jueves, 25 de abril de 2019

Hipnos, de Javier Azpeitia



Beatriz Vargas Duval es una joven psiquiatra que se ha doctorado recientemente y que, con una carta de recomendación del tutor de su tesis bajo el brazo, acude a un sanatorio a orillas de la costa brava, en Cadaqués, esperando encajar en su primer empleo. Una vez allí, una serie de acontecimientos la pondrán sobre aviso de que algo no va del todo bien en la institución. Las conversaciones frívolas y clandestinas de médicos y enfermeros, las declamaciones horripilantes de algunos pacientes, la sensación de que nadie mejora ni escapa de aquellos dulcificados barrotes tras los que el mar impertérrito los mece y, sobre todo, la particular visión de la hipnosis que tiene el director del centro, el doctor Von Hagen, y que comentaremos más abajo, la llevarán a elucubrar toda una serie de sospechas tras las cuales se oculta una conspiración colectiva íntimamente relacionada con la alta tasa de suicidios que viene sacudiendo el lugar desde hace ya un tiempo. 

Vayamos por partes, porque la obra es breve, pero tiene muchísimo sobre lo que discutir. Lo primero, ganó en su día el Premio Hammett de Novela Negra, pero no es una novela policíaca o de detectives. Es una novela negra al uso, como aquellas sobre las cuales se acuñó el término. Hay conspiraciones, asesinos, elementos cuasisobrenaturales, enfermedades mentales severas, coqueteos con las drogas, sexo, sangre y noches de oscuridad y esquizofrenia. Se nos pinta una atmósfera propia de un thriller de Netflix. No por nada, me recordó muchísimo a La cura del bienestar, filme con el que guarda en común buena parte de la trama. Eso sí, mucho más salvable.

Posee estructura ágil e in crescendo que, como achaca algún crítico de la contraportada, es hasta cierto punto hipnótica, o pretende serlo. El ritmo de la narración, con sus giros y el buen uso del narrador en segunda persona del singular atrapa con facilidad al lector. Este narrador es atípico en la narrativa de ficción. Pocos son los ejemplos que se me vienen a la mente más allá de la conocidísima Aura de Carlos Fuentes. Y esto es porque son escasas las ocasiones en las que puede justificarse como recurso. En este caso funciona si entendemos la obra y la literatura tal y como nos la propone Javier Azpeitia. Es decir, como una sesión dirigida de hipnosis, donde abandonamos nuestros cuerpos para transportarnos a los de otros, dejándonos llevar por las palabras mágicas del guía, esto es, del escritor. La literatura a la par que la hipnosis como distanciamiento de las anodinas o estresantes vidas de los lectores con sus problemas particulares, como acción que permite al cerebro coger aire para poder volver y resolver de la mejor manera posible esos mismos problemas, pero también como inmenso recreo al que cuesta poner el punto y final, donde se trabaja y se descansa a la par, en justo equilibrio con uno mismo. 

Por otro lado, Azpeitia gestiona de una forma muy brillante todo lo relativo a las incógnitas y el desmascaramiento de los personajes y sus auténticas intenciones. Un elemento propio de toda novela negra que se precie: la inmersión en lugares hostiles donde un protagonista ajeno debe hacer frente a personajes que no son lo que dicen ser. A todo esto, deberíamos añadirle la sensación constante que experimenta la protagonista de sentirse vigilada. Y aquí, Azpeitia juega con nosotros a piedad. Nos da a entender que ese narrador en segunda persona que describe todos y cada uno de los movimientos y sensaciones de Beatriz es quien la persigue, físicamente hablando, para luego espetarnos que nos equivocamos, que debemos rectificar, tachar la nota del post-it mental que hemos escrito hace veinte minutos y que tantos quebraderos de cabeza nos daba. Y eso nos devuelve de nuevo a la angustia y a la pregunta de quién narra y cómo sabe todo lo que hace nuestro frágil personaje. Esta será una pregunta que no debemos obviar. Al menos es lo que más me ponía los pelos de punta: quién narra. Pues bien, deciros que solo lo sabréis una vez concluyáis la obra. No es el primer escritor en jugar con esto tampoco, pero no será el último. Una experiencia similar es la que se tiene al leer La espada de los cincuenta años de Mark Z. Danielewski, que ya alabé aquí hace unos años por su fructífera experimentación. En este cuento largo -por llamar al libro de alguna forma- el problema devenía en que no había un narrador incógnito, sino cinco y que mientras contaban una particular historia de terror sobre la venganza se lanzaban pullas los unos a los otros, inflamando más y más el ambiente con cada palabra hasta que este se sentía poderosamente cargado y opaco. 

Los personajes no son lo que dicen ser, pero Beatriz tampoco es una criatura honesta, o no pretende serlo dentro del relato. Es una huérfana, hija de una actriz famosa asesinada ("cosida a puñaladas") hace mucho tiempo y de padre "presumidamente" desconocido. La falta de amor que ha tenido en su infancia se materializa a lo largo de la novela en una fuerte atracción por la autodestrucción. Posee un instinto completamente masoquista, tanto en el sexo como en la vida. Busca ser humillada y pisoteada, o, por el contrario, humillar y pisotear a los demás. Es una adicta a la sangre y al dolor y a las pastillas que ella misma (se) receta y sin las cuales sufre poderosamente: diazepam, artane, clonazepam, ... Busca relaciones peligrosas y degradantes: Von Hagen, Villalta o el mismísimo Alesandro Stefanini (recluido en el sanatorio por haber puesto fin a la vida de su mujer y sus hijos y olvidar el acto). Al mismo tiempo que sucede todo esto, trata de aparentar ser una persona normal, mantener el tipo y cuidar de otros, como cuando sale y se emborracha con la enfermera Frederike o trabaja en las sesiones de hipnosis junto a Von Hagen para tratar de encontrar la cura de los brotes de agresividad de Stefanini. 

Hay momentos también en los que Hipnos no parece una novela negra. El autor coquetea con el romance soñado de los manicomios al más puro estilo F. S. Fitzgerald en Suave es la noche. Es imposible para un lector avezado no recordar mientras lee sus páginas la tóxica y descompensada historia de Dick y Nicole mientras Beatriz flirtea con Von Hagen en las partes II y III de la obra. Estando en mitad de la obra, Azpeitia casi nos saca de esa tensión constante y si no fuera por aislados incidentes (alguno presentado como prolepsis o flash forward), sería difícil imaginar cómo va a acabar la historia. En Hipnos pervive toda una tradición de novelas sobre manicomios y recrea ciertos tópicos (los locos cuerdos, los médicos locos, el aislamiento forzoso del protagonista, las torturas injustificables, etc.), pero la forma de hacerlo es lo que la hace una buena novela. Como tópico general, podríamos usar ese que aquí en la Esquina nos gusta tanto y que a falta de un nombre técnico llamamos "de mal a peor", en el sentido de que el ambiente se nubla poco a poco, sobre todo pasada la primera mitad del texto, y el patetismo (pathos) se engrandece a medida que vamos llegando a un final bastante satisfactorio.

Hay en Hipnos varios momentos de posible inflexión descartados que me recordaron a las novelas de Adolfo Bioy Casares que he leído, especialmente a Dormir al sol que se ambienta también en estos espacios y que aborda también temas de experimentos asombrosos. El más importante se produce cuando Von Hagen desvela los motivos y creencias por los que somete a sus pacientes (y especialmente a Stefanini) a una cada vez más cruel sesión de hipnosis. Pudiendo explicarlo yo, prefiero que hable el personaje. Escuchemos: 

"—Primero reconstruimos el futuro. Luego intentamos que el paciente pase a asimilarlo como algo perteneciente a su pasado, que su inconsciente se convenza de que ya ha ocurrido, sin traumas, para que deje de dirigirse hacia él;  para que deje de buscarlo. El futuro, visto así, es un motor imparable: debe suceder. Y sin embargo existe la posibilidad de moverlo, de trasladarlo al pasado, de incluirlo tanto en el consciente como en el inconsciente de los pacientes. Si un hombre sabe que ya ha realizado ciertas cosas, dejará de procurarlas, las despreciará como se desprecian los logros y los fracasos una vez cometidos. Es un efectivo juego de ficción que emerge a la realidad, una añagaza que evita el destino."


Este giro es una puerta neofantástica que se abre, a la que nos asomamos y por la que casi cruzamos en unos momentos en los que la naturaleza final de la novela no está definida y en la cual los elementos propios de la novela negra todavía no han empapado el texto. Desgraciadamente, esta vía se trabaja escasamente en la obra y la obsesión de Von Hagen solo se muestra como pretexto para garantizar el posterior fin del personaje y su transición al papel antagónico que debería corresponderle como individuo de mayor poder dentro de su clínica. 

No quisiera postergarme mucho más. La novela es demasiado breve como para eso. En definitiva, una buena obra que engancha y que posibilita una lectura en varios niveles. Entretenida y bien construida. Otra cosa: ¿alguien sabe si la adaptación fílmica que hicieron en 2004 es igual de recomendable? En Filmaffinity le otorgan una nota bastante mediocre, lo cual no indica nada a fin de cuentas. La única reseña que merece la pena de entre las pocas que he podido encontrar sobre la obra es la de Raúl Cazorla en Radiaciones, donde vinculan el desarrollo de la trama y su protagonista con la tragedia grecolatina clásica por el fuerte componente del destino en la misma. 

Y ya saben, cuídense, coman con moderación, lean mucho y namasté.




viernes, 12 de abril de 2019

La ciudad feliz, de Elvira Navarro



"La ciudad feliz" es una novela. Una novela con la que Elvira Navarro ganó el Premio Jaén de Novela en 2009. Bueno, no soy del todo honesto. La verdad es que "La ciudad feliz" NO es una novela o, a mí por lo menos, me parecería poco sólido llamar a "La ciudad feliz" novela, a pesar de que ganase el prestigioso Premio Jaén de NOVELA y os voy a explicar por qué. 

Una novela suele tener una trama ficcional con diferentes escenarios donde los personajes van interactuando y evolucionando de alguna forma a lo largo de la misma, diferenciándose del relato en el espacio, el tiempo y la profundidad psicológica, sociológica, filosófica o política destinada por el escritor o escritora para expresar diferentes ideas que se concatenan las unas a las otras. Podemos entender la novela como sombrero maravilloso y hablar de que todo en ella puede valer. Hay escritores y teóricos que se decantan por definiciones más versátiles y plurales del término novela y que encuentran obras a emplear como ejemplo de respaldo. Sin embargo, la libertad a la hora de usar etiquetas genera un problema de dispersión: el del "todo vale". ¿Cualquier obra ficcional sin unas reglas fijas y con una determinada extensión no confundible con la aproximada del relato debe ser sí o sí una novela, independientemente de lo cuente, independientemente de su estructura, de sus formas, modelos y tratamiento de personajes? Yo soy de los que piensa que no, o que, al menos, no debería. Pero con esto no quiero decir que "La ciudad feliz" sea una mala obra o que no mereciera el prestigioso premio porque a mí no me salga -ni me pueda salir- de las narices llamarla novela. "La ciudad feliz" es una obra de una calidad altísima, detrás de la cual nos resulta imposible obviar el duro trabajo de Elvira Navarro. Pero atendiendo a lo dicho anteriormente, una novela como tal no es. 

Esto se debe a que la autora divide la acción en dos partes donde toma a dos amigos como narradores, aunque la distancia entre ambos se sienta enorme, sobre todo tras la lectura de "La orilla", la segunda mitad. Y eso es porque Navarro nos engaña como lectores en el buen sentido de la palabra, pues la amistad entre estos dos personajes centrales es completamente indiferente de cara a lo que nos va a contar. Lo cual no deja de ser una propuesta muy inteligente y de la que más de algún escritor podría tomar notas.

Como digo, los narradores de "La ciudad feliz" son dos:

  • Por un lado, tenemos a Chi-Huei, un niño que ha emigrado a España con su familia para que su padre pueda escapar de la ley hacerse rico con el típico restaurante tradicional asiático-occidental capitalizado en la idea de lo que al resto del mundo fuera de China piensa que es China. Allí venden, o tratan de vender, ese arroz tres delicias que tanto nos gusta. La familia de Chi-Huei viaja al otro lado del mundo presa del European Dream y allí se choca con la cruda realidad del engaño y de la estafa, pues quien les ha cedido el local, prometiéndolo completamente equipado, en realidad solo le ha faltado llevarse el cobre de las tuberías. Esto obliga a la familia inmigrante a establecer un duro régimen de trabajo, sacrificio y ahorro. Y a intercalar el arroz tres delicias con pollos asados en un local con una decoración que impide identificar de cualquier forma la naturaleza del establecimiento. 
  • Por otro lado, tenemos a Sara. Es una chica española de la edad de Chi-Huei y que un día tiene un encontronazo con un vagabundo, lo que la llevará a cambiar sus ideas sobre el mundo que la rodea. He de decir que esta historia me recordó mucho, al principio, a un relato de Samanta Schweblin archiconosidísimo al ser uno de los mejores de su producción. Me refiero a "Un hombre sin suerte", con el que la argentina ganó el Juan Rulfo, y que pueden encontrar en "Siete casas vacías". Los que leyeron dicho relato se pueden hacer una idea de por donde irá la trama de Sara y su complicada y desaprobada relación con el "indigente", que como luego se dirá no es tan indigente, aunque eso ya no viene al caso.


Como digo, la historia de ambos se construye de manera independiente, a pesar de los evidentes hilos comunes que se puedan trazar entre las narraciones. Sin embargo, la extensión de cada historia es insuficiente como para llamarlas novelas. Por ello, el término que preferiría usar aquí es el de "relatos comunicados" porque si bien cada uno aporta información sobre el otro (en "Historia del restaurante chino Ciudad Feliz" se presenta quien es Sara y en "La orilla" se descubre la causa de su extraño comportamiento de cara a Chi-Huei y el resto de sus amigos); los textos se pueden leer de manera independiente. Y sí, el lector al hacerlo puede perder información poco relevante o incluso (y esto es una genialidad por parte de Elvira Navarro) interpretar de forma completamente diferente los detalles de la relación -por otro lado secundaria- entre Sara y Chi-Huei, protagonistas de sus respectivas historias. 

Aunque si decidimos hablar de la temática recurrente, ambas historias tienen muchos puntos en común. Esto no me garantiza tampoco el poder considerar a "La ciudad feliz" novela, porque no es infrecuente ver libros de relatos con temáticas comunes y conexiones entre sí. Un buen ejemplo de ello es "Anuncio una casa donde ya no quiero vivir" de Bohumil Hrabal. Compartir temática, además de personajes, es una buena forma de comunicar relatos y de desarrollar una suerte de progresión. Consigue que el lector no se confunda creyendo que está ante narraciones completamente ajenas, como si de otro libro se tratase. Todo conforma un mismo universo. Es un buen mecanismo que da unidad a un libro de la naturaleza que sea y que ayuda a que las ideas del autor o autora lleguen mejor a donde pretendan. 

Para empezar, el primer punto en común, en lo referente a la temática, de ambos relatos es que las historias están contadas por dos narradores en el inicio de la pubertad. Por lo tanto, como imaginaréis, el descubrimiento sexual no va a ser ignorado por la autora. Chi-Huei desea constantemente jugar con Sara y Julia a la botella y acaba sintiéndose atraído por Sara. Comienza de esta forma a apreciar el valor de la intimidad, pues no es lo mismo cuando juega todo el grupo que cuando juegan ellos tres. Por otro lado, el hecho de que Chi-Huei viese en algún momento de su infancia a Sara sin la parte inferior de su bikini y se lo señalase con inocencia y burla, despierta el primer deseo erótico de la chica, que no se siente atraído por Chi-Huei, no, sino por la situación de sentirse en su desnudez interesada por un hombre que le agrada. De la misma forma, la relación entre Sara y el "vagabundo" tiene cierta carga de curiosidad sexual por parte de la chica, aunque esta no lo concrete explícitamente como tal. También por el vagabundo, que lo primero que hace cuando dialogan es preguntarle su edad y decepcionarse al haber creído que la chica era mayor. En ambos casos, Navarro nos deja en claro lo doloroso y confuso de estos primeros intereses sexuales que (casi) siempre caen en saco roto. 

También está el tema del racismo y de la complejidad cada vez más absurda de (in)comprender la globalización en la que vivimos. El sinsentido triste de la familia china regentando una suerte de mezcla de cafetería/restaurante chino/asador de pollos siniestro porque un ladino de la otra parte del mundo la ha estafado y como hace Navarro que Chi-Huei afronte todo eso me recordó muchísimo a Orestes y sus parientes en la novela de Juan Pablo Villalobos "Si viviéramos en un lugar normal". Los chinos son tratados con desprecio silente en el barrio y los vecinos solo acuden por los regalos y porque, casi literalmente, se matan a trabajar y están abiertos a cualquier hora. Los chicos del colegio se burlan de Chi-Huei constantemente y persiguen con lupa, tanto ellos como sus padres, los errores del pobre chaval.

El racismo, la xenofobia y el odio al diferente es en líneas generales -y más en estos relatos- marca de una latente aporofobia. Esto nos lo dejan claro los padres de Sara al hablar con ese retintín de la amiga judía y el amigo chino de su hijita, con los cuales van a identificar un grado de proximidad no demasiado alejado del que atribuirán luego a la figura influyente del "vagabundo". 

Finalmente, está el tema de la lucha por el futuro y de la atracción de la muerte (representado el primero principalmente en "Historia del restaurante chino Ciudad Feliz" y el segundo en "La orilla"). Además, atendiendo a los acontecimientos de "La orilla" podríamos hablar de una más que interesante reformulación de los conceptos nietzscheanos de Eros y Thanatos. Pero vayamos por partes, como diría Jack el Destripador. Con "Historia del restaurante chino Ciudad Feliz", Elvira Navarro nos trata de comunicar lo dura y complicada que es la vida y cuánta competitividad hay en ella. Solo aquellos con una mentalidad confuciana basada en la lucha para ganar más y más sobrevive y puede aspirar a tener algún tipo de futuro, o, en su defecto, dejarle algo a sus hijos, haciendo que la estirpe prospere. Y quien no se amolde a este sistema es un completo paria, lo cual es representado varias páginas más tarde en la figura del "vagabundo" de "La orilla". El "vagabundo" es un personaje que renuncia a su futuro y a esta ética confuciana (desprecia tanto a su familia como a sí mismo) en un impulso de muerte que lo conduce a una situación de fragilidad y locura durante la cual tiene un miedo inmenso y un hambre voraz. 

Misma hambre con la que he devorado este libro que hoy os recomiendo encarecidísimamente. Podéis encontrar otras reseñas en La medicina de Tongoy (donde, por cierto, la obra no puede salir peor parada) y La tormenta en un vaso.

Eso es todo por hoy. Coman moderación, lean mucho y namasté. 

PD. 1. Casi se me olvidaba comentarlo, así que voy a tratar de ser breve para no alargar mucho más la reseña. El título de la obra, así como el del restaurante, es obviamente irónico. Aquí la alegría dura poco y eso trasciende a lo largo de ambos relatos en el tratamiento del espacio urbano. Os dejo con una descripción que aparece en el segundo de los relatos y, ahora, sí que sí, me despido:

"El barrio viejo comienza justo a partir de las escaleras de la iglesia, y lo conforman más de un centenar de calles estrechas, de trazado sinuoso, y con edificios que no suelen tener más de cinco pisos de altura. Muchas fachadas comienzan a inclinarse; algunas están sujetas por enormes vigas de hierro que impiden su derrumbe, aunque la mayoría parecen abandonadas, como si a nadie, ni siquiera a los habitantes del edificio, les importara la suerte que pueden correr sus paredes. Todas lucen un color gris manchado, los mismos balcones minúsculos, con persianas echadas por encima de las barandas para disimular los trastos amontonados, algunos tapados con plásticos, a salvo de las lluvias torrenciales, y otros al aire, llenos de mugre. La exuberancia de chatarrería de los balcones contrasta con la austeridad de los portales, en su mayoría abiertos, en los que no hay nada, ni siquiera buzones, y también con las calles vacías y desoladas; algunas tan estrechas que solo durante el mediodía les alcanzan los rayos del sol. A veces queda un resto de fachada, y es fácil adivinar cuáles de las losetas han sido parte de una cocina, y cuáles del baño. En una de estas ruinas hay un váter blanco y reluciente, con su cisterna todavía en pie sobre un minúsculo trozo de piso." 


PD.2. Esta reseña ha sido un poco más extensa y académica que las habituales. Llevo mucho tiempo sin subir contenido regularmente a la Esquina y me gustaría saber vuestra opinión. ¿Preferís reseñas como estas (más sesudas y extensas, aunque por otro lado quizás más aburridas) o preferís que me limite a dar mi opinión y a seguir dando cuatro detalles por encima (lo que conlleva también menos trabajo y se puede traducir en un mayor número de reseñas)? También os recuerdo que este es mi hobby y que redacto aquí por amor al arte. Por otro lado, ¿habéis leído "La trabajadora", la otra 'novela' de Elvira Navarro? Si es así, qué os parece.




martes, 26 de marzo de 2019

Trabajos forzados, de Daria Galateria




Nadie podrá negar que el oficio del escritor sea arduo y complejo. Ninguno de los grandes nombres de la historia de la literatura nació con reconocimiento dentro de esta y, para la inmensa mayoría, llegar a donde acabó resultó ser toda una odisea. Batallas constantes entre la pasión de escribir y la supervivencia, entre el sueño personal y el frío certero de la situación de cada uno, son descritas, y de una forma bastante entretenida, en este libro pseudobiográfico firmado por Daria Galateria. Digo pseudobiográfico, aunque podríamos hablar también de anecdotarios, según el caso. La investigadora elige y selecciona momentos de la vida de cada autor. De unos suelta prácticamente la vida completa, mientras de otros se centra en comentar solo episodios representativos de quiénes son y por qué escribieron lo que escribieron. Y esas cosas. Todo, por supuesto, (y eso es lo que le da la chicha al libro) ligado al ámbito laboral. 

Para quienes amamos la literatura y para quienes habremos fantaseado alguna vez con ser escritores (o aún lo seguimos haciendo) este volumen de historias es asombroso en dos sentidos:


  • De primera mano es asombroso porque desmonta mitos y leyendas en torno a la genialidad.  Tiene buena parte de tratado estético humanista. Y es que difícilmente alguien va a encontrar su primer empleo como escritor. Desempeñará previamente muchos trabajos, tendrá una amplia experiencia tanto leyendo como viendo el mundo y participando de sus duras reglas. Solo así  el arte de componer y retratar en la clave preferida lo visto, lo vivido y lo soñado cobra verdadero valor.


  • En segundo lugar, también será asombroso conocer lo humanos que eran en el fondo nuestros ídolos. Su infrahistoria más allá de sus obras y la lógica que los movían a escribir lo que escribían, a decantarse por sentarse en la mesa de trabajo en los últimos instantes del día o ya en plena noche cerrada a teclear frente a una máquina sus divagaciones. 

He disfrutado muchísimo con las anécdotas sobre muchos de ellos, especialmente de los que conocía previamente: Italo Svevo, Bohumil Hrabal, Franz Kafka, Charles Bukowski, Jack London, Céline o George Orwell. Sin embargo, me han importado poco más que nada lo que me estaban tratando decir de otros: Ottiero Ottieri, Jacques Prévent, Blaise Cendrars, ...  Y eso no se debe tanto a que no conozca a los autores, sino más bien al hecho de que no he llegado a conectar con el texto. En el caso del capítulo dedicado a Jean Giono (nuevo para mí, al menos), puedo decir que la historia me ha entusiasmado hasta el punto de releerla (lo que rara vez hago) y que el manosquins es de tirada mi personaje predilecto de todos los tratados. 

Es innegable, como decía, que es necesaria una cierta cultura literaria detrás para disfrutar este libro, pero muchas de sus historias, como la de André Malraux, (por poner así un ejemplo rápido), pueden leerse desde la más absoluta ignorancia. Esto funciona siempre y cuando atendemos a los textos como narraciones de aventuras, de desdichas, triunfos, vaivenes. A fin de cuentas, son historias sobre vidas humanas. La idea de que a veces la realidad supera a la ficción es maravillosamente tratada aquí por Galateria y solo este detalle hace que el libro merezca la pena. Y si ya a eso le añades las crónicas de cómo Céline llegó a escribir Viaje al fin de la noche, ¡entonces apaga y vámonos!

Eso es todo por hoy. Lean mucho, coman con moderación y namasté.


martes, 5 de marzo de 2019

Queridos fanáticos, de Amos Oz



Amos Oz, el más célebre escritor contemporáneo en hebreo, falleció el pasado 28 de diciembre y ojalá la noticia hubiera sido una inocentada. Se marchó uno de los autores que estaba empezando a descubrir y que más me gustaban. A pesar de que mi conocimiento sobre la historia de Israel y del pueblo judío es bastante reducido y de que Oz habla con desmesura sobre estos temas, la peligrosa capacidad para ampliar y reducir el campo de sus obras, de volverlas locales y mundiales al mismo tiempo, me tenían enganchado. No en vano, este que reseño hoy es su cuarto libro en pasar por mis manos. 

Hasta ahora en la esquina, habíamos comentado dos novelas del israelí y un relato largo. Hoy vamos a introducirnos en su faceta como pensador político y en tres ensayos recopilados bajo el título de la entrada por Siruela sobre los extremismos ideológicos y la situación del Israel actual.  Estos tres ensayos son reformulaciones de conferencias que Oz impartió a lo largo de su vida en distintas universidades y que, pese a datar de épocas más o menos dispares, se compaginan y se completan con muy bien entre sí. El objetivo principal: reconstruir la imagen del fanático y hacernos conscientes del fanatismo que arde en nosotros y de cómo combatir contra él. Son, por lo tanto, charlas descriptivas e instructivas y que buscan reconfigurar algo en nuestras mentes, ponerlas patas arriba y hacernos reflexionar sobre nuestro comportamiento diario y nuestra visión de conflictos muchas veces simplificados y mostrados desde un enfoque de interés. Parcialmente interesado.

Estos textos son:

  • Queridos fanáticos
  • Luces, no luz
  • Sueños de los que Israel debería librarse pronto

En el primero de ellos se va a perfilar la imagen del fanático. ¿Qué es? ¿Por qué existe? ¿Cuáles son sus motivaciones? Para Oz, un fanático es alguien que entiende que el fin justifica los medios. Este fin puede ser cualquier cosa: la "defensa" de un estado-nación, de un sector poblacional frente a los abusos de otro, la lucha por la conquista o la supresión de una serie de leyes y derechos sociales, la búsqueda de una redención, sea del tipo que sea, etc. Según Oz, el fanático es quien cree tener la verdad absoluta, la verdad redimible, la verdad que, según él, todos necesitamos. El hebreo piensa que el fanático busca ser un hombre público, quiero decir, el hombre más público que existe, deseando fervientemente que todos piensen como él. Se mueve hacia los demás con ese fin y trata de convencer de muy diversas maneras. Dependiendo de la paciencia del fanático, el salto mortal del amor al odio puede tardar más o menos. 

Defiende Oz:

"Todo lo que quiere el fanático es darte un abrazo del que no escaparás, sacarte de inmediato del lugar paupérrimo donde estás hundido y llevarte al lugar fantástico y sublime que él ya ha descubierto y en cuyas alturas brilla desde entonces [...]
Constantemente, el fanático se apresura a lanzarse a tu cuello para salvarte, porque te ama. Siente por ti un amor incondicional.
O, por el contrario, te aprieta la garganta y te ahoga, porque se ha dado cuenta de que, por desgracia, de verdad, de verdad eres incapaz de ser redimido. Un caso perdido. Y por tanto, sintiéndolo mucho, su deber es odiarte y erradicarte del mundo."


Uno no se convierte en fanático de la noche a la mañana. Hay todo un proceso. Empieza con las ganas de pertenecer a un grupo que reafirme la naturaleza y la identidad del individuo y su necesidad animal instintiva de enfrentarse a algo, de luchar por sobrevivir. El fanatismo es más viejo que el Sol (existía antes de que descubriéramos el fuego) y alcanza su máximo exponente en las dictaduras más referenciadas del siglo pasado. Oz solo cita a Hitler, Stalin y los japoneses, pero estoy seguro de que el lector encontrará símiles más o menos cercanos (y más o menos comparables) en su país o en el vecino. El fanatismo, pues, tiene varias caras y posee toda una escala de grises. 

Oz nos dará ejemplos de rasgos fanáticos en el comportamiento habitual de ciudadanos comunes y corrientes. Nos hablará de ese proceso de radicalización y nos dará pautas para enfrentarlo. Entre ellas, las más destacadas son el cotilleo y la literatura. Sí, ¡han oído bien! El cotilleo y la literatura y lo que tienen en común; ese interés por los demás, por vidas distintas a la del lector, nos permite ver más allá de nuestros ombligos. Descubrir que el mundo es ancho y ajeno y que la vida está por encima de cualquier propósito.

Sin extenderme mucho más, deciros que los otros dos textos están más centrados en la historia de Israel como nación y en su conflicto con Palestina y en cómo se inserta este en el espectrograma de la política internacional. Aquí Oz da su visión sobre la problemática y ataca a fanáticos de ambos sectores sin ningún miedo o pudor. No duda en decir que los judíos fueron los que trajeron el fanatismo a su país antes de crearlo. Ataca a derechas e izquierdas. Echa pestes del pacifismo, con un aura a personaje de Clint Eastwood realmente memorable. Los fanáticos del Gran Israel, así como los soldados del Estado Islámico estarían equivocados en opinión de Oz, pues son facciones que no contemplan el futuro de un mundo en el que los que hoy son sus enemigos puedan seguir existiendo. Oz habla de la posibilidad de la violencia, pero de que esta se quiere justificar mucho más de las ocasiones en las que es verdaderamente necesaria. Muchas veces se reprime en estas ocasiones y, por el contrario, brota ante las premisas más absurdas. La violencia, deriva de la agresividad y esta, como buen rasgo silvestre, no entiende de lo justo; su dominio es lo propio.

Todo en conjunto, me ha resultado un legado valioso y digno de reflexión. Cuenta con momentos especialmente bien escritos y le dejan a uno preguntas de peso, por lo que, como mínimo, diría que es recomendable. Aunque lo que más me ha gustado, ha sido tener el placer de volver a leer a Oz y de poder traeros hoy una nueva reseña. Tenía muchas ganas de escribir aquí y me alegro de estar de vuelta. Este último par de meses he estado muy liado y no he leído casi nada. Tengo pendiente comentar varios libros, muchos empezados (Pram, Trabajos forzados, Zombi, El corazón es un cazador solitario, Rant,...), y otros ya terminados (Tiempos de Swing, Farándula,...), pero que tendría que repasar para poder decir algo mínimamente de interés para cualquiera. Voy a mi ritmo. La Esquina seguirá aquí mientras no cierre Blogger. Intentaré compartir más lecturas con vosotros muy pronto. Por cierto, y para que sirva de regreso a Oz, no me despido sin recomendaros la reseña que hace Montuega en Un libro al día sobre la conferencia original del primero de los textos del volumen que comentamos hoy y que podéis leer aquí

Lean mucho, coman con moderación y namasté.

Más reseñas de obras de Amos Oz en esta esquina: Una pantera en el sótano, La bicicleta de Sumji, Conocer a una mujer, La caja negra





domingo, 6 de enero de 2019

Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg




'Tal vez alguien piense que tenía ganas de ponerme a pegar tiros porque esta historia empieza con un disparo, pero no era el caso', nos advierte Ginzburg en la nota a la novela que hoy reseñamos. Empieza, como ella bien dice, con un disparo que nos deja aturdido ya desde el momento uno. Como ese comienzo de Crónica de una muerte anunciada, en el cual ya nos dejan claro desde la primera línea que a Santiago Nassar lo van a matar y que esto es inexorable. De esta forma, Ginzburg nos presenta a una mujer atormentada por el trato de su marido para con ella. Una mujer desesperada y enamorada que opta por quitar de en medio a aquel hombre infeliz que arruinó su vida. Capta así toda nuestra atención y nos obliga a desentrañar, como en la obra de Márquez, el cómo y sobre todo el por qué.

Casi toda la novela es una narración en flashback, donde la narradora nos va dando argumentos de peso sobre su cruda decisión. Entre ellos encontramos reflejado el egoísmo de muchos hombres, la voluntad de ser infeliz y de la autocompasión, la gran mentira del matrimonio (en una época donde separarse no era algo tan sencillo), la necesidad de suplir la felicidad en pareja por el cuidado de los hijos y, sobre todo, el tema, tan recurrente en mis últimas lecturas, de la pérdida de seres queridos (o del miedo a esa pérdida). Los personajes viven en la sociedad del qué dirán y establecen una serie de puntos para su propia felicidad donde se destacan visiones muy diferentes. Nuestra protagonista ama al hombre que ha matado, pero él a su vez ama a otra. A una mujer casada y con la cual queda de vez en cuando para mantener relaciones sexuales. O quizás no la ama. El estatismo de Alberto y su eterna duda serán dos de los pilares centrales de la narración. Porque Alberto parece no amar a nadie más que a sí mismo. Sus continuas ganas de destruirse en la autocompasión de no ser mejor escritor que su amigo le convierten en un pasivo ser sufriente capaz de herirse a sí mismo y a los demás. Por otro lado, está el personaje de Francesca, quien es feliz, o intenta serlo, explorando su libertad como mujer y rechazando todo el establishment social en el que quiere insertarla su madre. 

Las visiones del amor y del sexo son muy distintas entre todos los personajes principales. Como es un tema que se explora, creo que es necesario, al menos, mencionarlo. Mientras que la protagonista afirma que solo se podría acostar con su marido, con su amor, no puede evitar sentir celos de este, pues se escapa constantemente con otra. Eso la lleva a fantasear con la idea de que el amigo de su pareja, el exitoso escritor, la posea, a pesar de no agradarle en absoluto físicamente, sintiendo una especie de vergüenza posterior por estos pensamientos que considera impuros. Por otro lado, su marido se acuesta con ella solo como placebo sustituto. Es decir, él prefiere acostarse con la otra y cuando está bien con su amante, desprecia por completo a su mujer y la ve como una carga y un error. Al mismo tiempo, Francesca intenta vivir una vida llena de pasiones sin comprometerse. Es una entusiasta del amor libre y considera que lo único importante en la vida es disfrutar. He de decir que esta visión me pareció muy polarizada y hace que el personaje se acerque a un estereotipo no demasiado halagador. Por otro lado, también debemos entender que la narradora es quien ofrece los hechos desde su perspectiva y que, por tanto, los personajes que se dibujan son necesariamente parciales. 

Otro de los temas que me gustaría destacar es el del estatismo vital y la comúnmente conocida 'estabilidad vital'. Los personajes se han casado y hasta tienen hijos, viven juntos, pero no son felices. Su vida está estancada y todos tienen miedo a evolucionar. El marido no es capaz de escribir nada bueno. La protagonista no es capaz de abandonarlo y buscar su propia felicidad. Todos desean cambiar su vida, pero ninguno se atreve. Son, al final, los hechos casuales fortuitos los que definitivamente les empujan y les llevan a tomar las decisiones que toman. Esta lucha entre el deseo y el miedo les lleva a la inacción y la realidad, que no perdona, al impulso más salvaje. 

La novelita es breve y se lee en un pispás. Cuenta con un prólogo de Italo Calvino bastante apañado. A mí, al menos, me deja con ganas de continuar leyendo más de la autora. Este año puede ser el año de Natalia Ginzburg. Para terminar esta reseña me gustaría agradecer a Oriol de Un libro al día el descubrimiento de esta autora. Tenéis más reseñas, cómo no, en Un libro al día (aunque esta no sea de Oriol), Devoradora de libros y El vuelo de la lechuza. Muy completas las dos últimas, pues profundizan mucho más de lo que yo lo hago en la obra de Ginzburg.





sábado, 29 de diciembre de 2018

Mis lecturas favoritas de 2018, algunos datos y propósito lector para 2019



 1.

Este año tenía pensado batir mi récord personal de lecturas y, aunque al final no he podido lograrlo (por los pelos), he disfrutado leyendo algunos de los títulos que posiblemente marquen mi vida como lector. Aparte de superar la marca de los 67 libros, también tenía pensado equilibrar mis hábitos de lectura leyendo a tantas escritoras como escritores tras darme cuenta de que la mayoría de los libros que había leído previamente estaban casi en su totalidad escritos por varones (alrededor del 95%). Si bien es cierto que en la educación literaria tradicional, ya se adquiera esta en la casa, en el instituto o en la universidad, tiene un canon que apenas contempla a unas pocas mujeres entre sus filas. Como si las mujeres fueran escritores de segunda por el mero hecho de ser mujer, cuando algunas son auténticas titanes de lo literario. Este año hemos vuelto a Highsmith, hemos descubierto a Fitzgerald, a Lina White, a Wharton y a muchas otras. Todo ha sido enriquecimiento y disfrute. (Bueno, menos el primer libro de Banana Yoshimoto, que me ha parecido un amasijo weird a medio concretar adolescente.) 

A pesar de haber multiplicado el número de autoras en mis estanterías, no he cumplido con este objetivo de la balanza, por lo que será el primer y principal propósito de este 2019.

El reparto de libros leídos desglosado por el género de su autor sería el siguiente:

  • Libros leídos en total: 63
  • Libros escritos por hombres: 37
  • Libros escritos por mujeres: 27

Las cuentas pueden no salir porque he contado doblemente la novela Camino de sangre al estar firmada tanto por un autor como por una autora: Bianca Garufi y Cesare Pavese. Además sería interesante añadir que seis de los libros escritos por hombres son textos dramáticos que tuve que leer para mi trabajo final de máster y que, por ello, están aquí más como producto de una obligación académica que como fruto de una elección por el mero placer de leer. 

 2.

Por otro lado, el género de los textos también puede ser un dato importante a tener en cuenta. Quienes me conocen saben de mi devoción por la narrativa en detrimento de otras esferas del arte literario. No es que odie la poesía; muy al contrario, le tengo un fuerte respeto, pero no disfruto leyéndola. No conozco del todo sus reglas y tardo una gran cantidad de tiempo en pasar de una página a otra. Quiero sacarle todo el jugo a cada texto y en la lírica la ambigüedad, la sonoridad y el ritmo marcan las pautas de todo (o casi todo) lo que se crea. Por ello el marcador de textos poéticos leídos entre esos 63 es nulo. Por otro lado, aunque el teatro me gusta, especialmente el más clásico (por sus similitudes con la narrativa), mi situación vital me lleva a no acudir demasiado a las puestas en escena y a que mi interés por el texto en sí se debilite. Prefiero ver puestas en escena grabadas y subidas a Youtube antes que leer guiones teatrales. (Salvo si los escribe Dürrenmatt o Valle Inclán, que ahí sí caigo.). De esta forma, el reparto de libros leídos desglosados en géneros literarios sería el siguiente:

  • Libros leídos totales: 63
  • Novelas: 42
  • Libros de cuentos: 11
  • Textos teatrales: 7
  • Libros de no ficción: 3
  • Poesía: 0

Aunque dude si colocar o no El niño se cuece en la polenta de Aglaja Veteranyi, Duelo de Eduardo Halfon y El asco de Horacio Castellanos Moya dentro de la categoría novelas, voy a permitirme dejar el desglose como está y simplemente mencionarlo. Como habéis podido comprobar, tampoco soy un forofo de los libros de no ficción. No me suelen agradar las biografías (o autobiografías). Primero, porque me cuesta considerarlas géneros dentro de la no ficción. Y segundo, porque me resulta inverosímil y absurdo resumir toda la vida de una persona en un texto, ya ocupe este novencientas páginas. Los ensayos tienen que tocar temas que me interesen mucho o estar muy bien redactados, de lo contrario soy incapaz de leerlos. Y me da igual su trascendencia y todo lo que ello conlleve.

3.

Pasemos ahora al tema de las nacionalidades y de las diferentes representaciones de la cultura imperantes en mi proceso de lectura de este año. Desglosar los 63 títulos por la nacionalidad de origen de sus escritores o escritoras se torna algo complejo, sobre todo si tenemos en cuenta a autores como Vladimir Nabokov, Helen Oyeyemi o Kazuo Ishiguro. Autores emigrantes o de padres emigrantes en cuyos procesos de escritura se mezclan tradiciones muy diversas. ¿Podemos decir que La verdadera vida de Sebastian Knight es una novela rusa o estadounidense si está escrita en inglés para un público británico y desde una perspectiva mixta donde no solo aparece el germen de lo ruso, sino de todo lo británico y lo europeo, sin una marca del Nabokov estadounidense que veremos posteriormente? ¿Podemos desligar una novela como Boy, Snow Bird de las experiencias del pueblo paterno de su autora cuando, situado en un contexto ajeno a lo británico (su nacionalidad), estas experiencias se convierten en el principal soporte de la obra y motor de la trama? Ya os lo digo yo, no. No. No podemos. O podemos, pero sería una mentira a medias. Sin embargo, y aunque la cultura desde la que se escribe tiene una importancia fundamental, las grandes obras de la literatura trascienden, ¿verdad?. ¿Verdad? ¿Verdad o depende? Esta sería cuestión para entrar en un extenso debate; el cual voy a evitar, al menos aquí, porque aún le queda mucho a esta entrada y no es necesario explayarse demasiado en cuál es mi punto de vista en este asunto.

4.

Y ya, sin más dilación, (¡esta vez sí que sí!) los títulos que más he disfrutado leyendo este 2018.

Os recuerdo que esto no es ranking. No considero a ninguno mejor que el anterior. Todos han sido, a su modo, espectaculares.



La hermandad de la uva, de John Fante


Uno de los descubrimientos personales de este año ha sido John Fante. De él he leído un par de novelas. La primera, 'Llenos de vida' me la recomendó Cities en los comentarios de una entrada muy parecida a esta hace un año. A pesar de que a él le parece mucho mejor la que recomendó, esta 'Hermandad de la uva' se me hizo más amena y con un universo (y un final) mucho más poderoso. Los temas aquí parecen ser los típicos de Fante: las peculiares familias arquetípicas italoamericanas (con su arquetípico padre borracho, gruñón y fanfarrón y su arquetípica madre que hace un drama de lo que sea con tal de que sus hijos la cuiden), la lucha de un protagonista por convertirse en escritor en un entorno hostil y, sobre todo, la batalla campal, titánica y generacional entre padres e hijos.





Compañía, de Cristina Cerrada

Os digo ya que este, junto con el título que aparecerá debajo, es uno de los mejores libros de relatos con los que me he topado. Y eso que no tenía muchas esperanzas en él, la verdad. Firmado por una autora española medio desconocida que hará unos diez años ganó un premio regional. Lo admito, lo cogí por la imagen de portada y me sorprendió con creces, mucho más que otros títulos escritos por figuras de mucho más renombre. Dentro de esta joya destacan narraciones como 'Tatuaje', 'Cerdos', 'Amnesia' o 'La laguna interior'. Todos brutalmente críticos y bellos. Muy en la línea de los trabajos de Schweblin aquí reseñados, pero con una mayor crueldad y quizás mejor medidos.




El nervio óptico, de María Gainza

De este volumen de relatos sobre el arte y las relaciones y emociones humanas no vais a poder encontrar una reseña aquí, puesto que aún tengo pendiente la tarea de hacerla. Y llevo con ella a cuestas desde mediados del mes pasado, pero, creedme, no es una tarea fácil. Por otro lado, el libro merece muchísimo la pena. Nos va mostrando diferentes historias con personajes actuales que interrelacionan sus experiencias con la vida y la obra de numerosos artistas, la mayoría pintores, por lo que, además de gozar de una extraordinaria calidad, uno siente que aprende algo al tiempo que disfruta. Tanto si te gusta la historia del arte, como si tu conocimiento de esta es cero patatero, este libro es para ti.






 Ygdrasil, de Jorge Baradit

Otra de las acertadas recomendaciones de Cities. En este caso estamos ante una novela de ciencia ficción muy particular, pues en ella vemos la evolución del posciberpunk hasta sus últimas consecuencias y una confusa, aunque lírica y bella, mezcla de la clásica novela de espionaje con ¿tecnogore y chamanismo? Lo cierto es que 'Ygdrasil' es difícilmente clasificable y, aunque tiene todos los componentes para ser un churrasco, coge vuelo con la suficiente fuerza como para convertirse en un thriller épico.  Además, cuenta con un montón de referencias a los mangas de los 1980s y 1990s y a la animación japonesa como dato para los amantes del género.






Camino de sangre, de Cesare Pavese y Bianca Garufi

'Camino de sangre' es la última obra publicada de Pavese y escrita a cuatro manos con quien se consideró su amante. Lo curioso de este título es que, aunque había leído otros textos del italiano, hasta el momento ninguno de ellos me había parecido nada del otro mundo. Quiero decir, Pavese es un gran escritor y tiene textos de una indiscutible calidad. Sin embargo, siempre le encontraba algo que le faltaba para entusiasmarse. Ese hueco es el que llena Garufi. En la novela ambos escritores se repartieron los capítulos: los impares eran narrados por Pavese desde la perspectiva de un personaje y los pares por Garufi desde la de otro. Y, aunque suene raro decirlo (porque Pavese es Pavese todo lo que queráis) disfruté mucho más con la parte de ella. Me pareció más inteligente, sutil, cruda y bella. Y es por Garufi por lo que 'Camino de sangre' está en esta lista.


La verdadera vida de Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov

'La verdadera vida de Sebastian Knight' son muchas novelas dentro de una misma. Se presenta como un libro biográfico que el hermano biológico de Sebastian Knight escribe a su memoria. Mr. Knight, que de nacimiento era ruso aunque intentara ocultarlo, era un enrevesado escritor de vanguardias con una calidad y un reconocimiento, según podemos entrever, similar a James Joyce. Nuestro protagonista escribe este texto para defender a su hermano, o al menos eso dice, pues hacia él se ve impulsado tanto por sentimientos de amor como de odio. La envidia y la admiración se entretejen confeccionando una extraña relación fraternal a la que el narrador quiere poner fin después del entierro y no sabe cómo. La narración toca géneros como la biografía, la crónica periodística, el relato de viajes o la crítica literaria con excelente éxito. Me sorprende que sea una de las obras menos conocidas del autor. De las que he leído suyas es mi favorita, sin duda.



Boy, Snow, Bird, de Helen Oyeyemi

Siendo un drama familiar en dos generaciones de mujeres a mediados de siglo XX en mitad de algún lugar de Estados Unidos, 'Boy, Snow, Bird' destaca por los juegos mentales y el tremendo plot twist sucedido a mitad de narración. Oyeyemi no solo nos descubre a nuestro 'yo' prejuicioso, sino que, además, nos lo lanza a la cara. Esta es una de esas novelas que uno comienza leyendo sin mucho interés y que se crece poco a poco para acabar dándonos una lección sobre nosotros mismos. En su momento me gustó, pero ha sido el paso de los meses, la reflexión en torno a 'Boy, Snow, Bird', y su diálogo con otros textos posteriores, lo que le ha asegurado un puesto en este listado.







El desayuno de los Campeones, de Kurt Vonnegut

Es considerada por muchos aficionados y entendidos en el autor su mejor novela. 'El desayuno de los campeones' es pura dinamita. Cada página es un ataque contra todo sistema. Cada diálogo, una radiografía del ser humano. Su final es uno de los mejores que jamás habré leído. ¡Y viene acompañado de ilustraciones superpunkys realizadas por el propio Vonnegut! ¿Qué más se puede pedir?










EXTRA: Tiempos de Swing, de Zadie Smith

Aunque aún me quedan algunas páginas y a riesgo de arrepentirme después, creo poder afirmar que 'Tiempos de Swing' está siendo una de las mejores lecturas del año. Aún no sé bien cómo lo hace, pero Smith me tiene enganchado al libro de una forma en la que no estaba desde hace meses. Y eso se lo tengo que agradecer. 'Tiempos de Swing' toca muchos temas de valor. Habla de la amistad, de las relaciones de pareja, de las relaciones entre padres e hijos, de los conflictos étnicos de pertenencia o procedencia, de los sueños en pugna con la vida, del poder del dinero y de la influencia y, sobre todo, de la realidad de que vivimos en varios mundo más allá del que conocemos.








5.

Hablemos de propósitos:

  • Leer equilibradamente textos tanto de hombres como de mujeres.
  • Superar la marca personal de los 67 títulos.
  • Proseguir con los autores descubiertos (Banana Yoshimoto, Penelope Fitzgerald, Pilar Pedraza, Cristina Cerrada, Eduardo Halfon, John Fante, etc.) y con los que se van encumbrando como mis favoritos (Kazuo Ishiguro, Adolfo Bioy Casares, Kurt Vonnegut, Samanta Schweblin, etc.)
  • Reducir la lista de pendientes (Coetzee, Atwood, Bernhard, Murdoch, Kerangal, etc.)
  • Introducirme en tradiciones literarias poco conocidas.
  • Leer a autores indie o publicados por pequeñas editoriales.

6.

Espero que la entrada no haya resultado excesivamente densa. Había mucho que comentar y me apetecía hacerlo. ¿Cómo ha sido vuestro año lector? ¿Hay algún texto que os haya impactado? ¿Qué pensáis de todo esto? Me despido desde esta Esquina, deseándoos lo mejor para este nuevo año en el cual entramos. Abrazos y namasté.