero también lógicamente con más chicha, son las innumerables notas del director. En ellas no solo hay reflexiones constantes sobre lo que le sugiere cada uno de los entrevistados, sino que, además, se introduce cómo estos encuentros cargados de significado afectan a su propia vida y, más concretamente, a su relación sentimental. En su caso, fruto más de la conveniencia que del amor, guardando así, hasta cierto punto, una similitud con los vínculos entre Tero y Abigail en su viaje y entre cualquiera de ellos y otras personas en su trabajo. Hoteles es una muy buena novela que no debéis perderos. Tenéis otras reseñas, algo distintas, en La Tormenta en un vaso y La antigua Biblos.



lunes, 5 de noviembre de 2018

El día que la vea la voy a matar, de Guillermo Fadanelli



A veces uno tropieza con libros inusuales como este. Libros que no aspiran a mucho y donde convergen la escritura automática con situaciones de lo más variopintas y un sentido del humor llamémosle áspero. No voy a mentir, no soy un gran fan de este postvanguardismo literario que nos propone Fadanelli. Entiendo su intención. Creo atisbar el mensaje que trata de transmitir. Sin embargo, tengo un enorme conflicto con la forma de transmitirlo porque sospecho que no es la idónea para esta clase de obras. El día que la vea la voy a matar es un libro donde se intercalan relatos, microrrelatos y otro tipo de escritos que no sabría muy bien cómo clasificar. Hay en ellos tanto denuncia social como política y religiosa. Bastante ácida, pero de escasa profundidad. En definitiva, nada que no hayamos visto en un post de Facebook. Hay también una materialización de los deseos y los miedos de su escritor y de las personas que lo rodearon durante la redacción del volumen. Autoficción es la palabra. ¿Qué os voy a contar? ¿Que está centrada en la complejidad de vivir en una sociedad bicéfela y de doble moral donde lo tabú es revolucionario y donde la palabra "revolución" viene tildada con matices que se trasladan desde lo más necesario hasta lo más doloroso? ¿En la complejidad de llevar una vida bajo el influjo constante de la violencia y de la jerarquía de poderes hombre/mujer, maestro/alumno, blanco/negro, Dios/hombre? ¿En la compleja necesidad humana de desear el imposible y despreciar el posible deseado? ¿De odiar y amar la soledad y la compañía? ¿Con qué fin? También tenemos un intento de ser cómico a partir de lo vulgar y una especie de obsesión insana y cansina con la masturbación y el asesinato. Recordé por momentos a un Chuck Palahniuk poco inspirado y alejado de sus personajes, y cuando hablo aquí de longitud lo hago de distancias kilométricas. La frialdad del humor recuerda a Foster Wallace, solo que Fadanelli es mucho más simple, lo que le da al asunto mucha menos gracia. Aunque supongo que su intención es precisamente crear este efecto de pérdida de tiempo. En la página de la editorial no dudan en definir el libro como literatura basura. ¡"Atractiva malformación" le llaman a la broma!

Hay lectores que disfrutarían mucho con El día que la vea la voy a matar, pero no ha sido mi caso. Mi experiencia ha sido algo similar a desayunar cebollas crudas. Las ideas e imágenes se me han repetido una y otra vez hasta el punto de que el conjunto me parecía una especie de vertedero de relatos a medioconcretar, sin pulir, sin esperanza de encontrar un final satisfactorio. El estilo del autor tampoco ayuda, pues es excesivamente culto para las situaciones que plantea, lo cual nos saca de contexto una y otra vez. Personajes que argumentan sobre filosofía política o de la identidad mientras se sacan el miembro para escandalizar y cosas por el estilo. Acaba resultando muy gamberro, muy punky, pero también muy inverosímil. Choca al lector en un primer momento, pero tras cinco o seis relatos uno se harta de forma considerable. Lo cierto es que acabé el volumen por su brevedad. Sin embargo, estuve tentado de dejarlo varias veces. O de saltarme partes. La sensación de leer historias que ya había leído hace tan solo diez minutos estuvo presente en todo el proceso. 

Fadanelli quería buscar una forma de expresar las preocupaciones de la vida cotidiana de los marginados (los yonkis, las prostitutas, los delincuentes, ...) y sus duras condiciones. Este escrito me recuerda mucho al Movimiento McOndo, grupo de artistas latinoamericanos postboom que querían señalar los numerosos fallos y problemas que el "Realismo Mágico" tenía a la hora de construir el imaginario extranjero de Latinoamérica. Incluso hay en El día que la vea la voy a matar algunos relatos que se vuelcan contra la obra del mismísimo García Márquez en una mezcla de homenaje y crítica. Se nota el gran aprecio profesado hacia el colombiano por un aumento severo del respeto (y de la correción política) y una reducción de las gamberradas previas. El detalle, como mínimo, fue curioso. Hay que destacar que el libro pretende tener gags de humor. Digo pretende porque yo no me he reído casi nada. Y yo me río con prácticamente cualquier tontería. En serio, hasta con los vídeos de gatitos.